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LAZARILLO DE TORMES

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El Lazarillo de Tormes
Luis Santamaría Pizarro (documentado entre 1884 y 1912)
Museo del Prado (depositado en el Museo de Almería)



La vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades (más conocida como Lazarillo de Tormes) es una novela española anónima, escrita en primera persona y en estilo epistolar (como una sola y larga carta), cuya edición conocida más antigua data de 1554. En ella se cuenta de forma autobiográfica la vida de un niño, Lázaro de Tormes, en el siglo XVI, desde su nacimiento y mísera infancia hasta su matrimonio, ya en la edad adulta. Es considerada precursora de la novela picaresca por elementos como el realismo, la narración en primera persona, la estructura itinerante, el servicio a varios amos y la ideología moralizante y pesimista. 

Lazarillo de Tormes es un esbozo irónico y despiadado de la sociedad del momento, de la que se muestran sus vicios y actitudes hipócritas, sobre todo las de los clérigos y religiosos. Hay diferentes hipótesis sobre su autoría. Probablemente el autor fue simpatizante de las ideas erasmistas. Esto motivó que la Inquisición la prohibiera y que, más tarde, permitiera su publicación, una vez expurgada. La obra no volvió a ser publicada íntegramente hasta el siglo XIX. Wikipedia


TEXTOS ESCOGIDOS:
  

  • Prólogo (Yo por bien tengo cosas tan señaladas...)



    EDICIONES ESCOGIDAS:
    • Edición de Burgos de 1554, con interpolaciones de la edición de alcalá, del mismo año, pinchar aquí 
    • La misma edición en Wikisource, pinchando aquí
    • Edición digital, en Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, basada en las de Burgos, Juan de Junta, 1554; Alcalá de Henares, en casa de Salzedo, 1554; Amberes, en casa de Martín Nucio, 1554 y Medina del Campo, Mateo y Francisco del Canto, 1554. Y cotejada con las ediciones críticas de Alberto Blecua (Madrid, Castalia, 1972), José M. Caso González (Madrid,BRAE 1967; Anejo XVII) y Francisco Rico (Madrid, Cátedra, 1987). pinchando aquí
      
      
    ESTUDIOS Y ENLACES:









    LAZARILLO DE TORMES (RTV)



     



    Tratado Primero
    Cuenta Lázaro su vida, y cúyo hijo fue




    Pues sepa V.M. ante todas cosas que a mí llaman Lázaro de Tormes, hijo de Tomé González y de Antona Pérez, naturales de Tejares, aldea de Salamanca. Mi nacimiento fue dentro del río Tormes, por la cual causa tome el sobrenombre, y fue desta manera. Mi padre, que Dios perdone, tenía cargo de proveer una molienda de una aceña, que esta ribera de aquel río, en la cual fue molinero mas de quince años; y estando mi madre una noche en la aceña, preñada de mí, tomóle el parto y parióme allí: de manera que con verdad puedo decir nacido en el río.


    Pues siendo yo niño de ocho años, achacaron a mi padre ciertas sangrías mal hechas en los costales de los que allí a moler venían, por lo que fue preso, y confesó y no negó y padeció persecución por justicia. Espero en Dios que está en la Gloria, pues el Evangelio los llama bienaventurados. En este tiempo se hizo cierta armada contra moros, entre los cuales fue mi padre, que a la sazón estaba desterrado por el desastre ya dicho, con cargo de acemilero de un caballero que allá fue, y con su señor, como leal criado, feneció su vida.


    Mi viuda madre, como sin marido y sin abrigo se viese, determinó arrimarse a los buenos por ser uno dellos, y vínose a vivir a la ciudad, y alquiló una casilla, y metióse a guisar de comer a ciertos estudiantes, y lavaba la ropa a ciertos mozos de caballos del Comendador de la Magdalena, de manera que fue frecuentando las caballerizas. Ella y un hombre moreno de aquellos que las bestias curaban, vinieron en conocimiento. Éste algunas veces se venía a nuestra casa, y se iba a la mañana; otras veces de día llegaba a la puerta, en achaque de comprar huevos, y entrábase en casa. Yo al principio de su entrada, pesábame con él y habíale miedo, viendo el color y mal gesto que tenía; mas de que vi que con su venida mejoraba el comer, fuile queriendo bien, porque siempre traía pan, pedazos de carne, y en el invierno leños, a que nos calentábamos.


    De manera que, continuando con la posada y conversación, mi madre vino a darme un negrito muy bonito, el cual yo brincaba y ayudaba a calentar. Y acuérdome que, estando el negro de mi padre trebejando con el mozuelo, como el niño vía a mi madre y a mí blancos, y a él no, huía dél con miedo para mi madre, y señalando con el dedo decía:


    —¡Madre, coco!


    Respondió él riendo:


    —¡Hideputa!


    Yo, aunque bien mochacho, noté aquella palabra de mi hermanico, y dije entre mí “¡Cuántos debe de haber en el mundo que huyen de otros porque no se ven a sí mismos!”


    Quiso nuestra fortuna que la conversación del Zaide, que así se llamaba, llegó a oídos del mayordomo, y hecha pesquisa, halloóe que la mitad por medio de la cebada, que para las bestias le daban, hurtaba, y salvados, leña, almohazas, mandiles, y las mantas y sábanas de los caballos hacií perdidas, y cuando otra cosa no tenía, las bestias desherraba, y con todo esto acudía a mi madre para criar a mi hermanico. No nos maravillemos de un clérigo ni fraile, porque el uno hurta de los pobres y el otro de casa para sus devotas y para ayuda de otro tanto, cuando a un pobre esclavo el amor le animaba a esto. Y probósele cuanto digo y aun más, porque a mí con amenazas me preguntaban, y como niño respondía, y descubría cuanto sabía con miedo, hasta ciertas herraduras que por mandado de mi madre a un herrero vendí.


    Al triste de mi padrastro azotaron y pringaron, y a mi madre pusieron pena por justicia, sobre el acostumbrado centenario, que en casa del sobredicho Comendador no entrase, ni al lastimado Zaide en la suya acogiese.


    Por no echar la soga tras el caldero, la triste se esforzó y cumplió la sentencia; y por evitar peligro y quitarse de malas lenguas, se fue a servir a los que al presente vivían en el mesón de la Solana; y allí, padeciendo mil importunidades, se acabó de criar mi hermanico hasta que supo andar, y a mí hasta ser buen mozuelo, que iba a los huéspedes por vino y candelas y por lo demás que me mandaban.


    En este tiempo vino a posar al mesón un ciego, el cual, pareciéndole que yo sería para adestralle, me pidió a mi madre, y ella me encomendó a él, diciéndole como era hijo de un buen hombre, el cual por ensalzar la fe había muerto en la de los Gelves, y que ella confiaba en Dios no saldría peor hombre que mi padre, y que le rogaba me tratase bien y mirase por mí, pues era huérfano. Él le respondió que así lo haría, y que me recibía no por mozo sino por hijo. Y así le comencé a servir y adestrar a mi nuevo y viejo amo.


    Como estuvimos en Salamanca algunos días, pareciéndole a mi amo que no era la ganancia a su contento, determinó irse de allí; y cuando nos hubimos de partir, yo fui a ver a mi madre, y ambos llorando, me dio su bendición y dijo:


    —Hijo, ya sé que no te veré más. Procura ser bueno, y Dios te guíe. Criado te he y con buen amo te he puesto. Válete por ti.


    Y así me fui para mi amo, que esperándome estaba.


