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MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA



Retrato de Miguel de Cervantes Saavedra
por Juan de Jáuregui


TEXTOS ESCOGIDOS:

El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha
Entremeses (prólogo al lector)

ESTUDIOS Y ENLACES:

Aproximación al Quijote (Martín de Riquer)
Antología crítica sobre El Quijote en el siglo XX. Introducción  (José Montero Reguera)
El Quijote interactivo
Biblioteca Nacional de España
Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes (Portal)
Centro de Estudios Cervantinos (Universidad de Alcalá)
Conferencias sobre Cervantes en la Fundación Juan March (audio)
Wikisource
Wikipedia
epdlp



Dramaturgo, poeta y novelista español, autor de la novela El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, considerada como la primera novela moderna de la literatura universal. Miguel de Cervantes Saavedra tuvo una vida azarosa de la que poco se sabe con seguridad. Nació en Alcalá de Henares (Madrid), probablemente el 29 de septiembre de 1547. Pasó su adolescencia en varias ciudades españolas (Madrid, Sevilla) y con poco más de veinte años se fue a Roma al servicio del cardenal Acquaviva. Recorrió Italia, se enroló en la Armada española y en 1571 participó con heroísmo en la batalla de Lepanto, donde comienza el declive del poderío turco en el Mediterráneo. Allí Cervantes resultó herido y perdió el movimiento del brazo izquierdo, por lo que fue llamado el Manco de Lepanto. En 1575, cuando regresaba a España, los corsarios le apresaron y llevaron a Argel, donde sufrió cinco años de cautiverio (1575-1580). Liberado por los frailes trinitarios, a su regreso a Madrid encontró a su familia en la ruina. Se casa en Esquivias (Toledo) con Catalina de Salazar y Palacios. Arruinada también su carrera militar, intenta sobresalir en las letras. Publica La Galatea (1585) y lucha, sin éxito, por destacar en el teatro. Sin medios para vivir, marcha a Sevilla como comisario de abastos para la Armada Invencible y recaudador de impuestos. Allí acaba en la cárcel por irregularidades en sus cuentas. Después se traslada a Valladolid. En 1605 publica la primera parte del Quijote. El éxito dura poco. De nuevo es encarcelado a causa de la muerte de un hombre delante de su casa. En 1606 regresa con la Corte a Madrid. Vive con apuros económicos y se entrega a la creación literaria. En sus últimos años publica las Novelas ejemplares (1613), el Viaje del Parnaso (1614), Ocho comedias y ocho entremeses (1615) y la segunda parte del Quijote (1615). El triunfo literario no lo libró de sus penurias económicas. Dedicó sus últimos meses de vida a Los trabajos de Persiles y Segismunda (de publicación póstuma, en 1617). Murió en Madrid el 22 de abril de 1616 y fue enterrado al día siguiente.

Cervantes centró sus primeros afanes literarios en la poesía y el teatro, géneros que nunca abandonaría. Su obra poética abarca sonetos, canciones, églogas, romances, letrillas y otros poemas menores dispersos o incluidos en sus comedias y en sus novelas. También escribió dos poemas mayores: Canto de Calíope (incluido en La Galatea) y Viaje del Parnaso (1614). Aunque en otras ocasiones se enorgullece de sus versos, en su tiempo no logró ser aceptado como poeta. Tampoco tuvo mejor suerte en el teatro, por el que se sintió atraído desde joven. Al regreso del cautiverio llegó a estrenar con éxito varias comedias. Pero tampoco sus contemporáneos lo aceptaron como dramaturgo. Cervantes, con una concepción clásica del teatro, tuvo que soportar el triunfo arrollador de Lope de Vega en la renovación de la escena española con su Arte nuevo de hacer comedias.

De la primera época (1580-1587), anterior al triunfo de Lope de Vega, se conservan dos tragedias: El trato de Argel y La destrucción de Numancia. A la segunda época pertenecen las Ocho comedias y ocho entremeses nuevos (1615). Las comedias son El gallardo español, La casa de los celos y selvas de Ardenia, Los baños de Argel, El rufián dichoso, La gran Sultana doña Catalina de Oviedo, El laberinto de amor, La entretenida y Pedro de Urdemalas. Y éstos son los entremeses: El juez de los divorcios, El rufián viudo, La elección de los alcaldes de Daganzo, La guarda cuidadosa, El vizcaíno fingido, El retablo de las maravillas, La cueva de Salamanca y El viejo celoso.

