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UNIVERSALIDAD DE LA REGENTA (Gonzalo Sobejano)

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En 1936, el mismo año en que estalló la Guerra Civil, publicaba Espasa-Calpe una biografía de Leopoldo Alas, compuesta por Juan Antonio Cabezas, con el título Clarín, el provinciano universal. Más preciso era el epígrafe del capítulo XVII de aquel libro, «Un provinciano universal», donde el biógrafo, registrando los ascensos del profesor Alas en la Universidad y en el Ayuntamiento de Oviedo, comprobaba la difusión, hacia 1890, de su nombre y obra más allá de la provincia y del país, y la constante apertura del escritor a horizontes culturales muy varios.



               «Un provinciano universal» es más preciso porque ha habido, antes y después, otros provincianos universales. Flaubert, aunque viajase mucho más de lo que suele recordarse, decidió en cierto momento encerrarse en su casa de Croisset, cerca de Rouen, y sentarse a escribir (y solo podía escribir sentado, según declaración propia). Alas no salió nunca de España, y lo más lejos que llegó dentro de ella fue a Zaragoza y a Sevilla: afincado en Oviedo, allí y en los contornos de la noble ciudad trabajó siempre. Por aludir solo a españoles posteriores, recordemos a Unamuno, arraigado en Salamanca y, en el exilio, apegado a la frontera; a Miguel Delibes, que ha escrito su obra toda en Valladolid y para esta su ciudad natal; o a un tercer Miguel —Miguel Espinosa— que apenas salió de Murcia y encuadra sus fábulas en esa población, a la que nunca nombra.



               Y bien. Flaubert, «le solitaire de Croisset», mantuvo desde su retiro caudalosa correspondencia con personas afines, estudió incansablemente en los libros y en la vida, y creó los más altos dechados de la novela moderna (Madame Bovary, L’ éducation sentimentale, Bouvard et Pécuchet) y del cuento literario (Trois contes).



               La triple condición de Unamuno como vasco, castellano y español no estorbó a la amplia y honda proyección de su escritura hacia el mundo: fue y sigue siendo uno de los escritores del «98» más atendido en Francia, en Alemania, en las dos Américas, y para la hispana escribió mucho sin haberla visitado nunca.



               Por nacimiento y voluntad radicado en Valladolid, Miguel Delibes apenas traspuso este ámbito, dedicando sin embargo sus labores literarias y cívicas a la causa del universo, pulsado en la realidad de su espacio inmediato.



               Y de Espinosa puede decirse algo parecido; expertos en historia política elogiaron con fundamento su primer libro, Reflexiones sobre Norteamérica, elaborado sin haber puesto jamás el pie en tal territorio; y es unánime el juicio de la crítica acerca del significado trascendente de sus ficciones: Escuela de Mandarines (el poder dictatorial), Tríbada (religación esencial frente a mundanidad fútil), Asklepios (el exilio en el tiempo), La fea burguesía (proceso a la sociedad consumista, en cualquier latitud). Pero Espinosa no estimaba necesario desplazarse de un punto a otro en el mapa, escasas veces dejó su ciudad, y quería y podía abarcar mucho en su mente: a través de lo vivido en el marco a él destinado, de sus lecturas y meditaciones, y de su comunicación a fondo con el prójimo.



               En Oviedo, como periodista y como crítico literario, Leopoldo Alas se sintió tempranamente movido a comentar la actualidad española y europea. Su cátedra no le llevó —repito— más allá de Zaragoza, y por tiempo breve. Aunque había cursado estudios en Madrid y alguna vez insinuó un vago propósito de traslado a la capital, en realidad ésta no le atraía como lugar de residencia. Conservaba de ella algunas memorias gratas, sobre todo de sus maestros «krausistas», y algunos buenos recuerdos de templos y teatros. Pero, en general, puede decirse que Alas era vocacionalmente «provinciano». Sus dos novelas mayores tienen lugar en ciudades de provincia, y la mayoría de sus relatos breves buscan como ambiente predilecto el campo, la aldea, algún paraje apartado, modesto y oscuro.



               Y no obstante, o por ello mismo, Leopoldo Alas llega siempre a una cota de universalidad que depende menos de su omnímoda atención a la actualidad que de su penetración amorosa en el existir y sucederse intrahistóricos. Además, cuando Alas escribe La Regenta está convencido de que el novelista, según los principios del naturalismo, por él expuestos mejor que por nadie en 1882, debe edificar la novela sobre un conocimiento del lugar por él habitado y estudiado.



               Con todas estas limitaciones, el joven crítico Clarín termina, a los 33 años de edad, La Regenta, novela «provinciana» y «universal»; la novela española del siglo XIX más provinciana (en apariencia) y más universal (en sustancia).



               En ella, un sacerdote, Fermín de Pas, convertido en instrumento de las ambiciones de su posesiva madre, aspira a adueñarse, por el cauce eclesiástico, de toda una ciudad. Se le confía como penitente a Ana Ozores, considerada en Vetusta la más bella y digna dama de la esfera burguesa en un tiempo (1877 a 1880) que ha dejado atrás la revolución y la efímera república, y asiste a la restauración de la monarquía (desde 1875).



               Huérfana, y privada de amor y de descendencia en su matrimonio con el viejo ex regente Víctor Quintanar, la sonámbula Ana se ve conducida hacia la fe y el espíritu por su confesor, y siéntese atraída hacia la sensualidad y la pasión por un libertino, Álvaro Mesía, que pretende colmar el catálogo de sus aventuras con la conquista de Ana. En ese vaivén de una tentación a otra discurre la conciencia cavilosa de la Regenta durante los tres años que la novela abarca, hasta que al fin, descubriendo que el sacerdote la amaba no solo como «hermana del alma», sino como mujer en alma y cuerpo, se ve arrastrada al seductor, quien, consumado el adulterio, huye después de matar en duelo al esposo, dejando a Ana en completo abandono, presa de la hostilidad de los vetustenses y rechazada para siempre por el celoso clérigo.



               Resumida así la trama de La Regenta, fácil es reconocer su condición de «novela de adulterio». Pero esto, lejos de reducir su alcance, parece extenderlo si se recuerda que muchas de las mejores novelas de la segunda mitad del siglo XIX poseen el mismo tipo de intriga argumental: Madame Bovary, L’ éducation sentimentale, Ana Karenina, La conquête de Plassans, O primo Basilio, Fortunata y Jacinta, Su único hijo, Effi Briest. Y es que el adulterio, ya se entienda como rebelión de la persona contra el código opresor, o como infracción accidental del mismo para paliar sus rigores sin destruirlo, es una imagen —adecuada como pocas a la sociedad victoriana— del conflicto «entre la poesía del corazón y la prosa opuesta de las relaciones sociales y del azar de las circunstancias exteriores», conflicto en el cual veía Hegel el cimiento de la novela moderna.



