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MORATÍN ANALIZA EL CARÁCTER DRÁMATICO DEL POLONIO DE HAMLET




El carácter de Polonio (Lord Chambelan del Rey de Dinamarca, que equivale a Sumiller de Corps) jamás se desmiente. Viejo ridículo, presumido, entremetido, hablador infatigable: destinado a ser el gracioso de la Tragedia. Los que se obstinan en defender cuánto deliró Shakespeare, dicen que el carácter de este personaje está bien seguido, y tienen razón: dicen también que en las Cortes y en los Palacios hay abundancia de estos bichos ridículos, y también es cierto; pero tales figuras son buenas para un Entremés, no para una Tragedia. Los afectos terribles que deben animarla, las grandes ideas de que ha de estar llena, la noble y robusta expresión que corresponde a tales pasiones, la unidad de interés que nunca debe debilitarse; todo esto se aviene mal con las tonterías de un viejo chocarrero y parlanchín. No basta que la naturaleza nos presente esta unión confusa de objetos. Un buen Poeta no debe imitarla como es en sí: desecha lo inútil e inoportuno, elige lo que es conveniente a sus fines, y en esta elección consiste el gran secreto del arte. Es muy natural, que cuando Antonio presentó en el Foro Romano a vista del pueblo, la túnica ensangrentada de Cesar, hubiese alguna vieja mugrienta y astrosa, que en un rincón vendiese higos o asara castañas; pero si un pintor se atreviese a introducir esta figura grotesca en un cuadro de aquel asunto, se burlarían de él los inteligentes, y en vano gritaría para disculparse que era natural. Sí, es natural (le dirían), pero destruye el efecto que tu pintura debía producir; es natural, pero inoportuno y ridículo, y tú eres un artífice ignorante, puesto que debiendo imitar la naturaleza, te ceñiste solo a copiarla.

Hamlet
(Notas a la versión española de Moratín)


EL MEJOR HAMLET. LA VERSIÓN DE MORATÍN, CASI UNA GUÍA DE LECTURA




¿Podemos vivir sin leer ―sin conocer― a Shakespeare? Rotundamente sí. Ahora bien, ¿podemos vivir al margen de Shakespeare? Con igual contundencia, la respuesta es: no.
Nuestra mentalidad occidental, como toda mentalidad colectiva, está impregnada de mitos que la moldean y conforman de tal modo que, incluso, puede hablarse de un “canon cultural”, una norma estética, en nuestro caso occidental, que lógicamente también sería fruto de nuestra cultura y de nuestra historia, de esa mentalidad a la que pertenecemos y de la que participamos de una manera más o menos consciente. Las sombras de Moisés, Aristóteles, Cristo, Darwin y, por supuesto, la de Shakespeare, planean sobre nosotros sin necesidad de un conocimiento directo de ellos, porque nos persiguen ocultas detrás de cuanto nos rodea: cine, televisión, publicidad, música, videojuegos… De todo.
Con Hamlet, y en concreto con esta versión, más que versión auténtica guía de lectura, tenemos además la posibilidad de introducirnos en Shakespeare y en las entrañas mismas de una de las obras fundacionales de nuestra civilización. Porque descubrir a Hamlet es descubrir las raíces mismas de nuestra propia idiosincrasia.
Si descartamos Hamleto, Rey de Dinamarca, es decir, la edición de Hamlet de Ramón de la Cruz de 1772, por tratarse de una traducción de una versión francesa muy mutilada y manipulada, la de Villalpando de 1798 que aquí presentamos puede y debe considerarse, y así lo está, como la primera edición de la obra cumbre de Shakespeare y una de las obras cimeras de occidente.
Y esta, la de Villalpando, es la que tiene ahora el lector en sus manos. Traducida, reestructurada, acotada y anotada nada menos que por Leandro Fernández de Moratín, oculto bajo el seudónimo Inarco Celenio, constituye una versión tan interesante, didáctica, seria y divertida a la vez, que durante casi dos siglos ha sido la más reeditada en España. Tanto, que puede decirse que una gran mayoría de españoles lectores de Hamlet lo han sido de la mano de Moratín.
Evidentemente, le siguieron otras traducciones y ediciones de indudable e incluso superior calidad y, sobre todo, de un mayor rigor científico. Pero quizá ninguna haya conseguido superar la frescura y sencillez que explican el valor divulgativo de esta versión, valor que es el que interesa a nuestra línea editorial.
Leer el Hamlet de Moratín, con sus notas y acotaciones, con su prólogo y su reseña biográfica del Bardo de Avon, constituye una experiencia única para introducirnos en el mundo de Shakespeare, o lo que es lo mismo: en los cimientos ordenadores de nuestra mentalidad europea, en versión original. Porque Shakespeare ― como tiene dicho Harold Bloom― cambió nuestra forma de representar la naturaleza humana― si es que no cambió la misma naturaleza humana.
Este drama es severo ―ha sentenciado Víctor Hugo―. Aún lo verdadero está en él pleno de dudas, lo sincero miente. Nada tan enorme ni tan sutil. En este drama el hombre es un mundo, y el mundo cero. El mismo Hamlet, en plena vida, no está seguro de existir ("¿ser o no ser?" o "¿existir o no existir?", como lo traduce Moratín). En esta tragedia ―sigue Víctor Hugo―, que es también una filosofía, todo flota y duda, y se aplaza, y oscila, y se descompone, y se dispersa, y se disipa: en ella el pensamiento es nube, la voluntad vapor, la resolución crepúsculo, la acción se vuelve en sentido inverso y la rosa de los vientos dirige a los hombres. Hamlet es ―concluye― la obra maestra de la tragedia.

