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¿ACTORES CREADORES? SOBRE EL TERRITORIO DEL ACTOR, DEL AUTOR, DEL ESPECTADOR Y DEL LECTOR (Enrique Díez-Canedo)


Anuncio de un drama con
Frédérick Lemaitre como protagonista


Creación ya no quiere decir creación ex-nihilo; este sustantivo ya no admite el artículo la. Antes, cuando se decía «la creación», todo el mundo, (y perdónese el modestísimo juego de palabras) todo el mundo sabía al instante lo que se quería decir. Hoy es otro artículo el que se le antepone: una creación. Y ya nadie sabe nada de nada. Y mucho menos si se le añade el adjetivo verdadera: una verdadera creación de Fulanita. O el calificativo última: la última creación de la moda. Todos creadores. Todos con el fiat en la punta de la lengua o en la de los dedos. Por culpa, pues, de una palabreja, hemos venido a caer en una serie de equívocos que en nuestro caso podría tomar muy bien la denominación shakespeariana de «comedy of errors».
El gran argumento, «de hecho» (...) está en las vicisitudes de una pieza en que se llevo a cabo no ya una creación sino una «creación inmortal», por el gran actor Frédérick Lemaître.
Se trata de un melodrama, L'Auberge des Adrets, tan olvidado hoy como los nombres de sus autores, Antier, Saint-Amand y Polyanthe, en que se plantó en las tablas un personaje, Robert Macaire, que tuvo fortuna escénica y trascendió más tarde, con Daumier, a la plástica; el propio Lemaître cuenta el suceso:
«La historia de este melodrama siniestro, convertido en bufonada, después de concebido en serio por sus autores, se ha desfigurado de tal suerte que acaso no carezca de interés el relatar los orígenes verdaderos de esa fantasía, que no había de ser sino el prólogo de una comedia llamada diez años más tarde a despertar con tanta fuerza la susceptibilidad de más de un Robert Macaire en elevada situación o de un Bertrand condecorado.
«Cuando terminó la lectura, hecha en el teatro, me salí de allá con desaliento, pensando en el papel de Macaire, que había de ser mi primera creación. ¿Cómo lograr que aceptara el público aquella intriga sombría y tenebrosa, desarrollada en estilo todo lo contrario de académico? ¿Como realizar, sin mover a risa, un personaje groseramente cínico, asesino de carretera, espantoso como el ogro de los cuentos, que llevaba su impudencia hasta rizarse las patillas con un puñal, mientras mordisqueaba un trozo de queso de gruyère?... Una noche, hojeando mi manuscrito, empecé a encontrar bufas todas las situaciones y todas las frases de los papeles de Robert Macaire y Bertrand, si se las tomaba en cómico. Participé a Firmin, mozo de ingenio, que, como yo, no se encontraba a gusto en su papel de Bertrand, la idea extraña, loca, que me había cruzado por la imaginación, y la encontró sublime. Pero había que librarse de proponer la transformación a los autores, persuadidos de que habían hecho otro Cid. Resueltos, sin embargo, a poner en ejecución nuestro plan a toda costa, convinimos Firmin y yo, en complicidad, los efectos que nos proponíamos poner en juego, sin comunicárselo a nadie; y llegada la noche del estreno hicimos una entrada que ni siquiera habíamos apuntado en los ensayos...
«Nada se le escapó a la ávida sagacidad de un público sobreexcitado por espectáculo tan nuevo e imprevisto...» Se acogió a carcajadas el indumento, la gesticulación, las exageraciones, hasta los puntapiés de los personajes confabulados, que representaban a lo grotesco en tanto que los demás prodigaban cándidamente el tono del melodrama. «Mlle. Levesque -cuenta Frédérick Lemaître- puso en el personaje de María, la infortunada esposa de Robert Macaire, la misma convicción que años antes había prestado a su creación de Teresa o la huérfana de Ginebra».
El resultado fue tan brillante como imprevisto. De aquel difunto melodrama salió luego el Robert Macaire en que colaboraron dos de los primitivos autores, que supieron darse cuenta del error, y se pasaron al enemigo con armas y bagajes.
La historia, que en parte he traducido y en parte he condensado, no tiene para mí total valor probatorio. El actor Lemaître lo que hizo fue interpretar el verdadero sentido de la pieza, que se les había escapado a los autores; o, en el mejor caso, hacer de autor e interpretar su concepción propia. Lo contrario dicen que ocurrió en España gracias al ingenio de un autor, no de un comediante, con La venganza de don Mendo, que tanta fama ha llegado a conquistar. Según las crónicas semisecretas, cuchicheadas en los escenarios, La venganza de don Mendo era, en su origen, un drama serio de autor en otro tiempo aplaudido, proveedor de los Guerrero-Mendoza: el académico Juan Antonio Cavestany. No tengo inconveniente en decir el nombre, aquí, entre nosotros, porque tal vez la historia ande ya impresa, y porque, en todo caso, puede aceptarse como simple murmuración. Andaban los cómicos un tanto remisos, previendo un fracaso, cuando Pedro Muñoz Seca vino a conocer la obra y pensó que alterando un poco los versos y cambiando los «pezzi di bravura» en tiradas chistosas, conservando los efectos dramáticos, podría obtenerse un resultado magnífico. Y así fue. Estrenada como farsa y parodia de un género, con el nombre de Muñoz Seca, vino a ser uno de sus grandes éxitos. Ahora bien: años más tarde, el propio Muñoz Seca, vino a estrenar con ostentación otro drama, La raya negra, que, con el mismo tratamiento, no habría dejado de ser otra obra maestra de comicidad. Pero el autor lo tomaba en serio y entre los cómicos no hubo uno con la perspicacia de un Frédérick Lemaître... o de un Muñoz Seca en el otro momento... y los anales del teatro en Madrid no registran en muchos años caída más espantosa que la de La raya negra. Allí no hubo creación, sino «la fin del mundo».
Pero me aparto de mi camino, que era el de discutir, entre arte y oficio, cuál es la categoría del arte del comediante. Nadie puede negar que, por virtud del comediante, ha percibido, en las obras teatrales, bellezas maravillosas; pero, en mi opinión, tales bellezas son distintas de las que la obra encierra, visibles para todos en la simple lectura. Me refiero, claro esta, a las obras maestras, o, sencillamente, a las que tienen determinado y verdadero valor literario; es decir, a las que viven independientemente de la representación. Interpretando éstas, el actor o la actriz realizan su obra artística personal con un margen amplísimo, con una variedad de efectos tan grande como pueda ser el número de los intérpretes y de las representaciones. Me explicaré.
Yo leo el monólogo de Hamlet, y experimento una determinada impresión al saborear los versos maravillosos: To be or not to be... Pero acudo a una representación del Hamlet y a mi experiencia personal voy añadiendo otras. Veo a Zacconi, por ejemplo, rubicundo, corpulento, ancho para su altura, con largos bigotes caídos, sentarse en un sitial e ir declamando los conceptos de Shakespeare como si se le desmenuzaran entre los dedos; veo a Sarah Bernhardt, grácil, con su rostro pálido de Hamlet lampiño, inmóvil hacia el fondo de la escena, con un brazo en alto, cogido a la parte alta de una cortina, ensimismada, modulando su voz de oro; veo a tal comediante español, he olvidado su nombre, adelantándose al proscenio para consultarle al público las dudas de Hamlet en tal tono que parece imposible no escuchar, en traslado del ser o no ser con que el monólogo se inicia,  una expresión chulesca: o semos o no semos: ustedes, ¿qué me aconsejan? El mismo trozo dramático, el monólogo inmortal, me hace pasar así, cuando lo veo interpretado, por una serie de emociones ausentes de mi espíritu cuando lo leo y que pueden tocar en lo sublime o dar de lleno en lo ridículo. Todo ese territorio es el propio del comediante.
Mas ¿no puede el arte de éste sacar partido de lo que no tiene sustancia propia? Ya hemos visto que sí, en el ejemplo analizado de Robert Macaire; y nuestra experiencia personal, por corta que sea, puede acumular ejemplos. Si vamos al teatro todos los días, no hemos de hacernos ilusiones: hemos visto una serie de obras teatrales que nos han entretenido más o menos, pero en las cuales apenas hemos hallado otra cosa que la gracia o la fuerza de expresión de un comediante; la armonía, harto menos frecuente, de un conjunto; la presentación escénica, tal vez ingeniosa: pero si leemos la comedia o el drama, no encontramos en la letra escrita nada de lo que nos divirtió o sedujo. Luego aquí, se dirá, el comediante crea; hace algo de lo que nada es. Concedido. Pero cabalmente la cualidad de ese algo es lo que distingue la obra del artista.


