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ESTOICISMO Y TRASCENDENTALISMO (Ramiro de Maeztu)



Empieza Ganivet su Idearium Español sentando la tesis de que: "Cuando se examina la constitución ideal de España, el elemento moral y, en cierto modo, religioso más profundo que en ella se descubre, como sirviéndole de cimiento, es el estoicismo; no el estoicismo vital y heroico de Catón, ni el estoicismo sereno y majestuoso de Marco Aurelio, ni el estoicismo rígido y extremado de Epicteto, sino el estoicismo natural y humano de Séneca. Séneca no es español, hijo de España por azar: es español por esencia; y no andaluz, porque cuando nació aún no habían venido a España los vándalos; que a nacer más tarde, en la Edad Media quizás, no naciera en Andalucía, sino en Castilla. Toda la doctrina de Séneca se condensa en esta enseñanza: "No te dejes vencer por nada extraño a tu espíritu; piensa en medio de los accidentes de la vida, que tienes dentro de ti una fuerza madre, algo fuerte e indestructible, como un eje diamantino, alrededor del cual giran los hechos mezquinos que forman la trama del diario vivir; y sean cuales fueran los sucesos que sobre ti caigan, sean de los que llamamos prósperos, o de los que llamamos adversos, o de los que parecen envilecernos con su contacto, mantente de tal modo firme y erguido, que al menos se pueda decir siempre de ti que eres un hombre."

Estas palabras son merecedoras de reflexión y análisis, y no lo serían si no dijeran de nuestro espíritu algo importante, que la intuición de nosotros mismos y los ejemplos de la Historia nos aseguran ser certísimo. Y lo que en ellas hay de cierto e importante, es que, en efecto, cuando cae sobre los españoles un suceso adverso, como perder una guerra, por ejemplo, no adoptamos aptitudes exageradas, como la de supones que la justicia del Universo se ha violado, porque la suerte de las batallas nos halla sido contraria o que toda la civilización se encuentra en decadencia, porque se hallan frustrado nuestros planes, sino que nos conducimos de tal modo que "siempre se puede decir de nosotros que somos hombres", porque ni nos abate la desgracia, ni perdemos nunca, como pueblo, el sentido de nuestro valor relativo en la totalidad de los pueblos del mundo. Por esta condición o por este hábito, ha podido decir de nosotros Gabriela Mistral, en memorable poesía, que somos buenos perdedores. Ni juramos odio eterno al vencedor, ni nos humillamos ante su éxito, al punto de considerarle como de madera superior a la nuestra. Argentina es la tesis de que: "La victoria no concede derechos", pero su abolengo es netamente hispánico, porque nosotros no creemos que los pueblos o los hombres sean mejores por haber vencido. Y no es que menospreciemos el valor de la victoria y la equiparemos a la derrota. La victoria nos parece buena, pero creemos que el vencedor no la debe a intrínseca superioridad sobre el vencido, sino a estar mejor preparado o a que las circunstancias le han sido favorables. Y en torno de esta distinción, que me parece fundamental, ha de elaborarse el ideal hispánico.

Lo que no hacemos los españoles, y en esto se engañaba Ganivet, es suponer que tenemos "dentro de nosotros una fuerza madre, algo fuerte e indestructible, como en eje diamantino". Esto lo creyeron los estoicos, pero el estoicismo o sentimiento del propio respeto es persuasión aristocrática que abrigaron algunos hombres superiores, pero tan convencidos de su propia excelencia que no lo creían asequible al común de los mortales, y aunque en España se hallan producido y se sigan produciendo hombres de este tipo, su sentimiento no se ha podido difundir, ni la nación ha parafraseado a San Agustín, para decirse como Ganivet: "Noli foras ire: in interiori Hispaniae habitat veritas". Esto no lo hemos creído nunca los hispanos -y esta palabra la uso en su más amplio sentido- y espero que jamás lo creeremos, porque nuestra tradición nos hace incapaces de suponer que la verdad habite exclusivamente en el interior de España o en el de ningún otro pueblo. Lo que hemos creído y creemos es que la verdad no puede pertenecer a nadie, en clase de propiedad intransferible. Por la creencia de que no es ningún monopolio geográfico o racial y de que todos los hombres pueden alcanzarla, por ser trascendental, universal y eterna, hemos peleado los españoles en los mejores momentos de nuestra historia. Lo que ha sentido siempre nuestro pueblo, en las horas de fe y en las de escepticismo, es su igualdad esencial con todos los otros pueblos de la tierra.

El estoico se ve a si mismo como la roca impávida en que se estrellan, olas del mar, las circunstancias y las pasiones. Esta imagen es atractiva para los españoles, porque la piedra es símbolo de perseverancia y de firmeza, y estas son las virtudes que el pueblo español ha tenido que desplegar para las grandes obras de su historia: la Reconquista, la Contrarreforma y la civilización de América; y también porque los españoles deseamos para nuestras obras y para nuestra vida la firmeza y perseverancia de la roca, pero cuando nos preguntamos: ¿qué es la vida? o, si me perdona el pleonasmo: ¿cuál es la esencia de la vida?, lejos de hallar dentro de nosotros un eje diamantino, nos decimos, con Manrique: "Nuestras vidas son los ríos -que van a dar en la mar", o con el autor de la Epístola Moral: "¿qué más que el heno, -a la mañana verde, seco a la tarde?". No hay en la lírica española pensamiento tan repetidamente expresado, ni con tanta belleza, como éste de la insustancialidad de la vida y de sus triunfos.

Campoamor la dirá, con su humorismo: "Humo las glorias de la vida son". Esproceda, con su ímpetu: "Pasad, pasad en óptica ilusoria...Nacaradas imágenes de gloria, -Coronas de oro y de laurel, pasad". Y todos nuestros grandes líricos verán en la vida, como Mira de Mescua: "Breve bien, fácil viento, leve espuma".




Ramiro de Maeztu
de Defensa de la Hispanidad, 1934
(extraído de
Foro Arbil)




RAMIRO DE MAEZTU

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OBRA, ESTUDIOS Y ENLACES:


Preludio (de Defensa de la Hispanidad)
Las dos américas (de Defensa de la Hispanidad)
El humanismo español (de Defensa de la hispanidad)
Estoicismo y trascendentalismo (de Defensa de la Hispanidad)

Wikipedia
Foro Arbil







Ramiro de Maeztu, Escritor e ideólogo español, nacido en Vitoria el 4 de mayo de 1875 y asesinado el 29 de octubre de 1936 en Aravaca, de madrugada, tras una saca de la madrileña cárcel de las Ventas, donde la República le mantenía detenido desde el 30 de julio de 1936. 

