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DÍAZ MIRÓN EN EL CENTENARIO DE LASCAS (J. Emilio Pacheco)




Una historia del siglo pasado. Qué es la "gloria" y para qué sirve. 1953. El puerto de Veracruz festeja el centenario de su mayor poeta, Salvador Díaz Mirón. Hay un concurso de ensayo literario en que los jurados son Alfonso Reyes y Julio Torri. Lo gana María Ramona Rey con La exploración de la rebeldía, libro que no aparece hasta 1974. Quedan como finalistas Alfonso Méndez Plancarte, Antonio Castro Leal (quien tampoco publica su trabajo hasta 1970), José Almoina, el sabio asesinado por Trujillo siete años después, y Pedro Caffarel Peralta.

Se levanta una estatua de Díaz Mirón y llueven los comentarios: el índice apunta hacia el cementerio para indicar: "Allí están todos los que maté". El abrigo que le pusieron debe de asfixiar a la pobre estatua bajo el calor veracruzano. En un antecedente de las actuales "instalaciones" una ristra de pescaditos amanece colgada del dedo. En las escuelas los niños obligados a memorizar para su declamación los versos del bardo se desquitan con parodias: "Mamá, soy Paquito./ No haré travesuras, no echaré palito." Apenas ha transcurrido un cuarto de siglo desde su muerte en 1928. Viven muchas personas que lo conocieron y dicen: "Qué injusticia: el inteligente y el gran poeta fue su padre, don Manuel. Salvador era un pálido reflejo".

Es el viejo cuento de "el idiota de la familia" que Sartre tomó en serio a propósito de Flaubert. Se remonta al Evangelio ("Cómo va a ser el Mesías si es el hijo del carpintero y yo jugaba con él en las calles de Nazaret") y tiene aplicación universal. Monterrey 1964: "Alfonsito no, el genio era su hermano Rodolfo Reyes". San Luis Misuri 1978: "Tom fue un producto de la publicidad, las inteligentes eran sus hermanas, las señoritas Eliot". Jerez 1984: "¿López Velarde gran poeta? No me haga reír. El Cabezón fue compañero de escuela de mi padre. Un imbécil. El peor de la clase".





Quince mil ejemplares

1953 se ha vuelto una fecha tan lejana como 1787. No hay una sola "posteridad" sino una serie de posteridades cambiantes. El Salvador Díaz Mirón del 2001 es diferente en muchos sentidos. Lascas, el único libro que reconoció como suyo, apareció en el verano de hace un siglo. Lo imprimió el gobierno de Veracruz, entonces a cargo de Teodoro Dehesa. Se hicieron quince mil ejemplares, cifra que entre nosotros sólo han alcanzado ayer Amado Nervo y hoy Jaime Sabines. Se vendieron en quince mil pesos oro (unos quince millones actuales) al librero y editor Ramón Araluce. La cantidad se entregó al Colegio Preparatorio de Xalapa.
Por aquellos años lord Alfred Douglas, Bosie, se alegraba en una carta de haber vendido quinientos ejemplares, lo mismo que los poetas más populares de Inglaterra, por ejemplo Rudyard Kipling. Para explicar el fenómeno deLascas necesitaríamos estudios que no tenemos sobre teoría de la recepción y la institución literaria de hace un siglo; es decir, la red de autores, profesores, editores, libreros, periódicos, revistas. En ausencia de todo esto sólo cabe proponer algunas hipótesis.



La popularidad de Díaz Mirón

A partir de que hacia 1888, en Colombia, se habló por vez primera de una "literatura hispanoamericana" que reuniría en un conjunto más amplio a las que hasta entonces sólo pretendieron ser literaturas nacionales, hubo una intercomunicación que no se ha restaurado ni siquiera en la época de la internet, los numerosos "sitios" de poesía y los poetas vivos que se dan el lujo de tener su "página".
Todo aquello fue obra de la primera globalización, el mercado mundial, y la aceleración de la historia provocada por el ferrocarril, el cable telegráfico y el trasatlántico. Pero nadie enviaba poemas por telégrafo, y si se piensa en las dificultades de alcanzar Buenos Aires vía Le Havre-Dakar o Valparaíso dando vuelta al Cabo de Hornos, y en que subir a Bogotá implicaba la navegación del Magdalena y recorrer un tramo de montaña, sorprende que Díaz Mirón fuera leído en todas partes. Tanto Rubén Darío como Leopoldo Lugones y Julio Herrera y Reissig, o en España Francisco Villaespesa, lo reconocieron como maestro. Es uno de los fundadores del modernismo al lado de José Martí, Manuel Gutiérrez Nájera, Julián del Casal y José Asunción Silva. Nadie hasta el momento le ha dado su lugar entre aquéllos.
Quizá la explicación radique en la naturaleza portátil de la poesía. Los versos de Díaz Mirón eran reproducidos en cientos o miles de "sitios": anuarios, almanaques y sobre todo periódicos y revistas que llenaban con versos sus columnas verticales antes que la publicidad ocupara esos lugares. Existían la memorización y la recitación. La gente se veía expresada en los poemas como después en los boleros y ahora en el rock que cubren las necesidades sentimentales y estéticas.
El Díaz Mirón leído en todo el ámbito de la lengua castellana no es el de Lascas sino el de su primera época: nuestro mejor poeta romántico que empieza donde termina Manuel Acuña y sintetiza y resuelve en un lenguaje de mayor musicalidad las lecciones de los dos poetas españoles más célebres de su tiempo: Ramón de Campoamor y Gaspar Núñez de Arce. La poesía realista anterior al modernismo ha caído desde hace un siglo en una zona de ilegibilidad similar a la que atravesó la lírica barroca. Díaz Mirón no es hoy víctima de esta ceguera porque, al modo hispanoamericano, combina muchos otros elementos que en Europa serían incompatibles.
Debemos a Manuel Sol la posibilidad de leer a Díaz Mirón como antes de sus trabajos era imposible. Hizo la edición crítica de Lascas (Clásicos Mexicanos, Universidad Veracruzana, 1987) y la Poesía completa (Letras Mexicanas, Fondo de Cultura Económica, 1997), modelos en su género que ojalá fueran la base de una Biblioteca de México similar a la serie Library of America. Por Manuel Sol nos enteramos de que Lascas decepcionó al público del primer Díaz Mirón. En cambio, fascinó a los poetas, lo mismo a Manuel José Othón que a José Juan Tablada y Luis G. Urbina: "Ha escrito las estrofas más perfectas que pueda presentar hasta hoy la poesía mexicana".



Parnasianismo, simbolismo, naturalismo

Díaz Mirón no había querido reunir sus poemas. Hubo un cuaderno de la serie El Parnaso Mexicano editada por Vicente Riva Palacio (1886) en que se basaron las Poesías(1895), impresas en Nueva York sin su consentimiento. Lo exasperaban las erratas que destruían su cuidado formal, así como la atribución de lo que no era suyo. Ocurrió con "Vieja ley", en realidad parte de Poemas sudras (1903), el primer libro de poemas militantes hecho en México, por Rafael de Zayas Enríquez, padre del vanguardista Marius de Zayas. "Vieja ley" figuró en sus compilaciones hasta que en 1947 Francisco González Guerrero demostró el error.
A la revuelta individual y la vindicación de los derechos personales contra todas las formas del poder, los rasgos románticos de su primera época, opone el Díaz Mirón deLascas la pugna con los límites del idioma. No obstante, en ella el poeta sigue siendo el personaje y el teatro de su drama. Ahora el romántico es también parnasiano y simbolista, otra imposibilidad europea que en América se da sin conflicto. "Lascas": fragmentos que saltan del bloque trabajado por el cincel del escultor al que se asimila el poeta parnasiano. Música de Schubert y de Verdi, a la cual intenta aproximarse el simbolista para tocar lo indecible: 


Siempre aguijo el ingenio en la lírica: 
y él en vano al misterio se asoma
a buscar en la flor del Deseo 
vaso digno del puro Ideal.
¡Quién hiciera una trova tan dulce, que al espíritu fuese un aroma,
un ungüento de suaves caricias, 
con suspiros de luz musical! 


Otros de los grandes modernistas pasaron por alto a Les fleurs du mal. Díaz Mirón supo leer a Charles Baudelaire. Sin él no existiría "La Giganta": 


Es un monstruo que me turba. 
Ojo glauco y enemigo
como el vidrio de una rada 
con hondura que, por poca,
amenaza los bajeles 
con las uñas de la roca.
La nariz resulta grácil 
y aseméjase a un gran higo. 


Las apropiaciones de Díaz Mirón se logran plenamente porque su base es un conocimiento a fondo de la poesía española. De allí "El fantasma" que encantaba a Juan Ramón Jiménez, el más descontentadizo de los críticos. En la cárcel tiene la visión de Cristo y la recoge en tercetos monorrimos: 


Y suele retornar; y me reintegra
la fe que salva y la ilusión que alegra:
y un relámpago enciende mi alma negra. 


El hábito de observar el modernismo sólo como un desprendimiento de la poesía francesa ha estorbado la consideración de otros modelos, sobre todo los italianos: Leopardi en Gutiérrez Nájera, su casi contemporáneo Gabrielle D'Annunzio en Díaz Mirón. No nada más los sonetos con ritornello: entonaciones y dicciones parecen afines en ambos poetas: 


Socchiusa é la finestra, sul giardino.
Un'ora passa lenta, sonnolenta.
Ed ella, ch'era attenta, s'addormenta
a quella voce che giú si lamenta
che si lamenta in fondo a quel giardino.
*
Semejas esculpida en el más fino
hielo de cumbre sonrojada al beso
del sol, y tienes ánimo travieso
y eres embriagadora como el vino.




Sexo y poesía en el novecientos

De la desigualdad nadie se salva. Hay poemas menos buenos que otros lo mismo en la obra vastísima de Pablo Neruda que en los rigurosísimos cuarenta que Díaz Mirón eligió para Lascas. El libro de poemas es un concepto reciente. Antes el poeta escribía toda su vida y a su muerte alguien juntaba lo disperso y lo publicaba sin pensar en un título. Así, Narciso Campillo y Correa llamó simplementeRimas, es decir, versos, poemas, a las composiciones de su amigo Gustavo Adolfo Bécquer. 
Lascas también es una reunión que no aspira a la unidad sino a la variedad. La suya no se detiene ante la incorporación poética de elementos naturalistas en un momento de máxima resistencia, cuando los periódicos llamaban a Zola "el cerdo mayor" y a Galdós "el cerdo menor". Nunca en la poesía mexicana la sexualidad había sido presentada en estos términos: 


Como viste ropaje tan leve,
me da pesadumbres,
pues él filtra y enseña vislumbres
de la carne de rosa y de nieve.
¡Y qué andar! La mocita se mueve
con garbo de chula.
Viene y va, y en la marcha modula
un canto de líneas:
y en las formas, apenas virgíneas,
una gracia de sierpe le undula. 


En este sentido "Idilio" es el poema central del libro porque desmantela la inercia de cultivar lo eglógico en tanto eufemismo o disfraz del acto sexual. Sus protagonistas no son nobles que huyen al campo para escapar de las tensiones de la corte, sino dos adolescentes pobres que se disponen a hacer lo mismo que la oveja y el borrego: 


La zagala se turba y empina...
Y alocada en la fiebre del celo,
lanza un grito de gusto y de anhelo...
¡Un cambujo patán se avecina!
Y en la excelsa y magnífica fiesta,
y cual mácula errante y funesta,
un vil zopilote resbala,
tendida e inmóvil el ala.




La maldición de las erratas

Es tan delicado el tejido de la poesía que basta la omisión o confusión de una letra para destruir el trabajo del verso. "Idilio" arrastró durante casi un siglo una errata señalada en 1992 por Eduardo Lizalde que Manuel Sol corrige: faltaba la ade "a un tiempo" en el tercer verso: 


A tres leguas de un puerto bullente
que a desbordes y grescas anima,
y al que a un tiempo la gloria y el clima
adornan de palmas la frente... 


