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INCA GARCILASO DE LA VEGA

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ESTUDIOS Y ENLACES:




  


Gómez Suárez de Figueroa, apodado Inca Garcilaso de la Vega, (Cuzco, Gobernación de Nueva Castilla, 12 de abril de 1539 - Córdoba, España, 23 de abril de 1616) fue un escritor e historiador hispanoperuano (origen español y peruano). Se le considera como el "primer mestizo biológico y espiritual de América", o en otras palabras, el primer mestizo racial y cultural de América que supo asumir y conciliar sus dos herencias culturales: la indígena americana y la europea (española-italiana), alcanzando al mismo tiempo gran renombre intelectual. Luis Alberto Sánchez lo describe como el "primer mestizo de personalidad y ascendencia universales que parió América". Se le conoce también como el "príncipe de los escritores del Nuevo Mundo", pues su obra literaria, que se ubica en el período del Renacimiento, se destaca por un gran dominio y manejo del idioma castellano, tal como lo han reconocido críticos de la talla de Menéndez y Pelayo, Ricardo Rojas, Raúl Porras Barrenechea y José de la Riva Agüero y Osma. Mario Vargas Llosa le reconoce también dotes de consumado narrador, destacando su prosa bella y elegante.Temporalmente se le ubica en la época de los cronistas post toledanos, durante el período colonial de la historia del Perú (fines del siglo XVI e inicios del siglo XVII). Desde el punto de vista estrictamente historiográfico, su obra tuvo mucha influencia en los historiadores peruanos hasta fines del siglo XIX, cuando surgieron críticos que empezaron a cuestionar la veracidad de sus informaciones.
En su obra cumbre, los Comentarios Reales de los Incas, publicada en Lisboa, en 1609, expuso la historia, cultura y costumbres de los Incas y otros pueblos del antiguo Perú, libro que luego del levantamiento de Túpac Amaru II sería prohibido por la Corona española en todas sus colonias de América, al considerarla sediciosa y peligrosa para sus intereses, pues alentaba el recuerdo de los incas. Esta prohibición rigió desde 1781, aunque la obra se siguió imprimiendo en España.
Otras obras importantes del Inca Garcilaso son La Florida del Inca (Lisboa, 1605), que es un relato de la conquista española de Florida; y la Segunda parte de los Comentarios Reales, más conocida como Historia General del Perú (Córdoba, 1617), publicada póstumamente, donde el autor trata sobre la conquista del Perú y el inicio de la colonia.  Wikipedia

ORIGEN DE LOS INCAS REYES DE PERÚ (Inca Garcilaso de la Vega)

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CAPÍTULO XV. Origen de los Incas Reyes del Perú.

Viviendo ó muriendo aquellas gentes de la manera que hemos visto, permitió Dios nuestro señor que de ellos mismos saliese un lucero del alva, que en aquellas oscurísimas tinieblas les diese (...) Que por experiencia muy clara se ha notado, quanto mas prontos y áginles estaban para recibir el evangelio los Indios que los Reyes Incas sujetaron, gobernaron y enseñáron, que no las demás naciones comarcanas, donde aun no habia llegado la enseñanza de los Incas: muchas de las quales se están hoy tan barbaras y brutas como antes se estaban, con haber setenta y un años que los Españoles entráron en el Perú. Y pues estamos á la puerta de este gran laberinto, será bien pasémos adelante á dar noticia de lo que en él habia.
Despues de haber dado muchas trazas, y tomado muchos caminos para entrar á dar cuenta del orígen y principio de los Incas, Reyes naturales que fueron del Perú, me pareció que la mejor traza, y el camino mas fácil y llano, era contar lo que en mis niñeces oi muchas veces a mi madre, hermanos y tios, y a otros sus mayores, acerca de este orígen y principio: porque todo lo que por otras vias se dice de él, viene á reducirse en lo mismo que nosotros dirémos, y será mejor que se sepa por las propias palabras que los Incas lo cuentan que no por las de otros autores estraños. Es asi que residiendo mi madre en el Coxco su pátria, venian á visitarla casi cada semana los pocos parientes y parientas que de las crueldades y tiranías de Atagualpa (como en su vida contarémos) escaparon; en las quales visitas siempre sus mas ordinarias pláticas eran tratar del origen de sus Reyes, de la magestad de ellos, de la grandeza de su Imperio, de sus conquistas y hazañas, del gobierno que en paz y en guerra tenían, de las leyes que tan en provecho y favor de sus vasallos ordenaban. En suma, no dexaban cosa de las prósperas que entre ellos hubiese acaecido que no la traxesen á cuenta.

De las grandezas y prosperidades pasadas venian a las cosas presentes: lloraban sus Reyes muertos, enagenado su Imperio y acabada su república, &c. Estas y otras semejantes pláticas tenian los Incas y Pallas en sus visitas, y con la memoria del bien perdido, siempre acababan su conversacion en lágrimas y llanto, diciendo: trocósenos el reynar en vasallage, &c. En estas pláticas yo como muchacho entraba y salia muchas veces donde ellos estaban, y me holgaba de las oir, como huelgan los tales de oir fábulas. Pasando, pues, dias, meses y años, siendo ya yo de diez y seis ó diez y siete años acaeció, que estando mis parientes un dia en esta su conversion hablando de sus reyes y antiguallas, al mas anciano que era el que daba cuenta de ellas, le dixe: Inca, tio, pues no hay escritura entre vosotros, que es la que guarda la memoria de las cosas pasadas; ¿qué noticias teneis del orígen y principio de nuestros Reyes! porque allá los Españoles y las otras naciones sus comarcanas, como tienen historias divinas y humanas, saben por ellas quando empezáron a reynar sus Reyes y los agenos, y el trocarse unos Imperios en otros, hasta saber quantos mil años há que Dios crió el cielo y la tierra, que todo esto y mucho mas, saben por sus libros. Empero vosotros que careceis de ellos ¿qué memoria teneis de vuestras antiguallas? ¿Quién fué el primero de nuestros Incas? ¿cómo se llamó? ¿qué orígen tuvo su linage? ¿de qué manera empezó á reynar? ¿con qué gente y armas conquistó este grande Imperio? ¿qué orígen tuviéron nuestras hazañas?

El Inca, como que holgándose de haber oído las preguntas por el gusto que recibia de dar cuenta de ellas, se volvió á mi, que yá otras muchas veces le habia oído, mas ninguna con la atencion que entónces, y me dixo: sobrino, yo te las diré de muy buena gana, a ti te conviene oirlas y guardarlas en el corazon, es frase de ellos por decir en la memoria. Sabrás que en los siglos antiguos, toda esta region de tierra que ves, eran unos grandes montes y breñales, y las gentes en aquellos tiempos vivian como fieras y animates brutos, sin religion, ni policía, sin pueblo, ni casa, sin cultivar, ni sembrar la tierra, sin vestir, ni cubrir sus carnes, porque no sabian labrar algodon ni lana para hacer de vestir. Vivian de dos en dos, y de tres en tres como acertaban á juntarse en las cuevas y resquicios de peñas, y cabernas de la tierra: comian como bestias yerbas del campo, raíces de árboles, y la fruta inculta que ellos daban de suyo, y carne humana. Cubrian sus carnes con hojas y cortezas de árboles y pieles de animales; otros andaban en cueros. En suma vivian como venados y salvaginas, y aun en las mugeres se habian como los brutos, porque no supieron tenerlas propias y conocidas.

Adviertase, porque no enfade el repetir cantas veces estas palabras, nuestro padre el sol, que era lenguage de los Incas, y manera de veneracion y acatamiento decirlas siempre que nombraban al sol, porque se preciaban descender de él, y al que no era Inca no le era lícito tomarlas en la boca, que fuera blasfemia y lo apedrearan. Dixo el Inca: nuestro padre el sol, viendo los hombres tales como te he dicho, se apiadó y hubo lástima de ellos, y envió del cielo á la tierra un hijo y una hija de los suyos, para que los doctrinasen en el conocimiento de nuestro padre el sol, para que lo adorasen y tuviesen por su dios, y para que les diesen preceptos y leyes en que viviesen como hombres, en razon y urbanidad; para que habitasen en casas y pueblos poblados; supiesen labrar las tierras, cultivar las plantas y mieses, criar los ganados y gozar de ellos y de los frutos de la tierra, como hombres racionales y no como bestias. Con esta órden y mandato puso nuestro padre el sol estos dos hijos suyos en la laguna Titicaca, que está ochenta leguas de aquí, y les dixo que fuesen por do quisiesen, y do quiera que parasen á comer ó á dormir, procurasen hincar en el suelo una barrilla de oro de media vara en largo y dos dedos en grueso, que les dió para señal y muestra, que donde aquella barra se les hundiese, con solo un golpe que con ella diesen en tierra, allí queria el sol nuestro padre que parasen é hiciesen su asiento y corte. A lo último les dixo: quando hayais reducido esas gentes a nuestro servicio, los mantendreis en razon y justicia, con piedad, clemencia y mansedumbre, haciendo en todo oficio de padre piadoso para con sus hijos tiernos y amados, á imitacion y semejanza mia, que á todo el mundo hago bien, que les doy mi luz y claridad para que vean y hagan sus haciendas, y les caliento quando han frio, y crio sus pastos y sementeras, hago frutificar sus árboles, y multiplico sus ganados, lluevo y sereno á sus tiempos, y tengo cuidado de dar una vuelta cada dia al mundo, por ver las necesidades que en la tierra se ofrecen, para las proveer y socorrer, como sustentador y bienhechor de las gentes, quiero que vosotros imiteis este exemplo como hijos mios enviados á la tierra solo para la doctrina y beneficio de esos hombres que viven como bestias. Y desde luego os constituyo y nombro por reyes y señores de todas las gentes que asi doctrinaredes con vuestras buenas razones, obras y gobierno. Habiendo declarado su voluntad nuestro padre el sol á sus dos hijos los despidió de sí. Ellos salieron de Titicaca, caminaron al Septentrion, y por todo el camino, do quiera que paraban, tentaban hincar la barra de oro, y nunca se les hundió. Asé entraron en una venta ó dormitorio pequeño que está siete ó ocho leguas al mediodia de esta ciudad que hoy llaman Pacarec Tampu, que quiere decir venta ó dormida que amanece. Púsole este nombre el Inca porque salió de aquella dormida al tiempo que amanecia. Es uno de las pueblos que este príncipe mandó poblar despues; y sus moradores se jactan hoy grandemente del nombre porque lo impuso nuestro Inca: de allí llegaron él y su muger nuestra reyna á este valle del Cozco, que entonces todo él estaba hecho montaña brava.

