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ESTILO OSCURO, PENSAMIENTO OSCURO (Azorín)




Todo debe ser sacrificado a la claridad. «Otra cualquiera circunstancia o condición, como la pureza, la medida, la elevación y la delicadeza, debe ceder a la claridad». ¿No es esto bastante? Pues para los puristas lo siguiente: «Más vale ser censurado de un gramático que no ser entendido». «Es verdad que toda afectación es vituperable; pero sin temor se puede afectar ser claro». La única afectación excusable será la de la claridad. «No basta hacerse entender; es necesario aspirar a no poder dejar de ser entendido».
Sí, lo supremo es el estilo sobrio y claro. Pero ¿cómo escribir sobrio y claro cuando no se piensa de ese modo? El estilo no es una cosa voluntaria, y ésta es la invalidación y la inutilidad —relativas— de todas las reglas. El estilo es una resultante… fisiológica. «Cuando el estilo es oscuro, hay motivos para creer que el entendimiento no es neto». Estilo oscuro, pensamiento oscuro. «Se dice claramente lo que se escribe claramente del mismo modo, a no ser que haya razones para hacerse misterioso». ¡Admirable de exactitud y de penetración! 
Recomendamos la sencillez y tornamos a recomendarla. ¿Qué es la sencillez en el estilo? He aquí el gran problema. Vamos a dar una fórmula de la sencillez. La sencillez, la dificilísima sencillez, es una cuestión de método. Haced lo siguiente y habréis alcanzado de un golpe el gran estilo: colocad una cosa después de otra. Nada más; esto es todo. ¿No habéis observado que el defecto de un orador o de un escritor consiste en que coloca unas cosas dentro de otras, por medio de paréntesis, de apartados, de incisos y de consideraciones pasajeras e incidentales? Pues bien: lo contrario es colocar las cosas —ideas, sensaciones—, unas después de otras. «Las cosas deben colocarse —dice Bejarano— según el orden en que se piensan y darles la debida extensión». Mas la dificultad está… en pensar bien. El estilo no es voluntario. El estilo es una resultante fisiológica.


AZORÍN
Artículo publicado en 
Un pueblecito. Riofrío de Ávila
Madrid, Espasa Calpe
 (Colección Austral, n. º 611, 2ª ed)
1957, pp. 47s.




TIEMPOS Y COSAS (Azorín)

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La mesa en que yo trabajo está junto a una ventana baja, apaisada, sin cristales; abajo,a derecha e izquierda, se extiende una calle recta, blanca, estrecha, de limpias casas bajas; enfrente se abre una callejuela corta, en pendiente; un carpintero golpea en esta calle con su mazo de cuando en cuando; una extensión parda, negruzca, de tejados de mil formas y alturas se ofrece ante mi vista.

Yo tengo una profunda simpatía por los tejados. Yo amo los tejados viejos, los tejados silenciosos, los tejados impasibles, los tejados de las vetustas ciudades, los tejados que se muestran planos, anchos, soberbios, en los palacios y en las catedrales, o los tejados pequeñitos que parecen esconderse en un rincón, en la sombra, en la profundidad de dos esquinados, o los tejados locos, audaces, que adoran las ventanas y que sobresalen para mirarlas en un anchuroso alero sostenido por ménsulas carcomidas, alabeadas. Yo tengo, sobre la mesa, ante mí, las blancas cuartillas y contemplo un instante, antes de ponerme a escribir, el panorama de las techumbres.  A lo lejos, al final de los negros tejados, aparecen las cimas gráciles, ondulantes, cimbreantes, de dos, cuatro eucaliptus, que me atalayan atentas, curiosas, femeninas, por encima de las casas de la ciudad: son los eucaliptus de un jardín sombroso y fértil; después de ellos, más allá, en el fondo, ya aparecen las anchas y suaves laderas de una montaña; a trechos, por entre la verdura de los sembrados -si es en invierno-, o de las viñas -si es en verano-, destacan serpenteando, reptando hacia la altura, perdiéndose, reapareciendo, los senderos blancos; dos, tres casas refulgen nítidas; una línea de almendros retorcidos surge acá y allá, exornando los dorados ribazos.  Y en lo alto, la roca ya pelada, limpia, de la montaña, se recorta con una silueta de altibajos suaves en un cielo diáfano, brillante, de añil intenso, luminoso.

Yo aparto mi vista, al fin de estas laderas, de estas cumbres radiantes, de esta bóveda azul, y me apresto a escribir.  Son las ocho de la mañana; ésta es la hora en que la pequeña ciudad comienza a vivir.  Ya han sonado allá abajo, en la iglesia, las primeras campanadas graves, profundas, de misa mayor; las herrerías ya están cantando; un gallo cacarea a lo lejos con un grito fino, metálico; el carptinero golpea de tarde en tarde con su mazo sonoro.  Este es el momento en que todos los ruidos, todas las luces, todas las sombras, todos los matices, todas las cosas de la ciudad tornan a entrar, tras la tregua de la noche, en su armoniosa síntesis diaria. ¿No sentís vosotros esta concordancia secreta y poderosa de las cosas que nos rodeán? ¿No veis en esta pequeña ciudad una vida tan intensa, tan bella como la de las más grandes y tumultuosas urbes del mundo?  Todo merece ser vivido en la vida; no hay nada que sea inexpresivo, que sea opaco, que sea vulgar a los ojos de un observador.



José Martínez Ruiz
Azorín
Confesión de un autor
de Tiempos y cosas
Colección RTV
Biblioteca Básica Salvat, 1970
págs. 76-77



ROSA DE ALEJANDRÍA (Ramón M. del Valle Inclán)

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Docta en los secretos de la abracadabra,
dispersó en el aire, tus letras, mi mano,
y al caer, formóse aquella palabra,
cifra de tu enigma y luz de tu arcano.

¿Por qué ley se juntan en nueva escritura
los signos dispersos? ¿Qué azar hizo el juego?
¿Qué ciencia de magos alzó la figura
y leyó el enigma? Sierpe, Rosa, Fuego.

¡Sierpe! ¡Rosa! ¡Fuego! Tal es tu armonía:
gracia de tres formas es tu gracia inquieta,
tu esencia de monstruo en la alegoría

se descubre. Antonio el anacoreta
huyó de tu sombra por Alejandría.
¡Antonio era Santo! ¿Si fuese poeta?...







TIRANO BANDERAS (Ramón M. del Valle Inclán)

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El Fuerte de Santa Mónica, que en las luchas revolucionarias sirvió tantas veces como prisión de reos políticos, tenía una pavorosa leyenda de aguas emponzoñadas, mazmorras con reptiles, cadenas, garfios y cepos de tormento. Estas fábulas, que datan de la dominación española, habían ganado mucho valimiento en la tiranía del General Santos Banderas. Todas las tardes en el foso del baluarte, cuando las cornetas tocaban fajina, era pasada por las armas alguna cuerda de revolucionarios. Se fusilaba sin otro proceso que una orden secreta del Tirano.

Ramón María del Valle Inclán
Tirano Banderas, 1926


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TRAFALGAR (Benito Pérez Galdós)

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Entonces presencié un hecho que me hizo derramar lágrimas. No encontrando a mi amo por ninguna parte, y temiendo que corriera algún peligro, bajé a la primera batería y le hallé ocupado en apuntar un cañón. Su mano trémula había recogido el botafuego de las de un marinero herido, y con la debilitada vista de su ojo derecho, buscaba el infeliz el punto a donde quería mandar la bala. Cuando la pieza se disparó, se volvió hacia mí, trémulo de gozo, y con voz que apenas pude entender, me dijo:
«¡Ah!, ahora Paca no se reirá de mí. Entraremos triunfantes en Cádiz».
En resumen, la lucha terminó felizmente, porque los ingleses comprendieron la imposibilidad de represar al Santa Ana, a quien favorecían, a más de los tres navíos indicados, otros dos franceses y una fragata, que llegaron en lo más recio de la pelea.
Estábamos libres de la manera más gloriosa; pero en el punto en que concluyó aquella hazaña, comenzó a verse claro el peligro en que nos encontrábamos, pues el Santa Ana debía ser remolcado hasta Cádiz, a causa del mal estado de su casco. La fragata francesa Themis echó un cable y puso la proa al Norte; pero ¿qué fuerza podía tener aquel barco para remolcar otro tan pesado como el Santa Ana, y que sólo podía ayudarse con las velas desgarradas que quedaban en el palo del trinquete? Los navíos que nos habían rescatado, esto es, el Rayo, el Montañés y el San Francisco de Asís, quisieron llevar más adelante su proeza, y forzaron de vela para rescatar también al San Juan y al Bahama, que iban marinados por los ingleses. Nos quedamos, pues, solos, sin más amparo que el de la fragata que nos arrastraba, niño que conducía un gigante. ¿Qué sería de nosotros si los ingleses, como era de suponer, se reponían de su descalabro y volvían con nuevos refuerzos a perseguirnos? En tanto, parece que la Providencia nos favorecía, pues el viento, propicio a la marcha que llevábamos, impulsaba a nuestra fragata, y tras ella, conducido amorosamente, el navío se acercaba a Cádiz.
Cinco leguas nos separaban del puerto.
¡Qué indecible satisfacción! Pronto concluirían nuestras penas; pronto pondríamos el pie en suelo seguro, y si llevábamos la noticia de grandes desastres, también llevábamos la felicidad a muchos corazones que padecían mortal angustia creyendo perdidos para siempre a los que volvían con vida y con salud.
La intrepidez de los navíos españoles no tuvo más éxito que el rescate del Santa Ana, pues les cargó el tiempo y tuvieron que retroceder sin poder dar caza a los navíos ingleses que custodiaban al San Juan, al Bahama y al San Ildefonso. Aún distábamos cuatro leguas del término de nuestro viaje cuando los vimos retroceder. El vendaval había arreciado, y fue opinión general a bordo del Santa Ana que, si tardábamos en llegar, pasaríamos muy mal rato. Nuevos y más terribles apuros. Otra vez la esperanza perdida a la vista del puerto, y cuando unos cuantos pasos más sobre el terrible elemento nos habrían puesto en completa seguridad dentro de la bahía.
A todas éstas se venía la noche encima con malísimo aspecto: el cielo, cargado de nubes negras, parecía haberse aplanado sobre el mar, y las exhalaciones eléctricas, que lo inflamaban con breves intervalos, daban al crepúsculo un tinte pavoroso. La mar, cada vez más turbulenta, furia aún no aplacada con tanta víctima, bramaba con ira, y su insaciable voracidad pedía mayor número de presas. Los despojos de la más numerosa escuadra que por aquel tiempo había desafiado su furor juntamente con el de los enemigos, no se escapaban a la cólera del elemento, irritado como un dios antiguo, sin compasión hasta el último instante, tan cruel ante la fortuna como ante la desdicha.
Yo observé señales de profunda tristeza lo mismo en el semblante de mi amo que en el del general Álava, quien, a pesar de sus heridas, estaba en todo, y mandaba hacer señales a la fragata Themis para que acelerase su marcha si era posible. Lejos de corresponder a su justa impaciencia, nuestra remolcadora se preparaba a tomar rizos y a cargar muchas de sus velas, para aguantar mejor el furioso levante. Yo participé de la general tristeza, y en mis adentros consideraba cuán fácilmente se burla el destino de nuestras previsiones mejor fundadas, y con cuánta rapidez se pasa de la mayor suerte a la última desgracia. Pero allí estábamos sobre el mar, emblema majestuoso de la humana vida. Un poco de viento le transforma; la ola mansa que golpea el buque con blando azote, se trueca en montaña líquida que le quebranta y le sacude; el grato sonido que forman durante la bonanza las leves ondulaciones del agua, es luego una voz que se enronquece y grita, injuriando a la frágil embarcación; y ésta, despeñada, se sumerge sintiendo que le falta el sostén de su quilla, para levantarse luego lanzada hacia arriba por la ola que sube. Un día sereno trae espantosa noche, o por el contrario, una luna que hermosea el espacio y serena el espíritu suele preceder a un sol terrible, ante cuya claridad la Naturaleza se descompone con formidable trastorno.
Nosotros experimentábamos la desdicha de estas alternativas, y además la que proviene de las propias obras del hombre. Tras un combate habíamos sufrido un naufragio; salvados de éste, nos vimos nuevamente empeñados en una lucha, que fue afortunada, y luego, cuando nos creímos al fin de tantas penas, cuando saludábamos a Cádiz llenos de alegría, nos vimos de nuevo en poder de la tempestad, que hacia fuera nos atraía, ansiosa de rematarnos. Esta serie de desventuras parecía absurda, ¿no es verdad? Era como la cruel aberración de una divinidad empeñada en causar todo el mal posible a seres extraviados... pero no: era la lógica del mar, unida a la lógica de la guerra. Asociados estos dos elementos terribles, ¿no es un imbécil el que se asombre de verles engendrar las mayores desventuras?
Una nueva circunstancia aumentó para mí y para mi amo las tristezas de aquella tarde. Desde que se rescató el Santa Ana no habíamos visto al joven Malespina. Por último, después de buscarle mucho, le encontré acurrucado en uno de los canapés de la cámara.
Acerqueme a él y le vi muy demudado; le interrogué y no pudo contestarme. Quiso levantarse y volvió a caer sin aliento.
«¡Está usted herido! -dije-: Llamaré para que le curen.
-No es nada -contestó-. ¿Querrás traerme un poco de agua?»
Al punto llamé a mi amo.
«¿Qué es eso, la herida de la mano? -preguntó éste examinando al joven.
-No, es algo más», repuso D. Rafael con tristeza, y señaló a su costado derecho cerca de la cintura.
Luego, como si el esfuerzo empleado en mostrar su herida y en decir aquellas pocas palabras fuera excesivo para su naturaleza debilitada, cerró los ojos y quedó sin habla ni movimiento por algún tiempo.
«¡Oh!, esto parece grave -dijo D. Alonso con desaliento.
-¡Y más que grave!», añadió un cirujano que había acudido a examinarle.
Malespina, poseído de profunda tristeza al verse en tal estado, y creyendo que no había remedio para él, ni siquiera dio cuenta de su herida y se retiró a aquel sitio, donde le detuvieron sus pensamientos y sus recuerdos. Creyéndose próximo a morir, se negaba a que se le hiciera la cura. El cirujano dijo que aunque grave, la herida no parecía mortal; pero añadió que si no llegábamos a Cádiz aquella noche para que fuese convenientemente asistido en tierra, la vida de aquél, así como la de otros heridos, corría gran peligro. El Santa Ana había tenido en el combate del 21 noventa y siete muertos y ciento cuarenta heridos: se habían agotado los recursos de la enfermería, y algunos medicamentos indispensables faltaban por completo. La desgracia de Malespina no fue la única después del rescate, y Dios quiso que otra persona para mí muy querida sufriese igual suerte. Marcial cayó herido, si bien en los primeros instantes apenas sintió dolor y abatimiento, porque su vigoroso espíritu le sostenía. No tardó, sin embargo, en bajar al sollado, diciendo que se sentía muy mal. Mi amo envió al cirujano para que le asistiese, y éste se limitó a decir que la herida no habría tenido importancia alguna en un joven de veinticuatro años: Medio-hombre tenía más de sesenta.


