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LAS SERGAS DE ESPLANDIÁN (Garci Rodríguez de Montalvo)

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3. Combate entre Amadís y Esplandián





Eya una pieça caminando, antes que llegassen a un gran río que la floresta atravessava, en el cual avía una gran puente, y una casa de monte del rey, donde algunas vezes se aposentava caçando y pescando, que se llamava la Bella Rosa, vieron cómo de la ribera salió un cavallero en un fermoso y gran cavallo armado de todas armas, su lança en la mano a guisa de querer justar, y como cerca d'él llegaron, el cavallero de la ribera dixo:

-Cavallero, no passéis más adelante, porque yo soy guardador d'esta puente, que assí conviene que lo haga por no fallecer de mi palabra, pero si por fuerça de armas la pasássedes, yo seré quito de mí promessa, y vos del trabajo de buscar otro passaje.

Esplandián le dixo:

-Si en el tiempo de mi padre, que las aventuras en esta tierra demandava, y de los otros famosos cavalleros que sobre tales causas como éstas combatían, acaesciérades, tentárades vuestra ventura como la fortuna os la diera, pero dígovos, cavallero señor, que su honra ni su fama no la querría, ni Dios por tal vía me la dé. Pues el passo nos quitáis, no nos quitaréis el campo, que assaz es ancho.

[...]. [Tras el combate primero a caballo con las lanzas y el después a pie con las espadas, el caballero desconocido reconoce su derrota]


Esplandián detuvo el golpe, y dixo:

-Pues dezid quién sois.

El cavallero le dixo:

-Venga el maestro Helisabad, que bien será menester.

Luego se le cayó la espada de la mano y sentóse en el campo, que no se pudo en los pies tener. Esplandián llamó al maestro, diziéndole que aquel cavallero le quería. El maestro llegó y, descavalgando de su palafrén, fue a él, que desacordado estava de la mucha sangre que se le fue y de los golpes grandes que recebido avía, y como le quitó el yelmo, conocióle que era Amadís, de que muy espantado fue. Cuando Esplandián le vio, echó la espada en el campo, y quitándose el yelmo començó de llorar muy agrámente y dezir:

-¡O captivo sin ventura, ¿ qué he fecho?

[...]

Así como ya avéis oído passó esta cruel y dura batalla entre Amadís y su hijo, por causa de la cual algunos dixeron que en ella Amadís de aquellas heridas muriera, y otros que del primer encuentro de la lança, que a las espaldas le passó. Sabido por Oriana, se despeñó de una finíestra. Mas no fue assí, que aquel gran maestro Helisabad le sanó de sus llagas. E a poco espacio de tiempo, el rey Lisuarte y la reina su muger les renunciaron sus reinos, quedando ellos retraídos, como adelante se os contará. E fueron reyes él y Oriana, muy prosperados, de la Gran Bretaña y de Gaula [...]. Pero la muerte que a Amadís le sobrevino no fue otra, sino que quedando en olvido sus grandes fechos casi como so la tierra, florecieron los del fijo con tanta fama, con tanta gloria, que a la altura de las nuves parescían tocar, (caps, xxviii-xxix)




Garci Rodríguez de Montalvo
(v libro amadisiano)
de Antología de Libros de caballerías castellanos
de Garci Rodríguez de Montalvo
(Edición de Juan Manuel Cacho Blecua)



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CANCIONERO: A UN ROMERO TOLLIDO QUE YVA A PEDIR LIMOSNA (Juan Álvarez Gato)

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A vn Romero tollido que yva a pedir limoſna en cas de vna ſeñora a quien el ſeruia hizo lascoplas Siguyentes

Tu pobrezico Romero
que vas a ver a mi dios (:a quien tu pides por dios)
porque biua yo que muero
que le pidas te rrequiero
limoſna para los dos
para mi que en balde afano
que quite cuyta y peſar
para ty bendito hermano
que te toque con ſu mano
que bien te puede dar ſano
quien a mi podrie ſanar
Sanar podrie mi biuir
la que con nobles motiuos
los biuos haze morir
y quiriendoſe ſeruir
de los muertos harie biuos
eſta que mis males crudos
buelue en gloria ſu valer
los diſcretos torna rudos
groſeros lindos agudos
haze deſpertar los mudos
y al que habla enmudeçer
Aqueſta tiene poder
de hazerme bien y mal
darme peſar y plazer
a ty de po(valer)co valer
hazer vn muy eſpeçial
yo me tengo aſy creydo
que ſy a ty toca Su manto
avnque agora vas tollido
tornaras ſano y guarido
bien como sy vuieſes ydo
aculla al Sepulcro ſanto
Traer mas qualquier çatico
con que huelgue en tu venida
que con vn dinero chico
me puedes hazer mas Rico
que con las manos de mida
y ſy algo no te diere
dile ſyn ynportunalla
que “dize el gato que muere”
que “dize el gato que muere”
que haga quanto quiſiere
que por mal mal que me fuere

no me partira damalla



Cabo
Amare todos mis dias
con vna fe conoſçida
las amargas penas mias
y vençieren ſus porfias
y no vençeran mi vida
y ya vençida de hecho
vera ſu fin mi tormento
ſera la muerte provecho
con tanta cauſa y derecho
de gozoſo y ſatiſfecho
deſcontento y recontento


Juan Álvarez Gato




LA CELESTINA. Prólogo a la edición del V Centenario (Juan Goytisolo)

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La conmemoración por el Ayuntamiento de La Puebla de Montalbán del V Centenario de la publicación anónima por un editor de Burgos de los dieciséis primeros actos de la que pronto sería conocida, primero como Comedia y luego Tragicomedia de Calisto y Melibea, festeja el nacimiento de una obra crucial en el desenvolvimiento y plenitud de nuestra literatura y de nuestra lengua: la irrupción en ellas de una voz no sólo singular sino única en su expresión lúcida, pesimista, auténticamente corrosiva y demoledora de los valores consagrados y cuya lealtad a la ética personal del autor y al lenguaje carecen de precedentes de talla en el canon literario medieval e influyen de modo decisivo en la elaboración del género hispano-escéptico de la picaresca y en la genial invención de Cervantes.
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Las sucesivas ediciones del libro, con la reproducción en acróstico del nombre del autor, el bachiller Fernando de Rojas, natural de La Puebla de Montalbán, no son sino comienzo de un enmarañado ovillo que, con mayor o menor fortuna, los estudiosos de la obra se han esforzado en desenredar. La segunda impresión de Toledo, con la carta de "El autor a un su amigo", nos revela la existencia de un nuevo escritor el embozado en el acróstico, a cuyas manos habría llegado el primer acto, y su "primor, sotil artificio", su "fuerte y claro metal [...] jamás en nuestra castellana lengua vista ni oýdo" le habrían incitado a continuarlo. El manuscrito hallado, atribuido, nos dice, según unos a Juan de Mena y según otros a Rodrigo Cota, sería así el núcleo seminal, a partir del cual el joven bachiller de veintitrés años habría compuesto la Comedia en quince días de vacaciones. Declaración sorprendente y que debemos acoger con cautela, con la misma cautela con la que el semienmascarado autor se resguarda de la hidra de la "opinión común" de la época conforme a una estrategia de defensa precozmente aprendida a costa del indecible drama de su familia:


y pues él [el primer autor], con temor de detractores y nocibles lenguas [tanto Mena como Cota eran judeo-conversos], más aparejadas a reprehender que a saber inventar, quiso celar y encubrir su nombre, no me culpéys si en el fin baxo que lo pongo no expressare mío.




