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LECTURAS HISPÁNICAS PUBLICA: "NERÓN. SU VIDA Y SU MUERTE"



El clamoroso éxito de la novela histórica en las últimas décadas no ha tenido reflejo en un mayor acercamiento del público a las fuentes originales. Obedece esto, seguramente, al temor de encontrarnos con textos complejos y soporíferos y a motivos comerciales que acechan al lector con libros de moda mientras que para llegar a los clásicos ha de ser este quien deba encontrarlos, a menudo en los más sombríos rincones de muy escasas librerías.
Sin embargo, serían muchos quienes se sorprenderían al comprobar que las fuentes suelen presentar una lectura más ágil y amena que la gran mayoría de best-sellers que, precisamente, en busca de un supuesto lenguaje arcaíco que los haga más creíbles, caen justo en la expresión alambicada, retorcida y alejada no tanto del tiempo que pretenden recrear (que también) como de la percepción y sensibilidad humanas; una y otra inalterables en el tiempo y el espacio. 
De modo que, frecuentemente, nos resulta más cercana la voz del propio Séneca en sus diálogos que la que una Cleopatra de ficción imposta en algunas novelas históricas. 
La misma frescura que en Séneca encontramos en Tácito o en Suetonio. Y eso es lo que el lector medio podrá experimentar con el Nerón que presentamos: una lectura sencilla, ágil y amena.
Pero vamos ya con nuestro particular César. ¿Quién no ha oído hablar de Nerón, de sus excentricidades, sus fobias, sus crímenes y sus orgías; de la tenebrosa e incestuosa relación con su madre, Agripina, a la que acabará asesinando; de sus tres mujeres, Octavia, Popea y Mesalina y los violentos finales de cada una de ellas; de las relaciones con sus siervos, criados y amantes; de su correrías por Roma y sus crueles atrocidades; sus composiciones musicales y sus propias e insufribles interpretaciones; del incendio de Roma, la cruel matanza de cristianos y el colosal proyecto de su dorado palacio, su famosa domus áurea; o del triste destino de muchos afamados miembros de su séquito; de los provocados suicidios de Séneca, Anneo Lucano o Petronio… o, en fin, de su propia muerte? 
Tres son las fuentes principales de las que se nutren las mejores biografías de Nerón. La principal, Tácito. El más riguroso, el implacable, en palabras de Victor Hugo, el historiador por antonomasia. Le seguirá Suetonio, más efectista y sensacionalista. Y, por último, Dion Casio, quizá demasiado alejado ya de la época, pues mientras Tácito y Suetonio escriben a medio siglo los hechos que narran, Dion Casio lo hará siglo y medio más tarde. Leer en todo caso a cualquiera de ellos constituye una experiencia inolvidable porque los tres consiguen trasladarnos a aquel mundo, revivirlo, contemplarlo y comprender, asombrados, que la naturaleza humana varía muy poco en el espacio y en el tiempo. 
Tentadora resulta además la comparacion entre aquella época y la nuestra, ambas de agudas crisis y de disolución de antiguos (o viejos, según se mire) valores, en las que aflora lo mejor y lo peor del alma humana, sorprendiéndonos también de nosotros mismos por nuestra profunda capacidad de adaptación tanto a los contextos que nos son más ajenos como a las circunstancias más extremas. 
En cuanto a las traducciones, en el caso de Tácito, hemos optado por la más clásica, y seguramente la más leída de aquellas: la de Carlos Coloma, tercero de los traductores españoles de los Anales y con mucho más éxito que las de Manuel Sueyro o la de Álamos de Barrientos, que apenas fueron reeditadas. Y en lo que a la muerte de Nerón se refiere, al no habernos llegado completa la obra de Tácito, hemos completado dicha laguna recurriendo a las Vidas de los doce césares de Suetonio, que la trata con detalle en sus últimos capítulos. Aquí nos hemos limitado a una versión actualizada por nuestra propia mano de la entrañable traducción de Jaime Bartolomé. 
Referente a las notas a pie de página, conservamos las originales del propio Carlos Coloma, precedidas todas ellas de un asterisco (*), a las que añadimos las nuestras.
Y a la manera de una introducción a Tácito, nos ha parecido oportuno anteponer la reflexión (artístico-literaria, más que científica) que sobre Tácito hace nada menos que el genial Víctor Hugo en su grandioso ensayo sobre Shakespeare. 
Finalmente, esperamos haber cumplido nuestro objetivo, como siempre meramente divulgativo, presentando al lector no versado en los clásicos las dos fuentes principales que sobre la vida y muerte de Nerón han llegado a nuestros días. Si, tras la lectura, dicho lector adquiere una idea de la figura de Nerón y de su época, nos daremos por satisfechos. Si, además, pasa de nuestra edición a otra de carácter científico de las muchas y buenas que abundan en el mercado, en tal caso habremos visto colmadas nuestras mejores expectativas. 


lecturas-hispanicas.com




Tácito y Suetonio
Traducción: Carlos Coloma de Saa
Lecturas hispánicas, 2014


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Ver selección de textos


LAS MIL VICIOSAS SUPERFLUIDADES Y ABOMINABLES LUJURIAS PROPICIADAS POR NERÓN (Tácito)