               En las novelas mencionadas, el adulterio no es mero pretexto de peripecias y vicisitudes para entretenimiento del lector, sino revelación de un estado de cosas, de carácter moral, más complejo en La Regenta porque envuelve en la infidelidad, como peligro, a un sacerdote, célibe por obligación a sus votos; y éste es otro aspecto frecuente en novelas de la época: La conquête de Plassans, La faute de l’ abbé Mouret, O crime do Padre Amaro, Tormento.



               Pero, además de revelar un estado de cosas moral, social e histórico, el binomio temático «adulterio-sacrilegio» que expone La Regenta abre la atención al examen profundo de dos almas capaces de interioridad, grandeza y poesía en grado extremo, cada una a su modo.



               Al fondo de las diferencias que separan a Ana Ozores y Fermín de Pas, puede observarse el paralelismo de sus destinos: huérfana de madre, huérfano de padre; infancia soñadora, niñez estudiosa; inspiraciones de ella, aspiraciones de él; orientación de sus almas hacia el amor total; poderío de la tentación; reflexividad inagotable; intensidad de los sentimientos primarios y de los sentimientos sin nombre; fatal discrepancia con el medio (supravetustenses ambos entre la mostrenca grey de los vetustenses); inadaptación; fin desesperado.



               Si el buceo en las conciencias de estos personajes (y de Quintanar cuando arrostra su desgracia) representa un alarde de lucidez psicológica, rara en otros novelistas españoles del siglo, y nos hace aprender mucho, al hilo de las historias retrospectivas y del proceso de su interrelación, como ejemplos de experiencia humana trágica, no menos admirable es la descripción al vivo de los vetustenses a través de sus palabras, sus hechos y sus hábitos. Es aquí donde Clarín prodiga fuerza cómica, agudo humor, fecunda ironía y esa visión satírica de la mediocridad y la necedad que con tanta franqueza empleaba en sus artículos sobre literatura y política.



               En la memoria de quien lea La Regenta, cualquiera que sean la lengua y el tiempo, quedarán grabados personajes secundarios óptimamente perfilados. Entre los medianos: la codiciosa doña Paula, madre del sacerdote; «la rubia lúbrica», Petra, delatora del adulterio en colaboración con aquél; los marqueses de Vegallana en sus placenteras reuniones; Barinaga, el tendero de reliquias alcoholizado; Guimarán, el ateo convertido a la Iglesia; la casquivana Obdulia; la envidiosa Visitación; el buen Obispo dominado por el magistral; el extravagante darwinista Frígilis, único amigo, al final, de la enferma; el médico anticuado y el médico moderno. Entre los ridículos: el arqueólogo local Saturnino Bermúdez, el huero versista Trifón Cármenes, el tozudo Ronzal y otros socios del casino de la vieja ciudad.



               Para el mejor reseñista de La Regenta en 1885, Antonio Lara, que firmaba «Orlando», la novela primera de Alas era «un estudio psicológico, un estudio social y otro de costumbres, pero no independientes ni preconcebidos, sino enlazados y nacidos espontánea y naturalmente del movimiento y choque de las fuerzas varias que se agitan en el seno de toda sociedad». Y fue este mismo crítico quien, al final de su reseña, rubricaba una valoración que tardaría decenios en reconocerse justa.



               Ponderaba aquel comentarista La Regenta como «una novela que por su fondo y por su forma es la mejor de nuestra literatura contemporánea, y el señor Alas debe dar por bien empleado su esfuerzo, toda vez que así ha conseguido colocarse de un salto, sin género alguno de duda, a la cabeza de los novelistas españoles y al lado de los primeros que en otras partes cultivan esta forma literaria».



               Todo es certero en este juicio temprano, incluida la imagen hípica con que termina; pues Alarcón, Pereda, Pardo Bazán, y aun el mismo Galdós, no habían iniciado su carrera de novelistas con obras maestras (Galdós no publicaría Fortunata y Jacinta hasta un año más tarde, y con notable y bien notada influencia de su amigo Clarín), mientras Leopoldo Alas, procediendo del campo de la crítica periodística, llegaba al de la novela con una obra de ficción portentosamente concebida, estructurada y escrita, que le ponía de un salto «a la cabeza» de los noveladores españoles y «al lado» de los primeros de otros países. Aunque el reseñador no menciona a ninguno de estos, es de suponer que pensaba en Stendhal, Balzac, Flaubert, Zola, y acaso en Tolstoy.



               Aquella novela, La Regenta, tenía por materia nutricia y fuente de imaginación creadora lo que, desde el realismo del XIX hasta la modernidad del siglo XX, han tenido los más elevados ejemplares del género: la dificultada búsqueda del valor de los valores —el bien, la fe, el amor, el entusiasmo, la plenitud— en un mundo crecientemente desalmado.



               Tras casi un siglo de injustificada aunque explicable desmemoria (explicable por circunstancias, no por razones), la obra de Leopoldo Alas, y en especial La Regenta, viene siendo objeto, en español y en otros idiomas, de lectura intelectiva y sensitiva.



               Compensemos ochenta años de indebido silencio con largo tiempo de audición cuidadosa: oigamos en el texto de la novela el latido de la Historia y escuchemos en él la secreta verdad de las almas que sufren entre el bien y el mal, la poesía y la prosa, el amor y la muerte.



Gonzalo Sobejano Esteve
(extraído de Instituto Cervantes)



TESTIMONIO Y POEMA EN LA NOVELA ESPAÑOLA CONTEMPORÁNEA (Gonzalo Sobejano)

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Presentando la primera edición de La colmena, en 1951, declaraba su autor que esta novela no era otra cosa que «un pálido reflejo, que una humilde sombra de la cotidiana, áspera, entrañable y dolorosa realidad», «un trozo de vida narrado paso a paso». «Su acción, precisaba, discurre en Madrid -en 1942- y entre un torrente, o una colmena, de gentes que a veces son felices y a veces no»
.

Pocos años más tarde, y sólo uno después de la publicación de El Jarama (1956), definía así su autor, en una entrevista, el propósito que le había movido: «Un tiempo y un espacio acotados. Ver simplemente lo que sucede allí»
.

Narrar paso a paso un trozo de vida, o ver simplemente lo que sucede en un tiempo y un espacio acotados, serían oportunas equivalencias de aquello que puede entenderse por «testimonio».

He aquí, a continuación, las primeras palabras de Saúl ante Samuel, novela de Juan Benet publicada en 1980: «El lugar se podía haber llamado..., ¿a qué seguir? Eso es lo de menos. No se llamó nunca de ninguna manera acaso porque sólo existió un instante, sin tiempo para el bautizo. De haber prolongado su existencia se podría haber llamado Re..., pero de alguna manera se llamaría si un día llega a existir»
. Difícil es que tal comienzo predisponga al lector a recibir testimonio alguno sobre una realidad determinada. Y si el lector prosigue la lectura, experimentará impresiones muy semejantes a las que sintiera leyendo un «poema».

