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CARAVAGGIO: David vencedor de Goliat


UBICACIÓN: Sala 55B, planta 0



Autorretrato (Durero) 

Caravaggio.

Y aquí, uno de los italianos más curiosos.  De entrada, al acercarse a la obra de Caravaggio, uno se pregunta cosas como su extraña manía de autorretratarse...  decapitado, pues la cabeza, en unos casos de Goliat, en otros de Holofernes, es siempre la del propio pintor. O por qué disfrutaba, también,  autorretratándose mordido por alguna alimaña. Algunos han adivinado en todo esto rasgos masoquistas. Pero no son sino meras anécdotas comparadas con muchas de las maldades que protagonizó.  De hecho, lo expulsaron de la isla de Malta por "putrido y fétido".
Michelangelo Merisi, (Milán, 1571-Porto Ercole, 1610) fue el pintor italiano más importante de su tiempo. Su padre, Fermo Merisi, trabajaba como administrador y arquitecto decorador del Marqués de Caravaggio, ciudad ésta en la que pronto hubo de instalarse la familia huyendo de la peste y de la que más tarde tomaría el nombre nuestro autor.
Entre 1592 y 1606 trabajó en Roma, ciudad a la que se dice llegó desnudo y extremadamente necesitado, sin una dirección fija y sin provisiones, amén de escaso de dinero.  Y enseguida se hizo conocido no sólo como artista original sino también por llevar una vida desordenada y hallarse implicado a menudo en lances y peleas, debido al ambiente en que se movió y a su propio carácter irascible.  En todo caso, a partir de 1600, aproximadamente, debido a su merecida fama y a la necesidad de la contrarreforma de adornar sus templos, pasó de motivos mundanos a escenas religiosas, lo que le catapultó definitivamente a la fama, sin que por eso cesaran las reyertas.
Caravaggio se dice que fue un hombre sin escrúpulos.  Artísticamente se mostró siempre revolucionario y contrario al Renacimiento, buscando resultados efectistas, utilizando para ello magistralmente la técnica del claroscuro, dotando a sus obras de un tenebrismo y un realismo vigoroso exento de la menor huella idealista mediante copias directas del natural.
La noche del 29 de mayo de 1606 marchó para siempre de Roma,  ciudad a la que —a su pesar— jamás pudo volver, huyendo a Nápoles al haber matado a Ranuccio Tomassoni, debido a una vieja rencilla por haber perdido en un juego de pelota.  Cuatro años después, tras muchas peripecias y mucha actividad, también creativa, pasando de Nápoles a Malta y de Malta a Sicilia, moriría finalmente (1610) en soledad, enfermo de malaria en Porto Ercole (Toscana), aunque su cuerpo nunca apareció. Fueron quizá estos últimos años de su vida los de mayor serenidad artística y así se deja ver en sus obras.


David vencedor de Goliat

Nuevamente afrontamos una escena bíblica, esta vez del Antiguo Testamento: el conocido episodio en el que el joven David se enfrenta al gigante Goliat:

—Tú vienes contra mí —le dice David al filisteo—  con espada, lanza y jabalina; pero yo voy contra ti en el nombre de Jehová de los ejércitos, el Dios de los escuadrones de Israel, a quien tú has provocado (…)

 y entonces, con una honda, le lanza una piedra que se le clava en la frente.

Así venció David al filisteo con honda y piedra. (…) Cuando los filisteos vieron muerto a su paladín, huyeron. Se levantaron luego los de Israel y los de Judá, dieron gritos de guerra y siguieron tras los filisteos hasta el valle y hasta las puertas de Ecrón. (…)
Regresaron los hijos de Israel de perseguir a los filisteos, y saquearon su campamento. Entonces David tomó la cabeza del filisteo y la trajo a Jerusalén, pero sus armas las puso en su tienda. (Samuel, 17, 51).

Existen otras versiones de Carvaggio sobre este mismo tema (Galería Borghesse de Roma y Museo de Historia del Arte de Viena) y hasta se ha dudado de la verdadera autoría del que ahora nos ocupa en el Prado, si bien en la actualidad ya están despejadas toda clase de dudas y la autoría de nuestro pintor no admite hoy conjetura alguna.
Vemos aquí a David, no como un héroe sino como un muchacho de aspecto tranquilo quien tras vencer la fuerza del gigante mediante la astucia y la ayuda de Dios, prepara la cabeza de Goliat para asirla a un mazo como trofeo.  Tan sólo se trasluce la tensión del momento en el puño cerrado de su mano izquierda. La pintura es un claro ejemplo del tenebrismo, técnica que consiste en iluminar la escena no en su totalidad sino enfocando una o varias zonas concretas, dejando en penumbra el resto del cuadro. Aquí se aprecian con claridad dos focos lumínicos: uno dirigido a David y el otro a la cabeza del filisteo. Y una curiosidad: la cabeza de Goliat es un autorretrato del propio Caravaggio, obsesionado, al parecer, con las cabezas cortadas, porque pensaba que él mismo acabaría así, seguramente al reconocer su propio carácter pendenciero. 





Mi guía del Prado,
Lecturas hispánicas

EL MUSEO DEL PRADO EN LLAMAS (Mariano de Cavia)

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LA CATÁSTROFE DE ANOCHE

ESPAÑA ESTÁ DE LUTO

INCENDIO EN EL MUSEO DE PINTURAS

LAS PRIMERAS NOTICIAS


¡Noche, lóbrega noche!, podríamos decir con don Juan Nicasio Gallego,  si la ocasión no fuera harto inoportuna para andarnos con floreos retóricos y si la idea de la lobreguez pudiera asociarse a la de la espantosa hoguera que en estos momentos tiene estremecido y atribulado a todo Madrid.
 
A las dos de la madrugada, cuando ya no nos faltaba para cerrar la primera edición más que las noticias de última hora que suelen recogerse en las oficinas de Gobierno Civil, nos telefonean desde este centro oficial las siguientes palabras, siniestras y aterradoras:



-El Museo de Prado está ardiendo. ¡Ardiendo el Museo del Prado!...

En aquel mismo instante daban comienzo las campanas de las parroquias a sus tétricos toques. Nos echamos a la calle, y al llegar a la Puerta del Sol advertimos desusado movimiento de gentes. De los cafés, de los círculos, de los casinos, salían en revuelto tropel los trasnochadores, y el vocerío era tal, que apenas había ventana ni balcón donde no se asomarán los pacíficos vecinos, turbado el sueño por el estruendo de la calle.

-¡Qué desdicha! ¡Qué catástrofe! ¡Pobre España!... ¡Perdemos lo único que aquí tenemos presentable!...

Así hablaban las gentes, y corrían desoladas hacia el Prado, ávidas de ver para creer en tamaña desgracia, deseosos de que la realidad estuviese muy por debajo del temor. Por desgracia, los resplandores del incendio, iluminando intensamente los nubarrones apiñados sobre Madrid, parecían decir:

-¡Rechazar toda esperanza!

Un grito de angustia, seguido de violentas imprecaciones, de palabras de lástima y aún de blasfemias, se escapaba de todos los labios cuando los curiosos llegaban al Prado, y veían al monumental edificio trazado por don Ventura Rodríguez, coronado de llamas, lanzando columnas de humo hacia las nubes, y de cuando en cuando haces de chispas que semejaban luminosos residuos del espíritu de Velázquez, Murillo, Rafael, Rubens, Tiziano, Goya… No: No ardía sólo el ala de Poniente, ni el ala de Levante, ni el centro del edificio. Lo que ardía era el Museo todo, el Museo Entero, el Museo por los cuatro costados.

-Europa entera –oímos decir a un espectador- dirá mañana que España ha perdido uno de los pocos florones que quedaban en su corona. Esto es como una desmembración de la patria. Algunas personas lloraban… Otras se precipitaban hacia el edificio, siguiendo a los soldados que llegaban de los próximos carteles de los Docks. Por la puerta central salían algunos hombres arrastrando lienzos –tal vez los de menos valor, los menos interesantes- que habían logrado arrancar de los marcos, cortándolos con cuchillos y navajas. Las bombas funcionaban con dificultad que llamaríamos extraordinaria, si no fuese eso lo ordinario en semejante servicio. Ni ¿de qué podían servir unas cuantas mangas ante las proporciones del siniestro? Los chorros de agua que se lanzaban hacia el museo desde la explanada de los Jerónimos más parecían avivar la hoguera que extinguirla.