Referiré aquí uno de sus más celebrados y espléndidos banquetes que hizo aparejar por Tigelino, lleno de mil viciosas superfluidades y abominables lujurias, el cual nos podrá servir de ejemplo para excusarnos de contar muchas veces semejantes prodigalidades. Hizo, pues, fabricar en el estanque de Agripa una grande y capacísima balsa de vigas, sobre cuya plaza se hiciese el banquete, y ella fuese remolcada por bajeles de remo. Eran estos bajeles barreados de oro y marfil, de encaje, y los remeros mozos deshonestos y lascivos, compuestos y repartidos según su edad y abominables cursos de lujuria. Había hecho traer aves y fieras de diferentes tierras, y peces hasta del mar Océano. A las orillas y puntas del estanque había burdeles llenos de mujeres ilustres, y por otra parte se veían públicas rameras desnudas que hacían gestos y movimientos deshonestos; y llegada la noche, el bosque, las casas y cuanto había alrededor del lago comenzó a resonar y a responder con ecos de infinitas músicas, y voces, resplandeciendo todo con hachas; y al mismo Nerón, discurriendo aquellos días y revolcándose a sus anchuras por todo género de vicio y sensualidad natural y contra natura, no le faltó otra cosa por cometer para calificarse por el más abominable de todos los hombres, que la que hizo pocos días después casándose públicamente en calidad de mujer con uno de aquel nefando rebaño, llamado Pitágoras, y usando de todas las solemnidades y ceremonial que se suelen hacer en los casamientos. En éste se le puso al emperador el velo llamado flameo; viéronse los agoreros áuspices, señalóse dote a la novia, aparejóse la cama a los desposados, encendiéronse las hachas con los ritos que se acostumbran en las bodas, y juntamente se vio en él todo aquello que hasta en los casados verdaderamente suele encubrir la noche.


Tácito y Suetonio
Traducción: Carlos Coloma de Saa
Lecturas hispánicas, 2014







PETRONIO, ÁRBITRO DE LA ELEGANCIA (Tácito)



Tenía Petronio por costumbre dormir los días y valerse de las noches para hacer en ellas sus negocios y tomar sus deleites, regalos y pasatiempos. Y como otros por su industria y habilidad, éste por su negligencia y descuido había ganado reputación; y con todo eso no era tenido por tabernero y desperdiciador, como lo suelen ser muchos que por este camino consumen sus haciendas, sino por hombre que sabía ser vicioso con cuenta y razón. Sus dichos y hechos, cuanto por vía de simplicidad y descuido se mostraban más libres y disolutos, tanto se recibían y solemnizaban con mayor gusto.

Pero, sin embargo de esto, cuando fue procónsul de Bitinia y después cónsul dio buena cuenta de sí, y se mostró vigilante en los negocios públicos. Vuelto después a los primeros vicios o a su imitación, fue recibido de Nerón por uno de sus más íntimos familiares, para ser árbitro y juez de las galas y términos cortesanos; no teniendo Nerón por gustoso ni agradable en aquella gran abundancia y avenida de vicios sino solo aquello que aprobaba Petronio; de donde tuvo origen el aborrecimiento de Tigelino, como contra émulo y competidor suyo, y más privado que él en las materias deleitosas y sensuales. Tigelino, pues, tomó para derribarle el camino de la crueldad del príncipe, inclinación a que se rendían en él todas las demás, imputando por delito a Petronio la amistad que había tenido con Cevino, y sobornando a uno de sus esclavos para que sirviese de acusador. Con esto, por quitarle la comodidad de defenderse, hizo arrebatar la mayor parte de su familia y ponerla en estrechas prisiones.
Acaso había ido César aquellos días a la provincia de Campania, y llegando Petronio hasta Cumas, fue detenido allí.


Tácito y Suetonio
Traducción: Carlos Coloma de Saa
Lecturas hispánicas, 2014




LA MUERTE DE SÉNECA (Tácito)



Después de haber dicho en general éstas y semejantes cosas, abraza a su mujer, y habiéndole mitigado algún tanto la fuerza del temor presente, le exhorta y le ruega que trate de templar y no de eternizar su dolor, procurando con la contemplación de su vida pasada virtuosamente tomar algún honesto consuelo y en su manera olvidar la memoria de su marido. Ella, en contrario, afirmando que también tenía hecha resolución de morir entonces, pide con gran instancia la mano del matador. Con esto, Séneca, no queriendo impedirle su gloria, y juntamente amándola con ternura, por no dejar a tan caras prendas en poder de tantas injurias y tan crueles destrozos, le dijo: Yo te había mostrado los consuelos que había menester para entretener la vida; mas veo que tú escoges la gloria de la muerte. No pienso mostrar que te tengo envidia al ejemplo que has de dar de ti, ni estorbarte esta honra. Sea igual entre nosotros dos la constancia de nuestro generoso fin; aunque es cierto que el tuyo resplandecerá con mayor excelencia.


