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MAYÚSCULAS Y MINÚSCULAS (José Martínez de Sousa)




2. Generalidades. 
1. El tema ortográfico del empleo de mayúsculas y minúsculas es el menos fijado en el idioma español. Existen, por parte de la Academia, unas normas a todas luces insuficientes y en algunos casos contradictorias, sobre todo si, al propio tiempo que se estudia lo legislado en la ORAE, se comprueba su aplicación en el DRAE: una y otro parecen redactados por entidades distintas y en muchos casos contrapuestas, a tal punto que lo que prescribe la ORAE no lo cumple el DRAE, o este tiene aplicaciones no previstas ni tratadas en aquella. A esta falta de coherencia se refieren prácticamente todos los ortógrafos actuales, cuando menos aquellos que han pretendido penetrar en los intersticios de las normas académicas y de sus aplicaciones; así, Moliner (1980, II, 370 ss.); Polo (1974, 187 ss.); Carnicer (1972, 209 ss.), Fernández Castillo (1969, 41 ss.). Carnicer (l. cit.) dice: «Las normas dictadas por la Academia para el uso de las iniciales mayúsculas [...] ni son siempre un prodigio de precisión ni resuelven todas las vacilaciones que suscita este aspecto de la ortografía. Reflejo de ello lo hallamos en el Diccionario de la propia Academia, donde palabras sujetas a la misma aplicación o de función equivalente se imprimen unas veces con inicial mayúscula y otras con minúscula».
2. Como norma general orientadora, debe tenerse en cuenta que, por lo que respecta al empleo de mayúsculas iniciales, el español se halla a medio camino entre la superabundancia del alemán, la abundancia del inglés y la escasez del francés. Usamos más mayúsculas que los franceses, pero menos que los ingleses y alemanes. Cada lengua tiene sus características gráficas, y la de la mayúscula es una más. Nuestro idioma debe tender a la minusculización, la cual obedece a razones históricas difíciles de justificar, pero que pueden observarse estudiando las grafías clásicas y las actuales. Como dice Carnicer (1972, 210), «Uno de los cambios más notables (y así ha ocurrido en inglés) es el de minusculizar la inicial del sustantivo, frente a lo que, por ejemplo, se advierte en dos ediciones que tengo a la vista, una de santa Teresa (1622) y otra de Francisco Fabro (1673), donde es muy frecuente el sustantivo con inicial mayúscula. Un siglo después, en el Diccionario de Autoridades de la Academia (1726) encontramos con mayúscula los nombres de profesión (civil, militar y religiosa), así como los gentilicios. A mediados del siglo XIX (Gil y Carrasco, 1844), apenas hay nombres con mayúscula, salvo los propios. El proceso de minusculización se mantiene, con variantes personales, hasta nuestros días».
3. Hay, sin embargo, en la utilización de mayúsculas una tendencia que obedece a razones subjetivas. La mayúscula se justifica solamente por el deseo de expresar con ella exaltación, interés personal o colectivo, respeto, veneración, etcétera, que nada tienen que ver, en general, con razones puramente ortográficas. Muchas personas son incapaces de escribir naturaleza, destino, etcétera, con minúscula, porque les parece que no quedan suficientemente destacadas. La exaltación de lo propio por medio de la mayúscula es otro rasgo de esto que vengo exponiendo.
Así, en escritos religiosos aparecerán con mayúscula Cruz, Hostia, Sagrada Forma, Misa, San, Fray; en escritos militares, los nombres de las armas y todos los cargos; y así en todo lo demás.
4. Dada la dificultad para tratar este tema, en el que para ser más o menos completo habría que analizar palabra por palabra y los casos en que podría encontrarse usada, prefiero estudiarlo por conceptos, de manera que, en cada campo, lo válido para los ejemplos que se ponen lo sería también para los que se omiten.

José Martínez de Sousa
de Mayúsculas y minúsculas
Diccionario de ortografía de la lengua española, 1996 
Paraninfo. Madrid, 1996
(2ª Edición del año 2000, agotada)*





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(*) Disponible, sin embargo, su Diccionario de uso de las mayúsculas y minúsculas. TREA. Gijón, Asturias, 2007


LO NORMAL (Fernando Lázaro Carreter)

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Se lee en un periódico de la casi Corte: "La vida en Iraq tiene un cierto símil con la normalidad". ¿Cabe decir de modo más refinado que la vida iraquí parece casi normal? De esta manera solíamos decirlo en mi juventud. Nuestro proclamado progreso cultural autoriza a expresarse así: "El niño tiene un cierto símil con el jefe de su padre"; o cosas menos tiernas como "¡qué símil con la idiocia tiene usted!". La enérgica indiferencia ante el idioma que padecemos introduce en una nueva normalidad lingüística, de la que constituye buena prueba el ejemplo anterior. Es tanta como la normalidad de Bagdad.