Enrique DÍEZ-CANEDO
El teatro y sus enemigos,
Ed. La casa de México, 
Méjico, 1939



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y debidamente anotada
en Biblioteca Virtual Miguel Cervantes


EL ENFERMO IMAGINARIO (Molière)







ACTO I
Escena V

ARGAN, ANGÉLICA y ANTONIA.

ARGAN.-   (Sentándose.)  Ahora, hija mía, te voy a dar una noticia que seguramente te tomará de nuevas. Me han pedido tu mano. ¿Qué es eso?... ¿Te ríes? Bien mirado, no puede imaginarse noticia más halagüeña para una joven... ¡Oh, naturaleza! Ya veo bien claro que no tengo para qué preguntarte si te quieres casar.
ANGÉLICA.-  Mi único deseo es obedeceros, padre mío.
ARGAN.-  Me complace esa sumisión. Hemos ultimado el asunto y ya estás prometida.
ANGÉLICA.-  Acataré a ojos cerrados vuestra voluntad, padre mío.
ARGAN.-  Tu madrastra pretendía que tú y Luisa, tu hermana menor, entrarais en un convento. Desde hace tiempo ése era su propósito.
ANTONIA.-   (Bajo.)  ¡Su razón tiene la muy bribona!
ARGAN.-   (Continuando.)  Por lo cual se negaba ahora a autorizar este matrimonio; pero he logrado reducirla y dar mi palabra.
ANGÉLICA.-  ¡Cuánto tengo que agradecer a vuestras bondades, padre mío!
ANTONIA.-  Seguramente, ésta es la acción más cuerda de vuestra vida.
ARGAN.-  Aún no conozco a tu futuro; pero me afirman que quedaré satisfecho y tú también.
ANGÉLICA.-  Seguramente, padre mío.
ARGAN.-  ¿Cómo? ¿Tú le has visto?
ANGÉLICA.-  Puesto que vuestro consentimiento me autoriza a abriros mi corazón, no os ocultaré que hace seis días, el azar nos puso frente a frente, y que la petición que os han hecho es consecuencia de una inclinación, experimentada desde el primer instante.
ARGAN.-  No me habían dicho nada, pero me alegro, porque vale más que sea así. Según parece, se trata de un buen mozo.
ANGÉLICA.-  Sí, padre mío.
ARGAN.-  Arrogante.
ANGÉLICA.-  Sí.
ARGAN.-  De aspecto simpático.
ANGÉLICA.-  Ya lo creo.
ARGAN.-  De fisonomía franca.
ANGÉLICA.-  Muy franca.
ARGAN.-  Digno y juicioso.
ANGÉLICA.-  Precisamente.
ARGAN.-  Honrado.
ANGÉLICA.-  Como el que más.
ARGAN.-  Que habla el latín y el griego a maravilla.
ANGÉLICA.-  Eso no lo sabía yo.
ARGAN.-  Y que dentro de tres días será recibido médico.
ANGÉLICA.-  ¿Médico, padre mío?
ARGAN.-  Sí. ¿Tampoco lo sabías?
ANGÉLICA.-  No. ¿Quién os lo ha dicho?
ARGAN.-  El señor Purgon.
ANGÉLICA.-  ¿Lo conoce el señor Purgon?
ARGAN.-  ¡Vaya una pregunta! No lo ha de conocer, si es su sobrino.
ANGÉLICA.-  ¿Cleonte, sobrino del señor Purgon?
ARGAN.-  ¿Quién es ese Cleonte? Hablamos del joven que ha pedido tu mano.
ANGÉLICA.-  ¡Claro!
ARGAN.-  Que es sobrino del señor Purgon e hijo de su cuñado, el señor Diafoirus, médico también. Ese joven se llama Tomás: Tomás Diafoirus, y no Cleonte. Con él es con quien hemos acordado esta mañana tu boda, entre el señor Purgon, Fleurant y yo. Mañana mismo vendrá el padre a hacer la presentación de tu futuro. ¿Pero qué es eso? ¿Por qué pones esa cara de asombro?
ANGÉLICA.-  Porque vos hablabais de una persona y yo me refería a otra.
ANTONIA.-  ¡Eso es una burla! Teniendo la fortuna que tenéis, ¿seríais capaz de casar a vuestra hija con un médico?
ARGAN.-  ¿Quién te mete a ti donde no te llaman, imprudente?
ANTONIA.-  ¡Calma! ¿Por qué no hemos de discutir sin acaloramientos? Hablemos tranquilamente. ¿Qué razones habéis tenido para consentir en ese matrimonio?

ARGAN.-  La razón de que, encontrándome enfermo -porque yo estoy enfermo-, quiero tener un hijo médico, pariente de médicos, para que entre todos busquen remedios a mi enfermedad. Quiero tener en mi familia el manantial de recursos que me es tan necesario; quien me observe y me recete.


