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Idilio (Salvador Díaz Mirón)



A tres leguas de un puerto bullente
que a desbordes y grescas anima,
y al que a un tiempo la gloria y el clima
adornan de palmas la frente,
hay un agrio breñal, y en la cima
de un alcor un casucho acubado,
que de lejos diviso a menudo,
y rindiéndose apoya un costado
en el tronco de un mango copudo.

Distante, la choza resulta montera
con borla y al sesgo sobre una mollera.

El sitio es ingrato, por fétido y hosco.
El cardón, el nopal y la ortiga
prosperan; y el aire trasciende a boñiga,
a marisco y a cieno; y el mosco
pulula y hostiga.

La flora es enérgica para
que indemne y pujante soporte
la furia del soplo del Norte,
que de octubre a febrero no es rara,
y la pródiga lumbre febea,
que de marzo a septiembre caldea.

El Oriente se inflama y colora,
como un ópalo inmenso en un lampo,
y difunde sus tintes de aurora
por piélago y campo.
Y en la magia que irisa y corusca,
una perla de plata se ofusca.

Un prestigio rebelde a la letra,
un misterio inviolable al idioma,
un encanto circula y penetra
y en el alma es edénico aroma.
Con el juego cromático gira,
en los pocos instantes que dura;
y hasta el pecho infernado respira
un olor de inocencia y ventura.
¡Al través de la trágica Historia,
un efluvio de antigua bonanza
viene al hombre, como una memoria,
y acaso como una esperanza!

El ponto es de azogue y apenas palpita.
Un pesado alcatraz ejercita
su instinto de caza en la fresca.
Grave y lento, discurre al soslayo,
escudriña con calma grotesca,
se derrumba cual muerto de un rayo,
sumérgese y pesca.

Y al trotar de un rocín flaco y mocho,
un moreno, que ciñe moruna,
transita cantando cadente tontuna
de baile jarocho.

Monótono y acre gangueo,
que un pájaro acalla, soltando un gorjeo.

Cuanto es mudo y selecto en la hora,
en el vasto esplendor matutino,
halla voz en el ave canora,
vibra y suena en el chorro del trino!

Y como un monolito pagano,
un buey gris en un yermo altozano
mira fijo, pasmado y absorto,
la pompa del otro.

***

Y a la puerta del viejo bohío
que oblicuando su ruina en la loma
se recuesta en el árbol sombrío,
una rústica grácil asoma,
como una paloma.

Infantil por edad y estatura,
sorprende ostentando sazón prematura:
elásticos bultos de tetas opimas;
y a juzgar por la equívoca traza,
no semeja sino una rapaza
que reserva en el seno dos limas!

Blondo y grifo e inculto el cabello,
y los labios turgentes y rojos,
y de tórtola el garbo del cuello,
y el azul del zafiro en los ojos.
Dientes albos, parejos, enanos,
que apagado coral prende y liga,
que recuerdan, en curvas de granos,
el maíz cuando tierno en la espiga.
La nariz es impura, y atesta
una carne sensual e impetuosa;
y en la faz, a rigores expuesta,
la nieve da en ámbar, la púrpura en rosa,
y el júbilo es gracia sin velo
y en cada carrillo produce un hoyuelo.

La payita se llama Sidonia.
Llegó a México en una barriga:
en el vientre de infecta mendiga
que, del fango sacada en Bolonia,
formó parte de cierta colonia
y acabó de miseria y fatiga.

La huérfana ignara y creyente
busca sólo en los cielos el rastro;
y de noche imagina que siente
besos ¡ay! en los hilos de un astro.
¿Qué ilusión es tan dulce y hermosa?
Dios le ha dicho: Sé plácida y bella;
y en el duelo que marque una fosa
pon la fe que contemple una estrella!

¿Quién no cede al consuelo que olvida?
La piedad es un santo remedio;
y después, el ardor de la vida
urge y clama en la pena y el tedio
y al tumulto y al goce convida.
De la zafia el pesar se distrae,
desplome de polvo y ascenso de nube.
¡Del tizón la ceniza que cae
y el humo que sube!

La madre reposa con sueño de piedra.
La muchacha medra.

Y por siembras y apriscos divaga
con su padre, que duda de serlo;
y el infamé la injuria y estraga
y la triste se obstina en quererlo.

