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ESTILO OSCURO, PENSAMIENTO OSCURO (Azorín)




Todo debe ser sacrificado a la claridad. «Otra cualquiera circunstancia o condición, como la pureza, la medida, la elevación y la delicadeza, debe ceder a la claridad». ¿No es esto bastante? Pues para los puristas lo siguiente: «Más vale ser censurado de un gramático que no ser entendido». «Es verdad que toda afectación es vituperable; pero sin temor se puede afectar ser claro». La única afectación excusable será la de la claridad. «No basta hacerse entender; es necesario aspirar a no poder dejar de ser entendido».
Sí, lo supremo es el estilo sobrio y claro. Pero ¿cómo escribir sobrio y claro cuando no se piensa de ese modo? El estilo no es una cosa voluntaria, y ésta es la invalidación y la inutilidad —relativas— de todas las reglas. El estilo es una resultante… fisiológica. «Cuando el estilo es oscuro, hay motivos para creer que el entendimiento no es neto». Estilo oscuro, pensamiento oscuro. «Se dice claramente lo que se escribe claramente del mismo modo, a no ser que haya razones para hacerse misterioso». ¡Admirable de exactitud y de penetración! 
Recomendamos la sencillez y tornamos a recomendarla. ¿Qué es la sencillez en el estilo? He aquí el gran problema. Vamos a dar una fórmula de la sencillez. La sencillez, la dificilísima sencillez, es una cuestión de método. Haced lo siguiente y habréis alcanzado de un golpe el gran estilo: colocad una cosa después de otra. Nada más; esto es todo. ¿No habéis observado que el defecto de un orador o de un escritor consiste en que coloca unas cosas dentro de otras, por medio de paréntesis, de apartados, de incisos y de consideraciones pasajeras e incidentales? Pues bien: lo contrario es colocar las cosas —ideas, sensaciones—, unas después de otras. «Las cosas deben colocarse —dice Bejarano— según el orden en que se piensan y darles la debida extensión». Mas la dificultad está… en pensar bien. El estilo no es voluntario. El estilo es una resultante fisiológica.


AZORÍN
Artículo publicado en 
Un pueblecito. Riofrío de Ávila
Madrid, Espasa Calpe
 (Colección Austral, n. º 611, 2ª ed)
1957, pp. 47s.




TIEMPOS Y COSAS (Azorín)

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La mesa en que yo trabajo está junto a una ventana baja, apaisada, sin cristales; abajo,a derecha e izquierda, se extiende una calle recta, blanca, estrecha, de limpias casas bajas; enfrente se abre una callejuela corta, en pendiente; un carpintero golpea en esta calle con su mazo de cuando en cuando; una extensión parda, negruzca, de tejados de mil formas y alturas se ofrece ante mi vista.

Yo tengo una profunda simpatía por los tejados. Yo amo los tejados viejos, los tejados silenciosos, los tejados impasibles, los tejados de las vetustas ciudades, los tejados que se muestran planos, anchos, soberbios, en los palacios y en las catedrales, o los tejados pequeñitos que parecen esconderse en un rincón, en la sombra, en la profundidad de dos esquinados, o los tejados locos, audaces, que adoran las ventanas y que sobresalen para mirarlas en un anchuroso alero sostenido por ménsulas carcomidas, alabeadas. Yo tengo, sobre la mesa, ante mí, las blancas cuartillas y contemplo un instante, antes de ponerme a escribir, el panorama de las techumbres.  A lo lejos, al final de los negros tejados, aparecen las cimas gráciles, ondulantes, cimbreantes, de dos, cuatro eucaliptus, que me atalayan atentas, curiosas, femeninas, por encima de las casas de la ciudad: son los eucaliptus de un jardín sombroso y fértil; después de ellos, más allá, en el fondo, ya aparecen las anchas y suaves laderas de una montaña; a trechos, por entre la verdura de los sembrados -si es en invierno-, o de las viñas -si es en verano-, destacan serpenteando, reptando hacia la altura, perdiéndose, reapareciendo, los senderos blancos; dos, tres casas refulgen nítidas; una línea de almendros retorcidos surge acá y allá, exornando los dorados ribazos.  Y en lo alto, la roca ya pelada, limpia, de la montaña, se recorta con una silueta de altibajos suaves en un cielo diáfano, brillante, de añil intenso, luminoso.

Yo aparto mi vista, al fin de estas laderas, de estas cumbres radiantes, de esta bóveda azul, y me apresto a escribir.  Son las ocho de la mañana; ésta es la hora en que la pequeña ciudad comienza a vivir.  Ya han sonado allá abajo, en la iglesia, las primeras campanadas graves, profundas, de misa mayor; las herrerías ya están cantando; un gallo cacarea a lo lejos con un grito fino, metálico; el carptinero golpea de tarde en tarde con su mazo sonoro.  Este es el momento en que todos los ruidos, todas las luces, todas las sombras, todos los matices, todas las cosas de la ciudad tornan a entrar, tras la tregua de la noche, en su armoniosa síntesis diaria. ¿No sentís vosotros esta concordancia secreta y poderosa de las cosas que nos rodeán? ¿No veis en esta pequeña ciudad una vida tan intensa, tan bella como la de las más grandes y tumultuosas urbes del mundo?  Todo merece ser vivido en la vida; no hay nada que sea inexpresivo, que sea opaco, que sea vulgar a los ojos de un observador.



