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GASPAR MELCHOR DE JOVELLANOS



TEXTOS ESCOGIDOS:

Inconvenientes de viajar en coche
El delincuente honrado

De El Informe sobre la Ley Agraria:
Las manos muertas (amortización) causa de la decadencia
Liberalismo y propiedad privada
La mano invisible
La Mesta (contra sus privilegios: lana por pobreza)
Libre competencia y monopolio
La intervención del Estado en los precios de las rentas
La inoperancia e injusticia de los impuestos sobre el consumo
La agricultura, primera base de la industria, el comercio y la navegación
El trigo el más feliz de los descubrimientos (el conde de Buffon)
Las cadenas que oprimen nuestra agricultura
Loa del interés privado y de la propiedad privada



ESTUDIOS Y ENLACES:

El "Informe" de Jovellanos y las "Cartas" del marqués de Cabarrús (Lecturas hispánicas)
Para leer el "Informe de la Ley Agraria de Jovellanos" (Vicent Llombart y Joaquín Ocampo)
Foro Jovellanos (Fundación Príncipado de Asturias)
El conde de Cabarrús
Campomanes: manos muertas y amortización (Justo García Sánchez)
Portal Jovellanos en Biblioteca Virtual Cervantes
Biblioteca Virtual del Principado de Asturias
Wikipedia
Wikisource


El Informe de Jovellanos y las Cartas de Cabarrús



GASPAR MELCHOR DE JOVELLANOS. Literato, economista y político español, máximo representante del pensamiento de la Ilustración española. Nació el 5 de enero de 1744 en Gijón (Asturias). Estudió filosofía en la Universidad de Oviedo y derecho civil y canónico en las de Ávila y Alcalá, donde entró en contacto con el espíritu de la Ilustración. Destinado para la ordenación sacerdotal (a los 13 años de edad recibió la tonsura) cambió su vocación por la de jurista: en 1767 fue nombrado por Carlos III alcalde del crimen de la Audiencia de Sevilla, y en 1774 ascendió a la plaza de oidor. El contacto con el espíritu enciclopedista del intendente Pablo de Olavide le adscribió definitivamente al reformismo ilustrado, como ya se observaba en sus primeros informes. En 1778 se trasladó a Madrid con el nombramiento de alcalde de casa y corte, y dos años después fue designado miembro del Consejo de Órdenes Militares. Protegido por Pedro Rodríguez de Campomanes, fiscal del Consejo de Castilla, ingresó en la Junta de Comercio y Moneda y en la Real Sociedad Económica, para las que realizó sus trabajos más conocidos: el Informe sobre el fomento de la marina mercante (1784), el Informe sobre el libre ejercicio de las artes (1785), y el más celebrado, Informe en el expediente de Ley Agraria (1795). La muerte de Carlos III y el temor a la extensión de las ideas de la Revolución Francesa crearon en España un ambiente hostil, y en 1790 Jovellanos fue enviado a Asturias en un destierro encubierto. Rehabilitado en 1797 por Manuel Godoy para el cargo de ministro de Gracia y Justicia, volvió a ser desterrado en 1801 al castillo de Bellver (Mallorca). Liberado en vísperas del alzamiento contra las tropas napoleónicas del 2 de mayo de 1808, ocupó un cargo destacado en la Junta Central. Huyendo de la ocupación francesa, murió el 27 de noviembre de 1811 en el puerto de Vega (Asturias). epdp





EL DELINCUENTE HONRADO (Jovellanos)





La comedia lacrimosa se nutre de la epistemología sensista sentimental inglesa y francesa (Locke, Shaftesbury, Condillac), del pensamiento humanitario de la Ilustración (Montesquieu, Beccaria, Rousseau) y de la pintura social lacrimosa de la escuela de Greuze. Con una acción que entre lágrimas lleva al borde de la muerte, s e instruye al público sobre los beneficios sociales de las profesiones y el amor de la familia. «Si las lágrimas son efecto de la sensibilidad del corazón, ¡desdichado de aquel que no es capaz de derramarlas!» (acto I, escena III). Ningún autor inglés ni francés del nuevo género lo logra mejor que Jovellanos. La comedia sentimental es una forma tragicómica evolucionada dentro de la escuela neoclásica; pero al mismo tiempo toda la literatura va evolucionando hacia el romanticismo y el realismo. Es así realista el medio de El delincuente honrado (1773), y el manejo del carácter y de la situación se descubren como brillantes anticipos de Don Álvaro o la fuerza del sino (1835), del duque de Rivas (reseña de la edición de la edición de Cátedra - Letras hispánicas)





Escena II


JUSTO, SIMÓN.

JUSTO.- (Paseándose.) Mucho me agradan, señor don Simón, el juicio y los talentos de este mozo. La señora Laura será muy dichosa en su compañía.

SIMÓN.- ¡Oh! Ella está loca de contento. Es verdad que salió de un marido tan malo... El marqués era un calaverón de cuatro suelas. ¡Qué malos ratos dio a la muchacha, y qué pesadumbres a mí! A los ocho días de casado ya no hacía caso de ella, y a los dos meses no tenía de la dote ni dos cuartos. Ahí nos engañaron con que sus parientes eran grandes señores en la corte, y nos hicieron creer... ¡Eh!, palabrones de cortesanos, que se llevó el viento. ¡Oh! Torcuato, Torcuato es otra cosa. ¡Qué mujer era su tía! Yo la conocí mucho en Salamanca. A su muerte le dejó una corta herencia, porque siempre le quiso como si fuera su hijo; y aun hubo malas lenguas... Pero era muy virtuosa; Dios la tenga en descanso. En fin, las locuras del marqués me dejaron harto de señoritos; con que, por no tropezar con otro, viendo que Laura quedaba viuda y niña, y que Torcuato la tenía inclinación, se la ofrecí, sin esperar que él la pidiese, y hoy viven ambos dichosos y contentos.