Molière
El enfermo imaginario (1673)

(Traducción J.I. de Alberti
con el título El médico de aprensión).

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EL DELINCUENTE HONRADO (Jovellanos)





La comedia lacrimosa se nutre de la epistemología sensista sentimental inglesa y francesa (Locke, Shaftesbury, Condillac), del pensamiento humanitario de la Ilustración (Montesquieu, Beccaria, Rousseau) y de la pintura social lacrimosa de la escuela de Greuze. Con una acción que entre lágrimas lleva al borde de la muerte, s e instruye al público sobre los beneficios sociales de las profesiones y el amor de la familia. «Si las lágrimas son efecto de la sensibilidad del corazón, ¡desdichado de aquel que no es capaz de derramarlas!» (acto I, escena III). Ningún autor inglés ni francés del nuevo género lo logra mejor que Jovellanos. La comedia sentimental es una forma tragicómica evolucionada dentro de la escuela neoclásica; pero al mismo tiempo toda la literatura va evolucionando hacia el romanticismo y el realismo. Es así realista el medio de El delincuente honrado (1773), y el manejo del carácter y de la situación se descubren como brillantes anticipos de Don Álvaro o la fuerza del sino (1835), del duque de Rivas (reseña de la edición de la edición de Cátedra - Letras hispánicas)





Escena II


JUSTO, SIMÓN.

JUSTO.- (Paseándose.) Mucho me agradan, señor don Simón, el juicio y los talentos de este mozo. La señora Laura será muy dichosa en su compañía.

SIMÓN.- ¡Oh! Ella está loca de contento. Es verdad que salió de un marido tan malo... El marqués era un calaverón de cuatro suelas. ¡Qué malos ratos dio a la muchacha, y qué pesadumbres a mí! A los ocho días de casado ya no hacía caso de ella, y a los dos meses no tenía de la dote ni dos cuartos. Ahí nos engañaron con que sus parientes eran grandes señores en la corte, y nos hicieron creer... ¡Eh!, palabrones de cortesanos, que se llevó el viento. ¡Oh! Torcuato, Torcuato es otra cosa. ¡Qué mujer era su tía! Yo la conocí mucho en Salamanca. A su muerte le dejó una corta herencia, porque siempre le quiso como si fuera su hijo; y aun hubo malas lenguas... Pero era muy virtuosa; Dios la tenga en descanso. En fin, las locuras del marqués me dejaron harto de señoritos; con que, por no tropezar con otro, viendo que Laura quedaba viuda y niña, y que Torcuato la tenía inclinación, se la ofrecí, sin esperar que él la pidiese, y hoy viven ambos dichosos y contentos.

JUSTO.- ¿Y no pensáis en darle algún destino?

SIMÓN.- ¿Destino? No, señor; soy ya muy viejo; mañana o esotro me moriré, les dejaré cuanto tengo y con ello podrán vivir sin quebraderos de cabeza. ¿Destino? ¡Buena es esa! Los hombres de empleo no sosiegan un instante. ¡Yo no sé cómo pretenden los que tienen con qué pasar! Y luego, ¡se premia tan mal...!

JUSTO.- Señor don Simón, para el hombre honrado la satisfacción de servir bien es el mejor premio.

SIMÓN.- ¿Y os parece que la alcanzan los que sirven mejor? No, por cierto. Hasta el crédito y la buena fama se reparte sin ton ni son. ¡Ah, señor!, vos no conocéis todavía el mundo. Antiguamente era otra cosa; pero hoy se juzga sólo por apariencias. Todo consiste en un poco de maña y de ingeniatura. Los hombres honrados por lo común son modestos; pero los pícaros sudan y se afanan por parecer honrados, con que pasa por bueno, no el que lo es en realidad, sino el que mejor sabe fingirlo.

JUSTO.- En todo caso el hombre de bien, después de haber cumplido con sus deberes, vivirá contento y la injusticia de los que le juzguen no podrá quitarle su tranquilidad, que es el más dulce fruto de las buenas acciones.



Gaspar Mechor de Jovellanos
El delincuente honrado, 1773




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MORATÍN ANALIZA EL CARÁCTER DRÁMATICO DEL POLONIO DE HAMLET




El carácter de Polonio (Lord Chambelan del Rey de Dinamarca, que equivale a Sumiller de Corps) jamás se desmiente. Viejo ridículo, presumido, entremetido, hablador infatigable: destinado a ser el gracioso de la Tragedia. Los que se obstinan en defender cuánto deliró Shakespeare, dicen que el carácter de este personaje está bien seguido, y tienen razón: dicen también que en las Cortes y en los Palacios hay abundancia de estos bichos ridículos, y también es cierto; pero tales figuras son buenas para un Entremés, no para una Tragedia. Los afectos terribles que deben animarla, las grandes ideas de que ha de estar llena, la noble y robusta expresión que corresponde a tales pasiones, la unidad de interés que nunca debe debilitarse; todo esto se aviene mal con las tonterías de un viejo chocarrero y parlanchín. No basta que la naturaleza nos presente esta unión confusa de objetos. Un buen Poeta no debe imitarla como es en sí: desecha lo inútil e inoportuno, elige lo que es conveniente a sus fines, y en esta elección consiste el gran secreto del arte. Es muy natural, que cuando Antonio presentó en el Foro Romano a vista del pueblo, la túnica ensangrentada de Cesar, hubiese alguna vieja mugrienta y astrosa, que en un rincón vendiese higos o asara castañas; pero si un pintor se atreviese a introducir esta figura grotesca en un cuadro de aquel asunto, se burlarían de él los inteligentes, y en vano gritaría para disculparse que era natural. Sí, es natural (le dirían), pero destruye el efecto que tu pintura debía producir; es natural, pero inoportuno y ridículo, y tú eres un artífice ignorante, puesto que debiendo imitar la naturaleza, te ceñiste solo a copiarla.

