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PAPÁ (Javier Iribarren)



El día de su funeral cené con mamá en un mesón de los que se dicen jamoneros. Cuando concluyó la ceremonia buscamos un lugar para guarecernos de los mentideros creados en torno al pórtico de la parroquia. Amigos y conocidos de conocidos chismorreaban sin cuartel. Era su momento: “¡Cómo estaba la iglesia!”, “Muy bien este cura, eh”, “¡Solo nos vemos en funerales!”, “Que me voy ya, me alegro de verte”.
En el mesón estudié la carta con detenimiento: raciones, bocadillos fríos, los calientes, hamburguesas… Mamá, que tiene poca desenvoltura en los bares, me confió la iniciativa. Pedí dos bocadillos, el completo de jamón serrano, sin pimiento como lo prefirió ella, y el de cecina de Astorga con paté y aceite, que nos recomendó entusiasta el camarero. Los presentaron al cabo de cinco minutos, generosos y rotos en mitades, para facilitarnos el mordisco. Deliciosos los dos, vaya por delante, si convenimos a la hora de señalar el de cecina como excelente. Y así se lo hicimos saber al camarero, pues no dejaba de fisgar nuestros bocados en busca de una aprobación coral a su sugerencia. Bien a gusto me hubiera zampado otra mitad, y creo que mamá también, pero un conocido, otro más, se acercó a mostrar sus sentidos respetos a la viuda. Mamá ni siquiera se acordaba de su nombre, “el de la ferretería, sí, sí, claro”, pero verlo así de afectado, derramando la compostura entre sollozos, le causó algo de rubor.
Camino de casa retomamos el hilo del funeral. Mamá se atrevió a especular con cifras de asistentes y evocó con resignación socarrona las últimas voluntades de su marido, “Nada de misas ni sermones. Y tiráis mis cenizas al Ebro”.
Antes de retirarnos a dormir volvimos a coincidir en la cocina.
- ¿No te acuestas, hijo?
- Sí, ahora. Me he quedado con hambre. Voy a picar algo.
- Yo también tengo apetito, no te creas. ¿Queda algo de queso?
- En el “frigo” no. Lo terminé ayer.
- Hay en el balcón, creo.
- ¿Voy?
- Sí, por favor.
- Vale. Ahora vuelvo.
- ¡Luis!
- ¡Dime mamá!
- Coge también las nueces.



Javier Iribarren

UN PAR DE NOTAS CRÍTICAS SOBRE "INTERINO", LA PRIMERA NOVELA DE JAVIER IRIBARREN



Procuré retomar el ritmo de estudio, por enésima vez, aunque no fue sencillo. Tal vez convenga precisar aquí al lector que aunque no lo parezca el relato avanza, y hacia delante. Las correrías de un opositor no encierran asesinatos junto al lago, leyendas templarias ni secretos vaticanos. Es probable que no haya ni sexo. Auguro que no habrá película. (de "Interino". Javier Iribarren. Ediciones Eunate. Pamplona, 2014).
Pues no, no es cierto. Porque en "Interino" sí que hay película. Javier Iribarren nos presenta una apasionante novela de amor, humor y crítica social, que destapa los padecimientos y hasta los peores instintos humanos ante la lucha diaria por la supervivencia, y cómo esa lucha puede convertirse en una verdadera trampa. Su lectura suscita multitud de interrogantes, pero quizá el principal consista en cuestionar nuestras propias ambiciones: la naturaleza de las mismas y sus efectos, su legitimidad y, en todo caso, su verdadera conveniencia (su oportunidad). Buen punto de partida para una profunda reflexión sobre lo que la sociedad espera de nuestros jóvenes y ellos de la sociedad.
Estamos ante el crudo testimonio del suplicio padecido por esta juventud condenada al fracaso escolar o a discurrir por un eterno laberinto implacable y desesperanzado de estudio, disciplina y pobreza, difícilmente compatibles con la mínima estabilidad física y emocional que cualquier tipo de proyecto vital precisa. Panorama sólo roto por algún que otro escarceo casi siempre condenado al fracaso, bien sea por el extranjero (Londres, en este caso) para intentar buscar salidas y, de paso, aprender o perfeccionar otro idioma; bien por los bosques de una administración efímera, transitoria y provisional. Estudiante, opositor o interino, qué más da: la angustia es extrapolable a cualquier otra situación en que se hallan inmersos los jóvenes de hoy. Y este es el testimonio y esta la odisea: un relato verdaderamente dramático. ¿Cómo que no hay película?  
Y ya, en la perspectiva puramente formal o literaria, nos encontramos con una prosa exenta de experimentos lingüísticos o expresivos o de pretensiones líricas o poéticas, pero rigurosa y eficaz; de hecho, la narración mantiene un ritmo muy bueno con dosis, si no de un suspense hitchcockiano (inapropiado por lo demás para el género), sí de la necesaria tensión para atrapar la atención del lector, aderezada además con  pinceladas -ahí sí- de un lirismo nada pacato (y por tanto acorde con el tono narrativo) pero muy emotivo y salpicado de un humor muchas veces fino e inteligente. La trama está perfectamente estructurada y los personajes acertadamente definidos, lo que unido a ese logrado ritmo hacen de "Interino" una novela muy por encima de la mediocridad a la que  nos tiene acostumbrados el actual mercado literario .
Recomiendo, pues, su lectura: es interesante, emocionante, divertida y motivadora. Pero, además, lo dicho: contiene un vivo testimonio de nuestra época. Bueno, hoy, para la reflexión y, mañana, para el recuerdo aleccionador .


Lecturas hispánicas



LA NOVELA "INTERINO", DE JAVIER IRIBARREN, SE PRESENTA EN ZARAGOZA EL PRÓXIMO MIÉRCOLES, DÍA 12


La novela de nuestro amigo Javier Iribarren, editada por Ediciones Eunate, será presentada en Zaragoza el próximo día 12 a las 19,30 en el Sala Cultural de Lilbrería Central (Corona de Aragón, 40). 


Interino es sinónimo de provisional, transitorio, fugaz. ¿Puede una persona llevar una existencia interina? Eduardo Iturralde es un joven universitario con nombre de árbitro y dificultades para pronunciar la erre. La timidez, parece, le viene de serie. Los proyectos que emprende, sean laborales o personales, no terminan de cuajar. “No acabas nada, hijo. Hay que ser más paciente en la vida”, le recuerda su madre.
Javier Iribarren
No parecen las mejores credenciales para estudiar una oposición, desde luego. Pero Iturralde es obstinado y la propia inercia de la vida le ha llevado por ese camino. Convertirse en alto funcionario de la Administración Foral de Navarra se convertirá a partir de entonces en su aspiración.
Un reto intelectual mayúsculo que el protagonista tratará de compaginar con su relación de pareja y con diversos empleos temporales al servicio de la Administración Pública. ¿Lo conseguirá? 
Una historia de superación que nace en el periodo de bonanza y profundiza en lo más profundo de la crisis actual. El testimonio (crudo testimonio) de lo que la sociedad actual depara a nuestros jóvenes. 
Javier Iribarren nace en Logroño en 1980. Es licenciado en Derecho y funcionario de la Administración de la Comunidad Autónoma de La Rioja. “Interino” es su primera novela.