El cuarto verso suena extraño en un poeta de oído infalible como Díaz Mirón. ¿No habrá escrito "adornaron de palmas la frente"? Lizalde piensa que no: "adornan de palmas la frente" es un eneasílabo dactílico con acentos en la segunda, quinta y octava sílabas como hay varios en "Idilio" construido con versos de diez, doce, seis y nueve. Así pues, el error debe de estar en el estragado oído actual. Si para Díaz Mirón el sonido que rodeaba lo cotidiano era el de los cascos de los caballos contra las piedras y el de las campanas de las iglesias, nosotros sólo oímos el tránsito, la música ensordecedora, las sirenas policiales y el estruendo de las alarmas.
A cien años de su aparición, Lascas, uno de los libros más estudiados de la poesía mexicana, sigue siendo polémico, ejemplar, estimulante. Ojalá pronto sepamos cómo lo lee la generación del 2000 y qué significa para ella. -





José Emilio Pacheco
Septiembre, 2001




UN PAR DE NOTAS CRÍTICAS SOBRE "INTERINO", LA PRIMERA NOVELA DE JAVIER IRIBARREN



Procuré retomar el ritmo de estudio, por enésima vez, aunque no fue sencillo. Tal vez convenga precisar aquí al lector que aunque no lo parezca el relato avanza, y hacia delante. Las correrías de un opositor no encierran asesinatos junto al lago, leyendas templarias ni secretos vaticanos. Es probable que no haya ni sexo. Auguro que no habrá película. (de "Interino". Javier Iribarren. Ediciones Eunate. Pamplona, 2014).
Pues no, no es cierto. Porque en "Interino" sí que hay película. Javier Iribarren nos presenta una apasionante novela de amor, humor y crítica social, que destapa los padecimientos y hasta los peores instintos humanos ante la lucha diaria por la supervivencia, y cómo esa lucha puede convertirse en una verdadera trampa. Su lectura suscita multitud de interrogantes, pero quizá el principal consista en cuestionar nuestras propias ambiciones: la naturaleza de las mismas y sus efectos, su legitimidad y, en todo caso, su verdadera conveniencia (su oportunidad). Buen punto de partida para una profunda reflexión sobre lo que la sociedad espera de nuestros jóvenes y ellos de la sociedad.
Estamos ante el crudo testimonio del suplicio padecido por esta juventud condenada al fracaso escolar o a discurrir por un eterno laberinto implacable y desesperanzado de estudio, disciplina y pobreza, difícilmente compatibles con la mínima estabilidad física y emocional que cualquier tipo de proyecto vital precisa. Panorama sólo roto por algún que otro escarceo casi siempre condenado al fracaso, bien sea por el extranjero (Londres, en este caso) para intentar buscar salidas y, de paso, aprender o perfeccionar otro idioma; bien por los bosques de una administración efímera, transitoria y provisional. Estudiante, opositor o interino, qué más da: la angustia es extrapolable a cualquier otra situación en que se hallan inmersos los jóvenes de hoy. Y este es el testimonio y esta la odisea: un relato verdaderamente dramático. ¿Cómo que no hay película?  
Y ya, en la perspectiva puramente formal o literaria, nos encontramos con una prosa exenta de experimentos lingüísticos o expresivos o de pretensiones líricas o poéticas, pero rigurosa y eficaz; de hecho, la narración mantiene un ritmo muy bueno con dosis, si no de un suspense hitchcockiano (inapropiado por lo demás para el género), sí de la necesaria tensión para atrapar la atención del lector, aderezada además con  pinceladas -ahí sí- de un lirismo nada pacato (y por tanto acorde con el tono narrativo) pero muy emotivo y salpicado de un humor muchas veces fino e inteligente. La trama está perfectamente estructurada y los personajes acertadamente definidos, lo que unido a ese logrado ritmo hacen de "Interino" una novela muy por encima de la mediocridad a la que  nos tiene acostumbrados el actual mercado literario .
Recomiendo, pues, su lectura: es interesante, emocionante, divertida y motivadora. Pero, además, lo dicho: contiene un vivo testimonio de nuestra época. Bueno, hoy, para la reflexión y, mañana, para el recuerdo aleccionador .


Lecturas hispánicas



¿ACTORES CREADORES? SOBRE EL TERRITORIO DEL ACTOR, DEL AUTOR, DEL ESPECTADOR Y DEL LECTOR (Enrique Díez-Canedo)


Anuncio de un drama con
Frédérick Lemaitre como protagonista


Creación ya no quiere decir creación ex-nihilo; este sustantivo ya no admite el artículo la. Antes, cuando se decía «la creación», todo el mundo, (y perdónese el modestísimo juego de palabras) todo el mundo sabía al instante lo que se quería decir. Hoy es otro artículo el que se le antepone: una creación. Y ya nadie sabe nada de nada. Y mucho menos si se le añade el adjetivo verdadera: una verdadera creación de Fulanita. O el calificativo última: la última creación de la moda. Todos creadores. Todos con el fiat en la punta de la lengua o en la de los dedos. Por culpa, pues, de una palabreja, hemos venido a caer en una serie de equívocos que en nuestro caso podría tomar muy bien la denominación shakespeariana de «comedy of errors».
El gran argumento, «de hecho» (...) está en las vicisitudes de una pieza en que se llevo a cabo no ya una creación sino una «creación inmortal», por el gran actor Frédérick Lemaître.
Se trata de un melodrama, L'Auberge des Adrets, tan olvidado hoy como los nombres de sus autores, Antier, Saint-Amand y Polyanthe, en que se plantó en las tablas un personaje, Robert Macaire, que tuvo fortuna escénica y trascendió más tarde, con Daumier, a la plástica; el propio Lemaître cuenta el suceso:
«La historia de este melodrama siniestro, convertido en bufonada, después de concebido en serio por sus autores, se ha desfigurado de tal suerte que acaso no carezca de interés el relatar los orígenes verdaderos de esa fantasía, que no había de ser sino el prólogo de una comedia llamada diez años más tarde a despertar con tanta fuerza la susceptibilidad de más de un Robert Macaire en elevada situación o de un Bertrand condecorado.
«Cuando terminó la lectura, hecha en el teatro, me salí de allá con desaliento, pensando en el papel de Macaire, que había de ser mi primera creación. ¿Cómo lograr que aceptara el público aquella intriga sombría y tenebrosa, desarrollada en estilo todo lo contrario de académico? ¿Como realizar, sin mover a risa, un personaje groseramente cínico, asesino de carretera, espantoso como el ogro de los cuentos, que llevaba su impudencia hasta rizarse las patillas con un puñal, mientras mordisqueaba un trozo de queso de gruyère?... Una noche, hojeando mi manuscrito, empecé a encontrar bufas todas las situaciones y todas las frases de los papeles de Robert Macaire y Bertrand, si se las tomaba en cómico. Participé a Firmin, mozo de ingenio, que, como yo, no se encontraba a gusto en su papel de Bertrand, la idea extraña, loca, que me había cruzado por la imaginación, y la encontró sublime. Pero había que librarse de proponer la transformación a los autores, persuadidos de que habían hecho otro Cid. Resueltos, sin embargo, a poner en ejecución nuestro plan a toda costa, convinimos Firmin y yo, en complicidad, los efectos que nos proponíamos poner en juego, sin comunicárselo a nadie; y llegada la noche del estreno hicimos una entrada que ni siquiera habíamos apuntado en los ensayos...
«Nada se le escapó a la ávida sagacidad de un público sobreexcitado por espectáculo tan nuevo e imprevisto...» Se acogió a carcajadas el indumento, la gesticulación, las exageraciones, hasta los puntapiés de los personajes confabulados, que representaban a lo grotesco en tanto que los demás prodigaban cándidamente el tono del melodrama. «Mlle. Levesque -cuenta Frédérick Lemaître- puso en el personaje de María, la infortunada esposa de Robert Macaire, la misma convicción que años antes había prestado a su creación de Teresa o la huérfana de Ginebra».
El resultado fue tan brillante como imprevisto. De aquel difunto melodrama salió luego el Robert Macaire en que colaboraron dos de los primitivos autores, que supieron darse cuenta del error, y se pasaron al enemigo con armas y bagajes.
La historia, que en parte he traducido y en parte he condensado, no tiene para mí total valor probatorio. El actor Lemaître lo que hizo fue interpretar el verdadero sentido de la pieza, que se les había escapado a los autores; o, en el mejor caso, hacer de autor e interpretar su concepción propia. Lo contrario dicen que ocurrió en España gracias al ingenio de un autor, no de un comediante, con La venganza de don Mendo, que tanta fama ha llegado a conquistar. Según las crónicas semisecretas, cuchicheadas en los escenarios, La venganza de don Mendo era, en su origen, un drama serio de autor en otro tiempo aplaudido, proveedor de los Guerrero-Mendoza: el académico Juan Antonio Cavestany. No tengo inconveniente en decir el nombre, aquí, entre nosotros, porque tal vez la historia ande ya impresa, y porque, en todo caso, puede aceptarse como simple murmuración. Andaban los cómicos un tanto remisos, previendo un fracaso, cuando Pedro Muñoz Seca vino a conocer la obra y pensó que alterando un poco los versos y cambiando los «pezzi di bravura» en tiradas chistosas, conservando los efectos dramáticos, podría obtenerse un resultado magnífico. Y así fue. Estrenada como farsa y parodia de un género, con el nombre de Muñoz Seca, vino a ser uno de sus grandes éxitos. Ahora bien: años más tarde, el propio Muñoz Seca, vino a estrenar con ostentación otro drama, La raya negra, que, con el mismo tratamiento, no habría dejado de ser otra obra maestra de comicidad. Pero el autor lo tomaba en serio y entre los cómicos no hubo uno con la perspicacia de un Frédérick Lemaître... o de un Muñoz Seca en el otro momento... y los anales del teatro en Madrid no registran en muchos años caída más espantosa que la de La raya negra. Allí no hubo creación, sino «la fin del mundo».
Pero me aparto de mi camino, que era el de discutir, entre arte y oficio, cuál es la categoría del arte del comediante. Nadie puede negar que, por virtud del comediante, ha percibido, en las obras teatrales, bellezas maravillosas; pero, en mi opinión, tales bellezas son distintas de las que la obra encierra, visibles para todos en la simple lectura. Me refiero, claro esta, a las obras maestras, o, sencillamente, a las que tienen determinado y verdadero valor literario; es decir, a las que viven independientemente de la representación. Interpretando éstas, el actor o la actriz realizan su obra artística personal con un margen amplísimo, con una variedad de efectos tan grande como pueda ser el número de los intérpretes y de las representaciones. Me explicaré.
Yo leo el monólogo de Hamlet, y experimento una determinada impresión al saborear los versos maravillosos: To be or not to be... Pero acudo a una representación del Hamlet y a mi experiencia personal voy añadiendo otras. Veo a Zacconi, por ejemplo, rubicundo, corpulento, ancho para su altura, con largos bigotes caídos, sentarse en un sitial e ir declamando los conceptos de Shakespeare como si se le desmenuzaran entre los dedos; veo a Sarah Bernhardt, grácil, con su rostro pálido de Hamlet lampiño, inmóvil hacia el fondo de la escena, con un brazo en alto, cogido a la parte alta de una cortina, ensimismada, modulando su voz de oro; veo a tal comediante español, he olvidado su nombre, adelantándose al proscenio para consultarle al público las dudas de Hamlet en tal tono que parece imposible no escuchar, en traslado del ser o no ser con que el monólogo se inicia,  una expresión chulesca: o semos o no semos: ustedes, ¿qué me aconsejan? El mismo trozo dramático, el monólogo inmortal, me hace pasar así, cuando lo veo interpretado, por una serie de emociones ausentes de mi espíritu cuando lo leo y que pueden tocar en lo sublime o dar de lleno en lo ridículo. Todo ese territorio es el propio del comediante.
Mas ¿no puede el arte de éste sacar partido de lo que no tiene sustancia propia? Ya hemos visto que sí, en el ejemplo analizado de Robert Macaire; y nuestra experiencia personal, por corta que sea, puede acumular ejemplos. Si vamos al teatro todos los días, no hemos de hacernos ilusiones: hemos visto una serie de obras teatrales que nos han entretenido más o menos, pero en las cuales apenas hemos hallado otra cosa que la gracia o la fuerza de expresión de un comediante; la armonía, harto menos frecuente, de un conjunto; la presentación escénica, tal vez ingeniosa: pero si leemos la comedia o el drama, no encontramos en la letra escrita nada de lo que nos divirtió o sedujo. Luego aquí, se dirá, el comediante crea; hace algo de lo que nada es. Concedido. Pero cabalmente la cualidad de ese algo es lo que distingue la obra del artista.


