inicio

Mostrando entradas con la etiqueta José Cadalso. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta José Cadalso. Mostrar todas las entradas

CADALSO Y LA DECADENCIA DE ESPAÑA (Mauricio Fabbri)



-

Cadalso y la decadencia de España

Cadalso advierte claramente la amplitud y profundidad de la decadencia española, política, económica, social y cultural al mismo tiempo. Aunque preocupado, se muestra más bien indignado y ofendido. La atribuye a gravísimos errores del pasado y hecha la culpa a Carlos V, Felipe II y a la Casa de Austria. Es consciente de que la decadencia afecta también a su siglo, para lo que voy a recordar las consideraciones de Nuño en la Carta III que concluyen con la imagen dramática de la España de Carlos II reducida a «un esqueleto de un gigante» y la requisitoria en la Carta XLIV contra la España del Seiscientos comparada a una «casa grande que ha sido magnífica y sólida».

Con el momento en que vive, Cadalso no es menos lúcido y riguroso. Sobretodo en boca de Gazel denuncia el retraso espiritual y económico de su patria: orgullo, vanidad, corrupción, superficialidad, ignorancia, superstición contrapuestas a laboriosidad, dedicación, entusiasmo, honradez, patriotismo. Así las artes y ciencias se hallan desatendidas, los jóvenes se crían en un ambiente de comodidades y lujo, ignorantes y presuntuosos como el «caballerete» de la Carta VII o los contertulios de la Carta LVI. El lenguaje se corrompe y llena de barbarismos como indican las palabras de Gazel: «... la corrupción de la lengua [es] consiguiente a la de las costumbres». El carácter del pueblo se ha transformado ya que falta el respeto a los ancianos, la autoridad paterna y tradiciones, siendo la moda: «blasfemar de los antiguos costumbres; se quiere imitar todo lo que es extranjero con ridículos resultados patentes en los tres «memoriales» —134 de la Carta XLIV; se prefiere chismorrear, festejar y corromper para obtener empleos y honores. La mujer española ha perdido el «respeto», la «estimación», la «suma veneración» por parte del otro sexo. La gloria y el honor militar se hallan desprestigiados: no se honra la memoria de los héroes; incluso los generales han olvidado el «noble entusiasmo del patriotismo»: mentirosos e ineptos se contentan con desfilar al frente de elegantes tropas. La nobleza olvida que «la milicia es la cuna de la nobleza», tal como afirma Nuño, y prefiere dedicarse a actividades fútiles y vanas en lugar de pensar en recuperar la antigua virtud y salvar al país.

El análisis riguroso y desencantado de Cadalso no excluye ningún aspecto de la sociedad española. Pero la crítica de negativa pasa a positiva ya que el autor de las Cartas marruecas ofrece modelos de ejemplos de comportamiento, de organización y estructura, tanto individuales como colectivos, mediante los cuales inspirarse y animarse para superar la gravísima crisis atravesada por España.

Conviene señalar que el «ciudadano universal» Cadalso no considera proficuo buscar soluciones más allá de los confines históricos y físicos de su patria, y que instituciones y costumbres foráneas no le sugieren soluciones válidas. Cadalso está firmemente convencido de que España posee un carácter peculiar y escasamente modificable, bien expresado en el dicho de Nuño: «genio y figura hasta la sepultura» y que de todos modos: «la mezcla de las naciones en Europa ha hecho admitir generalmente los vicios de cada una, y desterrar las virtudes respectivas». Además estima que ciertos aires renovadores procedentes de Europa («Cierta ilustración aparente... ese oropel que brilla...») pueden producir efectos peligrosos ya que «no sirven más que de confundir el orden respectivo, establecido para el bien de cada estado en particular». Por lo tanto, aunque también manifieste admiración por naciones como Inglaterra y Francia —135 y por sus seguros progresos en la ciencia y la técnica, Cadalso es de la opinión de que España tiene que buscar en sí misma la fuerza necesaria para renovarse y debe hallar en su historia los modelos con que compararse. Para Cadalso no parecen existir dudas sobre el ejemplo a seguir: es el que ofrece la España de los Reyes Católicos. En aquella época la institución monárquica gozó del mayor consenso; cultura y lengua se afianzaban en el mundo; la tensión espiritual y el amor por la patria eran muy elevados; las costumbres austeras; la economía floreciente y la propia nobleza era bien digna de sus blasones.

La referencia al siglo XVI es insistente y convencida tal modo lo atestiguan los numerosos ejemplos que se podrían citar. El cuadro ideológico de las Cartas resulta una vez más unitario y consensual: los tres interlocutores aunque miren a los ejemplos ofrecidos por las naciones a la vanguardia en Europa en el Setecientos, se fundan en el ejemplo de la España imperial, virtuosa, guerrera, culta del Quinientos que presenta una estructura jerárquica cuyo centro está ocupado por el patriota/soldado, personificado casi exclusivamente por Hernán Cortés «héroe mayor que el de la fábula», por el cual Cadalso demuestra la más viva admiración en varias ocasiones.





Cadalso y la sociedad de su tiempo

En las Cartas, Cadalso se presenta como atento observador de las costumbres españolas y agudo crítico de comportamientos, tendencias y modas.

