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RAFAEL SÁNCHEZ FERLOSIO

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TEXTOS ESCOGIDOS:

Industrias y andanzas de Alfanhuí (1951)
El Jarama (1955)
Vendrán más años malos y nos harán más ciegos (1993)
El reincidente, de El geco, cuentos y fragmentos (2005)









El escritor, narrador y ensayista español Rafael Sánchez Ferlosio, hijo del escritor Rafael Sánchez Mazas, nació y de madre italiana, en Roma el 4 de diciembre de 1927.

Inició estudios preparativos para ingresar en la Escuela de Arquitectura pero los abandonó y pasó a estudiar lenguas semíticas en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Complutense de Madrid, en la que obtuvo el Doctorado en Filosofía y Letras. Allí conoció a Carmen Martín Gaite, Ignacio Aldecoa y Jesús Fernández Santos. También comenzó los estudios de cinematografía en la Escuela Oficial, si bien abandonó posteriormente.

Comenzó su labor literaria publicando relatos en revistas de finales de los años cuarenta. Junto a Ignacio Aldecoa y Alfonso Sastre estuvo al frente de la 'Revista Española' donde publicó dos narraciones y la traducción de 'Totò il buono' del escritor y guionista C. Zavattini.

En 1951 publicó “Industrias y andanzas de Alfanhuí”, relato que llamó la atención por la pulcritud del estilo y el interés argumental. Es la historia de un niño al que expulsan de la escuela por escribir en un alfabeto ininteligible. A la expulsión se une el encierro en un cuarto por parte de su madre. Poco a poco Alfanhuí irá componiendo su propia realidad a través de extrañas andanzas que lo alejan de la órbita de la norma y el castigo.

La obra más importante de Rafael va unida a un río que discurre por el Corredor del Henares; “El Jarama” (premio Nadal 1955 y premio de la Crítica 1956),. El Jarama narra un domingo de verano a orillas del río que le da el nombre a lo largo de dieciséis horas. Por su interés en el lenguaje coloquial se ha llegado a hablar de "novela-magnetofón". Sánchez Ferlosio recoge con minuciosa exactitud las acciones de esa colectividad, los diálogos vulgares con sus peculiares modismos y giros populares, y recreó ante los ojos del lector el mundo juvenil casi con relieve cinematográfico. Por su interés en el lenguaje coloquial se ha llegado a hablar de "novela-magnetofón". A esta novela se le han dedicado numerosos estudios científicos y lingüísticos, por considerarla un hito en la historia de la literatura de la postguerra, aunque el autor reniega de ella.

Casado con la escritora Carmen Martín Gaite, dejó de publicar durante un largo periodo de tiempo, hasta que en 1974 publico una serie de artículos y ensayos, "Las semanas del jardín".Otras obras suyas son "Alfanhui y otros cuentos" (1961) y "Dientes, pólvora, febrero", también del mismo año; "El corazón caliente" (1961) y la ya mencionada "Semanas en el jardín” (1974), entre otras. Ha escrito además poesía, cuentos, narración breve y ha traducido la obra "Milagro en Milán".

Ha traducido "Les enfants sauvages" de Lucien Malson (1973) en Alianza y sus obras han sido traducidas, entre otras lenguas, al inglés, alemán, francés, italiano, ruso y chino.


Más tarde, en 1986, vieron a luz dos libros de ensayo, "Mientras no cambien los dioses, nada ha cambiado" y "Campo de Marte 1", junto a "La homilía del ratón" (recopilación de artículos periodísticos) y la novela "El testimonio de Yarfoz" (historias que transcurren en un país imaginario formado alrededor del río Barcial)..

En 1992 apareció "Ensayos y artículos", y a fines de 1993 publicó un libro de reflexiones con el significativo título de "Vendrán más años malos y nos harán más ciegos", con el que obtuvo los Premios Nacional de Ensayo y Ciudad de Barcelona en 1994.

En 2003 publica "Non olet" (Destino, 2003); su obra está siendo reeditada por la misma editorial. Su última obra publicada es "El geco" (2005). Se trata de una obra de virtuisismo lingüístico. El autor persigue un mensaje moralizador que se trasmite por medio de disimuladas parábolas.

En el año 2004 se le ha reconocido con el Premio Cervantes.



















GUAPO Y SUS ISÓTOPOS (Rafael Sànchez Ferlosio)


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Capítulo I
(La isotopía)


§1. Algunas veces no hay manera de dar una explicación precisa de la razón que rige la constitución de una determinada familia de palabras en nombre de una unidad de significación —sin precisar todavía lo que se entiende aquí por «unidad»—, nimenos aún de qué condiciones del significar son las que obran en semejante agrupación, y, sin embargo, la familia es reconocida y aceptada en el público consenso y, al menos en sus términos centrales, sin vacilación alguna: propongamos, por ejemplo, a diversos sujetos que nos pongan en un papel las palabras afines de «guapo». Esa falta de una explicación precisa resulta tanto más desconcertante cuando se echa de ver que la agrupación no está solamente fundada en un tan palmario como indefinible sentimiento de afinidad semántica sino también ratificada en el experimento lingüístico constructivo, o sea, cuando se descubre que la presunta unidad de significación se ve corroborada en consecuencias funcionales: con el sentimiento de afinidad semántica que reúne las palabras «guapo», «lindo», «bonito», etcétera, se corresponde, en el experimento constructivo, la repulsión a verlas asociadas en una misma predicación o atribución: las expresiones «el niño es guapo y lindo» y «el niño lindo y bonito» suenan estridentes. Pero esa estridencia no parece dejarse remitir ni a una explicación gramatical (no habría agramaticalidad, puesto que «guapo», «lindo» y «bonito» son elementos homogéneos, como estámandado que lo sean los miembros unidos por una conjunción) ni a una explicación lógico-conceptual precisa (no podríamos decir que entre esas dos parejas de palabras medie contradicción, como entre «transparente y opaco», ni redundancia, como entre «transparente y diáfano»); la estridencia parece, pues, que se sitúa en tierra de nadie, pasados los controles de frontera de la jurisdicción gramatical,  pero sin acceder al claro y bien partido territorio de los discernimientos conceptuales.

