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¡LO QUE DAN QUE HACER LOS MUERTOS...! (José Rizal)





En el momento en que el viejo salía, parábase a la entrada del sendero un coche que parecía haber hecho un largo viaje: estaba cubierto de polvo y los caballos sudaban.
Ibarra descendió seguido de un viejo criado. Despachó el coche con un gesto y se dirigió al cementerio.
―¡Mi enfermedad y mis ocupaciones no me han permitido volver! ―decía el anciano tímidamente―.
―Capitán Tiago dijo que se cuidaría de levantar un nicho. Yo planté flores y una cruz labrada por mí.
Ibarra caminaba grave y silencioso.  
―¡Allí, detrás de esa cruz grande, señor! ―continuó el criado señalando hacia un rincón cuando hubieron franqueado la puerta.
El joven iba tan preocupado, que no notó el movimiento de asombro de algunas personas al reconocerle, las cuales suspendieron el rezo y le siguieron con la vista llena de curiosidad.
Detúvose al llegar al otro lado de la cruz grande y miró a todas partes. Su acompañante se quedó confuso y cortado. En ninguna parte se veía la cruz que él había colocado.
Dirigiéronse al sepulturero que les observaba con curiosidad. Éste les saludó quitándose el salakot.
―¿Puedes decirnos cuál es la fosa que tenía una cruz? ―preguntó el criado.
El interpelado miró hacia el sitio que le señalaban y reflexionó.
―¿Una cruz grande?
―Sí, grande ―afirmó con alegría el viejo cuya fisonomía se animó.
―¿Una cruz con labores y atada con bejucos? ―volvió a preguntar el sepulturero.
―¡Eso es, eso es, así! ―y el criado trazó en la tierra un dibujo en forma de cruz bizantina.
―¿Y en la tumba había flores sembradas?
―¡Adelfa, sampagas y pensamientos! ―añadió el criado lleno de alegría.
―Dinos cual es la fosa y dónde está la cruz. El sepulturero se rascó la oreja y contestó bostezando.
―Pues la cruz... ¡la he quemado!
―¡Quemado! y ¿por qué la has quemado?
―Porque así lo mandó el cura grande.
―¿Quién es el cura grande? ―preguntó Ibarra.
―¿Quién? El que pega, el padre Garrote.  
Ibarra se pasó la mano por la frente.
―Dinos al menos dónde está la fosa, debes recordarlo.
El sepulturero se sonrió.
―¡El muerto ya no está allí! ―repuso tranquilamente.
―¿Qué dices?
―En su lugar enterré hace una semana a una mujer.
―¿Estás loco? ―preguntó el criado.
―Hace ya muchos meses que los desenterré. El cura grande me lo mandó, para llevarlo al cementerio de los chinos. Pero como era pesado y aquella noche llovía...
El hombre no pudo seguir; retrocedió espantado al ver la actitud de Crisóstomo, que se abalanzó sobre él cogiéndole del brazo y sacudiéndole.
―¿Y lo hiciste? ―preguntó el joven con acento indescriptible.
―No se enfade usted, señor ―contestó temblando―; no le enterré entre los chinos. ¡Más vale ahogarse que estar entre chinos, dije para mí, y arrojé el muerto al agua!
Ibarra le puso los puños sobre los hombros y le miró largo tiempo con una expresión indefinible.
―¡Tú no tienes la culpa! ―dijo, y salió precipitadamente pisando fosas, huesos y cruces como un loco.
El sepulturero se palpaba el brazo murmurando:

―¡Lo que dan que hacer los muertos!