José Martínez Ruiz
Azorín
Confesión de un autor
de Tiempos y cosas
Colección RTV
Biblioteca Básica Salvat, 1970
págs. 76-77



PUEBLO. NOVELA DE LOS QUE TRABAJAN Y SUFREN (Azorín)

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Archivo Barricada


Madera; esparto; madera y esparto. Travesaños; respaldar; asiento. Una silla aja; baja para coser ante el costurero. Cosiendo; siempre cosiendo. La luz que ilumina el costurero y que ilumina la silla. Cuatro pies cortos; el asiento de delgada cuerda de esparto; o de paja. El respaldo con sus travesaños. El rayo de sol que entra por la ventana hace que los barrotes de la silla marquen su sombra en la pared blanca o en los ladrillos rojos. El vivo fulgor solar, en los esplendentes días claros, envuelve la silla. Como de oro, siendo de humilde pino; como de oro, en el ambiente áureo del pleno y radiante sol. Suave, discreta en la claridad de la luna; el silencio y el descanso; descanso, en las horas de la madrugada. La luz de la luna va girando lenta, dulce, acariciadora, en torno de la silla pobre de pino y esparto. La luz de la luna que, al fin, desaparece y deja a la silla en la oscuridad; sólo alumbrada vagamente por el fulgor de las estrellas. Inmóvil, inalterable, a través del tiempo, con serenidad y sosiego. La madera de pino que ha ido adquiriendo una tonalidad oscura y que ha ido puliéndose en sus ángulos. Sin lo chillón de la madera nueva, ha entrado ya, con el tiempo, en la tonalidad del cuartito y del costurero. Ha logrado la suspirada armonía, en color y en líneas, con el ambiente que la rodea. Con todo lo que cercuya –aire, cosas, seres humanos- a la humilde silla de pino. Más noble ahora, después de que se ha trabajado tanto en ella, que el más augusto sitial; más humana, más excelsa, que todos los sillones de maderas preciosas.
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Una viejecita; ébano y marfil. Las ropas negras, limpias; la cara y las manos, amarillentas. Ochenta años. Débil, sutil; si la abrazáramos, como queremos, tendríamos la sensación de que iba a deshacerse entre nuestros brazos; nos contenemos. Pudiéramos hasta derribarla en el suelo con sólo soplar ligeramente. Aérea; un jirón do humo negro. Arrebujada, a veces, en un rinconcito, sin hablar; sin reñir jamás; sin tener un gesto de desabrimiento. Y sin ser nadie; no es nadie esta viejecita. Si dijéramos su nombre, no se produciría ese movimiento de interés que se produce cuando se nombra a una persona ilustre. No es nadie; la hoja que cae en el otoño; el humo que asciende por la chimenea; la hierbecita que cogemos al borde de un camino; el vilano que cruza por el cielo. En su rincón, el bulto de ébano y marfil. Un niño se acerca, y es, con sus mejillas coloradas, una rosa que ha apareado de pronto al lado de lo negro y lo marfileño.



Azorín
Pueblo.
Novela de los que trabajan y sufren
(1930)




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AZORÍN

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José Augusto Trinidad Martínez Ruiz nació en Monóvar (Alicante) el 8 de junio de 1873. Su padre, natural de Yecla, ejercía de abogado en Monóvar y  poseía una importante hacienda; la madre había nacido en Petrel. Se trataba la suya de una familia tradicional, burguesa, que disfrutaba de una  desahogada situación económica. José Augusto fue el mayor de nueve hermanos.

Políticamente, el padre militaba en el partido conservador y, con el  tiempo, además de ocupar algunos cargos (alcalde, diputado), se reconocerá  seguidor de Romero Robledo.

Desde pequeño, Pepe, tal es el hipocorístico con que se le conoce familiarmente, da muestras de ser un espíritu independiente y solitario, al que le gusta llevar una vida apartada, a menudo en la finca familiar del Collado de la Salina, en Almodóvar. Allí se entrega con pasión al ejercicio de la lectura, y escribe.


La obra de Azorín es muy extensa. Escribió miles de artículos a lo largo de su vida. Artículos que aparecieron en los periódicos más destacadas de finales del siglo XIX (El País, El Imparcial, El Progreso, Madrid Cómico, El Globo...). Más tarde, su pluma encontrará acomodo en las publicaciones conservadoras. A partir de 1905, recala en ABC, que pasará a ser, ya hasta el momento de su muerte, el periódico de referencia para un seguimiento de la producción azoriniana en los años de su madurez.

Como se sabe es autor de varias novelas ( Diario de un enfermo (1901), La voluntad (1902), Antonio Azorín (1903), Las confesiones de un pequeño filósofo (1904), Don Juan (1922), Doña Inés (1925), Félix Vargas (1928), titulada luego El caballero inactual, etc.), novelas con las que intenta una particular renovación del género, novelas sin fábula, sin argumento. Y escribió también obras teatrales (recuérdese la trilogía Lo invisible o alguna de su discutidas y originales piezas: Old Spain, Brandy, mucho brandy, Angelita, etc., incluido algún auto sacramental. Pero publicó, sobre todo, notables ensayos y libros de paisajes y semblanzas, en realidad recopilaciones de artículos periodísticos, entre los que no faltan los volúmenes que recogen parte de sus artículos literarios: Los pueblos (1905), La ruta de don Quijote (1905), Lecturas españolas (1912); Castilla (1912); Clásicos y modernos (1913); Al margen de los clásicos (1915)...

En los años ya invernales de su dilatada existencia publica sus memorias  (Memorias inmemoriales), de relativo interés.



LOS PUEBLOS. ENSAYOS SOBRE LA VIDA PROVINCIANA (Azorín)

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-Señor Azorín, ¿es esto una elegía?

-Amigo lector. Esto es una elegía.

Se llamaba Julín. ¿Cómo os imagináis vosotros a Julín? ¿Creéis que este nombre varonil es de algún niño rubio, vivaracho, revoltoso? No; os engañáis. Julín era Julia. Y Julia era una muchacha delgada, esbelta, con unos grandes ojos melancólicos, azules... Yo la he recordado cuando, tras largo tiempo de ausencia, he vuelto a poner los pies es esta monótona ciudad donde ha transcurrido mi infancia. Ya bien de mañana, yo me he encaminado por las calles anchas, de casas bajas, con las puertas, a esta hora, entornadas, con los zaguanes silenciosos. El sol va bañando lentamente las blancas fachadas; de cuando en cuando se oyen las campanadas rítmicas y cristalinas de la iglesia, y las herrerías, todas las herrerías de la ciudad, las herrerías negras, las herrerías calladas durante la noche, comienzan a cantar. Os diré que éstos son los instantes supremos en que despiertan todos estos oficios seculares, venerables de los pueblos. Y si vosotros los amáis, si vosotros sentís por ellos una profunda simpatía, podéis ver a esta hora, fresca, clara y enérgica, cómo se abren los talleres de los aperadores, de los talabarteros, de los peltreros; y de qué manera comienzan a marchar los pocos y vestustos telares que aún perduran como sobrecogidos, como atemorizados, como ocultos en un lóbrego zaguán, allá en una calleja empinada y silenciosa; y con qué joviales, fuertes y rítmicos tintineos entonan sus canciones las herrerías. Yo tengo predilección por estos hombres que forjan y retuercen el hierro: que mis amigos los carpinteros me dispensen esta confidencia, hasta hora secreta; en estas palabras no hay para ellos ni el más ligero agravio; otro día dedicaré unas líneas cordiales a estos otros hombres, también excelentes y afables, que labran la madera.