No hay nada que objetar a quien afirme que en aquel sentimiento de afinidad semántica y en esta repulsión no se constata sino el mismo hecho (lo más probable es que los sujetos que han inscrito la familia en el papel se hayan guiado, aun sin saberlo, por el criterio funcional latente de la sustituibilidad recíproca, en la medida en que la palabra fuera de contexto conserva, como un halo virtual, el espectro de sus determinaciones constructivas, ya sean gramaticales o semánticas), pero la conveniencia de registrarlo desdoblado en ambas manifestaciones está justificada por la necesidad de precisar el aspecto y el nivel en que se habla aquí de afinidad. Esta noción es extremadamente holgada y admite el más y el menos: «afines» se puede decir tanto de «bueno» y «bondadoso» como de «amable» y «bondadoso», sin que el examen semántico más fino llegue a fijar ninguna determinación tajante, capaz de discriminar aquí, de modo discontinuo, dos grados de afinidad; sólo haciendo jugar esas palabras en el experimento constructivo saldremos del continuo: «amable y bondadoso» es expresión que se oye sin estridencia alguna, «bueno y bondadoso» hace saltar la repulsión. Ésta aparece de pronto como un salto que interrumpe la continuidad o, por así decirlo, como un escalón en que se quiebra, en unpunto preciso, la rampa de las afinidades; y, por lo mismo, esperaríamos que aquello que separa fuese algo interiormente bien configurado; el desconcierto y la sorpresa están en que se preste a delimitar también y sin ceder un punto en su rigor afinidades tan indefinibles, familias de parentescos tan inciertos, como la de «guapo», «lindo», «bonito», etcétera. Nuestra idea de las condiciones del significar que rigen la formación de las familias de palabras tiene que ser puesta de acuerdo con el hecho de que un mismo lazo funcional, tan definido como el de la incompatibilidad, una entre sí con igual rigor palabras conceptuales tan bien delimitadas como «transparente» y «opaco» o «rojo» y «verde» y «transparente» y «diáfano» o «rojo» y «colorado» y palabras de fronteras tan escurridizas como «guapo» y «lindo». El hecho de que al difuminarse la diferenciación no se relaje también la incompatibilidad, como en principio habríamos esperado, muestra, a mi modo de ver, que ésta es una constricción ajena en algún grado a la nitidez o vaguedad de las lindes semánticas patentes y que los fundamentos de parentesco léxico que mantienen la unidad de estas familias (definidas, como las de los hombres, por la prohibición del incesto, prohibición que aquí llamamos incompatibilidad) no quedan agotados en el transparente dominio de las puras relaciones conceptuales, sino que han de ser rastreados igualmente en las opacidades de la jurisdicción lingüística.


§2. Me ha parecido apropiada, recordando la tabla de los elementos, la palabra «isótopos» (o sea, «del mismo lugar ») para predicar el parentesco general por el que dos o más palabras se encuentran sometidas a esa relación de incompatibilidad que se nos manifiesta en el experimento constructivo como una repulsión a oírlas asociadas en lamisma predicación o atribución. La isotopía se concibe aquí, pues, como un vínculo de las palabras en el seno del acervo, y, por lo tanto, como una relación lingüística, y su nombre responde a la siguiente representación imaginaria de la situación que da lugar a las incompatibilidades: hay un solo lugar para un predicado que diga, por ejemplo, el comportamiento de un cuerpo frente al paso de la luz; ese lugar puede ser ocupado por dos implementos diferentes: «transparente» y «opaco»; si en una predicación o atribución aparece «transparente» se considera que el lugar está ya explícitamente saturado y no podremos añadir a continuación «y opaco», porque ello equivaldría a abrirlo por dos veces en la misma predicación o atribución. La isotopía sería el presunto vínculo que se crea entre dos o más palabras por el hecho de ser tenidas por respuestas a una misma cuestión, como lo son el rojo y el verde del semáforo, que no pueden estar encendidos a la vez, ya para los peatones, ya para los coches; «son isótopos» quiere decir «son implementos del mismo lugar semántico y son, por consiguiente, incompatibles en la misma predicación o atribución». (Cuando imaginariamente propusimos a diversos sujetos que nos escribiesen las palabras afines de «guapo» no tuvieron que hacer otra cosa que asomarse al lugar del léxico en que tal palabra habita y enunciar, simplemente, las que hallaron compartiendo su morada.)

§3. Sin embargo, una incompatibilidad como la que une «transparente» y «opaco» admite la siguiente explicación lógico-conceptual, plenamente satisfactoria: «transparente» significa «que deja pasar la luz y la imagen», «opaco» significa «que no deja pasar la luz ni la imagen»; ambas definiciones se diferencian solamente por la negación, luego «transparente» y «opaco» son contrarios y no pueden predicarse de un mismo sujeto. La posibilidad de explicaciones como ésta, unida al hecho de que en la predicación que contraviene la presunta relación de isotopía no se haya podido reconocer ninguna clase de agramaticalidad, puede muy bien convertirse en argumento contra la plausibilidad de postular la isotopía como un hecho lingüístico: ¿no es suficiente la antinomia lógico-conceptual para explicar la incompatibilidad y la repulsión?, ¿no es una sutileza innecesaria la de introducir subrepticiamente entre la gramaticalidad y los conceptos un nivel de relaciones fantasma ya no gramatical pero todavía lingüístico y todavía no conceptual, en el que se produciría el fenómeno de la isotopía? En efecto, desde el punto de vista ideal del significar, ese nivel fantasma resulta un aditamento no sólo innecesario sino también perturbador: la antinomia conceptual entre «transparente» y «opaco» tendría que bastarse a sí misma, sin necesidad de tener un doblete lingüístico en la isotopía, o, dicho con otras palabras, no parece que exista una razón plausible para suponer que haya, además del freno diáfano y consciente en los conceptos, otro freno automático y ciego en las palabras. El que se ciña a los casos conceptualmente bien delimitados, como el de este ejemplo, estará demasiado deslumbrado por la luz de la evidencia conceptual para llegar a sentir en la manifiesta incompatibilidad otra presión que la de la estricta repugnancia lógica: cuando se tiene el pez prendido en el anzuelo el pulso ya no percibe a través de la caña el tirar de la corriente; e incluso puede ser que la antinomia, al actualizarse con sentido, al despertar a las palabras dormidas en el seno del acervo, disuelva en ellas, efectivamente, todo lastre de sedimentos léxicos. Si nos atuviésemos exclusivamente a estos casos de transparencia conceptual, la isotopía podría quedar reducida a un puro epifenómeno inactivo, puesto que sus fuerzas podrían ser concebidas como la simple inercia del concepto en la palabra. Así sería, en efecto, si todo el territorio estuviese igualmente iluminado; toda palabra en juego se vería entonces incondicionalmente absuelta de cualesquiera vínculos opacos, deslastrada de adherencias léxicas de hecho; pero el caso es que la isotopía no sólo no se deja siempre reducir a un mero doblete de las relaciones conceptuales, como una impronta inercial de la reiterada actualización verbal de tales relaciones, sino que parece, además,manifestar una vigencia y una actividad autóctonas en las entrañas de la lengua. Sería, por ejemplo, una grave imprudencia epistemológica querer ver sólo un proceso conceptual en la constitución de un verbo polirrizo, creer agotada con una interpretación de las significaciones la explicación del singular movimiento de convergencia por el que «est» y «fuit» llegan a ser sentidos como flexiones de un mismo verbo, sin ver en ello un hecho positivo de reorganización lingüística, que excede activamente, es decir, no como una inercia, sino como otro movimiento autóctono, la historia específicamente conceptual.