EL TENUE AROMA DE LA ACACIA (Antonio Envid)




La madrugada en Saint Denis era especialmente dura, hombres con gesto encogido pasaban como furtivos por las mojadas aceras, sin reparar, porque se habían hecho habituales o porque no les importaban en absoluto, en las pintadas (“Franco es un asesino”, “Abajo el fascismo franquista”) que embadurnaban las oscuras paredes de los edificios, camino del cotidiano trabajo. Camino, también yo, del suburbano que me llevaba hasta la editorial, donde hacía un poco de todo e igual cogía la pluma que la escoba: traductor a ratos, redactor de cartas a inverosímiles librerías españolas capaces de vender los libros que editábamos o los que distribuíamos de “El Ruedo Ibérico”, mozo repartidor, articulista ocasional… Aquellas madrugadas, sin embargo, comenzaron a ser más amables, me cruzaba con frecuencia con una joven que me dirigía una leve sonrisa.
Un día, venciendo mi tradicional  timidez, la abordé. Resulta que ella sabía mucho sobre mí, pues su hermano y yo éramos conocidos; no llegábamos a ser amigos, pero había buen entendimiento entre nosotros. Era hija de exilados españoles, pero ella era parisina. Rosita, así la llamaban sus padres y hermanos, con una “r” impronunciable para sus amigos franceses, era uno de esos deliciosos productos criollos; educada en la estricta moral laica del obrero republicano español de raza, esa educación contrastaba con la libertad de costumbres de sus amigos franceses, causándole esto una cierta confusión mental. Comenzamos a salir juntos e íbamos a alguna boite a bailar o al cine. Era fogosa y reprimida a la vez, sus diversos componentes culturales le conferían una interesante y compleja personalidad, mucho más libre que cualquier chica española, pero reprimida por numerosos tabús.
La Porte de Saint Denis me devolvió a mis gentes. Mucho más reales que los estereotipos que se manejaban en las reuniones de la célula. Gentes que, en su mayoría, carecían de inquietudes políticas, sumergidas como estaban en la resolución de los problemas diarios, con un único afán, enviar dinero a sus casas, y un único sueño, volver a su ciudad o a su pueblo un día, con los problemas económicos más perentorios resueltos. La justicia social empieza por uno mismo. Aparte estaban los irredentos exilados de la guerra, que desengañados de volver, reconstruían en tierra extraña el ambiente petrificado de una España ya inexistente y, por tanto, imposible de recuperar.
Una noche de sábado en que Rosita se había mostrado especialmente cariñosa mientras bailábamos y desafiando el mandato paterno, que la obligaba a volver a casa a una hora “prudente”, accedió a subir a mi cuarto. Todo fue hermoso, pero no excesivamente apasionado, quizá a ambos nos faltaba experiencia. Después vinieron las confidencias: su deseo era casarse con un español, que la devolviera a esa España para ella desconocida, idealizada por tanto ensalzamiento escuchado a sus padres, tener hijos, ser felices. En fin, todo un programa pequeño burgués que a mí no me hizo mucha gracia. De pronto descubrí que esas deliciosas criaturas que son las mujeres, no solo eran un cúmulo de estímulos sensoriales y sentimientos románticos, sino que tenían cabecitas muy bien organizadas, que establecían programas eficaces dirigidos a fines muy concretos y que uno de ellos era hacernos bajar a los hombres de las etéreas regiones donde comúnmente habitamos hasta la tierra real y concreta, para ser unos elementos integrantes de la sociedad y desarrollar lo único que se nos pide: nacer, reproducirse y morir.
Me gustaba el barrio. Nunca he dejado de ser un chico de barrio. La vida cobraba formas primarias, la gente tenía problemas y trataba de resolverlos de la mejor manera posible, con la angustia necesaria. Si hubieras preguntado por Du Beauvoir o Sartre te habrían contestado con naturalidad que no los conocían, que preguntaras, acaso, dos calles más abajo donde vivían algunas familias francesas. Ya empezaba a estar un poco harto de los pseudointelectualoides del comité, con tanto análisis estructural, tanto materialismo dialéctico, tantas citas constantes a los prebostes del marxismo y tanto mirarme condescendientemente porque yo no había ido a la universidad, como si ello comportara más mérito que el haber tenido un padre rico que costeara los estudios al hijo que jugaba a ser rebelde y marxista y cuando, por lo demás, la vida se desarrollaba ante nuestros ojos y no era necesario sino mantenerlos muy abiertos para comprenderla.
Fue por casualidad que trabé conocimiento con uno de los tres jesuitas que atendían la sobria parroquia del barrio. No tenía ninguna pinta de cura, vestía como cualquier obrero y se tomaba con ellos una cerveza al terminar su jornada de trabajo, mientras reemprendía otra, la ministerial. Era navarro y me interesó lo que estaban haciendo, de modo que algunas tardes, de anochecida me dejaba caer por la oficina parroquial y para cuando terminaban su agotadora jornada, quizá, les hubiera preparado algún guiso, que siempre he sido mañoso con las perolas y sartenes. Mientras cenábamos conversábamos sobre España y sobre el resto del mundo.
-Nosotros ejercemos de curas, aunque no lo parezca. Somos unos taimados. Claro que hacemos proselitismo, y muy eficazmente te lo aseguro. Reía Javier ante mi cara de asombro.
- Es que los comunistas sois muy primitivos, parecéis los primeros cristianos, dando la tabarra con el ateísmo, cuya doctrina te habrás dado cuenta que toma todos sus elementos de la religión, sobre todo el dogma, tras el que se parapeta el superior. Esto no tiene discusión: es dogma. A partir de ahí ya no tengo que demostrar nada, y tú te quedas con el trabajo de demostrar cada una de tus afirmaciones, que cuando no interesen serán rebatidas con otros dogmas. Cualquier día de estos descubriréis a Dios y adiós con el comunismo político, os convertiréis en una teocracia.
Escuchar cosas así de unos curas me producía no sólo asombro, sino un verdadero choque contra todo lo que había visto de la Iglesia Católica en mi tierra. Los tres componentes de la casa, de la parroquia, o lo que fuere: uno navarro y dos vascos, trabajaban en una empresa de colocación de telas asfálticas. Los domingos, después de decir misa, organizaban partidos de fútbol con los chicos del barrio y jugaban con ellos. Durante la semana, tras el trabajo celebraban la eucaristía y después abrían la oficina parroquial donde trataban de ayudar a resolver los problemas de los que hasta allí se acercaban, sin preguntarles nada sobre sus creencias.