Recurriendo oportunamente a la ironía, al sarcasmo o a la explícita denuncia, trata de literatura, oratoria, academias y tertulias o bien de cuestiones históricas, lingüísticas, económicas y militares. No se le escapan tampoco las relaciones familiares y en concreto la educación y la instrucción, la condición de la mujer u otros aspectos más bien costumbristas —136 como los petimetres, coquetas, los rancios eruditos. Otros asuntos, tan caros a Feijoo a quien elogia, como la astrología, los almanaques y la superstición en general, son también motivos de crítica.

No se puede pues no atribuir a Cadalso intenciones reformistas e innovadoras. Y sin embargo su actitud frente a algunos significativos postulados y cuestiones de su tiempo, se muestra reticente e incluso adverso. Me refiero por ejemplo a la conquista y colonización americana, en relación al nuevo clima espiritual y cultural suscitado por los philosophes, y al retorno del mito del «buen salvaje». Cuando Cadalso compuso las Cartas marruecas, Voltaire ya había publicado su Essai en el que defendía al pueblo mejicano, Cornelius de Pauw sus Recherches philosophiques sur les Américains y Guillaume Raynal la Histoire philosophique et politique.

En toda Europa se discutía de los derechos del hombre interrogándose con inquietud sobre las «hazañas» del colonialismo, y en especial del español.

Sin embargo Cadalso que bien conocía las profundas razones que sostenían aquel vasto movimiento de revisión histórica, con patriótica coherencia, persevera en su «defensa de la nación española» justificando la conquista y devolviendo las calumnias a los «humanísimos países» esclavistas y negreros que a pesar de todo se erigían en jueces de España. Cuando considera a los pueblos vencidos aplica anticuados clichés tan gratos a algunos cronistas clásicos que los ven como salvajes, idólatras, comedores de carne humana.

Es significativa y emblemática, sobre todo si se consideran las censuras y críticas de que había sido objeto, en su misma patria, la figura del conquistador extremeño Hernán Cortés, propuesto ahora como modelo único y héroe a imitar. Por otra parte, con la apologética defensa del extremeño hecha en 21 puntos de la Carta IX tan convencida e inapelable, Cadalso se separa considerablemente de la línea —137 mantenida por otros contemporáneos suyos como los Moratines, Jovellanos, Meléndez Valdés, Montengón, Iglesias de la Casa, quienes más meditadamente anteponen, o bien colocan junto a Cortés, a otros ilustres personajes sacados de la historia y del epos españoles como el Cid, Pelayo, Álvaro de Bazán, el Gran Capitán.

Pasando ahora a otro tema, la actitud que Cadalso muestra hacia la clase que estaba emergiendo entonces, la burguesía, es necesario señalar que está determinada por una sincera incomprensión tal como testimonia el tono despreciativo e incluso grotesco empleado por Cadalso cada vez que lo trata. Considérese el episodio del «proyectista» en la narración que hace Nuño en la Carta XXXIV.

Se trata de un personaje/límite sobre cuya salud mental se pueden expresar las más serias dudas y que sin embargo permite a Cadalso generalizar, con evidente descrédito para todos los que, con fervor y lúcido empeño, han dedicado energía y dinero, y no sin riesgo, a la tentativa de enriquecer «los países en que se hallan». Presentando con ironía al «proyectista» y a sus imposibles canales, Cadalso acaba por rebajar la importancia del esfuerzo reformador de los ministros de Carlos III y de la generosa voluntad de cuantos, en su mayoría personas dedicadas a profesiones liberales y a actividades mercantiles, en las «Sociedades Económicas de Amigos del País» -que él bien conocía- trataban de modificar racional y radicalmente el cuadro social y cultural del país.

Idéntica incomprensión muestra Cadalso para con la ansiosa búsqueda de mejora social que anima a los sectores más activos de las clases artesanales y burguesas que si por un lado lleva al abandono de artes y oficios, por la pésima tendencia de ciertos padres a «colocar a su hijo más alto», por otra impulsa a los burgueses, identificados en el «caballero que acaba de llegar de Indias» de la Carta XXIV, a —138 ocupar espacios poco pertinentes a su clase y más bien a la nobleza.

Entre las causas de la crisis económica española, Cadalso señala la renuncia a la tradicional sencillez y sobriedad españolas en favor de un tenor de vida más elevado y dispendioso. El lujo, las modas servilmente imitadas, empobrecen a las familias y hacen a las pobres naciones esclavas de las que «por su genio inventivo e industrial» han sabido imponer su way of life llegando a influir incluso sobre el lenguaje.

Cadalso como político y filósofo es de la opinión de que se deba fomentar el «lujo nacional», es decir «dimanado de los artículos que ofrece la naturaleza sin pasar los Pirineos» (Carta XXXV), artículos producidos en España y fabricados por manos españolas. Una vez más, por boca de Gazel, vuelve Cadalso a proponer el ejemplo de la España laboriosa y esencial de Fernando e Isabel, excelente por sus fábricas de tapices, cerámicas, armas, producción de libros, en fin, agricultura.

Veamos cuál era la posición de Cadalso con respeto a la política. Cuando Gazel y Nuño hablan de políticos hacen una distinción prudente, entre quienes tienen la responsabilidad de aplicar la «ciencia de gobernar pueblos», quienes además son los detentadores autorizados y tradicionales del poder, y todos los demás, es decir los que «han usurpado este nombre» y que son los recién llegados a la escena política española en especial modo después de las reformas de Carlos III que introdujeron numerosos miembros de la clase media en el gobierno y municipalidades en contraste con el exclusivismo de las clases altas quienes desde siempre habían tenido a su cargo tales responsabilidades.