Tácito y Suetonio
Traducción: Carlos Coloma de Saa
Lecturas hispánicas, 2014






¿CRISTO O NERÓN? NERÓN Y EL INCENDIO DE ROMA, EN TÁCITO




Siguióse después en la ciudad un estrago, no se sabe hasta ahora si por desgracia o por maldad del príncipe, porque los autores lo cuentan de entrambas maneras, el más grave y el más atroz de cuantos han sucedido en Roma por violencia de fuego. Salió de aquella parte del Circo que está pegada a los montes Palatino y Celio, donde comenzó a prender en las tiendas en que se venden aquellas cosas capaces de alimentarle. Hízose con esto tan fuerte y poderoso, que con mayor presteza que el viento que le ayudaba, arrebató todo lo largo del Circo, porque no había allí casas con reparos contra este elemento, ni templos cercados de murallas, ni espacios de cielo abierto que se opusiesen al ímpetu de las llamas; las cuales, discurriendo por varias partes, abrasaron primero las casas puestas en lo llano, y subieron después a los altos, y de nuevo se dejaron caer a lo bajo con tanta furia, que del todo prevenía su velocidad a los remedios que se le aplicaban. 
Ayudóle al fuego el ser la ciudad en aquel tiempo de calles muy angostas y torcidas a una parte y a otra, todo sin orden ni medida, cual fue el antiguo edificio de la vieja Roma. 
(...)
Trajéronse de Ostia y de las tierras cercanas muebles y alhajas de casa, y bajó el precio del trigo hasta tres nummos. Todo lo cual, aunque provechoso y deseado del pueblo, le era con todo eso muy poco acepto, por haberse divulgado por toda la ciudad y corrido voz de que en el mismo tiempo que se estaba abrasando Roma, había subido Nerón en un tablado que tenía en su casa, y cantado en él el incendio y la destrucción de Troya, comparando los males presentes con aquellas antiguas calamidades.
(...)
Mas ni con socorros humanos, donativos y liberalidades del príncipe, ni con las diligencias que se hacían para aplacar la ira de los dioses era posible borrar la infamia de la opinión que se tenía de que el incendio había sido voluntario. Y así Nerón, para divertir esta voz y descargarse, dio por culpados de él, y comenzó a castigar con exquisitos géneros de tormentos, a unos hombres aborrecidos del vulgo por sus excesos, llamados comúnmente cristianos. El autor de este nombre fue Cristo, el cual, imperando Tiberio, había sido justiciado por orden de Poncio Pilato, procurador, de la Judea, y aunque por entonces se reprimió algún tanto aquella perniciosa superstición tornaba otra vez a reverdecer. 

Tácito y Suetonio
Traducción: Carlos Coloma de Saa
Lecturas hispánicas, 2014






NERÓN, VESTIDO DE MUJER SE CASA CON SU AMIGO PITÁGORAS (Tácito)




Hizo, pues, fabricar en el estanque de Agripa una grande y capacísima balsa de vigas, sobre cuya plaza se hiciese el banquete, y ella fuese remolcada por bajeles de remo. Eran estos bajeles barreados de oro y marfil, de encaje, y los remeros mozos deshonestos y lascivos, compuestos y repartidos según su edad y abominables cursos de lujuria. Había hecho traer aves y fieras de diferentes tierras, y peces hasta del mar Océano. A las orillas y puntas del estanque había burdeles llenos de mujeres ilustres, y por otra parte se veían públicas rameras desnudas que hacían gestos y movimientos deshonestos; y llegada la noche, el bosque, las casas y cuanto había alrededor del lago comenzó a resonar y a responder con ecos de infinitas músicas, y voces, resplandeciendo todo con hachas; y al mismo Nerón, discurriendo aquellos días y revolcándose a sus anchuras por todo género de vicio y sensualidad natural y contra natura, no le faltó otra cosa por cometer para calificarse por el más abominable de todos los hombres, que la que hizo pocos días después casándose públicamente en calidad de mujer con uno de aquel nefando rebaño, llamado Pitágoras, y usando de todas las solemnidades y ceremonial que se suelen hacer en los casamientos. En éste se le puso al emperador el velo llamado flameo (*), viéronse los agoreros áuspices, señalóse dote a la novia, aparejóse la cama a los desposados, encendiéronse las hachas con los ritos que se acostumbran en las bodas, y juntamente se vio en él todo aquello que hasta en los casados verdaderamente suele encubrir la noche.

Tácito y Suetonio
Traducción: Carlos Coloma de Saa
Lecturas hispánicas, 2014




(*) Un tipo de velo nupcial propio de las novias romanas.  





EL ENFERMO IMAGINARIO (Molière)







ACTO I
Escena V

ARGAN, ANGÉLICA y ANTONIA.