-Mira, lo primero que necesitan muchos de los que acuden es a que les encuentres un alojamiento. Normalmente vienen a casa de algún pariente o amigo del pueblo, pero eso es una solución provisional. Qué les vas a decir sobre el concubinato y las relaciones sexuales sin matrimonio, si viven hacinados. Después hay que revisarles los papeles del arrendamiento del apartamento, para que no los engañen. También hay que buscarles trabajo o mirar que no les pongan cláusulas abusivas en sus contratos. En fin, ayudarles. Después les dices que celebramos misa los domingos, pero que la misa hay que sentirla, si no es preferible no asistir. Y así van cayendo. Ja, Ja,…. volvía a reír Javier con esa risa espontánea y contagiosa suya, que procedía de alguien que parecía vivir de acuerdo con su pensamiento.
- Sí, si, no seas celoso, también a ti tratamos de traerte al buen redil, pero eres un caso muy difícil. Aunque, ya caerás, Dios es eterno y puede permitirse tener mucha paciencia. –Pero yo, afortunadamente, no soy eterno-. Contestaba yo con un guiño.
Las cosas con Rosita comenzaron pronto a no marchar. Se daba cuenta de que yo no era lo más apropiado para sus proyectos. Por muy hábilmente que tirase del brabante no había manera de bajarme de la estratosfera donde descuidadamente vivía. Mientras, yo acariciaba la idea de volver a mi país, pero temía que estuviera fichado y fuera detenido nada más poner un pie tras la frontera. Nada me ataba a Francia y cada vez era mayor la nostalgia de mi tierra. Un día recurrí a mis amigos jesuitas.
-Volvería a España, pero tengo miedo de que la policía tenga antecedentes míos y me creen dificultades. Prácticamente he roto con el Partido, pero eso no será suficiente.
-Pues no sé que podemos hacer por ti.
-Vuestra organización es poderosa y bien relacionada con el Régimen.
-Más vale que no toquemos este punto. No faltaría más que nuestros hermanos españoles pensaran que queremos infiltrar comunistas. Bastante escandalizados los tenemos.
-¿Por qué?
-No dejarás nunca de ser un ingenuo, por eso te he dicho siempre que no estás perdido. ¡Curas obreros! ¡Curas sindicalistas, reivindicadores de los derechos de los obreros! Mira, cuando cogemos vacaciones nos abstenemos de ir a ninguna casa de la Orden. No entenderían a un padre jesuita de vacaciones.
-Pues, ¿Dónde vas?
-A mi me gusta el mar, o sea que a una playa.
-¿Y vas a la playa y te pones el bañador?
-¡Qué pregunta, vaya revolucionario! Lo malo es que nos vas a salir un católico reaccionario y retrógrado. No te preocupes, tenemos otros medios que no son, precisamente, recurrir a nuestra Orden. Me contestó con un guiño cómplice de conspirador.
Al poco tiempo me comunicaron el resultado de sus averiguaciones. No tenía ficha policial, podía ir a mi patria cuando quisiera, sin temor. Partí con un sentimiento de vergüenza por mi cobardía de no atreverme a decírselo a Rosita. Pero qué podría decir en  mi descargo. Que era un inmaduro, que no acababa de encontrar mi sitio. Por otra parte, Rosita siempre sería una delicada rosa española plantada en una banlieue y en España no dejaría de ser una fragante rose francesa en aquella España pacata y provincial. La tragedia de los trasterrados no termina en ellos, trasciende a la generación siguiente, los criollos, que no consiguen pertenecer ni a la cultura de sus padres ni a la de adopción.
Atrás dejé aquella babel  de tribus. Estaban los viejos republicanos españoles, que habían perdido todas las batallas y habían sido apaleados en todos los lugares y en todos los idiomas: en la guerra española, en los Alpes, en los Vosgos; que mantenían una fe inquebrantable en el socialismo, pero el del comunismo primitivo,  sin contaminar aún por los intelectuales, la fe de los viejos apóstoles bolcheviques. La nomenclatura del partido, formado por burócratas mal pagados, que se disputaban una invitación al paraíso de Cheauchescu. También había que contar con la emigración, que no había vivido la guerra, sin compromiso político alguno, que se hacinaba con portugueses, turcos y argelinos en las banlieues, tratando de sobrevivir simplemente. Pero aparte de nuestros variados especímenes, París se hallaba poblado por multitud de hordas: desde el oficial Partido Comunista, para quienes nosotros éramos los parientes pobres, hasta la extrema derecha fascista, que englobaba los restos de la O.A.S. pasando por los sonrosados estudiantes de Nanterre, en su mayoría alevines de las familias dirigentes, que jugaban a comunistas maoístas, dispuestos a dirigir la tercera revolución francesa, llevando la imaginación al poder. Como si el poder careciera de imaginación, al menos para lo único que le interesa, permanecer en el poder, como lo demostró en aquella ocasión, fagocitando a aquellos diletantes, que pronto terminarían sus estudios y se integrarían felices en los cómodos alvéolos de ese abominable poder.
Me fui, volví a España. Al poco estalló el mayo francés. Nunca se armó tanta bulla para tan parco resultado: jubilar a un viejo general enfermo. Francia y toda la Europa occidental carecían ya de la energía necesaria para una  revolución, habían perdido pulso. Como mucho, unos días de algarada para que todo continuara igual. El espectáculo se celebró sin mí, lo que me impidió pasar el resto de la vida diciendo, con el pecho inflado: yo estuve en el 68 en Paris. ¡Qué lástima! Qué hacía yo en aquella jungla, un chico de barrio. Nada. Volví a mi país donde Paco “el paleta” todavía estaría aguardando paciente la llegada de la parusía socialista. Llegué justo a tiempo de contemplar la conmoción que supuso el triunfo de Massiel en Eurovisión, estuve a punto de largarme a cualquier parte, abrumado de tanta vulgaridad y nihilismo. El 20 de agosto de aquél año, las tropas y los tanques rusos, bajo la capa del Pacto de Varsovia, pisoteaban las flores de la primavera de Praga, extirpando de forma brutal los sueños de libertad y humanismo de los checos, dirigidos por Alexander Dubcek. Nadie, en la Europa libre, ni aquellos ilusos estudiantes, ni sus profesores, ni sus intelectuales mentores, elevó la más tenue protesta. Hay quien piensa que Dubcek era tan peligroso para el capitalismo como para el comunismo.