    Salimos de Salamanca, y llegando a la puente, está a la entrada della un animal de piedra, que casi tiene forma de toro, y el ciego mandóme que llegase cerca del animal, y allí puesto, me dijo:


    —Lázaro, llega el oído a este toro, y oirás gran ruido dentro de él


    Yo simplemente llegue, creyendo ser ansí; y como sintió que tenía la cabeza par de la piedra, afirmó recio la mano y dióme una gran calabazada en el diablo del toro, que más de tres días me duró el dolor de la cornada, y díjome:


    —Necio, aprende que el mozo del ciego un punto ha de saber mas que el diablo


    Y rió mucho la burla.

    Parecióme que en aquel instante desperté de la simpleza en que como niño dormido estaba. Dije entre mí: “Verdad dice éste, que me cumple avivar el ojo y avisar, pues solo soy, y pensar cómo me sepa valer.”


    Comenzamos nuestro camino, y en muy pocos días me mostró jerigonza, y como me viese de buen ingenio, holgábase mucho, y decía:


    —Yo oro ni plata no te lo puedo dar, mas avisos para vivir muchos te mostraré.


    Y fue ansi, que después de Dios, éste me dio la vida, y siendo ciego me alumbró y adestró en la carrera de vivir.


    Huelgo de contar a V.M. estas niñerías para mostrar cuanta virtud sea saber los hombres subir siendo bajos, y dejarse bajar siendo altos, cuánto vicio.


    Pues tornando al bueno de mi ciego y contando sus cosas, V.M. sepa que desde que Dios crió el mundo, ninguno formó más astuto ni sagaz. En su oficio era un águila; ciento y tantas oraciones sabía de coro: un tono bajo, reposado y muy sonable que hacía resonar la iglesia donde rezaba, un rostro humilde y devoto que con muy buen continente ponía cuando rezaba, sin hacer gestos ni visajes con boca ni ojos, como otros suelen hacer.


    Allende desto, tenía otras mil formas y maneras para sacar el dinero. Decía saber oraciones para muchos y diversos efectos: para mujeres que no parían, para las que estaban de parto, para las que eran malcasadas, que sus maridos las quisiesen bien; echaba pronósticos a las preñadas, si traía hijo o hija. Pues en caso de medicina, decía que Galeno no supo la mitad que él para muela, desmayos, males de madre. Finalmente, nadie le decía padecer alguna pasión, que luego no le decía:


    —Haced esto, haréis estotro, coged tal yerba, tomad tal raíz.


    Con esto andábase todo el mundo tras él, especialmente mujeres, que cuanto les decían creían. Destas sacaba él grandes provechos con las artes que digo, y ganaba más en un mes que cien ciegos en un año.


    Mas también quiero que sepa vuestra merced que, con todo lo que adquiría, jamás tan avariento ni mezquino hombre no vi, tanto que me mataba a mi de hambre, y así no me demediaba de lo necesario. Digo verdad: si con mi sotileza y buenas mañas no me supiera remediar, muchas veces me finara de hambre; mas con todo su saber y aviso le contaminaba de tal suerte que siempre, o las más veces, me cabía lo mas y mejor. Para esto le hacía burlas endiabladas, de las cuales contare algunas, aunque no todas a mi salvo.


    Él traía el pan y todas las otras cosas en un fardel de lienzo que por la boca se cerraba con una argolla de hierro y su candado y su llave, y al meter de todas las cosas y sacallas, era con tan gran vigilancia y tanto por contadero, que no bastaba hombre en todo el mundo hacerle menos una migaja; mas yo tomaba aquella lacería que él me daba, la cual en menos de dos bocados era despachada. Después que cerraba el candado y se descuidaba pensando que yo estaba entendiendo en otras cosas, por un poco de costura, que muchas veces del un lado del fardel descosía y tornaba a coser, sangraba el avariento fardel, sacando no por tasa pan, mas buenos pedazos, torreznos y longaniza; y ansí buscaba conveniente tiempo para rehacer, no la chaza, sino la endiablada falta que el mal ciego me faltaba.


    Todo lo que podía sisar y hurtar, traía en medias blancas; y cuando le mandaban rezar y le daban blancas, como él carecía de vista, no había el que se la daba amagado con ella, cuando yo la tenía lanzada en la boca y la media aparejada, que por presto que él echaba la mano, ya iba de mi cambio aniquilada en la mitad del justo precio. Quejábaseme el mal ciego, porque al tiento luego conocía y sentía que no era blanca entera, y decía:


    —¿Qué diablo es esto, que después que conmigo estás no me dan sino medias blancas, y de antes una blanca y un maravedí hartas veces me pagaban? En tí debe estar esta desdicha.


    También el abreviaba el rezar y la mitad de la oración no acababa, porque me tenía mandado que en yéndose el que la mandaba rezar, le tirase por el cabo del capuz. Yo así lo hacia. Luego el tornaba a dar voces, diciendo:


    —¿Mandan rezar tal y tal oración? —como suelen decir.
    Usaba poner cabe si un jarrillo de vino cuando comíamos, y yo muy de presto le asía y daba un par de besos callados y tornábale a su lugar. Mas turóme poco, que en los tragos conocía la falta, y por reservar su vino a salvo nunca después desamparaba el jarro, antes lo tenía por el asa asido; mas no había piedra imán que así trajese a sí como yo con una paja larga de centeno, que para aquel menester tenía hecha, la cual metiéndola en la boca del jarro, chupando el vino lo dejaba a buenas noches. Mas como fuese el traidor tan astuto, pienso que me sintió, y dende en adelante mudo propósito, y asentaba su jarro entre las piernas, y atapabale con la mano, y ansí bebía seguro. Yo, como estaba hecho al vino, moría por él, y viendo que aquel remedio de la paja no me aprovechaba ni valía, acordé en el suelo del jarro hacerle una fuentecilla y agujero sotil, y delicadamente con una muy delgada tortilla de cera taparlo, y al tiempo de comer, fingiendo haber frío, entrabame entre las piernas del triste ciego a calentarme en la pobrecilla lumbre que teníamos, y al calor della luego derretida la cera, por ser muy poca, comenzaba la fuentecilla a destillarme en la boca, la cual yo de tal manera ponía que maldita la gota se perdía. Cuando el pobreto iba a beber, no hallaba nada: espantábase, maldecía, daba al diablo el jarro y el vino, no sabiendo que podía ser.


    —No diréis, tío, que os lo bebo yo —decía—, pues no le quitáis de la mano.


    Tantas vueltas y tiento dio al jarro, que halló la fuente y cayó en la burla; mas así lo disimuló como si no lo hubiera sentido, y luego otro día, teniendo yo rezumando mi jarro como solía, no pensando en el daño que me estaba aparejado ni que el mal ciego me sentía, sentéme como solía, estando recibiendo aquellos dulces tragos, mi cara puesta hacia el cielo, un poco cerrados los ojos por mejor gustar el sabroso licor, sintió el desesperado ciego que agora tenía tiempo de tomar de mí venganza y con toda su fuerza, alzando con dos manos aquel dulce y amargo jarro, le dejó caer sobre mi boca, ayudándose, como digo, con todo su poder, de manera que el pobre Lázaro, que de nada desto se guardaba, antes, como otras veces, estaba descuidado y gozoso, verdaderamente me pareció que el cielo, con todo lo que en él hay, me había caído encima.


    Fue tal el golpecillo, que me desatinó y sacó de sentido, y el jarrazo tan grande, que los pedazos dél se me metieron por la cara, rompiéndomela por muchas partes, y me quebró los dientes, sin los cuales hasta hoy día me quedé.


