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LA NOCHE TRISTE (Fernando Alva Ixtlilxóchitl)

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CAPT. LXXXVIII.- Que trata de la muerte desastrada que el capitán Pedro de Alvarado y los suyos dieron a los señores y nobleza mexicana, por cuya causa se rebelaron los mexicanos, y pusieron en aprieto a los nuestros hasta hacerlos salir huyendo de la ciudad de México, y de la muerte del gran Motecuhzoma, de la de Cacama y otros señores

Estando Cortés en el puerto de la Veracruz a lo de Narváez, ofreciése la fiesta tan celebrada de los mexicanos llamada tóxcatl, que caía siempre por pascua de resurrección; y como Cortés les había vedado el sacrificio de los hombres, tan solamente se hizo un solemne mitote y danza en el patio del templo mayor, en donde se juntaron todos los de la nobleza mexicana, cargados y adornados con todas las joyas de oro, pedrería y otras riquezas que tenían; y estando en lo mejor de su fiesta y muy descuidados de la celada que se les aparejaba y fue que ciertos tlaxcaltecas (según las historias de la ciudad de Tetzcuco, que son las que yo sigo, y la carta que otras veces he referido), por envidia, lo uno acordándose que en semejante fiesta los mexicanos solían sacrificar gran suma de cautivos de los de la nación tlaxcalteca, y lo otro que era la mejor ocasión que ellos podían tener para poder henchir las manos de despojos y hartar su codicia y vengarse de sus enemigos (porque hasta entonces no habían tenido lugar, ni Cortés se los diera, ni admitiera sus dichos, porque siempre hacía las cosas con mucho acuerdo, y de tal modo que en ellas no se hallase perdidoso, sino antes con aumento y prósperos sucesos), fueron con esta invención al capitán Pedro de Alvarado, que estaba en lugar de Cortés, el cual no fue menester mucho para darles crédito, porque tan buenos filos y pensamientos tenía como ellos, y más viendo que allí en aquella fiesta habían acudido todos los señores y cabezas del imperio, y que muertos no tenían mucho trabajo en sojuzgarles; y así dejando algunos de sus compañeros en guarda de Motecuhzoma y de su sobrino Cacama, con el mayor secreto y disimulación que pudo se fue hacia la plaza o patio del templo mayor, y cogiendo las puertas de él con algunos de sus compañeros y los tlaxcaltecas, entró con todos los demás con gran ímpetu, haciendo gran matanza y carnicería en los desdichados mexicanos, que como se hallaban seguros de semejante caso, estaban desapercibidos y sin armas; y así en breve espacio mataron todos los más que allí hallaron, y cargaron ellos y los tlaxcaltecas de muy grandes despojos y riquezas; y al ruido y voz acudieron todos los de la ciudad a favorecer a sus señores, de tal manera, que llevaron a Alvarado y los demás sus compañeros y amigos hasta su posada, en donde estaban Motecuhzoma y Cacama, y si no fuera por estos reyes que les mandaron que cesara el combate, los mataran a todos y echaran por el suelo la casa, viendo la traición tan grande que contra sus señores se había hecho, y también porque la noche los despartió luego; aunque no por esto dejaron de darles lo necesario para su sustento, Viendo que sus reyes gustaban de ello, y se los mandaban. Cortés volviendo victorioso y muy bien acompañado, porque traía consigo mil hombres de guerra y cien caballos, supo en el camino cómo los de México se habían alzado contra los que allí dejó, y que si no fuera por Motecuhzoma los hubieran muerto, con cuyas nuevas vino a grandes jornadas hasta llegar a la ciudad de Tetzcuco, en donde se reformó, descansó, fue regalado y avisado de todo lo que había de su íntimo amigo Ixtlilxóchitl, dándose cuenta de todo, y de cómo aun en la misma ciudad de Tetzcuco había algunos apasionados de los deudos y amigos de los que mataron Pedro de Alvarado y sus compañeros en México; y habiendo tanteado el modo cómo había de entrar, se partió de Tetzcuco, y llegó a México día de San Juan en 24 de junio del año de 1520, y halló la ciudad sosegada, aunque los moradores de ella no le salieron a recibir ni le hicieron fiesta. Motecuhzoma se holgó de su llegada y mucho más sus compañeros, viéndole volver con tan buen acompañamiento y tan prospero suceso, y cada uno de ellos le contó los trabajos que había pasado. Otro día después de llegado reprendió Cortés a uno de los principales de la ciudad, porque ni se hacía el mercado como solían, que era a su cargo; y como fue con aspereza, se agravió de tal manera, que vino a revolver a casi toda la ciudad, porque ya estaban los moradores de ella tan hartos de las demasías y crueldades que contra ellos se habían usado, que fue menester poco para acabarse de alzar; y así desde entonces se comenzó entre ellos una crudelísima guerra, y en la primera pelea mataron los mexicanos cuatro españoles; y otro día adelante hirieron muchos, y cada día les daban cruel batería, de modo que no los dejaban sosegar un momento; al septeno fue tan recio el combate que dieron a la casa del aposento de los españoles, que no tuvo Cortés otro remedio, sino hacer al rey Motecuhzoma que se subiese a una torre alta y les mandase que dejasen las armas, y él lo hizo de buena gana, rogando a sus vasallos muy ahincadamente que dejasen la guerra: estaban encolerizados y tan corridos y afrentados de ver la cobardía de su rey y cuán sujeto estaba a los españoles, que no le quisieron oír, antes le respondieron palabras muy descompuestas, afrentándole su cobardía y le tiraron muchos flechazos y pedradas; y le acertaron con una en la cabeza, que dentro de cuatro días murió de la herida. Así acabó desastradamente aqueste poderosísimo rey; que antes ni después hubo en este mundo, quien le igualase en majestad y profanidad, tanto que casi quiso hacerse adorar, y se vio en la mayor prosperidad, grandeza y riqueza que hubo en el mundo. Era hombre de mediana estatura, flaco, muy moreno y de pocas barbas, más cauteloso y ardidoso que valeroso. En las armas y modo de su gobierno fue justiciero; en las cosas tocantes a ser estimado y temido en su dignidad y majestad real, de condición muy severo, aunque cuerdo y gracioso. Con la muerte de este poderosísimo rey, fue grandísimo el daño que a Cortés y a los suyos se les siguió, porque se movieron los mexicanos, y muerto Motecuhzoma apretaron mucho a los españoles; y no sintieron mucho su muerte, porque ya estaban indignados contra él por el favor grande que hacía a los españoles, y por la pusilanimidad con que se dejó prender y tratar de ellos. Hicieron luego jurar al rey Cacama su sobrino, aunque estaba preso, con intento de libertarle, por ser persona en quien concurrían las partes y requisitos para su defensa, honra y reputación; mas no pudieron conseguir si intento, porque queriendo ya los españoles salirse huyendo de la ciudad aquella noche, antes le dieron cuarenta y siete puñaladas, porque como era belicoso se quiso defender de ellos; y hizo tantas bravezas, que con estar preso les dio en que entender, y fue necesario todo lo referido para poderle quitar la vida: y luego por su muerte que fue muy sentida de los mexicanos, eligieron y juraron por su rey a Cuitlahuatzin señor de Iztapalapan y hermano de Motecuhzoma, que era su principal caudillo, y a esta sazón su capitán general. Cuitlahuatzin dio a los muertos crudelísima guerra, y jamás les quiso conceder ninguna tregua; pasaron entre ellos y Cuitlahuatzin grandísimos reencuentros y peleas, hasta que Cortés perdió la esperanza de poderse tener en México, y determinó salirse de ella; pero fue con tanto peligro y trabajo suyo y de los suyos, que de toda la riqueza que tenía junta, no pudo sacar casi nada; y aun todos los que murieron de los suyos, fue por ocuparse alguna parte de las riquezas que tenían juntas. Salióse Cortés a diez de julio de 1520, de noche, por entender ser acomodado; mas los mexicanos le sintieron y salieron en su alcance, y le mataron cuatrocientos cincuenta españoles, cuatro mil indios amigos, y cuarenta y seis caballos en la parte que hoy llaman el salto de Alvarado y los mexicanos Toltecaacalopan, que es el nombre de la acequia, y el barrio Mazatzintamalco. En este lugar y en otros aprietos en que los nuestros se vieron prosiguiendo su retirada, murieron entre señores que iban con Cortés así en rehenes como en su favor, cuatro señores mexicanos, que los dos eran hijos del rey Motecuhzoma y se llamaban Zoacontzin, Tzoacpopocatzin, Zepactzin y Tencuecuenotzin, y de las cuatro hijas de Nezahualpiltzintli que se le dieron en rehenes murieron las tres, aunque la una de ellas fue la más bien librada, porque murió bautizada y se llamó doña Juana, que por ser tan querida de Cortés y estar en días de parir la hizo cristiana. Murieron otros dos hijos del rey Nezahualpiltzintli; y asimismo murió en esta demanda Xiutototzin uno de los grandes del reino de Tetzcuco, señor de Teotihuacan, que era capitán general de la parcialidad de Ixtlilxóchitl, que en su nombre había ido en favor y ayuda de Cortés y de los suyos.