En la prosa narrativa Cervantes empezó escribiendo una novela pastoril que fue su primer libro publicado, con el título de Primera parte de La Galatea (1585). Entre 1590 y 1612 Cervantes fue escribiendo una serie de novelas cortas que, después del reconocimiento obtenido con la primera parte del Quijote en 1605, acabaría reuniendo en 1613 en la colección de Novelas ejemplares. Teniendo en cuenta las dos versiones conservadas de Rinconete y Cortadillo y de El celoso extremeño, se cree que Cervantes introdujo en ellas algunas variaciones encaminadas a la ejemplaridad social, moral y estética de estas novelas o narraciones cortas, y después las ordenó de acuerdo con un criterio artístico que obedece a la visión orgánica del conjunto. La colección se abre con La gitanilla, y sigue con El amante liberal, Rinconete y Cortadillo, La española inglesa, El licenciado Vidriera, cuyo protagonista cree que es de vidrio y hace gala de una extraña lucidez e ingenio; La fuerza de la sangre, El celoso extremeño, La ilustre fregona, Las dos doncellas, La señora Cornelia, El casamiento engañoso, El coloquio de los perros y El interés del Coloquio Su novela más importante Don Quijote de la Mancha, es posible que Cervantes la empezara a escribir en alguno de sus periodos carcelarios a finales del siglo XVI. Mas casi nada se sabe con certeza. En el verano de 1604 estaba terminada la primera parte, que apareció publicada a comienzos de 1605 con el título de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. El éxito fue inmediato. La segunda parte apareció en 1615 con el título de El ingenioso caballero don Quijote de la Mancha. Desde entonces el Quijote se convirtió en uno de los libros más editados del mundo y, con el tiempo, traducido a todas las lenguas con tradición literaria. Finalmente Los trabajos de Persiles y Segismunda fue tal vez el libro más querido de la fantasía de Cervantes, quien ya no tuvo tiempo para hacer las últimas correcciones en un texto no del todo acabado y se puso a escribir el prólogo tres días antes de morir.   epdlp



ENTREMESES: PRÓLOGO AL LECTOR (Miguel de Cervantes)

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No puedo dejar, lector carísimo, de suplicarte me perdones si vieres que en este prólogo salgo algún tanto de mi acostumbrada modestia. Los días pasados me hallé en una conversación de amigos, donde se trató de comedias y de las cosas a ellas concernientes, y de tal manera las subtilizaron y atildaron, que, a mi parecer, vinieron a quedar en punto de toda perfección.


Tratóse también de quién fue el primero que en España las sacó de mantillas, y las puso en toldo y vistió de gala y apariencia; yo, como el más viejo que allí estaba, dije que me acordaba de haber visto representar al gran Lope de Rueda, varón insigne en la representación y en el entendimiento. Fue natural de Sevilla y de oficio ba[t]ihoja, que quiere decir de los que hacen panes de oro; fue admirable en la poesía pastoril, y en este modo, ni entonces ni después acá ninguno le ha llevado ventaja; y, aunque por ser muchacho yo entonces, no podía hacer juicio firme de la bondad de sus versos, por algunos que me quedaron en la memoria, vistos agora en la edad madura que tengo, hallo ser verdad lo que he dicho; y si no fuera por no salir del propósito de prólogo, pusiera aquí algunos que acreditaran esta verdad.


En el tiempo deste célebre español, todos los aparatos de un autor de comedias se encerraban en un costal, y se cifraban en cuatro pellicos blancos guarnecidos de guadamecí dorado, y en cuatro barbas y cabelleras y cuatro cayados, poco más o menos. Las comedias eran unos coloquios, como églogas, entre dos o tres pastores y alguna pastora; aderezábanlas y dilatábanlas con dos o tres entremeses, ya de negra, ya de rufián, ya de bobo y ya de vizcaíno: que todas estas cuatro figuras y otras muchas hacía el tal Lope con la mayor excelencia y propiedad que pudiera imaginarse. No había en aquel tiempo tramoyas, ni desafíos de moros y cristianos, a pie ni a caballo; no había figura que saliese o pareciese salir del centro de la tierra por lo hueco del teatro, al cual componían cuatro bancos en cuadro y cuatro o seis tablas encima, con que se levantaba del suelo cuatro palmos; ni menos bajaban del cielo nubes con ángeles o con almas. El adorno del teatro era una manta vieja, tirada con dos cordeles de una parte a otra, que hacía lo que llaman vestuario, detrás de la cual estaban los músicos, cantando sin guitarra algún romance antiguo. Murió Lope de Rueda, y por hombre excelente y famoso le enterraron en la iglesia mayor de Córdoba (donde murió), entre los dos coros, donde también está enterrado aquel famoso loco Luis López.


Sucedió a Lope de Rueda, Navarro, natural de Toledo, el cual fue famoso en hacer la figura de un rufián cobarde; éste levantó algún tanto más el adorno de las comedias y mudó el costal de vestidos en cofres y en baúles; sacó la música, que antes cantaba detrás de la manta, al teatro público; quitó las barbas de los farsantes, que hasta entonces ninguno representaba sin barba postiza, y hizo que todos representasen a cureña rasa, si no era los que habían de representar los viejos o otras figuras que pidiesen mudanza de rostro; inventó tramoyas, nubes, truenos y relámpagos, desafíos y batallas, pero esto no llegó al sublime punto en que está agora.