O sea, lo normal. Resulta apasionante el empleo que la gente joven está haciendo de esas dos palabras. Una historia que oigo mucho en mi intensa vida nocturna de radio consiste en que un o una joven, tal vez adolescentes, cuentan para bien o para mal su última aventura de discoteca: que conocieron a tal o cual, que bailaron, que pronto hubo química entre ellos mediando la pastilla y los cubatas, que se pusieron a cien, y luego, pues "lo normal" (otras veces dicen, y es más bello, "lo típico"). Eso exactamente está pasando con nuestra lengua, personas que, sin conocerla, se le acercan, la toquetean y después sucede lo que tiene que pasar. Veremos algunos resultados de ese juntamiento desamorado.

No han pasado muchos días desde que el ministro de Fomento decidió no concurrir a las elecciones, y así lo contó el periódico de aquí mismo: "En una comparecencia breve y en la que no ha admitido preguntas, el ministro Álvarez-Cascos ha alegado 'motivos personales', y ha subrayado que se trata de una decisión 'personal e intransferible". Cabía esperar que ese intransferible fuera cosa del redactor, al cual le habría asaltado espontánea la limitación que imprimen al pie muchas invitaciones; pero no: los demás medios coincidían en texto y comillas. Esta declaración ministerial parece haber sido reproducida literalmente, y suscita la duda acerca de qué otras decisiones personales ha podido transferir el señor Álvarez-Cascos.

Por lo visto y oído, el Real Madrid ha de "centrarse en las tres competiciones en las que está inmerso el equipo"; "los dos tribunales más importantes del país andan inmersos en una oposición cainita"; "Sara Montiel sigue inmersa en pleitos para separarse de su caribe". Fantástica utilidad la de este adjetivo; entenderá mal quien quiera desentrañarlo con el Diccionario académico, el cual dice secamente que equivale a 'sumergido' y 'ensimismado'. O bien interpreta que esos ilustres sujetos están ahogándose, o debe pensar que están recogidos en su propia intimidad. Absurdos desciframientos ambos. Saldrá de dudas si consulta diccionarios ingleses, como el de Cambridge, con el cual entenderá que están completamente involucrados en algo, el Collins les informará de que se han metido de lleno en un asunto, y el de Oxford o el de Princeton les harán saber que están entregados totalmente a él. ¡Tantas maneras de decirlo, antes de someterse a inmerso!

Y esto de recurrir a diccionarios anglos va a ser normal mientras se va poniendo el sol sobre nuestra lengua. Otro caso: suelo oírlo por televisión en ese encantador momento dedicado a la moda que precede al telediario, con desfiles de suntuosos zarrios de los cuales emergen provocativas tetas y piernas exquisitas. Solemos verlo en casa mientras llegan las noticias sobre nuestra intromisión en Irak, y ocurrió que el otro día exhibieron pingos "de inspiración étnica". Lo comento y me dicen que hay música, bodas, comidas, escuelas, barrios, fiestas y mil cosas más igualmente étnicas. Me sobrepongo a la turbación por mi ignorancia, y me lanzo al infolio: ningún significado de étnico casa con todas esas cosas. Señala, dice, lo que pertenece "a una nación, raza o etnia", y pienso si aludirá a los vascos; pero no: se diría vascos y no étnicos. Menos puede pensarse tal cosa si acudimos a la otra acepción: "Gentil, idólatra, pagano". Evidentemente, el DRAE despista, buscamos algún indicio en diccionarios del área Bush/Blair y, en efecto, ahí está: ethnic, vienen a decir, califica a lo que es característico de una cultura muy diferente de la occidental, y que, por ello, sorprende. Todo muy claro y normal y típico: otra Invencible.

El genial antipoeta chileno Nicanor Parra se preguntaba sarcásticamente: "¿Con qué razón el sol / ha de seguir llamándose sol?". Es duda que comparten millares de conciudadanos, ante el teclado o el micro, bien ajenos al deseo expresado por Octavio Paz: "Llamar al pan y que aparezca / sobre el mantel el pan de cada día". Nada importa a muchos que, llamando al pan, les salte a la mesa una rana. Observemos algunos de estos sustos tan normales.

Leo que una adolescente violada ha dado en cinta. Jóvenes habrá a quienes, en un primer momento, leyendo eso, les resulte difícil descifrar que ha quedado embarazada, y no será extraño que algunos piensen que la niña se quedó algo así como en camisa, pero con otra enigmática prenda; ¿tal vez una sobria minifalda? Era antes normalísimo lo de estar encinta: como define brutalmente el Diccionario, es estar preñada. No creo que la gente de entonces, salvo pocos, supiera que a qué venía lo de encinta, pero al menos escribían la palabra bien apretada. Y muchos bachilleres sabían la razón: proviene del bajo latín incincta, 'desceñida', que es como solían -y suelen- ir las mujeres grávidas. Es voz muy antigua en las lenguas romances.