JUSTO.- ¿Y no pensáis en darle algún destino?

SIMÓN.- ¿Destino? No, señor; soy ya muy viejo; mañana o esotro me moriré, les dejaré cuanto tengo y con ello podrán vivir sin quebraderos de cabeza. ¿Destino? ¡Buena es esa! Los hombres de empleo no sosiegan un instante. ¡Yo no sé cómo pretenden los que tienen con qué pasar! Y luego, ¡se premia tan mal...!

JUSTO.- Señor don Simón, para el hombre honrado la satisfacción de servir bien es el mejor premio.

SIMÓN.- ¿Y os parece que la alcanzan los que sirven mejor? No, por cierto. Hasta el crédito y la buena fama se reparte sin ton ni son. ¡Ah, señor!, vos no conocéis todavía el mundo. Antiguamente era otra cosa; pero hoy se juzga sólo por apariencias. Todo consiste en un poco de maña y de ingeniatura. Los hombres honrados por lo común son modestos; pero los pícaros sudan y se afanan por parecer honrados, con que pasa por bueno, no el que lo es en realidad, sino el que mejor sabe fingirlo.

JUSTO.- En todo caso el hombre de bien, después de haber cumplido con sus deberes, vivirá contento y la injusticia de los que le juzguen no podrá quitarle su tranquilidad, que es el más dulce fruto de las buenas acciones.



Gaspar Mechor de Jovellanos
El delincuente honrado, 1773




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PARA LEER EL "INFORME DE LEY AGRARIA" DE JOVELLANOS (Vicent Llombart y Joaquín Ocampo)



Cinco años antes de concluir el siglo XVIII, a punto de extinguirse el Siglo de las Luces y de las Tinieblas, la imprenta madrileña de Antonio de Sancha publicó la edición príncipe del Informe de Ley Agraria de Gaspar Melchor de Jovellanos (Gijón 1744 - Puerto de Vega 1811) a instancias de la Sociedad Económica Matritense de Amigos  del País. Presentaremos ahora y trataremos de glosar una obra que sin duda merece ser leída hoy en día, a pesar del tiempo transcurrido desde su aparición en 1795. En efecto, la lectura pausada del texto puede constituir una experiencia placentera y fructífera por el análisis económico contenido, por su claridad sistemática, por el brillante estilo literario y por la relevancia en la historia española. Es el escrito que ha proporcionado mayor reconocimiento a Jovellanos y constituye además una obra sobresaliente en el pensamiento económico y político español.
Sin duda, no han faltado lecturas publicadas en los más de doscientos años recorridos desde su publicación inicial. Lecturas numerosas y diversas, meritorias y penetrantes, unas, y livianas o redundantes, otras, que han ido formando en su conjunto una amplia serie de interpretaciones, a veces contrapuestas, y que han evolucionado a lo largo del tiempo. Es como si, tras el fallecimiento del autor en 1811, la obra –acompañando a su autor– hubiera trascendido a su propia época, y al resurgir en manos de lectores e intérpretes sucesivos fuera acomodada a las pasiones, intereses y conocimientos de las distintas épocas. La frecuencia de tales usos en la historia de las ideas impide alarmarnos en demasía y quizá sea un estímulo adicional para realizar en la actualidad una nueva lectura ecuánime que pretendemos propiciar con este ensayo de síntesis.
Hablar de la cuestión agraria en el siglo XVIII significa hacer referencia al conjunto de la economía y de la sociedad. El peso de la agricultura en la producción, en la ocupación, en la industria y el comercio era muy elevado, y lo era también en la mentalidad y en los movimientos sociales de protesta. Si la agricultura estornudaba, la economía se constipaba y la sociedad enfermaba. La cuestión agraria incluye no sólo un aspecto descriptivo de la situación, de las crisis y de la evolución del principal sector económico, sino también un aspecto prescriptivo, como respuesta a los problemas señalados o denunciados, y que se plasma en la proposición de medidas a tomar de reforma agraria. Esa cuestión agraria, en el mejor de los casos, podría evolucionar hacia un desenlace positivo para el propio sector y para el resto de la economía si se lograban neutralizar los diversos obstáculos al desarrollo agrario y las trabas al bienestar social. En esa línea se inserta el Informe de Jovellanos, un dictamen descriptivo y prescriptivo sobre la cuestión agraria en España en la época de la Ilustración.


Vicent Llombart
Joaquín Ocampo Suárez-Valdés
Para leer el Informe de Ley Agraria de Jovellanos
Revista Asturiana de Economía. RAE núm. 45, 2012



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CAMINAR EN COCHE ES CIERTAMENTE UNA COSA MUY REGALADA... (Jovellanos)


Caminar en coche es ciertamente una cosa muy regalada, pero no muy a propósito para conocer un país. Además de que la celeridad de las marchas ofrece los objetos a la vista en una sucesión demasiado rápida para poderlos examinar, el horizonte que se descubre es muy ceñido, muy indeterminado, variado de momento en momento, nunca bien expuesto a la observación analítica. Por otra parte, la conversación de cuatro personas embanastadas en un forlón, y jamás bien unidas en la idea de observar, ni en el modo y objetos de la observación; el ruido fastidioso de las campanillas y el continuo clamoreo de mayorales y zagales, con banderola, su capitana y su tordilla, son otras tantas distracciones que disipan el ánimo y no le permiten aplicar su atención a los objetos que se le presentan. Agregue a esto la naturaleza del país que acabamos de atravesar, compuesto de inmensas llanuras, de horizontes interminables, sin montes ni colinas, sin pueblos ni alquerías, sin árboles ni matas, sin un objeto siquiera que señale y divida sus espacios, y fije los aledaños de la observación, y verá que es incapaz de ser observador de carrera, y que se resiste sin arbitrio al estudio y meditación del caminante. 