Llena está de pasión y de bruma,
tiene ley en un torpe atavismo,
y es al cierzo del mal una pluma ...
¡Oh pobreza! ¡Oh incuria! ¡Oh abismo!

***

Vestida con sucios jirones de paño,
descalza y un lirio en la greña,
la pastora gentil y risueña
camina detrás del rebaño.

Radioso y jovial firmamento.
Zarcos fondos, con blancos celajes
como espumas y nieves al viento
esparcidas en copos y encajes.

Y en excelsa y magnífica fiesta,
y cual mácula errante y funesta,
un vil zopilote resbala
tendida e inmóvil el ala.

El Sol meridiano fulgura,
suspenso en el Toro;
y el paisaje, con varia verdura,
parece artificio de talla y pintura,
según está quieto en el oro.

El fausto del orbe sublime
rutila en urgente sosiego;
y un derribo de paz y de fuego
baja y cunde y escuece y oprime.

Ni céfiro blando que aliente, que rase,
que corra, que pase.

Entre dunas aurinas que otean,
tapetes de grama serpean,
cortados a trechos por brozas hostiles,
que muestran espinas y ocultan reptiles.
Y en hojas y tallos un brillo de aceite
simula un afeite.

La luz torna las aguas espejos;
y en el mar sin arrugas ni ruidos
reverbera con tales reflejos,
que ciega, causando vahidos.

El ambiente sofoca y escalda;
y encendida y sudando, la chica
se despega y sacude la falda,
y así se abanica.

Los guiñapos revuelan en ondas ...
La grey pace y trisca y holgándose tarda.
Y al amparo de umbráticas frondas
la palurda se acoge y resguarda.

Y un borrego con gran cornamenta
y pardos mechones de lana mugrienta,
y una oveja con bucles de armiño
-la mejor en figura y aliño-
se copulan con ansia que tienta.

La zagala se turba y empina ...
y alocada en la fiebre del celo,
lanza un grito de gusto y de anhelo ...
¡Un cambujo patán se avecina!

Y en la excelsa y magnífica fiesta,
y cual mácula errante y funesta,
un vil zopilote resbala,
tendida e inmóvil el ala



FUNERAL EN VIANA (Álvaro Mutis)




In memoriam Ernesto Volkening
Hoy entierran en la iglesia de Santa María de Viana
a César, Duque de Valentinois. Preside el duelo
su cuñado Juan de Albret, Rey de Navarra.
En el estrecho ámbito de la iglesia
de altas naves de un gótico tardío,
se amontonan prelados y hombres de armas.
Un olor a cirio, a rancio sudor, a correajes
y arreos de milicia, flota denso en la lluviosa
madrugada. Las voces de los monjes llegan
desde el coro con una cristalina serenidad sin tiempo:

Parce mihi, Dómine;
Nihil enim sunt diez mei.
¿Qui est homo, quia magníficas eum?
¿Aut quid appónis erga eum cor tuum?

César yace en actitud de leve asombro,
de incómoda espera. El rostro lastimado
por los cascos de su propio caballo
conserva aún ese gesto de rechazo cortés,
de fuerza contenida, de vago fastidio,
que en vida le valió tantos enemigos.
La boca cerrada con firmeza parece detener
a flor de labio una airada maldición castrense.
Las manos perfiladas y hermosas, las mismas
de su hermana Lucrezia, Duquesa d’Este,
detienen apenas la espada regalo del Duque de Borgoña
Chocan las armas y las espuelas en las losas del piso,
se acomoda una silla con un apagado chirrido
de madera contra el mármol, una tos contenida
por el guante ceremonial de un caballero.
Cómo sorprende este silencio militar dolorido
ante la muerte de quien siempre vivió
entre la algarabía de los campamentos,
el estruendo de las batallas y las músicas
y risas de las fiestas romanas. Inconcebible
que calle esa voz, casi femenina, que con el acento
recio y pedregoso de su habla catalana,
ordenaba la ejecución de los prisioneros,
recitaba largas tiradas de Horacio
con un aire de fiebre y sueño o murmuraba
al oído de las damas una propuesta bestial.
Qué mala cita le vino a dar la muerte de César,
Duque de Valentinois, hijo de Alejandro VI
Pontífice romano y de Donna Vanozza Cattanei.
Huyendo de la prisión de Medina del Campo
Había llegado a Pamplona para hacer fuerte 
a su cuñado contra Fernando de Aragón.
En el palacio de los Albret, en la capital de Navarra,
se encargó de dirigir la marcha de los ejércitos,
el reclutamiento y pago de mercenarios,
la misión de los espías y la toma de las plazas fuertes.
No estaba la muerte en sus planes.
La suya, al menos. A los treinta y dos años
Muy otras eran sus preocupaciones y vigilias.
Frente a Viana acamparon las tropas de Navarra.
Los aragoneses comenzaban a mostrar desaliento.
Sin razón aparente, sin motivo ni fin explicables,
El Duque salió al amanecer, en plena lluvia,
hacia las avanzadas. Le siguió su paje Juanito Grasica.
En un recodo perdió de vista a César.
Una veintena de soldados del Duque de Beaumont,
Aliado de Fernando, cayó sobre el de Valentinois;
la lluvia les había permitido acercarse.
Él sólo pudo verlos cuando ya los tenía encima.
Entre los presentes en la iglesia de Santa María,
persiste aún la extrañeza y el asombro
ante muerte tan ajena a los astutos designios de César.
Los oficiantes oran ante el altar y el coro responde:

Deus cui propius est miseréri,
semper et párcere, te súpplices
exorámus pro ánima fámuli tui
quam hódie de hoc século migráre jussisti.

Los altos muros de piedra, las delgadas columnas
reunidas en haces que van a perderse
en la oscuridad de la bóveda, dan al canto
una desnudez reveladora, una insoslayable evidencia.
Sólo Dios escucha, decide y concede.
Todos los presentes parecen esfumarse
ante las palabras con las que César, por boca
de los oficiantes, implora al Altísimo un don
que en vida le hubiera sido inconcebible: la misericordia.
El perdón de sus errores y extravíos, no fue asunto
para ocupar ni el más efímero instante de sus días.
Sin sosiego los días de César, Duque de Valentinois,
Duque de Romaña, Señor de Urbino.
¿De qué fuente secreta manaba la ebria energía
de sus pasiones y la helada parsimonia de sus gestos?
Los hombres habían comenzado a tejer la leyenda 
de su vida sin esperar a su muerte. Algo de esto 
llegó alguna vez a sus oídos. No se marcó
el más leve interés en sus facciones.
Una humedad canina se demora dentro de la iglesia
y entumece los miembros de los asistentes.
El desnudo acero de las espadas
y de las alabardas en alto, despide una luz pálida,
un nimbo personal y helado. Los arreos de guerra
exhalan un agrio vaho de resignado cansancio.

Réquiem aeterna dona eis Dómine:
et lux perpétua lúceat eis.
In memoria aeterna erit justus:
ab auditione mala non timébit.

El Rey Juan de Navarra mira absorto
las yertas facciones de su cuñado
por las que cruza, en inciertas ráfagas,
la luz de los cirios. Vuelven a su memoria
los consejos que días antes le daba César
para vencer las fortificaciones aragonesas;
la precisión de su lenguaje, la concisa sabiduría
de su experiencia, la severa moderación de sus gestos,
tan ajenas al febril desorden de su rostro
en las interminables orgías de la corte papal.
Hoy cuelgan a Ximenes García de Agredo,
El hombre que lo derribó del caballo con su lanza.
Su rostro conserva todavía el pavor
ante la felina y desesperada defensa del Duque.
Ya en el suelo y a tiempo que lo acribillaban
las lanzas de sus agresores, aún tuvo alientos
para increparlos: “¡No sou prous, malparits!”.
Hoy parte Juanito Grasica para llevar la noticia
a la corte de Ferrara. Imposible imaginar el dolor
de Donna Lucrezzia. Se amaban sin medida.
Desde niños, comentaba César en días pasados
al recibir en Pamplona un recado de su hermana.
Termina el oficio de difuntos. El cortejo
va en silencio hacia el altar mayor,
donde será el sepelio. Gente del Duque
cierra el féretro y lo lleva en hombros
al lugar de su descanso.
Juan de Albret y su séquito asisten 
al descenso a tierra sagrada de quien en vida
fue soldado excepcional, señor prudente y justo
en sus estados, amigo de Leonardo da Vinci,
ejecutor impávido de quienes cruzaron su camino,
insaciable abrevador de sus sentidos
y lector asiduo de los poetas latinos:
César, Duque de Valentinois, Duque de Romaña,
Gonfaloniero Mayor de la Iglesia,
digno vástago de los Borja, Milá y Montcada,
nobles señores que movieron pendón
en las marcas de Cataluña y de Valencia
y augustos prelados al servicio de la Corte de Roma.
Dios se apiade de su alma.