§4. Mi deseo, sin embargo, no es, en modo alguno, el de refutar las objeciones, pues considero que el problema general que detrás de ellas se esconde no requiere ni admite despachar el pleito, sino todo lo contrario: ponerlo al  rojo vivo. Para ello voy a contar mi historia personal en relación con el asunto. Cuando mi amigo Carlos Otero, que ha tenido la suerte de estudiar con Chomsky, me expuso ciertas doctrinas según las cuales este lingüista parecía extender los conceptos de gramaticalidad y agramaticalidad a un campo de relaciones tenido hasta hoy por estrictamente semántico, como aquel en que tienen lugar ciertos contrasentidos, yo me opuse del modo más rotundo a aceptar la idea de una extensión semejante, más o menos con el argumento de que si se admitía esa extensión faltaba cualquier criterio riguroso para frenarla a tiempo de evitar la consecuencia extrema de que la afirmación y la negación de un mismo postulado tuviesen distinto grado de gramaticalidad; «y es absolutamente necesario—le decía yo—que la frase “el caballo vuela” (es un ejemplo exagerado, que Otero no habría aceptado como ejemplo de agramaticalidad) sea exactamente tan significante, y por lo tanto tan gramatical, como la frase “el caballo no vuela”, porque la opción que se pronuncia por una de esas dos frases como la verdadera es un acto disyuntivo que exige que las dos cosas entre las que decide tengan idéntica vigencia al nivel y en el momento en que se produce semejante opción». En las Investigaciones lógicas de Husserl (Investigación primera, párrafo 15) he podido encontrar, con argumentos casi idénticos, este mismo sentir: «Marty objeta a los investigadores citados (Sigwart y Erdmann): Si las palabras (“cuadrado redondo”, “círculo cuadrado”) no tuviesen sentido, ¿cómo íbamos a comprender la pregunta de si existe tal o cual y negarla? Incluso para rechazarla necesitamos representar de uno u otro modo esa materia contradictoria...». «Si a esos absurdos se les llama “sin sentido”, esto no puede significar sino que no tienen evidentemente ningún sentido racional» [«racional quiere decir aquí “lógico-conceptual”, aunque tal vez no sea del todo apropiado; pero desde luego no quiere decir “lingüístico” »]. «Estas objeciones —sigue Husserl— son totalmente certeras, en cuanto que la forma de exposición en los citados investigadores permite suponer que la falta de sentido auténtica, la que nosotros hemos señalado bajo el número 1, ha sido por ellos confundida con la imposibilidad a priori de un sentido impletivoY lo que se delimita en ese número 1 al que remite Husserl está allí ilustrado con el ejemplo «Verde lo casa»; luego se trata precisamente de la agramaticalidad en el sentido tradicional. Sigo considerando de todo punto necesario que el concepto de agramaticalidad no pase de ese lugar, ni siquiera diferenciado en grados, o, para no hipnotizarnos con espejuelos de palabras, que en ese lugar tiene que mantenerse, al menos para el punto de vista del lingüista, una cesura de primera magnitud, y no es conveniente, ni suele ser lo habitual, que una misma palabra se conserve a caballo de cesuras de ese orden; me he negado, pues, y me seguiré negando a tachar de agramatical la frase en que se contravenga la incompatibilidad inherente a una relación de isotopía. Y, sin embargo, al postular la isotopía como un hecho de la lengua salgo tal vez al encuentro de una vislumbre empírica sustancialmente coincidente con lo que pueda haber llevado al propio Chomsky a extender —tan abusivamente en cuanto a la palabra y la noción— los alcances de la agramaticalidad: la vislumbre de que no es todo puramente conceptual lo que hay más allá de lo que tradicionalmente se entiende por gramaticalidad; allende sus fronteras no se abre, imperturbado y autocrático, el transparente dominio de las solas obligatoriedades conceptuales, sino que éstas han de compartir la soberanía del territorio, y a menudo tal vez de manera inestable y conflictiva, con la opaca propensión de las palabras mismas a organizarse con arreglo a vínculos de hecho, como el que presuntamente constituye la relación de isotopía. Tan sólo el que se encare con isotopías conceptualmente brumosas, como la de «guapo», «lindo», «bonito», etcétera, donde la mente no se ve asistida por la visión de netos límites semánticos, ni deslumbrada por su claridad, percibirá esa segunda fuerza ciega que, como una especie de adherencia fáctica, tiene sujetas las palabras mismas. Pero con dejar de hablar de «gramaticalidad» y «agramaticalidad» a propósito de tales adherencias no se pretende escamotear, sino poner más de relieve, la contradicción que implica el reconocer, por una parte, la relación de isotopía como una constricción lingüística al costado de las obligatoriedades conceptuales y asentir, por la otra, a la exigencia postulada por Husserl y Marty de un carácter significante, y por lo tanto de una plena franquía lingüística, para el contrasentido; esa contradicción encarna justamente el pleito que quería aquí dejar expresamente abierto y planteado, incurriendo yo mismo, de hoz y coz, en ella.

La cosa es tan poco novedosa como todas las que tienen algún encanto; la más maravillosa de todas ellas, la gran reina indestronada de todas las cuestiones, la cuestión de las cuestiones, desplazada al lado de sí misma, no resulta sino impugnada en su planteamiento; y así en esto nuestro tan próximo a la disputa de los universales, ya dijo Fredegiso de Tours: «Si enim Diei nomen aliquid significat Noctis nomen non protest aliquid non significare».



Rafael Sánchez Ferlosio
Guapo y sus isótopos (2009)





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GOD & GUN (Rafael Sànchez Ferlosio)

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§5  Cuando, en el Laberinto de Fortuna, el conde de Niebla, ya dispuesto a zarpar con sus jabeques y galeras para lanzarse al escalo y al asalto de los muros que, contra la bahía y separados de las aguas, en horas de bajamar, por  una franja de playa, defienden Gibraltar, en manos de los moros, rebatiendo las agoreras amonestaciones del maestre de la escuadra, que presagian para la empresa una jornada infausta, su réplica discurre en unos términos cuyo sentido viene a concentrarse y resolverse en la arenga y orden de partida de la siguiente octava:

Desplega las velas, pues ya ¿qué tardamos?
e los de los bancos levanten los remos;
a bueltas del viento mejor que perdemos,
non los agüeros, los fechos sigamos; 
pues una empresa tan santa levamos
que más non podría ser otra ninguna,
presuma de vos e de mí la Fortuna,
non que nos fuerza, mas que la forzamos.



La idea de violentar el vuelo de la moneda del azar, trocándola en la moneda bajo cuya figura he pretendido representarme la batalla, la encontramos, con distinto vestido, en esa misma arenga que don Juan de Mena puso en los labios del conde de Niebla, expresada en términos de «forzar a la Fortuna». Pero en la controversia entre el conde y el maestre, resumida en la formulación explícita del cuarto verso de esta octava, el poeta hace aparecer, además, otra cosa nueva, con la que no hay más remedio que enredarse, puesto que va a llevar a este discurso, ya de modo directo e ineluctable, a enfrentarse al «destino». Vuelva el lector a escuchar atentamente el verso: «non los agüeros, los fechos sigamos».

