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QUOT LIBRAS IN DUCE? LA BATALLA DE WATERLOO EN "LOS MISERABLES": El Genio, Napoleón, vencido por el Cálculo, Wellington. (Víctor Hugo)



La batalla de Waterloo es un enigma. Tan obscuro para los que la ganaron como para quién la perdió. Para Napoleón fué un pánico (1). Blücker no vio en ella sino fuego; Wellington no entendió nada. Véanse los partes. Los boletines resultan confusos, los comentarios embrollados. Estos balbucean, aquellos tartamudean. Jomini divide la batalla de Waterloo en cuatro tiempos; Muffling la corta en tres peripecias; Charras, aunque en algunos puntos tengamos diversa apreciación, es el único que ha fijado con su certero golpe de vista las principales y características líneas de aquella catástrofe del genio humano en lucha con el azar divino. Todos los demás historiadores se han deslumbrado más ó menos, y en medio de su deslumbramiento andan á tientas. Jornada fulgurante, en efecto, derrumbamiento de la monarquía militar, que, con gran estupor de los reyes, arrastró á ella todos los reinos; caída de la fuerza, derrota de la guerra. En semejante acontecimiento, impregnado de una necesidad sobrehumana, la parte de los hombres es nula. Quitarles Waterloo á Wellington y á Blücker, ¿es quitar algo á Inglaterra y á Alemania? No. Ni la ilustre Inglaterra, ni la augusta Alemania, son discutibles en el problema de Waterloo. Gracias al cielo, los pueblos son grandes independientemente de las lúgubres aventuras de la espada. Ni Alemania, ni Inglaterra, ni Francia, están encerradas en el interior de una vaina. En aquella época en que Waterloo no es más que un choque de espadas; sobre Blücker tiene Alemania a Schiller, y sobre Wellington tiene Inglaterra a Byron. Un vasto nacimiento de ideas es el signo característico de nuestro siglo, y entre esa aurora tienen, así la Inglaterra como Alemania, esplendores magníficos. Ambas son majestuosas, porque piensan. La elevación de nivel que aportan ambas a la civilización, les pertenece intrínsecamente; procede de ellas mismas, y no de un accidente. Todo su engrandecimiento en el siglo XIX no tiene  nada de común con Waterloo por su origen. Solamente los pueblos bárbaros tienen crecidas súbitas después de una victoria. Es la vanidad pasajera de los torrentes henchidos por la barrusca. Los pueblos civilizados, sobre todo en los tiempos que atravesamos, no se elevan ni rebajan por la buena ó mala fortuna de un capitán. Su peso específico en el género humano es resultado de algo más que un combate. Su honra, á Dios gracias, su dignidad, su esplendor, y su genio, no son números que los héroes y conquistadores, jugadores al fin, puedan poner a la lotería de las batallas. Frecuentemente batalla perdida, significa progreso conquistado. A menos gloria mayor libertad. Calla el tambor, y toma la razón la palabra. Es el juego del gana-pierde. Hablemos, pues, de Waterloo, fríamente por una y otra parte. Demos al azar lo que es del azar, y a Dios lo que es Dios. ¿Qué fué Waterloo? ¿Una victoria? No. Un quinterno.
Quinterno ganado por Europa, y pagada por Francia. No valía, de mucho, la pena de poner allí un león. 
Por lo demás, Waterloo, es el encuentro más extraño que registra la historia. Napoleón y Wellington. No son enemigos, son contrarios. Dios, que se complace en las antítesis, no produjo jamás contraste más sorprendente ni confrontación más extraordinaria. 
