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RENACERÁ ESPAÑA LLENA DE BRÍO (Francisco Pi y Margall)



España romana, España árabe, España gótica siempre rica en monumentos, que admiraremos tal vez en naciones estrañas,ignorantes de que nuestra patria los posea.  ¿Dónde los famosos acueductos de Segovia y Tarragona, corte en otros tiempos del antiguo imperio? Larga serie de siglos ayudados de las sangrientas revoluciones que ajitaron el orge allanaron soberbios edificios: ¿qué, si por la menor piedra medimos el todo de la gran fábrica á que pertenecía? Se azorará nuestra imajinacion al concebir el colosal templo de Hércules en Barcelona, cuando contemplemos la seis jigantes columnas de su fachada, que respetaron más de veinte siglos: Nos asombran los vestigios de los ancianos muros de Tarragona: Roma nos dejó estampada su grandeza aun en los sarcófagos en que encerraron las cenizas de sus héroes.
Rica y caprichosa por el contrario España árabe enriquece a Granada, Córdoba y Sevilla de injeniosas fábricas en que bien a lo lejos brilla el esplendor y la opulencia de los Sarracenos. Ostenta Granada su divina Alhambra con su magnífico patio de los Leones, su salon de Abencerrajes de atrevidas columnas y doble galería, sus esmaltados jardines con antojadizos juegos de aguas, su arrogante castillo cuya cabeza parece echar aterradoras miradas por encima los erguidos techos del palacio. No sin razón hace alarde de su Jeneralife. De envidia eleva la jentil Sevilla por entre sus mas bellos edificio su jigante torre, su preciosa Jiralda cuya cúpula se abre paso por entre los densos vapores que infestan la atmósfera: ensalza su alcazar y guarda zelosa su catedral, la gala tal vez de las de España.
Ni se humilla Córdoba la insigne: ahí está su gran mezquita, donde vió Mahoma tantos años postrado el turbante de la infiel morisma, ay ahora escucha el Dios de la eternidad los sencillos coros, con que los cordobeses ensalzan sus virtudes.
Y no mentaremos aun los monumentos árabes de Tarragona, que en mil confusos escombros refleja los caprichos de cien siglos: echaremos á olvido Barcelona sobre cuyos anchos muros campean las tres arrogantes y ahumadas torres de las Canaletas nunca acabadas, y ya en parte destrozadas, ya terriblemente heridas por las armas de Felipe V. Hoy apagan los jemidos y maldiciones de los rebeldes a la ley estos tenebrosos recintos, que tal vez temblaron al acento guerrero de los que desde ellos se guarnecín las armas enemigas.
Callarán sin embargo Córdoba, Sevilla, y Granada, cuando saque á plaza Burgos sus templos esbeltos y desembarazados, sus anchos y bien labrados salones, sus caprichosas puertas, su arquitectura puramente gótica. presentará grandes hasta en los adornos, osados en sus formas su catedral y los vestigios del convento de los Carmelitas. Ni blasonarán menos de las bellezas de su catedral León, Toledo, Zaragoza, Salamanca, Barcelona, Gerona y otros pueblos de la opulenta España, que no halla quien en la parte monumental con ella rivalize, y salva Italia, es madre de los mejores y mas acreditados artistas. ¿Permanecerán en España tan ricas maravillas ignoradas de nosotros mismos? Ni está aun actualmente tan falta de escelentes arquitectos, pintores y escultores, cuya frente no haya producido grandes y sublimes creaciones: ¿estarán condenados al olvido los nombres de estos como los mas de sus predecesores?
Una guerra de destruccion acaba por destrozar por espacio de seis años lo que aun habia respetado el furor de los franceses a principios de nuestro siglo: sus restos aun nos dan idea de sus monumentos: no desaprovechemos ocasion tan oportuna: levantemos á nuestra patria de sus ruinas: renacerá España llena de brío, confundiendo la soberanía de naciones estranjeras.