Y esto es verdad que no se me puede contradecir, y aquí entra el salir yo de los límites de mi llaneza: que se vieron en los teatros de Madrid representar Los tratos de Argel, que yo compuse; La destruición de Numancia y La batalla naval, donde me atreví a reducir las comedias a tres jornadas, de cinco que tenían; mostré, o, por mejor decir, fui el primero que representase las imaginaciones y los pensamientos escondidos del alma, sacando figuras morales al teatro, con general y gustoso aplauso de los oyentes; compuse en este tiempo hasta veinte comedias o treinta, que todas ellas se recitaron sin que se les ofreciese ofrenda de pepinos ni de otra cosa arrojadiza; corrieron su carrera sin silbos, gritas ni barahúndas. Tuve otras cosas en que ocuparme; dejé la pluma y las comedias, y entró luego el monstruo de naturaleza, el gran Lope de Vega, y alzóse con la monarquía cómica; avasalló y puso debajo de su juridición a todos los farsantes; llenó el mundo de comedias proprias, felices y bien razonadas, y tantas, que pasan de diez mil pliegos los que tiene escritos, y todas (que es una de las mayores cosas que puede decirse) las ha visto representar, o oído decir, por lo menos, que se han representado; y si algunos, que hay muchos, han querido entrar a la parte y gloria de sus trabajos, todos juntos no llegan en lo que han escrito a la mitad de lo que él sólo.


Pero no por esto, pues no lo concede Dios todo a todos, dejen de tenerse en precio los trabajos del doctor Ramón, que fueron los más después de los del gran Lope; estímense las trazas artificiosas en todo estremo del licenciado Miguel Sánchez, la gravedad del doctor Mira de Mescua, honra singular de nuestra nación; la discreción e inumerables conceptos del canónigo Tá- rraga; la suavidad y dulzura de don Guillén de Castro, la agudeza de Aguilar; el rumbo, el tropel, el boato, la grandeza de las comedias de Luis Vélez de Guevara, y las que agora están en jerga del agudo ingenio de don Antonio de Galarza, y las que prometen Las fullerías de amor, de Gaspar de Ávila, que todos éstos y otros algunos han ayudado a llevar esta gran máquina al gran Lope.


Algunos años ha que volví yo a mi antigua ociosidad, y, pensando que aún duraban los siglos donde corrían mis alabanzas, volví a componer algunas comedias, pero no hallé pájaros en los nidos de antaño; quiero decir que no hallé autor que me las pidiese, puesto que sabían que las tenía; y así, las arrinconé en un cofre y las consagré y condené al perpetuo silencio. En esta sazón me dijo un librero que él me las comprara si un autor de título no le hubiera dicho que de mi prosa se podía esperar mucho, pero que del verso, nada; y, si va a decir la verdad, cierto que me dio pesadumbre el oírlo, y dije entre mí: ``O yo me he mudado en otro, o los tiempos se han mejorado mucho; sucediendo siempre al revés, pues siempre se alaban los pasados tiempos''. Torné a pasar los ojos por mis comedias, y por algunos entremeses míos que con ellas estaban arrinconados, y vi no ser tan malas ni tan malos que no mereciesen salir de las tinieblas del ingenio de aquel autor a la luz de otros autores menos escrupulosos y más entendidos. Aburríme y vendíselas al tal librero, que las ha puesto en la estampa como aquí te las ofrece. Él me las pagó razonablemente; yo cogí mi dinero con suavidad, sin tener cuenta con dimes ni diretes de recitantes. Querría que fuesen las mejores del mundo, o, a lo menos, razonables; tú lo verás, lector mío, y si hallares que tienen alguna cosa buena, en topando a aquel mi maldiciente autor, dile que se emiende, pues yo no ofendo a nadie, y que advierta que no tienen necedades patentes y descubiertas, y que el verso es el mismo que piden las comedias, que ha de ser, de los tres estilos, el ínfimo, y que el lenguaje de los entremeses es proprio de las figuras que en ellos se introducen, y que, para enmienda de todo esto, le ofrezco una comedia que estoy componiendo, y la intitulo El engaño a los ojos, que, si no me engaño, le ha de dar contento. Y con esto, Dios te dé salud y a mí paciencia.



Miguel de Cervantes
Entremeses
Prólogo al lector

Los Entremeses completos en
Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes

ANTOLOGÍA DE LA CRÍTICA SOBRE EL "QUIJOTE" EN EL SIGLO XX. INTRODUCCIÓN (José Montero Reguera)

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La bibliografía de estudios críticos sobre el Quijote constituye uno de los capítulos más extensos, diversos y controvertidos que ofrece nuestra historia literaria. Trabajos como la monumental bibliografía compilada por Jaime Fernández,1 la incorporada a la reciente edición de la novela cervantina dirigida por Francisco Rico,2 o los que he venido publicando en el último decenio permiten constatar la aseveración inicial.3

Este asedio crítico ha venido efectuándose desde fechas muy tempranas,4 ya en el siglo XVIII, pero la centuria pasada ha proporcionado al texto cervantino una exégesis comparable a la de otros grandes escritores universales que ha permitido, no sólo afianzar la consideración del Quijote como nuestro primer clásico (dentro y fuera de España), sino proporcionar también los elementos necesarios para, por un lado, comprenderlo en el contexto literario, histórico, cultural y biográfico de su autor, y, por otro, entender su decisiva aportación a la historia del género novelesco.