Contra éstos se arrojan los dos protagonistas citados con repetidas y violentas invectivas. Es una condena inapelable con las características de un juicio sumario. Estos políticos, grabados con el sello de la ambición y de la corrupción, —139 son ineptos, capaces de cualquier delito, veletas, frívolos y estúpidos. Si Cadalso pretendía con ello estigmatizar la difundida costumbre de tratar de política sin discernimiento ni conocimiento, y tal como había hecho en ámbito literario, quería crear la figura del político a la violeta, es necesario decir que en este caso no llegó a encontrar el justo tono. Adolece de garbo e ironía. Hallamos una insistente y generalizada incomprensión que puede entenderse como rechazo ante el progresivo avance de las masas populares en el campo político y como reacción a los cambios en sentido burgués y «democrático» que se iban produciendo en la España de su tiempo.

Para concluir esta personal lectura, sugerida por algunos de los aspectos temáticos de una obra tan sugestiva, podemos intentar un posible comentario conclusivo. En primer lugar, se puede afirmar que las Cartas marruecas más que «ambiguas» son, utilizando un término grato a Cadalso, «problemáticas» en el sentido de que reflejan el pensamiento de un hombre turbado hasta lo más profundo de su ánimo por inquietudes de orden moral, político y cultural; que advierte tal vez con mayor intensidad que otros contemporáneos suyos, la decadencia de una época a la que está ligado por educación e historia personal; que ve consumirse antiguos y básicos valores -como por ejemplo la cultura cristiana y tradicional- sin ser definitivamente reemplazados por otros; que es consciente de las aportaciones positivas de las nuevas filosofías, pero suficientemente escéptico para no creerlas resolutivas y que, finalmente, observa el mundo circundante, afectado ya por vastos cambios ideológicos y sociales y ya en fase pre-revolucionaria, a través de la lente de la moralidad y del raciocinio teñido de pesimismo, buscando por cualquier parte, como redivivo Diógenes, virtud, amistad, bondad, verdad.

Son por otra parte su misma problemática, sus frustraciones, su escepticismo e ironía junto a la actitud reformista e innovadora y a la humanidad de sus sentimientos -que tan manifiestos se encuentran en las Cartas marruecas- los que lo definen ideológicamente como ilustrado.


Mauricio Fabbri
de José Cadalso relator de
 las "Cartas Marruecas"

_______
Para ver el estudio
completo y anotado
en Biblioteca Virtual Cervantes
pinchar aquí





¿UN WERTHER ESPAÑOL?: AMBIENTE SEPULCRAL Y DOLOR ROMÁNTICO EN LAS NOCHES LÚGUBRES (Joaquín Juan Penalva y Marisa Payá Lledó)

-
Imagen creandoutopias.org

-
Desde antes incluso de su publicación, las Noches lúgubres de José Cadalso han despertado el interés, la inquietud y el desconcierto de muchos escritores y críticos. Hay en esa obra del autor de las Cartas marruecas y Los eruditos a la violeta una verdadera premonición del Romanticismo en España. De hecho, el profesor Russell P. Sebold ha llegado a afirmar que Cadalso podría ser considerado «el Werther español, por decirlo así», lo que, mutatis mutandis, equivaldría a defender que Goethe es el Tediato germano, pero eso sería ya mucho decir. De todas maneras, seguimos esa dirección para establecer las semejanzas y paralelismos que se dan entre las Noches lúgubres y Los sufrimientos del joven Werther. A pesar de todas las diferencias de ambiente, contexto cultural y género literario, hay entre ambos títulos un nexo de unión muy poderoso: el héroe.

Sorprende desde el primer momento que una obra producida en la España el siglo XVIII pueda emparentarse sin violencia con una de las más tempranas, al tiempo que sólidas, muestras del Romanticismo alemán. Las dos se escribieron aproximadamente en las mismas fechas, y, aunque la de Cadalso vio la luz bastante después, la fortuna editorial de que disfrutó fue considerable, si bien no llegó a los extremos de que disfrutó el Werther. Según Sebold, las «Noches lúgubres son en todos los aspectos tan radicalmente innovadoras como el Werther de Goethe, y aun es anterior la composición de la obra de Cadalso (1771), porque Goethe escribió su novela en abril y mayo de 1774. Las Noches lúgubres se publicaron por primera vez en el Correo de Madrid entre el 16 de diciembre de 1789 y el 6 de enero de 1790, mas comenzaron antes a influir sobre otros literatos, que las leyeron en manuscrito».

