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FUNERAL EN VIANA (Álvaro Mutis)




In memoriam Ernesto Volkening
Hoy entierran en la iglesia de Santa María de Viana
a César, Duque de Valentinois. Preside el duelo
su cuñado Juan de Albret, Rey de Navarra.
En el estrecho ámbito de la iglesia
de altas naves de un gótico tardío,
se amontonan prelados y hombres de armas.
Un olor a cirio, a rancio sudor, a correajes
y arreos de milicia, flota denso en la lluviosa
madrugada. Las voces de los monjes llegan
desde el coro con una cristalina serenidad sin tiempo:

Parce mihi, Dómine;
Nihil enim sunt diez mei.
¿Qui est homo, quia magníficas eum?
¿Aut quid appónis erga eum cor tuum?

César yace en actitud de leve asombro,
de incómoda espera. El rostro lastimado
por los cascos de su propio caballo
conserva aún ese gesto de rechazo cortés,
de fuerza contenida, de vago fastidio,
que en vida le valió tantos enemigos.
La boca cerrada con firmeza parece detener
a flor de labio una airada maldición castrense.
Las manos perfiladas y hermosas, las mismas
de su hermana Lucrezia, Duquesa d’Este,
detienen apenas la espada regalo del Duque de Borgoña
Chocan las armas y las espuelas en las losas del piso,
se acomoda una silla con un apagado chirrido
de madera contra el mármol, una tos contenida
por el guante ceremonial de un caballero.
Cómo sorprende este silencio militar dolorido
ante la muerte de quien siempre vivió
entre la algarabía de los campamentos,
el estruendo de las batallas y las músicas
y risas de las fiestas romanas. Inconcebible
que calle esa voz, casi femenina, que con el acento
recio y pedregoso de su habla catalana,
ordenaba la ejecución de los prisioneros,
recitaba largas tiradas de Horacio
con un aire de fiebre y sueño o murmuraba
al oído de las damas una propuesta bestial.
Qué mala cita le vino a dar la muerte de César,
Duque de Valentinois, hijo de Alejandro VI
Pontífice romano y de Donna Vanozza Cattanei.
Huyendo de la prisión de Medina del Campo
Había llegado a Pamplona para hacer fuerte 
a su cuñado contra Fernando de Aragón.
En el palacio de los Albret, en la capital de Navarra,
se encargó de dirigir la marcha de los ejércitos,
el reclutamiento y pago de mercenarios,
la misión de los espías y la toma de las plazas fuertes.
No estaba la muerte en sus planes.
La suya, al menos. A los treinta y dos años
Muy otras eran sus preocupaciones y vigilias.
Frente a Viana acamparon las tropas de Navarra.
Los aragoneses comenzaban a mostrar desaliento.
Sin razón aparente, sin motivo ni fin explicables,
El Duque salió al amanecer, en plena lluvia,
hacia las avanzadas. Le siguió su paje Juanito Grasica.
En un recodo perdió de vista a César.
Una veintena de soldados del Duque de Beaumont,
Aliado de Fernando, cayó sobre el de Valentinois;
la lluvia les había permitido acercarse.
Él sólo pudo verlos cuando ya los tenía encima.
Entre los presentes en la iglesia de Santa María,
persiste aún la extrañeza y el asombro
ante muerte tan ajena a los astutos designios de César.
Los oficiantes oran ante el altar y el coro responde:

Deus cui propius est miseréri,
semper et párcere, te súpplices
exorámus pro ánima fámuli tui
quam hódie de hoc século migráre jussisti.

Los altos muros de piedra, las delgadas columnas
reunidas en haces que van a perderse
en la oscuridad de la bóveda, dan al canto
una desnudez reveladora, una insoslayable evidencia.
Sólo Dios escucha, decide y concede.
Todos los presentes parecen esfumarse
ante las palabras con las que César, por boca
de los oficiantes, implora al Altísimo un don
que en vida le hubiera sido inconcebible: la misericordia.
El perdón de sus errores y extravíos, no fue asunto
para ocupar ni el más efímero instante de sus días.
Sin sosiego los días de César, Duque de Valentinois,
Duque de Romaña, Señor de Urbino.
¿De qué fuente secreta manaba la ebria energía
de sus pasiones y la helada parsimonia de sus gestos?
Los hombres habían comenzado a tejer la leyenda 
de su vida sin esperar a su muerte. Algo de esto 
llegó alguna vez a sus oídos. No se marcó
el más leve interés en sus facciones.
Una humedad canina se demora dentro de la iglesia
y entumece los miembros de los asistentes.
El desnudo acero de las espadas
y de las alabardas en alto, despide una luz pálida,
un nimbo personal y helado. Los arreos de guerra
exhalan un agrio vaho de resignado cansancio.