Fue hijo de padre vasco y madre inglesa, factor que explica su entusiasmo por las instituciones británicas y su dominio del inglés así como su carácter de agudo observador de la realidad española, que estaba motivado también por la ruina familiar al hundirse los negocios en Cuba. En Inglaterra vivió 15 años y estuvo casado con una inglesa.

Hizo sus primeras armas periodísticas en Bilbao, a los 18 años. Posteriormente, entregado de lleno al periodismo, lo cultivó en Madrid y el extranjero. Fue corresponsal en Londres de La Correspondencia de España, Nuevo Mundo y Heraldo de Madrid, y corresponsal de guerra en Italia (1914-15). Fruto de su formación en la cultura político-económica sajona fue su obra en inglés "Authority, Liberty and Function in the Light of the War" (1916), que luego (1918) se convertiría en "La crisis del Humanismo".

Su postura intelectual le sitúa en la «generación del 98», que, nacida a raíz del desastre colonial de 1898, emprendió la tarea de buscar remedio a la decadencia española. Sin embargo, al igual que otros autores de la generación del 98 y por un largo y complejo proceso que tiene mucho de conversión espiritual, acabó repudiando a su generación, antitradicional y europeizante, rectificó su liberalismo anticristiano y afirmó rotundamente los que él definió como valores eternos de la raza. 

El gobierno del general Primo de Rivera le nombró en 1928 embajador de España en Argentina. Allí tuvo ocasión de tratar con Zacarías de Vizcarra, el introductor en 1926 de la idea de la «hispanidad», de la que se ha dicho que Maeztu fue apóstol.

En enero de 1931 propuso llamar Hispanidad a la revista que planeaba junto con Eugenio Vegas Latapie y el Marqués de Quintanar, en los días previos a la proclamación de la República del 14 de abril. Aunque esa revista se acabó llamando Acción Española, se abrió con su artículo La Hispanidad (15 diciembre 1931), primero de los que allí fue publicando a lo largo de 1932 y 1933, recopilados luego en su famoso libro Defensa de la Hispanidad (1934), la obra que le hizo más conocido y que influyó de manera determinante en la consolidación de una alternativa política hispánica frente a las pretensiones globalizadoras del comunismo soviético, en un proceso que, tras el fallido golpe de estado revolucionario contra la República burguesa de octubre de 1934, desembocó en el alzamiento militar de julio de 1936. Maeztu escribió también la presentación de la revista, que se publicó sin firma, y mereció el Premio Luca de Tena otorgado por el diario monárquico ABC. Desde el número 28 de Acción Española figuró Ramiro de Maeztu formalmente como su director, y lo fue hasta el último número, el de junio de 1936. 

En abril de 1934 los artículos que hasta entonces había ido publicando en Acción Española sobre la Hispanidad, y que le habían permitido ir analizando y precisando tal idea, sirvieron para formar un libro, que sirvió para consolidar definitivamente el término propuesto por Zacarías de Vizcarra, y que se convertiría en la obra más influyente y conocida de Ramiro de Maeztu: Defensa de la Hispanidad, alegato en pro de la civilización hispánica y católica, en el que a los principios revolucionarios de «Libertad, Igualdad y Fraternidad» contrapone los de «Servicio, Jerarquía y Humanidad».

Vizcarra había propuesto en 1926, en Buenos Aires, el término Hispanidad para sustituir al de Raza, en el sentido que se le daba entre nosotros al hablar de Fiesta de la Raza; Maeztu desde 1931 se había convertido en el principal propagador de la nueva palabra, había desarrollado su significado en los artículos publicados a lo largo de 1932 y 1933 y acababa de aparecer en 1934 su libro en Defensa de la idea. 

Cuando el doce de octubre de ese mismo año la Hispanidad iba a contar con una Apología de lujo por el Arzobispo de Toledo y Primado de España, Isidro Gomá, en la celebración oficial argentina del Día de la Raza ante las autoridades reunidas en el Teatro Colón de Buenos Aires esto provoca una enorme alegría en Maeztu que, al enterarse por la radio en Madrid del reconocimiento recibido al otro lado del Atlántico, corrió emocionado a contarle la buena nueva a Eugenio Vegas Latapie, más preocupado por los sucesos del momento: ese mismo día 13 de octubre de 1934, los cientos de golpistas asturianos contra el orden establecido, que querían consolidar a toda prisa su Revolución (bolchevique o anarquista) contra la República burguesa, lograron destruir el edificio de la Universidad de Oviedo, sus aulas e instalaciones, y reducir a cenizas sus archivos y la Biblioteca, eliminando así por fin una de las principales instituciones contrarrevolucionarias, instrumento odioso de la perpetuación ideológica de la burguesía oligarca y feudal, enemiga del pueblo. 

El antiguo anarquista terminó militando en el grupo derechista de Renovación Española, desde el que se distinguió por su oposición al régimen republicano. Murió fusilado en los inicios de la Guerra Civil (29 octubre 1936).










"LA CRISIS DEL HUMANISMO" DE RAMIRO DE MAEZTU (G. Fernández de la Mora)




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Maeztu, Ramiro de:
La crisis del humanismo,
ed. Almar, Salamanca, 2001, 324 páginas.




Puesto que Unamuno era anterior, y Ortega posterior, Maeztu es, entre los llamados noventayochistas, el escritor conceptualmente más valioso; los otros eran literatos en cuyos textos predominaban los valores estéticos. La casi totalidad de la vastísima obra del vasco se publicó en periódicos y revistas. Excepcionalmente sus artículos fueron escritos con un plan general que permitió agruparlos en volúmenes con estructura inbterna de libro. Es el caso de Defensa de la Hispanidad, Defensa del espíritu y esta obra.

Maeztu era hijo de inglesa y residió durante años en Londres, hasta que se repatrió en 1919. A partir de una serie de ensayos aparecidos en la revista «The New Age», dirigida por el socialista gremialA. R. Orage, editó el libro Authority, Liberty and Function in the light of the war (1916), que tradujo al español con el no muy adecuado título de La crisis del humanismo (1919). Esta versión se reimprimió en Madrid (1945), en Buenos Aires (1948) y fue incluida en la selección Obra (1974). La edición recién aparecida es, pues, la quinta en español.

En medio de las crisis ideológicas puestas de relieve antes y después de la primera guerra mundial, Maeztu trató de formular una tesis superadora del principio socialista de autoridad y el democrático de libertad cuyas deficiencias habían quedado de manifiesto. Fue una iniciativa paralela a la intentada por una serie de doctrinarios británicos procedentes del socialismo, pero no marxistas. Uno de los más importantes, algo posterior a Maeztu, sería G. D. H. Cole, cuya obra capital es Guild socialim (1920).