Enrique DÍEZ-CANEDO
El teatro y sus enemigos,
Ed. La casa de México, 
Méjico, 1939



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Acceder a la obra completa
y debidamente anotada
en Biblioteca Virtual Miguel Cervantes


LECTURAS HISPÁNICAS PUBLICA: "NERÓN. SU VIDA Y SU MUERTE"



El clamoroso éxito de la novela histórica en las últimas décadas no ha tenido reflejo en un mayor acercamiento del público a las fuentes originales. Obedece esto, seguramente, al temor de encontrarnos con textos complejos y soporíferos y a motivos comerciales que acechan al lector con libros de moda mientras que para llegar a los clásicos ha de ser este quien deba encontrarlos, a menudo en los más sombríos rincones de muy escasas librerías.
Sin embargo, serían muchos quienes se sorprenderían al comprobar que las fuentes suelen presentar una lectura más ágil y amena que la gran mayoría de best-sellers que, precisamente, en busca de un supuesto lenguaje arcaíco que los haga más creíbles, caen justo en la expresión alambicada, retorcida y alejada no tanto del tiempo que pretenden recrear (que también) como de la percepción y sensibilidad humanas; una y otra inalterables en el tiempo y el espacio. 
De modo que, frecuentemente, nos resulta más cercana la voz del propio Séneca en sus diálogos que la que una Cleopatra de ficción imposta en algunas novelas históricas. 
La misma frescura que en Séneca encontramos en Tácito o en Suetonio. Y eso es lo que el lector medio podrá experimentar con el Nerón que presentamos: una lectura sencilla, ágil y amena.
Pero vamos ya con nuestro particular César. ¿Quién no ha oído hablar de Nerón, de sus excentricidades, sus fobias, sus crímenes y sus orgías; de la tenebrosa e incestuosa relación con su madre, Agripina, a la que acabará asesinando; de sus tres mujeres, Octavia, Popea y Mesalina y los violentos finales de cada una de ellas; de las relaciones con sus siervos, criados y amantes; de su correrías por Roma y sus crueles atrocidades; sus composiciones musicales y sus propias e insufribles interpretaciones; del incendio de Roma, la cruel matanza de cristianos y el colosal proyecto de su dorado palacio, su famosa domus áurea; o del triste destino de muchos afamados miembros de su séquito; de los provocados suicidios de Séneca, Anneo Lucano o Petronio… o, en fin, de su propia muerte? 
Tres son las fuentes principales de las que se nutren las mejores biografías de Nerón. La principal, Tácito. El más riguroso, el implacable, en palabras de Victor Hugo, el historiador por antonomasia. Le seguirá Suetonio, más efectista y sensacionalista. Y, por último, Dion Casio, quizá demasiado alejado ya de la época, pues mientras Tácito y Suetonio escriben a medio siglo los hechos que narran, Dion Casio lo hará siglo y medio más tarde. Leer en todo caso a cualquiera de ellos constituye una experiencia inolvidable porque los tres consiguen trasladarnos a aquel mundo, revivirlo, contemplarlo y comprender, asombrados, que la naturaleza humana varía muy poco en el espacio y en el tiempo. 
Tentadora resulta además la comparacion entre aquella época y la nuestra, ambas de agudas crisis y de disolución de antiguos (o viejos, según se mire) valores, en las que aflora lo mejor y lo peor del alma humana, sorprendiéndonos también de nosotros mismos por nuestra profunda capacidad de adaptación tanto a los contextos que nos son más ajenos como a las circunstancias más extremas. 
En cuanto a las traducciones, en el caso de Tácito, hemos optado por la más clásica, y seguramente la más leída de aquellas: la de Carlos Coloma, tercero de los traductores españoles de los Anales y con mucho más éxito que las de Manuel Sueyro o la de Álamos de Barrientos, que apenas fueron reeditadas. Y en lo que a la muerte de Nerón se refiere, al no habernos llegado completa la obra de Tácito, hemos completado dicha laguna recurriendo a las Vidas de los doce césares de Suetonio, que la trata con detalle en sus últimos capítulos. Aquí nos hemos limitado a una versión actualizada por nuestra propia mano de la entrañable traducción de Jaime Bartolomé. 
Referente a las notas a pie de página, conservamos las originales del propio Carlos Coloma, precedidas todas ellas de un asterisco (*), a las que añadimos las nuestras.
Y a la manera de una introducción a Tácito, nos ha parecido oportuno anteponer la reflexión (artístico-literaria, más que científica) que sobre Tácito hace nada menos que el genial Víctor Hugo en su grandioso ensayo sobre Shakespeare. 
Finalmente, esperamos haber cumplido nuestro objetivo, como siempre meramente divulgativo, presentando al lector no versado en los clásicos las dos fuentes principales que sobre la vida y muerte de Nerón han llegado a nuestros días. Si, tras la lectura, dicho lector adquiere una idea de la figura de Nerón y de su época, nos daremos por satisfechos. Si, además, pasa de nuestra edición a otra de carácter científico de las muchas y buenas que abundan en el mercado, en tal caso habremos visto colmadas nuestras mejores expectativas. 


lecturas-hispanicas.com




Tácito y Suetonio
Traducción: Carlos Coloma de Saa
Lecturas hispánicas, 2014


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Ver selección de textos


FRANCISCO ACEBAL Y "AIRES DE MAR" (Andrés González-Blanco)



En novela, cuando entró el realismo, entró con el empuje robusto de Balzac, cuya sombra gigantesca se proyecta sobre toda la obra de Galdós, o más tarde, con la violencia áspera de Zola reflejada en Blasco Ibañez. Fue preciso que viniese un artista nuevo, contrario a esta literatura de experimentación, de alcoba o de clínica, trasudando pachulí o ácido fénico. Esa literatura malsana -que diría D. Pompeyo Gener- nos había intentado convencer de que el mundo es una inmensa sala de hospital. No lo es, no: aunque, infortunadamente, no sea tampoco una luminosa estancia del Edén. Así lo ha comprendido Acebal; por eso sin incurrir en el candoroso y retrasado idealismo de los Feuillet y Alarcón, tuvo tino suficiente para no atascarse en la ciénaga de ´La Terre`. Guardó para reproducirlos sus más preciosas versiones de vidas humildes, de idilios callados, de todas esas cosas tan escondidas como el polvo y tan brillantes como el cielo.
Siguió los pasos de esas muchachas que anidan en las callejuelas de las viejas ciudades castellanas, como alegres golondrinas en torre sombría de catedral; nos cantó sus pequeñas pasiones y sus hermosos sueños, sus tristezas y sus dolores mansos ahogados en lágrimas. Con estos materiales formó su primera novela ´Aires de mar`, más admirable por lo que deja entender que por lo que expresa. Pensad que ingente capacidad artística supo penetrar en esas almas casi muertas en la abrumadora pesantez del medio circundante, y que un día resucitan a la luz; pensad que delicadeza de intuición implica; pensad que enorme cantidad de energía desarrollada presuponen; pensad, sobre todo, lo que vale una obra de este género por lo que oculta.
Ved, por ejemplo, la gran fuerza de observación que requiere haber podido comprender las sombrías audacias evocadas a veces en esos espíritus apacibles de mujer por un desengaño. Esos espíritus sienten, cuando una resolución les hiere, extrañas rebeldías, en ellos inconcebibles; después reaccionan, comúnmente por una crisis de lágrimas. Acebal comprendió ese estado del alma común en las almas vírgenes, prendadas de un sueño, que rompen en llanto al sentirse desgarradas las alas. Y puso en boca de Araceli, la heroína de "Aires de mar`, cuatro palabras que son un alma entera, y toda una vida. ¿Qué importa en estos momentos de intensidad dramática la corrección de la frase? ¿Qué importa el lenguaje castizo o caprichoso, de diccionario o de salón? Lo verdaderamente sublime entonces es el corazón que se siente latir bajo las letras impresas.
En ´Aires de mar`se reveló un espíritu profundamente inquieto y, por lo tanto, profundamente lírico. Como gran lírico que era, Acebal llegó en su novela a dos conclusiones consoladoras que a algunos parecerán desesperantes: que la vida está tejida por las hadas madrinas de la miseria y del sufrimiento, y que sin estos dos acicates que espolean la vida, ésta no tendría valor alguno. Conclusión sedante y litificante, como que infunde una resignada y melancólica placidez; conclusión a que había llegado uno de los mejores poetas franceses de la actualidad, Francisco Vielé-Griffin, cuando cantaba:

Que toute chose est triste
Et triste aussi l´amour


"Aires de mar" es -y no temo engañarme al decir esto- la primera novela de las vidas humildes que en España se ha escrito. 



Andrés González-Blanco
Francisco Acebal y "Aires del mar"
( Historia de la novela en España.
Desde el romanticismo a nuestros días, 1909)





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GARCÍA MÁRQUEZ O LA VIGILIA DENTRO DEL SUEÑO (Mario Benedetti)