Francisco Pi y Margall
España, obra pintoresca, 1844


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LA SEPARACIÓN DE UN ESTADO EN UN SISTEMA CONFEDERADO (Francisco Pi y Margall)



Pero surge sobre este punto otra cuestión más grave, con la cual pondré fin a este capítulo. «Si las confederaciones, se dice, descansan en la sola voluntad de los pueblos que las constituyen, es indudable que cuando quieran podrán separarse uno o más Estados. Fue, pues, injusta la guerra del Sonderbund; injusta en América la de los Estados del Norte contra los separatistas. Tienen ya por base aquellas confederaciones la fuerza.» Reproducen a porfía este argumento los enemigos de la federación para presentarla ocasionada a la disgregación de las naciones, y no ven que es un sofisma. En la voluntad tienen su base los contratos, y no se disuelven ni rescinden por la de uno de los contratantes. Por el mutuo consentimiento se formaron, y sólo por el mutuo disentimiento se deshacen cuando no se ha cumplido el fin para que se los celebró, ni los afecta ninguno de los vicios que los invalidan. Otro tanto sucede con las confederaciones, que no son más que pactos de alianza. Podrán disolverse por el mutuo disentimiento de los que las formaron, no por el de uno o más pueblos. Ejercen verdaderamente un derecho cuando caen espada en mano contra los Estados que por su sola voluntad intentan separarse. Como que el primero y más importante de sus deberes es sostenerse, esto es, mantener unidos los grupos confederados. El primum esse es la suprema obligación de todo ser, individual o colectivo. Si no por su existencia, ¿por qué habían de luchar las confederaciones?
Acá, entre nosotros, se ha concebido sobre la federación grandes errores, que creo haber en gran parte desvanecido con examinar las atribuciones y el organismo de los poderes federales. Consideraría, no obstante, incompleto mi trabajo, si no aplicara a mi propia nación las conclusiones a que llegué, y no indicara hasta qué punto aconsejan que se las modifique las especiales circunstancias en que se encuentra. España, bien que mal, es una nacionalidad formada, y al querer convertirla en una confederación, es obvio que no ha podido entrar en mi ánimo destruirla. Deseo, por lo tanto, decir en qué sentido y dentro de qué límites debe a mi modo de ver federalizarse la nación española. Sólo después de haberlo dicho podré dar por concluidos mi tarea y mi libro.




Francisco Pi y Margall







LA UNIÓN DE LOS REINOS DE ESPAÑA NO FUE FRUTO DE UN PACTO (Francisco Pi y Margall)


Esta unión, como acabamos de ver, fue obra exclusiva de los monarcas. La realizaron por la conquista o por enlaces de familia. Por este sistema habría sido difícil, cuando no imposible, como no hubiesen prevalecido en los diversos Estados de la Península la monarquía, el principio hereditario y la absurda doctrina de que los pueblos pertenecen a los príncipes. De otra manera, sobradamente lo comprenderá el lector, no habría podido logrársela sino por el sistema federativo, que es para la creación de las grandes naciones el único racional y legítimo. La hicieron los reyes, y éstos, como hemos visto, movidos en general, no por la idea de la unidad, sino por la de su engrandecimiento. El mismo D. Fernando el Católico, muerta doña Isabel, tuvo sus deseos de volver a separar Aragón de Castilla; y a lograr hijos de su segunda esposa, doña Germana de Foix, es fácil que los hubiese convertido en hecho. La idea de la unidad tal vez no estuviese más que en Isabel I y Felipe II.


Francisco Pi y Margall

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RAZONES PARA LA AUTONOMÍA MUNICIPAL, REGIONAL Y ESTATAL (Francisco Pi y Margall)