La idea central de esta obra es la de «función», contrapuesta a la del innato derecho subjetivo que había vulgarizado la Declaración revolucionaria de 1793. Esta es la tesis maeztuana «Sin función no hay Derecho» (p. 261). En otros términos: «Los derechos de los Estados, como los del hombre, nacen de la función que desempeñan..., el origen único de los derechos internacionales, como de los políticos y privados, es la función» (p. 274). «No hay derechos inherentes, todos son adherentes» (p. 295). En suma, no se nace con unos derechos supuestamente naturales, sino que los derechos se adquieren por la función que se desempeña. Una consecuencia política es que el soberano no se legitima ni por la herencia ni por la elección; «el que sirve mejor los intereses comunes tiene derecho al primer puesto» (p. 297). Es una generalización de la teoría de de la legitimidad de ejercicio, desarrollada por el pensamiento político tradicional.

El funcionalismo maeztuano conduce a propugnar una organización gremial o sindical de la sociedad donde «los hombres se agrupan en torno a las funciones que desempeñan» (p. 320). De ahí se deduce una representación de intereses o democracia orgánica. En tal esquema cada ciudadano elegirá varios representantes si pertenece a varios círculos de actividad. Maeztu se aleja del individualismo rusoniano y de la democracia inorgánica o partitocrática desde los años de la primera guerra mundial. Cuando se adhirió al régimen del general Primo de Rivera y formó parte de la comisión que elaboró un proyecto constitucional de democracia orgánica, Maeztu no hizo otra cosa que ser fiel a una antigua conviccióin, muy fundada teórica y empíricamente.

Las doctrinas de la democracia orgánica y de la comunidad hispánica de naciones son lo más vivo del pensamiento político maeztuano, puesto que su modelo de monarquía carece ya de razonabilidad histórica.

Esta edición viene precedida por un documentado y objetivo estudio de P. González Cuevas, en el que desmonta la pretensión partidista de que hubo un juvenil Maeztu marxista o anarquista. Escribe el prologuista: «Lejos de configurar su pensamiento en un sentido socialista o anarquista, su norte ideológico se encuentra en un nacionalismo burgués muy crítico respecto a la situación social y política dominante en la Restauración» (p. 20). Y añade: «Maeztu llegó a una especie de atisbo de filosofía tecnocrática avant la lettre, casi podríamos decir que fue uno de los primeros apóstoles del fin de las ideologías» (p. 29). Pero esa actitud, aunque no teorizada hasta 1964, se remonta en España a instituciones de los regeneracionistas con Costa a la cabeza. El llamado «León de Graus» es el capital punto de referencia del realismo político en España.

Incluir este fundamental libro de Maeztu en una naciente biblioteca del pensamiento conservador es un acierto. Que la selección sea igualmente rigurosa en el futuro.


G. Fernández de la Mora
(extraído de Razón española)

 


EN DEFENSA DE LA HISPANIDAD: LAS DOS AMÉRICAS (Ramiro de Maeztu)

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André Siegfried, en su obra sobre "Los Estados Unidos de hoy", ha pintado de un trazo los esfuerzos de la gran República norteamericana durante la posguerra definiéndolos como "la reacción activa del elemento viejo-americano contra la insidiosa conquista del elemento de sangre extranjera". El pueblo norteamericano se siente internamente en peligro y "procura su salud buscando su fortaleza en las fuentes mismas de su vitalidad". Amenazado en lo físico -porque las estadísticas le dicen que el antiguo elemento anglosajón no sólo disminuye relativamente a otros, sino de un modo absoluto, por la gran proporción que no se casa, más un 13 por 100 de matrimonios estériles y un 18 que no tienen más que un hijo-, hasta hace poco tiempo podía consolarse con la esperanza de asimilar a sus ideas a las multitudes inmigrantes. Esa esperanza se ha desvanecido. Los norteamericanos han llegado a la conclusión de que no pueden inculcar su manera de ser sino entre los europeos nórdicos de religión protestante: ingleses, escoceses, escandinavos, holandeses y alemanes. Y como los nórdicos católicos, irlandeses o canadienses, los europeos mediterránicos, los españoles e hispanoamericanos, los eslavos y los judíos se resisten a dejarse asimilar, los norteamericanos, con las nuevas leyes de inmigración, les han cerrado el acceso a su país, a pesar de que, ya en los comienzos del siglo XVI, el padre Vitoria consideraba atentatorio al derecho de gentes prohibir a los extranjeros viajar por un territorio o habitarlo permanentemente.

El viejo-americano está contento consigo mismo; lo estaba, cuando menos, antes de la crisis que empezó en octubre de 1929. Se cree seguro del éxito, de la victoria, de la libertad, de su sabiduría política, de su capacidad industrial. Se halla convencido de que lo mejor que puede suceder a los pueblos inmigrantes es dejarse dirigir por el antiguo elemento puritano de América. Por eso creyó antes que con un régimen de libertad y de igualdad se los asimilaría sin esfuerzo. Pero puesto que no es así, hay que mantener a toda costa "los derechos casi ilimitados del cuerpo social, en su defensa contra los elementos extranjeros o los fermentos de disolución que amenazan su integridad". El norteamericano no quiere mestizajes. Gracias a su política de desdén y exclusión respecto de los negros, se jacta de que su patria no llegará a ser en lo futuro "un segundo Brasil". El ideal sería que prevaleciese eternamente "el puritano de tradición inglesa, satisfecho y seguro de sus excelentes relaciones con Dios". Con ello no dice M. Siegfried cosa nueva a los lectores informados, pero los periódicos franceses, al ver en la guerra que el Ejército norteamericano prefirió establecer sus bases en San Nazario y en Burdeos y no en los puertos del Canal de la Mancha, donde tenían las suyas los ingleses, imaginaron que ingleses y norteamericanos se detestaban. M. Siegfried hace bien en decirles que en los Estados Unidos hay una tradición no escrita, por cuya virtud "la ascendencia angloescocesa es casi necesaria para ocupar los altos cargos"; lo aristocrático, en la América del Norte, es lo de origen angloescocés, y la razón de que los Estados Unidos entraran en la guerra "fue el mantenimiento de la hegemonía anglosajona, común a los ingleses y norteamericanos", aunque M. Siegfried ha podido añadir que ingleses y norteamericanos se la disputan entre sí desde hace más de un siglo.