“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”. Así empieza Cien años de soledad, la novela de Gabriel García Márquez que integra, desde ahora (con Rayuela, de Cortázar, y La casa verde, de Vargas Llosa), el tríptico más creador de la última narrativa hispanoamericana. Al igual que el coronel Aureliano Buendía, también García Márquez fue a conocer el hielo, por supuesto no el témpano textual, sino el de las leyendas de la infancia, ese que hizo que confesara a Luis Harss : “Se me están enfriando los mitos”[1]. Afortunadamente, más o menos por la misma época de esa confesión, decidió reanimarlos, volverlos a la vida, mediante el simple recurso de acercarles un poco de delirio.
         Gabriel García Márquez nació en Aracataca, el 6 de marzo de 1928. En 1955, cuando publicó su primera novela La hojarasca, ya era conocido por su cuento Un día después del sábado, que obtuviera el primer premio en el concurso de cuentos convocado por la Asociación de Escritores y Artistas de su país. La novela, que desde el primer momento tuvo buena acogida de la crítica, sólo en 1960, al ser publicada por la Organización Internacional de los Festivales del Libro, se convirtió en un best-seller (en Colombia se vendieron treinta mil ejemplares). En 1961, publicó una segunda novela, El coronel no tiene quien le escriba; en 1962, un volumen de notables cuentos, Los funerales de la Mamá Grande, y en 1963 una nueva novela, La mala hora, publicada en España por una editorial que, probablemente con el afán de anticiparse a la censura, “se permitió libertades que sacaron de quicio al novelista y motivaron las enérgicas protestas de quien ya no se reconocía en la criaturas” [2].
         Casi todos los relatos de García Márquez transcurren en Macondo, un pueblo prototípico, tan inexistente como el faulkneriano condado de Yoknapatawpha o la Santa María de nuestro Onetti, y sin embargo tan profundamente genuino como uno y otra. No obstante, de esos tres puntos claves de la geografía literaria americana, tal vez sea Macondo el que mejor se imbrica en un paisaje verosímil, en un alrededor de cosas poco menos que tangibles, en un aire que huele inevitable­mente a realidad; no, por supuesto, a la literal, foto­gráfica, sino a la realidad más honda, casi abismal, que sirve para otorgar definitivo sentido a la primera y embustera versión que suelen proponer las apariencias. En Yoknapatawpha y en Santa María las cosas son meras referencias, a lo sumo cándidos semáforos que regulan el tránsito de los complejos personajes; en Ma­condo, por el contrario, son prolongaciones, excrecen­cias, involuntarios anexos de cada ser en particular. El paraguas o el reloj del coronel (en El coronel no tiene quien le escriba), las bolas de billar robadas por Dámaso (en En este pueblo no hay ladrones), la jaula de turpiales construida por Baltazar (en La prodigiosa tarde de Baltazar), los pájaros muertos que asustan a la viuda Rebeca (en Un día después del sábado), el clarinete de Pastor (en La mala hora), la bailarina a cuerda (enLa hojarasca), pueden ser obviamente to­mados como símbolos, pero son mucho más que eso: son instancias de vida, datos de la conciencia, repro­ches o socorros dinámicos, casi siempre testigos impla­cables.
         Por otra parte, el novelista crea elementos de nivelación (el calor, la lluvia) para emparejar o medir seres y cosas. (Por lo menos el primero de esos rasgos ha sido bien estudiado por Ernesto Volkening [3]. En La hojarasca, en El coronel, en alguno de los cuentos, el calor aparece como un caldo de cultivo para la violencia; la lluvia, como un obligado aplazamiento del destino. Pero calor y lluvia sirven para inmovilizar una miseria viscosa, fantasmal, reverberante. El calor, especialmente, hace que los personajes se muevan con lentitud, con pesadez. Por objetiva que resulte la actitud del narrador, hay situaciones que, reclutadas fuera de Macondo o quizá del trópico, se volverían inmediata­mente explosivas; en el pueblo inventado por García Márquez son reprimidas por la canícula. (Quizá valdría la pena comparar el machismo urgente de las novelas mexicanas con el machismo sobrio de García Márquez). Claro que, entonces, la parsimonia de esas criaturas pasa a. tener un valor alucinante, un aura de delirio, algo así como una escena de arrebato proyectada en cámara lenta.
         Es así que pocos relatos de García Márquez incluyen escenas de violencia desatada. Colombia es el. país latinoamericano donde, en obediencia a la vieja ley de la oferta y la demanda, se han escrito más tratados sobre la violencia (hasta un sacerdote, Germán Guzmán Campos, es coautor de un libro sobre el tema) ; en un medio así, la economía de ímpetus que aparecen en estos cuentos y novelas, puede parecer inexplicable. La verdad es, sin embargo, que la violencia queda registrada, aunque de una manera muy peculiar. Ya sea como cicatriz del pasado o como amenaza del futuro, la violencia está siempre agazapada bajo la paz armada de Macondo. En estos relatos, el presente (que sirve de soporte a una impecable técnica del punto de vista) es un mero interludio entre dos violencias.
         En La hojarasca, por ejemplo, lo actual es la lenta asunción de un cadáver, los morosos prolegómenos de su entierro; sin embargo, el pasado del médico suicida está sembrado de conminaciones, de condenas públicas, de infiernos privados, y la trayectoria del ataúd, que “queda flotando en la claridad, como si llevaran a sepultar un navío muerto”, no es por cierto más segura. En El coronel, ese viejo matrimonio que se va hundiendo en la miseria y que diariamente hace el patético escrutinio de sus negociables pertenencias, registra una devastación de su pasado (el hijo fue acribillado en la gallera, por distribuir información clandestina) y la última línea de la novela está ocupada por una rutilante palabrota que abre la puerta a nuevos estragos. Pero entre uno y otro extremo sólo existe, bordeada por el calor y la lluvia, una calma eléctrica, amenazada, tensa, húmeda. Aun el gallo, que es de riña (es decir, de violencia), heredado del hijo muerto, es no sólo un símbolo, sino un ejecutante de ese destino, pero habrá de ejercerlo una vez que termine la novela, cuan­do llegue la estación de las riñas; mientras tanto, es apenas un testigo.
         No es, sin embargo, casual que, en el país de la violencia, los relatos de García Márquez transcurran por lo general en las escasas treguas. Tal vez ello muestre, por parte del novelista, la voluntad de obligarse a ser lúcido en una región donde cl hervor y el arrebato han instaurado un nuevo nivel de expiaciones y una nueva ley que no es necesariamente ciega. García Márquez no es un escritor de obvio mensaje político; su compro­miso es más sutil. Acaso por eso elija las treguas: por­que esos lapsos son probablemente los únicos en que la mirada del colombiano tiene ocasión de detenerse sobre los hechos escuetos, sobre la sangre ya seca, sobre la angustia siempre abierta. Sólo durante las treguas es posible llevar a cabo el balance de los estallidos. García Márquez no intenta extraer consecuencias históricas, políticas o sociológicas; se limita a mostrar como son los colombianos (al menos, los hipotéticos colombianos de Macondo) entre uno y otro fragor, entre una y otra redada letal. El balance se hace espontáneamente, mediante las duras compensaciones de la vida que vuelve a transcurrir. Durante esas paces precarias, el coronel (que “no tiene quien le escriba” acerca de la pensión que reclama como ex-combatiente de la guerra de los mil días) reinicia su espera infructuosa, vuelve a sumergirse en su incurable optimismo, reactualiza el parco amor que lo une a su mujer. No obstante, en la última línea reasume su belicoso desencanto, pronuncia la agre­siva palabrota como una forma de sentirse vivo.
         Algunos de los cuentos que integran el volumen Los funerales de la Mamá Grande pueden contarse entre las muestras más perfectas que ha dado el género en América Latina. La siesta del martes, La prodigiosa tarde de Baltazar, Un día después del sábado, y el que da título al libro (formidable empresa en la que García Márquez usa el estilo y los lugares comunes de la glo­rificación, precisamente para destruir un mito), son re­latos de una concisión admirable y sobre todo de un excepcional equilibrio artístico. Volkening ha reconocido con acierto el carácter fragmentario de estos cuentos, pero tengo la impresión de que se equivoca al atribuir ese carácter a la “visión de un mundo inconcluso” [4]. La verdad es que, pese a tal fragmentarismo, García Márquez no pierde nunca de vista las claves y el sentido que el conjunto le otorga. Habría que decir que, en su caso particular, los árboles no le impiden ver el bosque. Por cierto me parece más atinada la observación de Angel Rama: “El sistema fragmentario le ha servido justamente para componer los diversos paneles de tal modo que en el esfuerzo del lector por rearmar el cuadro, estableciendo las vinculaciones no dichas, sólo sugeridas, cobre existencia autónoma la obra revelándose el sentido último de la creación. A pesar de que estamos ante un determinisino social muy acusado, esta obra convoca la libertad del lector, la hace posible por su participación creadora”[5].
         Precisamente es en La hojarasca donde esa tesis empieza a comprobarse, no ya mediante el cotejo, con otros relatos, sino dentro del sistema contrapuntístico usado en la propia novela. Frente al cadáver del médico francés que se ha ahorcado, tres personajes (que son además tres generaciones: el abuelo, la hija, el nieto) piensan por turno acerca del suicida o de sí mismos, barajan imágenes y recuerdos, enfocan doble o triple­mente algún hecho único, singular. El tiempo externo de la novela es aproximadamente una hora; pero en cambio es enorme el lapso abarcado por el tríptico mne­mónico. También aquí la construcción se hace en base a fragmentos, pero (a diferencia de lo que acontecerá con los cuentos) el todo está a la vista, rompe los ojos. En La hojarasca, García Márquez todavía no tiene la mano segura que escribirá los mejores cuentos y El coronel. Todavía se nota demasiado el implacable trazado de zonas, la excesiva preocupación por los cruces peripécicos, cierta intención de distanciamiento que, en algunos capítulos, desvitaliza a los personajes. Aun con tales descuentos, no deben ser muchos los escritores latinoamericanos que hayan inaugurado su carrera lite­raria con un libro tan bien estructurado, tan austera­mente escrito y tan artísticamente válido.
         Luego vendrá El coronel no tiene quien le escriba, un relato en tercera persona que transcurre casi en lí­nea recta. La sobriedad expositiva es llevada al máximo; el narrador, que se prohibe hasta los menores lujos verbales, contrae (y cumple) la obligación de no tomar partido por los personajes, y de exponer diversas (aun­que no todas) etapas del expediente a fin de que el lector use su propia imaginación para crear los complementos y extraer luego sus conclusiones. La novela tiene un ritmo tan peculiar que, sin él, la historia per­dería gran parte de la fascinación que ejerce sobre el lector. Para contar esas incesantes idas y venidas del coronel (del usurero al sastre, del correo al abogado, del médico al sacerdote, y siempre regresando donde su mujer y su gallo), para relatar ese tránsito cansino pero sostenido, es imposible imaginar otra prosa que no sea ésta, sustancial, despojada, precisa, sin un adje­tivo de más ni una verdad de menos.
         En La mala hora, la violencia es una presencia agazapada. Todas las mañanas, las paredes del pueblo aparecen con pasquines que revelan detalles ignominiosos de la vida del pueblo. Pero también es una presencia literal.“Usted no sabe”, le dice el peluquero, a Arcadio, el juez, “lo que es levantarse todas las mañanas con la seguridad de que lo matarán a uno, y que pasen diez años sin que lo maten”. “No lo sé”, contesta Arcadio, “ni quiero saberlo”.Pero en La mala hora, el crimen es algo más que un recuerdo. Ya en sus comienzos, César Montero oye el clarinete de Pastor, que trae a su mujer el recuerdo de la letra: “Me quedaré en tu sueño hasta la muerte”. Y en realidad se queda, porque Montero sale y lo mata de un tiro de escopeta.
         Los personajes de La mala hora constituyen suerte de coro, una mala una conciencia plural que con vierte al pueblo en una gran olla de rencor. Los adul­terios, las estafas, los resentimientos, ceban la muerte, pero también encarnizan la acusación anónima. “Quie­ro que pongas el naipe”, dice el alcalde a Casandra, la templada adivina del circo, “a ver si puede saberse quién es el de estas vainas”. Ella calcula bien las con­secuencias, antes de echar las cartas q interpretarlas con precisa lucidez: “Es todo el pueblo y no es nadie”. La novela no llega al nivel de El coronel, quizá porque García Márquez se pasa aquí de austero. Los personajes son lacónicos, la trama es ambigua, el hilo anecdótico es mínimo, los personajes son vistos casi siempre desde fuera. El autor sortea casi todos esos riesgos, pero de a ratos la novela parece inmovilizarse, no dar más de sí. Al contrario de lo que sucede con Un día después del sábado, que parece un cuento con tema de novela, La mala hora podría ser una novela con tema de cuento.
         Llegados a este punto, sin embargo, habrán de caerse todos los peros. La más reciente novela de García Márquez, Cien años de soledad, es una empresa que en su mero planteo parece algo imposible y que sin embargo en su realización es sencillamente una obra maestra. “Las cosas tienen vida propia”, pregona el gitano Melquiades en su primera irrupción, “todo es cuestión de despertarles el ánima”. No otra cosa hace García Márquez, que en un largo arranque que tiene mucho de vertiginosa, incontenible inspiración [6], pero también mucho de tenaz elaboración previa, despierta no sólo a las cosas y a los seres, sino también a los fantasmas de unas y otros.
         Todos los libros anteriores, aun los más notables (como Los funerales de la Mamá Grande y El coronel no tiene quien le escriba), se convierten ahora en un intermitente borrador de esta novela excepcional, en la trama de datos más o menos verosímiles que ser­virán de trampolín para el gran salto imaginativo. Apa­rentemente cada uno de los libros anteriores fue un fragmento de la historia de Macondo (aun los relatos que no transcurren en ese pueblo, se refieren a él e integran su mundo) y éste de ahora es la historia to­tal. Pero esta historia total abre puertas y ventanas, elimina diques y fronteras. Siempre se trata de Ma­condo, claro, y ese pueblo mítico, aun en los libros anteriores, fue quizá una imagen de Colombia toda; pero ahora Macondo es aproximadamente América Latina; es tentativamente el mundo. Asimismo, la novela es la historia de los Buendía, pero también del Hom­bre, que lleva no cien sino miles de años de soledad. A través de un siglo, los personajes van entregando y recogiendo nombres como postas, y los Aurelianos y los Arcadios, las Ursulas y las Amarantas, se suceden como cielos lunares.
         Claro que, en definitiva, lo que menos importa es la alegoría. Cien años de soledad es sobre todo (anun­ciémoslo sin vergüenza y con orgullo) una novela de lectura plenamente disfrutable. Y eso en todos sus niveles: en el de la anécdota, que es sorpresiva, nove­dosa, incalculable; en el del lenguaje, que es terso, claro, sin anfractuosidades; en el de la estructura, que es imponente y sin embargo no hace pesar su descomunalidad; en el de su buen humor, verdadero armis­ticio de estas criaturas longevas, alarmantes y contra­dictorias; en el de su simbología, ya que aquí hay señas y contraseñas para todas las lupas; y por último, en el de su espléndida libertad creadora, ya que en esta novela de realidades y de ensoñaciones, el legado surrealista vuelve por sus fueros e impregna de gloriosa juventud, de imaginativa dispensa, de aptitud sortílega, de cautivante diversión, un contexto como el colombiano, cuya acrimonia, ira y desecación (al menos en su literatura) son proverbiales.
         Si tuviera que elegir una sola palabra para dar el tono de esta novela, creo que esa palabra sería: aven­tura. La aventura invade la peripecia y el estilo, el paisaje y el tiempo, la mente y el corazón de personajes y lectores. El autor aparece como un mero instigador de tanta disponibilidad aventurera como posee la historia, como propone la geografía, como tolera la nosomántica. Incluso el elemento fantástico está prodigiosamente imbricado en esa trabazón aventurera. Asistimos con el mismo desvelo a la (muy verosímil), doble vida sentimental de Aureliano Segundo, que a la subida al cielo en cuerpo y alma de la bella Remedios Buendía. Todo, lo creíble y lo increíble, está nivelado en la obra gracias a su condición aventurera. El azar cae del cielo tan naturalmente como la lluvia, pero no hay que olvidar que una sola lluvia macondiana dura cuatro años, once meses y dos días.
         Allá por su cuento (tan difundido en antologías) Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo, García Márquez hablaba del “dinamismo interior de la tormenta”. Pues bien, en Cien años de soledad ese dina­mismo por fin se exterioriza, y arrolla con todo: los techos, las paredes, la razón, los pronósticos. La nueva novela tiene numerosas referencias a personajes de las otras instancias de Macondo que figuran en La hoja­rasca, en Los funerales, en El coronel, en La mala hora, pero basta comparar la austera credibilidad de aquellas figuras con la desembarazada, casi loca articulación que ahora mueve a los mismos personajes, para advertir que si el Macondo de los otros libros transcurría a ras de suelo, éste de ahora transcurre a ras de sueño. Los ojos abiertos que, tácitamente, el novelista reclama del lector, son en cierto modo los de una vigilia dentro del sueño. Por algo, la más famosa enfermedad que atraviesa el libro, es la peste del insomnio. ¿Dónde es permitido mantenerse inexorablemente despierto? ¿en qué región que no sea la del sueño es posible la vigilia total, inacabable? Justamente, varios de los pasajes más notables de la obra (por ejemplo, la posesión de Amaranta Ursula por el último Aureliano) son aquellos en que las cosas acontecen no exactamente como en la embridada realidad, sino como suelen transcurrir en la dimensión imprevisible de los sueños, cuando el incons­ciente aparta por fin todas las convenciones y prójimos que molestan, todos los códigos, rituales y miradas que impiden el cumplimiento de los deseos más raigales. “En el fragor del encarnizado y ceremonioso forcejeo, Amaranta Ursula comprendió que la meticulosidad de su silencio era tan irracional, que habría podido des­pertar las sospechas del marido contiguo, mucho más que los estrépitos de guerra que trataban de evitar”. Sí, Amaranta Ursula lo comprende, y evidentemente se trata de uno de esos lúcidos alcances que sobrevienen dentro del sueño, porque un silencio así, tan compacto, tan fragante, tan fértil, entre dos que hacen peleada y furiosamente el amor, puede sobrevenir, en el plano de la mera comprensión, como un deseo que tiene con­ciencia de las distancias; pero sólo puede realizarse en esa desenvoltura, inmune y resuelta, que crea el en­sueño.
         En una dimensión así, donde todo parece levemente distorsionado pero no irreal, cada premonición ocurre como vislumbre, cada palabrota suena como un canon, cada muerte viene a ser un tránsito deliberado. Quizá ahí esté el más recóndito significado de estos pavorosos, desalados, mágicos, sorprendentes Cien años de soledad. Porque la verdad es que nunca se está tan solo como en el sueño.