La hermosa tirada de octavas que precede a la transcrita y que despliega el contenido de la controversia empieza con las «amonestaciones» que «el cauto maestro (maestre) de toda la flota» dirige, en estilo directo, a su señor el conde de Niebla y que consisten en una sucesión de  agüeros o señales adversas, para acabar con el consejo consecuente de que la empresa militar se aplace «fasta ver día non tan aziago», recomendando, incluso, una actitud de, por así decirlo, reverencia apotropaica: «Las deidades levar por falago / devedes, veyendo señal de tal plaga».

Tras esto interviene, en tercera persona, la voz del poeta, dando entrada a la réplica del conde: «El conde, que nunca de las abusiones / creyera, nin menos de tales señales, /dixo: “Non pruevo por muy naturales, / maestro, ninguna d’aquestas raçones; / las que me dices nin bien perfeçiones / nin veras prenósticas son de verdad”», donde pueden advertirse tres expresiones importantes: «abusiones», «razones naturales» y «veras prenósticas». Sigue luego, siempre en estilo directo, la réplica del conde, rebatiendo las seriales infaustas o «abusiones» del maestre con una sucesión equivalente de indicios meteorológicos o «veras prenósticas» que sí serían «razones naturales» a tener en cuenta para la inconveniencia de zarpar, de ninguna de las cuales, sin embargo, hay el menor asomo en esa madrugada, por lo que el conde concluye su alegato con la arenga y la orden de partir de la octava transcrita más arriba. Siempre me ha llamado la atención hasta qué punto en la contraposición entre «abusiones» y «prenósticas» Juan de Mena acertó a recoger, de modo espléndido, un tema que entra de lleno en la ilustración renacentista (el episodio es de 1436 y el poema sólo ocho años posterior, o sea de 1444).



§6 Para las averiguaciones que aquí traigo entre manos, importa encarecer, antes que nada, un dato de hecho: el de en qué extremo grado, desde la Antigüedad, el momento de la batalla ha sido, por excelencia, el de la escrutación de «las señales» y la consulta a los augures. Así, cuando Acab, rey de Israel, en alianza con Josafat, rey de Judá, se dispone a recobrar con las armas Ramot de Galaad, en poder de los sirios (I Reyes, 22, 6-28), llama a consulta a los profetas de la corte para que le predigan el buen o mal suceso de la empresa. Los cuatrocientos profetas, presididos por Sedecías, le contestan: «Sube, que Yavé la pondrá en manos del rey» (‘Ataca, que Yavé te entregará Ramot de Galaad’); pero el piadoso Josafat, desconfiando de la demasiado unánime y halagüeña profecía, le pide al impío Acab que consulte a algún otro profeta extraño a la corte; Acab accede a regañadientes a llamar a Miqueas, del que dice: «Pero yo lo aborrezco, porque no me predice bien alguno, nunca me profetiza más que males»; con todo, manda emisarios al desierto para que traigan a Miqueas; éste, comparecido y consultado sobre la expedición guerrera a Ramot de Galaad, contesta de primeras prediciéndole a Acab el éxito en la empresa; pero el rey, adivinando la ironía del profeta, lo increpa airadamente: «¿Cuántas veces tendré que conjurarte que no me digas más que la verdad en nombre de Yavé?» (donde es de encarecer, por cierto, la admirable eficacia literaria de la inexplicitud, por cuanto da a entender con mucha mayor fuerza la relación sobreentendida entre ambos personajes, puesto que Acab advierte al vuelo el reproche tácitamente implícito en la respuesta de Miqueas: «¿A qué viene ahora esto de consultarme a mí, tú que nunca quieres oír otras palabras más que las que sean gratas para tus oídos y se acomoden con lo que deseas? Muy bien; pues te contestaré como te gusta y te diré lo que querrías oír»). Ante lo cual Miqueas invierte su actitud, lanzando su verdadera profecía: «He visto a todo Israel disperso por los montes, como ovejas sin pastor, mientras oía la voz de Yavé que me decía: “Son gentes que han perdido a su señor; que cada cual vuelva a su casa en paz”»; Acab se dirige a Josafat y le comenta: «¿Qué te había dicho yo? Nunca me profetiza nada bueno; jamás me ha vaticinado más que males». Es importante señalar aquí la sorprendente coincidencia de este pasaje bíblico con el episodio entre Calcas y Agamenón del canto I de la Ilíada —si bien, en este caso, aunque la circunstancia general sea también la de una guerra, la consulta al adivino no se refiere a una batalla en ciernes, sino al porqué de la cólera de Febo contra los aqueos y a lo que hay que hacer para aplacarla—: «¡Oh, adivino de males, nunca me has predicho cosa grata, siempre han sido los males lo caro a tus entrañas, pero hasta hoy jamás una palabra buena has dicho ni cumplido!» (Ilíada, canto I, vv. 106-108).


Rafael Sánchez Ferlosio
God & Gun (2008)

VENDRÁN MÁS AÑOS MALOS Y NOS HARÁN MÁS CIEGOS (Rafael Sánchez Ferlosio)


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 (Campana vespertina.)

Vendrán más años malos
y nos harán más ciegos
vendrán más años ciegos
y nos harán más malos.

Vendrán más años tristes
y nos harán más fríos
y nos harán más secos
y nos harán más torvos.

 
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Cuando la acción se ha vuelto inercia y rutina, ya sólo la omisión es resistencia, deliberación y libertad.

* * *

”No me quiere; tal vez no es Melibea… ¡Claro que es Melibea! Lo que pasa es que yo no soy Calixto.”

* * *


Tan sólo la Justicia pudo enseñarle a la moral esta perversidad: que ser bueno y ser malo son la misma cosa, sólo que del revés.


* * *



Siempre me ha parecido a mí, por el contrario,
ser la vida lo gris, y aún lo lóbrego, y lo siniestro, polvorienta y reseca momia de sí misma. Verde tan sólo he visto, justamente, el árbol ideal de la teoría; dorada, sólo la imaginaria flor de la utopía, que brilla entre sus ramas, como una bombilla temblorosa e impávida,desafiando la ominosa noche, en la ciudad bajo los bombarderos.


* * *

Música, vas demasiado aprisa, demasiado segura, demasiado alegre para que yo te entienda.

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Entre la injusticia de insultar al prójimo y la indignidad de sonreírle hay un discreto término medio: mirar para otro lado.