Esta es la verdadera relación de los Estados Unidos e Inglaterra: rivalidad recíproca y solidaridad profunda, en momentos de peligro, frente al resto del mundo. ¿Y no es esta una relación admirable y que debiera servir de ejemplo a los pueblos de Hispanoamérica y de España? Sólo que éste es obviamente un modelo que no podemos imitar. Ni españoles ni hispanoamericanos nos creemos superiores a los demás pueblos, ni nos lo creíamos jamás, ni siquiera cuando teníamos la certidumbre de estar librando "las batallas de Dios", porque una cosa es creer en la excelencia de nuestra causa y otra distinta envanecerse de la propia excelencia. Nunca pensamos que Dios hubiera venido al mundo para nosotros solos, sino que peleamos precisamente por la creencia, vieja como la Iglesia, pero olvidada, desconocida o negada por las sectas, de que Dios quiso que todos los hombres fuesen salvos. Y aunque también los españoles y todos los pueblos hispánicos supimos enorgullecernos de ser campeones y defensores del Catolicismo, no por ello nos imaginamos nunca que éramos, "por decirlo así", como escribe Menéndez y Pelayo en su estudio sobre Calderón: "el pueblo elegido por Dios, llamado por El para ser brazo y espada suya, como lo fue el pueblo de los judíos", sino que preferimos pensar que éramos nosotros los que, de propia iniciativa, habíamos elegido la defensa de la causa de Dios. En el primer caso, de habernos sentido ser pueblo elegido, habría reinado entre los pueblos hispánicos la misma rivalidad y solidaridad que entre los anglosajones: rivalidad, por mostrar que era cada uno de nosotros el más elegido entre los elegidos, y solidaridad, frente al tumulto de los demás pueblos no favorecidos. Pero lo que nosotros sentimos no fue la superioridad de seres escogidos, sino la de la causa que habíamos abrazado, y era lógico que al desengañarnos o resfriarnos o fatigarnos de la común empresa, cada uno de nuestros pueblos se fuera por su lado.

Es posible que a ello haya contribuido la dispersión geográfica de los pueblos hispánicos y que hubieran conservado mayor unidad espiritual, tanto entre sí como con la metrópoli, de haber formado un todo continuo, como el de los Estados Unidos, pero si las condiciones geográficas pueden ser obstáculo para las relaciones económicas, no lo son para la comunidad de la fe. Aquí hay que afirmar en absoluto la primacía de lo espiritual. El Imperio hispánico se sostuvo más de dos siglos después de haber perdido Felipe II, en 1588, el dominio del mar, que en lo material lo aseguraba, y se hubiera sostenido indefinidamente -aun después de llegadas a su mayoría de edad las naciones americanas y afirmada su independencia como Estados, si se juzgaba conveniente- de haber conservado el ideal común que las unía entre sí y con España. Porque es muy probable que la solidaridad racial que une a los ingleses, a sus colonos y a los norteamericanos no logre mantenerse sino en tiempos de bonanza, que parecen justificar la creencia en la propia superioridad. La solidaridad en el ideal resiste, en cambio, a la derrota, y por ello pudo soportar, sin quebrantarse, el Imperio español las paces de Westphalia y de los Pirineos, de Lisboa y de Aquisgrán, y todas las otras que fueron señalando el declive de España en Europa. En la guerra de sucesión, durante los quince años primeros del siglo XVIII, se halló España invadida por tropas extranjeras, sin que nadie, en América o en Filipinas, pensara en sublevarse. Pero perdimos la unidad de la fe en el curso del siglo enciclopédico. Los mismos funcionarios españoles lo pregonaron en los países hispanoamericanos, con lo que se la hicieron perder a ellos. Y entonces, a la primera crisis grave, cada uno de nuestros pueblos se fue por su camino; unos a buscar inmigrantes que los europeizaran; otros, a seguir a los caudillos que les salieron de entre las patas de los caballos, según la frase de Vallenilla Lanz; otros, a soñar con la teocracia; otros, a imaginarse la restauración de los incas o de los aztecas. Y aún estamos en ello.






Ramiro de Maeztu
de Defensa de la Hispanidad, 1934
(extraído de
Foro Arbil)


"EVOCACIÓN" (Eugenio Vegas Latapié sobre Ramiro de Maeztu)

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Evocación. 'La obra de España, lejos de ser ruinas y polvo, es un fábrica a medio hacer, como la Sagrada Familia, de Barcelona, o la Almudena, de Madrid; o si se quiere, una flecha caída a mitad del camino, que espera el brazo que la recoja y lance al blanco, o una sinfonía interrumpida, que está pidiendo los músicos que sepan continuarla.' Así escribía Maeztu en las primeras páginas de su Acción Española, que sirven de 'preludio' al libro que hoy se reedita. La vida y la obra de Maeztu, por el contrario, son de una perfección clásica y de una verdad exacta. Profetizó su muerte asesinado por los sicarios de la anti-España y anunció la resurrección del Imperio superado en la Hispanidad, y hoy vislumbramos un amanecer imperial y lloramos su santa y ejemplar muerte de mártir a manos de la bestia roja. '¡Me matarán! ¡Me matarán! ¡Me doy por muerto! ¡Me pegarán cuatro tiros en una esquina! ¡Sí! ¡Sí! ¡Me matarán! ¡Me aplastarán como una chinche contra mi biblioteca!', oíamos repetir constantemente a don Ramiro sus amigos íntimos, y no una ni dos veces, sino constantemente, al correr [vi] los meses y los años de ese lustro apocalíptico, que se inicia con las torpes y sucias bacanales del 14 de abril de 1931 y remata y concluye con las matanzas y asesinatos en masa de la España roja, desenmascarada, por fin, en 1936. Tan convencido estaba Maeztu de que el odio de los marxistas y demás enemigos de Dios y de España no descansarían hasta haberle asesinado que, con la mente fija en el trance de su muerte tal y como lo presentía, nos repetía a sus íntimos: 'Yo temo ser cobarde y por eso todos los días pido a Dios que me dé alientos para morir, al menos, con dignidad.'

En enero de 1934, en una de aquellos banquetes de Acción Española, en los que se comía durante una hora y se hablaba o se oía hablar durante tres o cuatro, don Ramiro, con aquella oratoria tan suya de poseído, de iluminado, después de explicar sus esfuerzos prodigados en vano durante la Dictadura para convencer a los gobernantes de que la revolución se venía encima y que se aprestaran a vencerla dijo, textualmente: 'Esta fué mi lucha durante quince meses, hasta que un día la revolución se echó encima de nosotros. Mis compañeros prefirieron el destierro; yo, no; porque prefiero que me den cuatro tiros contra una pared, pero aquí he de morir. Mis espaldas no las han de ver nunca mis enemigos. Y entonces, un día, oímos aquello de uno, dos, tres, y las gentes en el Retiro y las multitudes soeces. Se nos ha dicho que esta ha sido una revolución pacífica: pacífica porque no se ha vertido sangre. ¡Pero si la sangre no vale lo que la hiel, lo que la injuria soez, lo que el sarcasmo, lo [vii] que el griterío de la masa desmandada! ¿No os habéis encontrado con un tropel de doscientas, trescientas o cuatrocientas personas insultando a vuestro jefe hereditario, y no habéis sentido la impotencia de ser uno solo y no poder arremeter con las doscientas, trescientas o cuatrocientas personas, y no habéis experimentado el deseo de que todo aquéllo os arrollara, porque es preferible que los cerdos pasen por encima de uno, por encima de su cadáver, que no seguir tolerando tantas bajezas, tantas ruindades, tantas cosas soeces, tanta barbarie?' 