Mario Benedetti,

Letras del continente mestizo - Arca, 1972 (1967)
Extraído de literatura.us





Notas

[1] Luis Harss: Los nuestros, Buenos Aires, 1966.
[2] Así informó la revista Eco, Bogotá, N° 40, agosto 1963.
[3] Ernesto Volkening: Gabriel García Márquez o el trópico desembrujado, en revistaEco, Bogotá, N° 40, agosto 1963.
[4] Art. cit.
[5] Angel Rama: García Márquez: la violencia ame­na, en semanario Marcha, Montevideo, N° 1201, 17 de abril Montevideo, N° 1201, 17 de abril de 1964.
[6] Según cuenta Luis Harss (ver nota 1), García Márquez le escribió en noviembre de 1985: “Estoy loco de felicidad. Después de cinco años de esterilidad abso­luta, este libro está saliendo como un chorro, sin problemas de palabras”.




CENSURA SOBRE LOS "ANALES" DE C.C. TÁCITO (Anónimo)



Cursando en Salamanca muchos años ha dos caballeros que solemnizaban en mi casa con mucha risa cierto lugar de Cornelio Tácito, preguntándoles yo el pensamiento, me dieron de mano, diciendo: Señor, no [es] esto para todos. Con la misma ponderación y secreto habla de este Autor, el más prudente, y el que mejor lo entiende. Esta emulación fue principio, para que yo, poco a poco, y a ratos perdidos en la ociosidad de Roma, acabase de traducir los Anales e Historia con los ritos y costumbres de la Germania, y vida de Julio Agrícola, yerno del mismo Cornelio Tácito. Mi intento fue pasar el tiempo en este trabajo, sin que ninguno lo supiese; pero no siendo posible, luego se divulgó que yo había traducido a Cornelio Tácito en castellano, corriendo voz próspera, y adversa, como sucede en todas las acciones humanas. Los amigos han deseado ver impresa esta traducción y yo algún día me lo he puesto a pensar, pero llegando a la resolución, aunque este Autor es bien celebrado de los mejores ingenios; y Plinio lo alabe, diciendo que tuvo don del cielo, para escribir cosas dignas de ser leídas; y Thomas Sertino afirme, que ningún historiador llegó al Tácito, por la similitud de su historia con la de nuestros tiempos, y experiencia de Corte y costumbres de Príncipes; y Andrés Alciato diga que todos los otros escritores cansan y que este inflama; y Justo Lipsio lo llame huerto y seminario de preceptos, encargando a los Príncipes y Consejeros que sigan a este Capitán de prudencia y sabiduría; con todo, midiendo el propio afecto con la utilidad común, conformándome con la opinión más sana del Cardenal César Baronio, el P. Pedro de Riva de Neyra, del P. Antonio Possevino, de la Compañía de Jesús, y juntamente con Tertuliano, y el Doctor Pedro Canneheiro, que lo reprueban de impío y mentiroso, diciendo que no lo debe seguir algún cristiano, alabándolo de obscuro y que lo mejor que tiene es lo que alcancen pocos, no hallo razón para pensar, que convenga imprimirlo en español; siendo mi opinión que cuanto puede ser provechoso para aquellos pocos, que con discreción lo entienden en su original, tanto vendrá a ser dañoso, si corre en nuestro vulgar por manos de ambos sexos de todas edades y estados.
Perseverando pues, en este acuerdo, no dudando que en España habrá habido otros ingenios que habrán trabajado, o al menos intentado, la misma traducción, y que no habrán tratado de la impresión por los mismos respetos que yo, he entendido que el consejo ha remitido la censura de cierta traducción al Padre Juan Luis de la Cerda, de la Compañía de Jesús, para que determine, si será conveniente, que se impriman en Castellano; y aunque en tan grande Religión la sinceridad española no tiene que temer la corrupción, no puedo dejar de decir que no me han maravillado tanto las monstruosidades que he leído en este libro, por haber sucedido en aquellos tiempos de tinieblas, como me ha causado estupor saber que en estos de luz, y en España, propia casa del sol sea menester considerar si conviene imprimir a Cornelio Tácito en nuestro vulgar. 
Pero como yo me podrí­a engañar, me pareció recoger algunos motivos, para consultarlo mejor, hallándome en alguna manera obligado, principalmente en esta ocasión, por el tiempo que he gastado en retratar este Autor, al cual así como escribió con prudencia y agudeza, y ha menester estas dos propiedades quien lo hubiere de leer, como dice Lipsio, mí­ me parece que careciendo el vulgo comúnmente de estas dos cosas, contentándose más los hombres prudentes de leerlo en su original, podrí­a ser que resultara en daño universal, porque como dice Cornelio Tácito de Augusto, que con fin de tachar y condenar a Tiberio de vicioso (por la gloria que de la comparación de tal sucesor le podrí­a resultar), había escusado en las muestras sus costumbres en Senado, así­ al contrario de este Autor, me atraerí­a a afirmar, que por no parecer impí­o y cruel nos da a entender que el condena a Tiberio, siendo su fin excusarlo y hacerlo digno de imitar. Pero tomando el agua algo de lejos, muy al contrario de muchos, me persuade lo que he podido colegir de este Autor, porque si bien habló con impiedad en muchas cosas y hubiera hecho mejor en sepultarlas en silencio, o a lo menos pudiera excusar escribir tan por "menudo las circunstancias, a mi me parece, que no nos representó los vicios y torpezas de que trata, para que lo abracemos, sino para que nos guardemos, no para nuestro daño, sino para nuestra conservación, como diestro médico, que con un veneno cura otro veneno; y dado que no tuviese tal intento el Autor, no ay duda, sino que ha menester presuponerlo el lector, sabiendo diferenciar los tiempos, y conocer las causas, par no errar en juzgarlos y enjuiciar los efectos. 
Pues dejando aparte, que Cornelio Tácito como gentil fue enemigo del nombre cristiano y que habló de Cristo Nuestro Redentor como vil idólatra y que mintió en algunas verdades de la Sagrada Escritura, porque esto se podí­a cuitar con no imprimirlo, no se puede negar, sino que procuró descubrir las costumbres y conciencias de los Prí­ncipes con odio particular, mostrando que las más veces en sus pasiones suelen ser peores que plebeyos, tanto por ser así­ verdad algunas veces como porque el amor que siempre le tira de la libertad de la patria le mueve a hacer odioso el Imperio de uno solo, y mucho más el nombre Real. Y aunque él más se justifique al principio de sus Anales, diciendo que escribe libre de odio y de afición, no hay duda, sino que se apasionó mucho en algunas cosas y se puede ver en el modo con que habló de Germánico, comparándolo con Alejandro, sólo porque tení­a ánimo de libertad. 
Engrandece con notable artificio la prudencia, las fuerzas y el valor de los Romanos sobre todas las naciones del mundo; enseña cómo se ha de vivir en tiempos calamitosos quedando la servidumbre tiene la cerviz rendida al fiero golpe del Tirano. Alaba los rastros de libertad, que permanecieron en los ánimos de algunos varones ilustres, como en gloriosos sepulcros de la primera República, estimando en más la paciencia y prudencia de aquellos, que con disimulación y constancia sufren la tiranía de los Prí­ncipes, de la manera que un mal temporal o un año de hambre o de peste, exhortando que, pues que gozamos de los frutos de los Prí­ncipes buenos, padezcamos varonilmente los efectos de los malos, recompensando la esterilidad de los unos con la fertilidad de los otros. Honra con la memoria de sus nombres a aquellos que con prudencia y sagacidad escaparon de las manos de los Prí­ncipes tiranos quedando libres de odio, de envidia y de infamia. Condena gravemente los que por medio de la sangre de sus compatriotas abrieron camino a su ambición, mostrando que son estos los peores y los que más fácilmente al principio se visten por adulación de los vicios de los Prí­ncipes y después por costumbre, conservando las torpezas de los predecesores, se revisten de otras nuevas de los sucesores.
Tiene gracia particular en ponderar los vicios, porque entonces no cuenta las circunstancias que los pueden excusar o disminuir, sino las que más los han de agravar; muy al contrario de como hace en las que juzgó él por verdaderas virtudes, que entonces refiere todo aquello que ha de llenar el ánimo de alegrí­a y la boca de alabanzas. 
Lo que yo estimo grandemente de este Autor, es que después de haber escrito los vicios y torpezas de uno, o las traiciones y maldades del otro, al cabo nunca los deja sin castigo, mostrando que el Príncipe se sirve de los ingenios de los traidores y facinerosos, como ministros de su tiranía; pero que después los aborrece; porque con su presencia se les representa una triste memoria de sus torpezas; y que por esto luego los escupe de sí­ el Prí­ncipe o quitándoles la vida, por borrar de todo punto el rastro de su crueldad, o guardándoles en algún destierro para otros secretos ministerios de su tiranía, no permitiendo Dios que se escapen sin castigo, con venganza de los agraviados. 
Celebra aquellos, que en los tiempos de las mayores desdichas dieron de su valor ejemplos generosos a la posteridad, mujeres que cortándose las venas de los bracos hicieron compañí­a a sus maridos en la muerte. Madres que siguieron varonilmente a sus hijos en el destierro. Matronas ilustres que carga das de cuidados de varones se despojaron de los vicios femeniles. Infinitos ciudadanos que previnieron el cuchillo del verdugo con sus manos, o como dijo Marcial, que se mataron por no morir. 
Aconseja por los mismos ejemplos a los Prí­ncipes, que muestren siempre aversión de cualquiera acción cruel, aunque sean de ella autores; y que no intenten el remedio de los daños, que fueren desiguales a sus fuerzas; porque no descubran después flaqueza, no pudiendo remediarlos, y que un Prí­ncipe ha de procurar la noticia de todas las cosas, pero que no ha de querer escudriñarlo todo; y que ha de hacer de manera que la benignidad no le disminuya la autoridad, ni la severidad al amor de los súbditos; consultando en las empresas con fortuna y fuerzas más que con su voluntad y que el Príncipe que quisiere gobernar bien no se ha de apartar un punto de los institutos de sus mayores, y que ante todas las cosas ha de procurar apoyar el futuro dominio con la sucesión, por ganar más crédito y veneración en sus vasallos, siendo el número de los hijos fundamentos más firmes para sustentar el Imperio que los ejércitos y armadas, porque sucede que con el tiempo los amigos se acaban, y la fortuna se trueca; pero que la sangre jamás falta, principalmente cerca de los Príncipes, de cuya prosperidad gozan también los extraños; pero que de la adversidad totalmente participan los más cercanos. 