Dentro de sus respectivos intereses he dicho ya que los pueblos, las provincias y las naciones son completa e igualmente autónomas. En el arreglo y ornato de una ciudad nadie manda, por ejemplo, sino la ciudad misma. A ella corresponde exclusivamente abrir calles y plazas, dar la rasante para cada edificio que se construya y dictar en toda clase de obras las reglas que exija la seguridad y la higiene; a ella establecer mercados y lonjas para el comercio, y si acierta a ser marítima, tener puertos en que recoger las naves y muelles que faciliten el desembarque; a ella la traída y el reparto de aguas, las fuentes, los abrevaderos y las acequias para el riego a ella hacer paseos y ordenar las fiestas y los espectáculos; a ella organizar la beneficencia y la justicia y facilitar los medios de enseñanza; a ella crear cuantos servicios reclame la salubridad de los habitantes; a ella procurar la paz por la fuerza pública; a ella determinar sus gastos y recaudar tributos para cubrirlos. ¿A qué ni con qué título puede nadie ingerirse en éstos ni otros muchos actos que constituyen la vida interior de un pueblo? Para llenar todos estos fines necesita la ciudad evidentemente de una administración y de un gobierno: ese gobierno y esa administración son todavía exclusivamente suyos. ¿Cómo no, si son su Estado, su organismo?
Es esto para mí tan obvio, que ni siquiera permite la duda. Otro tanto sucede con la provincia. En el arreglo de todos los intereses que exclusivamente le corresponden ¿quién ha de mandar sino la provincia misma? Se trata, por ejemplo, de caminos y canales que ha costeado o costea y nacen y mueren en su territorio, de establecimientos de beneficencia o de enseñanza que ha levantado con sus caudales en pro de sus pueblos, de montes u otros bienes que forman parte de su patrimonio, de milicias que organiza y retribuye para que guarden las carreteras y los campos, de tribunales que conocen en alzada de los negocios entre ciudadanos de diversos municipios, de bibliotecas, de museos, de exposiciones, de recompensas, de premios que crea para el fomento de las artes y las letras; de sus presupuestos de gastos e ingresos y de su administración y su gobierno: es también claro como el día que ella, y sólo ella, puede en todos estos asuntos poner la mano. No puede en ellos poner la suya ningún pueblo, porque a ninguno en especial corresponden; no puede tampoco la nación tocarlos, porque son propios de la provincia.
La nación es a su vez ilimitadamente autónoma dentro de los intereses que le son propios. Lo son, por ejemplo, los ríos que desde muy apartadas fuentes corren a precipitarse en el Mediterráneo o el Océano; los caminos que enlazan los extremos de la Península; los correos y los telégrafos que se extienden como una red por todo el territorio; los derechos y propiedades que posee, montes, minas, fortificaciones, fábricas, edificios; el orden y la paz generales, y por lo tanto el ejército y la marina; la navegación y el comercio, y como consecuencia, las aduanas; su magistratura, sus universidades y sus relaciones con los demás pueblos; su hacienda, su administración, su gobierno. ¿Quién va tampoco en esto a dictarle leyes? ¿Quién ha de poder imponérselas?

Federal o unitario, ningún lector negará, de seguro, a la nación esta autonomía absoluta. Se la reconocen sin distinción todos los partidos y todas las escuelas. Son no obstante muchos los que, concediéndosela a la nación, la niegan a la provincia y al municipio. ¿Me podrá explicar alguien el motivo de tan extraña inconsecuencia? El pueblo tiene, como el individuo, una vida interior y una vida de relación con los demás pueblos. Esa vida de relación es la que ha dado nacimiento a la provincia. La provincia tiene a su vez una vida interior y una vida de relación con los demás grupos de su misma clase. Esa vida de relación ha producido las naciones. La nación tiene también una vida interior y una vida de relación con las naciones extranjeras. Esa vida de relación no ha engendrado todavía otra colectividad mayor gobernada por otros poderes; pero es indudable que la engendrará algún día. Por de pronto la rige, como he dicho, una especie de poder invisible que se manifiesta por un derecho de gentes, en parte consuetudinario, en parte escrito. Sí mañana ese poder se convirtiera en tangible y fuese hijo de la razón, no de la fuerza, es indisputable que seguiríamos todos afirmando la autonomía absoluta de la nación dentro de los intereses exclusivamente nacionales. Las condiciones de los tres grupos son, como se ve, las mismas: ¿es lógico reconocer a la nación autónoma en su vida interior y no reconocer en su vida interior autónomos al pueblo y la provincia?


Francisco Pi y Margall

LA INDEPENDENCIA DEL PODER JUDICIAL (Francisco Pi y Margall)


Vengamos a la organización del poder judicial. Como poder viene considerada hace tiempo la administración de justicia en todas las naciones parlamentariamente regidas, y no lo es en ninguna. En todas es una simple emanación del poder ejecutivo; en ninguna está el primero de los magistrados a la altura del jefe del gobierno ni a la del presidente de las Cortes. En las monarquías, aun en las más adelantadas, juzgan y fallan los tribunales en nombre del Rey. Era en otros tiempos el derecho de juzgar uno de los atributos de la soberanía, y lo ejercían directamente los príncipes; la idea antigua ha prevalecido sobre la moderna, a pesar de nuestras bellas teorías constitucionales. Que la administración de justicia deba constituir un verdadero poder, no lo duda, sin embargo, nadie. Se la vicia y corrompe, como se la haga depender en algún modo de los demás poderes. Aquí, donde se la ha subordinado al poder ejecutivo, está, a pesar de los pensamientos de dignidad que animan á nuestros jueces, en los pueblos al antojo de los caciques, en la capital a merced del rey y sus ministros. Es con harta frecuencia instrumento de ajenos odios y ruines venganzas.