Fernando Alva Ixtlilxóchitl,
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La noche triste en la
Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, 1568
de Bernal Díaz del Castillo

LA NOCHE TRISTE (Bernal Díaz del Castillo)

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CAPT. CXXVIII.- Cómo acordamos irnos huyendo de Méjico.

Como veíamos que cada día menguaban nuestras fuerzas y las de los mejicanos crecían, y veíamos muchos de los nuestros muertos y todos los más heridos, y que aunque peleábamos muy como varones no podíamos hacerlos retirar, y la pólvora apocada, y la comida y agua por el consiguiente, y el gran Montezuma muerto, las paces y treguas que les enviamos a demandar no las querían aceptar, y, en fin, veíamos nuestras muertes a los ojos, y las puentes que estaban alzadas, fue acordado por Cortés y por todos nuestros capitanes y soldados que de noche nos fuésemos, cuando viésemos que los escuadrones guerreros estaban más descuidados, y para más descuidarles, aquella tarde les enviamos a decir con un papa de los que estaban presos, que era muy principal entre ellos, y con otros prisioneros, que nos dejen ir en paz de ahí a ocho días, y que les daríamos todo el oro.

Además de esto estaba con nosotros un soldado que se decía Botello, al pareced muy hombrede bien y latino, que había estado en Roma. decían que era nigromántico, otros decían que tenía familiar, y algunos le llamaban astrólogo. Este Botello había dicho cuatro días hacía que hallaba por sus suertes o astrologías, que si aquella noche que veía no salíamos de Méjico, ninguno saldría con vida.