Gaspar Melchor de Jovellanos
Cartas, Inconvenientes de viajar en coche (1799)


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LA PROPIEDAD DE LA TIERRA EN MANOS MUERTAS ("AMORTIZACIÓN"), CAUSA DE LA DECADENCIA DE CASTILLA (Denuncia de Jovellanos ante el Rey)


No son éstas, Señor, exageraciones del celo; son ciertas aunque tristes inducciones, que Vuestra Alteza conocerá con solo tender la vista por el estado de nuestras provincias. ¿Cuál es aquella en que la mayor y mejor porción de la propiedad territorial no está amortizada? ¿Cuál aquella en que el precio de las tierras no sea tan enorme que su rendimiento apenas llega al uno y medio por ciento? ¿Cuál aquella en que no hayan subido escandalosamente las rentas? ¿Cuál aquella en que las heredades no estén abiertas, sin población, sin árboles, sin riegos ni mejoras? ¿Cuál aquella en que la agricultura no esté abandonada a pobres é ignorantes colonos? ¿Cuál, en fin, aquella en que el dinero, huyendo de los campos, no busque su empleo en otras profesiones y granjerías? 

Ciertamente que se pueden citar algunas provincias en que la feracidad del suelo, la bondad del clima, la proporción del riego o la laboriosidad de sus moradores hayan sostenido el cultivo contra tan funesto y poderoso influjo; pero estas mismas provincias presentarán a Vuestra Alteza la prueba más concluyente de los tristes efectos de la amortización. Tomemos , por ejemplo, la de Castilla , que conserva todavía, y con razón, el nombre de granero de España. 

Hubo un tiempo en que esta provincia fue centro de la circulación y riqueza de España. Cuando los moros de Granada turbaban la navegación y el comercio de las costas de Andalucía, y los aragoneses poseían separadamente las de Levante, la navegación de los castellanos, derramada por los puertos septentrionales que corren desde Portugal a Francia, dirigía toda la actividad y todas las relaciones del comercio a lo interior de Castilla, y sus ciudades empezaban a ser otros tantos emporios. La conquista de Granada, la reunión de las dos coronas y el descubrimiento de las Indias, dando al comercio de España la extensión más prodigiosa, atrajeron a ella la felicidad y la riqueza; y el dinero, reconcentrado en los mercados de Castilla, esparció en derredor la abundancia y la prosperidad. Todo creció entonces sino la agricultura, o por lo menos no creció proporcionalmente. Las artes, la industria, el comercio, la navegación recibieron el mayor impulso; pero mientras la población y la opulencia de las ciudades subía como la espuma, la deserción de los campos y su débil cultivo descubrían el frágil y deleznable cimiento de tanta gloria. 

Si se busca la causa de este raro fenómeno, se hallará en la amortización. La mayor parte de la propiedad territorial de Castilla pertenecía ya entonces a iglesias y monasterios, cuyas dotaciones, aunque moderadas en su origen, llegaron con el tiempo a ser inmensas. Castilla contenía también los más antiguos y pingües mayorazgos, erigidos en los estados de sus ricos hombres. De Castilla había salido la mayor parte de las gracias enriqueñas, mayorazgadas por las mismas leyes que quisieron circunscribirlas. En Castilla fueron por aquel tiempo más comunes e inmensas las fundaciones de nuevos vínculos, porque la fácil dispensación de facultades para fundarlos en perjuicio de los hijos, y la cruel ley de Toro que autorizó las de mejora, debieron hacer más estrago donde era mayor la opulencia. Esta misma opulencia abrió en Castilla otras puertas anchísimas a la amortización en las nuevas fundaciones de conventos, colegios, hospitales, cofradías, patronatos, capellanías, memorias y aniversarios, que son los desahogos de la riqueza agonizante, siempre generosa, ora la muevan los estímulos de la piedad, ora los consejos de la superstición, ora, en fin, los remordimientos de la avaricia. ¿Qué es, pues, lo que quedaría en Castilla de la propiedad territorial para empleo de la riqueza industriosa? ¿Ni cómo se pudo convertir en beneficio y fomento de la agricultura una riqueza que corría por tantos canales a sepultar la propiedad en manos perezosas? 
La gloria de esta provincia pasó como un relámpago. El comercio, derramado primero por los puertos de Levante y Mediodía y estancado después en Sevilla, donde lo fijaron las flotas, llevó en pos de sí la riqueza de Castilla, arruinó sus fábricas, despobló sus villas[1] y consumó la miseria y desolación de sus campos. Si Castilla en su prosperidad hubiese establecido un rico y floreciente cultivo, la agricultura habría conservado la abundancia, la abundancia habría alimentado la industria, la industria habría sostenido el comercio, y a pesar de la distancia de sus puntos la riqueza habría corrido, a lo menos por mucho tiempo, en sus antiguos canales. Pero sin agricultura todo cayó en Castilla con los frágiles cimientos de su precaria felicidad. ¿Qué es lo que ha quedado de aquella antigua gloria, sino los esqueletos de sus ciudades, antes populosas y llenas de fábricas y talleres, de almacenes y tiendas, y hoy solo pobladas de iglesias, conventos y hospitales, que sobreviven a la miseria que han causado? 
Si el comercio y la industria de otras provincias ganó en esta revolución lo que perdía Castilla, su agricultura, sujeta a los mismos males, corrió en ellas la misma suerte. Baste citar aquellos territorios de Andalucía que han sido por espacio de más de dos siglos centro del comercio de América. ¿Hay por ventura en ellos un solo establecimiento rústico que pruebe la dirección de su riqueza hacia la agricultura? ¿Hay un solo desmonte, un canal de riego, una acequia, una máquina, una mejora, un solo monumento que acredite los esfuerzos de su poder en favor del cultivo? Tales obras se hacen solamente donde las propiedades circulan, donde ofrecen utilidad, donde pasan continuamente de manos pobres y desidiosas a manos ricas y especuladoras, y no donde se estancan en familias perpetuas siempre devoradas por el lujo, ó en cuerpos permanentes alejados por su mismo carácter de toda actividad y buena industria.
No se quiera atribuir a los climas el presente estado de la agricultura de nuestras provincias. La Bética tuvo un cultivo muy floreciente bajo los romanos, como atestigua Columela, originario de ella y el primero de los escritores geopónicos, y lo tuvo también bajo los árabes, aunque gobernada por leyes despóticas, porque ni unos ni otros conocieron la amortización ni los demás estorbos que encadenan entre nosotros la propiedad y la libertad del cultivo. Desde la conquista de estas provincias nada se adelantó en ellas, antes han decaído las cosechas de aceite y granos y se han perdido casi del todo las de higo y seda, de que los moros hacían tan gran comercio. Pero, ¿qué más? Los riegos de Granada, de Murcia y de Valencia, casi los únicos que ahora tenemos, ¿no se deben también a la industria africana?
Cortemos, pues, de una vez los lazos que tan vergonzosamente encadenan nuestra agricultura. La Sociedad conoce muy bien los justos miramientos con que debe proponer su dictamen sobre este punto. La amortización, así eclesiástica como civil, está enlazada con causas y razones muy venerables a sus ojos, y no es capaz de perderlas de vista. Pero, Señor, llamada por Vuestra Alteza a proponer los medios de restablecer la agricultura, ¿no sería indigna de su confianza si, detenida por absurdas preocupaciones, dejase de aplicar a ella sus principios? 