Benito Pérez Galdós
Trafalgar, Capt. XIV, 1873-1875
(Episodios Nacionales)





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ABEL MARTÍN (Antonio Machado)




Que fue Abel Martín hombre mujeriego lo sabemos, y, acaso también onanista; hombre en suma, a quien la mujer inquieta y desazona por presencia o ausencia. Y fue, sin duda, el amor a una mujer el que llevó a Abel Martín a formularse esta pregunta: ¿Cómo es posible el objeto erótico?

De las cinco formas de la objetividad que estudia Abel Martín en su obra más extensa de metafísica, a cuatro disputa aparenciales, es decir, apariencias de objetividad y, en realidad, actividades del sujeto mismo.

Así, pues, la primera, en el orden de su estudio la x constante del conocimiento, considerado como problema infinito, sólo tiene de objetiva la pretensión de serlo.

La segunda, el llamado mundo objetivo de la ciencia, descolorido y descualificado, mundo de puras relaciones cuantitativas, es el fruto de un trabajo de desubjetivación del sujeto sensible, que no llega -claroes- a plena realización, y, que, aunque a tal llegara, sólo conseguiría agotar el sujeto, pero nunca revela objeto alguno, es decir, algo opuesto o distinto del sujeto. La tercera es el mundo de nuestra representación como seres vivos, el mundo fenoménico propiamente dicho. La cuarta forma de la objetividad corresponde al mundo que se representan otros sujetos vitales.

"Éste -dice Abel Martín- aparece, en verdad, englobado en el mundo de mi representación; pero dentro de él, se le reconoce por una vibración propia, por voces que pretendo distinguir de la mía. Estos dos mundos que tendemos a unificar en una representación homogénea, el niño los diferencia muy bien, aun antes de poseer el lenguaje. Mas esta cuarta forma de la objetividad no es, en última instancia, objetiva tampoco, sino por una aparente escisión del sujeto único que engendra, por intersección e interferencia, al par, todo el elmento tópico y con ceptual de nuestra psique, la moneda de curso en cada grupo viviente."

Mas existe -según Abel Martín- una quinta forma de la objetividad, mejor diremos una quinta pretensión a lo objetivo, que se da en las fronteras del sujeto mismo, que parece referirse a un otro real, objeto, no de conocimiento sino de amor.

Vengamos a las rimas eróticas de Abel Martín.

El amor comienza a revelarse como un súbito incremento del caudal de la vida, sin que, en verdad, aparezca objeto concreto al cual tienda.

Primaveral

Nubes, sol, prado verde y caserío
en la loma, revueltos. Primavera
puso el aire de este campo frío
la gracia de sus chopos de ribera.
Los caminos del valle van al río
y allí, junto del agua, amor espera.
¿Por ti se ha puesto el campo ese atavío
de joven, oh invisible compañera?
¿Y ese perfume del habar al viento?
¿Y esa primera blanca margarita?...
¿Tú me acompañas? En mi mano siento
doble latido; el corazón me grita,
que en las sienes me asorda el pensamiento:
eres tú quien florece y resucita.
 
"La amada -dice Abel Martín- acompaña antes que aparezca o se ponga como objeto de amor; es, en cierto modo, una con el amante, no al término, como en los místicos, del proceso erótico, sino en su principio".


Abel Martín
Antonio Machado




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VARIACIONES EN TORNO A LOS ESCRITOS DISPERSOS DE ANTONIO MACHADO (Jordi Doménech)

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Antonio Machado, por Daniel Vázquez Díaz
de la web Abel Martín - Revista de estudios sobre Antonio Machado



Sin leyenda no se pasa a la historia», dijo Antonio Machado por boca de Juan de Mairena, y él mismo tuvo muchísimo cuidado en tejer su propia leyenda. En realidad, toda su breve pero densa obra poética constituye su «leyenda» o, si se prefiere, su «autobiografía», como ya apuntó su inseparable hermano José. Esta leyenda creada por el propio Antonio Machado, desde el «torpe aliño indumentario» a las «gotas de sangre jacobina», pasando por la definición de «bueno» («en el buen sentido de la palabra»), parece ya inamovible, a pesar de biógrafos y biografías, desde las ya lejanas aunque estimabilísimas biografías de José Luis Cano y Heliodoro Carpintero a la más reciente de Ian Gibson, que no han conseguido remover un ápice —y no es probable de que ocurra, afortunadamente— la invención de Machado de sí mismo.

Sin embargo, vistas las cosas más de cerca, quizá no sean exactamente como nos las presentó Machado. El «torpe aliño indumentario» de su famosísimo «Retrato» (1908), por ejemplo, queda en entredicho a la vista de una apenas conocida
fotografía de 1910, en que aparece Antonio Machado en una reunión de la recién constituida Academia de la Poesía, presidida por Mariano Miguel de Val, y con la asistencia de una treintena de miembros, entre otros su hermano Manuel, Gregorio Martínez Sierra, Cristóbal de Castro, Ramón Pérez de Ayala, Enrique de Mesa, Eduardo Marquina, además de otros escritores eminentes de la generación anterior: Sofía Casanova, Francisco Rodríguez Marín, Mariano de Cavia... Antonio Machado, a sus 35 años entonces y recién casado, aparece discretamente a un lado en la fotografía, de pie, pero impecablemente bien vestido, alto como era y bien plantado, más guapo, elegante y acicalado incluso que su hermano Manuel, a unos pasos más allá en la fotografía, entre Pedro de Répide y Villaespesa. De manera que si bien no nos cuesta imaginar a Machado en mangas de camisa por su casa, o subiendo y bajando por la loma de Santana en Soria, o en sus larguísimos paseos por los campos de Baeza o por los alrededores de la ciudad de Segovia, ya en los años veinte, tampoco nos cuesta nada imaginarlo impecablemente bien vestido en los actos oficiales y reuniones solemnes (muy lejos del famoso «torpe aliño indumentario» del poema), como en aquel homenaje a Antonio Pérez de la Mata en el Instituto de Soria, en el acto de inauguración del curso escolar del mismo año 1910 que la foto mencionada, con la asistencia en pleno de las autoridades locales, y donde Machado pronunció el que sería quizá su primer —y notable— discurso, publicado in extenso por los periódicos locales Tierra Soriana y La Verdad, o ya en Segovia, cuando presentó a Miguel de Unamuno como conferenciante, en febrero de 1922, en el teatro Juan Bravo, o poco después, en abril del mismo año, cuando pronunció su discurso «Sobre literatura rusa» en la Casa de los Picos, frente a un nutrido público asistente, y publicado en La Tierra de Segovia en un número del periódico hoy lamentablemente perdido.

Sin embargo, las «gotas de sangre jacobina» del mismo poema de 1908 sí parecen ciertas, si hemos de juzgar por los durísimos comentarios de Machado en algunas cartas que dirige a su maestro e interlocutor Miguel de Unamuno, especialmente en los años diez, durante la estancia de Machado en Baeza. Y por lo que respecta a su talante «bueno» (en el buen sentido de la palabra), también es confirmado reiteradamente por quienes le conocieron, que no siempre la «leyenda» tiene que ser invención, ni tiene por qué serlo. Sea como fuere, hoy día, gracias a la labor de recopilación de los escritos dispersos y de las cartas de Antonio Machado, tenemos un conocimiento más cabal y ajustado tanto de la persona, como de la obra y el pensamiento del poeta sevillano, al margen o más allá de la «leyenda» cuajada en sus poesías por él mismo.

Este ya importante corpus de escritos de Machado está formado por más de 200 textos (de los cuales casi la mitad corresponde al período de la guerra de 1936-39), entre artículos en revistas y periódicos, prólogos a obras propias y ajenas, alocuciones y discursos, entrevistas... Por lo que respecta a las cartas, hasta la fecha se han hallado y reunido un total de 221, entre las cuales destacan las dirigidas a Miguel de Unamuno, Rubén Darío, Juan Ramón Jiménez, José Ortega y Gasset, y ya en los años veinte Gerardo Diego y otros escritores de la generación del 27, además de las 36 cartas a su amor tardío Pilar de Valderrama entre los años 1929-32, y el importante grupo de 39 cartas de los años de la guerra de 1936-39
. A pesar de todo ello es seguro que aún quedará más de un artículo por rescatar en la prensa de ámbito nacional, o incluso en alguna rara revista literaria, y es probable que haya bastantes cartas de Machado en manos de particulares, los cuales las darán a conocer cuando lo crean conveniente.

Todo este ya relativamente abundante caudal de escritos no ha llovido del cielo, sino que ha sido el resultado de la paciente labor de recopilación de un puñado de estudiosos de Machado que han tenido el humor de revolver hemerotecas y archivos a la repesca de una carta o un artículo perdido. A ellos debemos el noventa por ciento de lo que hoy sabemos de Machado. Mencionemos algunos nombres como justo tributo a este imprescindible —y a veces un tanto oscuro y poco lucido— trabajo de recopilación. En primer lugar, Geoffrey Ribbans, que desde los años cincuenta ha ido rescatando infinidad de poesías y escritos de Machado en revistas y periódicos especialmente de comienzos del pasado siglo (Electra, Revista Ibérica, Helios, Alma Española, Renacimiento Latino... cuando esas emblemáticas revistas del «modernismo», hoy tan archiconocidas, apenas si sonaban a nadie en el páramo abrumador de la posguerra franquista), además de insistir reiteradamente en la importancia de la revista y el periódico, que hasta bien entrados los años veinte era en realidad donde se hacía la literatura, más que en el libro. Aurora de Albornoz, autora de una de las primeras y notables recopilaciones de Obras (Buenos Aires, 1964, 1973) de Machado (después de la temprana edición de Bergamín, en México, 1940), también desde inicios de los años sesenta, y durante toda su vida, fue rescatando aquí y allá numerosos artículos, y a su paciente labor debemos más de las tres cuartas partes de los escritos dispersos de Machado que hoy conocemos. Robert Marrast, también desde los años sesenta, ha recuperado numerosos escritos, especialmente de los años de la guerra, además de destacar por su pulcritud y rigor como editor. Allen W. Phillips, a lo largo de los años sesenta y setenta, fue dando noticia también de un nutrido grupo de escritos. Y, más recientemente, Julio Rodríguez Puértolas, en su estimable edición de los escritos de la guerra de Machado (1983), y Alfonso Méndiz Noguero, en su tesis doctoral (Antonio Machado, periodista, 1995) [
5]. Finalmente, por lo que respecta a los escritos de Machado en la prensa local (Soria, Baeza y Segovia), han sido dados a conocer, casi en su práctica totalidad, gracias a la labor investigadora de José Tudela, Pablo de A. Cobos, Heliodoro Carpintero y Carlos Beceiro.


*


Los escritos en prosa antes de la guerra de 1936, a pesar de su importancia para el conocimiento de Machado, son francamente escasos (y más si dejamos aparte los 49 artículos del «Juan de Mairena» publicados a lo largo de 1934-36 en Diario de Madrid y El Sol, y luego recogidos en libro poco antes de estallar la guerra). Hasta julio de 1936, suman en total 72 artículos, dos prólogos a obras ajenas, cuatro discursos y conferencias, y 17 entrevistas y respuestas a encuestas. Nada en comparación con los más de 3.000 artículos de Unamuno (que el que esto escribe no desespera de ver debidamente editados y anotados algún día), la friolera de los 5.500 artículos de Azorín, o de otros escritores contemporáneos. También la obra poética de Machado es relativamente escasa, cabe toda ella en un volumen de apenas 400 páginas, y en cualquier caso no es más extensa que la de Jorge Guillén o Pedro Salinas, y quizá sea esta parquedad un signo más de la «modernidad» de Machado, tantas veces discutida.

