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¿DANZAR O BAILAR? NO ES LO MISMO (Emilio Cotarelo)




El baile, como género dramático, es un intermedio literario en el que además entran como elementos principales la música, el canto y, sobre todo, el baile, propiamente dicho, ó saltación, que le dio nombre.
Puede ser monólogo o dialogado como el entremés, pero siempre es más corto, y la letra, acomodada para el canto, unas veces constituye todo el intermedio y otras sólo una parte. Habia, pues, bailes todos cantados y otros en parte hablados, que se llamaron entremesados.
(...)
Hemos dicho que las voces bailar y danzar eran correlativas, pero no sinónimas como lo son hoy; y esta distinción es importante, porque las danzas figuran también mucho en el intermedio de que tratamos.
Covarrubias, en su Tesoro, parece confundirlas, ó mejor dicho acumula en la voz baile las danzas que no eran coreadas ó compuestas de muchas personas, cual la danza de espadas, por ejemplo.
Sin embargo, otros autores, como don José Antonio González Salas (Nueva idea de la tragedia antigua, edición de 1778, página 171), decía en 1633: "Las danzas son de movimientos más mesurados y graves, y en donde no se usa de los brazos sino de los pies solos: los bailes admiten gestos más libres de los brazos y de los pies juntamente". Sin embargo, esto de "más mesurados" no debe entenderse que sólo consistiesen en paseos, cadenas, cambios de puesto y otros sencillos que se observan en algunos bailes de sociedad modernos, pues tanto ó más violentos que los baile eran los de ciertas danzas, como la Gallarda.
Pero la diferencia era cierta, por más que se haya querido negar en tiempos modernos. Bastará para probarla recoger algunos de los muchos textos que existen desde la Edad media...
Emilio Cotarelo y Mori
Colección de entremeses, loas,
bailes, jácaras y mojigangas
desde fines del siglo XVI
à mediados del XVIII
Baílli-Baíllière. Madrid, 1911
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Etimología de "Aragón" y "Ebro" en la "Crónica de Aragón" de Marineo Sículo




Entiendo sumariamente escrevir los principios de la gente y reyno de Aragón, la orden y suçessión de los reyes, con alguna parte de sus esclarecidas hazañas, hasta venir a nuestros tiempos, porque, estando la memoria de los reyes passados en la casa de Aragón y sus largas sucessiones escritas7 en lengua latina, podránse conservar para siempre y sabrán los que aora son y los que después vernán el nascimiento de su linage y los principios de su señorío.

Antes empero que hablemos de los Reyes de Aragón, me pareçe que será cosa bien al propósito dezir algo de la mesma tierra y provincia que Aragón se llama mostrando la causa de
su nombre, porque como quiera que muchos escritores ayan partido toda España en cinco provincias, es a saber, la provincia de Tarragona, Galizia, Portogal, Andaluzía y Cartaginense, del nombre d’esta provincia que Aragón se llama, que yo lo aya leýdo jamás se acordaron. Por tanto, con mayor diligencia procuré saber la causa d’este nombre y escrevirla, pues soy cierto que la ovo.
Esta región que aora Aragón se llama, en otro tiempo fue llamada Iberia a causa del río Ebro que por ella passa. Después se llamó Celtiberia, a causa de unos pueblos de Francia llamados celtas, los quales, alançados de su tierra, vinieron a parar en la ribera d’este río Ebro, donde asentaron y poblaron, de suerte que de su propio apellido, que eran celtas, y del nombre del río, que se llama en latín Ibero, llamaron esta provincia Celtiberia, y los pueblos que en ella moran, celtíberos. Muchos de los que han escrito hizieron mención d’esto, señaladamente el poeta Lucano, en un verso que dixo:

“Los celtas de Francia que mezclaron su nombre con los iberos.”

Estando yo en Roma en tiempos passados oyendo letras de Humanidad, Pomponio Leto, que estonçes me era maestro y no sin causa de todos era llamado Padre de la Antigüedad, declarándome este passo de Lucano que poco ha señalé, me dixo:

“Celtiberia es una provincia de la España, de acá de Ebro, la qual los españoles aora llaman Aragón.”

Sobr’este vocablo, ‘Aragón’, que dixo, yo le pregunté con instancia me quisiesse declarar la causa y nascimiento d’este nombre, ‘Aragón’, a lo qual me respondió diziendo:

“Acuérdome aver leýdo en algunas memorias de griegos antiquíssimas que quando Hércules passó en España con muy grande exército, después que la ovo tomada, conquistada y hecho en ella muchas y grandes ciudades, edificado assimesmo en diversos lugares puentes señaladas y muy memorables, al fin de todo, aviendo conquistado en la parte de España que es de acá de Ebro, los pueblos cántabros y vascones y sojuzgados los celtíberos, en memoria de su vencimiento acordó hazer sacrificios solemnes junto a un río que nasce de los montes Pyreneos y passa por Marzilla y otros muchos lugares de Navarra, y después se junta con Ebro; y para esto puso altar y lugar de sacrificio en la ribera d’este río. Aquí mesmo, después de aver hecho los sacrificios por orden y como debía, celebraron muchos juegos de alegría señaladamente, aquellos juegos que los griegos llaman agonales. Del nombre d’estos juegos se llamó aquel río Aragonio que primero se llama Magrada, y llamó la provincia Aragonia que primero Iberia se dezía, de suerte que por el altar, que en latín se llama ara, y los juegos, agones, juntamente dixeron Aragón.”

Lucio Marineo Sículo
del Prólogo de la Crónica d’Aragón
(1509)
Traducida al castellano
por el bachiller Juan de Molina
(Valencia, Joan Jofré, 1524)
Edición crítica de 
Óscar Perea Rodríguez

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Óscar Perea Rodríguez
Edición crítica



CARLOS V Y TIZIANO: "LA BATALLA DE MÜHLBERG" (Manuel Fernández Álvarez)

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Y es ese instante el que ha de recoger Tiziano. Ahora bien, Tiziano en 1548 se encuentra con un Emperador inmóvil en su sillón, aherrojado por la gota. Es un Emperador envejecido, tal como podemos ver en el cuadro que guarda la Vieja Pinacoteca de Múnich. No es ciertamente el modelo para dar el testimonio del vencedor de Mühlberg, el testimonio del Emperador invicto de la Cristiandad. ¿Qué hacer?


Es fácil adivinar lo que ocurrió: es el pintor de setenta y un años el que insufla ánimos al César que aún no ha cumplido los cincuenta. Es como si hubiera existido un diálogo –y acaso lo hubo- en el que Tiziano animara a su regio modelo, prestándole esa vitalidad que a él parece sobrarle.


Y así surge la obra maestra del pintor veneciano, una de las joyas del Prado.


Pintado en la primavera y en los primeros meses del verano de 1548, Tiziano puede plantar , y planta, su caballete, al aire libre, en plena campiña bávara. No es algo que supongamos; es un hecho cierto. Y tanto, que un golpe de viento arranca el cuadro y produce un desgarro que ha quedado como huella de lo sucedido. Por lo tanto, Tiziano puede captar la Naturaleza, aunque le sea imposible reflejar los dorados ocasos de la tierra de Venecia que había dejado atrás y que era la que tanto le gustaba recordar.


Todos los críticos destacan el acierto del viejo maestro; todos, y en primer lugar Lafuente Ferrari. Es el acierto de presentarnos en magnífica soledad al jinete vencedor, a Carlos V cabalgando lanza en ristre sobre la campiña germana, sin ninguna otra imagen de guerrero cualquiera, entre los vencedores o entre los vencidos, y sin ni siquiera ninguna señal de la guerra habida: ni ruinas, ni soldados, ni el fuego y los humos de la batalla.






Nada. Solo el Emperador victorioso, como símbolo, no de una concreta y determinada batalla, sino de la victoria pura, de una victoria que no hubiera de empañarse jamás. La gran victoria para un solo vencedor. Y ese es Carlos V. Un vencedor sin rastro de polvo, barro o sangre, como si su victoria fuera algo milagroso.