Hay una circunstancia que no podemos desdeñar a la hora de acercarnos a la producción de Cadalso: su sólida formación europea, fundamentalmente inglesa y francesa. Esto permite entender la aparición en España de una obra tan tempranamente romántica. No bebía tanto de la tradición hispánica -aunque también- como de la literatura europea, principalmente la inglesa. El propio autor así lo percibía, de ahí que, bajo la perspectiva de las Cartas marruecas, se refiriera a las Noches lúgubres de manera desenfadada, pues las consideraba como un capricho literario -no es casualidad que el género del capricho pictórico lo cultivara Goya, otro artista a caballo entre la Ilustración y el Romanticismo- que había pergeñado valiéndose de modelos ajenos al solar hispano: «Si el cielo de Madrid no fuese tan claro y hermoso y se convirtiese en triste, opaco y caliginoso como el Londres (cuya triste opacidad y caliginosidad depende, según geógrafo-físicos, de los vapores del Támesis, del humo del carbón de piedra y otras causas), me atrevería yo a publicar las Noches lúgubres que he compuesto a la muerte de un amigo mío, por el estilo de las que escribió el doctor Young. La impresión sería en papel negro con letras amarillas, y el epígrafe, a mi ver muy oportuno aunque se deba traer de la catástrofe de Troya a un caso particular, sería el de Crudelis ubique / Luctus, ubique pavor, et plurima noctis imago». Como acabamos de comprobar, Cadalso se refiere al episodio biográfico que dio pie a la composición de las Noches. En el caso de Los sufrimientos del joven Werther, Goethe se inspiró en el suicidio de un conocido.

(...)

Aunque el ambiente de las Noches lúgubres favorece la interpretación romántica de la obra, lo que realmente ha preocupado a los críticos ha sido el dolor romántico que padece Tediato, el protagonista. La fuente inmediata de la obra de Cadalso es Night Thoughts, de Edward Young, pero debe más a The Citizen of the World (1760-1762), de Oliver Goldsmith, autor que aparece citado en alguna ocasión a lo largo del Werther. Las dos caras del Siglo de las Luces se dan cita en 1771, año en que el coronel gaditano dio forma a las Noches lúgubres y a Los eruditos a la violeta, que debe su ser a Quevedo y a los prosistas satíricos españoles de la primera mitad del XVIII. Hay en Cadalso algo de Jano, pues su producción mira hacia épocas pasadas y, al mismo tiempo, alumbra el siglo XIX español

(...)

La crítica especializada ha señalado la muerte de la actriz María Ignacia Ibáñez -el 22 de abril de 1771- como el episodio biográfico que se encuentra en el origen de las Noches lúgubres. El propio autor había apuntado hacia la muerte de un amigo, escondiendo acaso la identidad de la actriz. Todo esto originó cierta leyenda, y se llegó a afirmar que el propio Cadalso intentó exhumar, como Tediato, los restos de su amada. Al parecer, no fue el caso, pero sí se le dio al asunto mucha publicidad. En realidad, Tediato nunca lleva a término sus propósitos iniciales, y, aunque el final de la obra es abierto, la impresión que le queda al lector es que, más que un héroe de la acción, es un héroe de la palabra.

(...)

En realidad, sólo en las últimas páginas la primera noche descubrimos las verdaderas intenciones de Tediato, que hasta ese momento se nos habían velado: «Objeto antiguo de mis delicias... ¡Hoy objeto de horror para cuantos te vean! Montón de huesos asquerosos... ¡En otros tiempos conjunto de gracias! ¡Oh tú, ahora imagen de lo que yo seré en breve! Pronto volveré a tu tumba, te llevaré a mi casa, descansarás en un lecho junto al mío; morirá mi cuerpo junto a ti, cadáver adorado, y expirando incendiaré mi domicilio, y tú y yo nos volveremos ceniza en medio de las de la casa».

La noche segunda supone una interrupción en el relato. Antes llegar Lorenzo, Tediato es apresado por la justicia al ser tomado por un asesino. El ambiente carcelero sustituye al sepulcral. Cuando se resuelve la confusión, el protagonista regresa al lugar donde había quedado con Lorenzo. Hay allí un niño, el hijo del sepulturero, que lo conduce hasta su casa. Cobra importancia el ambiente marginal, que se traduce en la cárcel y en la mísera morada de su compañero de cuitas.

Como a todo buen héroe romántico, a Tediato le preocupa mucho su aspecto exterior, que descuida a conciencia, intentando que sea un trasunto del estado anímico a que está sometido: «No tomé alimento; no enjugué las lágrimas; púseme el vestido más lúgubre; tomé este acero, que será..., ¡ay!, sí; será quien consuele de una vez todas mis cuitas». Y no sólo eso, sino que más adelante, el propio Tediato se pone en la piel de aquellos que le vean pasar: «Quien encuentre la comitiva de la justicia llevando un preso ensangrentado, pálido, mal vestido, cargado de cadenas que le han puesto y de oprobios que le dicen, ¿qué dirá? Allá va un preso ensangrentado». Efectivamente, se trata de una máscara de la que se vale el protagonista para exteriorizar su dolor. Como si fuera un disciplinante, Tediato recurre a un personal via crucis.

En esta segunda noche, el tiempo ha corrido en su contra, de ahí que, cuando sale de la cárcel y tan sólo falta una hora para el alba, la conmine para que se demore unas horas más: «¡Noche!, dilata tu duración; importa poco que te esperen con impaciencia el caminante para continuar su viaje y el labrador para seguir su tarea. Domina, noche, domina, y más y más sobre un mundo que por sus delitos se ha hecho indigno del sol».

