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ÁNGEL GANIVET

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TEXTOS ESCOGIDOS:

Cartas finlandesas
Idearium español
Los trabajos del infatigable creador Pío Cid
Granada la bella
Lo eterno femenino (de Granada la bella)
El escultor de su alma (drama)


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Antología del ensayo
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Nacido en una familia de clase media, su padre murió cuando él tenía nueve años. A la edad de diez años, una fractura le lleva a punto de perder una pierna; poniendo en riesgo su vida, se niega a la amputación y, tras años de rehabilitación, consigue no quedarse cojo.
Con retraso por esa convalecencia, inicia sus estudios cursando entre 1880 y 1890 el bachillerato y las carreras de Derecho y Filosofía y Letras, consiguiendo siempre notas de sobresaliente.
En 1888 empieza el doctorado en Madrid; se doctora, con sobresaliente y premio extraordinario, con La importancia de la lengua sánscrita, tras no serle aceptada otra tesis titulada España filosófica contemporánea.
Se presenta a las oposiciones al Cuerpo de Archivos, Bibliotecas y Museos, que gana, y es destinado a la biblioteca del Ministerio de Fomento en Madrid, España.
Se integra poco a poco en el mundo literario madrileño, asistiendo al Ateneo y a diversas tertulias literarias. Inicia una relación de amistad con Miguel de Unamuno en 1891, cuando estudian juntos para las oposiciones a cátedra de griego (que Unamuno conseguiría por Salamanca y Ganivet perdería por Granada).
En 1892 conoce a Amelia Roldán Llanos, de la que se enamora aunque no terminan casándose por razones desconocidas. De su relación, nacen dos hijos: Natalia, que muere al poco de nacer, y Ángel Tristán.
En mayo de ese mismo año, Ganivet gana con el número uno unas oposiciones al cuerpo consular y es nombrado vicecónsul en Amberes, tomando posesión en julio; pasará cuatro años en la ciudad belga. Durante ese tiempo, se desarrolla intelectualmente: lee, aprende idiomas, aprende a tocar el piano y empieza a escribir. Por otro lado, su relación con Amelia se deteriora.
En 1895 es ascendido a  cónsul y destinado a Helsingfors (actual Helsinki). En los algo más de dos años que pasa en Finlandia produce la mayor parte de su obra literaria. Su estancia termina cuando el cuerpo diplomático suprime el consulado por escasa actividad comercial.
Toma posesión del consulado de Riga en 1898. Allí, fruto de una crisis espiritual, sin su mujer, solo, tras las pérdidas de las últimas colonias de España y entristecido por la grave situación de su nación, cae en una profunda depresión que lo llevará a suicidarse tirándose al  Río Dvina de Riga desde un barco (tras haber sido salvado en una primera intentona).

LO ETERNO FEMENINO. EL SITIO ACTUAL DE LA MUJER (Ángel Ganivet, de "Granada la bella")

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Sin título (Julio Romero de Torres)



En España no se debe plantear nada en el terreno de los principios, porque el arte oratorio está muy desarrollado, y no se acaba nunca de hablar. Hay que irse al bulto. Si se plantea la cuestión de los derechos de la mujer, pasaremos un siglo discutiendo



Para terminar esta conversación excesivamente larga que he sostenido con mis lectores, y considerando que hasta aquí todo ha sido retazos y cabos sueltos, y que no estará de más defender alguna tesis substanciosa, voy a sentar una que formularé al modo escolástico en los términos siguientes: «Supuesto que somos pobres y que no podemos adornar nuestra ciudad con monumentos de gran valor artístico, y supuesto que tenemos unas mujeres que son monumentos vivos, cuya construcción nos sale casi de balde, ¿no habría medio de dar suelta a estas mujeres, de desparramarlas por toda la población, para que ellas, con su presencia, nos la engalanaran y embellecieran?»






