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ALFONSO REYES

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Textos escogidos:

Visión de Anáhuac (ensayo)
La Cena (cuento)
La reina perdida (cuento)
Ifigenia cruel (tragedia/poesía)
Poemas


Estudios y enlaces:

La Cena, de Alfonso Reyes, cuento onírico: ¿surrealismo o realismo mágico? (James Willis Robb)
Alfonso Reyes en Centro Virtual Cervantes
Ifigenia cruel en Material de lectura (Universidad Nacional Autónoma de México)
Alfonso Reyes en Google books (ensayos)
Alfonso Reyes en Google books (cuentos)
Antología de Alfonso Reyes en Google books (poesía)
Alfonso Reyes en la Capilla virtual
Wikipedia


Humanista, polígrafo, poeta, diplomático mexicano nacido en Monterrey y muerto en la ciudad de México. Fue también traductor, miembro del grupo cultural Ateneo de la Juventud (1909-1913). Estuvo exilado en España entre 1914 y 1924, donde adquiere renombre internacional y publica numerosos y sabios ensayos sobre la poesía del siglo de oro, junto a Menéndez Pidal; también, Cartones de Madrid (1917), su breve obra maestra, Visión de Anáhuac (1917) y los ensayos Simpatías y diferencias (1921-1926), y por fin la obra teatral Ifigenia cruel (1924). Maestro de la lengua, de 1939 a 1950 está en la cumbre de su madurez intelectual, escribe sobre temas clásicos: La crítica en la Edad Ateniense (1945), La antigua retórica (1942), Junta de sombras (1949), El deslinde (1944); luego, sobre problemas mexicanos y americanos: Letras de la Nueva España (1948), Ultima tule (1942), Tentativas y Orientaciones (1944), Norte y Sur (1945) y traduce parte de la Ilíada (1951). Hasta ahora sus obras completas abarcan más de 25 tomos.  epdlp


POEMAS (Alfonso Reyes)

Archivo Barricada

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LA AMENAZA DE LA FLOR

Flor de las adormideras:
engáñame y no me quieras.

¡Cuánto el aroma exageras,
cuánto extremas tu arrebol,
flor que te pintas ojeras
y exhalas el alma al sol!
Flor de las adormideras.

Una se te parecía
en el rubor con que engañas,
y también porque tenía,
como tú, negras pestañas.

Flor de las adormideras.
Una se te parecía.. .
Y tiemblo sólo de ver
tu mano puesta en la mía:
¡Tiemblo no amanezca un día
en que te vuelvas mujer!




VERACRUZ

No: aquí la tierra triunfa y manda
-caldo de tiburones a sus pies.
Y entre arrecifes, últimas cumbres de la Atlántica
Las esponjas de algas venenosas
Manchan de bilis verde que se torna violeta
Los lejos donde el mar cuelga del aire.

Basta saber que nos guardan las espaldas:
La ciudad sólo abre hacia la costa
Sus puertas de servicio.

En el aburridero de los muelles,
Los mozos de cordel no son marítimos:
Cargan en la bandeja del sombrero
Un sol de campo adentro:
Hombres color de hombre,
Que el sudor emparienta con el asno
-y el equilibrio jarocho de los bustos,
al peso de las cívicas pistolas.

Herón Proal, con sus manos juntas y ojos bajos,
Siembra clerical cruzada de inquilinos;
Y las bandas de funcionarios en camisa
Sujetan el desborde de sus panzas
Con relumbrantes dentaduras de balas.

Las sombras de los pájaros
Danzan sobre las plazas mal barridas.
Hay aletazos en las torres altas.

El mejor asesino del contorno,
Viejo y altivo, cuenta una proeza.
Y un juchiteco, esclavo manumiso
Del fardo en que descansa,
Busca y recoge con el pie descalzo
El cigarro que el sueño de la siesta
Le robó a la boca.

Los Capitanes, como han visto tanto,
Disfrutan, sin hablarse,
Los menjurjes de menta en los portales.
Y todas las tormentas de las Islas Canarias,
Y el Cabo Verde y sus faros de colores,
Y la tinta china del Mar Amarillo,
Y el Rojo entresoñado
Que el profeta judío parte en dos con la vara,
Y el Negro, donde nadan
Carabelas de cráneos de elefantes
Que bombean el Diluvio con la trompa,
Y el Mar de Azufre,
Donde pusieron cabellera, ceja y barba,

Y el de Azogue , que puso dientes de oro
A la tripulación de piratas malayos,
Reviven al olor del alcohol de azúcar,
Y andan de mariposas prisioneras
Bajo el azul "quepí" de tres galones,
Mientras consume nubes de tifones
La pipa de cerezo.

La vecindad del mar queda abolida.
Gañido errante de cobres y cornetas
Pasea en un tranvía.
Basta saber que nos guardan las espaldas.

(Atrás, una ventana inmensa y verde... )
El alcohol del sol pinta de azúcar
Los terrones fundentes de las casas.
(... por donde echarse a nado)

Miel de sudor, parentesco del asno,
Y hombres color de hombre
Conciertan otras leyes,
En medio de las plazas donde vagan
Las sombras de los pájaros.

Y sientes a la altura de las sienes
Los ojos fijos de las viudas de guerra.
Y yo te anuncio el ataque a los volcanes
De la gente que está de espalda al mar:
Cuando los comedores de insectos
Ahuyentan las langostas con los pies
y en el silencio de las capitales
se oirán venir pisadas de sandalias
y el trueno de las flautas mexicanas.




LA HABANA

No es Cuba, donde el mar disuelve el alma.
No es Cuba -que nunca vio Gaugin,
Que nunca vio Picasso-,
Donde negros vestidos de amarillo y de guinda
Rondan el malecón, entre dos luces,
Y los ojos vencidos
No disimulan ya los pensamientos.

No es Cuba - la que oyó a Stravisnsky
Concertar sones de marimbas y güiros
En el entierro del Papá Montero,
Ñañigo de bastón y canalla rumbero.

No es Cuba -donde el yanqui colonial
Se cura del bochorno sorbiendo "granizados"
De brisa, en las terrazas del reparto;
Donde la policía desinfecta
El aguijón de los mosquitos últimos
Que zumban todavía en español.

No es Cuba - donde el mar se transparenta
Para que no se pierdan los despojos del Maine,
Y un contratista revolucionario
Tiñe de blanco el aire de la tarde,
Abanicando, con sonrisa veterana,
Desde su mecedora, la fragancia
De los cocos y mangos aduaneros.




PARA UN MORDISCO

Propio camaleón de otros cielos mejores,
A cada nueva aurora mudaba de colores.

Así es que prefiriera a su rubor primero
El tizne que el oficio deja en el carbonero.

Quiero decir ( me explico ): la mudanza fue tal,
que iba del rojo al negro lo mismo que Stendhal.

Luego, un temblor de púrpura casi cardenalicio
(que viene a ser también el tizne de otro oficio)

se quebró en malva y oro con bandas boreales,
que ni el disco de Newton exhibe otras iguales.