Ahora voy a sentarme en una herrería. La llama de la fragua surge briosa en el hogar; el fuelle va resoplando sonoramente; en medio del taller, el viejo yunque, patriarcal, venerable, alma de la herrería, espera el rojo hierro que ha de ser martilleado. Y el hierro sacado de entre las brasas. Y los martillos, recios, caen y tornan a caer sobre él, y van cantando alegres su canción milenaria, en tanto que el grueso yunque parece que se ensancha de satisfacción –tal vez de vanidad-, pensando que sin él no se podría hacer nada en la herrería.

Y, de rato en rato, el martilleo cesa; entonces el maestro y yo hablamos de las cosas del pueblo, es decir, del mucho o poco trabajo que hay, de las casas que están construyendo, de lo deleznables que son –no os quepa duda de esto- los trabajos de hierro que vienen de las fábricas. Yo pienso que todas estas cerraduras, estos pasadores, estas fallebas, fabricadas en grande, mecánicamente, en los enormes talleres cosmopolitas, entre la multitud rápida y atronadora de los obreros, no tienen alma, no tienen ese algo misterioso e indefinible de las piezas forjadas en las viejas edades, que todavía en los pueblos se forjan, y en que parece que el espíritu humano ha creado una polarización indestructible, perdurable...

Los martillos van cantando, cantando con sus sones claros y fuertes; el fuelle sopla y resopla ronco. Y ahora el maestro y yo ya no hablamos de las cosechas, ni de las fábricas, ni de las casas; hablamos de los amigos que han desaparecido para siempre. Si vais a vuestro pueblo después de haber estado lejos de él pocos o muchos años, estos recuerdos serán inevitables. Ya otro día apuntaba yo en otra parte algo de esto. ¿Qué se ha hecho de don Ramón, de don Luis, de don Juan, de don Antonio? ¿Cómo acabó don Pedro? ¿Es verdad que don Jenaro hizo una casa nueva, una casa soberbia, en que había puesto todas sus ilusiones, y murió a los ocho días de mudarse a ella? ¿Le dejó don Rafael la labor de los Tomillares a su sobrina Juanita, la hija de don Bartolomé el médico?

Y cuando yo pronuncio el nombre de Juanita, el maestro se queda un momento en suspenso, con el martillo en una mano y las tenazas en la otra, y me dice:

- ¡Hombre! ¿No sabe usted que se murió Julín? ¿Se acuerda usted? Julia, la chica de don Alberto...

Yo sí me acuerdo; yo siento al oír al maestro una tristeza honda. ¿No os encanta este contraste de un nombre varonil y una muchacha fina, blanca, suave, con los ojos azules, soñadores, pensativos, tristes? Vosotros acaso no sabréis que en los pueblos es quizá donde las muchachas son aún románticas, es decir, donde hay niñas tristes que tocan en el piano cosas tristes, que pasan horas enteras inmóviles, que leen novelas, que saben versos de memoria, y, sobre todo, que tienen sonrisas inefables, sonrisas de una ingenuidad adorable, divina. ¿No habéis visto a estas muchachas en las ferias de los pueblos, o en los bailes, o paseando por el andén de la estación un día que habéis pasado en el tren y os habéis asomado soñolientos, cansados de leer un rimero de periódicos que dicen todos lo mismo?

Los martillos prosiguen con su canción alegre y fuerte; el fuelle hace fa-fa-fa... Yo ya no puedo estar sosegado en esta herrería; una irreprimible tristeza invade mi espíritu. Cuando salgo, don Baltasar está en su puerta.

Yo le digo:

- Buenos días, don Baltasar.

Él me dice:

- ¡Caramba, Azorín! ¿Tanto bueno por aquí?

Don Baltasar es el fotógrafo. ¿Afirmaréis vosotros que en los pueblos hay hombre más interesante que el fotógrafo? Que no pase jamás por vuestra imaginación tal disparate. Yo estimo también cordialmente a los fotógrafos; otro día les dedicaré también unas líneas cariñosas. Ahora voy a entrar un momento en casa de mi amigo don Baltasar. Yo quiero charlar con este hombre sencillo y ver de paso las fotografías que él tiene colocadas en anchos cuadros. Os confesaré que siempre que yo llego a una ciudad desconocida mi primer cuidado es contemplar los escaparates de los fotógrafos. Yo veo en ellos los retratos de los buenos señores que viven en el pueblo y a quienes conozco –y esto acaso me los hace simpáticos- y las caras, tan diversas, tan enigmáticas de estas muchachas de que antes hablaba. ¿Qué dicen estos rostros? ¿Qué ideas, qué ambiciones, qué esperanzas, qué desconsuelos hay detrás de todas estas frentes femeninas juveniles? ¿Se podrá adivinar todo esto por los ojos, por los pliegues y contracturas de la boca, por la forma y la actitud de las manos?

Yo me acerco al escaparate de mi amigo don Baltasar. Yo voy viendo estos señores, estas damas, estas muchachas. Y de pronto mis miradas caen sobre una fotografía que me causa viva y honda emoción. ¿Lo habéis sospechado ya? Es Julín. Yo la miro absorto, olvidado de todo, emocionado.

