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DÍAZ MIRÓN EN EL CENTENARIO DE LASCAS (J. Emilio Pacheco)




Una historia del siglo pasado. Qué es la "gloria" y para qué sirve. 1953. El puerto de Veracruz festeja el centenario de su mayor poeta, Salvador Díaz Mirón. Hay un concurso de ensayo literario en que los jurados son Alfonso Reyes y Julio Torri. Lo gana María Ramona Rey con La exploración de la rebeldía, libro que no aparece hasta 1974. Quedan como finalistas Alfonso Méndez Plancarte, Antonio Castro Leal (quien tampoco publica su trabajo hasta 1970), José Almoina, el sabio asesinado por Trujillo siete años después, y Pedro Caffarel Peralta.

Se levanta una estatua de Díaz Mirón y llueven los comentarios: el índice apunta hacia el cementerio para indicar: "Allí están todos los que maté". El abrigo que le pusieron debe de asfixiar a la pobre estatua bajo el calor veracruzano. En un antecedente de las actuales "instalaciones" una ristra de pescaditos amanece colgada del dedo. En las escuelas los niños obligados a memorizar para su declamación los versos del bardo se desquitan con parodias: "Mamá, soy Paquito./ No haré travesuras, no echaré palito." Apenas ha transcurrido un cuarto de siglo desde su muerte en 1928. Viven muchas personas que lo conocieron y dicen: "Qué injusticia: el inteligente y el gran poeta fue su padre, don Manuel. Salvador era un pálido reflejo".

Es el viejo cuento de "el idiota de la familia" que Sartre tomó en serio a propósito de Flaubert. Se remonta al Evangelio ("Cómo va a ser el Mesías si es el hijo del carpintero y yo jugaba con él en las calles de Nazaret") y tiene aplicación universal. Monterrey 1964: "Alfonsito no, el genio era su hermano Rodolfo Reyes". San Luis Misuri 1978: "Tom fue un producto de la publicidad, las inteligentes eran sus hermanas, las señoritas Eliot". Jerez 1984: "¿López Velarde gran poeta? No me haga reír. El Cabezón fue compañero de escuela de mi padre. Un imbécil. El peor de la clase".





Quince mil ejemplares

1953 se ha vuelto una fecha tan lejana como 1787. No hay una sola "posteridad" sino una serie de posteridades cambiantes. El Salvador Díaz Mirón del 2001 es diferente en muchos sentidos. Lascas, el único libro que reconoció como suyo, apareció en el verano de hace un siglo. Lo imprimió el gobierno de Veracruz, entonces a cargo de Teodoro Dehesa. Se hicieron quince mil ejemplares, cifra que entre nosotros sólo han alcanzado ayer Amado Nervo y hoy Jaime Sabines. Se vendieron en quince mil pesos oro (unos quince millones actuales) al librero y editor Ramón Araluce. La cantidad se entregó al Colegio Preparatorio de Xalapa.
Por aquellos años lord Alfred Douglas, Bosie, se alegraba en una carta de haber vendido quinientos ejemplares, lo mismo que los poetas más populares de Inglaterra, por ejemplo Rudyard Kipling. Para explicar el fenómeno deLascas necesitaríamos estudios que no tenemos sobre teoría de la recepción y la institución literaria de hace un siglo; es decir, la red de autores, profesores, editores, libreros, periódicos, revistas. En ausencia de todo esto sólo cabe proponer algunas hipótesis.



La popularidad de Díaz Mirón

A partir de que hacia 1888, en Colombia, se habló por vez primera de una "literatura hispanoamericana" que reuniría en un conjunto más amplio a las que hasta entonces sólo pretendieron ser literaturas nacionales, hubo una intercomunicación que no se ha restaurado ni siquiera en la época de la internet, los numerosos "sitios" de poesía y los poetas vivos que se dan el lujo de tener su "página".
Todo aquello fue obra de la primera globalización, el mercado mundial, y la aceleración de la historia provocada por el ferrocarril, el cable telegráfico y el trasatlántico. Pero nadie enviaba poemas por telégrafo, y si se piensa en las dificultades de alcanzar Buenos Aires vía Le Havre-Dakar o Valparaíso dando vuelta al Cabo de Hornos, y en que subir a Bogotá implicaba la navegación del Magdalena y recorrer un tramo de montaña, sorprende que Díaz Mirón fuera leído en todas partes. Tanto Rubén Darío como Leopoldo Lugones y Julio Herrera y Reissig, o en España Francisco Villaespesa, lo reconocieron como maestro. Es uno de los fundadores del modernismo al lado de José Martí, Manuel Gutiérrez Nájera, Julián del Casal y José Asunción Silva. Nadie hasta el momento le ha dado su lugar entre aquéllos.
Quizá la explicación radique en la naturaleza portátil de la poesía. Los versos de Díaz Mirón eran reproducidos en cientos o miles de "sitios": anuarios, almanaques y sobre todo periódicos y revistas que llenaban con versos sus columnas verticales antes que la publicidad ocupara esos lugares. Existían la memorización y la recitación. La gente se veía expresada en los poemas como después en los boleros y ahora en el rock que cubren las necesidades sentimentales y estéticas.
El Díaz Mirón leído en todo el ámbito de la lengua castellana no es el de Lascas sino el de su primera época: nuestro mejor poeta romántico que empieza donde termina Manuel Acuña y sintetiza y resuelve en un lenguaje de mayor musicalidad las lecciones de los dos poetas españoles más célebres de su tiempo: Ramón de Campoamor y Gaspar Núñez de Arce. La poesía realista anterior al modernismo ha caído desde hace un siglo en una zona de ilegibilidad similar a la que atravesó la lírica barroca. Díaz Mirón no es hoy víctima de esta ceguera porque, al modo hispanoamericano, combina muchos otros elementos que en Europa serían incompatibles.
Debemos a Manuel Sol la posibilidad de leer a Díaz Mirón como antes de sus trabajos era imposible. Hizo la edición crítica de Lascas (Clásicos Mexicanos, Universidad Veracruzana, 1987) y la Poesía completa (Letras Mexicanas, Fondo de Cultura Económica, 1997), modelos en su género que ojalá fueran la base de una Biblioteca de México similar a la serie Library of America. Por Manuel Sol nos enteramos de que Lascas decepcionó al público del primer Díaz Mirón. En cambio, fascinó a los poetas, lo mismo a Manuel José Othón que a José Juan Tablada y Luis G. Urbina: "Ha escrito las estrofas más perfectas que pueda presentar hasta hoy la poesía mexicana".



