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ROSA DE ALEJANDRÍA (Ramón M. del Valle Inclán)

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Docta en los secretos de la abracadabra,
dispersó en el aire, tus letras, mi mano,
y al caer, formóse aquella palabra,
cifra de tu enigma y luz de tu arcano.

¿Por qué ley se juntan en nueva escritura
los signos dispersos? ¿Qué azar hizo el juego?
¿Qué ciencia de magos alzó la figura
y leyó el enigma? Sierpe, Rosa, Fuego.

¡Sierpe! ¡Rosa! ¡Fuego! Tal es tu armonía:
gracia de tres formas es tu gracia inquieta,
tu esencia de monstruo en la alegoría

se descubre. Antonio el anacoreta
huyó de tu sombra por Alejandría.
¡Antonio era Santo! ¿Si fuese poeta?...







TIRANO BANDERAS (Ramón M. del Valle Inclán)

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El Fuerte de Santa Mónica, que en las luchas revolucionarias sirvió tantas veces como prisión de reos políticos, tenía una pavorosa leyenda de aguas emponzoñadas, mazmorras con reptiles, cadenas, garfios y cepos de tormento. Estas fábulas, que datan de la dominación española, habían ganado mucho valimiento en la tiranía del General Santos Banderas. Todas las tardes en el foso del baluarte, cuando las cornetas tocaban fajina, era pasada por las armas alguna cuerda de revolucionarios. Se fusilaba sin otro proceso que una orden secreta del Tirano.

Ramón María del Valle Inclán
Tirano Banderas, 1926


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SONATA DE ESTÍO (Ramón María del Valle Inclán)




Quería olvidar unos amores desgraciados, y pensé recorrer el mundo en romántica peregrinación. ¡Aún suspiro al recordarlo! Aquella mujer tiene en la historia de mi vida un recuerdo galante, cruel y glorioso como lo tienen en la historia de los pueblos Thais la de Grecia, y Ninon la de Francia. Esas dos cortesanas menos bellas que su destino. ¡Acaso el único destino que merece ser envidiado! Yo hubiérale tenido igual, y quizá más grande, de haber nacido mujer: Entonces lograría lo que jamás pude lograr. A las mujeres, para ser felices les basta con no tener escrúpulos, y probablemente nos los hubiera tenido esa quimérica Marquesa de Bradomín. Dios mediante, haría como las gentiles marquesas de mi tiempo, que ahora se confiesan todos los viernes, después de haber pecado todos los días. Por cierto que algunas se han arrepentido todavía bellas y tentadoras, olvidando que basta un punto de contricción al sentir cercana la vejez.


Por aquellos días de peregrinación sentimental era yo joven y algo poeta, con ninguna experiencia y harta novelería en la cabeza. Creía de buena fe en muchas cosas que ahora pongo en duda, y libre de escepticismos, dábame buena prisa a gozar de la existencia. Aunque no lo confesase, y acaso sin saberlo, era feliz, con esa felicidad indefinible que da el poder amar a todas las mujeres. Sin ser un donjuanista, he vivido una juventud amorosa y apasionada, pero de amor juvenil y bullente, de pasión equilibrada y sanguínea. Los decadentismos de la generación nueva no los he sentido jamás. Todavía hoy, después de haber pecado tanto, tengo las mañanas triunfantes, y no puedo menos de sonreír recordando que hubo una época lejana donde lloré por muerto a mi corazón: Muerto de celos, de rabia y de amor.

Decidido a correr tierras, al principio dudé sin saber adónde dirigir mis pasos: Después, dejándome llevar de un impulso romántico, fui a México. Yo sentía levantarse en mi alma, como un canto homérico, la tradición aventurera de todo mi linaje. Uno de mis antepasados, Gonzalo de Sandoval, había fundado en aquellas tierras el Reino de la Nueva Galicia, otro había sido Inquisidor General, y todavía el Marqués de Bradomín conservaba allí los restos de un mayorazgo, deshecho entre legajos de un pleito.  Sin meditarlo más, resolví atravesar los mares. Me atraía la leyenda mexicana con sus viejas dinastías y sus dioses crueles.