La última noche es, con diferencia, la más breve de las tres. En ella encontramos de nuevo a Tediato y a Lorenzo. En las Noches lúgubres apenas hay acción, y eso lo demuestra el final abierto de la obra. Tediato reflexiona sobre su dolor y sobre los motivos que lo han conducido hasta tal extremo, pero, sobre todo, destaca su incapacidad para actuar. Para Tediato, la primera noche se puede resumir en «[t]ruenos, relámpagos, conversación con un ente que apenas tenía la figura humana, sepulcros, gusanos y motivos de cebar mi tristeza en los delitos y flaquezas de los hombres». La segunda, en cambio, supuso «[a]sesinato, calumnia, oprobios, cárcel, grillos, cadenas, verdugos, muerte y gemidos...». Ni siquiera en ese momento tan dramático pierde Tediato la noción de cuanto le rodea. Al aparecer Lorenzo, cuya desgracia familiar lo ha elevado ante los ojos del protagonista, que se ve reflejado a sí mismo en el dolor del sepulturero, lo retrata así: «¡Qué rostro! Siglos parece haber envejecido en pocas horas; tal es el objeto del pesar, semejante al que produce la alegría o destruye nuestra débil máquina en el momento que la hiere o la debilita para siempre al herirnos en un instante».

Aunque las Noches lúgubres tuvieron una legión de imitadores en la literatura española, lo cierto es que el final abierto de la obra rompía las expectativas de los lectores, ansiosos por descubrir hasta dónde llegaba la disposición de Tediato. A Cadalso ya no le faltaba nada para ser romántico, y, aunque no escatima ciertos detalles truculentos, sí priva al público del desenlace. Ese «Andemos, amigo, andemos» con el que Tediato se dirige a Lorenzo resultó insuficiente para muchos, de ahí que se conserven dos finales apócrifos y radicalmente opuestos. El primero de ellos se publicó en 1815, continuaba la tercera noche e implicaba la participación de un juez que impedía la profanación y desterraba al protagonista. A partir de 1822 se incorporó una cuarta noche a las tres de Cadalso. Éste es el final más efectista, pues Tediato recupera el cuerpo y, al despedirse del sepulturero, da a entender que se va a inmolar con él. Estos dos finales apócrifos, que no afectan en absoluto a la estructura ni al significado de las Noches cadalsianas, pueden servir como ejemplo del éxito de público de que gozó la obra, sobre todo en el primer tercio del siglo XIX, cuando la eclosión del Romanticismo español resultaba inminente.

Este éxito se tradujo también en una serie de imitadores que escribieron poemas, dramas y novelas siguiendo las pautas establecidas por Cadalso. El primero fue Juan Meléndez Valdés con Tristemio, diálogos lúgubres, en la muerte de su padre (1774), obra hoy perdida. A ésta le siguieron, entre otros, títulos como las Noches lúgubres de Manuel Rincón, las Noches tristes (1818) de José Joaquín Fernández de Lizardi, las Noches lúgubres (1828) de José Cagigal, los Días fúnebres de Francisco de Paula y Mellado y Las noches lúgubres (drama en verso) de Patricio de la Escosura.

Como ya se ha comentado, las Noches lúgubres beben de la literatura inglesa del XVIII, al igual que Los sufrimientos del joven Werther. No hay en ninguna de esas obras nada de sobrenatural, pues todo en ellas tiene una explicación racional. En ambos casos, el elemento pictórico, la construcción del paisaje y del ambiente, resulta fundamental. Hay en Tediato un profundo dolor de aliento romántico, pero su cerebro todavía se atiene a la más estricta ortodoxia ilustrada. Hay mucho de pose en cuanto dice y hace; es, ni más ni menos, un ilustrado despeinado y sucio, disgustado, dolido, pero, ¿es un romántico? No del todo, pues su romanticismo sólo es una pátina sobre un fondo ilustrado. En Cadalso, como en Goya, «el sueño de la razón produce monstruos», pero, a la hora del alba, las criaturas del Averno se convierten en animales domésticos o en batanes, tanto da.

En cuanto a Los sufrimientos del joven Werther, se trata de un diario disfrazado de novela epistolar. Se publicó por primera vez en 1774, aunque está ambientada en 1771 y 1772. Desde su aparición, el protagonista, Werther, fue enarbolado como el modelo de héroe romántico. De hecho, se llegó a hablar de una auténtica «Wertherfieber» o fiebre wertheriana, que se cobró muchas vidas, ya que los jóvenes, siguiendo el ejemplo del protagonista, se suicidaban. Las Noches lúgubres también provocaron desmanes en la juventud romántica española, aunque nunca se cobraron la alta tasa de suicidios que hicieron tristemente célebre al Werther, cuyo autor, en una ironía del destino, sobrevivió a todos los románticos. La primera traducción del Werther al español no apareció hasta 1803 en París, aunque luego tuvo bastante fortuna editorial en España.

Otro de los aspectos más difundidos de la novela de Goethe fue el «Werthertracht» o atuendo wertheriano, que se puso de moda entre la juventud alemana: «Ha sido difícil, hasta que me he decidido a dejar mi sencillo frac azul con que bailé por primera vez con Carlota; pero últimamente ya estaba impresentable. Entonces me he mandado hacer uno igual que el anterior, con el cuello y las solapas iguales, y también con chaleco y calzones amarillos». Desde su publicación, el Werther ha sido imitado en todas las literaturas europeas. En el caso de España, uno de los continuadores más aventajados de esa corriente ha sido el alicantino Gabriel Miró, quien en 1910 publicó Lascerezas del cementerio.