Un día de marzo o de abril de 1936, otro glorioso mártir de la Nueva España, don Víctor Pradera, al regresar a su hogar, después de presidir una conferencia de la Sociedad cultural Acción Española, refiere a su esposa, que al encontrarse con Maeztu, éste le había dicho: 'Don Víctor, ¿cuándo nos asesinan a usted y a mí?' Hoy dos mujeres ceñidas con tocas de viudas, que en el silencio y el retiro lloran la muerte de estos precursores y maestros de la Nueva España, al encontrarse no podrán por menos de sentir un estremecimiento, al recordar el terrible vaticinio. 

La machaconería con que Maeztu repetía que moriría asesinado, llegaba, a veces, a ser tomada en broma por los más asiduos de aquella tertulia de la redacción de Acción Española, de la que don Ramiro fué uno de los pilares fundamentales desde su fundación. Era tal su cariño a la tertulia que, si algún rarísimo día había de faltar, se excusaba de antemano o telefoneaba. Su ingreso en las [viii] Academias de Ciencias Morales y de la Lengua, motivó que los martes y jueves, días en que celebraban sesión dichas Academias, llegase a nuestra tertulia a última hora, vestido con chaqueta ribeteada y comentando los temas y noticias de que allí se habían hecho eco. Pradera, era otro de los asiduos. Al evocar hoy el recuerdo de aquellas reuniones, de aquellas gentes y de aquellos sueños y temas que nos apasionaban, siento remordimientos por no haber sabido gozar, en su día, de tantos tesoros espirituales allí acumulados y de la compañía de aquellos hombres que, con su vida ejemplar, han conseguido incorporar sus nombres a la Historia. 

Aquel saloncito en que nos reuníamos, toma ante mi mente la categoría de lugar santo, nueva Covadonga de la España que amanece. Aquel salón viene a presentárseme como una catacumba del siglo XX, en que los futuros mártires se confortaban entre sí para afrontar, fieles a Dios y a España, el trance final; y también como tienda de campaña, en la que reunidos los jefes de la Cruzada en las vísperas de su iniciación, cambiaban consignas y forjaban planes y arengas. Los supervivientes de aquellos conjurados, recordarán la sonrisa enigmática de 'el Técnico' –nombre que dábamos a un jefe de Estado Mayor, principal enlace entre los generales Sanjurjo, Mola, Goded y Franco– cuando alguien se impacientaba por el retraso del Alzamiento. Y de las visitas rápidas y misteriosas de 'don Aníbal', pseudónimo con que, para evitar indiscreciones, se hacía anunciar Ramiro Ledesma Ramos, y los frecuentes telefonazos de 'don Paco', [ix] tras cuyo apacible nombre se ocultaba uno de los más prestigiosos jefes de la Dirección General de Seguridad, en relación constante con Jorge Vigón y otros conspiradores. 

En torno a don Ramiro y a don Víctor veíamos desfilar reiteradamente al general García de la Herrán, ex presidiario de San Miguel de los Reyes por el delito de haber, previsora y valientemente, intentado impedir, con el gloriosamente fracasado Movimiento del 10 de agosto, que se consumara la tragedia de España y que, fiel a sus ideales, había de morir heroicamente en los primeros días del Alzamiento Nacional, en la puerta de un cuartel por él sublevado, en Madrid; y a Paco Campillo, muerto hace un mes en el frente de Aragón; y a Barja de Quiroga, comandante de Estado Mayor retirado y abogado en ejercicio en la Coruña, asiduo concurrente cuando sus deberes le llevaban a Madrid, muerto el día 1.º del pasado enero en Teruel; y a Pepe Bertrán Güell, uno de los mejores paladines de la causa de España en Barcelona, muerto en el frente de Vizcaya; y a Francisco Valdés, el exquisito escritor extremeño, asesinado en Don Benito; y a Carlos Miralles, que a precio de vida había de defender Somosierra; y a José Vegas Latapie, teniente de Ingenieros, muerto en julio de 1936 defendiendo el Alto de León, siempre en busca de invitaciones para las conferencias más sonadas con destino a los oficiales del Regimiento de El Pardo, único Regimiento de Madrid que ha podido incorporarse a la Cruzada salvadora; y a Augusto Aguirre, capitán de Ingenieros, que en sus idas a Madrid [x] nos hablaba de fundar una filial de Acción Española en su apacible retiro de Villagarcía de Arosa, muerto al ser alcanzado por una bala, cuando volaba sobre la Ciudad Universitaria, luchando por el triunfo de nuestros comunes ideales; y al duque de Fernán Núñez, protector de la Revista, que de cuando en cuando iba a departir con nosotros y a brindarnos alguna iniciativa sobre propaganda, muerto el día de la Purísima, de 1936, en la Casa de Campo, donde se encontraba, a petición propia, como teniente de complemento; y al sabio benedictino P. Alcocer, y al académico jesuita P. García Villada, asesinados en Madrid, y a tantos y tantos otros; y, entre ellos, a esos estudiantes que permanecían silenciosamente absortos, oyendo a los maestros, para al poco tiempo convertirse ellos en maestros del supremo arte de ganar el Cielo con las armas en la mano en el Cuartel de la Montaña o asesinados por confesar a Cristo y a España. 

Recuerdo que a finales de diciembre de 1935, procedente de Berlín, donde a la sazón era corresponsal de ABC, llegó a Madrid Eugenio Montes. Su primera visita fué a la redacción de Acción Española, donde se encontró empeñados en doctas disquisiciones, en torno a Pradera y Maeztu, a Ernesto Giménez Caballero, Pedro Sáinz Rodríguez, Juan Antonio Ansaldo, José M.ª Pemán, el marqués de Quintanar, Alfonso García Valdecasas, Jorge Vigón, el marqués de la Eliseda, don Agustín González Amezúa y otras personas, algunas que no puedo mencionar por encontrarse aún [xi] en la zona roja, que sin concierto previo figuraban aquella noche en la tertulia. Y a la vista de aquel senado de figuras intelectuales de primera magnitud, perfectamente avenidas y hermanadas en comunes ideales, Eugenio Montes, que precisamente se reveló en la plenitud de su cultura y talento ante el gran público, en un banquete a Maeztu, en marzo de 1932, con ocasión de haberle sido conferido el premio Luca de Tena por el editorial de presentación de Acción Española, se felicitó públicamente de este hecho, que calificó de acontecimiento desconocido en los últimos ciento cincuenta años, en los que no había existido colectividad o agrupación con prestigio científico en condiciones de combatir y vencer a las que rendían pleito homenaje a los principios liberales y democráticos de la Revolución francesa. Balmes, Donoso Cortés, Menéndez y Pelayo, Nocedal, y Vázquez Mella habían vivido aislados, sin formar escuela ni encontrar en su torno un grupo de catedráticos, escritores, pensadores y poetas, que completasen sus estudios y continuasen sus campañas, cosa que con ritmo creciente estaba logrando Acción Española.