La antología que sigue —centrada, sobre todo, en la primera parte del texto, cuyo cuarto centenario estamos celebrando— pretende ofrecer un panorama amplio de los principales hitos del cervantismo relativos al Quijote publicados en el siglo xx. Combino la perspectiva histórica, bien palpable en los dos primeros capítulos, con la disposición temática, a través de un recorrido por los aspectos que más han preocupado a la crítica a partir de mil novecientos. Obviamente, toda antología implica una selección que, en este caso, ha pretendido ser extensa y objetiva, de manera que pueda ser representativa de los principales quehaceres y preocupaciones de la crítica sobre el Quijote en el siglo pasado.

En el comienzo de esta centuria hay un año que, para el asunto que nos ocupa, tiene una especial significación: 1905 constituye una fecha de inflexión en la historia de la crítica sobre el Quijote. Preparada desde finales de 1903, la conmemoración del tercer centenario de la impresión de la primera parte de la novela cervantina, en los tórculos madrileños de Juan de la Cuesta, dio lugar a una avalancha de actividades y publicaciones sobre Cervantes y sus obras, de alcance y objetivos muy distintos.

Acaso sea la Vida de don Quijote y Sancho, de Miguel de Unamuno, el texto más relevante de entre los publicados ese año de 1905; corolario, en España, de la interpretación romántica del Quijote, en él el autor hace prevalecer sus preferencias por el texto en detrimento de Cervantes, a quien cree incapaz de escribir un libro de tales características:
[…] esa historia se la dictó a Cervantes otro que llevaba dentro de sí, y al que ni antes ni después de haberla escrito trató una vez más […] este patentísimo y espléndido milagro, es la razón […] para creer nosotros y confesar que la historia fue real y verdadera, y que el mismo don Quijote, envolviéndose en Cide Hamete Benengeli, se la dictó a Cervantes.
Con el estilo apasionado habitual en el escritor vasco, las figuras de don Quijote y Sancho son comentadas, capítulo por capítulo, ofreciendo el ejemplo más singular en España del tipo de interpretación que los románticos alemanes pergeñaron a finales del siglo xviii, y modificó sustancialmente la manera en que el texto cervantino fue leído e interpretado desde 1605. Esta lectura romántica se prolongó hasta bien avanzado el siglo xx (todavía en la actualidad es posible encontrar alguna huella de tal modo interpretativo), pero ya desde 1950 se pueden hallar voces discordantes que propugnaban la recuperación del significado y propósitos iniciales del Quijote: diversión, comicidad, entretenimiento; muy del gusto de la escuela hispanística anglosajona (Peter Russell, Edward Riley, Anthony Close, Edwin Williamson…), esta aproximación crítica al Quijote encuentra en Alexander A. Parker uno de su pioneros, con el artículo aparecido en el volumen monográfico que la Revista de Filología Española dedicó a Cervantes en 1948.

Pero 1905 supone asimismo el momento inicial de un nuevo tiempo en la exégesis del Quijote, al ser estudiado con nuevos procedimientos y métodos de análisis que permiten descubrir en el libro cervantino aspectos impensables hasta ese momento. Y así, Menéndez Pelayo (1905) vio en el Quijote un «libro de libros» con el que puede restaurarse «toda la literatura de imaginación anterior a él», con palabras e ideas que han tenido especial fortuna crítica posterior; y Ortega (1914),lo consideró el texto fundador de la novela moderna, afirmación que sólo se ha venido estudiando con profundidad en fechas próximas a nuestros días; Américo Castro, en fin, sentó las bases del cervantismo moderno con una obra definitiva, El pensamiento de Cervantes (1925), en la que se comienza a destruir el mito romántico de Cervantes como ingenio lego, al tiempo que se desarrolla la imagen de un escritor inserto en la cultura europea de su tiempo, lector atentísimo de los más diversos textos que le vinculan a la cultura italiana y el humanismo renacentista.

Es, asimismo, una época —el primer cuarto del siglo xx— en la que Ramón Menéndez Pidal (1920) se plantea, acaso por primera vez, la cuestión de la génesis del Quijote a partir de una posible novela corta inicial inspirada en el anónimo Entremés de los Romances; y Salvador de Madariaga (1926) analiza los personajes cervantinos como si de seres humanos se tratase —al fondo la no siempre recordada conferencia de Santiago Ramón y Cajal—,5 acuñando, por un lado, el tan discutido binomio crítico «Quijotización de Sancho / Sanchificación de don Quijote», y, por otro, iniciando un procedimiento de análisis de los textos cervantinos continuado en el último tercio del siglo xx, y hoy de plena actualidad, con sus detractores también. (Véase el capítulo«Psicología, amor, erotismo».)