Los autores deLa colmena y de El Jarama querían visiblemente atestiguar. El autor de Saúl ante Samuel no es ya que no quiera atestiguar: es que quiere no atestiguar. «Novela testimonio», allí;«novela poema», aquí. Son dos modelos que el análisis literario permite sin dificultad reconocer. Y son los extremos de dos tendencias entre las cuales se ha desenvuelto la novela española de los últimos treinta años; extremos que pueden mantenerse muy lejos, aproximarse y aun llegar a coincidir en algún caso.

Se trata aquí, sencillamente, de ilustrar (no de historiar) el proceso de la novelística española entre el testimonio y el poema, partiendo del supuesto teórico o (¿para qué mentir?) arrancando del convencimiento empírico de que la mejor novela testimonial es siempre un poema y la mejor novela poemática es siempre un testimonio.

Con los términos elegidos no se pretende ninguna novedad, pues las nociones que ellos designan existen desde antiguo. Pero la polaridad se acentúa a partir del romanticismo, cuando empiezan a señalarse múltiples oposiciones: exterioridad-interioridad, presente-pasado, mundo-alma, prosa-poesía. Haber escogido aquellos términos obedece a la observación de que en España, en los años cincuenta y sesenta, se ponderaba mucho el valor testimonial de la novela, mientras en los años setenta y ochenta se viene estimando su actualidad por el valor creativo y la calidad de obra artística autónoma que demuestre.

Examinaré primero los dos modelos como tales; luego, las dos tendencias históricas; después, la novela testimonio entre su mayor acercamiento al poema (El Jarama) y su estricta observancia de la función atestiguadora (ejemplo: La otra cara, de José Corrales Egea); más tarde, algunos casos de transición o ruptura; y finalmente, la novela poema entre su mayor aproximación al testimonio (Saúl ante Samuel) y su mínima voluntad testificativa (ejemplo: El jardín vacío, de Juan José Millás).


Dos modelos
Quizá pueda admitirse, como punto de partida, la siguiente definición de novela: una obra literaria en prosa, de necesaria extensión, que mediante la narración, la descripción y la interlocución desarrolla una historia formalmente fingida a través de la cual se expone a la conciencia del lector todo un mundo en la complejidad de sus relaciones individuo-sociedad desde una actitud crítica orientada a mostrar los valores de esas relaciones en busca del sentido de la realidad.

La historia que la novela cuenta es siempre «formalmente fingida», aun si sus datos pertenecen a la realidad histórica. Se presupone, pues, la imaginación del artífice que finge (construye) la historia con un fin estético. La novela testimonio y la novela poema son, por tanto, ambas por igual, novelas, obras de ficción, creativas o«poéticas». Por ello parece mejor hablar de novela poema que de «novela poética», ya que toda novela es poética si es novela. De otro lado,«novela lírica», término ya consagrado
, no es exactamente lo mismo, sino la suprema especie imaginativo-musical de la novela poema. Esta designará la novela superlativamente poética que tiende a integrar un conjunto saturado de las virtudes del texto poético por excelencia: el texto en verso (épico, dramático, lírico), en el cual los estratos de la obra de arte de lenguaje, desde el sonido al sentido, cumplen un máximo de concentración y de perdurabilidad. La novela testimonio, satisfaga o no aquella calidad superlativa, aspira primordialmente a otro fin: dar forma de novela a un contenido histórico experimentado y verificable fuera del cerco narrativo.

Advertido esto, veamos qué rasgos -en actitud, temática, estructura y lenguaje- caracterizan el modelo testimonial y el poemático de la novela.

Si la actitud distintiva del género novela es la representación de todo un mundo a la conciencia del lector, la actitud de la novela testimonio no puede ser otra que la representación épica (detenida en cada momento de su trayecto) de un mundo histórico-social actual, atenta a las relaciones y circunstancias que forman lo que Hegel llamaba la prosa de la vida real
, mientras que la actitud de la novela poema tiende a la compenetración de sujeto y objeto que signa el género lírico. El novelista testimonial parece percibir experiencias y transcribirlas; el poemático parece generar situaciones o relaciones, combinarlas y transfigurarlas. Allí, voluntad de realismo fehaciente; aquí, rendición a lo íntimo y abertura a lo fantástico y lo maravilloso. Mímesis frente a arte autónomo. Mensaje más o menos explícito, allí; sentido medulado en el texto, aquí. Parece el novelista testigo participar en la sociedad a la que se dirige, y el novelista poeta contemplarla desde sí solo. Aquél prefiere la revelación de estados colectivos y atiende a los aspectos económicos, sociales, políticos, a las costumbres y a los acontecimientos históricos; éste prefiere el realce de la conciencia individual y atiende a las emociones, los sentimientos, las ideaciones y ensoñaciones singulares, y a la posibilidad. Descubre aquél, a través de la novela, causas y fines; propende éste a abstenerse de analizar unas y otros. Trascendencia ideológica frente a concentración estética. La novela testimonio desfamiliariza por su insistencia en lo cotidiano; la novela poema, a través de lo insólito. Y el lector lee el testimonio con voluntad de confirmarse reconociéndose, y lee el poema con anhelo de acceder aotro conocimiento.

El tema genérico de la novela es «todo un mundo», y si la novela testimonio da fe de un mundo irrepetible, situado en la historia, la novela poema sumerge en el ámbito operativo de la conciencia (del alma) un mundo suscitado como problema de representación. Lo testimoniado es particularidad actual o digna de actualización; lo poetizado asume una opulencia connotativa inagotable. Al «trozo de vida» que allí se quiere reflejar opónese aquí un universo autónomo. El espacio es real en el primer caso: lugares nombrados de un país nombrado identificable en el mapa; imaginario, simbólico o mitificado en el segundo. En los términos de este esquema, el mundo de la novela testimonial es normalmente España, de la cual la novela poemática se distancia hoy, no por cosmopolitismo (como en la narrativa de Vanguardia), sino por universalidad. Interesan al novelista atestiguador los personajes medios en su vivir diario, en tanto que al poeta le importan los caracteres señeros. La novela poemática no suele plantear problemas sociales en demanda de solución, sino epistemológicos y formales, y su meta es revelar en la composición de la novela misma la difícil representabilidad del mundo
. Por eso es novela autotemática -aventura de la escritura- y no heterotemática -escritura de la aventura-. La provocación que la novela de los años cincuenta a sesenta buscaba en los temas, la busca la novela ulterior, según Juan Goytisolo, en el lenguaje. Y, aparte otras divergencias que pudieran alegarse, de la novela testimonio podría decirse, con Baroja, que es«porosa», abierta a la vida por todos los lados, y a la novela poema, con Ortega, podría calificársela de«hermética»
.