Caminando hacia el Norte se nota un fenómeno curioso: las ciudades cada vez van siendo más tristes y cada vez van pareciendo más alegres. ¿Cómo se explica que aquí en el extremo Norte, entre nieves y nieblas, con vegetación casi moribunda, la ciudad parezca más animada que ahí en Andalucía, donde la luz entra a raudales, los árboles alegran y los pájaros cantan? Es que aquí hay mujeres, es decir, están en todas partes las mujeres; no ya en el café o el restaurant, o en el comercio de poca importancia, haciendo asomadas y sin atreverse a tomar posesión definitiva de su puesto en la sociedad, sino en todas partes, por derecho propio, como los hombres. A cualquier hora del día o de la noche entran y salen, van y vienen solas o con compañía. En la Universidad hay matriculadas más alumnas que alumnos, y por calles y paseos se ven bandadas de muchachas con sus libros bajo el brazo, que en unión de sus compañeros van a sus clases o vienen de ellas; hay licenciadas y doctoras en todas las profesiones; todo el comercio de mostrador está en poder de las mujeres; están en Correos, Aduanas, Bancos y escritorios; hay barberías femeninas. En suma, el sexo es un accidente que no influye más que en el vestir y en la elección de algunos oficios que por su naturaleza exigen, ya la delicadeza de la mujer, ya la fuerza del hombre. Hasta tal punto llega la despreocupación en esta materia, que existen tipos sociales para nosotros inconcebibles. En España un hombre soltero que quiere establecerse en casa propia, tiene que casarse; aquí puede encontrar fácilmente una mujer joven, entre los quince y veinte años, si así lo desea, de educación esmerada, que le dirija la casa, y viva en ella bajo el mismo pie que una vieja ama de llaves, sin escándalo de la moral ni mucho menos. -Cuando yo llegué a Helsingfors después de un largo viaje, lo primero que se me ocurrió fue tomar un baño. Fuí a un establecimiento, que resultó estar servido por muchachas muy puestas de uniforme. Una de ellas me cogió por su cuenta: me desnudó, me llevó a una pila de mármol, y como si fuera un niño recién nacido, en el estado más natural que puedan concebir mis lectores, me enjabonó, lavó y fregó de pies la cabeza, sin omitir detalle; luego me hizo pasar por una serie de duchas frías y calientes; me frotó y me hizo entrar en reacción, y me ayudó a vestir. No se podía pedir más. ¿Que esto es inmoral y hasta indecoroso? Yo digo que no me lo parece, visto de cerca. Estas jóvenes lavan a un hombre como las de ahí lavan unos calzoncillos, sólo con un poco de más tiento. Es un oficio como otro cualquiera, que por ser propio de mujeres, por exigir más minuciosidad y delicadeza, se ha reservado al sexo femenino. En substancia, que muchas mujeres ganan en él el pan de cada día, y que la gente anda muy aseada. Desde luego me hago cargo de la diferencia de climas; de que aquí nieva durante ocho meses, y se suele disfrutar hasta de 30 grados bajo cero. No he de proponer que se adopte tan interesante sistema. También las amas de llaves o «hushällerskas» demasiado jóvenes, me parecen peligrosas para nuestras costumbres, en las que el respeto a la mujer está aún en mantillas. Aquí la misma libertad, la facilidad de la seducción, impide que haya seductores; y si los hay, la sociedad se ceba en ellos con furia, no los aplaude ni «les ríe la gracia». Donde no hay cerrojos que quebrantar, ni balcones que escalar, ni terceras personas que sobornar, ni vigilancia que burlar, no puede vivir Don Juan Tenorio.
Si he de ser franco, como me gusta serlo, he de confesar que ninguna faena de las que corren a cargo de las mujeres me entusiasman en cuanto a la ejecución, hasta el punto de pedir la supresión absoluta del hombre: poco más o menos, las cosas resultan hechas igual. Lo que a mí me gusta y me interesa es que las mujeres se muestren, bullan por las tiendas y por toda la ciudad, sirvan de contrapeso al hombre y contribuyan a formar la vida íntegramente humana, tan diferente de la vida de cuartel, para hombres solos, que nosotros sin percibirlo arrastramos. Porque no basta que la mujer salga a paseo, y se mueva como quien no va a hacer nada, como quien no tiene el hábito de andar siquiera; la mujer debe también andar por algo e ir a alguna parte, como los hombres. Los andares de una sola mujer son bellos, aunque parezcan de sentido utilitario; en particular los andares de nuestras mujeres, que tienen fama universal. Aparte los términos taurinos, las dos palabras españolas que yo he encontrado sin traducir en diversas lenguas son «pronunciamiento» y «meneo», que no tienen equivalente, y que quizás en el fondo sean una sola. Pero el movimiento de una ciudad en conjunto no es bello, sino a condición de que vaya encaminado en direcciones finales. Por esto un desfile de «paseantes que pasean» es aburridísimo.
Al llegar a este punto, algún estadista serio me interrumpirá exclamando: «¡Pero usted se ha propuesto divertirse a costa de los problemas sociales! ¿Conque un asunto tan grave y transcendental como el de los derechos de la mujer, a su juicio se reduce a que haya movimiento, y a que éste sea más o menos animado? ¿No le ha interesado que los derechos civiles de la mujer sean iguales a los del hombre, hallarla dignificada por el saber y emancipada por un régimen liberal y justo? Estas cuestiones hay que «plantearlas en el terreno de los principios», y no tomarlas a chacota.»