Antonio Envid Miñana
El tenue aroma de la acacia 








LA VENTANA (Anca Balaj)

Cuando las puertas se abren y se cierran con suavidad, uno puede atravesarlas con total libertad, pero si alguien las cierra de un portazo, ya no se puede pasar al otro lado en mucho, mucho tiempo. No importa si son horas o medias horas, tras el portazo queda una eternidad hasta el momento de volver a cruzar esa puerta.

Carlos se quedaba muchas tardes encerrado en su cuarto después de que alguien diera un portazo. Su habitación tenía la peculiaridad de volverse grisácea tras cada uno de esos portazos: desde las paredes hasta las alfombra, que de normal era roja, todos y cada uno de los objetos que había en su cuarto perdían cualquier rastro de color. 

Un día, mientras medía los minutos que quedaban hasta atravesar de nuevo el umbral y recuperar el rojo de su alfombra y de sus mejillas (y, no te asustes, pero había minutos de hasta veinte metros de largo), vio con el rabillo del ojo que uno de sus cuadernos conservaba las tapas verdes y azules. Se acercó al escritorio y lo abrió. Era el cuaderno de cuentos ilustrados en los que solía escribir las aventuras que inventaba jugando con los amigos. 

Dentro del cuaderno, las historias seguían conservando todo su colorido. Sin querer, a Carlos se le escapó una sonrisa al ver al pirata con los pantalones bajados arrastrado por tres gnomos. Se le ocurrió dibujarle los bigotes más despeinados, pero, en cuanto el lápiz rozó el papel, el cuaderno se convirtió en una ventana que daba a una isla con grandes palmeras y gnomos traviesos vestidos de violeta. Carlos cruzó la ventana y, con sus propias manos, despeinó los bigotes del pirata, vitoreado por al menos una docena de gnomos de todas las edades que parecían encantados con la ocurrencia del niño. 