El error en cinta no falta en algún escritor de renombre, y sobre él recae el oprobio de la odiada ortografía. Esta casi nunca sale en los "dardos", y, menos aún la fonética, pero ¿no es chocante que, a estas alturas de la temporada futbolística, muchos informadores ignoren que Queiroz no se pronuncia como coz sino 'queirós' (sin más precisiones), y que el equipo serbio Partizan es partisan ('partisano', 'guerrillero'), palabra que tan usada fue durante la II Guerra Mundial con la acepción que, desde el italiano (partigiano), se extendió por las lenguas. Habíamos exportado guerrilla (francés guérilla, inglés guerrilla, italiano guerriglia), pero con guerrillero no hubo suerte.

Es normal aquello que carece de excepción, y, si la tiene, se nota que lo es. Quien hoy en el uso público del idioma no suscita disensiones parece extraño, excepcional. Lo habitual es la prevaricación: quienes la practican son tropel. Especial actitud destrozona puede percibirse si se leen algunas crónicas taurinas ("El torero recibió solo saludos") y, sobre todo, en ese vergel de provocaciones verbales que es el fútbol. En él han brotado pimpollos así: "Al equipo le falta un eje motórico", y contundencias retóricas de la manera que, elogiando a Ronaldo, emplea un lírico escribidor: "Es la bomba este tipo". Y para describir los apuros del Real Madrid ante el Betis, detalla con plástica escalofriante cómo el conjunto sevillano "empezó a apretarle los tornillos hasta que la cabeza le comenzó a crujir". ¿No es hermosa esta retórica? ¿Habrá alguien capaz de considerarla rara? Es tan normal como la luz de mediodía.




Fernando Lázaro Carreter
El País, 15 febrero 2004








JOSÉ MARTÍNEZ DE SOUSA

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José Martínez de Sousa está considerado una de las máximas autoridades en tipografía, ortotipografía y bibliología. Ha presidido la Asociación Internacional de Bibliología (AIB) (1998–2000) y actualmente es presidente de honor de la Asociación Española de Bibliología (AEB). Sus criterios han sido adoptados en editoriales y diccionarios de dudas.
De él dice la Wikipedia: Martínez de Sousa, hoy día maestro indiscutido en su ámbito, es un autodidacta, como él mismo reconoce: «Todos mis conocimientos profesionales son absolutamente autodidactas. Aprendí por mi cuenta (y riesgo) lo que necesité cuando me hizo falta. Algunos de mis libros, ciertamente, aparecieron por mis propias necesidades de conocimientos concretos».
Martínez de Sousa ha publicado una obra ingente en los 33 años que separan su primera obra de la última. A finales de 2006 el número de obras, sin contar artículos, cursos, cursillos, conferencias, etc., alcanzaba la cifra de veintidós, de las cuales trece tienen la forma de diccionario. En los últimos años está refundiendo su obra con la idea de tratar cada tema en una sola obra extensa. Por ejemplo, los temas relacionados con el estilo los ha agrupado en MELE (Manual de estilo de la lengua española), los de tipografía, bibliología y periodismo quedan agrupados en la tercera edición del Diccionario de bibliología y ciencias afines, los de ortografía y ortotipografía en Ortografía y ortotipografía del español actual y los de dudas del lenguaje en el Diccionario de usos y dudas del español actual.
A lo largo de su vida profesional Martínez de Sousa ha colaborado, como autor, con diversas editoriales, como Bruguera, Labor, Pirámide, Paraninfo, la Fundación Germán Sánchez Ruipérez, Ediciones Generales Anaya, Visor y Biblograf. Sin embargo, desde 1999 hasta la actualidad, Ediciones Trea, de Gijón, ha publicado todas sus obras en venta, sean primeras ediciones o reediciones, menos dos que edita Pirámide: el Diccionario de redacción y estilo y el Manual de edición y autoedición.
Su primera obra, el Diccionario de tipografía y del libro, apareció en 1974. La primera idea para su escritura se la sugirió la ausencia de bibliografía útil sobre tipografía y bibliología a partir de los años cincuenta del siglo pasado. La bibliografía especializada era escasísima, los temas no estaban cubiertos con los libros disponibles y en las bibliotecas no existían demasiadas fuentes para el estudio de la tipografía y las ciencias afines. Solo en 1961 el Diccionario de dudas y dificultades de la lengua española, de Manuel Seco, vino a paliar la situación, pero solo en lo relacionado con el lenguaje. Faltaban obras que atendieran a las necesidades en tipografía, en ortotipografía y en los varios aspectos cubiertos por la bibliología.
En esas condiciones, Martínez de Sousa se puso a investigar, a buscar textos, libros, apuntes... Con todos esos apuntes de las más variadas materias comenzó a darle forma a su primer libro. Un libro, como se dijo entonces, nacido de las necesidades de su autor. A comienzos de 1974 apareció en las librerías la primera edición de una obra que llegaría hasta la cuarta, y aun hoy, ya muy superada por otras obras del autor, es muy apreciada por sus destinatarios.

