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GRATIS* DE JUEVES A SÁBADO EN AMAZON: "BATIÉNDOME EN RETIRADA", DE JAVI, EL HUMOR MÁS SUTIL PARA EL LECTOR MÁS MORDAZ


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De la ingente y singular obra gráfica de JAVI,Batiéndome en retirada (2014) recoge una magnífica selección de alrededor de trescientos chistes gráficos, repartidos en once secciones: Alucinando un poco, Correctamente incorrecto, C'est la guerre,  Ellas, ellos, ambos dos, y todos ellos,  In the curro, Niños, viejitos y otros seres peligrosos,  Más, y mass media,  Política y econosuya,  Re  flexiones, Seguridasosial y Sollozos de España. Cada una de las viñetas es el resultado de una reflexión/impresión del dibujante, a veces profunda, a veces mero guiño cómplice al espectador, de la que, como ocurre con todo pensamiento artístico, el lector/espectador atento llegará a diversas conclusiones sobre lo que es, sobre lo que somos, sobre lo que son y sobre cuanto nos rodea. Si a ello añadimos el ingrediente del humor, ácido o negro en unos casos, mordaz en otros y crítico en todos, forzoso será concluir que estamos ante un gran libro.  

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Disponible
en Amazón
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(*) Se ofrece gratis la versión digital en mobi para kindle 


PAPÁ (Javier Iribarren)



El día de su funeral cené con mamá en un mesón de los que se dicen jamoneros. Cuando concluyó la ceremonia buscamos un lugar para guarecernos de los mentideros creados en torno al pórtico de la parroquia. Amigos y conocidos de conocidos chismorreaban sin cuartel. Era su momento: “¡Cómo estaba la iglesia!”, “Muy bien este cura, eh”, “¡Solo nos vemos en funerales!”, “Que me voy ya, me alegro de verte”.
En el mesón estudié la carta con detenimiento: raciones, bocadillos fríos, los calientes, hamburguesas… Mamá, que tiene poca desenvoltura en los bares, me confió la iniciativa. Pedí dos bocadillos, el completo de jamón serrano, sin pimiento como lo prefirió ella, y el de cecina de Astorga con paté y aceite, que nos recomendó entusiasta el camarero. Los presentaron al cabo de cinco minutos, generosos y rotos en mitades, para facilitarnos el mordisco. Deliciosos los dos, vaya por delante, si convenimos a la hora de señalar el de cecina como excelente. Y así se lo hicimos saber al camarero, pues no dejaba de fisgar nuestros bocados en busca de una aprobación coral a su sugerencia. Bien a gusto me hubiera zampado otra mitad, y creo que mamá también, pero un conocido, otro más, se acercó a mostrar sus sentidos respetos a la viuda. Mamá ni siquiera se acordaba de su nombre, “el de la ferretería, sí, sí, claro”, pero verlo así de afectado, derramando la compostura entre sollozos, le causó algo de rubor.
Camino de casa retomamos el hilo del funeral. Mamá se atrevió a especular con cifras de asistentes y evocó con resignación socarrona las últimas voluntades de su marido, “Nada de misas ni sermones. Y tiráis mis cenizas al Ebro”.
Antes de retirarnos a dormir volvimos a coincidir en la cocina.
- ¿No te acuestas, hijo?
- Sí, ahora. Me he quedado con hambre. Voy a picar algo.
- Yo también tengo apetito, no te creas. ¿Queda algo de queso?
- En el “frigo” no. Lo terminé ayer.
- Hay en el balcón, creo.
- ¿Voy?
- Sí, por favor.
- Vale. Ahora vuelvo.
- ¡Luis!
- ¡Dime mamá!
- Coge también las nueces.



Javier Iribarren

UN PAR DE NOTAS CRÍTICAS SOBRE "INTERINO", LA PRIMERA NOVELA DE JAVIER IRIBARREN



Procuré retomar el ritmo de estudio, por enésima vez, aunque no fue sencillo. Tal vez convenga precisar aquí al lector que aunque no lo parezca el relato avanza, y hacia delante. Las correrías de un opositor no encierran asesinatos junto al lago, leyendas templarias ni secretos vaticanos. Es probable que no haya ni sexo. Auguro que no habrá película. (de "Interino". Javier Iribarren. Ediciones Eunate. Pamplona, 2014).
Pues no, no es cierto. Porque en "Interino" sí que hay película. Javier Iribarren nos presenta una apasionante novela de amor, humor y crítica social, que destapa los padecimientos y hasta los peores instintos humanos ante la lucha diaria por la supervivencia, y cómo esa lucha puede convertirse en una verdadera trampa. Su lectura suscita multitud de interrogantes, pero quizá el principal consista en cuestionar nuestras propias ambiciones: la naturaleza de las mismas y sus efectos, su legitimidad y, en todo caso, su verdadera conveniencia (su oportunidad). Buen punto de partida para una profunda reflexión sobre lo que la sociedad espera de nuestros jóvenes y ellos de la sociedad.
Estamos ante el crudo testimonio del suplicio padecido por esta juventud condenada al fracaso escolar o a discurrir por un eterno laberinto implacable y desesperanzado de estudio, disciplina y pobreza, difícilmente compatibles con la mínima estabilidad física y emocional que cualquier tipo de proyecto vital precisa. Panorama sólo roto por algún que otro escarceo casi siempre condenado al fracaso, bien sea por el extranjero (Londres, en este caso) para intentar buscar salidas y, de paso, aprender o perfeccionar otro idioma; bien por los bosques de una administración efímera, transitoria y provisional. Estudiante, opositor o interino, qué más da: la angustia es extrapolable a cualquier otra situación en que se hallan inmersos los jóvenes de hoy. Y este es el testimonio y esta la odisea: un relato verdaderamente dramático. ¿Cómo que no hay película?  
Y ya, en la perspectiva puramente formal o literaria, nos encontramos con una prosa exenta de experimentos lingüísticos o expresivos o de pretensiones líricas o poéticas, pero rigurosa y eficaz; de hecho, la narración mantiene un ritmo muy bueno con dosis, si no de un suspense hitchcockiano (inapropiado por lo demás para el género), sí de la necesaria tensión para atrapar la atención del lector, aderezada además con  pinceladas -ahí sí- de un lirismo nada pacato (y por tanto acorde con el tono narrativo) pero muy emotivo y salpicado de un humor muchas veces fino e inteligente. La trama está perfectamente estructurada y los personajes acertadamente definidos, lo que unido a ese logrado ritmo hacen de "Interino" una novela muy por encima de la mediocridad a la que  nos tiene acostumbrados el actual mercado literario .
Recomiendo, pues, su lectura: es interesante, emocionante, divertida y motivadora. Pero, además, lo dicho: contiene un vivo testimonio de nuestra época. Bueno, hoy, para la reflexión y, mañana, para el recuerdo aleccionador .