    Desde aquella hora quise mal al mal ciego, y aunque me quería y regalaba y me curaba, bien vi que se había holgado del cruel castigo. Lavóme con vino las roturas que con los pedazos del jarro me había hecho, y sonriéndose decía:


    —¿Que te parece, Lázaro? Lo que te enfermó te sana y da salud —y otros donaires que a mi gusto no lo eran.


    Ya que estuve medio bueno de mi negra trepa y cardenales, considerando que a pocos golpes tales el cruel ciego ahorraría de mí, quise yo ahorrar del; mas no lo hice tan presto por hacello más a mi salvo y provecho. Y aunque yo quisiera asentar mi corazón y perdonalle el jarrazo, no daba lugar el maltratamiento que el mal ciego dende allí adelante me hacía, que sin causa ni razón me hería, dándome coxcorrones y repelándome. Y si alguno le decía por que me trataba tan mal, luego contaba el cuento del jarro, diciendo:


    —¿Pensareis que este mi mozo es algún inocente? Pues oíd si el demonio ensayara otra tal hazaña.


    Santiguándose los que lo oían, decían:


    —¡Mira, quién pensara de un muchacho tan pequeño tal ruindad!


    Y reían mucho el artificio, y decíanle:


    VCastigaldo, castigaldo, que de Dios lo habréis.


    Y él con aquello nunca otra cosa hacía.


    Y en esto yo siempre le llevaba por los peores caminos, y adrede, por le hacer mal y daño: si había piedras, por ellas, si lodo, por lo más alto; que aunque yo no iba por lo mas enjuto, holgábame a mí de quebrar un ojo por quebrar dos al que ninguno tenía. Con esto siempre con el cabo alto del tiento me atentaba el colodrillo, el cual siempre traía lleno de tolondrones y pelado de sus manos; y aunque yo juraba no lo hacer con malicia, sino por no hallar mejor camino, no me aprovechaba ni me creía más: tal era el sentido y el grandísimo entendimiento del traidor.


    Y porque vea V.M. a cuánto se estendía el ingenio deste astuto ciego, contaré un caso de muchos que con él me acaecieron, en el cual me parece dio bien a entender su gran astucia. Cuando salimos de Salamanca, su motivo fue venir a tierra de Toledo, porque decía ser la gente mas rica, aunque no muy limosnera. Arrimábase a este refrán: “Más da el duro que el desnudo.” Y venimos a este camino por los mejores lugares. Donde hallaba buena acogida y ganancia, deteníamonos; donde no, a tercero día hacíamos Sant Juan.


    Acaeció que llegando a un lugar que llaman Almorox, al tiempo que cogían las uvas, un vendimiador le dio un racimo dellas en limosna, y como suelen ir los cestos maltratados y también porque la uva en aquel tiempo esta muy madura, desgranábasele el racimo en la mano; para echarlo en el fardel tornábase mosto, y lo que a él se llegaba. Acordó de hacer un banquete, ansí por no lo poder llevar como por contentarme, que aquel día me había dado muchos rodillazos y golpes. Sentamonos en un valladar y dijo:


    —Agora quiero yo usar contigo de una liberalidad, y es que ambos comamos este racimo de uvas, y que hayas dél tanta parte como yo.Partillo hemos desta manera: tú picarás una vez y yo otra; con tal que me prometas no tomar cada vez más de una uva, yo haré lo mesmo hasta que lo acabemos, y desta suerte no habrá engaño.
    Hecho ansí el concierto, comenzamos; mas luego al segundo lance; el traidor mudó de propósito y comenzó a tomar de dos en dos, considerando que yo debría hacer lo mismo. Como vi que el quebraba la postura, no me contente ir a la par con él, mas aun pasaba adelante: dos a dos, y tres a tres, y como podía las comía. Acabado el racimo, estuvo un poco con el escobajo en la mano y meneando la cabeza dijo:


    —Lázaro, engañado me has: juraré yo a Dios que has tu comido las uvas tres a tres.


    —No comí —dije yo— mas ¿por que sospecháis eso?”
    Respondió el sagacísimo ciego:


    —¿Sabes en que veo que las comiste tres a tres? En que comía yo dos a dos y callabas.”


    A lo cual yo no respondí. Yendo que íbamos ansí por debajo de unos soportales en Escalona, adonde a la sazón estábamos en casa de un zapatero, había muchas sogas y otras cosas que de esparto se hacen, y parte dellas dieron a mi amo en la cabeza; el cual, alzando la mano, toco en ellas, y viendo lo que era díjome:


    —Anda presto, mochacho; salgamos de entre tan mal manjar, que ahoga sin comerlo.


    Yo, que bien descuidado iba de aquello, mire lo que era, y como no vi sino sogas y cinchas, que no era cosa de comer, dijele:


    —Tío, ¿por qué decís eso?”


    Respondióme:


    —Calla, sobrino; según las mañas que llevas, lo sabrás y verás como digo verdad.


    Y ansí pasamos adelante por el mismo portal y llegamos a un mesón, a la puerta del cual había muchos cuernos en la pared, donde ataban los recueros sus bestias. Y como iba tentando si era allí el mesón, adonde él rezaba cada día por la mesonera la oración de la emparedada, asió de un cuerno, y con un gran sospiro dijo:


    —¡Oh, mala cosa, peor que tienes la hechura! ¡De cuántos eres deseado poner tu nombre sobre cabeza ajena y de cuán pocos tenerte ni aun oír tu nombre, por ninguna vía!”


    Como le oí lo que decía, dije:


    —Tío, ¿qué es eso que decís?


    —Calla, sobrino, que algún día te dará éste, que en la mano tengo, alguna mala comida y cena.”


    —No le comeré yo —dije— y no me la dará.


    —Yo te digo verdad; si no, verlo has, si vives.


    Y ansí pasamos adelante hasta la puerta del mesón, adonde pluguiere a Dios nunca allá llegáramos, según lo que me sucedía en él.


    Era todo lo más que rezaba por mesoneras y por bodegoneras y turroneras y rameras y ansí por semejantes mujercillas, que por hombre casi nunca le vi decir oración.


    Reíme entre mí, y aunque mochacho noté mucho la discreta consideración del ciego.


    Mas por no ser prolijo dejo de contar muchas cosas, así graciosas como de notar, que con este mi primer amo me acaecieron, y quiero decir el despidiente y con él acabar.


    Estábamos en Escalona, villa del duque della, en un mesón, y dióme un pedazo de longaniza que la asase. Ya que la longaniza había pringado y comídose las pringadas, sacó un maravedí de la bolsa y mandó que fuese por el de vino a la taberna. Púsome el demonio el aparejo delante los ojos, el cual, como suelen decir, hace al ladrón, y fue que había cabe el fuego un nabo pequeño, larguillo y ruinoso, y tal que, por no ser para la olla, debió ser echado allí. Y como al presente nadie estuviese sino él y yo solos, como me vi con apetito goloso, habiéndome puesto dentro el sabroso olor de la longaniza, del cual solamente sabía que había de gozar, no mirando que me podría suceder, pospuesto todo el temor por cumplir con el deseo, en tanto que el ciego sacaba de la bolsa el dinero, saque la longaniza y muy presto metí el sobredicho nabo en el asador, el cual mi amo, dándome el dinero para el vino, tomó y comenzó a dar vueltas al fuego, queriendo asar al que de ser cocido por sus deméritos había escapado.Yo fui por el vino, con el cual no tardé en despachar la longaniza, y cuando vine halle al pecador del ciego que tenía entre dos rebanadas apretado el nabo, al cual aun no había conocido por no lo haber tentado con la mano. Como tomase las rebanadas y mordiese en ellas pensando también llevar parte de la longaniza, hallose en frío con el frío nabo. Alterose y dijo:


    —¿Que es esto, Lazarillo?