Francisco Pi y Margall





BREVEDAD EN LA DURACIÓN DEL CARGO DE JEFE DEL PODER EJECUTIVO (Pi y Margall)

Debe ser, no sólo limitada, sino también breve la duración del cargo. Para que la deliberación (legislativo) y la acción (ejecutivo) marchen en lo posible de acuerdo, conviene que el jefe del poder ejecutivo no sobreviva a las Asambleas. La acción gasta mucho más pronto que la deliberación el prestigio y las fuerzas del hombre. El hombre en el gobierno se vicia y se corrompe también con más facilidad que en las Cámaras. La prolongación del mando le hace orgulloso y le inclina a sobreponer su voluntad á las leyes. En las antiguas repúblicas las altas magistraturas solían ser anuales. Por un solo año regían la de Roma los cónsules y mandaban en las provincias los pretores. Recuérdese, con todo, qué de agigantadas empresas no llevó a cabo aquella gran República. Y en un principio ni reelegibles fueron unos ni otros magistrados. Sólo se les permitía, si por acaso se hallaban empeñados en alguna guerra al abrirse los comicios, que continuasen un año más al frente de sus tropas con el título de procónsules o el de propretores. Consintióse más tarde la prorrogación de las preturas y la reelección para el consulado; y ¡ay! no tardó Roma en ir por la dictadura y las guerras civiles al despotismo del Imperio.  Pasaron a ser de los generales los que habían sido hasta entonces ejércitos de la patria.

Francisco Pi y Margall

¿DÓNDE RESIDE LA LEGITIMIDAD DE LAS NACIONES EN CUANTO TALES? (Pi y Margall)




Contra la fuerza hay siempre la fuerza, y sobre la fuerza está siempre la soberanía de todo ser humano.
No es ese uno de los menos poderosos motivos que me inducen a buscar en el pacto la base de las naciones. Yo defiendo el pacto, primeramente porque lo lleva consigo la idea federal, que es mi idea política; luego, porque no acierto a descubrir otro medio legítimo de relación entre entidades libres y autónomas; finalmente, porque quiero dar a todas las nacionalidades, en especial a la española, más seguro y firme asiento. Todo pacto, como enseña el derecho, obliga a cuantas personas jurídicas lo celebran o lo suscriben; es indiscutible que no cabe ni rescindido ni modificarlo por la sola voluntad de una de las partes. Da el pacto federal a las naciones una estabilidad que inútilmente se pediría a la fuerza. 
Es verdaderamente peregrino admitir el pacto como base de las nuevas y no de las viejas naciones. Si, como acabo de probar, es la única base legítima, las naciones que en él no descansan adolecen, a no dudarlo, de un vicio de origen, y se debe corregirlo. Si no es la única, ¿cuál es la otra? La cuestión viene a quedar siempre encerrada en el mismo dilema: ó la fuerza, ó el pacto.



Francisco Pi y Margall








NACIONES Y NACIONALIDADES (Santiago Carrillo)



Siempre me he sentido español hasta las cachas, siguiendo la expresión castiza. Nací en Gijón, de un cruce de castellanos viejos y de descendientes de muchas generaciones de asturianos. Nunca he tenido dudas ni problemas sobre mi nacionalidad. Ni siquiera en los cuarenta años de mi forzado exilio, cuando por mi actividad política antifranquista tenía que protegerme de los agentes del Gobierno de entonces en el extranjero, he sentido la veleidad de cambiar mi nacionalidad de español por otra más acogedora. Al contrario, la mantuve celosamente. Y cuando a mis tres hijos varones, nacidos en París, donde acabaron sus estudios universitarios les llegó la hora de hacer el servicio militar, estuve de acuerdo con ellos y con mi mujer en que vinieran a hacerlo en lo que entonces era el Ejército de Franco. La única razón de esta decisión tan peligrosa, tratándose de tres jóvenes comunistas, hijos del secretario general del PCE clandestino, era que a esa edad de no hacerlo así, se convertirían automáticamente en ciudadanos franceses, perdiendo la nacionalidad de sus padres. Fue ésta una decisión difícil que, para mi sorpresa, no tuvo consecuencias porque el Consulado español terminó declarándoles no aptos para el servicio; por lo visto el Gobierno de entonces pensó que también para él podían ser un problema con cierta resonancia internacional y en este terreno ya tenía bastantes. Por último, nunca acepté condecoraciones extranjeras y por mi cargo podía haber obtenido bastantes. Para mí, mantener incólume mi nacionalidad de español, era ser fiel a mis sentimientos y a mi conducta de hombre público. Con el fin de completar mi currículo diré que también tuve algo que ver con una línea política que se conoció como de la reconciliación y que culminó en la transición democrática.