Gaspar Melchor de Jovellanos
Informe sobre la Ley Agraria (1795)





[1] Se puede formar alguna idea del progreso de esta despoblación por lo que dice el ilustrísimo Manrique (citado por el señor Campomanes), á saber: que en los últimos cincuenta años se habian tresdoblado los conventos, habían emigrado muchas familias, crecido los sacerdotes, multiplicándose las capellanías y los conventos y aumentado el número de sus moradores. Calcula la mengua del vecindario en siete décimas partes, y señaladamente dice que Búrgos bajó de 7.000 vecinos á 900, León de 5.000 á 500, y que muchos pueblos pequeños se despoblaron del todo. Añade que sólo se sostenia Valladolid por su chancillería, Salamanca por sus escuelas y Segovia por sus telares; pero esto se escribia en 1624, y desde entonces hasta fin del siglo la despoblacion fué siempre en aumento.



JOVELLANOS Y LA MANO INVISIBLE


Un nuevo ramo de comercio fomenta un nuevo ramo de cultivo, porque la utilidad que ofrece, una vez conocida, lleva a los agentes de la agricultura en pos de sí. Cuando las carnes se encarecen todo el mundo quiere tener ganados, y no pudiendo sustentarlos sin pastos todo labrador diligente convierte en prados una porción de su suerte. Donde el consumo interior o la exportación sostienen los precios del vino y del aceite, todo el mundo se da a plantar viñas y olivares, y todo el mundo se da a desceparlos cuando se ve bajar el precio de estos caldos y subir el de los granos. La legislación, lejos de detener, debe animar este flujo y reflujo del interés, sin el cual no puede crecer ni subsistir la agricultura. 
Si fuesen necesarios ejemplos para confirmar esta doctrina, ¿cuántos no presentará la Historia antigua y moderna de todos los pueblos? La introducción del lujo en Roma después de la conquista de Asia cambió enteramente el cultivo de Italia. Basta leer a los geopónicos antiguos para reconocer que en las cercanías de aquella gran capital las frutas, las hortalizas y señaladamente la cría de aves y animales arrebataron la primera atención de los labradores. Era inmensa la utilidad que daban los palomares, torderas, piscinas y otras granjerías semejantes. ¿Por qué? Porque de una parte las leyes facilitaban la libertad de estas granjerías, y por otra nada bastaba para llenar las mesas públicas en los convites solemnes de fiestas y triunfos, ni aun para saciar el lujo particular de los Lúculos de aquel tiempo. 
Una curiosa observación ofrece la misma Historia en prueba de este raciocinio. Advierte Salustio que el soldado romano, antes frugal y virtuoso, se dio por la primera vez al vino y los placeres, relajada por Sila la disciplina de los ejércitos. La consecuencia fue crecer en tanto grado la utilidad del cultivo de las viñas, que en opinión de los geopónicos latinos era el más lucroso de cuantos abrazaba su agricultura, y de ahí es que ninguno recomiendan tanto en sus obras.


Gaspar Melchor de Jovellanos




JOVELLANOS CONTRA LOS PRIVILEGIOS DE LA MESTA: LANA POR POBREZA


Lo primero de todo: ¿Qué es la Mesta?



Conforme avanzaba la reconquista hacia el sur, el ganado invernaba en pastizales adecuados, para lo cual se congregaban y asociaban pastores de distintas zonas con el fin de regular la transhumancia. De tal variedad deriva la denominación "mesta" ("mixta") con que se las conoció. La relevancia de la lana del ovino propició que, ya Alfonso X en 1273, reuniera a todas las mestas en una sola asociación que pasó a denominarse Honrado Concejo de la Mesta, otorgando importantes beneficios a sus asociados y pasando a ser uno de los gremios más importantes de Europa durante la Edad Media. Dichos privilegios iban frecuentemente en detrimento y menoscabo de la agricultura, poco valorada en general, pues en palabras de C. Sánchez Albornoz:, ni los vínculos amorosos hacia el agro ni la devoción telúrica facilitó que la tierra, en sentido estricto, tuviera el mismo aprecio durante los primeros siglos de la Edad Media que su hermana la ganadería. (España, un enigma histórico). 