Sin duda parecerá que mi serio interruptor, que por la traza es «hombre de conocimientos generales», está en lo firme. Pero no olvidemos que ese estadista y otros de su calaña, discutiendo todo lo discutible, han mantenido a España lo que va de siglo en período constituyente, y aún no han constituido nada que inspire un saludable y definitivo respeto. En España no se debe plantear nada en el terreno de los principios, porque el arte oratorio está muy desarrollado, y no se acaba nunca de hablar. Hay que irse al bulto. Si se plantea la cuestión de los derechos de la mujer, pasaremos un siglo discutiendo; se meterá la cizaña en la familia, y no se sacará nada en limpio. Y las pobres muchachas, que seducidas por el ruido sonoro de las palabras «emancipación», «dignificación», «igualdad de derechos», se declaren oradoras y propagandistas, no conseguirán más que ponerse en ridículo e incapacitarse para contraer matrimonio.
Con mi sistema no hay discusión posible. Existe un hecho evidente para todo el que tenga ojos en la cara: que la vida de las ciudades es más bella cuando la mujer acompaña al hombre en todos sus quehaceres, que cuando las mujeres están encerradas en casa y los hombres solos en las oficinas o comercios o industrias o en la calle. Falta sólo buscar el medio de que las mujeres se muestren, entren y salgan, vayan y vengan, puesto que no basta hacer las cosas por capricho, sino que hay que hacerlas por alguna razón que justifique este cambio en las costumbres y arranque poco a poco al hombre la llave con que aprisiona a la mujer y a la sociedad la ligereza con que le mancha la reputación, por apariencias engañosas o por hacerle pagar cara su libertad.
En primer término, deben separarse en grupo distinto las mujeres casadas, que no deben disfrutar de las libertades generales sino en cuanto lo consienta la conservación de la familia, de la vieja familia. Esta no debe ser tan mala, cuando todas las mujeres aspiran a formar una; y yo opino que si por ministerio de la ley se asegurara a todas las jóvenes un esposo medianamente trabajador y no excesivamente feo, ninguna hubiera pensado en la emancipación. Donde, como aquí, la mujer tiene, como el hombre, medios públicos y legítimos de vivir independiente, la soltera, cuando llega la hora de casarse, abandona el puesto a otra y se constituye en familia, en iguales condiciones que si hubiera estado encerrada siempre en su casa. Las mujeres que no se han casado todavía y las que no quieren o no pueden ya casarse, son las que necesitan moverse con entera libertad para vivir honestamente de su trabajo. El centro de la vida de la mujer no debe ser la esperanza del matrimonio; no debe pasar su juventud con esa sola idea, y el resto de la vida, si no se casa, en la inacción. El sentimiento cristiano es que tenga su fin en sí misma, y que lo cumpla sola o acompañada. Otras veces el convento era un competidor de los enamorados, y había aquello de quedarse para vestir imágenes; pero hoy creo que no hay ya bastantes imágenes.
Lo difícil es dar el primer paso. En casi todas las naciones latinas se ha comenzado por colocar a las mujeres en lugares equívocos, allí donde la desmoralización es más probable y el descrédito cosa segura. Esto es peor que no hacer nada. La fortaleza inexpugnable de estas mujeres del Norte, es el mostrador: todo comercio, de cualquier artículo de que trate, que exija tienda abierta, está en manos femeninas, y en manos no mucho más hábiles que las de nuestras mujeres. Hay más instrucción, sin duda; pero es más de superficie que de fondo. A primera vista, se creería que una muchacha que por setenta y cinco o cien pesetas al mes dirige la venta de un mostrador y lleva la contabilidad y la correspondencia en varios idiomas, revela dotes poco comunes en las españolas; pero el estudio más penoso, el de las lenguas, es aquí cosa muy al alcance de todo el mundo, por hablarse muchas corrientemente: el sueco, el finlandés y el ruso, tienen carácter oficial; aquí todo es trilingüe, y el alemán y el francés están muy generalizados. Así, pues, separada la cultura que da de sí el medio social, todo se reduce a ciertas nociones técnicas que no exigen grandes desvelos, y a la práctica que da la misma profesión. Sin necesidad de someterse a una instrucción artificial e inútil, inspirándose más en la voluntad que en los libros, nuestras mujeres podrían abrirse ancho campo en el comercio y conseguir su positiva independencia.
Todo esto sonará a prosa en muchos oídos que oyen todavía con agrado las alabanzas del amor caballeresco; pero no se olvide que ese amor ha pasado a la historia, y que ya no hay caballeros andantes y casi podría decirse que ni caballeros parados. El hombre de nuestro tiempo no merece, ni por sus cualidades ni por sus acciones, que la mujer continúe en el encantamiento en que vive, en el cual, a falta de pensamientos altos, se convierte en ridículo muñeco. No se hable de la poesía, del recogimiento y del recato, ni se intente entonar la eterna canción de que nuestra proverbial galantería se opone a que el ídolo se manche en vulgares faenas: en el fondo de esos lugares comunes, lo que se oculta es el desprecio de la mujer, es la desconfianza en su honestidad. Donde la mujer es dueña de su destino, cuando ocurre que es víctima de un engaño, se considera el hecho como un accidente, y se continúa respetándola; mientras que nosotros creeríamos que eso era lo natural, y daríamos una vuelta más a la llave. Prosaico nos parecerá que las jóvenes hagan su aprendizaje en un oficio o en una profesión, y se preparen a vivir por cuenta propia, sin esperarlo todo del hombre; pero hay en ese movimiento una promesa de poesía futura: la de la mujer con voluntad, con experiencia, con iniciativa, con espíritu personal, suyo, formado por su legítimo esfuerzo.