    —¡Lacerado de mi! —dije yo— ¿Si queréis a mi echar algo? ¿Yo no vengo de traer el vino? Alguno estaba ahí, y por burlar haría esto.


    —No, no —dijo él—,que yo no he dejado el asador de la mano; no es posible.


    Yo torné a jurar y perjurar que estaba libre de aquel trueco y cambio; mas poco me aprovechó, pues a las astucias del maldito ciego nada se le escondía. Levantóse y asióme por la cabeza, y llegóse a olerme; y como debió sentir el huelgo, a uso de buen podenco, por mejor satisfacerse de la verdad, y con la gran agonía que llevaba, asiéndome con las manos, abríame la boca más de su derecho y desatentadamente metía la nariz, la cual el tenía luenga y afilada, y a aquella sazón con el enojo se habían augmentado un palmo, con el pico de la cual me llegó a la gulilla. Y con esto y con el gran miedo que tenía, y con la brevedad del tiempo, la negra longaniza aún no había hecho asiento en el estomago, y lo más principal, con el destiento de la cumplidísima nariz, medio cuasi ahogándome, todas estas cosas se juntaron y fueron causa que el hecho y golosina se manifestase y lo suyo fuese devuelto a su dueño: de manera que antes que el mal ciego sacase de mi boca su trompa, tal alteración sintió mi estomago que le dio con el hurto en ella, de suerte que su nariz y la negra malmaxcada longaniza a un tiempo salieron de mi boca.


    ¡Oh, gran Dios, quien estuviera aquella hora sepultado, que muerto ya lo estaba! Fue tal el coraje del perverso ciego que, si al ruido no acudieran, pienso no me dejara con la vida. Sacáronme de entre sus manos, dejándoselas llenas de aquellos pocos cabellos que tenía, arañada la cara y rascuñazo el pescuezo y la garganta; y esto bien lo merecía, pues por su maldad me venían tantas persecuciones.


    Contaba el mal ciego a todos cuantos allí se allegaban mis desastres, y dábales cuenta una y otra vez, así de la del jarro como de la del racimo, y agora de lo presente. Era la risa de todos tan grande que toda la gente que por la calle pasaba entraba a ver la fiesta; mas con tanta gracia y donaire recontaba el ciego mis hazañas que, aunque yo estaba tan maltratado y llorando, me parecía que hacía sinjusticia en no se las reír.Y en cuanto esto pasaba, a la memoria me vino una cobardía y flojedad que hice, por que me maldecía, y fue no dejalle sin narices, pues tan buen tiempo tuve para ello que la meitad del camino estaba andado; que con solo apretar los dientes se me quedaran en casa, y con ser de aquel malvado, por ventura lo retuviera mejor mi estomago que retuvo la longaniza, y no pareciendo ellas pudiera negar la demanda. Pluguiera a Dios que lo hubiera hecho, que eso fuera así que así.


    Hicieronnos amigos la mesonera y los que allí estaban, y con el vino que para beber le había traído, laváronme la cara y la garganta, sobre lo cual discantaba el mal ciego donaires, diciendo:


    —Por verdad, más vino me gasta este mozo en lavatorios al cabo del año que yo bebo en dos. A lo menos, Lázaro, eres en más cargo al vino que a tu padre, porque él una vez te engendró, mas el vino mil te ha dado la vida.


    Y luego contaba cuántas veces me había descalabrado y harpado la cara, y con vino luego sanaba.


    —Yo te digo —dijo— que si un hombre en el mundo ha de ser bienaventurado con vino, que serás tu.


    Y reían mucho los que me lavaban con esto, aunque yo renegaba. Mas el pronostico del ciego no salió mentiroso, y después acá muchas veces me acuerdo de aquel hombre, que sin duda debía tener spiritu de profecía, y me pesa de los sinsabores que le hice, aunque bien se lo pagué, considerando lo que aquel día me dijo salirme tan verdadero como adelante V.M. oirá.


    Visto esto y las malas burlas que el ciego burlaba de mí, determiné de todo en todo dejalle, y como lo traía pensado y lo tenía en voluntad, con este postrer juego que me hizo afirmelo más. Y fue ansí, que luego otro día salimos por la villa a pedir limosna, y había llovido mucho la noche antes; y porque el día también llovía, y andaba rezando debajo de unos portales que en aquel pueblo había, donde no nos mojamos; mas como la noche se venía y el llover no cesaba, díjome el ciego:


    —Lázaro, esta agua es muy porfiada, y cuanto la noche más cierra, más recia. Acojámonos a la posada con tiempo.


    Para ir allá, habíamos de pasar un arroyo que con la mucha agua iba grande. Yo le dije:


    —Tío, el arroyo va muy ancho; mas si queréis, yo veo por donde travesemos más aína sin nos mojar, porque se estrecha allí mucho, y saltando pasaremos a pie enjuto.


    Parecióle buen consejo y dijo:


    —Discreto eres; por esto te quiero bien. Llévame a ese lugar donde el arroyo se ensangosta, que agora es invierno y sabe mal el agua, y más llevar los pies mojados.


    Yo, que vi el aparejo a mi deseo, saquéle debajo de los portales, y llevélo derecho de un pilar o poste de piedra que en la plaza estaba, sobre la cual y sobre otros cargaban saledizos de aquellas casas, y dijele:


    —Tío, este es el paso mas angosto que en el arroyo hay.
    Como llovía recio, y el triste se mojaba, y con la priesa que llevábamos de salir del agua que encima de nos caía, y lo más principal, porque Dios le cegó aquella hora el entendimiento (fue por darme dél venganza), creyóse de mi y dijo:


    —Ponme bien derecho, y salta tú el arroyo.


    Yo le puse bien derecho enfrente del pilar, y doy un salto y pongome detrás del poste como quien espera tope de toro, y díjele:


    —!Sus! Salta todo lo que podáis, porque deis deste cabo del agua.


    Aun apenas lo había acabado de decir cuando se abalanza el pobre ciego como cabrón, y de toda su fuerza arremete, tomando un paso atrás de la corrida para hacer mayor salto, y da con la cabeza en el poste, que sonó tan recio como si diera con una gran calabaza, y cayó luego para atrás, medio muerto y hendida la cabeza.


    —¿Cómo, y olistes la longaniza y no el poste? !Ole! !Ole! —le dije yo.


    Y dejéle en poder de mucha gente que lo había ido a socorrer, y tomé la puerta de la villa en los pies de un trote, y antes que la noche viniese di conmigo en Torrijos. No supe más lo que Dios dél hizo, ni curé de lo saber.