Es muy de Juan Ramón esto de malvas y oros,
O del traje de luces de un matador de toros.

Y no sé si atreverme, en cosa tan sencilla,
A decir que hubo una "primavera amarilla",

Con unas vetas verdes, con unos jaspes grises
En olas circunflejas como en el mar de Ulises.

¡Ulises yo, que apenas de Caribdis a Escila
-de un vértice a un escollo - saciaba la pupila!

Porque como es efímero todo lo que es anhelo,
El color se evapora y otra vez sube al cielo,

Y ya sabemos que poco a poco se va
Aun la marca de fuego de la infidelidá.

Y se acabó la historia - Tal era la mordida
Que lucía en el anca mi querida.




Antologías en
la Web de Nuri de la Cabada
y http://www.poesi.as/Alfonso_Reyes.htm



VISIÓN DE ANÁHUAC, 1519 (Alfonso Reyes)

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Viajero: has llegado a
la región más transparente del aire.



En la era de los descubrimientos, aparecen libros llenos de noticias extraordinarias y amenas narraciones geográficas. La historia, obligada a descubrir nuevos mundos, se desborda del cauce clásico, y entonces el hecho político cede puesto a los discursos etnográficos y a la pintura de civilizaciones. Los historiadores del siglo XVI fija el carácter de las tierras recién halladas, tal como éste aparecía a los ojos de Europa: acentuado por la sorpresa, exagerado a veces. El diligente Giovanni Battista Ramusio publica su peregrina recopilación Delle Navigationi et Viaggi en Venecia y el año de 1550. Consta la obra de tres volúmenes in-folio, que luego fueron reimpresos aisladamente, y está ilustrada con profusión y encanto. De su utilidad no puede dudarse: los cronistas de Indias del Seiscientos (Solís al menos) leyeron todavía algunas cartas de Cortés en las traducciones italianas que ella contiene.

En sus estampas, finas y candorosas, según la elegancia del tiempo, se aprecia la progresiva conquista de los litorales; barcos diminutos se deslizan por una raya que cruza el mar; el pleno océano, se retuerce, como cuerno de cazador, un monstruo marino, y en el ángulo irradia picos una fabulosa estrella náutica. Desde el seno de la nube esquemática, sopla un Éolo mofletudo, indicando el rumbo de los vientos —constante cuidado de los hijos de Ulises. Vense pasos de la vida africana, bajo la tradicional palmera y junto al cono pajizo de la choza, siempre humeante; plantas exóticas y soñadas islas. Y en las costas de la Nueva Francia, grupos de naturales entregado a los usos de la caza y la pesquería, al baile o a la edificación de ciudades. Una imaginación como la de Stevenson, capaz de soñar La isla del tesoro ante una cartografía infantil, hubiera tramado, sobre las estampas del Ramusio, mil y un regocijos para nuestros días nublados.

Finalmente, las estampas describen la vegetación de Anáhuac. Deténganse aquí nuestros ojos: he aquí un nuevo arte de naturaleza.
 

La mazorca de Ceres y el plátano paradisíaco, las pulpas frutales llenas de una miel desconocida; pero, sobre todo, las plantas típicas: la biznaga mexicana —imagen del tímido puerco espín—, el maguey (del cual se nos dice que sorbe sus jugos a la roca), el maguey que se abre a flor de tierra, lanzando a los aires sus plumeros; los "órganos" paralelos, unidos como las cañas de la flauta y útiles para señalar la linde; los discos del nopal —semejanza del candelabro—, conjugados en una superposición necesaria, grata a los ojos: todo ello nos aparece como una flora emblemática, y todo como concebido para blasonar un escudo. En los agudos contornos de la estampa, fruto y hoja, tallo y raíz, son caras abstractas, sin color que turbe su nitidez.

Esas plantas protegidas de púas nos anuncian que aquella naturaleza no es, como la del sur o las costas, abundante en jugos y vahos nutritivos. La tierra de Anáhuac apenas reviste feracidad a la vecindad de los lagos. Pero, a través de los siglos, el hombre conseguirá desecar sus aguas, trabajando como castor; y los colonos devastarán los bosques que rodean la morada humana, devolviendo al valle su carácter propio y terrible: —En la tierra salitrosa y hostil, destacadas profundamente, erizan sus garfios las garras vegetales, defendiéndose de la seca.

Abarca la desecación del valle desde el año 1449 hasta el año de 1900. Tres razas han trabajado en ella, y casi tres civilizaciones —que poco hay de común entre el organismo virreinal y la prodigiosa ficción política que nos dio treinta años de paz augusta. Tres regímenes monárquicos, divididos por paréntesis de anarquía, son aquí ejemplo de cómo crece y se corrige la obra del Estado, ante las mismas amenazas de la naturaleza y la misma tierra que cavar. De Netzahualcóyotl al segundo Luis de Velasco, y de éste a Porfirio Díaz, parece correr la consigna de secar la tierra. Nuestro siglo nos encontró todavía echando la ultima palada y abriendo la última zanja.

Es la desecación de los lagos como un pequeño drama con sus héroes y su fondo escénico. Ruiz de Alarcón lo había presentido vagamente en su comedia de El semejante a sí mismo. A la vista de numeroso cortejo, presidido por Virrey y Arzobispo, se abren las esclusas: las inmensas aguas entran cabalgando por los tajos. Ése, el escenario. Y el enredo, las intrigas de Alonso Arias y los dictámenes adversos de Adrián Boot, el holandés suficiente; hasta que las rejas de la prisión se cierran tras Enrrico Martín, que alza su nivel con mano segura.

Semejante al espíritu de sus desastres, el agua vengativa espiaba de cerca a la ciudad; turbaba los sueños de aquel pueblo gracioso y cruel, barriendo sus piedras florecidas; acechaba, con ojo azul, sus torres valientes.

Cuando los creadores del desierto acaban su obra, irrumpe el espanto social.
 

El viajero americano está condenado a que los europeos le pregunten si hay en América mucho árboles. Les sorprenderíamos hablándoles de una Castilla americana más alta que la de ellos, más armoniosa, menos agria seguramente (por mucho que en vez de colinas la quiebre enormes montañas), donde el aire brilla como espejo y se goza de un otoño perenne. La llanura castellana sugiere pensamientos ascéticos: el valle de México, más bien pensamientos fáciles y sobrios. Lo que una gana en lo trágico, la otra en plástica rotundidad.



Alfonso Reyes
Visión de Anáhuac (1519)



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IFIGENIA CRUEL (Alfonso Reyes)

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Pero soy como me hiciste, Diosa,
Entre las líneas iguales de tus flancos:
Como plomada de albañil segura,
Y como tú: como una llama fría.

Sobre el eje de tu nariz recta,
Nadie vio doblarse tus cejas,
Ni plegarse los rinconcillos
Inexorables de tu boca,
Por donde huye un grito inacabable,
Penetrado ya de silencio.

¿Quién acariciaría tu cuello,
demasiado robusto para asido en las manos;
superior a ese hueco mezquino de la palma
que es la medida del humano apetito?