Réquiem aeterna dona eis Dómine:
et lux perpétua lúceat eis.
In memoria aeterna erit justus:
ab auditione mala non timébit.

El Rey Juan de Navarra mira absorto
las yertas facciones de su cuñado
por las que cruza, en inciertas ráfagas,
la luz de los cirios. Vuelven a su memoria
los consejos que días antes le daba César
para vencer las fortificaciones aragonesas;
la precisión de su lenguaje, la concisa sabiduría
de su experiencia, la severa moderación de sus gestos,
tan ajenas al febril desorden de su rostro
en las interminables orgías de la corte papal.
Hoy cuelgan a Ximenes García de Agredo,
El hombre que lo derribó del caballo con su lanza.
Su rostro conserva todavía el pavor
ante la felina y desesperada defensa del Duque.
Ya en el suelo y a tiempo que lo acribillaban
las lanzas de sus agresores, aún tuvo alientos
para increparlos: “¡No sou prous, malparits!”.
Hoy parte Juanito Grasica para llevar la noticia
a la corte de Ferrara. Imposible imaginar el dolor
de Donna Lucrezzia. Se amaban sin medida.
Desde niños, comentaba César en días pasados
al recibir en Pamplona un recado de su hermana.
Termina el oficio de difuntos. El cortejo
va en silencio hacia el altar mayor,
donde será el sepelio. Gente del Duque
cierra el féretro y lo lleva en hombros
al lugar de su descanso.
Juan de Albret y su séquito asisten 
al descenso a tierra sagrada de quien en vida
fue soldado excepcional, señor prudente y justo
en sus estados, amigo de Leonardo da Vinci,
ejecutor impávido de quienes cruzaron su camino,
insaciable abrevador de sus sentidos
y lector asiduo de los poetas latinos:
César, Duque de Valentinois, Duque de Romaña,
Gonfaloniero Mayor de la Iglesia,
digno vástago de los Borja, Milá y Montcada,
nobles señores que movieron pendón
en las marcas de Cataluña y de Valencia
y augustos prelados al servicio de la Corte de Roma.
Dios se apiade de su alma.

Tomado de Summa de Maqroll el Gaviero. Poesía 1948-1988 (FCE, 1990).  

ÁLVARO MUTIS: LOS ELEMENTOS DEL DESASTRE

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«204»



Para Fernando López

I

Escucha Escucha Escucha

la voz de los hoteles,
de los cuartos aún sin arreglar,
los diálogos en los oscuros pasillos que adorna una raída alfombra escarlata,
por donde se apresuran los sirvientes que salen al amanecer como espantados murciélagos

Escucha Escucha Escucha
los murmullos en la escalera; las voces que vienen de la cocina,
donde se fragua un agrio olor a comida, que muy pronto estará en todas partes,
el ronroneo de los ascensores

Escucha Escucha Escucha

a la hermosa inquilina del "204" que despereza sus miembros
y se queja y extiende su viuda desnudez sobre la cama. De su cuerpo
sale un vaho tibio de campo recién llovido.

¡Ay qué tránsito el de sus noches trem0lantes como las banderas en los estadios!

Escucha Escucha Escucha

el agua que gotea en los lavatorios, en las gradas que invade un resbaloso y maloliente verdín.
Nada hay sino una sombra, una tibia y espesa sombra que todo lo cubre.

Sobre esas losas -cuando el mediodía siembre de monedas el mugriento piso-
su cuerpo inmenso y blanco sabrá moverse dócil para las lides del tálamo y conocedor
de los más variados caminos. El agua lavará la impureza y renovará las fuentes del deseo.

Escucha Escucha Escucha

la incansable viajera, ella abre las ventanas y aspira el aire queviene de la calle. Un desocupado
la silba desde la acera del frente y ella estremece sus flancos en respuesta al incógnito llamado.