Embarqué en Londres, donde vivía emigrado desde la traición de Vergara. Los leales nunca reconocimos el Convenio. Hice el viaje a vela en una vieja fragata que después naufragó en las costas de Yucatán. Como un aventurero de otros tiempos, iba a perderme en la vastedad del viejo Imperio Azteca. Imperio de historia desconocida, sepultada para siempre con las momias de sus reyes, entre restos ciclópeos que hablan de civilizaciones, de cultos, de razas que fueron y sólo tienen par en ese misterioso cuanto remoto Oriente.




Ramón María del Valle Inclán
Sonata de Estío, 1903



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SONATA DE INVIERNO (Ramón María del Valle-Inclán)

Valle-Inclán por Zuloaga


Como soy muy viejo, he visto morir a todas las mujeres por quienes en otro tiempo suspiré de amor: De una cerré los ojos, de otra tuve una triste carta de despedida, y las demás murieron siendo abuelas, cuando ya me tenían en olvido. Hoy, después de haber despertado amores muy grandes, vivo en la más triste y más adusta soledad del alma, y mis ojos se llenan de lágrimas cuando peino la nieve de mis cabellos. ¡Ay, suspiro recordando que otras veces los halagaron manos principescas! Fué mi paso por la vida como potente florecimiento de todas las pasiones: Uno a uno, mis días se caldeaban en la gran hoguera del amor: Las almas más blancas me dieron entonces su ternura y lloraron mis crueldades y mis desvíos, mientras los dedos pálidos y ardientes deshojaban las margaritas que guardan el secreto de los corazones. Por guardar eternamente un secreto, que yo temblaba de adivinar, buscó la muerte aquella niña a quien lloraré todos los días de mi vejez. ¡Ya habían blanqueado mis cabellos cuando inspiré amor tan funesto!

Yo acababa de llegar a Estella, donde el Rey tenía su Corte. Hallábame cansado de mi larga peregrinación por el mundo. Comenzaba a sentir algo hasta entonces desconocido en mi vida alegre y aventurera, una vida llena de riesgos y de azares, como la de aquellos segundones hidalgos que se enganchaban en los tercios de Italia por buscar lances de amor, de espada y de fortuna. Yo sentía un acabamiento de todas las ilusiones, un profundo desengaño de todas las cosas. Era el primer frío de la vejez, más triste que el de la muerte. ¡Llegaba cuando aún sostenía sobre mis hombros la capa de Almaviva, y llevaba en la cabeza el yelmo de Mambrino! Había sonado para mí la hora en que se apagan los ardores de la sangre, y en que las pasiones del amor, del orgullo y de la cólera, las pasiones nobles y sagradas que animaron a los dioses antiguos, se hacen esclavas de la razón. Yo estaba en ese declinar de la vida, edad propicia para todas las ambiciones y más fuerte que la juventud misma, cuando se ha renunciado al amor de las mujeres. ¡Ay, por qué no supe hacerlo!


Ramón M. del Valle-Inclán
Sonata de invierno, 1905




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SONATA DE OTOÑO (Ramón María del Valle-Inclán)


 