Con la llegada de los borbones, a principios del siglo XVIII esta institución entra en crisis por obsoleta y privilegiada, generándose una verdadera leyenda negra, que de alguna manera intentó paliarse con la recopilación legal contenida en el denominado Cuaderno de Leyes de Mesta, de 1731, en cuyo preámbulo además de manifestarse cierto pesar por la persecución padecida por la transhumancia y ponderar la ganadería durante la Antigüedad, calificada por Columela como la más sólida riqueza natural, se especificaba el triple objetivo de este cuerpo normativo: conservar y desarrollar la Cabaña Real, facilitar el conocimiento de las leyes en las diferentes instancias y argumentar a derecho los procesos. 

Definitivamente, en 1836, es decir, unos cuarenta años después de la fecha en que Jovellanos escribiera su Informe sobre la Ley Agraria, el Honrado Consejo de la Mesta sería abolido y suplido por una Asociación Nacional de Ganaderos, despojada ya la mayor parte de aquellos privilegios.


EN CUANTO A LA CABAÑA REAL: 

El propio DRAE, sigue definiendo a la "cabaña real" como el conjunto de ganado trashumante propio de los ganaderos que componían el Concejo de la Mesta. En todo caso, "la voz cabaña hacía referencia genérica a la casa móvil o morada pastoriega o por extensión al conjunto de reses de un dueño; sin embargo, como expresión de la universalidad del Concejo aparece con Alfonso XI el vocablo Cabaña Real, tenido por sinónimo a partir de ese momento, en declaración de compromiso de real protección al conjunto" (Fermín Marín Barriguete: Fuentes y metodología sobre la Mesta: los privilegios del Cuaderno de Leyes de Mesta de 1731, Universidad Complutense de Madrid, 2011). N. del E.



El Informe sobre la Ley Agraria

Es verdad que esta granjería solo nos presenta un ramo de comercio de frutos, mientras los extranjeros tratan de mejorar sus lanas para fomentar su industria. Es verdad que vienen a comprar nuestras lanas con más ansia que nosotros a venderlas, para traerlas después manufacturadas y llevarnos con el valor de nuestra misma granjería el precio total de su industria. Es verdad que el valor de esta industria supera en el cuatro tanto el valor de la materia que les damos, según los cálculos de Don Jerónimo Uztáriz, y he aquí el grande argumento de los enemigos de la ganadería. 

Pero la Sociedad no se dejará deslumbrar con tan especioso raciocinio. ¡Pues qué! Mientras no podamos, no sepamos o no queramos ser industriosos, ¿será para nosotros un mal pagar con el valor de nuestras lanas una parte de la industria extranjera, cuyo consumo haga forzoso nuestra pobreza, nuestra ignorancia o nuestra desidia? ¡Pues qué! Cuando podamos, sepamos y queramos ser industriosos, ¿será para nosotros un mal tener en abundancia y a precios cómodos la más preciosa materia para fomentar nuestra industria? ¡Pues qué! Si lo fuéremos algún día, ¿la abundancia y excelencia de esta materia no nos asegurará una preferencia infalible, y no hará hasta cierto punto precaria y dependiente de nosotros la industria extranjera? ¿Tanto nos ha de alucinar el deseo del bien, que tengamos el bien por mal?

Mas si es de admirar que estas razones no hayan bastado a persuadir que la granjería de las lanas es muy acreedora a la protección de las leyes, mucho más se admirará que se haya querido cohonestar con ellas los injustos y exorbitantes privilegios de la Mesta. Nada es tan peligroso, así en moral como en política, como tocar en los extremos. Proteger con privilegios y exclusivas un ramo de industria es dañar y desalentar positivamente a los demás, porque basta violentar la acción del interés hacia un objeto para alejarlo de los otros. Sea, pues, rica y preciosa la granjería de las lanas, pero, ¿no lo será mucho más el cultivo de los granos, en que libra su conservación y aumento el poder del Estado? Y cuando la ganadería pudiese merecer privilegios, ¿no serian más dignos de ello los ganados estantes, que sobre ser apoyo del cultivo representan una masa de riqueza infinitamente mayor y más enlazada con la felicidad pública? 

(...)

La Sociedad, Señor, jamás podrá conciliarlos con sus principios. La misma existencia de este concejo pastoril a cuyo nombre se poseen es a sus ojos una ofensa de la razón y de las leyes, y el privilegio que lo autoriza, el más dañoso de todos. Sin esta hermandad, que reúne el poder y la riqueza de pocos contra el desamparo y la necesidad de muchos, que sostiene un cuerpo capaz de hacer frente a los representantes de las provincias y aun a los de todo el reino, que por espacio de dos siglos ha frustrado los esfuerzos de su celo, en vano dirigidos contra la opresión de la agricultura y del ganado estante, ¿cómo se hubieran sostenido unos privilegios tan exorbitantes y odiosos? ¿Cómo se hubiera reducido a juicio formal y solemne, a un juicio tan injurioso a la autoridad de Vuestra Alteza como funesto al bien público, el derecho de derogarlos y remediar de una vez la lastimosa despoblación de una provincia fronteriza, la disminución de los ganados estantes, el desaliento del cultivo en las más fértiles del reino, y lo que es más, las ofensas hechas al sagrado derecho de la propiedad pública y privada?

Gaspar Melchor de Jovellanos




JOVELLANOS: A propósito de la intervención del Estado en los precios de las rentas.


