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MUJER Y POBREZA: BENEFICENCIA v. INDEPENDENCIA (John Stuart Mill)



Pero la mujer que se limita a repartir socorros y no se para a examinar los efectos que producen, ¿cómo ha de precaverlos? Una mujer nacida en la actual situación femenina y que no aspira a más, ¿cómo ha de poder estimar el valor moral de la independencia? Ni es independiente ni aprendió a serlo; su destino es esperarlo todo de los demás; ¿por qué, pues, lo que es bueno para ella no lo ha de ser para los pobres? A la mujer se la aparece el bien bajo una sola forma, la de un beneficio que otorga un superior. Ella olvida que no es libre y que los pobres lo son; que si se les da lo que necesitan sin que lo ganen, no están obligados a ganarlo; que todos no pueden ser objeto de los cuidados de todos, antes es preciso que las gentes cuiden de sí mismas, y que sólo una caridad es caridad de veras y es digna por sus resultados de este nombre sublime: la que ayuda a las gentes a ayudarse ellas, si no están físicamente impedidas para valerse y salir del atolladero.

John Stuart Mill
(Traducción: Emilia Pardo Bazán)




EL BRASILEÑO (Emilia Pardo Bazán)

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Cuando nos reuníamos en el café los nacidos en una misma tierra (por entonces no había centros regionales ni cosa que lo valiese), acostumbraba sentarse a nuestro lado un viejo curtido como cordobán, albardillado, recocido al sol, muy mal hablado, y que en sus ojos, todavía claros y de mirada fija, conservaba la vivacidad de la juventud. Sabíamos de él que se llamaba don Jacobo Vieira, y que había sido marino y corrido mucho. Sobre esta base podíamos fantasear a gusto; pero no nos ocupábamos en tal cosa. Allí se discutía asaz, sobre todo de política, pero nadie preguntaba a nadie su vida pasada.
 

Cierto día noté que don Jacobo lucía una presea que me llamó la atención. Sobre su chaleco de blanco piqué, tieso y mal planchado, ostentaba pesado medallón de oro, en cuyo centro fulguraba gruesa piedra amarilla.
 

-¡Vaya un topacio que se trae don Jacobo hoy! -dijeron varios.
 

Sólo yo, más inteligente en pedrería, comprendí que no se trataba de topacio, sino de un espléndido brillante.
 

La piedra, rara por su color y tamaño, hizo que mi curiosidad se fijase más aguda en don Jacobo. Le esperé a la salida, emparejé con él, y bajamos la calle de Alcalá platicando. Él vivía en el barrio de Salamanca.


-Ese brillante -le dije-, ¿es brasileño? ¡Sabe usted que vale algo el directo!
 

-¡Ya lo creo! -respondió-. ¡Cómo que me lo ha dado una reina que se enamoró de mí!
 

-¿Una reina?


-Vamos al decir... reina... de salvajes.
 

Me eché a reír, mostrando gran alborozo e interés, para arrancar al viejo el relato de la aventura de la lejana mocedad.
 

-No crea usted -añadió-. Más de cuatro veces he estado apique de tirar por la ventana el demontre del dije, ¡rayo!, porque tiene una virtud, o como se le quiera llamar, que...; en fin, serán aprensiones..., ¡retoño!, pero yo creo que está hechizado... Al mismo tiempo, me daría vergüenza hacer tal disparate.
 

-¿Por qué no lo ha vendido usted?
 

-¡Bah! No me falta lo necesario para mí, para darme todos mis gustos..., ya que, por desgracia, me toca morir en tierra y no en el mar. El maldito brillante me ha costado desazones, pero, al mismo tiempo (es una cosa rara; todo es raro en esta piedra), le tengo así una especie de cariño...


-¿Y cómo logró usted el amor de la reina? -pregunté, mientras consideraba la bravía y atezada fealdad del anciano, y miraba, a la luz muriente del sol de primavera, los pelos cerdosos que emergían rígidos de las fosas de su nariz y de la oquedad de sus oídos.
 