Lecturas hispánicas



LA NOVELA "INTERINO", DE JAVIER IRIBARREN, SE PRESENTA EN ZARAGOZA EL PRÓXIMO MIÉRCOLES, DÍA 12


La novela de nuestro amigo Javier Iribarren, editada por Ediciones Eunate, será presentada en Zaragoza el próximo día 12 a las 19,30 en el Sala Cultural de Lilbrería Central (Corona de Aragón, 40). 


Interino es sinónimo de provisional, transitorio, fugaz. ¿Puede una persona llevar una existencia interina? Eduardo Iturralde es un joven universitario con nombre de árbitro y dificultades para pronunciar la erre. La timidez, parece, le viene de serie. Los proyectos que emprende, sean laborales o personales, no terminan de cuajar. “No acabas nada, hijo. Hay que ser más paciente en la vida”, le recuerda su madre.
Javier Iribarren
No parecen las mejores credenciales para estudiar una oposición, desde luego. Pero Iturralde es obstinado y la propia inercia de la vida le ha llevado por ese camino. Convertirse en alto funcionario de la Administración Foral de Navarra se convertirá a partir de entonces en su aspiración.
Un reto intelectual mayúsculo que el protagonista tratará de compaginar con su relación de pareja y con diversos empleos temporales al servicio de la Administración Pública. ¿Lo conseguirá? 
Una historia de superación que nace en el periodo de bonanza y profundiza en lo más profundo de la crisis actual. El testimonio (crudo testimonio) de lo que la sociedad actual depara a nuestros jóvenes. 
Javier Iribarren nace en Logroño en 1980. Es licenciado en Derecho y funcionario de la Administración de la Comunidad Autónoma de La Rioja. “Interino” es su primera novela.




CALENDARIOS MEDIEVALES (Juan Coira Pociña)



El calendario es una construcción humana; su tiempo es totalmente social, aunque esté sujeto a los ritmos del universo. Su función no se reduce a representar el paso del tiempo, sino que juega un importante papel en la sociedad. Constituye uno de los más importantes instrumentos de poder, pues significaba controlar el tiempo y sus ritmos, es decir, el trabajo, el ocio, el descanso, etc. Por este motivo el poder, y particularmente la Iglesia, estuvo muy interesada en controlarlo y, de paso, añadirle los rasgos de su 
propia concepción del tiempo, como a todo instrumento que servía para expresarlo
El calendario está estrechamente relacionado con la religión, pues es frecuente que, en las cosmogonías, los dioses creadores del universo sean también los creadores del calendario. El caso del Cristianismo no es una excepción, pues desde el primer capítulo del Génesis, la dimensión temporal cumple un papel esencial como referencia en la Creación: ahí se narra la creación de los días y la semana. El calendario constituye de esa forma la expresión de la determinación del tiempo por parte de Dios. No es de extrañar, por tanto, que la mayor parte de los calendarios medievales conservados estén en relación, de una u otra manera, con el estamento eclesiástico.
Desde el punto de vista de la Iglesia, el tiempo le pertenece a Dios y a Él se le debe dedicar; la Iglesia pretendía controlar una dimensión que “por derecho” le correspondía. 
Sin embargo, hay diferentes maneras de dedicárselo, según el estamento al que nos refiramos. Podía haber un tiempo para la oración, para la guerra o para el trabajo, y los calendarios reflejaron esta realidad. Y es que, aunque el calendario depende del tiempo cósmico, las sociedades lo reciben y adaptan a sus determinadas estructuras sociales, políticas, económicas y culturales. Por ello, existen diversos tipos, incluso dentro de una misma sociedad, en la que existen diversos grupos sociales o estamentos, cada uno de ellos con su propia cosmovisión. 

Juan Coira Pociña
Ver, concebir y expresar el paso del tiempo. 
El calendario medieval y el refranero, 2013

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Disponible texto completo
en revistas.um.es
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EL TENUE AROMA DE LA ACACIA (Antonio Envid)