Ni es menos dañosa al cultivo esta intervención cuando para favorecer a los colonos oprime a los propietarios, limitando el uso de sus derechos, regulando sus contratos y destruyendo las combinaciones de su interés. ¿Cuántas de esta especie no se proponen a Vuestra Alteza en el expediente de Ley Agraria? Si se diese oído a tales ilusiones, ni el tiempo, ni el precio, ni la forma de los contratos serian libres; todo sería necesario y regulado por la ley entre propietarios y colonos; y en semejante esclavitud, ¿qué sería de la propiedad, qué del cultivo? 

Entre otras, se ha propuesto a Vuestra Alteza la de limitar y arreglar por tasación la renta de las tierras en favor de los colonos; pero esta ley, reclamada con alguna apariencia de equidad, como otras de su especie, sería igualmente injusta. Se pretende que la subida de las tierras no tiene otro origen que la codicia de los propietarios, pero, ¿no lo tendrá también en la de los colonos? Si la concurrencia de estos, si sus pujas y competencias no animasen a aquéllos a levantar el precio de los arriendos, ¿es dudable que los arriendos serian más estables y equitativos? Jamás sube de precio una tierra sin que se combinen estos dos intereses, así como nunca baja sin esta misma combinación, porque si la competencia de los primeros anima a los propietarios a subir las rentas, su ausencia o desvío los obligan a bajarlas, no teniendo otro origen el establecimiento de los precios en los comercios y contratos.

Es verdad que esta subida en algunas partes ha sido grande, y si se quiere, excesiva; pero, sea lo que fuere, siempre estará justificada en su principio y causas. Ningún precio se puede decir injusto siempre que se fije por una avenencia libre de las partes y se establezca sobre aquellos elementos naturales que lo regulan en el comercio. Es natural que donde superabunda la población rústica y hay más arrendadores que tierras arrendables el propietario dé la ley al colono, así como lo es que la reciba donde superabunden las tierras arrendables y haya pocos labradores para muchas tierras. En el primer caso el propietario, aspirando a sacar de su fondo la mayor renta posible, sube cuanto puede subir, y entonces el colono tiene que contentarse con la menor ganancia posible; pero en el segundo, aspirando el colono a la suma ganancia, el propietario tendrá que contentarse con la mínima renta. Si, pues, en este caso fuere injusta una ley que subiese la renta en favor del propietario, ¿por qué no lo será en el contrario la que la baje y reduzca en favor del colono?

... Se ha propuesto a Vuestra Alteza que prolongase, por punto general, los términos de todos los arriendos en favor del cultivo; pero la Sociedad cree que semejante ley tampoco sería provechosa ni justa. Confiesa que los arriendos largos son en general favorables al cultivo, pero no lo son siempre a la propiedad, y la justicia se debe a todos. Donde el valor de las rentas mengua, y aun donde es estable, los propietarios se inclinan naturalmente y sin intervención de las leyes a prolongar sus arriendos; pero donde sube, arriendan por poco tiempo para alzar las rentas en su renovación. Por este medio los propietarios de cortijos del término de Sevilla han doblado sus rentas en el corto período que corrió desde 1770 a 1780. Fuera por lo mismo contraria a la justicia una ley que prolongase y fijase el tiempo de los arriendos, porque defraudaría a los propietarios de esta justa utilidad. 


Gaspar Melchor de Jovellanos





LIBERALISMO Y PROPIEDAD PRIVADA EN JOVELLANOS






Leyes defensoras de la iniciativa privada

El único fin de las leyes respecto de la agricultura debe ser proteger el interés de sus agentes, separando todos los obstáculos que pueden obstruir o entorpecer su acción y movimiento.


La precaución privada más efectiva que las leyes

El hombre fía naturalmente más en sus precauciones que en las leyes, y hace muy bien, porque aquéllas evitan el mal y estas lo castigan después de hecho, y si al cabo resarcen el daño ciertamente que no recompensan ni la diligencia, ni la zozobra, ni el tiempo gastados en solicitarlo. 


El equilibrio natural que proporciona la libre competencia ("la mano invisible")

Tampoco se echó de ver que aquella continua lucha de intereses que agita a los hombres entre sí establece naturalmente un equilibrio que jamás podrían alcanzar las leyes. No solo el hombre justo y honrado respeta el interés de su prójimo, sino que lo respeta también el injusto y codicioso. No lo respetará ciertamente por un principio de justicia, pero lo respetará por una razón de utilidad y conveniencia. 



Pocas leyes y que no obstaculicen el interés privado.

No concluye de aquí la Sociedad que las leyes no deban refrenar los excesos del interés privado, antes reconoce que este será siempre su más santo y saludable oficio, este uno de los primeros objetos de su protección. Concluye solamente que protegiendo la libre acción del interés privado mientras se contenga en los límites señalados por la justicia, solo debe salirle al paso cuando empiece a traspasarlos. En una palabra, Señor, el grande y general principio de las leyes respecto de la agricultura se debe cifrar en remover los estorbos que se oponen a la libre acción del interés de sus agentes dentro de la esfera señalada por la justicia. 


Los baldíos: tierras sin dueño.

Si el interés individual es el primer instrumento de la prosperidad de la agricultura, sin duda que ningunas leyes serán más contrarias a los principios de la Sociedad que aquellas que, en vez de multiplicar, han disminuido este interés, disminuyendo la cantidad de propiedad individual y el número de propietarios particulares. Tales son las que, por una especie de desidia política, han dejado sin dueños ni colonos una preciosa porción de las tierras cultivables de España, y alejando de ellas el trabajo de sus individuos han defraudado al Estado de todo el producto que el interés individual pudiera sacar de ellas. Tales son los baldíos. 


La propiedad privada: estímulo que vence la pereza.

Solo una propiedad cierta y segura puede inspirar aquel vivo interés sin el cual jamás se mejoran ventajosamente las suertes; aquel interés que, identificado con todos los deseos del propietario, es el primero y más fuerte de los estímulos que vencen su pereza y lo obligan a un duro e incesante trabajo. 