¿Y para quién habías de desatar la equis
de tus brazos cintos y untados
como atroces ligas al tronco,
por entre los cuales puntean
los cuernecillos numerosos
de tu busto de hembra de cría?

¿Quién vio temblar nunca en tu vientre
el lucero azul de tu ombligo?
¿Quién vislumbró la boca hermética
de tus dos piernas verticales?

En torno a ti danzan los astros.
¡Ay del mundo si flaquearas, Diosa!
Y al cabo, lo que en ti más venero:
Los pies donde recibes la ofrenda
Y donde tuve yo cuna y regazo;
Los haces de dedos en compás
Donde puede ampararse un hombre adulto;
Las raíces por donde sorbes
Las cubas rojas del sacrificio, a cada luna.



Alfonso Reyes
Ifigenia Cruel,




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en la web Material de lectura
(Universidad Nacional Autónoma de México)
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Ver nota introductoria de
Carlos Montemayor
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NOTA INTRODUCTORIA A "IFIGENIA CRUEL" DE ALFONSO REYES (Carlos Montemayor)

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Ifigenia Cruel es uno de los poemas clásicos de nuestras letras. Clásico en el sentido en que lo son Sindbad el Varado o Muerte sin Fin, y no sólo por su referencia griega. Junto con otros trece o catorce poemas, constituye lo que Alfonso Reyes (Monterrey, 1889-1959), dejó de perdurable en poesía, a la altura de su vasta obra de polígrafo, la obra de mayor dimensión de nuestras letras (es bueno recordar esto ahora, cuando en nuestro país la inteligencia y la cultura se confunden con muchas cosas).

Reyes dedicó algunas páginas para justificar este espléndido poema dramático. No eran necesarias, pero constituyen una de las interpretaciones más nítidas que sobre el poema pueden hacerse. El tema es el sacerdocio de Ifigenia en Táuride. En Eurípides, Ifigenia se vengaba de lo padecido en Áulide; en Reyes, lo hace sin venganza y sin memoria. En Eurípides, su hermano la cree inmolada; en Reyes, viene en su busca, pues sabe que está ahí. En Eurípides, el monarca es bárbaro; en Reyes, es sabio y compasivo. En Eurípides, Ifigenia regresa como sacerdotisa de la diosa; en Reyes, regresaría para desposarse con otro y asegurar descendencia, ya no como virgen sagrada.

Además de esta diferencia, hay una dualidad permanente en el poema de Reyes, que lo hace un poema fundamentalmente moderno. No acosa a Ifigenia el pasado, sino su conciencia; la acosa una oscura sensación de no ser sólo ella, sino también la otra, la que recuerda subterráneamente, sin compartirse. En hechos sangrientos vive, creyendo que nace; así recuerda que en sangrientos festines ha nacido: su linaje nuevo es como el antiguo. Ella olvida, pero después recuerda lo que Orestes ignora; el olvido tiene más recuerdos que nosotros. Ella debió morir, pero vive; debió ser sacrificada, y es sacrificadora; es el castigo para los que a esas playas llegan y, sin embargo, es la castigada. Se divide ella misma entre la imaginación, poblada de fantasmas, y la lealtad del cuerpo (división difícil de plantear en una Ifigenia antigua). Su cuerpo fue leal con ese pueblo bárbaro; su deseo, con su linaje. Ella, la sacerdotisa, fue conminada por su hermano a descender de ese desdoblamiento y ser mujer, ser madre, ser cuidadora de su telar familiar. Se le pidió que fuera lo opuesto, no la que mata, sino la dadora de vida. Ifigenia se negó a hacerlo. Más parece con esto una versión suavizada de una diosa mexicana, dadora de muerte, que la sacerdotisa griega que en Eurípides retorna amorosa a su país.

Ahora bien, el punto central del poema es cómo llega Ifigenia a ser libre. Ya abriste pausa en los destinos, dice el Coro cuando lo ha logrado. Tal libertad no lo fue de lo sangriento; tampoco de su linaje; tampoco de la diosa, del país o de Orestes: su libertad consistió no en haber detenido los sangrientos hechos de los hijos de Tántalo, sino en aceptarlos, en continuarlos aún, resistiéndose a convertirse en madre de muchos hijos. En sí misma reunió los sacrificios antiguos con los suyos, elevados ya a rituales: su libertad fue haber elevado la muerte a un altar, a una sacralidad. Reyes creyó haber expresado otra cosa: la superación de hechos políticos dolorosos en su familia, pero se engañó. Lo que pudo lograr fue que esos hechos permanecieran en las manos sangrientas de Ifigenia sacralizados, voluntarios. En Eurípides, Ifigenia logró el deseo de Reyes; en este poema, lo rechazó. Y el acto de libertad no provino de una emancipación de su familia: no fue la salvación de su familia o estirpe, sino de ella misma respecto a la otra, la oscura que por fin llegó a mostrarse ante las palabras de Orestes: la que apartó, la que expulsó de sí misma para quedar libre, vencida por el peso propio de la sangre de los sacrificados, defendida y oculta en el templo, cual virgen cruel, sola, amando este bárbaro país donde los sacrificios humanos continúan. 






Carlos Montemayor

de la web Material de lectura
(Universidad Nacional Autónoma de México)


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Comentario a la Ifigenia Cruel,
por Alfonso Reyes
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LA REINA PERDIDA (Alfonso Reyes)

Archivo Barricada

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I

Desde el día en que me expulsaron del club padezco insomnios. La poca costumbre de leer durante las altas horas de la noche hace que la compañía de los libros me sea inoportuna. La mujer resulta un consuelo mediocre para los ambiciosos y más si son, como yo, poco aficionados a los rodeos y circunloquios del placer. El vino hace más desierta mi soledad, y la calle o los espectáculos me producen una jaqueca de varios días. Me quedo solo en casa.

 Desde mis ventanas - que dan al descampado - suelo entretenerme en contar los farolillos de gas, en adivinar sus secretos, alegría y dolores. Hay unos que palpitan como una mariposa que abre y cierra las alas. Otros se quejan con un grito largo, inalterable. Otros se extinguen de súbito, sin decir por qué y tienden entre las acacias una hamaca de sombra.

 Desde el mirador logro un ver un palacio blanco, que parece desierto. Cerrado y mudo, sus vidrieras devuelven equivocadamente los reflejos de las estrellas.

 Las palmas del trasnochador que llama al sereno me sobresaltan, no sin darme cierta emoción de compañía que me alivia un poco. El ruido de los cerrojos, el rechinar de las puertas, ocupan completamente mi alma. Es hora en que se oye hasta el paso de los insectos, el desperezarse de un élitro en la sombra, el crujido de una de esas diminutas alas de cebolla, el diálogo entre la burbuja y la brizna.

 Y mes a mes la frente pegada a los cristales, casi pendiente de un hilo, como una araña - porque a un hilo siente reducida mi vida -, miro saltar, sobre el tapete del horizonte, el as de oros de la luna.