Después de una nueva impresión en Sevilla, la de Toledo en 1504 -hoy perdida- y la de Roma de 1506 -basada en ella- nos presenta la obra que actualmente conocemos: la Tragicomedia de Calisto y Melibea en veintiún actos y a cuyo recinto fortificado se agregan nuevas y laboriosas trincheras: las estrofas en las que el autor "excusándose de su yerro en esta obra que escrivió, contra sí arguye y compara", y el prólogo filosófico de inspiración petrarquesca. Por si tantos ardides, bastiones y parapetos no bastaran, la edición de Zaragoza de 1507 añade unas estrofas moralizadoras del corrector de la impresión de Toledo, Alonso de Proaza, así como una conclusión a redropelo del autor en la que, para oscurecer aún más el agnosticismo que se rezuma de la Tragicomedia, hace una profesión de fe cristiana y enarbola como colofón su condena de los "falsos judíos".

Si el primer acto procede de Mena, Cota o su hallazgo es un mero artificio del propio Rojas, será siempre objeto de duda y debate. Una abundante bibliografía sobre el tema ventila opiniones contrapuestas sin llegar, no obstante, a zanjarlas. Pero, aunque algunas diferencias de lengua y estilo entre el primer acto y los restantes inclinen a muchos a creer en la existencia de un primer autor, habría que explicar cómo el manuscrito anónimo, redactado decenios antes sin que ningún documento dejara constancia de su existencia, fue a parar precisamente a manos del bachiller de La Puebla y éste pudo desenvolver con tanta ventura, maestría y rapidez sus potencialidades hasta componer en quince días de vacaciones un monumento literario del magnetismo perdurable de La Celestina. La prudencia escalonada de Rojas es quizás el tramo que conduce a la absoluta anonimia del Lazarillo.

Sea cual fuere la paternidad del embrión literario del primer acto, nos encontramos en cualquier caso ante un proceso de desautorización del autor o de diseminación de la autoría que un siglo después culminará en la ingeniería literaria de Cervantes ("los autores que de este caso escriben" a los que se refiere en el capítulo primero de la Primera Parte, "el primer autor", el manuscrito arábigo de Cide Hamete, el traductor-correctorcensor de éste...). Pero lo que en el Quijote es una manera de introducir al lector en el fecundo territorio de la duda y de crear un ámbito novelesco en el que aquél descubra, invente y construya a la par del autor a medida que penetre en el mismo, las precauciones y estratagemas de Rojas obedecen a un designio apremiante: rodear la obra de fosos y cercos protectores a fin de velar su carta subversiva. Este propósito -muy similar, dicho sea de paso, al de Mateo Alemán en sus prólogos al Guzmán de Alfarache- le lleva a disculparse con los nuevos y previsibles detractores de la impresión de 1504 de meter su pluma "en tan estraña lavor y tan agena de mi facultad, hurtando algunos ratos a mi principal estudio[de jurista], con otras horas destinadas para recreación", en un intento de disminuir y aligerar su responsabilidad con una excusatio propter infirmitatem que, en razón de su insistencia, podría sonar más bien a oídos de la "vulgar opinión" cristiano vieja como una excusatio non petita, accusatio manifesta. La "tensión existencial" de los judeo-conversos y cristianos nuevos, analizada por Américo Castro, les forzaba, en efecto, a cubrirse a medias después de desenmascararse, en un juego continuo de asomos y ocultaciones. En mi ensayo "La España de Fernando de Rojas", escrito hace un cuarto de siglo, exponía el cuento de horror, desvelado por Stephen Gilman, de la familia del bachiller de La Puebla: los procesos inquisitoriales de 1485 y 1488 a parientes más o menos próximos en grado del autor de La Celestina, en el segundo de los cuales su propio padre fue condenado por judaizante, como millares de sus congéneres,en aquellos tiempos de "santo furor" y regocijo público. Por dicha razón no voy a extenderme en ello y remito al lector a un recorrido poco ameno de la obra de Gilman. Los "falsos testigos y recios tormentos" que evoca la vieja alcahueta en su diálogo con Pármeno formaban parte de la experiencia del joven bachiller de un mundo en perpetua "lid y offensión", sumido en un "litigioso caos" y para quien era indudablemente mejor ser juzgado "por mano de justicia que de otra manera" (VII, 1), esto es, a las claras, por la Inquisición establecida en Castilla en 1478. Cuando el desolado Pleberio, en el acto final de la obra, increpa al mundo que en sí le creió -una forma indirecta de increpar al autor de la Creación- y le dice amargamente "la leña que gasta tu llama son almas y vidas de humanas criaturas, las quales son tantas que de quien començar pueda apenas me ocurre", la alusión al Santo Oficio es transparente. Delaciones, mazmorras, piras ardientes de los relajados al brazo secular eran elementos integrantes del entorno y del paisaje moral de Rojas. El joven de veintitrés años sabía por desdicha de lo que hablaba. Este vivir desviviéndose de los converso, apresados en las mallas de la vigilancia inquisitorial, la posible ruina económica y el desdén social, fue la alquitara en la que destilaron unas obras literarias cuyo pesimismo a veces nihilista y angustia existencial las arriman inesperadamente a situaciones mucho más recientes. Parafraseando a Günter Grass -para quien, durante casi un siglo, los judíos crearon la gran cultura alemana y los alemanes arios se aguerrieron en su antisemitismo-, podría decirse con igual ironía, más no sin fundamento, que primero los judeo-conversos y luego los cristianos nuevos compusieron una mayoría de las obras más significativas de la lengua española de los siglos XV y XVI mientras que la masa de los cristianos viejos agitaba el espectro del contagio judaico y se consagraba a la animalización del morisco.

Los estudiosos de La Celestina han discutido estérilmente el género al que adscribirla: ¿comedia, tragedia, novela dramática, novela dialogada...? Si va a decir verdad la cuestión es ociosa: La Celestina es una obra irrepetible y única, ajena a toda idea de modelo o género. No es medieval ni renacentista, estoica ni moralizadora. Como observó Castro, no pretende prolongar ni desenvolver temas y formas anteriores sino arremeter contra ellas, destruir las jerarquías sociales y literarias vigentes y trastocar su sentido. Es así la obra más virulenta y audaz de nuestra literatura, pero cuyo afán devastador de no dejar obispo con mitra ni títere con cabeza se compensa con un lenguaje inédito, desinhibido y suelto y de un yo individualizado y moderno, liberado de la camisa de fuerza de las convenciones, arquetipos y moldes que anteriormente lo ataban y reducían. Si su influjo, a causa del conformismo castizo del público, no pudo manifestarse en el corral de las comedias en el que triunfó Lope, contaminó en cambio obras del fuste del Lazarillo y La lozana andaluza y favoreció la emergencia del género picaresco de los demoledores de la "negra honra", casi todos ellos cristianos nuevos y aun marranos como Antonio Enríque Gómez, el autor de La vida de don Gregorio Guadaña, cuyo trágico final suele escamotearse de ordinario en nuestros manuales literarios.

