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Textos escogidos:
Visión de Anáhuac (ensayo)
La Cena (cuento)
La reina perdida (cuento)
Ifigenia cruel (tragedia/poesía)
Poemas
Estudios y enlaces:
La Cena, de Alfonso Reyes, cuento onírico: ¿surrealismo o realismo mágico? (James Willis Robb)
Alfonso Reyes en Centro Virtual Cervantes
Ifigenia cruel en Material de lectura (Universidad Nacional Autónoma de México)
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Humanista, polígrafo, poeta, diplomático mexicano
nacido en Monterrey y muerto en la ciudad de México. Fue también traductor,
miembro del grupo cultural Ateneo de la Juventud (1909-1913). Estuvo exilado en
España entre 1914 y 1924, donde adquiere renombre internacional y publica
numerosos y sabios ensayos sobre la poesía del siglo de oro, junto a Menéndez
Pidal; también, Cartones de Madrid (1917), su breve obra maestra,
Visión de Anáhuac (1917) y los ensayos Simpatías y diferencias
(1921-1926), y por fin la obra teatral Ifigenia cruel (1924). Maestro de
la lengua, de 1939 a 1950 está en la cumbre de su madurez intelectual, escribe
sobre temas clásicos: La crítica en la Edad Ateniense (1945), La
antigua retórica (1942), Junta de sombras (1949), El deslinde
(1944); luego, sobre problemas mexicanos y americanos: Letras de la Nueva
España (1948), Ultima tule (1942), Tentativas y Orientaciones
(1944), Norte y Sur (1945) y traduce parte de la Ilíada (1951). Hasta
ahora sus obras completas abarcan más de 25 tomos. epdlp
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POEMAS (Alfonso Reyes)
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LA AMENAZA DE LA FLOR
Flor de las adormideras:
engáñame y no me quieras.
¡Cuánto el aroma exageras,
cuánto extremas tu arrebol,
flor que te pintas ojeras
y exhalas el alma al sol!
Flor de las adormideras.
Una se te parecía
en el rubor con que engañas,
y también porque tenía,
como tú, negras pestañas.
Flor de las adormideras.
Una se te parecía.. .
Y tiemblo sólo de ver
tu mano puesta en la mía:
¡Tiemblo no amanezca un día
en que te vuelvas mujer!
VERACRUZ
No: aquí la tierra triunfa y manda
-caldo de tiburones a sus pies.
Y entre arrecifes, últimas cumbres de la Atlántica
Las esponjas de algas venenosas
Manchan de bilis verde que se torna violeta
Los lejos donde el mar cuelga del aire.
Basta saber que nos guardan las espaldas:
La ciudad sólo abre hacia la costa
Sus puertas de servicio.
En el aburridero de los muelles,
Los mozos de cordel no son marítimos:
Cargan en la bandeja del sombrero
Un sol de campo adentro:
Hombres color de hombre,
Que el sudor emparienta con el asno
-y el equilibrio jarocho de los bustos,
al peso de las cívicas pistolas.
Herón Proal, con sus manos juntas y ojos bajos,
Siembra clerical cruzada de inquilinos;
Y las bandas de funcionarios en camisa
Sujetan el desborde de sus panzas
Con relumbrantes dentaduras de balas.
Las sombras de los pájaros
Danzan sobre las plazas mal barridas.
Hay aletazos en las torres altas.
El mejor asesino del contorno,
Viejo y altivo, cuenta una proeza.
Y un juchiteco, esclavo manumiso
Del fardo en que descansa,
Busca y recoge con el pie descalzo
El cigarro que el sueño de la siesta
Le robó a la boca.
Los Capitanes, como han visto tanto,
Disfrutan, sin hablarse,
Los menjurjes de menta en los portales.
Y todas las tormentas de las Islas Canarias,
Y el Cabo Verde y sus faros de colores,
Y la tinta china del Mar Amarillo,
Y el Rojo entresoñado
Que el profeta judío parte en dos con la vara,
Y el Negro, donde nadan
Carabelas de cráneos de elefantes
Que bombean el Diluvio con la trompa,
Y el Mar de Azufre,
Donde pusieron cabellera, ceja y barba,
Y el de Azogue , que puso dientes de oro
A la tripulación de piratas malayos,
Reviven al olor del alcohol de azúcar,
Y andan de mariposas prisioneras
Bajo el azul "quepí" de tres galones,
Mientras consume nubes de tifones
La pipa de cerezo.
La vecindad del mar queda abolida.
Gañido errante de cobres y cornetas
Pasea en un tranvía.
Basta saber que nos guardan las espaldas.
(Atrás, una ventana inmensa y verde... )
El alcohol del sol pinta de azúcar
Los terrones fundentes de las casas.
(... por donde echarse a nado)
Miel de sudor, parentesco del asno,
Y hombres color de hombre
Conciertan otras leyes,
En medio de las plazas donde vagan
Las sombras de los pájaros.
Y sientes a la altura de las sienes
Los ojos fijos de las viudas de guerra.
Y yo te anuncio el ataque a los volcanes
De la gente que está de espalda al mar:
Cuando los comedores de insectos
Ahuyentan las langostas con los pies
y en el silencio de las capitales
se oirán venir pisadas de sandalias
y el trueno de las flautas mexicanas.
LA HABANA
No es Cuba, donde el mar disuelve el alma.
No es Cuba -que nunca vio Gaugin,
Que nunca vio Picasso-,
Donde negros vestidos de amarillo y de guinda
Rondan el malecón, entre dos luces,
Y los ojos vencidos
No disimulan ya los pensamientos.
No es Cuba - la que oyó a Stravisnsky
Concertar sones de marimbas y güiros
En el entierro del Papá Montero,
Ñañigo de bastón y canalla rumbero.
No es Cuba -donde el yanqui colonial
Se cura del bochorno sorbiendo "granizados"
De brisa, en las terrazas del reparto;
Donde la policía desinfecta
El aguijón de los mosquitos últimos
Que zumban todavía en español.
No es Cuba - donde el mar se transparenta
Para que no se pierdan los despojos del Maine,
Y un contratista revolucionario
Tiñe de blanco el aire de la tarde,
Abanicando, con sonrisa veterana,
Desde su mecedora, la fragancia
De los cocos y mangos aduaneros.
PARA UN MORDISCO
Propio camaleón de otros cielos mejores,
A cada nueva aurora mudaba de colores.
Así es que prefiriera a su rubor primero
El tizne que el oficio deja en el carbonero.
Quiero decir ( me explico ): la mudanza fue tal,
que iba del rojo al negro lo mismo que Stendhal.
Luego, un temblor de púrpura casi cardenalicio
(que viene a ser también el tizne de otro oficio)
se quebró en malva y oro con bandas boreales,
que ni el disco de Newton exhibe otras iguales.
Es muy de Juan Ramón esto de malvas y oros,
O del traje de luces de un matador de toros.
Y no sé si atreverme, en cosa tan sencilla,
A decir que hubo una "primavera amarilla",
Con unas vetas verdes, con unos jaspes grises
En olas circunflejas como en el mar de Ulises.
¡Ulises yo, que apenas de Caribdis a Escila
-de un vértice a un escollo - saciaba la pupila!
Porque como es efímero todo lo que es anhelo,
El color se evapora y otra vez sube al cielo,
Y ya sabemos que poco a poco se va
Aun la marca de fuego de la infidelidá.