Inca Garcilaso de la Vega
Comentarios Reales, 1609



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Para ver
La Historia General de Perú
o Comentarios Reales de los Incas, Tomo I


FUNDACIÓN DEL COZCO CIUDAD IMPERIAL (Inca Garcilaso de la Vega)




CAPÍTULO XVI Fundacion del Cozco ciudad imperial.

La primera parada que en este valle hicieron, dixo el Inca, fue en el cerro llamado Huanacauti, al mediodia de esta ciudad. Allí procuró hincar en tierra la barra de oro, la qual con mucha facilidad se les hundió al primer golpe que dieron con ella, que no la vieron mas. Entónces dixo nuestro Inca a su hermana y muger: En este valle manda nuestro padre el sol que parémos y hagamos nuestro asiento y morada, para cumplir su voluntad, Por tanto, reyna y hermana, conviene que cada uno por su parte vamos a convocar y atraer esta gente para los doctrinar y hacer el bien que nuestro padre el sol nos manda. Del cerro Huanacauti salieron nuestros primeros Reyes cada uno por su parte a convocar las gentes, y por ser aquel lugar el primero de que tenemos noticia que hubiesen hollado con sus pies, y por haber salido de allí á bien hacer á los hombres, teniamos hecho en él, como es notorio, un templo para adorar a nuestro padre el sol, en memoria de esta merced y beneficio que hizo al mundo. El príncipe fue al septentrion, y la princesa al mediodia. A todos los hombres y mugeres que hallaban por aquellos breñales les hablaban y decian, como su padre el sol los habia enviado del cielo para que fuesen maestros y bienhechores de los moradores de toda aquella tierra, sacándoles de la vida ferina que tenian, y mostrándoles a vivir como hombres; y que en cumplimiento de lo que el sol su padre les habia mandado, iban a los convocar y sacar de aquellos montes y malezas, y reducirlos a morar en pueblos poblados, y a darles para comer manjares de hombres y no de bestias. Estas cosas y otras semejantes dixeron nuestros Reyes á los primeros salvages que por estas sierras y montes hallaron: los quales viendo aquellas dos personas vestidas y adornadas con los ornamentos que nuestro padre el sol les habia dado, hábito muy diferente del que ellos traían, las orejag horadadas y tan abiertas como sus descendientes las traemos, y que en sus palabras y rostro mostraban ser hijos del sol, y que venian á los hombres para darles pueblos en que viviesen, y mantenimientos que comiesen, maravillados por una parte de lo que veian, por otra aficionados de las promesas que les hacian, les dieron entero crédito a todo lo que les dixeron, y los adoraron y reverenciaron como á hijos del sol, y obedecieron como á Reyes, y convocándose los mismos salvages unos á otros, y refiriendo las maravillas que habian visto y oido, se juntaron en gran número hombres y mugeres, y salieron con nuestros reyes para los seguir donde ellos quisiesen llevarlos.


Nuestros príncipes, viendo le mucha gente que se les allegaba, dieron orden que unos se ocupasen en proveer de su comida campestre para todos, porque la hambre no los volviese á derramar por los montes: mandó, que otros trabajasen en hacer chozas y casas, dando el Inca la traza como las habian de hacer. De esta manera se principió a poblar esta nuestra imperial ciudad, dividida en dos medios, que llamaron Hanan Cozco, que como sabes quiere decir Cozco el alto, y Hurin Cozco, que es Cozco el baxo. Los que atrajo el rey, quiso que poblasen a Hanan Cozco, y por esto le llamaron el alto, y los que convocó la reyna, que poblasen a Hurin Cozco, y por eso le llamaron el baxo. Esta division de ciudad no fue para que los de la una mitad se aventajasen á los de la otra mitad en exenciones y preeminencias, sino que todos fuesen iguales como hermanos, hijos de un padre y de una madre. Solo quiso el Inca que hubiese esta division de pueblo y diferencia de nombres alto y baxo, para que quedase perpetua memoria de que a los unos habia convocado el rey, y a los otros la reyna; y mandó, que entre ellos hubiese sola una diferencia y reconocimiento de superioridad, que los del Cozco alto fuesen respetados y tenidos como primogénitos hermanos mayores, y los del baxo fuesen como hijos segundos, y en suma fuesen como el brazo derecho y el izquierdo en qualquiera preeminencia de lugar y oficio, por haber sido los del alto atraidos por el varon y los del baxo por la hembra. A semejanza de esto hubo despues esta misma division en todos los pueblos grandes ó chicos de nuestro Imperio, que los dividieron por barrios ó por linages, diciendo Hananayllu y Hurin ayllu, que es el linage alto y el baxo; Hanan suyu y Hurin suyu, que es el distrito alto y el baxo.


Juntamente poblando la ciudad, enseñaba nuestro Inca a los Indios varones los oficios pertenecientes á varon, como romper y cultivar la tierra, y sembrar las mieses, semillas y legumbres que les mostró que eran de comer, y provechosas; para lo qual les enseñó á hacer arados y los demas instrumentos necesarios, y les dió orden y manera cómo sacasen acequias de los arroyos que corren por este valle del Cozco, hasta enseñarles á hacer el calzado que traemos. Por otra parte la reyna industriaba a las Indias en los oficios mugeriles, á hilar, texer algodon y lana, y hacer de vestir para sí y para sus maridos y hijos: deciales cómo habian de hacer los demas oficios del servicio de casa. En suma, ninguna cosa de las que pertenecen á la vida humana dexaron nuestros príncipes de enseñar a sus primeros vasallos, haciéndose el Inca rey y maestro de los varones, y la Coya reyna y maestra de las mugeres.




Inca Garcilaso de la Vega
Comentarios Reales, 1609





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Para ver
La Historia General de Perú
o Comentarios Reales de los Incas, Tomo I


EL INCA GARCILASO: UN CLÁSICO VIVO SIEMPRE RECUPERADO (Carmen Ruiz Barrionuevo)

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Entre los autores de los siglos de la dominación española en América, el Inca Garcilaso (1539-1616) es uno de los más reconocidos, no sólo por haber escrito una de las obras maestras de la literatura de todos los tiempos, los Comentarios reales (1609), sino por haber ejercido de escritor y de humanista en la España del Siglo de Oro, un entorno en que las circunstancias poco le favorecían. Es de justicia entonces, y supone un gran acierto, el incluirlo en la Biblioteca de Literatura Universal de tal manera que se pueda leer a través de sus mejores títulos, el ya citado, los Comentarios reales, y La Florida del Inca (1605). Con esta intención la autora de la edición, Mercedes López-Baralt
1, plantea la necesidad de «ofrecer un texto legible y atractivo lo mismo de los Comentarios reales que de La Florida del Inca» (XCVII), para lo que expresa la utilidad del ejemplo de Aurelio Miró Quesada en su edición de los Comentarios reales en la Biblioteca Ayacucho, al actualizar el texto para el público contemporáneo. Siguiendo esa iniciativa López-Baralt ha retocado algunos aspectos de la puntuación «pero sin alterar la morfología o la sintaxis» (XCVII) con lo que el texto que se nos ofrece presenta las garantías de fidelidad y accesibilidad para los lectores de nuestros días. El mismo criterio adopta en la transcripción de La Florida del Inca y en ambos casos tiene en cuenta las ediciones precedentes con lo que los textos presentan suma fiabilidad. A lo acertado de esta decisión se unen las útiles notas de carácter histórico, lingüístico y antropológico que facilitan el acceso a la total comprensión de las obras y el Glosario de voces indígenas de Ángel Rosemblat, que enriquece la valoración de términos muy alejados del lector. Todos estos apartados, y además la muy rigurosa Bibliografía y la Cronología del autor, completan la perspectiva de una época, de la obra y del autor, con lo que la edición de López-Baralt viene además a llenar el vacío existente en las ediciones del Inca, si tenemos en cuenta que la última edición completa de los Comentarios reales en la Biblioteca Ayacucho de Caracas, data de 1976, que hay una selección antológica de Enrique Pupo-Walker de 1999, y que la última edición de La Florida del Inca, la muy difundida de Carmen de Mora, data de 1988. Es por tanto muy oportuna esta publicación para acercar a los lectores y a los estudiosos títulos no precisamente asequibles. Otro tema que merece una aclaración por parte de la autora es la inclusión de los Comentarios reales y la exclusión de la Historia general del Perú (1617), póstuma, que la continúa y constituye la segunda parte. En efecto, aunque hay estudiosos que defienden la necesidad de leerlas una tras otra, tradicionalmente se han visto como obras independientes tanto en el plano temático, -ya que si la primera se refiere al mundo incaico, la segunda se centra en la conquista por parte de los españoles- como en el plano formal, porque, frente a la segunda, la primera resalta por «su sabor intensamente literario» y «su carácter antropológico avant la lettre» (XXIII). Aunque esto no evite reconocer que cuestiones inherentes al estudio del libro se aprecian con más claridad teniendo en cuenta los capítulos de esta segunda parte, cosa que la autora de la edición tendrá en cuenta al plantear, principalmente, algunos aspectos ligados a la historia y al carácter utópico de los Comentarios reales.