II

No sabes jugar, como yo, a las constelaciones. El juego de las constelaciones no requiere compañero ninguno, ni mozos de frac y calzón corto, ni candelero de luz, que multiplican los espejos; ni tapices, ni nada; una pupila abierta en la tierra y algunos millones en el cielo.

 Y apostáis:

- Apuesto diez duros a que ahora sale Aldebarán.

Y no sale Aldaberán, porque lo que sale es la constelación del Boyero.

Y apostáis:

- ¡Quinientas pesetas a las Siete Cabrillas! ¡Mil por los ojos de Santa Lucía! ¡A Casiopea pongo cuatro mil!

 Yo he llegado a deberle al cielo un buen pico; me pareció que la luna barría y borraba todas las oncitas de oro del cielo en medio segundo. Pero otro día gané la osa Mayor, Escorpión, Orión y muchas estrellas de primera magnitud. Entre ellas el lucero del alba. Había luna nueva y la mano opaca corría, subrepticia, por el firmamento, como una mano de ladrón. El gallo nos avisó a tiempo y todos nos pusimos en salvo.


III

Pero ¡y la reina, aquella reina perdida! ¿Quién me la quitó de las manos? No de ser yo quien proponga excusas, eso no. Pero - lo saben tal vez los espejos - yo no fui quien la escabulló.

La llevo pintada sobre el corazón como una afrenta.

Había dos juegos e cartas completos: uno francés, otro español, estoy enteramente seguro, puedo apostar mi vida. Yo, agotados los recursos, puse sobre la mesa el reloj de oro y los valiosos gemelos. Y, con mi superstición habitual, me dedique a escoger los palos, por razones que yo me entiendo: los oros, me dije son los capitalistas; los bastos, los villanos; las copas, los industriales; las espadas, los militares. Y ahora, a los reyes: David, Salomón, Alejandro, Carlomagno... Y ahora, a las reinas: Nimo, Cleopatra...

 Y me detuve, extático: frente a mí, a espaldas de Urquijo, - que acababa de pedir otra botella más de champaña -, cubierto de arreos resplandecientes y ferradas mallas resonantes, con mi espadón en forma de cruz y calzado de guantelete guerrero: noble y encanecido; las barbas velludas, el ademán entre altivo e irónico, el rey de Espadas - os lo aseguro - apareció. Y alargó la mano, decidida, y nos arrebató una reina francesa...

 ¡Una reina que era mi novia! ¡La reina que yo más quería!

Y todas las estrellas del cielo me acecharán en vano y en vano me perseguirán los trasgos de la noche. Porque yo nunca he de confesar el nombre de mi novia, ¡el nombre de la reina Perdida!


Alfonso Reyes
de El plano oblicuo, 1920


"LA CENA" DE ALFONSO REYES, CUENTO ONÍRICO: ¿SURREALISMO O REALISMO MÁGICO? (James Willis Robb)

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Al lector de las ficciones narrativas de Alfonso Reyes no deja de cautivarlo y fascinarlo —cada vez que lo relee— el cuento La cena, elaborado en México en 1912, retocado y recogido con otras diez narraciones imaginativas bajo el intrigante título El plano oblicuo, libro publicado en Madrid en 1920.

LA TRAMA

Lo primero que nos llama la atención es lo apretado de la trama de una extraña aventura personal que va transcurriendo por el  resbaladizo Plano oblicuo entre realidad y fantasía y nos mantiene en suspenso desde el primer instante de la narración hasta el enigmático desenlace en que nada sobra.

La acción se inicia con el narrador (llamado Alfonso, como el autor) en pleno movimiento: "Tuve que correr a través de calles desconocidas. El término de mi marcha parecía correr delante de mis pasos, y la hora de la cita palpitaba ya en los relojes públicos".

Es que ha recibido una misteriosa invitación de dos señoras desconocidas, que reza simplemente: "Doña Magdalena y su hija Amalia esperan a usted a cenar mañana, a las nueve de la noche. ¡Ah, si no faltara!...".

Al sonar las nueve horas, se encuentra a la puerta de la casa señalada, donde lo reciben las dos damas en su salón, empiezan a charlar, y lo llevan al comedor a cenar. Eufórico con el vino, él sigue gozando de la conversación en que no llegan a explicar el propósito de la invitación, pero en que se asoma la repetida sugerencia de "alguna lejana petición". Lo invitan a pasar al jardín, que resulta ser "un jardincillo breve y artificial, como el de un camposanto", sumergido en la oscuridad, en donde le hablan de monstruosas "flores que muerden y de flores que besan", y Alfonso se queda dormido.

Al despertar, Alfonso las oye hablando de un "— ¡Pobre capitán" que "Lleno de ilusiones marchó a Europa"; haciendo estudios en una fábrica de cañones perdió la vista en una explosión; "pasó ciego bajo el Arco de la Estrella".

Y las damas se dirigen a Alfonso: "Pero usted le hablará de París, ¿verdad? Le hablará del París que él no pudo ver. ¡Le hará tanto bien!". Lo arrastran a la sala y le muestran el retrato del Capitán. Alfonso lo mira, descubre un extraño parecido entre aquel semblante y el suyo: "Yo era como una caricatura de aquel retrato". Nota que el retrato está firmado, con la misma letra de su invitación a la cena. A Alfonso, asombrado, se le cae el retrato de las manos, y sale huyendo a su casa, adonde llega cuando aún suenan las nueve campanadas del reloj. ¿Sueño? Sorpresa: "Sobre mi cabeza había hojas; en mi ojal, una florecilla modesta que yo no corté".



VISIÓN ONÍRICA

Desde el primer momento, cuando Alfonso emprende su loca carrera por calles desconocidas, tenemos la sensación de estar viviendo intensamente con el narrador una pesadilla, una experiencia alucinante en que conviven elementos extraños y familiares:

Cuando, a veces, en mis pesadillas, evoco aquella noche fantástica (cuya fantasía está hecha de cosas cotidianas y cuyo equívoco misterio crece sobre la humilde raíz de lo posible), paréceme jadear a través de avenidas de relojes y torreones.

Desde el ambiente fantasmagórico de las calles pobladas de "serpientes de focos eléctricos" que "bailaban delante de mis ojos" y de relojes en los torreones que "me espiaban, congestionados de luz", hasta el misterioso encuentro con dos fantasmas humanos que se llaman doña Magdalena y su hija Amalia — apariciones, visibles más bien como siluetas o sombras vestidas de negro—, todo resalta como producto de un sueño: experiencia onírica que se podría subtitular "Un encuentro con la Muerte" o "Cita con un muerto y dos espectros".

Típicos de la experiencia onírica son: la flexibilidad de los planos temporales; visión del tiempo-espacio circular en que todo sucede en momentos mientras sonaban las nueve campanadas del reloj; la sensación del deja vu, lo ya visto ("Y corría frenéticamente, mientras recordaba haber corrido a igual hora por aquel sitio y con un anhelo semejante. ¿Cuando?"); ambiente de somnolencia, con el efecto hipnótico de las miradas de los relojes y las miradas de las dos damas de existencia ambigua.