Se dio luego orden que se hiciese de maderos y tablas muy recias un puente, que llevásemos para poner en los puentes que tenían quebrados, y para ponerlo y llevarlo a guardar el paso hasta que pásese todo el fardaje y el ejército, señalaron cuatrocientos indios tlascaltecas y ciento cincuenta soldados. Para llevar la artillería señalaron doscientos indios de Tlascala y cincuenta soldados, y para que fuesen en la delantera peleando señalaron a Gonzalo de Sandoval y a Diego de Ordaz; a Francisco de Saucedo y a Francisco de Lugo y una capitanía de icen soldados mancebos sueltos para que fuesen entre medias y acudiesen en la parte que más conviniese pelear. Señalaron al mismo Cortés, Alonso de Ávila, Cristóbal de Olid y a otros capitanes que fuesen en medio. En la retaguardia a Pedro de Alvarado y a Juan Velásquez de León, y entremetidos en medio de los capitanes y soldados de Narváez, y para que llevasen a cargo los prisioneros y a doña Marina y doña Luisa, señalaron trescientos tlascaltecas y treinta soldados.

Pues hecho este concierto, ya era de noche, y para sacar el oro y llevarlo o repartirlo, mandó Cortés a su camarero, que se decía Cristóbal de Guzmán y a otros soldados sus criados, que todo el oro, joyas y plata lo sacasen con muchos indios de Tlascala que para ello les dio, y lo pusieran en la sala. Dijo a los oficiales del rey, que se decían Alonso de Ávila y Gonzalo Mexía, que pusiesen cobro en el oro de Su Majestad.

Cargaron de ello a bulto lo que más pudieron llevar, que estaban hechas barras muy anchas, y quedaba mucho oro en la sala hecho montones. Entonces Cortés llamó a su secretario y a otros escribanos del rey y dijo: Dadme por testimonio que no puedo máshacer sobre este oro. Aquí teníamos en este aposento y sala sobre setecientos mil pesos de oro, y como habéis visto que no se puede pesar ni  poner más en cobre, los soldados que quisieren sacar de ello, desde aquí se lo doy, como ha de quedar perdido entre estos perros.

Cuando aquello oyeron, muchos soldados de los de Narváez, y algunos de los nuestros, cargaron de ello. Yo digo que no tuve codicia sino procurar de salvar la vida, mas no dejé de apañar de unas cajuelas que allí estaban unos cuatro chalchihuís, que son piedra entre los indios muy preciadas, que de presto me eché en los pechos entre las armas, que me fueron después buenas para curar mis heridas y comer el valor de ellas.

Desde que supimos el concierto que Cortés había hecho de la manera que habíamos de salir e ir aquella noche a los puentes, y como hacía algo oscuro y había niebla y lloviznaba, antes de medianoche se comenzó a traer el puente y caminar el fardaje y los caballos y la yegua y los tlascaltecas cargados con el oro; y de presto se puso el puente, y pasó Cortés y los demás que consigo traía primero, y muchos de a caballo. Estando en esto suenan las voces y cornetas y gritas y silbidos de los mejicanos, y decían en su lengua a los de Tatelulco: ¡Salid presto con vuestras canoas, que se van los teúles, y tajadles que no quede ninguno con vida! Cuando no me cato, vimos tantos escuadrones de guerreros sobre nosotros, y toda la laguna cuajada de canoas, que no nos podíamos valer. Muchos de nuestros soldados ya habían pasado, y estando de esta manera cargan tanta multitud de mejicanos a quitar el puente y a herir y matar en los nuestros, que no se daban a manos. Como la desdicha es mala en tales tiempos, ocurre un mal sobre otro; como llovía, resbalaron dos caballos y caen en la laguna. Cuando aquello vimos yo y otros de los de Cortés nos pusimos en salvo de esa parte del puente, y cargaron tanto guerrero, que por bien que peleábamos no se pudo más aprovechar de ella. De manera que aquel paso y abertura de aguade presto se llenó a caballos muertos y de indios e indias y naborías y fardaje y petacas.

Temiendo no nos acabasen de matar, tiramos por nuestra calzada adelante y hallamos muchos escuadrones que estaban aguardándonos con lanzas grandes, y nos decían palabras de vituperios, y entre ellas decían:¡Oh, cuilones, y aún vivos quedáis! A estocadas y cuchillas que les dábamos pasamos, aunque hirieron allí a seis de los que íbamos. Pues quizá había algún concierto de cómo lo habíamos concertado, maldito aquél; porque Cortés y los capitanes y soldados que pasaron primero a caballo, por salvarse y llegar a tierra firme y asegurar sus vidas, aguijaron por la calzada adelante, y no la erraron; también salieron en salvo los caballos con el oro y los tlascaltecas.

Digo que si aguardáramos, así los de a caballo como los soldados, unos a otros en los puentes, todos feneciéramos. La causa es ésta: que yendo por la calzada, ya que arremetíamos a los escuadrones mejicanos, de la una parte es agua ydelatora parte azoteas, y la laguna llena de canoas, y no podíamos hacer cosa ninguna. Pues escopetas y ballestas, todas quedaban en el puente. Y si fuera de día, fuera mucho peor, y aun los que escapamos fue Nuestro Señor servido de ello. Para quien vio aquella noche la multitud de guerreros sobre nosotros estaban, y las cosas que de ellos andaban a arrebatar nuestros soldados, es cosa de espanto.