La premura del tiempo y lo angustioso de las circunstancias nos impide entrar ahora en pormenores acerca del Museo de Pinturas, ni en la descripción de sus espléndidas salas, ni en la reseña de sus riquísimos tesoros. Tiempo nos quedará para recordar a la patria lo que a estas horas está perdiendo, como lo pierden la Humanidad y el Arte, por culpa de la imprevisión oficial. Si la maldita y sempiterna imprevisión de nuestros gobiernos, ha sido el origen de esta grandísima catástrofe. Parece ser que el fuego se inició en uno de los desvanes del edificio, ocupados, como es sabido, a ciencia y paciencia de quien debiera evitarlo por un enjambre de empleados y dependientes de la casa. Allí se guisaba, allí se encendía fuego para toda clase de menesteres caseros, allí se olvidaba que una sola chispa podía bastar para la destrucción de riquezas incalculables… los suelos y la techumbre eran, por otra parte, inmejorables agentes para el elemento destructor, gracias a la endeblez y combustibilidad de sus tablones y cañizos, poco menos que desnudos. Un brasero mal apagado, un fogón mal extinguido, un caldo que hacer a media noche, una colilla indiscreta… ¡y adiós, Pasmo de Sicilia! ¡Adiós Sacra Familia del Pajarito! ¡Adiós testamento de Isabel la Católica! ¡Adiós Vírgenes y Cristos, Apolos y Venus, héroes y borrachos, reyes y bufones, diosas de Tiziano y anacoretas de Ribera, visiones de Fra Angélico y desahogos de Teniers!

Inmensa debiera ser la responsabilidad para los que no han querido cortar abusos a tiempo y conjurar peligros oportunamente: pero ¿qué es en España la responsabilidad? Una palabra hueca.

Ultima hora

Con lágrimas en los ojos, cerramos apresuradamente esta edición, reproduciendo la siguiente carta que nos envían desde el siniestro: “Amigo y director: Creo que, para ser ésta la primera vez que ejerzo como reportero, no lo hago del todo mal. Ahí va, en brevísimo extracto, la reseña de los tristes sucesos… que pueden ocurrir aquí el día menos pensado. Tuyo, Mariano de Cavia.”


 
 
Mariano de Cavia
El Liberal
25 noviembre 1891

EL PRADO, SINFONÍA INCOMPLETA* (Rafael de La-Hoz)

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Juan de Villanueva por Goya, 1800-1805
(Museo de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando)
 

Pocos edificios mas enigmáticos que el Museo del Prado. Segun relata en el tomo X de su Viaje por España, Francia e ltalia el prestigioso académico e investigador D. Nicolas de la Cruz y Bahamonde, Conde de Maule, relevante personalidad científica, durante el verano de 1798 visitó las obras del Museo-Academia de Ciencias, quedando profundamente impresionado por su gran magnitud.

Tras la descripcion detallada del edificio -todavía a medio hacer- y una exhaustiva, aunque infructuosa, búsqueda del proyecto, termina formulando un tan insolito como anhelante requerimiento: «El arquitecto D. Juan de Villanueva, que lo ha dirigido, es regular que luego que lo concluya presente al publico los planos, haciendo una relación exacta de tan bella obra».

Quiere decirse que, de acuerdo con tan cualificado testimonio e inequívocamente, trece años después de comenzada, no existía aún en obra proyecto definitivo alguno. Lo que da, por otra parte, medida de la trascendencia que tiene para la Historia de la Arquitectura el reciente descubrimiento de la, tanto tiempo esperada y finalmente encontrada, memoria titulada Descripci6n del edificio del Real Museo por su autor D. Juan de Villanueva.

Su hallazgo ha supuesto la clave para resolver el misterio de la errática e incomprensible conducta de Villanueva construyendo el Museo del Prado sobre la marcha, como si se hubiera quedado sin proyecto. Lo sorprendente es que eso fue exactamente lo que ocurrio.

En tal sentido el valor de la memoria resulta también inestimable para evaluar el unico proyecto del Prado que existe autentificado con la firma del autor pues, pese a sus disparidades con lo construido, la nueva informacion que aporta permite identificar dicho proyecto con el original aprobado por Carlos III. La citada memoria esta fechada en 1796, despues de once años de obras, y con el edificio aún no acabado. Contaba entonces Villanueva -segun el mismo consigna- 56 afios de edad.

Se relatan en dicho memorial los diversos avatares que había sufrido el proyecto así como su realización, lo que le convierte en una especie de «caja negra» de la ejecución de obra a la que sigue una reseña detallada de la composicion arquitectónica de lo ya realizado e incluso de aquello aún pendiente de realizar. No se trata, pues, de la descripcion del proyecto original, sino de un «a modo de memoria a mitad de camino», explicando a posteriori lo ya construido. 

EI documento es, sin duda, autentico y esta escrupulosamente redactado; no obstante equivoca alguna descripción, deja en blanco todos los datos referentes a medidas y carece de firma. 

La edición facsímil acompaña el memorial con una reproducci6n de la conocida lámina -no muy posterior´- que se conserva en el Museo del Prado, la cual recoge graficarnente lo que en aquél se relata. Como en éste ocurre, hay partes importantes que difieren con lo finalmente realizado, está inacabada, no tiene escala y además carece de firma. 

Se trata, pues, de un plano de resultados, trazado todavía en plena andadura, especie de complemento gráfico del declarativo de Villanueva y que en cierto modo supone el primer precedente histórico de los lIamados planos as built donde, aparte del ocioso anglicismo, se consigna la realidad ejecutada en obra.

Años atrás, para ser exactos, en 1925, causo gran sensación el descubrimiento entre los fondos de la Academia del proyecto original del Museo del Prado: cuatro soberbias láminas fechadas el 25 de mayo de 1785, firmadas por D. Juan de Villanueva y con toda probabilidad depositadas allí por el autor para su preservación.

En esencia, las mismas ilustran un monumental edificio de tres cuerpos enlazados entre sí mediante una larga nave, ordenación idéntica a la de la obra realizada, pero con la variante complementaria y fundamental de disponer aquel de una bella logia de acceso que, majestuosa, recorria antepuesta todo el frente recayente al Paseo del Prado y que constituía per se la idea rectora de la composición arquitectónica proyectada. 

Tres son las ideas rectoras fundamentales a las que debe su composición arquitectónica tan marcado carácter. La mas imaginativa fue retranquear el edificio principal anteponiendo una stoa a lo largo de todo su frente, lo cual se ofrecería como alzado principal del conjunto para la «visión distante» desde el Paseo del Prado. 

EI segundo pensamiento del autor fue componer dicho edificio como una dramática secuencia de cinco cuerpos axialmente dispuestos; tres de ellos ocupando los extremos y centro del eje de simetria, más dos galerias retranqueadas, tambien coaxiales, enlazando entre sí dichos volumenes.

EI tercer pensamiento fue la brilIante respuesta dada al resto de tener que alojar diversos elementos dispares en una caja espacial unica. 

Concibe a tal fin dos distintos «edificios de planta baja a caballo» y, aprovechando la cuesta de subida desde el Paseo del Prado al Monasterio de los Jerónimos, consigue proporcionar entrada a cada planta directamente desde el nivel del terreno.

Sin embargo, al ser convertido el conjunto en «sólo museo de pintura», aquel que fue concebido como edificio multipropósito y la que fue sabia inconexion entre sus plantas alta y baja pasaron a convertirse en serio obstaculo para lograr la integración del inmueble requerida. 

Todavía hoy el Acceso Central permanece inútil al tiempo que, vaciado el terreno que circunvalaba el extremo Norte, por más increible que parezca, se sigue penetrando al Museo por el punta mas distante de su centro de gravedad y teniendo, ademas, que subir previamente a la planta alta del mismo, lo que es tanto como obligar a «entrar por el testero». Es difícil concebir un disparate funcional mas desconcertante (**).

 

Rafael de La-Hoz
del ciclo Lecciones sobre el Museo del Prado
Fundación Juan March
Boletín informativo
Junio-Julio, 1998

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Ir al ciclo completo de diez conferencias
impartidas por varios autores
en la Fundación Juan March,
en mp3, pinchando aquí


En el boletín informativo
de junio-julio de 1998 y núm.
siguiente hay resúmenes completos
del ciclo sobre el Museo del Prado
que pueden descargarse
pinchando aquí.