Tal ebullición crítica traspasa nuestras fronteras y da lugar a un fenómeno interesante dentro del hispanismo, por cuanto que es posible constatar no sólo que el Quijote ha llegado a los lugares más insospechados y distantes, sino que los grandes nombres de la Filología y la Romanística, ocupados hasta entonces en otros temas y cuestiones, encuentran ahora en la novela cervantina la obra clave de la literatura española que les sirve de modelo para ejemplificar o desarrollar sus métodos de trabajo. Y, si para Leo Spitzer (1955) el Quijote es modelo de obra perspectivística, para Erich Auerbach (1954) constituye un eslabón fundamental en la historia de la novela, al representar el momento clave en el que se produce el cambio entre la mimesis clásica, según la cual lo cotidiano era esencialmente risible, a la novela moderna, donde se puede tratar como algo trágico y problemático. (Véase el capítulo«El Quijote y la historia de la novela».) A ellos seguirán —no necesariamente en orden cronológico— Helmut Hatzfeld, quien se acerca desde la estilística (El «Quijote» como obra de arte del lenguaje, 1927); Marcel Bataillon, que entabla polémica con Américo Castro sobre el erasmismo de Cervantes (Erasmo y España, 1937); Alexander A. Parker y el hispanismo británico, etcétera.

El asedio del que ha sido objeto el Quijote por parte de la crítica alcanza a mediados del siglo xx dimensiones prácticamente inabarcables, en especial tras la celebración del cuarto centenario del nacimiento de Miguel de Cervantes que, como en 1905, dio lugar a publicaciones muy numerosas de valor desigual: monográficos de revistas (Revista de Filología Española, Realidad, Ínsula), volúmenes colectivos (Homenaje a Cervantes, ed. y dir. de Francisco Sánchez Castañer, Valencia: Mediterráneo, 1950, 2 vols.), recopilaciones individuales (Estudios cervantinos —Madrid: Atlas, 1947—, de Francisco Rodríguez Marín);6 y, sobre todo, el nacimiento de Anales Cervantinos, la revista que, con dificultades, se ha convertido en emblema del mejor cervantismo de la segunda mitad del siglo xx (acaba de publicarse el volumen XXXVI, 2004). Sólo en los años ochenta comenzó su andadura otra revista de características similares: Cervantes. Bulletin of the Cervantes Society of America (primer volumen en 1981; el último aparecido —XXIV— en 2004).

Pero tan numerosas publicaciones descuidaron un aspecto, quizás el más importante: el propio texto, es decir, el análisis y estudio pormenorizado de las primeras ediciones del Quijote que, con algún precedente en la edición de Schevill y Bonilla, sólo se ha afrontado en fechas muy cercanas, a partir del libro publicado por Robert M. Flores en 1975: The Compositors of the First and Second Madrid Editions of «Don Quixote». Este trabajo ayudó a comprender cómo actuaron en la imprenta de Juan de la Cuesta los operarios encargados de componer el libro, y lo que de ello se deriva, a saber, entre otras cosas, que el texto de las dos primeras ediciones del Quijote de 1605 no refleja la puntuación, ortografía y acentuación del autor, sino la de los componedores de la imprenta. De esta investigación seminal surgieron otros trabajos del mismo hispanista, como el que aquí se reproduce,y de otros estudiosos, que han matizado una parte importante de las conclusiones de Flores, así el de Francisco Rico, también incluido.

La cuestión del género del Quijote ha venido preocupando a la crítica desde fechas muy tempranas, quizás como consecuencia de la propia reflexión cervantina sobre el género del libro en el prólogo de la primera parte, y en la conversación sostenida por don Quijote, el canónigo y el cura en el capítulo cuarenta y siete del mismo volumen. Los ilustrados dieciochescos mostraron la dificultad que presenta el texto para su adscripción genérica de acuerdo con la tradición clásica, a la par que intuían el nacimiento de un género nuevo, la novela, que el Quijote ya insinuaba. La confluencia de ambas perspectivas —los géneros clásicos, los modernos— ha dado lugar a una bibliografía amplia de la que selecciono dos trabajos que ejemplifican bien esas tendencias: desde una perspectiva histórica en el caso de Daniel Eisenberg; desde la distinción entre romance (en el sentido anglosajón del término) y novela, en el de E. C. Riley.

Con el estudio de Menéndez Pidal (1920) ya referido sobre la posible fuente de inspiración de Cervantes para escribir el Quijote en el anónimo Entremés de los Romances se abrió un camino de extraordinaria vitalidad que, ya en la segunda mitad del siglo xx, ha analizado, a partir de huellas y descuidos textuales, diversas cuestiones que tienen que ver con la gestación del primer Quijote, en general tendentes a explicar las tensiones resultantes entre un propósito inicial —probablemente redactar una novela corta—, y el resultado final —un texto de cincuenta y dos capítulos— difícil de acabar en las «bien casi dos horas» que se sugieren en el capítulo noveno como tiempo aproximado de lectura de la novela. Al seminal trabajo de Menéndez Pidal ha seguido una larga lista de aportaciones, entre las que destaco —y aquí se incorporan— el trabajo de G. Stagg (1964), donde se estudia el procedimiento de las interpolaciones como recurso de ampliación de la novela; y el capítulo inicial del libro de José Manuel Martín Morán (1990), donde se han revisado todas estas cuestiones (también las atingentes al volumen de 1615), y se ha propuesto un sugerente orden cronológico de las fases de redacción del primer Quijote.