Las referencias a Petrarca -de quien procede en gran parte el prólogo filosófico de la Tragicomedia-, el uso frecuente de aforismos clásicos y citas mitológicas griegas, han inducido a historiadores como José Antonio Maravall al error de pretender ahormar una obra a todas luces inclasificable, de acuerdo con el canon cristiano-occidental y didáctico-cristiano, sin advertir que el acopio de máximas y sentencias grandilocuentes de origen latino que empiedran la retórica libresca de Calisto, Melibea, Pleberio y aun de los sirvientes y prostitutas sirven meramente de cureña o soporte a la descarga de voces vindicativas y ásperas, radicalmente nuevas, cuya posible filiación habrá que buscar, como barruntó Blanco White, fuera de dicho ámbito. La burla de Sempronio a las trovas de su amo y la mención a Ovidio y los que "de improviso se les venían las razones metrificadas a la boca" nos iluminan en parte la funcionalidad precisa de dichos cultimos, ya que "no es fabla conveniente", dice, "la que a todos no es común, la que todos no participan, la que pocos entienden" (VIII, 5).

Una obra de la índole de La Celestina sólo puede ser juzgada conforme a sus propias hechuras y éstas no son precisamente latinas ni cristianas, aunque el joven bachiller luciera como "orfebrería dérmica" (expresión acuñada por Severo Sarduy) una paremiología envidiable. En cualquier caso, el problema de las fuentes no debe ser el ojo de manantial que nos impida ver el flujo fecundador del arroyo o río. Junto a Ovidio, Petrarca, el refranero y Pamphilus, Rojas demuestra conocer, el menos de oídas, a Avicena y Averroes, así como los versos satíricos de Rodrigo Cota y otros judeo-conversos y, como veremos luego, su admirable creación de la figura de Celestina no habría sido posible sin la tradición árabe, bien arraigada en España, de la alcahueta trotaconventos. Los esfuerzos de occidentalización a ultranza de obras de la enjudia del Libro de Buen Amor y La Celestina cifran, como indica Francisco Márquez Villanueva, "una larga historia de indeseables polémicas y farisaicos aspavientos, bajo los cuales late el centralismo cultural europeizante y dentro de éste el privilegio de los nórdicos sobre lo mediterraneo y el inveterado prejuicio anti-islamico".

La prehistoria de La Celestina no es comprensible sin la del propio Fernando de Rojas: el desplome de la cúpula familiar, el celo purificador del Santo Oficio y la atmósfera de descontento, agravio y nihilismo de las aljamas peninsulares. Alain de Libéra y Márquez Villanueva han expuesto de forma esclarecedora la difusión del racionalismo averroísta en el Occidente cristiano a lo largo de los siglos XIV y XV y su influjo impregnador en la filosofía hispano-hebrea. Enfrentados a la precariedad y lobreguez de un presente que entenebrecía el futuro y lo ponía en picota, judíos, marranos y judeo-conversos abrazaban a menudo un amoralismo individualista que traducía su escepticismo con respecto a los valores comúnmente acatados por sus paisanos. En una representación dirigida a Enrique IV de Castilla por algunos prelados y nobles del reino, sus autores denunciaban la presencia en la corte de enemigos de la fe católica que, "aunque cristianos por nombre, [...] creen e dicen e afirman que otro mundo non haya, si non nascer e morir como bestias". Un simple recorrido por las páginas de la Tragicomedia nos permite espigar numerosos ejemplos de este materialismo y consiguiente incredulidad en los castigos y recompensas eternos.

más querría que mi spíritu fuesse con el de los brutos  animales que por medio de aquél [el purgatorio] yr a la gloria de los sanctos (I,2).
No llores tú la fazienda que tu amo heredó, que esto te llevarás deste mundo, pues no le tenemos más de por nuestra vida (VII,1).
Así que todo esto pasó tu buena madre acá; devenmos creer que le dará Dios buen pago allá, si es verdad lo que nuestro cura nos dixo (VII, 1).
No havemos de vivir para siemore. Gozemos y holguemos, que la vejez pocos la veen, y de los que la veen, ninguno murió de hambre (VII, 4).

Dicho agnosticismo, más o menos solapado durante el reinado de Enrique IV, iba a convertirse a partir de 1480, tras el levantamiento oficial de la veda, en uno de los blancos más señalados de la jauría inquisitorial. A Los jóvenes judeo-conversos de la generación de Fernando de Rojas les cupo vivir la experiencia cruel de una sociedad despiadada e inicua, en la que los presuntos valores oficiales de la defensa de la fe mostraban, como la otra cara de la moneda, cárceles, torturas, confiscaciones, autos de fe, sambenitos y padrones de ignominia trocados, como diría un siglo más tarde fray Luis de León, en "generaciones de afrenta que núnca se acaba". La parte inmersa de la asombrosa madurez artística de Rojas fue su experiencia previa de hijo de una familia holgada, precipitada de pronto a los abismos de la infamia y desolación. En un universo abocado a un "amargo y desastrado fin", los seres humanos vivían a descubierto, sin protección ni providencia algunas, sujetos tan sólo al determinismo de unas pasiones extrañas a toda regla moral o aquerenciadas, como diría Marx, a las "aguas heladas del cálculo egoísta". Esta filosofía desesperada y negativa que vertebró la vida y muerte de otros pensadores judíos, como el portugués Uriel de Costa (1585-1646), nos suena hoy moderna y a veces kierkegaardiana, y si Unamuno hubiese consagrado su talento al páramo existencial de La Celestina, habría podido añadir sin duda un capítulo convincente a su peculiar percepción del sentimiento trágico de la vida. Del desquite interior y afán de subversión tanto social como artístico de Fernando de Rojas brota en efecto, con intensidad, la perenne modernidad de la obra. Cinco siglos después de su primera impresión, la Tragicomedia retrata con una lucidez y precisión inquietantes el universo de caos y litigio del milenio que se nos viene encima. Privada del "delicioso yerro de amor" del que gozara casi un mes, Melibea concibe su suicidio como un "alivio" y "descanso", como un "agradable fin", sin parar mientes en que la condena eclesiástica del mismo la apartaría para siempre de la beatitud de los bienaventurados. En cuanto a su desconsolado padre, Pleberio, la muerte de su única hija le enfrenta a una irremediable soledad. "Del mundo me quexo, porque en sí me crió", exclama, y, ajeno a toda resignación religiosa, lo apostrofa con acerba dureza en uno de los párrafos más bellos y conmovedores de la obra:
Yo pensava en mi más tierna edad que eras y eran tus hechos regidos por alguna orden: agora, visto el pro y la contra de tus bienandanças, me pareces un laberinto de errores, un desierto espantable, una morada de fieras, juego de hombres que andan en corro, laguna llena de cieno, región llena de espinas, monte alto, campo pedregoso, prado lleno de serpientes, huerto florido y sin fruto, fuente de cuydados, río de lágrimas, mar de miserias, trabajo sin provecho, dulce ponçoña, vana esperança, falsa alegría, verdadero dolor (XXI).


¿Puede hablarse tras ello de didascalia cristiana y de estóicismo a lo Séneca? Como su suegro Álvaro de Montalbán, procesado dos veces por la Inquisición a lo largo de su vida, Fernando de Rojas pertenecía a ese grupo de conversos que había perdido la fe de sus antepasados sin recibir no obstante la gracia de la ley nueva que con tanta crudeza se les imponía. En tal brete existencial, un joven dotado de su genio literario no podía sino abalanzarse a los muros de la sociedad y el lenguaje hasta derribarlos y edificar con las ruinas su Tragicomedia.