Helsingfors; 14 a 27 de Febrero de 1896.


Ángel Ganivet
de Granada la bella, 1896
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GRANDA LA BELLA (Ángel Ganivet)

Foto: Archivo Barricada


I

Puntos de vista

Voy a hablar de Granada, o mejor dicho, voy a escribir sobre Granada unos cuantos artículos para exponer ideas viejas con espíritu nuevo, y acaso ideas nuevas con viejo espíritu; pero desde el comienzo dése por sentado que mi intención no es cantar bellezas reales, sino bellezas ideales, imaginarias. Mi Granada no es la de hoy: es la que pudiera y debiera ser, la que ignoro si algún día será. Que por grandes que sean nuestras esperanzas, nuestra fe en la fuerza inconsciente de las cosas, por tan torcidos caminos marchamos las personas, que cuanto atañe al porvenir se presta ahora menos que nunca a los arranques proféticos.
Esas ideas que, sin orden preconcebido, y pudiera decir con desorden sistemático, irán saliendo como buenamente puedan, tienen el mérito, que sospecho es el único, de no pertenecer a ninguna de las ciencias o artes conocidas hasta el día y clasificadas con mejor o peor acierto por los sabios de oficio; son, como si dijéramos, ideas sueltas, que están esperando su genio correspondiente que las ate o las líe con los lazos de la Lógica; las bautice con un nombre raro, extraído de algún lexicón latino o griego, y las lance a la publicidad con toques previos de bombo y platillo, según es de ritual en estos tiempos fatigados en que la gente no sabe ya lo que las cosas son mientras los interesados no se toman la molestia de colocarles un gran rótulo que lo declare. Para entendernos, diré sólo que este arte nonnato puede ser definido provisionalmente como un arte que se propone el embellecimiento de las ciudades por medio de la vida bella, culta y noble de los seres que las habitan.
Los artistas de aguja y tijera saben perfectamente que la elegancia no está en el traje, sino en la persona que lo lleva; y el principal talento de una modista o de un sastre, más que en afinar el corte, está en recargar las cuentas, para desembarazarse de la gente de medio pelo. Así también una ciudad material -los edificios- es tanto más hermosa cuanto mayor es la nobleza y distinción de la ciudad viviente -los habitantes-. Para embellecer una ciudad no basta crear una comisión, estudiar reformas y formar presupuestos; hay que afinar al público, hay que tener criterio estético, hay que gastar ideas.
Si un campesino os pregunta qué medios debe emplear para llevar guantes sin que la gente se ría de él, le contestaréis: «Amigo, la Naturaleza, en su alta sabiduría, valiéndose del aire libre de los campos, le ha endurecido a usted de tal manera el cutis, que el uso de guantes viene a ser, como quien dice, albarda sobre albarda. Pero si el empeño es irrevocable, no le queda a usted otro camino que venirse a vivir a la ciudad, andar entre cristales, romperse las esquinas y redondearse los ángulos con el trato social, y esperar tranquilo que algún día los guantes le vayan como una seda. En una palabra: sea usted caballero antes de usar ese y otros atributos anejos a la moderna, pacífica y vulgar caballería.»
Resulta, pues, de lo dicho que mi plan de campaña es baratísimo; mis reformas estarán muy en armonía con el estado de nuestra Hacienda. Nada de enarbolar instrumentos destructores para echar abajo lo que no sabemos cuándo ni cómo ha de ser reconstruido; ni tampoco proponer nuevas construcciones, sabiendo, como sabemos todos, que no hay dinero, y lo que es peor, que no hay buen gusto. Quedémonos en la dulce interinidad en que vivimos, y aprovechemos este reposo para ver claro, para orientarnos, para tantear nuestras fuerzas, para disponernos a esta obra espiritual, regeneradora y precursora.
Porque una ciudad está en constante evolución, e insensiblemente va tomando el carácter de las generaciones que pasan. Sin contar las reformas artificiales y violentas, hay una reforma natural, lenta, invisible, que resulta de hechos que nadie inventa y que muy pocos perciben. Y ahí es donde la acción oculta de la sociedad entera determina las transformaciones transcendentales. Tal pueblo sin historia, sin personalidad, se cambia en ciudad artística y se erige en metrópoli intelectual; tal otro, de brillante abolengo, cargado de viejos pergaminos, degenera en poblachón vulgar y adocenado; y en aquello como en esto no interviene nadie, porque intervienen todos. ¿Cómo? Resolviendo asuntos de detalle, de esos que se resuelven todos los días en cualquiera ciudad, en reunión de familia, en el café, en los centros administrativos.
Un hecho tan corriente como el cambio de trazado de una calle o la apertura de una nueva vía, pone en movimiento la atención de todo el mundo.
-Hay que «dar trabajo a los obreros»- dicen algunos que, con fervor filantrópico, serían capaces de echar abajo la Catedral para repartir algunos jornales, sin parar mientes en el estado deplorable de las alcantarillas. -Lo primordial es la salud- dicen los devotos de la higiene. -La estadística demográfica comparada -añaden con tono entre doctoral y compungido- pone los pelos de punta. Hay que adoptar «grandes medidas de saneamiento», comenzando por el «pavoroso problema de las aguas potables». -Señores, lo esencial es comer -replican los representantes de la industria-, y aquí lo que falta es actividad, medios fáciles de comunicación, abrir grandes arterias para el tráfico interior de la ciudad, «mover los capitales», pensar, en fin, que somos una ciudad moderna y que debemos abrirnos de par en par a todos los «adelantos del progreso». -Pero hay que tener en cuenta los «intereses creados» -agregan los comerciantes-. Si la nueva calle cambia el rumbo de la circulación y nos perjudica; si con el nuevo trazado desaparece mi establecimiento, en el que desde hace un siglo o medio de padres a hijos vamos buscándonos la vida, ¿dónde está la justa indemnización de estos daños? -¿Y los «intereses del arte», dónde los dejamos? -observa algún artista con timidez, como conociendo la flaqueza de su causa-. ¿Porque tal o cual calle tenga una vara más de anchura o porque sea recta y no angulosa -cuestiones de detalle, -vamos a sacrificar aquella antigua y venerable iglesia, este rincón pintoresco, estotro monumento arqueológico? -¡Y las cuestiones técnicas! -exclaman los principales actores del sacrificio callejero-. ¿En una «cuestión del orden arquitectónico», a quién sino a los arquitectos toca decidir con arreglo a los principios de la ciencia (y pudieran añadir, sin hacer caso de la tradición artística local)?
Y así, en esa jerga tan lindamente puesta en solfa por nuestro gran Pérez Galdós en muchos de sus tipos, empezando por el ilustre Torquemada, el mejor modelado de todos, continúa la discusión, en la que cada cual echa su cuarto a espadas, y que se termina casi siempre por el providencial «no hay dinero», la tabla de salvación de nuestra patria en el siglo actual. Porque tengo para mí -y lo declaro en secreto- que en medio de esta oleada de vulgaridades que ha pasado y aun pasa sobre nosotros, si hubiéramos tenido dinero abundante para dar forma duradera a nuestras concepciones (para realizar nuestra esencia, que se dijo años atrás), hubiéramos dejado a nuestros descendientes motivos sobrados para que nos despreciaran.
Pero a veces ¡oh dolor! hay dinero. Y entonces, sin preocuparse por conciliar los diversos puntos de vista suscitados por las ideas de reforma; sin examinar lo que debe hacerse, atendiendo a la conveniencia de la comunidad, formada no sólo por los que viven, sino también por los que murieron y por los que nacerán, el capital, guiado por un impulso momentáneo, se lanza a ciega, a salga lo que saliere. Porque las ciudades, donde falta el contrapeso de las ideas, son como los desiertos: un día en silencio mortal, y otro agitados por los más violentos huracanes. En España han arrancado muchos árboles y muchas ideas, y así estamos de continuo amenazados por las inundaciones: inundaciones de agua, que arrasan nuestros campos, e inundaciones de... ¿cómo diré para ser suave?... de cosas nuevas que arrasan los sentimientos españoles, de quien aún los conserva.
Muchas veces, al volver a Granada después de largas ausencias, he notado en mí, al ponerme en contacto con el aire natal, cierta alegría espontánea, corpórea, que me ha hecho pensar que no era yo quien me alegraba, sino mis átomos al reconocerse; ellos, con una sensibilidad propia, aún no vista de los «hombres del microscopio», en medio de sus antiguos amigos, de sus parientes más o menos cercanos. ¿Quién sabe si el amor patrio no será en el porvenir una fórmula química representada por la suma de los diversos grupos atómicos locales, que forman la personalidad en cada momento, y si no se llegará definitivamente a la fraternidad humana por medio de la insuflación de aires extranjeros? Por lo pronto yo me figuro que cuando viajo llevo conmigo mucho de mi ciudad natal, y algo de todas las que he ido conociendo, y que de ese al parecer monstruoso conjunto, brotan sentimientos de armonía hasta cierto punto involuntarios. Hay quien recorre media Europa, y vuelve a España decidido a «implantar» un tranvía de nuevo sistema, un nuevo aparato para regar las calles o alguna curiosidad burocrática con que perfeccionar nuestra complicada administración. A mí no me ocurre «eso».
Admiro muchas cosas, y las respeto todas en lo que tienen de respetable; pero jamás me da la idea de cambiarlas de sitio. Dos cosas diferentes o contrarias pueden ser buenas y bellas en diferentes lugares: mudémoslas de lugar, y acaso pierdan su mérito. Lo que sí se debe hacer es compararlas mentalmente y ver cómo la una puede ser completada por algo de la otra; de suerte que subsistiendo ambas para mayor variedad, agrado, distracción y goce de nuestros sentidos, se embellezcan con todas aquellas perfecciones que concuerdan con su modo de ser natural, y que por esto no se vea ni pueda decirse que son imitadas.
Con este modo de ver las cosas, voy a pasar revista a las encontradas aspiraciones que luchan en el grave problema de la transformación de las ciudades, refiriéndome en particular a Granada. El problema es heroico, y como yo no soy un héroe, claro está que no me prometo dar la solución. Me limitaré, si se me permite la llaneza del concepto, a pasarle la mano por encima.