-Le diré a usted... A mí me han sucedido muchísimas cosas en mis navegaciones, y todo eso de mujeres, ¡retoño!, es de lo más particular... El caso es que no me faltaban hembras, no, señor... Yo he sido siempre de buen acomodo, y entraba con todas, ¡je, je!, como la romana del diablo. A ellas les gusta que nosotros tengamos buen estómago..., y a veces, falta hace.
 

-¿Usted navegaba... por comerciar? -pregunté, vacilando.
 

Se detuvo, se volvió hacia mí, y, frunciendo el doble peludo arco de las cejas, rezongó:
 

-Ya, ya, entiendo la sorna... ¡Malaje! ¡Usted ha oído decir que fui negrero!...


-No, don Jacobo, no he oído tal cosa...
 

-¡Sí, sí! ¿A qué andar con historias? Si lo saben hasta los gatos... No crea usted que lo voy a negar, ni que voy a avergonzarme... Yo he traficado en carne negra. ¡Cuántos señorones andan por ahí, que se han ganado el señorío traficando en carne blanca! ¡Cuántos trafican hasta con la de su propia mujer, mal rayo! No se figuren que he de tenerme por peor que ellos. Los negros son una mercancía, y los blancos otra. Todo el mundo explota a alguien..., ¡retoño! La diferencia es que yo explotaba corriendo peligros y jugándome a cada momento la vida, y los que aquí arriendan carne de esclavos blancos, lo hacen sentados en sillones y sin arriesgar la pelleja.
 

-Tiene usted razón mil veces, don Jacobo... ¿Y fue en esos... viajes donde la reina le dio el brillantito?
 

-En uno de esos viajes fue. Solíamos internarnos algo, en busca de género, porque ya el ébano escaseaba en la ribera, y nuestra industria andaba muy perseguida. Realizábamos otro negocio: trocábamos aguardiente por caucho, tabaco y maíz. ¡Lo que se terciaba! Entre mi clientela se contaban unos salvajes llamados Tapuyas (que quiere decir enemigos), que se extienden allá desde los cinco a veinte grados de latitud Sur, por las tierras de Para y Matto Groso. No son muy feos los indios de esta casta; pero algunas tribus tienen la maldita costumbre de estirarse el labio de abajo metiéndose un bodoque de madera, que no parecen sino el mismísimo demonio... Además se tatúan el cuerpo.


-Pues estaría guapa la reina con su bodoque.
 

-¡No, camarada, la reina no llevaba bodoque ninguno! Era de otra tribu; había sido robada, y la había reservado para su botín el rey. Los Tapuyas son muy guerreros y feroces. Les gusta la carne humana, como a los niños los caramelos. En dos o tres semanas que estuvimos en la aldea tapuya, vimos sacrificar a varios prisioneros, y con tortura previa; no le quiero a usted decir -porque a los terrestres todo les asusta- lo que fue aquella orgía desde que el aguardiente intervino...
 

-¿Y la reina también comía?...
 

-No. Aparentaba. Así que la gente empezaba a emborracharse, se retiraba a su cabaña con sus sirvientes, y yo iba a hacerle compañía, mientras su esposo seguía bebiendo. No era maleja, compadre, y, sobre todo, un cuerpo como un mástil; daba gloria verla andar. No le oculto a usted que olía bastante a hormigas, a pesar de que todos los días se bañaba dos veces en el río.


-Y el rey, ¿era celoso? -pregunté, divertido con tan original aventura de amores.
 

-El rey..., o mejor dicho, el cacique, no se acordaba de sus ocho o diez esposas sino cuando le daba la gana de visitarlas. Se me figura que eso de los celos varía mucho con las latitudes.


-Y cuando le regaló a usted ese diamante de la corona la reina, ¿no se enojó el rey?


-¡Bah! Ni sabía ni supo de eso palabra. ¡Si tampoco lo supe yo hasta algún tiempo después! La reina, que se llamaba Baraní, me tomó una querencia desatinada. A ella debo el no haber dejado allí la piel, porque me dio un aviso, y escapamos de la emboscada que nos tendían, para quedarse con nuestro aguardiente y su caucho, y además, supongo que con nuestros cuerpos, destinados al asador. Baraní me pidió de rodillas que la llevase conmigo para cojín de mis pies, para esclava. Claro que me negué. Al despedirse, como una europea me pondría un escapulario, me colgó una bolsa de fibras. Era un talismán, y sabiendo que estos indios practican infinitos ritos mágicos y mil supersticiones, no lo extrañé. Baraní, al colgármelo, exclamó:
 

-¡El Tupa (ellos llaman así al Espíritu que adoran) hará que ninguna blanca sea tu compañera, ni viva a tu lado bajo tu techo!
 