Las únicas leyes que rigen el universo de ruido y de furia de La Celestina son las de la soberanía del goce sexual y el poder del dinero. Desde su encuentro casual con Melibea en la huerta, Calisto proclama la prioridad del placer de los sentidos respecto a cualquier recompensa ultraterrena ("los gloriosos sanctos que se deleytan en la visión divina no gozan más que yo ahora en el acatamiento tuyo", I,1) y a la pregunta de su criado Sempronio de si es cristiano responde de modo tajante: "¿Yo? Melibeo soy y a Melibea adoro y en Melibea creo y a Melibea amo" ( I,2). Ningún precepto divino ni norma humana le impedirán "estragar" con sus "desvergonzadas manos" el "gentil cuerpo y delicadas carnes" de su arrebatada presa. Ni siquiera la mala nueva de la ejecución de sus sirvientes tras asesinar a Celestina alcanzará a distraerle de la idea del disfrute inminente del objeto de sus deseos, pulsión descrita en unos términos que, como apunté en otra ocasión, evocan el amoralismo nihilista de Sade: "Y pues tu vida no tiene en nada por su servicio, no has de tener las muertes de otros, pues ningún dolor [ajeno] igualará en el recibido placer [propio]", XIV, 8.

Las cínicas observaciones de Celestina sobre el hecho de que "ninguna diferencia havría entre las públicas, que aman, a las escondidas donzellas, si todas dijesen "sí" a la entrada de su primer requerimiento" (VI), dado que "coxquillocicas son todas, mas después que una vez consienten la silla en el envés del lomo nunca querrían folgar" (III, 1), se ajustan a la fatalidad de unas pasiones que enhebran el hilo argumental de la Tragicomedia. Tras lamentarse del "riguroso trato" de Calisto ("no me destroces ni maltrates como sueles" (XIX, 3) en una escena de triple coyunda que da una "dentera" a su criada Lucrecia similar a la de la "puta vieja" ante los retozos y juegos de cama de Pármeno con Areúsa, Melibea no duda en confesar: "Señor, yo soy la que gozo, yo la que gano; tú, señor, el que me haces con tu visita incomparable merced".

Celestina iguala así, con sus artes de corredora del "primer hilado", a prostitutas y nobles, borra la desemejanza entre unas y otras, derriba las murallas existentes entre la mansión familiar de Pleberio y la casa llana, atropella las jerarquías establecidas. Muy significativamente, Fernando de Rojas pone en boca de Areúsa y de Melibea una misma y reveladora frase: "Desde que me sé conocer" (IX, 2) y "después que a mi me se conoscer" (XVI, 2). Conocimiento ligado, como es obvio, al de las leyes ineluctables del cuerpo, a la igualdad radical de toda la especie humana y a la furia ciega de las pasiones que, en virtud de una estricta concatenación de causa a efecto, convertirá en verdad maciza la sombría predicción de Pármeno a su amo:
Señor, porque perderse el otro día el neblí fue causa de tu entrada en la huerta de Melibea a le buscar; la entrada causa de la ver y hablar; la habla engendró amor; el amor parió tu pena; la pena causará perder tu cuerpo y alma y hacienda. Y lo que más dello siento es venir a manos de aquella trotaconventos, después de tres vezes emplumada (II,2).


Américo Castro, María Rosa Lida, Stephen Gilman y otros estudiosos de La Celestina han contribuido a deshilvanar las costuras con las que el bachiller de la Puebla arma prudentemente el paño de la obra. Las referencias un tanto crípticas a la "limpieza de sangre" de Melibea y al "alto nacimiento" de Calisto se nos aclaran en cuanto calamos en la prehistoria de la Tragicomedia, que es la del propio Rojas. En el momento mismo de la conquista de Granada y el descubrimiento del Nuevo Mundo —cuando la realidad parece someterse al imperativo religioso y guerrero de los españoles—, la soledad, el silencio y oscuridad en los que se refugia Calisto resultan a primera vista incomprensibles. Como escribe Julio Rodriguez Puértolas, "ante esta historia y este presente, percibimos que algo ha ocurrido, que ha habido una dislocación entre el modo de vida anterior de la familia y el modo de vida actual de Calisto. Algo poco feliz, sin duda. Pues, ¿es objetivamente normal que un joven de ventitrés años, de la gallardía física y cualidades de Calisto, se comporte como él hace?".

El ánimo apartadizo de Calisto, su retraimiento de la sociedad urbana que le rodea y a la que sólo se asoma de hurtadillas y a cubierto de la noche transparentan en filigrana el de numerosos judeo-conversos sobre quienes se ha abatido, como un ave de presa, la persecución y acoso inquisitorial a sus vidas y haciendas. Las alusiones del joven (XIV,8) al juez "de baxo suelo", que ajusticia a Sempronio y Pármeno " en mal pago", que dice, del "pan que de mi padre comiste", nos permiten entrever un prestigio y poder social misteriosamente mermados o desvanecidos al par que su familia cuya ausencia no se nos esclarece -¿barrida de muerte natural o por otras y más recias causas?- sino en la velada referencia al mencionado juez al que califica de "público delincuente ". Relacionar dicha caída en desgracia y la carencia inexplicable de todo entorno familiar en un mozo como Calisto con la experiencia traumática de Rojas no es desde luego aventurado. La existencia casi enclaustrada y el descrédio social del héroe de la Tragicomedia - véase la enigmática y descortés frase de Sempronio tocante a su abuela y el simio- permanencen envueltos en la misma bruma, adensada con esmero, que oscurece y desdibuja al autor.

Las frecuentes menciones a la limpia sangre, el linaje y la honra que salpican la obra satírica de judeo-conversos del siglo XV de tan vario registro como Antón de Montoro y Juan Álvarez Gato y, con posterioridad a Fernando de Rojas, la de una amplia gama de escritores que abarca del autor anónimo del Lazarillo y Francisco Delicado a fray Luis de León, Alemán y Cervantes, brotan asimismo con mordacidad y sarcasmo de labios de los personajes socialmente inferiores de la Tragicomedia. Si, por un lado, Celestina, Areúsa y un rufián del jaez de Centurio se jactan de su honra profesional ("algo han de sufrir los hombres en este triste mundo para sustentar sus vidas y honras", dice la alcahueta), por otro, sirvientes y prostitutas acometen con energía a las entelequias que, por espacio de siglos, cifraron el modelo social y religioso de la casta cristiano vieja:
E dizen algunos que la nobleza es una abalança que proviene de los merecimientos y antigüedad de los padres; yo digo que la agena luz nunca te hará claro si la propia no tienes ( Sempronio, II,1).
Ninguna cosa es más lexos de la verdad que la vulgar opinión. Nunca alegre vivirás si por voluntad de muchos te riges [...] Las obras hacen linaje, que al fin, todos somos hijos de Adán y de Eva. Procure ser cada uno bueno por sí y no vaya a buscar en la nobleza de sus pasados la virtud. (Areúsa, IX,2).

Las difíciles condiciones de vida de los judíos y conversos, progresivamente agravadas a lo largo del siglo XV con los progromos en distintas ciudades de la Península y el triunfo de Isabel contra los partidarios de Juana la Beltraneja (obsérvese la propagación de términos insultantes y despectivos acuñados en pocas décadas: marranos, moriscos, judiadas, ...) son objeto también de condena. "Inigua es la ley que a todos ygual no es", dice el desolado Pleberio al mundo, para añadir a continuación, con ese pesimismo cósmico con el que se arropa el escepticismo religioso de Rojas: "Dios te llamaron otros, no sé con qué error de su sentido traídos. Cata que Dios mata los que crió; tu matas los que te siguen".