ARGAN.-   (Sentándose.)  Ahora, hija mía, te voy a dar una noticia que seguramente te tomará de nuevas. Me han pedido tu mano. ¿Qué es eso?... ¿Te ríes? Bien mirado, no puede imaginarse noticia más halagüeña para una joven... ¡Oh, naturaleza! Ya veo bien claro que no tengo para qué preguntarte si te quieres casar.
ANGÉLICA.-  Mi único deseo es obedeceros, padre mío.
ARGAN.-  Me complace esa sumisión. Hemos ultimado el asunto y ya estás prometida.
ANGÉLICA.-  Acataré a ojos cerrados vuestra voluntad, padre mío.
ARGAN.-  Tu madrastra pretendía que tú y Luisa, tu hermana menor, entrarais en un convento. Desde hace tiempo ése era su propósito.
ANTONIA.-   (Bajo.)  ¡Su razón tiene la muy bribona!
ARGAN.-   (Continuando.)  Por lo cual se negaba ahora a autorizar este matrimonio; pero he logrado reducirla y dar mi palabra.
ANGÉLICA.-  ¡Cuánto tengo que agradecer a vuestras bondades, padre mío!
ANTONIA.-  Seguramente, ésta es la acción más cuerda de vuestra vida.
ARGAN.-  Aún no conozco a tu futuro; pero me afirman que quedaré satisfecho y tú también.
ANGÉLICA.-  Seguramente, padre mío.
ARGAN.-  ¿Cómo? ¿Tú le has visto?
ANGÉLICA.-  Puesto que vuestro consentimiento me autoriza a abriros mi corazón, no os ocultaré que hace seis días, el azar nos puso frente a frente, y que la petición que os han hecho es consecuencia de una inclinación, experimentada desde el primer instante.
ARGAN.-  No me habían dicho nada, pero me alegro, porque vale más que sea así. Según parece, se trata de un buen mozo.
ANGÉLICA.-  Sí, padre mío.
ARGAN.-  Arrogante.
ANGÉLICA.-  Sí.
ARGAN.-  De aspecto simpático.
ANGÉLICA.-  Ya lo creo.
ARGAN.-  De fisonomía franca.
ANGÉLICA.-  Muy franca.
ARGAN.-  Digno y juicioso.
ANGÉLICA.-  Precisamente.
ARGAN.-  Honrado.
ANGÉLICA.-  Como el que más.
ARGAN.-  Que habla el latín y el griego a maravilla.
ANGÉLICA.-  Eso no lo sabía yo.
ARGAN.-  Y que dentro de tres días será recibido médico.
ANGÉLICA.-  ¿Médico, padre mío?
ARGAN.-  Sí. ¿Tampoco lo sabías?
ANGÉLICA.-  No. ¿Quién os lo ha dicho?
ARGAN.-  El señor Purgon.
ANGÉLICA.-  ¿Lo conoce el señor Purgon?
ARGAN.-  ¡Vaya una pregunta! No lo ha de conocer, si es su sobrino.
ANGÉLICA.-  ¿Cleonte, sobrino del señor Purgon?
ARGAN.-  ¿Quién es ese Cleonte? Hablamos del joven que ha pedido tu mano.
ANGÉLICA.-  ¡Claro!
ARGAN.-  Que es sobrino del señor Purgon e hijo de su cuñado, el señor Diafoirus, médico también. Ese joven se llama Tomás: Tomás Diafoirus, y no Cleonte. Con él es con quien hemos acordado esta mañana tu boda, entre el señor Purgon, Fleurant y yo. Mañana mismo vendrá el padre a hacer la presentación de tu futuro. ¿Pero qué es eso? ¿Por qué pones esa cara de asombro?
ANGÉLICA.-  Porque vos hablabais de una persona y yo me refería a otra.
ANTONIA.-  ¡Eso es una burla! Teniendo la fortuna que tenéis, ¿seríais capaz de casar a vuestra hija con un médico?
ARGAN.-  ¿Quién te mete a ti donde no te llaman, imprudente?
ANTONIA.-  ¡Calma! ¿Por qué no hemos de discutir sin acaloramientos? Hablemos tranquilamente. ¿Qué razones habéis tenido para consentir en ese matrimonio?

ARGAN.-  La razón de que, encontrándome enfermo -porque yo estoy enfermo-, quiero tener un hijo médico, pariente de médicos, para que entre todos busquen remedios a mi enfermedad. Quiero tener en mi familia el manantial de recursos que me es tan necesario; quien me observe y me recete.


Molière
El enfermo imaginario (1673)

(Traducción J.I. de Alberti
con el título El médico de aprensión).

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en Biblioteca Virtual Miguel Cervantes






CABARRÚS: El éxito de un inmigrante (Lucía Nuin Pérez)


Cuando Francisco llegó a España por primera vez hizo una parada en Zaragoza junto a un corresponsal de su padre y termina en Valencia junto a otro, lo que refuerza la idea de que su llegada formaba parte de una estrategia familiar y que su viaje vino preparado desde Bayona. Además esto es un claro ejemplo de cómo funcionaban las redes familiares y comerciales de la comunidad de comerciantes franceses, que es la que facilitó la integración de Cabarrús en España. Vemos como esta comunidad ejercía una fuerte solidaridad de grupo ya que se ve que no sólo es la familia Cabarrús la que apoya a Francisco, sino que en cuanto pasa a formar parte de la familia Galebert Cabarrús, se vio integrado y respaldado por el nuevo grupo, beneficiándose tanto de la red de contactos de los Cabarrús en España como la de los Galabert. Desde este momento ya contaba con un grupo mayor en el que apoyarse y con el que poder contar en caso de necesitar ayuda, como se ve claramente en 1772 (año de su llegada a Carabanchel) cuando es una vez más un lazo familiar el que les permite desplazarse y entrar en un nuevo negocio.

Lucía Nuin Pérez
Francisco Cabarrús: el éxito de un inmigrante
de Los extranjeros en la España Moderna
Actas del I Coloquio Internacional
Málaga, 2002


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Leer el texto completo
y debidamente anotado


CAMPOMANES, DOS CONCEPTOS CLAVES: MANOS MUERTAS Y AMORTIZACIÓN (Justo García Sánchez)