-¿Qué hubiese usted hecho? Lo que hice yo: soltar la risa. Unos cuantos meses llevé colgada la bolsa, sin ocuparme de ella, hasta que un día, al lavarme, se me ocurrió mirar su contenido. Había dentro fragmentos de huesos humanos, dientes de pez, semillas de árbol, y el brillante. Estaba en bruto, y abultaba más que ahora. Por la costumbre del tráfico, comprendí que era piedra de gran valor, y la guardé. Las otras porquerías las tiré al mar.
 

Mandé tallar el brillante, y quedó como usted ve -añadió, haciendo resaltar sobre su pecho el medallón, que resplandeció, encendiendo en un rayo solar irisadas luces-. Mientras viajé, no me acordé del conjuro de Baraní, porque mis amores eran de días, de horas, de minutos. Pero cuando me retiré, con un caudal regular, a mi tierra, y me entró deseo de casarme y de tener chiquillos -la vejez en soledad no siempre es alegre, ¡se acuerda uno de tantas cosas cuando está solo!-, se me vino a la memoria, no sé por qué, lo que me había dicho la salvaje... Claro es que lo consideraba una tontería; pero frecuentemente pensaba en ello. Y será casual, o serán artes del diablo, pero no se explican sólo con hablar de coincidencias. Mi primera novia, que era sobrina carnal mía, hija de mi hermano Rafael, enfermó y murió tísica apenas se concertó la unión. ¡Muchacha más angelical! Mi segunda novia, nieta de un arrendador, ¡una chiquilla formalísima!, se escapó de su casa, tres o cuatro días antes de la boda, con un hijo de un fondista, que se la llevó a América. Mi tercera novia fue una viuda guapa, que tenía fincas en Santander, y la mejor reputación, y próximo también nuestro enlace, hasta que se averigua que vivía el primer marido... Mi cuarta novia era mi criada, una muchacha como un pino, montañesa; estaba entusiasmada con lo de ascender a señora... Y, sin causa conocida, la entra un histérico, y se vuelve loca, pero de atar; en Ciempozuelos la tiene usted aún... Ya desesperando de noviazgos, busqué otros consuelos, otros arrimos..., aventurillas, ¡qué sé yo! Y lo propio: no hubo cosa que me durase quince días; parecía que una mano invisible rompía los hilos... Mire usted que se lo digo en serio: llegó a hacerme cavilar, ¡recontratoño! Claro es que todo podía atribuirse a lo más natural!, ¡pero tantas veces! ¡No conseguir lo que cualquiera consigue: un hijo, una mujer!
 

El marino se detuvo, me ofreció un puro exquisito (él no lo fumaba sino así), y, clavándome los ojos escrutadores de lejanías, murmuró:
 

-¡Ahora ya, quién piensa en eso!... ¡Los huesos están muy duros! ¡Ahora..., a ver qué tiempo puede navegar aún un barco viejo, bien carenado!...




Emilia Pardo Bazán
El brasileño



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Todos los cuentos
de Emilia Pardo Bazán
en Wikisource

LA CUESTIÓN PALPITANTE - Hablemos del escándalo (Emilia Pardo Bazán)

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Es cosa de todos sabida que, en el año de 1882, naturalismo y realismo son a la literatura lo que a la política el partido formado por el Duque de la Torre: se ofrecen como última novedad, y, por añadidura, novedad escandalosa. Hasta los oídos del más profano en letras comienzan a familiarizarse con los dos ismos. 

Dada la olímpica indiferencia con que suele el público mirar las cuestiones literarias, algo desusado y anormal habrá en ésta cuando así logra irritar la curiosidad de unos, vencer la apatía de otros, y que todo el mundo se imagine llamado a opinar de ella y resolverla. 