Los ataques al clero y, a través de éste a la Iglesia, menudean también en las páginas de la Tragicomedia: desde la moza encomendada a Celestina por un fraile ventripotente al encargo de restaurar a toda prisa la virginidad de la novia entregada por ella el día de Pascua a un canónigo racionero, las andanzas de la "puta vieja" por "misas y vísperas" de monasterios de ambos sexos en donde laborea sus "aleluyas y conciertos" se encuadran en una tradición de tercería bien conocida cuyos orígenes árabes ha sentado en bases muy firmes Francisco Márquez Villanueva. La figura literaria de la trotaconventos, diseñada con fineza y cariño por el Arcipreste de Hita, respondía, como sabemos, a una realidad social bien afincada en la Castilla de los Trastámaras: los Reyes Católicos premiaban la fidelidad y servicios prestados a su causa por algunos clérigos con el sustancioso privilegio de regentar mancebías. Uno de éstos, Alonso Yáñez Fajardo, obtuvo de Sus Majestades el monopolio de seis de ellas y su "muy antiguo carajo" se convirtió en el héroe involuntario de esa preciosa joya del Cancionero titulada Carajicomedia. Los autores de tales sátiras, muchas veces frailes anónimos, lucían con desenfado su erudición eclesiástica en letrillas y metáforas licenciosas, aptas para ser recitadas ante un público bullicioso y alegre pese a la creciente "discordia" entre los "naturales" de aquellos "cuitados reinos": el terror a inquisidores y malsines no había cuajado aún.

Celestina es una profesional que lleva la cuenta exacta de los "virgos que tiene a cargo", los "mejores encomendados" y los canónigos "más mozos y francos". Pero a su alta conciencia del oficio, compartida con otras predecesoras literarias, Rojas agrega unos trazos y rasgos sombríos —prácticas brujeriles y una apariencia repulsiva casi fantasmagórica— que, ajenos a la tipología anterior y al campo de una moral binaria, se extienden, como en Goya, a zonas más hondas y oscuras. Del mismo modo que los monstruos y pesadillas del subconsciente goyesco abandonan sus hoscas guaridas y cobran de pronto ante nuestros ojos una precisión a la vez siniestra y tangible, la aparición de Celestina en el templo, en plenos oficios, parece arrancada de uno de los grabados o aguafuertes del autor de los Caprichos y Disparates. Agasajada, cuenta, por abades de todas las dignidades, desde obispos a sacristanes:
en entrado por la yglesia, vía derrocar bonetes en mi honor, como si yo fuera una duquesa. El que menos había de negociar comigo por más ruyn se tenía. De media legua que me viessen dexaban las Horas: uno a uno y dos a dos venían a donde yo estaba, a ver si mandaba algo, a preguntarme cada uno por la suya. Que hombre había que estando diziendo missa, en viéndome entrar, se turbaban, que no fazian ni decían cosa a derechas. Unos me llamaban señora, otros tía, otros enamorada, otros vieja honrada. Allí se concertavan sus venidas a mi casa, allí las ydas a la suya, allí se me ofrecían dineros, allí promesas, allí otras dádivas, besando el cabo de mi manto y aun algunos en la cara, por me tener más contenta (IX, 3).


La usurpación del papel de la Virgen y de los honores con los que es recibida en andas de procesión en el templo no pueden ser más palmarios. La irreverencia de Rojas y su burla del fariseísmo eclesiástico no son comparables a los de sus predecesores ni se reaparecerán luego, sino en el campo pictórico, en el Sueño de la razón de Goya.

La arremetida iconoclasta a la Iglesia y al geanologismo militante de los paladines de la limpieza de sangre se acompañan en La Celestina de una crítica demoledora por las prostitutas y sirvientes al egoísmo, rapacidad e ingratitud de los señores de aquel tiempo (aplicables, añadiría yo, a los del nuestro). La lengua afilada de Areúsa en el diálogo iniciado con las alabanzas a Melibea, en aguijador contrapunto a la retórica cultista de otros pasajes de la obra, es uno de los logros más incisivos del bachiller de La Puebla. La fuerza y expresividad que se gestaban en los monólogos femeniles de El corbacho alcanzan una madurez y perfección que asombran al lector al cabo de cinco siglos. Las señoras nunca buscan el trato con iguales a quienes "pueden hablar tú por tú", y sus criadas, dice Areúsa
nunca oyen su nombre propio de la boca dellas,  sino "puta"  aca "puta" acullá. "¿A do vas, tiñosa? ¿Qué hiciste, vellaca? ¿Por qué comiste esto, golosa? ¿Cómo fregaste la sartén,
puerca? ¿Por qué no limpiaste el manto, sucia? ¿Cómo dijiste esto, necia? ¿Quién perdió el plato, desaliñada? ¿Cómo faltó el paño de manos, ladrona?: a tu rufián le habrás dado" [...] Y tras esto, mil chapinazos, pellizcos,
palos y açotes (IX, 2).


Hablar a propósito de la Tragicomedia de descubrimientos y conquistas artísticas comparables a los de Cervantes, Velázquez o Goya no peca en modo alguno de exagerado. La cultura española no sería lo que es sin el Quijote, el Libro del Buen Amor y La Celestina. El embate de Rojas a los códigos y convenciones sociales de su época se lleva a cabo en un lenguaje alacre en el que la virulencia del ataque se expone en unos términos que sentimos y vivimos como nuestros, en este presente intemporal del que nos habla Bajtín. El bachiller de La Puebla juega con maestría con los distintos registros del habla, roza la obscenidad sublime, decanta la crudeza, acelera vertiginosamente el ritmo,  engarza argumentos y frases como cuentas o perlas, las atropella, parece jadear y convierte la materia verbal en un organismo prodigiosamente vivo:

Esto hize, esto otro me dixo, tal donayre  assamos, de tal mano la tomé, assí la besé, assí me mordió, assí la abrace, assí se allegó. ¡O qué fabla! ¡O qué gracia! ¡O qué juegos! ¡O qué besos! Vamos allá, bolvamos acá, ande la música, pintemos los montes, cantemos canciones, invenciones justemos: ¿qué cimera sacaremos a qué letra?Ya va a la missa, mañana saldrá, rondemos su calle, mira su carta, tenme la escala, aguarda a la puerta, ¿cómo te fue? Carta el cornudo, sola la dexa. Dale otra buelta, tornemos allá (Celestina, I, 10).

Sujetos a los impulsos de un egoísmo sin trabas, sumidos en áspera e inevitable contienda, los personajes de La Celestina no onocen otra ley que la inmediatez del provecho. El homo homini lupus de Plauto, razonando y expuesto por Gracián y Hobbes, configura la realidad que les empuja a enfrentarse entre sí hasta el límite del aniquilamiento. Sempronio y Pármeno olvidarán la fidelidad debida a su amo por la codicia de la recompensa prometida por Celestina ("Destruya, rompa, quiebre, dañe, dé a alcahuetas lo suyo, que mi parte me cabrá, pues dizen: a río  buelto, ganancia de pescadores", Pármeno, II, 5) y acabarán por asesinar a la vieja ("sobre dinero no hay amistad") cuando ésta se niega a repartir el fruto de su tercería. La violencia así desatada no tardará en recaer sobre ellos: la justicia les degüella en la plaza y, pasado el primer momento de congoja, su amo Calisto les paga de forma póstuma, en la misma moneda: "Que más me
va en conseguir la ganancia de la gloria que espero [el goce con Melibea] que en la pérdida de morir los que murieron" (XIII, ). La concatenación perversa de causa a efecto a la que nos referimos antes acarreará a continuación la muerte de Calisto y el suicidio de Melibea.