Lo repito: para mí esa solución del héroe en soledad, sin otro vestigio de la guerra que las propias armas del César, es el resultado de una conversación. Algo han hablado Carlos V y Tiziano. Para recordar al vencedor de Mühlberg, Tiziano no quiere pensar en el Emperador que tiene ante sí postrado en su sillón, abatido, con aire fatigado; un caballero cualquiera de la Orden del Toisón de Oro todo vestido de negro, bien forrado de pieles, porque es un hombre, si no viejo, envejecido prematuramente y al que la gota ha despojado de sus fuerzas.


Ni tampoco lo quiere, eso es claro, el mismo Carlos V. De forma que hay que pintar un emperador lleno de energía, el del reciente pasado, para dispararlo hacia el futuro, con la imagen que provoca ese jinete lanza en ristre y ese caballo que, más que galopar, diríase que se apresta a levantar el vuelo, como si se tratara de un Pegaso renacido.

El vuelo hacia la fama. Y para ese vuelo, Tiziano prepara su pincel, enamorado de su idea y seguro del arma formidable que posee. Está seguro de sí mismo de su arte, de su inspiración.


Porque no es el artista que pinta un cuadro por encargo, sino el que está ya deseando dejar el testimonio para siempre del personaje que admira, esa cualidad de Carlos V, de provocar el respeto de sus enemigos y la admiración de sus amigos. Él, Tiziano, sabe que está haciendo su obra maestra, que gracias a él, a su arte, a su pincel mágico, ya siempre que pensemos en Carlos V lo haremos como él nos lo ha legado: como el jinete victorioso cabalgando en solitario lanza en ristre por los campos de Europa. Y para ello, algo de la energía indomable de aquel anciano pintor de setenta y un años ha penetrado en Carlos V.


De esta forma Carlos V entra de lleno en la leyenda, haciendo la mejor propaganda de su obra.
 
 
Manuel Fernández Álvarez
Carlos V,
El César y el Hombre
(1999)
 




HISTORIA DEL PERÚ. PRÓLOGO A LA SEGUNDA PARTE (Inca Garcilaso de la Vega)

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PRÓLOGO A los indios, mestizos y criollos de los reinos y provincias del grande y riquísimo Imperio del Perú.


EL INCA GARCILASO DE LA VEGA, SU HERMANO, COMPATRIOTA Y PAISANO, SALUD Y FELICIDAD.

Por tres razones, entre otras, señores y hermanos míos, escribí la primera y escribo la segunda parte de los Comentarios Reales de esos reinos del Perú. La primera, por dar a conocer al universo nuestra patria, gente y nación, no menos rica al presente con los tesoros de la sabiduría y ciencia de Dios, de su fe y ley evangélica, que siempre por las perlas y piedras preciosas de sus ríos y mares, por sus montes de oro y plata, bienes muebles y raíces suyos, que tienen raíces sus riquezas, ni menos dichosa por ser sujetada de los fuertes, nobles y valerosos españoles, y sujeta a nuestros Reyes Católicos, monarcas de los más y mejor del orbe, que por haber sido poseída y gobernada de sus antiguos príncipes los Incas peruanos, Césares en felicidad y fortaleza. Y porque de virtud, armas y letras suelen preciarse las tierras en cuánto remedan al cielo, de estas tres prendas puede loarse la nuestra dando a Dios las gracias y gloria, pues sus conterráneos son de su natural dóciles, de ánimos esforzados, entendimientos prestos, y voluntades afectas a piedad y religión, desde que la cristiana posee sus corazones trocados por la diestra del muy alto, de que son testigos abonados en sus Cartas Anuas los Padres de la Compañía de Jesús, que, haciendo oficio de apóstoles entre indios, experimentan su singular devoción, reforma de costumbres, frecuencia de sacramentos, limosnas y buenas obras, argumento del aprecio y estima de su salvación. En fe de lo cual atestiguan estos varones apostólicos, que los fieles indianos sus feligreses, con las primicias del espírituhacen a los de Europa casi la ventaja que los de la iglesia primitiva a los cristianos de nuestra era, cuando la católica fe, desterrada de Inglaterra y del septentrión, su antigua colonia, se va de un polo a otro, a residir con los antípodas, de cuyo valor y valentía hice larga mención en el primer volumen de estos Reales Comentarios, dando cuenta de las gloriosas empresas de los Incas, que pudieran competir con los Daríos de Persia, Ptolomeos de Egipto, Alejandros de Grecia y Cipiones de Roma. Y de las armas peruanas mas dignas de loar que las griegas y troyanas, haré breve relación en este tomo, cifrando las hazañas y proezas de algunos de sus Héctores y Aquiles. Y basta por testimonio de sus fuerzas y esfuerzo lo que han dado en qué entender a los invencibles castellanos, vencedores de ambos mundos. Pues ya de sus agudos y sutiles ingenios hábiles para todo género de letras, valga el voto del doctor Juan de Cuéllar, canónigo de la santa iglesia catedral de la imperial Cozco, que, siendo maestro de los de mi edad y suerte, solía con tiernas lágrimas decirnos: “¡Oh hijos y cómo quisiera ver una docena de vosotros en la universidad de Salamanca!”, pareciéndole podían florecer las nuevas plantas del Perú en aquel jardín y vergel de sabiduría. Y por cierto que tierra tan fértil de ricos minerales y metales preciosos, era razón criarse venas de sangre generosa y minas deentendimientos despiertos para todas artes y facultades. Para los cuales no falta habilidad a los indios naturales, y sobra capacidad a los mestizos, hijos de indias y españoles, o de españolas e indios, y a los criollos oriundos de acá, nacidos y connaturalizados allá. A los cuales todos, como a hermanos y amigos, parientes y señores míos, ruego y suplico se animen y adelanten en el ejercicio de virtud, estudio y milicia, volviendo por si y por su buen nombre, con que lo harán famoso en el suelo y eterno en el cielo. Y de camino es bien que entienda el mundo Viejo y político, que el Nuevo (a su parecer bárbaro) no lo es ni ha sido sino por falta de cultura. De la suerte que antiguamente los griegos y romanos, por ser la nata y flor del saber y poder, a las demás regiones en comparación suya llamaban bárbaros, entrando en esta cuenta la española, no por serlo de su natural, mas por faltarle lo artificial, pues luego, con el arte, dio naturaleza muestras heroicas de ingenio en letras, de ánimo en armas, y en ambas cosas hizo raya entonces en el Imperio romano, con los sabios Sénecas de Córdoba, flor de saber y caballería, y con los augustísimos Trajanos y Teodosios de Italia. ¡Oh Sevilla, llave de los tesoros de Occidente, ya levanta la cabeza entre sus émulas naciones y sobre ellas, que así te da la prima y palma la nuestra antesinculta, hoy por tu medio cultivada, y de bosque de gentilidad e idolatría vuelta en paraíso de Cristo, de que no resulta pequeña gloria a España en haberla el Todopoderoso escogido por medianera, para alumbrar con lumbre de fe a las regiones que yacían en la sombra de la muerte! Porque verdaderamente la gente española, como herencia propia del Hijo de Dios, heredada del Padre Eterno, que dice en su salmo de David:  Postula a me; et dabo tibi gentes hereditatemtuam, et possessionem tuam terminos terræ. Reparte con franca mano del celestial mayorazgo de la fe y Evangelio con los indios, como con hermanos menores, a los cuales alcanza la paternal bendición de Dios y aunque vienen a la viña de su iglesia a la hora undécima, por ventura les cabrá jornal y paga igual a los que portarunt pondus diei, et æstus.