Como es evidente para los lectores especializados, otro acierto de la publicación es que la investigadora encargada de la edición, Mercedes López-Baralt, es persona muy adecuada para el empeño por su larga trayectoria en la especialización en los estudios coloniales; muy conocidas son sus investigaciones sobre el mundo andino y en particular sobre Guaman Poma de Ayala, lo que también incide muy favorablemente en la lectura que impone del autor, al desplegar temas y aproximaciones que facilitan el acceso a preguntas y perspectivas que lectores más avezados pudieran hacerse. Por eso la Introducción resulta en extremo pertinente a la hora de trazar, no sólo el necesario panorama histórico y biográfico, sino para desmenuzar los problemas que plantea la escritura de Garcilaso, como el tema de su marginalidad en la España de su tiempo y a la vez la recepción de su obra. No deja de ser sorprendente que, aunque obtuvo algún reconocimiento de sus contemporáneos y Cervantes demuestra que había leído su obra, el Inca no cite a ninguno de sus famosos coetáneos. En todo caso fue admirado y hasta plagiado, su éxito fue en aumento, y hasta fue prohibido por subversivo en 1782 en la España de Carlos III.


La autora de la edición aporta en su Introducción importantes consideraciones acerca de la obra de Garcilaso que resultarán imprescindibles a la hora de procesar la lectura del texto. En el caso de La Florida del Inca resume y revisa su elaboración como resultado de fuentes escritas y orales producto del contacto con varios sobrevivientes, como Gonzalo Silvestre compañero de Hernando de Soto en su expedición a la Florida y luego combatiente en las guerras civiles del Perú. Pero sobre todo enfatiza, coincidiendo con Miró Quesada, cómo esta obra es el antecedente espiritual de los Comentarios reales y tiene con ella más de una similitud pues termina en una visión perturbadora, el fracaso de la dominación española. Más largo es el apartado dedicado a los Comentarios reales, obra en la que, sin discusión, se encuentra la parte más decisiva de su intencionalidad como escritor. Por esa razón son fundamentales las siete «entradas» a los Comentarios reales que abarcarían según sus palabras «el dialogismo y las estrategias retóricas para evadir la censura a partir de la glosa; la traducción como etnografía; las funciones de escritura y oralidad en el texto, así como las relaciones de Garcilaso con la principal de sus fuentes, Blas Valera, y con su coetáneo Guamán Poma, recientemente asociado al autor de los "papeles rotos" que nutren los Comentarios; el carácter renacentista del libro; las reverberaciones literarias del mestizaje; la propuesta utópica; y, por último, la historia de la recepción del libro» (XXIII).



En el despliegue de estas cuestiones encontramos interpretada y recreada la lectura crítica e interpretativa que se ha trazado acerca del Inca Garcilaso por una investigadora que presenta la máxima capacidad para realizarla. Así López-Baralt aprecia una «intención contestataria» desde el mismo título de Comentarios reales, lo que vincula su obra con otros cronistas insatisfechos, Bernal Díaz del Castillo o Guaman Poma de Ayala, en cuyas obras el título advierte que estamos lejos de las crónicas oficiales y cuyos autores son espíritus descontentos que quisieron legar su propia visión de la historia. En todos ellos como en Las Casas, o en Acosta, hay un intento de reescritura, un «escribir contradiciendo» que los liga al arte de contraconquista del que habló Lezama, un arte barroco mestizo que aspira a dejar su huella. La autora señala, entonces, el dialogismo que subyace en el título del libro del Inca, pues «el comentario o glosa invoca a un texto anterior, autorizado» (XXV) y plantea, como otros investigadores, el verdadero origen de los Comentarios reales en las glosas que anotó al margen de las páginas de la crónica de Francisco López de Gómara, Historia general de las Indias, aunque sea evidente que el Inca mantiene una solapada inquina contra tres de los autores que mancharon la memoria de su padre considerado traidor en la batalla de Huarina, un episodio de las guerras civiles del Perú: López de Gómara, Agustín de Zárate, y Diego Fernández el Palentino, a los que cita y si bien no los ataca de frente, les critica con sutileza algunas interpretaciones del pasado incaico. López-Baralt revisa con detalle cómo valiéndose de ese «arte de la glosa» sólo se advierte su intención hasta llegar a la Historia general del Perú donde queda claro que lo que buscaba era desautorizarlos respecto a la batalla de Huarina, porque al «tratarlos con serena objetividad, había allanado el camino para poder desautorizar de plano» (XXVI). Pero no sólo se apunta en este trabajo el aspecto personal y biográfico, tan importante en el escritor, sino que como integrante de un pueblo difamado se incide en cómo Garcilaso escribe en contra de la opinión difundida acerca de los incas por los cronistas de la época del virrey Toledo, como Sarmiento de Gamboa con su Historia Índica (1572), que presentaba a los incas como tiranos y usurpadores. El Inca responderá con una instrumentación de la glosa, convirtiendo la tiranía en utopía, pues en un momento en que los libros tenían que someterse a normas de censura, esta manera de contar incidía en su carácter subsidiario, de referencia comentada de una obra preexistente. Los ejemplos que ofrece la estudiosa dan prueba del cuidado extremo del Inca al evitar contradecir la historiografía oficial española, pues incluso llega a desautorizarse desde el comienzo en una polarización de humildad y de soberbia que le es muy característica: es mestizo y bastardo pero es indio natural de la ciudad de Cuzco; es testigo de vista, y sirve a la república cristiana, con lo que también hay argumentos que lo legitiman. Además Garcilaso no rechaza su inserción en la tradición historiográfica española, al contrario, así pudo pasar su obra con holgura el escollo de la aprobación de la Inquisición. Una comparación que ofrece López-Baralt nos ilumina con claridad su postura: la obra de Guaman Poma no se publicó por su carácter abiertamente violento contra la conquista y la dominación española, tanto en los textos como en las ilustraciones, con lo que la obra anduvo perdida hasta 1908 en que fue recuperada.


Muy importante es la idea de la traducción aplicada a la escritura del Inca, es sabido que su primera vocación fue de traductor al emprender su versión de los Diálogos de amor de León Hebreo en 1590, y en este mismo empeño encaja el gran espacio que dedica a la dilucidación del nombre de Perú y otros términos indígenas. La opinión de la estudiosa que considera que sus funciones de traductor y filólogo encubren al etnólogo, amplía y valora con más justicia la labor del Inca. Al lado de cronistas que inician una rudimentaria antropología, como fray Ramón Pané, Relación acerca de las antigüedades de los indios, fray Bernardino de Sahagún Historia general de las cosas de Nueva España que codificó la cultura azteca, Gonzalo Fernández de Oviedo en la Historia general y natural de las Indias, que basa su relato en la observación directa, o Las Casas en su Historia de las Indias, en el caso de Garcilaso el método de indagación etnográfica «será una combinación de la experiencia ocular y de la convivencia diaria con sus congéneres en el Cuzco, con el aporte de fuentes escritas europeas, tradición oral indígena», recuerdos de los quipus e informes de los amigos mestizos (XXXVII). Un método el del Inca que resalta como similar al de Guaman Poma para concluir una fundamental idea: «Si la antropología puede entenderse como el estudio de la naturaleza humana a través de la diversidad cultural, Garcilaso cumplirá cabalmente con esta meta en los Comentarios reales. Pues no sólo rescata en él la humanidad del indígena, tantas veces puesta en duda durante el siglo XVI, sino que nos presenta a los incas como un pueblo admirable» (XXXVII).


Muy unida a esta función de la traducción se encuentra la conexión que establece entre «escritura y oralidad» pues la primera parte los Comentarios reales destaca por el manejo de la oralidad como fuente, que evoca la parte materna, y la segunda, la Historia general del Perú, por apoyarse en la historia y en las fuentes de las crónicas, aunque ambas se encuentren entreveradas. Ello da riqueza al texto, pues a la tradición oral de los incas se unen las fuentes de autores como Blas Valera, Pedro Mártir de Anglería, Las Casas, Polo de Ondegardo, Cieza de León, José de Acosta, López de Gómara, Agustín de Zárate, y Diego Fernández el Palentino, alguna de ellas tan controvertida como el caso de los «papeles rotos» de Blas Valera que la autora trata por extenso (XLII-XLV) conectándolo con otro grave problema de autoría respecto a la obra de Guaman Poma de Ayala, surgido en 1995, según en cual el padre Valera sería en realidad el autor de la Nueva coronica i buen gobierno de Guaman Poma, cuya obra respondería a la expresión de un movimiento neoinca cristiano. Como es sabido y aquí se recoge, los documentos encontrados en Italia no dan prueba de credibilidad y todo apunta a una superchería muy fundamentalmente tras la investigación de Rolena Adorno.


Frente a esa oralidad otro polo importante y discutido es de qué manera Garcilaso debió percibir la conexión entre literatura y poder, escritura y ley, tal y como ha marcado Roberto González Echevarría para las obras de la colonia, y así la obra del Inca imbricaría frente a la oralidad de la memoria materna, una defensa de la paterna, respecto a la cual apunta la investigadora cómo Garcilaso debió apreciar la conexión entre literatura y poder tras su fracaso en la corte de Madrid al presentar los méritos paternos, hasta el punto de llegar a reconocer en sus escritos que los dos elementos que le faltaron al Imperio incaico para alcanzar la perfección fueron la escritura y el cristianismo.