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(*) El sugestivo título de este artículo es resumen escrito de a conferencia impartida por su autor en la Fundación Juan March, el 18 de febrero de 1997 (puede escucharse entera y descargarse en mp3 pinchando aquí).  En nuestros días, más de quince años después, y con la reforma de Rafael Moneo en 2007, cabría replantearse la cuestión de si realmente esa sinfonía arquitectónica de Villanueva puede ya considerarse como concluida.
 
(**) Hoy, tras la reforma y reorganización de la exposición permanente, la entrada al museo por la Puerta de Velázquez, frente al Paseo del Prado, se ha convertido definitivamente en el acceso principal.


 


CARLOS V Y TIZIANO: "LA BATALLA DE MÜHLBERG" (Manuel Fernández Álvarez)

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Y es ese instante el que ha de recoger Tiziano. Ahora bien, Tiziano en 1548 se encuentra con un Emperador inmóvil en su sillón, aherrojado por la gota. Es un Emperador envejecido, tal como podemos ver en el cuadro que guarda la Vieja Pinacoteca de Múnich. No es ciertamente el modelo para dar el testimonio del vencedor de Mühlberg, el testimonio del Emperador invicto de la Cristiandad. ¿Qué hacer?


Es fácil adivinar lo que ocurrió: es el pintor de setenta y un años el que insufla ánimos al César que aún no ha cumplido los cincuenta. Es como si hubiera existido un diálogo –y acaso lo hubo- en el que Tiziano animara a su regio modelo, prestándole esa vitalidad que a él parece sobrarle.


Y así surge la obra maestra del pintor veneciano, una de las joyas del Prado.


Pintado en la primavera y en los primeros meses del verano de 1548, Tiziano puede plantar , y planta, su caballete, al aire libre, en plena campiña bávara. No es algo que supongamos; es un hecho cierto. Y tanto, que un golpe de viento arranca el cuadro y produce un desgarro que ha quedado como huella de lo sucedido. Por lo tanto, Tiziano puede captar la Naturaleza, aunque le sea imposible reflejar los dorados ocasos de la tierra de Venecia que había dejado atrás y que era la que tanto le gustaba recordar.


Todos los críticos destacan el acierto del viejo maestro; todos, y en primer lugar Lafuente Ferrari. Es el acierto de presentarnos en magnífica soledad al jinete vencedor, a Carlos V cabalgando lanza en ristre sobre la campiña germana, sin ninguna otra imagen de guerrero cualquiera, entre los vencedores o entre los vencidos, y sin ni siquiera ninguna señal de la guerra habida: ni ruinas, ni soldados, ni el fuego y los humos de la batalla.






Nada. Solo el Emperador victorioso, como símbolo, no de una concreta y determinada batalla, sino de la victoria pura, de una victoria que no hubiera de empañarse jamás. La gran victoria para un solo vencedor. Y ese es Carlos V. Un vencedor sin rastro de polvo, barro o sangre, como si su victoria fuera algo milagroso.


Lo repito: para mí esa solución del héroe en soledad, sin otro vestigio de la guerra que las propias armas del César, es el resultado de una conversación. Algo han hablado Carlos V y Tiziano. Para recordar al vencedor de Mühlberg, Tiziano no quiere pensar en el Emperador que tiene ante sí postrado en su sillón, abatido, con aire fatigado; un caballero cualquiera de la Orden del Toisón de Oro todo vestido de negro, bien forrado de pieles, porque es un hombre, si no viejo, envejecido prematuramente y al que la gota ha despojado de sus fuerzas.


Ni tampoco lo quiere, eso es claro, el mismo Carlos V. De forma que hay que pintar un emperador lleno de energía, el del reciente pasado, para dispararlo hacia el futuro, con la imagen que provoca ese jinete lanza en ristre y ese caballo que, más que galopar, diríase que se apresta a levantar el vuelo, como si se tratara de un Pegaso renacido.

El vuelo hacia la fama. Y para ese vuelo, Tiziano prepara su pincel, enamorado de su idea y seguro del arma formidable que posee. Está seguro de sí mismo de su arte, de su inspiración.


Porque no es el artista que pinta un cuadro por encargo, sino el que está ya deseando dejar el testimonio para siempre del personaje que admira, esa cualidad de Carlos V, de provocar el respeto de sus enemigos y la admiración de sus amigos. Él, Tiziano, sabe que está haciendo su obra maestra, que gracias a él, a su arte, a su pincel mágico, ya siempre que pensemos en Carlos V lo haremos como él nos lo ha legado: como el jinete victorioso cabalgando en solitario lanza en ristre por los campos de Europa. Y para ello, algo de la energía indomable de aquel anciano pintor de setenta y un años ha penetrado en Carlos V.


De esta forma Carlos V entra de lleno en la leyenda, haciendo la mejor propaganda de su obra.
 
 
Manuel Fernández Álvarez
Carlos V,
El César y el Hombre
(1999)
 




¿UN RETRATO DE GARCÍ RODRÍGUEZ DE MONTALVO?

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El Museo del Prado guarda entre sus fondos un cuadro procedente de un retablo de Medina del Campo, del que se dice:


Cristo muerto es bajado de la Cruz por José de Arimatea y Nicodemo. En el suelo, María Magdalena tiende los brazos hacia él mientras la Virgen llora desconsolada. Los personajes habituales se ven completados por la presencia de un soldado con armadura renacentista y dos niños, uno de ellos con un pañuelo atado en la cabeza, detalles realistas que dan un especial carácter a la escena de Machuca.  (web Museo del Prado)

Esta obra muestra el eclecticismo de la pintura de Machuca, que incluye elementos que recuerdan a Miguel Ángel, Rafael, Leonardo, o Rosso Fiorentino, aunque otros elementos responden a una concesión a un naturalismo muy estimado por la clientela española. El pintor emplea numerosos escorzos y contrastes de luz, que provocan una cierta violencia visual, evidente también en los brillantes tonos de las figuras que destacan sobre el fondo negro. El marco, conserva una cartela confirmando el origen del retablo para la Iglesia de San Juan de Azogue en Medina del Campo: “Este retablo mandó hacer Doña Inés del Castillo / Muger de García Rodríguez de Montalvo, Regidor de esta villa.  Acabóse año 1547”.

Se subraya la presencia de una figura extraña, atípica: “Los personajes habituales se ven completados por la presencia de un soldado con armadura renacentista”.



Photoshop: SGS

No ha faltado quien haya dicho que el representado en primer término es el propio García Rodríguez de Montalvo, autor del Amadís. Es un cuadro extraño en el que, entre el primero y el segundo caballero, que ostenta sobre un yelmo con una figura fantástica de ave, asomo ale que parece ser un albanés con su capelete. Los figurantes que actuaban de albaneses los llevaban en las comedias y danzas representadas en Valladolid en 1545 (véase mi Fiestas y comedias en Valladolid, pag. 59). Campea sobre el grupo un estandarte carmesí con una gran ‘S’ dorada.

Inés del Castillo era la abuela de otro García Rodríguez de Montalvo que dictó testamento el 31 de Enero de 1593, en la propia Medina del Campo. La ficha del Museo del Prado declara que el cuadro de Pedro Machuca procede de la iglesia medinense de San Juan del Azogue, pero García, al hablar del lugar de enterramiento, pide que su cuerpo sea depositado “en la iglesia de señor santo tomé donde yo soy parroquiano en el arco y enterramiento que allí tengo de que soy patron que dotó y fundó doña ynés del castillo mi abuela”.

El testamento de este otro García Rodríguez de Montalvo dice:

Yn dey nomine amen. Sepan quantos esta carta de testamento y hultima voluntad vieren como garçi rodriguez de montalvo vecino y regidor de la villa de medina del canpo estando enfermo de dolenzia y con mi juiçio [...]