Reduciendo al mínimo el examen de la escritura, cabe notar que sí la novela testimonio cumple la estructura genérica de la novela, o sea, un «consaber» (entre autor, actor y lector) acerca del mundo representado, la novela poema tiende a la estructura rítmica (arte combinatoria). Aquélla no se propone ser, como ésta, neonovela ni antinovela, para usar los términos recordados por Carlos Otero
. Describe claramente, para marcar que la escena pertenece al mundo por todos conocido, a diferencia de la descripción poemática, que se hace problema de sí misma alejando o acercando su óptica en busca de efectos estilizadores. Entre las formas de concentración del tiempo, la novela testimonio prefiere la lineal y la simultaneista, mientras la novela poema, tan arraiga da en la memoria, favorece la reducción retrospectiva. De la relación de la conciencia instantánea y la memoria (voluntaria o no), más las aberturas a la fantasía, surge un tiempo compositivo, ucrónico o pan crónico, y no es extraño que Juan Benet prefiera la«novela-corpúsculo» a la«novela-onda», o sea, la que comprende desde el instante en vez de referir paso a paso.«L'instant nie la continuité», afirma Robbe-Grillet, poeta por excelencia. Practica la novela testimonial la narración singulativa, y procede la poemática por iteraciones y repeticiones (Una meditación; San Camilo, 1936). La reducción tempo-espacial de novelas como El Jaramao Con el viento solano no está en desacuerdo con la marcha evolutiva de la «novela-onda», pues aunque la duración sea breve (un día, una semana), la instancia narrante la observa hora tras hora, día por día, como si se tratase de un largo periodo o de una vida entera. En cambio, la novela poema empieza por en medio, y su trama de pensamiento no se desenlaza: se agota. Refiriéndose al film, dice Robbe-Grillet lo que vale igualmente para la novela: «L'oeuvre n'est pas un témoignage sur une réalite extérieure, mais elle est à elle-même sa propre réalité. [...] Après le mot "fin", il ne se passe plus rien du tout, par définition». Por lo que hace a los personajes, el protagonismo colectivo del testimonio contrasta con el individual, a veces solipsista, del poema; y las puntuales nóminas de La colmena o de La otra cara, con la anonimia o con la inestabilidad nominal de Saúl ante Samuel, Un viaje de invierno o Juan sin Tierra. Y los personajes son allí, por su poca profundidad, semiplanos, como son aquí semiesféricos por su hondura insondable. En la novela testimonio los humanos parecen contagiarse de la impersonalidad de las cosas, en tanto que la novela poema hace que las cosas se tomen imágenes o fantasmas de la conciencia. Allí son precisos los informes, y los indicios los percibe directamente el lector en el habla, el paralenguaje y la kinésica; aquí los informes son a menudo equívocos, y los indicios pueden y suelen resultar enigmáticos, discordantes y aun contradictorios. Cualesquiera que sean los modos y las voces del relato, en la novela testimonial el enfoque puede asimilarse al de la«cámara» (mirada que asiste), mientras en la novela poemática podría reducirse al ritmo dimanado de la conciencia unipersonal. Esta presidencia del ritmo en desventaja del «consaber» poematiza la novela: el narrador lo sabe todo, y el lector conoce imperfectamente lo que el narrador no siente necesidad de aclarar. Se llega así, del máximo objetivismo atestiguador, al máximo subjetivismo creativo. No es difícil advertir, por otra parte, que el narrador testimonial considera su objeto como un simulacro de la realidad práctica, por todos compartida: la focalización externa, el diálogo plural, la conversación, el «aparte» son medios presentativos derivados de tal objetivismo. Por el contrario, el narrador poemático se aproxima a lo narrado hasta hacer muy difícil el deslinde entre sujeto y objeto, y en su obra las funciones emotiva y conativa del lenguaje actúan con especial vigor. Por impersonal que aparente ser en algunos casos, su visión es interna en grado sumo, por lo que prevalecen aquí el monólogo, el auto-diálogo, el diálogo dual, o el no-diálogo (se ha dicho de las novelas de Benet que carecen de diálogo)
. En fin, la relación es derecha en un caso y oblicua y digresiva en otro, y si la discontinuidad del texto testimonial responde al intento de revelar partes o particularidades del conjunto social, la del texto poemático a la necesidad de descubrir la diversidad, a veces proteica, de un personaje, de un destino.

Al fondo de la dualidad planteada se halla otra más antigua: novela-romance; dualidad que el Quijote puso en juego, creando la novela moderna. Ésta lleva en sí el dilema prosa-poesía, sin el que serían inconcebibles lo mismo una novela de Zola (émula de la ciencia) que una de Kafka (émula del sueño). Es significativo que el novelista testimonial (Juan Goytisolo, un día) invocara el realismo de la picaresca, mientras un novelista poemático como Caballero Bonald adujese la literatura maldita y Vargas Llosa saliera a la palestra para ensalzar los libros de caballerías. Pero la novela poemática sería bien poco si representase una vuelta al «romance». Su posición más avanzada es la exploración cognoscitiva del mundo y del hombre en forma distinta y más integral que la historia, la filosofía o la ciencia. Y excusado es decir que las dos categorías han llegado a extremos de desnovelización: la una, en el mero documental (libros de andar y ver, protocolos magnetofónicos de Osear Lewis, reportaje penal de Traman Capote); la otra acabará por no ser novela ni poema si, hipertrofiando la«metaficción», se transforma en crítica literaria.