Rafael Sánchez Ferlosio
Vendrán más años malos
y nos harán más ciegos, 1993


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Ver artículo de
Pedro Jorge Romero
sobre esta obra

"VENDRÁN MÁS AÑOS MALOS Y NOS HARÁN MÁS CIEGOS", DE RAFAEL SÁNCHEZ FERLOSIO (Pedro Jorge Romero)


Si Rafael Sánchez Ferlosio no existiese, alguien tendría que inventarle. Creo recordar que alguien hacía esa descripción de él, allá por la época en que publicó ese espléndido ensayo contra la idea de progreso, Mientras no cambien los dioses, nada ha cambiado, que debería ser lectura obligada para todos aquellos que creemos en el progreso. Después de todo, ¿de qué vale una convicción si no puede aguantar la disección racional, meditada, profunda y sardónica de Rafael Sánchez Ferlosio, o su refutación incluso? Un cierto nivel de escepticismo nunca viene mal.
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Y si algo se desprende del conjunto de fragmentos, aforismos, meditaciones varias, frases felices, comentarios a vuelapluma, fábulas crueles y versos es un profundo escepticismo. Escepticismo, incluso, del escepticismo. Un deseo tan descarnado de examinarlo todo, de comprobar la validez de lugares comunes y frases hechas, de situaciones cotidianas y de soluciones a problemas, que no se puede evitar leer con satisfacción y alegría. Es así de simple: alguien tiene que decir lo que aquí se dice, alguien tiene que razonar a la contra, y tenemos la fortuna de que lo hace un hombre tan dotado.
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Vendrán más años malos y nos harán más ciegos está escrito contra las simplificaciones, es un recordatorio continuo de que la realidad es más compleja de lo que consienten los esquemas previos de pensamiento. En última instancia, cada situación es única, cada interacción social es ella en sí misma, cada revolución es nueva. Es un conjunto de textos contra la claudicación, la rendición ante máximas, preceptos u otros anquilosamientos. Contra convenciones y acuerdos que se toman como naturales e inalterables (ejemplo, el calendario). Nos recuerda de continuo que el observador hace lo observado (la historia) por lo que es preciso adoptar una sana desconfianza de la verdad (p. 181).
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No me resisto a poner un ejemplo:
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La tolerancia es un pacto perverso en el que cada parte renuncia a la pasión pública de sus razones y las convierte en estólidas e impenetrables convicciones, o sea en verdades encerradas en un ghetto, a cambio de una paz que no es concordia sino claudicante empecinamiento y ensimismada cerrazón. Ante lo que inevitablemente ha de sentirse como sinrazón ajena cabe moverse, en todo caso, entre una impaciente indulgencia y una paciente agitación, nunca pararse en esa indiferencia o desdén definitivo que es la tolerancia. (p. 139)
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Libro contra las ideologías, es ante todo, motor de pensamiento e incitación a la reflexión. Se lee, y se disfruta, por la calidad de la escritura, por el dardo certero o la observación ingeniosa. Se recuerda, mucho después de su lectura, porque siembra la semilla de la desconfianza hacia todo lo que sabemos cierto a priori.


Publicado originalmente en


NOVELA ESPAÑOLA CONTEMPORÁNEA: LA RENOVACIÓN FORMAL, 1962-1973 (Gonzalo Sobejano)


Gonzalo Sobejano
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Observando la estimación lograda entre los entendidos por novelas recientes como Saúl ante Samuel (novela poemática), Estela del fuego que se aleja (metanovela), Extramuros (novela histórica), Papel mojado (novela policíaca), El cuarto de atrás (novela entre memorial y fantástica) o El río de la luna (novela entre fantástica y testimonial), pienso que si para tan diversos ejemplares hubiese que proponer un ángulo de convergencia, éste podría ser su marcada orientación hacia el logro de un texto creativo plenario y autosuficiente.

Juan Benet parece haber querido hacer de cada una de sus novelas un poema textual, y a mi juicio lo ha conseguido al máximo en Saúl ante Samuel; y algo semejante puede decirse de Luis Goytisolo en Antagonía y en Estela del fuego que se aleja, óptimas muestras del arte metafictivo. Más extraño resulta que la novela histórica, la policíaca (o de espionaje, de misterio, de ciencia-ficción), la memorial y la testimonial persigan no tanto la revivicción de un pasado personal o colectivo, ni el entretenimiento, ni el dejar constancia de la verdad sucedida cuanto la alta tensión simbólica del poema; pero así ocurre en las citadas novelas de Fernández Santos, Juan José Millás, Carmen Martín Gaite y Guelbenzu, a las que cabe agregar otras de estos mismos autores y de otros como Cela, Delibes, Torrente Ballester, Juan Goytisolo, García Hortelano, Marsé, Julián Ríos, Miguel Espinosa, Álvaro Pombo, José María Merino, Lourdes Ortiz y algunos más.

De menor a mayor distancia respecto al centro señalado por la novela poema, las especies indicadas -novela metafictiva, histórica, lúdica, memorial y testimonial- giran dentro de su órbita, impulsadas hacia ese modelo más prestigioso que es la novela poemática: la que aspira a ser por entero y por excelencia texto creativo autónomo.

Por eso estimo que todas las especies nombradas podrían abarcarse (incluido el centro en tomo al cual se mueven) bajo la designación general de novela escriptiva. Son novelas que quieren ser, por encima de todo, escritura placenteramente concebida y percibida como prueba duradera de la voluntad de ser. Y si al hombre y su obra los define mejor la voluntad que el logro (aunque a la hora de asignar valores haya que mirar a éste más que a aquella), recuérdese: Cela deseaba en La colmena ofrecer «un trozo de vida narrado paso a paso»; Sánchez Ferlosio precisaba su empeño en El Jarama con estas palabras: «Un tiempo y un espacio acotados. Ver simplemente lo que sucede allí»; y Martín-Santos hacía consistir el realismo dialéctico de sus dos novelas (la acabada y la inacabada) en «pasar de la simple descripción estática de las enajenaciones, para plantear la real dinámica de las contradicciones in actu». En cambio, el narrador de Recuento pretendía componer un libro que fuera «no referencia a la realidad, sino, como la realidad, objeto de posibles referencias, mundo autónomo sobre el cual, teóricamente, un lector con impulsos creadores, pudiera escribir a su vez una novela o un poema, liberador de temas y de formas, creación de creaciones» (Recuento, p. 623); el narrador de Makbara conjura el espacio del zoco africano para darnos «la plaza entera abreviada en un libro, cuya lectura suplanta la realidad» (p. 222); el narrador de Saúl ante Samuel se niega a nombrar el lugar de los sucesos advirtiendo que «no se llamó nunca de ninguna manera acaso porque sólo existió un instante, sin tiempo para el bautizo»; y Julián Ríos presenta a la pareja protagonista de Larva como «dos atolondrados que se toman por personajes de novela e intentan meterse en la piel de sus dobles, 'Babelle' y 'Milalias', que inventaron para prolongar la vida en ficción -y viceversa» (solapa de Larva); «escribir escribirme: tú yo mi texto el libro», «yo: el escritor», «yo: lo escrito», dice el narrador de Paisajes después de la batalla; «Vivir lo escrito y escribir lo revivido...», «Escrivivir...», leemos en Larva (p. 30); «Escribo, luego existo», afirma un personaje de La orilla oscura, de José María Merino (p. 182).
Así, a la novela «existencial» de los años 40-50 (La colmena), a la «social» de los 50-60 (El Jarama), a la «estructural» o «dialéctica» de los 60-70 (Tiempo de silencio), habría sucedido de 1973 a nuestros días como paradigma la novela «escriptiva», de la cual el resultado más denso sería la novela-poema (Saúl ante Samuel) y el más sintomático la metanovela (Antagonía), o sea, «aquella novela que de modo autoconsciente y sistemático llama la atención hacia su condición de artefacto a fin de inquirir en la relación existente entre la ficción y la realidad», definición de Patricia Waugh (Metafiction, 1984) que, en sentido menos amplio, pudiera reducirse a la novela que adjunta a la escritura de la aventura la aventura de la escritura (para usar la paradoja y el quiasmo de Jean Ricardou).