Posteriormente aparecieron las siguientes obras:

* Dudas y errores de lenguaje, cinco ediciones entre 1974 y 1992 (agotada).
* Diccionario internacional de siglas, 1978; segunda edición, con el título de Diccionario internacional de siglas y acrónimos, 1991 (agotada).
* Diccionario general del periodismo, 1981; segunda edición, con el título de Diccionario de información, comunicación y periodismo, 1992 (agotada).
* Diccionario de ortografía, 1985 (agotada).
* Diccionario de ortografía técnica, 1987 (agotada; su contenido se reintegró parcialmente en Ortografía y ortotipografía del español actual).
* Pequeña historia del libro, tres ediciones entre 1987 y 1999.
* Diccionario de bibliología y ciencias afines, 1989; segunda edición, 1993 (agotada; reeditada, muy aumentada y puesta al día, en el 2004).
* Reforma de la ortografía española: estudio y pautas, 1991 (agotada).
* Diccionario de redacción y estilo, tres ediciones entre 1993 y 2003.
* Manual de edición y autoedición, 1994 (cuatro reimpresiones); segunda edición, 2005.
* Diccionario de lexicografía práctica, dos ediciones en 1995 (agotada).
* Diccionario de ortografía de la lengua española, 1995; segunda edición, 2000 (agotada).
* Diccionario de usos y dudas del español actual (conocido por DUDEA), tres ediciones en Biblograf entre 1996 y 2001; tres ediciones en Círculo de Lectores entre 1998 y 1999; una tirada especial de 50 000 ejemplares para México en el 2003; y la última edición, en Ediciones Trea, en el año 2008.
* Manual de estilo de la lengua española (conocido por MELE), 2000; segunda edición, 2003; tercera edición, 2007 (MELE 3).
* Diccionario de edición, tipografía y artes gráficas, 2001 (agotada; su contenido se reintegró en el Diccionario de bibliología y ciencias afines).
* Libro de estilo Vocento, 2003.
* Ortografía y ortotipografía del español actual, 2004.
* Diccionario de bibliología y ciencias afines, 2004 (de hecho es la tercera edición de la obra del mismo título editada por primera vez en 1989; acumula el contenido del Diccionario de edición, tipografía y artes gráficas).
* Antes de que se me olvide, 2005.
* La palabra y su escritura, 2006.
* Diccionario de uso de las mayúsculas y minúsculas, 2007.

Es notable también la cantidad de conferencias pronunciadas y los cursos, cursillos, críticas, prólogos, artículos, etc., impartidos o escritos a lo largo de su vida profesional y aun después (el texto de los más importantes se recoge en La palabra y su escritura). En Antes de que se me olvide (pp. 185–205) se proporciona una lista muy completa de las fechas y lugares en que ha dado estas conferencias y cursos. Se ha relacionado también con las siguientes universidades españolas: Barcelona, Autónoma de Barcelona, Pompeu Fabra (Barcelona), Autónoma de Madrid, Alfonso X el Sabio (Madrid), León, Santiago de Compostela, Granada, Salamanca, Zaragoza, La Coruña, Jaume I (Castellón). También ha dado clases durante varios cursos en el Máster de Edición de Santillana (Madrid) y en la Escuela de Medios de La Voz de Galicia (La Coruña). Fue director técnico del primer Curso de Posgrado en Lexicografía y Obras Enciclopédicas, impartido en la Universidad de Barcelona, del cual fue director académico el catedrático Carlos Matín Vide. Ha colaborado en El País (Madrid) y en varias revistas, especialmente en Gráficas.





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Web de
José Martínez de Sousa
Para ver artículo
Problemas de puntuación estilística,
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Onomatopeyas
recopiladas por José Martínez de Sousa
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Mayúsculas y Minúsculas
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PROBLEMAS DE PUNTUACIÓN ESTILÍSTICA (José Martínez de Sousa)

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5.4.3. PROBLEMAS DE PUNTUACIÓN ESTILÍSTICA.


No se puntúa hoy como hace cinco siglos, por poner un ejemplo. La evolución de la lengua, inapreciable a lo largo de una generación, pero activa sin duda de ningún tipo, afecta también a la manera de puntuar, como una consecuencia del cambio en la forma de construir el discurso. Construimos el lenguaje de manera distinta, lo entonamos y pronunciamos asimismo de otro modo, y en consecuencia también la puntuación varía.