José Rizal
Nole mi tangere






LECTURAS HISPÁNICAS EDITA "NOLI ME TANGERE" DE JOSÉ RIZAL






Noli me tangere. "No me toques", dijo Cristo a María Magdalena cuando, resucitado, esta le reconoció. Así al menos nos lo trasmite San Juan evangelista. Y la frase y la escena son tan sugestivas que Corregio ya las utilizó en el Renacimiento para una de sus pinturas, sin duda de las más interesantes que podemos contemplar en el Museo del Prado.
A finales del siglo XIX José Rizal, un joven mestizo filipino de 26 años, intelectual formado en Europa, un auténtico rebelde o "filibustero", que como suele suceder ama y odia a la metrópoli escribe esta novela-denuncia, levantando el "velo que oculta el mal, sacrificándolo todo a la verdad, hasta el mismo amor propio, pues, como hijo tuyo, adolezco también de tus defectos y flaquezas".
Pero Noli me tangere es mucho más. Es una obra maestra de la literatura en la lengua española del lejano sudeste asiático. Una obra en la que se abandera el nacionalismo filipino en el idioma de la metrópoli. Pero en este caso, al contrario de lo que ocurre en hispanoamérica, los compatriotas de posteriores generaciones sólo la podrían leer traducida al inglés, porque el español, el poco español que en tiempos se habló en Filipinas, se perdió con la cultura anglosajona del otro monstruo imperial, el gran monstruo norteamericano.
Es mucho el uso y el abuso de la figura de Rizal para diversas causas. Y da juego para las más variadas, porque como todo hombre de verdad, como todo hombre de una sola pieza, no entiende el mundo ni la vida como algo sólido perfectamente encajado en una implacable doctrina. De hecho nadie diría que pertenecen al autor de nuestra novela estas otras palabras: "los límites de la España no son ni el Atlántico, ni el Cantábrico, ni el Mediterráneo —mengua sería que el agua opusiese un dique a su grandeza, a su pensamiento. España está allí, allí donde deja sentir su influencia bienhechora, y aunque desapareciese su bandera, quedaría su recuerdo, eterno, imperecedero."
Amaba lo propio, como se debe amar. Pero sabía perfectamente que tan suya era la lengua autóctona (el tagalo) como la de la cultura en que se había criado y educado: el español. Por eso escribió esta magna obra a la que calificó como "novela tagala". Pero es que además si su denuncia ha de ser oída, y ha de llegar a sus destinatarios, no hay mejor forma que hacerla en su propio idioma.
Y como toda obra de arte, Noli me tángere es también una novela poliédrica con numerosas y variadas perspectivas. No sólo una denuncia, también una reflexión, un grito, una vuelta a las raíces, una mirada humana a lo humano, un romance y, sobre todo, un canto a lo hermoso, encarnado en la belleza de María Clara y en el amor entre ella y Crisóstomo Ibarra, trasunto en parte del propio Rizal. Ese amor contrariado y rebelde siempre rodeado de enemigos.
Lecturas hispánicas en su objetivo divulgador, más que científico, se honra en editar esta obra en su versión más sencilla, la publicada por la editorial Sempere de Valencia en 1902.





NOLI ME TANGERE (Narciso de Alfonso)




A María Clara hay que situarla en sus islas y en su destino de mestiza tagala, cuando entonces, cuando la independencia de Filipinas: cómo arde el mar –dijo el poeta. Es una mujer hacia salvaje que no titubea porque no necesita organizar sus prioridades: sabe que todo debe colocarse en un orden fulminante. 
Lleva todo el universo metido, quizá a las malas, dentro de su piel, que es del color castigado y puro de la intemperie de la noche, después de una cacería a caballo: con el pelo negro de la melena negra hacia atrás, peinado por la velocidad del viento o por el viento de la velocidad.
Tiene los ojos rasgados, de mirada dura y con un punto de crueldad, que tal vez provenga de su condición de princesa india, con el corazón entrecruzado de amor y de odio, y ella sonríe sin sonreír, o parece que sonríe sin sonreír: quizá solamente con la intención de la mirada.
María Clara es una real hembra que ama de cerca y en actualidad, con un querer animal y posesivo, insobornable, sin reflexiones técnicas: oscuramente y aparte, como saciando una sed que nunca se sacia. 
‘Chocaría con su alma, sobándole el destino con la mano y me quedaría mirando a su materia’ –dijo el poeta, que no calla. 
Se ha dado cuenta de que la felicidad no siempre es la mejor manera de ser feliz, así que, oscura de sienes, con la cabellera tremenda y feroz y un olor a pólvora y nardo, ha tomado el duro rumbo de la contrafelicidad, de la cosmética extrema: se dejará crecer los ojos, las doce pieles suavísimas y la tiniebla bonita debajo de los tejadillos.
Es el tiempo, que marcha descalzo de la muerte hacia la muerte.