Y se acabó la historia - Tal era la mordida
Que lucía en el anca mi querida.
Antologías en
la Web de Nuri de la Cabada
y http://www.poesi.as/Alfonso_Reyes.htm
VISIÓN DE ANÁHUAC, 1519 (Alfonso Reyes)
.
Viajero:
has llegado a
la región más transparente del aire.
En la era
de los descubrimientos, aparecen libros llenos de noticias extraordinarias y
amenas narraciones geográficas. La historia, obligada a descubrir nuevos
mundos, se desborda del cauce clásico, y entonces el hecho político cede puesto
a los discursos etnográficos y a la pintura de civilizaciones. Los
historiadores del siglo XVI fija el carácter de las tierras recién halladas,
tal como éste aparecía a los ojos de Europa: acentuado por la sorpresa,
exagerado a veces. El diligente Giovanni Battista Ramusio publica su peregrina
recopilación Delle Navigationi et Viaggi en Venecia y el año de 1550. Consta la
obra de tres volúmenes in-folio, que luego fueron reimpresos aisladamente, y
está ilustrada con profusión y encanto. De su utilidad no puede dudarse: los
cronistas de Indias del Seiscientos (Solís al menos) leyeron todavía algunas
cartas de Cortés en las traducciones italianas que ella contiene.
En sus
estampas, finas y candorosas, según la elegancia del tiempo, se aprecia la
progresiva conquista de los litorales; barcos diminutos se deslizan por una
raya que cruza el mar; el pleno océano, se retuerce, como cuerno de cazador, un
monstruo marino, y en el ángulo irradia picos una fabulosa estrella náutica.
Desde el seno de la nube esquemática, sopla un Éolo mofletudo, indicando el
rumbo de los vientos —constante cuidado de los hijos de Ulises. Vense pasos de
la vida africana, bajo la tradicional palmera y junto al cono pajizo de la
choza, siempre humeante; plantas exóticas y soñadas islas. Y en las costas de
la Nueva Francia, grupos de naturales entregado a los usos de la caza y la
pesquería, al baile o a la edificación de ciudades. Una imaginación como la de
Stevenson, capaz de soñar La isla del tesoro ante una cartografía infantil,
hubiera tramado, sobre las estampas del Ramusio, mil y un regocijos para
nuestros días nublados.
Finalmente,
las estampas describen la vegetación de Anáhuac. Deténganse aquí nuestros ojos:
he aquí un nuevo arte de naturaleza.
La
mazorca de Ceres y el plátano paradisíaco, las pulpas frutales llenas de una
miel desconocida; pero, sobre todo, las plantas típicas: la biznaga mexicana
—imagen del tímido puerco espín—, el maguey (del cual se nos dice que sorbe sus
jugos a la roca), el maguey que se abre a flor de tierra, lanzando a los aires
sus plumeros; los "órganos" paralelos, unidos como las cañas de la
flauta y útiles para señalar la linde; los discos del nopal —semejanza del
candelabro—, conjugados en una superposición necesaria, grata a los ojos: todo
ello nos aparece como una flora emblemática, y todo como concebido para
blasonar un escudo. En los agudos contornos de la estampa, fruto y hoja, tallo
y raíz, son caras abstractas, sin color que turbe su nitidez.
Esas
plantas protegidas de púas nos anuncian que aquella naturaleza no es, como la
del sur o las costas, abundante en jugos y vahos nutritivos. La tierra de
Anáhuac apenas reviste feracidad a la vecindad de los lagos. Pero, a través de
los siglos, el hombre conseguirá desecar sus aguas, trabajando como castor; y
los colonos devastarán los bosques que rodean la morada humana, devolviendo al
valle su carácter propio y terrible: —En la tierra salitrosa y hostil,
destacadas profundamente, erizan sus garfios las garras vegetales,
defendiéndose de la seca.
Abarca la
desecación del valle desde el año 1449 hasta el año de 1900. Tres razas han
trabajado en ella, y casi tres civilizaciones —que poco hay de común entre el
organismo virreinal y la prodigiosa ficción política que nos dio treinta años
de paz augusta. Tres regímenes monárquicos, divididos por paréntesis de
anarquía, son aquí ejemplo de cómo crece y se corrige la obra del Estado, ante
las mismas amenazas de la naturaleza y la misma tierra que cavar. De
Netzahualcóyotl al segundo Luis de Velasco, y de éste a Porfirio Díaz, parece
correr la consigna de secar la tierra. Nuestro siglo nos encontró todavía
echando la ultima palada y abriendo la última zanja.
Es la
desecación de los lagos como un pequeño drama con sus héroes y su fondo
escénico. Ruiz de Alarcón lo había presentido vagamente en su comedia de El
semejante a sí mismo. A la vista de numeroso cortejo, presidido por Virrey y
Arzobispo, se abren las esclusas: las inmensas aguas entran cabalgando por los
tajos. Ése, el escenario. Y el enredo, las intrigas de Alonso Arias y los
dictámenes adversos de Adrián Boot, el holandés suficiente; hasta que las rejas
de la prisión se cierran tras Enrrico Martín, que alza su nivel con mano
segura.
Semejante
al espíritu de sus desastres, el agua vengativa espiaba de cerca a la ciudad;
turbaba los sueños de aquel pueblo gracioso y cruel, barriendo sus piedras
florecidas; acechaba, con ojo azul, sus torres valientes.
Cuando
los creadores del desierto acaban su obra, irrumpe el espanto social.
El
viajero americano está condenado a que los europeos le pregunten si hay en
América mucho árboles. Les sorprenderíamos hablándoles de una Castilla
americana más alta que la de ellos, más armoniosa, menos agria seguramente (por
mucho que en vez de colinas la quiebre enormes montañas), donde el aire brilla
como espejo y se goza de un otoño perenne. La llanura castellana sugiere
pensamientos ascéticos: el valle de México, más bien pensamientos fáciles y
sobrios. Lo que una gana en lo trágico, la otra en plástica rotundidad.
Alfonso Reyes
Visión de Anáhuac (1519)
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IFIGENIA CRUEL (Alfonso Reyes)
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Pero soy como me hiciste, Diosa,
Entre las líneas iguales de tus flancos:
Como plomada de albañil segura,
Y como tú: como una llama fría.
Sobre el eje de tu nariz recta,
Nadie vio doblarse tus cejas,
Ni plegarse los rinconcillos
Inexorables de tu boca,
Por donde huye un grito inacabable,
Penetrado ya de silencio.
¿Quién acariciaría tu cuello,
demasiado robusto para asido en las manos;
superior a ese hueco mezquino de la palma
que es la medida del humano apetito?
¿Y para quién habías de desatar la equis
de tus brazos cintos y untados
como atroces ligas al tronco,
por entre los cuales puntean
los cuernecillos numerosos
de tu busto de hembra de cría?
¿Quién vio temblar nunca en tu vientre
el lucero azul de tu ombligo?
¿Quién vislumbró la boca hermética
de tus dos piernas verticales?
En torno a ti danzan los astros.
¡Ay del mundo si flaquearas, Diosa!
Y al cabo, lo que en ti más venero:
Los pies donde recibes la ofrenda
Y donde tuve yo cuna y regazo;
Los haces de dedos en compás
Donde puede ampararse un hombre adulto;
Las raíces por donde sorbes
Las cubas rojas del sacrificio, a cada luna.