La propiedad privada el mejor recurso para eliminar las tierras baldías

Pero cuando Vuestra Alteza, para favorecerla y extender y animar el cultivo, haya convertido los comunes en propiedad particular, ¿podrá tolerar el vergonzoso derecho que en ciertos tiempos y ocasiones convierte la propiedad particular en baldíos? Una costumbre bárbara, nacida en tiempos bárbaros y solo digna de ellos, ha introducido la bárbara y vergonzosa prohibición de cerrar las tierras, y menoscabando la propiedad individual en su misma esencia ha opuesto al cultivo uno de los estorbos que más poderosamente detienen su progreso. 


La prohibición de vallar las tierras, una costumbre bárbara y ruinosa

Una costumbre bárbara, nacida en tiempos bárbaros y solo digna de ellos, ha introducido la bárbara y vergonzosa prohibición de cerrar las tierras, y menoscabando la propiedad individual en su misma esencia ha opuesto al cultivo uno de los estorbos que más poderosamente detienen su progreso. 




Gaspar Melchor de Jovellanos


LIBRE COMPETENCIA Y MONOPOLIO EN EL INFORME SOBRE LA LEY AGRARIA DE JOVELLANOS




Semejantes trabas se quieren cohonestar con el temor del monopolio, monstruo que la policía municipal ve siempre escondido tras de la libertad; pero no se reflexiona que si la libertad lo provoca también lo refrena, porque excitando el interés general produce naturalmente la concurrencia, su mortal enemigo. No se reflexiona que aunque todos los agentes del tráfico aspiren a ser monopolistas, sucede por lo mismo que queriendo serlo todos no lo pueda ser ninguno, porque su competencia pone a los consumidores en estado de dar la ley, en vez de recibirla. No se reflexiona que solo cuando desaparece la concurrencia, asustada por los reglamentos y vejaciones municipales, puede el monopolio usar de sus ardides porque entonces la necesidad le hace sombra, los consumidores mismos le echan la capa, y en semejante situación la vigilancia y las precauciones de la policía no son capaces de quitarle la máscara ni de vencerlo. Por último, no se reflexiona que si el monopolio es frecuente en los objetos de consumo sujetos a posturas y prohibiciones, jamás lo es en los tráficos libres, pues en ellos acredita la experiencia que los vendedores, lejos de esconderse, salen al paso al consumidor, lo buscan, lo llaman a gritos o se entran por sus puertas para convidarlo y proveerlo de cuanto necesita. 

Gaspar Melchor de Jovellanos







LA INOPERANCIA E INJUSTICIA DE LOS IMPUESTOS SOBRE EL CONSUMO (Jovellanos)


Segundo, no es tampoco cierto que los derechos cargados sobre consumos recaigan precisamente sobre los consumidores. Es verdad que así sucederá siempre que el vendedor dé la ley al comprador, porque entonces embeberá en el precio de venta el gravamen de la contribución. Más cuando el vendedor, en vez de dar la ley la reciba del comprador, ¿no es claro que, aspirando este a la mayor equidad posible en el precio, tendrá el vendedor que contentarse con la menor ganancia posible?  
Este último caso es tal vez el más ordinario y frecuente entre nosotros (...)
Es un principio cierto, o por lo menos una máxima prudentísima de economía, apoyada en la razón y en la equidad, que todo impuesto debe salir del superfluo y no del necesario de las fortunas de los contribuyentes, porque cualquiera cosa que se mengüe de la subsistencia necesaria de una familia podrá causar su ruina, y con ella la pérdida de un contribuyente y de la esperanza de muchos. Y como en este caso se halle una gran porción de pueblo rústico, y señaladamente los jornaleros, que en los países de gran cultura son su brazo derecho, es visto cuán injusta será la contribución sobre consumos y cuán funesta al cultivo, ora disminuya el número de estos jornaleros, ora encarezca su salario.

(...) siendo un principio inconcuso que tanto vale gravar los productos de la tierra como gravar su renta, y tanto gravar la renta como gravar su propiedad, parece que un sistema que tiene por base el gravamen de todos los productos de la tierra, y aun de su renta, debería a lo menos franquear su propiedad, que es la fuente de donde nace uno y otro.



Gaspar Melchor de Jovellanos




LA AGRICULTURA PRIMERA BASE DE LA INDUSTRIA, DEL COMERCIO Y LA NAVEGACIÓN (Jovellanos)



¿Puede dudarse que en todos sentidos sea la agricultura la primera base de la industria, del comercio y la navegación? ¿Quién, sino ella, produce las materias a que da forma la industria, movimiento el comercio y consumo la navegación? ¿Quién, sino ella, presta los brazos que continuamente sirven y enriquecen a otras profesiones? ¿Y cómo se pudo concebir la ilusoria esperanza de levantar sobre el desaliento de la agricultura unas profesiones dependientes por tantos títulos de su prosperidad? ¿Era esto otra cosa que debilitar los cimientos para levantar el edificio? 