Don Baltasar me dice:

- ¿Qué mira usted, Azorín?

Yo digo:

- Miro a Julín, la hija de don Alberto.

Don Baltasar exclama:

- ¡Ah, sí! Cuando yo la retraté estaba ya muy enferma.

Julín aparece sentada en un banquillo rústico; su cara es más ovalada y más fina que cuando yo la vi por última vez; su cuerpo es más delgado, sus ojos parecen más pensativos y más grandes; sus brazos caen a lo largo de la falda con un ademán supremo de cansancio y de melancolía. Y un abanico a medio abrir yace entre los dedos, largos y transparentes... En el zaguán de la casa reina un profundo silencio; un moscardón revuela en idas y venidas incongruentes, con un zumbido sonoro.

Yo me despido de don Baltasar. Los martillos cantan sobre los yunques con sus sones alegres; unas campanas lejanas llaman a las últimas misas de la mañana. Yo camino despacio; yo digo: “Las cosas bellas debían ser eternas”...




Azorín,
Los pueblos.
Ensayos sobre la vida provinciana, 1914






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EL POLÍTICO (Azorín)


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III. NO PRODIGARSE

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No se prodigue ni en la calle, ni en los paseos, ni en espectáculos públicos. Viva recogido. Al hombre de mérito se le estima tanto más cuanto menos podemos apreciar los detalles pequeños, inevitables, que se le asemejan a los hombres vulgares. ¿ Qué vale más: ser llano, corriente, hablar con todos, entrar con todos en conversación a cada momento, o mostrarse sólo de cuando en cuando con una cortesía perfecta, pero un poco severa, con una afabilidad que atrae, pero que al mismo tiempo no permite la intimidad, la familiaridad, y hace que permanezcan aquellos con quienes conversamos a una invisible e insalvable distancia de nosotros? Aténgase el político a este último punto; lo que mucho se ve, se estima poco; persona con quien a todas horas podemos comunicar, tendrá nuestra estimación, nuestro respeto, pero le faltará ese matiz de severidad, ese algo que impone, ese aspecto que hace que deseemos, que ansiemos verla, hablar con ella, oír de sus labios tales o cuales opiniones.
Sea difícil el político para las visitas; no reciba a todos, sino a contadas personas. No otorgue a todos su afabilidad y su cortesía. Acaso los que no logran traspasar sus puertas propalen su hurañez y aun su soberbia. Pero si aquellos pocos a quienes recibe y otorga su amistad les trata espléndidamente, es leal, consecuente y generoso con ellos, su fama de hombre excelente y buen amigo prevalecerá y dominará, y no la de huraño y soberbio.



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XIII. NO PRESTARSE A LA EXHIBICIÓN

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Sea entendido con los entendidos, opaco y vulgar con los opacos y vulgares. No es de entendimiento sutiles el ingenio, el hacerse admirar, el exhibirse brillantemente en un concurso de hombres modestos y sencillos. Dejense las galas del ingenio para cuando con perfecta paridad, de igual a igual, se puede competir en la reuniones y asambleas de los doctos. El político tendrá que viajar muchas veces por su país, tendrá que ir a los pueblos. No pretenda en estas ocasiones ganar admiraciones y simpatías deslumbrando. Hable como todos; si acaso, de tarde en tarde, tenga en estas conversaciones vulgares una reflexión oportuna, ingeniosa, sutil: estas reflexiones sabias y agudas que se realizan sin ruido, sin pretenciones, entre las palabras vulgares, es lo que Fernando de Rojas llama en el prólogo de La Celestina "deleitables fontecicas de filosofía ".
El político, el artista, el poeta, el cantante, serán invitados muchas veces a las fiestas y ágapes, más bien que por su persona, para que tal fiesta o comida tenga un aliciente con su ingenio o habilidad. Conozca el artista o político cuándo sucede esto; en tal caso sea cauto, y ya que le han hecho ir de la misma manera que se llevan plantas o tapices, sea tan vulgar como todos, es decir, no dé muestras de su ingenio, ni use de su estro, ni, si es posible, cante o taña, como esperaba el que le invitó.

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XLVI. ELEGIR EL RETIRO

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Si el tiempo o los achaques le hicieren inútil para la vida pública, sepa determinarse a la retirada. Y si la vida cortesana —que es la mejor vida— no le agradare o no le conviniere, sepa también elegir un lugar de retiro.
Tienen un encanto profundo estos viejos pueblos que han sido medio destierro y medio retiro de grandes personajes; estos hombres eminentes han dejado en ellos como un hálito y un perfume de amarguras, esperanzas frustradas y desengaños. En 1426, el infante don Enrique de Aragón se retiró a Consuegra; Ocaña fue el destierro de don Juan de Austria, el hijo de Felipe IV; en Toro, con su colegiata, sus caserones y el noble Duero, paseó sus tristeza, después de veintidos años de mando y de poder, el conde-duque de Olivares. Que el pueblo que elija nuestro político sea apropiado a sus gustos, inclinaciones y complexion; no haga en él vida apartada y solitaria; no le falten los ánimos; el conde-duque, después de haber sido ministro universal del Imperio Español, se allanó a ser corregidor de una corta ciudad. No de él político en el desvanecimiento de creer que en los pueblos y aldeas los moradores han de ser personajes refinados y sabios; la aldea es la aldea y la corte es la corte. Confórmese con el trato llano y sencillo; interésese en las labores de la tierra; converse con los oficiales y artesanos. Todo este mundo de los pequeños alhaquines o tejedores, de los peltreros, de los percoceros o modestos plateros, de los herreros, de los carpinteros, tiene su encanto. Las ideas y venidas, las ansias y las pasiones son las mismas, pero en otra escala que las de los grandes. Siga la vida de la ciudad; estudie sus matices, sepa el encanto que tiene un ocaso; aprecie el concierto de la hora con los ruidos de las herrerías, con el canto de los gallos y el tañer sonoro de las campanas; en la primavera vea surgir poco a poco la vida en la campiña; extásiese con los tornasoles del cielo, y escuche —como a viejo e implacable amigo— el tictac del vetusto reloj en la ancha estancia.