    Lazarillo de Tormes
    (Anónimo)
    Libros RTV, Biblioteca Básica Salvat, 1970



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    Wikisource

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    ALFONSO VALDÉS, AUTOR DE "LA VIDA DE LAZARILLO DE TORMES" (Rosa Navarro Durán)

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    Alfonso de Valdés, escritor y secretario para cartas latinas del emperador Carlos V, había nacido en Cuenca, a finales del siglo XV, no se sabe exactamente en qué año, pero lo que sí que se ha descubierto recientemente es que él y su hermano Juan, autor del Diálogo de la lengua, eran gemelos. Lo acaba de demostrar Manuel Amores (Papeles del Huécar, nº 15, abril-mayo 2004, p. 28) al exhumar el testimonio de "Sancho Muñoz, vecino de Cuenca", que el 16 de junio de 1513 declara, como testigo, lo que le dijo Fernando de Valdés, el padre de los escritores: "que tenía guardadas las camisicas en que habían salido envueltos sus dos hijos del vientre de su madre, de los que nacieron de una ventregada" (y parece referirse a esos dos hijos, puesto que hay testimonios sobre su gran parecido; ya Erasmo los llamaba "gemellus"). Fernando de Valdés fue regidor de esa ciudad; su madre, María, descendía de familia judía conversa. A su tío materno, Fernando de la Barrera, capellán de la iglesia de San Salvador de Cuenca, la Inquisición lo acusó de ser judío relapso, lo procesó en 1491 y lo condenó, sin pruebas, a ser quemado. Tanto a su padre –de abuela paterna conversa– como a su hermano mayor, Andrés, los procesaron años más tarde por “fautoría de herejes”, es decir por oponerse a la actuación del Santo Oficio; la pena que se les impuso fue mínima, una multa con vergüenza pública.

    Los primeros datos que tenemos sobre la vida de Alfonso son tres cartas que escribe en 1520 desde Bruselas, Aix-la-Chapelle, y, en 1521, desde Worms, en la corte del Emperador. Se las dirige al que seguramente fue su maestro, el humanista Pedro Mártir de Anglería. Desde entonces hasta su muerte está al lado del Emperador desempeñando cargos en su cancillería; Mercurino Gattinara, el gran canciller, fue su apoyo en la corte. Se cartea con Erasmo, al que admira profundamente, y cuya doctrina divulga en España e inspira su obra, y con otros humanistas europeos. Alfonso participó en las conversaciones entre los luteranos y los representantes del Papa en la dieta de Augsburgo –había muerto ya Gattinara–, sin que su espíritu conciliador consiguiera que las partes enfrentadas evitaran la ruptura que llevó al cisma protestante. Su muerte repentina truncó una destacada carrera política junto al Emperador.

    La correspondencia oficial con su nombre y la que se nos conserva entre el escritor y sus amigos, desde Erasmo a Maximiliano Transilvano, Pedro Juan Olivar o Juan Dantisco, el obispo de Culm y embajador de Polonia, nos van dando fechas y lugares en la vida de Valdés. Está con la corte en los Países Bajos en 1520 y 1521; desde 1522 a 1529 en España (Valladolid, Tordesillas, Madrid, Toledo, Granada, Valladolid, Palencia, Burgos, Valencia, Madrid, Toledo, Zaragoza y Barcelona); en 1529 va con el Emperador y la corte a Italia (en Bolonia, Gattinara recibe el cardenalato, y Clemente VII corona al Emperador el 24 de febrero de 1530). Participa en las conversaciones de la Dieta de Augsburgo; escribe desde esta ciudad al cardenal de Rávena, Accolti (desde julio a septiembre de 1530) y la “Relación de lo que en las cosas de la fe se ha hecho en la Dieta de Augusta”, en septiembre de 1530. Luego estará con la corte en Colonia, Bruselas, Gante, Bruselas, Ratisbona (se conservan cartas de Valdés desde esta ciudad de octubre de 1531 a septiembre de 1532), Passau y Viena, donde muere el 6 de octubre de 1532.

    Esa posición privilegiada en la corte le protegió de las acusaciones del nuncio del papa Clemente VII, Baltasar de Castiglione, por haber escrito su primera obra, el Diálogo de las cosas acaecidas en Roma. En este diálogo entre Lactancio y el arcediano del Viso a propósito del saco de Roma y prisión del Papa por las tropas del Emperador en mayo de 1527, Alfonso de Valdés presenta el saqueo como voluntad de Dios, exime de culpa a Carlos V, señala la corrupción de la jerarquía eclesiástica y acusa al Papa de desempeñar mal su oficio. Ni este diálogo, ni el que escribe a continuación, entre 1528 y 1529, el Diálogo de Mercurio y Carón, fueron impresos en vida del escritor; circularon manuscritos y anónimos. Se publicaron en Italia, seguramente poco después de su muerte, sin que figure en la edición dato alguno de lugar, año o impresor. Se atribuyeron siempre a su hermano Juan. A fines del siglo XIX se le devolvió la autoría del Diálogo de las cosas acaecidas en Roma, y hasta 1925 no se le reconoció –lo demostró Marcel Bataillon– que también era el autor del Diálogo de Mercurio y Carón.

    En el año 2002 recobra, por fin, la autoría de su tercera obra, la más espléndida, La vida de Lazarillo de Tormes. Debió de ser impresa por primera vez en Italia; en 1542 se publica en Sevilla un libro, el Baldo, que adapta y amplía un poema en latín macarrónico, el Baldus, del italiano Teófilo Folengo; tiene ya huellas evidentes de que su autor había leído el Lazarillo. Alguien llevaría un ejemplar a España, después de arrancar un folio –de peligrosa lectura–, y aquí se imprimiría otra vez, antes de 1548, porque la Representación de la parábola de san Mateo de Sebastián de Horozco, que se puso en escena ese año, tiene también huellas de que su autor había leído la obra (y lo evidencia más la Representación de la historia evangélica de san Juan). Horozco tuvo en sus manos una impresión del Lazarillo.


    Rosa Navarro Durán
    de la web de la autora:
    Alfonso Valdés autor de
    "La vida de Lazarillo de Tormes y de
    sus fortunas y adversidades"



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    de la autora


    MEDINA DEL CAMPO, 1554 .- UN NUEVO LAZARILLO (Jesús Cañas Murillo)

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    En las postrimerías de 1995 la noticia saltaba a las páginas de los principales periódicos nacionales: una nueva edición, hasta entonces desconocida, del Lazarillo de Tormes, fechada en Medina del Campo, en el año 1554, había sido descubierta en un pueblo extremeño, Barcarrota, de la provincia de Badajoz.

    La importancia de ese descubrimiento no ofrece el menor género de dudas. Hasta estos momentos tres impresiones tempranas del  Lazarillo  se habían conservado. Todas fechadas en 1554. Todas aparecidas en distintas localidades. De dos de ellas queda tan sólo un ejemplar, las realizadas en las ciudades de Burgos y Alcalá. De la tercera, hecha en Amberes, conocemos seis. La, llamémosle, nueva edición, venía a sumarse a esta corta serie. Constituye la cuarta impresión, de la que tenemos noticia y aparecida en el mismo año, de la creación pionera de la novela picaresca española.

    En algunas notas de prensa que dieron cuenta del descubrimiento, se mencionó la posibilidad de que el Lazarillo de Medina del Campo fuese el resto conocido de la segunda edición de la novela. En realidad tal circunstancia carece de importancia verdadera. La trascendencia del ejemplar es obvia cuando nos hallamos ante un texto del que han llegado tan poquísimas copias de sus primeras impresiones. La primera edición nos es desconocida y tal vez pudo realizarse en 1553, o incluso algún año antes. La versión de Alcalá fue concluida, según en ella se informa, "en casa de Salzedo Librero, a veynte y seis de Febrero de Mil y Quinientos y Cinquenta y quatro Años". Mientras que Burgos y Amberes sólo mencionan el año, Medina del Campo, especifica en su colofón "a primero del mes de Março. Año de M. D. liiii". Es, pues, uno de los primeros libros que dieron a conocer la vida de Lázaro de Tormes al curioso lector del siglo XVI. Uno de los, ahora, nueve ejemplares que han llegado hasta nuestros días.