_____
Ver texto completo
en la web Material de lectura
(Universidad Nacional Autónoma de México)
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Ver nota introductoria de
Carlos Montemayor
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Pero soy como me hiciste, Diosa,
Entre las líneas iguales de tus flancos:
Como plomada de albañil segura,
Y como tú: como una llama fría.
Sobre el eje de tu nariz recta,
Nadie vio doblarse tus cejas,
Ni plegarse los rinconcillos
Inexorables de tu boca,
Por donde huye un grito inacabable,
Penetrado ya de silencio.
¿Quién acariciaría tu cuello,
demasiado robusto para asido en las manos;
superior a ese hueco mezquino de la palma
que es la medida del humano apetito?
¿Y para quién habías de desatar la equis
de tus brazos cintos y untados
como atroces ligas al tronco,
por entre los cuales puntean
los cuernecillos numerosos
de tu busto de hembra de cría?
¿Quién vio temblar nunca en tu vientre
el lucero azul de tu ombligo?
¿Quién vislumbró la boca hermética
de tus dos piernas verticales?
En torno a ti danzan los astros.
¡Ay del mundo si flaquearas, Diosa!
Y al cabo, lo que en ti más venero:
Los pies donde recibes la ofrenda
Y donde tuve yo cuna y regazo;
Los haces de dedos en compás
Donde puede ampararse un hombre adulto;
Las raíces por donde sorbes
Las cubas rojas del sacrificio, a cada luna.
Alfonso Reyes
Ifigenia Cruel,
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Carlos Montemayor
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NOTA INTRODUCTORIA A "IFIGENIA CRUEL" DE ALFONSO REYES (Carlos Montemayor)
-
Ifigenia Cruel es uno de los poemas clásicos de nuestras letras. Clásico en el sentido en que lo son Sindbad el Varado o Muerte sin Fin, y no sólo por su referencia griega. Junto con otros trece o catorce poemas, constituye lo que Alfonso Reyes (Monterrey, 1889-1959), dejó de perdurable en poesía, a la altura de su vasta obra de polígrafo, la obra de mayor dimensión de nuestras letras (es bueno recordar esto ahora, cuando en nuestro país la inteligencia y la cultura se confunden con muchas cosas).
Reyes dedicó algunas páginas para justificar este espléndido poema dramático. No eran necesarias, pero constituyen una de las interpretaciones más nítidas que sobre el poema pueden hacerse. El tema es el sacerdocio de Ifigenia en Táuride. En Eurípides, Ifigenia se vengaba de lo padecido en Áulide; en Reyes, lo hace sin venganza y sin memoria. En Eurípides, su hermano la cree inmolada; en Reyes, viene en su busca, pues sabe que está ahí. En Eurípides, el monarca es bárbaro; en Reyes, es sabio y compasivo. En Eurípides, Ifigenia regresa como sacerdotisa de la diosa; en Reyes, regresaría para desposarse con otro y asegurar descendencia, ya no como virgen sagrada.
Además de esta diferencia, hay una dualidad permanente en el poema de Reyes, que lo hace un poema fundamentalmente moderno. No acosa a Ifigenia el pasado, sino su conciencia; la acosa una oscura sensación de no ser sólo ella, sino también la otra, la que recuerda subterráneamente, sin compartirse. En hechos sangrientos vive, creyendo que nace; así recuerda que en sangrientos festines ha nacido: su linaje nuevo es como el antiguo. Ella olvida, pero después recuerda lo que Orestes ignora; el olvido tiene más recuerdos que nosotros. Ella debió morir, pero vive; debió ser sacrificada, y es sacrificadora; es el castigo para los que a esas playas llegan y, sin embargo, es la castigada. Se divide ella misma entre la imaginación, poblada de fantasmas, y la lealtad del cuerpo (división difícil de plantear en una Ifigenia antigua). Su cuerpo fue leal con ese pueblo bárbaro; su deseo, con su linaje. Ella, la sacerdotisa, fue conminada por su hermano a descender de ese desdoblamiento y ser mujer, ser madre, ser cuidadora de su telar familiar. Se le pidió que fuera lo opuesto, no la que mata, sino la dadora de vida. Ifigenia se negó a hacerlo. Más parece con esto una versión suavizada de una diosa mexicana, dadora de muerte, que la sacerdotisa griega que en Eurípides retorna amorosa a su país.
Ahora bien, el punto central del poema es cómo llega Ifigenia a ser libre. Ya abriste pausa en los destinos, dice el Coro cuando lo ha logrado. Tal libertad no lo fue de lo sangriento; tampoco de su linaje; tampoco de la diosa, del país o de Orestes: su libertad consistió no en haber detenido los sangrientos hechos de los hijos de Tántalo, sino en aceptarlos, en continuarlos aún, resistiéndose a convertirse en madre de muchos hijos. En sí misma reunió los sacrificios antiguos con los suyos, elevados ya a rituales: su libertad fue haber elevado la muerte a un altar, a una sacralidad. Reyes creyó haber expresado otra cosa: la superación de hechos políticos dolorosos en su familia, pero se engañó. Lo que pudo lograr fue que esos hechos permanecieran en las manos sangrientas de Ifigenia sacralizados, voluntarios. En Eurípides, Ifigenia logró el deseo de Reyes; en este poema, lo rechazó. Y el acto de libertad no provino de una emancipación de su familia: no fue la salvación de su familia o estirpe, sino de ella misma respecto a la otra, la oscura que por fin llegó a mostrarse ante las palabras de Orestes: la que apartó, la que expulsó de sí misma para quedar libre, vencida por el peso propio de la sangre de los sacrificados, defendida y oculta en el templo, cual virgen cruel, sola, amando este bárbaro país donde los sacrificios humanos continúan.
Carlos Montemayor
de la web Material de lectura
(Universidad Nacional Autónoma de México)
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Comentario a la Ifigenia Cruel,
por Alfonso Reyes
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LA REINA PERDIDA (Alfonso Reyes)
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I
Desde
el día en que me expulsaron del club padezco insomnios. La poca costumbre de
leer durante las altas horas de la noche hace que la compañía de los libros me
sea inoportuna. La mujer resulta un consuelo mediocre para los ambiciosos y más
si son, como yo, poco aficionados a los rodeos y circunloquios del placer. El
vino hace más desierta mi soledad, y la calle o los espectáculos me producen
una jaqueca de varios días. Me quedo solo en casa.
Desde mis ventanas - que dan al descampado -
suelo entretenerme en contar los farolillos de gas, en adivinar sus secretos,
alegría y dolores. Hay unos que palpitan como una mariposa que abre y cierra
las alas. Otros se quejan con un grito largo, inalterable. Otros se extinguen
de súbito, sin decir por qué y tienden entre las acacias una hamaca de sombra.
Desde el mirador logro un ver un palacio
blanco, que parece desierto. Cerrado y mudo, sus vidrieras devuelven
equivocadamente los reflejos de las estrellas.
Las palmas del trasnochador que llama al
sereno me sobresaltan, no sin darme cierta emoción de compañía que me alivia un
poco. El ruido de los cerrojos, el rechinar de las puertas, ocupan
completamente mi alma. Es hora en que se oye hasta el paso de los insectos, el
desperezarse de un élitro en la sombra, el crujido de una de esas diminutas
alas de cebolla, el diálogo entre la burbuja y la brizna.