Precisamente por ello me escandaliza la ola de histeria política desencadenada en torno a la ficción de que la unidad de España esté en peligro. Quizá también por haber sido fiel a mis sentimientos de español encuentro natural que en nuestro Estado haya ciudadanos que se sienten catalanes, vascos o gallegos y consideren los territorios en que nacieron o residen como su nación o nacionalidad. Y no me produce urticaria que en el Proyecto del Estatuto de Cataluña se utilicen esos términos. Sobre todo porque, conociendo a Maragall, sé que no estamos ante un separatista que pretende la independencia de Cataluña. Estoy convencido de que hoy por hoy, él y la mayoría de los catalanes sólo buscan un mejor encaje de Cataluña en el Estado español y su Constitución. Y si digo hoy por hoy es porque pienso que desde la meseta, una política como la que hizo y hace la derecha española tradicionalmente centralista y autoritaria puede contribuir a engrosar copiosamente el hoy minoritario separatismo catalán.

En estos días oigo voces anticatalanistas muy desagradables. Las mismas que oí ya cuando era niño o siendo joven durante la República. Ya entonces se extendía una venenosa maledicencia sobre el egoísmode los catalanes que ni ayer ni hoy ayuda para nada a crear un ambiente de entendimiento y colaboración entre los pueblos de nuestro Estado y que los distancia entre sí. Recuerdo las campañas de un Royo Villanueva contra el Estatuto de Cataluña o las intervenciones de la derecha sobre el mismo tema en las Constituyentes republicanas y los efectos desastrosos que causaban en Cataluña y en el resto de España. Pero entonces era la derecha pura y dura la que proyectaba las ideas de enfrentamiento. La izquierda, en palabras de Azaña, en un mitin celebrado en Barcelona en 1930, se expresaba de otro modo: "Tenía yo, o creía tener, la comprensión del catalanismo. Me habéis dado algo más fecundo: la emoción del catalanismo. Ahora además de comprenderlo, siento el catalanismo... Vosotros os doléis justamente de que se oprimiese a Cataluña, ¿pero no habríamos de indignarnos aún más al ver que para oprimir a vuestra patria se tomaba como pretexto a otra patria? Yo no soy patriota. Este vocablo que hace más de un siglo significaba la revolución y libertad ha venido a corromperse y hoy manoseado por la peor gente incluye la acepción, más relajada de los intereses políticos y expresa la intransigencia, la intolerancia y la cerrazón mental. Yo concibo pues en España a una Cataluña gobernada por las instituciones que quiera darse mediante la manifestación libre de su propia voluntad. Una unión libre de iguales, con el mismo rango para así vivir en paz, dentro del mundo hispánico que nos es común y que no es menospreciable" (Azaña, discurso en Barcelona sobre La libertad de Cataluña y España, el 22 de marzo de 1930).

Estas palabras de Azaña -que era sin duda y según su propia expresión un español por los cuatro costados- reflejaban entonces la posición de la izquierda española y fueron mucho más eficaces para el entendimiento de catalanes y españoles y la superación del separatismo que las apelaciones de la derecha a la "unidad de la Patria". Lamentablemente parece como si una parte de la izquierda las hubiera olvidado y hubiese sufrido en los cuarenta años de dictadura el contagio del centralismo españolista.

Tienen razón los que demandan un debate sereno sobre el actual proyecto de Estatuto de Cataluña. Es cierto que ese debate debe servir para hacer las correcciones que sean menester teniendo en cuenta los valores democráticos y constitucionales. Pero esto habrá que hacerlo sabiendo que la Constitución no es las "Tablas de la Ley", puede interpretarse diversamente y no de forma escolástica.