Hace veinticinco años connoté el escepticismo radical del bachiller de La Puebla en las virtudes morales y sociales del ser humano con el universo nihilista de Sade. No andaba errado en ello, pero la lectura de la Tragicomedia en las presentes circunstancias me mueve a considerarla en correlación a otras doctrinas y hechos más próximos y acuciantes. Cierto que, como señalaba Rodríguez Puértolas, existen algunos puntos de fulgor en la obra: la autoestima de los criados y prostitutas, su rebelión contra el poder abusivo de los señores, la conmovedora solidaridad de Areúsa con Elicia, una vindicación explícita de la sexualidad femenina y, en palabras de Américo Castro, los rumores esperanzados de quienes sobreviven a la hecatombe, sin Celestina y sin amos, como "Sosia que baja al río cantando a la luz de la luna mientras sus piernas jóvenes oprimen el lomo de su caballo en pelo". Pero estos pequeños claros en un universo regido por el poder del goce y el goce del poder no contribuyen sino a potenciar el tenebrario del cuadro: la verificación melancólica de que el vertiginoso progreso tecnocientífico de las últimas décadas -la modernidad incontrolada que, como leviatán, emerge del horizonte que nos acecha en este fin de milenio- no va a la par de ninguna cultura, ningún progreso moral. Las pasiones e impulsos destructivos descritos por Fernando de Rojas son los mismos de hoy. ¿Estamos genéticamente programados para el habla y el desenvolvimiento ilimitado de la inteligencia tenocientífica, como descubrió Chomsky, pero tenemos irremediablemente atrofiados, salvo en casos y personas excepcionales, las facultades que nos permitirían vivir en un mundo de mayor equidad y justicia?

Leer La Celestina en el desconcierto internacional subsiguiente al desplome de la ratonada utopía comunista y al triunfo avasallador del credo ultraliberal más extremo no incita, desde luego al optimismo. Las frecuentes referencias de los personajes al mundo como "mercado" o "feria" en los que personas y mercancías "tenidas cuanto caras son compradas; tanto valen cuanto cuestan", y la desgarradora invectiva de Pleberio al mismo ("ventas y compras de tu engañosa feria") cobran un significado turbador si las confrontamos con el continuo e imparable declive de los valores humanistas, solidarios y democráticos en una Aldea, Tienda o Casino Global regidos por poderes incontrolables y cuya única ley es también la inmediatez del provecho.

¿Es la vida humana un elemento exterior a las leyes del mercado o únicamente un producto más, comerciable y vendible, del frío e inmisericorde entramado económico? A la pregunta angustiada que nos planteamos ante las crecientes desigualdades, tropelías y saqueos de un orbe de recursos limitados en el que sólo los poderosos y sus peones sin escrúpulos parecen tener futuro, una cala profunda en el universo de La Celestina nos golpea con un duro e inexorable negativismo: la naturaleza y sus leyes ciegas nos reducen a mera mercancía desechable en un mundo inicio y sin Dios.


Juan Goytisolo
y web del
Abril, 1999


JUAN DE MENA: LABERINTO DE FORTUNA

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163        »En la su triste fadada partida                
        muchas señales que los marineros               
        han por auspiçios e malos agüeros              
        fueron mostradas negar su venida;              
        las quales veyendo, con boz dolorida,          
        el cauto maestro de toda su flota              
        al conde amonesta del mal que denota,          
        por que la vía fuesse resistida.               

164        »'Ca he visto', dize, 'señor, nuevos yerros            
        la noche passada fazer las planetas;           
        con crines tendidas arder las cometas,         
        e dar nueva lumbre las armas e fierros,                
        gridar sin ferida los canes e perros,          
        triste presagio fazer de peleas        
        las aves noturnas e las funereas               
        por los collados, alturas e çerros.            

165        »'Vi que las gúminas gruesas quebravan         
        quando las áncoras quis levantar;              
        vi las entenas por medio quebrar,              
        aunque los cárbasos no desplegavan;            
        los másteles fuertes en calma temblavan;               
        los flacos triquetes con la su mezana          
        vi levantarse de non buena gana        
        quando los vientos se no conbidavan.           

166        »'En la partida del resto troyano              
        de aquella Cartago del bírseo muro,            
        el voto prudente del buen Palinuro             
        toda la flota loó de más sano,         
        tanto que quiso el rey muy humano,             
        quando lo vido, pasado Acheronte               
        con Leucaspis açerca de Oronte,        
        en el Averno tocarle la mano.          

167        »'Ya pues, si deve en este grant lago          
        guiarse la flota por dicho del sage,           
        vos dexaredes aqueste vïage            
        fasta ver día non tan azïago;          
        las deidades levar por falago          
        devedes, veyendo señal de tal plaga;           
        non dedes causa a Gibraltar que faga           
        en sangre de reyes dos vezes estrago'.         

168        »El conde, que nunca de las abusiones          
        creyera, nin menos de tales señales,           
        dixo: 'Non pruevo por muy naturales,           
        maestro, ninguna de aquestas razones;          
        las que me dizes nin bien perfecçiones         
        nin veras prenósticas son de verdat,           
        nin los indiçios de la tempestad               
        non veemos fuera de sus opiniones.             

169        »'Aun si yo viera la mestrua luna              
        con cuernos escuros mostrarse fuscada,         
        muy rubicunda o muy colorada,          
        creyera que vientos nos diera Fortuna;         
        si Febo, dexada la delia cuna,         
        ígneo viéramos o turbolento,           
        temiera yo pluvia con fuerça de viento:        
        en otra manera non sé que repuna.              

170        »'Nin veo tampoco que vientos delgados         
        muevan los ramos de nuestra montaña,           
        nin fieren las ondas con su nueva saña         
        la playa con golpes más demasiados;            
        nin veo dalfines de fuera mostrados,           
        nin los merinos bolar a lo seco,               
        nin los caístros fazer nuevo trueco,           
        dexar las lagunas por ir a los prados.         

171        »'Nin baten las alas ya los alçïones,          
        nin tientan jugando de se roçiar,              
        los quales amansan la furia del mar            
        con sus cantares e lánguidos sones,            
        e dan a sus fijos contrarias sazones,          
        nido en invierno con grande pruína,            
        do puestos, açerca la costa marina             
        en un semilunio les dan perfeçiones.           

172        »'Nin la corneja non anda señera               
        por el arena seca paseando,            
        con su cabeça su cuerpo bañando        
        por ocupar el agua venidera;           
        nin buela la garça por alta manera,            
        nin sale la fúlica de la marina        
        contra los prados, nin va, nin declina         
        como en los tiempos adversos fiziera.          

173        »'Desplega las velas, pues, ¿ya qué tardamos?          
        e los de los bancos levanten los remos,        
        a bueltas del viento mejor que perdemos;               
        non los agüeros, los fechos sigamos,           
        pues una empresa tan santa levamos             
        que más non podría ser otra ninguna;           
        presuma de vos e de mí la Fortuna              
        non que nos fuerça, mas que la forçamos'.              

174        »Tales palabras el conde dezía         
        que obedesçieron el su mandamiento             
        e dieron las velas infladas al viento,         
        non padesçiendo tardança la vía;               
        segunt la Fortuna lo ya desponía,              
        llegaron açerca de la fuerte villa             
        el conde con toda la rica quadrilla,           
        e por el agua su flota seguía.
      



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Modificación de una imagen de Juan de Mena
ofrenciendo a Juan II su Laberinto de Fortuna,
de la portada de una edición
impresa en Zaragoza, por Jorge Coci, 1515

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JUAN DE MENA. Nació en Córdoba y quedó huérfano de niño. Sufrió pobreza durante su juventud y no pudo estudiar hasta eso de los veinte años. En su ciudad natal tuvo, más tarde, la oportunidad de estudiar Humanidades. Luego pasó Salamanca y a Roma. Juan II lo nombró traductor y cronista de la corte, aunque no conservamos ninguna crónica de él. Tanto el Rey como el don Álvaro de Luna lo consideraron su poeta favorito.