Y mes a mes la frente pegada a los cristales,
casi pendiente de un hilo, como una araña - porque a un hilo siente reducida mi
vida -, miro saltar, sobre el tapete del horizonte, el as de oros de la luna.
II
No sabes jugar, como yo, a las constelaciones. El juego de las constelaciones
no requiere compañero ninguno, ni mozos de frac y calzón corto, ni candelero de
luz, que multiplican los espejos; ni tapices, ni nada; una pupila abierta en la
tierra y algunos millones en el cielo.
Y apostáis:
-
Apuesto diez duros a que ahora sale Aldebarán.
Y
no sale Aldaberán, porque lo que sale es la constelación del Boyero.
Y
apostáis:
-
¡Quinientas pesetas a las Siete Cabrillas! ¡Mil por los ojos de Santa Lucía! ¡A
Casiopea pongo cuatro mil!
Yo he llegado a deberle al cielo un buen pico;
me pareció que la luna barría y borraba todas las oncitas de oro del cielo en
medio segundo. Pero otro día gané la osa Mayor, Escorpión, Orión y muchas
estrellas de primera magnitud. Entre ellas el lucero del alba. Había luna nueva
y la mano opaca corría, subrepticia, por el firmamento, como una mano de
ladrón. El gallo nos avisó a tiempo y todos nos pusimos en salvo.
III
Pero ¡y la reina, aquella reina perdida! ¿Quién me la quitó de las manos? No de
ser yo quien proponga excusas, eso no. Pero - lo saben tal vez los espejos - yo
no fui quien la escabulló.
La llevo pintada sobre el corazón como una
afrenta.
Había
dos juegos e cartas completos: uno francés, otro español, estoy enteramente
seguro, puedo apostar mi vida. Yo, agotados los recursos, puse sobre la mesa el
reloj de oro y los valiosos gemelos. Y, con mi superstición habitual, me
dedique a escoger los palos, por razones que yo me entiendo: los oros, me dije
son los capitalistas; los bastos, los villanos; las copas, los industriales;
las espadas, los militares. Y ahora, a los reyes: David, Salomón, Alejandro,
Carlomagno... Y ahora, a las reinas: Nimo, Cleopatra...
Y me detuve, extático: frente a mí, a espaldas
de Urquijo, - que acababa de pedir otra botella más de champaña -, cubierto de
arreos resplandecientes y ferradas mallas resonantes, con mi espadón en forma
de cruz y calzado de guantelete guerrero: noble y encanecido; las barbas
velludas, el ademán entre altivo e irónico, el rey de Espadas - os lo aseguro -
apareció. Y alargó la mano, decidida, y nos arrebató una reina francesa...
¡Una reina que era mi novia! ¡La reina que yo
más quería!
Y
todas las estrellas del cielo me acecharán en vano y en vano me perseguirán los
trasgos de la noche. Porque yo nunca he de confesar el nombre de mi novia, ¡el
nombre de la reina Perdida!
Alfonso Reyes
de El plano oblicuo, 1920
"LA CENA" DE ALFONSO REYES, CUENTO ONÍRICO: ¿SURREALISMO O REALISMO MÁGICO? (James Willis Robb)
-
Al lector de las ficciones
narrativas de Alfonso Reyes no deja de cautivarlo y fascinarlo —cada vez que lo
relee— el cuento La cena, elaborado en México en 1912, retocado y recogido con
otras diez narraciones imaginativas bajo el intrigante título El plano oblicuo,
libro publicado en Madrid en 1920.
LA TRAMA
Lo primero que nos llama la
atención es lo apretado de la trama de una extraña aventura personal que va
transcurriendo por el resbaladizo Plano
oblicuo entre realidad y fantasía y nos mantiene en suspenso desde el primer
instante de la narración hasta el enigmático desenlace en que nada sobra.
La acción se inicia con el narrador
(llamado Alfonso, como el autor) en pleno movimiento: "Tuve que correr a
través de calles desconocidas. El término de mi marcha parecía correr delante
de mis pasos, y la hora de la cita palpitaba ya en los relojes públicos".
Es que ha recibido una
misteriosa invitación de dos señoras desconocidas, que reza simplemente:
"Doña Magdalena y su hija Amalia esperan a usted a cenar mañana, a las
nueve de la noche. ¡Ah, si no faltara!...".
Al sonar las nueve horas, se
encuentra a la puerta de la casa señalada, donde lo reciben las dos damas en su
salón, empiezan a charlar, y lo llevan al comedor a cenar. Eufórico con el
vino, él sigue gozando de la conversación en que no llegan a explicar el
propósito de la invitación, pero en que se asoma la repetida sugerencia de
"alguna lejana petición". Lo invitan a pasar al jardín, que resulta
ser "un jardincillo breve y artificial, como el de un camposanto",
sumergido en la oscuridad, en donde le hablan de monstruosas "flores que
muerden y de flores que besan", y Alfonso se queda dormido.
Al despertar, Alfonso las oye
hablando de un "— ¡Pobre capitán" que "Lleno de ilusiones marchó
a Europa"; haciendo estudios en una fábrica de cañones perdió la vista en
una explosión; "pasó ciego bajo el Arco de la Estrella".
Y las damas se dirigen a
Alfonso: "Pero usted le hablará de París, ¿verdad? Le hablará del París
que él no pudo ver. ¡Le hará tanto bien!". Lo arrastran a la sala y le
muestran el retrato del Capitán. Alfonso lo mira, descubre un extraño parecido entre
aquel semblante y el suyo: "Yo era como una caricatura de aquel
retrato". Nota que el retrato está firmado, con la misma letra de su
invitación a la cena. A Alfonso, asombrado, se le cae el retrato de las manos,
y sale huyendo a su casa, adonde llega cuando aún suenan las nueve campanadas del
reloj. ¿Sueño? Sorpresa: "Sobre mi cabeza había hojas; en mi ojal, una
florecilla modesta que yo no corté".
VISIÓN ONÍRICA
Desde el primer momento, cuando
Alfonso emprende su loca carrera por calles desconocidas, tenemos la sensación
de estar viviendo intensamente con el narrador una pesadilla, una experiencia
alucinante en que conviven elementos extraños y familiares:
Cuando, a veces, en mis pesadillas,
evoco aquella noche fantástica (cuya fantasía está hecha de cosas cotidianas y
cuyo equívoco misterio crece sobre la humilde raíz de lo posible), paréceme
jadear a través de avenidas de relojes y torreones.
Desde el ambiente
fantasmagórico de las calles pobladas de "serpientes de focos
eléctricos" que "bailaban delante de mis ojos" y de relojes en
los torreones que "me espiaban, congestionados de luz", hasta el
misterioso encuentro con dos fantasmas humanos que se llaman doña Magdalena y
su hija Amalia — apariciones, visibles más bien como siluetas o sombras vestidas
de negro—, todo resalta como producto de un sueño: experiencia onírica que se
podría subtitular "Un encuentro con la Muerte" o "Cita con un
muerto y dos espectros".
Típicos de la experiencia
onírica son: la flexibilidad de los planos temporales; visión del
tiempo-espacio circular en que todo sucede en momentos mientras sonaban las
nueve campanadas del reloj; la sensación del deja vu, lo ya visto ("Y corría
frenéticamente, mientras recordaba haber corrido a igual hora por aquel sitio y
con un anhelo semejante. ¿Cuando?"); ambiente de somnolencia, con el
efecto hipnótico de las miradas de los relojes y las miradas de las dos damas
de existencia ambigua.