Hamlet
(Notas a la versión española de Moratín)


EL MEJOR HAMLET. LA VERSIÓN DE MORATÍN, CASI UNA GUÍA DE LECTURA




¿Podemos vivir sin leer ―sin conocer― a Shakespeare? Rotundamente sí. Ahora bien, ¿podemos vivir al margen de Shakespeare? Con igual contundencia, la respuesta es: no.
Nuestra mentalidad occidental, como toda mentalidad colectiva, está impregnada de mitos que la moldean y conforman de tal modo que, incluso, puede hablarse de un “canon cultural”, una norma estética, en nuestro caso occidental, que lógicamente también sería fruto de nuestra cultura y de nuestra historia, de esa mentalidad a la que pertenecemos y de la que participamos de una manera más o menos consciente. Las sombras de Moisés, Aristóteles, Cristo, Darwin y, por supuesto, la de Shakespeare, planean sobre nosotros sin necesidad de un conocimiento directo de ellos, porque nos persiguen ocultas detrás de cuanto nos rodea: cine, televisión, publicidad, música, videojuegos… De todo.
Con Hamlet, y en concreto con esta versión, más que versión auténtica guía de lectura, tenemos además la posibilidad de introducirnos en Shakespeare y en las entrañas mismas de una de las obras fundacionales de nuestra civilización. Porque descubrir a Hamlet es descubrir las raíces mismas de nuestra propia idiosincrasia.
Si descartamos Hamleto, Rey de Dinamarca, es decir, la edición de Hamlet de Ramón de la Cruz de 1772, por tratarse de una traducción de una versión francesa muy mutilada y manipulada, la de Villalpando de 1798 que aquí presentamos puede y debe considerarse, y así lo está, como la primera edición de la obra cumbre de Shakespeare y una de las obras cimeras de occidente.
Y esta, la de Villalpando, es la que tiene ahora el lector en sus manos. Traducida, reestructurada, acotada y anotada nada menos que por Leandro Fernández de Moratín, oculto bajo el seudónimo Inarco Celenio, constituye una versión tan interesante, didáctica, seria y divertida a la vez, que durante casi dos siglos ha sido la más reeditada en España. Tanto, que puede decirse que una gran mayoría de españoles lectores de Hamlet lo han sido de la mano de Moratín.
Evidentemente, le siguieron otras traducciones y ediciones de indudable e incluso superior calidad y, sobre todo, de un mayor rigor científico. Pero quizá ninguna haya conseguido superar la frescura y sencillez que explican el valor divulgativo de esta versión, valor que es el que interesa a nuestra línea editorial.
Leer el Hamlet de Moratín, con sus notas y acotaciones, con su prólogo y su reseña biográfica del Bardo de Avon, constituye una experiencia única para introducirnos en el mundo de Shakespeare, o lo que es lo mismo: en los cimientos ordenadores de nuestra mentalidad europea, en versión original. Porque Shakespeare ― como tiene dicho Harold Bloom― cambió nuestra forma de representar la naturaleza humana― si es que no cambió la misma naturaleza humana.
Este drama es severo ―ha sentenciado Víctor Hugo―. Aún lo verdadero está en él pleno de dudas, lo sincero miente. Nada tan enorme ni tan sutil. En este drama el hombre es un mundo, y el mundo cero. El mismo Hamlet, en plena vida, no está seguro de existir ("¿ser o no ser?" o "¿existir o no existir?", como lo traduce Moratín). En esta tragedia ―sigue Víctor Hugo―, que es también una filosofía, todo flota y duda, y se aplaza, y oscila, y se descompone, y se dispersa, y se disipa: en ella el pensamiento es nube, la voluntad vapor, la resolución crepúsculo, la acción se vuelve en sentido inverso y la rosa de los vientos dirige a los hombres. Hamlet es ―concluye― la obra maestra de la tragedia.

lecturas-hispanicas


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Moratín analiza el carácter
dramático del Polonio de Hamlet
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ES VERDAD, EL AMOR MATA: EL TESTIMONIO DE LARRA A PROPÓSITO DE "LOS AMANTES DE TERUEL" DE HARTZENBUSCH




Contiene el presente volumen las dos principales versiones de "Los amantes de Teruel" de J.E. Hartzenbusch, sin duda la mejor obra y de mayor éxito sobre esta conocida leyenda. Tras el estreno de la primera versión en el Teatro del Príncipe de Madrid el 19 de enero de 1837, Mariano José de Larra escribió un delicioso artículo en "El Español" donde se haría eco de las bondades literarias y los logros poéticos de este interesante drama, escrito "con pasión, fuego y verdad" y que sacó del anonimato a su entonces joven autor. Artículo éste que abre magníficamente nuestra edición. Mucho se ha escrito después sobre la obra pero nadie como el articulista romántico lo ha hecho con mayor acierto e influencia. Tanto es así que el propio Hartzenbusch, atendidas las indicaciones de Larra, refundió con acierto el drama reduciéndolo de cinco a cuatro actos eliminando, además, determinados excesos románticos y consiguiendo así la última versión que el tiempo ha consagrado como la mejor. También han sido abundantes las discusiones sobre las fuentes reales y literarias de la historia de Diego de Marcilla e Isabel de Segura, de las que se habría servido Hatzenbusch. Pero al margen del legítimo e indispensable interés de la crítica autorizada, lo que de verdad cuenta es la realidad de la leyenda en sí y el hecho de que la verdadera Leyenda con mayúsculas acaba por imponerse a la propia realidad. La historia de nuestros amantes es real. El propio Larra lo sostiene y arremete a quienes tachan su final de inverosímil porque -según ellos- el amor no mata a nadie. Claro que el amor mata, protesta él: las penas y las pasiones han llenado más cementerios que los médicos y los necios, concluye. Y nadie mejor que Larra para aseverar tamaña afirmación, pues sólo unos días después de escribir esas líneas, el 13 de febrero de 1837, se quitó la vida por un desengaño amoroso. Es verdad, pues: el amor mata. 





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EL MÉDICO DE SU SANTIDAD Y LAS LENTES DE ALPARTIR (Servando Gotor)





(En ese momento entran a escena BENEDICTO XIII y MARTÍN DE ALPARTIR. El primero sin la tiara, con cuatro pelos despeinados y quejándose, y el segundo reprendiéndole, con la tiara en la mano).


ALPARTIR: Lo veis, lo veis. Ya os lo decía. Tenéis que hacer caso a vuestro médico.
BENEDICTO XIII: ¡Bah! Mi médico. Ya no quedan médicos. El único bueno que tuve fue JOSHUA, JOSHUA HA-LORQUÍ ¿Os acordáis, MARTIN?
ALPARTIR: Por su puesto, Santidad.
BENEDICTO XIII: No hay médicos como los infieles, como los moros.
ALPARTIR: JOSHUA era judío, Señor.
BENEDICTO XIII: Sí, cierto (sentándose con suspiro de alivio). También entre los judíos hay buenos, muy buenos médicos. Sí, JOSHUA era judío. Un gran médico, en efecto, un gran médico... Hasta que Fray Vicente Ferrer lo echó a perder... Sí, lo echó a perder: lo convirtió... Lo convirtió y se acabó el médico y se acabó JOSHUA. A partir de entonces dejó de llamarse JOSHUA. Ahora es JERÓNIMO. JERONIMO DE... sí con el "de": JERÓNIMO DE-SAN-TA-FE... Y se dedica a demostrar que los judíos están equivocados. O sea, que él mismo ha estado equivocado toda su vida...
ALPARTIR: ¿Sabe su Santidad que le ha dedicado uno de sus libros?
BENEDICTO XIII: Tanto me da. El caso es que me he quedado sin médico... (mira a DÁLAVA, TERESA y LOPE): Pero ¿qué pasa aquí? ¿Que ha pasado...?
DÁLAVA: Nada, señor. No ha pasado nada.