Primeramente encomiendo mi anima a dios nuestro señor como cosa suya y mando el cuerpo a la tierra de que fue formado el qual sea sepultado en la yglesia de señor santo tome donde soy parroquiano en el arco y enterramiento que alli tengo de que soy patron que doto y fundo doña ynes del castillo mi abuela, o en la bobeda del altar mayor que fundo y doto doña maria de bracamonte mi muger primera por la qual mando dar a la fabrica de la dicha yglesia çient ducados en una de las dos partes comp paresçiere a mys testamentarios

Y por quanto de los dichos çient ducados no esta fecha escritura ni conzedida la daçion de la dicha bobeda ruego y pido por merçed a los feligreses de la dicha yglesia que haziendose en su favor seguridad de los dichos çient ducados tengan por bien de me dar la dicha bobeda en propiedad para mi y mis desçendientes y de la dicha doña maría de bracamonte haçiendo las escrituras que conbengan para seguridad de anbas partes

Yten mando aconpañen mi cuerpo las hordenes y religiosos desta villa que acordaren mis teatamentarios y el cabildo mayor con sus cruzes y la cofradia de la santa bera cruzy la cofradia del santisimo sacramento de la yglesia mayor desta villa a quien pido que como a encomendado aconpañen mi cuerpo con su çera segun y de la manera que lo an hecho con otros que no son cofrades y se les den ocho ducados como los llevaron en el entierro de doña maria de bracamonte mi muger = y asimismo de aconpañen los diños de la dotrinacristiana y doze pobres que lleven doze achas y se les pague a cada uno medio real de limosna

Yten mando que si mi entierro fuere a ora de missa digan en la dicha iglesia misa cantada [...]

Yten mando que con toda brebedad despues que yo fallezca se digan por mi anima en la dicha yglesia de santo tome zien misas [...]

Yten mando que en las demas cosas tocantes a mi entierro y ofrendas del y de las honras y cabo de año se haga como lo hordenaren y acordaren doña ynes de briçianos mi muger y doña ynes de montalvo mi hermana con quienes tengo comunicado y se lo remito

Yten declaro que yo bendi a alexo de medina difunto ochoçientos maravedis y dos pares de gallinas de çenso perpetuo sobre las casas de calisto rodriguez herrero en la herreria desta villa = los quales heran para la memoria del tesorero garci rodriguez mi anteçesor que esta enterrado en san salbador = mando se conpre otro tanto çenso que este en parte segura suljeto a la dicha capellaniay lo que costare se pague de mis bienes = y mas se paguen a los clerigos de san salbador de servicio de la dicha memoria dos mil maravedís que yo les devo del corrido y les encargo la conçienzia si no an dicho las misas que las digan

Yten declaro que doña maria noguerol [posiblemente familia de Francisco Noguerol de Ulloa, conquistador del Perú] mi segunda muger me dexo por heredero de sus bienes y por su testamento mando que se conprasen despues de mis dias diez mil maravedis de renta cada un año los quales fuesen para una memoria de dos anyversarios cada un año que an de deçir por su anima y la mia en la iglesia de santo tome [...]

Yten declaro que entre mi y martin lozano [sastre, marido de Catalina de Aranda] ay dares y romares y yo le tengo por tan buen amigo y cristiano que no dira mas de lo que yo le devo [...]

Yten declaro que yo tenya quenta con andres de sant miguel regidor [casado con María Vázquez de San Martín] que fue de esta villa ya difunto

Y asimismo luis de sant miguel su hixo y regidor desta villa me presto quarenta escudos de oro
Y para la quenta de lo uno y de lo otro el año pasado di al dicho luis de sant miguel honze cargas de trigo a çinquenta reales cada una [...]

Yten mando se de a doña luzia de najara beata en la visitaçion un abito que la mando la dicha doña maria noguerol = y porque asimismo mando otro abito a santo domingo beata y por ser difunta no se le puede dar mando que lo que valiere este abito se diga de misas por su anima [...]

Yten mando se den y paguen a doña francisca de montalvo mi sobrina hija de la dicha doña ynes mi hermana çiento ducados que la dicha doña maria noguerol la mando [...]

Yten mando se bea el testamento dela dicha doña maria noguerol y se cumpla todo [...]

Yten declaro quel ofiçio de regidor desta villa que yo tengo y sirbo le tengo renunziado en don gutierre de montalvo mi hijo que le a de aber por mil y çien ducados como pareze por escritura que en su favor tengo hecha [...]

Yten digo y declaro que yo he rezebido en dote con doña ynes de brizianos mi muger tres mil ducados los dos mil y seisçientos y tantos en dineros de contado los mil y quinientos ducados por mano de andres de san miguel de que di carta de pago que su hijo tiene en su poder = y otros quinientos ducados que me dio mi señora doña maria gonzalez mi suegra [...] y seisçientos y tantos ducados que me pagaron don miguel de briçianos abad desta villa y don alvaro briçianos su hermano hermanos de la dicha doña ynes de briçianos mi mujer [...]

Yten mando se paguen a la dicha doña ynes de briçianos mi mujer mil ducados que yo la prometi en arras [...]

Yten mando se paguen a antonio juarez de la concha marido que fue de mi querida hija doña francisca de bracamonte difunta duçientos ducados que le devo de lo que cupo a la dicha doña francisca mi hija de la legitima de doña maria de bracamonte su madre [...]

Yten mando se pague a los clérigos de santo tome todo lo que paresçiere que yo les devo del serbicio de las memorias la una de mi señora doña francisca perez de mercado mi madre = y otra de diego rodriguez de montalvo = y otra de doña ynes de castillo mi abuela [...]

Yten mando se pague a diego alderete y su mujer lo que yo les deviere de reditos de un zenso [...]

 Y para cumplir y pagar este mi testamento mandas y legatos del dexo por mis testamentarios a fernando de frias çeballos regidor desta villa y rodriguez ordoñez clerigo beneficiado en santa maria del castillo y a doña ynes de montalvo mi hermana y doña ynes de briçianos mi muger [...] dexo por mis universales herederos a don gutierre de montalvo mi hijo y a sebastian y antonio suarez mis nietos hijos del dicho antonio suarez y de francisca de montalvo mi hija y al dicho don gutierre de montalvo le declaro por legitimo por legitimo subcesor de los bienes y patronazgos que yo tengo de mis pasados padres y abuelos y parientes y de diego rodriguez de montalvo mi tio [...]

A.H.P.V. protocolos, leg. 7.922, fo. 34.



D'ORS EN EL PRADO (Francisco Umbral)


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Estos días en que se habla tanto del Museo del Prado observa uno que casi nadie habla de Eugenio d'Ors, máximo glosador de nuestro gran museo y de toda la historia de la pintura, guía irrepetible del arte de cualquier tiempo, espacio y categoría. No vamos a hacerlo nosotros por vanidad ni por espectacularidad. Solamente dejamos aquí esta insinuación y que venga otro que are. El maestro D'Ors, de inesperado origen americano e irreverente situación catalana, hace su obra en varios idiomas o es traducido por otros. No se puede reinventar a D'Ors sino plagiarle, todo lo más. El ápice del olvido de D'Ors está en la actual Cataluña, cuyos mentores no le han citado nunca, muy posiblemente porque no le conocen. Tuvo querellas con aquellos señores y se viene a Madrid a intentar una Segunda República estética. Ortega le distancia entre el respeto y el olvido. Azaña dice de él que es un señor que se ocupa mucho del mirar, de ajustar su mirada a su categoría. Y finalmente le valoran con una colaboración en una revista mundana y mal pagada, ignorando la repercusión de sus libros narrativos, filosóficos, atrevidos, de los que nace un barroquismo que dará lugar a su gran libro Lo barroco. Yo he visto en los archivos correspondientes recibos de colaboraciones cobrados por este catalán impar en el límite de las quinientas pesetas, recibos muy significativos ahora que los altos políticos se apedrean con cantidades minuciosas e incluso el Rey tiene que declarar lo que le pasa a su pariente bastardo. Don Eugenio, repito, vive su ápice de gloria madrileña y europea en la década de los 40, para llegar definitivamente a los 50, cuando ya no sale de su ermita mediterránea y necesita un ascensor particular para subir al primer piso. Cuando le comunican que su esposa le ha abandonado, el maestro contesta: - Ahora que empezaba yo a ser demorado en el trance. Las marquesas le invitaban a hablar de Goethe, ya que eran vecinas, y él se presentaba vestido de Goethe en aquel barrio culto y callado. Muchos años más tarde yo he ocupado esa tribuna visitadísima y snob. Recuerdo, entre los asistentes, a Gregorito Marañón. Tres horas en el Museo delPrado es su libro más divulgado y ameno. D'Ors explica en él, entre otras maravillas, que para visitar el Prado o cualquier otra grandiosidad, lo primero que hace es cruzar el salón hasta el final y luego volver a empezar cuadro tras cuadro, si de museo se tratase. El maestro crea con sus libros y artículos toda una escuela de crítica estética, pero lo que más le plagian es la prosa; más que la idea. Su gran pecado intelectual es lo barroco, como decía él, y no el barroco, aunque escribe muy barroco para salvarse de un churriguerismo que le afecta como una lepra. Así, cuando fuerza la «crisolinfa paladiana», buscando inmediatamente la esbeltez de su Rosalía: «Sobre la ría / un astro / se moría / Rosalía / de Castro / de Murguía». Pues eso. Era un ejemplar único de su especie y España le olvidó. Di una conferencia sobre él en el Ateneo de Barcelona para un público que acudió a olvidarme. Se dice que por siempre.