La Constitución fue sin duda el fruto del más amplio consenso conocido en nuestra historia moderna. Pero dentro de ese consenso había contradicciones que se traslucen en su mismo texto: ciertamente en ella se afirma que "la nación española es la patria común e indivisible de todos los españoles", pero a renglón seguido se añade "y reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones y la solidaridad entre todas ellas".

En el párrafo 2 del Artículo 1° se declara: "La soberanía nacional reside en el pueblo español del que emanan todos los poderes del Estado", mientras que en el preámbulo se estipula la voluntad de "Proteger a todos los españoles y pueblos de España en el ejercicio de los derechos humanos, sus culturas y tradiciones, lenguas e instituciones".

Si se leen serenamente estos textos no es difícil advertir conceptos que en rigor pueden considerarse contradictorios. ¿Existe un solo pueblo español o varios? La afirmación la nación española como patria única¿no se contradice con el reconocimiento de nacionalidades? ¿No sería más lógico hablar de un único Estado?

Si se acepta liberalmente esta redacción, el término nación aplicado a Cataluña, Euskadi y Galicia no debería asustar a nadie con la sospecha que tras ese término subyace la voluntad de crear otro Estado. Porque las mismas razones existen para abrigar esa sospecha con el términonacionalidad, ya que nacionalidad se diferencia de nación en que esta acepción suele aplicarse a las naciones que son a la vez Estado. Precisamente la extrema derecha en las Constituyentes se opuso duramente a introducir este término alegando que era el prólogo a la separación y a la división de España. Sin embargo, la redacción del texto tal como quedó se adoptó después de discusiones y gestiones diversas, gracias en buena parte a la comprensión de Adolfo Suárez y de uno de los ponentes de UCD, Miguel Herrero de Miñón. Y UCD finalizó votándola. No lo hizo así Alianza Popular, primera versión de lo que es el actual Partido Popular.

Han transcurrido largos años y nadie ha planteado la separación del Estado español. Ni siquiera los que se declaran independentistas en Cataluña, consideran actual esta reivindicación. Tampoco el proyecto soberanista de Ibarretxe llegó a plantear nunca la ruptura de Euskadi con el Estado español.

Sí, hubo consenso, pero con sus tiras y aflojas. De hecho, la Constitución reconoce que hay diversas nacionalidades lo que equivale a reconocer que al lado de la mayoritaria nación española, existen otras minoritarias que a lo largo de la historia se integraron en el Estado español, en vez de hacer lo que Portugal que también formó parte de España hasta que decidió constituirse en Estado independiente, tras una guerra. El proceso por el que se produjo aquella integración no siempre fue pacífico y menos aún democrático, lo decidió en ciertos casos la fuerza.

Pero el resultado es el que es. Como dice la Constitución hoy "España se constituye en un Estado social y democrático de Derecho que propugna como valores de su ordenamiento jurídico la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político".

Mirando el texto de la Constitución en este punto con espíritu abierto, tratando de sobrevolar lo que una mirada severamente rigurosa podría considerar contradicciones, la metáfora "España nación de naciones" que han utilizado últimamente Zapatero y Maragall -y que antes habíamos utilizado ya otros- puede servir para comprender el complejo entramado que encierra en sí el Estado español. El político puede permitirse licencias vedadas al leguleyo. Es la forma de expresar sencillamente un diseño complicado.

En el momento en que el mundo se internacionaliza, se globaliza y se afirma la tendencia a una ciudadanía europea -y quizá mañana del mundo- no parece serio alarmarse y poner el grito en el cielo por miedo a una ruptura que no llegó a producirse en situaciones internacionales más propicias.

En efecto, tenemos que serenarnos todos al examinar el Estatuto, tanto en Cataluña como en el resto de España. Los catalanes han respetado las reglas constitucionales al presentar su proyecto. Ahora el Parlamento va a discutirlo. Nos interesa a todos llegar a un acuerdo sobre el texto y sobre sus posibles correcciones. Porque no nos engañemos, sin ignorar la autoridad de las Cortes españolas, la ausencia de acuerdo y la existencia de una mayoría del pueblo catalán y sus instituciones contra el texto salido de dichas Cortes, sí representaría un conflicto grave para la unidad de España. Dada mi posición de retirado de la política activa, sin ningún interés personal de por medio, estimo mi deber de español demandar serenidad y alteza de miras para conseguir que esa situación no se produzca.