Por una parte la precisión, la previsión, la geometría, la prudencia, la retirada asegurada, las reservas economizadas, una sangre fría pertinaz, un método imperturbable, la estrategia que aprovecha el terreno, la táctica que equilibra los batallones, la matanza tirada á cordel, la guerra regulada reloj en mano, nada abandonado Voluntariamente al azar, el antiguo valor clásico, la corrección absoluta; por la otra, la intuición, la adivinación, el capricho militar, el instinto sobrehumano, el brillante golpe de vista, un no sé qué, que mira como el águila y hiere como el rayo, un arte prodigioso dentro una impetuosidad desdeñosa, todos los misterios de un alma profunda, la asociación con el destino; el río, la llanura, el bosque, la colina, intimados y en cierto modo obligados á obedecer; el déspota llegando hasta tiranizar el campo de batalla; la fé en su estrella mezclada á la ciencia estratégica, engrandeciéndola y turbándola á un tiempo. Wellington era el Baréme de la guerra, Napoleón el Miguel Ángel, y esta vez el genio fué vencido por el cálculo.
Por ambas partes se esperaba á alguien. Fué el calculador exacto quién salió en bien. Napoleón esperaba á Grouchy, y no vino, Wellington esperaba á Blücker, y acudió.
Wellington fué la guerra clásica tomando su revancha. Bonaparte, en su aurora, habíala encontrado en Italia, y batido soberbiamente. La vieja lechuza había huido ante el joven buitre. La antigua táctica, no sólo quedó pulverizada sino escandalizada. ¿Qué venía á ser aquel corso de veintiséis años, qué significaba aquel ignorante espléndido que, teniéndolo todo en contra suya, nada en su favor, sin víveres, sin municiones  sin cañones, sin zapatos, casi sin ejército; con un puñado de hombres en frente de masas compactas, se precipitaba sobre la Europa coligada, y ganaba absurdamente victorias imposibles? 
¿De dónde salía aquel rayo furibundo que, casi sin tomar aliento y con el mismo juego de combatientes en la mano, pulveriza uno después de otro los cinco ejércitos del emperador de Alemania, derribando Beaulieu sobre Alvinzi, á Wurmser sobre Beaulieu, á Melas sobre Wurmser, á Mack sobre Melas? ¿Quién era ese advenedizo de la guerra con la atrevida desvergüenza de un astro? La escuela académica militar le excomulgaba huyendo á su presencia. De ahí el implacable rencor del viejo cesarismo contra el nuevo, del sable correcto contra la espada flamígera, y del tablero contra el genio. 
El 18 de Junio de 1815 encontró este rencor su última palabra, y debajo de Lodi, de Montebello, de Montennote, de Mantua, de Marengo y de Arcóle, escribió; Waterloo. Triunfo de las medianías dulce á las mayorías. El destino consintió esta ironía. Napoleón al declinar, se encontró ante Wurmser joven. 
Y efectivamente, para tener á Wurmser, basta con blanquear los cabellos á Wellington. 
Waterloo es una batalla de primer orden, ganada por un capitán de segundo. 
Lo que hay que admirar en esta batalla, es Inglaterra, es la firmeza inglesa, es la resolución inglesa, es la sangre inglesa. Lo que Inglaterra tuvo allí de soberbio no ha de desagradarle, fué ella misma. No fué su capitán, fué su ejército».
Wellington, ingrato hasta la extravagancia, declara en una carta á lord Bathurst que su ejército, el ejército que combatió el 18 de Junio de 1815, era, un «ejército detestable.» ¿Qué pensará de ello esa sombría con- fusión de esqueletos sepultados en los campos de Waterloo? 
La Inglaterra ha sido muy modesta al frente de Wellington. Hacer tan grande á Wellington, es empequeñecerse.
Wellington no pasa de ser un héroe como otro cualquiera. Aquellos escoceses grises, aquellos guardias de á caballo, aquellos regimientos de Maitland y de Mitchell, aquella infantería de Pack y de Kempt, aquella caballería de Ponsomby y de Somerset, aquellos montañeses tocando la gaita bajo la metralla, aquellos batallones de Rylandt, aquellos reclutas enteramente bisónos, que apenas sabían manejar el fusil, haciendo cara á los veteranos de Essling y de Rívoli, esto es lo grande. Wellington fué tenaz, este es su mérito, y nosotros no se lo hemos de regatear; pero el último de sus infantes y de sus ginetes fué tan fuerte como él. El soldado de hierro bien vale lo que el duque de hierro. 