Ángel Ganivet
Granada la bella, 1896 



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IDEAS QUE LOS FINLANDESES, O POR MEJOR DECIR, LAS FINLANDESAS, TIENEN ACERCA DE ESPAÑA (de "Cartas finlandesas", Ángel Ganivet)



No deja de ser curioso saber lo que de nosotros se piensa en las demás naciones, y como corresponsal concienzudo no podía yo pasar por alto este tema interesante; pero conste que mi propósito, si es que a un corresponsal le está permitido tener propósitos, no es dar gusto al curioso lector, sino completar el cuadro de la psicología finlandesa, porque diciendo lo que estas gentes de por acá piensan sobre nosotros, se descubre más aún lo que ellos piensan y son. Preguntemos a la generalidad de los españoles qué idea tienen sobre Finlandia y los finlandeses, y notaremos que no tienen ninguna idea, y al notarlo descubriremos un rasgo de nuestra idiosincrasia: el desdén con que miramos todo lo que ocurre fuera de España, y casi todo lo que ocurre dentro también. Vivimos en estado de«distracción permanente». En cambio, aquí se nos conoce, aunque por desgracia sea por el lado peor, y he encontrado ya varias señoritas que me han dicho de memoria las cuarenta y nueve provincias de España.

En el asunto sobre que versa esta carta mi información no es ni con mucho completa. Son contadas las ideas de procedencia masculina, porque yo confío mis amistades al azar, no las busco nunca, y el azar ha querido que en Finlandia mis amigos no sean amigos, sino amigas, en lo cual creo haber salido ganancioso, puesto que la mujer es aquí superior al hombre, y aquí y en todas partes es utilísima como medio de información. Y lo más notable del caso es que en este país se puede tener amistad sin mezcla de otro sentimiento más peligroso, y que yo me he adaptado tan hábilmente, perdóneseme la inmodestia, que podría dar lecciones de calma y flema a los mismos finlandeses. Una señorita estudiante se ofrece a enseñarme el sueco; otra, que es pintora, me propuso«horas» de sueco a cambio de francés; otra, empleada de Banco, alemán por francés, y así por el estilo. Yo, que soy tan amante de la ciencia como el que más, acepté todas las proposiciones, aunque comprendía que estas señoritas me tomaban también como sujeto de observación psicológica; y no sólo he enseñado a varias a hablar en francés, sino que he dado a conocer algo de nuestra literatura, en particular de nuestros novelistas, empezando por Alarcón, cuyo Sombrero de tres picos-Der Dreispitz- está traducido al alemán, y Valera, cuya Pepita Jiménez lo está al sueco. Yo, en cambio, tengo un retrato al óleo, muy parecido en opinión de cuantos lo ven; hablo en sueco con relativa facilidad, y he adquirido algunas noticias no del todo inútiles.

