inicio

Mostrando entradas con la etiqueta Julián Marías. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Julián Marías. Mostrar todas las entradas

LA VEGETACIÓN DEL PÁRAMO (Julián Marías)

-



Se trata —no hay que decirlo— del famoso “páramo cultural” español de los últimos decenios. La imagen ha sido moneda corriente desde poco después de la guerra civil. Primero circuló fuera de España; se suponía que en ella no quedaban más que “curas y militares”, y ni rastro de vida intelectual, refugiada en la emigración. La propaganda oficial, mientras tanto, afirmaba que se había eliminado —hacia el cementerio, la emigración, la prisión o el silencio— la escoria “demoliberal”, y se había restablecido el esplendor “imperial” de España, ejemplificado en nombres de los que hace mucho tiempo nadie se acuerda, y que no es piadoso recordar.

Hace mucho tiempo que quedaron atrás, desmentidas por los hechos, las dos versiones, si se quiere, las dos caras de la moneda falsa, de curso “legal” cada una de ellas en campos acotados y para propósitos muy definidos. Sin embargo, ahora reverdece la primera, destinada primariamente al consumo de los jóvenes nacidos a la vida histórica hace poco tiempo, un decenio o dos a lo sumo, que tienen más presente la imagen de los últimos años y confunden los tiempos que no han vivido.

¿Cómo es posible que pueda usarse —y prosperar— la imagen del “páramo”? Los jóvenes tienen ante los ojos, sobre todo, las instituciones en las cuales estudian, a las cuales tienen acceso; y se podría hablar, en efecto, de un páramo institucional desde que la guerra arrasó las Universidades, el Centro de Estudios Históricos, la Institución libre de Enseñanza, la Residencia de Estudiantes y la de Señoritas, y en muy buena medida las Academias. Se les ha dicho además, incansablemente, que no han tenido maestros —lo cual ha contribuido tanto a que no los tengan aunque los haya, a que renuncien a ellos y no los hagan suyos—. Se ha tratado de inculcar en sus mentes la idea de que solo en los últimos años —a lo sumo desde 1956— ha habido intentos de resistencia a la falta de libertad, de afirmación de las opiniones discrepantes, de ejercicio de la inteligencia. Es decir, hasta que han empezado a hacer algo los interesados en difundir esa imagen. Todo lo anterior —y, en definitiva, todo durante cuarenta años— ha sido el páramo intelectual de España.

La verdad ha sido muy distinta. En La España real he escrito: “La libertad empezó a germinar y brotar, como brota la hierba en los tejados y en las junturas de las losas de piedra. Sería apasionante y conmovedor hacer una historia fina y veraz del tímido, vacilante, inseguro renacimiento de la libertad en España”. No puedo hacerlo aquí —lo he hecho, parcialmente, en otros lugares, desde hace un cuarto de siglo, por ejemplo en El intelectual y su mundo, 1956, publicado en Buenos Aires, prohibido muchos años en España; en Los Españoles; en El oficio del pensamiento; en Innovación y arcaísmo—; voy a limitarme a recordar algunos hechos, algunos datos, todos ellos anteriores a la muerte de Ortega a fines de 1955, es decir, en el apogeo del supuesto “páramo”.






* * *
La guerra civil —en ambas zonas— significó la ruptura de la continuidad, la casi total extinción de la vida intelectual, el dominio de la propaganda, la persecución de la verdad, el triunfo del partidismo. Sin embargo, en la zona republicana, en Valencia y luego en Barcelona, se publicó la revista mensual Hora de España, que mantuvo un decoro intelectual y literario sorprendente en medio de una feroz discordia civil. La noble pluma de Antonio Machado honraba todos los números de la revista, y a su sombra colaboramos muchos que no hemos tenido nunca que avergonzarnos ni arrepentirnos de lo que allí escribimos. No sé si en la otra zona hubo algo comparable —no ha llegado a mi noticia—, pero hay que hacer constar que, terminada la guerra, desde 1940 y durante los dos años de dirección de Dionisio Ridruejo y Pedro Laín Entralgo, Escorial significó un esfuerzo de reanudación de la convivencia intelectual y de los derechos de su ejercicio. Y, en forma ya más independiente, no se olvide lo que fue Leonardo en Barcelona, y desde 1946 Ínsula en Madrid (puede repasarse el índice de esta revista que hace unos veinte años compuso Consuelo Berges, y que no puedo ver sin admiración y una nostálgica melancolía).

Tres son los elementos que pueden distinguirse en los años posteriores a la guerra: 1) La exclusión de los disidentes por el Estado y las fuerzas políticas que lo respaldaban, su recuperación por el resto de la sociedad. 2) La reanudación de la continuidad intelectual por parte de los grandes escritores. 3) La aparición de otros nuevos, de las generaciones posteriores a la guerra.