No me corresponde, sin embargo, hablar de la novela última, sino de la penúltima, la de los años 62 a 73 aproximadamente, y ello bajo el título «la renovación formal».

Me ocupé (sinópticamente, desde luego) de la renovación formal operante en la novela «estructural» o «dialéctica» de esos años, en Novela española de nuestro tiempo, cuya segunda edición «corregida y ampliada», de 1975, abarcaba la novelística desde 1939 hasta 1974, y para no repetir lo allí escrito he optado en esta ocasión por dedicar unas breves consideraciones a los comienzos de la metanovela en España, o sea, el modo como la novela estructural prepara y adelanta la autorreflexión (la reflexión sobre sí misma) que distingue a no pocos y sobresalientes ejemplares de la novela escriptiva. De ahí que haya empezado aludiendo a esta última, no para invadir el terreno del ponente que me sigue, sino para justificar la selección del aspecto que he creído podía ofrecer un interés más actual. Pues la novela estructural de los años 60-70 puede considerarse -como cualquier proceso histórico- entre un ayer y un mañana: su ayer era la novela social y su mañana estaría siendo ahora la novela escriptiva; y lo que ella supuso como renovación formal acaso se perfile mejor a la luz de lo que se iniciaría que a la penumbra de lo que abandonaba.

Las novelas a que se refiere este apunte son poco más de veinte, publicadas entre 1962 (Tiempo de silencio) y 1973 (Recuento), más algunas posteriores pero de los mismos autores, que son Martín-Santos, Carmen Martín Gaite, Delibes, Juan Goytisolo, Marsé, Benet, Cela, García Hortelano, Gonzalo Torrente Ballester, Caballero Bonald, Miguel Espinosa y alguno más joven.

En el clima de nueva fluidez social y cultural bajo la envejecida costra política del franquismo que distingue esos años 62 a 73, surge el afán de revisar la identidad de la persona en colusión dialéctica con la totalidad. El individuo lucha con su identidad insuficiente, residual o cambiante, en un vaivén de dentro afuera. Protagonista complejo y perplejo, toma ocasión en otros personajes (semiplanos) para su proceso comprobatorio. Los indicios de aquel sujeto protagónico apenas descubren su nombre, rostro o carácter, al menos un carácter consecuente; sólo se afirma la radicalidad de su pesquisa, condensada en momentos monumentales: puntos del tiempo en que la perplejidad exige lucidez analítica extrema o se resuelve de pronto en epifanías de efecto catártico. Hacia la revelación identificadora se encauza la trama, de pensamiento más que de fortuna o de personaje, y el desenlace parece oponer a las circunstancias difícilmente modificables la huida o la ruptura.

En los títulos de las novelas de este período se entrevé el momento revelador (Tiempo de silencio, Cinco horas con Mario, San Camilo, 1936, El gran momento de Mary Tribune) o el proceso de indagación que conduzca a una verdad (Señas de identidad, Parábola del náufrago, Una meditación, La saga/fuga de J. B., Recuento). Son novelas por lo común caudalosas, sinfónicas, que en su presentación ostentan un designio renovador, y su lenguaje persigue ante todo riqueza, potencia y complejidad, como lo muestra la sintaxis circunvolutiva de Martín-Santos y de Benet, la entrecortada de Juan Goytisolo y la enumeradora y congregante de Luis Goytisolo. La pasión por el lenguaje trae una crítica rigurosa del castellano convencional y del cliché literario, y una crítica irónica de la capacidad de engaño del lenguaje y de su posible mutilación (en Delibes y Torrente, por ejemplo).

El sujeto proteico no se identifica, el espacio laberíntico no conduce, el tiempo fragmentado no se sucede, la búsqueda prosigue pero no progresa, o progresa tan lentamente que se requieren otras variaciones, nuevas novelas, repetidos ensayos de una sola y vasta novela multivalente, hasta dar con la salida. La discontinuidad adopta las más variadas modulaciones.

Aranguren parece ver en Tiempo de silencio, a través de Joyce, la renovación del mito «genuino» o «arquetipo» uliseo, y en novelas posteriores el recurso a mitos modernos que quieren trascender la historia («prototipos»). Hay sin duda una apelación numerosa a mitos diversos: Nemi, Deméter, mitos wagnerianos en Benet; Proteo en Torrente Ballester; Medusa en Caballero Bonald; Neptuno en Luis Goytisolo; los mitos del traidor y del desterrado en Juan Goytisolo. Pero acaso más eficaz que esta exhumación de mitos resulte la demolición de ídolos en Tiempo de destrucción o en Reivindicación del Conde Don Julián.

La última esencia simbólica de la novela estructural podría definirse como una radical clarividencia crítica. Radicalidades se titula un libro de Pere Gimferrer, de 1978, que trata entre otros autores de Benet y de Juan y Luis Goytisolo, y el concepto que lo guía es la transgresión estética y moral de los textos: la ruptura del orden ético represivo y del lenguaje convencionalizado y, por tanto, igualmente represivo.

La liberalización cultural y el desarrollo económico favorecieron en esos años el reconocimiento de la complejidad y las novelas aludidas reflejan y codeterminan ese clima de apertura y pluralismo en un rígido marco de dictadura sobreviviente. Atestiguan la totalidad desde una confesión no lírico-biográfica, sino satírica o elegiaca. No son novelas de ilusión ni desilusión: son novelas de aprendizaje, pero de un aprendizaje que no conduce a una conciliación del yo y el mundo, sino a una tensión entre ambos no resoluble, o sólo resoluble en fracaso, locura, desesperanza, huida, corte, silencio. La novela-poema va abriéndose camino en las primeras obras de Juan Benet, y aunque hasta mediada la década del 60 persisten ejemplos de novela social en su vertiente antiburguesa, el experimento como tentativa de revolucionar la realidad o, al menos, como esfuerzo por transformar el realismo precedente, se afianza.

La fecundación cultural se hace, en fin, más copiosa y varia: las principales relaciones se entablan con Joyce y Beckett, con Faulkner y Proust, con los hispanoamericanos, la nueva novela francesa de entonces, con la crítica arquetípica y el estructuralismo, Freud, Marcuse, Reich, Lacan, y con la lingüística (Jakobson, Benveniste, Chomsky). Se gira hacia una narrativa que, como la poesía de los «novísimos», puede calificarse de «culturalista» porque no sólo contiene tácitamente una adecuada asimilación de cultura, sino que tiende a exhibirla en niveles de saturación tras los cuales se advierte un claro menosprecio de los ingenios legos y las plumas espontáneas. De este giro culturalista serían muestra suficiente las citas y los lemas, índices de intertextualidad, signos de literatura incorporada. Crípticas o manifiestas, situadas al frente, al pie, en el interior, al margen, las citas literarias ajenas convierten al modesto relator-testigo en lector-escritor inmodesto, capaz también de interrumpir el idioma común con palabras y frases de otras lenguas, y deseoso de atraer al leyente, más acá de lo narrado, al discurso narrativo: léxico culto, sintaxis dificultadora, metafórica imprevisible, ideación exigente.