5.4.3.1. El experimentalismo puntuario.
Polo (1974, 115-116) mantiene la teoría, que comparto, de que «no existe, en principio, ninguna puntuación literaria especial: existe un sistema de puntuación que es aprovechado, solo en parte, en las situaciones que nos plantean los temas y la intención anexa en lo que escribimos normalmente; y que pueden presentarse situaciones semático-prosódicas tan complejas en cualquier continuo del hablar -sea literario o no-, que, al traducirlo al sistema gráfico, nos veamos obligados a salirnos de la norma -porque la conocemos-, a llevar el sistema de representación gráfica más allá de lo usual». Y un poco más adelante: «De ahí que nos opongamos a una división, artificial, entre puntuación normal y puntuación literaria».
Sin embargo, esto no significa que la puntuación presente un modelo uniforme, de tal manera que no sea posible salirse de sus cauces. Muy al contrario, como hemos citado antes (§ 1), «cada autor puntúa a su modo», en palabras de Azorín. Josep M. Espinàs (l. cit.) dice que cada autor puede escribir de más de una manera: «Hay diversas soluciones para puntuar correctamente un mismo texto, pero hemos de saber que cada cambio de puntuación supone un matiz diferente de expresión».
Habría, pues, que preguntarse: ¿a qué responden entonces las heterodoxias gráficas y puntuarías a que algunos autores —y no precisamente noveles— se dedican con tanto afán? Me atrevo a suponer tres causas principales:


a)      como trasunto de peculiaridades de los personajes descritos: es obvio que una criada sin formación escolar se expresará de forma muy distinta que una persona formada, y en consecuencia puntuará en consonancia con su falta de conocimientos del código gráfico;  


b)      como expresión de unos ritmos de lectura que resulten convenientes en función del contexto;  


c)      como forma de superar lo que en un momento dado pueda considerarse terreno trillado y prosaico o bien desprecio de lo normativo para adentrarse en el laboratorio de la experimentación más o menos revolucionaria.
De este último aspecto tenemos varios ejemplos, pero no todos obedecen a las mismas motivaciones. Ferrater Mora, en 1971 (cit. Polo, 1974, 121-122), decía que «Por desgracia, algunos escritores parecen más preocupados por la puntuación (o la antipuntuación) de lo que sería de desear. Parece como si creyeran que el servirse mecánica y automáticamente de esos trucos basta para la creación literaria -un aspecto de la demasiado arraigada creencia de que con salirse de las normas, sin más, ya se consigue algo, un beneficio sustancial, es decir, algo “nuevo”, y de que la novedad, además, consiste en la “anormalidad”». Y dice más adelante: «Consideremos brevemente la segunda operación que algunos escritores ejecutan. Los aludidos se frotan las manos de gusto (“¡Qué bueno!, ¿no?”, “Miren (admiren) lo que hago”, “¡Cómo van a rabiar los maestros de escuela (y otros)!”) cuando juguetean con los tipógrafos: imprímase la página 39 al revés; la nota al pie de la página 101 se pondrá a la cabeza; no se busque la nota anunciada en la página 125 porque se ha omitido deliberadamente; desde las páginas 130 a la 138 se imprimirá el texto a dos columnas (no importa el orden); [...]». 
Carlos Barral, en un artículo publicado en Cuadernos para el Diálogo, titulado «Punto alto» (núm. 247, 21-27.1.1978), muestra su irritación tras la lectura de una novela solo puntuada con un punto seguido de minúscula en cada caso. «El joven autor candidato a editor -dice- hubiera forzado mucho menos la paciencia del lector editorial si se hubiera atenido a una convención innegablemente útil y francamente difícil de sustituir. [...] Me confieso [...] muy conservador y desconfiado de las revoluciones tipográficas que en lugar de acercar a una correcta lectura establecen la ambigüedad semántica como ley. Es cierto que en poesía el sistema de pausa no siempre corresponde al sintáctico y que a veces conviene señalar pausas no convencionales, no gramaticales, pero en esos casos es mejor coma de más que coma de menos. Incluso en buena prosa a veces es conveniente introducir comas de refuerzo, por ejemplo, antes de copulativa y después de una enumeración. El exceso de signos de puntuación no es necesariamente molesto al lector. La escasez o la utilización arbitraria, más bien sí». Barral se refiere seguidamente a que experimentos semejantes los ha visto en Autobiografía de Federico Sánchez de Jorge Semprún, en la que en ciertos excursos solo aparecen los dos puntos como signo de puntuación, y atribuye este experimento a la influencia de las últimas novelas de Juan Goytisolo, «en las que de todos modos -dice- el experimentalismo en materia de puntuación[,] en tanto que forma parte de un intento más general de violación del lenguaje, parece menos injustificado». Y termina el autor tan largamente citado: «Una prosa complicada o no convencional [...] no gana nada con la desnaturalización de todas las pausas a través de una puntuación que no orienta al lector acerca de la estructura de la elocución y lo condena a respirar igual por una coma entre palabras yuxtapuestas y un punto y aparte de final y comienzo de discurso. La puntuación tal como la hemos heredado es hasta ahora el mejor apoyo de una lectura que se quiere orientar».
Miguel Delibes, en La hoja roja (Barcelona, Destino, 1975, cap. XVI), presenta una carta escrita por una criada con la «ortografía» que a esta corresponde. Toda la obra está puntuada canónicamente, excepto esta intervención.
El mismo Delibes, en Parábola del náufrago (Barcelona, Destino, 1969), utiliza una forma de puntuación que pudiéramos considerar metapuntuaria: escribe coma donde él pondría el signo coma, punto donde pondría punto, abrir paréntesis donde abriría este signo, etc. Sin embargo, se trata de un experimento incompleto, o cuando menos irregular, por cuanto también aparecen signos canónicos, y lugares donde nosotros pondríamos coma y no aparece ni el nombre ni el signo.
Cabrera Infante, en Tres tristes tigres (Barcelona, Seix Barral, 1969, 28 ss.), reproduce también una carta escrita por una persona sin formación ortográfica. El autor trata de imitar las cacografías de la persona que escribe mal su lengua, pero es en ello bastante irregular, y se advierte la artificiosidad de la grafía.
Caso distinto es el del escritor chileno afincado en España Mauricio Wacquez, en cuya obra titulada Paréntesis (Barcelona, Barral, 1975) no hay más signo de puntuación que la coma, aunque no desprecia el empleo de signos auxiliares como el menos o raya, la exclamación y la interrogación. La obra, por lo demás, aparece encerrada entre dos paréntesis, uno que la abre y otro que la cierra, con un solo punto al final, colocado después del paréntesis (aunque las normas establecen lo contrario: el punto, en este caso, ha de ir antes de cerrar el paréntesis).
También Camilo José Cela y Julio Cortázar han utilizado la experimentación puntuaria para crear nuevas formas de expresión.