Aparte unas tempranas colaboraciones juveniles en el semanario satírico La Caricatura (1893) —y cuyo fino humor anticipa a Juan de Mairena—, Machado publicó sus primeros artículos en el periódico republicano El País, dirigido desde 1903 y hasta la desaparición del periódico en 1921 por Roberto Castrovido. Es de notar que Machado publicaría siempre sus colaboraciones en periódicos de tendencia progresista. En el importante periódico republicano («el periódico de los republicanos serios y reflexivos», como fue caracterizado en la época) llegaría a publicar hasta siete artículos, el último de ellos en 1917.

En esta etapa madrileña, hasta su traslado a Soria en 1907, destacan especialmente las reseñas de libros, seis en total, y todas ellas notablemente importantes: reseñas de libros de Antonio de Zayas, Benavente, Juan Ramón Jiménez (Arias tristes, 1903), Unamuno (Vida de Don Quijote y Sancho, 1905) y sobre Walden, de H. D. Thoreau, además de una densa «Carta abierta a don Miguel de Unamuno» (1903, en El País) y unas no menos interesantes colaboraciones sin firmar en la sección «Glosario» de la revista Renacimiento (1907). Artículos en los que está ya presente una doble preocupación ética y estética que acompañará siempre a Machado y que aparece y reaparece como un guadiana a lo largo de sus escritos.

Son años también en los que inicia su amistad con Unamuno, la cual perdurará de manera continuada hasta la muerte de éste en 1936, y será de extraordinaria importancia para Machado. No sólo fue Unamuno un «maestro» para él —en el sentido más fuerte que podía tener esa palabra para Machado—, sino incluso un «padre», en tanto fue una referencia fundamental para Machado, en lo personal y en lo intelectual. Más de una vez vemos a Machado en su correspondencia con Unamuno consultarle su opinión sobre distintos asuntos (por ejemplo, en 1914, al estallar la Gran Guerra), o bien esperar a que Unamuno se defina sobre determinada cuestión en sus artículos para a continuación Machado poner su reloj en hora con el del catedrático de Salamanca. La trágica muerte de Unamuno el 31 de diciembre de 1936, arrestado en su domicilio tras su enfrentamiento con Millán Astray en el aula magna de la universidad (donde Unamuno, frente a un auditorio de falangistas armados, pronunció aquello de «¡Venceréis, pero no convenceréis!»), afectó profundamente a Machado, según testimonió su hermano José

, hasta el punto de publicar la durísima y rotunda sentencia que transcribo, dirigida, en parte, contra quienes desde el lado republicano habían cuestionado a Unamuno:




Señalemos hoy que Unamuno ha muerto repentinamente, como el que muere en guerra. ¿Contra quién? Quizás contra sí mismo; acaso también, aunque muchos no lo crean, contra los hombres que han vendido a España y traicionado a su pueblo. ¿Contra el pueblo mismo? No lo he creído nunca ni lo creeré jamás
.



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Dispuesto a «saltar las bardas de su corral», o lo que es lo mismo, a «soñar despierto», como dijo en carta a Unamuno,

Antonio Machado se trasladó a Soria en 1907.

Sin embargo, antes de pasar a Soria me gustaría llamar la atención sobre la mencionada reseña de Walden, de H. D. Thoreau, publicada por Machado de manera anónima en Renacimiento
. Henry David Thoreau (Concord, Massachusetts, 1817-1862), intérprete radical del pensamiento trascendentalista de Emerson, abandonó todo para vivir en soledad y en contacto con la naturaleza durante algo más de dos años en una cabaña que construyó a orillas del lago Walden, en las cercanías de Concord, experiencia que relató en Walden; or life in the woods (1854). Su lugar de trabajo favorito era «una agradable ladera, cubierta de pinares, a través de los cuales veía la laguna, y un pequeño claro en los bosques de donde surgían pinos y nogales». Pues bien, según Antonio Casado da Rocha, experto en la obra de Thoreau, el comentario de Machado es la primera reseña en castellano publicada sobre el libro de Thoreau (tanto en España como en Sudamérica), y además manejó la primera edición inglesa (Walden, by Henry David Thoreau; with an introductory note by Will H. Dircks, Londres, W. Scott, 1886), única edición que lleva la introducción de Dircks, traducida —muy correctamente, según Casado da Rocha— y citada por Machado en su reseña. Probablemente leería esta primera edición inglesa de Walden en el ejemplar de la Biblioteca Nacional, lugar que solía frecuentar casi diariamente en aquellas fecha. Todo este pequeño excursus viene a cuento para decir que Machado no fue a Soria casi por azar, como suele pensarse, porque le tocara la plaza de Soria en las oposiciones a cátedras de francés, sino porque ya tenía de antemano la intención de trasladarse a Soria, lugar que probablemente conocía de años atrás, y era allí a donde deseaba ir, a emulación de Henry D. Thoreau, cuya lectura de Walden tanto le había impresionado. Es más: pienso que si se presentó a las oposiciones a cátedras de francés fue por la vacante de Soria.

Sea como fuere, enamorado de Soria, la Soria fría, con sus bosques de pinares y su aislamiento —lo más parecido en España a los bosques de Concord—, y enamorado de la naturaleza como Thoreau, Antonio Machado se trasladó a Soria para vivir su particular Walden. Notemos de paso que, como dijo Abel Martín, el amor es antes que la amada, observación que parecería casi de Perogrullo si en los tiempos que corren de desbarajuste sentimental y emotivo no estuviéramos por lo general convencidos de lo contrario. Pero Machado estaba ya enamorado cuando fue a Soria, y nada tiene de extraño que necesariamente fuera allí donde tuviera que encontrar su amor.

Los años de Soria son quizá los de mayor actividad poética relativa de Machado, pero, paradójicamente, son también los de mayor actividad externa: sus clases de francés en el Instituto (del que además ejerció de vicedirector), su matrimonio con Leonor Izquierdo en julio de 1909, las excursiones (famosa es su excursión a los picos de Urbión y la laguna Negra, pero ya no es tan conocido que apenas llegado a Soria realizó un viaje a Burgos, desde donde envió a Azorín un ejemplar de Soledades. Galerías. Otros poemas, acabado de aparecer, con esta dedicatoria: «Al pequeño filósofo Azorín en prueba de admiración y simpatía / Antonio Machado / Burgos 1 de noviembre 1907», y unos días antes había enviado a José Ortega y Gasset otro ejemplar del mismo libro, pero desde El Burgo de Osma, con esta dedicatoria: «Al culto e inteligente escritor don José Ortega Gasset / Antonio Machado / El Burgo de Osma 20 octubre 1907»)
, las intervenciones en actos públicos (como una conferencia en la Sociedad de Obreros o el mencionado discurso en el homenaje a Pérez de la Mata en 1910), y finalmente su viaje y estancia de seis meses en París al año siguiente para asistir como oyente a las clases del filósofo Henri Bergson en la Sorbona...

Desde su llegada a Soria, Machado colaboró en Tierra Soriana, periódico trisemanal del cual era redactor jefe el que sería su entrañable amigo en Soria, José María Palacio (nacido en Rasal, Huesca, en 1880, y casado con una prima hermana de Leonor). También el periódico La Verdad, fundado en 1909 y dirigido por el combativo periodista y político republicano Benito Artigas Arpón, se hizo eco con frecuencia en sus páginas de las actividades de Antonio Machado. Pero lo más notable fue la participación de Machado —junto con José María Palacio— en la fundación del que sería uno de los periódicos más longevos e importantes de la provincia, El Porvenir Castellano, título al parecer propuesto por el propio Antonio Machado
. El primer número del periódico bisemanal apareció el 1 de julio de 1912, siendo director —lo sería hasta 1918— José María Palacio. En este primer número colaboró ya Antonio Machado con el importante artículo —al hilo del recién constituido partido reformista—, «Política y cultura», firmado con el seudónimo Mireno (uno de los pastores de El vergonzoso en palacio, de Tirso de Molina, autor éste entre los preferidos por Machado del teatro clásico español). Y en los días siguientes emprendería en el mismo periódico una serie de colaboraciones sin firmar, cuatro en total, para dar a conocer al público y difundir la obra de los más importantes escritores del momento: Unamuno, Azorín, Valle-Inclán, Baroja..., serie que se vio quizá interrumpida por la muerte de Leonor en agosto de 1912. Ya desde Baeza, en carta a Unamuno resumiría Machado en dos líneas su experiencia periodística soriana: «En Soria fundamos un periodiquillo para aficionar a las gentes a la lectura» (junio de 1913). Por lo que respecta a las poesías, en esos años solía publicarlas regularmente en la revista La Lectura, incluido su extenso romance «La tierra de Alvargonzález».

Toda esta actividad cabe suponer que la llevaría a cabo en un ambiente que no había de serle demasiado favorable en la rancia pequeña ciudad soriana, e incluso un tanto hostil, y no sólo por la publicación de algunas poesías de fuerte contenido crítico, como «Por tierras del Duero» (publicada en La Lectura en diciembre de 1910 y reproducida poco después en Tierra Soriana, la cual fue duramente censurada por la tríada de periódicos conservadores Ideal Numantino, El Noticiero de Soria y El Avisador Numantino, hasta el punto que a su regreso de París Machado tuvo que cambiarle el título en «Por tierras de España» al incluirla en Campos de Castilla), sino sobre todo por su amistad con el político republicano radical Manuel Hilario Ayuso, antiguo amigo soriano y compañero de estudios en la Universidad de Madrid, y con quien Machado se encontraría por azar en su primer viaje a Soria para tomar posesión de la cátedra de francés, en mayo de 1907
. Todo ese ambiente nada amistoso para Machado habría de culminar con la desagradable cencerrada en el día de su boda. No es de extrañar, pues, que tras la muerte de Leonor, Machado hiciera las maletas y no volviera a pisar Soria hasta 20 años después, en 1932, cuando el Ayuntamiento, entonces ya republicano, con Bienvenido Calvo y Pelayo Artigas a la cabeza, tuvo a bien nombrarle hijo adoptivo de la ciudad.



*



En Baeza, paseos y excursiones aparte, Antonio Machado se sumerge en sus lecturas de filosofía. Qué otra cosa podía hacer en un lugar donde el tiempo parece detenido, hasta el punto que poco después de llegar escribe agobiado a su madre Ana Ruiz: «El tiempo pasa aquí con una lentitud abrumadora. Me parece que va para veinte años que vine y aún no han pasado dos meses» (carta de diciembre de 1912). La filosofía no fue una actividad marginal en Machado, sino «una afición de toda mi vida»
, pero fue en Baeza donde leyó filosofía de manera más sistemática, como prueba este comentario en carta a su hermano José, de la misma fecha que la carta anterior: «Saluda al amigo García Morente, cuyo libro sobre Kant [La estética de Kant, 1912] endulza muchas horas de mi vida.» Kant sería precisamente el tema que elegiría Machado para exponer ante Ortega y Gasset en su examen de doctorado en Filosofía, lo cual —tras finalizar la licenciatura y el doctorado en 1918— le permitiría al año siguiente concursar la plaza del Instituto de Segovia y salir del «sedante pueblecito».

En Baeza, Antonio Machado redescubrió a su padre, Antonio Machado y Álvarez (a quien ya en Segovia dedicaría el emotivo soneto «Esta luz de Sevilla...»), y se radicaliza su pensamiento. Es imprescindible la atenta lectura tanto de algunos artículos (por ejemplo, «Sobre pedagogía», El Liberal, 5 de marzo de 1913), como muy especialmente las cartas que dirige en estos años a Unamuno, por un lado, y a Ortega y Gasset, por otro (los dos intelectuales más importantes de su tiempo), con quien había comenzado su relación epistolar ya en Soria, a raíz de la publicación de Campos de Castilla. Machado se suma a todas las iniciativas políticas que emprende Ortega, empezando por la Liga de Educación Política Española, fundada en octubre de 1913, lee con lupa todo lo que escribe éste, tanto sus artículos en Los Lunes de El Imparcial como luego en El Sol (en la famosa sección «Folletones de El Sol») a partir de la aparición de este periódico en 1917, y colabora desde los primeros números en el semanario España, fundado también por Ortega y Gasset en 1915.

Además de sendos comentarios sobre libros de Unamuno (Contra esto y aquello, 1912) y Ortega (Meditaciones del Quijote, 1914), y del extenso artículo «España y la guerra» (1916) publicado en el semanario proaliado La Nota de Buenos Aires, el escrito de Machado más importante en este período es el «Prólogo» al libro Helénicas (1914) de Manuel Hilario Ayuso, primer ensayo de estética de Antonio Machado y contrapunto al «Ensayo de estética a manera de prólogo» que escribió Ortega y Gasset para El pasajero (1914) de José Moreno Villa.

Es una pena que no se haya conservado ninguna colección de Idea Nueva. Semanario reformista, el único periódico de Baeza —que se sepa— en el que colaboró Machado, y del cual sólo se conservan algunos pocos números sueltos en colecciones particulares, y ni un solo ejemplar en ningún archivo ni biblioteca pública, de manera que nos quedamos sin saber si Machado publicó más colaboraciones en este semanario —portavoz local del partido reformista— que los dos artículos conocidos, ambos de febrero de 1915, el segundo de ellos la emotiva necrológica por la muerte de Francisco Giner de los Ríos, el 18 de febrero de 1915.