II

De la ortiga al granizo
del granizo al terciopelo
del terciopelo a los orinales
de los orinales al río
del río a las amargas algas
de las algas amargas a la ortiga
de la ortiga al granizo,
del granizo al terciopelo
del terciopelo al hotel

Escucha Escucha Escucha

la oración matinal de la inquilina
su grito que recorre los pasillos
y despierta despavoridos a los durmientes,
el grito del "204"
¡Señor, Señor, por qué me has abandonado!




Oración de Maqroll

Tu as marché par les rues de chair
                                        René Crevel, Babylone     


No está aquí completa la oración de Maqroll el Gaviero.
Hemos reunido sólo algunas de sus partes más salientes,
cuyo uso cotidiano recomendamos a nuestros amigos como antídoto
eficaz contra la incredulidad y la dicha inmotivada.
Decía Maqroll el Gaviero:
¡Señor, persigue a los adoradores de la blanda serpiente!
Haz que todos conciban mi cuerpo como una fuente inagotable de tu infamia.
Señor, seca los pozos que hay en mitad del mar donde los peces
copulan sin lograr reproducirse.
Lava los patios de los cuarteles y vigila los negros pecados del
centinela. Engendra, Señor, en los caballos la ira de tus palabras
y el dolor de viejas mujeres sin piedad.
Desarticula las muñecas.
Ilumina el dormitorio del payaso, ¡Oh, Señor!
¿Por qué infundes esa impúdica sonrisa de placer a la esfinge de trapo que predica en las salas de espera?
¿Por qué quitaste a los ciegos su bastón con el cual rasgaban la densa felpa de deseo que los acosa y sorprende en las tinieblas?
¿Por qué impides a la selva entrar en los parques y devorar los caminos de arena transitados por los incestuosos, los rezagados amantes, en las tardes de fiesta?
Con tu barba de asirio y tus callosas manos, preside ¡Oh, fecundísimo! la bendición de las piscinas públicas y el subsecuente baño de los adolescentes sin pecado.
¡Oh Señor! recibe las preces de este avizor suplicante y concédele la gracia de morir envuelto en el polvo de las ciudades, recostado en las graderías de una casa infame e iluminado por todas las estrellas del firmamento.
Recuerda Señor que tu siervo ha observado pacientemente las leyes de la manada. No olvides su rostro.
Amén.



Los elementos del desastre


1
Una pieza de hotel ocupada por distracción o prisa, cuán pronto nos revela sus proféticos tesoros. El arrogante granadero, “bersagliere” funambulesco, el rey muerto por los terroristas, cuyo cadáver despernancado en el coche, se mancha precipitadamente de sangre, el desnudo tentador de senos argivos y caderas 1900, la libreta de apuntes y los dibujos obscenos que olvidara un agente viajero. Una pieza de hotel en tierras de calor y vegetales de tierno tronco y hojas de plateada pelusa, esconde su cosecha siempre renovada tras el pálido orín de las ventanas.


2
No espera a que estemos completamente despiertos. Entre el ruido de dos camiones que cruzan veloces el pueblo, pasada la medianoche, fluye la música lejana de una humilde vitrola que lenta e insistente nos lleva hasta los años de imprevistos sudores y agrio aliento, al tiempo de los baños de todo el día en el río torrentoso y helado que corre entre el alto muro de los montes. De repente calla la música para dejar únicamente el bordoneo de un grueso y tibio insecto que se debate en su ronca agonía, hasta cuando el alba lo derriba de un golpe traicionero.


3
Nada ofrece de particular su cuerpo. Ni siquiera la esperanza de una vaga armonía que nos sorprenda cuando llegue la hora de desnudarse. En su cara, su semblante de anchos pómulos, grandes ojos oscuros y acuosos, la boca enorme brotada como la carne de un fruto en descomposición, su melancólico y torpe lenguaje, su frente estrecha limitada por la pelambre salvaje que se desparrama como maldición de soldado. Nada más que su rostro advertido de pronto desde el tren que viaja entre dos estaciones anónimas; cuando bajaba hacia el cafetal para hacer su limpieza matutina.


4
Los guerreros, hermano, los guerreros cruzan países y climas con el rostro ensangrentado y polvoso y el rígido ademán que los precipita a la muerte. Los guerreros esperados por años y cuya cabalgata furiosa nos arroja a la medianoche del lecho, para divisar a lo lejos el brillo de sus arreos que se pierde allá, más abajo de las estrellas.
Los guerreros, hermano, los guerreros del sueño que te dije.