Parnasianismo, simbolismo, naturalismo

Díaz Mirón no había querido reunir sus poemas. Hubo un cuaderno de la serie El Parnaso Mexicano editada por Vicente Riva Palacio (1886) en que se basaron las Poesías(1895), impresas en Nueva York sin su consentimiento. Lo exasperaban las erratas que destruían su cuidado formal, así como la atribución de lo que no era suyo. Ocurrió con "Vieja ley", en realidad parte de Poemas sudras (1903), el primer libro de poemas militantes hecho en México, por Rafael de Zayas Enríquez, padre del vanguardista Marius de Zayas. "Vieja ley" figuró en sus compilaciones hasta que en 1947 Francisco González Guerrero demostró el error.
A la revuelta individual y la vindicación de los derechos personales contra todas las formas del poder, los rasgos románticos de su primera época, opone el Díaz Mirón deLascas la pugna con los límites del idioma. No obstante, en ella el poeta sigue siendo el personaje y el teatro de su drama. Ahora el romántico es también parnasiano y simbolista, otra imposibilidad europea que en América se da sin conflicto. "Lascas": fragmentos que saltan del bloque trabajado por el cincel del escultor al que se asimila el poeta parnasiano. Música de Schubert y de Verdi, a la cual intenta aproximarse el simbolista para tocar lo indecible: 


Siempre aguijo el ingenio en la lírica: 
y él en vano al misterio se asoma
a buscar en la flor del Deseo 
vaso digno del puro Ideal.
¡Quién hiciera una trova tan dulce, que al espíritu fuese un aroma,
un ungüento de suaves caricias, 
con suspiros de luz musical! 


Otros de los grandes modernistas pasaron por alto a Les fleurs du mal. Díaz Mirón supo leer a Charles Baudelaire. Sin él no existiría "La Giganta": 


Es un monstruo que me turba. 
Ojo glauco y enemigo
como el vidrio de una rada 
con hondura que, por poca,
amenaza los bajeles 
con las uñas de la roca.
La nariz resulta grácil 
y aseméjase a un gran higo. 


Las apropiaciones de Díaz Mirón se logran plenamente porque su base es un conocimiento a fondo de la poesía española. De allí "El fantasma" que encantaba a Juan Ramón Jiménez, el más descontentadizo de los críticos. En la cárcel tiene la visión de Cristo y la recoge en tercetos monorrimos: 


Y suele retornar; y me reintegra
la fe que salva y la ilusión que alegra:
y un relámpago enciende mi alma negra. 


El hábito de observar el modernismo sólo como un desprendimiento de la poesía francesa ha estorbado la consideración de otros modelos, sobre todo los italianos: Leopardi en Gutiérrez Nájera, su casi contemporáneo Gabrielle D'Annunzio en Díaz Mirón. No nada más los sonetos con ritornello: entonaciones y dicciones parecen afines en ambos poetas: 


Socchiusa é la finestra, sul giardino.
Un'ora passa lenta, sonnolenta.
Ed ella, ch'era attenta, s'addormenta
a quella voce che giú si lamenta
che si lamenta in fondo a quel giardino.
*
Semejas esculpida en el más fino
hielo de cumbre sonrojada al beso
del sol, y tienes ánimo travieso
y eres embriagadora como el vino.




Sexo y poesía en el novecientos

De la desigualdad nadie se salva. Hay poemas menos buenos que otros lo mismo en la obra vastísima de Pablo Neruda que en los rigurosísimos cuarenta que Díaz Mirón eligió para Lascas. El libro de poemas es un concepto reciente. Antes el poeta escribía toda su vida y a su muerte alguien juntaba lo disperso y lo publicaba sin pensar en un título. Así, Narciso Campillo y Correa llamó simplementeRimas, es decir, versos, poemas, a las composiciones de su amigo Gustavo Adolfo Bécquer. 
Lascas también es una reunión que no aspira a la unidad sino a la variedad. La suya no se detiene ante la incorporación poética de elementos naturalistas en un momento de máxima resistencia, cuando los periódicos llamaban a Zola "el cerdo mayor" y a Galdós "el cerdo menor". Nunca en la poesía mexicana la sexualidad había sido presentada en estos términos: 


Como viste ropaje tan leve,
me da pesadumbres,
pues él filtra y enseña vislumbres
de la carne de rosa y de nieve.
¡Y qué andar! La mocita se mueve
con garbo de chula.
Viene y va, y en la marcha modula
un canto de líneas:
y en las formas, apenas virgíneas,
una gracia de sierpe le undula. 


En este sentido "Idilio" es el poema central del libro porque desmantela la inercia de cultivar lo eglógico en tanto eufemismo o disfraz del acto sexual. Sus protagonistas no son nobles que huyen al campo para escapar de las tensiones de la corte, sino dos adolescentes pobres que se disponen a hacer lo mismo que la oveja y el borrego: 


La zagala se turba y empina...
Y alocada en la fiebre del celo,
lanza un grito de gusto y de anhelo...
¡Un cambujo patán se avecina!
Y en la excelsa y magnífica fiesta,
y cual mácula errante y funesta,
un vil zopilote resbala,
tendida e inmóvil el ala.




La maldición de las erratas

Es tan delicado el tejido de la poesía que basta la omisión o confusión de una letra para destruir el trabajo del verso. "Idilio" arrastró durante casi un siglo una errata señalada en 1992 por Eduardo Lizalde que Manuel Sol corrige: faltaba la ade "a un tiempo" en el tercer verso: 


A tres leguas de un puerto bullente
que a desbordes y grescas anima,
y al que a un tiempo la gloria y el clima
adornan de palmas la frente... 


El cuarto verso suena extraño en un poeta de oído infalible como Díaz Mirón. ¿No habrá escrito "adornaron de palmas la frente"? Lizalde piensa que no: "adornan de palmas la frente" es un eneasílabo dactílico con acentos en la segunda, quinta y octava sílabas como hay varios en "Idilio" construido con versos de diez, doce, seis y nueve. Así pues, el error debe de estar en el estragado oído actual. Si para Díaz Mirón el sonido que rodeaba lo cotidiano era el de los cascos de los caballos contra las piedras y el de las campanas de las iglesias, nosotros sólo oímos el tránsito, la música ensordecedora, las sirenas policiales y el estruendo de las alarmas.
A cien años de su aparición, Lascas, uno de los libros más estudiados de la poesía mexicana, sigue siendo polémico, ejemplar, estimulante. Ojalá pronto sepamos cómo lo lee la generación del 2000 y qué significa para ella. -





José Emilio Pacheco
Septiembre, 2001




Idilio (Salvador Díaz Mirón)



A tres leguas de un puerto bullente
que a desbordes y grescas anima,
y al que a un tiempo la gloria y el clima
adornan de palmas la frente,
hay un agrio breñal, y en la cima
de un alcor un casucho acubado,
que de lejos diviso a menudo,
y rindiéndose apoya un costado
en el tronco de un mango copudo.

Distante, la choza resulta montera
con borla y al sesgo sobre una mollera.

El sitio es ingrato, por fétido y hosco.
El cardón, el nopal y la ortiga
prosperan; y el aire trasciende a boñiga,
a marisco y a cieno; y el mosco
pulula y hostiga.

La flora es enérgica para
que indemne y pujante soporte
la furia del soplo del Norte,
que de octubre a febrero no es rara,
y la pródiga lumbre febea,
que de marzo a septiembre caldea.