* 

Si en algún lugar Antonio Machado estuvo realmente a gusto, fue en Segovia, y no sólo por la proximidad a Madrid, sino porque en Segovia halló un ambiente excelente, de notable florecimiento e inquietud artística y cultural en la ciudad —similar al «renacimiento cultural» de Granada unos años antes—, y que está aún pendiente de detenido estudio. Pero sobre todo halló verdaderos amigos e interlocutores, empezando por Blas Zambrano, profesor en la Escuela Normal y padre de María Zambrano, Rubén Landa, republicano e institucionista, catedrático de filosofía en el Instituto, el culto segoviano Mariano Quintanilla, ayudante de letras en el Instituto y posteriormente catedrático de filosofía... Sería prolijo alargar la lista. Centro de reuniones fue la tertulia en el taller del ceramista Fernando Arranz, donde trabajaba también el escultor Emiliano Barral, y donde solían acudir, además de los mencionados, el periodista segoviano Ignacio Carral, los escritores Julián María Otero, Marceliano Álvarez Cerón (directores ambos de la revista Manantial, 1928-29), Juan Francisco de Cáceres y Mariano Grau, el músico Agapito Marazuela, además de artistas e intelectuales de otros lugares a su paso por Segovia, como el periodista Luis de Sirval o el pintor Cristóbal Ruiz

. Se conserva una magnífica fotografía tomada por Arranz en la terracita de su taller, hacia 1923, en la que aparecen alrededor de una mesa Emiliano Barral, Antonio Machado, el pintor y caricaturista Eugenio de la Torre (Torreagero) y Julián María Otero.

Importante sería la participación de Machado, nada más recalar en Segovia, en la fundación de la Universidad Popular segoviana en diciembre de 1919, iniciativa de un grupo de profesores y catedráticos tanto del Instituto como de la Escuela Normal de Maestros, promotores también del excelente periódico La Tierra de Segovia (1919-22), fundado en mayo de 1919 y dirigido por Segundo Gila y con Blas Zambrano como redactor jefe
.

En los años de Segovia la actividad de Machado se centra con preferencia en el teatro, junto con su hermano Manuel: seis obras originales estrenadas entre 1926 y 1932, más cuatro adaptaciones de obras del teatro clásico español (de Tirso de Molina y Lope de Vega, además de Hernani de Victor Hugo). Hay constancia de que ya en los últimos años de Baeza empezaron ambos hermanos a esbozar su primera comedia y a plantearse trabajar para el teatro (véase carta de Antonio Machado a su hermano Manuel, hacia mayo de 1918). Sin embargo, Antonio Machado sigue con mucha atención la «nueva poesía» de los años veinte, y él mismo colabora en las principales revistas literarias del momento (Grecia, La Pluma, Cosmópolis, Índice, Horizonte, Alfar, Revista de Occidente, La Gaceta Literaria...), con poesías o escritos en prosa.

En Segovia prosigue la teorización sobre poesía iniciada ya en Baeza con el mencionado «Prólogo» a Helénicas de M. H. Ayuso. La irrupción de las «vanguardias» por un lado, y su propio estancamiento poético relativo por otro —después de las últimas poesías recogidas en la primera edición de Poesías completas (1917)—, le llevan desde inicios de los años veinte a un momento de reflexión importante sobre su propia actividad poética y sobre la lírica en general. Como escritos más relevantes en este sentido cabe mencionar la respuesta a la encuesta planteada por el semanario La Internacional, «Dos preguntas de Tolstoi: ¿Qué es el arte? ¿Qué debemos hacer?» (n.º 48, 17 septiembre 1920), el apartado «El simbolismo» en «De mi cartera» (La Voz de Soria, 8 septiembre 1922) y «De mi cartera. Gerardo Diego, poeta creacionista» (La Voz de Soria, 29 septiembre 1922), el extenso artículo «Reflexiones sobre la lírica. El libro Colección del poeta andaluz José Moreno Villa» (Revista de Occidente, n.º XXIV, junio 1925)
, la respuesta a la «Encuesta a los directores culturales de España. ¿Cómo ven la nueva juventud española?» (La Gaceta Literaria, n.º 53, 1 marzo 1929), que quizá sea el más importante de todos los trabajos mencionados, y ya en los años treinta el borrador de discurso de ingreso en la Academia Española (1931) y finalmente la nota sobre «Poética» (1932) en la Antología de Gerardo Diego. A todo ello habría que añadir las numerosas observaciones sobre poesía en sus artículos del «Juan de Mairena» a lo largo de 1934-36.

No hay duda de que para Machado la poesía «se ha convertido en problema», como dijo en su borrador de discurso de ingreso en la Academia
. ¿Pero cuál era, en realidad, el problema? Hay que leer con muchísima atención los escritos sobre poesía mencionados en el párrafo anterior para sacar algo en claro. Digamos de manera resumida que a inicios de los años veinte el problema para Machado es que la poesía —o mejor, la lírica— está en un callejón sin salida. Por un lado, el subjetivismo romántico está agotado («la obscura mazmorra simbolista», según gráfica expresión de Machado) y, por otro, las nuevas formas de poesía objetiva que surgen tras la Primera Guerra Mundial, en sus diversos y variados «ismos» —pero que todos tienen en común la más o menos sistemática eliminación de cualquier sujeto en poesía (lo que Ortega y Gasset calificaría en 1925 como «deshumanización del arte»)—, tampoco son del agrado de Machado, para quien es condición sine qua non de la poesía el ser «una honda palpitación del espíritu». Lo que más desconcierta a sus contemporáneos —y también a muchos estudiosos de hoy— es que Machado reparte palos a unos y a otros: ni subjetivismo ni pura objetividad... Entonces, ¿qué? El problema es que a inicios de los años veinte Machado no puede dar respuesta clara a esta pregunta, por la sencilla razón de que tampoco sabe entonces qué. Sin embargo, si leemos con atención los escritos de Machado de mediados de los años veinte, podemos entrever —un poco a toro pasado, es cierto— que para Machado la salida del atolladero estaría en lo que él denomina «nueva objetividad», es decir, una poesía que sea, a la vez, subjetiva y objetiva, lo cual no logrará Machado hasta el «Cancionero apócrifo», mediante el artificio de eclipsar al sujeto poético por la interposición entre éste y el poema de un sujeto poético ficticio (el poeta apócrifo), lo cual da como resultado esa «rara objetividad» —en magistral expresión de un crítico— de las poesías del «Cancionero apócrifo» (1926-1936), que hay que considerar como la cumbre de la lírica española contemporánea.

En noviembre de 1934, ya en Madrid, publica la primera entrega del «Juan de Mairena» en el efímero Diario de Madrid, que al cerrar este periódico al año siguiente se continúa en El Sol, colaboraciones luego recogidas en el libro Juan de Mairena (1936). La guerra da al traste con la distribución del libro, de manera que no sabemos cuándo fue puesto a la venta. En todo caso, la primera reseña (de Rafael Dieste, en la revista Hora de España)
, no apareció hasta marzo de 1937. Tal como observó poco después Andrés Ovejero en un artículo casi desconocido: «La lectura de estas sobrias frases renueva la memoria de un libro [Juan de Mairena] que apenas ha suscitado comentarios en la prensa, sin ocios para la crítica en estas circunstancias en que la guerra desvía forzosamente la atención de la vida literaria».


*

En los años de la guerra, especialmente a partir de su traslado a Valencia, Antonio Machado lleva a cabo una actividad ingente, a pesar de su ya avanzada edad y su precario estado de salud

. En apenas dos años, 1937-38, publica un total de 102 escritos, casi tantos como en toda su vida hasta entonces. Su firma aparece en más de 50 revistas y periódicos, de los cuales por lo menos en 21 de ellos son colaboraciones directas. Interviene además en numerosos manifiestos colectivos, algunos redactados por el propio Machado. Menciono algunas revistas y periódicos en los que aparecen con más frecuencia colaboraciones de Machado, sean artículos, entrevistas o declaraciones: Milicia Popular. Diario del 5.º Regimiento de Milicias Populares, Verdad. Diario de unificación de los partidos comunista y socialista (Valencia), Hora de España (Valencia/Barcelona), Madrid. Cuadernos de la Casa de la Cultura (Valencia/Barcelona), Ahora. Diario de la juventud, Ayuda. Semanario de la solidaridad (Madrid/Valencia), Servicio Español de Información (Valencia/Barcelona), La Voz de España, Frente Rojo (Valencia), Defensa Nacional. Revista española de técnica militar, El Mercantil Valenciano, AERCU. Boletín de la Asociación Española de Relaciones Culturales con la URSS (Valencia), La Vanguardia (Barcelona), Nuestra Bandera. Revista mensual de orientación política, económica y cultural (Barcelona), Nuestro Ejército. Revista militar (Barcelona), Revista de las Españas (Barcelona) y Voz de Madrid. Semanario de información y orientación de la ayuda a la democracia española (París).

En su etapa de Valencia, destacan especialmente sus artículos mensuales en la revista Hora de España, desde su primer número en enero de 1937 hasta el último n.º XXIII, de noviembre de 1938, que ya no llegó a ver la luz. También su colaboración regular en el boletín diario del Servicio Español de Información. Textos y documentos (con ediciones en francés, alemán, italiano e inglés), dependiente de la Subsecretaría de Propaganda y dirigido por Juan José Domenchina. Colabora asimismo en la lujosa revista Madrid. Cuadernos de la Casa de la Cultura, editada por el Ministerio de Instrucción Pública, así como en muchas de las diversas publicaciones del Socorro Rojo Internacional, especialmente en Ayuda. Semanario de la solidaridad. Todo ello sin contar su colaboración en las diversas publicaciones y folletos editados por el gobierno de la República, en especial el Ministerio de Instrucción Pública (Madrid. Álbum de homenaje a la gloriosa capital de España, 1937; Destrucción. Documentos de la guerra por la independencia de España, 1938; Homenaje de despedida a las Brigadas Internacionales, 1938), el 5.º Regimiento (El fascismo intenta destruir el Museo del Prado, 1936), la Alianza de Intelectuales para la Defensa de la Cultura (Álbum al general Miaja, 1937), o por el Socorro Rojo Internacional (Madrid. Baluarte de nuestra guerra de independencia, 1937), o bien su inclusión en antologías emblemáticas (Crónica general de la guerra civil, Madrid, Ediciones de la Alianza de Intelectuales Antifascistas, 1937; Poetas en la España leal, Valencia, Ediciones Españolas, 1937; Homenaje al poeta García Lorca contra su muerte, Valencia/Barcelona, Ediciones Españolas, 1937...). Una cuidada selección de los escritos de la guerra de Antonio Machado, en poesía y prosa, fue recogida en el libro La guerra (Madrid, Espasa-Calpe, 1937), profusamente ilustrado con dibujos de su hermano José
.

La actividad pública de Machado en 1937 durante su estancia en Rocafort (Valencia) fue asimismo notable: presidente del Patronato de la Casa de la Cultura; participación en la Conferencia Nacional de Juventudes organizada por las Juventudes Socialistas Unificadas en enero de 1937, y su posterior «Discurso a las Juventudes Socialistas Unificadas» pronunciado en el local de las JSU el 1 de mayo de 1937 (recogido en La guerra); intervención en el II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura inaugurado en Valencia el 4 de julio de 1937, y donde leyó en la sesión de clausura su famoso discurso «Sobre la defensa y la difusión de la cultura» (publicado en Hora de España, n.º VIII, agosto 1937, y reproducido en otros muchos lugares)...


Pero especialmente emotiva fue, poco después de su llegada a Valencia, la lectura pública del poema a la muerte de García Lorca, asesinado en Granada el 19 de agosto de 1936. Machado leyó esta poesía —con el título de «Homenaje al gran poeta García Lorca»— el 11 de diciembre de 1936, en la plaza de Emilio Castelar de Valencia, con motivo de la inauguración de la «Tribuna de agitación y propaganda» instalada por el Ministerio de Instrucción Pública. El acto tuvo lugar a las cuatro de la tarde, con la asistencia del ministro, el comunista Jesús Hernández, y la intervención de León Felipe, en una plaza abarrotada de gente
. José Bergamín fue testigo de aquella lectura:




Yo he visto subir al poeta, un claro mediodía, a un tingladillo levantado en medio de la plaza más grande de Valencia. Le rodeaba una inmensa muchedumbre. Parecía que subía al cadalso. Mas no ahogaba su voz; por el contrario, habló desde allá arriba con tal fuerza, que aquel dejo tímido y altivo de su palabra la iba desnudando o, mejor dicho, vistiéndola de sangre, por un pensamiento que expresaba los sentimientos en conmoción de todos los pueblos de España.

Cantaba el poeta la muerte de Federico García Lorca. Y quienes escuchábamos aquella voz que tantas veces escuchamos al cobijo de su intimidad solitaria, la veíamos, por vez primera, dibujando en los aires su contorno con precisión exacta, con veracidad justa. No hablaba el poeta para nosotros. Hablaba desentrañando sangrientamente de su propia voz enfurecida algo mucho más hondo que su vida personal invisible, la vida visible, por su palabra, de un pueblo entero
.




Ya en Barcelona, en 1938, colabora asiduamente en La Vanguardia. Son en total 26 artículos, publicados entre el 27 de marzo de 1938 y el 6 de enero de 1939, la mayor parte de ellos bajo el epígrafe «Desde el mirador de la guerra», y que en opinión de algunos constituyen la visión más lúcida sobre la guerra en estos años. Finalmente, en los últimos meses de 1938 escribió el prólogo para dos libros: de Ramón del Valle-Inclán, La corte de los milagros (Nuestro Pueblo), y Manuel Azaña, Los españoles en guerra (Ramón Sopena), libro que ya no llegó a ser distribuido.

El musicólogo Vicente Salas Viu visitó a Antonio Machado en Torre Castañer, pocos días antes de la salida de éste hacia Francia:




Los fascistas cerraban su ofensiva sobre Barcelona; se combatía ya en el Llobregat y no tardarían mucho en oírse las explosiones de la artillería en los arrabales.