Finalmente: el lenguaje. No se trata, como en la tradición clásica, de rangos: estilo humilde, medio, elevado. «Nos livres sont écrits avec les mots, le phrases de tout le monde, de tous les jours», para citar de nuevo a Robbe-Grillet
. Benet cultiva, sí, el estilo más alto, pero puede servirse de otros niveles. La calidad poemática no depende hoy, en todo caso, del léxico, sino de la traza textual completa. Como creía hacer el naturalista del XIX, el novelista testimonial contemporáneo busca una expresión modesta, a ser posible diáfana. En un célebre ensayo de 1948, precisaba Sartre que la actitud poética «considère le mots comme des choses et non comme de signes», por lo cual sería necedad «réclamer un engagement poétique». La prosa, en cambio, era para él utilitaria por esencia, y el prosista «un homme qui se sert des mots». Comprometerse era comprender que «la parole est action» y que «se taire ce n'est pas être muet, c'est refuser de parler, done parler encoré». Sin olvidar la importancia decisiva del cómo, de la manera de escribir, afirmaba Sartre que «le style [...] doit passer inaperçu». Inadvertido quiere pasar el lenguaje de la novela testimonio, mientras en la novela poema hay más simbolismo fónico, constructivo y total. Y otra nota diferenciadora: allí es normal la concisión y aquí la longitud laberíntica. La principal oposición entre uno y otro tipo de novela consistiría en el lenguaje analítico, puntualizador, sucesivo, de la novela testimonial, y el lenguaje sintético, simbólico, sinestésico de la novela poemática (como ideal, claro está). Aquella novela hace hablar a los personajes según el «decorum», mientras en la novela poema si alguien habla fuera del sujeto, habla como él, ya que el sujeto no se adapta al objeto: lo resuelve en su mente. La prosa testimonial tiende a la relación metonímica y usa el lenguaje apropiado a la realidad que se supone fuera de la novela; la prosa poemática, erigiendo como principio un estilo elaborado e innovador, prodiga las relaciones de semejanza, las comparaciones y metáforas (Juan Benet y Luis Goytisolo son ejemplos eminentes, y muy diversos entre sí, de la taumaturgia de la analogía que tuvo sus astros en Flaubert, Proust y Faulkner). Frente a una novela que dice lo que se ve, cabe distinguir la novela que canta lo que se sueña: Tiempo de destrucción empezaba describiendo en estilo objetivista una escena ordinaria, y sus últimos fragmentos eran prorrupción lírica irracional; Señas de identidad comenzaba con un extracto de opinión pública y terminaba en un monólogo desatado en versículos.


Gonzalo Sobenano
Testimonio y poema
en la novela española contemporánea, 1986




Ver estudio completo
debidamente anotado
en Biblioteca Virtual Miguel Cervantes



NOVELA ESPAÑOLA CONTEMPORÁNEA: LA RENOVACIÓN FORMAL, 1962-1973 (Gonzalo Sobejano)


Gonzalo Sobejano
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Observando la estimación lograda entre los entendidos por novelas recientes como Saúl ante Samuel (novela poemática), Estela del fuego que se aleja (metanovela), Extramuros (novela histórica), Papel mojado (novela policíaca), El cuarto de atrás (novela entre memorial y fantástica) o El río de la luna (novela entre fantástica y testimonial), pienso que si para tan diversos ejemplares hubiese que proponer un ángulo de convergencia, éste podría ser su marcada orientación hacia el logro de un texto creativo plenario y autosuficiente.

Juan Benet parece haber querido hacer de cada una de sus novelas un poema textual, y a mi juicio lo ha conseguido al máximo en Saúl ante Samuel; y algo semejante puede decirse de Luis Goytisolo en Antagonía y en Estela del fuego que se aleja, óptimas muestras del arte metafictivo. Más extraño resulta que la novela histórica, la policíaca (o de espionaje, de misterio, de ciencia-ficción), la memorial y la testimonial persigan no tanto la revivicción de un pasado personal o colectivo, ni el entretenimiento, ni el dejar constancia de la verdad sucedida cuanto la alta tensión simbólica del poema; pero así ocurre en las citadas novelas de Fernández Santos, Juan José Millás, Carmen Martín Gaite y Guelbenzu, a las que cabe agregar otras de estos mismos autores y de otros como Cela, Delibes, Torrente Ballester, Juan Goytisolo, García Hortelano, Marsé, Julián Ríos, Miguel Espinosa, Álvaro Pombo, José María Merino, Lourdes Ortiz y algunos más.

De menor a mayor distancia respecto al centro señalado por la novela poema, las especies indicadas -novela metafictiva, histórica, lúdica, memorial y testimonial- giran dentro de su órbita, impulsadas hacia ese modelo más prestigioso que es la novela poemática: la que aspira a ser por entero y por excelencia texto creativo autónomo.

Por eso estimo que todas las especies nombradas podrían abarcarse (incluido el centro en tomo al cual se mueven) bajo la designación general de novela escriptiva. Son novelas que quieren ser, por encima de todo, escritura placenteramente concebida y percibida como prueba duradera de la voluntad de ser. Y si al hombre y su obra los define mejor la voluntad que el logro (aunque a la hora de asignar valores haya que mirar a éste más que a aquella), recuérdese: Cela deseaba en La colmena ofrecer «un trozo de vida narrado paso a paso»; Sánchez Ferlosio precisaba su empeño en El Jarama con estas palabras: «Un tiempo y un espacio acotados. Ver simplemente lo que sucede allí»; y Martín-Santos hacía consistir el realismo dialéctico de sus dos novelas (la acabada y la inacabada) en «pasar de la simple descripción estática de las enajenaciones, para plantear la real dinámica de las contradicciones in actu». En cambio, el narrador de Recuento pretendía componer un libro que fuera «no referencia a la realidad, sino, como la realidad, objeto de posibles referencias, mundo autónomo sobre el cual, teóricamente, un lector con impulsos creadores, pudiera escribir a su vez una novela o un poema, liberador de temas y de formas, creación de creaciones» (Recuento, p. 623); el narrador de Makbara conjura el espacio del zoco africano para darnos «la plaza entera abreviada en un libro, cuya lectura suplanta la realidad» (p. 222); el narrador de Saúl ante Samuel se niega a nombrar el lugar de los sucesos advirtiendo que «no se llamó nunca de ninguna manera acaso porque sólo existió un instante, sin tiempo para el bautizo»; y Julián Ríos presenta a la pareja protagonista de Larva como «dos atolondrados que se toman por personajes de novela e intentan meterse en la piel de sus dobles, 'Babelle' y 'Milalias', que inventaron para prolongar la vida en ficción -y viceversa» (solapa de Larva); «escribir escribirme: tú yo mi texto el libro», «yo: el escritor», «yo: lo escrito», dice el narrador de Paisajes después de la batalla; «Vivir lo escrito y escribir lo revivido...», «Escrivivir...», leemos en Larva (p. 30); «Escribo, luego existo», afirma un personaje de La orilla oscura, de José María Merino (p. 182).
Así, a la novela «existencial» de los años 40-50 (La colmena), a la «social» de los 50-60 (El Jarama), a la «estructural» o «dialéctica» de los 60-70 (Tiempo de silencio), habría sucedido de 1973 a nuestros días como paradigma la novela «escriptiva», de la cual el resultado más denso sería la novela-poema (Saúl ante Samuel) y el más sintomático la metanovela (Antagonía), o sea, «aquella novela que de modo autoconsciente y sistemático llama la atención hacia su condición de artefacto a fin de inquirir en la relación existente entre la ficción y la realidad», definición de Patricia Waugh (Metafiction, 1984) que, en sentido menos amplio, pudiera reducirse a la novela que adjunta a la escritura de la aventura la aventura de la escritura (para usar la paradoja y el quiasmo de Jean Ricardou).

No me corresponde, sin embargo, hablar de la novela última, sino de la penúltima, la de los años 62 a 73 aproximadamente, y ello bajo el título «la renovación formal».