José Martínez de Sousa
de “La puntuación”
Publicado en ACTA, Manual Formativo
(Organización Panamericana de la Salud, Bolivia)






GRAMÁTICA DE LA LENGUA CASTELLANA (Antonio de Nebrija, 1492)

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Capítulo sexto remedio que se puede tener para escribir puramente castellano




Vengamos ahora al remedio que se puede tener para escribir las pronunciaciones que ahora representamos por ajeno oficio de letras. La c, como dijimos, tiene tres oficios, y por el contrario la c, k, q, tienen un oficio; y si ahora repartiésemos estas tres letras por aquellas tres pronunciaciones, todo el negocio en aquesta parte sería hecho. Mas, porque en aquello que es como ley consentida por todos, es cosa dura hacer novedad, podíamos tener esta templanza: que la c valiese por aquella voz que dijimos ser suya propia, llamándola, como se nombran las otras letras, por el nombre del son que tiene; y que la ç, puesta debajo aquella señal que llaman çerilla, valiese por otra, para representar el segundo oficio de la c, llamándola por el nombre de su voz; y lo que ahora se escribe con ch, se escribiese con una nueva figura, la cual se llamase del nombre de su fuerza; y mientras que para ello no entreviene el autoridad de vuestra Alteza, o el común consentimiento de los que tienen poder para hacer uso, sea la ch, con una tilde encima; porque si dejásemos la ch sin señal, vendríamos en aquel error: que con unas mismas letras pronunciaríamos diversas cosas en el castellano y en el latín.


La g tiene dos oficios: uno propio, y otro prestado. Eso mismo la i tiene otros dos: uno, cuando es vocal, y otro, cuando es consonante, el cual concurre con la g, cuando después de ella se siguen e, i. Así que, dejando la g, i, en sus propias fuerzas, con una figura que añadamos para representar lo que ahora escribimos con g, i, cuando les damos ajeno oficio, queda hecho todo lo que buscamos, dándoles todavía a las letras el son de su pronunciación. Ésta podría ser la y griega, sino que está en uso de ser siempre vocal; mas sea la j luenga, porque no seamos autores de tanta novedad, y entonces quedará sin oficio la y griega.


La l tiene dos oficios: uno propio, que trajo consigo del latín; otro prestado, cuando la ponemos doblada. Y por no hacer mudanza sino donde mucho es menester, dejaremos esta doblada ll para representar lo que por ellas ahora representamos, con dos condiciones: que quitando el pie a la segunda, las tengamos entrambas en lugar de una, y que le pongamos tal nombre cual son le damos.


La n tiene dos fuerzas: una que trajo consigo del latín, y otra que le damos ajena, doblándola, y poniendo encima la tilde; mas dejando la n sencilla en su fuerza, para representar aquel son que le queremos dar prestado ponemos una tilde encima, o haremos lo que en esta pronunciación hacen los griegos y latinos, escribiéndola con gn; como quiera que la n con la g se hagan adulterinas y falsas, según escribe Nigidio, varón en sus tiempos, después de Tulio, el más grave de todos y más enseñado.