Este movimiento no sería malo, al contrario, si naciese de aquel ardiente amor al arte que dicen inflamaba a los ciudadanos de las repúblicas griegas; pero aquí reconoce distinto origen, y desatiende la cuestión literaria para atender a otras diferentes aunque afines. Muy análogo es lo que ocurre ahora con el naturalismo y el realismo a lo que sucedió con los dramas del Sr. Echegaray. Si teníamos o no un grande y verdadero poeta dramático; si sus ficciones eran bellas; si procedía de nuestra escuela romántica o había que considerar en él un atrevido novador, de todo esto se le importó algo a media docena de literatos y críticos; lo que es al público le tuvo sin cuidado; discutió, principalmente, si Echegaray era moral o inmoral, si las señoritas podían o no asistir a la representación de Mar sin orillas, y si el autor figuraba en las filas democráticas y había hablado in illo tempore de cierta trenza... El resultado fue el que tenía que ser: extraviarse lastimosamente la opinión, por tal manera, que harán falta bastantes años y la lenta acción de juiciosa crítica para que se descubra el verdadero rostro literario de Echegaray, y en vez del dramaturgo subversivo y demoledor, se vea al reaccionario que retrocede, no sólo al romanticismo, sino al teatro antiguo de Calderón y Lope. 

Otro tanto acaecerá con el naturalismo y el realismo: a fuerza de encarecer su grosería, de asustarse de su licencia, de juzgarlo por dos o tres páginas, o si se quiere por dos o tres libros, el público se quedará en ayunas, sin conocer el carácter de estas manifestaciones literarias, después de tanto como se habla de ellas a troche y moche. 

Fácil es probar la verdad de cuanto indico. ¿Qué lector de periódicos habrá que no tropiece con artículos rebosando indignación, donde se pone a naturalistas y realistas como hoja de perejil, anatematizándolos en nombre de las potestades del cielo y de la tierra? Y esto no sólo en los diarios conservadores y graves, sino en el papel más radical y ensalzao, que diría un personaje de Pereda. Publicaciones hay que después de burlarse, tal vez, de los dogmas de la Iglesia, y de atacar sañudamente a clases e instituciones, se revuelven muy enojadas contra el naturalismo, que en su entender tiene la culpa de todos los males que afligen a la sociedad. Aquí que no peco, dicen para su sayo. Hubo un tiempo en que la acusación de desmoralizarnos pesó sobre la lotería y los toros: el naturalismo va a heredar los crímenes de estas dos diversiones genuinamente nacionales. 

En confirmación de mi aserto aduciré un hecho. El Sr. Moret y Prendergast asistió este verano a los Juegos florales de Pontevedra, haciendo gran propaganda democrático-monárquica: pero también lució su elocuencia en la velada literaria, donde, dejando a un lado las lides del Parlamento y las tempestades de la política, lanzó un indignado apóstrofe a Zola y felicitó a los poetas y literatos gallegos que concurrieron al certamen, por no haber seguido las huellas del autor de los Rougon Macquart. 

Francamente, confieso que si me hubiese pasado toda la mañana en querer adivinar lo que diría por la noche el Sr. Moret, así se me pudo ocurrir que la tomase con Zola, como con Juliano el Apóstata o el moro Muza. Cualquiera de estos dos personajes hace en nuestra poesía tantos estragos como el pontífice del naturalismo francés: a poeta alguno, que yo sepa, se le pasa por las mientes imitarlo, ni en Pontevedra, ni en otra ciudad de España. Si el Sr. Moret recomendase a los poetas originalidad e independencia respecto de Bécquer, de Espronceda, de Campoamor o Núñez de Arce..., entonces no digo... Lo que es Zola bien inocente está de los delitos poéticos que se cometen en nuestra patria. Y en la prosa misma nos dañan bastante más, hoy por hoy, otros modelos. 

El proceder del Sr. Moret me recuerda el caso de aquel padre predicador que en un pueblo se desataba condenando las peinetas, los descotes bajos y otras modas nuevas y peregrinas de Francia, que nadie conocía ni usaba entre las mujeres que componían su auditorio. Oíanle éstas y se daban al codo murmurando bajito: «¡Hola, se usan descotes! ¡Hola, conque se llevan peinetas!». 