La estrecha imbricación entre vida y literatura constituye uno de los aspectos clave del novelar cervantino: cómo la propia experiencia vital se convierte en fuente de inspiración y, hábilmente reelaborada, da lugar a espléndidas páginas (la historia del capitán cautivo, sin salir de la primera parte), pero también a equivocadas deducciones cuando se quiere sustentar la biografía de nuestro autor a partir de sus propios textos literarios, o, también, al querer ver detrás de cada personaje y situación del Quijote una persona de carne y hueso, un «modelo vivo», con expresión acuñada, tal como hicieron algunos herederos del positivismo decimonónico: así Rodríguez Marín, en el texto reproducido; frente a esta postura, Pedro Salinas matiza la cuestión de los modelos vivos, y defiende la potencia imaginadora y creadora de Cervantes: «Así trabaja el poeta. La materia, la vida, la pura experiencia real, no pasa de ser, aunque se presente como sólida masa, otra cosa que materia dócil donde él inserta su voluntad creadora, inventando formas del espíritu». Y junto a estos dos trabajos, los de Juan Bautista Avalle-Arce y Jean Canavaggio ejemplifican muy bien la reescritura cervantina de su propia vida, en este caso de uno de los momentos más difíciles de su biografía, cuando fue capturado regresando a España tras sus misiones en el norte de África; la manera en que Cervantes reescribe literariamente tal episodio biográfico constituye un ejemplo modélico de este aspecto del narrar cervantino.

Los estudios de tipo estilístico, tan en boga en los años cincuenta y sesenta, han dado paso a otros que ponen de manifiesto la importancia de los juegos cervantinos con los diversos narradores que aparecen en el Quijote. Cervantes emplea en esta obra no menos de cinco narradores principales, además de un sinfín de personajes que en un momento determinado pueden convertirse en relatores de cuentos, novelitas, etcétera. Todos ellos van arrebatándose sucesivamente la voz narradora hasta el punto de que hay ocasiones donde le es difícil al lector saber quién es el que está narrando el episodio; elementos estos que sitúan al Quijote en el umbral de la modernidad. La fascinación que una parte de la crítica ha mostrado por tales cuestiones ha dado lugar a una bibliografía muy extensa, de la que selecciono el trabajo de Haley, de extraordinaria novedad cuando se publicó; y el de Fernández Mosquera, síntesis inteligente de la cuestión.

Se ha profundizado también en las relaciones entre el Quijote y el contexto histórico en el que surgió. Este tipo de estudios tiene una raigambre muy antigua (A. Morel Fatio, Julio Puyol Alonso, Ángel Salcedo Ruiz, etcétera); según avanzó el siglo xx se ha acudido a métodos de análisis más rigurosos, documentos de época —no sólo literarios, sino económicos, sociales, históricos en suma—; e interpretaciones más precisas. El Quijote se nos presenta así como libro de época que, pese a su radical modernidad, hunde sus raíces en una sociedad y un tiempo histórico determinados, sin los cuales no se puede entender en su totalidad. Así, se han estudiado sus posibles huellas carnavalescas, por Augustin Redondo; a otro hispanista francés, Michel Moner, se debe una ajustada síntesis de la influencia de un aspecto de la cultura popular, la oralidad, en el Quijote. Y Carmen Bernis estudió la indumentaria del Quijote en un artículo pionero (1988), precursor de su libro El traje y los tipos sociales en el «Quijote» (Madrid: Ediciones El Viso, 2001).

Muchos son los elementos que Cervantes emplea para la elaboración del Quijote: recursos técnicos (perspectiva), mitología, poesía, erudición, novelas y episodios intercalados, teatro, etcétera. Al análisis de algunos de estos aspectos se ha dedicado el capítulo«Los materiales del Quijote, con una selección extensa de trabajos que abordan algunas de las cuestiones indicadas.

La revalorización de los estudios sobre la presencia de la mujer en la literatura española del Siglo de Oro que se ha producido en el último tercio del siglo xx ha permitido el florecimiento de un considerable número de trabajos que han destacado esa presencia en la obra de Cervantes. Tales aportaciones, que entroncan lejanamente con las de Santiago Ramón y Cajal y Salvador de Madariaga en los inicios del siglo, han llevado en nuestros días a interpretaciones psicoanalistas y feministas, junto a trabajos más apegados al texto del Quijote. Todos ellos revelan la singular valía de esta obra de Cervantes, susceptible de ser analizada desde las perspectivas más diversas, como esta brevísima selección intenta mostrar, a través de la reproducción de los artículos de Monique Joly y Carroll B. Johnson.

Los estudios sobre la teoría literaria cervantina tienen en Giuseppe Toffanin (La fine dell’ Umanesimo, Milán-Turín-Roma: Bocca, 1920) y José Ortega y Gasset (Meditaciones del «Quijote», Madrid, 1914), dos precursores que abrieron el camino a las aportaciones decisivas, ya en el último cuarto del siglo xx, a cargo de Edward C. Riley, Bruce W. Wardropper, y Alban K. Forcione. Gracias a todos ellos ha sido posible reconstruir la teoría que sustenta buena parte del quehacer literario cervantino.