La madrugada en Saint Denis era especialmente dura, hombres con gesto encogido pasaban como furtivos por las mojadas aceras, sin reparar, porque se habían hecho habituales o porque no les importaban en absoluto, en las pintadas (“Franco es un asesino”, “Abajo el fascismo franquista”) que embadurnaban las oscuras paredes de los edificios, camino del cotidiano trabajo. Camino, también yo, del suburbano que me llevaba hasta la editorial, donde hacía un poco de todo e igual cogía la pluma que la escoba: traductor a ratos, redactor de cartas a inverosímiles librerías españolas capaces de vender los libros que editábamos o los que distribuíamos de “El Ruedo Ibérico”, mozo repartidor, articulista ocasional… Aquellas madrugadas, sin embargo, comenzaron a ser más amables, me cruzaba con frecuencia con una joven que me dirigía una leve sonrisa.
Un día, venciendo mi tradicional  timidez, la abordé. Resulta que ella sabía mucho sobre mí, pues su hermano y yo éramos conocidos; no llegábamos a ser amigos, pero había buen entendimiento entre nosotros. Era hija de exilados españoles, pero ella era parisina. Rosita, así la llamaban sus padres y hermanos, con una “r” impronunciable para sus amigos franceses, era uno de esos deliciosos productos criollos; educada en la estricta moral laica del obrero republicano español de raza, esa educación contrastaba con la libertad de costumbres de sus amigos franceses, causándole esto una cierta confusión mental. Comenzamos a salir juntos e íbamos a alguna boite a bailar o al cine. Era fogosa y reprimida a la vez, sus diversos componentes culturales le conferían una interesante y compleja personalidad, mucho más libre que cualquier chica española, pero reprimida por numerosos tabús.
La Porte de Saint Denis me devolvió a mis gentes. Mucho más reales que los estereotipos que se manejaban en las reuniones de la célula. Gentes que, en su mayoría, carecían de inquietudes políticas, sumergidas como estaban en la resolución de los problemas diarios, con un único afán, enviar dinero a sus casas, y un único sueño, volver a su ciudad o a su pueblo un día, con los problemas económicos más perentorios resueltos. La justicia social empieza por uno mismo. Aparte estaban los irredentos exilados de la guerra, que desengañados de volver, reconstruían en tierra extraña el ambiente petrificado de una España ya inexistente y, por tanto, imposible de recuperar.
Una noche de sábado en que Rosita se había mostrado especialmente cariñosa mientras bailábamos y desafiando el mandato paterno, que la obligaba a volver a casa a una hora “prudente”, accedió a subir a mi cuarto. Todo fue hermoso, pero no excesivamente apasionado, quizá a ambos nos faltaba experiencia. Después vinieron las confidencias: su deseo era casarse con un español, que la devolviera a esa España para ella desconocida, idealizada por tanto ensalzamiento escuchado a sus padres, tener hijos, ser felices. En fin, todo un programa pequeño burgués que a mí no me hizo mucha gracia. De pronto descubrí que esas deliciosas criaturas que son las mujeres, no solo eran un cúmulo de estímulos sensoriales y sentimientos románticos, sino que tenían cabecitas muy bien organizadas, que establecían programas eficaces dirigidos a fines muy concretos y que uno de ellos era hacernos bajar a los hombres de las etéreas regiones donde comúnmente habitamos hasta la tierra real y concreta, para ser unos elementos integrantes de la sociedad y desarrollar lo único que se nos pide: nacer, reproducirse y morir.
Me gustaba el barrio. Nunca he dejado de ser un chico de barrio. La vida cobraba formas primarias, la gente tenía problemas y trataba de resolverlos de la mejor manera posible, con la angustia necesaria. Si hubieras preguntado por Du Beauvoir o Sartre te habrían contestado con naturalidad que no los conocían, que preguntaras, acaso, dos calles más abajo donde vivían algunas familias francesas. Ya empezaba a estar un poco harto de los pseudointelectualoides del comité, con tanto análisis estructural, tanto materialismo dialéctico, tantas citas constantes a los prebostes del marxismo y tanto mirarme condescendientemente porque yo no había ido a la universidad, como si ello comportara más mérito que el haber tenido un padre rico que costeara los estudios al hijo que jugaba a ser rebelde y marxista y cuando, por lo demás, la vida se desarrollaba ante nuestros ojos y no era necesario sino mantenerlos muy abiertos para comprenderla.
Fue por casualidad que trabé conocimiento con uno de los tres jesuitas que atendían la sobria parroquia del barrio. No tenía ninguna pinta de cura, vestía como cualquier obrero y se tomaba con ellos una cerveza al terminar su jornada de trabajo, mientras reemprendía otra, la ministerial. Era navarro y me interesó lo que estaban haciendo, de modo que algunas tardes, de anochecida me dejaba caer por la oficina parroquial y para cuando terminaban su agotadora jornada, quizá, les hubiera preparado algún guiso, que siempre he sido mañoso con las perolas y sartenes. Mientras cenábamos conversábamos sobre España y sobre el resto del mundo.
-Nosotros ejercemos de curas, aunque no lo parezca. Somos unos taimados. Claro que hacemos proselitismo, y muy eficazmente te lo aseguro. Reía Javier ante mi cara de asombro.
- Es que los comunistas sois muy primitivos, parecéis los primeros cristianos, dando la tabarra con el ateísmo, cuya doctrina te habrás dado cuenta que toma todos sus elementos de la religión, sobre todo el dogma, tras el que se parapeta el superior. Esto no tiene discusión: es dogma. A partir de ahí ya no tengo que demostrar nada, y tú te quedas con el trabajo de demostrar cada una de tus afirmaciones, que cuando no interesen serán rebatidas con otros dogmas. Cualquier día de estos descubriréis a Dios y adiós con el comunismo político, os convertiréis en una teocracia.
Escuchar cosas así de unos curas me producía no sólo asombro, sino un verdadero choque contra todo lo que había visto de la Iglesia Católica en mi tierra. Los tres componentes de la casa, de la parroquia, o lo que fuere: uno navarro y dos vascos, trabajaban en una empresa de colocación de telas asfálticas. Los domingos, después de decir misa, organizaban partidos de fútbol con los chicos del barrio y jugaban con ellos. Durante la semana, tras el trabajo celebraban la eucaristía y después abrían la oficina parroquial donde trataban de ayudar a resolver los problemas de los que hasta allí se acercaban, sin preguntarles nada sobre sus creencias.
-Mira, lo primero que necesitan muchos de los que acuden es a que les encuentres un alojamiento. Normalmente vienen a casa de algún pariente o amigo del pueblo, pero eso es una solución provisional. Qué les vas a decir sobre el concubinato y las relaciones sexuales sin matrimonio, si viven hacinados. Después hay que revisarles los papeles del arrendamiento del apartamento, para que no los engañen. También hay que buscarles trabajo o mirar que no les pongan cláusulas abusivas en sus contratos. En fin, ayudarles. Después les dices que celebramos misa los domingos, pero que la misa hay que sentirla, si no es preferible no asistir. Y así van cayendo. Ja, Ja,…. volvía a reír Javier con esa risa espontánea y contagiosa suya, que procedía de alguien que parecía vivir de acuerdo con su pensamiento.
- Sí, si, no seas celoso, también a ti tratamos de traerte al buen redil, pero eres un caso muy difícil. Aunque, ya caerás, Dios es eterno y puede permitirse tener mucha paciencia. –Pero yo, afortunadamente, no soy eterno-. Contestaba yo con un guiño.
Las cosas con Rosita comenzaron pronto a no marchar. Se daba cuenta de que yo no era lo más apropiado para sus proyectos. Por muy hábilmente que tirase del brabante no había manera de bajarme de la estratosfera donde descuidadamente vivía. Mientras, yo acariciaba la idea de volver a mi país, pero temía que estuviera fichado y fuera detenido nada más poner un pie tras la frontera. Nada me ataba a Francia y cada vez era mayor la nostalgia de mi tierra. Un día recurrí a mis amigos jesuitas.
-Volvería a España, pero tengo miedo de que la policía tenga antecedentes míos y me creen dificultades. Prácticamente he roto con el Partido, pero eso no será suficiente.
-Pues no sé que podemos hacer por ti.
-Vuestra organización es poderosa y bien relacionada con el Régimen.
-Más vale que no toquemos este punto. No faltaría más que nuestros hermanos españoles pensaran que queremos infiltrar comunistas. Bastante escandalizados los tenemos.
-¿Por qué?
-No dejarás nunca de ser un ingenuo, por eso te he dicho siempre que no estás perdido. ¡Curas obreros! ¡Curas sindicalistas, reivindicadores de los derechos de los obreros! Mira, cuando cogemos vacaciones nos abstenemos de ir a ninguna casa de la Orden. No entenderían a un padre jesuita de vacaciones.
-Pues, ¿Dónde vas?
-A mi me gusta el mar, o sea que a una playa.
-¿Y vas a la playa y te pones el bañador?
-¡Qué pregunta, vaya revolucionario! Lo malo es que nos vas a salir un católico reaccionario y retrógrado. No te preocupes, tenemos otros medios que no son, precisamente, recurrir a nuestra Orden. Me contestó con un guiño cómplice de conspirador.
Al poco tiempo me comunicaron el resultado de sus averiguaciones. No tenía ficha policial, podía ir a mi patria cuando quisiera, sin temor. Partí con un sentimiento de vergüenza por mi cobardía de no atreverme a decírselo a Rosita. Pero qué podría decir en  mi descargo. Que era un inmaduro, que no acababa de encontrar mi sitio. Por otra parte, Rosita siempre sería una delicada rosa española plantada en una banlieue y en España no dejaría de ser una fragante rose francesa en aquella España pacata y provincial. La tragedia de los trasterrados no termina en ellos, trasciende a la generación siguiente, los criollos, que no consiguen pertenecer ni a la cultura de sus padres ni a la de adopción.
Atrás dejé aquella babel  de tribus. Estaban los viejos republicanos españoles, que habían perdido todas las batallas y habían sido apaleados en todos los lugares y en todos los idiomas: en la guerra española, en los Alpes, en los Vosgos; que mantenían una fe inquebrantable en el socialismo, pero el del comunismo primitivo,  sin contaminar aún por los intelectuales, la fe de los viejos apóstoles bolcheviques. La nomenclatura del partido, formado por burócratas mal pagados, que se disputaban una invitación al paraíso de Cheauchescu. También había que contar con la emigración, que no había vivido la guerra, sin compromiso político alguno, que se hacinaba con portugueses, turcos y argelinos en las banlieues, tratando de sobrevivir simplemente. Pero aparte de nuestros variados especímenes, París se hallaba poblado por multitud de hordas: desde el oficial Partido Comunista, para quienes nosotros éramos los parientes pobres, hasta la extrema derecha fascista, que englobaba los restos de la O.A.S. pasando por los sonrosados estudiantes de Nanterre, en su mayoría alevines de las familias dirigentes, que jugaban a comunistas maoístas, dispuestos a dirigir la tercera revolución francesa, llevando la imaginación al poder. Como si el poder careciera de imaginación, al menos para lo único que le interesa, permanecer en el poder, como lo demostró en aquella ocasión, fagocitando a aquellos diletantes, que pronto terminarían sus estudios y se integrarían felices en los cómodos alvéolos de ese abominable poder.
Me fui, volví a España. Al poco estalló el mayo francés. Nunca se armó tanta bulla para tan parco resultado: jubilar a un viejo general enfermo. Francia y toda la Europa occidental carecían ya de la energía necesaria para una  revolución, habían perdido pulso. Como mucho, unos días de algarada para que todo continuara igual. El espectáculo se celebró sin mí, lo que me impidió pasar el resto de la vida diciendo, con el pecho inflado: yo estuve en el 68 en Paris. ¡Qué lástima! Qué hacía yo en aquella jungla, un chico de barrio. Nada. Volví a mi país donde Paco “el paleta” todavía estaría aguardando paciente la llegada de la parusía socialista. Llegué justo a tiempo de contemplar la conmoción que supuso el triunfo de Massiel en Eurovisión, estuve a punto de largarme a cualquier parte, abrumado de tanta vulgaridad y nihilismo. El 20 de agosto de aquél año, las tropas y los tanques rusos, bajo la capa del Pacto de Varsovia, pisoteaban las flores de la primavera de Praga, extirpando de forma brutal los sueños de libertad y humanismo de los checos, dirigidos por Alexander Dubcek. Nadie, en la Europa libre, ni aquellos ilusos estudiantes, ni sus profesores, ni sus intelectuales mentores, elevó la más tenue protesta. Hay quien piensa que Dubcek era tan peligroso para el capitalismo como para el comunismo.