El Oriente se inflama y colora,
como un ópalo inmenso en un lampo,
y difunde sus tintes de aurora
por piélago y campo.
Y en la magia que irisa y corusca,
una perla de plata se ofusca.

Un prestigio rebelde a la letra,
un misterio inviolable al idioma,
un encanto circula y penetra
y en el alma es edénico aroma.
Con el juego cromático gira,
en los pocos instantes que dura;
y hasta el pecho infernado respira
un olor de inocencia y ventura.
¡Al través de la trágica Historia,
un efluvio de antigua bonanza
viene al hombre, como una memoria,
y acaso como una esperanza!

El ponto es de azogue y apenas palpita.
Un pesado alcatraz ejercita
su instinto de caza en la fresca.
Grave y lento, discurre al soslayo,
escudriña con calma grotesca,
se derrumba cual muerto de un rayo,
sumérgese y pesca.

Y al trotar de un rocín flaco y mocho,
un moreno, que ciñe moruna,
transita cantando cadente tontuna
de baile jarocho.

Monótono y acre gangueo,
que un pájaro acalla, soltando un gorjeo.

Cuanto es mudo y selecto en la hora,
en el vasto esplendor matutino,
halla voz en el ave canora,
vibra y suena en el chorro del trino!

Y como un monolito pagano,
un buey gris en un yermo altozano
mira fijo, pasmado y absorto,
la pompa del otro.

***

Y a la puerta del viejo bohío
que oblicuando su ruina en la loma
se recuesta en el árbol sombrío,
una rústica grácil asoma,
como una paloma.

Infantil por edad y estatura,
sorprende ostentando sazón prematura:
elásticos bultos de tetas opimas;
y a juzgar por la equívoca traza,
no semeja sino una rapaza
que reserva en el seno dos limas!

Blondo y grifo e inculto el cabello,
y los labios turgentes y rojos,
y de tórtola el garbo del cuello,
y el azul del zafiro en los ojos.
Dientes albos, parejos, enanos,
que apagado coral prende y liga,
que recuerdan, en curvas de granos,
el maíz cuando tierno en la espiga.
La nariz es impura, y atesta
una carne sensual e impetuosa;
y en la faz, a rigores expuesta,
la nieve da en ámbar, la púrpura en rosa,
y el júbilo es gracia sin velo
y en cada carrillo produce un hoyuelo.

La payita se llama Sidonia.
Llegó a México en una barriga:
en el vientre de infecta mendiga
que, del fango sacada en Bolonia,
formó parte de cierta colonia
y acabó de miseria y fatiga.

La huérfana ignara y creyente
busca sólo en los cielos el rastro;
y de noche imagina que siente
besos ¡ay! en los hilos de un astro.
¿Qué ilusión es tan dulce y hermosa?
Dios le ha dicho: Sé plácida y bella;
y en el duelo que marque una fosa
pon la fe que contemple una estrella!

¿Quién no cede al consuelo que olvida?
La piedad es un santo remedio;
y después, el ardor de la vida
urge y clama en la pena y el tedio
y al tumulto y al goce convida.
De la zafia el pesar se distrae,
desplome de polvo y ascenso de nube.
¡Del tizón la ceniza que cae
y el humo que sube!

La madre reposa con sueño de piedra.
La muchacha medra.

Y por siembras y apriscos divaga
con su padre, que duda de serlo;
y el infamé la injuria y estraga
y la triste se obstina en quererlo.

Llena está de pasión y de bruma,
tiene ley en un torpe atavismo,
y es al cierzo del mal una pluma ...
¡Oh pobreza! ¡Oh incuria! ¡Oh abismo!

***

Vestida con sucios jirones de paño,
descalza y un lirio en la greña,
la pastora gentil y risueña
camina detrás del rebaño.

Radioso y jovial firmamento.
Zarcos fondos, con blancos celajes
como espumas y nieves al viento
esparcidas en copos y encajes.

Y en excelsa y magnífica fiesta,
y cual mácula errante y funesta,
un vil zopilote resbala
tendida e inmóvil el ala.

El Sol meridiano fulgura,
suspenso en el Toro;
y el paisaje, con varia verdura,
parece artificio de talla y pintura,
según está quieto en el oro.

El fausto del orbe sublime
rutila en urgente sosiego;
y un derribo de paz y de fuego
baja y cunde y escuece y oprime.

Ni céfiro blando que aliente, que rase,
que corra, que pase.

Entre dunas aurinas que otean,
tapetes de grama serpean,
cortados a trechos por brozas hostiles,
que muestran espinas y ocultan reptiles.
Y en hojas y tallos un brillo de aceite
simula un afeite.

La luz torna las aguas espejos;
y en el mar sin arrugas ni ruidos
reverbera con tales reflejos,
que ciega, causando vahidos.

El ambiente sofoca y escalda;
y encendida y sudando, la chica
se despega y sacude la falda,
y así se abanica.

Los guiñapos revuelan en ondas ...
La grey pace y trisca y holgándose tarda.
Y al amparo de umbráticas frondas
la palurda se acoge y resguarda.

Y un borrego con gran cornamenta
y pardos mechones de lana mugrienta,
y una oveja con bucles de armiño
-la mejor en figura y aliño-
se copulan con ansia que tienta.

La zagala se turba y empina ...
y alocada en la fiebre del celo,
lanza un grito de gusto y de anhelo ...
¡Un cambujo patán se avecina!

Y en la excelsa y magnífica fiesta,
y cual mácula errante y funesta,
un vil zopilote resbala,
tendida e inmóvil el ala



QUOT LIBRAS IN DUCE? LA BATALLA DE WATERLOO EN "LOS MISERABLES": El Genio, Napoleón, vencido por el Cálculo, Wellington. (Víctor Hugo)