Santiago Carrillo
25 octubre, 2005

NACIONES Y NACIONALIDADES (Gustavo Bueno)


Todo parece en cuestión. Con España como fondo –y quizá como víctima– se habla de nación, de diversas naciones, de nación de naciones, de nacionalidades, de nacionalidades históricas, de comunidades nacionales... El filósofo Gustavo Bueno, siempre muy atento a la idea de España, reflexiona en esta página sobre la principal cuestión que tenemos planteada los españoles. Define conceptos, precisa las palabras y deja en muy mal lugar a la clase política.






Gustavo Bueno: «Incluir nacionalidad en la Constitución fue un error garrafal»


Niembro (Llanes), Javier Neira
Gustavo Bueno dictó esta lección para todos los lectores de La Nueva España, durante la mañana del pasado jueves, en su casa de Niembro. Lo que sigue son sus palabras textuales, recogidas como apuntes de clase.

Nación de naciones. Peces-Barba hace poco dijo que este debate es cuestión sólo de nombres. Una cuestión de palabras. O una cuestión nominalista. Pero las cuestiones de palabras son cuestiones de conceptos. De ahí la teoría de que no hay sinónimos.
Los políticos tienden a reducir todo a cuestiones de palabras. Qué más da nación que nacionalidad, decían Peces-Barba o Zapatero. No, no es cuestión de palabras sino de conceptos. Si fuese cosa de palabras sería materia de poetas. Las llamadas izquierdas en vez de educarse en un pensamiento conceptual, riguroso, como puede ser el de Marx, se educaron a base de poetas. Neruda, Machado, Alberti. Y todo cuela. Como la película de Bardem donde dicen «yo soy dueño de mi cuerpo». O aquello de «el camino se hace al andar». Precioso. O lo de Neruda y su «Fidel, Fidel, los pueblos te acompañan». Esas frases tejen una visión borrosa y confusa. Lo que se llama comúnmente cultura se reduce a novelistas y poetas. Es absurdo hacer una transición a base de Machado y de Alberti. Es pura retórica. El patrimonio conceptual de mucha gente que está o ha estado en el poder es Alberti, Machado, «se hace camino al andar» y tonterías semejantes.
Cuando tratan de nación y nacionalidad les da lo mismo ocho que ochenta. Cuando alguien dice nación de naciones queda muy bien ante el vulgo. Para el vulgo dices decaedro regular y qué bonito ¿verdad? Es un poliedro regular con diez caras. Igual que hay hexaedro o dodecaedro. Ya está dicho. Incluso un escultor puede proponer a la ministra de Cultura hacer, en virtud de su creatividad, una escultura que sea un decaedro regular. Pero es imposible porque el decaedro regular no existe. Es sólo una construcción gramatical. Puede servir para poemas de Alberti solamente.
Lo de nación de naciones es lo mismo. Es un término que se replica sobre sí mismo como rey de reyes, como el cantar de los cantares o como el amor de los amores. Gramaticalmente no hay problemas. Pero lógicamente es otra cosa.
Un triángulo que puede estar formado por triángulos. Pero no se puede hacer con todo. No vale hablar de célula de células. Con dos células no se hace una célula. No tiene sentido. Otro ejemplo, los elementos químicos. Vienen del átomo de hidrógeno pero el átomo de calcio no es suma de átomos de hidrógeno. Luego nación de naciones, considerando la nación política, no vale porque una nación política es excluyente respecto a otra nación política por la soberanía, claro.
Nación. Cuando se dice nación hay que indicar de qué tipo se habla. Distingo tres. La primera acepción es la biológica. Nación viene de nacer. Se refiere a un organismo individual. Nación de los dientes, se decía. O en el sentido que está en vigor en algunos pueblos que se refiere a la aparición de vello púbico en las mujeres cuando entran en la pubertad. O la nación de un individuo completo que ha nacido. Esa nación biológica aparece ahora en los reyes, por ejemplo, en las dinastías. Quiero decir que las distintas acepciones se implican, son distintas, pero están relacionadas.
Como segundo gran apartado hay que citar la nación étnica. Nación es la traducción latina de etnia en griego. Nación étnica es un concepto oblicuo. Hacen falta varias naciones étnicas, no se dan en solitario. Esa pluralidad se capta desde una plataforma política de complejidad superior. En el Imperio romano aparecen los primeros documentos con la palabra nación bien expresada. Estas naciones étnicas aparecen como grupos que están en la periferia. Son naciones étnicas que acuden al imperio para comerciar u otras cosas. Son las gentes. El apóstol de las gentes se decía. Y desde el punto de vista político tiene un sentido un poco despectivo. De ahí el libro «Adversus gentes». Los paganos, los que viven en el campo, los paletos ya que el Imperio se ha cristianizado. Gentes hace relación a etnia. Lo mismo en la «Summa contra gentes», contra gentiles, de Santo Tomás.