Contracorriente había nacido Acción Española; contracorriente, crecían las adhesiones a sus principios y con esta palabra agresiva y heroica de Contracorriente, tituló genéricamente Maeztu los artículos que, en colaboración regular, publicaba en la prensa de provincias. Y al marchar contracorriente Maeztu, y tras de él el grupo de escritores e intelectuales que le consideraban como su profeta y su Maestro, no se les ocultaba, en nada, lo [xii] terrible de la misión a cumplir y el riesgo probabilísimo de muerte a que se exponían. Fué en los primeros años de su siembra, dos meses antes del histórico 10 de agosto, cuando en el memorable banquete de la Cuesta de las Perdices, pronunció don Ramiro las siguientes austeras palabras, ayer objeto de retóricos aplausos y que hoy podrían esculpirse en las rocas graníticas de ese Escorial, por Maeztu aquel día evocado con el gotear no interrumpido de lágrimas de madres españolas que lloran desde hace dos años la ausencia de sus hijos, heroicamente caídos, en el reír de su juventud, por haber seguido el camino de espinas que el Maestro les señalara: 'Pero ahora –clamaba Maeztu– yo digo a los jóvenes de veinte años: venid con nosotros, porque aquí, a nuestro lado, está el campo del honor y del sacrificio; nosotros somos la cuesta arriba, y en lo alto de la cuesta está el Calvario, y en lo más alto del Calvario, está la Cruz.' Y en efecto, tras de cinco años de trabajar contracorriente, al coronar la cuesta arriba, sin tiempo para otear la tierra de promisión por él descrita, la prisión primero y la muerte después, consumaron la realización de sus enseñanzas y profecías y el estruendo de las balas asesinas fué el postrer bélico clamor de aprobación a una vida perfecta de apostolado y amor.

¡Hombre, de cualquier país que seas, que sientas correr por tus venas sangre española o que a España debas la integridad de tu fe religiosa! ¡Español de la Península, de América, de Filipinas o de cualquier otra región del mundo!: al adentrarte en la lectura de este libro, amor de los amores [xiii] de su autor, concede a cada frase y cada línea el valor y el sentido que a su verdad confiere la autoridad suprema de estar confirmado con sangre de mártir. Con emoción recuerdo la fe, la pasión y el amor que Maeztu puso en la obra que hoy se reimprime y que, capítulo a capítulo, fué escribiendo y corrigiendo a nuestra vista. La Defensa de la Hispanidad no es un mero producto de la erudición y del talento de su autor; es algo muy superior a todo eso; es una obra de amor ardiente, apasionado, que consigue suplir y superar a las frías abstracciones de la inteligencia. Yo he visto llorar a Maeztu leyendo la Salutación al Optimista, de su amigo Rubén. Nunca olvidaré aquellas lágrimas que comenzaron a brotar de los ojos de Maeztu al repetir las palabras proféticas: 
'...La alta virtud resucita
que a la hispana progenie hizo dueña de siglos.' 


lágrimas que habían de trocarse en cataratas y sollozos, que le obligaron a suspender la lectura al llegar a la invectiva:


'¿Quién será el pusilánime
que al vigor español niegue músculo
o que al alma española
juzgase áptera y ciega y tullida?'


El amor, la pasión, la decisión, el ímpetu, fueron las cualidades más destacadas en Maeztu. En su juventud amó y sostuvo algunos principios falsos, [xiv] aunque nunca sufrió extravío en su amor entrañable a España. Quizá durante algún tiempo fuera frío en alguna de sus convicciones, pero ese frío circunstancial se trocó, cuando recorrió su camino de Damasco, en una pasión y un fuego inextinguibles. En sus amores e ideales jamás fué tibio, que son a los que el Señor, en frase del Apocalipsis, vomitará de su boca. Un día del bienio Lerroux-Gil Robles, se presentó Maeztu en la habitual tertulia de Acción Española visiblemente excitado, refiriéndonos que, en el portal de su casa, se había encontrado con su antiguo amigo Pérez de Ayala, el perpetuo embajador de la República en Londres, y al saludarle éste y decirle que a ver si se veían para recordar tiempos pasados, él le había contestado: 'Mire usted, Pérez de Ayala, mientras usted crea que los que rezamos el Padre Nuestro somos unos idiotas, yo no tengo nada que decirle.'

Durante su etapa de diputado en las Cortes de 1933-1935, era seguro verle exasperado cuando algún diputado de significación nacional –monárquico o indiferentista– saludaba o departía con Indalecio Prieto u otros prohombres del marxismo. 'No se dan cuenta –decía– de que nos van a matar.' Un día interrumpe un discurso de Prieto, gritándole: 'Me doy por muerto.' 

Otro de los temas preferidos por don Ramiro era hacernos la apología de Hitler, considerándole como uno de los más grandes políticos que ha conocido la Historia por haber impedido, juntamente con Mussolini, que el comunismo destruyera todo [xv] lo que en el mundo existe de Cultura. Su entusiasmo por el Führer es muy anterior a la llegada del nacional-socialismo al Poder, siendo dignas de recordación, las violentas e interminables discusiones sostenidas por Maeztu, secundado por el general García de la Herrán, principalmente con Eugenio Montes, en los tiempos en que este eximio pensador aún no se había rendido a la evidencia de la grandeza del Führer. 

Quede para otros escritores la tarea ilustre de hacer una biografía de Maeztu desde su nacimiento en Vitoria, de madre inglesa, hasta su asesinato, en noviembre de 1936, pasando por su ida a Cuba, como soldado, a impedir la pérdida del último florón de nuestra corona imperial; sus quince años de estancia en Inglaterra, su matrimonio con inglesa, su regreso a la Patria para impedir el horror de que su hijo pronunciara el español con acento inglés; su embajada en Buenos Aires durante la Dictadura del general Primo de Rivera; su encarcelamiento en Madrid con ocasión del 10 de agosto, como presidente de Acción Española, y su detención y prisión en julio de 1936, con la referencia de las gestiones hechas inútilmente por las embajadas inglesa y argentina para arrancarle de las garras asesinas. Maeztu, como Calvo Sotelo, como Pradera, eran demasiado buenas presas para que los enemigos de Dios y de España las dejaran escapar.