El segundo respeto y motivo de escribir esta historia fue celebrar (si no digna, al menos debidamente) las grandezas de los heroicos españoles que con su valor y ciencia militar ganaron para Dios, para su Rey y para sí, aqueste rico Imperio cuyos nombres, dignos de cedro, viven en el libro de la vida y vivirán inmortales en la memoria de los mortales. Por tres fines se eternizan en escritos los hechos hazañosos de hombres, en paz y letras, o en armas y guerras señalados: por premiar sus merecimientos con perpetua fama; por honrar su patria, cuya honra ilustre son ciudadanos y vecinos tan ilustres; y para ejemplo e imitación de la posteridad, que avive el paso en pos de la antigüedad siguiendo sus batallas, para conseguir sus victorias. A este fin, por leyes de Solón y Licurgo, legisladores de fama, afamaban tanto a sus héroes las repúblicas de Atenas y Lacedemonia. Todos tres fines creo y espero se conseguirán con esta historia, porque en ella serán premiados con honor y loor, premio digno de solala virtud por la suya esclarecida, los clarísimos conquistadores del Nuevo Orbe, que son gozo y corona de España, madre de la nobleza y señora del poder y haberes del mundo; la cual, juntamente, será engrandecida y ensalzada, como madre y ama de tales, tantos y tan grandes hijos, criados a sus pechos con leche de fe y fortaleza, mejor que Rómulo y Remo. Y finalmente los hidalgos pechos de los descendientes y sucesores, nunca pecheros a cobardía, afilarán sus aceros con nuevo brío y denuedo, para imitar las pisadas de sus mayores, emprendiendo grandiosas proezas en la milicia de Palas y Marte y en la escuela de Mercurio y Apolo, no degenerando de su nobilísima prosapia y alcurnia, antes llevando adelante el buen nombre de su linaje, que parece traer su origen del cielo, adonde como a patria propia y verdadera deben caminar por este destierro y vallede lágrimas, y, poniendo la mira en la corona de gloria que les espera, aspirar a llevársela, entrando por picas y lanzas, sobrepujando dificultades y peligros; para que así como han con su virtud allanado el paso y abierto la puerta a la predicación y verdad evangélica en los reinos del Perú, Chile, Paraguay y Nueva España y Filipinas, hagan lo mismo en la Florida y en la tierra Magallánica, debajo del Polo Antártico y  habida victoria de los infieles enemigos de Cristo, afuer de los emperadores y cónsules romanos entren los españoles, triunfando con los trofeos de la fe, en el empíreo Capitolio.

La tercera causa de haber tomado entre manos esta obra ha sido lograr bien el tiempo con honrosa ocupación y no malograrlo en ociosidad, madre de vicios, madrastra de la virtud, raíz, fuente y origen de mil males que se evitan con el honesto trabajo del estudio, digno empleo de buenos ingenios, de nobles ánimos, de estos para entretenerse ahidalgadamente, según su calidad, y gastar los días de su vida en loables ejercicios, y de aquellos para apacentar su delicado gusto en pastos de ingenio, y adelantar el caudal en finezas de sabiduría, que remitan y montan más al alma que al cuerpo los censos, ni que los juros de las perlas del Oriente y plata de nuestro Potocsi. A esta causa escribí la Crónica de la Florida, de verdad florida, no con mi seco estilo, mas con la flor de España, que trasplantada en aquel páramo y eriazo, pudiera dar fruto de bendición desmontando a fuerza de brazos la maleza del fiero paganismo y plantando conriego del cielo el árbol de la cruz y estandarte de nuestra fe, vara florida de Aarón y Jesé. También por aprovechar los años de mi edad y servir a los estudiosos, traduje de italiano en romance castellano los diálogos de filosofía entre Filón y Sofía, libro intitulado  León Hebreo, que anda traducido en todas lenguas hasta en lenguaje peruano (para que se vea a do llega la curiosidad y estudiosidad de los nuestros), y en latín corre por el orbe latino, con acepción y concepto de los sabios y letrados, que lo precian y estiman por la alteza de su estilo y delicadeza de su materia. Por lo cual con justo acuerdo, la santa y general Inquisición de estos reinos, en este último expurgatorio de libros prohibidos, no vedándolo en otras lenguas, lo mandó recoger en la nuestra vulgar, porque no era para vulgo. Y pues consta de su prohibición, es bien se sepa la causa, aunque después acá he oído decir que ha habido réplica sobre ello. Y porque estaba dedicado al Rey, nuestro señor Don Felipe Segundo, que Dios haya en su gloria, será razón salga a luz la dedicatoria, que era la siguiente:


“SACRA, CATÓLICA, REAL MAJESTAD,
DEFENSOR DE LA FE:

 No se puede negar que no sea grandísimo mi atrevimiento en imaginar dedicar a Vuestra Católica Real Majestad esta traducción de toscano en español de los tres Diálogos de Amor del doctísimo maestro León Hebreo, por mi poco o ningún merecimiento. Pero concurren tantas causas tan justas a favorecer esta mi osadía, que me fuerzan a ponerme ante el excelso trono de Vuestra Católica Majestad y alegarlas en mi favor. La primera y más principal es la excelencia del que los compuso; su discreción, ingenio y sabiduría, que es digno y merece que su obra se consagre a Vuestra Sacra Majestad. La segunda es entender yo, si no me engaño, que son éstas las primicias que primero se ofrecen a Vuestra Real Majestad de lo que en este género detributo se os debe por vuestros vasallos, los naturales del Nuevo Mundo, en especial por los del Perú y más en particular por los de la gran ciudad del Cozco, cabeza de aquellos reinos y provincias, donde yo nací. Y como tales primicias o primogenitura es justo que, aunque indignas por mi parte, se ofrezcan a Vuestra Católica Majestad, como a Rey y señor nuestro, a quien debemos ofrecer todo lo que somos.