El objeto de su análisis es la "amortización", si bien este instituto no puede ilustrarse más que a partir de otro previo que es la "mano muerta".  
Con esta última expresión, proveniente de las fuentes jurídicas longobardas, se designaba en derecho germánico al individuo jurídicamente incapaz, o al menos con capacidad restringida, en cuanto estaba indisolublemente ligado a la tierra, no podía enejenar sus bienes ni disponer de los mismos por testamento más que dentro de ciertos límites, así como tampoco podría suceder en la herencia intestada en línea colateral.
A partir de entonces se denominaron hombres de mano muerta aquellos individuos que formaban las corporaciones y comunidades, especialmente religiosas, en cuanto, al entrar a formar parte de una congregación o de un colegio, se despojaban de sus derechos y se convertían personalmente en incapaces.  Las corporaciones religiosas comenzaron a llamarse posteriormente con este nombre, dado que se componían de aquéllos, y puesto que estas comunidades no morían, sino sólo los individuos que las integraban, dicha denominación se extendió por analogía a los entes e instituciones que sobrevivían a la muerte de sus miembros, como eran los hospitales, los colegios, etc.
Si tenemos presente que el patrimonio constituía la parte sustancial del ente, ya que gracias al mismo la institución adquiría perpetuidad, la expresión "mano muerta" pasó a significar no sólo la corporación religiosa y al ente moral, sino también el patrimonio que pervivía y constituía su base, no obstante el cambio de las personas que los integraban, aunque en el lenguaje jurídico-científico moderno prevalece el significado real sobre el personal.
Esto explica que en el siglo XVIII, como ocurre con la obra de Campomanes, la expresión mano muerta aluda a la persona moral, considerando al ente tanto desde el punto de vista del elemento personal, como desde el patrimonial, al entender por la misma aquella propiedad fundiaria sustraída al libre comercio y de la cual el erario no obtenía ingreso alguno por impuestos, permaneciendo viva a pesar de la muerte de sus individuos.
Aunque vulgarmente mano muerta y amortización se confundan, hay una gran diferencia entre ambas, puesto que la primera identifica los bienes que, encontrándose en determinadas condiciones, permanecen sustraídos a la libre circulación comercial, mientras que la segunda designa uno de los supuestos específicos que sirvió de base para la formación de la mano muerta.  La palabra latina amortisatio, en sentido estricto, tiene un significado concreto y sirve para indicar exclusivamente el acto de adquisición por parte de las iglesias y entes religiosos, en cuanto los bienes, una vez que entran en sus manos, quedan como muertos al comercio, no pudiendo ya salir de los mismos a no ser con ciertos requisitos y solemnidades. Esto explica que el concepto de amortización entre dentro de la expresión mano muerta, pero no se identifique con la misma, ya que ésta es más amplia y comprende bienes de naturaleza no eclesiástica, además de representar el resultado de la amortización y de otros hechos determinantes de la formación de grandes propiedades vinculadas.



Justo García Sánchez
El Tratado de la Regalía de amortización
en Campomanes en su II centenario 
(Coordinador: Gonzalo Anes Álvarez, 
Real Academia de la Historia, 2002)



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CONFUSIÓN DE CONFUSIONES (José de la Vega)





Esta joya redescubierta a principios del siglo XX, es el primer libro sobre la bolsa, escrito por José Penso de la Vega, un escritor y comerciante judío de Córdoba que hubo de emigrar en el siglo XVII a Holanda. 
Componen Confusión de confusiones diversos diálogos curiosos entre un philosopho agudo, un mercader discreto, y un accionista erudito, describiendo el negocio de las acciones, su origen, su ethimologia, su realidad, su juego, y su enredo.

En el texto que destacamos a continuación vemos la etimología de "Amsterdam" y el por qué -según José de la Vega- recibe el mercado de cambios el nombre de "bolsa".


MERCADER: El lugar y el modo con que se forman estas ruedas y se ajustan estas partidas, quisiera saber, sino sirviera á nuestro amigo de fatiga para que ya que aprendimos la origen, el inventor, y el enredo, no ignorássemos el modo del combate y el lugar del desafio.
ACCIONISTA: Es tan continuo y incessable el negocio que apenas hay lugar fixo que pueda intitularse su palestra; sin embargo, son el Damo y la Bolsa los que mas se frequentan, empeçándosse á luchar en el Damo desde las diez hasta las doze y en la Bolsa desde las doze hasta las dos.
Es el Damo una plaça que tiene el Palacio (á que llaman Casa de la Villa) por frontispicio, y llámanle los Flamencos Dam que significa en su lengua Un terrapleno que se haze contra el ímpetu del agua por haverse hecho en esta plaça uno destos terraplenos para defença del Amstel que es el rio de que toma esta ciudad de Amsterdam el nombre, corrumpido de Amstel-Dam en Amsterdam.
Aqui empieça las mañanas el juego que dura hasta que se cierra la Bolsa á medio dia, donde acuden todos en chusma, por no pagar lo que se suele, despues de estar cerrada; y vá prosiguiendo en ella la batalla, sin que se suspendan las armas en los mayores cansancios, ni se propongan las treguas en los mayores ahogos.
Es la Bolsa una plaçuela circundada de pilares (aunque si hay algunos de los que se arriman á estas colunas que son como la del fuego por lo que luzen, no faltan otros que sean como la de nube por lo que recatan la necessidad y encubren el estado) y llámasse Bolsa, o ya por encerrarse los mercaderes en ella como en una bolsa, o ya por las diligencias que haze cada uno por llenar la suya en ella, tomando el nombre de las causas, á imitacion de las tres mas decantadas Academias de la Grecia que unas lograron el nombre por el author, otras por el lugar, y muchas por los effectos.
(...)
De la segunda classe es la Bolsa que toma como los peripatéticos el nombre de los effectos; y queriendo dezir la palabra Bolsa cuero en griego, hay muchos accionistas que quedan en cueros en esta Bolsa.
Llamaron los antiguos Bolsa á Cartago por el engaño que traçaron los Fenicios á los Africanos, pidiéndoles todo el sitio que pudiessen ocupar con el cuero de un buey; y con mucha razon deve llamarse Bolsa este lugar por los engaños que machinan algunos accionistas en este sitio, antes si por el que lleva doblada intencion en lo que propone, pregona el adagio castellano que tiene bolsillos en el coraçon, bien escarmentados viven los sinceros de los que llevan á esta Bolsa estos bolsillos.El modo con que se effetuan las partidas es tan ridículo como el juego, pues si en Levante se ajustan á cabeçadas, aqui se ajustan á palmadas y á golpes. Mas ay dolor! que aspirando muchos á la palma que las palmadas les prometen, lloran los golpes con que la fortuna los abate.