Narciso de Alfonso
Merodeos


LOS ÚLTIMOS DE FILIPINAS: ACTA DE CAPITULACIÓN DE BALER Y DECRETO DE RECONOCIMIENTO A LOS ÚLTIMOS RESISTENTES ESPAÑOLES




A C T A.- En Baler a los dos días del mes de junio de mil ochocientos noventa y nueve, el 2.º Teniente Comandante del Destacamento Español, don Saturnino Martín Cerezo, ordenó al corneta que tocase atención y llamada: izando bandera blanca en señal de capitulación, siendo contestado acto seguido por el corneta de la columna sitiadora. Y reunidos los Jefes y Oficiales de ambas fuerzas transigieron en las condiciones siguientes: 
Primera.-Desde esta fecha quedan suspendidas las hostilidades por ambas partes beligerantes. 
Segunda.-Los sitiados deponen las armas, haciendo entrega de ellas al jefe de la columna sitiadora, como también los equipos de guerra y demás efectos pertenecientes al Gobierno Español. 
Tercera.-La fuerza sitiada no queda como prisionera de guerra, siendo acompañadas por las fuerzas republicanas a donde se encuentren fuerzas españolas o lugar seguro para poderse incorporar a ellas. 
Cuarta.-Respetar los intereses particulares sin causar ofensa a las personas.- 
Y para los fines a que haya lugar, se levanta la presente acta por duplicado, firmándola los señores siguientes: El Teniente Coronel Jefe de la columna sitiadora, Simón Terson- El Comandante, Nemesio Bartolomé.-Capitán, Francisco T. Ponce-Segundo Teniente Comandante de la fuerza sitiada, Saturnino Martín.-El Médico; Rogelio Vigil. 

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DECRETO.-Habiéndose hecho acreedoras a la admiración del mundo las fuerzas españolas que guarnecían el destacamento de Baler, por el valor, constancia y heroísmo con que aquel puñado de hombres aislados y sin esperanzas de auxilio alguno, ha defendido su bandera por espacio de un año, realizando una epopeya tan gloriosa y tan propia del legendario valor de los hijos del Cid y de Pelayo; rindiendo culto a las virtudes militares e interpretando los sentimientos del Ejército de esta República que bizarramente les ha combatido, a propuesta de mi Secretario de Guerra y de acuerdo con mi Consejo de Gobierno, vengo a disponer lo siguiente: 

ARTICULO UNICO 

«LOS individuos de que se componen las expresadas fuerzas no serán considerados como prisioneros, sino, por el contrario, como amigos, y en su consecuencia se les proveerá por la Capitanía General de los pases necesarios para que puedan regresar a su país. Dado en Tarlak a 30 de junio de 1899.-El Presidente de la República, Emilio Aguinaldo.- El Secretario de Guerra, Ambrosio Flores. 



JOAQUÍN COSTA ANTE EL DESASTRE DE CUBA (INCIENSO QUE HIEDE, G.J.G. Cheyne)

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Últimos soldados de la guerra de Cuba
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INCIENSO QUE HIEDE

Según cierto eminente literato historiador de lance y de ocasión, en un artículo de Extraordinario del día 10, las últimas guerras de España,  cerradas en 1898, estallaron por haberse obstinado el pueblo en quererlas y el ejército en desearlas, a pesar de la Regencia que hizo cuanto pudo por conjurarlas; ¡aun a riesgo de la existencia de la dinastía!; mientras que en Francia, al revés, la guerra de 1870 sobrevino provocada, impuesta por el Emperador, a efectos puramente dinásticos, contra la resuelta voluntad del pueblo. Por eso, la distinta suerte que ha corrido el imperio francés y la monarquía española "ha sido obra de la justicia inmanente que rige los destinos de los pueblos": ha sido justo y racional que en Francia el emperador fuese castigado con un destronamiento, y que en España, por el contrario, echase el trono más profundas raíces en el corazón de la muchedumbre, y fuese premiado con un monumento nacional tan grandioso como el del Retiro al Pacificador. Sólo por falta de estudio (viene a concluir) ha podido decirse lo contrario.

Se necesita todo el inconsciente tupé que caracteriza al aludido para sacar a la plaza tales filosofías sevillanas, dándolas por moneda de  buena ley. No es cierto que la regencia hiciera cuanto estuvo en su mano para evitar las guerras: es, sí, cierto que pudo evitarlas, y lo que es más, sin ningún riesgo para la dinastía, según se ha visto después. Le habría bastado colocarse al lado del programa mínimo de las mujeres de Zaragoza, "o todos o ninguno" o en frente del programa máximo de su Gobierno, "hasta la última peseta de nuestra gaveta". — Item más. En 1896, el honrado presidente de la Unión norteamericana, Cleveland, opuso su veto a la resolución conjunta de  las cámaras sobre reconocimiento de la beligerancia a los insurrectos y por ministerio de Olney, ofreció a España su mediación, que nos habría evitado el vencimiento y el deshonor. La Regencia dejó que el Duque de Tetuán rechazase esos buenos oficios y desoyese el prudente consejo de Francia, Alemania, e Inglaterra; haciéndose con ello solidaria de su gobierno y aguardando a última hora para ... contárselo al Nuncio, cosa de que todavía le hace un mérito el articulista; y siendo ello así, ¿por qué nos provocan?