En todo caso la obra del Inca resalta por su carácter renacentista. Su prosa dentro de un renacentismo raigal se explica por su aislamiento en Montilla, aunque cuando en 1591 se traslada a Córdoba, sigue sin interesarse por el barroco, algo sorprendente cuando escribe a pocas calles de Góngora; un renacentismo marcado en sus comienzos al traducir los Diálogos de amor de León Hebreo, del que toma también otros aspectos, ya que en el contexto del humanismo era una ocupación prestigiosa; del mismo modo quiso emular el modelo cortesano de Castiglione al abrazar las armas y las letras, y proyecta su obra magna como ejemplo de escritura renacentista, por su idealización del mundo clásico que llega a aproximar al incaico; también es renacentista por su conocimiento de diversas lenguas; por su interés en la utopía; por la calidad etnográfica, y el afán de simetría, muy evidente en las dos partes de los Comentarios reales: dos partes que honran a cada uno de los linajes, y en el eje se sitúa él mismo como mestizo, cuya perspectiva autobiográfica sirve de hilo conductor. Así se construye un mundo armónico en un ideal de concordia que le permite la conciliación de opuestos, y la legitimación de la conquista aunque se superpone el planto por el imperio perdido. La autora concluye: «estamos ante un verdadero humanista, cuya modernidad renacentista consiste en una curiosidad insaciable por los diversos saberes» de las dos culturas (LII).


Dos temas finales me gustaría resaltar por su importancia en este ensayo introductorio, el tema del mestizaje y el del procesamiento de la utopía andina. Garcilaso fue mestizo e hijo natural, aunque reconocido, y no olvidó su condición de mestizo que engendra en su obra dolorosas y sorprendentes contradicciones vitales. Se llama con orgullo indio, usando el término occidentalizado, cuando bien sabía que en su pueblo se llamaban runa, que en quechua quiere decir seres humanos, gente (LV); luchó al servicio del imperio español contra otros marginados como él, los moriscos; traduce a León Hebreo con el que comparte la marginalidad de la otredad racial y el mestizaje cultural, en el uso de cierta rebeldía (LVI), pero su traducción publicada en 1590, fue recogida por la Inquisición en 1593. En la misma inclinación Garcilaso alardea de su mestizaje desde 1586 en que por primera vez se autodenomina Inca, y pronto lo incluirá en sus obras, donde coloca las armas de sus dos linajes, las armas de los Vargas y las de los incas: «Con el escudo el Inca no sólo afirma su orgullo de ser mestizo, sino que comunica subliminalmente la realidad de la derrota de su pueblo a manos de los conquistadores españoles» (LVII). López-Baralt lee en el hecho un mestizaje agónico en que la «La figura del mestizo se convierte entonces en una metáfora para la del traductor como mediador entre dos lenguas, dos culturas y dos mundos, el Viejo y el Nuevo» según el análisis de Margarita Zamora.


Tema fundamental es el de la utopía en la obra del Inca, algo que ha venido considerándose desde la época de Menéndez Pelayo, aunque investigaciones más recientes la leen como el nacimiento de la utopía andina. Ello lleva a la autora a presentar el paradigma de Moro, en su Utopía de 1516 y a incidir en el ya establecido vínculo entre el Inca y la traducción italiana de Venecia de 1548 como posible eslabón, de lo que realiza detallado análisis. Pero la obra de Garcilaso, y en concreto sus Comentarios reales, fue fuente para otras utopías en el siglo XVIII pues el elogio al Tahuantinsuyo implica una crítica a los españoles. Levantamientos como el de 1742 de Juan Santos Atahualpa, la sublevación mestiza de José Gabriel Condorcanqui o Túpac Amaru II en 1780, el indigenismo de Mariátegui o Arguedas, y aun el movimiento de Sendero Luminoso podrían ser fenómenos que pueden leerse en relación con su obra. Claro que en el complejo mundo andino la investigadora considera con fundamento que «también contienen el germen del mesianismo tradicional cuya expresión se materializa en el ciclo del retorno del Inca rey» (LXIII), es decir el mito del Inkarrí (Inca-rey) recogido hacia 1950, según el cual el Inca emergerá del subsuelo y volverá a reinar, restaurando el tiempo primordial, y cuya primera versión fue publicada por José María Arguedas en 1956. López-Baralt utiliza investigaciones previas de su obra El retorno del Inca rey: mito y profecía en el mundo andino (1987) para iluminar este aspecto de un mito mesiánico que se nutre de la muerte de tres Incas y cuyos esbozos se encuentran en dramas rituales como la tragedia del fin de Atahualpa, e incluso cuadros y dibujos como los de Guaman Poma (LXIX), uno de cuyos dibujos es especialmente revisado para encontrar importantes conexiones con las palabras del Inca en la Historia general del Perú, claro que en idioma castellano, cuando Guaman lo vierte en quechua, pero ambos presentan una relación con este mito del Inkarrí. De este modo el trabajo de Mercedes López-Baralt resulta de una completa redondez al iluminar no sólo al autor sino a la época y a sus interrelaciones con otros textos. En definitiva una edición en todos los aspectos de imprescindible referencia.


Carmen Ruiz Barrionuevo







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1 El Inca Garcilaso de la Vega, Comentarios reales. La Florida del Inca. Introducción, edición y notas Mercedes López-Baralt, Biblioteca de Literatura Universal, Madrid, Espasa Calpe, 2003, 1365 pp.


LA TRADUZIÓN DEL INDIO DE LOS TRES "DIALOGOS DE AMOR" DE LEON HEBREO (Inca Garcilaso de la Vega)






DIALOGO PRIMERO DE AMOR

INTERLOCUTORES
Philon, y Sophia

El Conocerte, ó Sophia, causa en mi amor y desseo.  SO.  Discordantes me parecen, ó Philon, essos afectos, que en ti produze el conocer me : quiça la passion te hace dezir lo assi.  PHI.  De tu parte discuerdan que son agenos de toda correspondencia.  SO. Antes entre si mismo son contrarios afectos de la voluntad, amar, y dessear.  PHI. Porque contrarios?  SO. Porque las cosas que estimamos por buenas, las q tenemos y posseemos amamos : y las que nos faltan desseamos.  De manera q lo que se ama, primero se dessea, y despues que la cosa desseada es avida, entra el amor, y cessa el desseo.  PHI. Que te mueve a tener essa opinion? SO. El exemplo de las cosas que son amadas y  desseadas.  No vees, q la salud quando no la tenemos la deseamos?  Pero no la amamos.  Y despues que la tenemos la amamos, y no la desseamos.  Las riquezas, las heredades, las joyas, antes que se alcancen, son desseadas, y no amadas : y despues q son avidas, no se dessean mas, pero amanse.  PHI. Aunque la salud y las riquezas quando nos faltan, no se pueden amar, porq no las tenemos : empero se ama el averlas.  SO. Esse es un hablar imporpio, dezir amar, á lo que es querer aver la osa : q es dessearla : porque el amor es de la misma cosa amada, y el desseo es de tenerla, o de ganarla : y parecce q no puedé estar jútos amar y dessear.  PHI. Tus razones, ó Sophia, más muestra la sutileza de tu ingenio, que la verdad de tu opinió : porque si aquello q desseamos no lo amamos, dessearemos lo que no se ama, y por consiguiente lo que se ha en odio, que no podria aver mayor contradiccion.  SO. No me engaño Philó, que yo desseo aquello, que, ya q por no posserlo, no lo amo, quádo lo aya, lo amare, y no lo desseare : y no por esto desseo jamas lo q aborrezco, ni tampoco lo que amo : porque la cosa amada se posse, y la desseada nos falta. Y qual mas claro exéplo se puede dar que el de los hijos : que quien lo los tiene, no los puede amar, pero dessea los : y quien los itene, no los dessea, empero los ama.




Inca Garcilaso de la Vega
La traduzión del Indio de los tres Diálogos de amor
de León Hebreo
1590




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OTROS MOTIVOS PARA LA "TRADUZION": EL INCA GARCILASO, LOS "DIÁLOGOS DE AMOR" Y LA TRADICIÓN CABALÍSTICA (José Antonio Mazzotti)

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1. Una pregunta abierta

¿Por qué escogió el Inca Garcilaso a León Hebreo como objeto de su traducción? La interrogante ha rondado los estudios garcilasistas desde hace varias décadas y las respuestas han sido vastas y, en algunos casos, complejas. Superados los tiempos en que el ilustre garcilasista José Durand atribuía la traducción de los Dialoghi d'amore a un simple ejercicio preparatorio para sus obras mayores, especialmente los Comentarios reales, aparecen a la vista nuevos y más convincentes razonamientos. Aurelio Miró Quesada se pregunta también


¿Por qué se aficionó y por qué tradujo [Garcilaso] a León Hebreo? ¿Qué correspondencia encontró en él? ¿Qué influencia pudo recibir del armonioso despliegue metafísico del neoplatónico judío? [...] En todo caso, relegada a un segundo plano por sus producciones posteriores, la traducción de los Diálogos de amor no puede considerarse como un hecho casual o un simple elemento de recreo, sino revela, sin lugar a duda, la afinidad esencial del espíritu del Inca con una filosofía de medida, de ponderación y de concierto.