La tercera, que pues en mi juventud gasté en la milicia parte de mi vida en servicio de Vuestra Sacra Majestad, y en la rebelión del Reino de Granada, en presencia del serenísimo Don Juan de Austria, que es en gloria, vuestro dignísimo hermano, os serví con nombre de vuestro capitán, aunque inmérito devuestro sueldo, era justo y necesario, que lo que en edad más madura setrabajaba y adquiría en el ejercicio de la lición y traducción, no se dividiera del primer intento, para que el sacrificio que de todo el discurso de mi vida a Vuestra Real Majestad ofrezco sea entero, así del tiempo como de lo que en él se ha hecho con la espada y con la pluma. La cuarta y última causa sea el haberme cabido en suerte ser de la familia y sangre de los Incas que reinaron en aquellos reinos antes del felicísimo Imperio de Vuestra Sacra Majestad; que mi madre, la Palla Doña Isabel, fue hija del IngaHuallpa Tópac, uno de los hijos de Tópac Inca Yupanqui y de la Palla Mama Ocllo, su legítima mujer, padres de Huayna Cápac Inca, último Rey que fue del Perú. Digo esto, soberano monarca y señor nuestro, no por vanagloria mía, sino para mayor majestad vuestra, por que se vea que tenemos en más ser ahora vuestros vasallos que lo que entonces fuimos dominando a otros, porque aquella libertad y señorío era sin la luz de la doctrina evangélica, y esta servitud y vasallaje es con ella. Que mediante las invencibles armas de los Reyes Católicos, de gloriosa memoria, vuestros progenitores, y del Emperador nuestro señor y las vuestras, se nos comunicó, por su misericordia, el sumo y verdadero Dios, con la fe de la Santa Madre Iglesia Romana, al cabo de tantos millares de años que aquellas naciones, tantas y tan grandes, permanecían en las tristísimas tinieblas de su gentilidad. El cual beneficio tenemos en tanto más cuanto esmejor lo espiritual que lo temporal. Y a estos tales, Sacra Majestad, nos es licito (como a criados más propios que somos y más favorecidos que debemos ser) llegarnos con mayor ánimo y confianza a vuestra clemencia y piedad, a ofrecerle y presentarle nuestras poquedades y miserias, obras de nuestras manos e ingenio. También, por la parte de España, soy hijo de Garcilaso de la Vega, vuestro criado, que fue conquistador y poblador de los reinos y provincias del Perú. Pasó a ellas con el Adelantado Don Pedro de Alvarado, año de mil y quinientos y treinta y uno. Hallóse en la primera general conquista de los naturales de él, y en la segunda de la rebelión de ellos, sin otras particulares que hizo en nuevos descubrimientos, yendo a ellos por capitán y caudillo de Vuestra Católica Majestad. Vivió en vuestro servicio en aquellas partes, hasta el año de cincuenta y nueve, que falleció de esta vida, habiendo servido a vuestra real corona en todo lo que en el Perú se ofreció tocante a ella: en la paz, administrando justicia; y en la guerra contra los tiranos que en diversos tiempos se levantaron, batiendo oficio de capitán y de soldado. Soy asimismo sobrino de Don Alonso de Vargas, hermano de mi padre, que sirvió a Vuestra Sacra Majestad treinta y ocho años en la guerra, sin dejar de asistir a vuestro sueldo ni un solo día de todo este largo tiempo; acompañó Vuestra Real persona desde Génova hasta Flandes, juntamente con el capitán Aguilera, que fueron dos capitanes que para la guarda de ella en aquel viaje fueron elegidos por el Emperador nuestro señor; sirvió en Italia, Francia, Flandes, Alemania, en Corón, en África, en todo lo que de vuestro servicio se ofreció en las jornadas que en aquellos tiempos se hicieron contra herejes, moros, turcos y otras naciones, desde el año de mil y quinientos y diez y siete hasta el de cincuenta y cinco, que la Majestad Imperial le dio licencia para que se volviese a su patria a descansar de los trabajos pasados. Otro hermano de los ya nombrados, llamado Juan de Vargas, falleció en el Perú, de cuatro arcabuzazos que le dieron en la batalla de Huarina, en que entró por capitán de infantería de Vuestra Católica Majestad. Estas causas tan bastante, me dan ánimo, Rey de Reyes (pues todos los de latierra os dan hoy la obediencia y os reconocen por tal), a que en nombre de la gran ciudad del Cozco y de todo el Perú, ose presentarme ante la Augusta Majestad Vuestra, con la pobreza de este primero, humilde y pequeño servicio,  aunque para mí muy grande, respecto el mucho tiempo y trabajo que me cuesta; porque ni la lengua italiana, en que estaba, ni la española, en que la he puesto, es la mía natural, ni de escuelas pude en la puericia adquirir más que un indio nacido en medio del fuego y furor de las cruelísimas guerras civiles de su patria, entre armas y caballos, y criado en el ejercicio de ellos, porque en ella no había entonces otra cosa, hasta que pasé del Perú a España a mejorarme en todo,sirviendo de más cerca vuestra real persona. Aquí se verá, defensor de la fe, qué sea el amor, cuán universal su Imperio, cuán alta su genealogía. Recibidla, Soberana Majestad, como de ella se espera y como quien sois, imitando al omnipotente Dios que tanto procuráis imitar, que tuvo en más las dos blancas de la vejezuela pobre, por el ánimo con que se las ofrecía, que los grandes presentes de los muy ricos; a cuya semejanza, en todo, yo ofrezco este tan pequeño a Vuestra Sacra Majestad. Y la merced que vuestra clemencia y piedad se dignare de hacerme en recibirlo con la benignidad y afabilidad que yo espero, a cierto que aquel amplísimo Imperio del Perú y aquella grande y hermosísima ciudad, su cabeza, la recibirán y tendrán por sumo y universal favor, porque le soy hijo,y de los que ella con más amor crió, por las causas arriba dichas, y aunque esta miseria de servicio a Vuestra Real Majestad le es de ningún momento, a mí me es de mucha importancia, porque es señal y muestra del afectuosísimo ánimo que yo siempre he tenido y tengo a vuestra real persona y servicio, que si en él yo pudiera la que deseo, quedara con satisfacción de mi servir. Pero con mis pocas fuerzas, si el divino favor y el de Vuestra Majestad no me faltan, espero, para mayor indicio de este afecto, ofreceros presto otro semejante, que será la jornada que el Adelantado Hernando de Soto hizo a la Florida, que hasta ahora está sepultada en las tinieblas del olvido. Y con el mismo favor pretendo pasar adelante a tratar sumariamente de la conquista de mi tierra, alargándome más en las costumbres, ritos y ceremonias de ella, y en sus antiguallas; las cuales, como propio hijo, podré decir mejor que otro que no lo sea, para gloria y honra deDios Nuestro Señor, que por las entrañas de su misericordia y por los méritos de la sangre y pasión de su unigénito hijo, se apiadó de vernos en tanta miseria y ceguera y quiso comunicarnos la gracia de su Espíritu Santo, reduciéndonos a la luz y doctrina de su Iglesia Católica Romana, debajo del Imperio y amparo de Vuestra Católica Majestad. Que después de aquélla, tenemos ésta por primera merced de su divina mano, la cual guarde y ensalce la real persona y augusta prole de Vuestra Sacra Majestad con larga vida y aumento de reinos e imperios,como vuestros criados lo deseamos. Amén. De Montilla, 19 de enero 1586 años. Sacra, Católica, Real Majestad, defensor de la fe. Besa las reales manos de Vuestra Católica Majestad, vuestro criado


Garcilaso Inca de la Vega


 
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Para ver la obra completa

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TRAGICOMEDIA DE CALISTO Y MELIBEA. LA CELESTINA (Fernando de Rojas)

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EL TEXTO:


Tragicomedia de Calisto y Melibea (La Celestina)
Preámbulo y versos acrósticos



ACCEDER AL TEXTO ÍNTEGRO EN:


Ministerio de Educación y Ciencia (Edición conmemorativa del IV Centenario)
Google books (edición de León Amarita, Madrid, 1822)
Biblioteca Virtual Cervantes (edición y notas de Julio Cejador y Frauca)
Wikisource



ESTUDIOS Y ENLACES:


Prólogo a la edición del V Centenario (Juan Goytisolo)
Fernando de Rojas y el antiguo "auctor" (Rafael Beltrán, José Luis Canet y Marta Haro)
Un "best-seller" del Siglo de Oro (Patrizia Botta)
Biblioteca Virtual Miguel Cervantes (Portal)
Fundación Juan March: La Celestina. Perspectivas hispanosemíticas (curso de cuatro conferencias)
Wikipedia


GONZALO FERNÁNDEZ DE OVIEDO

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Fortaleza Ozama -
Museo de Armas de Santo Domingo, República Dominicana
Imágen Carlos Olivera Reis

  
LA OBRA:




  
ESTUDIOS Y ENLACES:


 
  

 
 
Gonzalo Fernández de Oviedo (1478-1557) asistió a la toma de Granada y conoció a los hijos de Colón. Permaneció veintidós años en la América recién descubierta, diez veces atravesó el mar. Tras ocupar diversos cargos fue nombrado Cronista de Indias en 1532, lo que le permitió acumular una gran información de primera mano. Es conocida su polémica con Las Casas, que le acusará de “infamador, temerario, falso, embaydor, inhumano, hipócrita, ladrón, malvado, blasfemo y mentiroso”.
 