Ya que íbamos por nuestra calzada adelante, cabe el pueblo de Tacuba, adonde ya estaba Cortés con todos los capitanes, Gonzalo de Sandoval y Cristóbal de Olid y otros de a caballo de los que pasaron delante, decían a voces: Señor capitán, aguardemos, que dicen que vamos huyendo y los dejamos morir en los puentes. Tornémosles a amparar, si algunos han quedado, que no salen ni vienen ningunos. La respuesta de Cortés fue que los que habíamos salido era milagro. Todavía volvió con los de a caballo y soldados que no estaban heridos, y no anduvieron mucho trecho, porque luego vino Pedro de Alvarado bien herido, a pie, con una lanza en la mano, porque la yegua alazana ya se la habían muerto, y traía consigo cuatro soldados tan heridos como él.

Como Cortés y los demás capitanes les encontraron de aquella manera y vieron que no venían más soldados, se le saltaron las lágrimas de los ojos. Dijo Pedro de Alvarado que Juan Velásquez de León quedó muerto con otros muchos caballeros, así de los nuestros como de los de Narváez, que fueron más de ochenta, en el puente, que él y los cuatro soldados que consigo traía, después que le mataron los caballos, pasaron el puente con mucho peligro sobre muertos y caballos y petacas, que estaba aquel paso del puente cuajado de ellos; y dijo que todos los puentes y calzadas estaban llenos de guerreros. En el triste puente, que dijeron después que fue el salto de Alvarado, digo que en aquel tiempo ningún soldado se paraba a verlo si saltaba poco o mucho, porque harto teníamos que salvar nuestras vidas, porque estábamos en peligro de muerte, según la multitud de mejicanos que sobre nosotros cargaban.

Pasemos adelante, y diré que como estando en Tacuba se habían juntado muchos guerreros mejicanos de todos aquellos pueblos, y nos mataron allí tres soldados, acordamos lo más presto que pudiésemos salir de aquel pueblo, y con cinco indios tlascaltecas, que atinaban el camino de Tlascala, sin ir por camino, nos guiaban con mucho concierto, hasta que llegamos a una cacería que en un cerro estaban, y allí junto uncu, adonde separamos.

Quiero tornar a decir qué seguidos que íbamos de los mejicanos, y de las flechas, varas y pedradas que con sus hondas nos tiraban, y cómo nos cercaban, dando siempre en nosotros, es cosa de espantar.

En aquel cu, después de ganada la gran ciudad de Méjico, hicimos una iglesia, que se dice Nuestra Señora de los Remedios, muy devota, y van ahora allí en romería y a tener novenas muchos vecinos y señoras de Méjico.

Lástima era de ver curar y apretar con algunos paños de mantas nuestras heridas, y como se habían resfriado y estaban hinchadas, dolían. Pues más de llorar fue los caballeros y esforzados soldados que faltaban, que fueron Juan de Velásquez de León, Francisco de Saucedo, Francisco de Moria, Lares el buen jinete y otros muchos de los nuestros de Cortés. Cuento yo estos pocos, porque escribir los nombres de los muchos que de nosotros faltaron es no acabar tan presto. Pues de los de Narváez todos los más en los puentes quedaron, cargados de oro. Al astrólogo Botello no le aprovechó su astrología, que también allí murió con su caballo. También quedaron en los puentes muertos los hijos e hijas de Montezuma, y los prisioneros que traíamos, y Cacamatzin, señor de Tezcuco, y otros reyes de provincias.

Dejemos ya de contar tantos trabajos y digamos cómo estábamos pensando en lo que por delante teníamos, y era que todos estábamos pensando en lo que por delante teníamos, y era que todos estábamos heridos, y no escaparon sino veintitrés caballos. Los tiros, artillería y pólvora, no sacamos ninguna; las ballestas fueron pocas, y ésas se remediaron luego las cuerdas, e hicimos saetas. Lo peor de todo era que no sabíamos la voluntad que habíamos de hallar en nuestros amigos los de Tlascala.

Aquella noche siempre estuvimos cercados de mejicanos, y acordamos salirnos de allí a medianoche, y con los tlascaltecas, nuestros guías, por delante, con muy buen concierto, caminar, los heridos en medio y los cojos bordones, y algunos que no podían andar y estaban muy malos, a ancas de caballos de los que iban cojos, que no eran para batallar, y los de a caballo que no estaban heridos, repartidos delante y aun lado y a otro. De esta manera todos nosotros, los que más sanos estábamos, haciendo rostro y cara a los mejicanos, y los tlascaltecas heridos dentro del cuerpo de nuestro escuadrón, y los demás que estaban sanos hacían cara juntamente con nosotros, porque los mejicanos nos iban siempre picando con grandes voces, gritos y silbidos.

Pues me he olvidado de escribir el contento que recibimos de ver viva a nuestra doña Marina, y a doña Luisa, la hija de Xicotenga, que las escaparon en los puentes unos tlascaltecas, y también una mujer que se decía María de Estrada, que no teníamos otra mujer de Castilla en Méjico sino aquélla. Quedaron muertas las más de nuestras naborías que nos habían dado en Tlascala y en la misma ciudad de Méjico.