La u tiene dos fuerzas: una de vocal, y otra de vau consonante; también tiene entre nosotros dos figuras: una de que usamos en el comienzo de las dicciones, y otra de que usamos en el medio de ellas; y, pues que aquella de que usamos en los comienzos, siempre allí es consonante, usemos de ella como de consonante; en todos los otros lugares, quedando la otra siempre vocal.


La h entre nosotros tiene tres oficios: uno propio, que trae consigo en las dicciones latinas, mas no le damos su fuerza, como en estas: humano, humilde, donde la escribimos sin causa, pues que de ninguna cosa sirve; otro, cuando se sigue u después de ella, para demostrar que aquella u no es consonante sino vocal, como en estas dicciones: huésped, huerto, huevo; lo cual ya no es menester, si las dos fuerzas que tiene la u distinguimos por estas dos figuras: u, v; el tercero oficio es cuando le damos fuerza de letra haciéndola sonar, como en las primeras letras de estas dicciones: hago, hijo; y entonces ya no sirve por sí, salvo por otra letra, y llamarla hemos "he", como los judíos y moros, de los cuales recibimos esta pronunciación.


La x, aunque en el griego y latín, de donde recibimos esta figura, vale tanto como cs, porque en nuestra lengua de ninguna cosa nos puede servir, quedando en su figura con una tilde, dámosle aquel son que arriba dijimos nuestra lengua haber tomado del arábigo, llamándola del nombre de su fuerza. Así que será nuestro abc de estas veintiséis letras: a, b, c, ç, ch, d, e, f, g, h, i, j, l, ll, m, n, o, p, r, s, t, v, u, x, z; por las cuales distintamente podemos representar las veintiséis pronunciaciones de que arriba habemos disputado.


Antonio de Nebrija
Libro primero en que trata de la ortographia
de la Gramática de la Lengua Castellana

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Capítulo quinto, de las letras y pronunciaciones
de la lengua castellana