Asistimos en la novela de Goethe al desmoronamiento de un personaje. También Goethe, al igual que Cadalso, se inspiró en un suceso real: el suicidio de Karl Wilhelm Jerusalem, que se disparó con una pistola que tomó prestada a un amigo. Las primeras cartas de Werther a su amigo Guillermo están datadas en mayo de 1771. Al principio, todo es luminoso y la naturaleza se presenta de manera amable y hospitalaria. Werther es pintor, y de ahí que el paisaje juegue un papel fundamental en toda la novela. El momento de mayor esplendor se da cuando conoce a Carlota, pero ese amor degenera en destrucción cuando aparece en escena Alberto, el prometido de Carlota. Al final del primer libro, Werther decide marcharse y alejarse de ese amor imposible: «Se fueron por el paseo: yo me quedé quieto mirándoles ir bajo el claro de luna, y me arrojé por tierra, deshaciéndome en llanto. Luego, me puse en pie de un salto y corrí a la terraza: todavía vi allí abajo, a la sombra de los altos tilos, su traje blanco destacándose en la puerta del jardín: extendí mis brazos, y desapareció».

El segundo libro del Werther conserva la disposición epistolar, pero no todas las cartas están dirigidas a Guillermo, sino que hay algunas destinadas a Carlota y a su marido. No tarda el protagonista en abandonar sus nuevas ocupaciones y regresar al lado de su amada. A Werther le impresiona conocer la historia de un joven que, enamorado perdidamente de Carlota, había sido expulsado de su lado, enloqueciendo después. En determinados momentos, el protagonista se identifica con la naturaleza y ve en ella algo de su propia desgracia: «Sí, así es. Como la naturaleza se inclina hacia el otoño, así se hace otoño en mí y alrededor de mí. Mis hojas amarillean, y ya han caído las hojas de los árboles cercanos».

Pero no sólo ha cambiado en Werther la percepción del paisaje, sino que sus lecturas también se han modificado de manera drástica, pues Ossián ha sustituido a Homero como libro de cabecera, según confesión del héroe: «Ossián ha desplazado en mi corazón a Homero. ¡Qué mundo presenta este espléndido genio! ¡Caminar por las estepas, rodeado del zumbar del viento tempestuoso, que arrastra en nieblas húmedas los espíritus de los padres bajo la luz incierta de la luna! ¡Oír desde la montaña, en el estrépito del torrente del bosque, los lamentos medio disipados de los espíritus saliendo de sus cuevas, y las quejas de la muchacha que se angustia muriendo, sobre la lápida cubierta por el musgo y la hierba, de su amado, que cayó noblemente!». El ánimo de Werther ha sufrido un duro revés a causa de su amor no correspondido por Carlota, y ya le ronda por la cabeza la idea de la muerte: «¡Bien lo sabe Dios!, muchas veces me acuesto con el deseo, y aun a menudo con la esperanza, de no volver a despertar: y por la mañana abro los ojos, vuelvo a ver el sol y siento mi desdicha».

Todo se precipita en el tercer libro, donde se abandona el modelo epistolar y se recurre momentáneamente a la narración en tercera persona. El narrador recupera para el lector textos de diferente procedencia. Asistimos en este momento al ocaso del héroe, a su suicidio: «El desconsuelo y el hastío fueron echando raíces cada vez más profundas en el alma de Werther, entrelazándose firmemente hasta invadir poco a poco todo su ánimo». Al final, Goethe relata, en una escena bastante truculenta, el suicidio de su protagonista: «Por la sangre que había en el respaldo de la butaca se pudo deducir que realizó su acción sentado ante el escritorio, y luego cayó, saliéndose de su asiento en las convulsiones. Estaba contra la ventana, desfallecido, tendido de espaldas, completamente vestido, con botas, con el frac azul y el chaleco amarillo». Ningún sacerdote le acompañó en su entierro. Unos artesanos lo sepultaron en el lugar que él había elegido, que es precisamente lo que significa «Wahlheim», el sitio donde su dicha se había convertido en desgracia.

Asistimos en las Noches lúgubres y Los sufrimientos del joven Werther a dos manifestaciones del dolor romántico, el provocado por la muerte de la amada y el provocado por la ausencia de correspondencia amorosa. A pesar de la distancia geográfica, Tediato puede ser considerado como un hermano mayor de Werther. Ahora bien, estas torceduras de la razón, ¿estaban previstas por el sistema ilustrado? Probablemente, pero sólo valen para el caso de Tediato, pues, mientras que Werther era ya un héroe romántico, Tediato sólo representaba la faz oscura del Siglo de las Luces. Coincidieron en el tiempo debido a lo temprano del Romanticismo alemán, pero eran hermanos pertenecientes a generaciones distintas. En ocasiones, la historia de la literatura permite curiosas paradojas. Ésta es una de ellas.