Era el 15 de enero, un domingo invernizo, con un sol apagado, ceniciento, para engañar a nuestro cansancio después de tomar aquella especie de sopa de nada que fue toda nuestra comida, fuimos mi mujer y yo hacia la Bonanova a ver a Machado. Significaba un buen paseo subir allá arriba, poco menos que a Sarriá, a pie como había que hacerlo, porque los tranvías casi ya no circulaban. [...]

La casa donde vivía Machado era un desvencijado palacio con un jardín que el descuido hacía hermoso. Sus avenidas estaban por completo cubiertas de hojas secas, los arrayanes se vencían sobre las sendas, las ramas muertas se pudrían al pie de los árboles [...].

El poeta con su madre y un hermano habitaban la planta baja del palacio y en los cuartos de arriba vivían un par de familias de refugiados, un tropel de chiquillos que se perdía por los campos cercanos en busca de no sé qué hierbas para comer, probablemente uno de aquellos ilusorios alimentos que hubo que inventarse durante la guerra. Nos recibió en una sala alfombrada de esparto con unas ridículas pinturas en las paredes, buena muestra del mal gusto del que fue su dueño. Había allí otros varios amigos: el profesor Xirau, un poeta catalán cuyo nombre no recuerdo [posiblemente Carles Riba], un soldado amigo mío, el musicólogo Torner y otras cuatro o cinco personas. Torner había tocado al piano unas sonatas de viejos maestros españoles que acababa de transcribir, y en cuyo estudio trabajaba entonces [...]. Don Antonio Machado, en un rincón junto al piano, la escuchaba, y los olmos del Duero, las encinas del seco campo castellano, el azul de las sierras contra la tierra obscura de labor, el viento que se afila entre los álamos, volvían temblorosos a su recuerdo. Estaba terriblemente envejecido, acabado por el sufrimiento de los últimos días y aquella emoción le reanimaba y hacía brillar sus ojos como el fuego en la ceniza.

Sólo una vez se habló de la guerra, de la angustiosa situación de los frentes y de la amenaza que de nuevo, como en noviembre, se cernía sobre el corazón de la República. «Estaremos donde haya que estar», dijo Machado, dispuesto como siempre lo estuvo a sufrir sin regateos las amarguras, el dolor que se nos reservaba a los españoles verdaderos
.




 Jordi Doménech



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Vert estudio completo
con las debidas anotaciones y links
en Abel Martín, Revista sobre Antonio Machado
pinchando aquí


SOLEDADES (Antonio Machado)



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 Recuerdo que una tarde de soledad y hastío,
¡oh tarde como tantas! , el alma mía era,
bajo el azul monótono, un ancho y terso río
que ni tenía un pobre juncal en su ribera.


  ¡Oh mundo sin encanto, sentimental inopia
que borra el misterioso azogue del cristal!
¡Oh el alma sin amores que el Universo copia
con un irremediable bostezo universal


  Quiso el poeta recordar a solas
las ondas bien amadas, la luz de los cabellos
que él llamaba en sus rimas rubias olas.
Leyó... La letra mata: no se acordaba de ellos...


  Y un día—como tantos—, al aspirar un día
aromas de una rosa que en el rosal se abría,
brotó como una llama la luz de los cabellos
que él en sus madrigales llamaba rubias olas;
brotò, porque una aroma igual tuvieron ellos...

Y se alejò en silencio para llorar a solas.



Antonio Machado
Soledades, 1907 - 1919



Todo cuanto dice M. Proust sobre la memoria y las intermitencias del corazón está en mi “Elegía de un madrigal”, publicada en 1907 en “Soledades, Galerías y otros poemas” (Pueyo) y escrita mucho antes (Antonio Machado, Los complementarios).




Ver Soledades, galerías y otros poemas
en Wikisource
pinchando aquí


COCHEROS LOCOS (de "Los complementarios")




¿Fue Alfredo de Vigny quien dijo de los políticos que no merecían, por el hecho de gobernar bien o mal, mayor loa o censura que los cocheros por conducir hábil o zurdamente sus carruajes? Tal vez fue Vigny, aunque no lo recuerdo bien. Descartemos cuanto haya en estas palabras de excesivo menosprecio para los políticos, o para los cocheros, según casos y pueblos. Reconozcamos una parte de razón en la boutade del poeta, y olvidemos cuanto ella supone de incomprensión de la vida política. Basta de elogios descomedidos y de censuras melancólicas para gente tan de escaleras abajo, en el orden espiritual, como políticos y cocheros. Si el auriga sabe su oficio, sigamos con él y paguémosle puntualmente su salario. Si guía mal, habrá que despedirlo. Porque dentro de su coche vamos todos. Mas ¿qué haremos con un cochero loco o borracho que nos lleva a galope y alegremente al precipicio? Habrá que arrojarlo a la cuneta del camino, después de arrancarle por la fuerza las riendas de la mano. Revolución se llama a esta fulminante jubilación de cocheros borrachos. Palabra demasiado fuerte. No tan fuerte, sin embargo, como romperse el bautismo.
Madrid, 1 enero, 1915
 
Mas Dios nos libre de los nuevos cocheros, de los sustitutos de estos cocheros locos. En España ha habido siempre un gobierno malo y una opinión descontenta, que aspiraba vehementemente a otro peor.Cuando fracasen las cabezas pediremos que gobiernen las botas.

Antonio Machado
Los complementarios, 1912-1925





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Ver Los complementarios en:

Biblioteca Digital Antonio Machado
pinchando aquí

y en

Antonio Machado, Antología comentada (II. Prosa)
Edición de Francisco Caudet
en Google books
pinchando aquí

Ver

La teoría poética de Los complementarios
pinchando aquí




LA TEORÍA POÉTICA DE "LOS COMPLEMENTARIOS" (Manuel Alvar)



Introducción


La publicación de Los Complementarios ha prestado un gran servicio a los estudios machadianos, aunque tal vez los manes de don Antonio estén reprendiendo al editor. De todas formas, los escrúpulos del poeta no iban demasiado lejos: autorizaba a tomar sus ideas, pero hacía distingos a la forma. El respeto se lo concedemos: manejamos borradores y sólo borradores. La teoría literaria de Machado no es únicamente lo que este cuaderno permite intuir, faltan muchas cosas y otras -sin embargo- están reiteradas, el orden no es muy riguroso... Cierto todo ello. Pero verdad también, que nos encontramos ante una serie de postulados y problemas que aquí se formulan de manera inequívoca, que pueden completar lo que ya sabíamos de los apócrifos y que autorizan a establecer una teoría poética bien trabada y bien pensada, teoría poética que va de 1912 a 1925 y que afecta a la creación, total o parcial, que rigió obras capitales como Campos de Castilla (1907-1917), Nuevas canciones (1917-1930) y los inicios de un Cancionero apócrifo (1923?-1936). En la página 243 de Los Complementarios consta una apostilla que nos ahorra cualquier duda:


Contiene borradores y apuntes impublicables, escritos desde el año 1912 en que fui trasladado a Baeza, hasta el 1.º de junio de 1925.

La misión del investigador va a ser la de dar coherencia a la información dispersa y encontrarle sentido dentro del pensamiento teórico de su creador. Como, por otra parte, disponemos de su doctrina poética según Abel Martín y Juan de Mairena, podemos ver ahora cómo se han ido elaborando todas estas fuentes de información.





En torno al signo poético


Situado ante la palabra, Antonio Machado formula una serie de principios que son fundamentales para su propia oración. Como poeta, se ocupa de la expresión y no del contenido, por eso los dos planos hjelmslevianos del contenido (forma y sustancia) apenas le interesan. Sin embargo, sagazmente, va levantando diversos estratos para aclarar su concepción de la poesía. Machado parte de las doctrinas de Lipps que, en su Estética, había dicho «todo mero hecho carece de sentido estético». Lo que traducido al lenguaje del estructuralismo significa que la poesía, como estética que es, no afecta ni es afectada por la sustancia del contenido. Dicho de otro modo, si entendemos por sustancia de contenido la realidad antes de ser formulada, resultará que cualquier hecho podrá ser poético, si adquiere forma poética, pero por ser hecho no es poesía. Ahora bien, el escritor para comunicarse no se puede valer de ideas sino de palabras; por eso el propio Lipps apostillará poco después: «la poesía es, ante todo, un resultado de las palabras». Pero el dominio de la palabra es el plano de la expresión, no el del contenido, con lo que la doctrina de Lipps se formula muy claramente dentro del ámbito en el que la insertaría Hjelmslev. Antonio Machado parte, pues, de los presupuestos del teórico: la sustancia del contenido no es en sí misma poética ni la poesía es otra cosa que plano de expresión. Situado en estos principios, Machado intenta desentramar el sentido de la palabra y de las palabras. Porque si la poesía no fuera otra cosa que palabras nos encontraríamos con un mundo simplemente denotativo en el que los signos transmiten, artificial o simbólicamente, realia. Pero la poesía es algo distinto del lenguaje funcional y exige a la palabra unos valores ausentes de la trivialización.




El valor de la palabra


Cuando el poeta nos dice que


Las artes plásticas trabajan con materia bruta. La materia lírica es la palabra: la palabra no es materia bruta.


está considerando la palabra como dotada ya de unas formas diferenciadoras. Si antes decía que la poesía no era sustancia de contenido, vemos ahora que la forma viene a diferenciarla. Porque no se trata de un bloque de piedra o de un metal en fundición, no. La palabra es materia (digamos sustancia) elaborada (digamos con forma). Ahora bien, cuando el poeta utiliza su materia artística la recibe como una herencia dotada de una serie de elementos constitutivos (forma y sustancia) que sirven para que pueda ser expresada, pero quien utiliza esos elementos no los inventa, sino que tiene que aceptarlos porque -él también- está dentro de un convencionalismo en el que la palabra tiene valor; si quisiéramos independizarnos de semejante tiranía, no podríamos comunicar el mensaje poético, pues no seríamos comprendidos. Resulta entonces que la palabra -por su propia existencia ya no materia bruta- posee una carga convencional que la hace comprensible pero -a la vez- desvinculada de quien tiene necesidad de usarla. Machado lo ha visto muy bien, ha tratado de comprender el problema y se ha remontado a planos generales: la sociedad ha creado el valor de ese sutil instrumento que estamos manejando; como necesita hacerlo hilo de comunicación entre los hablantes, debe vaciarlo de cualquier contenido afectivo, y, así, la palabra funcional es convencional y objetiva, pero el poeta necesita expresar cualidades, no realidades neutras, y, entonces, la tiene que modificar. Estamos ante un nuevo planteamiento al que volveremos más tarde: la palabra poética como desvío de la palabra funcional. De momento sigamos el hilo de nuestro planteamiento: la palabra no es materia bruta, sino un producto social, elaborado, que recibimos apto para su utilización. Pero por su propia condición es una pantalla que se interpone entre la realidad y el hombre; nosotros transmitimos no cosas, sino símbolos de las cosas. La primera ocupación del hablante, es pues, desnudar ese fantasma, ineludible e inevitable, que oculta el mundo bajo la apariencia con que lo cubre. Mucho más si se trata de lenguaje poético, en el cual hay un desvío de lo que se ofrece objetivamente. Por eso resulta muy acertada la comparación de Machado, «toda poesía es, en cierto modo, un palimpsesto», porque, en efecto, bajo la apariencia de cualquier texto que leamos hay otro mensaje distinto al que debemos descifrar. Desde el mundo de la semiología las cosas resultan del mismo modo: las llamadas estructuras superficiales «ordenan en formas discursivas los contenidos susceptibles de manifestación», en tanto que en la estructura de manifestación «se producen y organizan los significantes». La palabra tal y como la entiende Machado pertenecería a la estructura superficial de Greimas, mientras que la palabra poética estaría cardinada en las estructuras de manifestación.




Signos lingüísticos y signos poéticos


Antonio Machado habla de palabras. Las considera productos elaborados por la comunidad que de ellos se sirve para establecer la comunicación, las ve como intermediarias del mundo y el hombre que quiere transmitir ese mundo; considera también, aparte, el valor de la palabra poética. No podemos pedir al escritor que nos haga una teoría lingüística con sus intuiciones, sí debemos ordenarla nosotros, toda vez que él mismo nos la ha descubierto. Machado distingue entre palabra (digamos funcional) y palabra poética; es decir, un elemento único puede ser enunciado de manera objetiva y de otra manera desviada, connotada por tanto. Si la palabra es el equivalente del signo lingüístico saussureano (un significante + un significado), la palabra poética es un signo enriquecido, con lo que venimos a caer en los planteamientos de teóricos, de la estética y de la lengua, bien próximos a nosotros. Cuando Bunse establece la diferencia entre señal y signo como oposiciones comunicativas que pertenecen al mundo físico y al mundo estético, respectivamente, no hace sino distinguir entre denotador y connotador, entendiendo éste como señal + carga íntima. Pero esto es lo que hace muchos años había defendido Dámaso Alonso frente a Saussure y lo que ha venido a descubrir Greimas. Estamos ante una clara intuición de Antonio Machado: si la palabra (o señal) es un elemento neutro, en cuanto la hagamos sostén de un mundo ideal la habremos convertido en palabra poética (señal + carga afectiva = signo) y sólo a través de la palabra poética alcanzaremos a entender la nueva, o la única visión del mundo.