El lado cómico que para mí presenta el apóstrofe del Sr. Moret, es dar señal indudable de la confusión de géneros que hoy reina en la oratoria. Poca gente asiste a los sermones en la iglesia; pero, en cambio, casi no hay apertura de Sociedad, discurso de Academia, ni arenga política que no tienda a moralizar a los oyentes. Al Sr. Moret le sirvió Zola para mezclar en su discurso lo grave con lo ameno, lo útil con lo dulce; sólo que erró en el ejemplo. 

Si entre los hombres políticos no está en olor de santidad el naturalismo, tampoco entre los literatos de España goza de la mejor reputación. Pueden atestiguarlo las frases pronunciadas por mi inspirado amigo el señor Balaguer al resumir los debates de la sección de literatura del Ateneo. Un insigne novelista, de los que más prefiere y ama el público español, me declaraba últimamente no haber leído a Zola, Daudet ni ninguno de los escritores naturalistas franceses, si bien le llegaba su mal olor. Pues bien: con todo el respeto que se merece el elegante narrador y cuantos piensen como él reuniendo iguales méritos, protesto y digo que no es lícito juzgar y condenar de oídas y de prisa, y sentenciar a la hoguera encendida por el ama de Don Quijote a una época literaria, a una generación entera de escritores dotados de cualidades muy diversas, y que si pueden convenir en dos o tres principios fundamentales, y ser, digámoslo así, frutos de un mismo otoño, se diferencian entre sí como la uva de la manzana y ésta de la granada y del níspero. ¿No fuera mejor, antes de quemar el ya ingente montón de libros naturalistas, proceder a un donoso escrutinio como aquel de marras? 

Ni es sólo en España donde la literatura naturalista y realista está fuera de la ley. Citaré para demostrarlo un detalle que me concierne; y perdone el lector si saco a colación mi nombre, di necessitá, como dijo el divino poeta. En la Revue Britannique del 8 de Agosto de 1882 vio la luz un artículo titulado Littérature Espagnole Critique. Un diplomate romancier: Juan Valera. (Largo es el título; pero responda de ello su autor, que firma Desconocid). Ahora pues, este Mr. Desconocid, tras de hablar un buen rato de las novelas del Sr. Valera, va y se enfada y dice: «J'apprends qu'une femme, dans Un voyage de fiancés (Viaje de novios), essaye d'acclimater en Espagne le roman naturaliste. Le naturalisme consiste probablement en ce que [...]». No reproduzco el resto del párrafo, porque el censor idealista añade a renglón seguido cosas nada ideales; paso por alto lo de traducir viaje de novios «Voyage de fiancés», como si fuesen los futuros y no los esposos quienes viajan juntos mano a mano -cosa no vista hasta la fecha- porque también traduce «Pasarse de listo» por «Trop d'imagination»); y voy solamente a la ira y desdén que el crítico traspirenaico manifiesta cuando averigua que existe en España une femme que osa tratar de aclimatar la novela naturalista! Parece al pronto que todo crítico formal, al tener noticia del atentado, desearía procurarse el cuerpo del delito para ver con sus propios ojos hasta dónde llega la iniquidad del autor; y si esto hiciese Mr. Desconocid, lograría dos ventajas: primera, convencerse de que casi estoy tan inocente de la tentativa de aclimatación consabida, como Zola de la perversión de nuestros poetas; segunda, evitar la garrafalada de traducir viaje de novios por «Voyage de fiancés», y todas las ingeniosas frases que le inspiró esta versión libérrima. Pero Mr. Desconocid echó por el atajo, diciendo lo que quiso sin molestarse en leer la obra, sistema cómodo y por muchos empleado. 