Dejé abierta la ventana, y andando sin ruido, como si temiese que mis pisadas despertasen pálidos espectros, me acerqué a la puerta que momentos antes habían cerrado trémulas de pasión aquellas manos ahora yertas. Receloso tendí la vista por el negro corredor y me aventuré en las tinieblas. Todo parecía dormido en el Palacio. Anduve a tientas palpando el muro con las manos. Era tan leve el rumor de mis pisadas que casi no se oía, pero mi mente fingía medrosas resonancias. Allá lejos, en el fondo de la antesala temblaba con agonizante resplandor la lámpara que día y noche alumbraba ante la imagen de Jesús Nazareno, y la santa faz, desmelenada y lívida, me infundió miedo, más miedo que la faz mortal de Concha. Llegué temblando hasta el umbral de su alcoba y me detuve allí, mirando en el testero del corredor una raya de luz, que marcaba sobre la negra oscuridad del suelo la puerta de la alcoba donde dormía mi prima Isabel. Temí verla aparecer despavorida, sobresaltarla por el rumor de mis pasos, y temí que sus gritos pusiesen en alarma todo el Palacio. Entonces resolví entrar adonde ella estaba y contárselo todo. Llegué sin ruido, y desde el umbral, apagando la voz, llamé:
—¡Isabel!... ¡Isabel!...
Me había detenido y esperé. Nada turbó el silencio.
Di algunos pasos y llamé nuevamente:
—¡Isabel!... ¡Isabel!...
Tampoco respondió. Mi voz desvanecíase por la vasta estancia como amedrentada de sonar. Isabel dormía. Al escaso reflejo de la luz que parpadeaba en un vaso de cristal, mis ojos distinguieron hacia el fondo nebuloso de la estancia un lecho de madera. En medio del silencio, levantábase y decrecía con ritmo acompasado y lento la respiración de mi prima Isabel. Bajo la colcha de damasco, aparecía el cuerpo en una indecisión suave, y su cabellera deshecha era sobre las almohadas blancas un velo de sombra. Volví a llamar:
—¡Isabel!... ¡Isabel!...
Había llegado hasta su cabecera y mis manos se posaron al azar sobre los hombros tibios y desnudos de mi prima. Sentí un estremecimiento. Con la voz embarcada grité:
—¡Isabel!... ¡Isabel!...
Isabel se incorporó con sobresalto:
—¡No grites, que puede oír Concha!...
Mis ojos se llenaron de lágrimas, y murmuré inclinándome:
—¡La pobre Concha ya no puede oírnos!
Un rizo de mi prima Isabel me rozaba los labios, suave y tentador. Creo que lo besé. Yo soy un santo que ama siempre al que está triste. La pobre Concha me lo habrá perdonado allá en el Cielo. Ella, aquí en la tierra, ya sabía mi flaqueza. Isabel murmuró sofocada:
—¡Sí sospecho esto echo el cerrojo!
—¿Adónde?
—¡A la puerta, bandolero! ¡A la puerta!
No quise contrariar las sospechas de mi prima Isabel. ¡Hubiera sido tan doloroso y tan poco galante desmentirla! Era Isabel muy piadosa, y el saber que me había calumniado la hubiera hecho sufrir inmensamente. ¡Ay!... ¡Todos los Santos Patriarcas, todos los Santos Padres, todos los Santos Monjes pudieron triunfar del pecado más fácilmente que yo! Aquellas hermosas mujeres que iban a tentarles no eran sus primas. ¡El destino tiene burlas crueles! Cuando a mí me sonríe, lo hace siempre como entonces, con la mueca macabra de esos enanos patizambos que a la luz de la luna hacen cabriolas sobre las chimeneas de los viejos castillos... Isabel murmuró, sofocada por los besos:
—¡Temo que se aparezca Concha!
Al nombre de la pobre muerta, un estremecimiento de espanto recorrió mi cuerpo, pero Isabel debió pensar que era de amor. ¡Ella no supo jamás por qué yo había ido allí!


Ramón M. del Valle-Inclán
Sonata de otoño, 1902





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Sonata de otoño

RAMÓN MARÍA DEL VALLE INCLÁN

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TEXTOS ESCOGIDOS:


ESTUDIOS LITERARIOS:

 ENLACES:


Nacido en la localidad pontevedresa de Villanueva de Arosa en 1866, y muerto en Santiago en 1936, Valle-Inclán es uno de los autores más importantes de la literatura española del siglo xx. Sabemos que abandonó las aulas de Derecho en Compostela, decidido a seguir su vocación de letraherido. En torno a 1890 afilaba su pluma en Madrid, animado por los modernistas. Dos años después, ya era conocido por sus publicaciones periódicas en la prensa de la época. Viajó por entonces a México, y a su regreso publicó Femeninas (Seis historias amorosas). En 1902 salió de imprenta Sonata de Otoño, obra que consolidó su fama literaria. En el cauce que lleva desde el esteticismo modernista al expresionismo, Valle-Inclán modificó su posición política y vital. Dicha transición lo llevó desde un carlismo sincero, cuyo probable encanto era el de las viejas catedrales, hasta un anarquismo de matiz colectivista, más propio de las vanguardias posteriores a 1917. En todo caso, la originalidad del personaje impide consolidar etiquetas permanentes, tanto en lo ideológico como en lo estético.
Hablando de estética: se sabe que en 1915 fue catedrático de dicha disciplina en la madrileña Escuela de Bellas Artes. Inquieto, incluso rebelde en su extravagancia, el escritor diseñó el esperpento como fórmula cabal de su juicio crítico. Al distorsionar lo real, este género por él creado le permitía diagnosticar los males más íntimos de su sociedad, resaltándolos por medio del absurdo. Ejemplo definitivo del esperpento fue Luces de Bohemia (1920). La radicalidad de esta propuesta no fue comprendida por luminarias de la época, como Pérez Galdós, quien impidió que las creaciones de Valle fueran exhibidas en el Teatro Español.
Polémico, también perseguido durante la dictadura de Primo de Rivera, Valle-Inclán tuvo un respiro en tiempos de la Segunda República. Lo nombraron Conservador General del Patrimonio Artístico y director de la Academia Española de Bellas Artes en Roma. Muy menoscabado en su salud, buscó reposo en Santiago de Compostela, donde pereció en 1936. A esas alturas, su bibliografía era toda una colección de hallazgos, merecedora de pasar a la posteridad.
Aparte de poemarios como El Pasajero (1920) y La Pipa de Kif (1919), la obra valleinclanesca consta de colecciones de relatos como Femeninas (1895) y Flor de santidad (1904). Sobresalen en este plano las cuatro entregas de las Sonatas: Sonata de otoño (1902), Sonata de estío (1903), Sonata de primavera (1904) y Sonata de invierno (1905). En 1926 el escritor inventó el subgénero que podríamos llamar «novela del dictador latinoamericano» con Tirano Banderas. En el campo teatral, el ingenio de nuestro personaje llegó a una cúspide similar. Dentro de los márgenes del esperpento, así lo demuestra el ciclo de las Comedias Bárbaras, formado por las obras Águila de blasón (1907), Romance de Lobos(1908) y Cara de Plata (1922). Mayor fama si cabe es la de Divinas Palabras (1920), donde la brutalidad de la España negra se convierte en materia artística. Otras piezas, como Los cuernos de Don Friolera (1921), Las Galas del Difunto (1926) y La Hija del Capitán (1927), editadas bajo el epígrafe de Martes de Carnaval, señalan la maestría dramática de Valle, surgida de un estado de constante inspiración y de afán implacable. Por lo demás, esta efusión esperpéntica también se deja sentir en las cuatro obras que agrupa el Retablo de la avaricia, la lujuria y la muerte; a saber: Ligazón (1926), Sacrificio (1927), La rosa de papel (1924) y La Cabeza del Bautista (1924).



SONATA DE PRIMAVERA (Ramón M. del Valle Inclán)

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Estas páginas son un fragmento de las "Memorias Amables",
que ya muy viejo empezó a escribir en la emigración
el Marqués de Bradomín.
Un Don Juan admirable. ¡El más admirable tal vez!
Era feo, católico y sentimental.


(...)


Aquella noche las hijas de la Princesa habíanse refugiado en la terraza, bajo la luna, como las hadas de los cuentos: Rodeaban a una amiga joven y muy bella, que de tiempo en tiempo me miraba llena de curiosidad. En el salón, las señoras ancianas conversaban discretamente, y sonreían al oír las voces juveniles que llegaban en ráfagas perfumadas con el perfume de las lilas que se abrían al pie de la terraza. Desde el salón distinguíase el jardín, inmóvil bajo la luna, que envolvía en pálida claridad la cima mustia de los cipreses y el balconaje de la terraza donde, otras veces, el pavo real abría su abanico de quimera y cuento.

Yo quise varias veces acercarme a María Rosario. Todo fue inútil: Ella adivinaba mis intenciones, y alejábase cautelosa, sin ruido, con la vista baja y las manos cruzadas sobre el escapulario del hábito monjil que conservaba puesto. Viéndola a tal extremo temerosa, yo sentía halagado mi orgullo donjuanesco, y algunas veces, sólo por turbarla, cruzaba de un lado al otro. La pobre niña al instante se prevenía para huir: Yo pasaba aparentando no advertirlo. Tenía la petulancia de los veinte años. Otros momentos entraba en el salón y deteníame al lado de las viejas damas, que recibían mis homenajes con timidez de doncellas. Recuerdo que me hallaba hablando con aquella devota Marquesa de Téscara, cuando, movido por un oscuro presentimiento, volví la cabeza y busqué con los ojos la blanca figura de María Rosario. La Santa ya no estaba.
Una nube de tristeza cubrió mi alma. Dejé a la vieja linajuda y salí a la terraza. Mucho tiempo permanecí reclinado sobre el florido balconaje de piedra contemplando el jardín. En el silencio perfumado cantaba un ruiseñor, y parecía acordar su voz con la voz de las fuentes. El reflejo de la luna iluminaba aquel sendero de los rosales que yo había recorrido otra noche. El aire suave y gentil, un aire a propósito para llevar suspiros, pasaba murmurando, y a lo lejos, entre mirtos inmóviles, ondulaba el agua de un estanque. Yo evocaba en la memoria el rostro de María Rosario, y no cesaba de pensar:

-¿Qué siente ella?... ¿Qué siente ella por mí?...