Más aun. A la fecha de la comunicación de Olney pudo ver el articulista el programa electoral de la Cámara Agrícola del Alto Aragón (20 marzo 1896) uno de cuyos capítulos, que se proponía llevar al Parlamento, dice así: "11.º Justicia a Puerto Rico y a Cuba en todos los órdenes, político, económico y administrativo (las autonomías), poniendo término breve, a cualquier precio que no sea el del honor, a una guerra que amenaza durar muchos años y que representa para España una sangría suelta por donde se le escapa la poca vida que le queda. "Sin más que esto (lo declaró Máximo Gómez) la guerra cubana no se habría exacerbado ni continuado; la guerra hispano-americana no habría llegado a estallar, España no habría sucumbido. Pero el bloque de los amigos políticos y particulares del articulista (posibilismo y fusionismo altoaragonés), coadyuvado por el gobierno conservador y por el Banco de España, arrebató el acta de diputado al candidato de la Cámara, para dársela al monárquico señor Alvarez Capra, que la pagaba; y no hubo en el Congreso quien mantuviera aquel programa salvador, encerrado en 12 números y promoviera la agitación necesaria para poder introducir la tal bandera en la Palacio real y en el gobierno, porque lo que es el articulista no tuvo a bien hacerse cargo de él en las Cortes ni romper el avaro silencio por ningún otro equivalente. Y siendo ello así, repetimos, ¿por qué nos provocan?

Pero no es esto todo. Tengo a la vista copia de las cartas y cablegramas cruzados entre el almirante Cervera, el general Blanco y el gobierno de Madrid desde el día 23 de junio a 3 de julio de 1898; y ellos prestan ilustración a lo que sucedió y nos es conocido por otros testimonios.


El problema militar de Cuba-ciudad, que en aquellos momentos era el problema de Cuba-isla, tenía que resolverse únicamente en tierra, según unánime parecer de Cervera y de todos los comandantes de la escuadra: de Madrid salió la orden de que la solución al conflicto se buscase en el mar, sacando la escuadra fuera del puerto, aunque se tuviera la seguridad de que todos los barcos serían destruidos y de que sus dos mil y pico de tripulantes o la mayor parte de ellos hallarían la muerte a bordo o en el agua, según repetidamente había anunciado que sucedería el almirante. La cruel orden del Gobierno determinó no un desastre, sino dos; desató su nudo a los yankis en tierra y en el mar a un mismo tiempo. En la dura jornada del día 2 no pudo el enemigo, con toda su bravura, avanzar un solo paso sobre las posiciones  ganadas el día antes (El Caney y San Juan), lo cual, unido a lo abrasador e insano del clima, a la fiebre amarilla, al hecho de haberse desbandado y vuelto la espalda todo un batallón en el combate del  día primero, etc., de tal modo abatió el ánimo del general Shafter, comandante en jefe, que solicitó de su Gobierno licencia para retirarse de las posiciones ocupadas y dar así tiempo a que le llegaran refuerzos. El reembarque de las dotaciones de los barcos españoles, en tan crítico instante ordenado de Madrid so color de forzar el bloqueo de los americanos, debilitando las defensas del recinto, que ya por otra parte quedaban sin el importante refuerzo de la artillería de los buques, que se quiso emplazar en tierra, — fue tanto como hacer irremediable e inmediata la rendición de la plaza. La fatal salida de la escuadra contra fuerzas cuatro veces superiores sin más objeto que hacerse destruir por ellos, causó en menos de dos horas 350 muertos, despedazados, abrasados o ahogados, 160 heridos y 1,670 prisioneros, y puso en manos del enemigo el puerto de Santiago de Cuba y enseguida toda la isla.