Tan pronto como fue posible, quiero decir desde el término de la Guerra Mundial, que había impuesto un casi absoluto aislamiento, se empezó a hablar de los escritores emigrados. Mientras la censura proscribía sus obras y hasta se tachaba con indeleble tinta negra su nombre al frente de la edición de un clásico, Ínsula fue el órgano principal de su difusión y comentario. En el Diccionario de Literatura Española de la Revista de Occidente (1949) hablé de Alberti, García Lorca, Salinas, Guillén, Antonio Machado, Azaña, Gómez de la Serna, Casona, José Gaos, y allí aparecían igualmente otros muchos, sin otro criterio que la calidad y la información disponible.

Los grandes autores de la generación del 98, de las dos siguientes, empezaron muy pronto a escribir, y una parte esencial de su obra corresponde a los años que estoy recordando. Menéndez Pidal publica Los Españoles en la historia y Los españoles en la literatura —tan independientes, tan contracorriente, que tanto rencor oficial provocaron—; Reliquias de la poesía épica española, Romancero hispánico, El Imperio Español y los cinco reinos, innumerables estudios lingüísticos, literarios e históricos. Azorín, Españoles en París, Pensando en España, los dos prodigiosos libros Valencia y Madrid, novelas como El enfermo, La isla sin aurora, María Fontán, Salvadora de Olbena; cuentos como Cavilar y contar, ensayos y memorias como París, Memorias inmemoriales, Con permiso de los cervantistas, Con Cervantes, El cine y el momento. Baroja, en los mismos años, publica sus memorias, Desde la última vuelta del camino, Canciones del suburbio, El cantor vagabundo… Los títulos de Ortega se suceden: Historia como sistema, Ideas y creencias, Teoría de Andalucía, Estudios sobre el amor, los prólogos a Bréhier y Yebes, a Alonso de Contreras y El collar de la Paloma, Papeles sobre Velázquez y Goya… Zubiri publica Naturaleza, Historia, Dios; Morente, Lecciones preliminares de filosofía y Ensayos; Dámaso Alonso, La poesía de San Juan de la Cruz, Ensayos sobre poesía española, Vida y obra de Medrano, Poesía española, y nada menos que los libros de poesía original Oscura noticia, Hijos de la ira y Hombre y Dios. García Gómez, después de las Qasidas de Andalucía, Silla del Moro y Nuevas escenas andaluzas, la traducción de El Collar de la Paloma. Vicente Aleixandre, nada menos que Sombra del Paraíso; y por si fuera poco Mundo a solas, Poemas paradisiacos, Nacimiento último, Historia del corazón. Gerardo Diego, Alondra de verdad y otros libros de poesía. Miguel Mihura estrena en colaboración Ni pobre ni rico sino todo lo contrario y El caso de la mujer asesinadita, y solo Tres sombreros de copa, El caso de la señora estupenda, Una mujer cualquiera, ¡Sublime decisión!, etc. José López Rubio, Alberto, Celos del aire, La venda en los ojos, La otra orilla. Fernando Vela publica El grano de pimienta, Circunstancias, Los Estados Unidos entran en la historia. Marañón da una larga serie de libros admirables: Ensayos liberales, Crítica de la medicina dogmática, Luis Vives, Españoles fuera de España, Antonio Pérez, Elogio y nostalgia de Toledo. ¿Quién ha podido romper la continuidad de la cultura española del siglo XX, más fuerte que el partidismo, la violencia y el espíritu de negación?


* * *

¿Y los nuevos? Quiero decir los escritores apenas conocidos o desconocidos enteramente, que hacen la mayor parte de su obra después de la guerra civil. Aparte de algunos libros promovidos por la guerra misma, poesía o narraciones de Miguel Hernández, Herrera Petere, Rafael Alberti, Agustín de Foxá, Dionisio Ridruejo y otros a ambos lados de las trincheras, hasta 1941 no empieza ese nuevo brote de pensamiento, narración o poesía.

Casi toda la obra poética de Gabriel Celaya es de ese periodo: Tentativas, Movimientos elementales, Objetos poéticos, Las cosas como son, Las cartas boca arriba, Paz y concierto, Vía muerta, Cantos iberos. Casi lo mismo podría decirse de Luis rosales: después de Abril, anterior a la guerra, Retablo sacro del Nacimiento del Señor, La casa encendida, Rimas. De Dionisio Ridruejo son Primer libro de amor, Fábula de la doncella y el río, Sonetos a la piedra, Poesía en armas, En la soledad del tiempo. La obra de Leopoldo Panero, José Luis Hidalgo, Carlos Bousoño, Eugenio de Nora, Blas de Otero, se condensa o al menos se inicia y madura en estos años.