    No es extraño que fuera Medina del Campo la ciudad en la que se editase un  Lazarillo. La imprenta en esa localidad, –capital financiera de Castilla en el siglo XV, que formaba eje económico con Bilbao y Amberes, con importantísimas ferias ganaderas todavía en el siglo XVI–, fue fertilísima, como bien estudió en su clásica obra Cristóbal Pérez Pastor. Los hermanos Mateo y Francisco del Canto se encargaron de realizar esa labor. El primero fue vendedor de libros. El segundo impresor. Ambos unieron sus esfuerzos, para dar a conocer textos al lector del momento, a partir de 1553, en que publican las Horas romanas en Romance, prohibidas por la Inquisición, y después, la Relación muy verdadera de Antonio d'Gnaras, el Manuale secundum usum sanctae Ecclesiae Pallantinae,  la Sexta parte del Abecedario espiritual de Fray Francisco de Osuna, obras todas del mismo año que la impresión del Lazarillo, uno de los primeros frutos, pues, de la colaboración de ambos hermanos.

    Las circunstancias que envolvieron el descubrimiento del  Lazarillo de Medina del Campo parecen extraídas de una novela de aventuras. 

    Apareció, en el verano de 1992, al iniciar unas obras de reforma, embutido en la pared del doblado de una casa sita en el centro de Barcarrota. Formaba parte de un conjunto de once obras, diez impresos y un manuscrito. El estado de conservación de todas ellas es desigual. Algún ejemplar, el Alborayque, fue atravesado, agujereado, por el pico del albañil que procedía al derribo del tabique. Otros tienen fuertes manchas de humedad que han llegado a deteriorar, prácticamente deshacer, páginas casi completas. Otros presentan un excelente estado de conservación, con magníficas encuadernaciones de época. Entre estos últimos se halla, por fortuna, el Lazarillo, cuyo ejemplar, encuadernado en pergamino extraído de las páginas de un libro de coro, parece terminado recientemente de sacar de la imprenta.

    Es posible que todos formaran parte de la biblioteca de un humanista, muy culto (con gran conocimiento de lenguas usadas por la cultura de la época —entre los volúmenes encontrados se hallan obras publicadas en español, en portugués, en francés, en italiano, en latín, en griego, en hebreo—), quizá reformista (acaso un converso) del siglo XVI. El carácter de los libros conservados así lo atestigua. Son todos obras perseguidas: la Oración de la Emparedada, en portugués —precisamente, en uno de los pasajes interpolados en el tratado primero de la edición de Alcalá del  Lazarillo se alude a esta especie de oración—, la edición latina de 1538 de la Lingua de Erasmo —una de las obras erasmianas con más difusión en España, con al menos cinco ediciones de su traducción al español desde 1531, atribuida a Bernardo Pérez—, los libros de quiromancia y de exorcismos, junto con el Lazarillo figuraron en las relaciones de libros prohibidos, como el  Catálogo de Fernando de Valdés de 1559. Tal vez pudiera pensarse que el propietario de todas ellas fuera uno —hoy desconocido, y con una cultura superior a la habitual en el resto de sus correligionarios— de los alumbrados que, como bien sabemos, vivieron en esa zona occidental de Extremadura en el siglo XVI, que sufrieron una famosa persecución religiosa entre 1570 y 1579 (de hecho conocemos a alguna persona de Barcarrota implicada en los acontecimientos que comentamos —así, Hernando Álvarez, cabecilla del alumbradismo en ese lugar, apresado en 1573, condenado a galeras y privado de órdenes, a raíz de la inspección que inició tal persecución—; nuestro ignoto propietario pudiera ser un individuo que se viese involucrado también, aunque, quizá, de otra forma en aquellos hechos). Tal vez, nos imaginamos, las noticias de la inspección inquisitorial le llegaran al dueño con el suficiente tiempo como para ocultar sus posesiones comprometedoras, quizá con la esperanza de recuperarlas con posterioridad. Tal vez el brazo de la justicia cayó sobre él sin darle tiempo a rescatar su tesoro, que permaneció oculto hasta que la casualidad quiso sacarlo a la luz en nuestros días. Tal vez la muerte —incluso natural—, el temor a las consecuencias, o la huida a otros lugares en los que fijó definitivamente su residencia habitual sin volver, por azares del destino, nunca a Barcarrota, le impidieron extraer de su escondite las obras que una piqueta ha querido devolvernos en la actualidad. No obstante, por el momento, todo ello no pasa de ser una simple hipótesis de trabajo.

    El  Lazarillo de Medina del Campo, un ejemplar en octavo de sesenta y cuatro folios sin numerar en pliegos seriados de la a a la h, recoge el texto completo de la novela tal y como era transmitido por las primeras ediciones conservadas, hechas en 1554. Con los ejemplares de Burgos, Alcalá y Amberes guarda semejanzas y diferencias. Pero su versión no coincide exactamente con ninguno de estos últimos. Sus lecturas a veces se acercan a Burgos, a veces a Alcalá, a veces a Amberes. Difiere de Alcalá principalmente, como las otras dos, al carecer de las interpolaciones de esa edición y deshace las lecturas exclusivas de las tres impresiones conocidas hasta el momento, compartiéndolas con alguna de las tres. Puede tratarse, pues, de una rama independiente de las hasta ahora conocidas. El tratamiento tipográfico lo aproxima a la edición de Burgos, siendo la de Medina del Campo más esmerada en la disposición de las viñetas y de las letras capitales. La pareja de mozo (a la izquierda) y amo (a la derecha) encabeza los tratados tercero (con el escudero), quinto (con el buldero), sexto (con el capellán) y séptimo (con el alguacil), repitiéndose la misma figura para el quinto y el sexto, por un lado, y para el tratado último y la portada del libro, por otro. Como en las otras impresiones de 1554, los editores reservan la cabecera de los folios para la indicación de "Tratado" o "Tractado" (verso del folio) y el ordinal correspondiente (recto del folio siguiente), "Primero", "Segundo", etc., lo que constituye un testimonio más para la hipótesis expresada por Francisco Rico de que las ediciones de ese año tienen a la vista un impreso anterior, no un manuscrito, que les sirve de base.


    Una relación y un análisis completo de las variantes textuales serán incluidos en el estudio que actualmente completamos. Él, junto a la edición facsímil que proyecta realizar la Junta de Extremadura, contribuirá a proporcionar un conocimiento más exacto del azarillo de Medina del Campo. Ambos pondrán el contenido del ejemplar ahora sacado del olvido al servicio de investigadores y de cualquier lector curioso. 