Llegamos aquel día a unas estancias y caserías de un pueblo grande que se dice Gualtitán. Desde allí fuimos por unas caserías y poblezuelos, y siempre los mejicanos siguiéndonos.

Otro día muy de mañana comenzamos a caminar con el concierto que de antes íbamos, y aun mejor, y siempre la mitad de los de a caballo adelante. Poco más de una legua de allí, en un llano, ya que creíamos ir en salvo, vuelven nuestros corredores del campo que iban descubriendo y dicen que están los campos llenos de guerreros mejicanos aguardándonos.

Allí reparamos un poco, y se dio orden cómo se había de entrar y salir los de a caballo a media rienda, y que no se parasen a alancearlos, sino las lanzas por los rostros hasta romper sus escuadrones, y que todos los soldados, las estocadas que diésemos les pasásemos las entrañas, y que hiciésemos de manera que vengásemos muy bien nuestras muertes y heridas.

Después de encomendarnos a Dios y a Santa María muy de corazón, invocando el nombre del señor Santiago, desde que vimos que nos comenzaban a cercar, de cinco en cinco de caballo rompieron por ellos, y todos nosotros juntamente.

¡Oh, qué cosa era de ver esta tan temerosa y rompida batalla, cómo andábamos tan revueltos con ellos, pie con pie, y qué cuchilladas y estocadas les dábamos, y con qué furia los perros peleaban, y qué herir y matar hacían en nosotros con sus lanzas y macanas y espadas de dos manos, y los de caballo, no dejaban de batallar muy como varones esforzados!

Pues todos nosotros lo que no teníamos caballos, parece ser que a todos se nos ponía doblado esfuerzo, que aunque estábamos heridos y de refresco teníamos otras heridas, no curábamos de apretarlas por no pararnos a ello, que no había lugar, sino con grandes ánimos apechugábamos con ellos a darles de estocadas. Pues quiero decir cómo Cortés y los otros capitanes, cuáles andaban a una parte y a otra, aunque bien heridos, rompiendo escuadrones; y las palabras que Cortés decía a los que andábamos envueltos con ellos, que la estocada o cuchillada que diésemos fuese en señores señalados, porque todos traían grandes penachos de oro y ricas armas y divisas. Pues ver cómo nos esforzaba el valiente y animoso Sandoval, y decía: ¡Ea, señores que hoy es el día que hemos de vencer! ¡Tened esperanza en Dios que saldremos de aquí vivos para algún buen fin! Y quiso Dios que allegó Cortés, con los capitanes que andaban en su compañía, a una parte donde andaba con su gran escuadrón el capitán general de los mejicanos, con su bandera tendida, con ricas armas de oro y grandes penachos de argentería.

Cuando le vio Cortés, con otros muchos mejicanos que eran principales, que todos traían grandes penachos, dijo a los demás capitanes:¡Ea, señores, rompamos por ellos y no quede ninguno de ellos sin herida! Y encomendándose a Dios, arremetió Cortés con otros caballeros. Cortés dio un encuentro con el caballo al capitán mejicano, que le hizo abatir su bandera, y los demás capitanes acabaron de romper el escuadrón, que eran muchos indios, y quien siguió al capitán que traía la bandera, que aun no había caído del encuentro que Cortés le dio, fue Juan de Salamanca, que andaba con Cortés con una buena yegua overa, que le dio una lanzada, le quitó el rico penacho que traía, y se lo dio a Cortés, mas de allí a cosa de tres años Su Majestad se lo dio por armas a Salamanca, y lo tienen sus descendientes en sus reposteros.

Volvamos a nuestra batalla, que Nuestro Señor Dios fue servido que, muerto aquel capitán que traía la bandera mejicana, y otros muchos que allí murieron, aflojó su batallar, y todos los de a caballo siguiéndolos. Nuestros amigos los de Tlascala estaban hechos unos leones, y con sus espadas y montantes y otras armas que allí apañaron, hacíanlo muy bien.

Ya vueltos los de a caballo de seguir la victoria, todos dimos muchas gracias a Dios que escapamos de tan gran multitud de gente, porque no se había visto ni hallado en todas las Indias, en batalla que se haya dado, tan gran número de guerreros juntos, porque allí estaba la flor de Méjico y de Tezcuco y de todos los pueblos que están alrededor de la laguna, y otros muchos sus comarcanos, ya conpensamiento que de aquella vez no quedara roso ni velloso de nosotros. ¡Qué armas tan ricas que traían, con tanto oro y penachos y divisas, y todos los más capitanes y personas principales! Allí junto donde fue estas reñida y nombrada batalla tienen muy bien pintada y en retratos entallada los mejicanos y tlascaltecas, entre otras muchas batallas que con los mejicanos tuvimos hasta que ganamos a Méjico. Fue esta nombrada batalla de Otumba a catorce de julio de 1520.

Digo que en obra de cinco días fueron muertos y sacrificados sobre ochocientos sesenta soldados, con setenta y dos que mataron en un pueblo que se dice Tustepeque, y a cinco mujeres de Castilla; y éstos que mataron en Tustepeque eran de los de Narváez; y mataron sobre mil doscientos tlascaltecas. Si miramos en ello, todos comúnmente hubimos mal gozo de lar partes del oro que nos dieron, y si de los de Narváez murieron muchos más que de los de Cortés en los puentes, fue por salir cargados de oro.