Antonio Envid Miñana
El tenue aroma de la acacia 








LA VENTANA (Anca Balaj)

Cuando las puertas se abren y se cierran con suavidad, uno puede atravesarlas con total libertad, pero si alguien las cierra de un portazo, ya no se puede pasar al otro lado en mucho, mucho tiempo. No importa si son horas o medias horas, tras el portazo queda una eternidad hasta el momento de volver a cruzar esa puerta.

Carlos se quedaba muchas tardes encerrado en su cuarto después de que alguien diera un portazo. Su habitación tenía la peculiaridad de volverse grisácea tras cada uno de esos portazos: desde las paredes hasta las alfombra, que de normal era roja, todos y cada uno de los objetos que había en su cuarto perdían cualquier rastro de color. 

Un día, mientras medía los minutos que quedaban hasta atravesar de nuevo el umbral y recuperar el rojo de su alfombra y de sus mejillas (y, no te asustes, pero había minutos de hasta veinte metros de largo), vio con el rabillo del ojo que uno de sus cuadernos conservaba las tapas verdes y azules. Se acercó al escritorio y lo abrió. Era el cuaderno de cuentos ilustrados en los que solía escribir las aventuras que inventaba jugando con los amigos. 

Dentro del cuaderno, las historias seguían conservando todo su colorido. Sin querer, a Carlos se le escapó una sonrisa al ver al pirata con los pantalones bajados arrastrado por tres gnomos. Se le ocurrió dibujarle los bigotes más despeinados, pero, en cuanto el lápiz rozó el papel, el cuaderno se convirtió en una ventana que daba a una isla con grandes palmeras y gnomos traviesos vestidos de violeta. Carlos cruzó la ventana y, con sus propias manos, despeinó los bigotes del pirata, vitoreado por al menos una docena de gnomos de todas las edades que parecían encantados con la ocurrencia del niño. 

Pasó la tarde rápidamente, pues los minutos que quedaban eran ya más cortos que el lápiz amarillo. La puerta se abrió y Carlos volvió a su cuarto, cerrando la ventana detrás de sí; la ventana volvió a ser un cuaderno de tapas azules y verdes, la alfombra era roja otra vez y los minutos de nuevo medían sesenta segundos exactos.

Pero, desde aquel día, Carlos siempre llevó consigo un cuaderno de tapas coloreadas, por si alguien daba un portazo y había que salir por la ventana. Y nunca volvió a quedarse encerrado en una habitación gris.