No cometeré la ingenuidad de atribuir a Luis Martín-Santos la aportación de los elementos indicados como si antes de él, en los años 40 y 50, no hubieran aparecido algunos en novelas de otros autores; pero sí es cierto que la conjunción de todos ellos se encuentra en Tiempo de silencio y en Tiempo de destrucción en grado de intensidad bastante alto como para promover un cambio de hábitos.

Me fijaré, sin embargo, solamente en lo que la novela estructural significa, desde el punto de vista de la forma, como anticipación de la metanovela.

Tiempo de silencio importa más como práctica que como teoría de un nuevo modo de novelar. La teoría puede inducirse, pero no está expresada. Distinto es el caso de Tiempo de destrucción, que en principio iba precedida de un prólogo fingidamente escrito por quien iba ser el narrador de la historia entera: un sujeto (amigo de Agustín, el protagonista) que actuaba de testigo y relator. Se esbozaba en tal prólogo una teoría de la biografía y se compendiaba la intención de la tarea: narrar la vida de Agustín en forma reflexiva y autocrítica. Aunque Carlos Mainer no publicó dicho prólogo, adjuntó en su edición de 1975 a la parte del texto revisado por Martín-Santos versiones anteriores de capítulos y fragmentos de incorporación indeterminada, y un fragmento bastante largo («Reflexión del narrador», pp. 219-31) prueba que la primitiva idea del escritor era implicar al lector en el proceso de elaboración de su novela:

«Llegado a este punto, debo reflexionar sobre la marcha de mi narración y no encuentro nada reprensible en el hecho -por lo demás no tan inusitado- de que el lector asista a mis reflexiones y comprenda mejor la dinámica interna de este libro conociéndola en statu nascendi, en el mismo momento en que en mí -humilde narrador- tal dinámica se hace asequible y eficaz».
Ni ese fragmento ni otros párrafos autocríticos del capítulo 4 que manifiestan distanciamiento respecto a la técnica objetivista, subsistieron en la versión revisada, pero en principio el autor había pensado incluirlos, aunque al fin los excluyera. De este fenómeno de inclusión-exclusión parece inferirse que el novelista no tenía confianza en la madurez de sus lectores para aceptar junto a la escritura de la aventura la aventura de la escritura, o bien que no se sentía él mismo capacitado para salir airoso de una empresa acometida ya por Cervantes, Sterne, Diderot, Gide, etc., pero insólita en la España de aquellas fechas.

Juan Benet representa un caso especial que cabe situar entre el escriptivismo germinal de Martín-Santos y el terminal y desencadenado de Juan Goytisolo (admisión de la teoría dentro de la práctica o al par de ésta) y de Luis Goytisolo (integración de la primera en la segunda). Lo característico de Benet es que introduzca en sus novelas algunos (sólo algunos) elementos de teoría novelística por vía de alusión. Así ocurre en Volverás a Región cuando la voz narrativa define circunstancial e incidentalmente la traza monologal del aparente coloquio entre el doctor Sebastián y la hija del militar Gamallo, cuando invoca la imaginaria anulación del orden crónico por un «tiempo caótico», o cuando se refiere al propio modo compositivo de su novela mientras describe la forma de hablar de sus yuxtalocutores:

«En varias ocasiones había intercalado, como los errores y supresiones que se disimulan en un dibujo para dar lugar a un juego de adivinanzas, ciertas insinuaciones y veladuras con las que esperó despertar su interés y estimular su curiosidad».


En Una meditación la voz única del meditador anónimo parafrasea en ciertos momentos la constitución musical, la dimensión enigmática, y el efecto recuperador de la memoria involuntaria; reflexiones parecidas afloran según este método alusivo en novelas posteriores del mismo escritor; un escritor que, no obstante su hondura meditativa y la cultura artística y científica que no oculta, se ha resistido siempre a romper con intrusiones autoriales «el hechizo novelístico, ese supremo don de conseguir con la escritura que se olvide la lectura para convertir al lector en testigo directo de una acción tan vivida que casi anula el carácter de la página como agente mediador» (La moviola de Eurípides, p. 91).

Sería erróneo, sin embargo, considerar a Juan Benet ajeno al progreso hacia la metanovela, pues si es cierto que renuncia a la autocrítica y a las extensas disquisiciones sobre teoría novelística dentro de sus novelas, acentúa la índole escriptiva y fictiva de sus textos mediante otros recursos: la presentación misma de sus libros publicados en «La Gaya Ciencia» (alargados, con cubiertas de pensados colores, ilustraciones chocantes, escolios marginales en Un viaje de invierno, ausencia o escasez de párrafos, forma dialogada en La otra casa de Mazón), el uso de idiomas extraños y de citas crípticas, la ruptura de la organización espacial y temporal de la narración, el exceso de argumentaciones o sentencias, la ampliación o profundización del supuesto plano real en otros planos recónditos de visión, alucinación, sueño o fantasía que dejan en fascinante incertidumbre aquella presunta realidad problematizando el objeto del conocimiento y realzando la índole constructiva de toda forma de conocimiento.

Juan Goytisolo, que había militado en el realismo testimonial, modifica hondamente su interpretación de lo que la novela es o debe ser a partir de Señas de identidad y por influjo evidente de novelas como Tiempo de silencio, La muerte de Artemio Cruz o Rajuela. Es Señas de identidad la primera novela de Juan Goytisolo que se ve en su hacerse y que carga el acento sobre el discurso más que sobre la historia. El protagonista, Álvaro Mendiola, se aparece al lector elaborando su discurso, reconstruyendo sus señas identificativas mediante unos materiales recogidos y escogidos, los cuales integran la recomposición del pasado personal, familiar y nacional desde una perspectiva depuradora que le decidirá a despojarse de su identidad para comenzar a cero. La reflexividad es general en esta novela, pero en lo literario más crítica que teórica. En las reflexiones de sesgo teórico lo más destacable sería la consciencia con que el narrador plantea su pesquisa como un trabajo de ruptura y desposesión (p. 55), el cuidado con que yuxtapone recuerdos lejanos y próximos para contemplarse como actor, testigo, espectador, cómplice y protagonista del drama (110), sus frecuentes miradas a la composición de la obra en que está empeñado: «búsqueda interior» y «testimonio objetivo» (159-60), y la revelación de su tránsito desde la acción política a la labor dedicadamente artística: «Desertaste de la acción para ser un artista», se dice a sí mismo Álvaro Mendiola en ese «autodiálogo» (un «yo» que se habla a sí propio como un «tú») tan característico del signo introspectivo y exploratorio de la novela estructural.