Por nuestra parte, concedemos toda la gloria al soldado inglés, al ejército inglés, al pueblo inglés. Si hubo trofeos son para Inglaterra. La columna de Waterloo sería más justa, si en lugar de la figura de un hombre, elevase á las nubes la estatua de un pueblo. 
Pero la gran Inglaterra se irritará de lo que aquí decimos. Ella conserva aún, después de su 1688 y de nuestro 1789, la ilusión feudal, porque cree en la herencia y en la jerarquía. Este pueblo, al cual ninguno aventaja en poderío y gloria, se aprecia á sí mismo como nación, no como pueblo. Y como pueblo, se subordina de buen grado y toma por cabeza un lord. Obrero, se deja despreciar; soldado, deja que le apaleen. Cualquiera sabe que en la batalla de Inkermann un sargento, que según parece, había salvado al ejército, no pudo ser mencionado por lord Raglán, por no permitir la jerarquía militar inglesa citar en un parte á ningún héroe de grado inferior al de oficial. 
Lo que admiramos sobre todo, en un encuentro por el estilo del de Wáterloo, es la prodigiosa habilidad del azar. Lluvia nocturna, muro de Hougomont, hondonada de Ohain, Grouchy sordo el canon, el guía de Napoleón engañándole y el de Bülow que le dirige bien; todo este cataclismo aparece maravillosamente conducido. 
En suma, debemos decir, que hubo en Wáterloo más matanza que lucha. 
Es Wáterloo, de todas las batallas en regla, la que presentó la línea de combate más reducida con respecto al número de combatientes; la de Napoleón tenía tres cuartos de legua, y media legua la de Wellington,. con setenta y dos mil combatientes por cada parte. De esta aglomeración vino la matanza. 
Se ha hecho este cálculo, y establecido la proporción siguiente: pérdida de hombres: en Austerlitz, franceses, catorce por ciento; rusos, treinta por ciento; austríacos, cuarenta y cuatro por ciento. 
En Wagram, franceses, trece por ciento; austríacos, catorce.
En la Moskowa, franceses, treinta y siete por ciento; rusos, cuarenta y cuatro. 
En Bautzen, franceses, trece por ciento; rusos y prusianos, catorce. 
En Wáterloo, franceses, cincuenta y seis por ciento; aliados, treinta y uno. Total para Wáterloo, cuarenta y uno por ciento. Ciento, cuarenta y cuatro mil combatientes; sesenta mil muertos. 
Hoy día el campo de Wáterloo presenta la calma que pertenece á la tierra, sostén impasible del hombre, y se parece á las demás llanuras. 
De noche, sin embargo, despréndese allí una bruma fantástica; y si algún viajero se pasea, si mira, si escucha, si piensa como Virgilio en las funestas llanuras de Filipo, la alucinación de la catástrofe le domina. El horrible 18 de Junio revive, la falsa colina monumental desaparece, desvanécese aquel león, y recobra el campo de batalla su realidad; ondulan en la llanura líneas de infantería, galopes furiosos cruzan el horizonte; el espantado soñador ve el brillo de los sables, el resplandor de las bayonetas, el fulgor de las bombas, el entre cruzamiento monstruoso de los truenos; oye, como un estertor en el fondo de una tumba, el vago clamor de la batalla fantasma; aquellas sombras son los granaderos; aquellos fulgores los coraceros; aquel esqueleto es Napoleón; aquel otro Wellington; todo aquello ya no existe; pero choca y combate todavía; y los barrancos se enrojecen, y se estremecen los árboles, y están enfurecidos hasta las nubes: y en medio de las tinieblas, todas aquellas alturas feroces, Mont Saint Jean, Hougomont, Frichemont, Papelotte y Plancenoit,aparecen confusamente coronadas de torbellinos de espectros que se exterminan. 