Don Alfonso Reyes, teórico de
la literatura, nos analiza "Los estímulos literarios" de tipo onírico
(Tres puntos de exegética literaria)
al observar que:
Los sueños depositan en la
conciencia gérmenes insolubles, alegres o tristes, con cierto sabor augural. Se
los aleja de la memoria y vuelven, como si quisieran ser escuchados. Se los
recuerda de repente con la acuidad de una cosa real de la vigilia, y cuando se
los pretende asir con palabras, se desvanecen. ..
Luego confiesa:
Personalmente, tenemos alguna
experiencia de este intento por aprovechar la pesadilla: "La cena"...
2.
Y, en su Historia documental de mis libros, aclara:
La cena.... es una combinación
de recuerdos personales, anodinos en apariencia, pero que me dejaron un raro
sabor de irrealidad... Por esos días, Jesús Acevedo me contó también ciertas
impresiones extravagantes de su visita a una familia desconocida. De ahí salió
"La cena", y no solamente de un sueño como se ha supuesto
generalmente... En todo caso, la invención tuvo aquí la parte principal.
En fin, la invención recreadora
de la experiencia onírica ha producido este cuento.
ASOCIACIONES LITERARIAS
En la múltiple obra alfonsina
de crítica y creación, abundan las alusiones literarias y enlaces secretos con
otros escritores.
Pero en La cena Reyes se limita a tres alusiones: Como epígrafe, la cita de
San Juan de la Cruz, "La cena, que recrea y enamora", que nos
anticipa la misteriosa invitación a una cena plena de significación simbólica
para el narrador. Después, evoca a Sudermann e Ibsen en el contexto doméstico
que contrasta con el ambiente de irrealidad.
Más numerosos son los enlaces
secretos. En el detalle escénico del jardín-camposanto, nos invade una serie de
asociaciones con autores que han imaginado jardines de flores monstruosas o
mortíferas: Nathaniel Hawthorne, La hija de Rappaccini (1853); Gérard de
Nerval, Aurelia (1855) (señalado por Paulette Patout); Émile Zola, Le Paradou
en La Faute de l'Abbé Mouret (1875); y Leopoldo Lugones, Viola Acherontia (en
Las fuerzas extrañas, 1906).
La "florecilla modesta que
yo no corté" de Alfonso Reyes recuerda un par de flores mágicas afines
comentadas por J. L. Borges (en La flor de Coleridge) en Coleridge y H. G. Wells,
y lleva al tema de los viajes al porvenir y al pasado en Wells y en Henry
James, donde el nexo entre presente y pasado es un retrato del siglo XVIII que
misteriosamente representa al protagonista.
Luego, vienen los escritores que han pasado por la influencia personal de Alfonso Reyes. El mismo Borges la confiesa, y Donald Yates ha demostrado cómo Reyes señaló al Borges narrador el camino para la composición de sus Ficciones de 1944. Gerald Petersen identifica La cena de Alfonso Reyes como una "fuente" del Aura de Carlos Fuentes.
ASOCIACIONES PICTÓRICAS
En el poeta Alfonso Reyes hay
un pintor escondido, imbuido del sentido de visualización pictórica. En La cena
creemos ver cinco cuadros que sirven de fondo escénico para la acción de la
fantasía onírica:
1) El primero es el de la
visión alucinante de la carrera "a través de calles desconocidas" que
enmarca circularmente el relato, con sus imágenes de relojes, símbolos de la
obsesión del tiempo. Sentimos una afinidad secreta con Salvador Dalí, el pintor
surrealista cuyo cuadro La persistencia
de la memoria es de 1931, bastante posterior a la composición de La cena por
Reyes. Este cuadro de Dalí es el de los relojes ablandados en reposo, con fondo
de paisaje costeño desierto. La temática onírica, la obsesión del tiempo y la
memoria son afines. Cierto, el cuadro de Reyes es más animado, con sus
serpientes de focos eléctricos que bailan, glorietas, arriates, torres que se
suceden calidoscópicamente, los relojes personificados que "me espiaban, congestionados
de luz", y la musicalidad de las nueve campanadas sonoras al principio y
al final. Dos asociaciones complementarias: Vicente Van Gogh, Noche estrellada
(1889), donde figuran luces alucinantes; Marc Chagall, El reloj con ala azul
(1949).
2) y 3) Segundo cuadro: el del
interior de la vetusta casa — que ocupa toda la parte central del relato—,
cuadro puntuado por una serie de efectos de luz y sombra que se enfocan en los
personajes como siluetas fantasmales y nos llevan a otro cuadro dentro del
cuadro, de carácter netamente irreal, el del sombreado jardincillo, "breve
y artificial", que parece camposanto.
Esta combinación de los
personajes como siluetas o cuasiestatuas y el jardín-camposanto con su ambiente
de muerte y silencio —de artificialidad irreal— nos hace pensar en el mundo
pictórico de Giorgio de Chirico, pionero del surrealismo europeo en sus cuadros
de 1911 a 1916 como El enigma de la hora, El viaje ansioso, Nostalgia del
infinito, en que se insinúan preocupaciones por el tiempo y el infinito,
ansiedades metafísicas personales.
4) Cuarto cuadro: Al iniciar
las dos mujeres la historia del "— Pobre capitán!", con el detalle
"Para él se apagó la luz", el pintor se vuelve camarógrafo. Se abre
una ventana y "los rostros de las mujeres [...] — ¡oh cielos! — los vi
iluminarse de pronto, autonómicos, suspensos en el aire [ . . . ] . Eran como las
caras iluminadas en los cuadros de Echave el Viejo, astros enormes y
fantásticos".
Este tránsito al cuarto cuadro
tiende una curva de visión cinematográfica que abarca toda la acción del
cuento, y un puente al pintor hispanomejicano colonial, Echave el Viejo, quien
suele evocar las caras iluminadas de los santos.
5) Pero en la galería de cuadros
el de mayor significación psicológica es el anónimo retrato del Capitán, que
aparece y reaparece tres veces: colocado en un caballete en el salón; luego, puesto
al pecho de doña Magdalena, "una bola de vidrio con un retrato
interior"; finalmente, en el clímax de la narración:
— Helo aquí — me dijeron
mostrándome un retrato. Era un militar. Llevaba un casco guerrero, una capa
blanca, y los galones plateados en las mangas y en las presillas como tres
toques de clarín. Sus hermosos ojos, bajo las alas perfectas de las cejas,
tenían un imperio singular.
INTERPRETACIÓN DE SUEÑOS
Y ahora a nuestra
interpretación del desenlace y sentido íntegro del cuento, en que se conjugan
la perspectiva freudiana y el concepto helénico de la anagnórisis, proyectados contra
cierto fondo autobiográfico.
La interpretación freudiana de
los sueños con mucha frecuencia se fija en la obsesión del hijo o de la hija
por la figura del padre o de la madre. Al entrar en la biografía de Alfonso Reyes,
nos damos cuenta de que toda su vida lo acompañó una verdadera obsesión por la
figura de su padre, el general Bernardo Reyes, y su trágica muerte.