(Miró Quesada 144)


Miró Quesada propone un elemento de juicio que profundiza en el conocimiento del Inca: la dimensión subjetiva y las afinidades éticas y estéticas (como la ponderación y el concierto) entre Garcilaso y Hebreo. Por su lado, Miguel de Burgos Núñez se refiere en su Introducción a la edición facsimilar de la Traduzion a la revalorización garcilasiana de la cultura incaica tal como el resto de humanistas revalorizaba las antiguas culturas clásicas, hecho patente en los Dialoghi también. Y más recientemente, Doris Sommer sugiere que la técnica dialógica, la seducción que ejerce Sofía sobre Filón haciéndolo hablar fluidamente, es un modelo estratégico para la autoridad y la gracia que adquiere el estilo narrativo y argumentativo de los Comentarios, y pasa a constituir parte esencial, y no mero ejercicio preparatorio, de la obra mayor del Inca.

Estas tres últimas propuestas me parecen muy válidas, y lo que aquí diré servirá más bien de «commento y glosa» a lo ya entregado por tan ilustres colegas. Me interesará poner primero el acento en la relación entre los Dialoghi y la Cábala, y luego en las posibles analogías que se vislumbran en cotejo con algunos rasgos del pensamiento mítico andino. Por supuesto que las semejanzas no son siempre cercanas y hasta la misma presencia de la Cábala en Hebreo forma parte de un sincretismo típico del neoplatonismo renacentista. Por eso, es difícil hablar de los Dialoghi d'amore como un texto cabalístico per se, y nada más lejos de mi intención aquí. Sin embargo, mi preocupación viene del hecho de que nunca se ha examinado la importancia de la tradición cabalística presente en la obra de Hebreo en relación con las ya mencionadas analogías que ésta revela frente a algunos rasgos de la mitografía andina. A partir de un recorrido por los mitos presentes en los Diálogos Segundo y Tercero y por los ciclos cosmogónicos de destrucción y refundación (interpretaciones cabalísticas del Antiguo Testamento y de los mitos platónicos en el Timeo y El Banquete), argumentaré provocadoramente que el Inca Garcilaso encontró en los Dialoghi no solamente un modelo de armonización universal de distintas culturas, como propone Miró Quesada, sino también una semejanza con antiguos relatos andinos de ordenamiento incoativo, que le resultarían familiares dada su experiencia como quechuahablante durante sus primeros veinte años de vida en el Cuzco. De este modo, profundizaré en la complejidad del sujeto de escritura garcilasiano desde mucho antes de los Comentarios reales y finalizaré reflexionando sobre la multiplicidad posicional del sujeto mestizo que se encuentra presente desde la primera obra publicada por Garcilaso. Esta multiplicidad formaría parte de una estrategia de re-creación de las agencias étnicas americanas utilizando los recursos y los textos más prestigiosos del Renacimiento tardío. De ahí que pretenda hablar de esa subjetividad y su expresión fuera del sambenito de que se reducen a un producto labrado sólo a partir de la experiencia europea. En otras palabras, trazaré una trayectoria que va del Nuevo Mundo hacia Europa y no solamente al revés, sin intentar contradecir, sino, todo lo contrario, afirmar la complejidad de la obra de Garcilaso y la posibilidad de complementar las valiosas contribuciones anteriores.




2. Razones y prohibiciones

Como sabemos, los tratados y diálogos amorosos de corte neoplatónico eran abundantes en la bibliografía cuatrocentista y quinientista. Basta recordar, entre los más famosos, el Commentarium in Convivium de amore (1484) de Marsilio Ficino, el Amor dalle cui (1486) de Girolamo Benivieni, discutido en el Commento de Pico della Mirandola, Gli asolani (1517) de Pietro Bembo, el Libro di natura d' amore (1525), de Mario Equicola, Il libro del Cortegiano (1528) de Baltasar Castiglione, La Raffaella ovvero delle belle creanze delle donne (1538) de Alessandro Piccolomini, repudiada por el propio autor más tarde en sus Orazione in lode delle donne (1549), Il Raverta (1545) de Giuseppe Betussi, el Dialogo della infinità di amore (1547) de Tullia D'Aragona, los Dialoghi (D'amore, de' rimedi d'amore, dell'amor fraterno, etc., 1562) de Ludovico Domenichi, L'inamorato (1565) de Brunoro Zampeschi e, incluso después de la Traduzion, los Dialoghi (1596) de Sperone Speroni, y en el Perú la Miscelánea austral (Lima, 1602), de Diego Dávalos y Figueroa (al menos en sus Coloquios I al XXVII).

Sin embargo, el Inca escogió a León Hebreo y publicó en 1590 en Madrid su Traduzion del indio de los tres Diálogos de amor, basándose posiblemente en la edición princeps en italiano de los Dialoghi d'amore, aparecida en Roma en 1535. Había ya para entonces nueve ediciones de la obra de Hebreo en la lengua de Dante, una traducción al latín por Juan Carlos Sarraceno en 1564, cinco traducciones al francés y dos al español, por Guedella Yahía en 1568 y Micer Carlos Montesa en 1582 (v. Gebhardt 116-17; MacKehenie 635; Soria 21-2). Si Garcilaso conoció las traducciones al español antes de emprender la suya es tema que aún no se ha terminado de definir. Lo cierto es que todos los críticos coinciden en que la calidad de la traducción del Inca es superior a la de sus antecesores, juicio difundido desde tiempos de Menéndez Pelayo, y no sin razón.

El propio Garcilaso expone las razones de su selección en las cartas-proemio y dedicatorias de la edición de 1590, muy dentro, ciertamente, de la retórica de la laudatio. En la dedicatoria al Rey, señala que la primera razón es la excelencia de Hebreo; la segunda, el entregar a Su Majestad «un tributo [...] por vuestros vasallos los naturales del Nueuo Mundo, en especial [...] los del Pirú»; la tercera razón es el servir con la pluma y no sólo con la espada al Rey, como había hecho antes, durante la rebelión morisca de las Alpujarras; y la cuarta razón consiste en la condición de inca del traductor, con lo que declara su «servitud y vasallaje», pues tan noble linaje andino como el suyo se había engrandecido con la presencia de la fe cristiana (v. la dedicatoria a la «Sacra Católica Real Majestad»). Nótese, sin embargo, que la posición del traductor como «indio» desde el mismo título, y como «Inca» desde el pseudónimo que firma en perfecto español, forman parte de un «desdoblamiento», según lo llama Susana Jákfalvi-Leiva, que tiene como fin dar a conocer un sector aristocrático y, por lo tanto, distinguible del espectro indígena anterior; un sector que sin perder su especifidad americana se acomoda a los vaivenes de la política imperial y se ofrece a sí mismo como parte añeja dentro de un proyecto cristiano universal.

Una de las razones que me llevó a investigar los rasgos cabalísticos de Hebreo y su interdependencia con el pensamiento mítico en general fue la prohibición de los Dialoghi a partir del Índex de 1612 y luego los pasajes expurgados a partir del Índex de 1620. Originalmente, fue Menéndez Pelayo el primero que señaló que la Traduzion había sido recogida por la Inquisición. Según el crítico montañés, en su Historia de las ideas estéticas en España de 1883,


La Inquisición puso en su Índice la traducción del Inca, pero no las demás. Sin duda fue por algunos rasgos de cabalismo y teosofía, que Montesa atenuó o suprimió. Sin embargo, la traducción del Inca había sido examinada y aprobada, según él dice, por tan doctos y piadosos varones como el jesuita Jerónimo de Prado, comentador de Ezequiel, y el agustino Fr. Hernando de Zárate, autor de los Discursos de la Paciencia Christiana.

(Menéndez Pelayo, Historia de las ideas 14)
 
En el Prólogo-dedicatoria de la Historia general del Perú, Garcilaso se aviene a la prohibición, aludiendo simplemente que el libro «no era para el vulgo»:


Por lo qual, con justo acuerdo, la Sancta y general Inquisición destos Reynos, en este último expurgatorio de libros prohibidos, no vedandolo en otras lenguas, lo mando recoger en la nuestra bulgar, porque no era para bulgo.

(Inca Garcilaso de la Vega, Segunda Parte de los Comentarios reales, «Prólogo a los Indios, Mestizos, y Criollos de los Reynos, y Prouincias del Grande y Riquissimo Imperio del Peru», f. s. n.)
 

Sin embargo, Carmelo Sáenz de Santa María (XLIII-XLIV) se encargó de esclarecer que la prohibición en realidad consistía sólo en la expurgación de algunos fragmentos de los Diálogos y, más aún, que la censura se pergeñó sobre la base de la traducción al latín hecha por Sarraceno en 1564 y no sobre las traducciones al español. No habría habido, pues, una prohibición específica de la traducción de Garcilaso frente a las otras por los elementos cabalísticos y teosóficos que conservó del original en italiano o, como veremos más adelante, de la versión en latín.

Sea como fuere, son los supuestos motivos de la prohibición señalados por Menéndez Pelayo, es decir, los contenidos cabalísticos y teosóficos que Carlos Montesa aminoró en su traducción de 1586 y que Garcilaso conservó fielmente, los que nos pueden conducir a desmadejar este hilo de Ariadna hacia niveles de significación más complicados que los señalados por el ilustre don Marcelino.