Francisco Umbral
El Mundo, 28 abril 2007








JOSÉ MARTÍ, FRANCISCO DE GOYA Y LA PINTURA ESPAÑOLA DEL XIX (David Leyva González)

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Placa en la casa que vivió José Martí en Zaragoza (España),
calle de la Manitestación, núm. 13, esquina con la calle de la Virgen


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Cuando José Martí llega deportado a España en 1871, debe de haber tenido en su mente dos objetivos personales, uno inmediato y otro a largo plazo. El inmediato era terminar de dar vida a un texto de denuncias sobre lo que viera y padeciera en el presidio, mientras que el segundo, era dar continuidad a su educación que había quedado trunca con su detención a los dieciséis años.

Si Nueva York fuera para Martí, nueve años después de esta fecha, una ciudad ideal para su oficio intelectual, al ser ella, puente precioso entre Europa y las Américas, España será, por su parte, el Alma Mater idónea para la formación artística de Martí, más por el diálogo que establece él con la cultura española que por el sistema de enseñanza en que se insertara.

En ese diálogo intercultural Martí logra jugosos conocimientos de pintura. España cuenta con genios pictóricos de todas las épocas, además de museos y escuelas representativas, tal es el caso de El Prado y la Academia de San Fernando, lugares que el cubano visitó y cuyas obras fueron estudiadas por él, según nos confirman los apuntes que han llegado hasta nuestros días. 




No olvidemos que para 1880 Martí se asienta en la que se convertiría dentro de pocos años en la capital artística del arte moderno: Nueva York; pero su preparación plástica viene de una de las regiones más prolíferas de genios de la pintura: España. De esos maestros españoles hay uno de íntima admiración para Martí, y que siempre despertara su atención en sus períodos ibéricos: Francisco de Goya y Lucientes. Este genio español, que en su etapa creativa más longeva constituyera un arco de triunfo para la pintura moderna, fue basamento estético de José Martí, que a su vez es considerado, uno de los principales arcos de triunfo de la literatura modernista en Hispanoamérica.

Los manuscritos indican que el gran estudio de la pintura de Goya lo realiza Martí en su segunda deportación a España a finales del año 1879. En su primer exilio, no hay notas que develen un análisis de la obra del pintor aragonés. Sin embargo, en aquellos años de 1871 a 1873 en Madrid, antes de pasar a Zaragoza, residió curiosamente en la calle que Goya eligió para publicar Los Caprichos, la calle Desengaño. El recién llegado vivía en Desengaño 10 y la venta de los grabados fue en Desengaño 37. Según el estudioso del pintor Lion Feuchtwanger, Goya se deslumbró por el ambiente y nombre de la calle “porque la palabra desengaño significaba dos cosas: desilusión, desencanto y decepción, pero también escarmiento, intrusión y comprensión. La calle del Desengaño era la más adecuada para Los Caprichos” y para dar forma última a El presidio político en Cuba, páginas también de desilusión, desencanto y decepción de la España Liberal que no aceptaba, bajo ningún concepto, la misma libertad de derechos para sus colonias. El presidio... es de los textos más grotescos escritos por el Apóstol y tan fuertes de crítica como los caprichos satíricos.

Pero, para mayor coincidencia, Martí termina su formación académica en Zaragoza, capital de la comunidad autónoma de Aragón, tierra de Francisco de Goya. En carta bien conocida del 19 de Febrero de 1888 a Enrique Estrázulas, le confiesa que él había visto —al parecer se refiere a su primer exilio en España— un cuaderno de dibujos a lápiz rojo del Goya niño:

(...) Goya, que hacía cabezas con lápiz rojo a lo Rafael, que he visto en su cartera de niño en Aragón; y luego hizo sus cucuruchos de obispos y sus cabezas sin ojos, y una maja que todavía no me he podido sacar del corazón. Es de mis maestros, y de los pocos pintores padres. 


De seguir en la cuerda de las coincidencias, vemos como Martí, además de vivir en la calle de Los Caprichos y fijar su estancia en tierra goyesca (Aragón), recibe sus únicas clases conocidas de pintura en la propia Zaragoza donde Goya se hiciera pintor. El entonces joven toma las lecciones de manos del artista Gonzalvo, que según Guillermo Díaz-Plaja, era el padre de la zaragozana Blanca, el amor más conocido de los años españoles de Martí, y pintor de mérito pues, en uno de sus artículos al Partido Liberal de México, lo utiliza de paradigma para los temas españoles que se realizaban para 1888 en los Estados Unidos. Las bases de la técnica - pictórica que conocía fueron aprendidas en la tierra de los principales pintores españoles del siglo XVIII; dígase los académicos hermanos Bayeau y el genio pictórico Francisco de Goya.
Si nos remitimos nuevamente a la carta a Estrázulas, podemos afirmar que Martí vio con detenimiento aquella cartera de dibujos de Goya, y por las imágenes que comenta, analizó los cuadros, que en el siglo XIX, se encontraban en la Academia de San Fernando, de la cual Goya fue presidente, y luego de su sordera permanente, paso a ser, presidente vitalicio: Los cucuruchos de obispo y cabezas sin ojos son imágenes referidas a los cuadros de Autos de Fe de la Inquisición, y la maja que no se puede sacar del corazón, es la maja desnuda, que junto a la vestida, no habían sido trasladadas al Museo del Prado.

Hay referencias martianas sobre los cartones que hace Goya para la Real Fábrica de Tapices de Santa Bárbara, sobre los grabados que hiciera el pintor sobre la ocupación francesa y existen breves comentarios sobre otros lienzos que están en el Museo del Prado; aunque en el año 1879 se conoce por sus apuntes que sólo visitó el museo principal de Madrid para observar cuadros de pintores contemporáneos, apuntes que llama, luego de los realizados sólo para Goya en la Academia de San Fernando, como «Notas sin orden tomadas sobre la rodilla, al pie de los cuadros. –Rapidísima visita al Salón de “Autores Contemporáneos”. –Museo de Madrid». Sin embargo, del Prado vio Martí el cuadro más famoso de Goya, y junto al lienzo del Tres de Mayo, una de las grandes apertura para lo que sería luego la pintura romántica: “...aquel maravilloso museo henchido de joyas, el Museo del Prado, en que Los Borrachos de Velázquez compiten con El Pasmo de Rafael, y el Dos de Mayo del magnífico Goya, con la Concepción alada de Murillo.”

Es conocido que Las Pinturas Negras pasaron a lienzos en 1873. Martí ese año partía a Zaragoza, y no hay registro de que las haya visitado a la Quinta del Sordo, donde estaban originalmente en las paredes. Como en el año 1879, solo hace un estudio de Goya en la Academia de San Fernando y pasa como dice en “visita rapidísima” por el Prado, solo para ver los autores contemporáneos, podemos suponer que las pinturas más renovadoras del genio español, junto a los Caprichos, no están comentadas por Martí; y si hay comentarios de ellas, no han llegado a nuestros días. La transgresión pictórica de Goya, su arte de ruptura y más grotesca, la siente Martí en cuadros menores: Lo que devela el ojo aguzador, y la sensibilidad artística de nuestro cubano universal. Así dice con suprema seguridad para La Nación en 1886:

De Velázquez y Goya vienen todos –esos dos españoles gigantescos: Velázquez creó de nuevo los hombres olvidados; Goya, que dibujaba cuando niño con toda la dulcedumbre de Rafael, bajó envuelto en una capa oscura a las entrañas del mundo humano y con los colores de ellas contó el viaje a su vuelta. – Velázquez fue el naturalista: Goya fue el impresionista: Goya ha hecho con unas manchas rojas y parduscas una Casa de Locos y un Juicio de la Inquisición que dan fríos mortales: allí están, como sangriento y eterno retrato del hombre, el esqueleto de la vanidad y la maldad profundas. Por los ojos redondos de aquellos encapuchados se ven las escaleras que bajan al infierno. Vio la corte, el amor y la guerra y pintó naturalmente la muerte.