En cuanto a su obra poética puede decirse que, junto a Jorge Manrique y al Marqués de Santillana, forma la trilogía más distinguida del siglo XV. Mena es un versificador fácil y original. Fue muy influido por la nueva moda italiana y, quizás por eso, no pudo demostrar más su originalidad como poeta indiscutible. Entre una media docena de obras que escribió, resalta la obra capital: El Laberinto o, también conocido por el de las Trescientas (CCC). Así como Francisco Imperial imita a Dante, también Juan de Mena trata de hacer lo mismo, sobre todo en su alegoría del Paraíso. Además, se ve claramente en él un esfuerzo por buscar la unidad nacional, transmitiéndonos su decidido sentimiento patriótico.

Falleció en Torrelaguna, a causa de una doble pulmonía.






Texto completo de
El Laberinto de Fortuna
en Biblioteca Virtual Miguel Cervantes
pinchando aquí

en Wikisource
pinchando aquí

El Laberinto de Fortuna
en God & Gun, apuntes de polemología
de Rafael Sánchez Ferlosio
pinchando aquí

Juan de Mena en
Wikipedia
pinchando aquí

LAS CENIZAS Y EL RETRATO DE CRISTÓBAL COLÓN (Juan Pérez de Guzmán y Gallo)

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Colón por Alejo Fernández (1475-1545)

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Por mano de nuestro actual Director, Sr. Marqués de Laurencín, ingresaron ha poco tiempo en nuestra Academia algunos documentos muy interesantes relativos al pleito famoso que sobre la herencia del Ducado de Veraguas se sostuvo y sentenció á fines del siglo XVIII, habiendo sido promovido en 1768 entre el Duque de Berwick D. Jacob o Stuart Colón de Portugal y D. Pedro Colón de Larreátegui. Dichos papeles eran donación que hacía á nuestro Archivo académico nuestro actual Correspondiente en Berna (Suiza), D. Esteban Ruiz Mantilla, Abogadó consultor de la Legación de España.


Entre los documentos que componen tan interesante legajo se hallan dos, cuya publicación hace oportuna é interesante la proximidad de la Fiesta de la Raza, el 12 del actual. El primero, puede ser complemento al noveno que en los Apéndices al libro de Los restos de Colón que en 1879 escribió y publicó, por encargo de la Academia y a expensas del Ministerio de Fomento, su individuo de Número Excmo. Sr. D. Manuel Colmeiro, y es copia del acta de la Junta oficial que el martes 5 de Enero de 1796 celebraron en sus Salas capitulares de la Habana los Sres. Presidente y Prebendados de aquella Santa Iglesia Catedral, para que se designasen las personas que habían de tratar con el Excelentísimo Sr. Capitán general de aquella isla sobre las disposiciones que se tomarían para el depósito en dicha Iglesia de los huesos del Almirante de las Indias, Cristóbal Colón, que á la sazón se hallaban, traídas solemnemente de Santo Domingo, á bordo del navío de S.-M. San Lorenzo. El segundo es carta original dirigida desde la Habana, con fecha 30 dé Abril de 1820, por don Julián José dé Barrio al Consejero de Indias Sr. .D. Francisco de Ararigo, dándole cuenta del hallazgo de las certificaciones de lo practicado practicado en la ciudad de Santo Domingo y la de la capital de la isla de Cuba en la traslación de las referidas cenizas del Almirante. En esta carta se dan además noticias, siempre de interés é importancia, acerca del retrato de Colón que se había colocado en la Sala capitular del Ayuntamiento de la Habana, importado del mismo modo de Santo Domingo con los restos de Colón, y que debía haberse hallado sobre su sepulcro.

He aquí el texto de uno y otro documento:



Acta de 1796 en la Habana

«In Dei nomine amen. En la ciudad de la Habana, martes cinco de Enero de mil setecientos noventa y seis años: Habiéndose congregado en la Sala capitular los Sres. Presidentes y Prebendados de esta Sta. Iglesia Catedral, á saber: Dr. D. BernardoCorrea y Cruzado, Doctoral; Dr. D. Miguel Anaya, Canónigo Penitenciario; Dr. D. Diego Pérez Rodríguez, Canónigo de Merced; Dr. D. Ambrosio de las Cuevas, Racionero; Ldo. D. Juan Méndez de la Vega, y Dr. D. Tomás Ramírez, después de invocado el auxilio divino, se acordó con arreglo á la prevención que S. S. I. hizo á este venerable Cuerpo, por medio de su Presidente, para que en consecuencia del oficio que el Excmo. Sr. Capitán general había dirigido á S. S. I. á fin de que se sirviese designar persona con quien S. E. pudiese tratar y acordar sobre las disposiciones que fuesen convenientes para que con la mayor solemnidad se pasasen á esta Sta. Iglesia Catedral los huesos del Excmo. Sr. Almirante de las Indias, D. Cristóbal Colón, que se hallaban á bordo del navio de S. M. el San Lorenza, y habían sido extraídos del sepulcro en que estaban en la Iglesia Metropolitana de la ciudad de Santo Domingo por disposición del Sr. Presidente de aquella Audiencia y condescendencia del Illmo. Sr. Metropolitano, con motivo de la cesión hecha por S. M. en los tratados de paz á la República de Francia de aquella Isla, y á fin de que se le diese honrosa sepultura en esta Santa Iglesia Catedral, nombrase este Cabildo dos Comisarios para los fines indicados y diesen las demás providencias conducentes a la mayor solemnidad de semejante acto, declarando S. S. I. autorizarlo cantando la Misa de Pontifical, se acordó se destinasen los dos Comisarios anuales; y que en lugar del Sr. Prebendado Ramírez, que se halla enfermo, entre el Sr. Prebendado Cuebas, y que se reserven dar las demás disposiciones para proceder en ellas arreglados á lo que con dichos señores acordase el Excelentísimo Sr. Capitán general.=Dr. Cruzado. = Dr. Anaya.=   Dr. Pérez.= Dr. Cuevas.= L. Méndez.=Dr. Ramírez.= Ante mí,Dr. Domingo Mendoza, Secretario.

Concuerda con su original, á que me remito; y en cumplimiento de lo mandado por. S.S. M. V. saco el presente. Habana, veinte y cuatro de Abril de mil ochocientos veinte años.— Ignacio Maria de Olea, Secretario.»

Faro en homenaje a Colón (Santo Domingo, República Dominicana)


Carta de 1820 sobre las cenizas y el retrato de Colón 

«S.or Consejero D.n Fran.co de Arango.

Muí S.or mío y apreciable amigo: Tengo la satisfacción de haver hallado las certificaciones de lo practicado por la ciudad de Sto. Domingo, y la de la Habana en la traslación de las cenizas del inmortal Almirante D.n Cristóbal Colón, descubridor de las Indias; de lo que remito á V. S. testimonio fehaciente para, que pueda archivarlo el s.or descendiente que solicita justamente su noticia. Esta diligencia le será mui conveniente por los peligros á que están espuestos los archivos de estas Islas, como V. S. no ignora.