5
El zumbido de una charla de hombres que descansaban sobre los bultos de café y mercancías, su poderosa risa al evocar mujeres poseídas hace años, el recuento minucioso y pausado de extraños accidentes y crímenes memorables, el torpe silencio que se extendía sobre las voces, como un tapete gris de hastío, como un manoseado territorio de aventura…  todo ello fue causa de una vigilia inolvidable.


6
La hiel de los terneros que macula los blancos tendones palpitantes del alba.


7
Un hidroavión de juguete tallado en blanda y pálida madera sin peso, baja por el ancho río de corriente tranquila, barrosa. Ni se mece siquiera, conservando esa gracia blanca y sólida que adquieren los aviones al llegar a las grandes selvas tropicales. Qué vasto silencio impone su terso navegar sin estela. Va sin miedo a morir entre la marejada rencorosa de un océano de aguas frías y violentas.


8
Me refiero a los ataúdes, a su penetrante aroma de pino verde trabajado con prisa, a su carga de esencias en blanda y lechosa descomposición, a los estampidos de la madera fresca que sorprenden la noche de las bóvedas como disparos de cazador ebrio.


9
Cuando el trapiche se detiene y queda únicamente el espeso borboteo de la miel en los fondos, un grillo lanza su chillido desde los pozuelos de agrio guarapo espumoso. Así termina la pesadilla de una siesta sofocante, herida de extraños y urgentes deseos despertados por el calor que rebota sobre el dombo verde y brillante de los cafetales.


10
Afuera, al vasto mar lo mece el vuelo de un pájaro dormido en la hueca inmensidad del aire. Un ave de alas recortadas y seguras, oscuras y augurales,  el pico cerrado y firme, cuenta los años que vienen como una gris marea pegajosa y violenta.


11
Por encima de la roja nube que se cierne sobre la ciudad nocturna, por encima del afanoso ruido de quienes buscan su lecho, pasa un pueblo de bestias libres en vuelo silencioso y fácil. En sus rosadas gargantas reposa el grito definitivo y certero. El silencio ciego de los que descansan sube hasta tan alto.



12
Hay que sorprender la reposada energía de los grandes ríos de aguas pardas que reparten su elemento en las cenagosas extensiones de la selva, en donde se crían los peces más voraces y las más blandas y mansas serpientes. Allí se desnuda un pueblo de altas hembras de espalda sedosa y dientes separados y firmes con los cuales muerden la dura roca del día.

Álvaro Mutis
Los elemento del desastre


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Ver Los elmentos del desastre
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Ver Hastío de los peces
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Ver estudio de
Ariel Castillo Mier
sobre Hastío de los peces
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Ver  página sobre el autor
en Centro Virtual Cervantes
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Álvaro Mutis, premio Cervantes en 2001, es uno de los autores más influyentes de la lengua española. Poeta y narrador, nació en Bogotá en 1923 y pasó su infancia entre una finca cafetera, en la Tierra Caliente colombiana, y la ciudad europea de Bruselas, donde la familia se trasladó. Así, entre el trópico y las ciudades del viejo continente, Mutis recorrió los mares; pero en su memoria quedaron grabados los cafetales, los cañaduzales y los ríos turbulentos, que alcanzan dimensiones míticas en su poesía. De ese paisaje emerge su personaje Maqroll, a través del cual Mutis nos ofrece lo que ha sido su aventura de vivir.


HASTÍO DE LOS PECES (Álvaro Mutis)