La batalla de Waterloo es un enigma. Tan obscuro para los que la ganaron como para quién la perdió. Para Napoleón fué un pánico (1). Blücker no vio en ella sino fuego; Wellington no entendió nada. Véanse los partes. Los boletines resultan confusos, los comentarios embrollados. Estos balbucean, aquellos tartamudean. Jomini divide la batalla de Waterloo en cuatro tiempos; Muffling la corta en tres peripecias; Charras, aunque en algunos puntos tengamos diversa apreciación, es el único que ha fijado con su certero golpe de vista las principales y características líneas de aquella catástrofe del genio humano en lucha con el azar divino. Todos los demás historiadores se han deslumbrado más ó menos, y en medio de su deslumbramiento andan á tientas. Jornada fulgurante, en efecto, derrumbamiento de la monarquía militar, que, con gran estupor de los reyes, arrastró á ella todos los reinos; caída de la fuerza, derrota de la guerra. En semejante acontecimiento, impregnado de una necesidad sobrehumana, la parte de los hombres es nula. Quitarles Waterloo á Wellington y á Blücker, ¿es quitar algo á Inglaterra y á Alemania? No. Ni la ilustre Inglaterra, ni la augusta Alemania, son discutibles en el problema de Waterloo. Gracias al cielo, los pueblos son grandes independientemente de las lúgubres aventuras de la espada. Ni Alemania, ni Inglaterra, ni Francia, están encerradas en el interior de una vaina. En aquella época en que Waterloo no es más que un choque de espadas; sobre Blücker tiene Alemania a Schiller, y sobre Wellington tiene Inglaterra a Byron. Un vasto nacimiento de ideas es el signo característico de nuestro siglo, y entre esa aurora tienen, así la Inglaterra como Alemania, esplendores magníficos. Ambas son majestuosas, porque piensan. La elevación de nivel que aportan ambas a la civilización, les pertenece intrínsecamente; procede de ellas mismas, y no de un accidente. Todo su engrandecimiento en el siglo XIX no tiene  nada de común con Waterloo por su origen. Solamente los pueblos bárbaros tienen crecidas súbitas después de una victoria. Es la vanidad pasajera de los torrentes henchidos por la barrusca. Los pueblos civilizados, sobre todo en los tiempos que atravesamos, no se elevan ni rebajan por la buena ó mala fortuna de un capitán. Su peso específico en el género humano es resultado de algo más que un combate. Su honra, á Dios gracias, su dignidad, su esplendor, y su genio, no son números que los héroes y conquistadores, jugadores al fin, puedan poner a la lotería de las batallas. Frecuentemente batalla perdida, significa progreso conquistado. A menos gloria mayor libertad. Calla el tambor, y toma la razón la palabra. Es el juego del gana-pierde. Hablemos, pues, de Waterloo, fríamente por una y otra parte. Demos al azar lo que es del azar, y a Dios lo que es Dios. ¿Qué fué Waterloo? ¿Una victoria? No. Un quinterno.
Quinterno ganado por Europa, y pagada por Francia. No valía, de mucho, la pena de poner allí un león. 
Por lo demás, Waterloo, es el encuentro más extraño que registra la historia. Napoleón y Wellington. No son enemigos, son contrarios. Dios, que se complace en las antítesis, no produjo jamás contraste más sorprendente ni confrontación más extraordinaria. 
Por una parte la precisión, la previsión, la geometría, la prudencia, la retirada asegurada, las reservas economizadas, una sangre fría pertinaz, un método imperturbable, la estrategia que aprovecha el terreno, la táctica que equilibra los batallones, la matanza tirada á cordel, la guerra regulada reloj en mano, nada abandonado Voluntariamente al azar, el antiguo valor clásico, la corrección absoluta; por la otra, la intuición, la adivinación, el capricho militar, el instinto sobrehumano, el brillante golpe de vista, un no sé qué, que mira como el águila y hiere como el rayo, un arte prodigioso dentro una impetuosidad desdeñosa, todos los misterios de un alma profunda, la asociación con el destino; el río, la llanura, el bosque, la colina, intimados y en cierto modo obligados á obedecer; el déspota llegando hasta tiranizar el campo de batalla; la fé en su estrella mezclada á la ciencia estratégica, engrandeciéndola y turbándola á un tiempo. Wellington era el Baréme de la guerra, Napoleón el Miguel Ángel, y esta vez el genio fué vencido por el cálculo.
Por ambas partes se esperaba á alguien. Fué el calculador exacto quién salió en bien. Napoleón esperaba á Grouchy, y no vino, Wellington esperaba á Blücker, y acudió.
Wellington fué la guerra clásica tomando su revancha. Bonaparte, en su aurora, habíala encontrado en Italia, y batido soberbiamente. La vieja lechuza había huido ante el joven buitre. La antigua táctica, no sólo quedó pulverizada sino escandalizada. ¿Qué venía á ser aquel corso de veintiséis años, qué significaba aquel ignorante espléndido que, teniéndolo todo en contra suya, nada en su favor, sin víveres, sin municiones  sin cañones, sin zapatos, casi sin ejército; con un puñado de hombres en frente de masas compactas, se precipitaba sobre la Europa coligada, y ganaba absurdamente victorias imposibles? 
¿De dónde salía aquel rayo furibundo que, casi sin tomar aliento y con el mismo juego de combatientes en la mano, pulveriza uno después de otro los cinco ejércitos del emperador de Alemania, derribando Beaulieu sobre Alvinzi, á Wurmser sobre Beaulieu, á Melas sobre Wurmser, á Mack sobre Melas? ¿Quién era ese advenedizo de la guerra con la atrevida desvergüenza de un astro? La escuela académica militar le excomulgaba huyendo á su presencia. De ahí el implacable rencor del viejo cesarismo contra el nuevo, del sable correcto contra la espada flamígera, y del tablero contra el genio. 