Bajé lentamente hacia el estanque. Las ranas que estaban en la orilla saltaron al agua produciendo un ligero estremecimiento en el dormido cristal. Había allí un banco de piedra y me senté. La noche y la luna eran propicias al ensueño, y pude sumergirme en una contemplación semejante al éxtasis. Confusos recuerdos de otros tiempos y otros amores se levantaron en mi memoria. Todo el pasado resurgía como una gran tristeza y un gran remordimiento. Mi juventud me parecía mar de soledad y de tormentas, siempre en noche. El alma languidecía en el recogimiento del jardín, y el mismo pensamiento volvía como el motivo de un canto lejano:

-¿Qué siente ella?... ¿Qué siente ella por mí?...

Ligeras nubes blancas erraban en torno de la luna y la seguían en su curso fantástico y vagabundo. Empujadas por un soplo invisible, la cubrieron y quedó sumido en sombras el jardín. El estanque dejó de brillar entre los mirtos inmóviles: Sólo la cima de los cipreses permaneció iluminada. Como para armonizar con la sombra, se levantó una brisa que pasó despertando largo susurro en todo el recinto y trajo hasta mí el aroma de las rosas deshojadas. Lentamente volví hacia el Palacio: Mis ojos se detuvieron en una ventana iluminada, y no sé qué oscuro presentimiento hizo palpitar mi corazón. Aquella ventana alzábase apenas sobre la terraza, permanecía abierta, y el aire ondulaba la cortina. Me pareció que por el fondo de la estancia cruzaba una sombra blanca. Quise acercarme, pero el rumor de unas pisadas bajo la avenida de los cipreses me detuvo. El viejo mayordomo paseaba a la luz de la luna sus ensueños de artista. Yo quedé inmóvil en el fondo del jardín. Y contemplando aquella luz el corazón latía:

-¿Qué siente ella?... ¿Qué siente ella por mi?..

¡Pobre María Rosario! Yo la creía enamorada, y, sin embargo, mi corazón presentía no sé qué quimérica y confusa desventura. Quise volver a sumergirme en mi amoroso ensueño, pero el canto de un sapo repetido monótonamente bajo la arcada de los cipreses distraía y turbaba mi pensamiento. Recuerdo que de niño he leído muchas veces en un libro de devociones donde rezaba mi abuela, que el Diablo solía tomar ese aspecto para turbar la oración de un santo monje. Era natural que a mí me ocurriese lo mismo. Yo, calumniado y mal comprendido, nunca fui otra cosa que un místico galante, como San Juan de la Cruz. En lo más florido de mis años hubiera dado gustoso todas las glorias mundanas por poder escribir en mis tarjetas: El Marqués de Bradomín, Confesor de Princesas.
(...)

 Ramón María del Valle Inclán
Sonata de primavera
Memorias del Marqués de Bradomín,  1904


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DIVINAS PALABRAS. TRAGICOMEDIA DE ALDEA (Ramón M. del Valle Inclán)

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Primera jornada
Escena Quinta


San Clemente. El atrio con la iglesia en el fondo. Pasa entre losramajes el claro de luna. Algunos faroles, posados en tierra,abren sus círculos de luz aceitosa en torno al bulto de la difunta, modelado bajo una sábana blanca. Los aldeanos del velorio —capas y mantillas— beben aguardiente al abrigo de la iglesia. El murmullo de las voces, las pisadas, las sombras tienen el sentido irreal y profundo de las consejas.