Las notas de modernista alabanza sobre la pintura de Goya, que hiciera el ya crítico de arte de veintiséis años, fueron descubiertas en 1928 por Gonzalo de Quesada y Miranda, hijo del biógrafo y albacea de Martí. En carta a Emilio Roig de Leuchsenring, el hijo de Quesada y Aróstegui le comenta al entonces Comisionado intermunicipal de La Habana del hallazgo y de los valiosos apuntes de los cuadros de Goya que estaban en la Academia de San Fernando para 1879.

Cuánta pasión y agudeza crítica devela este análisis a la pintura del maestro español. Si notamos la impresión que produce en Martí aquellos lienzos, si percibimos la peculiar manera de entender el arte del aragonés, y la identificación que siente por la figura del pintor, y si finalmente, nos convencemos de la forma libre y sincera en que están redactados los apuntes, caeremos entonces en la observación de que estas notas de 1879 son, a la vez que crítica de arte, propuesta estética de un discípulo escritor que bebe la savia de “uno de los pocos pintores padres” de la historia del arte.

Como si fuera uno de los tantos copistas que marcha a los museos a rayar sus propios cuadernos, a partir de los grandes pintores, va Martí a la Academia de San Fernando para hacer sus dibujos de palabras. Primero se detiene en las majas, en especial la desnuda que es cuadro paralizador. “Voluptuosidad sin erotismo”, escribe de él. Extraña paradoja esta. Pocos se atreven a dudar, que detrás de esta Venus, aparece como modelo, la primera propietaria de los lienzos: la duquesa de Alba. La mujer que hizo rabiar de envidia a la propia María Luisa de Parma, esposa de Carlos IV, ambos reyes de España.

La duquesa fue, además, amante del pintor. Entre ambos hubo una pasión que se extralimitó y tomó el matiz de obsesión para Goya. De hecho, sus biógrafos coinciden que la relación con la de Alba, aceleró profusamente la sordera definitiva que padeció. El paraíso que tuvo Goya al ser correspondido por el amor de una de las mujeres más bellas del siglo XVIII español se contrapone, a un mismo tiempo, con la cruenta intriga de corte que significaba esa relación, unido a la muerte de su hija más querida y de su esposa, Josefa Bayeau, hermana del famoso pintor neoclásico.

El que pintó aquel cuerpo era hombre curado de cualquier mal, testigo de lo más siniestro y bello del ser humano. “Goya, vencedor de toda dificultad” —especifica Martí— y hay en esa declaración, un matiz estoico que une a Prometeo y a Sísifo, una condición artística que es raíz gruesa de la estética martiana: el sufrimiento, y el enfrentamiento al propio sufrimiento mediante la creación; es romántica fuerza para forjar la obra de arte.

El longevo Goya, sobreviviente de la ocupación francesa, sabe impregnar de significados a aquel que se enfrente a su arte, por la sencilla razón, que aparejada a la técnica adquirida en el estudio de los grandes maestros, que para él son Rembrandt y Velázquez, es capaz de mostrar en su obra, en sus aguafuertes y pinturas de ensueño, el sufrimiento que trae, a un mismo tiempo, pesadumbre y fuerza para seguir adelante. Muestra Goya la pasión de su vida intensa que conoce hasta el tuétano lo que expresa: la faz de la alta cultura, encarnada en la nobleza, y la faz del pueblo, que es casi igual que decir los majos españoles del siglo XVIII, dignos herederos de los pícaros del siglo XVI y XVII. Los monstruos de Goya tienen un basamento real tan fuerte, y tanto ímpetu devela la forma novedosa de cómo los pintó, que emerge el genio de lo deforme, la belleza se muestra en lo feo; y hasta su pintura negra más descarnada y cruel, llega en veloz y sencillo viaje a las fibras del corazón.

En Goya ve Martí el apasionamiento a la mujer, lo que nos atrae, abraza, quema y alivia del ser femenino: el culto a la mujer tan caro al Apóstol cubano. Distingue, además, la ceja morisca de la maja, y he ahí otro valor artístico: el ver lo universal en lo autóctono. Toma Goya un asunto conocido como el de la Venus y le da “matiz andaluz”; lo mismo que el escritor que narra los grandes temas del hombre en su contexto nativo o el compositor musical, que aun en la orquestación más culta, coloca algún ritmo o instrumento de la cultura popular de la tierra madre.

Si Francisco de Goya y Lucientes puede ser grotesco en sus lienzos y grabados, lo contrapesa el hecho de haber sido gran retratista de lo bello. Su dominio en los cartones para tapices le hicieron creador detallista. Así como pintó la alegría de los juegos, así como retrató a la mujer en sus mejores tocados, así también mereció soltar los presupuestos académicos, dejar la línea neoclásica, cargar con colores oscuros, rojo de sangre, angustia de alma, y bajar, con todo ello, a lo más deforme y oculto del hombre. 


La Tirana
(Francisco de Goya, 1799)

Prueba de su culto a la belleza, es la disección perfecta y meticulosa que logra en el retrato a la actriz sevillana María del Rosario Fernández: La Tirana. El fino realismo del ropaje necesita de un contraste para realzar el valor de lo pintado. Y he aquí otro triunfo artístico que percibe Martí en el maestro: la fuerza que da el contraste y la ambivalencia, por sutil que estos sean, a la obra de arte.
En el retrato a La Tirana, el genio hace que la visión se abra en dos y luche por dos motivos. Debate interno del ojo, que se fuerza por observar, a un mismo tiempo, el resplandor de su vestido y el resplandor de su mirada, la belleza del tocado y el enigma de su expresión, y en aquellos ojos de La Tirana, infinidad de matices percibe el dibujante de palabras:

De esos ojos –impresión real– tan pronto brotan efluvios amorosos, enloquecedoras miradas, dulcísimas promesas, raudales de calientes besos, como robando suavidad a la fisonomía, con esa extraña rudeza que da a las mujeres la cólera, chispeante y relampagueante, a modo de quien se irrita de que la miren y la copien.


Pero no hay fuerza mayor en los contrastes, que aquellos que se hacen con maestría entre polos bien distantes y contrarios; tal es el caso, de unir en un punto lo extravagante y lo hermoso, lo bizarro y lo serio, lo maligno y lo honrado, y todo, bajo una forma que es y no es, un pensamiento oculto en la expresión llana, en fin, el manejo preciso de la sátira y el uso no siempre alcanzado de la fina ironía: elegante manera de esconder el golpe y la denuncia.

Goya hace de la ironía su más alta forma artística en el lienzo a tamaño natural de La familia de Carlos IV (1800, Museo del Prado, Madrid). En ese cuadro resume el más sutil contraste desde el más puro naturalismo a lo Velázquez, al lograr que a la par del encaje, estén las arrugas sin idealizaciones, y alrededor de la majestuosidad y la pompa, se descubra lo que serían de las más solapadas y encubiertas caricaturas de la historia del arte: rostros que develen, en medio de la más bella luz y hermosura de colores, el egoísmo, la malignidad y estulticia de la realeza española. Y a la sombra del grupo de los trece retratados, aparece el autorretrato del propio creador, testigo distanciado de la cruel belleza de la vida.

Ante obra de arte tan cuidada, los reyes mismos disimulan la sospecha, no hay una caricatura explícita y sin embargo se entrevé que existe. A pesar que este cuadro no estaba en la Academia de San Fernando, Martí, por otros lienzos, y no exactamente en estos apuntes, descubre en Goya, un modelo de sátira que le es afín, y que utilizará con esmero en sus Escenas Norteamericanas: “la pintura no tolera lo caricaturesco. La sátira puede usarse con buen provecho, como lo han hecho Kaulbach, Goya y Zamacois; pero sátira y no mofa inútil”.