Azorín
El político, 1908


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LAS CONFESIONES DE UN PEQUEÑO FILÓSOFO (Azorín)

Archivo Barricada
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No me podrán quitar el dolorido sentir...
GARCILASO: Égloga I.




Yo, pequeño filósofo, he cogido mi pa­raguas de seda roja y he montado en el carro, para hacer, tras largos años de ausencia, el mismo viaje a Yecla que tantas veces hice en mi infancia. Y he puesto también como viático una tortilla y unas chuletas fritas. Y he visto también desde lo alto del puerto pedregoso los puntitos imperceptibles del poblado, allá en los confines de la inmensa llanura, con la cúpula de la iglesia Nueva que irradia luminosa. Y he entrado después en la ciudad sombría... Todo está lo mismo: las calles anchas, las iglesias, los case­rones, las puertas grandes de los corrales con elevadas tapias.

Y por la tarde he recorrido las calles anchas y he paseado por la huerta. Y al anochecer, cuando he vuelto a la casa en que vivió mi tío Antonio, he dejado mi paraguas en un rincón y me he puesto a escribir estas páginas. Son los últimos días de otoño; ha caído la tarde en un crepúsculo gris y frío. La fragua que había paredaña, ya no repiquetea: al pasar ya no he podido ver el ojo vivo y rojo del hogar que brillaba en el fondo oscuro. Las calles están silenciosas, desiertas; un viento furioso hace golpetear a intervalos una ventana del desván; a lo lejos brillan ante las hornacinas, en las fachadas, los farolillos de aceite. He oído las lechuzas en la alta torre de la iglesia lanzar sus resoplidos misteriosos. Y he sentido, en este ambiente de inercia y de resignación, una tristeza íntima, indefinible.

Esta tarde, mientras paseaba por la huerta con algunos antiguos camaradas, veía a lo lejos la enorme ciudad, agazapa­da en la falda del cerro gris, bajo el cielo gris. Discurríamos silenciosos. Cuando llegaba la noche, uno de los acompañan­tes ha dado unos golpes en el suelo con el bastón, y ha pronunciado estas pala­bras terribles:

-Volvamos, que ya es tarde.

Yo, al oírlas, he experimentado una ligera conmoción. Es ya tarde. Toda mi infancia, toda mi juventud, toda mi vida han surgido en un instante. Y he sentido -no sonriáis- esa sensación vaga, que a veces me obsesiona, del tiempo y de las cosas que pasan en una corriente verti­ginosa y formidable.



Azorín
Las confesiones de un pequeño filósofo, 2004






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Las confesiones de un pequeño filósofo
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LA VOLUNTAD: Manifiesto de Pedro, Juan y Pablo (Azorín)