La palabra poética


Partiendo pues de la palabra denotativa, el poeta elabora sus materiales cargándolos con nuevos contenidos. Cuáles puedan ser, Machado intenta decírnoslo y señalar sus riesgos. En primer lugar, el sentimiento. Este simple enunciado nos lleva ya a otro problema: el de la identificación croceana de expresión con poesía. Pero la expresión puede enunciarse de mil maneras, de tal modo que nosotros seremos quienes demos esa carga afectiva que desvía el enunciado de su realización trivial. Recordemos a Unamuno: cuando puso prólogo a la Estética de Croce, habló de los niños que, rodeando a un caballo, gritaban ¡caballo!, ¡caballo! El ejemplo vale y no vale para lo que don Miguel pretendía: vale porque reflejaba con exactitud aquello que se quería explicar; era inútil porque en cualquier caso la palabra caballo no es necesariamente poesía. Si digo, objetivamente, «en Málaga hay coches de caballos» difícilmente se podrá decir que esto, en sí, sea poético. Los niños salmantinos que daban saltos gritando ¡caballo! habían cargado a la palabra con unos contenidos que podían ir desde la fantasía (se desborda la imaginación infantil al encontrar un caballo en el ámbito urbano) hasta el gozo (necesidad de transmitir la alegría por no estar en la escuela). Es decir, la palabra en los chiquillos se había enriquecido con muchas cargas emotivas, ¿podríamos decir lo mismo de la descripción de un caballo hecha por el granadino Porcel en el siglo XVIII? Cierto que caballo puede aparecer en un mundo connotativo: el interlocutor que insulta a su antagonista, el hombre en el campo que se cree acometido por un toro y que, al liberarse del susto, grita; ¡si es un caballo!, el tratante que en su regodeo de vendedor dice esto sí que es un caballo, el jinete que orgulloso de su montura dice para caballo caballo, mi caballo, etc.


Machado se aparta de Croce e incide en los caminos del formalismo poético:


No decimos gran cosa, ni decimos siquiera suficiente, cuando afirmamos que al poeta le basta con sentir honda y fuertemente, y con expresar claramente su sentimiento.

Si rebuscáramos en qué pueden ser esos elementos que, al parecer, faltan para que la poesía sea poesía tal vez tuviéramos que volver a algo ya dicho. La palabra (y la lírica realizada con palabras) es comunicación. Comunicación nuestra hacia los demás, comunicación para entender, a través de ella, la realidad que nos cerca. Esto nos obliga a ser otro yo, que el nuestro sólo, u otro que el ajeno. La capacidad poética se mide por la cantidad de comunicación que seamos capaces de crear, esa entropía de que hablan los teóricos de la informática. Para ellos entropía equivale a consumo (en termodinámica a «consumo de energía»), pero el consumo puede degradarse y abocar a la desorganización; un poeta, cuya poesía no se pueda comunicar no será nunca un poeta popular (por ejemplo, Juan Larrea); sin embargo, y no considerando otros valores, podría haber una poesía de gran consumo, pero que no esté -por las razones que sean- dentro de los valores que consideramos poéticos (los pliegos de cordel, por ejemplo) y podrá haber un poeta con grandes valores líricos y, sin embargo, afecto también al consumo (un Bécquer). Ocurre entonces que una poesía -la de Bécquer- escrita con unos determinados fines (lirismo interior) ha sido degradada a los niveles de la cursilería de burguesitas o cupletistas. Otro ejemplo: en una colección llamada Los poetas había una selección de Garcilaso; el soneto X (Hermosas ninfas, etc.) había servido de portada: se pretendía una hermosa mujer desnuda. ¿Cuántos compraron aquel libro creyendo que dentro iban a encontrar lo que buscaban? Bécquer o Garcilaso convertidos, fraudulentamente, en valores publicitarios para los que nunca escribieron sus versos. Ni Bécquer ni Garcilaso son lo que se insinúa; su obra ha sido degradada y falsificada, y, como ocurre con el consumo de energía en termodinámica, la degradación ha conducido hasta el desorden, pues los dos grandes poetas no significan lo que dicen con ellos.


Antonio Machado se debate entre los mismos hilos de la red. Es hombre de su tiempo y de su pueblo, por eso siente que en él mismo «vibran otros sentires» y que su «corazón canta siempre en coro», que su sentimiento toma los «materiales del mundo externo» y que con él colabora «el tú», es decir, los demás. Ahora bien acertar con esos otros «es el problema de la expresión lírica». Temor a ser hermético y no comunicar gran cosa, temor a ser desvirtuado por quienes carecen de su diapasón adecuado para temblar con las mismas vibraciones. En un momento de Los Complementarios, don Antonio inventa a José Luis Fuentes, «poeta sanluqueño, místico y borracho» que murió en Cádiz al acabar el siglo XIX. En una soleá dejó su credo poético:

Obscuro para que atienden;
claro como el agua, claro

para que nadie comprenda.

Dificultad para que quien escucha huya de la trivialidad, apariencia fácil pero erizada de complejidades. Es un programa estético, que también tiene sus quiebras. Cuenta León Felipe cómo un día, en Valencia, juntos iban a leer poemas al pueblo: don Antonio apenas pudo encaramarse al tablado y fue izado por su compañero. Tuvieron que apresurar la lectura, porque el pueblo no les hacía caso. Poesía la de Machado clara como el agua, pero ¿entendida por todos en lo que tiene de claridad? Encarándose con la poesía de Moreno Villa nos apunta un ideal: la lírica no es un problema ni un oficio. Podríamos preguntar cómo en su copla, aunque tal vez la adivinanza sea más fácil de resolver ahora: la lírica no es un problema; esto es, no es un planteamiento al que damos solución con la lógica. No es tampoco «un oficio que se ejerza confiadamente bajo normas seguras». Ni lógica ni retórica. No marraríamos mucho si la consideráramos sentimiento e intuición, porque Machado crea una poesía sustancialmente subjetiva, cargada con elementos de su vida emocional, y transmitida por procedimientos sencillísimos, pero insustituibles en su aparente sencillez. Todo ello ha sido visto por la crítica, pero quisiera matizarlo. En un hermoso artículo, Julián Marías ha dicho que rara vez con tan escasos recursos como los que Machado maneja se han conseguido «calidades líricas tan altas. La razón de ello es que la poesía de Machado representa un máximo de autenticidad». La autenticidad suele ser una valoración subjetiva, mudable por tanto según la ocasión y según quien la juzgue. Yo volvería a Los Complementarios para desvelar el sentido de la palabra autenticidad; se trata de una identificación de la palabra con la realidad que representa:


Mas el aurífice hará una joya con el metal de una moneda, fundiéndola, e imprimiéndola nueva forma. Para labrar su joya el poeta no puede destruir y borrar la moneda. Porque su material de trabajo no es lo que en la palabra correspondería al metal de la moneda, esto es: el sonido; sino aquellas significaciones del humano que la palabra, al hacerse moneda, pretende objetivar.

Porque Machado aclara el problema: la palabra tiene una sustancia de expresión a la que llama sonidos en su doctrina; estos sonidos se articulan de modo que ya son significativos (se hacen fonemas intencionalmente funcionales o palabras con significado, puesto que fuera de un contexto el fonema no puede existir; su razón de ser está en la correlación o en la disyunción con otros del sistema). Machado acaba de acertar de nuevo: el sonido carece de sentido si no se integra en un sistema funcional donde es insustituible. Entonces cobra su pleno valor, pero entonces queda inmóvil, pues de otro modo la palabra ya no estaría objetivada, es decir, ya no tendría tal significación. Lo que ocurre es que el uso desvirtúa el valor de las palabras, lo trivializa, lo desgasta, como si de monedas se tratara. Entonces el poeta necesita o devolver su valor original a la palabra, es decir, generar un nuevo acto de oración para que recobre sus contenidos primarios, o dotarlas de valores connotativos que sean un enriquecimiento de la pobreza en la que el uso ha caído. El poeta procederá de una u otra manera según sea la fe que tenga en sus propias posibilidades: se crea capaz de repristinar valores o prefiera enriquecer la palabra por otros procedimientos. De cualquier modo, manifestación de una personalidad, la suya, original e irrepetible, que se proyecta a través de la palabra para descubrir el mundo o para transmitirnos por ella su visión del mundo. Doble juego en el que el poeta recibe una lengua elaborada, a la que no puede modificar si la quiere útil para proyectar su espíritu, y a la que debe utilizar personalmente, si quiere que su voz cuente con originalidad.


La palabra es un signo lingüístico con su enunciado dual (sonido y significación), pero para realizarse poéticamente tiene que potenciarse con lo inmediato psíquico, con la intuición. Algo que formuló del mismo modo Dámaso Alonso cuando juzgaba insuficiente la dualidad expresada por Saussure y, como el crítico, Machado cree que la lengua del poeta se basa en un «fondo de imágenes genéricas y familiares» sobre el que destacará su propia personalidad. A pesar de su curso con Bergson, Machado venía a manifestarse idealista: era la tradición de Croce y de Vossler. Era, tal vez, lealtad a Unamuno por quien tanta devoción sintió siempre y que tan sumisamente croceano se nos manifestó.




La poesía como selección: la metáfora


El problema de qué se entiende o qué pueda ser la lengua poética ha preocupado como cuestión teórica. Desde el idealismo, Amado y Dámaso Alonso pudieron hablar de selección, lo que les llevó a una nueva interpretación de la estilística. Y esta idea, la lengua poética como selección -y desvío- se ha abierto camino entre los semiólogos actuales.


Esta selección artificiosa es un «desvío» de la lengua funcional, pero antes de ocuparnos de él he de reconsiderar algunos puntos a los que ya me he referido. Antonio Machado dedicó notables meditaciones al problema de la metáfora. Evidentemente, no para deslumbrarse ante ella. Como poeta, era un poeta sencillo que rehuía cualquier brillo innecesario; de ahí que Juan de Mairena en su Arte poética arremetiera contra el barroco español.


La metáfora está contra la poesía directa y sencilla, desnuda y humana de la que Machado gustó. Para la Academia, la metáfora es un «tropo que consiste en trasladar el sentido recto de las voces en otro figurado, en virtud de una comparación tácita». Estamos, pues, frente a algo que repugna a su quehacer poético. La metáfora tiene su mucho de intelectualización, lo que con frecuencia repele a la carga afectiva con que Machado dotaba a las palabras. En páginas anteriores he tratado de mostrar cómo don Antonio temía resultar hermético tanto como trivial; la metáfora puede llevar a una dificultad inútil o a un descuido del contenido. Para huir de la fogarada que presto pasa, renuncia al juego. Machado cree en el significado íntimo de las palabras, no en los adornos que ayuden a explicarlas. Creo que acertó A. Lefebvre cuando, pensando en Antonio Machado, evocó la situación de Adán en el Paraíso: las cosas eran el contenido (sustancia y forma) que Adán iba a llevar, gracias a la palabra, a un plano de expresión. Esas palabras que iban a ser «el nombre de todos los vivientes» según los fuera nombrando y que, por el empleo virginal de las señales, remitían sin ambigüedad a un contenido considerado como sustancia, esto es, como existencia real libre e independiente de cualquier vinculación. Nunca como en aquel día las palabras podían estar identificadas ontológicamente con las cosas; no eran sustitutos de las cosas, sino su notación verbal, por cuanto las cosas eran presencias tangibles que no necesitaban de evocaciones o de sustitutos.


En un libro reciente sobre la metáfora, Michel Le Guern discurre con varia fortuna sobre estos problemas; de haberlo podido leer, Machado lo hubiera considerado el ápice del barroquismo. No obstante, algunas veces acierta, no precisamente cuando aduce metáforas, sino cuando expone ideas que, sin ser de gran originalidad, agrupan testimonios de juicios o léxico que nos pueden ser utilizables. Mejor aún, para ver la validez del pensamiento de Antonio Machado cuando lo enfrentamos a testimonios que aspiran a ser objetivamente científicos.


En Los Complementarios (p. 210) se dijo que con la metáfora se había agotado el «pensamiento lógico», el pensamiento -ante ella- «se encierra en un laberinto de conceptos, de tópicos, de definiciones», y para remachar en el clavo:


La metáfora no suele ser poesía sino retórica, abunda en el barroco literario, es decir, cuando el mundo intuitivo del poeta ha cedido su puesto a un mundo de conceptos. Se forman casi siempre entre imágenes pensadas, no intuidas, únicas que pueden tener un común esquema conceptual.

Machado no acepta la metáfora como elemento referencial ni como ornamental y mucho menos como elemento emotivo. Por muchas vueltas que los teóricos quieran darle, el ornato es retórica, y la emoción sólo se siente en su desnudez o en lo inefable. Todo lo demás, para él, está en una copla:

El pensamiento barroco
pinta virutas de fuego,
hincha y complica el decoro.

La metáfora es una «desviación» del valor primigenio de la palabra, como lo es la imagen. Por eso refiriéndose a una y otra, Antonio Machado repite apreciaciones semejantes. Le preocupa sobre todo que la imagen no sea intuitiva, sino encubridora de conceptos, como ocurre en la poesía de Juan Ramón o en la de Moreno Villa. Testimonios de poetas andaluces que, tal vez, hubieran debido hacerle meditar. Si un determinado manierismo une al gran poeta cordobés del siglo XVII con los artistas del siglo XX sería ocasión de pensar en algo más que en la que Machado considera inanidad barroca; él mismo lo había dicho: anular «lo inmediato psíquico para crear la realidad de segundo término, el objeto intelectual, tiene su grandeza y su encanto». Pero lo que en Bergson le resultaba admirable le repelía en los poetas. Y es posible que en el trasfondo de su interpretación hubiera algo más que una desestima del barroco. En Juan Ramón le preocupa el desvío de sus formas primeras; es decir, el poeta de Ninfeas, de Almas de violeta, de Arias tristes ha identificado la cosa con su representación simbólica, pero no como ha hecho Machado. Él hace que el objeto sea designado con palabras; Juan Ramón procede al revés, posee las palabras y hace que los objetos las llenen de contenido. Un paso más y se habrá llegado al creacionismo:

Poetas, no cantéis a la rosa,
hacedla florecer en vuestros poemas.