En España esto no sería posible, y menos en la forma en que aquí ocurre. Por ejemplo, esta tarde me encontré a una de las que aprenden francés: una joven guapa, pintora de afición y empleada de Banco, y me preguntó si saldría por la noche. -No salgo; puede usted venir, si gusta, a las seis-. Y en efecto, a las seis vino con sus labores, pues aquí las mujeres trabajan cuando van de visita que no sea de cumplido, y estuvo dos o tres horas bordando y haciéndome una porción de preguntas en francés sobre las principales óperas italianas. No estará de más decir, para que no se sonrían los maliciosos, que esta joven tiene su novio formal para casarse en breve, y que al novio no le importa que venga a tomar lecciones, porque tiene confianza en que su prometida no va a decir una cosa por otra. El finlandés cree en la veracidad de la finlandesa, y la finlandesa considera injurioso que se dude de su proceder.

En este comercio inocente y casi científico, he recogido algunas impresiones sobre la opinión en que se nos tiene. La idea más general sobre el español es la de que es un hombre orgulloso; acaso la palabra española más conocida y usada sea «grandeza», para indicar la elevación un tanto ampulosa. Después de los franceses, que son más y mejor conocidos, venimos los italianos y españoles como tipos análogos, bien que los italianos sean más dados al arte y nosotros a la guerra. Cuando se habla de viajes, se da siempre la preferencia a Italia, y he oído decir a algunas señoras que a España es peligroso ir, sobre todo señoras solas, porque es «un país sin ley». Aunque no lo digan por lo claro, nos tienen por muy valientes; pero al mismo tiempo por muy duros de corazón y semibárbaros o semiprimitivos. A las primeras palabras, en una conversación, sale a relucir nuestro catolicismo como signo de atraso intelectual y las corridas de toros como signo de barbarie. Creo que en materia tauromáquica se podría llegar a una avenencia, pues mis argumentos en pro de las corridas han hecho alguna mella en mis discípulas y amigas, las cuales creían, como tantos otros detractores de la fiesta española, que ésta no era artística, sino una especie de espectáculo de matadero; pero en la cuestión religiosa todo cuanto se hable es inútil, porque las ideas contrarias al catolicismo son inculcadas desde la primera enseñanza. Yo he repasado por curiosidad los libros de texto de una de mis discípulas, y en el de Historia he visto que la parte dedicada a España era exactísima hasta llegar a la Reforma; desde este punto se nos mira ya con ojos más que turbios: Felipe II es considerado seriamente como un «asesino».

Existe una rara mezcla de ideas exactas y erróneas sobre nosotros, según que unas u otras provienen de los libros formales o de las fábulas que en Europa, y particularmente en Francia, forjan a nuestras expensas los escritores del género pintoresco. Una señorita me preguntó de qué región de España era. -Soy de Andalucía -le contesté. -¿De la alta o de la baja? -me volvió a preguntar. Y al saber que era de Granada, me dio cuantas noticias tenía sobre nuestra ciudad para comprobar si eran exactas. Todo esto sacando un promontorio de libros y mapas, que mi interlocutora manejaba con extraordinaria desenvoltura. Porque uno de los libros decía que los catalanes son industriosos, los castellanos arrogantes y los andaluces vivos, familiares y muy dados a la broma, me he visto y me he deseado para inspirar confianza; y hoy mismo, a pesar de repetidos ejemplos de cordura y seriedad, «mi procedencia andaluza» me perjudica notablemente. Sin necesidad de ser andaluz, sólo con ser español, le miran a uno con prevención en las relaciones familiares, a causa del malísimo concepto en que, como sujetos sentimentales, se nos tiene. Nos consideran capaces de pasión, pero no de verdadero amor, es decir, de un sentimiento apacible y durable que se traduzca en «soluciones prácticas»: de aquí, piensan, la facilidad con que, creyendo decir verdad, mentimos al hablar de nuestros sentimientos, y la poca conciencia con que nos burlamos de las mujeres que no saben resistir.

Les parecerá a algunos que estas opiniones no tienen gran trascendencia, que son conceptos superficiales de esos que sirven de tema socorrido en cualquier conversación; sin embargo, esos rasgos que se atribuyen a nuestro carácter: la dureza, la tiranía con la mujer, el desprecio de las leyes y otros de este tenor, son el estribillo siempre que se habla de España sobre asuntos más serios. Con motivo de las guerras que ahora tenemos pendientes, la prensa de aquí escribe enormidades contra España: no hay absurdo de los que se fabrican a destajo por los enemigos de nuestra nación que no tenga segura acogida; se nos cree capaces de todo género de horrores. Sin duda, nuestro papel histórico nos enajena las simpatías de un país como este, adepto de la religión luterana; pero no se llegaría hasta la animadversión si no fuera porque la idea absurda que corre como válida acerca de nuestro carácter sirve de plataforma para fundar fábulas odiosas que exciten la compasión en muchas almas sensibles e incautas.