Pasó la tarde rápidamente, pues los minutos que quedaban eran ya más cortos que el lápiz amarillo. La puerta se abrió y Carlos volvió a su cuarto, cerrando la ventana detrás de sí; la ventana volvió a ser un cuaderno de tapas azules y verdes, la alfombra era roja otra vez y los minutos de nuevo medían sesenta segundos exactos.

Pero, desde aquel día, Carlos siempre llevó consigo un cuaderno de tapas coloreadas, por si alguien daba un portazo y había que salir por la ventana. Y nunca volvió a quedarse encerrado en una habitación gris.



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Libros de Anca Balaj


CÓMO DESARROLLAR LA CREATIVIDAD INFANTIL (Anca Balaj)




Todos los niños y niñas nacen creativos e ingeniosos pero, en algún momento de su infancia, empiezan a dejar de lado sus ideas originales, empiezan a dudar de sus capacidades y rebajar sus expectativas, dejan de arriesgar y experimentar para limitarse a realizar las tareas según pautas bien definidas. A partir de ese momento, cuando les pedimos que inventen algo empiezan a contestar "es que no sé cómo hacerlo" y se niegan a probar sin recibir las instrucciones precisas.
Esto se debe a que el sistema educativo actual cultiva de manera intensiva las capacidades del hemisferio izquierdo (lógica, razonamiento, síntesis, lenguaje, procedimientos) ignorando casi en su totalidad las capacidades del otro medio cerebro humano. 
Es por esto que se necesita ofrecer un espacio a los niños y niñas, en el que desarrollar todo su potencial. 

En este libro encontrarás información sobre la creatividad y como se produce, así como actividades prácticas para realizar con el niño o la niña. Son 10 actividades con sus variantes, con las que trabajar tanto el aspecto artístico cómo el pensamiento lateral del niño o niña.

Más libros de 
Anca Balaj



TÍMIDaS (Anca Balaj)





La manera adecuada de manejar grandes textos es tomando el escrito en su conjunto. Después, a la hora de estudiarlo, deberá usted recorrer con su mirada la superficie de los renglones, de izquierda a derecha, sin variar el ritmo. Podría (en caso de ser absolutamente necesario) volver unas palabras atrás y recorrer de nuevo las letras ya leídas, procurando abarcar al menos medio renglón en esta revisión.

Pero jamás, bajo ningún concepto se debe detener con la mirada fija en una minúscula en concreto. Si así lo hiciera, la boba se sentiría halagada por tanta atención, dada su timidez se pondría roja y así destacaría entre las demás letras.

¿Puede alguien imaginarse la de líos e incorrecciones que supondría tener una minúscula destacada en mitad del libro? ¿Podría alguien resistir tal desbarajuste en un texto formal?




Anca Balaj
de su blog aMINUSCULA


EL PAPA DEL MAR: UN CRUCERO POR EL MEDITERRÁNEO, POR SU GEOGRAFÍA E HISTORIA DE LA MANO DE VICENTE BLASCO IBÁÑEZ





Prepárese el lector para leer esta apasionante novela (y, con toda seguridad, la que le sigue), porque ni es una "novela más" ni mucho menos "una novelahistórica más".  Prepárese como quien se prepara para acometer un precioso crucero cultural por el Mediterráneo.  Porque en el Mediterráneo resulta casi imposible hacer un turismo que no sea culto, aun sin proponérnoslo.
El Papa del Mar (1925), es una de las grandes novelas históricas, un libro de viajes por nuestro mar: Niza, Marsella, Aviñón, Vaucluse, Génova, Pisa, Barcelona, Valencia, Castellón, Peñíscola… Y hasta un escarceo por la pampa argentina. Un viaje por el espacio, pero también por el tiempo: de la Costa Azul y la floreciente Argentina de principios del siglo XX a las intrigas medievales de la Europa del Cisma de Occidente. De la profunda Illueca aragonesa, casi castellana, a la Peñíscola mediterránea. Y todo ello de la mano de un guía excepcional, un narrador de primera fila y hombre culto y conocedor de los entresijos de la historia de Europa: Vicente Blasco Ibáñez.
Por si todo esto fuera poco, por si la novela no estuviera lo suficientemente bien documentada, aún nos permitimos añadir medio centenar largo de interesantes y curiosas notas a pie de página y un Apéndice de textos y documentos para todo aquel curioso ávido de ampliar y bucear por los asuntos cardinales de la materia novelada.
Es El Papa del Mar una narración escrita ya en la última etapa del escritor (1925), en cuyas páginas destila su enorme admiración por el también polémico don Pedro Martínez de Luna, Benedicto XIII, destacando su tenacidad, fuerza e influencia decisiva no sólo en la creación de España como primer estado moderno occidental (pues decisiva fue su intervención en el Compromiso de Caspe), sino también en la concepción de las raíces mismas de Europa. Desfilan por esta interesante narración ―como destaca Blasco Contell― los más altos dignatarios eclesiásticos del momento, los teólogos Gerson y Pedro de Ailly; Petrarca, con una evocación soberbia de la vieja Vaucluse; Cola de Rienzo; Juana de Nápoles; Juan Huss; un "Maestro Vicente" que iba a ser, andando el tiempo, San Vicente Ferrer, etc.
Vicente Blasco Ibáñez (1867-1928). Valenciano de origen aragonés. Su procedencia humilde y su recia personalidad hicieron de él un hombre de ambición y carácter. Fue escritor, periodista, político y editor. Radical en sus ideas, y siempre hombre de acción, se mantuvo alejado de todo lo que hoy consideraríamos políticamente correcto. Miembro por edad de la generación del 98, estuvo también, como Galdós, al margen de sus miembros, personal y estilísticamente. Si aquellos se sentían atraídos por Castilla, él alardeaba de mediterráneo, valenciano, aragonés y, por supuesto, español y europeo. Si aquellos eran elitistas, él hombre del pueblo. Si aquellos hombres de reflexión, él de acción. Si aquellos apostaban por una visión purista del arte alejada de toda cuestión económica, Blasco Ibáñez proclamará con Zola la emancipación del escritor por dinero; y, de hecho, consiguió una importante fortuna con sus libros, siendo el único español de los años veinte con presencia en Hollywood: Los cuatro  jinetes del apocalipsis, y Sangre y arena. Los espíritus superiores, ―dice en un voluminoso y apasionado ensayo sobre Argentina, presente en nuestra edición―, deben apreciar el dinero, no por las comodidades que proporciona, sino porque sirve para mantenerse libre y digno. El que no necesita de otros económicamente, puede decir la verdad y darse el gusto de herir con su insolencia a los soberbios.
Qué duda cabe que en el protagonista de la novela, Claudio Borja, a través del cual se nos da a conocer la apasionante vida del Papa Luna, adivinamos también detalles biográficos del propio Blasco Ibáñez.  Especialmente su pasión y amor por lo propio que, por supuesto, no se agota en nuestra narración: tú tienes la obligación de ayudarme en esta obra de justicia ―le dirá a Claudio su tío, el canónigo Figueras, en A los pies de Venus (1926)―. Los Borgias deben interesarte más que el Papa del Mar, al que quisiste describir en un libro. Don Pedro Luna está olvidado y nadie lo calumnia, mientras los Borgias continúan siendo considerados por el vulgo como unos modelos de monstruosidad.
Esperamos, como siempre, que el lector disfrute de la lectura, aderezada con las notas y la Antología de textos y documentos que acompañan esta singular edición.