Íbamos ya muy alegres y comiendo unas calabazas que llaman ayotes, hacia Tlascala, por temor no se tornasen a juntar escuadrones mejicanos. Allí estaba un buen cu y casa fuerte, donde reparamos aquella noche y nos curamos nuestras heridas y estuvimos con más reposo.

Desde aquella población y casa donde dormimos se parecían las serrezuelas que están cabe Tlascala, y como las vimos nos alegramos, como si fueran nuestras casas. Pues quizá sabíamos de cierto que nos habían de ser leales, o quévoluntad tendrían, o qué había acontecido a los que estaban poblados en la Villa Rica, si eran muertos o vivos. Cortés nos dijo, que pues éramos pocos, que no quedamos sino cuatrocientos cuarenta con veinte caballos y doce ballesteros y siete escopeteros, y no teníamos pólvora, y todos heridos, cojos y mancos, que mirásemos muy bien cómo Nuestro Señor Jesucristo fue servido de escaparnos con las vidas, por cual siempre le hemos de dar muchas gracias y loores.

Llegamos a una fuente que estaba en una ladera, y allí estaban unas como cercas y mamparos de tiempos viejos, y dijeron nuestros amigos los tlascaltecas que allí partían términos entre los mejicanos y ellos; y de buen reposo nos paramos a lavar y a comer de la miseria que habíamos habido. Luego comenzamos marchar, y fuimos a un pueblo de tlascaltecas que se dice Guaolipar, donde nos recibieron y nos dieron de comer, mas no tanto, que si no se lo pagábamos con algunas pecezuelas de oro y chalchihuís, que llevábamos algunos de nosotros, no os lo daban de balde. Allí estuvimos un día reposando.

Desde que lo supieron en la cabecera de Tlascala, luego vinieron Maseescasi, Xicotenga el Viejo, Chichimecatecle y otros muchos caciques y principales y todos los más vecinos de Huexocingo, y como llegaron a aquel pueblo donde estábamos, fueron a abrazar a Cortés y a todos nuestros capitanes y soldados, y llorando algunos de ellos, dijeron a Cortés: ¡Oh, Malinche, y cómo nos pesa de vuestro mal y de todos vuestros hermanos, y de los muchos de los nuestros que con vosotros han muerto! Ya os lo habíamos dicho muchas veces que no os fiaseis de gente mejicana, porque un día y otro os habían de dar guerra. No me quisisteis creer. Ya hecho es, no se puede al presente hacer más de curaros y daros de comer. En vuestras casas estáis. Descansad e iremos luego a nuestro pueblo y os aposentaremos. Y no pienses, Malinche, que has hecho poco en escapar con las vidas de aquella tan fuerte ciudad y sus puentes. Yo te digo que si de antes os teníamos por muyesforzados, ahora os tengo en mucho más. Bien sé que llorarán muchas mujeres e indios de estos nuestros pueblos las muertes de sus hijos, maridos, hermanos y parientes. No te congojes por ello. Y mucho debes a tus dioses que te han aportado aquí y salido de entre tanta multitud de guerreros que os aguardaban en lo de Otumba, que cuatro días había que lo supe que os esperaban para mataros. Yo quería ir en vuestra busca con treinta mil guerreros de los nuestros, y no pude salir a causa que no estábamos juntos y los andaban juntando?

Cortés y todos nuestros capitanes y soldados los abrazamos y les dijimos que se lo teníamos en merced. Y Cortés les dio a todos los principales joyas de oro y piedras, que todavía se escaparon, cada cual soldado lo que pudo; asimismo dimos algunos de nosotros a nuestros conocidos de lo que teníamos.

Bernal Díaz del Castillo
Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, 1568 






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Para ver el texto completo
La noche triste en la
Historia chichimeca, 1610-1640
de Fernando Álva Ixtlilxóchitl,

HERNÁN CORTÉS "QUEMA SUS NAVES" (Fernando Álva Ixtlilxóchitl)

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CAPT. LXXXII Que trata de lo más que le sucedió a Cortés en la Villa Rica, y quema de los navíos