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Hastío de los peces

Desde dónde iniciar nuevamente la historia es cosa que no debe preocuparnos. Partamos, por ejemplo, de cuando era celador de trasatlánticos en un perdido y mísero puerto del Caribe. Qué más da si esto sucedió antes de haber domesticado el rebaño de alces de que os hablaba el otro día, o si fue posterior a mi invención de la máquina para fabricar gardenias absolutas?  El caso es que mi nueva profesión, nada insólita y muy aburrida por épocas, me dejaba pingües ganancias en ciertos frutos de cuya nuez salía por las tardes un perfume muy parecido al del poleo. Lo que sí puedo asegurar es que la miel de este re-lato mana de ciertos rincones adonde no puedo llevaros, pese a mi buena voluntad, y donde, de todas maneras, no sería mucho lo que podría verse. Los buques han necesitado siempre de un celador. Cuando se quedan solos. Cuando los abandona desde el capitán hasta el último fogonero y los turistas desembarcan para dar una vuelta por el puerto y desentumecer las piernas; en tales ocasiones, necesitan de una persona que permanezca en ellos y cuide de que el aguadulce no se enturbie o el alcohol de los termómetros se tiña de ese color violeta que embriaga al segundo de abordo e ilumina suavemente la gravidez de las mujeres. Con plena conciencia de mis responsabilidades, re-corría todos los sitios en donde pudiera esconderse el albatros vaticinador del hambre y la pelagra, o la mari-posa de oscuras alas lanosas, propiciadora de la más vasta miseria. Los capitanes me confiaban los planos de blancos paquebotes o de esbeltos yates, fáciles a la orgía de ancianos desdentados, y yo interpretaba los signos que en tales cartas indicaban sitios sospechosos o canciones de moda. Con la savia de los cocoteros, la arena recogida en la playa a la madrugada, la camisa de un viejo minero muerto de lepra en el Malecón del Sur y otros elementos de igual eficacia y mágico poder, realizaba la limpieza de los ojos de buey, turbios de sal y sacrificio, y de las torres del radio que ostentaban pornográficas banderolas indicadoras de deseos indescifrables. Mi jornada nunca sobrepasó las cinco horas y jamás me dejé ver la cara de los turistas que regresaban con hondas ojeras de desgano y empapados de un sudor con acre tufo de trópico. Sólo una vez me vi obligado a presenciar la muerte de un coleccionista de caderas, a manos de una anciana vendedora de tabaco. La cabeza le quedó colgando de unas tiras pálidas y le bailaba sobre el pecho como una calabaza iluminada por resplandores de cumbia. Una última sombra le cubrió los ojos y tuve que encargarme de enterrar el cadáver. Lo cubrí con unas algas gigantes y nunca percibí fetidez alguna.

Para quienes tachen mi relato de inverosímil, tengo una oración que me enseñó el gaviero de la ballenera Garvel, de matrícula holandesa, que dice así: Señor, persigue a los adoradores de la blanda serpiente. Haz que mis semejantes conciban mi cuerpo como una fuente inagotable de tu infamia. ¡Oh, Señor!, recibe las preces de este avizor suplicante y concédele la gracia de morir entre las fauces de un cachalote virgen que no conozca las leyes de la manada. No puedo garantizar la eficacia de esta oración, pero su práctica me ha servido de mucho en ocasiones difíciles como la presente. Muchos años serví en el puerto a que me vengo refiriendo. Tantos que olvidé los rasgos sobresalientes de las bestias que me acompañaron en mi peregrinaje por las tierras altas donde moran los Conciliadores de Cuarenta Elementos. Entre los buques que cuidé con más esmero se cuenta uno con matrícula de Dublín, de sucio aspecto y forma poco esbelta, pero lleno de plantas salutíferas y huellas de hermosísimas mujeres. Varias de ellas me acompañaron en sueños. Jamás pude verificar algunas de sus rotundas formas, pero me consolé pensando en su potente virginidad. Mis noches transcurrían en ese ambiente pesado que dejan los fardos de lana o el exceso de alimento en los mineros. Uno que otro sol me halló tendido en la playa. Las estrellas nunca aparecieron por esas latitudes. Siempre me han repugnado los planetas. El arribo de un barco era anunciado al alba por la llegada de enormes cacatúas de párpados soñolientos que gemían desoladas su estéril concupiscencia. Jamás faltaron a su cita estos pájaros portentosos. Mi criado me advertía que el buque acaba de tocar el muelle y yo partía soñoliento, arreglándome las ropas presuroso. Esto lo digo para mi descargo, pues hubo quienes pretendieron acusarme de incumplido, con la manifiesta intención de perjudicar mis labores tan ricas en el conocimiento de criaturas superiores, de seres iluminados por el resplandor submarino que fecunda a las ostras en el Mar de Mármara. En otra ocasión relataré mi vergonzosa huída y el subsecuente castigo.