Don Alfonso Reyes, teórico de la literatura, nos analiza "Los estímulos literarios" de tipo onírico (Tres puntos de exegética literaria) al observar que:

Los sueños depositan en la conciencia gérmenes insolubles, alegres o tristes, con cierto sabor augural. Se los aleja de la memoria y vuelven, como si quisieran ser escuchados. Se los recuerda de repente con la acuidad de una cosa real de la vigilia, y cuando se los pretende asir con palabras, se desvanecen. ..

Luego confiesa:

Personalmente, tenemos alguna experiencia de este intento por aprovechar la pesadilla: "La cena"... 2.

Y, en su Historia documental de mis libros, aclara:

La cena.... es una combinación de recuerdos personales, anodinos en apariencia, pero que me dejaron un raro sabor de irrealidad... Por esos días, Jesús Acevedo me contó también ciertas impresiones extravagantes de su visita a una familia desconocida. De ahí salió "La cena", y no solamente de un sueño como se ha supuesto generalmente... En todo caso, la invención tuvo aquí la parte principal.

En fin, la invención recreadora de la experiencia onírica ha producido este cuento.



ASOCIACIONES LITERARIAS

En la múltiple obra alfonsina de crítica y creación, abundan las alusiones literarias y enlaces secretos con otros escritores.

Pero en La cena Reyes se limita a tres alusiones: Como epígrafe, la cita de San Juan de la Cruz, "La cena, que recrea y enamora", que nos anticipa la misteriosa invitación a una cena plena de significación simbólica para el narrador. Después, evoca a Sudermann e Ibsen en el contexto doméstico que contrasta con el ambiente de irrealidad.

Más numerosos son los enlaces secretos. En el detalle escénico del jardín-camposanto, nos invade una serie de asociaciones con autores que han imaginado jardines de flores monstruosas o mortíferas: Nathaniel Hawthorne, La hija de Rappaccini (1853); Gérard de Nerval, Aurelia (1855) (señalado por Paulette Patout); Émile Zola, Le Paradou en La Faute de l'Abbé Mouret (1875); y Leopoldo Lugones, Viola Acherontia (en Las fuerzas extrañas, 1906).

La "florecilla modesta que yo no corté" de Alfonso Reyes recuerda un par de flores mágicas afines comentadas por J. L. Borges (en La flor de Coleridge) en Coleridge y H. G. Wells, y lleva al tema de los viajes al porvenir y al pasado en Wells y en Henry James, donde el nexo entre presente y pasado es un retrato del siglo XVIII que misteriosamente representa al protagonista.

Luego, vienen los escritores que han pasado por la influencia personal de Alfonso Reyes. El mismo Borges la confiesa, y Donald Yates ha demostrado cómo Reyes señaló al Borges narrador el camino para la composición de sus Ficciones de 1944. Gerald Petersen identifica La cena de Alfonso Reyes como una "fuente" del Aura de Carlos Fuentes.



ASOCIACIONES PICTÓRICAS

En el poeta Alfonso Reyes hay un pintor escondido, imbuido del sentido de visualización pictórica. En La cena creemos ver cinco cuadros que sirven de fondo escénico para la acción de la fantasía onírica:

1) El primero es el de la visión alucinante de la carrera "a través de calles desconocidas" que enmarca circularmente el relato, con sus imágenes de relojes, símbolos de la obsesión del tiempo. Sentimos una afinidad secreta con Salvador Dalí, el pintor surrealista cuyo cuadro La persistencia de la memoria es de 1931, bastante posterior a la composición de La cena por Reyes. Este cuadro de Dalí es el de los relojes ablandados en reposo, con fondo de paisaje costeño desierto. La temática onírica, la obsesión del tiempo y la memoria son afines. Cierto, el cuadro de Reyes es más animado, con sus serpientes de focos eléctricos que bailan, glorietas, arriates, torres que se suceden calidoscópicamente, los relojes personificados que "me espiaban, congestionados de luz", y la musicalidad de las nueve campanadas sonoras al principio y al final. Dos asociaciones complementarias: Vicente Van Gogh, Noche estrellada (1889), donde figuran luces alucinantes; Marc Chagall, El reloj con ala azul (1949).

2) y 3) Segundo cuadro: el del interior de la vetusta casa — que ocupa toda la parte central del relato—, cuadro puntuado por una serie de efectos de luz y sombra que se enfocan en los personajes como siluetas fantasmales y nos llevan a otro cuadro dentro del cuadro, de carácter netamente irreal, el del sombreado jardincillo, "breve y artificial", que parece camposanto.

Esta combinación de los personajes como siluetas o cuasiestatuas y el jardín-camposanto con su ambiente de muerte y silencio —de artificialidad irreal— nos hace pensar en el mundo pictórico de Giorgio de Chirico, pionero del surrealismo europeo en sus cuadros de 1911 a 1916 como El enigma de la hora, El viaje ansioso, Nostalgia del infinito, en que se insinúan preocupaciones por el tiempo y el infinito, ansiedades metafísicas personales.

4) Cuarto cuadro: Al iniciar las dos mujeres la historia del "— Pobre capitán!", con el detalle "Para él se apagó la luz", el pintor se vuelve camarógrafo. Se abre una ventana y "los rostros de las mujeres [...] — ¡oh cielos! — los vi iluminarse de pronto, autonómicos, suspensos en el aire [ . . . ] . Eran como las caras iluminadas en los cuadros de Echave el Viejo, astros enormes y fantásticos".

Este tránsito al cuarto cuadro tiende una curva de visión cinematográfica que abarca toda la acción del cuento, y un puente al pintor hispanomejicano colonial, Echave el Viejo, quien suele evocar las caras iluminadas de los santos.
5) Pero en la galería de cuadros el de mayor significación psicológica es el anónimo retrato del Capitán, que aparece y reaparece tres veces: colocado en un caballete en el salón; luego, puesto al pecho de doña Magdalena, "una bola de vidrio con un retrato interior"; finalmente, en el clímax de la narración:

— Helo aquí — me dijeron mostrándome un retrato. Era un militar. Llevaba un casco guerrero, una capa blanca, y los galones plateados en las mangas y en las presillas como tres toques de clarín. Sus hermosos ojos, bajo las alas perfectas de las cejas, tenían un imperio singular.



INTERPRETACIÓN DE SUEÑOS

Y ahora a nuestra interpretación del desenlace y sentido íntegro del cuento, en que se conjugan la perspectiva freudiana y el concepto helénico de la anagnórisis, proyectados contra cierto fondo autobiográfico.

La interpretación freudiana de los sueños con mucha frecuencia se fija en la obsesión del hijo o de la hija por la figura del padre o de la madre. Al entrar en la biografía de Alfonso Reyes, nos damos cuenta de que toda su vida lo acompañó una verdadera obsesión por la figura de su padre, el general Bernardo Reyes, y su trágica muerte.

Bernardo Reyes, Gobernador del Estado de Nuevo León, Ministro de Guerra y rival político de Porfirio Díaz, hombre de armas y letras, despertó en su hijo Alfonso la vocación literaria y fue profundamente querido y admirado por él. De 1909 a 1911 don Bernardo estuvo en Europa, mandado por el general Díaz en disfrazado destierro para estudiar asuntos militares.