Traía Fernando Cortés a todos los de su ejército muy ocupados en la obra y edificación de la Villa Rica, y en su ayuda muchos naturales de los amigos y reducidos a su banda; y estando en la mayor fuerza de esta obra, llegaron dos sobrinos de Motecuhzoma con cuatro ancianos por sus consejeros, que iban de parte de Motecuhzoma y Cacama con un presente de oro muy rico, diciéndole que los señores mexicanos estimaban en mucho haber soltado a sus criados, y de presente le rogaban hiciese soltar a los otros dos que habían quedado en prisión; que ellos perdonaban el delito y exceso de quienes los habían prendido, sólo por darle gusto; y pues tenía intento de verse con Motecuhzoma, que ya él daba orden de cómo lo pudiese ver, y que se aguardarse un poco, que presto le enviaría aviso de su ida. Después de haberlos despachado, comunicó con el señor de Quiahuiztlan lo que le había pasado con los embajadores de Motecuhzoma, y como por su respeto no se atrevían a castigar el desacato; y que así el rey y todos los de su valía viviesen muy seguros de su libertad, y que no ocurriesen con sus tributos a los señores mexicanos, que él los defendería. Con este trato y ardid trajo Cortés a Motecuhzoma y a todos engañados muchos días, comenzándose a mover algunas guerras, especialmente los de Cempoalan contra los de Tizapantzinco, en donde estaba la fuerza y guarnición del imperio para asegurar toda aquella tierra. Cortés fue luego con si sus gentes en favor de los de Cempoalan, y peleando con los del ejército del imperio, se fueron recogiendo hasta cercarlos en Tizapantzinco; y aunque se defendieron, fue ganada la ciudad y fuerza. Cortés no permitió que matasen a ninguno de los moradores de ella, ni la saqueasen, por no disgustar a Motecuhzoma, con cuya hazaña quedó toda aquella tierra libre y exentos de pagar tributos, y quedaron muy obligados de servir siempre a Cortés. Al tiempo que él llegó a Veracruz, halló que habían llegado setenta españoles y quince caballos y yeguas, socorro muy necesario para la ocasión presente; hizo reseña de la gente que tenía y de los que se había ganado, sacó el quinto que envió a su majestad con Alonso Hernández Portocarrero y Francisco Montejo y escribió al rey una larga relación de sus cosas, pidiéndole le hiciese merced de sus servicios, y prometiendo conquistar, pacificar toda esta tierra, y prender o matar a Motecuhzoma; y el regimiento le envió a suplicar, tuviese por bien de confirmar el oficio que a Cortés habían dado de capitán y justicia mayor. A esta sazón algunos de los amigos de Diego Velázquez murmuraban en razón de decir, que había usurpado aquel oficio y negado la obediencia de Diego Velázquez, con que se comenzaron a amotinar. Cortés prendió a los más principales de ellos, e hizo ahorcar a dos, y a los demás los hizo azotar, con que cesó el motín, y comenzó a dar orden de la ida que quería hacer a México, pues no servía de nada todo lo hecho, si no se veía con Motecuhzoma y lo rendía, de donde había de sacar honra y fama inmortal; muchos rehusaban esta entrada porque les parecía temeridad, más que esfuerzo, ir quinientos hombres entre millones de enemigos, siendo todos los más contrarios a la opinión de Cortés; y viendo que sus ruegos ni sus buenas razones les convencían, hizo una de las mayores hazañas que jamás se ha visto en el mundo, que hombre tal intentase, y fue sobornar con dineros y grandes promesas a ciertos pilotos, para que estando con los más de su ejercito le entrasen a decir, que se comían de broma sus navíos y que no estaban para navegar; y a ciertos marineros (con quienes asimismo tenía hecho este trato secretamente), que barrenasen por debajo los navíos, para que se fuesen a fondo; los cuales todo lo hicieron de la forma como se trazó, y él hizo grandes extremos, y afligióse tan deveras, que nadie entendió la trama por entonces: y habiéndole dicho que no tenían remedio, les dijo que diesen orden de aprovechar siquiera la madera y la jarcia, y así quebraron luego cuatro navíos de los mejores, y antes de proseguir echaron de ver el trato doble que en esto había, y comenzaron todos a murmurar de él y a impedir que no se quebrasen los demás; pero a mal de su grado hizo quebrar los demás, no dejando más de tan solamente uno; y en la plaza hizo juntar a todos los que vio andaban disgustados y tristes, y les propuso una plática en donde les satisfizo las causas que le habían movido a quebrar los navíos, posponiendo su propio interés, pues le habían costado su dinero, y que otra hacienda no le quedaba; y habiéndoles dicho muchas razones para persuadir y animar a la entrada de México, concluyó con decirles que ya no había remedio para volverse, pues los navíos estaban quebrados, y que ninguno sería tan cobarde ni tan pusilánime, que querría estimar su vida más que la suya, ni tan débil de corazón que dudase de ir con él a México, donde tanto bien le estaba aparejado, y que si acaso se determinaba alguno de dejar de hacer este viaje, se podía ir bendito de Dios a Cuba en el navío que había dejado, de que antes de mucho se arrepentiría y pelaría las barbas viendo la buena ventura que esperaba le sucedería: ocupó a todos tanto la vergüenza, que no hubo ninguno que no prometiese de seguirle hasta la muerte, alabando mucho lo hecho. Antes que se partiese para México, apercibió a todos los amigos que estaban rebelados contra Motecuhzoma, que eran entre ciudades y pueblos más de cincuenta, en donde se podrían sacar en campo otros tantos mil hombres en su favor; y dejando ciento cincuenta hombres en la Villa, con los demás se salió por la vía de México, habiendo allanado los impedimentos que Francisco de Garay le había puesto estorbándole sus negocios, que había venido de Cuba para el efecto.



Fernando Álva Ixtlilxóchitl,
Historia chichimeca, 1610-1640

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Más sobre la quema de
naves de Hernán Cortés
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CARTAS DE RELACIÓN (Hernán Cortés)

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"ES MUY MAYOR QUE GRANADA Y MUY MÁS FUERTE" (Hernán Cortés cuando arriba por vez primera a Méjico -Tenochtitlan-)
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Y así estuve sin salir de aquel aposento y real que allí tenía seis o siete días, porque no me osaba fiar de ellos puesto que me rogaban que me viniese a una ciudad grande que tenían donde todos los señores de su provincia residían y residen, hasta tanto que todos los señores me vinieron a rogar que me fuese a la ciudad, porque allí sería mejor recibido y proveído de las cosas necesarias, que no en el campo, y porque ellos tenían vergüenza en que yo estuviese tan mal aposentado, pues me tenían por su amigo, y ellos y yo éramos vasallos de vuestra alteza. Y por su ruego me vine a la ciudad que está seis leguas del aposento y real que yo tenía.