Uno de los grandes valores, acaso el primero y principal, del Quijote reside en el hecho de que con él se inaugura la novela moderna. Cervantes anticipa elementos, técnicas, recursos, que luego repetirán hasta la saciedad novelistas más cercanos a nosotros: desde Galdós hasta Flaubert, pasando por Sterne, Faulkner, Proust, Camus, Kafka, etcétera. Hasta tal punto que se ha podido decir, lo ha hecho Edward C. Riley, recogiendo a su vez ideas de Ortega y Gasset y Lionel Trilling, que «toda prosa de ficción es una variación del Quijote». Tal manera de acercarse al texto cervantino ha de partir del estudio seminal de Ortega (véase el capítulo«Un tiempo nuevo en la exégesis del Quijote»), al que han seguido otros, de entre los que destaco el de Auerbach, ya comentado; una selección del libro de S. Gilman (el primero que abordó por extenso la cuestión de la existencia de una manera de novelar cervantina); y el artículo de Antonio Rey Hazas, quien analiza una cuestión clave en la génesis de la novela moderna: la presencia de las clases medias, y las tensiones sociales producidas a raíz de la decadencia de una nobleza arruinada y la emergencia de una nueva clase, la burguesía, enriquecida progresivamente.

Se cierra esta antología con un capítulo dedicado a la secuela avellanedesca del Quijote. El análisis de las relaciones entre el Quijote cervantino y el de 1614 se ha orientado últimamente más hacia el estudio de la posible influencia del texto de Avellaneda en el de 1615, que en el de la manera en que aquel autor —quienquiera que fuese— utilizó los elementos del Quijote de 1605 para parodiarlos y criticarlos. Este aspecto, por cierto, era el habitual, o, al menos, el más frecuentado por la crítica cervantista anterior; así en la monografía de S. Gilman (Cervantes y Avellaneda: estudio de una imitación, México: El Colegio de México, 1951), o en trabajos más recientes, como el de Monique Joly, quien analizó la vinculación posible entre el prólogo cervantino de 1605 y el capítulo final del Quijote de Avellaneda, el cual «se presenta como un auténtico zurcido de reminiscencias del texto cervantino [con la] voluntad de cerrar la segunda parte apócrifa con la alusión al prólogo de la primera parte» («Historias de locos», en Rilce, 2 [1986], pp. 177-84; la cita en p. 179). Una ajustada síntesis de la cuestión se hallará en las páginas reproducidas del trabajo de Luis Gómez Canseco; y en las de Martín de Riquer el lector se acercará a una de las hipótesis sobre la identidad de Avellaneda: un viejo compañero cervantino de armas llamado Gerónimo de Passamonte. La hipótesis de Riquer ha tenido además la valía de crear una línea de investigación que otros han seguido, como Alfonso Martín Jiménez (El «Quijote» de Cervantes y el «Quijote» de Pasamonte, una imitación recíproca, Alcalá de Henares: Centro de Estudios Cervantinos, 2001); y ha abierto el camino a otras hipótesis (José Luis Pérez López, «Lope, Medinilla, Cervantes y Avellaneda», en Criticón, 86 [2002], pp. 41-71; Javier Blasco, Baltasar Navarrete, posible autor del Quijote apócrifo (1614), Valladolid: Instituto Castellano y Leonés de la Lengua, 2005).


José Montero Reguera



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  • (1) Bibliografía del «Quijote» por unidades narrativas y materiales de la novela, Alcalá de Henares: Centro de Estudios Cervantinos, 1995. Ed. ampliada en CD-ROM (1998).
  • (2) Madrid: Círculo de Lectores y Galaxia Guttenberg, 2004, vol. complementario.
  • (3) Véanse, entre otros trabajos, El «Quijote» y la crítica contemporánea, Alcalá de Henares: Centro de Estudios Cervantinos, 1997; «La crítica sobre el Quijote en la primera mitad del siglo xx», en Volver a Cervantes. Actas del IV Congreso Internacional de la Asociación de Cervantistas (Lepanto, Grecia, octubre de 2000), Palma de Mallorca: Universidad de las Islas Baleares, 2001, vol. I, pp. 195-236; «Edward C. Riley o el honor del cervantismo», en Bulletin of Spanish Studies, LXXXI, 4-5 (2004), pp. 415-424; El «Quijote» durante cuatro siglos. Lecturas y lectores, Valladolid: Universidad de Valladolid, 2005; y «España en América: los trabajos cervantinos de Federico de Onís», en Diego Martínez Torrón y Bernd Tietz (eds.), Cervantes y el ámbito anglosajón, Madrid: Sial / Trivium, 2005, pp. 318-331. Véanse, para otras perspectivas, Anthony J. Close, «La crítica del Quijote desde 1925 hasta ahora», en Anthony Close et al., Cervantes, Alcalá de Henares: Centro de Estudios Cervantinos, 1995, pp. 311-333; José Manuel Martín Morán, «Palacio quijotista. Actitudes sensoriales en la crítica sobre el Quijote en la segunda mitad del siglo xx», en Volver a Cervantes…, o. cit., vol. I, pp. 141-194; y Fernando Romo Feito, «El Quijote y la crítica: siglo xx», en Jean-Pierre Sánchez (coord.), Lectures d’une oeuvre. Don Quichotte de Cervantes, Paris: Éditions du Temps, 2001, pp. 25-38.
  • (4) Véase Anthony J. Close, The Romantic Approach to «Don Quixote». A Critical History of the Romantic Tradition in «Quixote» Criticism, Cambridge: Cambridge University Press, 1978; ahora en ed. rev. y trad. al castellano: La concepción romántica del «Quijote», Barcelona: Crítica, 2005.
  • (5) Santiago Ramón y Cajal, Psicología de Don Quijote y el Quijotismo, incluido en la Crónica del centenario del Don Quijote, publicada bajo la dirección de Miguel Sawa y Pablo Becerra, Madrid: Establecimiento Tipográfico de Antonio Marzo, 1905, pp. 161-168.
  • (6) Véase Alberto Sánchez, «Bibliografía española en el IV centenario del nacimiento de Cervantes», en Homenaje a Cervantes, ed. y dir. de Francisco Sánchez Castañer, Valencia: Mediterráneo, 1950, vol. II, pp. 447-494.