PEDRO GAILO
Desde el momento primero, yo fui en decir que la difunta finó por haber bebido de alguna fuente ponzoñosa, pues ya van muchas desgracias en ganados y cristianos así aparejadas.
MARI-GAILA
Y el engendro bebió algún trago de la misma agua, pues todo se derramó, con perdón, en las pajas. Fue menester lavarlo como a un niño de teta. ¡Y si supieseis qué completo es de sus partes!
MARICA DEL REINO
¡Calla, cuñada! Poco tendrás que renegar de tales trabajos, que yo me hago cargo del carretón.
MARI-GAILA
¡Ahí está su hermano! Con él te gobiernas, Marica.
MARICA DEL REINO
¿Qué tienes tú que deponer, hermano mío?
PEDRO GAILO
Los brazos de un hombre llevan mejor cualisquiera carga.
MARICA DEL REINO
La voluntad de la difunta era encomendarme el cuidado del carretón. ¡Declarado me lo tenía!
MARI-GAILA
¿Dónde están los testigos, Marica?
MARICA DEL REINO
Con mi hermano hablaba.
MARI-GAILA
Pero yo te escuchaba.
MARICA DEL REINO
¡Ay si la difunta pudiera declarar su voluntad!
PEDRO GAILO
¡Habla tú, difunta hermana mía! Habla si era tu intención negar la ley de familia.
LA TATULA
No esperes te responda, que la muerte no hila palabras.
EL PEDÁNEO
Tiene sin aire el fol, y no hay palabra sin aire, como no hay llama.
PEDRO GAILO
Pero se obran prodigios.
EL PEDÁNEO
En otros tiempos, que en éstos al carro de la muerte ninguno le quita los bueyes.
MARICA DEL REINO
¡Y todo este hablar salió a cuento del pleito que tratan entre sí de sustentar dos hermanos propios carnales!
MARI-GAILA
No habrá pleito si tú respetas el derecho del que nació varón.
MARICA DEL REINO
Consultaremos con hombres de Ley.
EL PEDÁNEO
¡Como lleguéis a la puerta del abogado, os enredáis más! Sin salir de la aldea hallaréis barbas honradas sabiendo de Ley.
PEDRO GAILO
¿Cuál es tu dictado, Bastián de Candás?
EL PEDÁNEO
Si fuese a daros mi dictado, a ninguno había de contentar. ¡Como que ninguno tiene la Ley!
MARI-GAILA
¿No llama al hermano varón?
EL PEDÁNEO
Las voces de la Ley tú no las alcanzas.
MARI-GAILA
¡Pero aquí hay alguno que sabe latines!
EL PEDÁNEO
A eso solamente respondo que latines de misa no son latines de Ley.
PEDRO GAILO
¿Cuál es tu dictado, Bastián de Candás?
EL PEDÁNEO
Si no habéis de seguirlo, ¡para qué escucharlo!
MARICA DEL REINO
Te pedimos tu consejo, y cumples con darlo.
EL PEDÁNEO
Si como la finada no deja otro bien que el hijo inocente, dejase un par de vacas, cada cual se llevaría su vaca de la corte. Tal se me alcanza. Y si dejase dos carretones, cada cual el suyo.
LA TATULA
Tampoco había pleito.
EL PEDÁNEO
Pues si solamente deja uno, también habéis de repartiros la carga que represente.
LA TATULA
No es carga, que es provecho.
EL PEDÁNEO
Son bienes pro indiviso, que dicen en juzgados.
MARI-GAILA
¡Ay Bastián, tú sentencias, pero no enseñas cómo se puede repartir el carretón!
Zueco en dos plantas, ¿dónde irás que lo veas?
EL PEDÁNEO
Pero vi muchos molinos, cada día de la semana, moler para un dueño diferente.
UNA MOCINA
Mi padre muele doce horas en el molino de András.
MARICA DEL REINO
Por manera que el justo sentir es de repartirse el carretón entre las familias, determinados los días.
EL PEDÁNEO
Un suponer: Sois dos llevadores de un molino. De lunes a miércoles saca el uno la maquila, y el otro, de jueves a sábados. Los domingos van alternados.
LA TATULA
Así no había pleito.
MARICA DEL REINO
A ti corresponde hablar, hermano mío.
PEDRO GAILO
Lo que propone aquí este vecino honrado es un consejo, y a nosotros cumple tomarlo o dejarlo. Mi sentir ya está manifiesto, el tuyo debes declararlo.
MARICA DEL REINO
Mi sentir está con el tuyo, y de ahí no me descarrío.
MARI-GAILA
Retuertas vienen esas palabras.
MARICA DEL REINO
Claras como el sol.
EL PEDÁNEO
Veremos si yo marcho por tus caminos, Marica del Reino. A mi ver, con tales palabras quieres significar que te avienes con aquello que se avenga este tu hermano.
MARICA DEL REINO
¡Claramente!
EL PEDÁNEO
¿Y tú qué respondes, Pedro del Reino?
MARI-GAILA
Este bragazas se conforma al respective.
EL PEDÁNEO
Pues muera el cuento.
MARICA DEL REINO
Por manera que tres días el Carretón al cargo mío y otros tres al cargo de mi cuñada.
EL PEDÁNEO
El domingo es el indiviso.
LA TATULA
Ya tenéis hechas las partijas, sin peritos.
MARI-GAILA
Hay que cumplimentarlo bebiendo una copa. Cachea por el caneco del aguardiente, marido.
PEDRO GAILO
Míralo a la ventana tuya, arrimado a las parihuelas de la difunta.
MARI-GAILA
Y hay que darle una copa al baldadiño.
EL PEDÁNEO
¿Lo cata?
MARI-GAILA
Y se relame. Veréis vosotros cómo no se conforma con una. Está imbuido en la bebida.
LA TATULA
Tantas lluvias y soles por caminos... Sin ese reparo moría.
MARI-GAILA
¿Quieres echar una copa, Laureano?
LA TATULA
Amuéstrale el caneco, que por palabras no saca el sentido.