Cuando se integran siguen siendo naciones pero sin carácter político. Los comerciantes medievales en París o en Medina del Campo se dividían por naciones. Lo mismo los estudiantes en las Universidades. Eran divisiones no políticas sino por el origen o por otras razones. O cuando Alfonso VII toma Almería, describe a su ejército y habla de la nación asturiana. No es algo político, son integrantes de su ejército con determinada procedencia.
Tras ver qué es nación étnica periférica y qué es nación étnica integrada conviene abordar otro concepto más interesante y ambiguo: nación materialmente política pero formalmente no política. Es étnica y se superpone con un reino. Pero no es política. Es el caso del reino de España en tiempos de los Reyes Católicos.
Nación política. El Estado moderno no procede de la nación étnica. El Estado procede de otro Estado, del reino del Antiguo Régimen. El Estado es anterior a la nación política. Y la nación política surge en la Revolución Francesa. Se trata de algo nuevo, de la nación sujeto de la soberanía frente al rey. En España surge en Cádiz en 1812.
Nacionalidad. Ahí están las palabras terminadas en ad. Libertad, felicidad, igualdad, nacionalidad. El ad en español es el keit alemán, el tes griego o el es inglés. Son sufijos hipostáticos. Son sustantivaciones derivadas del adjetivo. Meter nacionalidad en la Constitución fue un error garrafal. Nacionalidad es el abstracto de nación. Es nación con el sufijo hipostático. La nacionalidad supone la nación. Los padres de la patria, ignorantes, se han comportado como el vulgo. Gente indocta, gente inculta. Además buscaban otros intereses, claro. Fue un intento oscurantista y confusionario.
Nación histórica. No tiene sentido hablar de nación política histórica. La nación está siempre proyectada al futuro. Fichte se inventa que la nación y el Estado nacional son resultado de la cultura de un pueblo. Cuando un pueblo tiene una cultura tiene necesidad de organizar un Estado para preservar esa cultura. La cultura es previa al Estado.
Comunidad Nacional. Es un concepto ideológico. Ha ido creciendo. Comunidad internacional, comunidad científica, comunidad autónoma. Disparates. Tönnies distinguió entre sociedad y comunidad. En una sociedad no se conocen los individuos. En una comunidad, sí. Es una parroquia. Una comunidad como algo idílico en la que todos somos hermanos. La comunidad de vecinos.
Estado federal. No tiene sentido. Sí lo tiene la federación de Estados, como en EE UU. Los Estados al federarse dejan de ser Estados porque no tienen soberanía. Estado federal es una fórmula falsa. Es una forma de hablar. España para ser una federación de Estados debería disolverse en 17 Estados. Hacer elecciones y referéndum y después asociarse. Disolver España para al final hacer la nación española. Un disparate.
Asturias. La característica de Asturias es que aquí te sientes en tu casa. Es el fundamento de la nación española. Del Estado. Es el primer Estado español tras los visigodos. El reino de Asturias. La paradoja es que desborda Asturias. Alfonso III funda Burgos. Los castillos y con ellos Castilla son construidos por los reyes asturianos. Hablar de nacionalidad histórica para Galicia es ridículo. ¿Qué es entonces Asturias? No se puede tolerar.
Pesimismo. Respecto al diálogo soy pesimista. Dialogando con Peces-Barba no voy a avanzar ni un milímetro. Ni él. Lo mismo vale para Zapatero. Lee a María Zambrano. Y a Ortega que ha contribuido mucho y muy negativamente a todo esto. Cada vez estoy más asombrado cómo se ha tomado en serio a Ortega. Dice que los visigodos eran los germanos degenerados que llegaron a España ya débiles. Por eso España nace degenerada a diferencia de Francia y los francos, llenos de vitalidad. Los visigodos hicieron un país degenerado, sin feudalismo, y de ahí la España invertebrada. Como todo el mundo es orteguiano se ha tragado eso. La sociedad, añade, se vertebró en mayorías y minorías.


Gustavo Bueno
2 enero 2005

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