3. Difusión de la Cábala en el siglo XVI

Resulta muy ambicioso imaginar un panorama completo de la difusión y repercusiones de la Cábala hispano-hebrea durante el siglo XVI y mucho más durante el Renacimiento en general. Los grandes trabajos de Scholem, Beitchman, Wirszubski, Blau, Muñiz-Huberman y otros han puesto en evidencia que la Cábala (o en hebreo «recepción») tuvo su momento de difusión principal a partir de la década de 1290, cuando los manuscritos del Zóhar o Libro del esplendor empezaron a circular en España. Gershom Scholem demostró que Moisés de León, el autor del Zóhar, no se había basado en un manuscrito arameo del siglo II d. C. según declaró para autorizar su propio texto. Aunque la tradición de interpretación de la Torá a partir de las relaciones y sugerencias de las palabras que la constituyen se remonta a muchos siglos antes (Blau 3-7), se consolida a partir del Zóhar como una de las prácticas del saber esotérico más complejas y atractivas del siglo XIII en adelante. Básicamente, la Cábala plantea el estudio de la relación entre un Dios incognoscible e incomprensible en sí mismo por la mente humana y sus manifestaciones visibles y espirituales en el universo. Propone por eso el estudio e interpretación de las séfirot o emanaciones de Dios mediante las cuales el ser humano puede acercarse al conocimiento de la divinidad. Dios, al crear el mundo y los cielos, se separó de ellos dejando como parte de su presencia esas emanaciones o reflejos que según el Zóhar son diez: «Gloria, Sabiduría, Verdad, Bondad, Poder, Virtud, Eternidad, Esplendor, Fundamento y una letra A (álef) impronunciable, que sería el verdadero nombre de Dios» (Muñiz-Huberman 14-5). Algunos cabalistas incluso proponen que las Sagradas Escrituras contienen combinaciones de letras que conducen a los nombres y variantes de las emanaciones, y que la labor del exégeta bíblico debe ser la de relacionar las 22 letras del alfabeto hebreo y las palabras de las Sagradas Escrituras para llegar a esos nombres, forma de presencia privilegiada de la divinidad en el mundo sublunar. La Torá es, pues, un organismo vivo que encarna el cuerpo de Dios y cuyo sentido verdadero o ánima sólo se alcanza mediante su interpretación y su expresión oral. Después de todo, Dios dictó su palabra a los profetas y estos sólo la pusieron por escrito, perdiendo así mucho del significado original del mensaje divino.

Las interpretaciones del Zóhar y de los textos cabalísticos posteriores sirvieron para el desarrollo de una corriente fundamental de misticismo dentro del judaísmo; corriente destinada a encontrar las vías de re-unificación del hombre con la divinidad. A la vez, durante el Medioevo, la Cábala se enriqueció con lecturas platónicas y aristotélicas que buscaban apoyar la certeza de una verdad divina revelada de distintas maneras a las culturas antiguas. Se dice, incluso, que la Cábala adquirió su auge en oposición al racionalismo de Maimónides, que había pasado poco a poco a constituir una corriente de pensamiento hegemónico dentro del judaísmo. Los pensadores cristianos, como Raimundo Lulio, entre los siglos XIII y XIV, intentaron adaptar el complicado sistema numerológico y cosmogónico de la Cábala para probar que el cristianismo constituía sin duda alguna la verdadera fe. Más tarde, y para apurar el recuento, humanistas como Ficino y, sobre todo, Pico della Mirandola, asumieron muchos de los mismos principios, buscando la compatibilidad del neoplatonismo y su teoría de los recuerdos o reminiscencias con el sistema de las esferas y las emanaciones divinas que aportaron los cabalistas.

Por supuesto que habría mucho más que decir sobre el tema, pero las limitaciones de espacio me obligan a entrar de una vez en nuestros autores, es decir, León Hebreo y el Inca Garcilaso. En el primero, sobre todo, veremos cómo el desarrollo del neoplatonismo se cubre de algunos elementos de la Cábala que le dan a su obra, los Dialoghi d'amore, ese lugar privilegiado dentro de los tratados de amor escritos entre fines del siglo XV y las primeras décadas del XVI.




4. La Cábala en los Dialoghi: rasgos específicos


Como se dijo antes, Menéndez Pelayo fue el primer crítico en atribuir rasgos cabalísticos a la obra de Hebreo, precisamente para ilustrar las razones de la supuesta prohibición individual a la Traduzion de Garcilaso. Ya los Índices de 1612 y de 1620 (de Sandoval) incluyen la obra como no apta para cristianos, aunque sin especificar por qué. Al revisar los pasajes expurgados en el Índex de 1632 (cuando ya Garcilaso estaba bien muerto), encontramos que, en efecto, la mayor parte de las razones de la censura tiene que ver con la presentación de la Cábala. Se trata de una censura a todas las ediciones de los Dialoghi, según hemos señalado, aunque las citas de los pasajes expurgados vienen directamente de la traducción al latín por Sarraceno en 1564. Andrés Soria ha identificado dichos pasajes, y nos dice que se expurgaron


del diálogo I, la frase /el perfecto amor/ «…ni se gobierna jamás por la razón, que rige y conserva al hombre», aunque se deja intacta toda la discusión sobre la oposición entre amor y razón. Quizá se vio en esta frase una actitud contraria al libre albedrío. En el diálogo II se suprime la frase «si ya no hubiese sido tanta la divina piedad que le hubiese dado manera de poderse remediar», aplicada a la posibilidad de perdón para el alma malvada, una vez separada del cuerpo. También aquí el inquisidor ha borrado un párrafo interpretable en el sentido protestante de la contraposición entre fe y obras. Con todo, queda incólume toda la interpretación alegórica de los mitos, que preocupaba a los censores portuguese. En el diálogo III las supresiones son más abundantes, y esta vez se dirigen contra la astrología y la cábala: así se manda borrar la explicación de que los cielos se disuelven cada cuarenta y nueve mil años, y la adaptación del mito del andrógino a la creación de Adán y su exégesis alegórica (Soria 40-1).

La teoría sobre el origen del mundo y sus sucesivas destrucciones y re-creaciones, así como el carácter andrógino de Dios, parecen haber constituido los blancos favoritos de la Inquisición. Según Hebreo o, mejor, su portavoz Filón, el mundo celestial y el terrenal sufren una serie de ciclos de creación y destrucción de acuerdo con determinado número de años, que se distribuyen en periodos menores de siete mil años para la renovación del mundo sublunar y de cincuenta mil para la renovación de todas las esferas celestiales. El Caos vuelve a primar debido a la separación de materia y forma. La conjunción de ambas permitía explicar la realidad terrenal y celestial que dependen de la voluntad de Dios. Al permitir éste que uno de los cuatro elementos (tierra, agua, aire, fuego) prime sobre los demás, vuelve el mundo subceleste a su estado de disolución original hasta que la misma voluntad divina separe los elementos y los insufle nuevamente con las reminiscencias de las formas ideales. El periodo de vuelta al Caos cada seis mil años seguido por un milenio llamado shemita en hebreo es reproducido en las esferas luego de cuarentainueve mil años, a los que siguen mil años de Caos. Este último periodo es llamado yovel «que en latín quiere dezir Jubileo y vuelta de lo recibido» (Traduzion f. 193v; v. también Pines 370). Este gran Jubileo cósmico ocurre cuando la octava esfera completa una revolución (Traduzion f. 193r).

La propuesta de los ciclos cósmicos tiene su origen en un sector del cabalismo radical, como lo llama Gershom Scholem, y se transmitió desde Isaac de Acre, en el siglo XIII, hasta Isaac Abrabanel, padre de Yehudá Abrabanel, nuestro León Hebreo, plasmándose finalmente en los Dialoghi.

Asimismo, en el Diálogo Tercero (ff. 182v-183r), Filón y Sofía discuten sobre el origen del mundo, y plantean tres teorías: la aristotélica, que propone la eternidad de la creación; la de Platón, que sustenta que sólo el caos es eterno junto con Dios, y que de éste Dios creó el mundo; y la de los «fieles y todos los que creen en la sagrada ley de Moysen», que plantean que sólo Dios es eterno y que éste creó el mundo de la nada. Curiosamente, la doctrina de Platón en el Timeo aparece aquí expuesta como segunda posibilidad y es atribuida a una posible lectura e interpretación que Platón habría hecho de la ley mosaica, a su manera, convirtiéndose así, para Hebreo, en uno de los primeros cabalistas de la historia (Traduzion ff. 231r-231v).

Esta concepción del tiempo como discurrir circular, con sus ciclos cosmogónicos de creación y destrucción, es consistente con lo que se sabe de los paradigmas culturales de toda sociedad de pensamiento mítico (v. los clásicos trabajos de Mircea Eliade citados en la Bibliografía). Asimismo, los tiempos primordiales tienden a repetirse mediante su actualización en ritos que sólo simulan el acto fundador de la divinidad. En el caso de la Cábala, el problema se complica pues la lectura e interpretación del Antiguo Testamento, que no es otra cosa que la palabra de Dios escrita y centinela de un significado oculto que el cabalista experto debe descifrar, puede llevar a que las combinaciones de letras del alfabeto hebreo reproduzcan parcialmente el poder divino de la creación y ejerzan un poder transmutativo sobre la materia. De ahí la relación tan estrecha entre Cábala y magia blanca, aunque en el caso de Hebreo el interés por la Cábala tiene más rasgos teológicos y filosóficos que otra cosa, y tiende a buscar una explicación universal de la conjunción con la divinidad a través del amor, lo que lo diferencia del neoplatonismo de Ficino, por ejemplo (Pines 367).