(Durante la conversación que sigue habrá intercambio de miradas cómplices entre DÁLAVA, TERESA y LOPE, el primero alarmado).

BENEDICTO XIII: No sé, siento como... Sí, siento como si el ambiente estuviera un tanto enrarecido. ¿Qué ha pasado? ¿De qué hablabais? (se fija en TERESA): TERESA, ¿os pasa algo?
TERESA (disimulando): No Santidad, no me pasa nada.
BENEDICTO XIII: Sabéis que contáis con toda nuestra estima. No hace falta decirlo. Así que si...
TERESA: En absoluto, Santidad, no pasa nada. Absolutamente nada.


(BENEDICTO XIII acaba admitiendo lo dicho 
por TERESA, aunque no se le ve muy convencido. 
En todo caso, cambia de tema)


BENEDICTO XIII: (a DÁLAVA) ¿Qué nuevas hay DOMINGO?
DÁLAVA: Ninguna, Santidad. La cena se os servirá cuando digáis. ¿Cómo ha ido la reunión con el Cardenal ALAMAN DE ADIMARI?
BENEDICTO XIII: Maravillosa, DOMINGO, maravillosa. Tanto que ni lo he visto.
DÁLAVA: ¿Cómo, Señor...?
BENEDICTO XIII: Pensaba recibirlo abajo, en el Salón Gótico y me he sentido indispuesto.
ALPARTIR: Su Santidad no me ha hecho caso y...
BENEDICTO XIII: Eso MARTÍN, vos seguid, a la vuestra... (a DÁLAVA): Se le ha metido en la cabeza que no podía bajar porque el médico, mi nuevo médico, nos había recomendado recibirlo aquí, en la cámara... Decía (sonríe)... decía que yo no estoy ya para según que trotes.
ALPARTIR: Y su Santidad ha podido comprobar que teníamos razón, tanto el médico como yo.
BENEDICTO XIII: ¡Ya vale MARTÍN! Si he tenido que volver no es porque no esté para esos trotes...
ALPARTIR: Ah, ¿no...?
BENEDICTO XIII: ¡No!
ALPARTIR: ¿Entonces...?
BENEDICTO XIII: Entonces, ¿qué?
ALPARTIR: Que si no es debido a que su Santidad no esté ya para esos trotes, ¿a qué lo es que hayamos tenido que volver?
BENEDICTO XIII: Al médico, ¡al médicucho ése...! Si tuviera un buen médico seguro que me encontraría con más fuerzas...
ALPARTIR (A DÁLAVA): El caso es no dar nunca su brazo a torcer.
BENEDICTO XIII (Mirando hacia arriba): !Ay...! JOSHUA, JOSHUA... El día en que os llamasteis JERÓNIMO... Buena pascua me hicisteis... Tú y Fray Vicente...
DÁLAVA: Entonces, ¿cuándo pensáis recibir a ALAMAN?
BENEDICTO XIII: Ahora mismo... Aquí. Y bien que me fastidia. Pensará que estoy débil, cuando no es culpa de mi debilidad sino de mi médico... ¡en fin!
DÁLAVA: Y la cena, señor, ¿cuando cenaréis?
BENEDICTO XIII: Después (en tono más bajo): Si lo hiciera antes de ver al mequetrefe ese se me indigestaría.
DÁLAVA: ¿Aquí o abajo?
BENEDICTO XIII: ¡Qué más dará aquí o allá! Luego decidiremos. Ahora retiraos, retiraos todos y decirle a ese que venga.
ALPARTIR: ¿Solo...? ¿Vais a recibirlo solo?
BENEDICTO XIII: ¿Qué pasa, también eso me va a sentar mal?
ALPARTIR: Pero la seguridad de vuestra Santidad...
BENEDICTO XIII: Tonterías, MARTÍN. ¡He dicho que lo recibiré solo! Así que retiraos todos y hacedle pasar de una vez (se van): ¡Ah! MARTÍN, antes decidle a TERESA que llene de nuevo el jarrón. Está vacío.
ALPARTIR (a LOPE): Ya habéis oído, cogedlo vos mismo...
TERESA (a MARTIN): No hace falta. Está lleno ya.
BENEDICTO XIII: Ay MARTÍN, ¿qué sería de esta casa sin TERESA?
ALPARTIR (sincero): En efecto, Santidad. Desde que está a vuestro servicio, todo, todo ha mejorado...
BENEDICTO XIII: Desde luego, qué suerte la nuestra. Los judíos que hemos conocido, todos, ¡todos!, han sido un encanto... (cruce de miradas cómplices entre DÁLAVA, TERESA y LOPE) Y listos, muy listos. (Con sorna): Fijaos, fijaos si han sido inteligentes que hasta rectificaron, abrazando nuestra fe.
ALPARTIR: Muy inteligentes señor, mucho. (TERESA y LOPE sonríen).
BENEDICTO XIII: En definitiva, su mayor defecto lo han corregido. Y, desde luego, una vez que han entrado en el redil, hay que tratarlos incluso mejor que a los cristianos viejos.
ALPARTIR: Exacto Santidad, como al hijo pródigo.
BENEDICTO XIII: Así es, con esa especial atención que merece la oveja descarriada.
ALPARTIR: En efecto.
BENEDICTO XIII: Y ello aun que de vez en cuando nos dejen, como mi querido médico.
ALPARTIR: JERÓNIMO.
BENEDICTO XIII: JOSHUA, JOSHUA... Para mí seguirá siendo JOSHUA. Como TERESA, igual que TERESA: en mi interior seguirá siendo siempre ESTER, ESTER AZAY, aquella encantadora nenita de negros ojazos que encontramos abandonada en Tortosa, en plena disputa sobre nuestras creencias y las de ellos . Y que tan a gusto acogí en nuestra casa. (endureciéndose). Pero ella no nos ha abandonado, no. En ese sentido es mejor, mucho mejor que JOSHUA. En fin, marchad, marchad todos y decirle a ese que entre ya. Cuanto antes lo haga antes se irá.



(Salen todos dejando solo a BENEDICTO XIII. Asegurado de haberse quedado solo, se levanta sigiloso y se dirige hacia el atril. Coge los lentes de ALPARTIR, que están en la repisa. Los analiza minuciosamente con curiosidad. Se los prueba. Mira hacia el público. Luego se acerca al códice y lee en voz baja - no se entiende nada de lo que dice, aunque entona musicalmente. Se vuelve a quitar los lentes. Los mira de nuevo con interés, se los pone una vez más y se los quita definitivamente para dejarlos en el sitio en el que los cogió).