Entre estas pocas rosas de aquellos siglos estériles de verdaderas virtudes, descubre tanta variedad de espinas y abrojos que será muy dificultoso si el lector no se enzarza en ellos. Pinta maravillosamente un retrato de la miseria humana, sin Dios ni Ley. Descubre los engaños y enredos de las cortes, misterios polí­ticos, secretos de Prí­ncipes atrocidades nunca oídas, y las mismas trazas que observaron los autores en ejecutarlas; modos extraños de envenenar y diferencias de veneno, uno rápido, otro lento que asimile a muerte natural; ambición de Prí­ncipes con violencia de todo derecho divino y humano, discordias entre los mismos ciudadanos, vicios de mujeres ilustres, y sus pasiones afoçadas a fuerza de hierro y de veneno, torpezas y pecados nefandos, con nombres nunca oídos; acusaciones falsas, raros sucesos de hombres malvados y esclavos premiados con injuria de los buenos y de sus mismos amos; odios largo tiempo disimulados y en su ocasión con la venganza descubiertos; cuatro Prí­ncipes muertos a cuchillo; muchas conjuraciones y motines, la aflicción de Italia, el incendio de Roma; los cristianos injustamente condenados; la tierra llena de adulterios; el mar cubierto de corsarios, los escollos en sangre teñidos; las ciudades saqueadas por los mismos ciudadanos; los templos profanados; la nobleza, las riquezas, las honras y virtudes castigadas, los vicios y delitos premiados; los falsarios honrados; los espías y acusadores vueltos a la crueldad de los Prí­ncipes; muchos que por no haber tenido enemigos, de los mismos amigos fueron engañados y acusados; Persuade en general, que la industria humana es sola bastante a conseguir próspero fin en cualquier empresa, si no hay falta en prevenir los medios. Finalmente quien leyere este libro, y no fuere sobre sí­, no sé con que violencia secreta, inclinando también la misma naturaleza perderá el horror a la crueldad y el medio al vicio, corriendo más peligro cualquiera ingenio noble, por ser más combatido de estas perturbaciones. De manera que si una vez deja llenar el ánimo de la suspensión y admiración de estos suavísimos simulacros de la Gentilidad en mil maneras corrompidos, vendrá a estimar lo pasado y a despreciar lo presente, confundiendo su imaginación en estas profundísimas tinieblas; de manera que le serí­a dificultoso después abrir los ojos a la luz. 
Propone al principio de sus Anales, como por dechado y espejo de cual quiera Privado, el pérfido Tiberio, impí­o y cruelísimo tirano, ya natural monstruosidad de vida y costumbres, según las pinta este autor, ponderando sus acciones y recibiendo grata complacencia de su modo de gobierno, sin decir del, que era un borracho, como escribe Suetonio, a mi parecer por no desautorizarlo es un bosque tan cerrado, que no aura pincel, ni lengua que acierte a describirlo; porque su condición era negar lo que el propio deseaba, por ser rogado, y parece benigno, mostrando que si condescendí­a, más lo hacía por importunidad del Senado, que por gusto suyo. En la disimulación era tal, que procuraba parecer airado, cuando no lo estatua; muy al contrario de cuando se indignaba, que entonces descubría un ánimo pacifico.
Con los que castigaba, hacía ostentación de piadoso, y con aquellos a quien perdonaba, en el exterior usaba de aspereza. A sus mayores enemigos miraba con semblante afable, y con sus amigos hacía del enojado. De lo que él más se preciaba, era del secreto, por cuya causa hacía precipitar de una torre a los astrólogos que consultaba sus designios, porque después no pudiesen revelarlos. Era en el hablar confuso, por descubrir los ánimos, haciendo crimen de las palabras y semblantes y castigándolos después como delitos granes.
Estas son en suma las propiedades y dotes tan' celebrados de aquel Tiberio, excepto que la crueldad. Este es aquel a quien siguen los polí­ticos, excepto que sus torpezas y pecados nefandos. Aquí­ se cifra todo aquello que el dí­a de hoy falsamente se llama razón de Estado, excepto que la impiedad. Por la horma de este zapato a lo gentil quieren los polí­ticos modernos, que se gobiernen todos los Monarcas y Prí­ncipes del mundo. ¿Hay tal barbaridad? Sin hacer distinción de tiempo, ni de Reyes tiranos o legí­timos, cristianos o Gentiles. ¿Hay mayor ignorancia? 
De la vida y acciones de este tirano, prosigue nuestro Autor narrando los tiempos de extrema crueldad, ambición y torpeza debajo del imperio de Claudio, Nerón y los demás sucesores hasta Domiciano, enseñando en el discurso de su historia una doctrina muy contraria de la que profesa España y nuestros Prí­ncipes y Reyes; de quien dio maravillosamente el P.° Pedro de Ribadeneyra, que teniendo tan felices predecesores a quien imitar no han menester por dechado de gobierno a Tiberio, vicioso y cruel tirano el cual, luego que subió al imperio, según refiere Tácito, la primera atrocidad fue la muerte desastrada de Posthumo Agripa, nieto de Augusto, a quien Tiberio sucedió en el Imperio por engaños y trazas de su madre Livia. De donde los polí­ticos y Maquiavelo principalmente, sacan esta proposición pestilencial que cualquiera Prí­ncipe nuevo en mando y poder ante todas cosas ha de procurar quitarse de delante los émulos o parientes de su predecesor de quien pueden tener algún recelo; como también lo hizo Nerón, cuando dio veneno a Británico, hijo de su predecesor Claudio; y cuando mató a su misma madre Agripina, que lo amenazaba con Británico y como la misma Agripina había hecho antes, al principio del Imperio de su hijo, con Gneyo Sillano, recelándose del, que no quisiese vengar la muerte de su hermano Lucio Sillano, a quien ella misma había trazado la muerte; y así­ como Otón mató a Galba; y Vitellio no se tuvo por seguro hasta que entendió que Vitellio se había dado de puñaladas; ni Vespiano se pudo quietar hasta que fue muerto Vitellio y su hijo pequeño, por desarraigar de todo punto cualquiera semilla de guerra. 
Muestra este autor, por las acciones de Tiberio, que un Prí­ncipe nuevo ha de castigar con rigor y crueldad las culpas leves por prevenir el temor de los delitos grandes, como hizo Tiberio con Labeón y con Cremucio Codio, y con un tal Falonio, y con Viszia, mujer vieja y principal; el uno porque habí­a consultado los Astrólogos sobre si llegarí­a a tener tanto dinero que pudiese cubrir con él todo el camino que ay de Roma a Brindis, y que es de más de cien leguas; el otro porque en ciertas obras que había sacado a la luz después de haber alabado a Cassio habí­a dicho, que Bruto fue el último de los Romanos; y a Codio, porque juntamente con la venta de un jardí­n había vendido la estatua de Augusto, aunque con este usó de misericordia, habiendo condenado y castigado a Viszia porque había llorado la muerte de su hijo, a quien había muerto Tiberio. 
Dice, que como la mujer que una vez pierde la honestidad, está dispuesta a cometer cualquier maldad, Seyano, habiendo antes prevenido el divorcio de su mujer Apicata, por quitar toda sospecha de celos a Livia, mujer de Druso, único hijo de Tiberio, con ánimo de apoderarse del Imperio, se mostró de ella enamorado hasta que alcanzado el adulterio y sabiendo de Livia los secretos del marido, acordó no perder más tiempo en dar veneno a Druso, prometiendo a Livia el matrimonio por asegurarla y posponiendo ella de buena gana la nobleza de sus pasados, el parentesco de Augusto, el ser nuera de Tiberio y sus mismos hijos a un presente gusto, a un vil adulterio y a unas esperanzas ciertas, otras dudosas y infames. 
Cuenta que siendo la ocasión y el tiempo los mejores ministros de cualesquiera empresa, Narciso se valió de la ausencia de Claudio, para descubrirle por medio de sus concubinas, a quien primero obligó con dádivas y promesas, los adulterios de Mesalina, su mujer, con fin que el Emperador la matase temiendo Narciso que no pasasen adelante los amores con Silio, y que ella matase primero al marido y el perdiese la privanza de Claudio, el cual por estar enamorado de la mujer y ser fácil de condición, no era buena ocasión, cuando Claudio se hallaba en Roma. Y así­ se valió del tiempo en que estaba en Hostia, agravándole el peligro que corrí­a su persona y que convenía prevenir a su seguridad, hasta que el mismo Narciso fingiendo que era orden del emperador, mandó matar a Mesalina. 
Escribe las circunstancias que previno Nerón cuando dio veneno a Británico y dice que impaciente porque no le había hecho operación cierto tóxico que antes le había dado, por ser lento, le dio otro tan eficaz y violento (habiendo hecho antes la prueba) que en un instante le hizo perder la voz y el espí­ritu usando de esta traza; Comí­a Británico en una mesa a parte de la del emperador, con otros mancebos nobles de su edad y era costumbre hacerle la salva en lo que comí­a y bebía, pues por no dar alguna nota haciendo novedad o por que el copero no cayese también muerto y se descubriese el engaño, concertó Nerón, que cuando Británico pidiese de beber, se le trajese el vino aposta tan caliente, que no lo quisiese y que en este que no tení­a veneno se le hiciese la salva, pero que al punto que lo recusase le refrescasen la bebida con agua frí­a, donde estatua ya el veneno preparado. 
Enseña como el veneno rápido de la manera que es inevitable a quien le toma así­ es peligroso a quien le da y que por evitar este inconveniente Seyano, con fin de matar a todos los sucesores de Tiberio, comenzó por Druso a quien dio un tóxico, que fuese obrando poco a poco, porque su muerte pareciese natural y el cuitarse juntamente el peligro y la sospecha. 
Muestra que las resoluciones prestas son saludables a los que en sus conciencias se hallan inocentes, pero que en las maldades y traiciones el único remedio es el atrevimiento, como aconsejaba Silio a Mesalina, persuadiéndola que matase al emperador, su marido, porque no llegase a saber el adulterio y los castigase; y según hizo Agripina, cuando mató a su marido Claudio, que temiendo que no la castigase por sus amores con Palante liberto le preparó un veneno de tal propiedad, que fuese obrando poco a poco, pero que desde luego lo privase del entendimiento, porque sintiéndose Claudio avenenado (sic) y estando en su juicio no se vengase y revocase el testamento, en que dejaba a Nerón el Imperio y nombrase a su hijo Británico por heredero. 
Y de la manera que Macrón, hombre atrevido y resoluto mandó a los de la Cámara de Tiberio estando enfermo, que entrasen dentro y echase sobre aquel viejo tanta ropa, que lo ahogasen, corriendo antes la voz, que Tiberio había cobrado la habla y que podía de comer, creyendo todos por un desmayo que le sobrevino, que era muerto y siendo Cayo César aclamado Emperador, y estando temeroso de caer del más alto grado en un profundo despeñadero. 
Muestra que el Prí­ncipe en el exterior ha de dar algún color de inocencia por encubrir su maldad, como hizo Tiberio, que habiendo sido el Autor de la muerte de Posthumo Agripa, dio a entender, que él no sabí­a; nada y que había sido orden de Augusto. Y según hizo Nerón, que ardiendo en los amores de Popea y queriendo quitarse de delante a su mujer Octavia, traza que injustamente siendo honesta fuese acusada de adulterio, pidiendo encarecidamente con ruegos y amenazas a Aniceto, que como había muerto a su madre Agripina le quitarse también de su presencia a Octavia, y que no era menester cuchillo ni veneno, sino que él confesase que había cometido adulterio con ella. 
Y con este fin Nerón aprobó la traza de la nave, en que había de ir su madre a ciertas fiestas, para que su muerte se atribuyese al mar y a los vientos y no a su crueldad. 
De qué manera un Prí­ncipe ha de dar orden a sus ministros que le han de servir en sus designios, para, que después no se descubra, que ellos fueron los autores de la maldad que ejecutaron por terceras personas. Enseña el ejemplo de la muerte de Germánico, porque habiéndola deseado Tiberio grandemente por envidia y recelo que tení­a de su fama y victorias, escogió a Cneo Pisón, hombre arrogante y enemigo de Germánico, para que le reprimiese el orgullo, muriendo Germánico con sospecha de veneno, y quedando Tiberio servido sin haberle dado a Pisón tal orden expresa, purgándose después de la nota del vulgo, en dejar al Senado que condenase a Pisón por la muerte de Germánico. 