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QUOT LIBRAS IN DUCE? LA BATALLA DE WATERLOO EN "LOS MISERABLES": El Genio, Napoleón, vencido por el Cálculo, Wellington. (Víctor Hugo)



La batalla de Waterloo es un enigma. Tan obscuro para los que la ganaron como para quién la perdió. Para Napoleón fué un pánico (1). Blücker no vio en ella sino fuego; Wellington no entendió nada. Véanse los partes. Los boletines resultan confusos, los comentarios embrollados. Estos balbucean, aquellos tartamudean. Jomini divide la batalla de Waterloo en cuatro tiempos; Muffling la corta en tres peripecias; Charras, aunque en algunos puntos tengamos diversa apreciación, es el único que ha fijado con su certero golpe de vista las principales y características líneas de aquella catástrofe del genio humano en lucha con el azar divino. Todos los demás historiadores se han deslumbrado más ó menos, y en medio de su deslumbramiento andan á tientas. Jornada fulgurante, en efecto, derrumbamiento de la monarquía militar, que, con gran estupor de los reyes, arrastró á ella todos los reinos; caída de la fuerza, derrota de la guerra. En semejante acontecimiento, impregnado de una necesidad sobrehumana, la parte de los hombres es nula. Quitarles Waterloo á Wellington y á Blücker, ¿es quitar algo á Inglaterra y á Alemania? No. Ni la ilustre Inglaterra, ni la augusta Alemania, son discutibles en el problema de Waterloo. Gracias al cielo, los pueblos son grandes independientemente de las lúgubres aventuras de la espada. Ni Alemania, ni Inglaterra, ni Francia, están encerradas en el interior de una vaina. En aquella época en que Waterloo no es más que un choque de espadas; sobre Blücker tiene Alemania a Schiller, y sobre Wellington tiene Inglaterra a Byron. Un vasto nacimiento de ideas es el signo característico de nuestro siglo, y entre esa aurora tienen, así la Inglaterra como Alemania, esplendores magníficos. Ambas son majestuosas, porque piensan. La elevación de nivel que aportan ambas a la civilización, les pertenece intrínsecamente; procede de ellas mismas, y no de un accidente. Todo su engrandecimiento en el siglo XIX no tiene  nada de común con Waterloo por su origen. Solamente los pueblos bárbaros tienen crecidas súbitas después de una victoria. Es la vanidad pasajera de los torrentes henchidos por la barrusca. Los pueblos civilizados, sobre todo en los tiempos que atravesamos, no se elevan ni rebajan por la buena ó mala fortuna de un capitán. Su peso específico en el género humano es resultado de algo más que un combate. Su honra, á Dios gracias, su dignidad, su esplendor, y su genio, no son números que los héroes y conquistadores, jugadores al fin, puedan poner a la lotería de las batallas. Frecuentemente batalla perdida, significa progreso conquistado. A menos gloria mayor libertad. Calla el tambor, y toma la razón la palabra. Es el juego del gana-pierde. Hablemos, pues, de Waterloo, fríamente por una y otra parte. Demos al azar lo que es del azar, y a Dios lo que es Dios. ¿Qué fué Waterloo? ¿Una victoria? No. Un quinterno.
Quinterno ganado por Europa, y pagada por Francia. No valía, de mucho, la pena de poner allí un león. 
Por lo demás, Waterloo, es el encuentro más extraño que registra la historia. Napoleón y Wellington. No son enemigos, son contrarios. Dios, que se complace en las antítesis, no produjo jamás contraste más sorprendente ni confrontación más extraordinaria. 
Por una parte la precisión, la previsión, la geometría, la prudencia, la retirada asegurada, las reservas economizadas, una sangre fría pertinaz, un método imperturbable, la estrategia que aprovecha el terreno, la táctica que equilibra los batallones, la matanza tirada á cordel, la guerra regulada reloj en mano, nada abandonado Voluntariamente al azar, el antiguo valor clásico, la corrección absoluta; por la otra, la intuición, la adivinación, el capricho militar, el instinto sobrehumano, el brillante golpe de vista, un no sé qué, que mira como el águila y hiere como el rayo, un arte prodigioso dentro una impetuosidad desdeñosa, todos los misterios de un alma profunda, la asociación con el destino; el río, la llanura, el bosque, la colina, intimados y en cierto modo obligados á obedecer; el déspota llegando hasta tiranizar el campo de batalla; la fé en su estrella mezclada á la ciencia estratégica, engrandeciéndola y turbándola á un tiempo. Wellington era el Baréme de la guerra, Napoleón el Miguel Ángel, y esta vez el genio fué vencido por el cálculo.
Por ambas partes se esperaba á alguien. Fué el calculador exacto quién salió en bien. Napoleón esperaba á Grouchy, y no vino, Wellington esperaba á Blücker, y acudió.
Wellington fué la guerra clásica tomando su revancha. Bonaparte, en su aurora, habíala encontrado en Italia, y batido soberbiamente. La vieja lechuza había huido ante el joven buitre. La antigua táctica, no sólo quedó pulverizada sino escandalizada. ¿Qué venía á ser aquel corso de veintiséis años, qué significaba aquel ignorante espléndido que, teniéndolo todo en contra suya, nada en su favor, sin víveres, sin municiones  sin cañones, sin zapatos, casi sin ejército; con un puñado de hombres en frente de masas compactas, se precipitaba sobre la Europa coligada, y ganaba absurdamente victorias imposibles? 
¿De dónde salía aquel rayo furibundo que, casi sin tomar aliento y con el mismo juego de combatientes en la mano, pulveriza uno después de otro los cinco ejércitos del emperador de Alemania, derribando Beaulieu sobre Alvinzi, á Wurmser sobre Beaulieu, á Melas sobre Wurmser, á Mack sobre Melas? ¿Quién era ese advenedizo de la guerra con la atrevida desvergüenza de un astro? La escuela académica militar le excomulgaba huyendo á su presencia. De ahí el implacable rencor del viejo cesarismo contra el nuevo, del sable correcto contra la espada flamígera, y del tablero contra el genio. 
El 18 de Junio de 1815 encontró este rencor su última palabra, y debajo de Lodi, de Montebello, de Montennote, de Mantua, de Marengo y de Arcóle, escribió; Waterloo. Triunfo de las medianías dulce á las mayorías. El destino consintió esta ironía. Napoleón al declinar, se encontró ante Wurmser joven. 
Y efectivamente, para tener á Wurmser, basta con blanquear los cabellos á Wellington. 
Waterloo es una batalla de primer orden, ganada por un capitán de segundo. 
Lo que hay que admirar en esta batalla, es Inglaterra, es la firmeza inglesa, es la resolución inglesa, es la sangre inglesa. Lo que Inglaterra tuvo allí de soberbio no ha de desagradarle, fué ella misma. No fué su capitán, fué su ejército».
Wellington, ingrato hasta la extravagancia, declara en una carta á lord Bathurst que su ejército, el ejército que combatió el 18 de Junio de 1815, era, un «ejército detestable.» ¿Qué pensará de ello esa sombría con- fusión de esqueletos sepultados en los campos de Waterloo? 
La Inglaterra ha sido muy modesta al frente de Wellington. Hacer tan grande á Wellington, es empequeñecerse.
Wellington no pasa de ser un héroe como otro cualquiera. Aquellos escoceses grises, aquellos guardias de á caballo, aquellos regimientos de Maitland y de Mitchell, aquella infantería de Pack y de Kempt, aquella caballería de Ponsomby y de Somerset, aquellos montañeses tocando la gaita bajo la metralla, aquellos batallones de Rylandt, aquellos reclutas enteramente bisónos, que apenas sabían manejar el fusil, haciendo cara á los veteranos de Essling y de Rívoli, esto es lo grande. Wellington fué tenaz, este es su mérito, y nosotros no se lo hemos de regatear; pero el último de sus infantes y de sus ginetes fué tan fuerte como él. El soldado de hierro bien vale lo que el duque de hierro. 
Por nuestra parte, concedemos toda la gloria al soldado inglés, al ejército inglés, al pueblo inglés. Si hubo trofeos son para Inglaterra. La columna de Waterloo sería más justa, si en lugar de la figura de un hombre, elevase á las nubes la estatua de un pueblo. 
Pero la gran Inglaterra se irritará de lo que aquí decimos. Ella conserva aún, después de su 1688 y de nuestro 1789, la ilusión feudal, porque cree en la herencia y en la jerarquía. Este pueblo, al cual ninguno aventaja en poderío y gloria, se aprecia á sí mismo como nación, no como pueblo. Y como pueblo, se subordina de buen grado y toma por cabeza un lord. Obrero, se deja despreciar; soldado, deja que le apaleen. Cualquiera sabe que en la batalla de Inkermann un sargento, que según parece, había salvado al ejército, no pudo ser mencionado por lord Raglán, por no permitir la jerarquía militar inglesa citar en un parte á ningún héroe de grado inferior al de oficial. 
Lo que admiramos sobre todo, en un encuentro por el estilo del de Wáterloo, es la prodigiosa habilidad del azar. Lluvia nocturna, muro de Hougomont, hondonada de Ohain, Grouchy sordo el canon, el guía de Napoleón engañándole y el de Bülow que le dirige bien; todo este cataclismo aparece maravillosamente conducido. 
En suma, debemos decir, que hubo en Wáterloo más matanza que lucha. 
Es Wáterloo, de todas las batallas en regla, la que presentó la línea de combate más reducida con respecto al número de combatientes; la de Napoleón tenía tres cuartos de legua, y media legua la de Wellington,. con setenta y dos mil combatientes por cada parte. De esta aglomeración vino la matanza. 
Se ha hecho este cálculo, y establecido la proporción siguiente: pérdida de hombres: en Austerlitz, franceses, catorce por ciento; rusos, treinta por ciento; austríacos, cuarenta y cuatro por ciento. 
En Wagram, franceses, trece por ciento; austríacos, catorce.
En la Moskowa, franceses, treinta y siete por ciento; rusos, cuarenta y cuatro. 
En Bautzen, franceses, trece por ciento; rusos y prusianos, catorce. 
En Wáterloo, franceses, cincuenta y seis por ciento; aliados, treinta y uno. Total para Wáterloo, cuarenta y uno por ciento. Ciento, cuarenta y cuatro mil combatientes; sesenta mil muertos. 
Hoy día el campo de Wáterloo presenta la calma que pertenece á la tierra, sostén impasible del hombre, y se parece á las demás llanuras. 
De noche, sin embargo, despréndese allí una bruma fantástica; y si algún viajero se pasea, si mira, si escucha, si piensa como Virgilio en las funestas llanuras de Filipo, la alucinación de la catástrofe le domina. El horrible 18 de Junio revive, la falsa colina monumental desaparece, desvanécese aquel león, y recobra el campo de batalla su realidad; ondulan en la llanura líneas de infantería, galopes furiosos cruzan el horizonte; el espantado soñador ve el brillo de los sables, el resplandor de las bayonetas, el fulgor de las bombas, el entre cruzamiento monstruoso de los truenos; oye, como un estertor en el fondo de una tumba, el vago clamor de la batalla fantasma; aquellas sombras son los granaderos; aquellos fulgores los coraceros; aquel esqueleto es Napoleón; aquel otro Wellington; todo aquello ya no existe; pero choca y combate todavía; y los barrancos se enrojecen, y se estremecen los árboles, y están enfurecidos hasta las nubes: y en medio de las tinieblas, todas aquellas alturas feroces, Mont Saint Jean, Hougomont, Frichemont, Papelotte y Plancenoit,aparecen confusamente coronadas de torbellinos de espectros que se exterminan. 