Uno de los últimos recuerdos que conservo de Maeztu, es la felicitación calurosa que me expresó con ocasión del prólogo que, en junio de 1936, puse a la novela, de ambiente mejicano, titulada Hector, [xvi] en cuyo prólogo hacía un llamamiento a la guerra civil y una apología, en determinadas circunstancias, del atentado personal. 'Juan Manuel lo ha leído –me dijo don Ramiro– y le ha entusiasmado.' Y este Juan Manuel, que por primera y única vez sale citado como autoridad de labios de Maeztu, era su propio hijo único, de dieciocho años. Y es que en materias de honor, de virilidad y de dignidad nacional tenían, muy acertadamente, a los ojos de Maeztu, más autoridad los mozos que aún no contaban veinte años, que los miembros de las Academias por él frecuentadas. 

Un domingo de finales de junio de 1936 fuimos, el marqués de las Marismas, Jorge Vigón y yo, a acompañar al matrimonio Maeztu desde Madrid a La Granja, donde se proponían alquilar una casa en que pasar el verano. Apenas llegados al Real Sitio, don Ramiro encomendó a su señora la tarea de elegir casa y decidirse, mientras que él se iba con nosotros a dar un paseo por el magnífico parque. Fué el último día que paseé con él y nunca podré olvidar la interpretación revolucionaria que deducía de las fuentes, de las estatuas y de la ornamentación de los jardines. '¡No está aquí El Escorial! –decía–; esto es el siglo XVIII francés. Versailles. Ninfas. Pastores. Frutos. Naturalismo. Pero aquí nada habla de Dios. Esta ornamentación revela la mentalidad que se refleja en Rousseau y concluye en las matanzas de la Convención y el Terror.' Desde La Granja seguimos al secularizado monasterio cartujo de El Paular y después regresamos a la capital. Indecisiones providenciales de última hora, [xvii] hicieron que la familia Maeztu no tomase casa en La Granja y que el 19 de julio les sorprendiese en Madrid. 

La última impresión que respecto a mí tengo de Maeztu, consiste en un reproche agresivo e insistente que profería en la casa en que se encontraba oculto durante los primeros días del Movimiento y en la que fué detenido, diciendo que nunca me perdonaría el que yo no le hubiese avisado, pues su sitio no era estar escondido, sino en una trinchera, tirando tiros. No temía a la muerte, pero soñaba con tomar parte personal y directa en la Cruzada. No suspiraba por puestos, mercedes o prebendas, sino por el honor máximo de estar con un fusil en la trinchera. Maeztu daba al valor físico y personal un elevadísimo puesto en la jerarquía de los valores. Su desprecio a los cobardes, rayaba en lo superlativo. En el discurso del banquete de enero de 1934, dirigiéndose a las mujeres allí presentes, las dijo: 'Despreciad al hombre que no sea valiente; despreciad al hombre que no esté dispuesto a arriesgar su vida por la Santa Causa; despreciadlo, y ya veréis como los corderos se convierten en leones.' Tengo para mí la seguridad que, de haber estado don Ramiro en la zona nacional, no hubiera sido empresa fácil disuadirle de que con sus sesenta años cumplidos no tenía puesto en el frente. 

¿Cómo murió este atleta de la causa de Dios y de España? Se ignoran detalles; tan sólo se sabe que el día 7 de noviembre de 1936 salió de la cárcel en una de aquellas expediciones que jamás llegaron a su destino, y que en el momento de salir, [xviii] en pleno patio, delante de todo el mundo, se postró de rodillas a los pies de un sacerdote, compañero de cautiverio, y le dijo: 'Padre, absuélvame', recibiendo, viril y piadosamente, esa absolución que recuerda la de los antiguos cruzados antes de entrar en combate o la de los mártires, antes de salir a la arena del circo a ser destrozados por las fieras. Alguien dijo a sus familiares que habían visto en la Dirección de Seguridad la fotografía del cadáver de don Ramiro. La leyenda refiere que al ir a ser fusilado, encarándose con sus verdugos, les dijo: '¡Vosotros no sabéis por qué me matáis! ¡Yo sí sé por qué muero: porque vuestros hijos sean mejores que vosotros!» El estilo de la frase es netamente del mártir. Si no la dijo físicamente, es bien seguro que la había pensado repetidas veces. 

La visión de Maeztu, profeta y maestro de la Nueva España, no puede borrársenos a los que cultivamos su intimidad. No hay ceremonia, desfile, victoria o sesión conmemorativa a que asistamos o en la que tomemos parte, en que no echemos de menos la presencia de Maeztu. 

Fué ese memorable 1.º de marzo de 1937 en que por vez primera llegaba a la España redimida un embajador del Rey Emperador de la Italia fascista, cuando José María Pemán, al describir, en inspirada poesía esa jornada de gloria, en la que volvió a haber Imperio en la Plaza Mayor de Salamanca, no pudo, en justicia, por menos de concluirla con los siguientes versos, que quiero utilizar [xix] como áureo broche y remate de estas páginas de evocación:

'Ramiro de Maeztu. 
Señor y Capitán de la Cruzada:
¿Dónde estabas ayer, mi dulce amigo,
que no pude encontrarte? ¿Dónde estabas?,
¡para haberte traído de la mano,
a las doce del día, bajo el cielo
de viento y nubes altas,
a ver, para reposo de tu eterna
inquietud, tu Verdad hecha ya Vida 
en la Plaza Mayor de Salamanca'»




Eugenio Vegas Latapié,
Evocación,
páginas v-xix
de la tercera edición de Ramiro de Maeztu,
Defensa de la Hispanidad, Valladolid 1938
 

EN DEFENSA DE LA HISPANIDAD: EL HUMANISMO ESPAÑOL (Ramiro de Maeztu)

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André Siegfried, en su obra sobre "Los Estados Unidos de hoy", ha pintado de un trazo los esfuerzos de la gran República norteamericana durante la posguerra definiéndolos como "la reacción activa del elemento viejo-americano contra la insidiosa conquista del elemento de sangre extranjera". El pueblo norteamericano se siente internamente en peligro y "procura su salud buscando su fortaleza en las fuentes mismas de su vitalidad". Amenazado en lo físico -porque las estadísticas le dicen que el antiguo elemento anglosajón no sólo disminuye relativamente a otros, sino de un modo absoluto, por la gran proporción que no se casa, más un 13 por 100 de matrimonios estériles y un 18 que no tienen más que un hijo-, hasta hace poco tiempo podía consolarse con la esperanza de asimilar a sus ideas a las multitudes inmigrantes. Esa esperanza se ha desvanecido. Los norteamericanos han llegado a la conclusión de que no pueden inculcar su manera de ser sino entre los europeos nórdicos de religión protestante: ingleses, escoceses, escandinavos, holandeses y alemanes. Y como los nórdicos católicos, irlandeses o canadienses, los europeos mediterránicos, los españoles e hispanoamericanos, los eslavos y los judíos se resisten a dejarse asimilar, los norteamericanos, con las nuevas leyes de inmigración, les han cerrado el acceso a su país, a pesar de que, ya en los comienzos del siglo XVI, el padre Vitoria consideraba atentatorio al derecho de gentes prohibir a los extranjeros viajar por un territorio o habitarlo permanentemente.