Me ocupé (sinópticamente, desde luego) de la renovación formal operante en la novela «estructural» o «dialéctica» de esos años, en Novela española de nuestro tiempo, cuya segunda edición «corregida y ampliada», de 1975, abarcaba la novelística desde 1939 hasta 1974, y para no repetir lo allí escrito he optado en esta ocasión por dedicar unas breves consideraciones a los comienzos de la metanovela en España, o sea, el modo como la novela estructural prepara y adelanta la autorreflexión (la reflexión sobre sí misma) que distingue a no pocos y sobresalientes ejemplares de la novela escriptiva. De ahí que haya empezado aludiendo a esta última, no para invadir el terreno del ponente que me sigue, sino para justificar la selección del aspecto que he creído podía ofrecer un interés más actual. Pues la novela estructural de los años 60-70 puede considerarse -como cualquier proceso histórico- entre un ayer y un mañana: su ayer era la novela social y su mañana estaría siendo ahora la novela escriptiva; y lo que ella supuso como renovación formal acaso se perfile mejor a la luz de lo que se iniciaría que a la penumbra de lo que abandonaba.

Las novelas a que se refiere este apunte son poco más de veinte, publicadas entre 1962 (Tiempo de silencio) y 1973 (Recuento), más algunas posteriores pero de los mismos autores, que son Martín-Santos, Carmen Martín Gaite, Delibes, Juan Goytisolo, Marsé, Benet, Cela, García Hortelano, Gonzalo Torrente Ballester, Caballero Bonald, Miguel Espinosa y alguno más joven.

En el clima de nueva fluidez social y cultural bajo la envejecida costra política del franquismo que distingue esos años 62 a 73, surge el afán de revisar la identidad de la persona en colusión dialéctica con la totalidad. El individuo lucha con su identidad insuficiente, residual o cambiante, en un vaivén de dentro afuera. Protagonista complejo y perplejo, toma ocasión en otros personajes (semiplanos) para su proceso comprobatorio. Los indicios de aquel sujeto protagónico apenas descubren su nombre, rostro o carácter, al menos un carácter consecuente; sólo se afirma la radicalidad de su pesquisa, condensada en momentos monumentales: puntos del tiempo en que la perplejidad exige lucidez analítica extrema o se resuelve de pronto en epifanías de efecto catártico. Hacia la revelación identificadora se encauza la trama, de pensamiento más que de fortuna o de personaje, y el desenlace parece oponer a las circunstancias difícilmente modificables la huida o la ruptura.

En los títulos de las novelas de este período se entrevé el momento revelador (Tiempo de silencio, Cinco horas con Mario, San Camilo, 1936, El gran momento de Mary Tribune) o el proceso de indagación que conduzca a una verdad (Señas de identidad, Parábola del náufrago, Una meditación, La saga/fuga de J. B., Recuento). Son novelas por lo común caudalosas, sinfónicas, que en su presentación ostentan un designio renovador, y su lenguaje persigue ante todo riqueza, potencia y complejidad, como lo muestra la sintaxis circunvolutiva de Martín-Santos y de Benet, la entrecortada de Juan Goytisolo y la enumeradora y congregante de Luis Goytisolo. La pasión por el lenguaje trae una crítica rigurosa del castellano convencional y del cliché literario, y una crítica irónica de la capacidad de engaño del lenguaje y de su posible mutilación (en Delibes y Torrente, por ejemplo).

El sujeto proteico no se identifica, el espacio laberíntico no conduce, el tiempo fragmentado no se sucede, la búsqueda prosigue pero no progresa, o progresa tan lentamente que se requieren otras variaciones, nuevas novelas, repetidos ensayos de una sola y vasta novela multivalente, hasta dar con la salida. La discontinuidad adopta las más variadas modulaciones.

Aranguren parece ver en Tiempo de silencio, a través de Joyce, la renovación del mito «genuino» o «arquetipo» uliseo, y en novelas posteriores el recurso a mitos modernos que quieren trascender la historia («prototipos»). Hay sin duda una apelación numerosa a mitos diversos: Nemi, Deméter, mitos wagnerianos en Benet; Proteo en Torrente Ballester; Medusa en Caballero Bonald; Neptuno en Luis Goytisolo; los mitos del traidor y del desterrado en Juan Goytisolo. Pero acaso más eficaz que esta exhumación de mitos resulte la demolición de ídolos en Tiempo de destrucción o en Reivindicación del Conde Don Julián.

La última esencia simbólica de la novela estructural podría definirse como una radical clarividencia crítica. Radicalidades se titula un libro de Pere Gimferrer, de 1978, que trata entre otros autores de Benet y de Juan y Luis Goytisolo, y el concepto que lo guía es la transgresión estética y moral de los textos: la ruptura del orden ético represivo y del lenguaje convencionalizado y, por tanto, igualmente represivo.

La liberalización cultural y el desarrollo económico favorecieron en esos años el reconocimiento de la complejidad y las novelas aludidas reflejan y codeterminan ese clima de apertura y pluralismo en un rígido marco de dictadura sobreviviente. Atestiguan la totalidad desde una confesión no lírico-biográfica, sino satírica o elegiaca. No son novelas de ilusión ni desilusión: son novelas de aprendizaje, pero de un aprendizaje que no conduce a una conciliación del yo y el mundo, sino a una tensión entre ambos no resoluble, o sólo resoluble en fracaso, locura, desesperanza, huida, corte, silencio. La novela-poema va abriéndose camino en las primeras obras de Juan Benet, y aunque hasta mediada la década del 60 persisten ejemplos de novela social en su vertiente antiburguesa, el experimento como tentativa de revolucionar la realidad o, al menos, como esfuerzo por transformar el realismo precedente, se afianza.

La fecundación cultural se hace, en fin, más copiosa y varia: las principales relaciones se entablan con Joyce y Beckett, con Faulkner y Proust, con los hispanoamericanos, la nueva novela francesa de entonces, con la crítica arquetípica y el estructuralismo, Freud, Marcuse, Reich, Lacan, y con la lingüística (Jakobson, Benveniste, Chomsky). Se gira hacia una narrativa que, como la poesía de los «novísimos», puede calificarse de «culturalista» porque no sólo contiene tácitamente una adecuada asimilación de cultura, sino que tiende a exhibirla en niveles de saturación tras los cuales se advierte un claro menosprecio de los ingenios legos y las plumas espontáneas. De este giro culturalista serían muestra suficiente las citas y los lemas, índices de intertextualidad, signos de literatura incorporada. Crípticas o manifiestas, situadas al frente, al pie, en el interior, al margen, las citas literarias ajenas convierten al modesto relator-testigo en lector-escritor inmodesto, capaz también de interrumpir el idioma común con palabras y frases de otras lenguas, y deseoso de atraer al leyente, más acá de lo narrado, al discurso narrativo: léxico culto, sintaxis dificultadora, metafórica imprevisible, ideación exigente.