Lo que dijimos en el capítulo pasado de las letras latinas, podemos decir en nuestra lengua: que de veintitrés figuras de letras que tenemos prestadas del latín para escribir el castellano, solamente nos sirven por sí mismas estas doce: a, b, d, e, f, m, o, p, r, s, t, z; por sí mismas y por otras estas seis: c, g, i, l, n, u; por otras y no por sí mismas estas cinco: h, q, k, x, y. Para mayor declaración de lo cual habemos aquí de presuponer lo que todos los que escriben de ortografía presuponen: que así tenemos de escribir como pronunciamos, y pronunciar como escribimos, porque en otra manera en vano fueron halladas las letras. Lo segundo, que no es otra cosa la letra sino figura por la cual se representa la voz y pronunciación. Lo tercero, que la diversidad de las letras no está en la diversidad de la figura, sino en la diversidad de la pronunciación. Así que contadas y reconocidas las voces que hay en nuestra lengua, hallaremos otras veintiséis, mas no todas aquellas mismas que dijimos del latín, a las cuales de necesidad han de responder otras veintiséis figuras, si bien y distintamente las queremos por escritura representar. Lo cual, por manifiesta y suficiente inducción, se prueba en la manera siguiente: de las doce letras que dijimos que nos sirven por sí mismas, no hay duda sino que representan las voces que nosotros les damos; y que la k, q, no tengan oficio alguno pruébase por lo que dijimos en el capítulo pasado: que la c, k, q, tienen un oficio, y por consiguiente las dos de ellas eran ociosas. Porque de la k ninguno duda sino que es muerta, en cuyo lugar, como dice Quintiliano, sucedió la c, la cual igualmente traspasa su fuerza a todas las vocales que se siguen. De la q no nos aprovechamos sino por voluntad, porque todo lo que ahora escribimos con q, podríamos escribir con c, mayormente si a la c no le diésemos tantos oficios cuantos ahora le damos. La y griega tampoco yo no veo de qué sirve, pues que no tiene otra fuerza ni sonido que la i latina, salvo si queremos usar de ella en los lugares donde podría venir en duda si la i es vocal o consonante, como escribiendo: raya, ayo, yunta, si pusiésemos i latina diría otra cosa muy diversa: raia, aio, iunta. Así que de veintitrés figuras de letras quedan solas ocho, por las cuales ahora representamos catorce pronunciaciones multiplicándoles los oficios en esta manera: La c tiene tres oficios: uno propio, cuando después de ella se siguen a, o, u, como en las primeras letras de estas dicciones: cabra, corazón, cuero; tiene también dos oficios prestados: uno, cuando debajo de ella acostumbramos poner una señal que llaman cerilla, como en las primeras letras de estas dicciones: çarça, çebada; la cual pronunciación es propia de judíos y moros, de los cuales, cuanto yo pienso, las recibió nuestra lengua, porque ni los griegos ni latinos que bien pronuncian, la sienten ni conocen por suya; de manera que, pues la c, puesta debajo aquella señal, muda la substancia de la pronunciación, ya no es c, sino otra letra, como la tienen distinta los judíos y moros, de los cuales nosotros la recibimos cuanto a la fuerza, mas no cuanto a la figura que entre ellos tiene. El otro oficio que la c tiene prestado es cuando después de ella ponemos h, cual pronunciación suena en las primeras letras de estas dicciones: chapín, chico; la cual así es propia de nuestra lengua que ni judíos, ni moros, ni griegos, ni latinos la conocen por suya; nosotros escribímosla con ch, las cuales letras, como dijimos en el capítulo pasado, tienen otro son muy diverso del que nosotros les damos. La g tiene dos oficios, uno propio cual suena cuando después de ella se siguen a, o, u; otro prestado, cuando después de ella se siguen e, i, como en las primeras letras de estas dicciones: gallo, gente, girón, gota, gula; la cual, cuando suena con e, i, así es propia de nuestra lengua que ni judíos, ni griegos, ni latinos la sienten ni pueden conocer por suya, salvo el morisco, de la cual lengua yo pienso que nosotros la recibimos. La h no sirve por sí en nuestra lengua, mas usamos de ella para tal sonido cual pronunciamos en las primeras letras de estas dicciones: hago, hecho; la cual letra, aunque en el latín no tenga fuerza de letra, es cierto que como nosotros la pronunciamos, hiriendo en la garganta, se puede contar en el número de las letras, como los judíos y moros, de los cuales nosotros la recibimos, cuanto yo pienso, la tienen por letra. La i tiene dos oficios: uno propio, cuando usamos de ella como de vocal, como en las primeras letras de estas dicciones: ira, igual; otro común con la g, porque cuando usamos de ella como de consonante, ponémosla siguiéndose a, o, u, y ponemos la g, si se siguen e, i; la cual pronunciación, como dijimos de la g, es propia nuestra y del morisco, de donde nosotros la pudimos recibir. La l tiene dos oficios: uno propio, cuando la ponemos sencilla, como en las primeras letras de estas dicciones: lado, luna; otro ajeno, cuando la ponemos doblada y le damos tal pronunciación, cual suena en las primeras letras de estas dicciones: llave, lleno; la cual voz, ni judíos, ni moros, ni griegos, ni latinos conocen por suya; escribímosla nosotros mucho contra toda razón de ortografía, porque ninguna lengua puede sufrir que dos letras de una especie puedan juntas herir la vocal, ni puede la l doblada apretar tanto aquella pronunciación para que por ella podamos representar el sonido que nosotros le damos. La n eso mismo tiene dos oficios: uno propio, cuando la ponemos sencilla, cual suena en las primeras letras de estas dicciones: nave, nombre; otro ajeno, cuando la ponemos doblada o con una tilde encima, como suena en las primeras letras de estas dicciones: ñudo, ñublado, o en las siguientes de estas: año, señor; lo cual no podemos hacer más que lo que decíamos de la l doblada, ni el título sobre la n puede hacer lo que nosotros queremos, salvo si lo ponemos por letra, y entonces hacémosle injuria en no la poner en orden con las otras letras del abc. La u, como dijimos de la i, tiene dos oficios: uno propio, cuando suena por sí como vocal, así como en las primeras letras de estas dicciones: uno, uso; otro prestado, cuando hiere la vocal, cual pronunciación suena en las primeras letras de estas dicciones: valle, vengo; los gramáticos antiguos, en lugar de ella ponían el digama eólico, que tiene semejanza de nuestra f, y aun en el son no está mucho lejos de ella; mas después que la f sucedió en lugar de la ph griega, tomaron prestada la u, y usaron de ella en lugar del digama eólico. La x, ya dijimos qué son tiene en el latín, y que no es otra cosa sino breviatura de cs; nosotros dámosle tal pronunciación, cual suena en las primeras letras de estas dicciones: xenabe, xabón, o en las últimas de aquestas: relox, balax; mucho contra su naturaleza, porque esta pronunciación, como dijimos, es propia de la lengua arábiga, de donde parece que vino a nuestro lenguaje. Así que, de lo que habemos dicho, se sigue y concluye lo que queríamos probar: que el castellano tiene veintiséis diversas pronunciaciones; y que de veintitrés letras que tomó prestadas del latín, no nos sirven limpiamente sino las doce, para las doce pronunciaciones que trajeron consigo del latín, y que todas las otras se escriben contra toda razón de ortografía.



Antonio de Nebrija
Libro primero en que trata de la ortographia
de la Gramática de la Lengua Castellana

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Asociación cultural Antonio de Nebrija

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