 
El gran valor de su obra es la imagen global, de conjunto y no fragmentaria, que nos ofrece de la naturaleza americana. Escritor y escribano nato, dotado del don de la observación, siempre escribió sobre lo que había visto. Carecía de formación académica, quizá afortunadamente. Naturalista vocacional y por instinto, sus descripciones son directas, espontáneas y detalladas. Fue así historiador, naturalista y etnólogo. Su obra dio a conocer a los asombrados europeos una naturaleza desconocida. Estudia admirablemente por primera vez muchas especies, que describe rigurosamente cuando aún no existían métodos científicos de descripción. Su “Historia general y natural de las Indias” no se editó completa hasta mediados del siglo XIX y constituye una amplia enciclopedia indiana. BNE

 

 

 

 

 

"¿INDIOS BUENOS?", "¿INDIOS MALOS?", "¿BUENOS CRISTIANOS?": LA CARA OSCURA DE LAS INDIAS EN GONZALO FERNÁNDEZ DE OVIEDO Y VALDÉS (Alexandre Coello de la Rosa)

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En sus famosas Décadas del Mundo Nuevo (1530), el cronista Pedro Mártir de Anglería describió la naturaleza maligna de los amerindios a partir de un acontecimiento que tuvo lugar en octubre de 1513. En un pueblo de Panamá, después de matar al cacique de Quarequa y a muchos de sus guerreros, Vasco Núñez de Balboa alimentó a sus perros de guerra con la carne y los huesos de cuarenta indios acusados de haber practicado actos de sodomía, idolatría y otros abominables crímenes. El hecho, bastante común en la expansión colonial europea, sirvió para justificar la superioridad moral de los conquistadores por encima de aquellos comportamientos bárbaros contrarios a la moral establecida. Sin embargo, cabe preguntarse lo siguiente: ¿qué tipo de motivación racional pudo justificar semejante carnicería? ¿Cuál fue la lógica de semejante ejecución perpetrada por los conquistadores españoles? Los hechos, a juicio de Pedro Mártir, sucedieron de este modo:  
"La casa de éste (cacique) encontró Vasco llena de nefanda voluptuosidad: halló al hermano del cacique en traje de mujer, y a otros muchos acicalados y, según testimonio de los vecinos, dispuestos a usos licenciosos. Entonces mandó echarles los perros, que destrozaron a unos cuarenta. Se sirven los nuestros de los perros en la guerra contra aquellas gentes desnudas, a las cuales se tiran con rabia, cual si fuesen fieron jabalíes a fugitivos ciervos (...)"
La interpretación del texto anterior muestra cómo los españoles hicieron uso del castigo físico de forma sistemática durante los primeros años de la conquista. Más allá de cualquier jurisdicción o norma legal, dichos escarmientos no se basaban en una continua coerción. Tampoco los actos de crueldad y castigo desaparecieron completamente. La brutalidad de las masacres y la destrucción de pueblos enteros puso de manifiesto una cultura agresiva que se manifestaba en su forma más pura y radical. En este sentido, los oficiales de la Corona y sus mastines de guerra se cebaban periódicamente en los indios no sólo porque ellos no podían ofrecer una resistencia organizada, sino porque nunca podrían ser suficientemente degradados.
Más allá de las descripciones superficiales que hizo Cristóbal Colón entre 1492 y 1504, la naturaleza del Nuevo Mundo fue para el primer historiador y cronista real de las Indias, Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés (1478-1557), fuente inagotable de conocimiento y principio organizativo en los primeros libros de su Historia General y Natural de las Indias (1535). Sin embargo, esta imagen positiva de un paraíso terrenal, promocionada desde 1535 a 1540, fue muy pronto substituida por una visión pesimista de corrupción y maldad. Indios hostiles, bien equipados con dardos y flechas ponzoñosas, se resistían al avance de los conquistadores españoles y se complacían en ser licenciosos y practicar el canibalismo. Pero, en la década de 1540, la reacción de Oviedo contra la conducta inmoral y asocial de sus compatriotas le llevó progresivamente hacia una visión más tolerante y menos negativa de los amerindios.
Partiendo de un análisis histórico y textual, lo que propongo en este ensayo es estudiar los distintos momentos de elaboración, ampliación y reelaboración de la Historia de Oviedo, en lugar de reducir su crónica a un simple instrumento de justificación ideológica. No hay duda de que el énfasis en los aspectos negativos y brutales de la intervención española oscurece la coherencia de su obra. La Historia no fue un simple panfleto de propaganda política, sino un texto contradictorio y conflictivo, reflejo del oportunismo político del autor. En efecto, mientras que la violencia mimética de los españoles tiende a presuponer una correspondencia entre la barbarie de los nativos y la barbarie de los conquistadores, este ensayo tratará de demostrar que las críticas de Oviedo a sus compatriotas jugaron un rol moralizador, cuyo objetivo no era otro sino el de defender los intereses de un proyecto imperial en el que el cronista creía firmemente.  
La descendencia del diablo 
"Huid de todas las impurezas, con las que se han manchado todas las naciones, que yo expulsaré de delante de vosotros"
Desde su primer viaje a las Indias (1514), Gonzalo Fernández de Oviedo se mostró absolutamente fascinado por las fuerzas de la naturaleza al tiempo que asqueado por el comportamiento amoral de los amerindios. En un trabajo anterior analicé la figura de Fernández de Oviedo como uno de los primeros cronistas (1532) en describir la geografía y la naturaleza del Nuevo Mundo en un marco positivo. Sin embargo, esta visión idílica de un paraíso terrenal fue muy pronto substituida por otra de corrupción y maldad. La imagen negativa de los amerindios se impuso a la imagen positiva de los españoles, relegando los sueños de Colón de encontrar un mundo cristiano perdido a una figura retórica de la literatura occidental. La idealización de los "indios buenos" no perduró como una imagen objetiva y permanente, sino como una imagen atemporal. Así, una vez los españoles identificaron a los Caribes como "representantes del horror absoluto", el término "degeneración" asumió un significado político y moral para referirse al canibalismo y a la sodomía como causas de todas las maldades del Nuevo Mundo.
Imbuidos en un contexto medieval donde la magia y brujería eran comunes, los españoles catalogaron las prácticas indígenas como diabólicas al ser juzgadas desde la más pura ortodoxia cristiana. Dado que los primeros cronistas no estaban mentalmente preparados para desarrollar una visión etnológica, esto es, densa, la imposibilidad de reconocer la autonomía social y política de las comunidades amerindias puso de manifiesto parámetros culturales que exacerbaban los signos de pertenencia tanto de los españoles como de los indios. De este modo, los conquistadores describieron a los "indios malos", identificándolos con hechiceros y brujas de pelo largo y pechos caídos quienes - una vez transformadas en mujeres bellas y complacientes - empleaban sus encantos para seducir y ridiculizar a los hombres.
No es de extrañar, pues, que los demonios que aparecían en las primeras crónicas estuvieran representados como sujetos que actuaban, tentaban, y finalmente engañaban a los nativos. Incomprensiblemente, ellos honraban a Satán con un sinfín de ídolos, templos y canciones, sin darse cuenta de que Satán era un gran mentiroso que utilizaba múltiples disfraces. A modo de ejemplo, el método de Oviedo para describir las particularidades de los "indios de Cueva" consistía fundamentalmente en establecer conexiones entre
"(...) un cierto género de malos, que los cristianos en aquella tierra llaman chupadores, que a mi parescer deben ser lo mesmo que los que en España llaman brujas y en Italia extrías" (...) "estos chupadores - narra Oviedo - de noche, sin ser sentidos, van a hacer mal por las casas ajenas, e ponen la boca en el ombligo de aquel que chupan, y están en aquel ejercicio una o dos horas, o lo que les paresce, teniendo en aquel trabajo al paciente, sin que sea poderoso de se valer ni defender, no dejando de sufrir su daño con silencio. (...) E dicen que estos chupadores son criados e naborías del tuira, y que él se los manda así hacer, y el tuira es, como está dicho, el diablo".
No es difícil imaginar el efecto simbólico que esta ilusión demoníaca tuvo en Oviedo. A falta de un vocabulario cognitivo capaz de aprehender los rituales indígenas desde una perspectiva etnológica comparativa, sus conclusiones apuntaban a la intervención de espíritus malignos. Dichos espíritus eran ciertos demonios íncubos o súcubos que fornicaban con los indios mientras dormían, brujas y nigromantes capaces de invertir la obra divina para ridiculizarla.