Álvaro Mutis
Hastío de los peces
(de Los elementos del desastre,  1953)

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Ver Los elmentos del desastre
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Ver estudio de
Ariel Castillo Mier
sobre Hastío de los peces
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HASTÍO DE LOS PECES, UN TEXTO CLAVE EN LA TRAYECTORIA POÉTICA DE ÁLVARO MUTIS (Ariel Castillo Mier)

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Ariel Castillo Mier
Universidad del Atlántico
Barranquilla - Colombia




En junio de 1947, Alvaro Mutis publicó el poema en prosa "Hastío de los peces" (1). Meses después, al reunir sus primeros textos poéticos junto con los de Carlos Patiño en La balanza (2), por insatisfacción estética o por formar parte de otro proyecto (3), Mutis excluye "Hastío I" de ese libro. No obstante, el 24 de agosto de 1949, publica una nueva versión, "Hastío II" (4), muy distinta de la anterior y, luego, en Los elementos del desastre (5), verdadera edición príncipe de su poesía, Mutis, a continuación del primer poema, con unos cuantos (mínimos) cambios en relación con la segunda versión, incluye "Hastío III".




Las diferencias entre "Hastío I" y "II" (al margen de la irrupción de evidentes erratas), consisten básicamente en la eliminación de frases explicativas, prosaísmos efectistas y excesos imaginativos (delatores de cierta retórica surrealista afanosa por espantar al lector), la sustitución de adjetivos tendientes a lo abstracto por otros que proyectan una imagen mucho más precisa y objetiva, y las correcciones en la puntuación, que le imprimen ritmo y claridad al texto.




Sin embargo, en "Hastío II" figura un cambio sustancial: la supresión de la oración del gaviero de la ballenera Gervel, que le restaba intensidad al relato. La parte eliminada nos revela que en "Hastío I" se puede fechar el nacimiento de Maqroll: en el innominado gaviero del poema ("Para quienes tachen mi relato de inverosímil, tengo una oración, que me enseñó el gaviero de la ballenera Garvel, de matrícula holandesa, que dice así: Señor, persigue a los adoradores de la blanda serpiente..."), están ya los rasgos fundamentales --las palabras, el oficio, el tono y la visión del mundo-- que lo identificarán en las obras posteriores. El fragmento suprimido se publica, de manera independiente, tres meses después, con algunos cambios y ampliaciones, con el título de "Imprecaciones de Maqroll, el Gaviero" (6).




Las sucesivas reescrituras del poema, reveladoras del puesto capital de "Hastío I" en la trayectoria poética de Mutis, al tiempo que permiten apreciar la veloz aunque ardua evolución del poeta (7) hacia el hallazgo de su propia voz, funcionan como testimonio de un hecho insólito en la poesía colombiana: el rigor autocrítico del poeta . No obstante, existen otras razones para la reedición del poema. Texto genitor, de "Hastío I" no sólo salen "Hastío II" y "Oración de Maqroll, el gaviero": también, de alguna manera, en ese texto inicial está el germen de su muy posterior saga novelística (8).




No obstante, el mérito mayor de "Hastío I" es histórico-literario. Por un lado, nos muestra la solución de un problema técnico que minaba los comienzos de la obra de Mutis: la inverosímil sabiduría de su hablante lírico cuya desilusionada visión del mundo no era compatible con un joven poeta de 25 años. Mediante la adopción del método dramático de la máscara poética que culmina con la invención de Maqroll, observador implicado que, más que vivir la aventura, la contempla y la relata desde una distancia irónica (gran contribución de la poesía inglesa de Browning a Pound y Eliot), Mutis no solo elimina el lastre de la inverosimilitud, sino que, al mismo tiempo, halla el emblema eficaz que confiere unidad e identidad a su universo verbal: el gaviero, ese avizor de horizontes, correlato objetivo del poeta.




Juego de espejos enfrentados, el modesto centinela de navíos que nos narra la historia, el emisario de la plegaria del gaviero, participa también del perfil de Maqroll, quien, por lo demás, encarna una síntesis sutil del hablante lírico ideal de los poetas simbolistas franceses de Baudelaire a Lautréamont, pasando por Verlaine, Rimbaud, Laforgue y Corbière: el viajero solitario e impenitente, peregrino del peligro, familiar de la muerte, ser incomunicado con signos de hastío, viajero inmóvil, marinero en tierra que se sumerge en la memoria para ganarle secretos a lo desconocido. De esos dos rostros parciales saldrá el complejo perfil del viejo gaviero errabundo, otro aporte latinoamericano a la galería de personajes de la literatura universal, que otorga a Mutis, como anotó Alfonso Fuenmayor, la trascendencia del creador de mitos, "una hazaña que solo les está reservada a los grandes escritores" (9), caso sorprendente por haberse generado desde la poesía.