Tomado de Summa de Maqroll el Gaviero. Poesía 1948-1988 (FCE, 1990).  

A BENEFICIO DE INVENTARIO. Nuevo libro de poemas de Antonio Envid



Componer una antología de poemas, bien propios, bien ajenos, tiene algo de inventario de objetos evanescentes. Es un oficio próximo al registrador de nubes. Compruebas que el poeta se ha erigido en notario de sí mismo y ha tratado de aprisionar y preservar una sensación, un sentimiento, un momento, doliéndose, quizá, de su efímera vida, como el notario registra y conserva un contrato, para el que no se cree que sea suficiente un simple apretón de manos.
El poeta ha tenido el humor de titular su libro “A beneficio de inventario”, él sabrá por qué, quizá sugiera al lector que tome de él lo que le interese y obvie el resto, pero, también cabe la posibilidad de que haya desempeñado su oficio sabiendo de antemano que al trabajar con tan frágil mercancía, poco será, de todo lo acarreado, aquello que pueda, por fin, ser desembarcado en el puerto, y, aún de este resto, solo una mínima parte será apreciada en el mercado. Yerra en esto el poeta, si bien son difícilmente transferibles a los demás las sensaciones íntimas, de esto se encarga precisamente la poesía, y en el caso presente, que podríamos enmarcar dentro de lo que se ha venido a denominar “poesía de la experiencia”, su autor logra introducirnos en un mundo muy personal, mostrando sin pudor sus zozobras, sus miedos, sus anhelos, sus sueños. Hay en esto de la poesía un desnudar el alma ante los demás en un acto de valentía pocas veces valorado, pues ¿qué es un libro,  sino la pérdida de la inocencia?, se preguntaba Cioran. En todo caso el poeta ha sabido conservar la fragancia de los trabajos y los días. Él lo expresa acudiendo al símil del frasco de esencia cuyo contenido ha desparecido hace largo tiempo, pero que conserva un resto de aroma, al menos, para una nariz delicada. La mayor parte de sus poemas tratan de aprisionar un instante para convertirlo en ofrenda, o se internan por el palacio de la memoria que cada uno de nosotros construimos. Sin embargo, tomar la vida –¿qué otra cosa es la poesía?- a beneficio de inventario es una manera muy sensata de encarar este sistema de ecuaciones sin solución única que es el vivir.




EPÍSTOLA VIII: "Al Excmo. Señor Don Gaspar Melchor de Jovellanos, en su feliz elevación al Ministerio Universal de Gracia y Justicia" (Juan Meléndez Valdés)




- VIII -


Al Excmo. Sr. don Gaspar Melchor de Jovellanos 
en su feliz elevación al Ministerio Universal de Gracia y Justicia