Muestra que un Prí­ncipe ha de deliberar en la paz y gobierno civil según su voluntad, sin valerse de la prudencia ajenas y sin remitir al Consejo todos los negocios, como hacía Tiberio, que por sí­ mismo se gobernaba diciendo Tácito, en persona de Salustio Crispo, secretario de Tiberio, que el Prí­ncipe no ha de debilitar la fuerza del Principado, dando razón de todo al Consejo, siendo tal la naturaleza y condición del imperio, que no sufre dar cuenta más de uno solo. Y esta opinión perjudicial es de Maquiavelo.
Enseña que a las personas nobles, el Prí­ncipe no ha de quitar la vida en público, sino en secreto, como Tiberio con Dniso, hijo de Germánico, que negándole la comida nueve dí­as, el mancebo vino a perecer de hambre, mordiendo de la lana de un colchón. O que cuando hubiere de castigar a alguna persona principal, la procure asegurar con alguna merced y favor, como hizo Tiberio a Libón, que teniendo ánimo de matarlo, lo convidó a comer, y disimuló con él en el semblante y las palabras. Y que cuando le haya de sacar en público, sea en ocasión que el Pueblo está divertido en otros ejercicios, por evitar cualquiera alboroto, como hizo Nerón con Barca Sorano, persona de gran autoridad, que determinó para. degollarlo, tiempo y ocasión, cuando vení­a a Roma por la investidura de la Armenia el Rey Tiridades, porque están do la ciudad ocupada en ver la entrada de este Rey, no se alborotase con la muerte de Sorano.
Persuade que el Prí­ncipe ha de procurar parecer muy observante en las leyes y que cuando quiera ejecutar alguna maldad contra todo derecho divino y humano, las ha de interpretar a su modo, buscando trazas conque las salve, a lo menos en el exterior, según hacía Tiberio en sus acciones, mostrando ser muy justificado. Como en la causa de Libón, que no pudiendo examinase contra el patrón los esclavos, hizo que el fisco los comprase, para que sin contradicción de las leyes se pudiesen poner a cuestión de tormento. Y como sucedió también en la muerte de una doncella, que siendo prohibido por la Ley, que ninguna virgen pudiese ser justiciada, a la hija de Seyano, siendo pequeña, el verdugo la estupró primero y después la hecho el lazo al cuello.
Enseña que como el Prí­ncipe ha de tener la mira en la fama, ha de procurar tal sucesor, que de la comparación le resulte gloria; como hizo Augusto, que conociendo las costumbres perversas de Tiberio y las virtudes de Germánico y la sencillez de Póstumo Agripa, antepuso a Tiberio a su mismo nieto y a su yerno.
En la persona de Tiberio enseña este autor la proposición de Maquiavelo, que en un Prí­ncipe no son necesarias las virtudes de piedad, de fe, humanidad e integridad, antes, que usar de ellas un Príncipe nuevo le hará daño, siendo fuerza de Imperio obrar con toda verdad, claridad y religión. Y que un Prí­ncipe ha de fomentar las espías, y ministros de su crueldad, para tener a freno la nobleza como hacía Nerón, que castigaba injustamente infinitos nobles por causas muy leves, y en particular a Peto Thrasca, a quien imponí­an por crimen, los acusadores, que tratándose en Senado de condenar a Agripina, madre del mismo Nerón, él se había salido del Senado; y que en las fiestas de los juegos juvenales, que celebraba Nerón, no había mostrado alegrí­a en el semblante; y que siendo acusado un tal Antistio Pretor, porque había compuesto ciertos versos contra Nerón, Thrasca, había juzgado que se aliviase la pena; y que en las exequias de Popea, mujer de Nerón, a quien el Senado honraba como diosa (habiendo sido deshonesta) no se había hallado presente y que cuando se renovaba el juramento del Prí­ncipe Thrasca nunca asistía en aquella acción, y finalmente que jamás había hecho plegarias por la salud del Prí­ncipe de manera que el varón ilustre siendo condenado por el Senado se cortó las venas de los brazos por huir las manos del verdugo; y porque su testamento fuese válido y se le pudiese hacer la pompa funeral, y sus bienes no fuesen confiscados, premios que se habían introducido en aquellos tiempos para los que por su mano se mataban sin nota de la crueldad del Prí­ncipe. 
Enseña, que los sucesores no han de publicar la muerte de sus predecesores antes de haber hecho la prevención, según pide la ocasión, como hizo Livia en la muerte de Augusto que, cerrando las calles y puertas divulgaba alegres nuevas de la mejorí­a de Augusto hasta que Tiberio llegó a Mola y la misma voz publicó la muerte de Augusto y que Tiberio era absoluto señor, no sin sospecha que Livia había dado veneno a Augusto, por temor que no mudase su voluntad corriendo voz que Augusto se había enternecido muchos con su nieto Posthumo Agripa, creyéndose que el mancebo volvería a casa del abuelo, y que le dejaría por heredero. Y de la manera que hizo Agripina, que en cubriendo la muerte de Claudio, su marido, a quien había dado veneno, detení­a a Británico estando con él abrazada, llamándola verdadero retrato de su padre, y llorando con él hasta que Nerón salió en público y fue aclamado Emperador, esperando Agripina a los 13 de octubre y a la hora del medio dí­a, que era la que los astrólogos habí­an señalado a su hijo por felicísima. Pinta las trazas que usó Popea para enamorar a Nerón. Persuade con el ejemplo de Muciano y Antonio Primo, el mejor modo para derribar a un émulo, alabándolo en público, para descuidarlo y criminándole en secreto; como también hizo Tiberio, que celebrando en el Senado las proezas de Germánico le preparaba en secreto la muerte. 
Cómo se ha de ingeniar los que siguen el favor del Príncipe, para ganarle la voluntad, muestra Aniceto, esclavo de Nerón, que viniendo Egirio a dar aviso al hijo, de parte de la madre, que se hallaba buena, y salva del peligro de nave, Aniceto hizo echadizo a las rodillas de Egino un puñal dando gritos que vení­a a matar al hijo; con que Nerón trató en el Senado de condenar a Agripina por tela de juicio. 
Muestra como es necesaria en los inferiores la disimulación de los agravios de los Prí­ncipes, como juzgó Agrippina, que conociendo el engaño del hijo armado en aquella nave, escogió por único remedio la disimulación. Y la manera que hizo Octavia, que viendo a sus ojos y a la mesa muerto su hermano Británico, ella disimuló y se quietó diciendo Nerón que era mal de corazón, y que poco a poco Británico volvería en sí­. 
Enseña en la persona de Tiberio, que un Prí­ncipe ha de sembrar la ciudad donde reside, de odios, enemistades y disidencias, premiando los espías y noveleros, porque no haya amistades, ni parcialidades secretas, sino que cada uno viva con recato del amigo y enemigo. Y como el astuto cortesano ha de usar de la inclinación del Príncipe, para derribar a su émulo enseña Agripina, que se valió del temor de Claudio, su marido, para acusar y matar a Narciso, su enemigo; y que lo primero que se ha de procurar es quitar a los émulos las amistades, que lo han de apoyar y defender, como hizo Nerón que, queriendo matar a su madre, le quitó antes a Palante y que para arruinar a uno, no hay mejor medio que imputarle que ha murmurado de algunos vicios del Prí­ncipe, porque como sean ciertos se creerá fácilmente que ha hablado de ellos; y que uno no hará suerte jamás, sino procurando desunir a dos, que estuvieren conformes, y fuesen poderosos, con fin de hacerse después de la parte de uno de ellos, como hizo Seyano, que sembró odio y disidencia entre los dos hermanos Druso y Nerón, mostrándose después de la parte de Nerón. 
Muestra que la adulación ha de ser extraordinaria, como hizo el Senado con Livia, llamándola madre de la patria, y al nombre de Tiberio se añadiese hijo de Livia que aunque es verdad que escribe esta y otras cosas como tachándolas, parece que su fin es ponerlas para imitar. 
Dice que todo castigo ejemplar ha de tener algo de iniquidad, pero que ésta redundando en daño de pocos se recompensa con el provecho común. Y que si bien la competencia con los más poderosos es peligrosa, no deja de tener recompensa en la fama, como sucedió a Pisón, cuando llamó a Vigulania que compareciese en Senado, siendo persona rica, principal y grande amiga de Livia, madre del Emperador. 
Cuenta la obscenidad de Nerón y, cómo vestido de mujer, se casó con Pitágoras, celebrando las ceremonias del matrimonio con las circunstancias que es dado a los casados, haciendo los gestos y actos de dí­a, que la noche encubre en las mujeres; y cuenta que determinado Nerón de dar veneno a Británico, primero cometió con él pecado nefando por hacer burla de él. Enseña que las maldades se comienzan en peligro pero que se acaban con premio y que así­ Seyano, con promesas, indujo a Lydo a servir a Druso en la copa, y era favorecido suyo por la edad y costumbres, a que le diese veneno y que para obligarlo a la diligencia y al secreto, cometió primero con Lydo el pecado nefando. Refiere los pecados de sodomí­a de Tiberio cuando estando ausente de Roma, los amores de Nerón con Acte, su esclava, la muerte de Sexto Papinio solicitado de la madre al incesto; los estupros de Cotta Mesalino con sus hermanos. Enseña que, cuando uno quiere derribar a otro de la gracia del Prí­ncipe, ha de procurar por medio eficaz la disidencia, como hizo Seyano, que dio a Tiberio que Agripina se recelaba del que la querí­a dar veneno; por donde Tiberio un dí­a a la mesa, queriendo hacer la prueba del ánimo de Agripina le dio una manzana y ella no la quiso tomar.
De los ejemplos de este libro nacen aquellas cuestiones, si es lí­cito a un particular matar al Prí­ncipe tirano. Si el Prí­ncipe se puede servir de la vida de sus vasallos; o si es lí­cito al Prí­ncipe mudar la moneda; o si puede uno matarse en medio de los trabajos por evitar la deshonra y otros daños estando cierto que ha de morir. 
Muestra cómo los hombres viles vienen a hacerse célebres y temidos, imitando a Hispon, que siendo mendigo y revoltoso, haciendo en secreto la espía y anisando a los varones más ilustres, siguiendo la inclinación y crueldad del Prí­ncipe, vino a ser amado de uno y aborrecido de todos. Y que cuando uno quiere ganar la gracia de otro, lo que ha de hacer es mostrarse enemigo de aquel a quien aborrece la persona que quiere granjear, imponiéndole crí­menes y testimonios; como hizo Tito Laclar con Tito Sabino, enemigo de Seyano, que fingiéndose su amigo murmurando en secreto con él de Seyano, un dí­a lo llevó a su casa y teniendo los testigos escondidos le puso en la materia y Sabino comenzó a murmurar y maldecir a Seyano, y después Laclar lo acusó y siendo condenado Sabino, Laclar alcanzó la gracia de Seyano, í­ntimo favorecido de Tiberio. 