Tal es la diferencia. Los poetas temporales, como Machado, intentan captar la cosa en cuanto tiene de significativo. Ver cómo el olmo sólo puede ser olmo, o la encina, encina, o el olivo, olivo. Poesía veraz, como una realidad que se ve, se palpa o se siente. Pero a partir de Juan Ramón no se trata de descubrir olmos, encinas u olivos, sino de que los objetos sean expresión del alma del poeta. Ante la tierra de Soria, el alma del poeta es olmo o encina, porque olmo y encina convienen a la expresión del sentimiento. El paisaje se le ha entrado en el alma

¿me habéis llegado al alma,
o acaso estabais en el fondo de ella?

Después de Juan Ramón, las cosas se ven -o se sienten- de otro modo. La realidad es el yo, y el mundo externo no hace otra cosa que reflejarlo. El paisaje ya no es una esencia por descubrir, sino la pantalla -indiferente- sobre la que el poeta pinta sus sentimientos. La efusión lírica no se acompasa a una realidad, sino que la modifica. Como en los cuadros de Van Gogh o de Picasso: el cielo no tiene por qué ser azul, ni el campo verde, será como acierte a verlo el artista, a través del color de sus propias lentes. Más aún, retiradas las lentes, el paisaje es una proyección del propio artista, no una realidad externa. Creo que aquí marró don Antonio: él pensó en los sentimientos del poeta y cuanto no consideró sentimiento creyó que era intelectualización, pero sentimiento es más y menos que sensación, es otra cosa distinta. Los poetas que vinieron tras él experimentaron sensaciones, emotivas o físicas, o emotivas y físicas conjuntamente; habían enriquecido un mundo que era sólo de sentimientos. El alma de Rubén -sentimental, sensible, sensitiva- tal vez hubiera comprendido mejor la nueva estética, pero no se trata de especular, sino de aclarar. Machado no entendió el barroco y no entendió la lección de los poetas jóvenes, por más que la admirara. Pensó, entonces, que bajo la apariencia había doblez, cuando precisamente lo que se buscaba era autenticidad. Creo que es él quien pretende «tener el valor de las cosas», a través de esa búsqueda de la esencia de la cosa misma; Juan Ramón o Moreno Villa fueron más lejos, aprehendieron la cosa, no identificándose con ella, sino haciéndola ser un pedazo de sí mismos. En la página 227 ha copiado Voz madura, bellísimo poema de Colección que Machado valora con exactitud y que, a mi modo de ver, pugna con su estética:


 Déjame tu caña verde,
toma mi vara de granado.

¿No ves que el cielo está rojo
y amarillo el prado;
que las naranjas saben a rosas

y las rosas a cuerpo humano?
¡Déjame tu caña verde!
¡Toma mi vara de granado!



En la p. 229 (y sigue en la 232) de Los Complementarios anota:

Este cielo rojo y este prado amarillo nos sugieren momentos únicos del cielo y del prado y nos acercan a la intimidad del poeta que los intuye, alejándolos de las imágenes generales -cielo azul o prado verde- que tienen o pueden tener valor conceptual cuando pretenden ser, estéticamente, al menos, definiciones del cielo y del prado. ¿Y qué diremos de esas naranjas que saben a rosas y de esas rosas, etc.? Pues que ya nada, o casi nada tiene que ver con las naranjas y las rosas que nosotros pensamos en huertos y jardines, sino con una íntima y singular experiencia del poeta que se nos invita a realizar.

No creo que esto sea exacto. Cielo rojo y prado amarillo no están en el poema de Moreno Villa por ser momentos únicos del cielo (en el lubricán) o del prado (en el estío). El poeta está a años luz de cualquier realismo fotográfico; cielo rojo y prado amarillo no son intuiciones del poeta alejándolos de imágenes genéricas, sino un conjunto de sinestesias que hacen que toda la creación se haya transmutado: el sentimiento apasionado está en ese crescendo que lleva de una sorprendente realidad a una identificación de la creación con la amada. La pasión que el cantor siente modifica a la naturaleza; el paisaje no es lo que vemos, sino la vida que nos fluye enamoradamente y que, por el amor, hace que se rompan todas las leyes de la creación. Entonces, los dos primeros versos no son ajenos al poema, constituyen la coordenada precisa para poder entender lo que nos dicen los cuatro siguientes: eje temporal (la primavera cuando las cañas no están secas y se pueden cortar ramas al granado sin herirlo), eje personal (enamoramiento, según pasamos a ver). Evidentemente, quien lleva la caña verde está contemplando las cosas en su realidad, es decir, ajena al poeta, ajena a cualquier intimidad. Pero el poeta ha descubierto que nada es nada: ni el cielo, azul; ni el prado, verde; ni las naranjas, naranjas; ni las rosas, rosas. Desde su enamoramiento, el mundo ha dejado de existir es -tan sólo- la posibilidad de que todo se haya convertido en la criatura amada. Las rosas que saben a cuerpo humano son la sublimación del proceso; ahí se quería llegar: el mundo sensible es una visión del amor. Por eso las exclamaciones de los últimos versos, como si dijera: ¡apresúrate al cambio para entrar en el prodigio de una nueva realidad! ¿Por qué si no voz madura? Y no lejos, la varita mágica que ha conseguido el milagro con su solo tocar.




Aliteración y rima


En ese desvío del lenguaje funcional, hay recursos fonéticos que se pueden estudiar conjuntamente: me refiero a la aliteración y a la rima. La Academia entiende por aliteración «figura que se comete empleando en una cláusula voces en que frecuentemente se repiten una o unas mismas letras, lo cual, si no tiene por objeto producir alguna armonía imitativa, o si ocurre independientemente de la voluntad del escritor, no es figura retórica sino vicio del lenguaje, contrario a la eufonía». La definición, válida en sus líneas generales, debería formularse con un nuevo rigor: siendo un recurso fónico, lo que cuentan no son las letras, sino los sonidos, y la aliteración se da, haya o no armonía imitativa. Pero esto es secundario. La Academia proscribe la aliteración producida «independientemente de la voluntad del escritor», a la que -entonces- considera «vicio». Antonio Machado rompe -una vez más- con la retórica para acogerse al sagrado de los vicios y, sin embargo, sus observaciones nos valen para algo que trascienden de la pura homofonía:

Las aliteraciones de que mis versos están llenos son inconscientes; no responden al trivial propósito de producir un efecto musical, que sería, por lo demás, en mi caso, siempre negativo. Pero no he querido nunca corregirlas, pues donde hay aliteraciones, suele haber también riqueza de imágenes. Sólo recomiendo no leer nunca mis versos en alta voz. No están hechos para recitados, sino para que las palabras creen representaciones.

Unamuno, repitiendo a Carducci, ha hablado una y otra vez de la rima generatrice. Vemos que para Machado también la aliteración tiene valor generativo. Porque si un mismo principio de igualdad fónica rige a los dos principios, ya no extraña que los resultados que de ambos se desprenden puedan ser, también, semejantes. La diferencia es bien sabida: la aliteración se produce en el interior del verso y la rima, por lo común, en el final (exceptuamos la llamada al mezzo). Pero aliteración y rima no son otra cosa que procedimientos asociativos, conscientes uno y otro en el proceso de la creación poética, aunque ambos puedan darse con independencia de la voluntad. En cualquiera de los dos casos (voluntarios o no) la homofonía evoca otra homofonía, es decir, referencias de forma en el plano de la expresión, no significados, sino significantes parciales o incompletos (únicamente aquel segmento afectado por la homofonía) y, tiene razón Machado, una presencia evoca representaciones ausentes y el poema acaba enriquecido.


Vamos viendo que para Machado cualquier desvío de carácter funcional es retórico y ajeno a la propia poesía. Sí y no. Continuamente se nos planteará la misma pregunta. La consideración externa de los hechos conduce a un callejón sin salida: ¿cuándo un lenguaje poético es retórico y cuando lírico? Mairena, en sus dicterios antibarrocos había dicho:

La rima tiene, en efecto, un carácter ornamental. Su primitiva misión de conjugar sensación y recuerdo, para crear así la emoción del tiempo, queda olvidada. Y es que el verso barroco, culterano o conceptista, no contiene elementos temporales, puesto que conceptos e imágenes conceptuales son -habla siempre Mairena- esencialmente ácronos.

Creo que, en parte al menos, se ha acertado con una explicación totalmente válida. Si la rima se considera como un simple adorno, es un elemento ajeno a la estructura, por tanto bien puede prescindirse de ella; pero -si por el contrario- se convierte en un recurso necesario, tendrá que ponerse en relación con los demás componentes del verso y, entonces, establecerá con ellos una teoría de solidaridades. Dicho de otro modo, el verso es verso por tener ritmo, metro y rima; cierto que sin rima puede haber versos, pero en tal caso el poeta debe potenciar más la expresividad del ritmo y del metro, pero, no menos cierto, la rima puede ser fundamental para establecer el sentido del poema: en torno a esa palabra a la que arbitrariamente consideramos depositaria de la rima, se disponen otras y todas ellas motivadas por la identidad de sus terminaciones. La rima es entonces generatrice porque la asociación afónica crea constelaciones de valores, motivados esos elementos materiales a los que llamamos sonidos, y el texto no es independiente de lo que con la rima se acierta a expresar. Claro, y Machado vuelve a tener razón, se corre el riesgo de que la rima no tenga mucho que ver con lo que el propio verso dice; en tal caso -y como tema- se convierte en un añadido ornamental que poco significa en la estructura. Para salvar el escollo, Machado procede por un doble asedio: acepta el desvío al que llamamos rima, pero atenuándolo, restringiendo sus dificultades en cuanto puede, haciéndolo -digamos- tan poco retórico como es hacedero. De ahí su defensa de la asonancia, de ahí algo de lo mucho que debe a Bécquer.


Esto en cuanto a la rima como desvío, pero en conexión con otros desvíos: acento (y la rima necesariamente tiene que llevarlo), ritmo (dependiente de la distribución de los acentos), metro (medida cuya condición está vinculada a la acentuación) y estrofa (unidad superior en la que se integran los versos), etc. Pero Machado tienta una explicación aún más compleja: da a la rima un valor temporal, es decir, no sólo es solidaria de los demás componentes del lenguaje poético, sino que tiene unos valores que son autónomos. Entonces resulta que la rima -como el metro- deja de ser una supraestructura que afectara sólo a la sustancia sonora, sino que -además- influye funcionalmente sobre el significado.


Todo esto consta de manera clara en Los Complementarios:

La rima es uno de los medios que el poeta emplea para crear el tiempo ideal, mejor diré artificial en que se da el poema. Porque los sonidos se repiten y nos damos cuenta de que se suceden; porque se suceden los sentimos en el tiempo. Pero ¿para qué rimar un razonamiento? ¿Qué tiene que ver la lógica con el tiempo? (P. 227).

La rima -ce bijou d'un sou, de que hablaba Verlaine- no es -ya lo sabemos- un elemento esencial de la lírica. No lo es, porque puede prescindirse de ella. Pero siempre, a condición de sustituirla por algún otro elemento rítmico que haga sus veces. Esto quiere decir que comparte con otros medios, el ejercicio de una función esencial: poner la palabra en el tiempo, y no en el tiempo matemático, que [es] un nuevo concepto abstracto, sino en el tiempo vital; darnos la emoción del tiempo. (P. 232).



Los semiólogos han tratado de situar el fenómeno de la rima dentro de su propia teoría. Roland Barthes en Sintagma y sistema habla de que la rima:

1. «Forma una esfera asociativa a nivel de sonido».


2. «El discurso rimado está evidentemente constituido por un fragmento de sistema extendido al sintagma».


3. La rima es

«una transgresión de la ley de distancia del sintagma-sistema».


4. Corresponde 

«a una tensión voluntaria entre lo afín y lo disímil».


Machado va mucho más lejos. Aceptamos por evidentes los números 1 y 2, creo que perfecciona bastante lo que se dice en el 3: no se trata de una transgresión, sino que es «el encuentro de un sonido y el recuerdo de otro», pertenecientes, respectivamente, a dos orbes distintos: el de la sensación y el del recuerdo. Y más que tensión entre «lo afín y lo disímil» el creador habla de estar dentro (sensación) y fuera (recuerdo) de nosotros mismos, con lo que su doctrina vuelve a ser de un admirable equilibrio y de un preciso rigor.




Teoría y práctica


En 1924, Antonio Machado redacta unos apuntes sobre los Sonetos, desde ellos puedo ir acotando una serie de nuevas cuestiones. Hemos visto que, considerada como un desvío, la lengua poética atenuaba sus rigores en manos del gran poeta; se eliminaba la metáfora, la aliteración no se buscaba, la rima cobraba unos tintes desvaídos con la asonancia. Evidentemente, la lengua poética son otras muchas cosas, pero nos bastan las que Machado toca para que entendamos no sólo sus ideas poéticas, sino algo más importante, su quehacer como creador. Las líneas a que acabo de hacer mención son éstas:

El encadenamiento de la rima de los cuartetos [es] la condición, según los preceptistas, esencial de la estructura del soneto. Yo no lo creo así. Por el contrario, la independencia de los cuartetos añade gran belleza al soneto.