El 18 de Junio de 1815 encontró este rencor su última palabra, y debajo de Lodi, de Montebello, de Montennote, de Mantua, de Marengo y de Arcóle, escribió; Waterloo. Triunfo de las medianías dulce á las mayorías. El destino consintió esta ironía. Napoleón al declinar, se encontró ante Wurmser joven. 
Y efectivamente, para tener á Wurmser, basta con blanquear los cabellos á Wellington. 
Waterloo es una batalla de primer orden, ganada por un capitán de segundo. 
Lo que hay que admirar en esta batalla, es Inglaterra, es la firmeza inglesa, es la resolución inglesa, es la sangre inglesa. Lo que Inglaterra tuvo allí de soberbio no ha de desagradarle, fué ella misma. No fué su capitán, fué su ejército».
Wellington, ingrato hasta la extravagancia, declara en una carta á lord Bathurst que su ejército, el ejército que combatió el 18 de Junio de 1815, era, un «ejército detestable.» ¿Qué pensará de ello esa sombría con- fusión de esqueletos sepultados en los campos de Waterloo? 
La Inglaterra ha sido muy modesta al frente de Wellington. Hacer tan grande á Wellington, es empequeñecerse.
Wellington no pasa de ser un héroe como otro cualquiera. Aquellos escoceses grises, aquellos guardias de á caballo, aquellos regimientos de Maitland y de Mitchell, aquella infantería de Pack y de Kempt, aquella caballería de Ponsomby y de Somerset, aquellos montañeses tocando la gaita bajo la metralla, aquellos batallones de Rylandt, aquellos reclutas enteramente bisónos, que apenas sabían manejar el fusil, haciendo cara á los veteranos de Essling y de Rívoli, esto es lo grande. Wellington fué tenaz, este es su mérito, y nosotros no se lo hemos de regatear; pero el último de sus infantes y de sus ginetes fué tan fuerte como él. El soldado de hierro bien vale lo que el duque de hierro. 
Por nuestra parte, concedemos toda la gloria al soldado inglés, al ejército inglés, al pueblo inglés. Si hubo trofeos son para Inglaterra. La columna de Waterloo sería más justa, si en lugar de la figura de un hombre, elevase á las nubes la estatua de un pueblo. 
Pero la gran Inglaterra se irritará de lo que aquí decimos. Ella conserva aún, después de su 1688 y de nuestro 1789, la ilusión feudal, porque cree en la herencia y en la jerarquía. Este pueblo, al cual ninguno aventaja en poderío y gloria, se aprecia á sí mismo como nación, no como pueblo. Y como pueblo, se subordina de buen grado y toma por cabeza un lord. Obrero, se deja despreciar; soldado, deja que le apaleen. Cualquiera sabe que en la batalla de Inkermann un sargento, que según parece, había salvado al ejército, no pudo ser mencionado por lord Raglán, por no permitir la jerarquía militar inglesa citar en un parte á ningún héroe de grado inferior al de oficial. 
Lo que admiramos sobre todo, en un encuentro por el estilo del de Wáterloo, es la prodigiosa habilidad del azar. Lluvia nocturna, muro de Hougomont, hondonada de Ohain, Grouchy sordo el canon, el guía de Napoleón engañándole y el de Bülow que le dirige bien; todo este cataclismo aparece maravillosamente conducido. 
En suma, debemos decir, que hubo en Wáterloo más matanza que lucha. 
Es Wáterloo, de todas las batallas en regla, la que presentó la línea de combate más reducida con respecto al número de combatientes; la de Napoleón tenía tres cuartos de legua, y media legua la de Wellington,. con setenta y dos mil combatientes por cada parte. De esta aglomeración vino la matanza. 
Se ha hecho este cálculo, y establecido la proporción siguiente: pérdida de hombres: en Austerlitz, franceses, catorce por ciento; rusos, treinta por ciento; austríacos, cuarenta y cuatro por ciento. 
En Wagram, franceses, trece por ciento; austríacos, catorce.
En la Moskowa, franceses, treinta y siete por ciento; rusos, cuarenta y cuatro. 
En Bautzen, franceses, trece por ciento; rusos y prusianos, catorce. 
En Wáterloo, franceses, cincuenta y seis por ciento; aliados, treinta y uno. Total para Wáterloo, cuarenta y uno por ciento. Ciento, cuarenta y cuatro mil combatientes; sesenta mil muertos. 
Hoy día el campo de Wáterloo presenta la calma que pertenece á la tierra, sostén impasible del hombre, y se parece á las demás llanuras. 
De noche, sin embargo, despréndese allí una bruma fantástica; y si algún viajero se pasea, si mira, si escucha, si piensa como Virgilio en las funestas llanuras de Filipo, la alucinación de la catástrofe le domina. El horrible 18 de Junio revive, la falsa colina monumental desaparece, desvanécese aquel león, y recobra el campo de batalla su realidad; ondulan en la llanura líneas de infantería, galopes furiosos cruzan el horizonte; el espantado soñador ve el brillo de los sables, el resplandor de las bayonetas, el fulgor de las bombas, el entre cruzamiento monstruoso de los truenos; oye, como un estertor en el fondo de una tumba, el vago clamor de la batalla fantasma; aquellas sombras son los granaderos; aquellos fulgores los coraceros; aquel esqueleto es Napoleón; aquel otro Wellington; todo aquello ya no existe; pero choca y combate todavía; y los barrancos se enrojecen, y se estremecen los árboles, y están enfurecidos hasta las nubes: y en medio de las tinieblas, todas aquellas alturas feroces, Mont Saint Jean, Hougomont, Frichemont, Papelotte y Plancenoit,aparecen confusamente coronadas de torbellinos de espectros que se exterminan. 