Hablamos, en el lienzo de La familia de Carlos IV, del autorretrato en la sombra, ya que es Goya, gran pintor de autorretratos, uno de ellos, que está en San Fernando, atrae a Martí. Se trata del cuadro en que el aragonés se muestra con sesenta y nueve años. En este mirarse a través de los años, de diversas formas y en diferentes circunstancias, hay un valor estético. Goya se pinta, sea en su estudio, sea en un retrato de grupo, sea con un sombrero de copa de donde saldrán sus caprichos como un mago, sea en la vejez, con mirada de haber recopilado gran cúmulo de vivencias, de pesares y dichas.

Autorretrato (Goya, 1795)

El arte en general implica un continuo autorretrato incompleto e incosificable, una constante mirada a uno mismo a través de lo creado. A pesar que el escritor no puede atrapar la totalidad de su yo en la imagen y voz de un personaje o un narrador, si hay peso autobiográfico, y como tal, peso de autorretrato, en parte de la obra escrita. Las formas del autorretrato y del retrato, que son modos de expresión cumbres de la pintura, tienen gran valor en la escritura, en especial la de Martí, que es escritura pictórica y que tiene en Goya un gran referente. Incluso el propio autorretrato de Goya, le sirve al cubano para hacer, en cuaderno de notas (que equivale a cuaderno de bocetos) su propio dibujo del gran pintor español:

(...) plegada boca, hondos hoyuelos, ojos cuya bóveda resalta, y cuya mirada sorprende. Acá en la abierta frente, golpe enérgico, y a la par suave, de luz, - por entre ella flotan esos menudos cabellos que nacen a la raíz. En el resto del rostro, vigoroso tono rosado, diestramente no interrumpido, sino mezclado en la sombra.


Martí, cuando mozo de trece años, deja de traducir Hamlet porque topa que Shakespeare habla de ratones y da vida a escena tan grotesca como la de los sepultureros. En su juvenil culto de lo bello no puede entender que genio elevado hable de motivos bajos. Sin embargo, años después, luego de haber bajado, con todo el genuino romanticismo que requiere el acto, al infierno en vida de El presidio político en Cuba, y de llevar por dentro la cruenta belleza de los Evangelios y del Infierno de Dante, está en condiciones de sentir lo grotesco en el arte, tanto desde la cercanía a la risa como en Rabelais y Cervantes, tanto desde la seriedad espiritual como la obra de Dostoievski.

Es Goya, entonces, una de las piedras bases del grotesco martiano. Estudiando sus cuadros en la Academia de San Fernando, arriba el cubano, sin profesor de estética que le guíe, a las características esenciales del recurso y a su impulso renovador: pues lo grotesco, tanto formal o esencialmente, ha sido protagonista de la ruptura con el arte neoclásico y académico en todas las épocas. 

Primero que nada ve la incompletez de la pincelada de los cuadros vanguardistas de Goya; para reflejar la idea no hay que hacer remilgos de la forma, pues la mente es ágil y no se puede atrapar con la técnica. Se ha de dominar la técnica, pero no ponerla a mandar sobre el contenido de lo que se siente. Al artista grotesco le interesa resaltar ciertos rasgos, sobre todo en la cabeza humana que es la que describe más vívidamente los sentimientos. Goya es un adelantado del expresionismo, vanguardia pictórica que tiene en el rostro humano un motivo recurrente. A partir de la aguda observación, hace Martí la siguiente generalización de los semblantes del pintor español: “Gusta de pintar agujeros por ojos, puntos gruesos rojizos por boca, divertimentos feroces por rostros”.

Martí tiene en Plutarco, Quevedo y Goya, excelentes maestros para la descripción —que en la pintura sería retrato— y sobre todo, para la descripción grotesca. No le importará comparar el cuerpo humano con el de un animal, y tomar una parte corporal para su arte en vez de ponerla dentro de un conjunto equilibrado y bello, como cuando hizo toda una diatriba para defender las piernas pobres de los mexicanos. Así llegan los retratos llenos de incompletez grotesca de las escenas norteamericanas y los de sus apuntes de viajes y los de su diario de campaña. Y ya no le importará hablar de ratones, sino que el ratón es equiparable al hombre, y mezcla la fealdad de uno de los caminadores de New York con la novia en espera que lo empuja a hacer lo sobrehumano.

Strokel, el austríaco, a quien ya sólo falta una milla, pasa muriéndose: la cabeza, como la de un muñeco, le gira sobre los hombros: va aleteando con las manos, como los peces en el agua: como amotinadas se le engrifan las cuerdas del cuello: se le han secado las piernas bajo los calzones, y el pecho bajo la camisola de color de ratón: le van bailando los músculos del rostro ¡son fatigas de horca las que sufre, pero en la puerta de su casilla, fiel durante seis días, lo espera su novia!


Es la universal paradoja de la vida y la muerte unida en un mismo punto, lo que da más fuerza expresiva a lo grotesco. Cuán inaudito para el mozo de trece años, pleno de vida inocente, leer, en la escena de los sepultureros de Hamlet, que uno de los enterradores, él más pícaro y despreocupado de los dos, le da un cráneo al príncipe y le dice que en sus manos está lo que fuera la cabeza del bufón de su padre el rey. El príncipe Hamlet, se percata, que en lo que es cráneo y antes fuera cabeza, él dio mil besos de niño, y fueron las muecas de aquella cabeza, causa de risa y felicidad, sin embargo, ahora, es pura fetidez, y hasta el mismo Alejandro Magno terminó en fetidez, y hay miles de mujeres lozanas llenándose de afeites que terminarán ineluctablemente en esa misma fetidez. 

El mozo de trece años deja de traducir tanta extrañeza grotesca de aquella escena sublime de la literatura de todos los tiempos, pero, al crecer intelectualmente, al sopesar la posibilidad de morir por otras vidas, hizo de su existencia un alter ego de Hamlet, un doble de Prometeo, un espejismo de Fausto. Y cuando en 1879 se detuvo ante el genio pictórico de Goya, no lo rechaza, sino que entiende que se ha llegado a la belleza desde otro camino: el sendero de los monstruos del hombre.

José Martí

Martí, en el lienzo de El entierro de la sardina, no distingue a personas vivas, no quiere creer que es el pueblo el que danza, sino que son “cadáveres desenterrados y pintados los que bailan”, la escena la compara con un sueño; y no será está la única vez que lo grotesco se esparza en lo onírico, el mismo Goya puso al pie de uno de sus Caprichos: “El sueño de la razón produce monstruos”, y Martí ve que “Tal como en la noche de agitado sueño danzan por el cerebro infames fantasmas, así los vierte al lienzo” el pintor español.

En el cuadro se representa una de las fiestas que concluyen el carnaval y dará paso a la cuaresma, pero como Inglaterra, a sabiendas de la catolicidad ibérica, todos los años exportaba para esta fecha a España gran cantidad de sardina, por la prohibición de comer carne roja en cuaresma, hacía de la fe española un buen negocio. El Papa, molesto con los ingleses, permitió a los españoles comer carne en cuaresma, si tuvieran para esta fecha un certificado de permiso de su médico o confesor, siempre con una tasa de interés de por medio. En danza salvaje, se está enterrando a la sardina inglesa: Dos jóvenes despreocupadas bailan rígidamente con un enmascarado, el grupo de cuasi espectros los rodea. En el coro de máscaras, dos niños, por miedo y por asombro, se abrazan. Un estandarte que tiene pintado una faz de gran boca y risa de Mefistófeles se eleva por encima de los danzantes. La vida reflejada en el baile y la fiesta de carnaval se confunde en muerte ante la extraña rigidez de los que bailan y los mascarones que semejan difuntos que han salido para la ocasión.

Goya, gran conocedor de la cultura popular de su pueblo, busca lo grotesco en la propia festividad del carnaval, como lo hicieran en la pintura holandesa y flamenca El Bosco y Pieter Brueghel el Viejo. ¿Pero qué rito popular más grotesco que el de ir en España a las corridas de toros? La multitud que se encuentra, aplaude el sufrimiento del toro: ella toda ríe y el animal se desangra. Mientras que si el toro punza el abdomen del torero, y más si está él en la flor de la juventud, la multitud se espanta; o quizás más grotesco, es el caso de la ciudad de Pamplona corriendo, por juego, detrás de la estampida salvaje.