En el texto de "Hastío I" se condensan, por otro lado, los aportes y el cambio profundo que estaba introduciendo Mutis en la tradición de la poesía colombiana, representada por el grupo poético dominante en ese entonces: Piedra y Cielo. Mutis pone al día la poesía del país, al restablecer el diálogo fecundo, interrumpido desde Silva, con la poesía moderna (en especial, aunque no de manera exclusiva, en lengua francesa: Bertrand, los simbolistas, Claudel, Perse, Apollinaire, Cendrars, Reverdy, Larbaud, Breton, Cesaire), al tiempo que se apropia e incorpora a la tradición poética colombiana algunas de las prácticas propias de aquella poesía: el poema en prosa impregnado de narratividad, el monólogo dramático, la irónica reflexión, desde el poema, sobre el poema y las posibilidades reveladoras de la palabra, manifestación de una lúcida conciencia metaliteraria.




"Hastío de los peces" junto con los otros poemas del primer Mutis encarna una serie de tránsitos muy significativos en la poesía colombiana contemporánea: de la inspirada y facilista improvisación de Piedra y Cielo y su relación confiada con la palabra eufónica y ornamental a la desolada lucidez y la vigilante conciencia del oficio; del hablante lírico "sentimental, sensible, sensitivo" al hablante maduro, informado, reflexivo; de la prosa lírica modernista (aquellos almibarados elogios de Carranza a los meses, publicados en la misma Revista de las Indias), al poema en prosa que incorpora la lógica de los sueños, quiebra los controles --lógica, razón, moral, gusto-- que en la vigilia rigen la actividad mental y hace posible la realización de los deseos más íntimos y extravagantes; de la abolición piedracielista del pensamiento poético en aras de una poesía del corazón, apta para lectores bucólicos, a la metafísica subterránea que cuestiona el tiempo ("Qué más da si esto sucedió antes o si fue posterior") e inquiere acerca del olvido; de la melancolía y la visión ilusionada del mundo a la desesperanza y la angustia existencial; de la idealización del trópico visto como paisaje pastoril a su desembrujamiento al presentarlo no como estricto entorno físico sino como espacio habitado por el hombre, donde la muerte se cocina de manera continua a fuego lento; del canto en celebración de los valores tradicionales --la hispanidad, el catolicismo, los próceres, el paisaje campestre de la patria-- a una nueva concepción catártica de la poesía que linda con el resplandor de la plegaria.




Por otra parte en "Hastío de los peces" están presentes en apretada síntesis los tópicos recurrentes en el orbe verbal de Mutis: la relación intensa con el paisaje; el perverso paso del tiempo y su resonante ruina; el viaje y la huida; la atmósfera de enfermedad (alcohol, termómetro, lepra, pelagra, hambre, tifo), decrepitud (ancianos orgiásticos, desdentados, turistas con ojeras), transgresión y enigmático erotismo (ancianas asesinas, coleccionistas de caderas, sitios sospechosos, pornográficas banderolas indicadoras de nebulosos deseos indescifrables, ojos de buey turbios de sal y sacrificio, potente virginidad de hermosísimas mujeres que acompañan solo en sueños); las imágenes febriles; la tensión entre entidades antitéticas --Europa y América, prosa y verso, imaginación creadora y reflexión metapoética--; la estética del fragmento; la representación del trópico como el ámbito de la desesperanza a partir de una estratégica distribución en el poema de vegetales (poleo, algas, gardenias, tabaco, calabaza, savia de los cocoteros), de animales (ostras, mariposas de oscuras alas lanosas, serpientes, cacatúas, cachalotes), de minerales (arena, agua dulce) e imágenes de todo tipo, olfativas (tufo acre), tactiles (sudor), visuales (sol, banderas, colores) y auditivas (gemidos, torres de radio, canciones de moda) que contribuyen a la creación de un clima opresor.