Zunzunegui, anterior a la guerra, publica con fecundidad tras ella: ¡Ay…, estos hijos!, La quiebra, La úlcera, Las ratas del barco, Esta oscura desbandada. Pero es Camilo José Cela el que inicia la novela de su generación, a fines de 1942: La familia de Pascual Duarte; y luego, Pabellón de reposo, Nuevas andanzas y desventuras de Lazarillo de Tormes, La colmena, Viaje a la Alcarria y tantas invenciones más. Y tras él Ignacio Agustí con Mariona Rebull y El viudo Ríus. Carmen Laforet con Nada. Gironella con La marea y Los cipreses creen en Dios. Miguel Delibes con La sombra del ciprés es alargada, Aún es de día, El camino, Mi idolatrado hijo Sisí, Diario de un cazador. Todavía en ese plazo empiezan a aparecer cuentos de Ignacio Aldecoa y su novela El fulgor y la sangre; y Congreso en Estocolmo, del economista y novelista José Luis Sampedro; y Gonzalo Torrente; y el comienzo de la obra teatral de Buero Vallejo, desde Historia de una escalera hasta Irene o el tesoro.

¿Cómo olvidar la obra ingente de Pedro Laín Entralgo, autor caudaloso y profundo a un tiempo? Medicina e historia, Menéndez Pelayo, Las generaciones en la historia, La generación del 98, España como problema, La historia clínica, Palabras menores, La espera y la esperanza, son solo unos cuantos de sus libros de quince años. Y, aunque con obra iniciada unos años antes, Enrique Lafuente Ferrari da en estos mismos lustros obras capitales: Velázquez, Vázquez Díaz, Zuloaga, la expansión y maduración de su Breve historia de la pintura española, el libro esencial sobre el tema. ¿Y los innumerables libros de Camón, Juan Antonio Gaya Nuño, Sánchez Cantón, Angulo, María Luisa Caturla, María Elena Gómez Moreno? Añádase la obra de Fernando Chueca, desde Invariantes castizos de la arquitectura española hasta Nueva York: forma y sociedad, El semblante de Madrid o La arquitectura del siglo XVI, los estudios de geografía social de Manuel de Terán, los ensayos de patología psicosomática y psicología de Juan Rof Carbalo, y tantas obras originales. Los libros de historia de las ideas de Antonio Tovar, Luis Díez del Corral, José A. Maravall, Enrique Gómez Arboleya, Lapesa, Blecua, Díaz-Plaja… Y la aparición un poco tardía de Aranguren.

Y no puedo omitir mi nombre, porque, si no me equivoco, mi Historia de la Filosofía (enero de 1941) fue el primer libro nuevo de autor nuevo, que invocaba la tradición filosófica española anterior a la guerra para seguir adelante con otros libros: La filosofía del P. Gratry, Miguel de Unamuno, El tema del hombre, Introducción a la Filosofía, Filosofía española actual, El método histórico de las generaciones, Biografía de la Filosofía, Ensayos de convivencia, Ensayos de teoría, Idea de la Metafísica, La estructura social…

Repare el lector en que esto es una fracción de lo que se ha publicado en España después de la guerra civil y hasta 1955. Y que me he fiado de mis recuerdos más vivos, sin disponer de tiempo ni de espacio para tratar adecuadamente el tema. Pero pienso que no son buenos botánicos los que hablan del “páramo” y se les pasa esta frondosa, esperanzadora vegetación, que pudo brotar en el clima más inhóspito, sin abono, sin cultivo, mientras tantos intentaban simplemente descastarla.


 Julián Marías
La Vanguardia y El País
 noviembre 1976
luego recopilado en
La devolución de España (1977)

____
Ir a
"¿Por qué mienten?"
(artículo de Julián Marías
relacionado con este)

pinchando aquí

JULIÁN MARÍAS: LA RAZÓN Y LA VIDA - RNE

-



Documentos RNE - Julián Marías: La razón y la vida - 26/11/11


26 nov 2011


Este programa es un repaso a la vida y la obra filosófica de Julián Marías (1914-2005) a través de las entrevistas, charlas y conferencias suyas que conserva el Fondo Documental de RTVE. Ese relato en primera persona, con guión de José Manuel Delgado, incluye también la opinión de los profesores Juan Pablo Fusi y Juan Manuel Burgos, y el editor Javier Jiménez. Además, sus hijos aportan detalles del filósofo en su esfera más íntima.