Victor Hugo
Los Miserables, 1862
Vol. II ("Cosette"), 
Lib. I (Waterloo), Capt. XVI
(Versión de J.A.R.
Barcelona, 1897)

 
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(1) Una batalla terminada, una jornada concluida, falsas medidas reparadas, mayores éxitos asegurados para el porvenir, todo se perdió por un instante de terror pánico » (Napoleón, Memorias de Santa Elena) 302 LOS MISERABLES


FOLIIS AC FRONDIBUS (Víctor Hugo)

 
 
 
 
Este jardín, abandonado a sí mismo desde hacía más de medio siglo, se había convertido en algo extraordinario y encantador. Los paseantes de hace cuarenta años se detenían en aquella calle para contemplarlo, sin sospechar los secretos que se ocultaban tras sus frescas y verdes espesuras. En aquella época, más de un soñador dejó muchas veces penetrar sus ojos y su pensamiento indiscretamente a través de los barrotes de la antigua verja encadenada, unida a dos pilares verdeados y musgosos, coronada extrañamente con un frontis de arabescos indescifrables.
Había un banco de piedra en un rincón, una o dos estatuas enmohecidas, y algunos enrejados desprendidos por el tiempo se enmohecían sobre el muro; por lo demás, no quedaban paseos ni césped, había grama por todas partes. La jardinería le había abandonado, y la naturaleza había regresado. Abundaban las malas hierbas, aventura admirable para un pobre rincón de tierra. La fiesta de los girasoles era espléndida. Nada en aquel jardín contrariaba el esfuerzo sagrado de las cosas hacia la vida; el crecimiento venerable se encontraba en su casa. Los árboles se habían inclinado hacia los espinos, y los espinos habían trepado por los árboles, la planta había trepado, la rama se había doblado, lo que se arrastra por el suelo había ido a encontrar lo que se abre en el aire, lo que flota al viento se había inclinado hacia lo que crece en el musgo; troncos, ramas, hojas, fibras, matas, sarmientos y espinas se habían mezclado, atravesado, unido, confundido; la vegetación, en un abrazo estrecho y profundo, había celebrado y cumplido allí, bajo la satisfecha mirada del Creador, en este cercado de trescientos pies cuadrados, el santo misterio de su fraternidad, símbolo de la fraternidad humana. Aquel jardín ya no era un jardín, era una espesura colosal, es decir, algo impenetrable como una selva, poblada como una ciudad, temblorosa como un nido, oscura como una catedral, olorosa como un ramillete, solitaria como una tumba, viva como una multitud.
El floreal, esa enorme mata, libre detrás de su verja y de sus cuatro muros, entraba en celo en el sordo trabajo de la germinación universal, se estremecía al sol naciente casi como una bestia que aspira los efluvios del amor cósmico, y que siente la savia de abril subir y burbujear en sus venas, y sacudiendo al viento su prodigiosa cabellera verde, sembraba sobre la tierra húmeda, sobre las estatuas borradas, sobre la desplomada escalinata del pabellón, y hasta el empedrado de la calle desierta, las flores en estrellas, el rocío en perlas, la fecundidad, la belleza, la vida, la alegría, los perfumes. A mediodía, mil mariposas blancas se refugiaban allí, y era un espectáculo divino ver arremolinarse en copos, en la sombra, aquella nieve viva de verano. Allí, en aquellas alegres tinieblas de verdor, una multitud de voces inocentes hablaba dulcemente al alma, y lo que los susurros habían olvidado decir, los zumbidos lo completaban. Al atardecer, un vapor de ensueño se desprendía del jardín y lo envolvía; un sudario de bruma, una tristeza celeste y tranquila lo cubría; el embriagador aroma de las madreselvas y de las campanillas flotaba por doquier, como un veneno exquisito y sutil; se oían las últimas llamadas de los pájaros trepadores y de las pezpitas adormeciéndose bajo las enramadas; sentíase esa intimidad sagrada del pájaro y el árbol; durante el día, las alas alegran a las hojas, por la noche, las hojas protegen a las alas.
En invierno, la maleza era negra, mojada, erizada, temblorosa, y permitía ver un poco la casa. Se observaban, en lugar de flores en las ramas, y de rocío en las flores, las largas cintas de plata de las babosas, sobre el frío y espeso tapiz de las hojas amarillas; pero de todos modos, bajo cualquier aspecto, y en cualquier estación, primavera, verano, otoño, invierno, aquel pequeño cercado respiraba melancolía, contemplación, soledad, libertad, ausencia del hombre, presencia de Dios; y la vieja verja enmohecida parecía decir: «Este jardín es mío.»
El empedrado de París estaba allí, alrededor, los hoteles clásicos y espléndidos de la calle Varenne hallábanse a dos pasos, la cúpula de los Inválidos muy cerca, la Cámara de los diputados, no demasiado lejos; las carrozas de la calle de la Bourgogne y de la calle Saint-Dominique circulaban majestuosamente por el vecindario, los ómnibus amarillos, blancos, rojos, se cruzaban en la esquina cercana, pero el desierto estaba en la calle Plumet; y la muerte de los antiguos propietarios, una revolución pasada, la caída de las antiguas fortunas, la ausencia, el olvido, cuarenta años de abandono y de viudez habían bastado para llevar a aquel lugar privilegiado los helechos, los gordolobos, las cicutas, las aquileas, las dedaleras, las altas hierbas, las grandes plantas estampadas de las anchas hojas de paño verde pálido, los lagartos, los escarabajos, los insectos inquietos y rápidos; para hacer salir de las profundidades de la tierra, y reaparecer entre aquellos cuatro muros, no sé qué grandeza salvaje y feroz; y para que la naturaleza, que desconcierta las mezquinas organizaciones del hombre y que se derrama siempre entera allí donde se derrama, tanto en la hormiga como en el águila, vino a derramarse en un pequeño jardín parisiense con tanta rudeza y majestad como en una selva virgen del Nuevo Mundo.
Nada es pequeño, en efecto; cualquiera que esté sujeto a las penetraciones profundas de la naturaleza, lo sabe. Aunque no sea dada satisfacción alguna a la filosofía, no más que circunscribir la causa y limitar el efecto el contemplador cae en éxtasis en razón de que todas estas descomposiciones de fuerza terminan en la unidad. Todo trabaja en pro de todo.
El álgebra se aplica a las nubes; la irradiación del astro aprovecha a la rosa; ningún pensador se atrevería a decir que el perfume del espino blanco resulta inútil a las constelaciones. ¿Quién puede calcular el trayecto de una molécula? ¿Qué sabemos nosotros si las creaciones de los mundos no están determinadas por las caídas de granos de arena? ¿Quién conoce los flujos y reflujos de lo infinitamente grande y de lo infinitamente pequeño, el resonar de las causas en los principios del ser, y los aludes de la Creación? Un insecto importa; lo pequeño es grande, lo grande es pequeño; todo está en equilibrio en la necesidad; terrible visión para el espíritu. Hay entre los seres y las cosas relaciones de prodigio; en este inagotable conjunto, de sol a pulgón, no hay desprecio; tienen necesidad unos de otros. La luz no se lleva al firmamento los perfumes terrestres sin saber lo que hace de ellos; la noche hace distribuciones de esencia estelar entre las flores dormidas. Todos los pájaros que vuelan tienen en la pata el hilo del infinito. La germinación se complica con la aparición de un meteoro y con el picotazo de la golondrina rompiendo el huevo, y se ocupa simultáneamente del nacimiento de un gusano y del advenimiento de Sócrates. Donde termina el telescopio, empieza el microscopio. ¿Cuál de los dos tiene mejor vista? Escoged. Un moho es una pléyade de flores; una nebulosa es un hormiguero de estrellas. Igual promiscuidad, y más inaudita aún, de las cosas de la inteligencia y de los hechos de la sustancia. Los elementos y los principios se mezclan, se combinan, se unen, se multiplican unos por otros, hasta el punto de llevar el mundo material y el mundo moral a la misma claridad. El fenómeno está perpetuamente en repliegue sobre sí mismo. En los vastos cambios cósmicos la vida universal va y viene en cantidades desconocidas, rodando en el invisible misterio de los efluvios, empleándolo todo, no perdiendo ni un ensueño, ni un sueño, sembrando un animalillo aquí, desmenuzando un astro allí, oscilando y serpenteando, haciendo de la luz una fuerza, y del pensamiento un elemento, diseminado e indivisible, disolviéndolo todo, excepto ese punto geométrico, el yo; llevándolo todo al alma átomo; desarrollándolo todo en Dios; enredando, desde la más alta a la más baja, todas las actividades en la oscuridad de un mecanismo vertiginoso, sujetando el vuelo de un insecto al movimiento de la tierra, subordinando, ¿quién sabe?, aunque no fuera más que por la identidad de la ley, la evolución del cometa en el firmamento al girar del infusorio en la gota de agua. Máquina hecha espíritu. Engranaje enorme, cuyo primer motor es el insecto y cuya última rueda es el zodíaco.
 