Con ser tan poco favorable la opinión respecto del español, merece aplauso si se la compara con la que se tiene sobre la española. Algunas señoras creen de buena fe que el mayor mal que puede ocurrir a una mujer es nacer en nuestro país: la consideran como una esclava, casi como una mujer de harén. Reconocen que es bella, y acaso de este reconocimiento arranque la severidad con que la juzgan; pero piensan que esa belleza habla sólo a los sentidos, que no es la belleza de un ser inteligente. Con decir que aquí se habla con desprecio de la mujer alemana, por creerla excesivamente casera, se comprenderá lo malparada que ha de salir la española, sobre la que se cuentan los más desaforados desatinos. -¿Es cierto que las andaluzas son tan bellas como se dice? (A esta pregunta he contestado yo siempre entonando un himno o poco menos en loor de mis paisanas.) -Pero ¿es verdad también -agregan- que son tan ignorantes que no saben siquiera escribir con ortografía? -Eso ocurría antes -respondo yo-; pero ahora se ha progresado mucho en esa materia. Las españolas tienen gran talento natural y aprenden todo lo que quieren. El detalle ese que aquí choca de las faltas de ortografía, no tiene importancia en nuestro país, porque nosotros sabemos que procede del exceso de pasión, que turba a las mujeres hasta el punto de hacerles cambiar unas letras por otras. La española posee la ortografía del lenguaje espiritual, mucho más necesaria que la de la escritura. Yo, por mi parte, opino que la ortografía, como otras muchas cosas, debiera constituir un oficio, el de ortografista o corrector, y que la generalidad de las gentes debía prescindir de ese y otros estudios, que ocupan en el cerebro un espacio que hace gran falta para albergar ideas de más trascendencia. Aquí he encontrado ya varias personas que hablan y escriben correctamente media docena de lenguas y que no saben decir nada en ninguna: de ellas se puede decir lo de aquel que poseía una gran colección de instrumentos musicales, pero que no sabía tocarlos.

Pero el punto en que se insiste con verdadera saña es el de la libertad. Estas mujeres tienen la manía de la libertad: pueden hacer lo que quieren, y, sin embargo, acusan al hombre de déspota; y como creen que las españolas viven encarceladas y contentas, las juzgan como seres infelices, sin conciencia de su dignidad personal. Una de mis contertulias pretendía convencerme de que los hombres meridionales tenemos odio instintivo contra las mujeres del Norte, porque tememos que «nuestras esclavas» se nos subleven, siguiendo el ejemplo de las que ya consiguieron sacudir el yugo. -Están ustedes en un gran error si tal piensan -he dicho yo con gran seriedad-: lo que ustedes inspiran es lástima, y las españolas que las imitan lo hacen a disgusto, sólo porque el matrimonio es cada día más difícil y se ven forzadas a vivir solas; pero no porque tomen en serio las ideas de emancipación, pues su buen juicio les permite ver que salen perdiendo mucho en el cambio. Usted es aficionada a la filosofía y quizá haya leído algunas de las geniales paradojas de un filósofo alemán, hoy en boga, Federico Nietzsche: creo que es en su Menschliches, allzumenschliches(Humano, demasiado humano), donde expone su opinión sobre la superioridad intelectual de la mujer respecto del hombre, y la razón principal en que la funda es de sentido común. Prescindiendo de palabras vanas, de hecho resulta que la mujer ha dejado en manos del hombre todos los atributos de la autoridad, y con ellos todas las responsabilidades y malos ratos que proporcionan. A más, la obligación moral de sostener a la familia. A cambio de algunas satisfacciones irrisorias, el hombre se ha resignado a ser el verdadero esclavo: la mujer ha conseguido vivir a costa del hombre, manejarlo a su antojo en todos aquellos asuntos en que le va algún interés, y, por añadidura, representar el papel simpático, el de «víctima». No existe en la creación un ser que supere a la mujer en inteligencia verdadera, es decir, en inteligencia práctica: sólo se le aproxima el gato, que en opinión de un escritor español, Selgas, es el más listo de todos los animales, no sólo por haber resuelto el problema de vivir sin trabajar, sino por haberlo resuelto con achaque de cazar los ratones, diversión o deporte que para él tiene grandes atractivos.

Vistas, pues, las cosas con calma, se pone en evidencia que la mujer española, refractaria a la emancipación a causa de su «atraso intelectual», es mucho más sabia que las que neciamente se declaran autónomas y cargan con el pesado fardo de obligaciones que los hombres hemos llevado solos hasta ahora. A eso le llaman los franceses laisser la proie pour l'ombre, que podríamos traducir así: «perder la tajada por roer el hueso». Una mujer excepcional puede encontrar en la ciencia o en el arte satisfacciones acaso superiores a las de la vida en familia; pero las mujeres vulgares, que han de contentarse con desempeñar una función rutinaria y poco agradable, no deben de aceptar este medio de vida, sólo porque les deja más libertad, como superior al matrimonio. Las que tal hacen, cuando llegan a la vejez y forman el inventario de los goces que les ha proporcionado la libertad, sentirán envidia de la mujer del pueblo, que, guiada sólo por el instinto, ha sabido enamorarse de cualquier ganapán, crear una numerosa prole, y mal que bien salir adelante con ella, experimentar las alegrías y las penas que la vida va dando de sí; en suma, vivir una vida natural e íntegramente humana.

Ángel Ganivet
Cartas finlandesas, 1896




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IDEARIUM ESPAÑOL (Ángel Ganivet)


MUCHAS veces, reflexionando sobre el apasionamiento con que en España ha sido defendido, y proclamado el dogma de la Concepción Inmaculada, se me ha ocurrido pensar que en el fondo de ese dogma debía de haber algún misterio que por ocultos caminos se enlazara con el misterio de nuestra alma nacional; que acaso ese dogma era el símbolo ¡símbolo admirable! de nuestra propia vida, en la que, tras larga y penosa labor de maternidad, venimos á hallarnos á la vejez con el espíritu virgen; como una mujer que, atraída por irresistible vocación á la vida monástica y ascética y casada contra su voluntad y convertida en madre por deber,  llegara al cabo de sus días á descubrir que su espíritu era ajeno á su obra, que entre los hijos de la carne el alma continuaba sola, abierta como una rosa mística á los ideales de la virginidad.