He de confesar que, viéndome acusada nada menos que en dos lenguas (la Revue Britannique se publica, si no me engaño, en París y Londres simultáneamente) de los susodichos ensayos de aclimatación, creció mi deseo de escribir algo acerca de la palpitante cuestión literaria: naturalismo y realismo. Cualquiera que sea el fallo que las generaciones presentes y futuras pronuncien acerca de las nuevas formas del arte, su estudio solicita la mente con el poderoso atractivo de lo que vive, de lo que alienta; de lo actual, en suma. Podrá la hora que corre ser o no ser la más bella del día; podrá no brindarnos calor solar ni amorosa luz de luna; pero al fin es la hora en que vivimos. 

Aún suponiendo que naturalismo y realismo fuesen un error literario, un síntoma de decadencia, como el culteranismo, v. gr., todavía su conocimiento, su análisis, importaría grandemente a la literatura. ¿No investiga con afán el teólogo la historia de las herejías? ¿No se complace el médico en diagnosticar una enfermedad extraña? Para el botánico hay sin duda algunas plantas lindas y útiles y otras feas y nocivas, pero todas forman parte del plan divino y tienen su belleza peculiar en cuanto dan elocuente testimonio de la fuerza creadora. Al literato no le es lícito escandalizarse nimiamente de un género nuevo, porque los períodos literarios nacen unos de otros, se suceden con orden, y se encadenan con precisión en cierto modo matemática: no basta el capricho de un escritor, ni de muchos, para innovar formas artísticas; han de venir preparadas, han de deducirse de las anteriores. Razón por la cual es pueril imputar al arte la perversión de las costumbres, cuando con mayor motivo pueden achacarse a la sociedad los extravíos del arte. 

Todas estas consideraciones, y la convicción de que el asunto es nuevo en España, me inducen a emborronar una serie de artículos donde procure tratarlo y esclarecerlo lo mejor que sepa, en estilo mondo y llano, sin enfadosas citas de autoridades ni filosofías hondas. Quizás esta misma ligereza de mi trabajo lo haga soportable al público: el corcho sobrenada, mientras se sumerge el bronce. Si no salgo airosa de mi empresa, otro lo cantará con mejor plectro. 

Obedece al mismo propósito de vulgarización literaria la inserción de estos someros estudios en un periódico diario. Si a tanto honor los hiciese acreedores la aprobación del lector discreto, no faltará un in 8.º donde empapelarlos; entretanto, corran y dilátense llevados por las alas potentes y veloces de la prensa, de la cual todo el mundo murmura, y a la cual todo el mundo se acoge cuando le importa... Y aquí me ocurre una aclaración. El pasado año se discutió en el Ateneo el tema de estos artículos, a saber: el naturalismo. La costumbre -con otra causa más poderosa no atino ahora, tal vez por la premura con que escribo- veda a las damas la asistencia a aquel centro intelectual; de suerte que, aun cuando me hallase en la corte de las Españas, no podría apreciar si se ventiló en él con equidad y profundidad la cuestión. Así es que al asegurar que el asunto es nuevo, aludo en particular a los dominios de la palabra escrita, donde definitivamente se resuelven los problemas literarios.

Sentado todo lo anterior, hablemos del escándalo. Cada profesión tiene su heroísmo propio: el anatómico es valiente cuando diseca un cadáver y se expone a picarse con el bisturí y quedar inficionado del carbunclo, o cosa parecida; el aeronauta, cuando corta las cuerdas del globo; el escritor ha menester resolución para contrarrestar poco o mucho la opinión general; así es que probablemente, al emprender este trabajo, añado algunos renglones honrosos a mi modesta hoja de servicios. 

Tal vez alguien vuelva a hablar de aclimataciones y otras niñerías, afirmando que quise abogar por una literatura inmunda, vitanda y reprobable. A bien que la verdad se hace lugar tarde o temprano, y el que desapasionada y pacientemente lea lo que sigue, no verá panegíricos ni alegatos, sino la apreciación imparcial de la fase literaria más reciente y característica. Y, por otra parte, como las ideas se difunden hoy con tal rapidez, es posible que en breve lo que ahora parece novedad sea conocido hasta de los estudiantes de primer año de retórica. Para entonces tendrá el naturalismo en España panegiristas y sectarios verdaderos, y a los meros expositores nos reintegrarán en nuestro puesto neutral.


Emilia Pardo Bazán
de La cuestión palpitante, 1883



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