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Moratín analiza el carácter
dramático del Polonio de Hamlet
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HAMLET DE SHAKESPEARE (traducción de MORATÍN)

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Ser o no ser, ésa es la pregunta. ¿Cuál es más digna acción del ánimo, sufrir los tiros penetrantes de la fortuna injusta, u oponer los brazos a este torrente de calamidades, y darlas fin con atrevida resistencia? Morir es dormir. ¿No más? ¿Y por un sueño, diremos, las aflicciones se acabaron y los dolores sin número, patrimonio de nuestra débil naturaleza?... Este es un término que deberíamos solicitar con ansia. Morir es dormir... y tal vez soñar. Sí, y ved aquí el grande obstáculo, porque el considerar que sueños podrán ocurrir en el silencio del sepulcro, cuando hayamos abandonado este despojo mortal, es razón harto poderosa para detenernos. Esta es la consideración que hace nuestra infelicidad tan larga. ¿Quién, si esto no fuese, aguantaría la lentitud de los tribunales, la insolencia de los empleados, las tropelías que recibe pacífico el mérito de los hombres más indignos, las angustias de un mal pagado amor, las injurias y quebrantos de la edad, la violencia de los tiranos, el desprecio de los soberbios? Cuando el que esto sufre, pudiera procurar su quietud con sólo un puñal. ¿Quién podría tolerar tanta opresión, sudando, gimiendo bajo el peso de una vida molesta si no fuese que el temor de que existe alguna cosa más allá de la Muerte (aquel país desconocido de cuyos límites ningún caminante torna) nos embaraza en dudas y nos hace sufrir los males que nos cercan; antes que ir a buscar otros de que no tenemos seguro conocimiento? Esta previsión nos hace a todos cobardes, así la natural tintura del valor se debilita con los barnices pálidos de la prudencia, las empresas de mayor importancia por esta sola consideración mudan camino, no se ejecutan y se reducen a designios vanos. Pero... ¡la hermosa Ofelia! Graciosa niña, espero que mis defectos no serán olvidados en tus oraciones.


William Shakespeare
Hamlet
(Vérsión de Leandro Fernández de Moratín
bajo el seudónimo Inarco Celenio, 1798





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