MARI-GAILA, donairosa y gentil, erguida al pie de la difunta, colma el vaso de las rondas, y respira con delicia el aroma del aguardiente.

MARI-GAILA
Bastián, a ti toca beber el primero, que fallaste el pleito.
EL PEDÁNEO
Pues a la salud de toda la compañía.
MARI-GAILA
A tras de ti va el baldadiño. Ahora lo catas, Laureano.
LA TATULA
Dáselo para que remede el trueno. ¡Lo hace cumplidamente!
MARI-GAILA
¡Mirad aquí, por vuestra alma! ¡Saca la lengua como un pito!
EL IDIOTA
¡Hou! ¡Hou! ¡Dade acá!
MARI-GAILA
¿Quién lo da?
EL IDIOTA
Nanay.
LA TATULA
¿Qué es ello, Laureano?
EL IDIOTA
¡Hou! ¡Hou!
MARI-GAILA
¿Cómo se pide?
EL IDIOTA
¡Releche! ¡Hou! ¡Hou!
MARICA DEL REINO
Dale el trago y no lo hagas más condenar.


(...)



Tercera jornada
Escena Tercera




San Clemente. La iglesia románica, de piedras doradas. La quintana verde. Paz y aromas. El sol traza sus juveniles caminos de ensueño sobre la esmeralda del río. SÉPTIMO MIAU aparece sentado en el muro de la quintana. SIMONIÑA, en la sombra del pórtico, arrodillada a la vera del carretón, pide para el entierro. La enorme cabeza del idiota destaca sobre una almohada blanca, coronada de camelias la frente de cera. Y el cuerpo rígido dibuja su esmedrado perfil bajo el percal de la mortaja azul con esterillas doradas. Encima del vientre, inflamado como el de una preñada, un plato de peltre lleno de calderilla recoge las limosnas, y sobrenada en el montón decobre negro una peseta luciente.

SÉPTIMO MIAU
¡Qué! ¿Se junta mucha moneda?
SIMONIÑA
¡Algo pinga!
SÉPTIMO MIAU
¡No sabéis vosotras el bien que enterráis!
SIMONIÑA
¿Será usted el solo que lo sepa?
SÉPTIMO MIAU
Esos fenómenos son sujetos delicados, y hay que tener mucha mano con ellos.
SIMONIÑA
¡Mejor cuidado del que tenía!
SÉPTIMO MIAU
¡Me lo cuentas a mí, mozuela! ¿Pues no veo el carro sin un mal toldo, sin una pintura que luzca? ¡Y era propio el fenómeno para enseñarlo en una verbena de Madrid!
SIMONIÑA
¡Bien que le revolvieron la cabeza a mi madre con esos discursos!
SÉPTIMO MIAU
Tu madre es una mujer de provecho.
SIMONIÑA
Aun cuando usted no lo crea.
SÉPTIMO MIAU
No es soflama, niña. Si hubiera querido encartarse conmigo, salía de miserias.
SIMONIÑA
Mi madre mira mucho por su conducta, y no quiere encartes.
SÉPTIMO MIAU
Encartes son tratos legales.
SIMONIÑA
Y amancebamientos.
SÉPTIMO MIAU
Conveniencia de dos que se juntan para ganar la plata. Tratos legales. Yo hubiera tomado el carro en arriendo; pagando un buen porqué, le hubiera puesto dos perros
enseñados a tirar... ¡Y no digo!...
SIMONIÑA
¡Pues ya no tiene remedio!