VI 





Esta tarde, como hacía un tiempo espléndido, Yuste y Azorín han ido á la Fuente. Para ir á la Fuente se sale del pueblo con dirección á la plaza de toros; luego se tuerce á la izquierda... La Fuente es un extenso llano rojizo, arcilloso, cerrado por el negruzco lomazo de la Magdalena. Aquí, al pie de este cerro, unos buenos frailes tenían su convento, rodeado de umbríos árboles, con extensa huerta regada por un venero de agua cristalina... Luego se marcharon á Yecla, y el antiguo convento es hoy una casa de labranza, donde hay aún una frondosa higuera que plantó San Pascual. Aquí debajo de esta higuera mística se han sentado Yuste y Azorín. Y desde aquí han contemplado el panorama espléndido —un poco triste— de la vieja ciudad, gris, negruzca, con la torre de la iglesia Vieja que resalta en el azul intenso; y las manchas verdes de los sembrados; y los olivares adustos, infinitos, que se extienden por la llanura...
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Yuste, mientras golpeaba su cajita de plata, ha pensado en las amarguras que afligen á España. Y ha dicho:
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—Esto es irremediable, Azorín, si no se cambia todo... Y yo no sé qué es más bochornoso, si la iniquidad de los unos ó la mansedumbre de los otros... Yo no soy patriota en el sentido estrecho, mezquino, del patriotismo... en el sentido romano... en el sentido de engrandecer mi patria á costa de las otras patrias... Pero yo que he vivido en nuestra historia, en nuestros héroes, en nuestros clásicos... yo que siento algo indefinible en las callejuelas de Toledo, ó ante un retrato del Greco... ú oyendo música de Victoria... yo me entristezco, me entristezco ante este rebajamiento, ante esta dispersión dolorosa del espíritu de aquella España... Yo no sé si será un espejismo del tiempo... á veces dudo... pero Cisneros, Teresa de Jesús, Theotocópuli, Berruguete, Hurtado de Mendoza... esos no han vuelto, no vuelven... Y las viejas nacionalidades se van disolviendo... perdiendo todo lo que tienen de pintoresco, trajes, costumbres, literatura, arte... para formar una gran masa humana, uniforme y monótona... Primero es la nivelación en un mismo país; después vendrá la nivelación internacional... Y es preciso... y es inevitable... y es triste. (Una pausa larga.) De la antigua Yecla vieja, ¿qué queda? Ya las pintorescas espeteras colgadas en los zaguanes, van desapareciendo... ya el ramo antiguo, las azucenas y las rosas de hierro forjado se han convertido en un soporte sin valor artístico... Y este soporte fabricado mecánicamente, que viene á sustituir una graciosa obra de forja, es el símbolo del industrialismo inexorable, que se extiende, que lo invade todo, que lo unifica todo, y hace la vida igual en todas partes... Sí, sí, es preciso... y es triste.
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Yuste calla; después vuelve á su tema inicial:
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—Yo veo que todos hablamos de regeneración... que todos queremos que España sea un pueblo culto y laborioso... pero no pasamos de estos deseos platónicos... ¡Hay que marchar! Y no se marcha... los viejos son escépticos... los jóvenes no quieren ser románticos... El romanticismo era, en cierto modo, el odio, el desprecio al dinero... y ahora es preciso enriquecerse á toda costa... y para eso no hay como la política... y la política ha dejado de ser romanticismo para ser una industria, una cosa que produce dinero, como la fabricación de tejidos, de chocolates ó de cualquier otro producto... Todos clamamos por un renacimiento y todos nos sentimos amarrados en esta urdimbre de agios y falseamientos...
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El maestro saca del bolsillo un periódico y lo despliega.
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—Hoy he leído aquí— añade, —una crónica de un discípulo mío... se titula La Protesta... quiero leértela porque pinta un período de nuestra vida que acaso, andando el tiempo, se llame en la historia la época de la regeneración.
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Y Yuste, bajo la higuera que plantó S. Pascual, un místico, un hombre austero, inflexible, ha leído este ejemplar de ironía amable:
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"Y en aquel tiempo en la deliciosa tierra de Nirvania todos los habitantes se sintieron tocados de un grande y ferviente deseo de regeneración nacional. Regeneración nacional! La industria y el comercio fundaron un partido adversario de todas las viejas corruptelas; el Ateneo abrió una amplia información en que todos, políticos, artistas, literatos, clamaron contra el caciquismo en formidables Memorias; los oradores trinaban en los mitins contra la inmoralidad administrativa... Y un día tres amigos —Pedro, Juan, Pablo—, que habían leído en un periódico la noticia de unos escándalos estupendos, se dijeron: Puesto que todo el país protesta de los agios, depredaciones y chanchullos, vamos nosotros, ante este caso, á iniciar una serie de protestas concretas, definidas, prácticas; y vamos á intentar que bajen ya á la realidad, que al fin encarnen, las bellas generalizaciones de monografías y discursos. Y Pedro, Pablo y Juan redactaron una protesta. Independientemente de toda cuestión política —decían— manifestamos nuestra adhesión á la campaña que D. Antonio Honrado ha emprendido contra la inmoralidad administrativa, y expresamos nuestro deseo de que campañas de tal índole se promuevan en toda Nirvania. Luego, los tres incautos moralizantes imaginaron ir recogiendo firmas de todos los conspicuos, de todos los egregios, de todos los excelsos de este viejo y delicioso país de Nirvania... Principiaron por un sabio y venerable exministro. Este exministro era un filósofo: era un filósofo amado de la juventud por su bondad, por sus virtudes, por su inteligencia clara y penetrante. Había vivido mucho; había sufrido los disfavores de las muchedumbres tornadizas; y en su pensar continuo y sabio, estas íntimas amarguras habían puesto cierto sello de escepticismo simpático y dulce... — ¡Oh, no!— exclamó el maestro. — Yo soy indulgente; yo creo, y siempre lo he repetido, que todos somos sujetos sobre bases objetivas, y que son tan varios, diversos y contradictorios los factores que suscitan el acto humano, que es preferible la indiferencia piadosa á la acusación implacable... Y tengan ustedes entendido que una campaña de moralidad, de regeneración, de renovación eficaz y total, sólo puede tener garantías de éxito; sólo debe tenerlas, en tanto que sea genérica, no específica, comprensora de todos los fenómenos sociales, no determinadora de uno solo de ellos... Pedro, Juan y Pablo se miraron convencidos. Indudablemente, su ardimiento juvenil les había impulsado á concreciones y  personalidades peligrosas. Había que ser genérico, no específico. Y volvieron á redactar la protesta en la siguiente forma: Independientemente de toda cuestión política, manifestamos nuestra adhesión á toda campaña que tienda á moralizar la Administración pública, y expresamos nuestro deseo de que campañas de tal índole se promuevan en Nirvania. Después, Pedro, Juan y Pablo fueron á ver á un elocuente orador, jefe de un gran partido político. — Yo entiendo, señores —les dijo,— que es imposible, y á más de imposible injusto, hacer tabla rasa en cierto y determinado momento, de todo aquello que constituyendo el legado de múltiples generaciones, ha ido lentamente elaborándose á través del tiempo por infinitas causas y concausas determinadoras de efectos que, si bien en parte atentatorios á nuestras patrias libertades, son, en cambio, y esto es preciso reconocerlo, respetables en lo que han coadyuvado á la instauración de esas mismas libertades, y á la consolidación de un estado de derecho que permite, en cierto modo, el libre desarrollo de las iniciativas individuales. Así, en resumen, yo he de manifestar que, aunque aplaudo, desde luego, la noble campaña por ustedes emprendida, y á ello les aliento, creo que hay que respetar, como base social indiscutible, aquello que constituye lo fundamental en el engranaje social, ó sea los derechos adquiridos... Otra vez los tres ingenuos regeneradores tornaron á mirarse convencidos. Indudablemente, el ilustre orador tenía razón; había que hacer una enérgica campaña de renovación social, pero respetando, respetando profundamente las tradiciones, las instituciones legendarias, los derechos adquiridos. Y Pedro, Juan y Pablo, de nuevo redactaron su protesta de este modo: Independientemente de toda cuestión política, y sin ánimo de atentar á los derechos adquiridos, que juzgamos respetables, ni de subvertir en absoluto un estado de cosas que tiene su razón de ser en la historia, manifestamos nuestro deseo de que los ciudadanos de Nirvania trabajen en favor de la moralidad administrativa. Siguiendo en sus peregrinaciones los tres jóvenes visitaron luego á un sabio sociólogo. Este sociólogo era un hombre prudente, discreto, un poco escéptico, que había visto la vida en los libros y en los hombres, que sonreía de los libros y de los hombres. — Lo que ustedes pretenden— les dijo —me parece paradójico é injusto. ¡Suprimir el caciquismo! La sociedad es un organismo, es un cuerpo vivo; cuando este cuerpo se ve amenazado de muerte, apela á todos los recursos para seguir viviendo y hasta se crea órganos nocivos que le permitan vivir... Así la sociedad española, amenazada de disolución, ha creado el cacique que, si por una parte detenta el poder para favorecer intereses particulares, no puede negarse que en cambio subordina, reprime, concilia estos mismos intereses. Obsérvese á los caciques de acción, y se les verá conciliar, armonizar los más opuestos intereses particulares. Suprímase el cacique y esos intereses entrarán en lucha violenta, y las elecciones, por citar un ejemplo, serán verdaderas y sangrientas batallas... Por tercera vez Pedro, Juan y Pablo se miraron convencidos y acordaron volver á redactar la protesta en esta forma: Respetando y admirando profundamente, tanto en su conjunto como en sus detalles, el actual estado de cosas, nos permitimos, sin embargo, hacer votos por que en futuras edades mejore la suerte del pueblo de Nirvania, sin que por eso se atente á las tradiciones ni á los derechos adquiridos." Y cuando Pedro, Juan y Pablo, cansados de ir y venir con su protesta, se retiraron por la noche á sus casas, entregáronse al sueño tranquilos, satisfechos, plenamente convencidos de que vivían en el más excelente de los mundos, y de que en particular era Nirvania el más admirable de todos los países.
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El maestro calló. Y como declinara la tarde, al levantarse para regresar al pueblo, dijo:
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—Esto es irremediable, Azorín, si no se cambia todo... Los unos son escépticos, los otros perversos... y así caminamos, pobres, miserables, sin vislumbres de bonanza... arruinada la industria, malvendiendo sus tierras los labradores... Yo les veo aquí en Yecla morirse de tristeza al separarse de su viña, de su carro... Porque si hay algún amor hondo, intenso, es este amor á la tierra... al pedazo de tierra sobre el que se ha pasado toda la vida encorvado... de donde ha salido el dinero para la boda, para criar á los muchachos... y que al fin hay que abandonar... definitivamente, cuando se es viejo y no se sabe lo que hacer ni adónde ir... (Una pausa; Yuste saca la diminuta tabaquera). Por eso yo amo a Yecla, á este buen pueblo de labriegos... Los veo sufrir... Los veo amar, amar la tierra... Y son ingenuos y sencillos, como mujiks rusos... y tienen una Fe enorme... la Fe de los antiguos místicos... Yo me siento conmovido cuando los oigo cantar su rosario en las madrugadas... Algunos, viejos ya, encorvados, vienen los sábados, á pie, de campos que distan seis ú ocho leguas... Luego, cuando han cantado, retornan otra vez á pie á sus casas... Esa es la vieja España... legendaria, heroica...
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Y el maestro Yuste detiene su mirada en la lejana ciudad que se esfuma en la penumbra del crepúsculo, mientras las campanas tocan en campaneo polirrítmico.