Bernardo Reyes, Gobernador del
Estado de Nuevo León, Ministro de Guerra y rival político de Porfirio Díaz,
hombre de armas y letras, despertó en su hijo Alfonso la vocación literaria y
fue profundamente querido y admirado por él. De 1909 a 1911 don Bernardo estuvo
en Europa, mandado por el general Díaz en disfrazado destierro para estudiar
asuntos militares.
"Durante unas maniobras
que presenció en Francia", nos cuenta Alfonso, "como sentía un picor
en el ojo izquierdo, se plantó un parche y siguió estudiando las evoluciones de
la tropa. Al volver del campo... había perdido la mitad de la vista". Al
regresar a México, don Bernardo, tras el fracasado intento de invasión desde
Texas, se entregó y quedó encarcelado durante todo el año de 1912, cuando
Alfonso escribió su cuento La cena. Al morir don Bernardo en quijotesco ataque al
Palacio Nacional el 9 de febrero de 1913, el choque sentido por su hijo fue tan
tremendo que años después exclamaría Alfonso:
Aquí morí yo y volví a nacer, y
el que quiera saber quién soy que lo pregunte a los hados de Febrero. Todo lo
que salga de mí, en bien o en mal, será imputable a ese amargo día.
En julio de 1913, nombrado 2°
Secretario de la Legación de México en Francia, se destierra Alfonso e inicia
una carrera diplomática que durará un cuarto de siglo. Y así dirá:
También
supe y quise elegir el camino de mi libertad, descuajando de mi corazón
cualquier impulso de rencor o venganza, por legítimo que pareciera, antes de
consentir en esclavizarme a la baja vendetta.
Alfonso logra una catarsis de
estas emociones personales en la elaboración en España (en 1923) de su Ifigenia cruel. Pero la sombra de su
padre y su trágico fin lo perseguirá toda la vida. Desde Buenos Aires y Río, en
1930, a los 17 años exactos de la fecha fatídica, redactará en su intimidad la
conmovedora Oración del 9 de febrero, publicada sólo póstumamente, 33 años después,
por su viuda Manuelita.
Ahora, con esta perspectiva
biográfica, podemos ver en el misterioso Capitán del cuento La cena reflejos simbólicos de la figura
de don Bernardo Reyes y hasta interpreta dicho cuento como si fuera un sueño
premonitorio. También el general Reyes se fue a Europa, sufrió la pérdida de la
vista, estuvo en París y, atraído sin duda, como después su hijo, por la Ville
Lumiére, no pudo ver allá todo lo que hubiera querido ver y gozar pero que más
tarde sí vería y gozaría Alfonso y hubiera gustado de compartir con su padre.
La cena se ve como una "anticipación a la muerte" de su padre, del
choque que ésta le causaría; y de un encuentro imaginario con su sombra; o sea,
doble sueño premonitorio.
El sentido esencial de misterio
que infunde el relato de La cena proviene del motivo de la búsqueda de
identidades. Alfonso se pregunta: ¿quiénes serán doña Magdalena y Amalia? ¿y el
señor del retrato... ? que luego en el momento del clímax será el Capitán, en
quien Alfonso se reconoce a sí mismo. Es el instante del reconocimiento o
anagnórisis, en términos helénicos, definida a través de Aristóteles por el
mismo Alfonso Reyes helenista:
Anagnórisis,
descubrimiento o reconocimiento por sorpresa... La anagnórisis es un paso
súbito de la ignorancia al conocimiento, mecanismo el más adecuado para presentar
el vuelco de la fortuna...
Y la llamada "anagnórisis
de choque patético" es la que corresponde exactamente a este instante de
reconocimiento sorpresivo en que Alfonso, descubriendo la identidad del
Capitán, descubre una nueva faceta decisiva de su propia identidad. Don Alfonso
Reyes, helenista, a través de la tragedia griega nos da la clave para el
desenlace de su ficción, en armonía secreta con su íntimo drama personal.
¿SURREALISMO O REALISMO MÁGICO?
Primero, surrealismo. El Reyes
teorizador ha relacionado con los estímulos oníricos la "estética
suprarrealista". No esperemos encontrar en el Reyes poeta-cuentista de
1912 una prefiguración mágica del Primer Manifiesto surrealista de André Bretón
de 1924 ni de su concepto de "automatismo psíquico". Pero no faltan
las afinidades secretas: La creencia 1) en la resolución de sueños y realidad,
y 2) en una literatura que captara "la omnipotencia del sueño" para
entrar en ese mundo maravilloso de super- o suprarrealidad. Igualmente
aplicable al cuento de Reyes es la perspectiva freudiana de la interpretación de
los sueños. Y nos impresionan las correspondencias sentidas en el mundo pictórico
de La cena con la pintura surrealista ejemplificada por ciertos cuadros de
Giorgio de Chirico y de Salvador Dalí y otros, de los años 1911-1914 y de los años
30 y 40.
De modo que sí creemos ver en
el Reyes cuentista a todo un precursor surrealista. Y el propio Reyes parece
que sintió esta afiliación precursora, por lo cual le dolió doblemente que nunca
llegara a publicarse en Francia la edición de El plano oblicuo traducido por Jean Cassou.
¿Y "realismo mágico"?
Ahí caemos en el "diálogo de sordos", así llamado por Emir Rodríguez
Monegal dentro del gran debate sobre "Fantasía y Realismo Mágico"
realizado en las sesiones del XVI Congreso Internacional de Literatura Iberoamericana.
Todo es cuestión de definiciones.
Si hemos de seguir la de Luis
Leal, podemos encasillar a Reyes como precursor dentro del surrealismo, pero no
dentro del realismo mágico, pues los dos se excluyen. Si, según él, "en el
realismo mágico el escritor se enfrenta a la realidad y trata de desentrañar su
misterio", en cambio "El realismo mágico no se vale como el sobrerrealismo,
de motivos oníricos". Muy consecuentemente, Leal alude a "motivos
surrealistas" en La cena de Alfonso Reyes.
Pero si escogemos la de Enrique
Anderson Imbert,
en
las narraciones extrañas el narrador, en vez de presentar la magia como si
fuera real, presenta la realidad como si fuera mágica (…) Entre la disolución
de la realidad (magia) y la copia de la realidad (realismo) el realismo mágico
se asombra como si asistiera al espectáculo de una nueva creación.
Y Anderson recuerda:
Mi
mayor deslumbramiento fue la prosa de Alfonso Reyes, a quien traté
personalmente en sus visitas a Buenos Aires: sus narraciones y arranques
narrativos inventaban un alucinante reino de ficción. Baste recordar los
cuentos de El plano oblicuo (1920); por ejemplo, "La cena" y "La
reina perdida", donde la realidad se hace mágica.
Según este concepto, no habría
ningún conflicto entre realismo mágico y surrealismo. Luego, sin ambages, no
tenemos inconveniente en ver en el Alfonso Reyes de La cena de 1912 a todo un
precursor del surrealismo literario, a la vez que a un participante avant la
lettre en la tendencia posteriormente bautizada realismo mágico: Alfonso Reyes,
presurrealista y mágicorrealista.