También este mal tuvo su origen en la manía de la imitación. El ejemplo de las repúblicas de la Edad Medía, que florecieron sin agricultura y solo al impulso de su industria y navegación, y el que presentaron algunos pocos imperios del mundo antiguo y la moderna Europa, pudieron comunicar a España tan dañosa infección. Pero, ¿qué mayor delirio que imitar a unos pueblos forzados por la naturaleza, en falta de territorio, a establecer su subsistencia sobre los flacos y deleznables cimientos del comercio, olvidando en el cultivo de un vasto y pingüe territorio el más abundante, el más seguro manantial de riqueza pública y privada? 
Sí, Señor; la industria de un Estado sin agricultura será siempre precaria, penderá siempre de aquellos pueblos de quienes reciba sus materias y en quienes consuma sus productos. Su comercio seguirá infaliblemente la suerte de su industria, o se reducirá a un comercio de mera economía, esto es, al más incierto, y con respecto a la riqueza pública, al menos provechoso de todos. Ambos por necesidad serán precarios y pendientes de mil acasos y revoluciones. Una guerra, una alianza, un tratado de comercio, las vicisitudes mismas del capricho, de la opinión y las costumbres de otros pocos acarrearán su ruina y con ella la del Estado. De este modo la gloria de Tiro y el inmenso poder de Cartago pasaron como un sueño y fueron vueltos en humo. De este modo desaparecieron de la sobrehaz del mundo político los de Pisa, Florencia, Génova y Venecia, y acaso de este modo pasarán también los de Holanda y Ginebra, y confirmarán algún día con su ruina que solo sobre la agricultura puede levantar un Estado su poder y solida grandeza. 
No dice esto la Sociedad para persuadir a Vuestra Alteza que la industria y comercio no sean dignos de la protección del gobierno, antes reconoce que en el presente estado de la Europa ninguna nación será poderosa sin ellos, y que sin ellos la misma agricultura será desmayada y pobre. Dícelo solamente para persuadir que no pudiendo subsistir sin ella, el primer artículo de su protección debe cifrarse siempre en la protección de la agricultura. Dícelo porque este es el más seguro, más directo y más breve medio de criar una poderosa industria y un comercio opulento. Cuando la agricultura haga abundar por una parte la materia de las artes y los brazos que las han de ejercer; cuando por otra, haciendo abundar los mantenimientos abarate el salario del trabajo y la mano de obra, la industria tendrá todo el fomento que puede necesitar; y cuando la industria prospere por estos medios, prosperará infaliblemente el comercio y logrará una concurrencia invencible en todos los mercados. Entonces las profesiones mercantiles no tendrán que esperar del gobierno sino aquella igualdad de protección a que son acreedoras en un Estado todas las profesiones útiles. Pero proteger la industria y el comercio con gracias y favores singulares, protegerlos con daño y desaliento de la agricultura es tomar el camino al revés o buscar la senda más larga, más torcida y más llena de riesgos y embarazos para llegar al fin.


Gaspar Melchor de Jovellanos









EL TRIGO: EL MÁS FELIZ DE CUANTOS DESCUBRIMIENTOS HICIERA EL HOMBRE (El conde de Buffon, por boca de Jovellanos)




El trigo de que se alimenta el hombre, dice el conde de Buffon, es una producción debida a sus progresos en la primera de las artes, puesto que no se ha encontrado trigo silvestre en ninguna parte de la tierra, y de consiguiente es una semilla perfeccionada por su cuidado. Fue, pues, necesario escoger esta planta entre otras mil, y sembrarla y cogerla muchas veces para asegurarse de que su multiplicación era siempre proporcionada al abono y cultivo de la tierra. Por otra parte, las únicas y maravillosas propiedades de convenir a todos los climas del globo, de resistir en su primera edad los fríos del invierno, sin embargo de ser añal, y de conservarse por largo tiempo sin perder la virtud alimentaria y germinativa, prueban que su descubrimiento fue el más feliz de cuantos hizo el hombre, y que por más antiguo que sea siempre supone que lo precedió el arte de la agricultura. Époques de la nature, époque VII, vol. II, página mihi, 195. Véanse también las observaciones del señor de Saint-Pierre acerca de las armonías alimentarias de las plantas en su admirable obra Études de la nature, vol. II, pág. 469, edicion de 1790.



Gaspar Melchor de Jovellanos


LAS CADENAS QUE OPRIMEN NUESTRA AGRICULTURA (Jovellanos)




Ya es tiempo, Señor, ya es tiempo de derogar las bárbaras costumbres que tanto menguan la propiedad individual. Ya es tiempo de que Vuestra Alteza rompa las cadenas que oprimen tan vergonzosamente nuestra agricultura, entorpeciendo el interés de sus agentes. ¡Pues qué! El pasto espontáneo de las tierras, ora estén de rastrojo, de barbecho o eriazo, las espigas y granos caídos sobre ellas, los despojos de las eras y parvas, ¿no serán también una parte de la propiedad de la tierra y del trabajo, una porción del producto del fondo del propietario y del sudor del colono? Solo una piedad mal entendida y una especie de superstición, que se podría llamar judaica, las han podido entregar a la voracidad de los rebaños, a la golosina de los viajeros[1] y al ansia de los holgazanes y perezosos, que fundan en el derecho de espiga y rebusco una hipoteca de su ociosidad.

Gaspar Melchor de Jovellanos




[1] El que dudare de este inconveniente oiga a nuestro Herrera* (libro I, capítulo 17): «Se han de sembrar los garbanzos léjos de camino y de lugares pasaderos, entre las hazas del pan o en lugares cerrados, porque cuando están tiernos no pasa ninguno, aunque sea fraile y ayune, que no lleve un manojo. Pastores y otros semejantes les hacen mucha guerra; pues si mujeres se encuentran con ellos, no hay granizo que tanto daño les haga. Por esto conviene que los siembren en lugares bien cerrados, o que estén tan escondidos que antes oigan que son cogidos que supiesen que estaban sembrados».
* Gabriel Alonso de Herrera (1470 - 1539), agrónomo y escritor, hermano del humanista Hernando Alonso de Herrera y del músico Diego Alonso de Herrera. Quien, por encargo del Cardenal Cisneros, compuso un tratado de agricultura, titulado Obra de Agricultura copilada de diuersos auctores (1513); pronto imprimido tambión con el título, Libro de Agricultura que es de la labrança y criança, y de muchas otras particularidades y provechos del campo...  Y generalmente conocido como Agricultura general, al que aquí se refiere Jovellanos (N. del E.).


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