Otro rasgo importante que nos servirá para establecer los puentes con Garcilaso es el de la existencia de un dios creador andrógino y de otros personajes andróginos de carácter o cercanía divina, según la explicación que hace Hebreo de los mitos platónicos en El Banquete, por un lado, y de las Sagradas Escrituras, por el otro. Habría que referirnos concretamente al mito sobre el Andrógino arrogante que es castigado por los dioses y separado por mano del dios Apolo. «El amor, reconciliador, y reintegrador de la antigua naturaleza» (Traduzion f. 227v) encontraría su razón de ser en la reconstitución de este ser dividido en dos mitades que se buscan y tratan de amalgamarse una vez más. Curiosamente, en cuanto se refiere a Adán, Filón señala que: «Quiere dezir que Adam, que es el primer hombre, al qual crio Dios en el sexto dia de la creaciõ, siendo vn supuesto humano, contenía en si macho y hembra sin diuisiõ, y por esto dize que Dios crio a Adam à imagen de Dios, macho y hembra los crio» (Traduzion ff. 230r-230v). Este Andrógino bíblico, Adán, fue aquel «del qual tomaron Platon, y los Griegos aquel Androgeno antiguo medio macho y medio hembra» (Traduzion f. 230r). Lo que llama la atención es que Dios mismo es descrito como andrógino, pues de él nace el modelo de la androginia original de la humanidad. Mantengamos en cuenta este elemento, pues será tema grato a los estudios andinos, y veamos otros casos.

Un tercer rasgo señalado como aspecto de la Cábala es la completa sexualización del universo. No me refiero sólo a las jerarquías cósmicas identificadas como cielo macho y tierra hembra, tan minuciosamente detalladas en el Diálogo Segundo. También hay que subrayar que, siguiendo con su interpretación de Platón, Filón afirma que


Dios no es formado, ni tiene forma, pero es summa forma en si mismo: de quien el Chaos y todas sus partes participan forma: y de ambos se hizo el mundo formado, y todas sus partes formadas. El padre de los quales es aquella diuina formalidad, y la madre es el Chaos, ambos ab eterno.

(Traduzion f. 187v)

Forma y materia se conjugan y la segunda es modelada por la primera, en lo cual no deja de haber también rasgos petrarquistas. Sin embargo, ya Beitchman había notado, siguiendo el planteamiento de Waite, que esta sexualización de los Dialoghi es común con el Zóhar, y se relaciona con el mundo celeste, «en el que Dios está dividido en aspectos cognoscibles e incognoscibles» (Beitchman 145).

El cuarto rasgo que me interesa señalar está sobre todo ligado a la tradición clásica, pero sugiere resonancias de modelos actanciales también de carácter mítico en otras culturas. Se trata en este caso del mito de Demogorgon, «que quiere dezir Dios de la tierra: esto es, del vniuerso, ò Dios terrible, por ser mayor que todos. Dizen que este es el productor de todas las cosas» (Traduzion ff. 79v-80r, énfasis agregado). Dicho dios era así llamado por los poetas para referirse a lo que comúnmente se conocía como Júpiter, figura civilizadora entre los cretenses. El dios les vedó «el comer carne humana, y otros ritos bestiales, y mostrandoles las costumbres humanas, y los conocimientos diuinos» (f. 79v). Antes, en figura humana, había sido llamado Lisania de Arcadia, «que yendo a Atenas, y hallando aquellos pueblos rusticos, y de costumbres bestiales, no solamente les dio la ley humana, pero tambien les mostro el culto diuino: por donde ellos le alçaron por Rey, y le adoraron por Dios, llamandole Iupiter por la participacion de sus virtudes» (f. 79v). Esta semejanza con las imágenes que luego nos ofrecerá de los incas gobernantes en los Comentarios, tiene también sus raíces en las Genealogie deorum gentilium de Giovanni Boccaccio. Ciertamente, la plantilla encaja muy bien con una prestigiosa tradición occidental, formando así su propia genealogía, y mantiene semejanza y modela una imagen posteriormente incorporada como paradigma en la de los primeros incas de los Comentarios. En ellos, como en Demorgorgon, también salta a la vista la poderosa excelencia del «buen gobierno», y el conquistar para imponer «ley humana» y «culto divino». Sin embargo, la plantilla no se condice con la presencia femenina de Mama Ocllo en el acto fundacional del Cuzco, ni con los orígenes solares en el lago Titicaca que muestran Cieza, Betanzos y Murúa en sus respectivas crónicas. Estas sólo se publicaron en el XIX, y es dudoso que Garcilaso las leyera (v. Betanzos, Caps. 1-4; Cieza, Cap. 1; Murúa 39; también Durand, «Garcilaso Inca jura…»). Asimismo, aunque más tarde en los Comentarios Garcilaso modele al dios superior basándose en legados occidentales como el del dios ignoto de Diógenes Laercio, prevalece la conciencia de que otros cronistas hacen lo mismo sin dejar de ofrecer imágenes de Wiraqucha como trickster, pero igualmente engrandecido hasta ser equiparado al dios occidental. Así, por ejemplo, en Titu Cusi y en Juan Santacruz Pachacuti. Sin embargo, conviene tener en cuenta la figura de Demogorgon o Júpiter y sus aspectos «terribles». Esta dualidad, semejante a la de la androginia, propiamente cabalística, es rasgo de suma utilidad en el cotejo con la tradición andina, que pronto examinaremos.

Por último, un elemento más de interés trasatlántico es el de la presencia del Sol en Hebreo. La bibliografía renacentista sobre el tema es abundante, comenzando por el Liber de sole et lumine de Ficino y continuando con el ámbito de la historiografía americanista, como en el caso de Jerónimo Román y Zamora, que comenta el concepto del sol como imagen material del entendimiento divino procedente de Dionisio Aeropagita, en la tercera de sus Repúblicas del Mundo, que Garcilaso citará más de una vez en los Comentarios reales. Para León Hebreo, el Sol mantiene una «semejança con el entendimiento diuino», y constituye el corazón del gran cuerpo celestial, el cual mantiene correspondencia con los órganos del cuerpo humano. Todas las partes del cielo manifiestan y se dirigen hacia el conocimiento de Dios. De ahí que con justicia los Dialoghi sean también llamados una Philographia Universal, como hizo Montesa en su traducción. El Sol, según sabemos, era una de las figuras más importantes del panteón incaico, y Durand se encarga de mencionar que ocupa lugar destacado entre las apostillas que Garcilaso incluye en los márgenes de su Traduzion (v. «Garcilaso Inca jura…»). Pero quizá no se trata de pura coincidencia o afán estrictamente incaizante, como parece desprenderse de las afirmaciones de Durand. Un cotejo detallado de la Traduzion con la versión en latín de Sarraceno nos arroja un saldo de fidelidad a las apostillas que revela una estrategia de auto validación bastante obvia. El gesto, sin embargo, le costará a la Traduzion ser parte de la prohibición general. Así, por ejemplo, en la traducción de Sarraceno aparecen, entre otras muchas apostillas, las siguientes, que aluden a algunos de los temas ya nombrados: «Adam apud Hebreos hominem significat, & marem simul faeminamque complectitur» (f. 78), que en la Traduzion de Garcilaso se convierte en «Adan quiere dezir hõbre, sinifica macho, y hembra» (f. 64v); o «Androgyni forma» (f. 305), traducido como «Pintura del Androgeno» (Traduzion f. 226v); o «Androgyni temeritas atque arrogantia» (f. 305), que se convierte en «Temeridad del Androgeno y su arrogancia» (Traduzion f. 227); o «Androgyni pæna» (f. 305), traducido como «Castigo que se dio al Androgeno» (f. 227); o «Cabalistæ Hebraeorum sapientssimum genus» (f. 258), que en la Traduzion es «Los Hebreos sabios se llamauan Cabalistas» (f. 192v); o «Chaos confusionem significat» (f. 8), vertido como «Caos sinifica confusion» (f. 56v); «Demogorgon apud poetas supremum Deum significare confuenit» (f. 97), transformado en «Demogorgon supremo Dios entre los Poetas» (f. 79v); o «Similitudo inter Solem, diuinumque intellectum» (f. 366), que literalmente se convierte en «Semejança entre el sol, y el entendimiento diuino» (Traduzion f. 273), etc., etc. Y una última prueba: la apostilla en latín que aparece en la Traduzion («Maxima pœnis, & linguæ similitudo» f. 63v), extrapolada intacta de la versión de Sarraceno.

Como se ve, las semejanzas y repeticiones revelan una dependencia directa de la Traduzion de Garcilaso en relación con la versión en latín, y no sólo su conocimiento de ella. Es esa dependencia la que aproxima a la Traduzion al resaltamiento de los elementos cabalísticos y solares que aparecen distinguidos (entre muchos otros, ciertamente) en la versión de Sarraceno. De ahí, quizá, que la primera versión en italiano de 1535 (que puede verse en facsimilares en Gerbhardt 1929) no deba considerarse como la única fuente, aunque nada impide pensar que sí pudo haber sido conocida y hasta usada por el Inca como fuente básica de su labor, según sostiene Burgos (v. nuestra nota 5).




5. Algo sobre los mitos andinos

Volviendo a la argumentación central de este trabajo, habría que recordar que los ciclos míticos andinos (como los de Wiraqucha y Ayar) sobrepasan el universo estrictamente incaico, ya que éste, por definición, recoge y adecúa antiguas creencias regionales y las va acomodando a su panteón general. Sin embargo, dada la importancia fundamental que en los Dialoghi se otorga a las fábulas y leyendas como vehículos idóneos para transmitir mensajes trascendentales (el famoso sentido alegórico), conviene echar una mirada a aquella tradición transmitida por vía oral y que pudo haber llegado a oídos del joven Garcilaso en el Cuzco tras el filtro de los formatos propios de tal narración y de los intereses familiares de la panaka o clan familiar de nuestro autor. (Se recordará que Gomes Suárez de Figueroa -más tarde el Inca Garcilaso- perteneció por línea materna a la panaka de Tupaq Inka Yupanqi; su madre, Chimpu Uqllu, era nieta del emperador, y prima de Waskhar y Ataw Wallpa).