Discípulo aventajado de José Ortega y Gasset, cuya voz se escucha también en este documental, Julián Marías edificó una obra propia que indaga en el ser humano no sólo desde la metafísica, sino que complementa esa búsqueda de respuestas a través de disciplinas como la sociología, política, religión, historia, literatura y cine. Siempre atento a la máxima orteguiana de que la claridad es la cortesía del filósofo.






PRÓLOGO A LA ANTOLOGÍA POÉTICA DE ANTONIO MACHADO EN RTV BBS (Julián Marías)

-


-



¿Es ANTONIO MACHADO el mejor poeta español de nuestro tiempo? Apenas tendría sentido decirlo: la literatura no tiene escalafones, aunque ciertamente tiene jerarquías. ANTONIO MACHADO es otra cosa: un poeta irrenunciable. Todavía podríamos decir algo más : es el poeta español más importante.

¿Cómo?, se dirá. ¿ No equivale esto a decir que es el mejor, a ponerlo en el primer lugar ? No: importante quiere decir que importa; y ANTONIO MACHADO es hoy, a los treinta años de su muerte, el poeta que más importa a los españoles.

¿Por qué? Antonio Machado era un hombre sencillo, modesto, desaliñado, desmañado, que nunca tuvo dinero, ni puestos brillantes, ni demasiada fama; pudo parecer eso que se llama en español "un hombre pobre"; no habría inconveniente en aceptarlo, completándolo: un hombre pobre... genial. Es decir, alguien que nos dio una nueva manera de mirar la realidad, de suerte que nos dejó ya para siempre enriquecidos; que aumentó para nosotros el mundo -y esto es lo que quiere decir la palabra "autor"-. Fue todavía algo más: consiguió convertirse en una parcela de significación del nombre "España"; cuando pronunciamos este nombre, quiere decir muchas cosas; necesaria, inevitablemente, significa, entre ellas, Antonio Machado. Es lo más a que puede haber aspirar un creador, un escritor, si lo es verdaderamente y desde su raíz. 

Machado había nacido en 1875; era de los más jóvenes escritores de la generación del 98. Lo destacado de todos ellos no fueron sus dotes -a veces muy altas-, sino su autenticidad: la necesidad íntima, irremediable, con que escribieron, porque para ello habían nacido, porque no eran de verdad más que escribiendo, porque necesitaban, para vivir, para ser españoles, poner en claro qué quería decir ese claro -y tantas veces triste- nombre: España. Por eso estos escritores lo fueron con la máxima plenitud que es posible; por eso han quedado, pese a todo,; y seguimos viviendo de ellos, y con ellos, en una España que ellos en gran parte inventaron, descubrieron, mirándola con dolor y sin despego, con entusiasmo y rigor, conociéndola palmo a palmo y libro a libro, sin que nadie pudiera quitarles el dolorido sentir. Antonio Machado fue el poeta de esa generación; fue el que nos dio, desde ese nivel –el más alto que se había alcanzado desde el Siglo de Oro-, la interpretación poética de las cosas, y sobre todo de las cosas españolas.

Machado era sevillano. Nos dijo una vez que un andaluz andalucista era un español de segunda… y un andaluz de tercera. Su nombre está unido inseparablemente a Soria, y por tanto a Castilla. Fue, como otros grandes autores de la España periférica, creador literario de Castilla: como el gallego Valle-Inclán, los vascos Unamuno y Baroja, el levantino Azorín. Catedrático de Instituto, de francés, que había afinado oyendo en París a Bergson, "profesor de lenguas vivas", como dijo de sí mismo, maestro de la lengua viva, su paso por Soria, de 1907 a 1912, lo marcó para siempre. Allí sintió en lo más íntimo una ciudad y un paisaje, allí comprendió, estética, histórica, biográficamente, a Castilla, y desde ella a España. Todo se le anima, se le vuelve estrictamente "personal", le habla directamente al corazón. En Soria acontece la experiencia radical de su vida, la que le hace ser propiamente quien fue, la que llevará siempre dentro: su amor tierno, vacilante, tímido, feliz, amenazado, desgarrado finalmente por la muerte, a Leonor. Leonor era casi una niña; su encuentro fue -como casi todo en la vida- azaroso; pudo resbalar sobre ella, pero no fue así: se le entró en el alma, la hizo su mujer, la perdió en agosto de 1912, cuando no había pasado de los dieciocho años. ¿Nada más? Pienso que Machado, cuando descubrió a Leonor, tuvo esa impresión que a veces nos sobre coge: la de encontrar algo que nos parece haber elegido, algo que nos es enviado de acuerdo con lo que es todavía más radical que nuestros deseos, como si lo hubiera creado la raíz más profunda de nuestro ser. cuando esto ocurre, eso es para siempre -pase lo que pase- nuestro, porque en ello, en su presencia, llegamos a ser el que más verdaderamente somos.