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Libros de Anca Balaj


CÓMO DESARROLLAR LA CREATIVIDAD INFANTIL (Anca Balaj)




Todos los niños y niñas nacen creativos e ingeniosos pero, en algún momento de su infancia, empiezan a dejar de lado sus ideas originales, empiezan a dudar de sus capacidades y rebajar sus expectativas, dejan de arriesgar y experimentar para limitarse a realizar las tareas según pautas bien definidas. A partir de ese momento, cuando les pedimos que inventen algo empiezan a contestar "es que no sé cómo hacerlo" y se niegan a probar sin recibir las instrucciones precisas.
Esto se debe a que el sistema educativo actual cultiva de manera intensiva las capacidades del hemisferio izquierdo (lógica, razonamiento, síntesis, lenguaje, procedimientos) ignorando casi en su totalidad las capacidades del otro medio cerebro humano. 
Es por esto que se necesita ofrecer un espacio a los niños y niñas, en el que desarrollar todo su potencial. 

En este libro encontrarás información sobre la creatividad y como se produce, así como actividades prácticas para realizar con el niño o la niña. Son 10 actividades con sus variantes, con las que trabajar tanto el aspecto artístico cómo el pensamiento lateral del niño o niña.

Más libros de 
Anca Balaj



TÍMIDaS (Anca Balaj)





La manera adecuada de manejar grandes textos es tomando el escrito en su conjunto. Después, a la hora de estudiarlo, deberá usted recorrer con su mirada la superficie de los renglones, de izquierda a derecha, sin variar el ritmo. Podría (en caso de ser absolutamente necesario) volver unas palabras atrás y recorrer de nuevo las letras ya leídas, procurando abarcar al menos medio renglón en esta revisión.

Pero jamás, bajo ningún concepto se debe detener con la mirada fija en una minúscula en concreto. Si así lo hiciera, la boba se sentiría halagada por tanta atención, dada su timidez se pondría roja y así destacaría entre las demás letras.

¿Puede alguien imaginarse la de líos e incorrecciones que supondría tener una minúscula destacada en mitad del libro? ¿Podría alguien resistir tal desbarajuste en un texto formal?




Anca Balaj
de su blog aMINUSCULA


FUNERAL EN VIANA (Álvaro Mutis)




In memoriam Ernesto Volkening
Hoy entierran en la iglesia de Santa María de Viana
a César, Duque de Valentinois. Preside el duelo
su cuñado Juan de Albret, Rey de Navarra.
En el estrecho ámbito de la iglesia
de altas naves de un gótico tardío,
se amontonan prelados y hombres de armas.
Un olor a cirio, a rancio sudor, a correajes
y arreos de milicia, flota denso en la lluviosa
madrugada. Las voces de los monjes llegan
desde el coro con una cristalina serenidad sin tiempo:

Parce mihi, Dómine;
Nihil enim sunt diez mei.
¿Qui est homo, quia magníficas eum?
¿Aut quid appónis erga eum cor tuum?

César yace en actitud de leve asombro,
de incómoda espera. El rostro lastimado
por los cascos de su propio caballo
conserva aún ese gesto de rechazo cortés,
de fuerza contenida, de vago fastidio,
que en vida le valió tantos enemigos.
La boca cerrada con firmeza parece detener
a flor de labio una airada maldición castrense.
Las manos perfiladas y hermosas, las mismas
de su hermana Lucrezia, Duquesa d’Este,
detienen apenas la espada regalo del Duque de Borgoña
Chocan las armas y las espuelas en las losas del piso,
se acomoda una silla con un apagado chirrido
de madera contra el mármol, una tos contenida
por el guante ceremonial de un caballero.
Cómo sorprende este silencio militar dolorido
ante la muerte de quien siempre vivió
entre la algarabía de los campamentos,
el estruendo de las batallas y las músicas
y risas de las fiestas romanas. Inconcebible
que calle esa voz, casi femenina, que con el acento
recio y pedregoso de su habla catalana,
ordenaba la ejecución de los prisioneros,
recitaba largas tiradas de Horacio
con un aire de fiebre y sueño o murmuraba
al oído de las damas una propuesta bestial.
Qué mala cita le vino a dar la muerte de César,
Duque de Valentinois, hijo de Alejandro VI
Pontífice romano y de Donna Vanozza Cattanei.
Huyendo de la prisión de Medina del Campo
Había llegado a Pamplona para hacer fuerte 
a su cuñado contra Fernando de Aragón.
En el palacio de los Albret, en la capital de Navarra,
se encargó de dirigir la marcha de los ejércitos,
el reclutamiento y pago de mercenarios,
la misión de los espías y la toma de las plazas fuertes.
No estaba la muerte en sus planes.
La suya, al menos. A los treinta y dos años
Muy otras eran sus preocupaciones y vigilias.
Frente a Viana acamparon las tropas de Navarra.
Los aragoneses comenzaban a mostrar desaliento.
Sin razón aparente, sin motivo ni fin explicables,
El Duque salió al amanecer, en plena lluvia,
hacia las avanzadas. Le siguió su paje Juanito Grasica.
En un recodo perdió de vista a César.
Una veintena de soldados del Duque de Beaumont,
Aliado de Fernando, cayó sobre el de Valentinois;
la lluvia les había permitido acercarse.
Él sólo pudo verlos cuando ya los tenía encima.
Entre los presentes en la iglesia de Santa María,
persiste aún la extrañeza y el asombro
ante muerte tan ajena a los astutos designios de César.
Los oficiantes oran ante el altar y el coro responde:

Deus cui propius est miseréri,
semper et párcere, te súpplices
exorámus pro ánima fámuli tui
quam hódie de hoc século migráre jussisti.

Los altos muros de piedra, las delgadas columnas
reunidas en haces que van a perderse
en la oscuridad de la bóveda, dan al canto
una desnudez reveladora, una insoslayable evidencia.
Sólo Dios escucha, decide y concede.
Todos los presentes parecen esfumarse
ante las palabras con las que César, por boca
de los oficiantes, implora al Altísimo un don
que en vida le hubiera sido inconcebible: la misericordia.
El perdón de sus errores y extravíos, no fue asunto
para ocupar ni el más efímero instante de sus días.
Sin sosiego los días de César, Duque de Valentinois,
Duque de Romaña, Señor de Urbino.
¿De qué fuente secreta manaba la ebria energía
de sus pasiones y la helada parsimonia de sus gestos?
Los hombres habían comenzado a tejer la leyenda 
de su vida sin esperar a su muerte. Algo de esto 
llegó alguna vez a sus oídos. No se marcó
el más leve interés en sus facciones.
Una humedad canina se demora dentro de la iglesia
y entumece los miembros de los asistentes.
El desnudo acero de las espadas
y de las alabardas en alto, despide una luz pálida,
un nimbo personal y helado. Los arreos de guerra
exhalan un agrio vaho de resignado cansancio.