Azorín
La voluntad, 1902
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ANTONIO AZORÍN, PEQUEÑO LIBRO EN QUE SE HABLA DE LA VIDA DE ESTE PEREGRINO SEÑOR (José Martínez Ruiz, "Azorín")

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DEDICATORIA


Quiero dedicarle este pequeño libro a Ricardo Baroja, como prueba de amistad. Ricardo Baroja es, a mi entender, un original y ameno artista; en sus charlas he encontrado muchas sutiles paradojas y un recio espíritu de independencia. Yo siento que mi ofrenda no sea más consistente; pero la vida de mi amigo Antonio Azorín no se presta a más complicaciones y lirismos. Porque en verdad, Azorín es un hombre vulgar, aunque Correspondencia haya dicho que "tiene no poco de filósofo". No le sucede nada de extraordinario, tal como un adulterio o un simple desafío; ni piensa tampoco cosas hondas, de esas que conmueven a los sociólogos. Y si él y no yo, que soy su cronista, tuviera que llevar la cuenta de su vida, bien pudiera repetir la frase de nuestro común maestro Montaigne: Je ne puis tenir registre de ma vie par mes actions; fortune les met trop bas: je le tiens par mes fantasies.



J. M. R.






Segunda Parte

II

Sarrió es gordo y bajo; tiene los ojos chiquitos y bailadores, llena la cara, tintadas las mejillas de vivos rojos. Y su boca se contrae en un gesto picaresco y tímido, apocado y audaz, un gesto como el de los niños cuando persiguen una mariposa y van a echarle la mano encima. Sarrió lleva, a veces, un sombrero hongo un poco en punta; otras, una antigua gorra con dos cintitas detrás colgando. Su chaleco aparece siempre con los cuatro botones superiores desabrochados; la cadena es de plata, gorda y con muletilla.

Sarrió es un epicúreo; pero un epicúreo en rama y sin distingos. Ama las buenas yántigas; es bebedor fino, y cuando alza la copa entorna los ojos y luego contrae los labios y chasca la lengua. Sarrió no se apasiona por nada, no discute, no grita; todo le es indiferente. Todo menos esos gordos capones que traen del campo y a los cuales él les pasa con amor y veneración la mano por el buche; todo menos esos sólidos jamones que chorrean bermejo adobo, o penden colgados del humero; todo menos esos largos salchichones aforrados en plata que él sospesa en la mano y vuelve a sospesar como diciendo: «Sí, éste tiene tres libras»; todo menos esas opulentas empanadas de repulgos preciosos, atiborradas de mil cosas pintorescas; todo menos esas chacinas extremeñas; todo menos esos morteruelos gustosos; todo menos esas deleznables mantecadas, menos esos retesados alfajores, menos esos sequillos, esos turrones, esos mazapanes, esos pestiños, esas hojuelas, esos almendrados, esos piñonates, esas sopaipas, esos diacitrones, esos arropes, esos mostillos, esas compotas...

Sarrió vive en una casa vieja, espaciosa, soleada, con un huerto, con una ancha acequia que pasa por el patio en un raudal de agua transparente. Sarrió tiene una mujer gruesa y tres hijas esbeltas, pálidas, de cabellera espléndida: Pepita, Lola, Carmen. Tres muchachas vestidas de negro que pajarean por la casa ligeras y alegres. Llevan unos zapatitos de charol, fina obra de los zapateros de Elda, y sobre el traje negro resaltan los delantales blancos, que se extienden ampliamente por la falda y suben por el seno abombado, guarnecidos de sutiles encajes rojos.