El retrato del referido S.or Colón que devía estar en la Catedral sobre su sepulcro, se halla en la sala Capitular del Excelentísimo Ayuntamiento. Pasé á ella para registrarlo: no tiene ni año, ni autor y está retocado. Me informé del escribano de Gobierno que me acompañó p.a el examen, y me contestó haver venido de Sto. Domingo ya carcomido el lienzo y muy apagada la pintura, por lo que se mandó retocar. Este retrato es el que se hallava colocado en la sala capitular de la Ciud. de Sto. Domingo después de el de los Reyes q.e gobernaron la España desde el descubrimiento de la Isla española. Lo cierto es que su ropaje denota mucha antigüedad, y su rostro es análogo al que nos describe nuestro Historiador D.n Antonio Herrera.

Igualmente acompaño á V. S. el impreso q.e contiene por menor el adorno de la tumba con los geroglíficos y la oración fúnebre q.e se  ronunció el día de sus honrras en esta Ciud.,  sintiendo no se huviera dado á luz la que se pronunció en Sto. Domingo por su Illmo. Prelado D.n f.r Fernando de Portillo y Torres, que fué el que hizo la moción para la traslación :de las cenizas. El cuaderno está mui picado de lá polilla, pero á pesar de diligenciar no he podido haver otro ni en la imprenta ni en amigos, incluso el D.r Caballero, autor de la oración.

No hai q.e cansarse en buscar noticias antiguas en los archivos de Sto. Domingo porq.e están perdidos á causa de la polilla. No digo antiguas, pero ni aun del siglo pasado, á escepción de algún otro legajo. Puede ser q.e en la Cartuja de Sevilla se pueda hallar lo q.e  se practicó desde Valladolid, en donde murió el Almirante, hasta depositarlo en dha. Cartuja, y diligencias de la entrega de su cadáver para conducirlo á Sto. Domingo.

Servirá de satisfacción á los S.es descendientes del Almirante el saber q.e la Sta. Cruz q.e mandó colocar cuando, descubrió la Isla española se conserva en el día en la Catedral de Sto. Domingo en el altar colateral del evangelio, guardaba con tres llaves, dé las que tiene una el Deán, otra el Canónigo más antiguo y la tercera el Racionero más antiguo.

Es cuanto puedo decir á Y. S. en fuerza del encargo q.e  ha fiado á mi cuidado, quedando con el sentimiento de no poderlo llenar en todas sus partes.

Dios gue, á V. S. m.s a.s—Habana y Abril,  30 de 1820.— B. L. M. de V. S. su at.° seguro serv.r y Capp.n, Julián Josef del Barrio.»

Madrid, 11 de Octubre de 1918.
 



Por copia,
J. P. de G, Y G.

(Boletín de la Real Academia de la Historia,
tomo 73 (1918), pp. 443-446)

Tumba de Cristóbal Colón (Catedral de Sevilla)


Testamento y entierro
El 19 de mayo de 1506, un día antes de su muerte en Valladolid, Cristóbal Colón redactó su testamento ante Pedro de Inoxedo, escribano de cámara de los Reyes Católicos. Dejó como testamentarios y cumplidores de su última voluntad a su hijo Diego Colón, a su hermano Bartolomé Colón y a Juan de Porras, tesorero de Vizcaya.
En ese documento aparece citado como almirante, virrey y gobernador de las islas y tierra firme de las Indias descubiertas y por descubrir.
El testamento dice:
Yo constituí a mi caro hijo don Diego por mi heredero de todos mis bienes e ofiçios que tengo de juro y heredad, de que hize en el mayorazgo, y non aviendo el hijo heredero varón, que herede mi hijo don Fernando por la mesma guisa, e non aviendo el hijo varón heredero, que herede don Bartolomé mi hermano por la misma guisa; e por la misma guisa si no tuviere hijo heredero varón, que herede otro mi hermano; que se entienda ansí de uno a otro el pariente más llegado a mi linia, y esto sea para siempre. E non herede mujer, salvo si non faltase non se fallar hombre; e si esto acaesçiese, sea la muger más allegada a mi linia.
De donde se entiende que tiene dos hijos, Diego y Fernando, y que el heredero es el primogénito, según la costumbre al uso.
Cita también en el testamento la poca cantidad (un cuento de maravedíes) que los Reyes Católicos pusieron para la empresa del descubrimiento, debiendo él mismo poner una cantidad para el viaje.
Cita asimismo a doña Beatriz como la madre de Fernando, lo que atestigua que nunca se casaron.
Tras su muerte, su cuerpo fue tratado con un proceso llamado descarnación, mediante el cual se quita toda la carne de los huesos. Se le enterró inicialmente en el Convento de San Francisco (Valladolid) y, posteriormente, sus restos fueron trasladados al Monasterio de la Cartuja en Sevilla. Por deseo de su hijo Diego, fueron trasladados de nuevo en 1542, esta vez a Santo Domingo. Tras la conquista de la isla de Santo Domingo en 1795 por los franceses, se trasladaron otra vez a La Habana y, tras la guerra de la independencia de Cuba en 1898, sus restos fueron trasladados por última vez (de momento) por el crucero Conde de Venadito hasta la Catedral de Sevilla,[] donde reposan en un suntuoso catafalco.
Discusiones sobre su enterramiento
Posteriormente, se produjo una controversia sobre el destino final de los restos de Cristóbal Colón, tras aparecer en 1877, en la Catedral de Santo Domingo, una caja de plomo que contenía fragmentos de huesos y que llevaba una inscripción donde se leía "Varón ilustre y distinguido Cristóbal Colón". Esos restos permanecieron en la catedral de Santo Domingo hasta 1992, año en el que fueron trasladados al Faro a Colón, un monumento faraónico construido por el gobierno dominicano para conservar los restos que se suponen también de Colón.
Al parecer, en el momento de exhumar el cuerpo de la catedral de Santo Domingo no estuvo muy claro cuál era exactamente la tumba de Cristóbal Colón, debido al mal estado de las tumbas, con lo que resulta al menos probable que sólo se recogieran parte de los huesos, quedando la otra parte en la catedral de Santo Domingo. Todavía faltan estudios que sean más concluyentes al respecto.
Para averiguar cuáles eran los verdaderos restos se propuso tomar muestras de ADN de ambos esqueletos: el de Sevilla y el de Santo Domingo. Los estudios debían acabar en mayo del año 2006, pero en enero de 2005 las autoridades dominicanas pospusieron la apertura de la tumba. En el estudio preliminar se detectó una probable vinculación filial entre los huesos enterrados en la catedral de Sevilla y los de su hijo Diego.
El 1 de agosto de 2006 el equipo de investigación dirigido por José Antonio Lorente, médico forense y director del Laboratorio de Identificación Genética de la Universidad de Granada, que estudia los huesos atribuidos al almirante que están en la catedral de Sevilla desde 1898, confirmó que "sí son los de Cristóbal Colón". Esta afirmación está basada en el estudio del ADN comparado con el de su hermano menor Diego y con los de su hijo Hernando.
Según los estudios de ADN, se determina que Cristóbal Colón era varón, de entre 50 y 70 años, sin marcas de patología, sin osteoporosis y con alguna caries. Mediterráneo, medianamente robusto y de talla mediana.
Todavía se espera que las autoridades de la República Dominicana permitan el estudio de los restos atribuidos al Almirante que están en ese país, lo cual permitiría completar la historia en torno a esta cuestión. Pero este estudio ya no es determinante para identificar los restos del descubridor. Se estima que pueda haber restos en otros lugares, ya que los que hay en la capital andaluza no llegan al 15% de la totalidad del esqueleto, por lo que podría resultar que los que están en Santo Domingo también correspondan al descubridor de América.

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