La cual ciudad es tan grande y de tanta admiración que aunque mucho de lo que de ella podría decir dejé, lo poco que diré creo que es casi increíble, porque es muy mayor que Granada y muy más fuerte y de tan buenos edificios y de muy mucha más gente que Granada tenía al tiempo que se ganó, y muy mejor abastecida de las cosas de la tierra, que es de pan y de aves y caza y pescado de ríos y de otras legumbres y cosas que ellos comen muy buenas. Hay en esta ciudad un mercado en que casi cotidianamente todos los días hay en él de treinta mil ánimas arriba, vendiendo y comprando, sin otros muchos mercadillos que hay por la ciudad en partes. En este mercado hay todas cuantas cosas, así de mantenimiento como de vestido y calzado, que ellos tratan y puede haber. Hay joyerías de oro y plata y piedras y de otras joyas de plumaje, tan bien concertado como puede ser en todas las plazas y mercados del mundo. Hay mucha loza de muchas maneras y muy buena y tal como la mejor de España. Venden mucha leña y carbón y hierbas de comer y medicinales. Hay casas donde lavan las cabezas como barberos y las rapan; hay baños. Finalmente, que entre ellos hay toda manera de buena orden y policía, y es gente de toda razón y concierto, y tal que lo mejor de África no se le iguala.





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HERNÁN CORTÉS "QUEMA SUS NAVES"
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Y porque, como ya creo, en la primera relación escribí a vuestra majestad que algunos de los que en mi compañía pasaron, que eran criados y amigos de Diego Velázquez, les había pesado de lo que yo en servicio de vuestra alteza hacía, y aun algunos de ellos se me quisieron alzar e írseme de la tierra, en especial cuatro españoles que se decían Juan Escudero y Diego Cermeño, piloto, y Gonzalo de Ungría, así mismo piloto, y Alonso Peñate, los cuales, según lo que confesaron espontáneamente, tenían determinado de tomar un bergantin que estaba en el puerto, con cierto pan y tocinos, y matar al maestre de él, e irse a la isla Fernandina a hacer saber a Diego Velázquez cómo yo enviaba la nao que a vuestra alteza envié y lo que en ella iba y el camino que la dicha nao había de llevar, para que el dicho Diego Velázquez pusiese navíos en guarda para que la tomasen, como después que lo supo lo puso por obra, que según he sido informado envió tras la dicha nao una carabela, y si no fuera pasada la tomara. Y así mismo confesaron que otras personas tenían la misma voluntad de avisar al dicho Diego Velázquez; y vistas las confesiones de estos delincuentes los castigué conforme a justicia y a lo que según el tiempo me pareció que había necesidad y al servicio de vuestra alteza cumplía.



Y porque demás de los que por ser criados y amigos de Diego Velázquez tenían voluntad de se salir de la tierra, había otros que por verla tan grande;y de tanta gente, y tal, y ver los pocos españoles que éramos, estaban del mismo propósito, creyendo que si allí los navíos dejase, se me alzarlan con ellos, y yéndose todos los que de esta voluntad estaban, yo quedaría casi solo, por donde se estorbara el gran servicio que a Dios y a vuestra alteza en esa tierra se ha hecho, tuve manera como, so color que los dichos navíos no estaban para navegar, los eché a la costa (*) por donde todos perdieron la esperanza de la tierra. Y yo hice mi camino más seguro y sin sospecha que vueltas las espaldas no había de faltarme la gente que yo en la villa había de dejar.



Hernán Cortes
Cartas de relación


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Para ver completas las Cartas
(Biblioteca Virtual Antorcha)


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(*) Sobre la expresión "quemar las naves", dice Salvador de Madariaga:


En efecto, había llegado el momento culminante de este hombre heroico (Hernán Cortés). No en vano ha hecho el mundo entero de este acto suyo el símbolo de la decisión que un hombre toma de dominar la suerte, transfigurándolo además de un modo legendario al hacer que Cortés quemase sus naves. ("Hernán Cortés", Salvador de Madariaga, Espasa Calpe, Madrid, 1989).
Sobre la forma física real en que se inutilizaron las naves, las fuentes utilizan las expresiones «barrenar» (abrir agujeros con un barreno o broca) y «dar de través» (volcar, tumbar, poner en dirección transversal el barco para vararlo). Posiblemente lo que se hizo fue una combinación de ambos procesos, y en cualquier caso es importante decir que las piezas de las naves sirvieron para propósitos posteriores que tuvieron importancia decisiva en la conquista de la capital azteca. (Wikipedia)

Por último, en el Quijote (segunda parte, capítulo VIII), cómo no, Cervantes se refiere a estos hechos en los siguientes términos: ... con ejemplos más modernos, ¿quién barrenó los navíos y dejó en seco y aislados los valerosos españoles guiados por el cortesísimo Cortés en el Nuevo Mundo? Todas estas y otras grandes y diferentes ha zañas son, fueron y serán obras de la fama, que los morta les desean como premios y parte de la inmortalidad que sus famosos hechos merecen...


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