Victor Hugo
Los Miserables, 1862
Vol. II ("Cosette"), 
Lib. I (Waterloo), Capt. XVI
(Versión de J.A.R.
Barcelona, 1897)

 
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Ver obra completa
En Bibliotecas Americanas,

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(1) Una batalla terminada, una jornada concluida, falsas medidas reparadas, mayores éxitos asegurados para el porvenir, todo se perdió por un instante de terror pánico » (Napoleón, Memorias de Santa Elena) 302 LOS MISERABLES


FOLIIS AC FRONDIBUS (Víctor Hugo)

 
 
 
 
Este jardín, abandonado a sí mismo desde hacía más de medio siglo, se había convertido en algo extraordinario y encantador. Los paseantes de hace cuarenta años se detenían en aquella calle para contemplarlo, sin sospechar los secretos que se ocultaban tras sus frescas y verdes espesuras. En aquella época, más de un soñador dejó muchas veces penetrar sus ojos y su pensamiento indiscretamente a través de los barrotes de la antigua verja encadenada, unida a dos pilares verdeados y musgosos, coronada extrañamente con un frontis de arabescos indescifrables.
Había un banco de piedra en un rincón, una o dos estatuas enmohecidas, y algunos enrejados desprendidos por el tiempo se enmohecían sobre el muro; por lo demás, no quedaban paseos ni césped, había grama por todas partes. La jardinería le había abandonado, y la naturaleza había regresado. Abundaban las malas hierbas, aventura admirable para un pobre rincón de tierra. La fiesta de los girasoles era espléndida. Nada en aquel jardín contrariaba el esfuerzo sagrado de las cosas hacia la vida; el crecimiento venerable se encontraba en su casa. Los árboles se habían inclinado hacia los espinos, y los espinos habían trepado por los árboles, la planta había trepado, la rama se había doblado, lo que se arrastra por el suelo había ido a encontrar lo que se abre en el aire, lo que flota al viento se había inclinado hacia lo que crece en el musgo; troncos, ramas, hojas, fibras, matas, sarmientos y espinas se habían mezclado, atravesado, unido, confundido; la vegetación, en un abrazo estrecho y profundo, había celebrado y cumplido allí, bajo la satisfecha mirada del Creador, en este cercado de trescientos pies cuadrados, el santo misterio de su fraternidad, símbolo de la fraternidad humana. Aquel jardín ya no era un jardín, era una espesura colosal, es decir, algo impenetrable como una selva, poblada como una ciudad, temblorosa como un nido, oscura como una catedral, olorosa como un ramillete, solitaria como una tumba, viva como una multitud.
El floreal, esa enorme mata, libre detrás de su verja y de sus cuatro muros, entraba en celo en el sordo trabajo de la germinación universal, se estremecía al sol naciente casi como una bestia que aspira los efluvios del amor cósmico, y que siente la savia de abril subir y burbujear en sus venas, y sacudiendo al viento su prodigiosa cabellera verde, sembraba sobre la tierra húmeda, sobre las estatuas borradas, sobre la desplomada escalinata del pabellón, y hasta el empedrado de la calle desierta, las flores en estrellas, el rocío en perlas, la fecundidad, la belleza, la vida, la alegría, los perfumes. A mediodía, mil mariposas blancas se refugiaban allí, y era un espectáculo divino ver arremolinarse en copos, en la sombra, aquella nieve viva de verano. Allí, en aquellas alegres tinieblas de verdor, una multitud de voces inocentes hablaba dulcemente al alma, y lo que los susurros habían olvidado decir, los zumbidos lo completaban. Al atardecer, un vapor de ensueño se desprendía del jardín y lo envolvía; un sudario de bruma, una tristeza celeste y tranquila lo cubría; el embriagador aroma de las madreselvas y de las campanillas flotaba por doquier, como un veneno exquisito y sutil; se oían las últimas llamadas de los pájaros trepadores y de las pezpitas adormeciéndose bajo las enramadas; sentíase esa intimidad sagrada del pájaro y el árbol; durante el día, las alas alegran a las hojas, por la noche, las hojas protegen a las alas.
En invierno, la maleza era negra, mojada, erizada, temblorosa, y permitía ver un poco la casa. Se observaban, en lugar de flores en las ramas, y de rocío en las flores, las largas cintas de plata de las babosas, sobre el frío y espeso tapiz de las hojas amarillas; pero de todos modos, bajo cualquier aspecto, y en cualquier estación, primavera, verano, otoño, invierno, aquel pequeño cercado respiraba melancolía, contemplación, soledad, libertad, ausencia del hombre, presencia de Dios; y la vieja verja enmohecida parecía decir: «Este jardín es mío.»