     

    Jesús Cañas Murillo
    Miguel Ángel Lama




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    Ver un estudio más amplio y detallado
    que el presente, a cargo de Jesús Cañas Murillo
    en Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes


    CARAJICOMEDIA (OBRA COMPLETA)

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    Martin van Meytens (1695-1770)            


    Habla D. F. con la vieja. Cop. XXVIII.
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    -Diabólica imajen, pues tienes poder,
    dame tu rabo, qu'el miembro me avise,
    le palpe, le tome, le arrastre, le pise,
    le fuerze, le avive, con grande saber.
    Esto le dije, y le oí responder,
    en voz que parece la de Santilario ;
    "con luengos cojones como un encensario,
    tu, Diego Faxardo, qué puedes hacer? "
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    D'este Santilario se lee, en el tripas Patrum, ser un rústico raquero, llamado Santilario, por ser gran Saltadór, el cual estando un dia en un peñascal con grande dolor de las ingres, tendidas las espaldas en tierra, y untándose el vientre y yjadas con manteca, con la flotación déla mano, y calor del sol, alzósele la verga. Y estando en esto, fué caso, que un diablo que pasaba por allí, un santo bermitaño, mirando desde una peña el camino que había de llevar, vido debajo déla peña Santilario, déla manera que habedes oydo: délo cual muy gozoso dijo: — " Aquel vellaco villano está agora encendido en lujuria: Yo le saltaré en el vientre, y le reventaré, y llevaré su ánima." Y dicho esto, dio un gran salto sobre el pecador vaquero, que bien descuidado estaba; y acertándole con los pies en el ombligo, resbaláronse, y fuese deslizando, hasta que se hincó el miembro de Satilario por el culo. Lo cuál sintiendo Satilario, le apretó y tuvo firme, llamando á vozes sus perros. Lo cual viendo el diablo, y mirando su desastrado caso, y sintiendo venir los perros ladrando, comenzó á dar grandes vozes diziendo — "Satilario ; suelta." El cual, teniéndole rezio, con feroz voz respondía: — "Nunca: si el carajo no quiebra." Y assi le tuvo, hasta le remojar: y estonces le soltó. Y ya llegaban los perros cerca, cuando el diablo culi-roto, comenzó de fuír ; y los perros tras él, hasta le encerrar en el infierno: adonde el triste s'está remendando el culo hasta hoy ; jurando que nunca ha de salir fuera, por llevar provecho á su casa: tan mala burla recibió. Esta fábula toca, aquel reverendo Padre. Autora d'esto, es la mala vieja en su hablar, que mas feroz parece á las jentes, que Satilario, al triste diablo.

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    Obra completa

    Índice:
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    Presentación y coplas I a XX
    Coplas XXI a XL
    Coplas XLI a LX
    Coplas LXI a LXXX
    Coplas LXXXI a XC
    Fin: la muerte del carajo de Diego Fajardo

    Estudios:

    Notas a la glosa de la copla XXVIII de la Carajicomedia (Julio Alonso Asenjo)
     
    La Carajicomedia es un poema obsceno paródico, épico-narrativo y satírico, de principios del siglo XVI, perteneciente al Prerrenacimiento.
    Consta de 117 coplas de arte mayor en dodecasílabos con sus correspondientes glosas. Su autor o autores son anónimos, y se esconden bajo los pseudónimos de "Fray Bugeo Montesino" y "Juan de Hempudia", a principios del siglo XVI.
    El poema realiza la parodia o imitación burlesca, desde un lenguaje crudamente obsceno y sexual, del Laberinto de Fortuna del poeta cordobés del Prerrenacimiento Juan de Mena, perteneciente a la Escuela alegórico-dantesca.
    El Laberinto de Fortuna fue presentado por Mena a Juan II de Castilla en 1444 y pretendía ser un poema de exaltación y unidad nacional en tiempos revueltos para el reino. Para anular esas intenciones, el poema contiene una crítica feroz contra la política, la sociedad y la moralidad castellana de la época. La única copia del texto se encuentra en el Cancionero de obras de burlas provocantes a risa (Valencia, Juan Viñao, 1519), cuyo único ejemplar custodia la biblioteca del Museo Británico.
    El protagonista es un caballero anciano e impotente, Diego Fajardo, que intenta recobrar su perdida virilidad visitando los prostíbulos más famosos de Castilla; al final fallece ante la insaciable voracidad sexual femenina. Se trata, pues, de un poema manifiestamente misógino, pero valioso por la información que aporta de los ambientes marginales de la sociedad de esa época.  Wikipedia


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    Ir al Cancionero de Obras de Burlas
    Provocantes a Risa
    en una expléndida edición de 1841
    (Madrid, Luis Sánchez)
    pinchando aquí

    La misma edición,
    también en Google books
    pinchando aquí


    FERNANDO DE ROJAS Y EL ANTIGUO "AUCTOR" (Rafael Beltrán, José Luis Canet y Marta Haro)

    -VOLVER


     

    Fernando de Rojas y el antiguo “auctor”

    Rafael Beltrán, José Luis Canet y Marta Haro



    A partir de la edición toledana de 1500, siempre aparecerán en las octavas acrósticas iniciales del “Autor, escusándose de su yerro” los datos sobre su identidad: “El bachjller Fernando de Royas acabó la comedja de Caysto y Melybea, y fve nascjdo en la Puevla de Montalván”, perteneciente en la actualidad la Puebla de Montalbán a la provincia de Toledo.

    Sobre su vida pocos datos conocemos, a no ser los extraídos del proceso que el licenciado Hernando de Rojas, nieto de Fernando de Rojas, entabló contra la ciudad de Talavera de la Reina para probar su “hidalguía” (Gilman, 1978: 486-493; Salvador Miguel: 2001: 71-103). Sobre la fecha de su nacimiento podemos conjeturar, a partir de los datos dados por el propio autor (quien afirma que acabó la obra siendo estudiante en Salamanca), que podría tratarse de la década de 1470. Según el proceso de la solicitud de probanza de hidalguía de su nieto, parece ser que los padres de Fernando de Rojas fueron Garci González Ponce de Rojas y Catalina de Rojas. En este mismo proceso se indica que ‘Hernando de Roxas’ es un hidalgo notorio y conocido.

    Fernando de Rojas estudió en Salamanca a fines del siglo XV, alcanzando el grado de bachiller, con el que él mismo se nombra en el acróstico inicial, mientras que en la carta de “El auctor a un su amigo” se declara “jurista” y estudiante en derechos (civil y canónico).

    Se piensa que posteriormente volvió a la Puebla de Montalbán y allí residió hasta 1508 aproximadamente, pues en dicho año tomó posesión de la alcaldía de Talavera de la Reina, según aparece documentado en los libros de Acuerdos del Ayuntamiento (Valverde Azula: 1992). Ocupó el cargo de alcalde (cuya función era dictar sentencia en los pleitos civiles) y también de letrado, oficio que ejerció durante un periodo dilatado de tiempo, al menos hasta 1538. En Talavera de la Reina se casó con Leonor Álvarez, con la que tuvo varios hijos, siendo su primogénito Francisco de Rojas, a quien lega toda su biblioteca, el cual también ejerció como letrado en dicho Ayuntamiento. Murió en Talavera de la Reina en 1541, según se desprende de su testamento (Valle Lersundi: 1929).

    Queda por establecer, finalmente, su presunta filiación de judío converso, según el proceso iniciado en 1525 por la Inquisición a Álvaro de Montalbán, su suegro, por judaizante, quien intentó, sin conseguirlo, que fuera su letrado el bachiller Fernando de Rojas. Este proceso ha servido para catalogar a Rojas de converso, e intentar así explicar algunos aspectos de la Celestina bajo esta corriente judaizante dentro de una sociedad que los perseguía. Sin embargo, los estudios más recientes, así como el que la obra de Rojas jamás tuvo problemas con la Inquisición ni con la Iglesia en el siglo XVI, ha hecho reconsiderar dicha postura. Nada en la obra atisba hacia una actitud de defensa de los planteamientos judaicos ni en defensa de los conversos, y finalmente en todos los otros procesos y peticiones de hidalguía, siempre aparece la familia de Rojas como hidalgos viejos y conocidos. Por ello, hemos de coincidir con Salvador Miguel en que: “lo que realmente interesa es la imposibilidad de explanar la Celestina en función de presuntas claves judaicas, pues la explicación de su argumento como reflejo de un problema racial no se apoya en el más mínimo fundamento; tampoco existe base alguna para pensar que la Tragicomedia plantee una protesta social contra la situación de los conversos; la actitud del autor no deja al descubierto ningún flanco de supuesto ataque a la ortodoxia ni a la Inquisición; ningún aspecto de la obra se aclara desde la perspectiva del Rojas converso” (2001: 85).