En estas pocas frases, la misma idea con que se han enhilado los conceptos anteriores: el soneto diluye el rigor de su forma; lo que tiene de exigente tensión, se atenúa; no desaparece el poema, pero cobra mayor espontaneidad, se hace menos retórico. Acaso Machado piensa en una conversación del preceptista Benot y de su hermano Manuel: «¡Pero esto no son sonetos!». «No, señor, son sonites». Manuel, grandísimo sonetista, no daba mayor importancia al problema de la forma, cuánto más al de la nomenclatura de la forma. Repetida la anécdota daría nombre a las nivolas de Unamuno; los esquemas estructurales -por lo demás- ya estaban en Rubén.


La preocupación por el soneto no era de 1924. Venía desde lejos. Poco después del arranque de estos apuntes que comento, copia el dantesco Amore a l'cor gentil sono una cosa y ya hay una primera glosa:


1. «El soneto no es composición moderna».

2. «La emoción del soneto se ha perdido».

3. «Queda sólo su esqueleto, demasiado sólido y pesado para la forma lírica actual».

La teoría era ésta. Acaso pensáramos que el soneto había muerto para el autor. No. Como siempre, Machado -¿qué extraña afinidad lo une con Jorge Guillén?- resultaba innovador, ma non troppo. Atenuaba rigores, diluía rigideces, simplificaba complejidades, pero... mantenía la forma. Bien sabía en su fuero interno que la poesía era cuestión de forma y sólo cuestión de forma. El contenido, lo había dicho, era lógica, es decir, pensamiento ordenado, pero el pensamiento no tiene por fin primario el de estructurar sonetos. Y desde la teoría, Antonio Machado desciende a la praxis. Un día, un 13 de marzo de 1916, el recuerdo sacude emocionadamente al poeta, y piensa en su padre («Muchos años pasaron sin que yo te recordase, ¡padre mío! ¿Dónde estabas tú en esos años?»); se siente niño, llevado de la mano amorosa, y escribe -recuerdo y emoción actualizada- un nobilísimo poema:


«En el tiempo» es un poema emocional; en un momento dado, asalta el recuerdo de Demófilo: no es sólo el retrato, sino la anécdota con que el hijo se acuerda del padre: en sus aficiones (cazador), en su quehacer (la letra menuda), en la repetición con que el hijo quiere vivir la vida del padre. Todo le resultó o demasiado circunstancial o demasiado trivial. La emoción del poema no está en la literatura, sino en el recuerdo del hombre ya maduro. Tal vez por ello, borrajeó unas líneas finales y pensó volver sobre el texto. Y lo hizo. En el soneto hay un trazado de coordenadas, tan querido por Machado: «Esta luz de Sevilla... Es el palacio donde nací» no hacen sino situarnos en un lugar, y en un tiempo determinados, mientras que, «En el tiempo», la presencia se diluía perdida en los años transcurridos. Establecidas las coordenadas que fijan un ser en su circunstancia más ajustada, ya no cabe falacias; todo presentes: mi padre lee, escribe, hojea, medita, se levanta, va, pasea, habla solo, canta. No, el poeta no nos da un retrato que «el tiempo se lo va llevando», sino que nos introduce en el cuarto de trabajo y nos hace contemplar a aquel hombre que estudia para que España tenga una ciencia folklórica. Y de pronto, ni anécdota, ni sentimentalismo. Bellísimamente nos lo dice: murió el hombre (sus ojos «ya escapan de su ayer a su mañana») y el hijo piensa que, ahora, desde su ausencia definitiva, el padre está presente, contemplando en el ahora («miran en el tiempo») al hijo envejecido. Antonio Machado acaba de escribir un soneto canónico (¿qué importa si las rimas se cambian o se cruzan?), con su planteamiento (lugar y tiempo), con su argumento (la dignidad del hombre que estudia) y de pronto el último terceto rompe inesperadamente el cuadro para llegar tras la exclamación que, dolorosamente, nos arranca la estampa a una nueva realidad, a la ternura con que el padre muerto aún vela por el hijo que envejece. ¿Qué ha quedado del primer texto? El recuerdo emocionado y poco más: se han eliminado, por inútiles para el retrato de un intelectual, los versos del cazador; se ha sustituido el jardín por el despacho (nueva intencionalidad), se ha prescindido de una fisonomía externa para poner toda la carga intensiva en los ojos, a través de los cuales le afloran los más nobles sentimientos; todos los versos finales, apenas borrajeados, son cambiados, por un intenso terceto. Es la misma la sustancia del contenido, cierto, pero lo que se ha practicado ha sido una selección formal (soneto y no silva), una selección de las actividades y aptitudes del personaje, una selección de los propios sentimientos del poeta. A cambio, el lugar, el tiempo, las cosas que ayudan a precisarlos (un rumor de la fuente en la casa), la pérdida de la anécdota. El plano del contenido ha variado, pero el de la expresión está, mejorándolo, a enorme distancia del primero. El soneto ha exigido limitaciones, ha obligado a eliminar las anécdotas, forzó a la concisión, y en el terceto último hizo que cada verso fuera simultáneamente unidad métrica, unidad sintáctica y unidad semántica. Permítaseme copiarlo:

Esta luz de Sevilla... Es el palacio
donde nací, con su rumor de fuente.
Mi padre, en su despacho. -La alta frente,

la breve mosca, y el bigote lacio-.

 Mi padre, aún joven. Lee, escribe, hojea
sus libros y medita. Se levanta;
va hacia la puerta del jardín. Pasea.


A veces habla solo, a veces canta.
Sus grandes ojos de mirar inquieto
ahora vagar parecen, sin objeto
donde puedan posar, en el vacío.


 Ya escapan de su ayer a su mañana;
ya miran en el tiempo, ¡padre mío!,
piadosamente mi cabeza cana.


A manera de conclusión


Los Complementarios son esos «cuadernos de escritor» en los que se apuntaban impresiones momentáneas, textos que interesaban, redacciones primeras de trabajos posteriores. Su importancia es, pues, capital. Porque, de una parte, explican el proceso creador de Antonio Machado; de otra, la utilización de sus fuentes; de otra, la sinceridad desnuda, sin el pudor al que obliga la letra impresa. Y, además, nos deja valoraciones de (grande y chica) y textos que nunca elaboró. En las páginas anteriores me he querido fijar -sólo- en las ideas poéticas que de estos borradores se desprenden: verlas en función de su obra y en función de las obras teóricas que hoy manejamos. Así comprendemos cuánto tienen de virtualidad actual; lo que en definitiva es tanto como decir por qué, anécdotas al margen, nos sigue interesando Antonio Machado como poeta.


Y he aquí que estas páginas -en el campo que hemos acotado, a nuestro juicio el más importante- han venido a suscitar el problema capital de toda poesía: cuál es la postura del artista frente a la palabra. Y Antonio Machado nos ha descubierto su formación teórica dentro del idealismo, pero ha visto mucho más allá: en la palabra poética ha descubierto un mundo de evasión. Entendámonos, evasión no de la realidad, sino un desvío para llegar a una realidad que de otro modo se nos presenta erosionada y desgastada. En Los Complementarios lo ha dicho «toda poesía es, en cierto modo, un palimpsesto». Pero un palimpsesto no se puede leer con sólo proyectar la mirada; son necesarios procedimientos de desvío de la realidad contingente para que alcancemos a leer el mensaje oculto. Y el acierto ha ido todavía más lejos, la estructura superficial -el texto legible a simple vista- no es sino apariencia; más allá de la forma sensible está el significado del texto, la estructura profunda a la que hemos llegado desde la superficie, desde la forma material de la palabra.


Entonces, cuando nosotros contemplamos de modo directo no son sino señales de unos signos. Es la oposición de la palabra frente a la palabra poética. Palabra, ésta, enriquecida por las cargas emocionales con que el poeta la llena, pero no olvidando que los contenidos, por lógicos y asépticos que los creamos, son imprescindibles para la propia creación: sin ellos, la emoción no se puede transmitir y, si no se transmite, la poesía no existe. Y esto le lleva a matizar su propio idealismo filosófico para ver en la poesía no sólo expresión de emociones sino una forma especial de expresarlas. Tal vez esto cree el problema más delicado de cuantos plantea el teórico Antonio Machado, porque transmitir emociones es individualismo y, sin embargo, el poeta vibra con los demás, hacia los demás y gracias a los demás. Esto le obliga a crear un arte que se transmite, sin caer en lo que llamaríamos entropía o consumo, y que se mantiene inalienablemente personal. Y, la dificultad resuelta, tal vez sea lo que acerca esta poesía a nuestra sensibilidad de hoy: se mantienen, sin enajenar, unas emociones y unos sentimientos que ha vivido el hombre que se llamó Antonio Machado, pero, de tal modo, que seleccionando (objetividad, universalidad) los sentimientos de todos, los suyos viven en el alma colectiva. Y, en cuanto a la forma, aceptando la tradición de lo que viene llamándose poesía, pero rechazando lo que no son sino artificiosidades y exornaciones que nada significan. Lo que ha venido llamándose autenticidad, a través de la intuición lingüística de Machado, se explica y explica la visión del mundo. Esta autenticidad ha llevado a la fusión ontológica de palabra y cosa, lo que provocará el desdén de lo que no sea producto de «lo inmediato psíquico», de la intuición. De ahí que no acepte artificios que juzga meramente intelectuales y que se aparte del creacionismo. Entonces su poesía resulta muy pobre en metáforas porque estima que no son sino telones que impiden ver las cosas directa y sencillamente, pero ver las cosas directa y sencillamente no es sino verlas humanizadas. Y esto nos lleva a otro problema capital de su poesía -tema, no teorema-, el significado del tiempo. Raro es el crítico que al enfrentarse con la poesía de Machado no hable de su temporalidad. En un poema había dicho que la poesía no es «sino palabra en el tiempo» pero en el plano de la teoría lo había manifestado, completándolo con testimonios prácticos:


Si la poesía es, como yo creo, palabra en el tiempo, su metro más adecuado es el romance, que canta y cuenta, que ahonda constantemente la perspectiva del pasado, poniendo, en serie temporal hechos, ideas, imágenes, al par que avanza, con su periódico martilleo, en el presente.

Y he aquí que, a través del tiempo y su vinculación con la lengua, Machado descubre la gramática de los textos:


 El adjetivo y el hombre,
remansos del agua limpia,

son accidentes del verbo,
en la gramática lírica,
del hoy que será mañana,

y el ayer que es Todavía.


Tal era mi estética en 1902. Nada tiene que ver con la poética de Verlaine, se trataba sencillamente de poner la lírica dentro del tiempo y, en lo posible, fuera de lo espacial.


 Del pretérito imperfecto
brotó el romance en Castilla.


Harían falta muchos años para que los científicos dieran formulación a las adivinaciones del poeta. Y es que Machado había llegado a explicar las significaciones desde la forma en que eran expresadas o, como se diría hoy, «todo problema lingüístico implica un problema semiológico». Cualquier desvío de este planteamiento lo distanciaba del fin al que quería llevar sus aguas: ni barroco ni barroquismos, aunque no comprendiera los intentos modernos que evitan el desgaste semántico de la metáfora ni la eficacia que pudiera tener la imagen. Machado rompió con una tradición inoperante y se apartó de otra que nacía con el modernismo; su novedad distaba de la vieja retórica y del nuevo gay-trinar, y con la perspectiva que nos da más, bastante más, de medio siglo, creemos que acertó, pero en su acierto no pudo ya entender lo que significaban las formas que estaban siendo innovadoras. Tal vez no quiso saber qué novedades traían la imagen, el creacionismo o la poesía pura. No podemos reprochárselo; él había inventado un nuevo modo de hacer poesía o, cuando menos, había descubierto todo lo que Bécquer significaba y que en Bécquer aún no se había acertado a ver: la morfología de los textos y su combinación en unas determinadas reglas a la que llamamos sintaxis. Su estilo se había logrado y se había logrado utilizando los bienes de todos, transmitiéndolos como cualquiera los pudiera transmitir, pero situándolo en un plano distinto, que ya es connotativo pero en el que está, intacta, cuanta emoción nos es capaz de transmitir.


Pero como el plano de la expresión se nos manifiesta sencillo y hasta pobre, estamos demasiado proclives a creer que expresión y contenido son en él la misma cosa o, de otro modo, que los análisis taxonómicos que hacemos de su poesía están soldados con el mensaje que nos quiere transmitir. Lo que tampoco es absolutamente cierto: los recursos que se comentan en Los Complementarios constan en cualquier tratado de retórica: metáfora, aliteración, rima, verso, estrofa, son todos tradicionales; lo que Machado hace es atenuar rigores o paliar exageraciones, pero resulta ser respetuoso con las formas canónicas y, si se considera innovador, lo es entre límites muy poco impertinentes. Cuando lleva a la práctica sus principios, la forma de la expresión resulta bastante tradicional, lo que varía es la forma del contenido, esa nueva manera de manifestarse la sustancia. Y tales creo que son los hallazgos teóricos de Antonio Machado: saber encontrar una nueva forma en el plano del contenido, que lo apartaba de esa sustancia que, en cualquier otra formulación, no hubiera sido diferenciable, y saber encontrar una forma a la expresión que, en su sencillez y penuria, venía a ser totalmente revolucionaria. Esto era la teoría. El prodigio, el milagro casi, fue llevar la teoría a la praxis o, si se quiere, haber acertado con una veta de intuición y haberla sabido formular. Pero ¿no es ése el misterio de cualquier arte?




MANUEL ALVAR LÓPEZ

(El presente estudio se publicó originalmente en Curso en homenaje a Antonio Machado, Salamanca, Universidad de Salamanca, 1975, pp. 11-28. La edición digital forma parte de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes por cortesía de los herederos del autor).


 


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