El empedrado de París estaba allí, alrededor, los hoteles clásicos y espléndidos de la calle Varenne hallábanse a dos pasos, la cúpula de los Inválidos muy cerca, la Cámara de los diputados, no demasiado lejos; las carrozas de la calle de la Bourgogne y de la calle Saint-Dominique circulaban majestuosamente por el vecindario, los ómnibus amarillos, blancos, rojos, se cruzaban en la esquina cercana, pero el desierto estaba en la calle Plumet; y la muerte de los antiguos propietarios, una revolución pasada, la caída de las antiguas fortunas, la ausencia, el olvido, cuarenta años de abandono y de viudez habían bastado para llevar a aquel lugar privilegiado los helechos, los gordolobos, las cicutas, las aquileas, las dedaleras, las altas hierbas, las grandes plantas estampadas de las anchas hojas de paño verde pálido, los lagartos, los escarabajos, los insectos inquietos y rápidos; para hacer salir de las profundidades de la tierra, y reaparecer entre aquellos cuatro muros, no sé qué grandeza salvaje y feroz; y para que la naturaleza, que desconcierta las mezquinas organizaciones del hombre y que se derrama siempre entera allí donde se derrama, tanto en la hormiga como en el águila, vino a derramarse en un pequeño jardín parisiense con tanta rudeza y majestad como en una selva virgen del Nuevo Mundo.
Nada es pequeño, en efecto; cualquiera que esté sujeto a las penetraciones profundas de la naturaleza, lo sabe. Aunque no sea dada satisfacción alguna a la filosofía, no más que circunscribir la causa y limitar el efecto el contemplador cae en éxtasis en razón de que todas estas descomposiciones de fuerza terminan en la unidad. Todo trabaja en pro de todo.
El álgebra se aplica a las nubes; la irradiación del astro aprovecha a la rosa; ningún pensador se atrevería a decir que el perfume del espino blanco resulta inútil a las constelaciones. ¿Quién puede calcular el trayecto de una molécula? ¿Qué sabemos nosotros si las creaciones de los mundos no están determinadas por las caídas de granos de arena? ¿Quién conoce los flujos y reflujos de lo infinitamente grande y de lo infinitamente pequeño, el resonar de las causas en los principios del ser, y los aludes de la Creación? Un insecto importa; lo pequeño es grande, lo grande es pequeño; todo está en equilibrio en la necesidad; terrible visión para el espíritu. Hay entre los seres y las cosas relaciones de prodigio; en este inagotable conjunto, de sol a pulgón, no hay desprecio; tienen necesidad unos de otros. La luz no se lleva al firmamento los perfumes terrestres sin saber lo que hace de ellos; la noche hace distribuciones de esencia estelar entre las flores dormidas. Todos los pájaros que vuelan tienen en la pata el hilo del infinito. La germinación se complica con la aparición de un meteoro y con el picotazo de la golondrina rompiendo el huevo, y se ocupa simultáneamente del nacimiento de un gusano y del advenimiento de Sócrates. Donde termina el telescopio, empieza el microscopio. ¿Cuál de los dos tiene mejor vista? Escoged. Un moho es una pléyade de flores; una nebulosa es un hormiguero de estrellas. Igual promiscuidad, y más inaudita aún, de las cosas de la inteligencia y de los hechos de la sustancia. Los elementos y los principios se mezclan, se combinan, se unen, se multiplican unos por otros, hasta el punto de llevar el mundo material y el mundo moral a la misma claridad. El fenómeno está perpetuamente en repliegue sobre sí mismo. En los vastos cambios cósmicos la vida universal va y viene en cantidades desconocidas, rodando en el invisible misterio de los efluvios, empleándolo todo, no perdiendo ni un ensueño, ni un sueño, sembrando un animalillo aquí, desmenuzando un astro allí, oscilando y serpenteando, haciendo de la luz una fuerza, y del pensamiento un elemento, diseminado e indivisible, disolviéndolo todo, excepto ese punto geométrico, el yo; llevándolo todo al alma átomo; desarrollándolo todo en Dios; enredando, desde la más alta a la más baja, todas las actividades en la oscuridad de un mecanismo vertiginoso, sujetando el vuelo de un insecto al movimiento de la tierra, subordinando, ¿quién sabe?, aunque no fuera más que por la identidad de la ley, la evolución del cometa en el firmamento al girar del infusorio en la gota de agua. Máquina hecha espíritu. Engranaje enorme, cuyo primer motor es el insecto y cuya última rueda es el zodíaco.
 
Víctor Hugo
Los Miserables, 1862
(Traducción: Aurora Alemany)
 
 
 
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