No cometeré la ingenuidad de atribuir a Luis Martín-Santos la aportación de los elementos indicados como si antes de él, en los años 40 y 50, no hubieran aparecido algunos en novelas de otros autores; pero sí es cierto que la conjunción de todos ellos se encuentra en Tiempo de silencio y en Tiempo de destrucción en grado de intensidad bastante alto como para promover un cambio de hábitos.

Me fijaré, sin embargo, solamente en lo que la novela estructural significa, desde el punto de vista de la forma, como anticipación de la metanovela.

Tiempo de silencio importa más como práctica que como teoría de un nuevo modo de novelar. La teoría puede inducirse, pero no está expresada. Distinto es el caso de Tiempo de destrucción, que en principio iba precedida de un prólogo fingidamente escrito por quien iba ser el narrador de la historia entera: un sujeto (amigo de Agustín, el protagonista) que actuaba de testigo y relator. Se esbozaba en tal prólogo una teoría de la biografía y se compendiaba la intención de la tarea: narrar la vida de Agustín en forma reflexiva y autocrítica. Aunque Carlos Mainer no publicó dicho prólogo, adjuntó en su edición de 1975 a la parte del texto revisado por Martín-Santos versiones anteriores de capítulos y fragmentos de incorporación indeterminada, y un fragmento bastante largo («Reflexión del narrador», pp. 219-31) prueba que la primitiva idea del escritor era implicar al lector en el proceso de elaboración de su novela:

«Llegado a este punto, debo reflexionar sobre la marcha de mi narración y no encuentro nada reprensible en el hecho -por lo demás no tan inusitado- de que el lector asista a mis reflexiones y comprenda mejor la dinámica interna de este libro conociéndola en statu nascendi, en el mismo momento en que en mí -humilde narrador- tal dinámica se hace asequible y eficaz».
Ni ese fragmento ni otros párrafos autocríticos del capítulo 4 que manifiestan distanciamiento respecto a la técnica objetivista, subsistieron en la versión revisada, pero en principio el autor había pensado incluirlos, aunque al fin los excluyera. De este fenómeno de inclusión-exclusión parece inferirse que el novelista no tenía confianza en la madurez de sus lectores para aceptar junto a la escritura de la aventura la aventura de la escritura, o bien que no se sentía él mismo capacitado para salir airoso de una empresa acometida ya por Cervantes, Sterne, Diderot, Gide, etc., pero insólita en la España de aquellas fechas.

Juan Benet representa un caso especial que cabe situar entre el escriptivismo germinal de Martín-Santos y el terminal y desencadenado de Juan Goytisolo (admisión de la teoría dentro de la práctica o al par de ésta) y de Luis Goytisolo (integración de la primera en la segunda). Lo característico de Benet es que introduzca en sus novelas algunos (sólo algunos) elementos de teoría novelística por vía de alusión. Así ocurre en Volverás a Región cuando la voz narrativa define circunstancial e incidentalmente la traza monologal del aparente coloquio entre el doctor Sebastián y la hija del militar Gamallo, cuando invoca la imaginaria anulación del orden crónico por un «tiempo caótico», o cuando se refiere al propio modo compositivo de su novela mientras describe la forma de hablar de sus yuxtalocutores:

«En varias ocasiones había intercalado, como los errores y supresiones que se disimulan en un dibujo para dar lugar a un juego de adivinanzas, ciertas insinuaciones y veladuras con las que esperó despertar su interés y estimular su curiosidad».


En Una meditación la voz única del meditador anónimo parafrasea en ciertos momentos la constitución musical, la dimensión enigmática, y el efecto recuperador de la memoria involuntaria; reflexiones parecidas afloran según este método alusivo en novelas posteriores del mismo escritor; un escritor que, no obstante su hondura meditativa y la cultura artística y científica que no oculta, se ha resistido siempre a romper con intrusiones autoriales «el hechizo novelístico, ese supremo don de conseguir con la escritura que se olvide la lectura para convertir al lector en testigo directo de una acción tan vivida que casi anula el carácter de la página como agente mediador» (La moviola de Eurípides, p. 91).

Sería erróneo, sin embargo, considerar a Juan Benet ajeno al progreso hacia la metanovela, pues si es cierto que renuncia a la autocrítica y a las extensas disquisiciones sobre teoría novelística dentro de sus novelas, acentúa la índole escriptiva y fictiva de sus textos mediante otros recursos: la presentación misma de sus libros publicados en «La Gaya Ciencia» (alargados, con cubiertas de pensados colores, ilustraciones chocantes, escolios marginales en Un viaje de invierno, ausencia o escasez de párrafos, forma dialogada en La otra casa de Mazón), el uso de idiomas extraños y de citas crípticas, la ruptura de la organización espacial y temporal de la narración, el exceso de argumentaciones o sentencias, la ampliación o profundización del supuesto plano real en otros planos recónditos de visión, alucinación, sueño o fantasía que dejan en fascinante incertidumbre aquella presunta realidad problematizando el objeto del conocimiento y realzando la índole constructiva de toda forma de conocimiento.

Juan Goytisolo, que había militado en el realismo testimonial, modifica hondamente su interpretación de lo que la novela es o debe ser a partir de Señas de identidad y por influjo evidente de novelas como Tiempo de silencio, La muerte de Artemio Cruz o Rajuela. Es Señas de identidad la primera novela de Juan Goytisolo que se ve en su hacerse y que carga el acento sobre el discurso más que sobre la historia. El protagonista, Álvaro Mendiola, se aparece al lector elaborando su discurso, reconstruyendo sus señas identificativas mediante unos materiales recogidos y escogidos, los cuales integran la recomposición del pasado personal, familiar y nacional desde una perspectiva depuradora que le decidirá a despojarse de su identidad para comenzar a cero. La reflexividad es general en esta novela, pero en lo literario más crítica que teórica. En las reflexiones de sesgo teórico lo más destacable sería la consciencia con que el narrador plantea su pesquisa como un trabajo de ruptura y desposesión (p. 55), el cuidado con que yuxtapone recuerdos lejanos y próximos para contemplarse como actor, testigo, espectador, cómplice y protagonista del drama (110), sus frecuentes miradas a la composición de la obra en que está empeñado: «búsqueda interior» y «testimonio objetivo» (159-60), y la revelación de su tránsito desde la acción política a la labor dedicadamente artística: «Desertaste de la acción para ser un artista», se dice a sí mismo Álvaro Mendiola en ese «autodiálogo» (un «yo» que se habla a sí propio como un «tú») tan característico del signo introspectivo y exploratorio de la novela estructural.