    A partir de todos estos datos, podemos hacernos una idea de los estudios realizados por el autor, y del ambiente donde se gestó la Celestina. El primer elemento que hay que tener en cuenta es que Rojas, según él mismo comenta en “El Autor a un su amigo” y en “El Autor escusándose de su yerro”, es el continuador de un texto que encontró en Salamanca:


    Yo vi en Salamanca la obra presente.
    Movíme a acabarla por estas razones:
    la primera, que estó en vacaciones;
    otra, que oý su inventor ser ciente...

    Por tanto, se encontraba en la ciudad de Salamanca realizando sus estudios de derecho, y quién sabe si también en artes, cuando encontró un manuscrito que decidió continuar durante su periodo vacacional. La Universidad de Salamanca destacaba en este momento por sus estudios en los dos derechos (civil y canónico), así como en teología y en artes liberales. Es un periodo capital, pues se asiste al cambio de la enseñanza tradicional mediante la incorporación de las nuevas corrientes del Humanismo italiano y del Nominalismo procedente de la Universidad de París. También influye en los grandes cambios de fines del siglo XV el nacimiento de la imprenta y su capacidad de difusión de los textos, que modificó sustancialmente el modo de educación eminentemente memorística anterior, pues a partir de estos momentos los estudiantes y profesores pueden poseer los ejemplares que se estudian en las universidades y tienen acceso a textos publicados en los lugares más remotos de Europa.

    No podemos olvidar, tampoco, la renovación de los estudios de la lengua latina iniciados por Nebrija, cuyas Introductiones latinae seguían siendo el manual escolar principal, y cuyos discípulos (Alonso de la Cámara, Cerezo, etc.) fueron contemporáneos de Rojas. Por Salamanca pasaron ilustres humanistas italianos, como es el caso de Lucio Marineo Sículo, Lucio Flamminio, Pedro Mártir de Anglería o el portugués Arias Barbosa, que afianzaron la renovación intelectual. En este ambiente cultural, en donde los estudios de las obras clásicas terencianas y la comedia humanística latina formaban parte del bachillerato en artes, se educó Fernando de Rojas, y por tanto, es en este ambiente donde se encuadra perfectamente la Comedia de Calisto y Melibea, continuando y modificando dicha tradición escolar y universitaria. Proaza, humanista y corrector de la obra, afirma en los versos finales:


    No debuxó la cómica mano
    de Nevio ni Plauto, varones prudentes
    tan bien los engaños de falsos sirvientes
    y malas mugeres, en metro romano.
    Cratino y Menandro y Magnes anciano
    esta materia supieron apenas
    pintar en estilo primero en Athenas,
    como este poeta en su castellano. (pp. 612-3)


    El antiguo auctor


    En la epístola introductoria del “Autor a un su amigo”, Rojas nos confirma que continúa un texto por él hallado:


    Y, como mirasse su primor, su sotil artificio, su fuerte y claro metal, su modo y manera de lavor, su estilo elegante, jamás en nuestra castellana lengua visto ni oýdo, líelo tres o quatro vezes, y tantas quantas más lo leýa, tanta más necesidad me ponía de releerlo y tanto más me agradava y en su processo nuevas sentencias sentía. Vi no sólo ser dulce en su principal historia o fición toda junta, pero aun de algunas sus particularidades salían delectables fontezicas de filosophía; de otras, agradables donayres; de otras, avisos y consejos contra lisonjeros y malos sirvientes y falsas mugeres hechizeras. Vi que no tenía su firma del autor, y era la causa que estava por acabar; pero quien quier que fuesse, es digno de recordable memoria por la sotil invención, por la gran copia de sentencias entrexeridas, que so color de donayres tiene. Gran filósofo era. (...) Y porque conozcáis dónde comiençan mis mal doladas razones y acaban las del antiguo actor, en la margen hallaréys una cruz; y es en fin de la primera cena. Vale

    Hasta la fecha, muchas han sido las opiniones sobre si realmente Rojas continuó este primer acto, como él mismo afirma (incluso sugiriendo como posibles autores en las adiciones a la Tragicomedia a Juan Mena o Rodrigo de Cota), o por el contrario dicha alusión formaba parte de los tópicos literarios, como ocurre en muchas de las obras de ficción de la época, entre ellas las de caballerías. En tiempos bastante recientes se han multiplicado los estudios sobre las fuentes, refranes, sentencias, formas verbales, etc., utilizadas en el primer Acto y en los 15 añadidos por Rojas en la Comedia, y también frente a los 20 Actos de la Tragicomedia, incluso comparándolos con las interpolaciones posteriores.

    Gran parte de los estudiosos, viendo los significativos cambios de estilo, lengua, construcciones verbales, fuentes, e incluso actitudes, se han decantado por aceptar la veracidad de la doble autoría, eso sí, sin poder asignar el primer Acto a un nombre concreto, ni mucho menos a los dos propuestos por el propio Rojas: Mena o Cota. Aunque no falten tampoco quienes afirmen una única autoría con convincentes razones (Miguel Martínez: 1996), incluso tres o cuatro. Pero siguen aún válidas las palabras de D. Marcelino Menéndez y Pelayo, cuando afirma que: “En absoluto rigor crítico la cuestión del primer acto es insoluble, y a quien se atenga estrictamente a las palabras del bachiller ha de ser muy difícil refutarle” (1910: XIX) y “con la excepción acaso de Lorenzo Palmyreno en sus Hypotiposes clarissimorum virorum, todo el siglo XVI creyó en la veracidad de las palabras de Rojas y aceptó la Celestina como obra de dos autores” (1910: XXIII).

    Aceptando como probable la doble autoría de la Celestina, Rojas al haber continuado y acabado tan perfectamente el primer Acto, ha dado a la luz una obra maestra literaria universal y por tanto, hablaremos siempre de él como responsable final del texto que dio a la imprenta, quedando relegada la problemática de la autoría a los especialistas.


    Rafael Beltrán,
    José Luis Canet
    y Marta Haro


    Bibliografía citada:


    GILMAN, Stephen, La España de Fernando de Rojas. Panorama intelectual y social de “La Celestina”, Madrid, Turus, 1978, pp. 486-493.

    SALVADOR MIGUEL, Nicasio, “La identidad de Fernando de Rojas”, en Celestina. La comedia de Calisto y Melibea, locos enamorados. Coordinador Gonzalo Santonja, Madrid, Sociedad Estatal España Nuevo Milenio, 2001, pp. 71-103.

    VALLE LERSUNDI, F., “Testamento de Fernando de Rojas, autor de La Celestina” Revista de Filología Española, XVI (1929), pp. 366-88.

    VALVERDE AZULA, I., “Documentos referentes a Fernando de Rojas en el Archivo Municipal de Talavera de la Reina”, Celestinesca, 16-2 (1992).

    MIGUEL MARTÍNEZ, Emilio de, La Celestina de Rojas, Madrid, Gredos, 1996.

    MENÉNDEZ Y PELAYO, Marcelino, Orígenes de la Novela, t. III, Madrid, Ed. Bailly/Baillière, 1910.



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