Joaquín Juan Penalva
Marisa Payá Lledó
¿Un 'Werther español'?:
Ambiente sepulcral y dolor romántico
en las Noches lúgubres



_____
Texto completo
y anotado en
Biblioteca Virtual Miguel Cervantes
pinchando aquí




 

LA CELEBÉRRIMA "CARTA DE UN AMIGO DEL AUTOR". UNA LECTURA ROMÁNTICA DE LAS "NOCHES LÚGUBRES" DE CADALSO (Juan Rodríguez)


-
-

En una reseña de hace más de medio siglo, Jorge-Luis Borges, al hacer una reflexión acerca de la literatura como hecho histórico, advertía, en relación a una frase de Cervantes, de qué modo el tiempo había sabido «corregirle las pruebas» al mismísimo autor del Quijote . Pocos años después daría nombre y cuerpo a esa idea en la heroica tarea de un Pierre Menard empeñado en escribir aquella novela. Y es que, inevitablemente, todo texto literario está sometido al poder enriquecedor del tiempo, que acumula sobre él un aluvión de lecturas e interpretaciones suplementarias.

(...)
El caso de las Noches lúgubres de Cadalso parece especialmente ilustrativo de esa dimensión histórica del texto literario, no solamente por esas más de cuarenta y dos ediciones de la obra realizadas a lo largo del siglo pasado, que atestiguan con bastante claridad la recepción pasiva de ese texto, sino porque fue capaz de provocar una avalancha de textos paralelos y complementarios -prólogos, notas, continuaciones, imitaciones-, que subrayan hasta qué punto ese texto respondía al horizonte de expectativas del lector del siglo XIX: es decir, cuáles eran para ese lector los méritos y las carencias de la obra de Cadalso.

Casi podría decirse que buena parte de las interpretaciones que de un Cadalso romántico se han hecho en los últimos años parecen depender más de esa recepción romántica de las Noches lúgubres que de un análisis en profundidad de la obra del ilustre coronel. Sin embargo, una aproximación detenida a estos textos generados a partir de la lectura de las Noches cadalsianas ofrece, a mi juicio, los límites de esa identificación, las diferencias entre la visión racionalista y estoica de Cadalso y el interés fantástico que los lectores románticos añadieron a un texto que, no hay por qué negarlo, tocaba algunos aspectos gratos a aquellos lectores.

No es este el lugar de plantear un análisis exhaustivo de esos textos paralelos, tarea que, en buena medida, ha sido realizada ya por la crítica especializada. Intentaré un panorama general y un tanto superficial para dibujar el contexto en el que se sitúa la continuación de las Noches lúgubres que contiene la edición que José Torner realizó en Barcelona en el año 1828, de la que ningún crítico hasta el momento, que yo sepa, ha hablado.

(...)  en buena medida la consideración de las Noches como una obra romántica nace a partir de la identificación de autor y protagonista, es decir, de la generalización de una lectura biográfica del texto. Esa lectura que ya se apunta en la edición de 1817, se consolida en 1822 con la aparición de la celebérrima «Carta de un amigo» del autor. No parece casual que la publicación de dicha carta coincida con la de la «Noche cuarta».

No voy a entrar en el análisis de la mencionada carta que, por otra parte, ha sido reproducida ya con mucha frecuencia y cuya falsedad ya demostró en su momento Glendinning; pero sí me interesa comentar algunos aspectos que inciden en la recreación del mito del Cadalso enamorado. En primer lugar hay que señalar que el autor de la mencionada carta es el primero en poner en cuestión la autenticidad de los acontecimientos relatados en las Noches, por lo menos lo sucedido en la «Segunda noche». Hay, además, en la «Carta» un error significativo: la identificación de Dalmiro con Juan de Iriarte; error que sólo tiene sentido si tenemos en cuenta que desde 1817 la mayor parte de las ediciones incorporan la ya mencionada colección de poemas de «Tediato a la muerte de Filis». La identificación entre Cadalso y Tediato dejaba fuera de lugar a ese Dalmiro que aparece en algunos de los poemas y para el cual había que buscar una nueva identidad, aun a riesgo de que entonces alguno de esos poemas perdieran parte de su sentido, o adquirieran alguno un tanto extraño (pruébese si no la lectura, con dicha identificación, de la célebre anacreóntica a la muerte de Filis y se obtendrá un inesperado ménage à trois).

A todo ello habría que añadir que, como reconocía el propio editor en una nota, la historia relatada en dicha carta -en la que, además, se justifica el carácter inconcluso de la obra- entraba en franca contradicción con el final que el personaje tiene en la «Noche cuarta», pues si en aquella el escritor, tras impedírsele cumplir su propósito, es condenado al destierro, en la noche apócrifa logra desenterrar el cadáver, llevarlo a su casa e inmolarse con él, intención que Tediato ya había manifestado al final de la «Noche primera». Un desenlace, sin duda, mucho más romántico que el de cualquiera de las versiones anteriores en las que, en ningún momento, se llegaba a consumar el suicidio.

(...)

Lo primero que llama la atención es el desarrollo que ha sufrido, en las noches de 1828, la escenografía terrorífica y sepulcral. Cadalso había echado mano de ese género de tradición filosófica en la Europa de su época, pero la descripción del entorno en sus Noches queda limitada a las consideraciones iniciales de Tediato. En realidad, a Cadalso, más que la presentación de un escenario horroroso, le interesa subrayar la percepción anómala que Tediato tiene de todo cuanto le rodea.