Réquiem aeterna dona eis Dómine:
et lux perpétua lúceat eis.
In memoria aeterna erit justus:
ab auditione mala non timébit.

El Rey Juan de Navarra mira absorto
las yertas facciones de su cuñado
por las que cruza, en inciertas ráfagas,
la luz de los cirios. Vuelven a su memoria
los consejos que días antes le daba César
para vencer las fortificaciones aragonesas;
la precisión de su lenguaje, la concisa sabiduría
de su experiencia, la severa moderación de sus gestos,
tan ajenas al febril desorden de su rostro
en las interminables orgías de la corte papal.
Hoy cuelgan a Ximenes García de Agredo,
El hombre que lo derribó del caballo con su lanza.
Su rostro conserva todavía el pavor
ante la felina y desesperada defensa del Duque.
Ya en el suelo y a tiempo que lo acribillaban
las lanzas de sus agresores, aún tuvo alientos
para increparlos: “¡No sou prous, malparits!”.
Hoy parte Juanito Grasica para llevar la noticia
a la corte de Ferrara. Imposible imaginar el dolor
de Donna Lucrezzia. Se amaban sin medida.
Desde niños, comentaba César en días pasados
al recibir en Pamplona un recado de su hermana.
Termina el oficio de difuntos. El cortejo
va en silencio hacia el altar mayor,
donde será el sepelio. Gente del Duque
cierra el féretro y lo lleva en hombros
al lugar de su descanso.
Juan de Albret y su séquito asisten 
al descenso a tierra sagrada de quien en vida
fue soldado excepcional, señor prudente y justo
en sus estados, amigo de Leonardo da Vinci,
ejecutor impávido de quienes cruzaron su camino,
insaciable abrevador de sus sentidos
y lector asiduo de los poetas latinos:
César, Duque de Valentinois, Duque de Romaña,
Gonfaloniero Mayor de la Iglesia,
digno vástago de los Borja, Milá y Montcada,
nobles señores que movieron pendón
en las marcas de Cataluña y de Valencia
y augustos prelados al servicio de la Corte de Roma.
Dios se apiade de su alma.

Tomado de Summa de Maqroll el Gaviero. Poesía 1948-1988 (FCE, 1990).  

POR UN SABER ENSAYÍSTICO (Francisco Jarauta)