Esto es en suma lo que he podido acordarme de este Autor, y si no tuviese más documentos inventados de la crueldad y torpeza de lo que he contado, poco daño podí­a causar en la juventud, de la manera que el rocí­o de una mañana no es bastante a dar vigor, ni a hacer crecer una planta; pero la continuación de la lectura y la misma costumbre de leer tantos vicios y las trazas que inventaron los autores de que está llena esta arte de Polí­tica, quien negará, que no sea un camino abierto para los mismos viciosos, como afirma S. Basilio, el Magno. Pues de estos ejemplos varios y copiosos, más poderosos, a persuadir que las palabras, se sacan los preceptos perniciosos, con que se entreteje la Polí­tica, y se enciende aquel fuego, que arde en Flandes, Escocia, Francia y Italia, y que con lágrimas de sangre temí­a que no se emprendiese en España aquel varón prudentísimo y religiosísimo, el P. Pedro de Riba de Neyra, con la experiencia de los que había causado por estas partes. Pues qué dirí­a si viese imprimir en lenguaje de niños, y de doncellas el arte de Política, al Prí­ncipe del Athaisterio, de quien él tanto blasfemó en la institución del Prí­ncipe Cristiano. Qué dirí­a si viese sembrar sus proposiciones en nuestra Lengua materna, para que cada uno pudiese beber de estas aguas inficionadas a discreción a la edad, y medida del afecto. La autoridad sola de un varón tan santo y prudente, me basta a mí­ para no tratar de imprimir mi traducción y esta es suficiente, para pensar que no conviene jamás sacarla a luz, ni aun permitir, cuando se imprima en otra parte o en algún reino extranjero, que no se divulgue en España, cuando la experiencia de cada dí­a no mostrase la inclinación que los hombres tienen a esta doctrina Gentil y los autores que escriben continuamente sobre ella, con perjuicio notable del Cristianismo, habiendo infinitos que viéndose ganados de la costumbre de pecar y desesperados de salir del laberinto en que ellos mismos se metieron, falsamente, se persuaden lo que ellos querí­an, y es que no hay Dios a quien amar y temer, sino que conviene según congruencia de intereses propios gobernarse, sacando de estos libros, de los libros del Paganismo, ciertas proposiciones que concuerdan con sus costumbres, guardándolas como leyes inviolables, sólo por que mandan, que no se ha de raperar en derecho divino ni humano, cuando lo pide la necesidad de conservación y acrecentamiento de Estado. Y por no hacer largos discursos, me dirá alguno, ¿qué? ¿este libro no anda impreso en Italiano? ¿En Francia no corre traducido en aquella lengua vulgar? Concedo de buena gana que sí­, pero pregunto: ¿Italia, qué tiene más que perder en arazón de Política? ¿Francia qué exemplos nos ha dado que imitar? ¿En qué parte de Italia imprimió Gurgio Dati Florentino la primera traducción? En Venecia. ¿Quién fue el autor que publicó en Francia la primera traducción? No quiso jamás decir su nombre. ¿Qué principios ha tenido Francia en sus herejías? La polí­tica. ¿Por qué no se destierra o al menos se intenta? Por la polí­tica. ¿Qué ha hecho a Venecia negar algunas veces la obediencia al Papa? ¿Y desterrar de aquel Estado las Religiones? La polí­tica. Este autor es principal maestro de ella. 
Este libro es el arte que la enseña. Con los mismos exemplos de estos documentos procede la interposición de respectos humanos entre Dios y el hombre, y el modo de desunir lo justo de lo honesto, con una fingida apariencia de bien. 
¿Contiene pues, que ande impreso en Español y que cada uno lo lea, y se aproveche del en su necesidad? Lipsio dio que, para su polí­tica. Tácito sólo le había llenado las medias más que todos los otros autores juntos, y los preceptos que él sacó fueron saludables por ser buen cristiano. Pero Maquiavelo, La Nue, Plesis, Moreno y el Bodino, ¿qué doctrina han sacado de este autor y de la Polí­tica?; el uno, que no son necesarias virtudes en un Prí­ncipe, sino la apariencia de ellas; y el otro, que un Prí­ncipe nuevo ante todas cosas se ha de ingeniar por quitarse de delante a su émulo donde topare, ora sea derecho divino, ora humano; el otro, que es licito mentir por el bien común, según doctrina de Pitágoras y Jenofonte; otro que, para conservación de las cosas de Francia conviene permitir herejes y católicos, todos revueltos; otro, que la Monarquí­a Eclesiástica irí­a mejor por sucesión que por elección. 
Y, finalmente, el Bodino dice, como refiere el Cardenal Posseuino, que juzgarí­a a Cornelio Tácito por impí­o si por defender su Religión no hubiese escrito contra la nuestra. 
Mucho se ofrecí­a en razón de esto, pero no podría dejar de decir, que el medio más único, para destruir un Reino, [es] asombrarlo de vicios, y sectas extranjeras. Y esta verdad aun los mismos Gentiles la alcanzaron, por donde Mecenas aconsejaba a Augusto, que desterrase de Roma los autores de Religiones peregrinas. Y Suetonio dice, que Augusto cuando necesitaba de algunos documentos antiguos hacía traducir de Griego en Latí­n solamente aquellos exemplos que le habí­an de ser provechosos en público y en secreto. Y el mismo Augusto desterró a Ovidio en la isla de Ponto por el daño que había hecho en su libro De arte amandi, en la honestidad de Roma, y principal mente en sus hijos; y sabe Dios, si nuestro Autor ha sido la ruina de muchos con sus tretas de esgrimidor; y principalmente de aquel Secretario de Estado, que se comparó a Pisón, más pagado de un ingenio, que Ícaro de SUS plumas, y era. Pues la Polí­tica es ya secta de por sí­, está desacuerda con malicia de propios afectos los ánimos unidos con sinceridad y claridad; porque procediendo el acto de la Religión, como procede de los más intimo del ánimo, la Polí­tica que tiene su asiento y morada en el lugar más escondido de la disimulación, es el enemigo más fuerte que la puede echar de su asiento y destruir. Porque no admitiendo nuestra Santa Fe rastro de iniquidad,1a polí­tica permite cualquier maldad, y arranca del ánimo Chistiano todas las virtudes, como dice el P. Pedro de Riba de Neyra, llamándola secta infernal.
Por evitar estos daños con gravísimas penas, y censuras el í­ndice de los libros prohibidos por el sacre Concilio de Trento, divulgado de la feliz memoria de Pí­o V. y después de Sixto V. y, últimamente, de Clemente VIII en el § de correctiones Librorum, dice así­: 
í­tem quae ex Gentilium placitis,moribus, exemplis tyrannicam Politicam poneut quam falso vocant Rátionem,, status, ab Euangélioa, et Christiana Lege obhrrentem deleant. 
Y el motivo de este santo decreto fue, como dice Pí­o V, en el epí­logo del dicho í­ndice, por que los imprudentes, y simples no se engañen y escojan las tinieblas por la luz, y lo malo por lo bueno. De aquí­ los PP. de la Compañí­a de Jesús, en sus Constituciones, en el cap. 14 de libris qui per legendi sunt, santamente dicen: 
nec illi libri sunt attingendi, quorum doctrina, vel authores suspecti sunt. Y más baxo Quod attinet ad libros humaniorum literarum in vniuersitatibus quoque quemadmodum in Collegiis, quo ad eins fieri poterit ab eis juuentuti caueatur per legendis in quibus sit aliquid, quod bonis moribus nocesse queat. Y la declaración a este cap. dize. Si alliquid omnino purgari non peturunt, qdm, Térenesn, potius non legetur, ne rerum qualitas animorum puritatem ostendat. 
Pues consultando ahora con la prudencia civil, pregunto ¿un libro que trata de secretos de Príncipes y gobierno de Estado, por ventura conviene que sea común al vulgo, ¿ que como dio Lactancio Firmanio, aun sabiendo cuanto conviene, a las veces sabe más de lo que había necesidad. No por cierto, porque es género de la intemperancia, como dice Séneca, saber más de lo que basta, y Plutarco en su Polí­tica enseña, que a un ciudadano particular no es dado escudriñar en curiosidad los secretos con que gobiernan los Prí­ncipes y Magistrados; y Simplicio afirma que entonces una ciudad será felicísima, donde con utilidad pública cada uno atiende a su ministerio, y no es curiosos en el de los otros, por donde la ciudad de Roma en esta parte es desdichada, porque así­ lo quieren hablar de gobierno los oficiales mecánicos, como los consejeros, naciendo este inconveniente de los libros latinos que vulgarmente andan traducidos. Y a mi parecer. Tiberio permití­a que continuasen en su cargo muchos años los Virreyes y Adelantados, porque muchos no alcanzasen los secretos de Estado, siendo él en esta parte muy cerrado, aun que nuestro Autor alegue otras razones. San Agustí­n alaba a Pitágoras, porque no consentí­a a sus discí­pulos el arte de gobierno sino cuando eran ya maduros en la edad y experimentados en todo género de virtudes, y por ser esta una ciencia de ciencia, como dijeron S. Gregorio Nazianzeno y S. Juan Crisóstomo, corriendo gran peligro los mancebos en la elección, por donde Plutarco refiere que Demóstenes decía, que si a los mancebos se les ofrecí­an dos caminos, uno del bien público y otro de la destrucción, aunque fuesen manifiestos, escogí­an siempre lo peor, como sucedió a Rhoboan con el consejo de los mancebos, habiendo despreciado el parecer de los más ancianos. Con esto me persuado (salvo el mejor juicio de los que leerán este discurso) que este libro no es para imprimir en Español, ni para el vulgo, sino que traducido y escrito a mano, para quien fuere dificultoso en su original, es digno de un Mecenas o de aquel grande Alejandro, el cual alcanzando este secreto escribió a su maestro Aristóteles, quedándose porque había publicado la Ética y la Polí­tica, que había enseñado, diciendo: ¿en qué vendrá a ser un Prí­ncipe superior a los otros, si unas mismas ciencias son comunes a todos? Afirmando el mismo Alejandro que más preciaba. aventajar a los demás en ciencia y disciplina, que en mando y poder; a cuya carta respondió Aristóteles que no pasase pena, por él había prevenido este inconveniente, y que le asegurara, que dejaban aquellos libros tan cerrados para el vulgo como antes, cosa que también parece que previno el mismo Cornelio Tácito con la obscuridad y brevedad con que escribió, diciendo que divulgados los secretos del Imperio, se disminuye la fuerza del poder. Esto me ha ocurrido como de paso cerca de los motivos que me han quitado la gana de imprimir mi traducción, principalmente que no habiendo en Español otro libro como este tan perjudicial, no he querido ser el primero y en esto pienso haber hecho mayor servicio a mi nación de lo que por ventura será agradecido, esperando sólo el premio de quien remunera ciento por uno, remitiéndome en todo a la corrección de la Santa Madre Iglesia, etc. 
En una hoja adjunta a las que hemos transcrito, después de decir que se trata de un borrador enviado con rapidez por indicación del Padre asistente, y de rogar que por ser tal borrador y no otra cosa no se permita leer a otras personas sino a aquel a quien directamente se le manda, con objeto de que vea lo que conviene respecto del asunto, se dice que el autor de la anterior censura es D. Pedro Ponce de León, si bien advierte que al principio del tí­tulo de la censura que debí­a ser la original y a la que se daba el tí­tulo de borrador, estaba aquel nombre tachado.


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El documento transcrito, lo ha sido del original que se conserva en la Sección de Manuscritos de nuestra Biblioteca Nacional. Fue publicado por primera vez hace más de un siglo en el Seminario Erudito de Valladares de Sotomayor, por lo que nos hemos decidido a imprimirle de nuevo.

Enrique Tierno Galván*





*Texto extraído de
"El tacitismo en las doctrinas políticas 
del Siglo de Oro español", 
Anales de la Universidad de Murcia,
curso 1947-48, pp. 895-988. 


(Actualizado por Servando Gotor)


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