Algunos cronistas, como los ya mencionados Cieza y Betanzos, y también los quipucamayuq de Pacaritambo, recogen la versión de que el mundo era oscuro y tenebroso hasta que asomó la luz del sol en el lago Titicaca (v. Collapiña et al.). La relación directa o indirecta con el sol por parte del dios Wiraqucha es tema complejo que no abordaré por el momento (v., para más detalles, Demarest). Lo cierto es que, si bien existe el consenso de que Wiraqucha fue más bien un dios ordenador que creador, e incluso comparable al tipo del trickster o trampista -dios terrible, podría interpolarse- su labor civilizadora prevaleció sobre muchos de sus otros atributos. Sin embargo, cabe recordar que entre esos atributos se consignan destrucciones de la humanidad por agua y fuego, hecho que guarda una relativa semejanza con la idea de los ciclos cósmicos elaborada por Hebreo en sus Dialoghi. El tiempo circular, tan caro a las culturas de pensamiento mítico, parece ser común al sistema propuesto por Filón en su explicación mosaico-cabalística y a lo que se ha podido reconstruir de los mitos incoativos andinos (v., en ese sentido, Bouysse-Cassagne, y su estudio Lluvias y cenizas sobre las destrucciones míticas por fuego y por agua).

También debemos considerar que la conformación de un dios andrógino no es ajena a algunas de las presentaciones hechas de Wiraqucha por diversos cronistas. En las oraciones de Juan de Santacruz Pachacuti, así como las que recogen Cristóbal de Molina, «el Cuzqueño», González Holguín, Betanzos, Guaman Poma y otros, hay alusiones al dios superior incaico como fuente de distribución de los géneros masculino y femenino a partir de una naturaleza inherentemente dual. El mismo dios Pachacamac, contraparte y equivalencia costeña del altiplánico Wiraqucha, era representado con dos caras, una masculina y una femenina, constituyéndose así en sumo elemento de configuración de la sexualidad terrenal. Este carácter dual de la divinidad superior es coherente con los rasgos positivos y destructivos que adquieren las descripciones de Wiraqucha, hasta el punto de llegar al desdoblamiento en la figura de Tunupa, tal como propone Pachacuti Yamqui, y más tarde hasta la cuatripartición, como hace el propio Inca Garcilaso al recoger el mito de Manco Cápac, Colla, Tocay y Pinahua en el Cap. XVIII del Libro I de la Primera Parte de los Comentarios reales.

Asimismo, recordemos lo que señaló en su momento Robert Lehmann-Nitsche sobre la semejanza de la concepción astronómica de los pueblos andinos con algunos rasgos del pensamiento platónico. Se trata simplemente de explicar el origen de los elementos naturales a partir de modelos celestiales o kamaq que insuflan vida y ánimo a plantas y animales. Así, por ejemplo, la Yacana o constelación oscura de la llama es fuente de vida de todas las llamas existentes en la tierra. El Capítulo 29 del Manuscrito de Huarochirí es bastante revelador al respecto. Propone la traducción del Manuscrito: «La [constelación] que llamamos Yacana, el camac de las llamas, camina por medio del cielo [...]. Se dice que la Yacana anda en medio de un río» (Taylor 429). Lo corroboran Polo de Ondegardo y Bernabé Cobo. El primero explica que «generalmente todos los animales y aues que ay en la tierra, creyerõ que ouiesse vn su semejante en el cielo, a cuyo cargo estaba su procreación y augmento» (Cap. 1). Cobo, por su lado, menciona que


la adoración de las estrellas procedió de aquella opinión en que estaban [los indios] de que para la conservación de cada especie de cosas había el Criador señalado, y como substituido, una causa segunda; en cuya conformidad creyeron que de todos los animales y aves de la tierra, había en el cielo un símil que atendía a la conservación y aumento de ellos, atribuyendo este oficio y ministerio a varias constelaciones de estrellas.  (II, 159)

Un pasaje clave de la Traduzion, en este sentido, se puede ver en el Diálogo Tercero, en que Filón afirma que


[...] antes que Dios criasse y apartasse del Chaos el cielo, y la tierra: esto es, el mundo terrestre, y celeste, la tierra, que es el Chaos, estaua sin fruto, y vazia: y mas propiamente dize, estaua confusa, y descompuesta, esto es oculta, y era como vn abismo de muchas aguas tenebroso, sobre el qual soplaba el Espiritu diuino, como haze vn viento grande sobre un pielago, que aclara las tenebrosas, intimas, y ocultas aguas, sacandolas à fuera con sucessiva inundacion. Assi hizo el Espiritu diuino, que es el summo entendimiento lleno de Ideas, el qual comunicado al tenebroso Chaos crio en el la luz por extracciõ de las sustancias ocultas y luminadas de la formalidad Ideal: y en el segundo dia puso el firmamento, que es el cielo, entre las aguas superiores, que son las essencias intelectuales, las quales son las supremas aguas del profundssimo Chaos; y entre las aguas inferiores, que son las essencias del mundo inferior generable, y corruptible. Y assi diuidio el Chaos en tres mundos, intelectual, celeste, y corruptible [...]. 
(Traduzion ff. 194r-194v, énfasis agregado) 

¿Estas «aguas superiores», no despertarían en Garcilaso resonancias del Hanaq Pacha Mayu o Río del Mundo de Arriba tan frecuente en la mitografía andina? Y el carácter modelador de la Idea o Forma sobre la materia o caos, ¿no remite -aun considerando las distancias anotadas por Salomon- al concepto de las constelaciones o estrellas generadoras de animales y plantas en la tierra tan frecuente en la cosmovisión andina?

Si existe una concepción del mundo terrenal como derivación de paradigmas celestiales, no es raro que el platonismo en general -a pesar de sus diferencias con el pensamiento mítico andino- haya sido del agrado de nuestro mestizo cuzqueño. Sin embargo, tampoco quisiera insinuar que Garcilaso conocía todas y cada una de las tradiciones orales andinas y sus correspondientes ciclos míticos. Hay, ciertamente, mucho por investigar en este camino altamente comparativo, pero creo que con los ejemplos de Demogorgon, los ciclos cósmicos, la androginia original, el Sol y los principios modeladores de origen celestial tenemos una veta de explicación bastante rica en la difícil tarea de desentrañar la complejidad del Inca.

Para diversificar aun más esa complejidad, hay que mencionar que las teorías políticas neotomistas defendidas por connotados jesuitas, así como la intermediación de la Compañía de Jesús en los avatares de la nobleza indígena cuzqueña no necesariamente fueron las únicas causas posibles de la preferencia de Garcilaso por esa orden religiosa. También se debe considerar que los jesuitas solían ser algo más tolerantes que otras órdenes en relación con los conversos, y que entre ellos no era del todo extraño un conocimiento de la Cábala que quizá estuvo presente en las conversaciones que algunos miembros de la Compañía sostuvieron con Garcilaso durante los años de Montilla y Córdoba. Un documento publicado en Leiden en 1602 incluso los condena por ser «agentes de la Cábala y de Felipe II» (Swietlicki 37).

Con estos argumentos, se puede sostener que la constitución de un sujeto de escritura bipolar y multiestrático no es novedad que aparece solamente en los Comentarios reales, sino mucho antes. Da la impresión de que el Inca hubiera elegido los Dialoghi como objeto de su traducción también por las analogías míticas que encontró en el pensamiento de León Hebreo. Ambos autores compartían además una serie de circunstancias biográficas que ya Carl Gebhardt y Doris Sommer se han encargado de esclarecer. Compartían también una marcada tendencia melancólica, tan propia de muchos artistas del Renacimiento, que los impulsaba a reconstituir su universo de significados a partir de la recuperación de sus propias imágenes primordiales y culturales elevadas a categorías de explicación universal.

En tal sentido, las coincidencias entre Garcilaso y Hebreo presentan otro aspecto, hasta hoy no estudiado: la presunta traducción al quechua de los Dialoghi. Es obvio que el título original de la versión de Garcilaso (Traduzion del Yndio de los tres Dialogos de Amor…) se entiende en alusión a la persona del traductor y no de su lengua materna. Así, debe leerse Traduzion del Yndio [Garcilaso] de los tres Dialogos de Amor… Es enigmático, sin embargo, que en el socorrido «Prólogo a los Indios, Mestizos, y Criollos de los Reynos, y Prouincias del Grande y Riquissimo Imperio del Peru» de la Segunda Parte de los Comentarios reales o Historia general del Perú, Garcilaso haga alusión a los Dialoghi como libro «que anda traduzido en todas lenguas, hasta en lenguaxe peruano (para que se vea a do llega la curiosidad y estudiosidad de los nuestros)» (Historia general del Perú, f. s. n.). Aunque no tenemos más evidencia de tal traducción que la propia palabra del Inca, recordemos lo que él mismo nos dice sobre las prácticas escriturales en quechua por parte de sus congéneres mestizos: «en estos tiempos [del Virreinato] se dan mucho los mestizos a componer en Yndio estos versos, y otros de muchas maneras, assi a lo diuino, como a lo humano» (Comentarios reales I, II, XXVII, f. 53v). Si tal práctica de escritura y traducción en la lengua andina realmente se dio, serviría como una pauta más para la reflexión sobre las estrategias de reconstitución identitaria que distintos grupos dominados tenían que adoptar para sobrevivir y acomodar su tradición dentro de la gran verdad universal de la fe católica post-tridentina.

Pero aquí dejo de descargar el tintero y dejo para otra ocasión un desarrollo más detallado de esta provocadora propuesta.



José Antonio Mazzotti
Biblioteca Virtual Miguel Cervantes, 2009







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