Por la mañana, Pepita, Carmen, Lola se peinan en la entrada, luciente en sus mosaicos pintorescos. El sol entra fúlgido y cálido por los cuarterones de la puerta; los muebles destacan limpios; gorjea un canario. Y la peinadora va esparciendo sobre la espalda las blondas y ondulantes matas. Y un momento estas tres niñas blancas, gallardas, con sus cabelleras de oro sueltas, con la cabeza caída, semejan esas bellas mujeres desmelenadas de Rafael en su Pasmo, de Ghirlandajo en su San Zenobio.

Luego, Pepita, Carmen, Lola trabajan en esta misma entrada, durante el día, con sus bolillos, urdiendo fina randa. Las tres tienen las manos pequeñas, suaves, carnositas, con hoyuelos en los artejos, con las uñas combadas. Y estas manos van, vienen, saltan, vuelan sobre el encaje, cogen los bolillos, mudan los alfileres, mientras el dedo meñique, enarcado, vibra nerviosamente y los macitos de nogal hacen un leve traqueteo. De rato en rato, Pepita, o Lola, o Carmen, se detienen un momento, se llevan la mano suavemente al pelo, sacan la rosada punta de la lengua y se mojan los labios...

Y así hora tras hora. Al anochecer, ellas y sus amigas pasean por esta bella plaza solitaria, de dos en dos, de tres en tres, cogidas de la cintura, con la cabeza inclinada a un lado, mientras cuchichean, mientras ríen, mientras cantan alguna vieja tonada melancólica. En el fondo, la iglesia se perfila en el azul negruzco; el aire es dulce; las estrellas fulguran. Y el agua de la fuente cae con un manso susurro interminable... 


 
III


El cielo se nubla; relampaguea; caen sonoros goterones sobre la parra. Y un chubasco se deshace en hilos brilladores entre los pámpanos.

Verdú mira el sol que de nuevo ha vuelto a surgir tras la borrasca. Don Víctor, en un rincón, siempre inmóvil, siempre triste, muy triste, se acaricia en silencio sus blancas patillas ralas.

—Yo amo la Naturaleza, Antonio—dice Verdú—: yo amo, sobre todas las cosas, el agua. El cardenal Belarmino dice que el agua es una de las escalas para subir al conocimiento de Dios.

El agua,—escribe él—«lava y quita las manchas, apaga el fuego, refrigera y templa el ardor de la sed, une muchas cosas y las hace un cuerpo, y últimamente, cuanto baja, tanto sube y se levanta después...»Pero Belarmino no sabía que el agua tiene sus amores; los santos no saben estas cosas. Y yo te diré los amores del agua.

El agua ama la sal; es un amor apasionado y eterno. Cuando se encuentran se abrazan estrechamente; el agua llama hacia sí la sal, y la sal, toda llena de ternura, se deshace en los brazos del agua... ¿No has visto nunca en el verano cómo desciende la lluvia en esos turbiones rápidos que refrescan y esponjan la verdura? El agua cae sobre las anchas y porosas hojas y busca a su amiga la sal; pero la sal está aprisionada en el menudo tejido de la planta. Entonces el agua se lamenta de los desdenes de la sal, le reprocha su inconstancia, la amenaza con olvidarla. Y la sal, enternecida, hace un esfuerzo por salir de su prisión y se une en un abrazo con su amada. Sin embargo, ocurre que el sol, que tiene celos del agua, a la que también adora, sorprende a los dos amantes y se pone furioso. «¡Ah!—exclama en ese tono con que se dicen estas cosas en las comedias—¡ah! ¿Conque estás hablando de amores con la sal? ¿Conque la has hecho salir de su cárcel, donde estaba encerrada por orden mía? ¡Pues yo voy a castigarte!» Y entonces el sol, que es un hombre terrible, manda un rayo feroz contra el agua; la cual, como es tan inocente, tan medrosica, abandona a la sal y huye toda asustada.

Y ésta es la causa, Antonio, por qué en el verano, cuando ha pasado el chubasco y el sol luce de nuevo, vemos sobre las hojas de algunas plantas, las cucurbitáceas, por ejemplo, unas pequeñas y brilladoras eflorescencias salinas...


XVIII


Esta Pepita, cuando mira, tiene en sus ojos algo así como unos vislumbres que fascinan. Yo no sé—piensa Azorín—lo que es esto; pero yo puedo asegurar que es algo extraordinario.

—Pepita—le pregunta Azorín—, ¿qué quisiera usted en el mundo?

Pepita levanta los ojos al cielo; después saca la lengua y se moja los labios; después dice:

—Yo quisiera... yo quisiera...

Y de pronto rompe en una larga risa cristalina; su cuerpo vibra; sus hombros suben y bajan nerviosamente.

—Yo no sé, Azorín; yo no sé lo que yo quisiera.

Pepita no desea nada. Tiene un bello pelo rubio abundante y sedoso; sus ojos son azules; su tez es blanca y fina; sus manos, estas bellas manos que urden los encajes, son blancas, carnosas, transparentes, suaves.

Pepita sabe que hay por esos mundos grandes modistos y grandes joyeros, pero ella no desea nada.

Y Azorín, mirándola un poco extático—¿por qué negarlo?—, le dice:

—La elegancia, Pepita, es la sencillez. Hay muy pocas mujeres elegantes, porque son muy pocas las que se resignan a ser sencillas. Pasa con esto lo que con nosotros, los que tenemos la manía de escribir: escribimos mejor cuanto más sencillamente escribimos; pero somos muy contados los que nos avenimos a ser naturales y claros. Y, sin embargo, esta naturalidad es lo más bello de todo. Las mujeres que han llegado a ser duchas en elegancias, acaban por ser sencillas; los escritores que han leído y escrito mucho, acaban también por ser naturales. Usted, Pepita, es sencilla y natural espontáneamente. No lo ha aprendido usted en ninguna parte: el pájaro tampoco ha aprendido a cantar. Y yo, que he escrito ya algo, quisiera tener esa simplicidad encantadora que usted tiene, esa fuerza, esa gracia, ese atractivo misterioso—que es el atractivo de la armonía eterna.


Azorín
Antonio Azorín, 1903



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