En su introducción a El alma y la formas, dedicada a la esencia y la forma del ensayo (carta a Leo Popper), Lukács establece, con extraordinaria lucidez, el terreno de la elección de este género representativo. El ensayo como forma parte de la renuncia al derecho absoluto del método y a la ilusión de poder resolver en la forma del sistema las contradicciones y tensiones de la vida. El ensayo, escribe Lukács, no obedece a la regla de juego de la ciencia y de la teoría, para las que el orden de las cosas es el mismo orden de las ideas; ni apunta a una construcción cerrada, deductiva o inductiva. Por el contrario, el ensayo, partiendo de la conciencia de la no-identidad, es radical en su "no-radicalismo", en la abstención de reducirlo todo a un principio, en la acentuación de lo parcial frente a lo total, en su carácter fragmentario. Y al retroceder espantado ante la violencia del dogma, que defiende como universal el resultado de la abstracción o el concepto atemporal e invariable, reivindica la forma de la experiencia del individuo, al tiempo que se yergue contra la vieja injusticia hecha a lo perecedero, tal como apostilla Adorno en páginas de todos conocidas.
El ensayo es la forma de la descomposición de la unidad y de la reunificación hipotética de las partes. Dar forma al movimiento, imaginar la dinámica de la vida, reunir según precisas y provisionales estructuras aquello que está dividido, y distinguirlo de todo lo que se presenta como supuesta unidad, ésta es la intención del ensayo. Busca, por una parte, expresar la síntesis de la vida, no la síntesis trascendental, sino la síntesis buscada al interior de la dinámica efectiva de los elementos que la constituyen; por otra, sabe bien sobre la imposibilidad de dar una forma a la vida, de resolver su negativo en la dimensión afirmativa de una cultura, lo que lo obliga a interpretarse como representación provisional ,como punto de partida de otras formas, de otras posibilidades.
El ensayismo no oculta su dimensión errante. Y para utilizar una feliz expresión de Harold Bloom que lo define como un "vagabundeo del significado", podríamos entenderlo como un viaje, una errancia entre la forma y su superación irónica, entre lo que Luckács llamaba forma como destino y la aporía de una forma como totalidad independiente. Es un viaje permanentemente interrumpido por una omnipresente accidentalidad. Es la interrupción irónica que se alimenta de la sorpresa de ver una y otra vez suspendida la idea de esencia o de absoluta, por el simple hecho del irrumpir de las cosas o de la vida. Este errar es justamente lo que acerca al ensayo a la vida. Lukács lo comenta no sin ironía, al recordar que al ensayo le acontece lo que a Saúl, que salió a buscar los asnos de su padre y se encontró con un reino, al igual que el ensayo que en su búsqueda de la verdad, da con la meta no buscada, la vida, que tanto para Lukács como para Simmel coincide con el sentido inmanente de la cultura.
Este errar de la forma del ensayo es justamente lo que permite al pensamiento, comenta Adorno en su nota El ensayo como forma, liberarse de la idea tradicional de verdad. Más que establecer las adecuaciones, correspondencias y simetrías, prefiere organizar configuraciones o campos de fuerzas, en los que todas las variaciones posibles y pensadas arbitran la lógica de su relación. El ensayo piensa su objeto como descentrado, hipotético, regido por una lógica incierta, borrosa, indeterminada: su discurso es siempre aproximación. Se sacude la ilusión de un mundo sencillo, lógico en el fondo, preestablecido, regido por una inexorable necesidad o voluntad.  Por el contrario, el ser diferenciado del ensayo se nos muestra en su provisional espera, en ese tiempo de lo nunca acaecido, de lo posible o, al menos, de lo deseado. Y cuando su mirada oriéntase hacia un pasado relativamente lejano, no por eso abandona la ironía que rige su intención crítica. Ni su discurso ni su visión deben tomarse como la lectura verdadera. Es tan sólo una variación en la serie abierta de las aproximaciones, que posibilita recorrer no sólo la distancia, sino también el otro rostro de lo percibido, aquella historia que nunca aconteció. Esa distancia respecto a lo evidente es la que hace del ensayo la forma crítica por excelencia; su ejercicio es una provocación del ideal de la clara et distincta perceptio y de la certeza libre de duda. El ensayo obliga a pensar la cosa, desde el primer momento, como regida por una complejidad lógica, cuya resolución atraviesa el libre juego de  un aleatorio impreciso e indeterminado en sus comportamientos.
Igualmente por lo que respecta al método, el ensayo suspende su concepción tradicional. En Lukács el discurrir del ensayo se presenta próximo al Umweg benjaminiano. El objeto central seguirán siendo las "cuestiones fundamentales de la vida", pero estas son tratadas oblicuamente, es decir, a través del juego de sus variaciones y configuraciones reales. También para Benjamin, "Methode ist Umweg" (método es rodeo), que es lo mismo que señalar no una vía directa y unívoca en el análisis del objeto, sino más bien un recorrido que aparentemente nos aleja de él, pero que en la práctica nos permite una más correcta aproximación. El movimiento del Um-weg es el que nos acerca al centro más profundo y oculto del objeto, al lugar en el que la suerte de los posibles se decide a favor de aquella forma particular de la vida o la cultura. 
La renuncia a las formas de evidencia impone al ensayo un procedimiento abstracto, que decide tanto su estrategia discursiva como la forma de conocimiento que le es propia. La abstracción consiste en el hecho de que la imagen muere en su aludir a otro, en su recordar algo, aquello que aparece a través del sistema de referencias o relaciones que se establecen. A diferencia de la poesía que recibe del destino su perfil, su forma -la forma aparece en ella siempre y sólo como destino,  comenta Lukács- en los escritos de los ensayistas la forma se hace destino, principio de destino, una vez que decide la resolución particular de los posibles.   Y es esta decisión la que se constituye en la tarea principal de la crítica: el momento crucial del crítico es, pues, aquel en el que las cosas devienen formas. Pero el ensayista necesita la forma sólo como vivencia, y sólo la vida de la forma, es decir, aquella manera particular de realizarse, sabiendo que no se nos impone sino desde una instancia irrepresentable e inexplicable.
Este campo de incertidumbre, atravesado por la voluntad del ensayista, no libera sino más bien acentúa su propia relativización. El ensayo tiene que estructurarse como si pudiera suspenderse en cualquier momento, anota Adorno. La discontinuidad lo es constitutiva y halla su unidad a través de las rupturas y suspensiones. su orden es el de un conflicto detenido, que vuelve a abrirse en el discurrir de su escritura. En él se dan la mano la utopía del pensamiento con la conciencia de la propia posibilidad y provisionalidad. Tiene que conseguir el ensayo que en un momento se haga presente el infinito orden de lo posible, para después mostrarnos su lejanía desde el sentimiento que nos descubre, frente a aquel infinito orden, el sistema de la vida.
Esta tensión entre utopía y límite se configura de una forma clásica en la relación entre naturaleza y cultura, que constituye a su vez el tema propio del ensayo. Del ensayo del mito. Sólo estos dos discursos son capaces de sostener "el peso más pesado", que dirá Nietzsche, esa forma de destino que nos supera y cuya lógica no está escrita en ninguna parte, ni en la voluntad de los dioses ni en la voz de los astros, sino que permanece muda, apenas descubrirle en lo que Benjamin llamará la "verdad del mito", enigma indescifrable y que exige la tarea de un Um-weg infinito.
Pero no es la nostalgia lo que parece llenar la vida, como tampoco es la pérdida, la ausencia, lo que hace necesario el ensayo. Su objeto es más bien lo nuevo en tanto que nuevo, aquello que se perfila como forma posible, como variación de lo posible. El ensayo se enfrenta a la vida con el mismo gesto que la obra de arte, es decir, inventando un destino al mundo, un camino. Es curioso ver de qué manera en el capítulo de la primera parte de El hombre sin atributos, en el que Musil habla de la utopía del ensayismo, la actitud ensayística de Ulrich sea presentada en términos casi lukácsianos. Es el ensayismo, en efecto, el que proyecta los acontecimientos morales en un campo nuevo en el que comienza a definirse una nueva dimensión de la experiencia: "Era así -escribe Musil- que se formaba un sistema infinito de conexiones, cuyos significados independientes dejaban de existir; y lo que se presentaba como algo estable y definido devenía simple pretexto para muchos otros significados; el acontecimiento venía a ser el símbolo de lo que ocurría, y el hombre como compendio de sus posibilidades, el hombre potencial, la poesía no escrita de su existencia, se contraponía al hombre como obra escrita, como realidad y carácter". La dimensión experimental y provisional presentada por el punto de vista del ensayo da lugar ahora a una forma abierta de organización de la realidad, como una actitud intelectual y existencial que sospecha de la linealidad unívoca y conclusa, prefiriendo la valoración y reconocimiento de lo incompleto y fragmentario. La invención del ensayismo, para Musil, responde simultáneamente tanto a la imposibilidad del relato como a la de aquellos otros órdenes lineales o totalidades sistemáticas a los que el orden narrativo está históricamente relacionado y que son igualmente criticados por Musil, como son: la linealidad de la Historia, los sistemas filosóficos y un cierto concepto de causalidad.  Con él se intenta dar respuesta no sólo a la crisis del relato y de la novela, sino también a la crisis del pensamiento teórico sistemático, es decir, a la crisis de las certezas absolutas de la ciencia y la filosofía que domina el fin-de-siècle.
Es cierto que el concepto musiliano de ensayo se diferencia de alguna manera de las propuestas antes referidas de Lukács o Simmel una vez que su resolución principal se establece fundamentalmente mediante un nuevo ideal narrativo, cuya expresión máxima es El hombre sin atributos. Sin embargo, en la concepción musiliana está presente el mismo ideal teorético e igual decisión crítica frente a la experiencia del sujeto moderno. La utopía musiliana de la literatura como Essayismus se configura como un espacio descrito como intermedio entre la verdad objetiva y la subjetiva, entre religión y ciencia, entre amor intellectualis y poesía, como una "combinación de exacto y no exacto, exacta puntualidad y pasión". 
La vida , escribe Nietzsche en el Caso Wagner, ya no habita más en la totalidad, en un Todo orgánico y concluso. Algunos años después, Musil retomaba en un fragmento de sus Diarios estas mismas palabras, con las que Nietzsche intentaba definir la situación de la cultura de finales de siglo. El diagnóstico de esta pérdida abre el camino a aquellas experiencias del pensamiento que se sitúan en la conciencia misma de la crisis  y que hacen necesaria una nueva estrategia discursiva, representada por el ensayo y las vanguardias artísticas. Musil, Benjamin, Broch, proclamarán el carácter plural y mudable de lo real, la inexistencia de un verdadero rostro del ser tras las máscaras del devenir, la inconsistencia de una realidad o una verdad dada, para afirmar en su lugar el juego infinito de los dioses con los dados, la noria de las infinitas interpretaciones, la permanente modificación del orden de la posibilidad.
Nace de esta posición la exigencia de tratar la realidad "como una tarea y una invención", de abandonar toda proposición en indicativo, es decir, toda aserción definitiva y absoluta, para pasar a las formas del conjuntivo, en el sentido de la posibilidad. El ensayo se organiza así como discurso de lo incompleto, de lo no resuelto; es una incesante emancipación de lo particular frente a la totalidad. Puede ser que de aquella totalidad perdida quede la nostalgia, surja una mirada melancólica -"con qué ojos mirará Agathe... la otra orilla", se pregunta Musil en un apunte de El hombre sin atributos, destinado al viaje al paraíso, es decir, al éxtasis de la perfecta unión amorosa-, pero ésta se verá atravesada una y otra vez por la risa de Zaratustra. Es hacia ese "otro estado" musiliano que se orienta el trabajo del ensayo, aun cuando su nuevo rostro no se manifieste todavía en las formas de la experiencia.
En el orden de los fragmentos, lo negativo es entendido como laboratorio de una experimentación, cuyo tiempo no es dado predecir. El ensayo sostiene la tensión entre el negativo de la experiencia y la forma de la utopía a la que aquel negativo se orienta. Aquí utopía no significa otra cosa que el límite crítico-escéptico contra todo proyecto que se postule como restaurador de un orden totalizante y orgánico. Por el contrario, es al filo de la escritura irónica que se tiende a circunscribir los límites y la contradictoriedad de nuestro saber, a minar los fundamentos ilusorios de nuestra certeza práctica, en el tentativo de realizar, a través de los varios experimentos del discurso, una nueva sintaxis de la posibilidad, en la que el sentimiento esté articulado a la exactitud, la razón al entusiasmo, la verdad a la ilusión. conviértese así el ensayo en los diálogos socráticos de nuestro tiempo.
Francisco Jarauta
Por un saber ensayístico
en La transformación de la conciencia moderna
Universidad de Murcia, 1991, pp. 37-43