Servando Gotor
Ossa arida, 1998






DIÁLOGO ENTRE DOS ESQUELETOS (Javier Tomeo)



Los dos esqueletos, con los huesos blanqueados por el sol, conversan sentados al socaire de la pared del cementerio. 

ESQUELETO A. Oye.
ESQUELETO B. Dime.
ESQUELETO A. Lo peor que podemos hacer es desanimarnos.
ESQUELETO B. Sí, eso sería lo peor.
ESQUELETO A. Vendrán tiempos mejores, estoy seguro de eso.
ESQUELETO B. ¡Oh, desde luego! ¡Vendrán tiempos mejores!
ESQUELETO A. Se trata de saber esperar.
ESQUELETO B. Sí, se trata de eso.
ESQUELETO A. Los árboles volverán a ser verdes.
ESQUELETO B. Eso es: verdes. Y cantarán otra vez los pájaros.
ESQUELETO A. ¡Ah, qué agradable será entonces vernos regresados a la carne!
ESQUELETO B. ¿Crees que regresaremos también a la carne?
ESQUELETO A. ¿Quién lo duda?
ESQUELETO B. (Nostálgico.) Eso sería estupendo.
ESQUELETO A. (Tras una breve pausa.) ¿Cómo te llamabas antes?
ESQUELETO B. Juanito.
ESQUELETO A. ¡Anda pues, Juanito! ¡Levanta el corazón!
ESQUELETO B. (Mirando a través de sus costillas.) ¿Qué corazón?
ESQUELETO A. (Reconsiderando la situación, con acento súbitamente desesperanzado.) La verdad es que hicimos mal muriéndonos.
ESQUELETO B. Sí, hicimos mal.
ESQUELETO A. Perdimos el corazón.
ESQUELETO B. Sí, lo perdimos.
ESQUELETO A. Eso fue, sin duda, lo peor.

Silencio. El ESQUELETO B sopla a través de su propia tibia y brota una suave melodía, que ondula apenas la cabeza de las ortigas. Al conjuro de la música, las serpientes de hace cien años –apenas un rosario de menudas placas óseas – tratan inútilmente de erguirse como en los viejos tiempos de la ponzoña fulminante.

Javier Tomeo
Historias mínimas, 1988

BÁRBARA BLOMBERG (Servando Gotor)





¡Ay, esta cabeza mía! Que no, que no me prueba este clima, cómo lo tengo que decir. (Se sienta de nuevo, mira la carta que hay sobre la mesa, pero vuelve a dirigir su atención a la que tiene entre las manos). Preparados, hijo, tenemos que estar preparados. Han asesinado a Escobedo. A Escobedo, tu amigo. ¿Qué traman? (Pausa). ¡Ay! el Emperador. Si Carlos viviera. Otro gallo les cantara, si él viviera. Porque ese sí, ese sí tenía madera de Rey. Y de hombre, ya lo creo. Todo un hombre, como tú. No tan guapo, por supuesto... Le fallaba la mandíbula, ¿verdad? La barbilla (se acerca al retrato de Carlos I, para examinarlo con detalle), sí, eso lo afeaba un poco (lo imita adelantando la barbilla). También que era bastante menudito (con la mano señala la altura). Sí, muy bajito. (Pausa). Y delgadito, así (encoge el pecho, cerrando los hombros), así, así, como muy escuchimizado... Bueno, pero un hombre, ¿eh? todo un hombre. De los pies a la cabeza. Un rey con mayúsculas, nada de príncipe. Luchador, peleón, ¡fuerte! Con ese no se jugaba, no, ¡ja! Sabían todos cómo las gastaba, ya lo creo que lo sabían. Y mira, mira con Francisco, su enemigo, su eterno enemigo. Como que lo tuvo encerrado. ¡A todo un Rey de Francia!. Pero un caballero, eh, se portó con él como un caballero. Preso, sí, pero no como a un cualquiera, no. Con todos los honores. Porque Carlos era un Caballero, un auténtico caballero. Igualito, igualito que (con acento francés) “Le Chevalier Délibéré”. Igualito. (Pausa). Pues eso, que apresó al mismísimo Rey de Francia. Y luego lo liberó, sí, lo liberó. No lo hizo a cambio de nada, claro, pues estaríamos buenos: Caballero sí, pero tonto, no. Así que llegaron a un acuerdo, y lo liberó. Y ¿qué te crees que hizo Francisco I? Romper su palabra nada más pisar Francia y verse libre. Y Carlos enfurecido lo retó. Sí, como lo oyes, lo retó. Eso sí que es un caballero. Nada de guerras. Nuestros vasallos no tienen por qué sufrir las villanías que los grandes cometemos. Esto es una cuestión de honor, entre tú y yo, y tú y yo debemos resolverla. Pero el rey francés no acudió. No, no acudió al duelo, ¡je! Le daba miedo. Era mucho Carlos. Mucho hombre. Mucho Rey, ya lo creo, para enfrentarse a él cara a cara. Y la cosa se repitió varias veces más. Y siempre el que quedaba por los suelos era Francisco. No sólo por vencido, que sus propios actos lo dejaban a la altura del barro. Fíjate que aun se permitía ir por Europa con embustes: que si Carlos le había prometido el Milanesado y no se lo quería entregar, que estaba faltando a su palabra, que qué honor quedaba a un Rey si no guardaba las promesas... En fin, guerra. Lo que buscaba entonces era una excusa para entrar en guerra. Porque, eso sí, Francisco era muy guerrero, mucho... (Con sorna): Cuando guerreaba sobre seguro, porque Francisco I solo luchaba si tenía la victoria asegurada, ¡je!. Y claro, en cuanto se olía que Carlos andaba flojo de dinero y de apoyos internacionales, que ambas cosas vienen a ser una misma, ¡zas!, a provocarle para entrar en guerra, ¡que bonito! Sólo cuando sabía que tenía la victoria asegurada asomaba el hocico, ¡je! Y Carlos, que era mucho hombre, mucho Rey y mucho emperador, como loco, venga, a echar mano de sus banqueros, los Fugger, los judíos esos, sí judíos ¿sabes? Que con buenos intereses se están cobrando los estropicios que hicisteis los españoles a sus abuelos cuando los expulsasteis de la Península. Con buenos intereses se están resarciendo... Pero intereses de los de verdad, ¿eh? no te vayas a creer, contantes y sonantes. Pero eso es otra batalla. Bueno, pues lo que te digo, que el Rey de Francia, eso, insultando a Carlos, provocándole cuando lo veía débil. Pero aquella vez, cuando lo del Milanesado, era ya una cuestión de honor, que iba diciendo que el Emperador había faltado a su palabra... ¡Bueno! No te quiero ni contar cómo le sentó. Porque, mira, tu padre, como buen diplomático, tenía mucho aguante, se le podía decir de todo, de todo, que él no entraba al trapo, pero algo que empañara su honor... ¡Bueno! No te digo nada. Decirle a él, al último Rey-Caballero, que había faltado a su palabra. No veas cómo se puso... (imitándolo): “Y con esto yo me parto mañana para la Lombardía, donde nos toparemos para rompernos también las cabezas. Espero en Dios que será para el rey de Francia pejor prioris, y con esto acabo diciendo una vez y tres: que quiero paz, que quiero paz, que quiero paz.” Fíjate, y lo decía muy claro: que él quería paz. Y allí se fue, a romperse la cabeza con Francisco. Pero, je, Francisco, ¿cara a cara?, jamás. (Pausa): Estuvieron siempre como el perro y el gato. Y, encima... (pensativa) oye, que yo creo que se adoraban. Sí, en el fondo yo creo que se querían. Tan pronto les veías retarse e insultarse como oías que se habían entrevistado y se pegaban unos abrazos de aquí te espero. Y las juergas, ¿eh? Se montaban unas juergas que duraban semanas. Yo me hago cruces: ¿Serán las costumbres caballerescas? No lo sé. Sea lo que sea, a los hombres no hay quien los entienda. 