El aprendiz Martí se detiene en Corrida de toros en un pueblo. En la pequeña plaza provinciana, las casas se ven detrás de la barra. Las mujeres de mantilla blanca, se agrupan y miran atentas. La escena es de movimiento: el torero a un costado del picador, que se presta, encima de su caballo, a punzar a la bestia. Uno de los ayudantes de la cuadrilla está detrás del toro, como si fuese a tomarlo por el rabo. Al fondo, otro picador y sus acompañantes que son manchas, observan los sucesos. Todo la concurrencia, del otro costado de la plaza, es pura mancha de puntos negros y pardos, sólo quedan pinceladas blancas para las mantillas de las mujeres. Y es esto, lo que maravilla al cubano: la síntesis compositiva, el manejo del color, el poner el tema por sobre la forma. Al comprender esta manera de coloración está en condiciones, como lo demostrará luego, de comprender a los impresionistas; por eso sentencia: “Parece un cuadro manchado, y es un cuadro acabado”. 

Otra de las escenas colectivas más grotescas del siglo XVIII español era la relacionada con la Inquisición, tanto el momento del juicio, como la procesión de los penitentes. A los acusados se le ponía un sambenito, especie de escapulario que se cargaba con motivos del infierno, unido a ellos se le encasquetaban enormes cucuruchos por gorra, que resaltaba su figura en la multitud.

En el primero de los cuadros de Inquisición es viernes santo y se sacan a los penitentes en procesión. Se amarran encadenados de manos y pies, y se van golpeando por las calles, con látigos de muchas puntas. La virgen con la aureola la llevan en andas detrás de ellos, virgen que Martí siente que Goya a propósito, dejó ciega y sin rostro, como para que no vea lo que hacen en su nombre. Oscuros hombres tocan largas trompetas. Los penitentes, semidesnudos, tambaleándose al centro derecho del lienzo. Las espaldas sangrantes, corvas unas, otras sostienen un madero. A unos les envuelven la cabeza con paño blanco, otros tienen cucuruchos enormes y no saben dónde pisan.

El segundo lienzo es propiamente un Auto de Fe: En el estrado, elevado del resto, a un acusado le leen la larga condena. Encogido, con su gran cucurucho y su sambenito esconde los ojos en lo bajo. Otros tres penitentes, casi desfallecidos, esperan sentencia. La sala concurrida, tanto de autoridad religiosa, de nobleza y de pueblo. Toda la luz sale de una bóveda lejana. Los secretarios católicos que leen el acta interminable semejan dos buenos diablos. Martí se dedica a descifrar toda la cruda sátira de las aparentes imperfecciones de Goya, o mejor, deformaciones explícitas que hace el pintor en el rostro de los distinguidos para sacarle todo rasgo humano:


... frailes de redondos carrillos, carrillos cretinos, —éste, de manchas negras por ojos, que le suponen mirada siniestra;— aquellos, revelan brutal indiferencia, —éstos, viejos dominicos, calaveras recompuestas y colgadas de blanco,— mal disimulado júbilo. Enfrente del tablado, dos juzgadores, —el uno, con todos lo terrores del infierno en la ancha frente, el otro, de cana cabellera, de saliente pómulo, de huesos boca, de poblada ceja, de frente con siniestra luz iluminada, como que le convence de que se ha obrado bien: y extiende la mano, por un capricho trascendental y admirable, hecha con rojo.

La locura es móvil para la imagen grotesca, la extravagante figura del loco llama siempre la atención y más si este enternece con sus ocurrencias en la plaza pública. En el loco explícito de calle, la risa no parece tener prohibición alguna, ya que su comportamiento excéntrico es lineal en todos los contextos. La actitud recatada no existe: lo que piensa lo dice, lo que siente lo expresa, es un eterno ebrio de la vida; por eso, el hombre común lo mira a veces con cierto respeto, pues se muestra libre y desinhibido sólo con el peso de mendicidad arriba: ha cambiado sus posesiones y costumbres civilizadas por el placer de vivir, el sólo, un mundo nuevo donde él es centro de todo. Para Martí, esto último, es de suma importancia: él ve detrás del loco un egoísmo extremo, y así lo escribió para un periódico norteamericano, un año después de haber estudiado las obras de Goya en la Academia de San Fernando y en especial La Casa de Locos: «Goya, el grande y fantástico español, fue más original: “El mundo de los egoístas es un mundo de tontos”, dijo, y presentó, juntos en un manicomio, a hombres ricos, generales, reyes y obispos».

Casa de Locos va a mostrar entonces un salón de grandes arcos donde entra una luz de mañana, un grupo de locos esquinados no salen de lo oscuro y solo los que están frente a la alta ventana, muestran su locura y su desnudez: uno, hincado de rodillas y calvo, ora, y al lado derecho hay uno como de fiesta, divirtiéndose de lo que hacen sus compañeros. En la frontera de la penumbra y la luz aparece uno de pie con plumas en la cabeza como si mandase un gran ejército, frente a él, la figura más admirable: desnudo enteramente, con sombrero de tres puntas, extiende su brazo recto hacia la pared como si luchara con la luz que entra del nuevo día, bajo de él, un cuerpo agachado, como de mujer vieja, le suplica algo, a la derecha, sentado y despreocupado un loco hedonista que se cree rey, es el más vestido, una pequeña flauta en una mano y con la otra se coge un pie, su cabeza está coronada de barajas, mientras a su lado hay uno que se finge autoridad religiosa y con improvisadas joyas está dando bendiciones.

Ejército, religión, monarquía, cada uno vive su triunfo grotescamente, ya que es triunfo inexistente. Viven el gran espejismo de lo que no han podido alcanzar, cada uno es grande en su naufragio. Al desnudo se muestran, dice Martí, para la meditación y la vergüenza: “Este lienzo es una página histórica y una gran página poética”.

Esta conclusión es de gran valor y uno de los mayores descubrimientos que hiciera Martí en la Academia de San Fernando. Este cuadro, es historia poetizada, por tanto es el punto de vista histórico de un genio artístico. Esta “Casa de Locos” es la propia España de finales del XVIII e inicios del XIX: nobleza aristocrática por cargos religiosos y monárquicos, egoísmo desenfrenado por el poder mostrado en la más profunda desnudez de un manicomio semioscuro.

Los lienzos de Goya tienen valor poético y valor sociológico. Gracias a él cuánto detallismo taurino, y mirada aguada de la inquisición española, de la forma de sus procesiones de disciplinantes y de sus Autos de fe. Goya registra los comportamientos y vestuarios del majo español, pinta a los bandidos de su tiempo, pinta a la superstición española, tanto la de brujería, como las creencias de viejos, pinta los juegos, las fiestas, las crudezas de la ocupación francesa mostradas tanto a través del valor del soldado español, como de su miedo.

Y también hizo eso Martí en el contexto donde más vivió y donde su mirada de exiliado le trajo mejores oportunidades. Toda esa historia poetizada la vino a pintar con palabras como corresponsal en Nueva York de importantes diarios de Latinoamérica.

Así los nuevos juicios grotescos siguieron con el caso Guiteau, y en el juicio de los anarquistas de Chicago; los desastres naturales en las nevadas neoyorquinas, en el terremoto de Charleston. Pintó a más de un bribón, a más de un bandido, y retrató a muchos buenos hombres. Reflejó las nuevas brutalidades que alegran en las peleas de Sullivan, en el violento fútbol americano, en la bestial caminata de seis días en Nueva York. En vez del majo, estudió al pragmático norteamericano, lo mostró en la bolsa, en el club de juego, en la tarima electoral. Y sus crónicas son historia pero también poesía, y hay en los genios algo que siempre emerge, y sale a flote para sorprendernos, una sustancia alada que se les trasmite entre ellos y entre ellos queda por el resto de los siglos.

Martí y Goya son de una misma línea artística: el primero aspiró el aura de los lienzos del segundo, y cada uno en su estilo, soltó sus bramidos, el aragonés encontró el fragor de su arte con el peso de los años, que fueron muchos, mientras el habanero, absorto ya en la rapidez e inmediatez de la vida moderna, tuvo que escribir febrilmente, pues como que sabía de la brevedad de su tiempo. Estas notas martianas sobre los lienzos de Goya son como el deslumbramiento ante algo diferente, como la nerviosa alegría del que descubre un hermano de causa, un espíritu afín, un genio padre.

David Leyva González
del artículo más amplio y anotado
 El Arte de Goya en José Martí


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