James Willis Robb
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LA CENA (Alfonso Reyes)
-
La
cena, que recrea y enamora
SAN
JUAN DE LA CRUZ
Tuve
que correr a través de calles desconocidas. El término de mi marcha parecía
correr delante de mis pasos, y la hora de la cita palpitaba ya en los relojes
públicos. Las calles estaban solas. Serpientes de focos eléctricos bailaban
delante de mis ojos. A cada instante surgían glorietas circulares, sembrados
arriates, cuya verdura, a la luz artificial de la noche, cobraba una elegancia
irreal. Creo haber visto multitud de torres—no sé si en las casas, si en las
glorietas—, que ostentaban a los cuatros vientos, por una iluminación interior,
cuatro redondas esferas de reloj.
Yo
corría, azuzado por un sentimiento supersticioso de la hora. Si las nueve
campanadas, me dije, me sorprenden sin tener la mano sobre la aldaba de la
puerta, algo funesto acontecerá. Y corría frenéticamente, mientras recordaba
haber corrido a igual hora por
aquel
sitio y con un anhelo semejante. ¿Cuándo?
Al
fin los deleites de aquella falsa recordación me absorbieron, de manera que
volví a mi paso normal sin darme cuenta. De cuando en cuando, desde las
intermitencias de mi meditación, veía que me hallaba en otro sitio, y que se
desarrollaban ante mí nuevas perspectivas de focos, de placetas sembradas, de
relojes iluminados... No sé cuánto tiempo transcurrió, en tanto que yo dormía
en el mareo de mi respiración agitada.
De
pronto, nueve campanadas sonoras resbalaron con metálico frío sobre mi
epidermis. Mis ojos, en la última esperanza, cayeron sobre la puerta más
cercana: aquél era el término.
Entonces,
para disponer mi ánimo, retrocedí hacia los motivos de mi presencia en aquel lugar.
Por la mañana, el correo me había llevado una esquela breve y sugestiva. En el ángulo
del papel se leían, manuscritas, la señas de una casa. La fecha era del día anterior.
La
carta decía solamente:
"Doña
Magdalena y su hija Amalia esperan a usted a cenar mañana, a las nueve de la noche.
¡Ah, si no faltara!..."
Ni
una letra más.
Yo
siempre consiento en las experiencias de lo imprevisto. El caso, además,
ofrecía singular atractivo: el tono, familiar y respetuoso a la vez, con que el
anónimo designaba a aquellas señoras desconocidas; la ponderación: "¡Ah,
si no faltara!. . . ", tan vaga y tan sentimental, que parecía suspendida
sobre un abismo de confesiones, todo contribuyó a decidirme. Y acudí, con el
ansia de una emoción informulable. Cuando, a veces, en mis pesadillas, evoco
aquella noche fantástica (cuya fantasía está hecha de cosas cotidianas y cuyo
equívoco misterio crece sobre la humilde raíz de lo posible), paréceme jadear a
través de avenidas de relojes y torreones, solemnes como esfinges en la calzada
de algún templo egipcio.
La
puerta se abrió. Yo estaba vuelto a la calle y vi, de súbito, caer sobre el
suelo un cuadro de luz que arrojaba, junto a mi sombra, la sombra de una mujer
desconocida.
Volvíme:
con la luz por la espalda y sobre mis ojos deslumbrados, aquella mujer no era para
mí más que una silueta, donde mi imaginación pudo pintar varios ensayos de fisonomía,
sin que ninguno correspondiera al contorno, en tanto que balbuceaba yo algunos saludos
y explicaciones.
—Pase
usted, Alfonso.
Y
pasé, asombrado de oírme llamar como en mi casa. Fue una decepción el
vestíbulo.
Sobre
las palabras románticas de la esquela (a mí, al menos, me parecían románticas),
había yo fundado la esperanza de encontrarme con una antigua casa, llena de
tapices, de viejos retratos y de grandes sillones; una antigua casa sin estilo,
pero llena de respetabilidad. A cambio de esto, me encontré con un vestíbulo
diminuto y con una escalerilla frágil, sin elegancia; lo cual más bien prometía
dimensiones modernas y estrechas en el resto de la casa. El piso era de madera
encerada; los raros muebles tenían aquel lujo frío de las cosas de Nueva York,
y en el muro, tapizado de verde claro, gesticulaban, como imperdonable signo de
trivialidad, dos o tres máscaras japonesas. Hasta llegué a dudar. . . Pero alcé
la vista y quedé tranquilo: ante mí, vestida de negro, esbelta digna, la mujer
que acudió a introducirme me señalaba la puerta del salón. Su silueta habíase
colorado ya de facciones; su cara me habría resultado insignificante, a no ser
por una expresión marcada de piedad...; sus cabellos castaños, algo flojos en
el peinado, acabaron de precipitar una extraña convicción en mi mente: todo
aquel ser me pareció plegarse y formarse a las sugestiones de un nombre.
—¿Amalia?—pregunté.
—Sí.—Y
me pareció que yo mismo me contestaba.
El
salón, como lo había imaginado, era pequeño. Mas el decorado, respondiendo a
mis anhelos, chocaba notoriamente con el del vestíbulo. Allí estaban los
tapices y las grandes sillas respetables, la piel de oso al suelo, el espejo,
la chimenea, los jarrones; el piano de
candeleros
lleno de fotografías y estatuillas —el piano en que nadie toca—, y, junto al estrado
principal, el caballete con un retrato amplificado y manifiestamente alterado:
el de un señor de barba partida y boca grosera.
Doña
Magdalena, que ya me esperaba instalada en un sillón rojo, vestía también de negro
y llevaba al pecho aquellas joyas gruesísimas de nuestros padres: una bola de
vidrio con un retrato interior, ceñida por un anillo de oro. El misterio del
parecido familiar se apoderó de mí. Mis ojos iban, inconscientemente, de doña
Magdalena a Amalia, y del retrato a Amalia.
Doña
Magdalena, que lo notó, ayudó mis investigaciones con alguna exégesis oportuna.
Lo más adecuado hubiera sido sentirme incómodo, manifestarme sorprendido,
provocar una explicación. Pero doña Magdalena y su hija Amalia me hipnotizaron,
desde los primeros instantes, con sus miradas paralelas. Doña Magdalena era una
mujer de sesenta años; así es que consintió en dejar a su hija los cuidados de
la iniciación. Amalia charlaba; doña Magdalena me miraba; yo estaba entregado a
mi ventura.
A
la madre tocó—es de rigor—recordarnos que era ya tiempo de cenar. En el comedor
la charla se hizo más general y corriente. Yo acabé por convencerme de que
aquellas señoras no habían querido más que convidarme a cenar, y a la segunda
copa de Chablis me sentí sumido en un perfecto egoísmo del cuerpo lleno de
generosidades espirituales. Charlé, reí y desarrollé todo mi ingenio, tratando
interiormente de disimularme la irregularidad de mi situación. Hasta aquel
instante las señoras habían procurado parecerme simpáticas; desde entonces
sentí que había comenzado yo mismo a serles agradable.
El
aire piadoso de la cara de Amalia se propagaba, por momentos, a la cara de la
madre. La satisfacción, enteramente fisiológica, del rostro de doña Magdalena
descendía, a veces, al de su hija. Parecía que estos dos motivos flotasen en el
ambiente, volando de una cara a la otra.
Nunca
sospeché los agrados de aquella conversación. Aunque ella sugería, vagamente,
no sé qué evocaciones de Sudermann, con frecuentes rondas al difícil campo de
las responsabilidades domésticas y—como era natural en mujeres de espíritu
fuerte—súbitos relámpagos ibsenianos, yo me sentía tan a mi gusto como en casa
de alguna tía viuda y junto a alguna prima, amiga de la infancia, que ha
comenzado a ser solterona.