Victor Hugo
Los Miserables, 1862
Vol. II ("Cosette"), 
Lib. I (Waterloo), Capt. XVI
(Versión de J.A.R.
Barcelona, 1897)

 
_____
Ver obra completa
En Bibliotecas Americanas,

_______
(1) Una batalla terminada, una jornada concluida, falsas medidas reparadas, mayores éxitos asegurados para el porvenir, todo se perdió por un instante de terror pánico » (Napoleón, Memorias de Santa Elena) 302 LOS MISERABLES


FOLIIS AC FRONDIBUS (Víctor Hugo)

 
 
 
 
Este jardín, abandonado a sí mismo desde hacía más de medio siglo, se había convertido en algo extraordinario y encantador. Los paseantes de hace cuarenta años se detenían en aquella calle para contemplarlo, sin sospechar los secretos que se ocultaban tras sus frescas y verdes espesuras. En aquella época, más de un soñador dejó muchas veces penetrar sus ojos y su pensamiento indiscretamente a través de los barrotes de la antigua verja encadenada, unida a dos pilares verdeados y musgosos, coronada extrañamente con un frontis de arabescos indescifrables.
Había un banco de piedra en un rincón, una o dos estatuas enmohecidas, y algunos enrejados desprendidos por el tiempo se enmohecían sobre el muro; por lo demás, no quedaban paseos ni césped, había grama por todas partes. La jardinería le había abandonado, y la naturaleza había regresado. Abundaban las malas hierbas, aventura admirable para un pobre rincón de tierra. La fiesta de los girasoles era espléndida. Nada en aquel jardín contrariaba el esfuerzo sagrado de las cosas hacia la vida; el crecimiento venerable se encontraba en su casa. Los árboles se habían inclinado hacia los espinos, y los espinos habían trepado por los árboles, la planta había trepado, la rama se había doblado, lo que se arrastra por el suelo había ido a encontrar lo que se abre en el aire, lo que flota al viento se había inclinado hacia lo que crece en el musgo; troncos, ramas, hojas, fibras, matas, sarmientos y espinas se habían mezclado, atravesado, unido, confundido; la vegetación, en un abrazo estrecho y profundo, había celebrado y cumplido allí, bajo la satisfecha mirada del Creador, en este cercado de trescientos pies cuadrados, el santo misterio de su fraternidad, símbolo de la fraternidad humana. Aquel jardín ya no era un jardín, era una espesura colosal, es decir, algo impenetrable como una selva, poblada como una ciudad, temblorosa como un nido, oscura como una catedral, olorosa como un ramillete, solitaria como una tumba, viva como una multitud.
El floreal, esa enorme mata, libre detrás de su verja y de sus cuatro muros, entraba en celo en el sordo trabajo de la germinación universal, se estremecía al sol naciente casi como una bestia que aspira los efluvios del amor cósmico, y que siente la savia de abril subir y burbujear en sus venas, y sacudiendo al viento su prodigiosa cabellera verde, sembraba sobre la tierra húmeda, sobre las estatuas borradas, sobre la desplomada escalinata del pabellón, y hasta el empedrado de la calle desierta, las flores en estrellas, el rocío en perlas, la fecundidad, la belleza, la vida, la alegría, los perfumes. A mediodía, mil mariposas blancas se refugiaban allí, y era un espectáculo divino ver arremolinarse en copos, en la sombra, aquella nieve viva de verano. Allí, en aquellas alegres tinieblas de verdor, una multitud de voces inocentes hablaba dulcemente al alma, y lo que los susurros habían olvidado decir, los zumbidos lo completaban. Al atardecer, un vapor de ensueño se desprendía del jardín y lo envolvía; un sudario de bruma, una tristeza celeste y tranquila lo cubría; el embriagador aroma de las madreselvas y de las campanillas flotaba por doquier, como un veneno exquisito y sutil; se oían las últimas llamadas de los pájaros trepadores y de las pezpitas adormeciéndose bajo las enramadas; sentíase esa intimidad sagrada del pájaro y el árbol; durante el día, las alas alegran a las hojas, por la noche, las hojas protegen a las alas.
En invierno, la maleza era negra, mojada, erizada, temblorosa, y permitía ver un poco la casa. Se observaban, en lugar de flores en las ramas, y de rocío en las flores, las largas cintas de plata de las babosas, sobre el frío y espeso tapiz de las hojas amarillas; pero de todos modos, bajo cualquier aspecto, y en cualquier estación, primavera, verano, otoño, invierno, aquel pequeño cercado respiraba melancolía, contemplación, soledad, libertad, ausencia del hombre, presencia de Dios; y la vieja verja enmohecida parecía decir: «Este jardín es mío.»
El empedrado de París estaba allí, alrededor, los hoteles clásicos y espléndidos de la calle Varenne hallábanse a dos pasos, la cúpula de los Inválidos muy cerca, la Cámara de los diputados, no demasiado lejos; las carrozas de la calle de la Bourgogne y de la calle Saint-Dominique circulaban majestuosamente por el vecindario, los ómnibus amarillos, blancos, rojos, se cruzaban en la esquina cercana, pero el desierto estaba en la calle Plumet; y la muerte de los antiguos propietarios, una revolución pasada, la caída de las antiguas fortunas, la ausencia, el olvido, cuarenta años de abandono y de viudez habían bastado para llevar a aquel lugar privilegiado los helechos, los gordolobos, las cicutas, las aquileas, las dedaleras, las altas hierbas, las grandes plantas estampadas de las anchas hojas de paño verde pálido, los lagartos, los escarabajos, los insectos inquietos y rápidos; para hacer salir de las profundidades de la tierra, y reaparecer entre aquellos cuatro muros, no sé qué grandeza salvaje y feroz; y para que la naturaleza, que desconcierta las mezquinas organizaciones del hombre y que se derrama siempre entera allí donde se derrama, tanto en la hormiga como en el águila, vino a derramarse en un pequeño jardín parisiense con tanta rudeza y majestad como en una selva virgen del Nuevo Mundo.
Nada es pequeño, en efecto; cualquiera que esté sujeto a las penetraciones profundas de la naturaleza, lo sabe. Aunque no sea dada satisfacción alguna a la filosofía, no más que circunscribir la causa y limitar el efecto el contemplador cae en éxtasis en razón de que todas estas descomposiciones de fuerza terminan en la unidad. Todo trabaja en pro de todo.
El álgebra se aplica a las nubes; la irradiación del astro aprovecha a la rosa; ningún pensador se atrevería a decir que el perfume del espino blanco resulta inútil a las constelaciones. ¿Quién puede calcular el trayecto de una molécula? ¿Qué sabemos nosotros si las creaciones de los mundos no están determinadas por las caídas de granos de arena? ¿Quién conoce los flujos y reflujos de lo infinitamente grande y de lo infinitamente pequeño, el resonar de las causas en los principios del ser, y los aludes de la Creación? Un insecto importa; lo pequeño es grande, lo grande es pequeño; todo está en equilibrio en la necesidad; terrible visión para el espíritu. Hay entre los seres y las cosas relaciones de prodigio; en este inagotable conjunto, de sol a pulgón, no hay desprecio; tienen necesidad unos de otros. La luz no se lleva al firmamento los perfumes terrestres sin saber lo que hace de ellos; la noche hace distribuciones de esencia estelar entre las flores dormidas. Todos los pájaros que vuelan tienen en la pata el hilo del infinito. La germinación se complica con la aparición de un meteoro y con el picotazo de la golondrina rompiendo el huevo, y se ocupa simultáneamente del nacimiento de un gusano y del advenimiento de Sócrates. Donde termina el telescopio, empieza el microscopio. ¿Cuál de los dos tiene mejor vista? Escoged. Un moho es una pléyade de flores; una nebulosa es un hormiguero de estrellas. Igual promiscuidad, y más inaudita aún, de las cosas de la inteligencia y de los hechos de la sustancia. Los elementos y los principios se mezclan, se combinan, se unen, se multiplican unos por otros, hasta el punto de llevar el mundo material y el mundo moral a la misma claridad. El fenómeno está perpetuamente en repliegue sobre sí mismo. En los vastos cambios cósmicos la vida universal va y viene en cantidades desconocidas, rodando en el invisible misterio de los efluvios, empleándolo todo, no perdiendo ni un ensueño, ni un sueño, sembrando un animalillo aquí, desmenuzando un astro allí, oscilando y serpenteando, haciendo de la luz una fuerza, y del pensamiento un elemento, diseminado e indivisible, disolviéndolo todo, excepto ese punto geométrico, el yo; llevándolo todo al alma átomo; desarrollándolo todo en Dios; enredando, desde la más alta a la más baja, todas las actividades en la oscuridad de un mecanismo vertiginoso, sujetando el vuelo de un insecto al movimiento de la tierra, subordinando, ¿quién sabe?, aunque no fuera más que por la identidad de la ley, la evolución del cometa en el firmamento al girar del infusorio en la gota de agua. Máquina hecha espíritu. Engranaje enorme, cuyo primer motor es el insecto y cuya última rueda es el zodíaco.
 
Víctor Hugo
Los Miserables, 1862
(Traducción: Aurora Alemany)
 
 
 
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Los Miserables
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MUJER Y POBREZA: BENEFICENCIA v. INDEPENDENCIA (John Stuart Mill)



Pero la mujer que se limita a repartir socorros y no se para a examinar los efectos que producen, ¿cómo ha de precaverlos? Una mujer nacida en la actual situación femenina y que no aspira a más, ¿cómo ha de poder estimar el valor moral de la independencia? Ni es independiente ni aprendió a serlo; su destino es esperarlo todo de los demás; ¿por qué, pues, lo que es bueno para ella no lo ha de ser para los pobres? A la mujer se la aparece el bien bajo una sola forma, la de un beneficio que otorga un superior. Ella olvida que no es libre y que los pobres lo son; que si se les da lo que necesitan sin que lo ganen, no están obligados a ganarlo; que todos no pueden ser objeto de los cuidados de todos, antes es preciso que las gentes cuiden de sí mismas, y que sólo una caridad es caridad de veras y es digna por sus resultados de este nombre sublime: la que ayuda a las gentes a ayudarse ellas, si no están físicamente impedidas para valerse y salir del atolladero.