Mucho más acorde con el paso de Colombia de país rural a país de urbes, en el que la violencia se vuelve una constante cotidiana, la obra poética de Alvaro Mutis realiza la ruptura puntual con los trasnochados hábitos poéticos modernistas de Piedra y Cielo que no habían podido consumar sus contemporáneos Fernando Charry Lara, Héctor Rojas Herazo, Fernando Arbeláez y Jorge Gaitán Durán, reincidentes aún en el sonsonete del soneto, en el apego excluyente a los modelos hispánicos, en la visión del poema como el reino de la ocurrencia ingeniosa y en la práctica del erotismo casto y sin cuerpo de los ya anacrónicos bardos piedracielistas.
Ariel Castillo Mier


Ver Hastío de los peces

NOTAS:




1. Alvaro Mutis, "Hastío de los peces", Revista de las Indias, 94 (Bogotá), junio de 1947: 163-166. En adelante, mencionaré este texto como "Hastío 1".
2. Casi artesanal, de solo 200 ejemplares, la edición de La balanza, Prag, Bogotá, 1948, que incluye ilustraciones de Hernando Tejada, era prácticamente un cuaderno. De ediciones como esta surgió el mote despectivo con el que se identificó a los poetas posteriores al grupo Piedra y Cielo, gracias al ingenio andino de Hernando Téllez: Los Cuadernícolas.
3. En la publicación se señala que el poema forma parte de otro proyecto editorial, el poemario Los ejes encontrados, que pese a la analogía o similitud que puede establecerse entre balanza y ejes encontrados, es, en realidad, diferente. Se sabe, al menos, de otro poema que formaba parte del mismo, "Las llamas en el destino", Sábado, 13-XI-48, hoy conocido como "El viaje". Entre los dos textos, ambos de clara estirpe surrealista, se sostiene un intenso diálogo: un juego de afinidades y contrastes, de correspondencias y de simetrías invertidas que revelan la unidad del proyecto.
4. El Heraldo, 24 de agosto de 1949, p. 5. en la página Litrarias de El Heraldo, con ilustraciones de Enrique Grau, "Hastío" aparece acompañado por el poema "Las batallas", también con ilustración de Grau, fragmento del libro en publicación, que nunca salió, El húsar. Agradezco los datos y el texto de esta segunda versión del poema al maestro Jacques Gilard.
5. Alvaro Mutis. Los elementos del desastre. Buenos Aires, Losada, 1953.
6. Fin de Semana, octubre de 1947. Esta es la primera ocasión en que aparece el nombre de Maqroll, que algunos estudiosos situaban, de manera inexacta, en 1948 o en 1953.
7. El fenómeno no se reduce, por supuesto, a "Hastío de los peces". Todos los poemas que Mutis publicó en los periódicos y las revistas de la época, al pasar a los libros, registran cambios que pueden ir desde el título hasta la supresión significativa de versos o la reescritura total del poema.
8. En "Hastío I" no solo se origina el poema "Oración de Maqroll", sino que también se citan fragmentos o se alude a otros poemas de 1947 como "Tres imágenes" ( "este delicado aparato que fabrica gardenias,/esta oscura mariposa de torpe vuelo,/este rebaño de alces") y 204, de 1948 como "Una palabra" ("el largo viaje entre la magia recién iniciada") y "El miedo"; de 1949 como "Angela Gambitzi" y Los elementos del desastre; e incluso a novelas y relatos, muy posteriores: La mansión de Araucaíma y su recreación de un recinto cerrado, alejado de la ciudad y del orden de los hombres comunes, donde se cumplen sórdidas ceremonias; el vigilante de los astilleros en Jamil; el puerto y el ambiente de orgías prostibularias en Ilona llega con la lluvia; y el viaje hacia las tierras altas, donde se concilian los elementos en La Nieve del Almirante, para no mencionar el barco borracho de amor de La última escala del Tramp Steamer o la historia de estéril concupiscencia de Amirbar.
9. Alfonso Fuenmayor. "Alvaro Mutis, creador de mitos". En: Santiago Mutis (ed.), Tras las rutas de Maqroll el gaviero 1988-1993.Bogotá, Instituto Colombiano de Cultura, 1993, p.12.








REMISION: El poema-relato de Mutis "Hastìo de los peces" puede leerse en el siguiente URL:
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© Ariel Castillo Mier




LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282




Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen I - Número 2
Julio-Agosto-Septiembre de 2000




DEPARTAMENTO DE IDIOMAS
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia




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