Arriba Abajo   ¿Dejaré yo que pródiga la Fama                  
cante tus glorias y que el himno suene                
de gozo universal, callando en tanto                    
mi tierno amor su júbilo inefable?                         
Jovino, no, si atónito hasta ahora            5           
no supo más mi corazón sensible                           
que en ti embeberse, en lágrimas bañada                         
la cariñosa faz, lágrimas dulces                
que brota el alma en su alegría inmensa,                           
ya no puedo callar; siento oprimido       10         
el pecho de placer; trémulo el labio                      
hablar anhela, y repetir los vivas,                           
los faustos vivas, de los buenos quiere.                              
   Sí, mi Jovino, por doquier tu nombre                
resuena en gritos de contento; todos,  15         
todos te aclaman: las amables Musas,                 
la ardiente juventud, la reposada                          
cobarde ancianidad, el desvalido                           
y honrado labrador, en su industrioso                 
taller el menestral... Yo afortunado        20         
los oigo, animo, y gózome en tu gloria,                
y lloro de placer, y gozo y lloro.               
   ¡Gloria!, ¡felicidad!, Jovino amado,                    
dulce amigo, mitad del alma mía,                           
al fin te miro do anhelaba; fueron           25         
agradables mis súplicas... Huyera                           
la niebla vil que tu virtud sublime                           
mancillar intentó; cual la deshace                          
el dios del día del cenit, do brilla                             
rico de luz en el inmenso espacio,           30         
tú la ahuyentaste así. Carlos te llama,                  
te acoge afable cabe sí, te entrega                        
de la alma Temis el imperio y quiere                     
que tú su reino a sus hispanos tornes,                 
reino de paz y de abundancia y dulce    35         
holganza y hermandad... Jovino mío,                   
¡gloria!, ¡felicidad!... Sí, volverasle                         
este reino del bien; tu celo ardiente,                   
tu patriotismo, tu saber profundo,                        
tu afable probidad lábrenle a una.          40         
   Todos lo anhelan de tu justa diestra.                 
La humanidad, la lacerada patria,                           
con lágrimas te muestran sus amados                 
hijos; y todos hacia ti convierten                            
los solícitos ojos, de inefables   45         
esperanzas del bien las almas llenas.                    
Velos, velos, Jovino, en estos días                         
de alegría inmortal; velos llamarte                         
padre, reparador; velos, y goza                              
el sublime espectáculo de un pueblo,   50         
un pueblo, inmenso y bueno que en ti espera.                               
   «Cayó del mal el ominoso cetro»,                       
clama, «y el brazo asolador; radiante                   
se ostente la verdad, si antes temblando                          
ante el hinchado error enmudecía.        55         
Fue, fue a sus ojos un atroz delito                         
buscarla, amarla, en su beldad augusta                               
embriagarse feliz. La infame tropa                        
que insana la insultó, como ante el viento                         
huye el vil polvo, se disipe y llore            60         
su acabado favor; Jovino el mando                       
tiene; los hijos de Minerva alienten.                    
   Aliente la virtud: tímida un día                              
si osó al aula llegar, tornó llorosa,                           
desatendida, desdeñada, en tierra        65         
su helada faz y del favor hollada;                           
mas ya le tiende la oficiosa mano                           
su ardiente adorador, y el merecido                     
lauro decora sus brillantes sienes.                         
   La misma mano cariñosa enjuga           70         
el sudor noble al atador y aguija                             
su ardiente afán, y la esperanza ríe,                     
de espigas de oro coronada a entrambos.                         
No ya taladas llorará sus mieses,                            
ni el ancho río los sedientos surcos         75         
verán correr inútil, su rocío                       
al sordo cielo demandado en vano.                      
Vuelve a los campos la olvidada Temis                 
y la igualdad feliz; en pos le ríen                             
la oficiosa hermandad y los deleites       80         
del conyugal amor, de atroz miseria                     
hoy cuasi extinta su celeste llama.                         
Su habitador, de sus pajizos lares                          
seguro goce ya y alce la frente                
al cielo sin rubor; ama Jovino     85         
los campos y el arado; a vuestro numen                             
corred, colonos, y aclamad su nombre».                            
   Así la voz del bullicioso pueblo;                            
¿y a su anhelante ardor negarte osaras,                             
sorda la oreja al ruego fervoroso             90         
de la querida desolada patria?,               
¿y al yugo hurtabas la cerviz robusta?,                 
¿o de trepar a la elevada cumbre,                         
donde la gloria a coronar te lleva                            
tu carrera inmortal, cobarde huías?        95         
   Vilo, sí, yo lo vi; pueblos, sabedlo,                      
y acatad la virtud: yo vi a Jovino                              
triste, abatido, desolado, al mando                       
ir muy más lento que Gijón le viera                       
trocar un día por la corte. Nunca              100       
más grande lo admiré; por sus mejillas                
de la virtud las lágrimas corriendo,                        
yo atónito y lloroso le alentaba.                              
Callaba, y yo también; si revolvía                            
a su albergue de paz los turbios ojos,    105       
«De ti me arrancan», suspiraba. «¡Ay, horas                    
de delicia inmortal, do en el silencio                     
apuré ansioso las sublimes fuentes                      
del humano saber! Queridos hijos                        
de mi incesante afán, por mí guiados    110       
al templo augusto que a Natura alzara                 
mi constancia y mi amor, do inmensa ostenta                  
su profusión y altísimos misterios,                         
más vuestro padre no os verá; felices                  
guardad su amor y eterna remembranza».        115       
Y tornaba a exclamar... Yo enmudecía,                
no osando hablarle en su dolor profundo;                         
y el coche, en tanto, rápido volaba.                      
   No, no era hijo de un cobarde miedo                
tan solícito ansiar; horribles vía 120       
los torpes monstruos que contino asaltan                         
al cansado poder, la impía calumnia,                     
la adusta envidia, el recelar insomne,                  
la negra ingratitud que a los umbrales                 
del aula espían fieros su inocencia.         125       
El muro vía que a la sombra alzara                         
de un falaz bien el interés mañoso,                      
firme, altísimo, inmenso, que su brazo                