Ahora bien, ¿quiénes fueron las personas que muy "lejos de la escuadra, en lecho mullido, esperaban a que la sangrienta ola que había de teñir de púrpura aquellas aguas, viniera a estrellar contra su pobre conciencia la enorme pesadumbre del desastre", como escribe Arderius, actor y víctima de la espantable tragedia? Cervera sabemos que no fue, antes bien se opuso, fundado en que era tanto como ir al suicidio y en que, además, parecería una fuga, que a todos los jefes repugnaba. Sagasta, jefe del Gobierno, tampoco; sencillamente, aquel gran escéptico se resignó a dar la orden para no tener que traspasar a nadie el amado poder. ¿Quién, pues, entonces desde su lecho mullido la dispuso? — El mismo Cervera, en carta al general Linares, una semana antes del desastre, dijo que la salida de la escuadra implicaría "sacrificar a la vanidad la mayor parte de las tripulaciones, privando a Santiago de Cuba de ese refuerzo, lo que precipitaría su caída; implicaría sacrificar millares de vidas "en aras del amor propio, no en la verdadera defensa de la patria...". ¿De quién el amor propio, de quién la vanidad, de quién la conveniencia? Sábelo el país; ¿y lo ignoraría el articulista?, y si lo sabe, ¿por qué nos provoca? 

Por los mismos días, telegrafiaba a Cervera su superior jerárquico en Madrid esta razón: "Evite comentarios que se le atribuyen interpretaciones desfavorables", ¡Tendrían que oír o que leer los tales comentarios, si los conociéramos! Y habría tenido que oír el general Blanco, que arrastró hasta su último instante el remordimiento de no haber desobedecido las órdenes de Madrid, según ha dicho repetidamente en el Senado.

No, señor articulista: la distinta suerte que corrieron entrambas dinastías tiene muy otro fundamento: no fue esa supuesta justicia inmanente (¿inmanente en quién? Siempre lo mismo: ¿qué es arquitrabe?): es que en Francia alentaba ya un pueblo y en España no. Es que el hecho de haberse equivocado el pueblo francés no le comprometía a seguir sufriendo un emperador y una clase gobernante que, después de haberlo dejado de hecho indefenso, le había engañado con respeto a los recursos militares de que disponía para la acción, y no vaciló, después de Sedán, en renovar el Estado oficial, arrojando o excluyendo del poder al personal político inepto o culpable y substituirlo con alternativas para otro nuevo. Y es que en España, el hecho de haberse equivocado la monarquía, por incapaz, y de haber extraviado a la minoría de ciudadanos que representaba a la opinión, callándole que España estaba desarmada, no pudo traducirse en un cambio como el de Francia, porque faltaba pueblo que lo llevase a cabo...

Pues si aquí hubiese existido pueblo, como lo había ya en Francia, o sus naturales y obligados caudillos lo hubiesen sacudido vigorosamente hasta despertarlo, formando en él una conciencia ¿dónde estaría a estas horas la dinastía, y dónde la luctuosa grey de los Alvarados, estos régulos honorarios que viven también parasíticamente de ordeñar a la vaca contribuyente, extrayéndole, sin que les tiemble el pulso ni se les levante el pecho, la inmoral y escandalosa sinecura ¡de 30.000 reales anuales, vitalicios! sin dar ni hacer cosa alguna en trueque, sin la más mínima compensación, como no se tome por tal la vituperable faena de mancillar la historia, inculpando y deprimiendo a la pobre víctima, a quien antes volvieran la espalda, y exaltando, sublimando y canonizando al verdadero culpable por acción o por omisión de aquel monstruoso crimen? Hace mucho tiempo que habrían ido a hacer compañía, cual a la ex-emperatriz Eugenia, cual a Olivier y demás ex-ministros de Napoleón el Pequeño; y acaso todavía España se habría redimido.

Para concluir. La salida de nuestro autor es una filosofía barata de la historia para uso de apóstatas e industriales de la política, a quienes hace oficio de "ábrete sésamo" para entrar a participar y seguir participando, al par que de tam-tam chino para ahogar el grito interior de la conciencia.

Joaquín Costa,

Graus 17 de agosto de 1908
en El Ribagorzano
[De El País, 3 de setiembre de 1908, página primera.]