José de la Vega
Confusión de confusiones  (1688)


LA FLORIDA DEL YNCA (Inca Garcilaso de la Vega)

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-LA FLORIDA DEL INCA

HISTORIA DEL ADELANTADO HERNANDO DE SOTO, Gobernador y Capitán General del Reino de la Florida, y deotros heroicos caballeros españoles e indios, escrita por el IncaGarcilaso de la Vega, capitán de su Majestad, natural de la gran Ciudad del Cozco, cabeza de los reinos y provincias delPerú.





CAPÍTULO II  Descripción de la Florida y quién fue el primer descubridor de ella, y el segundo, y tercero





La descripción de la gran tierra Florida será cosa dificultosa poderla pintar tan cumplida como la quisiéramos dar pintada, porque como ella por todas partes sea tan ancha y larga, y no esté ganada ni aun descubierta del todo, no sesabe qué confines tenga. 

Lo más cierto, y lo que no se ignora, es que al mediodía tiene el mar océano y la gran isla de Cuba. Al septentrión (aunque quieren decir que Hernando de Soto entró mil leguas la tierra adentro, como adelante tocaremos), no se sabe dónde vaya a parar, si confine con la mar o con otras tierras.

Al levante, viene a descabezar con la tierra que llaman de los Bacallaos, aunque cierto cosmógrafo francés pone otra grandísima provincia en medio, que llama la Nueva Francia, por tener en ella siquiera el nombre.

Al poniente confina con las provincias de las Siete Ciudades, que llamaron así sus descubridores de aquellas tierras, los cuales, habiendo salido de México por orden del visorrey don Antonio de Mendoza, las descubrieron año de mil y quinientos y treinta y nueve, llevando por capitán a Francisco Vázquez Coronado, vecino de dicha ciudad. Por vecino se entiende en las Indias el que tiene repartimiento de indios, y esto significa el nombre vecino, porque estaban obligados a mantener vecindad donde tenían los indios y no podían venir a España sin licencia del Rey, so pena que, pasados los dos años que no tuviesen mantenido vecindad, perdían el repartimiento.

Francisco Vázquez Coronado, habiendo descubierto mucha y muy buena tierra, no pudo poblar por grandes inconvenientes que tuvo. Volviose a México, de que el visorrey hubo gran pesar, porque la mucha y muy buena provisión de gente y caballos que para la conquista había juntado se hubiese perdido sin fruto alguno. Confina asimismo la Florida al poniente con la provincia de los chichimecas, gente valentísima, que cae a los términos de las tierras de México.

El primer español que descubrió la Florida fue Juan Ponce de León, caballero natural del reino de León, hombre noble, el cual, habiendo sido gobernador de la isla de San Juan de Puerto Rico, como entonces no entendiesen los españoles sino en descubrir nuevas tierras, armó dos carabelas y fue en demanda de una isla que llamaban Bimini y según otros Buyoca, donde los indios fabulosamente decían había una fuente que remozaba a los viejos, en demanda de la cual anduvo muchos días perdido, sin la hallar. Al cabo de ellos, con tormenta, dio en la costa al septentrión de la isla de Cuba, la cual costa, por ser día de Pascua de Resurrección cuando la vio, la llamó la Florida, y fue el año de mil y quinientos y trece, que según los computistas se celebró aquel año a losveinte y siete de marzo.

Contentose Juan Ponce de León sólo con ver que era tierra, y, sin hacer diligencia para ver si era tierra firme o isla, vino a España a pedir la gobernación y conquista de aquella tierra. Los Reyes Católicos le hicieron merced de ella, donde fue con tres navíos el año de quince.  Otros dicen que fue el de veinte y uno. Yo sigo a Francisco López de Gómara; que sea el un año o el otro, importa poco. Y habiendo pasado algunas desgracias en la navegación, tomó tierra en la Florida. Los indios salieron a recibirle, y pelearon con él valerosamente hasta que le desbarataron y mataron casi todos los españoles que con él habían ido, que no escaparon más de siete, y entre ellos Juan Ponce de León; y heridos sefueron a la isla de Cuba donde todos murieron de las heridas que llevaban. Este fin desdichado tuvo la jornada de la Florida, y parece que dejó su desdicha en herencia a los que después acá le han sucedido en la misma demanda.

Pocos años después, andando rescatando con los indios, un piloto llamado Miruelo, señor de una carabela, dio con tormenta en la costa de la Florida, o en otra tierra, que no se sabe a qué parte, donde los indios le recibieron de paz, y en su contratación, llamado rescate, le dieron algunas cosillas de plata y oro en poca cantidad, con las cuales volvió muy contento a la isla de Santo Domingo, sin haber hecho el oficio de buen piloto en demarcar la tierra y tomar el altura, como le fuera bien haberlo hecho, para no verse en lo que después se vio por esta negligencia.