Un principio heterológico de negación impregnaba, pues, la mayor parte de los relatos de cronistas y viajeros, inaugurando una formidable tensión entre la unidad humana y la diversidad cultural. Determinados comportamientos anómalos, como el canibalismo y la sodomía, iban en contra de la moral establecida y agotaban la energía de los cuerpos hasta corromperlos por completo. Para Oviedo, profundamente influenciado por el aristotelismo de la época, no había duda de que los indios vivían imbuidos en una absoluta obscenidad que gobernaba sus acciones. Y por supuesto, el responsable no era otro que Satán, figura omnipresente en la mayor parte de crónicas y relaciones, cuya ambición no era otra sino apoderarse de las almas de los indios.

Barbarie ambivalente en el Nuevo Mundo
"Cuando por medio del intérprete insular fueron dichas estas cosas y otras semejantes al Almirante, maravillado de ver tal juicio en un hombre desnudo, respondió (...) que el rey y la reina de las Españas le habían enviado para que apaciguase todas las regiones del mundo desconocido hasta ahora, es a saber: para que debelara a los caníbales y demás hombres malos del país y les impusiera los merecidos castigos, pero a los inofensivos los defendiera y honrara por sus virtudes"
Uno de los aspectos que caracterizaban las estructuras mentales de los españoles era la existencia de un mundo jerarquizado en base a dos polos opuestos aunque claramente definidos: el bien y el mal. Esta oposición binaria revelaba un maniqueísmo basado en un mundo de virtud y un mundo de vicio, o lo que es lo mismo, un mundo gobernado por Dios y otro gobernado por el Demonio. La presencia de los indios en el Nuevo Mundo identificaba claramente la acción diabólica, mientras que la conquista trasladaba esa tensión a un plano real donde los españoles representaban un papel providencial.
La división entre aquellos que habían elegido a Dios y al bien y aquellos que habían elegido al Príncipe de las tinieblas y al mal servía para explicar la existencia de cultos paganos difíciles de encajar en las estructuras cognitivas occidentales. Frente a una comunidad cristiana "reconocida", fuera de sus límites se hallaba una nueva categoría de humanos "corruptos". Rápidamente se estableció una conexión entre las prácticas religiosas indígenas y los diablos y brujas españoles, implantándose una correspondencia entre la maldad de Satán y la pestilencia de los indios.  
Dichas percepciones, sin embargo, fueron atenuadas cuando Oviedo admitió que la codicia era una de las principales causas del caos que los españoles habían desatado en las Indias. Cuando el gobernador de Cuba, Hernando de Soto, y sus asociados, Juan Ruíz Lobillo y Vasco Porcallo de Figueroa, dedicaban sus ratos libres a "esa montería de matar indios", en el fondo estaban consagrando una estética del horror que debía ser contemplada. A menudo los conquistadores pretendían adquirir el estatus de nobleza a través de acciones guerreras punitivas. Pero ni Soto pertenecía a la nobleza - Oviedo decía que "la verdadera nobleza y entera de la virtud se nasce" - ni sus "gestas" eran dignas de recibir ningún honor o prebenda.
Estos actos violentos significaban, utilizando las palabras de Michael Taussig, la "canibalización del caníbal". El blanco de dichas acciones impactaba e iba destinada al físico de los amerindios. A resultas de esta negación, los españoles los consideraban como puras posesiones. La violencia aparecía como la mediadora por excelencia de las actitudes hegemónicas coloniales, y así, el cuerpo de los indios se convirtió en la presa sobre la cual el poder buscaba dejar una huella profunda, indeleble. El "paraíso" de Colón quedaba finalmente transformado en un lugar donde hombres bestiales vivían en los márgenes de la "civilización".
En la década de 1530, la Corona no había conseguido todavía afianzar su poder. A falta de otros representantes coloniales (el virrey, la audiencia, el clero secular), los conquistadores lanzaron continuas campañas con el objetivo de infligir terror en la psique de los nativos. La violencia caníbal, según Taussig, actuaba en ambos frentes, convirtiéndose en una droga adictiva. Si, como parecía, no habían criaturas edénicas en las Indias, los españoles podían destrozar los cuerpos de los indígenas, o mejor aún, comerciar con ellos como simples objetos y esclavizarlos.
Pero, a diferencia de la matanza que Vasco Núñez de Balboa protagonizó en 1513, Oviedo nunca participó en ninguna ejecución selectiva de grupos nativos. Tampoco se enorgullecía de ello. Al contrario, su profunda desilusión acerca del papel civilizador de la Corona española tenía mucho que ver con los excesos de sus compatriotas. A principios de 1540, los juicios morales de Oviedo no se centraban únicamente en la barbarie de los indios como en denunciar la barbarie y la crueldad de los españoles. En el fondo, le preocupaba el tejido social sobre el cual aquellos hombres de guerra debían consolidar un proyecto duradero de colonización.
Dicho de otro modo, la implementación de un modelo de sociedad colonial no debía residir en aquellos hombres de baja extracción social. Tampoco consideraba a las órdenes monásticas o a los letrados los más adecuados. Solamente los nobles, a juicio de Oviedo, tenían el conocimiento y la virtud necesaria para triunfar sobre la corrupción predominante. A diferencia de Soto, quien no era más que un plebeyo de Castilla de Oro, Nicaragua y Perú, Oviedo había crecido en un ambiente aristocrático. Cercano a la cultura dominante, se enorgullecía de haber conocido a prestigiosos artistas del Renacimiento, tales como Leonardo de Vince y Andrea Mantegna, a reyes como Fadrique de Nápoles e incluso a papas, como César Borgia. Como un amante del mundo aristocrático, no es extraño, pues, que se considerara a sí mismo mucho más competente que Soto y otros oficiales de la misma catadura para representar los intereses de la Corona en las Indias.
A principios de 1540, Oviedo moderó considerablemente el tono de su discurso político al constatar que ningún gobierno de signo aristocrático había prosperado en las Indias. La propagación del evangelio tampoco había progresado de manera significativa a causa de la deficiente preparación de frailes y sacerdotes. En su lugar, el exceso de corrupción, violencia y represión ponía de relieve la cara más depravada del ser humano. Incluso algunos españoles, según Oviedo, habían participado en actos de canibalismo.
De Colón a López de Gomara, pasando por Pedro Mártir y Fernández de Oviedo, el canibalismo, así como el resto de ritos paganos, proveían a los conquistadores con una justificación empírica para declarar la guerra a los amerindios y esclavizarlos. Al transgredir sus propios límites morales, la transformación de los españoles en eventuales caníbales alteraba clasificación humana, situándolos al mismo nivel que los salvajes. Con la constatación de que no sólo los amerindios, sino también los españoles, habían practicado el canibalismo, Oviedo reprodujo una imagen menos providencial y mucho más siniestra de sus compatriotas.
Como es sabido, la curiosidad enciclopédica de Oviedo jugó un importante papel no sólo en dar cuenta de las virtudes de la naturaleza, sino en rechazar todo el mal que se escondía tras ella. La falta de armonía y cohesión que se percibe en su Historia fue el resultado de contraponer la dimensión de una naturaleza de carácter divino frente a la intervención diabólica. Sin embargo, esta lógica binaria estaba condenada al fracaso. Con la proclamación de las Leyes Nuevas en 1542 - cuyo objetivo principal consistía en la abolición de las encomiendas, o más concretamente, establecer un mayor control sobre ellas - el tono de Oviedo cambió progresivamente hacia una visión mucho más pesimista de la condición humana. Y ello incluía no sólo aquellos juzgados como desviados, imperfectos o marginales, sino también la insaciable codicia, crueldad y despotismo de los compatriotas del cronista.
En efecto, esta percepción de los amerindios, articulada desde una conciencia crítica, ofrecía un panorama muy diferente del anterior y tenía poco que ver con el aparato ideológico de un estado represivo. Los maravillosos tesoros de la naturaleza pasaron definitivamente a un segundo plano. Mucho más centrado en los elementos históricos, los "indios" de Oviedo pasaban ahora a ocupar un rol menos estridente, siendo catalogados de forma pacífica y hasta noble. Y sobre todo, se convirtieron en sujetos morales dotados del poder de la palabra con la cual Oviedo pretendía mostrar a sus lectores su profundo desencanto. Así, 