"Durante unas maniobras que presenció en Francia", nos cuenta Alfonso, "como sentía un picor en el ojo izquierdo, se plantó un parche y siguió estudiando las evoluciones de la tropa. Al volver del campo... había perdido la mitad de la vista". Al regresar a México, don Bernardo, tras el fracasado intento de invasión desde Texas, se entregó y quedó encarcelado durante todo el año de 1912, cuando Alfonso escribió su cuento La cena. Al morir don Bernardo en quijotesco ataque al Palacio Nacional el 9 de febrero de 1913, el choque sentido por su hijo fue tan tremendo que años después exclamaría Alfonso:

Aquí morí yo y volví a nacer, y el que quiera saber quién soy que lo pregunte a los hados de Febrero. Todo lo que salga de mí, en bien o en mal, será imputable a ese amargo día.

En julio de 1913, nombrado 2° Secretario de la Legación de México en Francia, se destierra Alfonso e inicia una carrera diplomática que durará un cuarto de siglo. Y así dirá:

También supe y quise elegir el camino de mi libertad, descuajando de mi corazón cualquier impulso de rencor o venganza, por legítimo que pareciera, antes de consentir en esclavizarme a la baja vendetta.

Alfonso logra una catarsis de estas emociones personales en la elaboración en España (en 1923) de su Ifigenia cruel. Pero la sombra de su padre y su trágico fin lo perseguirá toda la vida. Desde Buenos Aires y Río, en 1930, a los 17 años exactos de la fecha fatídica, redactará en su intimidad la conmovedora Oración del 9 de febrero, publicada sólo póstumamente, 33 años después, por su viuda Manuelita.

Ahora, con esta perspectiva biográfica, podemos ver en el misterioso Capitán del cuento La cena reflejos simbólicos de la figura de don Bernardo Reyes y hasta interpreta dicho cuento como si fuera un sueño premonitorio. También el general Reyes se fue a Europa, sufrió la pérdida de la vista, estuvo en París y, atraído sin duda, como después su hijo, por la Ville Lumiére, no pudo ver allá todo lo que hubiera querido ver y gozar pero que más tarde sí vería y gozaría Alfonso y hubiera gustado de compartir con su padre. La cena se ve como una "anticipación a la muerte" de su padre, del choque que ésta le causaría; y de un encuentro imaginario con su sombra; o sea, doble sueño premonitorio.

El sentido esencial de misterio que infunde el relato de La cena proviene del motivo de la búsqueda de identidades. Alfonso se pregunta: ¿quiénes serán doña Magdalena y Amalia? ¿y el señor del retrato... ? que luego en el momento del clímax será el Capitán, en quien Alfonso se reconoce a sí mismo. Es el instante del reconocimiento o anagnórisis, en términos helénicos, definida a través de Aristóteles por el mismo Alfonso Reyes helenista:

Anagnórisis, descubrimiento o reconocimiento por sorpresa... La anagnórisis es un paso súbito de la ignorancia al conocimiento, mecanismo el más adecuado para presentar el vuelco de la fortuna...

Y la llamada "anagnórisis de choque patético" es la que corresponde exactamente a este instante de reconocimiento sorpresivo en que Alfonso, descubriendo la identidad del Capitán, descubre una nueva faceta decisiva de su propia identidad. Don Alfonso Reyes, helenista, a través de la tragedia griega nos da la clave para el desenlace de su ficción, en armonía secreta con su íntimo drama personal.


¿SURREALISMO O REALISMO MÁGICO?

Primero, surrealismo. El Reyes teorizador ha relacionado con los estímulos oníricos la "estética suprarrealista". No esperemos encontrar en el Reyes poeta-cuentista de 1912 una prefiguración mágica del Primer Manifiesto surrealista de André Bretón de 1924 ni de su concepto de "automatismo psíquico". Pero no faltan las afinidades secretas: La creencia 1) en la resolución de sueños y realidad, y 2) en una literatura que captara "la omnipotencia del sueño" para entrar en ese mundo maravilloso de super- o suprarrealidad. Igualmente aplicable al cuento de Reyes es la perspectiva freudiana de la interpretación de los sueños. Y nos impresionan las correspondencias sentidas en el mundo pictórico de La cena con la pintura surrealista ejemplificada por ciertos cuadros de Giorgio de Chirico y de Salvador Dalí y otros, de los años 1911-1914 y de los años 30 y 40.

De modo que sí creemos ver en el Reyes cuentista a todo un precursor surrealista. Y el propio Reyes parece que sintió esta afiliación precursora, por lo cual le dolió doblemente que nunca llegara a publicarse en Francia la edición de El plano oblicuo traducido por Jean Cassou.

¿Y "realismo mágico"? Ahí caemos en el "diálogo de sordos", así llamado por Emir Rodríguez Monegal dentro del gran debate sobre "Fantasía y Realismo Mágico" realizado en las sesiones del XVI Congreso Internacional de Literatura Iberoamericana. Todo es cuestión de definiciones.

Si hemos de seguir la de Luis Leal, podemos encasillar a Reyes como precursor dentro del surrealismo, pero no dentro del realismo mágico, pues los dos se excluyen. Si, según él, "en el realismo mágico el escritor se enfrenta a la realidad y trata de desentrañar su misterio", en cambio "El realismo mágico no se vale como el sobrerrealismo, de motivos oníricos". Muy consecuentemente, Leal alude a "motivos surrealistas" en La cena de Alfonso Reyes.

Pero si escogemos la de Enrique Anderson Imbert,

en las narraciones extrañas el narrador, en vez de presentar la magia como si fuera real, presenta la realidad como si fuera mágica (…) Entre la disolución de la realidad (magia) y la copia de la realidad (realismo) el realismo mágico se asombra como si asistiera al espectáculo de una nueva creación.

Y Anderson recuerda:

Mi mayor deslumbramiento fue la prosa de Alfonso Reyes, a quien traté personalmente en sus visitas a Buenos Aires: sus narraciones y arranques narrativos inventaban un alucinante reino de ficción. Baste recordar los cuentos de El plano oblicuo (1920); por ejemplo, "La cena" y "La reina perdida", donde la realidad se hace mágica.

Según este concepto, no habría ningún conflicto entre realismo mágico y surrealismo. Luego, sin ambages, no tenemos inconveniente en ver en el Alfonso Reyes de La cena de 1912 a todo un precursor del surrealismo literario, a la vez que a un participante avant la lettre en la tendencia posteriormente bautizada realismo mágico: Alfonso Reyes, presurrealista y mágicorrealista.



James Willis Robb




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LA CENA (Alfonso Reyes)

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La cena, que recrea y enamora
SAN JUAN DE LA CRUZ





Tuve que correr a través de calles desconocidas. El término de mi marcha parecía correr delante de mis pasos, y la hora de la cita palpitaba ya en los relojes públicos. Las calles estaban solas. Serpientes de focos eléctricos bailaban delante de mis ojos. A cada instante surgían glorietas circulares, sembrados arriates, cuya verdura, a la luz artificial de la noche, cobraba una elegancia irreal. Creo haber visto multitud de torres—no sé si en las casas, si en las glorietas—, que ostentaban a los cuatros vientos, por una iluminación interior, cuatro redondas esferas de reloj.