El viejo-americano está contento consigo mismo; lo estaba, cuando menos, antes de la crisis que empezó en octubre de 1929. Se cree seguro del éxito, de la victoria, de la libertad, de su sabiduría política, de su capacidad industrial. Se halla convencido de que lo mejor que puede suceder a los pueblos inmigrantes es dejarse dirigir por el antiguo elemento puritano de América. Por eso creyó antes que con un régimen de libertad y de igualdad se los asimilaría sin esfuerzo. Pero puesto que no es así, hay que mantener a toda costa "los derechos casi ilimitados del cuerpo social, en su defensa contra los elementos extranjeros o los fermentos de disolución que amenazan su integridad". El norteamericano no quiere mestizajes. Gracias a su política de desdén y exclusión respecto de los negros, se jacta de que su patria no llegará a ser en lo futuro "un segundo Brasil". El ideal sería que prevaleciese eternamente "el puritano de tradición inglesa, satisfecho y seguro de sus excelentes relaciones con Dios". Con ello no dice M. Siegfried cosa nueva a los lectores informados, pero los periódicos franceses, al ver en la guerra que el Ejército norteamericano prefirió establecer sus bases en San Nazario y en Burdeos y no en los puertos del Canal de la Mancha, donde tenían las suyas los ingleses, imaginaron que ingleses y norteamericanos se detestaban. M. Siegfried hace bien en decirles que en los Estados Unidos hay una tradición no escrita, por cuya virtud "la ascendencia angloescocesa es casi necesaria para ocupar los altos cargos"; lo aristocrático, en la América del Norte, es lo de origen angloescocés, y la razón de que los Estados Unidos entraran en la guerra "fue el mantenimiento de la hegemonía anglosajona, común a los ingleses y norteamericanos", aunque M. Siegfried ha podido añadir que ingleses y norteamericanos se la disputan entre sí desde hace más de un siglo.

Esta es la verdadera relación de los Estados Unidos e Inglaterra: rivalidad recíproca y solidaridad profunda, en momentos de peligro, frente al resto del mundo. ¿Y no es esta una relación admirable y que debiera servir de ejemplo a los pueblos de Hispanoamérica y de España? Sólo que éste es obviamente un modelo que no podemos imitar. Ni españoles ni hispanoamericanos nos creemos superiores a los demás pueblos, ni nos lo creíamos jamás, ni siquiera cuando teníamos la certidumbre de estar librando "las batallas de Dios", porque una cosa es creer en la excelencia de nuestra causa y otra distinta envanecerse de la propia excelencia. Nunca pensamos que Dios hubiera venido al mundo para nosotros solos, sino que peleamos precisamente por la creencia, vieja como la Iglesia, pero olvidada, desconocida o negada por las sectas, de que Dios quiso que todos los hombres fuesen salvos. Y aunque también los españoles y todos los pueblos hispánicos supimos enorgullecernos de ser campeones y defensores del Catolicismo, no por ello nos imaginamos nunca que éramos, "por decirlo así", como escribe Menéndez y Pelayo en su estudio sobre Calderón: "el pueblo elegido por Dios, llamado por El para ser brazo y espada suya, como lo fue el pueblo de los judíos", sino que preferimos pensar que éramos nosotros los que, de propia iniciativa, habíamos elegido la defensa de la causa de Dios. En el primer caso, de habernos sentido ser pueblo elegido, habría reinado entre los pueblos hispánicos la misma rivalidad y solidaridad que entre los anglosajones: rivalidad, por mostrar que era cada uno de nosotros el más elegido entre los elegidos, y solidaridad, frente al tumulto de los demás pueblos no favorecidos. Pero lo que nosotros sentimos no fue la superioridad de seres escogidos, sino la de la causa que habíamos abrazado, y era lógico que al desengañarnos o resfriarnos o fatigarnos de la común empresa, cada uno de nuestros pueblos se fuera por su lado.

Es posible que a ello haya contribuido la dispersión geográfica de los pueblos hispánicos y que hubieran conservado mayor unidad espiritual, tanto entre sí como con la metrópoli, de haber formado un todo continuo, como el de los Estados Unidos, pero si las condiciones geográficas pueden ser obstáculo para las relaciones económicas, no lo son para la comunidad de la fe. Aquí hay que afirmar en absoluto la primacía de lo espiritual. El Imperio hispánico se sostuvo más de dos siglos después de haber perdido Felipe II, en 1588, el dominio del mar, que en lo material lo aseguraba, y se hubiera sostenido indefinidamente -aun después de llegadas a su mayoría de edad las naciones americanas y afirmada su independencia como Estados, si se juzgaba conveniente- de haber conservado el ideal común que las unía entre sí y con España. Porque es muy probable que la solidaridad racial que une a los ingleses, a sus colonos y a los norteamericanos no logre mantenerse sino en tiempos de bonanza, que parecen justificar la creencia en la propia superioridad. La solidaridad en el ideal resiste, en cambio, a la derrota, y por ello pudo soportar, sin quebrantarse, el Imperio español las paces de Westphalia y de los Pirineos, de Lisboa y de Aquisgrán, y todas las otras que fueron señalando el declive de España en Europa. En la guerra de sucesión, durante los quince años primeros del siglo XVIII, se halló España invadida por tropas extranjeras, sin que nadie, en América o en Filipinas, pensara en sublevarse. Pero perdimos la unidad de la fe en el curso del siglo enciclopédico. Los mismos funcionarios españoles lo pregonaron en los países hispanoamericanos, con lo que se la hicieron perder a ellos. Y entonces, a la primera crisis grave, cada uno de nuestros pueblos se fue por su camino; unos a buscar inmigrantes que los europeizaran; otros, a seguir a los caudillos que les salieron de entre las patas de los caballos, según la frase de Vallenilla Lanz; otros, a soñar con la teocracia; otros, a imaginarse la restauración de los incas o de los aztecas. Y aún estamos en ello.






Ramiro de Maeztu
de Defensa de la Hispanidad, 1934
(extraído de
Foro Arbil)


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