He comentado la reflexividad novelística de Reivindicación del Conde Don Julián, Juan sin Tierra y Makbara en algunos trabajos que no voy a resumir. Baste subrayar ciertos términos que en la teoría novelística de Juan Goytisolo delatan la extracción y el rumbo: «orden verbal autónomo, engañoso delirio: poema», léese en Don Julián (125), a ejemplo de Góngora, cuya gesta desea emular el exiliado solitario. En Juan sin Tierra, la unidad más escriptiva de la llamada «trilogía de la traición», se habla de sacrificar «el referente a la verdad del discurso» (77), del «espacio textual» y las «constelaciones de signos» (152), de que «el tiempo se aniquila en el texto» (168), del «onanismo de la escritura» (225), y aparte estas y otras declaraciones de formalismo, estructuralismo, semiótica y gramatología, se hace un proceso paródico al realismo (263-308) y se esboza una teoría de la novela (311-313): «discurso sin peripecia alguna», «conjunto de agrupaciones textuales movidas por fuerza centrípeta única», «combinatoria de elementos (oposiciones, alternancias, juegos simétricos) sobre el blanco rectangular de la página», rechazo del «contenidismo» y de los «criterios mezquinos de utilidad», definición de la función poética como función «erógena». Y a estos principios, admitidos en Juan sin Tierra a modo de recapitulación teórica de lo prácticamente realizado hasta ahí, parecen ajustarse Makbara y Paisajes después de la batalla.

En Makbara la teoría ocupa casi sólo los últimos fragmentos, referentes a la oralidad del discurso infinito que la novela misma ha querido transparentar («ingrávido edificio sonoro en de(con)strucción perpetua», 219; «lengua que nace, brinca, se extiende, trepa, se ahíla», «lectura en palimpsesto», juego sin fin a partir del vacío). En Paisajes después de la batalla la teoría aparece de manera más diseminada que recapituladora y se hallan clarividentes definiciones del género del texto y de su pauta compositiva: «crónica burlona y sarcástica», «autobiografía deliberadamente grotesca», «minuciosa exposición de las ideas cliché de la época que configura poco a poco el mapa universal de la idiotez» (183-84); relato «desmembrado y hecho trizas», «esparcir la materia narrada al azar de sorpresas e imponderables por toda la rosa de los vientos: textos-vilano a merced del aire» (192).

En 1973 se publica, en fin, Recuento, de Luis Goytisolo, primera pieza de la tetralogía terminada en 1981: «Antagonía». En este ambicioso y trabajado ciclo la teoría de la novela no sólo tiene cabal admisión dentro de la novela misma (como en Juan Goytisolo), sino que invade la novela hasta el punto de que se cumple una verdadera integración: es la teoría lo que integra -lo que hace entera- la tetralogía. Pero nada diré de Recuento porque es precisamente esta obra la que consagra la novela «escriptiva», y sólo me corresponde aquí aquello que la anuncia. Recordaré al menos que, a través de las cuatro, novelas del ciclo, Luis Goytisolo procede desde la enumeración caótica, pasando por el incremento y desenvolvimiento del símil (ensayo de orden o coordinación), hacia la metáfora (cosmos). Logra un cosmos estético (analogía), pues la sustancia ética de la realidad del vivir es sentida de principio a fin como caos (antagonía). La mayor antagonía, la originaria, sería, tanto en Luis como en Juan Goytisolo, aquella que vivieron entre la acción política alentada por una fe en los destinos futuros de la colectividad y la creación estética inspirada por la soledad. De esta antagonía resulta forma extrema la novela autotélica, autorreferencial, autorreflexiva, autónoma, autista: la metanovela.

No son sólo Martín-Santos, Benet, Juan Goytisolo y Luis Goytisolo quienes ejercitan el pensamiento teórico sobre la novela dentro de sus novelas. En el período de predominio de la novela «estructural» acotado convencionalmente entre la fecha de Tiempo de silencio (1962) y la de Recuento (1973), salen a luz novelas que, bien por ejercitar en alguna proporción aquel pensamiento teórico, bien por poner de relieve con ostentación intencionada no sólo la estructura de la conciencia personal y de la totalidad social y la arquitectura nueva de la novela ofrecida, sino también -cada vez más- la escritura y la lectura del texto (la presencia del escritor y de lo escrito, y la presencia de lo legible e intelegible para un lector exterior al texto o inmanente a él) representan a la vez que el alejamiento del testimonio la aproximación al poema (y a otras especies que giran en la órbita del poema).

Entre esas novelas que anticipan formalmente la novela escriptiva, quisiera recordar: Ritmo lento, compuesta en forma de fragmentos de diario íntimo cuyo redactor observa su actividad narrativa y la enjuicia a menudo; Cinco horas con Mario, donde las citas bíblicas que inician los capítulos monodialogales en que se reparte el velatorio de la viuda marcan irónicamente una potencial intertextualidad obstruida a cada paso; Últimas tardes con Teresa, parodia de la novela social y, como tal parodia, burlesca crítica del modelo adoptado para destruirlo o reconstruirlo; La saga/fuga de J. B., parodia de la novela estructural y texto autocrítico por tal causa y por sus frecuentes reflexiones acerca de su propia hechura y su condición fictiva, legendaria, inverosímil o fantástica; El gran momento de Mary Tribune y Ágata ojo de gato, con sus constelaciones de citas literarias; y Oficio de tinieblas, 5, cuyas «mónadas» se producen en una esfera autónoma, al margen de la realidad, en un infierno de conciencia trasmutado en caprichoso ejercicio textual.

Después de 1973, la metanovela (impura siempre, ya que la «antinovela» que ella óptimamente encarna ha de admitir un núcleo de «neonovela», para usar términos muy clarificadores de Carlos Peregrín Otero) continúa y medra en obras como Fragmentos de apocalipsis (1977), precoz parodia de la metanovela misma; en Retahílas (74) y El cuarto de atrás (78), en La isla de los jacintos cortados (80) y Gramática parda (82), y en tantos otros productos rigurosamente actuales, Larva (83) el más llamativo de todos.

La novela «estructural» -podríamos concluir- prepara, trabajando por la determinación de un mundo novelesco representable, el modelo «escriptivo» hoy privilegiado. El novelista de ayer y el de hoy no sólo se aplican a crear un mundo individual-social (meta de cualquier novela): pretenden además revelar a sus destinatarios el esfuerzo puesto en penetrar y dominar la realidad hasta configurarla en un cosmos imaginario que sea, no independiente de ella (esto es imposible), sino digno de absoluta permanencia y émulo de la realidad. Así, conforme a una generalización que la crítica viene repitiendo desde hace muchos años, la realidad aparece como otra ficción y, para el que «escribe, luego vive», para el que «escrivive», la ficción asciende a tal arrogancia que aspira a arrogarse el título de única o suprema realidad.








Gonzalo Sobejano
Novela española contemporánea:

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