Servando Gotor
Monólogo en un solo acto







ENTREMESES: PRÓLOGO AL LECTOR (Miguel de Cervantes)

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No puedo dejar, lector carísimo, de suplicarte me perdones si vieres que en este prólogo salgo algún tanto de mi acostumbrada modestia. Los días pasados me hallé en una conversación de amigos, donde se trató de comedias y de las cosas a ellas concernientes, y de tal manera las subtilizaron y atildaron, que, a mi parecer, vinieron a quedar en punto de toda perfección.


Tratóse también de quién fue el primero que en España las sacó de mantillas, y las puso en toldo y vistió de gala y apariencia; yo, como el más viejo que allí estaba, dije que me acordaba de haber visto representar al gran Lope de Rueda, varón insigne en la representación y en el entendimiento. Fue natural de Sevilla y de oficio ba[t]ihoja, que quiere decir de los que hacen panes de oro; fue admirable en la poesía pastoril, y en este modo, ni entonces ni después acá ninguno le ha llevado ventaja; y, aunque por ser muchacho yo entonces, no podía hacer juicio firme de la bondad de sus versos, por algunos que me quedaron en la memoria, vistos agora en la edad madura que tengo, hallo ser verdad lo que he dicho; y si no fuera por no salir del propósito de prólogo, pusiera aquí algunos que acreditaran esta verdad.


En el tiempo deste célebre español, todos los aparatos de un autor de comedias se encerraban en un costal, y se cifraban en cuatro pellicos blancos guarnecidos de guadamecí dorado, y en cuatro barbas y cabelleras y cuatro cayados, poco más o menos. Las comedias eran unos coloquios, como églogas, entre dos o tres pastores y alguna pastora; aderezábanlas y dilatábanlas con dos o tres entremeses, ya de negra, ya de rufián, ya de bobo y ya de vizcaíno: que todas estas cuatro figuras y otras muchas hacía el tal Lope con la mayor excelencia y propiedad que pudiera imaginarse. No había en aquel tiempo tramoyas, ni desafíos de moros y cristianos, a pie ni a caballo; no había figura que saliese o pareciese salir del centro de la tierra por lo hueco del teatro, al cual componían cuatro bancos en cuadro y cuatro o seis tablas encima, con que se levantaba del suelo cuatro palmos; ni menos bajaban del cielo nubes con ángeles o con almas. El adorno del teatro era una manta vieja, tirada con dos cordeles de una parte a otra, que hacía lo que llaman vestuario, detrás de la cual estaban los músicos, cantando sin guitarra algún romance antiguo. Murió Lope de Rueda, y por hombre excelente y famoso le enterraron en la iglesia mayor de Córdoba (donde murió), entre los dos coros, donde también está enterrado aquel famoso loco Luis López.


Sucedió a Lope de Rueda, Navarro, natural de Toledo, el cual fue famoso en hacer la figura de un rufián cobarde; éste levantó algún tanto más el adorno de las comedias y mudó el costal de vestidos en cofres y en baúles; sacó la música, que antes cantaba detrás de la manta, al teatro público; quitó las barbas de los farsantes, que hasta entonces ninguno representaba sin barba postiza, y hizo que todos representasen a cureña rasa, si no era los que habían de representar los viejos o otras figuras que pidiesen mudanza de rostro; inventó tramoyas, nubes, truenos y relámpagos, desafíos y batallas, pero esto no llegó al sublime punto en que está agora.


Y esto es verdad que no se me puede contradecir, y aquí entra el salir yo de los límites de mi llaneza: que se vieron en los teatros de Madrid representar Los tratos de Argel, que yo compuse; La destruición de Numancia y La batalla naval, donde me atreví a reducir las comedias a tres jornadas, de cinco que tenían; mostré, o, por mejor decir, fui el primero que representase las imaginaciones y los pensamientos escondidos del alma, sacando figuras morales al teatro, con general y gustoso aplauso de los oyentes; compuse en este tiempo hasta veinte comedias o treinta, que todas ellas se recitaron sin que se les ofreciese ofrenda de pepinos ni de otra cosa arrojadiza; corrieron su carrera sin silbos, gritas ni barahúndas. Tuve otras cosas en que ocuparme; dejé la pluma y las comedias, y entró luego el monstruo de naturaleza, el gran Lope de Vega, y alzóse con la monarquía cómica; avasalló y puso debajo de su juridición a todos los farsantes; llenó el mundo de comedias proprias, felices y bien razonadas, y tantas, que pasan de diez mil pliegos los que tiene escritos, y todas (que es una de las mayores cosas que puede decirse) las ha visto representar, o oído decir, por lo menos, que se han representado; y si algunos, que hay muchos, han querido entrar a la parte y gloria de sus trabajos, todos juntos no llegan en lo que han escrito a la mitad de lo que él sólo.


Pero no por esto, pues no lo concede Dios todo a todos, dejen de tenerse en precio los trabajos del doctor Ramón, que fueron los más después de los del gran Lope; estímense las trazas artificiosas en todo estremo del licenciado Miguel Sánchez, la gravedad del doctor Mira de Mescua, honra singular de nuestra nación; la discreción e inumerables conceptos del canónigo Tá- rraga; la suavidad y dulzura de don Guillén de Castro, la agudeza de Aguilar; el rumbo, el tropel, el boato, la grandeza de las comedias de Luis Vélez de Guevara, y las que agora están en jerga del agudo ingenio de don Antonio de Galarza, y las que prometen Las fullerías de amor, de Gaspar de Ávila, que todos éstos y otros algunos han ayudado a llevar esta gran máquina al gran Lope.