debe por tierra echar; la incorruptible                 
posteridad sus hechos reseñando;         130       
y mil escollos y vadosas sirtes,                 
do acaso zozobrar su heroico celo.                        
¡Ah, lo que emprende, y lo que deja!, cuanto                 
de un alma al soplo de ambición helada                              
puede la dicha hacer. En su retiro           135       
brillaba augusto como el sol; no el fausto,                         
no grandeza o poder; su excelsa mente,                            
su oficiosa virtud eran Jovino.                  
   ¡Inefable virtud, sagrada hoguera                      
que al hombre haces un dios, y ante tu trono,  140       
cuando su pecho omnipotente inflamas,                           
haces que ofrezca en sacrificio alegre                  
reposo y vida y cuanto abarca inmenso                              
en la tierra su amor, de almas sublimes                              
consuelo, encanto, anhelo, numen, todo!          145       
Hablaste, y dócil se rindió mi amigo;                     
y a tu imperio obediente, a hacer dichosos                       
corrió, infeliz en la común ventura.                       
¡Infeliz! No; tus gozos inefables                             
sacian el corazón; doquier te ostentas  150       
ríe altísima paz, se oye el sublime                          
grito inmortal de la conciencia pura,                     
y los siglos sin fin que en raudo giro                      
eterno el nombre de tus hijos suenan.               
   Entre ellos brillará, Jovino, el tuyo,      155       
y de uno en otro crecerá su gloria.                        
La humanidad y tus canoras Musas                       
suyo le aclamarán; dirán que diste                        
grandes ejemplos, y que empresas grandes                    
consumaste feliz; la encantadora            160       
arte de Apeles lo dirá, el sonoro                             
cincel, y el genio del grandioso Herrera,                             
y el ancho Betis, y Madrid, y el suelo                    
de tu caro Gijón, la antigua cuna                            
del cetro hispano, en sus riscosas cimas               165       
sobre las nubes de tu planta holladas,                 
infatigable para el bien; diranlo                               
cuantos riges en paz, manso y süave                    
cual la altísima mano que sustenta                        
el orbe, y sabe próvida, invisible,            170       
llevarlo siempre al bien. Tú así en el mando                      
afable ordenarás; verán los hombres                   
que no es yugo la ley, que es dulce nudo                           
de feliz libertad y paz y holganza.                           
   Veranlo; y yo les clamaré inflamado    175       
de un fuego celestial, fuego en que arden                        
nuestros dos pechos, inmortal ejemplo                             
de fino amor y fraternal ternura:                           
«Este es mi amigo, y me crió, y su labio                               
me enseñó la virtud, y al lado suyo         180       
a ser bueno aprendí y amar los hombres.                          
Él en mi seno el delicioso anhelo                            
prendió y la sed del bien, y él me decía                               
que una lágrima es más, sobre las penas                            
del infeliz vertida, que oro y mando       185       
y cuanto, excelso, prez el mundo adora.                            
Lloré y gocé con él; juntos nos vieron                  
las prestas horas revolver tranquilos                    
los sagrados depósitos do cierra                             
Minerva sus riquísimos tesoros,              190       
fastos sublimes de la mente humana,                 
y apurelos con él; al templo augusto                    
él me introdujo de la santa Temis,                         
y débole su amor; y cuanto abriga                         
sentir sublime el corazón le debo».        195       
   ¡Gloria!, ¡felicidad, Jovino amado,                      
y eterna gratitud!... Pueblos, conmigo                
venid, uníos; y que el himno suene                      
de perdurable honor que extienda el eco                         
al zemblo helado y donde nace cl día,   200       
y el ancho espacio de los cielos llene.                   
Tú, en tanto, afana, lidia, vence, ahuyenta                        
el fatal genio que su trono infausto                      
en la patria asentó; caiga el coloso                         
del error de una vez, alzando al cielo     205       
libre el ingenio sus brillantes alas.                          
Un hombre sea el morador del campo;                               
no los alumnos de Minerva lloren                          
entronizada a la ignorancia altiva;                          
ni cabe el rico la inocencia tiemble.         210       
Justa la ley, al desvalido atienda,                            
inalterable, igual, sublime imagen                         
de la divinidad; y afable ría                        
la confianza en los hispanos pechos.                    
Haz su ventura así; lábrala cuanto           215       
te consume su amor, siempre embargada                        
la excelsa mente en inefables gozos,                   
gozos sublimes, que sin fin florecen,                    
que en vano hiere calumniosa envidia,               
Fortuna acata, de los siglos triunfan       220       
y eterno lauro a la virtud ostentan.                       
   «Del individuo líbrase en la dicha                        
del todo el bien, y al universo entero                   
la inocencia infeliz de duelo llena,                          
con tan estrecho vínculo se añuda          225       
el linaje humanal». Así inflamado                          
tú me decías, y en mi blando seno                        
tu heroico afán solícito inspirabas.                         
Llegó el día feliz; dase a tu diestra                          
válida obrar cuanto enseñó tu labio,      230       
a tu ingenio asentar el gran sistema                      
que dio a los campos tu saber profundo,                           
y a tu pecho filántropo embriagarse                     
en dicha común, próvido haciendo                       
que, do el mal antes, bienes mil florezcan.         235       
   Sí, florezcan por ti, cual en los días                      
de mayo el suelo de la blanda llama                      
regalado del sol, llama fecunda,                             
benéfica, vital; y hasta el remoto                           
manilo de tu amor los dones lleguen.    240       
Y gratos él, de América los hijos                              
y los dichosos de tu cara Iberia,                              
artistas, sabios, labradores, cuantos                     
en ella precian y en el ancho mundo                    
las letras, la virtud, el almo fuego            245       
de la amistad y un corazón sencillo,                      
la ansia noble del bien y la indulgente                  
solícita bondad, todos te aclarasen;                      
eterna admiración a todos seas;                             
tu claro nombre en sus idiomas suene;                250       
y a mi entusiasmo y mi ternura unidos,                               
cuando tu mando alegres recordemos,                              
tu fausto mando, el grito fervoroso,                     
en júbilo inefable enajenados,                