En este mismo tiempo hicieron compañía siete hombres ricos de Santo Domingo, entre los cuales fue uno, Lucas Vázquez de Ayllón, oidor de aquella audiencia, y juez de apelaciones que había sido en la misma isla, antes que la audiencia se fundara. Y armaron dos navíos que enviaron por entre aquellas islas a buscar y traer los indios que, como quiera que les fuese posible, pudiesen haber, para los echar a labrar las minas de oro que de compañía tenían. Los navíos fueron a su buena empresa, y con mal temporal dieron acaso en el cabo que llamaron de S. Elena, por ser en su día, y en el río llamado Jordán, a contemplación de que el marinero que primero lo vio se llamaba así. Los españoles saltaron en tierra, los indios vinieron con gran espanto a ver los navíos por cosa extraña nunca jamás de ellos vista, y se admiraron de ver gente barbuda y que anduviese vestida. Mas con todo esto, se trataron unos a otros amigablemente y se presentaron cosas de las que tenían. Los indios dieron algunos aforros de martas finas, de suyo muy olorosas, y aljófar y plata en poca cantidad. Los españoles asimismo les dieron cosas de su rescate. Lo cual pasado, y habiendo tomado los navíos el matalotaje que hubieron menester y la leña yagua necesarias, con grandes caricias convidaron los españoles a los indios a que entrasen a ver los navíos y lo que en ellos llevaban, a lo cual, fiados en la amistad y buen tratamiento que se habían hecho, y por ver cosas para ellos tan nuevas, entraron más de ciento y treinta indios. Los españoles, cuando los vieron debajo de las cubiertas, viendo la buena presa que habían hecho, alzaron las anclas y se hicieron a la vela en demanda de Santo Domingo. Mas en el camino se perdió un navío de los dos, y los indios que quedaron en el otro, aunque llegaron a Santo Domingo, se dejaron morir todos de tristeza y hambre, que no quisieron comer de coraje del engaño que debajo de amistad se les había hecho.


Inca Garcilaso de la Vega
La Florida del Inca, 1605




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Reproducción digital de la edición
de En Lisbona [sic]),
impresso por Pedro Crasbeeck, 1605,
en Biblioteca Digital Hispánica
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JOHN MINSHEU

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PLEASANT AND DELIGHTFULL DIALOGUES IN SPANISH


SELECCIÓN DE TEXTOS, ESTUDIOS Y ENLACES:



Los diálogos de John Minsheu, obra completa con estudios y anotaciones en Centro Virtual Cervantes, bajo la dirección de Antonio de Jesús Antonio Cid.
Una joya olvidada de la prosa (Máxime Chevalier).



JOHN MINSHEU (o Minshew) (Londres, 1560 - idem, 1627) , hispanista, gramático y lexicógrafo inglés de la época isabelina.

Era maestro de lenguas, casado, con muchos hijos y bastante pobre, por lo que tuvo que solicitar el mecenazgo de varios nobles para poder costear e imprimir sus obras. Le hicieron célebre sus siete Pleasant and Delightfull Dialogues (Londres, 1599, reimpresos en 1623); la obra tuvo tal éxito que fue imitada, plagiada y adaptada por los más autorizados maestros europeos de lengua española de los siglos XVII y XVIII: César Oudin y Juan de Luna en Francia; Lorenzo Franciosini en Italia y Francisco Sobrino en Flandes. La obra siguió utilizándose al menos hasta 1778 y alcanzó casi treinta ediciones entre la obra original y sus derivados francoitalianos.


La obra constaba de tres partes; la más grande estaba formada por un Dictionarie in Spanish and English con su correspondiente e inverso English and Spanish, con cuatrocientas páginas a tres columnas; seguía una segunda parte formada por una Spanish Grammar donde se exponen las partes tradicionales de la Gramática, desde la ortografía y la prosodia hasta la sintaxis. A esta añadió varias páginas de Fraseología con listas de «Words, Phrases, Sentences and Proverbes» tomados de la Diana de Jorge de Montemayor en su edición de 1580, la Celestina (Amberes, 1595), el Lazarillo de Tormes (también de Amberes, 1595), el Menosprecio de Corte (ed. de 1591) y el Marco Aurelio de Fray Antonio de Guevara, y la Floresta española de Melchor de Santa Cruz (Salamanca, 1592), además de refranes populares. La tercera y última parte del curso de lengua española de Minsheu son los Pleasant and Delightfull Dialogues in Spanish and English, unos diálogos bastante amenos, entretenidos y bien escritos en versión bilingüe.


Dámaso Alonso escribió de él que Minsheu plagiaba sin piedad y apenas modificación alguna una serie de obras anteriores: de la Gramática de la lengua vulgar en España de Lovaina (1559), a Percyvall y Stepney. Amado Alonso dice más o menos lo mismo: que al tratar de la pronunciación del español plagia sin aportación alguna al anónimo autor de de Lovaina de 1559, a Meurier, a Stepney, a Percivall, a Miranda y, sobre todo, a Antonio del Corro, sin cuidarse de las contradicciones resultantes.