He comentado la reflexividad novelística de Reivindicación del Conde Don Julián, Juan sin Tierra y Makbara en algunos trabajos que no voy a resumir. Baste subrayar ciertos términos que en la teoría novelística de Juan Goytisolo delatan la extracción y el rumbo: «orden verbal autónomo, engañoso delirio: poema», léese en Don Julián (125), a ejemplo de Góngora, cuya gesta desea emular el exiliado solitario. En Juan sin Tierra, la unidad más escriptiva de la llamada «trilogía de la traición», se habla de sacrificar «el referente a la verdad del discurso» (77), del «espacio textual» y las «constelaciones de signos» (152), de que «el tiempo se aniquila en el texto» (168), del «onanismo de la escritura» (225), y aparte estas y otras declaraciones de formalismo, estructuralismo, semiótica y gramatología, se hace un proceso paródico al realismo (263-308) y se esboza una teoría de la novela (311-313): «discurso sin peripecia alguna», «conjunto de agrupaciones textuales movidas por fuerza centrípeta única», «combinatoria de elementos (oposiciones, alternancias, juegos simétricos) sobre el blanco rectangular de la página», rechazo del «contenidismo» y de los «criterios mezquinos de utilidad», definición de la función poética como función «erógena». Y a estos principios, admitidos en Juan sin Tierra a modo de recapitulación teórica de lo prácticamente realizado hasta ahí, parecen ajustarse Makbara y Paisajes después de la batalla.

En Makbara la teoría ocupa casi sólo los últimos fragmentos, referentes a la oralidad del discurso infinito que la novela misma ha querido transparentar («ingrávido edificio sonoro en de(con)strucción perpetua», 219; «lengua que nace, brinca, se extiende, trepa, se ahíla», «lectura en palimpsesto», juego sin fin a partir del vacío). En Paisajes después de la batalla la teoría aparece de manera más diseminada que recapituladora y se hallan clarividentes definiciones del género del texto y de su pauta compositiva: «crónica burlona y sarcástica», «autobiografía deliberadamente grotesca», «minuciosa exposición de las ideas cliché de la época que configura poco a poco el mapa universal de la idiotez» (183-84); relato «desmembrado y hecho trizas», «esparcir la materia narrada al azar de sorpresas e imponderables por toda la rosa de los vientos: textos-vilano a merced del aire» (192).

En 1973 se publica, en fin, Recuento, de Luis Goytisolo, primera pieza de la tetralogía terminada en 1981: «Antagonía». En este ambicioso y trabajado ciclo la teoría de la novela no sólo tiene cabal admisión dentro de la novela misma (como en Juan Goytisolo), sino que invade la novela hasta el punto de que se cumple una verdadera integración: es la teoría lo que integra -lo que hace entera- la tetralogía. Pero nada diré de Recuento porque es precisamente esta obra la que consagra la novela «escriptiva», y sólo me corresponde aquí aquello que la anuncia. Recordaré al menos que, a través de las cuatro, novelas del ciclo, Luis Goytisolo procede desde la enumeración caótica, pasando por el incremento y desenvolvimiento del símil (ensayo de orden o coordinación), hacia la metáfora (cosmos). Logra un cosmos estético (analogía), pues la sustancia ética de la realidad del vivir es sentida de principio a fin como caos (antagonía). La mayor antagonía, la originaria, sería, tanto en Luis como en Juan Goytisolo, aquella que vivieron entre la acción política alentada por una fe en los destinos futuros de la colectividad y la creación estética inspirada por la soledad. De esta antagonía resulta forma extrema la novela autotélica, autorreferencial, autorreflexiva, autónoma, autista: la metanovela.

No son sólo Martín-Santos, Benet, Juan Goytisolo y Luis Goytisolo quienes ejercitan el pensamiento teórico sobre la novela dentro de sus novelas. En el período de predominio de la novela «estructural» acotado convencionalmente entre la fecha de Tiempo de silencio (1962) y la de Recuento (1973), salen a luz novelas que, bien por ejercitar en alguna proporción aquel pensamiento teórico, bien por poner de relieve con ostentación intencionada no sólo la estructura de la conciencia personal y de la totalidad social y la arquitectura nueva de la novela ofrecida, sino también -cada vez más- la escritura y la lectura del texto (la presencia del escritor y de lo escrito, y la presencia de lo legible e intelegible para un lector exterior al texto o inmanente a él) representan a la vez que el alejamiento del testimonio la aproximación al poema (y a otras especies que giran en la órbita del poema).

Entre esas novelas que anticipan formalmente la novela escriptiva, quisiera recordar: Ritmo lento, compuesta en forma de fragmentos de diario íntimo cuyo redactor observa su actividad narrativa y la enjuicia a menudo; Cinco horas con Mario, donde las citas bíblicas que inician los capítulos monodialogales en que se reparte el velatorio de la viuda marcan irónicamente una potencial intertextualidad obstruida a cada paso; Últimas tardes con Teresa, parodia de la novela social y, como tal parodia, burlesca crítica del modelo adoptado para destruirlo o reconstruirlo; La saga/fuga de J. B., parodia de la novela estructural y texto autocrítico por tal causa y por sus frecuentes reflexiones acerca de su propia hechura y su condición fictiva, legendaria, inverosímil o fantástica; El gran momento de Mary Tribune y Ágata ojo de gato, con sus constelaciones de citas literarias; y Oficio de tinieblas, 5, cuyas «mónadas» se producen en una esfera autónoma, al margen de la realidad, en un infierno de conciencia trasmutado en caprichoso ejercicio textual.

Después de 1973, la metanovela (impura siempre, ya que la «antinovela» que ella óptimamente encarna ha de admitir un núcleo de «neonovela», para usar términos muy clarificadores de Carlos Peregrín Otero) continúa y medra en obras como Fragmentos de apocalipsis (1977), precoz parodia de la metanovela misma; en Retahílas (74) y El cuarto de atrás (78), en La isla de los jacintos cortados (80) y Gramática parda (82), y en tantos otros productos rigurosamente actuales, Larva (83) el más llamativo de todos.

La novela «estructural» -podríamos concluir- prepara, trabajando por la determinación de un mundo novelesco representable, el modelo «escriptivo» hoy privilegiado. El novelista de ayer y el de hoy no sólo se aplican a crear un mundo individual-social (meta de cualquier novela): pretenden además revelar a sus destinatarios el esfuerzo puesto en penetrar y dominar la realidad hasta configurarla en un cosmos imaginario que sea, no independiente de ella (esto es imposible), sino digno de absoluta permanencia y émulo de la realidad. Así, conforme a una generalización que la crítica viene repitiendo desde hace muchos años, la realidad aparece como otra ficción y, para el que «escribe, luego vive», para el que «escrivive», la ficción asciende a tal arrogancia que aspira a arrogarse el título de única o suprema realidad.








Gonzalo Sobejano
Novela española contemporánea:

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