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La transformación de la conciencia moderna
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También del mismo autor:
De Alejandría a la biblioteca virtual
III Congreso Nacional de bibliotecas públicas

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Conferencia del autor:
Kafka: la literatura y el mundo
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MAYÚSCULAS Y MINÚSCULAS (José Martínez de Sousa)




2. Generalidades. 
1. El tema ortográfico del empleo de mayúsculas y minúsculas es el menos fijado en el idioma español. Existen, por parte de la Academia, unas normas a todas luces insuficientes y en algunos casos contradictorias, sobre todo si, al propio tiempo que se estudia lo legislado en la ORAE, se comprueba su aplicación en el DRAE: una y otro parecen redactados por entidades distintas y en muchos casos contrapuestas, a tal punto que lo que prescribe la ORAE no lo cumple el DRAE, o este tiene aplicaciones no previstas ni tratadas en aquella. A esta falta de coherencia se refieren prácticamente todos los ortógrafos actuales, cuando menos aquellos que han pretendido penetrar en los intersticios de las normas académicas y de sus aplicaciones; así, Moliner (1980, II, 370 ss.); Polo (1974, 187 ss.); Carnicer (1972, 209 ss.), Fernández Castillo (1969, 41 ss.). Carnicer (l. cit.) dice: «Las normas dictadas por la Academia para el uso de las iniciales mayúsculas [...] ni son siempre un prodigio de precisión ni resuelven todas las vacilaciones que suscita este aspecto de la ortografía. Reflejo de ello lo hallamos en el Diccionario de la propia Academia, donde palabras sujetas a la misma aplicación o de función equivalente se imprimen unas veces con inicial mayúscula y otras con minúscula».
2. Como norma general orientadora, debe tenerse en cuenta que, por lo que respecta al empleo de mayúsculas iniciales, el español se halla a medio camino entre la superabundancia del alemán, la abundancia del inglés y la escasez del francés. Usamos más mayúsculas que los franceses, pero menos que los ingleses y alemanes. Cada lengua tiene sus características gráficas, y la de la mayúscula es una más. Nuestro idioma debe tender a la minusculización, la cual obedece a razones históricas difíciles de justificar, pero que pueden observarse estudiando las grafías clásicas y las actuales. Como dice Carnicer (1972, 210), «Uno de los cambios más notables (y así ha ocurrido en inglés) es el de minusculizar la inicial del sustantivo, frente a lo que, por ejemplo, se advierte en dos ediciones que tengo a la vista, una de santa Teresa (1622) y otra de Francisco Fabro (1673), donde es muy frecuente el sustantivo con inicial mayúscula. Un siglo después, en el Diccionario de Autoridades de la Academia (1726) encontramos con mayúscula los nombres de profesión (civil, militar y religiosa), así como los gentilicios. A mediados del siglo XIX (Gil y Carrasco, 1844), apenas hay nombres con mayúscula, salvo los propios. El proceso de minusculización se mantiene, con variantes personales, hasta nuestros días».
3. Hay, sin embargo, en la utilización de mayúsculas una tendencia que obedece a razones subjetivas. La mayúscula se justifica solamente por el deseo de expresar con ella exaltación, interés personal o colectivo, respeto, veneración, etcétera, que nada tienen que ver, en general, con razones puramente ortográficas. Muchas personas son incapaces de escribir naturaleza, destino, etcétera, con minúscula, porque les parece que no quedan suficientemente destacadas. La exaltación de lo propio por medio de la mayúscula es otro rasgo de esto que vengo exponiendo.
Así, en escritos religiosos aparecerán con mayúscula Cruz, Hostia, Sagrada Forma, Misa, San, Fray; en escritos militares, los nombres de las armas y todos los cargos; y así en todo lo demás.
4. Dada la dificultad para tratar este tema, en el que para ser más o menos completo habría que analizar palabra por palabra y los casos en que podría encontrarse usada, prefiero estudiarlo por conceptos, de manera que, en cada campo, lo válido para los ejemplos que se ponen lo sería también para los que se omiten.

José Martínez de Sousa
de Mayúsculas y minúsculas
Diccionario de ortografía de la lengua española, 1996 
Paraninfo. Madrid, 1996
(2ª Edición del año 2000, agotada)*





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(*) Disponible, sin embargo, su Diccionario de uso de las mayúsculas y minúsculas. TREA. Gijón, Asturias, 2007


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