La poesía de Machado no es propiamente "amorosa"; es algo más profundo y menos frecuente: poesía enamorada. El amor no es "tema" de la poesía de Machado; es su suelo, su raíz, su temple; desde el amor a mujer, instalado en él, mira las cosas, lo conmueven, le duelen, las canta. Es el principio de su organización, la dimensión en la cual se encuentra a sí mismo y puede hablarse a sí mismo -"converso con el hombre que siempre va conmigo"-, la pauta de su interpretación personal.

Por eso la realidad del paisaje, de las ciudades decrépitas, de los campos de Castilla, del Duero, que traza su curso de ballesta en torno a Soria, de los álamos del río, todo se le personaliza, todo se convierte para él en algo humanizado, inteligible, soñado -"de toda la memoria sólo vale / el don preclaro de evocar los sueños"-, con lo cual hace su propia vida. cuando se aleja de Soria hacia su Andalucía natal, tan hermosa, encuentra que "falta el hilo que el recuerdo anuda al corazón"; y desde entonces tendrá que volverse a Soria desde lejos, tendrá que revivir a Leonor muerta, perdida, quizá a ratos olvidada, para no olvidarse de sí mismo, para volver a ser quien fue y quiere seguir siendo.

Ya nunca con tanta plenitud, con tanta seguridad, con tan dolorida pero lograda firmeza. Desde 1913, Machado parece irse buscando siempre. Se va hacia el ingenio, el aforismo, el conceptismo, los "complementarios", en que trata de hallarse en fragmentos, en la moneda menuda en que se le ha cambiado "el oro de ayer". Pero siempre vuelve; de repente se queda absorto, meditando,y se escapa hacia Soria, "fronteriza / entre la tierra y la luna", "entre Urbión el de Castilla / y Moncayo el de Aragón", hacia "el alto Espino donde está su tierra", el cementerio soriano donde está ya tranquila Leonor, el menudo y frágil cuerpo de Leonor; y exclama: "vive esperanza, ¡quién sabe / lo que se traga la tierra!". Entonces machado se encuentra a sí mismo, vuelve a ser el que era. Se compara con el Guadalquivir -"un borbollón de agua clara / debajo de un pino verde / eras tú, ¡Qué bien sonabas!" - y se pregunta: "Como yo, cerca del mar, / río de barro salobre, / ¿sueñas con tu manantial?"

Cuando el Machado de los últimos veinticinco años de su vida entronca con aquel en que más auténticamente se eligió a sí mismo, vuelve a sonar como campana si hoja, como cristal estremecido. Pero he dicho que se eligió, y él nos enseñó que "nadie elige su amor". Yo diría que se sintió elegido, llevado a su plenitud, descubierto en su verdad. No era una elección: era el destino; pero el destino libremente aceptado es la vocación. Y esto es lo que eligió Machado: serle fiel. Por eso su verso nos llega a lo más hondo, por eso al leerlo sentimos que se trata de nosotros; porque al escribirlo trató de él hasta lo más profundo de su raíz.

Machado fue libre -por eso se sintió siempre insobornablemente liberal; pero esto quiere decir que no pudo ser caprichoso. Ser libre no es hacer lo que se quiere, lo que a uno "le da la gana", sino al contrario: querer lo que se es, lo que desde el fondo insobornable se desea, lo que hay que hacer. Sólo esto explica la vida de Machado, su honesta, tímida impavidez, que lo llevó a la muerte solitaria y desvalida, "ligero de equipaje", fiel a sí mismo.






En la desesperanza y en la melancolía
de tu recuerdo, Soria, mi corazón se abreva,

escribió Antonio Machado. Como era poeta, dejó en sus versos conservado, mientras dure la lengua española, ese estremecimiento. Al leerlo revivimos con él la desesperanza, la melancolía, el recuerdo, la presencia de esas "tierras tan pobres que tienen alma", los largos ríos, los álamos del amor, la "razón y locura / y amargura /de querer y no poder / creer, creer y creer", la aguda espina dorada de una pasión, los caminos polvorientos; y, como el suyo, nuestro corazón se abreva de esperanza.







Julián Marías
Prólogo a la Antología poética
de Antonio Machado
Madrid, julio de 1969
RTV Biblioteca Básica Salvat


________
Ver la obra poética completa
de Antonio Machado
en Wikisource
pinchando aquí
-VOLVER


Entradas relacionadas

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...