Al
principio, la conversación giró toda sobre cuestiones comerciales, económicas,
en que las dos mujeres parecían complacerse. No hay asunto mejor que éste
cuando se nos invita a la mesa en alguna casa donde no somos de confianza.
Después,
las cosas siguieron de otro modo. Todas las frases comenzaron a volar como en redor
de alguna lejana petición. Todas tendían a un término que yo mismo no
sospechaba.
En
el rostro de Amalia apareció, al fin, una sonrisa aguda, inquietante. Comenzó visiblemente
a combatir contra alguna interna tentación. Su boca palpitaba, a veces, con el ansia
de las palabras, y acababa siempre por suspirar. Sus ojos se dilataban de
pronto, fijándose con tal expresión de espanto o abandono en la pared que
quedaba a mis espaldas, que más de una vez, asombrado, volví el rostro yo
mismo. Pero Amalia no parecía consciente del daño que me ocasionaba. Continuaba
con sus sonrisas, sus asombros y sus suspiros, en tanto que yo me estremecía
cada vez que sus ojos miraban por sobre mi cabeza.
Al
fin, se entabló, entre Amalia y doña Magdalena, un verdadero coloquio de
suspiros. Yo estaba ya desazonado. Hacia el centro de la mesa, y, por cierto,
tan baja que era una constante incomodidad, colgaba la lámpara de dos luces. Y
sobre los muros se proyectaban las sombras desteñidas de las dos mujeres, en
tal forma que no era posible fijar la correspondencia de las sombras con las
personas. Me invadió una intensa depresión, y un principio de aburrimiento que
se fue apoderando de mí. De lo que vino a sacarme esta invitación insospechada:
—Vamos
al jardín.
Esta
nueva perspectiva me hizo recobrar mis espíritus. Condujéronme a través de un
cuarto cuyo aseo y sobriedad hacía pensar en los hospitales. En la oscuridad de
la noche pude adivinar un jardincillo breve y artificial, como el de un
camposanto.
Nos
sentamos bajo el emparrado. Las señoras comenzaron a decirme los nombres de las
flores que yo no veía, dándose el cruel deleite de interrogarme después sobre
sus recientes enseñanzas. Mi imaginación, destemplada por una experiencia tan
larga de excentricidades, no hallaba reposo. Apenas me dejaba escuchar y casi
no me permitía contestar. Las señoras sonreían ya (yo lo adivinaba) con pleno
conocimiento de mi estado. Comencé a confundir sus palabras con mi fantasía.
Sus explicaciones botánicas, hoy que las recuerdo, me parecen monstruosas como
un delirio: creo haberles oído hablar de flores que muerden y de flores que
besan; de tallos que se arrancan a su raíz y os trepan, como serpientes, hasta
el cuello.
La
oscuridad, el cansancio, la cena, el Chablis, la conversación misteriosa sobre
flores que yo no veía (y aun creo que no las había en aquel raquítico jardín),
todo me fue convidando al sueño; y quedéme dormido sobre el banco, bajo el
emparrado.
* * *
—¡Pobre
capitán!—oí decir cuando abrí los ojos—Lleno de ilusiones marchó a Europa.
Para
él se apagó la luz.
En
mi alrededor reinaba la misma oscuridad. Un vientecillo tibio hacía vibrar el
emparrado.
Doña
Magdalena y Amalia conversaban junto a mí, resignadas a tolerar mi mutismo. Me pareció
que habían trocado los asientos durante mi breve sueño; eso me pareció...
—Era
capitán de Artillería—me dijo Amalia—; joven y apuesto si los hay. Su voz temblaba.
Y
en aquel punto sucedió algo que en otras circunstancias me habría parecido
natural, pero que entonces me sobresaltó y trajo a mis labios mi corazón. Las
señoras, hasta entonces, sólo me habían sido perceptibles por el rumor de su
charla y de su presencia. En aquel instante alguien abrió una ventana en la
casa, y la luz vino a caer, inesperada, sobre los rostros de las muieres. Y—¡oh
cielos!— los vi iluminarse de pronto, autonómicos, suspensos en el
aire—perdidas las ropas negras en la oscuridad del jardín—y con la expresión de
piedad grabada hasta la dureza en los rasgos. Eran como las caras iluminadas en
los cuadros de Echave el Viejo, astros enormes y fantásticos.
Salté
sobre mis pies sin poder dominarme ya.
—Espere
usted—gritó entonces doña Magdalena—; aún falta lo más terrible.
Y
luego, dirigiéndose a Amalia:
—Hija
mía, continúa; este caballero no puede dejarnos ahora y marcharse sin oírlo
todo.
—Y
bien—dijo Amalia—: el capitán se fue a Europa. Pasó de noche por París, por la mucha
urgencia de llegar a Berlín. Pero todo su anhelo era conocer París. En Alemania
tenía que hacer no sé qué estudios en cierta fábrica de cañones... Al día
siguiente de llegado, perdió la vista en la explosión de una caldera.
Yo
estaba loco. Quise preguntar; ¿qué preguntaría? Quise hablar; ¿qué diría? ¿Qué
había sucedido junto a mí? ¿Para qué me habían convidado?
La
ventana volvió a cerrarse, y los rostros de las mujeres volvieron a
desaparecer. La voz de la hija resonó:
—¡Ay!
Entonces, y sólo entonces, fue llevado a París. ¡A París, que había sido todo
su anhelo! Figúrese usted que pasó bajo el Arco de la Estrella: pasó ciego bajo
el Arco de la Estrella, adivinándolo todo a su alrededor. . . Pero usted le
hablará de París, ¿verdad? Le hablará del París que él no pudo ver. ¡Le hará
tanto bien!
("¡Ah,
si no faltara!"... "¡Le hará tanto bien!").
Y
entonces me arrastraton a la sala, llevándome por los brazos como a un
inválido. A mis pies se habían enredado las guías vegetales del jardín; había
hojas sobre mi cabeza.
—Hélo
aquí—me dijeron mostrándome un retrato.
Era
un militar. Llevaba un casco guerrero, una capa blanca, y los galones plateados
en las mangas y en las presillas como tres toques de clarín. Sus hermosos ojos,
bajo las alas perfectas de las cejas, tenían un imperio singular. Miré a las
señoras: las dos sonreían como en el desahogo de la misión cumplida. Contemplé
de nuevo el retrato; me vi yo mismo en el espejo; verifiqué la semejanza: yo
era como una caricatura de aquel retrato. El retrato tenía una dedicatoria y
una firma. La letra era la misma de la esquela anónima recibida por la mañana.
El
retrato había caído de mis manos, y las dos señoras me miraban con una cómica
piedad.
Algo
sonó en mis oídos como una araña de cristal que se estrellara contra el suelo.
Y
corrí, a través de calles desconocidas. Bailaban los focos delante de mis ojos.
Los relojes de los torreones me espiaban, congestionados de luz...¡Oh, cielos!
Cuando alcancé, jadeante, la tabla familiar de mi puerta, nueve sonoras
campanadas estremecían la noche.
Sobre
mi cabeza había hojas; en mi ojal, una florecilla modesta que yo no corté.
(De
El plano oblicuo, 1920)
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