"¿Cómo, señor, es posible que habiéndome dado la fe de amistad, sin haberte yo hecho ningún daño, ni dado alguna ocasión, me querías destruir a mí, amigo tuyo y hermano? Dísteme la cruz para defenderme con ella de mis enemigos y con ella mesma me querías destruir"
Desde una perspectiva literaria, Kathleen A. Myers ha demostrado que el uso del discurso directo, en lugar del discurso indirecto, no es accidental en la Historia de Oviedo. Siguiendo las ideas de Mikhail Bakhtin sobre el uso del diálogo como arma ideológica, Myers examinó el uso de la primera persona del singular en el libro XXXIII, capítulo LIV, dirigido a reparar las inexactitudes de otros cronistas con el fin de llegar a la única verdad. Al manipular las voces de los indios, el rol de Oviedo como observador-participante aumentó considerablemente, situándolo dentro de una dimensión dialógica que le permitía expresar sus propios puntos de vista. Desde esta posición privilegiada, Oviedo jugaba un doble juego: liberarlo de cualquier responsabilidad de sus compatriotas al tiempo que ejercer de protector de los intereses de la Corona.
Visto de esta manera, el pasaje anterior revela un nuevo elemento discursivo que no se caracteriza precisamente por el ensalzamiento ni la glorificación de las acciones de los españoles o de sus perros de guerra. Muy al contrario, Oviedo intentó contraponer la moral de sus lectores a la crueldad y el despotismo de los conquistadores. Las diferencias entre éstos y los amerindios disminuyeron a medida que una cultura de la violencia empezó a ser sistemáticamente practicada por los primeros. Los indios eran bárbaros, pero en modo alguno eran menos odiosos que algunos conquistadores, representantes de un Dios victorioso, cuyas ambiciones personales habían traicionado los principios cristianos sobre los cuales el proceso de colonización debía crecer y tomar cuerpo.  
En su diálogo con Hernando de Soto, el cacique Casqui no estaba burlándose de él, sino poniendo de relieve el dilema interno de Oviedo. Si los españoles estaban traicionando abiertamente los principios cristianos al aperrear a los indios en el nombre de Dios, ¿cómo esta aparente contradicción -la caridad cristiana combinada con la crueldad infinita- podía ser defendida y puesta en práctica en las Indias? ¿Tenía razón el dominico Bartolomé de Las Casas y los indios no eran sino corderos que habían sido expuestos a la crueldad de lobos y leones? ¿Era la "civilización" cristiana responsable de haber sembrado el Nuevo Mundo de corrupción, codicia y otras maldades?
Desde mi punto de vista, el deseo de reflejar objetivamente sobre el papel lo que uno rechaza moralmente, ya sea la amoralidad de los españoles o de los indios, provocó en Oviedo una tensión entre retórica y lógica, o dicho de otro modo, entre lo que el texto pretendía comunicar y lo que estaba obligado a ocultar. Una característica especial de la condición humana, de acuerdo con Cicerón, es la capacidad dialéctica. Las aporías de Oviedo, sin embargo, mostraban una clara contradicción: la capacidad intelectiva de los amerindios, anteriormente ridiculizada por tener cascos duros, era ahora ensalzada al utilizar las palabras como símbolos reivindicativos de los propios indios.
Según Marcel Bataillon, el pesimismo histórico de Oviedo estaba enormemente influenciado por el oráculo de los tiempos modernos, Erasmo de Rotterdam (1469?-1536). Los constreñimientos retóricos de su narrativa desaparecen, dando lugar a un escepticismo intelectual con respecto al sentido último del proyecto civilizador español. A pesar de ello, la mentalidad de Oviedo fue siempre la de un representante de la Corona, al igual que otros ilustres erasmistas, como el secretario del Emperador, Alfonso de Valdés (Diálogo de las cosas ocurridas en Roma, 1529) y Cristóbal de Villalón (Diálogo de Mercurio y Carón, 1528-1530; El scholastico, 1538), entre otros.
Por muy atrevidos que fueran los excesos de los conquistadores, el cronista real y guardián de la fortificación de Santo Domingo nunca dejó de considerar los valores europeos como el referente civilizador a partir del cual el Nuevo Mundo podía -y debía- regenerarse. La conversión espiritual de Oviedo, que tuvo lugar alrededor de 1546, según la opinión de José Rabasa, no cambió un ápice su percepción de la naturaleza diabólica de los indios. Así, la condena que hizo de las acciones de Soto tuvo mucho menos que ver con una visión caritativa hacia ellos que con el nuevo marco legal vigente tras la publicación de las Leyes Nuevas de las Indias.
A la luz de evidencias documentales, quisiera matizar estos argumentos. Bajo el nuevo marco legal de las Leyes Nuevas, Oviedo no tuvo más remedio -y esto, como buen cortesano, lo hizo de manera persuasiva- que seguir la corriente reformista de los tiempos, sometiéndose a las necesidades de la Corona cuyo objetivo no era otro que controlar las riquezas humanas y materiales de las Indias. En un clima político caracterizado por la restitución de las propiedades de los indios y la abolición de las encomiendas, Oviedo aprovechó la ocasión para dirigir su dedo acusador hacia aquellos "malos cristianos" que habían cometido crímenes contra la población indígena, pero sin correr el riesgo de contradecirse a sí mismo.  
Levantar dichas acusaciones diez años antes no hubiera parecido muy acertado. En varias cartas ológrafas dirigidas al monarca español (1537), Oviedo resaltaba el enconado antagonismo entre las facciones de Francisco Pizarro (1475?-1541) y Diego de Almagro (1475-1538) por el control de la rica ciudad del Cuzco. Como uno de los representantes legales de Almagro en la corte, Oviedo no tenía muchas simpatías por Pizarro. En realidad, sus juicios mostraban un odio profundo hacia el clan de los Pizarro, y en particular, hacia Hernando Pizarro, cuyo éxito le había irritado profundamente. Pero, si bien las simpatías caían del lado de Almagro, Oviedo se guardó de levantar falsas acusaciones en contra de Pizarro. En cambio, sus críticas más laceradas se dirigieron contra los letrados, quienes de manera progresiva iban copando los mejores puestos en la burocracia colonial. Muchos de ellos, según la opinión de Oviedo, carecían de la más mínima experiencia para tratar con mano izquierda los problemas de las Indias. Y peor aún, su intervención había jugado un papel tan negativo en el Perú que el resto de las posesiones españolas en el Nuevo Mundo, Oviedo avisaba, podrían caer también en el más absoluto desgobierno.  
En la década de 1540, una nueva coyuntura política permitió a Oviedo recurrir a otros modelos y estrategias narrativas para destacar las malas acciones de sus compatriotas sin salir de los parámetros regulares del canon cristiano. De este modo, la influencia erasmista debería ser analizada no simplemente como una ideología instrumental para obtener beneficios políticos. En mi opinión, el erasmismo de Oviedo no fue nunca un credo bien articulado, sino una fuerza espiritual común a la visión imperial de Carlos V que fue utilizada con el fin de establecer un reajuste en el proyecto colonial español. Porque sólo el augusto escrutinio del Emperador, apoyado por sus más leales caballeros y magistrados, sería capaz de poner fin a la fragmentación de la sociedad colonial, regenerar los malos hábitos y revitalizar una tierra maltratada.
Como el representante legal de Dios en la tierra y el administrador de justicia, Carlos V era considerado, en palabras de Cicerón, el moderator republicae. Siguiendo la tradición hispano-romana, el monarca jugaba el papel de árbitro entre intereses opuestos y grupos en conflicto. Para llevar a cabo sus funciones públicas, debía promulgar leyes de acuerdo con los principios cristianos de justicia y equidad. Para preservar la legalidad, debía mostrarse accesible a todos sus súbditos. En este sentido, la Corona se convirtió en un símbolo paternalista para aquellos quienes, como Oviedo, buscaban satisfacción para algún tipo de agravio o protección de sus intereses que no eran otros sino los del monarca.
El capítulo XXXIV del libro XXIX, acabado alrededor de 1548, resume de manera concluyente la preocupación de Oviedo sobre el desgobierno del Nuevo Mundo. El objetivo es doble. Por un lado, el cronista hizo especial hincapié en la deficiente organización institucional. Por otro, en lugar de limitar el acceso exclusivamente a los castellanos, de acuerdo a la voluntad de la reina Isabel, otros grupos periféricos, como los vascos, catalanes, gallegos y portugueses, tenían acceso a las Indias, alterando de este modo la homogeneidad de los planes iniciales.
En la mayor parte de las Indias, la Corona tenía poco o ningún control efectivo sobre sus súbditos. Sin ningún tipo de normativa legal capaz de regular sus acciones, los conquistadores trataban de satisfacer sus aspiraciones personales. Uno de ellos, el gobernador de Panamá, Pedrarias Dávila, era el responsable, a juicio de Fernández de Oviedo, de haber sumido el Nuevo Mundo en el caos. Dejando al margen una tendencia claramente moralista, la intención del historiador y cronista de su majestad imperial no era la de denunciar la complicidad de la Corona. Al contrario, estaba sugiriendo la posibilidad de adoptar un modelo aristocrático de asentamiento colonial que había diseñado en 1520. Dicho modelo pretendía monopolizar la violencia física y construir un espacio social presidido por la monarquía.
Una de las funciones del monarca universal, según el pensamiento de Erasmo, era la de preservar la paz y la seguridad de toda la cristiandad. Carlos V tenía enemigos reconocidos y por esta razón la crítica moral contra los españoles no podía llevarse hasta los extremos. En este sentido, el celo patriótico de Oviedo reprodujo paradójicamente los ataques de Las Casas contra "los tyranos alemanes que an estado y están en los reynos de Veneçuela", extendiendo el abanico de culpables de otras naciones, "pues griegos e levantiscos e de otras nasciones son incontables".
Efectivamente, no pocos griegos operaban en las Indias como marineros en la década de 1540. Sicilianos, milaneses, alemanes y flamencos no eran en absoluto desconocidos, sobre todo después de la coronación de Carlos V como emperador del sacro imperio romano en 1519. España era vista y descrita como parte de un imperio heterogéneo, y consecuentemente, todos sus súbditos fueron autorizados para ir al Nuevo Mundo en 1525, aunque muchos de ellos no formaran parte de la comunidad castellano-hablante. Pero, lo más preocupante era el carácter indisciplinado y cruel que, según Oviedo, caracterizaba a estos aventureros extranjeros.
Desde un punto de vista discursivo, esta actitud xenófoba corría paralela a una heterogeneidad lingüística y cultural. El odio de Oviedo contra la crueldad, arrogancia e incompetencia militar de Soto no convirtió a los amerindios en "indios buenos". Tampoco el cronista los absolvió de sus pecados mortales. Tras desviar la culpa de los indios a los españoles, su discurso narrativo volvió nuevamente a la categorización inicial de pueblos "bárbaros" e "incivilizados". La noble y pacífica imagen que Oviedo había momentáneamente construido, en contraste con la violencia irracional de Soto, era parte de una estrategia escritural que consistía en juzgar las malas acciones de sus compatriotas. Aparentemente, aquellos indios que vivían en las islas del Caribe parecían estar dotados de una naturaleza primigenia similar a la de los europeos, aunque Oviedo nunca estuvo convencido de ello. Así, consideraba que
"ni tampoco es aquesto sólo la causa de la destruición e asolación de los indios, aunque harta parte para ello ha causado esta mixtura; mas, juntos los materiales de los inconvenientes ya dichos, con los mesmos delictos e sucias e bestiales culpas de los indios sodomitas, idolatrías, e tan familiares e de tan antiquísimos tiempos en la obidiencia e servicio del diablo, e olvidados de nuestro Dios trino e uno, pensarse debe que sus méritos son capaces de sus daños, e que son el principal cimiento sobre que se han fundado e permitido Dios las muertes e trabajos que han padescido e padescerán todos aquellos que sin baptismo salieron desta temporal vida"
En efecto, los indios continuaban siendo holgazanes, viles, y carentes de razón. Por este motivo, al moderar las diatribas contra los crueles métodos de Soto, la narrativa de Oviedo parecía volver a su punto de partida. Los indios, no los españoles, eran los únicos responsables de su ruina moral. El cambio discursivo que va del más exuberante placer al remordimiento más absoluto no le hizo caer en una interpretación subversiva del orden cristiano. Dado que Oviedo siempre insistió en su profundo desprecio contra aquellos "brutos" carentes de toda cultura, sus críticas no le hicieron perder el hilo conductor de su monumental Historia. Al mantenerse consistente con el punto de vista inicial, Oviedo alcanzaba de nuevo un alto grado de coherencia como cronista imperial.