CUANDO se examina la constitución ideal de España, el elemento moral y en cierto modo religioso más profundo que en ella se descubre, como sirviéndole de cimiento, es el estoicismo; no el estoicismo brutal y heroico de Catón, ni el estoicismo sereno y majestuoso de Marco Aurelio, ni el estoicismo rígido y extremado de Epicteto, sino el estoicismo natural y humano de Séneca. Séneca no es un español, hijo de España por azar: es español por esencia; y no andaluz, porque cuando nació aún no habían venido á España los vándalos; que á nacer más tarde, en la Edad Media quizás, no naciera en Andalucía, sino en Castilla. Toda la doctrina de Séneca se condensa en esta enseñanza: No te dejes vencer por nada extraño á tu espíritu; piensa, en medio de los accidentes de la vida, que tienes dentro de tí una fuerza madre, algo fuerte é indestructible, como un eje diamantino, alrededor del cual giran los hechos mezquinos que forman la trama del diario vivir; y sean cuales fueren los sucesos que sobre tí caigan, sean de los que llamamos prósperos, ó de los que llamamos adversos, ó de los que parecen envilecernos con su contacto, mantente de tal modo firme y erguido, que al menos se pueda decir siempre de tí que eres un hombre.

Esto es español; y es tan español, que Séneca no tuvo que inventarlo, porque lo encontró inventado ya: sólo tuvo que recogerlo y darle forma perenne, obrando como obran los verdaderos hombres de genio. El espíritu español, tosco, informe, al desnudo, no cubre su desnudez primitiva con artificiosa vestimenta: se cubre con la hoja de parra del senequismo; y este traje sumario queda adherido para siempre y se muestra en cuanto se ahonda un poco en la superficie ó corteza ideal de nuestra nación.



Ángel Ganivet
Idearium español, 1896



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Ver también
Estoicismo y trascendentalismo
de Ramiro de Maeztu
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LOS SALVAJES Y LA GIMNASIA ESPIRITUAL (Ángel Ganivet)



-Pero ¿cómo sabe usted -preguntaba Consuelo- lo que les ocurre a los salvajes?


-Son muchos los exploradores -respondía Pío Cid eludiendo la pregunta- que han estudiado las costumbres de los salvajes, y aunque algunos no se han metido en estas honduras, y otros han creído quizás que cuando los salvajes se quedan absortos y como embebecidos están contemplando, ni más ni menos que nosotros, no falta quien haya llevado más lejos las indagaciones y haya descubierto que la absorción del salvaje es pasiva, una especie de aturdimiento, que nada tiene que ver con la contemplación de lo espiritual, que brota de las entrañas de los seres. Lo que nosotros percibimos por la contemplación es para el salvaje tan confuso como lo es para nosotros la armonía universal, que sospechamos que nos envuelve cual melodía inefable, engendrada por el movimiento concertado de los átomos, pero que no podemos gozar porque nuestros sentidos son demasiado groseros para percibir tan sutiles sublimidades. Un hombre en quien la actividad excesiva ha destruido el hábito de la contemplación, es un salvaje aunque vaya vestido a la última moda.


-Eso es decirme indirectamente -interrumpía Consuelo riendo- que yo soy también una salvajesa, o como se diga.




-No era esa mi intención -bromeaba Pío Cid-; y, además, usted monta a caballo, y si no galopa con exceso ni trota en demasía, y se contenta con ir al paso o a un trotecillo moderado, casi es lo mismo que si paseara a pie. Pero, de todos modos, bueno es que la gimnasia no sea exclusivamente física; pues por mucho que interese el vigor del cuerpo, más debe interesar el del espíritu, y no comprendo cómo son tan pocos los que practican la gimnasia espiritual.


-¿Cree usted que yo no leo ni estudio? –replicaba Consuelo.


 -Leer o estudiar no es todo -decía Pío Cid-. Los ejercicios espirituales son materia complicada, y quizás no haya arte tan difícil y hondo como el de dar vuelo al espíritu, manteniéndole ligado a la naturaleza, de la que no debe separarse, so pena de morir como el pez fuera del agua o como el árbol arrancado de la tierra. Y lo hondo y difícil de ese arte se comprende considerando que su fundamento es el amor. El maestro de ese arte ha de amar a sus discípulos, y si no los ama, no les enseñará ni el abecé. La lectura es un ejercicio bueno cuando se lee lo que nos conviene, y malo cuando se leen libros que, aun siendo admirables, no producen en nuestra inteligencia una impresión benéfica. ¿Qué es lo que le gusta a usted leer?


-Poesías -contestaba Consuelo-; novelas también; pero son muy pocas las que me agradan.


-Su poeta favorito será Campoamor -decía Pío Cid- como si estuviese seguro.


-¿Cómo lo sabe usted? -preguntaba Consuelo.


-Porque usted es humorista por naturaleza -contestaba Pío Cid-. El humorismo nace de una contradicción espiritual que usted posee y que le sale a la cara. Usted tiene la risa en su nariz, graciosa y rebelde, y el llanto en lo hondo de sus ojos,tristes…


 -Vaya, que tiene usted unas ideas… -murmuraba Consuelo bajando los ojos.




Ángel Ganivet
Los trabajos
del infatigable creador Pío Cid,
1898



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