  • COMENZARON A HOLGARSE CON ÉL COMO CON PERRO POR CARNESTOLENDAS (Miguel de Cervantes)






    Capítulo XVII. Donde se prosiguen los innumerables traba-
    jos que el bravo don Quijote y su buen escudero San-
    cho Panza pasaron en la venta que,  por su mal,  pen-
    só que era castillo.
    (FRAGMENTO)







    El ventero le respondió con el mismo sosiego:

    -Señor caballero, yo no tengo necesidad de que vuestra merced me vengue ningún agravio, porque yo sé tomar la venganza que me parece, cuando se me hacen. Sólo he menester que vuestra merced me pague el gasto que esta noche ha hecho en la venta, así de la paja y cebada de sus dos bestias como de la cena y camas.

    -Luego, ¿venta es ésta? -replicó don Quijote.

    -Y muy honrada -respondió el ventero.

    -Engañado he vivido hasta aquí -respondió don Quijote-; que en verdad que pensé que era castillo, y no malo; pero pues es ansí que no es castillo, sino venta, lo que se podrá hacer por agora es que perdonéis por la paga; que yo no puedo contravenir a la orden de los caballeros andantes, de los cuales sé cierto (sin que hasta ahora haya leído cosa en contrario) que jamás pagaron posada ni otra cosa en venta donde estuviesen, porque se les debe de fuero y de derecho cualquier buen acogimiento que se les hiciere, en pago del insufrible trabajo que padecen buscando las aventuras de noche y de día, en invierno y en verano, a pie y a caballo, con sed y con hambre, con calor y con frío, sujetos a todas las inclemencias del cielo y a todos los incómodos de la tierra.

    -Poco tengo yo que ver en eso -respondió el ventero-; págueseme lo que se me debe, y dejémonos de cuentos ni de caballerías; que yo no tengo cuenta con otra cosa que con cobrar mi hacienda.

    -Vos sois un sandio y mal hostalero -respondió don Quijote.

    Y poniendo piernas a Rocinante y terciando su lanzón, se salió de la venta, sin que nadie le detuviese, y él, sin mirar si le seguía su escudero, se alongó un buen trecho. El ventero, que le vio ir y que no le pagaba, acudió a cobrar de Sancho Panza, el cual dijo que pues su señor no había querido pagar, que tampoco él pagaría; porque, siendo él escudero de caballero andante, como era, la misma regla y razón corría por él como por su amo en no pagar cosa alguna en los mesones y ventas. Amohinóse mucho desto el ventero y amenazóle que si no le pagaba, que lo cobraría de modo que le pesase. A lo cual Sancho respondió que, por la ley de caballería que su amo había recebido, no pagaría un solo cornado, aunque le costase la vida; porque no había de perder por él la buena y antigua usanza de los caballeros andantes, ni se habían de quejar dél los escuderos de los tales que estaban por venir al mundo, reprochándole el quebrantamiento de tan justo fuero.

    Quiso la mala suerte del desdichado Sancho que entre la gente que estaba en la venta se hallasen cuatro perailes de Segovia, tres agujeros del Potro de Córdoba y dos vecinos de la Heria de Sevilla, gente alegre, bien intencionada, maleante y juguetona; los cuales, casi como instigados y movidos de un mismo espíritu, se llegaron a Sancho, y apeándole del asno, uno dellos entró por la manta de la cama del huésped, y, echándole en ella, alzaron los ojos y vieron que el techo era algo más bajo de lo que habían menester para su obra, y determinaron salirse al corral, que tenía por límite el cielo; y allí, puesto Sancho en mitad de la manta, comenzaron a levantarle en alto, y a holgarse con él, como con perro por carnestolendas.

    Miguel de Cervantes
    Don Quijote de la Mancha


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    (Espléndida web de la Biblioteca Nacional de España)






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