¡Gloria! ¡felicidad! por siempre sea.       255        



Juan Meléndez Valdés
Poesía (epístolas)
______
En Biblioteca Virtual Miguel Cervantes,


NOLI ME TANGERE (Narciso de Alfonso)




A María Clara hay que situarla en sus islas y en su destino de mestiza tagala, cuando entonces, cuando la independencia de Filipinas: cómo arde el mar –dijo el poeta. Es una mujer hacia salvaje que no titubea porque no necesita organizar sus prioridades: sabe que todo debe colocarse en un orden fulminante. 
Lleva todo el universo metido, quizá a las malas, dentro de su piel, que es del color castigado y puro de la intemperie de la noche, después de una cacería a caballo: con el pelo negro de la melena negra hacia atrás, peinado por la velocidad del viento o por el viento de la velocidad.
Tiene los ojos rasgados, de mirada dura y con un punto de crueldad, que tal vez provenga de su condición de princesa india, con el corazón entrecruzado de amor y de odio, y ella sonríe sin sonreír, o parece que sonríe sin sonreír: quizá solamente con la intención de la mirada.
María Clara es una real hembra que ama de cerca y en actualidad, con un querer animal y posesivo, insobornable, sin reflexiones técnicas: oscuramente y aparte, como saciando una sed que nunca se sacia. 
‘Chocaría con su alma, sobándole el destino con la mano y me quedaría mirando a su materia’ –dijo el poeta, que no calla. 
Se ha dado cuenta de que la felicidad no siempre es la mejor manera de ser feliz, así que, oscura de sienes, con la cabellera tremenda y feroz y un olor a pólvora y nardo, ha tomado el duro rumbo de la contrafelicidad, de la cosmética extrema: se dejará crecer los ojos, las doce pieles suavísimas y la tiniebla bonita debajo de los tejadillos.
Es el tiempo, que marcha descalzo de la muerte hacia la muerte.