Conclusiones

En la década de 1550, los tiempos habían cambiado. El partido de los encomenderos y conquistadores estaba tan revuelto después de las guerras civiles en el Perú que empezó progresivamente a ganar terreno en la corte sobre la posición de Las Casas y los dominicos (1555). Por esta razón, y no por otra, el comportamiento de Pedrarias y Soto merecían por parte de Oviedo un examen mucho más condescendiente que antes. No por ningún tipo de redención política, sino porque un nuevo equilibrio era políticamente necesario en un contexto intelectual que oscilaba entre la condena pública de los libros de Erasmo en las más prestigiosas facultades de teología y el Índice Romano de 1559. Al dar cuenta de las actividades del gobernador Pedrarias y de sus subordinados en la provincia de Nicaragua (1525), Oviedo culpó de nuevo a los españoles por matar indiscriminadamente a la población nativa. Pero esta vez expresó al mismo tiempo su desagrado con el comportamiento de los indios, encontrándolos también culpables de barbarismo.
Como acertadamente señaló Antonello Gerbi, la verdad fue siempre para Oviedo la suprema deidad. Siguiendo los pasos de Plínio, el cronista español aceptó el modelo de una compilación general y de una historia natural, pero rechazó las fuentes escritas del historiador griego y las substituyó por la experiencia directa. A diferencia de las descripciones de Colón, la enorme curiosidad de Oviedo proporcionó una visión caleidoscópica de la naturaleza del Nuevo Mundo, sentando las bases de un conocimiento metódico y sistemático. Pero, en la búsqueda de esa verdad divina, el administrador real, además de satisfacer a una audiencia fervientemente interesada en un mundo tan vasto y atrayente, desveló las contradicciones del proyecto colonial que supuestamente tenía que defender.  
En muchos aspectos, si no en casi todos, Oviedo fue muy crítico con el proceso de colonización. Pero obviamente, el papel que jugó a lo largo de los últimos capítulos de su Historia era incompatible con el objetivo inicial. Así, en lugar de criticar hasta el final las políticas imperiales y aquellos que las llevaban a la práctica, Oviedo recuperó el núcleo central de su discurso imperialista al atacar a los "bárbaros" nativos y a los esclavos cimarrones, poniéndolos a todos en el mismo nivel de corrupción y miseria humanas.
 
Alexandre Coello de la Rosa
Department of History
SUNY at Stony Brook, USA


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Este ensayo fue presentado el 23 de Junio del 2001 en la Alexander Von Humboldt State University, Arcata, California, con el título, "Good Indians", "Bad Indians", "What Christians?": The Dark Side of the New World in Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés". Dicho ensayo forma parte de un libro en curso, titulado provisionalmente Of Nature and Man: Wonder and Exoticism in Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés (1478-1557).




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