Algunos años ha que volví yo a mi antigua ociosidad, y, pensando que aún duraban los siglos donde corrían mis alabanzas, volví a componer algunas comedias, pero no hallé pájaros en los nidos de antaño; quiero decir que no hallé autor que me las pidiese, puesto que sabían que las tenía; y así, las arrinconé en un cofre y las consagré y condené al perpetuo silencio. En esta sazón me dijo un librero que él me las comprara si un autor de título no le hubiera dicho que de mi prosa se podía esperar mucho, pero que del verso, nada; y, si va a decir la verdad, cierto que me dio pesadumbre el oírlo, y dije entre mí: ``O yo me he mudado en otro, o los tiempos se han mejorado mucho; sucediendo siempre al revés, pues siempre se alaban los pasados tiempos''. Torné a pasar los ojos por mis comedias, y por algunos entremeses míos que con ellas estaban arrinconados, y vi no ser tan malas ni tan malos que no mereciesen salir de las tinieblas del ingenio de aquel autor a la luz de otros autores menos escrupulosos y más entendidos. Aburríme y vendíselas al tal librero, que las ha puesto en la estampa como aquí te las ofrece. Él me las pagó razonablemente; yo cogí mi dinero con suavidad, sin tener cuenta con dimes ni diretes de recitantes. Querría que fuesen las mejores del mundo, o, a lo menos, razonables; tú lo verás, lector mío, y si hallares que tienen alguna cosa buena, en topando a aquel mi maldiciente autor, dile que se emiende, pues yo no ofendo a nadie, y que advierta que no tienen necedades patentes y descubiertas, y que el verso es el mismo que piden las comedias, que ha de ser, de los tres estilos, el ínfimo, y que el lenguaje de los entremeses es proprio de las figuras que en ellos se introducen, y que, para enmienda de todo esto, le ofrezco una comedia que estoy componiendo, y la intitulo El engaño a los ojos, que, si no me engaño, le ha de dar contento. Y con esto, Dios te dé salud y a mí paciencia.



Miguel de Cervantes
Entremeses
Prólogo al lector

Los Entremeses completos en
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DON GIL DE LAS CALZAS VERDES (Tirso de Molina)

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Vanse. Salen doña JUANA, de hombre, y CARAMANCHEL



CARAMANCHEL: No he de estar más de un instante, señor don Gil invisible, con vos, que es cosa terrible despareceros delante de los ojos.
JUANA: Si me pierdes...
CARAMANCHEL: Un pregonero he cansado diciendo: "El que hubiere hallado a un don Gil con calzas verdes perdido de ayer acá, dígalo y daránle luego su hallazgo." Ved qué sosiego para quien sin blanca está. Un real de misas he dado a las ánimas por vos, y a San Antonio otros dos, de lo perdido abogado. No quiero más tentación, que me dais que sospechar que sois duende o familiar, y temo a la Inquisición. Pagadme y adiós.
JUANA: Yo he estado todo este tiempo escondido en una casa que ha sido mi cielo, porque he alcanzado la mejor mujer en ella de Madrid.
CARAMANCHEL: ¿Chanzas hacéis? ¿Mujer vos?
JUANA: Yo.
CARAMANCHEL: ¿Pues tenéis dientes vos para comella? ¿O es acaso doña Inés, la damaza de la huerta, por las verdes calzas muerta? Sí será.
JUANA: A lo menos es otra más bella que vive pegada a la casa desa.
CARAMANCHEL: ¿Es juguetona?
JUANA: Es traviesa.
CARAMANCHEL: ¿Da?
JUANA: Lo que tiene.
CARAMANCHEL: ¿Y recibe?
JUANA: Lo que la dan.
CARAMANCHEL: Pues retira la bolsa, imán de una dama. ¿Llámase?
JUANA: Elvira se llama.
CARAMANCHEL: Elvira, pero sin vira.
JUANA: Ven, llevarásme un papel.
CARAMANCHEL: Dellos hay un pliego aquí.
Alza las cartas
Oye, que son para ti.
JUANA: ¿Para mí, Caramanchel?
CARAMANCHEL: El sobrescrito rasgado dice: "A don Gil de Albornoz."
JUANA: Muestra. ¡Ay cielos!
CARAMANCHEL: En la voz y cara te has alterado.
JUANA: Dos cerradas y una abierta vienen.
CARAMANCHEL: Mira para quién.
JUANA: Pronósticos de mi bien hacen mi ventura cierta.

Lee



"A don Pedro de Mendoza y [Velástegui]." Éste es el padre de doña Inés.
CARAMANCHEL: Algún galán de la moza te pone por medianero con su padre, que querrá que le cases.
JUANA: Y hallará a propósito el tercero.
CARAMANCHEL: Mira esotro sobrescrito.
JUANA: Dice aquí. "A Agustín Solier de Camargo, mercader."
CARAMANCHEL: Ya le conozco, un corito es que tiene más caudal de cuantos la Puerta ampara aquí de Guadalajara.
JUANA: Pues tenlo a buena señal. Esta abierta es para mí.
CARAMANCHEL: Mírala.
JUANA: (¿Quién duda que es Aparte el pliego de don Andrés para don Martín?)

Léela para sí



CARAMANCHEL: ¿Que ansí haya quien hurte en la Corte las cartas? Delito grave. Pero si las nuevas sabe a costa no más del porte, ¿quién las dejará de ver? A alguno que las sacó y el pliego por yerro abrió se le debió de caer.
JUANA: (Dichosa soy en extremo. Aparte A buen presagio he tenido que a mi mano hayan venido estas cartas. Ya no temo mal suceso.)
CARAMANCHEL: ¿Cúyas son?
JUANA: De un mi tío de Segovia.
CARAMANCHEL: A Inés querrá para novia.
JUANA: Acertaste su intención. Una libranza me envía para que joyas la dé de hasta mil escudos.
CARAMANCHEL: Fue mi sospecha profecía; vendrá en Agustín Solier librada.
JUANA: En ésta le escribe que los dé luego.
CARAMANCHEL: Recibe el dinero en tu poder y no me despediré de ti en mi vida.
JUANA: (A Quintana Aparte voy a buscar. ¡Qué mañana tan dichosa! Con buen pie me levanté hoy; marañas traza nuevas mi venganza. Hoy cobrará la libranza Quintana, y de mis hazañas verá presto el fin sutil.)


Tirso de Molina
Don Gil de las calzas verdes, 1615





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y en Wikisource



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