John Stuart Mill
(Traducción: Emilia Pardo Bazán)




LA SEPARACIÓN DE UN ESTADO EN UN SISTEMA CONFEDERADO (Francisco Pi y Margall)



Pero surge sobre este punto otra cuestión más grave, con la cual pondré fin a este capítulo. «Si las confederaciones, se dice, descansan en la sola voluntad de los pueblos que las constituyen, es indudable que cuando quieran podrán separarse uno o más Estados. Fue, pues, injusta la guerra del Sonderbund; injusta en América la de los Estados del Norte contra los separatistas. Tienen ya por base aquellas confederaciones la fuerza.» Reproducen a porfía este argumento los enemigos de la federación para presentarla ocasionada a la disgregación de las naciones, y no ven que es un sofisma. En la voluntad tienen su base los contratos, y no se disuelven ni rescinden por la de uno de los contratantes. Por el mutuo consentimiento se formaron, y sólo por el mutuo disentimiento se deshacen cuando no se ha cumplido el fin para que se los celebró, ni los afecta ninguno de los vicios que los invalidan. Otro tanto sucede con las confederaciones, que no son más que pactos de alianza. Podrán disolverse por el mutuo disentimiento de los que las formaron, no por el de uno o más pueblos. Ejercen verdaderamente un derecho cuando caen espada en mano contra los Estados que por su sola voluntad intentan separarse. Como que el primero y más importante de sus deberes es sostenerse, esto es, mantener unidos los grupos confederados. El primum esse es la suprema obligación de todo ser, individual o colectivo. Si no por su existencia, ¿por qué habían de luchar las confederaciones?
Acá, entre nosotros, se ha concebido sobre la federación grandes errores, que creo haber en gran parte desvanecido con examinar las atribuciones y el organismo de los poderes federales. Consideraría, no obstante, incompleto mi trabajo, si no aplicara a mi propia nación las conclusiones a que llegué, y no indicara hasta qué punto aconsejan que se las modifique las especiales circunstancias en que se encuentra. España, bien que mal, es una nacionalidad formada, y al querer convertirla en una confederación, es obvio que no ha podido entrar en mi ánimo destruirla. Deseo, por lo tanto, decir en qué sentido y dentro de qué límites debe a mi modo de ver federalizarse la nación española. Sólo después de haberlo dicho podré dar por concluidos mi tarea y mi libro.




Francisco Pi y Margall







LA UNIÓN DE LOS REINOS DE ESPAÑA NO FUE FRUTO DE UN PACTO (Francisco Pi y Margall)


Esta unión, como acabamos de ver, fue obra exclusiva de los monarcas. La realizaron por la conquista o por enlaces de familia. Por este sistema habría sido difícil, cuando no imposible, como no hubiesen prevalecido en los diversos Estados de la Península la monarquía, el principio hereditario y la absurda doctrina de que los pueblos pertenecen a los príncipes. De otra manera, sobradamente lo comprenderá el lector, no habría podido logrársela sino por el sistema federativo, que es para la creación de las grandes naciones el único racional y legítimo. La hicieron los reyes, y éstos, como hemos visto, movidos en general, no por la idea de la unidad, sino por la de su engrandecimiento. El mismo D. Fernando el Católico, muerta doña Isabel, tuvo sus deseos de volver a separar Aragón de Castilla; y a lograr hijos de su segunda esposa, doña Germana de Foix, es fácil que los hubiese convertido en hecho. La idea de la unidad tal vez no estuviese más que en Isabel I y Felipe II.


Francisco Pi y Margall

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RAZONES PARA LA AUTONOMÍA MUNICIPAL, REGIONAL Y ESTATAL (Francisco Pi y Margall)



Dentro de sus respectivos intereses he dicho ya que los pueblos, las provincias y las naciones son completa e igualmente autónomas. En el arreglo y ornato de una ciudad nadie manda, por ejemplo, sino la ciudad misma. A ella corresponde exclusivamente abrir calles y plazas, dar la rasante para cada edificio que se construya y dictar en toda clase de obras las reglas que exija la seguridad y la higiene; a ella establecer mercados y lonjas para el comercio, y si acierta a ser marítima, tener puertos en que recoger las naves y muelles que faciliten el desembarque; a ella la traída y el reparto de aguas, las fuentes, los abrevaderos y las acequias para el riego a ella hacer paseos y ordenar las fiestas y los espectáculos; a ella organizar la beneficencia y la justicia y facilitar los medios de enseñanza; a ella crear cuantos servicios reclame la salubridad de los habitantes; a ella procurar la paz por la fuerza pública; a ella determinar sus gastos y recaudar tributos para cubrirlos. ¿A qué ni con qué título puede nadie ingerirse en éstos ni otros muchos actos que constituyen la vida interior de un pueblo? Para llenar todos estos fines necesita la ciudad evidentemente de una administración y de un gobierno: ese gobierno y esa administración son todavía exclusivamente suyos. ¿Cómo no, si son su Estado, su organismo?
Es esto para mí tan obvio, que ni siquiera permite la duda. Otro tanto sucede con la provincia. En el arreglo de todos los intereses que exclusivamente le corresponden ¿quién ha de mandar sino la provincia misma? Se trata, por ejemplo, de caminos y canales que ha costeado o costea y nacen y mueren en su territorio, de establecimientos de beneficencia o de enseñanza que ha levantado con sus caudales en pro de sus pueblos, de montes u otros bienes que forman parte de su patrimonio, de milicias que organiza y retribuye para que guarden las carreteras y los campos, de tribunales que conocen en alzada de los negocios entre ciudadanos de diversos municipios, de bibliotecas, de museos, de exposiciones, de recompensas, de premios que crea para el fomento de las artes y las letras; de sus presupuestos de gastos e ingresos y de su administración y su gobierno: es también claro como el día que ella, y sólo ella, puede en todos estos asuntos poner la mano. No puede en ellos poner la suya ningún pueblo, porque a ninguno en especial corresponden; no puede tampoco la nación tocarlos, porque son propios de la provincia.
La nación es a su vez ilimitadamente autónoma dentro de los intereses que le son propios. Lo son, por ejemplo, los ríos que desde muy apartadas fuentes corren a precipitarse en el Mediterráneo o el Océano; los caminos que enlazan los extremos de la Península; los correos y los telégrafos que se extienden como una red por todo el territorio; los derechos y propiedades que posee, montes, minas, fortificaciones, fábricas, edificios; el orden y la paz generales, y por lo tanto el ejército y la marina; la navegación y el comercio, y como consecuencia, las aduanas; su magistratura, sus universidades y sus relaciones con los demás pueblos; su hacienda, su administración, su gobierno. ¿Quién va tampoco en esto a dictarle leyes? ¿Quién ha de poder imponérselas?