FUENTE:
Confidencias políticas y personales:
Epiltolario Joaquín Costa - Manuel Bescós, 1899 - 1910
(Apéndice IV - Incienso que hiede)

G. J. G. Cheyne



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en Institución Fernando el Católico



DE CÓMO LLEGÓ A McKINLEY LA INSPIRACIÓN DIVINA PARA APODERARSE DE FILIPINAS

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Pero antes me gustaría decir unas palabras acerca del asunto Filipinas.  Se me ha criticado mucho injustamente acerca del mismo.  La verdad es que yo no tenía interés alguno por estas islas, y cuando llegaron a nosotros, como por un milagro divino, no sabía qué hacer con ellas. Cuando estalló la guerra contra España, Dewey estaba en Hong Kong y yo le ordené ir a Manila para capturar o destruir la flota española de allí porque si salíamos derrotados siempre nos quedaría una plaza en la zona, ya que si los Dons  se hacían con la victoria podrían cruzar el Pacífico y causar estragos en nuestras costas de Oregón y California. Por eso hubo que destruir la flota española y así se hizo.  Eso era lo que yo pensaba entonces.

Hecho esto y estando ya Filipinas en nuestro poder, reconozco que no sabía qué hacer con ellas. Pedí consejo por todas partes, tanto a los demócratas como a los republicanos, pero tampoco me sirvió de ayuda.  Así que pensé, inicialmente, en tomar sólo Manila, después Luzón y seguidamente quizá también las otras islas.

Caminaba por la Casa Blanca, noche tras noche, hasta muy tarde; y no me avergüenzo de reconocer que más de una noche caí postrado de rodillas suplicando luz y guía a Dios Todopoderoso. Hasta que una noche, tarde, recibí Su orientación, no sé cómo, pero la recibí: primero, que no debemos devolver las Filipinas a España, lo que sería cobarde y deshonroso; segundo, que no debemos entregarlas a Francia ni a Alemania, nuestros rivales comerciales en el oriente, lo que sería indigno y mal negocio; tercero, que no debemos dejárselas a los filipinos, que no están preparados para auto-gobernarse y pronto sufrirían peor desorden y anarquía que en tiempos de España; y cuarto, que no tenemos más alternativa que recoger a todos los filipinos y educarlos y elevarlos y civilizarlos y cristianizarlos, y por la gracia de Dios hacer todo lo que podamos por ellos, como prójimos por quienes Cristo también murió. Y entonces, volví a la cama y dormí profundamente, y a la mañana siguiente mandé llamar al ingeniero jefe del Departamento de Guerra (nuestro creador de mapas) y le dije que pusiera a las Filipinas en el mapa de los Estados Unidos, ¡y allí están, y allí seguirán mientras yo sea Presidente!


General James Rusling,
“Interview with President William McKinley” T
he Christian Advocate 1903-01-22




William McKinley (1843-1901). 25 Presidente de los Estados Unidos


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TEXTO ORIGINAL EN INGLÉS
Hold a moment longer! Not quite yet, gentlemen! Before you go I would like to say just a word about the Philippine business. I have been criticized a good deal about the Philippines, but don't deserve it. The truth is I didn't want the Philippines, and when they came to us, as a gift from the gods, I did not know what to do with them. When the Spanish War broke out Dewey was at Hongkong, and I ordered him to go to Manila and to capture or destroy the Spanish fleet, and he had to; because, if defeated, he had no place to refit on that side of the globe, and if the Dons were victorious they would likely cross the Pacific and ravage our Oregon and California coasts. And so he had to destroy the Spanish fleet, and did it! But that was as far as I thought then.

When I next realized that the Philippines had dropped into our laps I confess I did not know what to do with them. I sought counsel from all sides—Democrats as well as Republicans—but got little help. I thought first we would take only Manila; then Luzon; then other islands perhaps also. I walked the floor of the White House night after night until midnight; and I am not ashamed to tell you, gentlemen, that I went down on my knees and prayed Almighty God for light and guidance more than one night. And one night late it came to me this way—I don’t know how it was, but it came: (1) That we could not give them back to Spain—that would be cowardly and dishonorable; (2) that we could not turn them over to France and Germany—our commercial rivals in the Orient—that would be bad business and discreditable; (3) that we could not leave them to themselves—they were unfit for self-government—and they would soon have anarchy and misrule over there worse than Spain’s was; and (4) that there was nothing left for us to do but to take them all, and to educate the Filipinos, and uplift and civilize and Christianize them, and by God’s grace do the very best we could by them, as our fellow-men for whom Christ also died. And then I went to bed, and went to sleep, and slept soundly, and the next morning I sent for the chief engineer of the War Department (our map-maker), and I told him to put the Philippines on the map of the United States (pointing to a large map on the wall of his office), and there they are, and there they will stay while I am President!

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