SIMONIÑA suspira, e incorporándose sobre las losas del pórtico, de rodillas a la vera del dornajo, esparce las moscas que comen en la cabeza de cera. Unas beatas con olor de incienso en las mantillas salen deshiladas de la iglesia.

SIMONIÑA
¡Una limosna para ayuda del entierro!
UNA VIEJA
¡Cómo hiede!
OTRA VIEJA
¡Corrompe!
BENITA LA COSTURERA
¿Cuándo lo enterráis?
SIMONIÑA
Cuando ajuntemos para ello.
BENITA LA COSTURERA
¡Vaya unas puntadas que le echaron a la mortaja! ¡Son hilvanes!
SIMONIÑA
Para los gusanos, ya está bastante.
BENITA LA COSTURERA
¿Quién se lo cortó?
SIMONIÑA
Todo lo hizo mi madre.
BENITA LA COSTURERA
¡No es muy primorosa!
SIMONIÑA
Tampoco es costurera.
BENITA LA COSTURERA
¿Y no tenía otro hilo más propio para pegarle la esterilla?
SIMONIÑA
Déjese de ponerle tachas y suelte una perra.
BENITA LA COSTURERA
No la tengo.
SIMONIÑA
¡Poco le rinde la aguja!
BENITA LA COSTURERA
Para vivir honradamente. No lo olvides, para vivir honradamente.
SIMONIÑA
Pues no se libra de calumnias.
BENITA LA COSTURERA
Puede ser, pero mi fama no está en esas lenguas.
SIMONIÑA
Le tira el señorío.
BENITA LA COSTURERA
Más pobre que tú, pero con decencia.
SIMONIÑA
¡Ay, qué delirio con la decencia!
BENITA LA COSTURERA
¡Es lo que más estimo!
SIMONIÑA
¡Apuradamente!
BENITA LA COSTURERA
¿Qué quieres decir?
SIMONIÑA
Que todas somos honradas mientras...
BENITA LA COSTURERA
¡En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo! ¿Te parece hablar propio de juventud?
SIMONIÑA
Como no trato con el señorío, desconozco los modos de las madamas.
BENITA LA COSTURERA
¡Me voy! ¡No quiero más relatos!
SIMONIÑA
¿Se va sin dejar una perra?
BENITA LA COSTURERA
Así es.
SIMONIÑA
¡Como no hubiese más caridad que la suya!



PEDRO GAILO, con sotana y roquete, asoma en la puerta de la iglesia. Llega el olor de los cirios que humean apagados en los altares. El arco de la puerta deja entrever reflejos de oro en la penumbra.

PEDRO GAILO
¡Puñela! ¡Qué dada eres a picotear!
SIMONIÑA
Me hablan, contesto.
PEDRO GAILO
Todas las mujeres sois de un mismo ser.
SÉPTIMO MIAU
Pues tal como son las mujeres, no hay fiesta sin ellas, compadre. Y usted no se queje, que tiene buena compañera. Casualmente hicimos juntos una romería, y allí he podido apreciar cómo se comporta y sabe sacar el dinero a los primaveras.
SIMONIÑA
Oiga cómo todos hablan de mi madre. ¡Y que sea usted solo a quebrarle la cabeza!
PEDRO GAILO
¡Calla la boca, Simoniña!
SIMONIÑA
Guíese otra vez de cuentos.
(...)

Ramón M. del Valle Inclán
Divinas palabras. Tragicomedia de aldea, 1919




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Divinas palabras
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El doble fondo de "Divinas palabras":
su contenido político, de Manuel Bermejo Marcos
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