Federal o unitario, ningún lector negará, de seguro, a la nación esta autonomía absoluta. Se la reconocen sin distinción todos los partidos y todas las escuelas. Son no obstante muchos los que, concediéndosela a la nación, la niegan a la provincia y al municipio. ¿Me podrá explicar alguien el motivo de tan extraña inconsecuencia? El pueblo tiene, como el individuo, una vida interior y una vida de relación con los demás pueblos. Esa vida de relación es la que ha dado nacimiento a la provincia. La provincia tiene a su vez una vida interior y una vida de relación con los demás grupos de su misma clase. Esa vida de relación ha producido las naciones. La nación tiene también una vida interior y una vida de relación con las naciones extranjeras. Esa vida de relación no ha engendrado todavía otra colectividad mayor gobernada por otros poderes; pero es indudable que la engendrará algún día. Por de pronto la rige, como he dicho, una especie de poder invisible que se manifiesta por un derecho de gentes, en parte consuetudinario, en parte escrito. Sí mañana ese poder se convirtiera en tangible y fuese hijo de la razón, no de la fuerza, es indisputable que seguiríamos todos afirmando la autonomía absoluta de la nación dentro de los intereses exclusivamente nacionales. Las condiciones de los tres grupos son, como se ve, las mismas: ¿es lógico reconocer a la nación autónoma en su vida interior y no reconocer en su vida interior autónomos al pueblo y la provincia?


Francisco Pi y Margall

LA INDEPENDENCIA DEL PODER JUDICIAL (Francisco Pi y Margall)


Vengamos a la organización del poder judicial. Como poder viene considerada hace tiempo la administración de justicia en todas las naciones parlamentariamente regidas, y no lo es en ninguna. En todas es una simple emanación del poder ejecutivo; en ninguna está el primero de los magistrados a la altura del jefe del gobierno ni a la del presidente de las Cortes. En las monarquías, aun en las más adelantadas, juzgan y fallan los tribunales en nombre del Rey. Era en otros tiempos el derecho de juzgar uno de los atributos de la soberanía, y lo ejercían directamente los príncipes; la idea antigua ha prevalecido sobre la moderna, a pesar de nuestras bellas teorías constitucionales. Que la administración de justicia deba constituir un verdadero poder, no lo duda, sin embargo, nadie. Se la vicia y corrompe, como se la haga depender en algún modo de los demás poderes. Aquí, donde se la ha subordinado al poder ejecutivo, está, a pesar de los pensamientos de dignidad que animan á nuestros jueces, en los pueblos al antojo de los caciques, en la capital a merced del rey y sus ministros. Es con harta frecuencia instrumento de ajenos odios y ruines venganzas.


Francisco Pi y Margall





BREVEDAD EN LA DURACIÓN DEL CARGO DE JEFE DEL PODER EJECUTIVO (Pi y Margall)

Debe ser, no sólo limitada, sino también breve la duración del cargo. Para que la deliberación (legislativo) y la acción (ejecutivo) marchen en lo posible de acuerdo, conviene que el jefe del poder ejecutivo no sobreviva a las Asambleas. La acción gasta mucho más pronto que la deliberación el prestigio y las fuerzas del hombre. El hombre en el gobierno se vicia y se corrompe también con más facilidad que en las Cámaras. La prolongación del mando le hace orgulloso y le inclina a sobreponer su voluntad á las leyes. En las antiguas repúblicas las altas magistraturas solían ser anuales. Por un solo año regían la de Roma los cónsules y mandaban en las provincias los pretores. Recuérdese, con todo, qué de agigantadas empresas no llevó a cabo aquella gran República. Y en un principio ni reelegibles fueron unos ni otros magistrados. Sólo se les permitía, si por acaso se hallaban empeñados en alguna guerra al abrirse los comicios, que continuasen un año más al frente de sus tropas con el título de procónsules o el de propretores. Consintióse más tarde la prorrogación de las preturas y la reelección para el consulado; y ¡ay! no tardó Roma en ir por la dictadura y las guerras civiles al despotismo del Imperio.  Pasaron a ser de los generales los que habían sido hasta entonces ejércitos de la patria.

Francisco Pi y Margall

¡LO QUE DAN QUE HACER LOS MUERTOS...! (José Rizal)





En el momento en que el viejo salía, parábase a la entrada del sendero un coche que parecía haber hecho un largo viaje: estaba cubierto de polvo y los caballos sudaban.
Ibarra descendió seguido de un viejo criado. Despachó el coche con un gesto y se dirigió al cementerio.
―¡Mi enfermedad y mis ocupaciones no me han permitido volver! ―decía el anciano tímidamente―.
―Capitán Tiago dijo que se cuidaría de levantar un nicho. Yo planté flores y una cruz labrada por mí.
Ibarra caminaba grave y silencioso.  
―¡Allí, detrás de esa cruz grande, señor! ―continuó el criado señalando hacia un rincón cuando hubieron franqueado la puerta.
El joven iba tan preocupado, que no notó el movimiento de asombro de algunas personas al reconocerle, las cuales suspendieron el rezo y le siguieron con la vista llena de curiosidad.
Detúvose al llegar al otro lado de la cruz grande y miró a todas partes. Su acompañante se quedó confuso y cortado. En ninguna parte se veía la cruz que él había colocado.
Dirigiéronse al sepulturero que les observaba con curiosidad. Éste les saludó quitándose el salakot.
―¿Puedes decirnos cuál es la fosa que tenía una cruz? ―preguntó el criado.
El interpelado miró hacia el sitio que le señalaban y reflexionó.
―¿Una cruz grande?
―Sí, grande ―afirmó con alegría el viejo cuya fisonomía se animó.
―¿Una cruz con labores y atada con bejucos? ―volvió a preguntar el sepulturero.
―¡Eso es, eso es, así! ―y el criado trazó en la tierra un dibujo en forma de cruz bizantina.
―¿Y en la tumba había flores sembradas?
―¡Adelfa, sampagas y pensamientos! ―añadió el criado lleno de alegría.
―Dinos cual es la fosa y dónde está la cruz. El sepulturero se rascó la oreja y contestó bostezando.
―Pues la cruz... ¡la he quemado!
―¡Quemado! y ¿por qué la has quemado?
―Porque así lo mandó el cura grande.
―¿Quién es el cura grande? ―preguntó Ibarra.
―¿Quién? El que pega, el padre Garrote.  
Ibarra se pasó la mano por la frente.
―Dinos al menos dónde está la fosa, debes recordarlo.
El sepulturero se sonrió.
―¡El muerto ya no está allí! ―repuso tranquilamente.
―¿Qué dices?
―En su lugar enterré hace una semana a una mujer.
―¿Estás loco? ―preguntó el criado.
―Hace ya muchos meses que los desenterré. El cura grande me lo mandó, para llevarlo al cementerio de los chinos. Pero como era pesado y aquella noche llovía...
El hombre no pudo seguir; retrocedió espantado al ver la actitud de Crisóstomo, que se abalanzó sobre él cogiéndole del brazo y sacudiéndole.
―¿Y lo hiciste? ―preguntó el joven con acento indescriptible.
―No se enfade usted, señor ―contestó temblando―; no le enterré entre los chinos. ¡Más vale ahogarse que estar entre chinos, dije para mí, y arrojé el muerto al agua!
Ibarra le puso los puños sobre los hombros y le miró largo tiempo con una expresión indefinible.
―¡Tú no tienes la culpa! ―dijo, y salió precipitadamente pisando fosas, huesos y cruces como un loco.
El sepulturero se palpaba el brazo murmurando:

―¡Lo que dan que hacer los muertos!

José Rizal
Nole mi tangere






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