Yo corría, azuzado por un sentimiento supersticioso de la hora. Si las nueve campanadas, me dije, me sorprenden sin tener la mano sobre la aldaba de la puerta, algo funesto acontecerá. Y corría frenéticamente, mientras recordaba haber corrido a igual hora por

aquel sitio y con un anhelo semejante. ¿Cuándo?

Al fin los deleites de aquella falsa recordación me absorbieron, de manera que volví a mi paso normal sin darme cuenta. De cuando en cuando, desde las intermitencias de mi meditación, veía que me hallaba en otro sitio, y que se desarrollaban ante mí nuevas perspectivas de focos, de placetas sembradas, de relojes iluminados... No sé cuánto tiempo transcurrió, en tanto que yo dormía en el mareo de mi respiración agitada.

De pronto, nueve campanadas sonoras resbalaron con metálico frío sobre mi epidermis. Mis ojos, en la última esperanza, cayeron sobre la puerta más cercana: aquél era el término.

Entonces, para disponer mi ánimo, retrocedí hacia los motivos de mi presencia en aquel lugar. Por la mañana, el correo me había llevado una esquela breve y sugestiva. En el ángulo del papel se leían, manuscritas, la señas de una casa. La fecha era del día anterior.

La carta decía solamente:

"Doña Magdalena y su hija Amalia esperan a usted a cenar mañana, a las nueve de la noche. ¡Ah, si no faltara!..."

Ni una letra más.

Yo siempre consiento en las experiencias de lo imprevisto. El caso, además, ofrecía singular atractivo: el tono, familiar y respetuoso a la vez, con que el anónimo designaba a aquellas señoras desconocidas; la ponderación: "¡Ah, si no faltara!. . . ", tan vaga y tan sentimental, que parecía suspendida sobre un abismo de confesiones, todo contribuyó a decidirme. Y acudí, con el ansia de una emoción informulable. Cuando, a veces, en mis pesadillas, evoco aquella noche fantástica (cuya fantasía está hecha de cosas cotidianas y cuyo equívoco misterio crece sobre la humilde raíz de lo posible), paréceme jadear a través de avenidas de relojes y torreones, solemnes como esfinges en la calzada de algún templo egipcio.

La puerta se abrió. Yo estaba vuelto a la calle y vi, de súbito, caer sobre el suelo un cuadro de luz que arrojaba, junto a mi sombra, la sombra de una mujer desconocida.

Volvíme: con la luz por la espalda y sobre mis ojos deslumbrados, aquella mujer no era para mí más que una silueta, donde mi imaginación pudo pintar varios ensayos de fisonomía, sin que ninguno correspondiera al contorno, en tanto que balbuceaba yo algunos saludos y explicaciones.

—Pase usted, Alfonso.

Y pasé, asombrado de oírme llamar como en mi casa. Fue una decepción el vestíbulo.

Sobre las palabras románticas de la esquela (a mí, al menos, me parecían románticas), había yo fundado la esperanza de encontrarme con una antigua casa, llena de tapices, de viejos retratos y de grandes sillones; una antigua casa sin estilo, pero llena de respetabilidad. A cambio de esto, me encontré con un vestíbulo diminuto y con una escalerilla frágil, sin elegancia; lo cual más bien prometía dimensiones modernas y estrechas en el resto de la casa. El piso era de madera encerada; los raros muebles tenían aquel lujo frío de las cosas de Nueva York, y en el muro, tapizado de verde claro, gesticulaban, como imperdonable signo de trivialidad, dos o tres máscaras japonesas. Hasta llegué a dudar. . . Pero alcé la vista y quedé tranquilo: ante mí, vestida de negro, esbelta digna, la mujer que acudió a introducirme me señalaba la puerta del salón. Su silueta habíase colorado ya de facciones; su cara me habría resultado insignificante, a no ser por una expresión marcada de piedad...; sus cabellos castaños, algo flojos en el peinado, acabaron de precipitar una extraña convicción en mi mente: todo aquel ser me pareció plegarse y formarse a las sugestiones de un nombre.

—¿Amalia?—pregunté.

—Sí.—Y me pareció que yo mismo me contestaba.

El salón, como lo había imaginado, era pequeño. Mas el decorado, respondiendo a mis anhelos, chocaba notoriamente con el del vestíbulo. Allí estaban los tapices y las grandes sillas respetables, la piel de oso al suelo, el espejo, la chimenea, los jarrones; el piano de

candeleros lleno de fotografías y estatuillas —el piano en que nadie toca—, y, junto al estrado principal, el caballete con un retrato amplificado y manifiestamente alterado: el de un señor de barba partida y boca grosera.

Doña Magdalena, que ya me esperaba instalada en un sillón rojo, vestía también de negro y llevaba al pecho aquellas joyas gruesísimas de nuestros padres: una bola de vidrio con un retrato interior, ceñida por un anillo de oro. El misterio del parecido familiar se apoderó de mí. Mis ojos iban, inconscientemente, de doña Magdalena a Amalia, y del retrato a Amalia.

Doña Magdalena, que lo notó, ayudó mis investigaciones con alguna exégesis oportuna. Lo más adecuado hubiera sido sentirme incómodo, manifestarme sorprendido, provocar una explicación. Pero doña Magdalena y su hija Amalia me hipnotizaron, desde los primeros instantes, con sus miradas paralelas. Doña Magdalena era una mujer de sesenta años; así es que consintió en dejar a su hija los cuidados de la iniciación. Amalia charlaba; doña Magdalena me miraba; yo estaba entregado a mi ventura.

A la madre tocó—es de rigor—recordarnos que era ya tiempo de cenar. En el comedor la charla se hizo más general y corriente. Yo acabé por convencerme de que aquellas señoras no habían querido más que convidarme a cenar, y a la segunda copa de Chablis me sentí sumido en un perfecto egoísmo del cuerpo lleno de generosidades espirituales. Charlé, reí y desarrollé todo mi ingenio, tratando interiormente de disimularme la irregularidad de mi situación. Hasta aquel instante las señoras habían procurado parecerme simpáticas; desde entonces sentí que había comenzado yo mismo a serles agradable.

El aire piadoso de la cara de Amalia se propagaba, por momentos, a la cara de la madre. La satisfacción, enteramente fisiológica, del rostro de doña Magdalena descendía, a veces, al de su hija. Parecía que estos dos motivos flotasen en el ambiente, volando de una cara a la otra.

Nunca sospeché los agrados de aquella conversación. Aunque ella sugería, vagamente, no sé qué evocaciones de Sudermann, con frecuentes rondas al difícil campo de las responsabilidades domésticas y—como era natural en mujeres de espíritu fuerte—súbitos relámpagos ibsenianos, yo me sentía tan a mi gusto como en casa de alguna tía viuda y junto a alguna prima, amiga de la infancia, que ha comenzado a ser solterona.