Por el contrario, en la continuación anónima los diferentes decorados y paisajes, de gusto mucho más claramente romántico, son reproducidos con un mayor detalle. En la primera noche los dos personajes se reencuentran junto a unas ruinas; en la segunda, el lugar de la cita será una «escarpada roca inmediata al mar» (p. 138), en medio de una «horrorosa tempestad» (p. 153), lo que da lugar a la presentación de una escenografía de gusto inconfundible:


«¡Qué negros nublados!... El aire los impele y los va aglomerando... Aquellas ráfagas de luz que de cuando en cuando se dejan ver en el horizonte hacen más horrorosa la noche. El mar se embravece... Todo anuncia una próxima tempestad... (...) Qué furioso se pone el mar. Con qué ímpetu se estrellan las olas contra este peñasco...».

(...)

El personaje de Tediato tiene, en esta apócrifa segunda parte, bastante menos consistencia que en las Noches de Cadalso. Ha perdido, por supuesto, aquella tendencia reflexiva y filosófica que caracterizaba al Tediato cadalsiano, de la que únicamente queda una repetición constante del tópico del ubi sunt. Padece, bastante acentuada, una fuerte inclinación al suicidio -que contrasta con su voluntad de «vender cara» la vida cuando confunde a Lorenzo con unos asesinos (p. 125), o con la necesidad de «sujetarse a las altas disposiciones del que todo lo dirije». (p. 157), que transmite al náufrago desesperado por la muerte de su familia-, «una mortal melancolía» que le «conduce a pasos largos al sepulcro», que es su único consuelo (p. 140-141). También aparece, algo acentuado en relación a la obra de Cadalso, el egocentrismo del personaje que huye del contacto social, que se refugia en la noche:


«Errante, perdido, solitario y triste corro por estos montes haciendo resonar con mis suspiros las concavidades de las rocas. En vano me entrego a un dolor que me atormenta y me consume. Fatigado y lloroso veo pasar el largo día esperando hallar un alivio en la noche. Llega la noche y el consuelo que esperaba no parece... (...). Me presento en la sociedad y aquellos objetos que constituyen las delicias de los hombres son mis principales martirios. Huyo de la sociedad, busco el retiro, voy en pos de las tinieblas...»

(...)

También bastante más acentuado que en las Noches lúgubres de Cadalso hallamos en esta continuación el tema del horror, en el que su anónimo autor se recrea con mucha frecuencia.


«¡Temblar! y ¿de qué? ¿De este aparato majestuoso que la naturaleza presenta?... Tiemblen en buen hora los malvados, tiemblen esos inicuos que niegan la existencia de una mano superior: esos ilusos que quieren atribuir al acaso el desarrollo de todos estos fenómenos que el Ser supremo presenta para dar una débil idea de su ilimitada omnipotencia. Estos sí que a la vista de una escena tan tremenda han de anonadarse, mas nosotros...».

Otros temas secundarios que aparecían en las Noches lúgubres de Cadalso se repiten también en las de 1828. Por ejemplo, el tema de la cárcel -Lorenzo se ha escapado de ella para ver a sus hijos-, o el de la amistad y la utilidad de los amigos, que queda aquí invertida en cuanto que es Tediato quien conduce a Lorenzo hasta el lugar donde se hallan sus hijos y que en ningún momento alcanza la profundidad filosófica que tenía en la obra de Cadalso.


En definitiva, estas tres noches apócrifas señalan, a mi juicio, con bastante claridad la distancia que media entre 1771 y 1828. Constituyen un testimonio excepcional de cuál fue la lectura que los románticos hicieron de la obra de Cadalso. Partiendo como partía del núcleo argumental y temático de las noches cadalsianas, el anónimo autor de las románticas selecciona y potencia aquello que más le atrae a él y a sus lectores. De aquel texto de profundas raíces estoicas y de continua reflexión filosófica no ha quedado más que un decorado de cartón piedra, una obsesión por la muerte y un gusto por los detalles macabros que hubiese puesto los pelos de punta al sereno Dalmiro.

Al mismo tiempo, la comparación de ambos textos, la misma historia editorial de las Noches lúgubres, pone de manifiesto hasta qué punto Cadalso introdujo en su obra algunos rasgos que los lectores de la primera mitad del siglo XIX iban a reconocer como modernos. No es necesario, creo, proyectar sobre Cadalso la sombra del Romanticismo, ni siquiera hablar de anticipaciones. No, Cadalso no se anticipó a su tiempo porque era un hombre de su tiempo. Las Noches lúgubres responden a una inquietud plenamente ilustrada, a ese interés que en el último tercio del siglo XVIII se despierta por todo lo sentimental y sus consecuencias. Interés didáctico, casi científico, que no tiene todavía mucho que ver con la identificación de los poetas románticos.

Lo que, en última instancia, debe enseñarnos el ejercicio de reflexión histórica aquí propuesto es que nunca estuvieron los siglos XVIII y XIX tan lejos como pretendieron algunos historiadores románticos y nacionalistas. Que la noción de individualidad, el egocentrismo que manifiesta el Tediato de 1828, hunde sus raíces en aquella indagación acerca del subjetivismo, de las limitaciones que el sentimiento impone a la percepción, en la razón ilustrada con que combate los fantasmas el Tediato de 1771.
  

Juan Rodríguez
Publicado en
El mundo hispánico en el siglo de las luces,
vol. II, Madrid, Editorial Complutense, 1996


-
-



_____
Ir a las Noches lúgubres

pinchando aquí

Entradas relacionadas

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...