Minsheu siguió escribiendo obras sobre lenguas; la más ambiciosa fue Ductor in Linguas. The Guide into Tongues (Londres, 1617); ofrece la equivalencia de los vocablos ingleses en diez lenguas e incluye un eruditísimo aparato de citas que autorizan las definiciones; usa incluso textos anglosajones y el «Old» y «Middle English», incluyendo, por primera vez en la lexicografía inglesa, el vocabulario de Chaucer. Algunas de sus etimologías originales fueron novedosas y acertadas muchas veces; pero también las plagiaba de John Cowell, un experto jurista inglés que imprimió diez años antes un libro (The Interpretator, 1607) que ofrecía esas etimologías y fue sentenciado al fuego por las veleidades absolutistas de su autor. Wikipedia

UNA JOYA OLVIDADA DE LA PROSA, Los Diálogos de Minsheu (Máxime Chevalier)

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Dos bellos ejemplos de la relación realismo-literatura separados por un siglo: se reeditan los espléndidos diálogos, a modo de guía para forasteros de los usos del habla de los españoles, publicados en 1599 bajo el nombre de John Minsheu; y se publica por primera vez en español el supuesto libro de memorias del capitán Carleton, historia novelada de la Guerra de Sucesión española.
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En el Anuario del Instituto Cervantes (y en limpia tirada aparte) se rescata una auténtica joya de la prosa española: los Pleasant and Delightfull Dialogues impresos en Londres en 1599 y cuyo texto castellano había de alcanzar un éxito europeo. A pesar de que vienen publicados bajo el nombre de "John Minsheu", no se deberán a su pluma, sino a la de un español, verosimilmente Antonio del Corro, calvinista instalado en Inglaterra.

Si va a decir verdad, uno se pregunta si ingleses, italianos y franceses salieron aprovechados del estudio del "Minsheu": como manual de lengua, el libro me inspira una confianza relativa. El mérito de estos diálogos es otro: describen unos usos que podrán sorprender al viajero y destacar unas particularidades del hablar de los españoles. Son guía y avisos para forasteros.

Primero, advierte "Minsheu" que los españoles suelen manejar refranes y se divierten en alterarlos, uso que confirma Correas ("cobra buena cama y échate a dormir", por ejemplo). Segundo: los españoles motejan. Antonio de Guevara avisaba al aprendiz de cortesano que no se escandalizara si le motejaban en palacio, "Minsheu" avisa al extranjero que viaja por España. Presentarle a uno el jubón antes de la camisa es motejarle de azotado, puesto que el azotado, cuando se vuelve a vestir después de recibir el castigo, se viste la camisa sobre el jubón [de azotes]. Fue chiste de los más apreciados, hasta Alemán y Lope, por fundarse en un equívoco. Por supuesto el motejar no es hacia 1600 privativo de España, también se practica en Italia y Francia. Pero, si bien interpreto, los franceses aparcan el motejar reservándolo a unos momentos cuidadosamente delimitados, mientras que en España el mote se inserta como naturalmente en el tejido de la conversación.

 

Entre las varias formas del motejar, "Minsheu" concede sitio de honor a la pulla, que acomete en efecto a los que van caminando por España. Los campesinos solían echar pullas a los viandantes. Los que conocían el uso tampoco se mordían la lengua y replicaban: de allí nacían unas justas oratorias que alguna vez terminaban mal. En estas trifulcas se distinguían los mozos de mulas ("docto en pullas, cual mozo de camino", escribe Quevedo). La costumbre sorprendía a los extranjeros. Pero François Bertant, conseiller del Parlamento de París, cuando viaja por España en 1659, en vez de ofenderse, no tarda en entender el carácter lúdico de la pulla y en ocasiones en apreciar su agudeza. Comparte esta reacción "Minsheu" cuyo mozo de mulas abre el fuego con la asonancia clásica: "¿Y el mulo? -Besadlo en el culo", continuando con un tiroteo particularmente logrado entre ventera y mozo.

En este diálogo surgen unas frases que nos suenan. Dice la ventera: "Nos hemos recogido mi marido y yo a esta venta, por acabar en buena vida", concretando a continuación: "¿No le parece a vuestra merced que es buena vida estar hechos ermitaños en este desierto? ¿Qué más hicieron los padres del yermo?". A lo cual replica el mozo: "Y tan virtuosos, que, de liosna, a cuantos pasan les quitan lo que llevan". "¿Quitar? -protesta la ventera- ¡Nunca Dios tal quiera! Recebir lo que nos dan con cortesía, eso sí". ¿No le parece al lector que está oyendo la voz del ventero socarrón que alberga a don Quijote: "A lo último, se había venido a recoger a aquel castillo, donde vivía con su hacienda y con las ajenas, recogiendo en él a todos los caballeros andantes, de cualquiera calidad y condición que fuesen, sólo por la mucha afición que les tenía y porque partiesen con él de sus haberes en pago de su buen deseo?". El equívoco es el mismo, e idéntica la gracia. Estos diálogos son indudablemente, insisto, una joya de la prosa española de 1600.

En otro diálogo, el soldado de "Minsheu" traza una caricatura feroz de la vieja, caricatura a base de apodos que puede ocupar sitio de honor en la galería de los cuadros prequevedianos. Añádanse un pronóstico perogrullesco, una cuenta venteril, varios cuentecillos que andan desparramados en las páginas de "Minsheu", y habremos de constatar que estos diálogos son elocuente muestrario de la agudeza española a fines del siglo XVI.

Concluyamos. Estos diálogos evocan a Quevedo cuando no suenan a Cervantes. ¿Cabe desear más? Evidentemente, no. Sólo hemos de agradecer su buen tino a los editores y su sabrosa introducción a Jesús Antonio Cid.

 Máxime Chevalier
31 de mayo de 2003



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Universidad de Burdeos. El español en el mundo. Anuario del Instituto Cervantes 2002. Instituto Cervantes. Círculo de Lectores/Plaza & Janés. Alcalá de Henares, 2002. 370 páginas más 68 láminas. 16,50 euros.







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