Al principio, la conversación giró toda sobre cuestiones comerciales, económicas, en que las dos mujeres parecían complacerse. No hay asunto mejor que éste cuando se nos invita a la mesa en alguna casa donde no somos de confianza.

Después, las cosas siguieron de otro modo. Todas las frases comenzaron a volar como en redor de alguna lejana petición. Todas tendían a un término que yo mismo no sospechaba.

En el rostro de Amalia apareció, al fin, una sonrisa aguda, inquietante. Comenzó visiblemente a combatir contra alguna interna tentación. Su boca palpitaba, a veces, con el ansia de las palabras, y acababa siempre por suspirar. Sus ojos se dilataban de pronto, fijándose con tal expresión de espanto o abandono en la pared que quedaba a mis espaldas, que más de una vez, asombrado, volví el rostro yo mismo. Pero Amalia no parecía consciente del daño que me ocasionaba. Continuaba con sus sonrisas, sus asombros y sus suspiros, en tanto que yo me estremecía cada vez que sus ojos miraban por sobre mi cabeza.

Al fin, se entabló, entre Amalia y doña Magdalena, un verdadero coloquio de suspiros. Yo estaba ya desazonado. Hacia el centro de la mesa, y, por cierto, tan baja que era una constante incomodidad, colgaba la lámpara de dos luces. Y sobre los muros se proyectaban las sombras desteñidas de las dos mujeres, en tal forma que no era posible fijar la correspondencia de las sombras con las personas. Me invadió una intensa depresión, y un principio de aburrimiento que se fue apoderando de mí. De lo que vino a sacarme esta invitación insospechada:

—Vamos al jardín.

Esta nueva perspectiva me hizo recobrar mis espíritus. Condujéronme a través de un cuarto cuyo aseo y sobriedad hacía pensar en los hospitales. En la oscuridad de la noche pude adivinar un jardincillo breve y artificial, como el de un camposanto.

Nos sentamos bajo el emparrado. Las señoras comenzaron a decirme los nombres de las flores que yo no veía, dándose el cruel deleite de interrogarme después sobre sus recientes enseñanzas. Mi imaginación, destemplada por una experiencia tan larga de excentricidades, no hallaba reposo. Apenas me dejaba escuchar y casi no me permitía contestar. Las señoras sonreían ya (yo lo adivinaba) con pleno conocimiento de mi estado. Comencé a confundir sus palabras con mi fantasía. Sus explicaciones botánicas, hoy que las recuerdo, me parecen monstruosas como un delirio: creo haberles oído hablar de flores que muerden y de flores que besan; de tallos que se arrancan a su raíz y os trepan, como serpientes, hasta el cuello.

La oscuridad, el cansancio, la cena, el Chablis, la conversación misteriosa sobre flores que yo no veía (y aun creo que no las había en aquel raquítico jardín), todo me fue convidando al sueño; y quedéme dormido sobre el banco, bajo el emparrado.



* * *





—¡Pobre capitán!—oí decir cuando abrí los ojos—Lleno de ilusiones marchó a Europa.

Para él se apagó la luz.

En mi alrededor reinaba la misma oscuridad. Un vientecillo tibio hacía vibrar el emparrado.

Doña Magdalena y Amalia conversaban junto a mí, resignadas a tolerar mi mutismo. Me pareció que habían trocado los asientos durante mi breve sueño; eso me pareció...

—Era capitán de Artillería—me dijo Amalia—; joven y apuesto si los hay. Su voz temblaba.

Y en aquel punto sucedió algo que en otras circunstancias me habría parecido natural, pero que entonces me sobresaltó y trajo a mis labios mi corazón. Las señoras, hasta entonces, sólo me habían sido perceptibles por el rumor de su charla y de su presencia. En aquel instante alguien abrió una ventana en la casa, y la luz vino a caer, inesperada, sobre los rostros de las muieres. Y—¡oh cielos!— los vi iluminarse de pronto, autonómicos, suspensos en el aire—perdidas las ropas negras en la oscuridad del jardín—y con la expresión de piedad grabada hasta la dureza en los rasgos. Eran como las caras iluminadas en los cuadros de Echave el Viejo, astros enormes y fantásticos.

Salté sobre mis pies sin poder dominarme ya.

—Espere usted—gritó entonces doña Magdalena—; aún falta lo más terrible.

Y luego, dirigiéndose a Amalia:

—Hija mía, continúa; este caballero no puede dejarnos ahora y marcharse sin oírlo todo.

—Y bien—dijo Amalia—: el capitán se fue a Europa. Pasó de noche por París, por la mucha urgencia de llegar a Berlín. Pero todo su anhelo era conocer París. En Alemania tenía que hacer no sé qué estudios en cierta fábrica de cañones... Al día siguiente de llegado, perdió la vista en la explosión de una caldera.

Yo estaba loco. Quise preguntar; ¿qué preguntaría? Quise hablar; ¿qué diría? ¿Qué había sucedido junto a mí? ¿Para qué me habían convidado?

La ventana volvió a cerrarse, y los rostros de las mujeres volvieron a desaparecer. La voz de la hija resonó:

—¡Ay! Entonces, y sólo entonces, fue llevado a París. ¡A París, que había sido todo su anhelo! Figúrese usted que pasó bajo el Arco de la Estrella: pasó ciego bajo el Arco de la Estrella, adivinándolo todo a su alrededor. . . Pero usted le hablará de París, ¿verdad? Le hablará del París que él no pudo ver. ¡Le hará tanto bien!



("¡Ah, si no faltara!"... "¡Le hará tanto bien!").



Y entonces me arrastraton a la sala, llevándome por los brazos como a un inválido. A mis pies se habían enredado las guías vegetales del jardín; había hojas sobre mi cabeza.

—Hélo aquí—me dijeron mostrándome un retrato.

Era un militar. Llevaba un casco guerrero, una capa blanca, y los galones plateados en las mangas y en las presillas como tres toques de clarín. Sus hermosos ojos, bajo las alas perfectas de las cejas, tenían un imperio singular. Miré a las señoras: las dos sonreían como en el desahogo de la misión cumplida. Contemplé de nuevo el retrato; me vi yo mismo en el espejo; verifiqué la semejanza: yo era como una caricatura de aquel retrato. El retrato tenía una dedicatoria y una firma. La letra era la misma de la esquela anónima recibida por la mañana.

El retrato había caído de mis manos, y las dos señoras me miraban con una cómica piedad.

Algo sonó en mis oídos como una araña de cristal que se estrellara contra el suelo.

Y corrí, a través de calles desconocidas. Bailaban los focos delante de mis ojos. Los relojes de los torreones me espiaban, congestionados de luz...¡Oh, cielos! Cuando alcancé, jadeante, la tabla familiar de mi puerta, nueve sonoras campanadas estremecían la noche.

Sobre mi cabeza había hojas; en mi ojal, una florecilla modesta que yo no corté.


(De El plano oblicuo, 1920)


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