Víctor Hugo
Los Miserables, 1862
(Traducción: Aurora Alemany)
 
 
 
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FRANCISCO ACEBAL Y "AIRES DE MAR" (Andrés González-Blanco)



En novela, cuando entró el realismo, entró con el empuje robusto de Balzac, cuya sombra gigantesca se proyecta sobre toda la obra de Galdós, o más tarde, con la violencia áspera de Zola reflejada en Blasco Ibañez. Fue preciso que viniese un artista nuevo, contrario a esta literatura de experimentación, de alcoba o de clínica, trasudando pachulí o ácido fénico. Esa literatura malsana -que diría D. Pompeyo Gener- nos había intentado convencer de que el mundo es una inmensa sala de hospital. No lo es, no: aunque, infortunadamente, no sea tampoco una luminosa estancia del Edén. Así lo ha comprendido Acebal; por eso sin incurrir en el candoroso y retrasado idealismo de los Feuillet y Alarcón, tuvo tino suficiente para no atascarse en la ciénaga de ´La Terre`. Guardó para reproducirlos sus más preciosas versiones de vidas humildes, de idilios callados, de todas esas cosas tan escondidas como el polvo y tan brillantes como el cielo.
Siguió los pasos de esas muchachas que anidan en las callejuelas de las viejas ciudades castellanas, como alegres golondrinas en torre sombría de catedral; nos cantó sus pequeñas pasiones y sus hermosos sueños, sus tristezas y sus dolores mansos ahogados en lágrimas. Con estos materiales formó su primera novela ´Aires de mar`, más admirable por lo que deja entender que por lo que expresa. Pensad que ingente capacidad artística supo penetrar en esas almas casi muertas en la abrumadora pesantez del medio circundante, y que un día resucitan a la luz; pensad que delicadeza de intuición implica; pensad que enorme cantidad de energía desarrollada presuponen; pensad, sobre todo, lo que vale una obra de este género por lo que oculta.
Ved, por ejemplo, la gran fuerza de observación que requiere haber podido comprender las sombrías audacias evocadas a veces en esos espíritus apacibles de mujer por un desengaño. Esos espíritus sienten, cuando una resolución les hiere, extrañas rebeldías, en ellos inconcebibles; después reaccionan, comúnmente por una crisis de lágrimas. Acebal comprendió ese estado del alma común en las almas vírgenes, prendadas de un sueño, que rompen en llanto al sentirse desgarradas las alas. Y puso en boca de Araceli, la heroína de "Aires de mar`, cuatro palabras que son un alma entera, y toda una vida. ¿Qué importa en estos momentos de intensidad dramática la corrección de la frase? ¿Qué importa el lenguaje castizo o caprichoso, de diccionario o de salón? Lo verdaderamente sublime entonces es el corazón que se siente latir bajo las letras impresas.
En ´Aires de mar`se reveló un espíritu profundamente inquieto y, por lo tanto, profundamente lírico. Como gran lírico que era, Acebal llegó en su novela a dos conclusiones consoladoras que a algunos parecerán desesperantes: que la vida está tejida por las hadas madrinas de la miseria y del sufrimiento, y que sin estos dos acicates que espolean la vida, ésta no tendría valor alguno. Conclusión sedante y litificante, como que infunde una resignada y melancólica placidez; conclusión a que había llegado uno de los mejores poetas franceses de la actualidad, Francisco Vielé-Griffin, cuando cantaba:

Que toute chose est triste
Et triste aussi l´amour


"Aires de mar" es -y no temo engañarme al decir esto- la primera novela de las vidas humildes que en España se ha escrito. 



Andrés González-Blanco
Francisco Acebal y "Aires del mar"
( Historia de la novela en España.
Desde el romanticismo a nuestros días, 1909)





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EL REALISMO VIRTUAL DE CIEN AÑOS DE SOLEDAD

Cien años de Soledad (pinchar en la imagen)

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Cien años de soledad
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EL AMOR EN LOS TIEMPOS DEL CÓLERA (Gabriel García Márquez)




Pensando dormida pensó que nunca más podría dormir así, y empezó a sollozar dormida, y durmió sollozando sin cambiar de posición en su orilla, hasta mucho después de que acabaron de cantar los gallos y la despertó el sol indeseable de la mañana sin él. Sólo entonces se dio cuenta de que había dormido mucho sin morir, sollozando en el sueño, y que mientras dormía sollozando pensaba más en Florentino Ariza que en el esposo muerto.

Gabriel García Márquez
El amor en los tiempos del cólera, 1985


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INTERINO (Javier Iribarren)




Como tantos otros jóvenes del país padecíamos un ni­vel de inglés que, siendo amables, podíamos calificar de dis­creto. Alba no tanto, porque practicaba en la escuela de idiomas y de adolescente también había recalado un par de veranos en el seno de una familia irlandesa, pero yo chapu­rreaba el inglés al estilo de los indios ame­ricanos, sin orden ni concierto.
La iniciativa se gestó en la cabeza de Alba, claro. Una prima segunda suya llevaba medio año en Dublín, traba­jando en un hotel, y había alcanzado una fluidez con el idioma espectacular, siempre según Alba, que luchaba por venderme la moto. Lo que no me detalló es que su prima libraba un domingo cada quince días, que limpiaba las trein­ta y dos habitaciones de su planta cada mañana y que se había sumido en una depresión de caballo. Yo acaté la propuesta sin rechistar. Hasta me emocioné. En mi vida me hubiera planteado emigrar por motivos labora­les. De hecho, no estaba del todo disconforme con mi nivel de inglés. Sabía de mi déficit de comunicación, pero aún retenía un notable repertorio de vocabulario. Y los verbos irregulares, ¿cómo iba a olvidarme así por así del “forget, forgot, forgotten” o del “awake, awoke, awoken”?
Accedí, cómo no, porque era ella y era con ella. La hubiera seguido a Sudán, a Haití o a Nicaragua, a hacer po­zos, hospitales o blanqueo de capitales, me era indiferente. Alba quería que la acompañara y a mí se me saltaban las lágrimas.
Su idea pasaba por conseguir unos trabajos no excesi­vamente indignos, al estilo de unos grandes almacenes, un McDonald´s o un hotel, desde donde comenzar a resolver nuestras carencias idiomáticas. Según Alba, estas experien­cias estaban a la orden del día y una vez allí no tardaríamos en encontrar empleo, aunque mal remunerado, dada la natu­raleza de los sectores que barajábamos y nuestra experiencia acumulada en los mismos.
La duración de la estancia se revelaba incierta, pero un mínimo de ocho o diez meses se presumía como necesario para retornar con un nivel aseado. Además, quién sabe, tam­poco podíamos descartar de plano la opción de labrarnos una carrera profesional en la City, que para eso éramos li­cenciados en Derecho, juristas.
La exposición de la aventura causó sensación. Nuestras familias suponían que sus respectivos hijos estaban conge­niando con alguien, pero no conocían a ciencia cierta la identidad de las medias naranjas. La reacción de mis padres fue la prevista; mi madre se quedó pasmada y se dejó caer lentamente en el sofá; mi padre, menos preocupado, se des­cojonó. Fue un espejismo. A los tres segundos mamá se le­vantó encolerizada y rompió a gritar: que a ver qué me había creído yo, con veintidós años; que estaba atontado, que ni hablar; que qué era eso de irme a Inglaterra, y a vivir con una chica que ni les había presentado; y encima recién acabada la carrera, con nota, sin probar a buscar tra­bajo en ningún despacho o asesoría. De ninguna de las ma­neras. Tanteé con la mirada a mi padre, en su auxilio, pero este, que aún conservaba en sus labios el poso de la sonrisa, ya se había enfrascado en la búsqueda de las siete diferencias del pasatiempo del periódico. Lo dejé estar. Ya habría tiem­po de defender y maquillar los flecos. Y mi madre ten­dría que serenarse.
Los padres de ella respondieron con más temple. Alba era más independiente y había pasado por anteriores rela­ciones de pareja, así que no les alarmó mi presencia en el equipaje. Además a Carmen, su madre, le caí en gracia el día... 


Javier Iribarren
Interino
Ediciones Enate. Pamplona, 2014




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