Narciso de Alfonso
Merodeos


LECTURAS HISPÁNICAS PUBLICA EL PRIMER LIBRO DE POEMAS DE ÁNGEL FERRER



La magia de estos poemas de Ángel Ferrer está en que, como nos pide en uno de sus versos, nos dejan escuchar el metrónomo cósmico. Su prodigio va todavía un poco más lejos: nos hacen escuchar el metrónomo cósmico.
Ángel tiene sus temas poéticos, o sus temas poéticos lo tienen a él, quién sabe: lo que ahora nos importa es que, cuando se encuentran, puede pasar casi cualquier cosa: por ejemplo, que quieran mover su centro pretendiendo hacer sinapsis o que rebusquen en su memoria al vagabundo que estaba seriamente enfadado con los teléfonos.
De algunos de estos encuentros de Ángel con sus asuntos poéticos, que a veces parecen, más que encuentros, colisiones o apretados besos de tornillo, salen, saltan chispas: fenómeno que, afortunadamente, los poemas retienen, de manera que, cuando pasamos una página o releemos alguno de estos preciosos poemas, podemos encontrarnos, de pronto, en una nube de chispas bonitas, como si estuviéramos en casa del herrero o debajo de una lluvia de estrellas. 
Así que la única salida que nos queda es ser una olla exprés —tolerante— o adquirir el ángulo visual de un pez –como los ríos en su segundo viaje-. Y es que uno sospecha, cada vez con menos sospecha y con más certeza, que Ángel es un cronopio, emparentado con Louis (Armstrong), enormísimo cronopio, también amante de la música y, como él, según los describe Julio Cortázar —que los conocía de cerca—, criatura ingenua, idealista, desordenada, sensible y poco convencional, en claro contraste con los famas, que son seres rígidos, organizados y sentenciosos, o las esperanzas: simples, indolentes, ignorantes y aburridas.
Uno sólo sabe acercarse a Ángel —y a sus poemas— a través de un larguísimo merodeo: me adelantaré para ser acariciado por los míos, diría —dice— él en sus versos, porque la caricia, las caricias, son una de sus actividades preferidas, de ida y vuelta, con las que consigue sincronizarse –asunto que siempre he entendido como un enhebrarse como parte de un todo por un instante-.
Quizá sus mejores momentos —por decirlo de algún modo— sean cuando está activo, muy activo, como un niño ocioso que atrapa su lengua entre los labios: cuando consigue reunir ese ocio ocioso, muy suyo, con alguna actividad muy activa, cosa también muy suya: lo que espero que se entienda porque no sé explicarlo de otra manera.
De pronto —porque esa es otra: a Ángel casi todo le pasa de pronto— puede comenzar a distinguir a sus verdaderos compañeros entre los centauros o a sentirse de repente —y sin contradicciones que valgan—, sujeto a la vida por la verdad y los hechos, en un brusco ataque de realismo realista.
No he encontrado tampoco una manera de llamar a esos actos, muy propios de Ángel, que llegan con su reincidencia ya puesta: realismo realista, ocio ocioso, actividad muy activa: viene a ser que, en un solo acto, pone la acción y la insistencia, el gesto y el regesto, la intención y la segunda intención intencionada.
En súmula: es para mí un privilegio prologar este sin-gular —y con frecuencia insólito— libro de poemas. De manera premeditada no he querido referirme por separado a las viñetas de poesía gráfica, que considero muy valiosas dentro de la valiosa aportación de Ángel: creo que son otra forma de su misma poesía, de su mismo sentido o de su mismo instinto poético: tanto con las palabras como con los dibujos nos deja, de pronto, a la intemperie, como si apartara la lona de la carpa del circo en el que estamos y nos mostrara el horror, pero también la maravilla, a los que estamos siempre expuestos, y que posiblemente nunca veríamos si Ángel —y los de su estirpe— no nos señalaran una y otra vez, con la entrañable insistencia de los cronopios. 



(del prólogo a


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