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FRANCISCO CABARRÚS, CONDE DE CABARRÚS




El conde de Cabarrús
(Goya, 1788. Banco de España)
TEXTOS ESCOGIDOS DE LAS "CARTAS" DE CABARRÚS:
Luces, imprenta y libertad de expresión
Para evitar la corrupción: separación de poderes
Mancebías y prostitución
¡Qué cruel este Madrid: manda, cobra, disfruta...
Hemorragia legislativa en la Ilustración
La libertad de expresión y sus límites
¡Qué injustas y crueles son las leyes con nosotras! Madres solteras en el s. XIX
La educación, seglar, según Cabarrús
La enseñanza, seglar: exclúyase de esta importante función todo cuerpo y todo instituto religioso
ESTUDIOS Y ENLACES:
El Informe de Jovellanos y las Cartas de Cabarrús (Lecturas hispánicas)
Cabarrús: el éxito de un inmigrante (Lucía Nuin Pérez)
Las propuestas de Cabarrús en materia de salud (Gerard Jori)
Las "Cartas" de Cabarrús (1808) y la tradición reglamentista europea en materia de prostitución (Juan Jiménez Salcedo)
Las "Cartas" de Cabarrús (Felipe Giménez Pérez)
Wikipedia





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Francisco Cabarrús Lalanne (Bayona, 1752 - Sevilla, 27 de abril de 1810) fue un financiero de origen francés y naturalizado español.



Hijo de Domingo Cabarrús Fourcade, propietario de una casa de comercio en la ciudad francesa de Bayona, cuando tenía 18 años su padre lo envió a España (primero al país vasco español, luego a Zaragoza y finalmente a Valencia) para que completase su formación como negociante. En Valencia se asentó en casa de un comerciante francés y se casó con la hija de su anfitrión, Antonia Galabert Casanova; al no realizar el trámite de pedir permiso para ese acto civil en Francia, quedó obligado a desarrollar su carrera en España, y el matrimonio se estableció en Carabanchel Alto (Madrid). De este matrimonio nació Teresa Cabarrús.
El Informe sobre la Ley Agraria de Jovellanos
y las Cartas de Cabarrús

Sus cualidades para las finanzas y su visión ilustrada de la sociedad le granjearon la amistad de Gaspar Melchor de Jovellanos y de los condes de Campomanes, Floridablanca y Aranda. A Cabarrús se debió la idea de emitir vales reales para hacer frente a los cuantiosos gastos de la guerra con el Reino Unido (1779 - 1783) por el asunto de la Independencia de los Estados Unidos, para lo cual se asoció con el banquero vascofrancés afincado en España Jean Drouilhet, con Muzquiz y con otros financieros europeos y, en 1782 ideó el proyecto de creación del Banco de San Carlos, primer banco nacional español, que emitió el primer papel monedaimpreso en el reino, los llamados vales reales. En 1789 Carlos IV le otorgó el título de conde de Cabarrús.

Creó asimismo la Compañía de Comercio de Filipinas e inició el Canal de Cabarrús, hoy en día Canal de Isabel II. Se interesó también en varios proyectos para la apertura de canales de navegación, que nunca se completaron. Uno de ellos fue el Canal de Guadarrama, con la pretensión de abrir una vía navegable desde Madrid hasta el Atlántico, vía la conexión con el Guadalquivir. Igualmente se interesó por hacer navegable el río Llobregat en Barcelona y así dar impulso a la zona, siguiendo los buenos resultados obtenidos en Francia con el canal del Midi y el canal del Languedoc.

Su carrera se vio alterada por la enemistad con importantes personajes políticos. Cuestionado por sus ideas y por un supuesto fraude, fue encarcelado en 1790. Dos años más tarde, cuando recobró la libertad, volvió a ocupar altos cargos durante los reinados de Carlos IV y José I Bonaparte.Desde agosto de 1808 ejerció como Superintendente General de la Real Hacienda. En 1809 José Bonaparte lo nombró Caballero Gran Banda de la Orden Real de España, máximo rango de la máxima condecoración que podía lucir un afrancesado.

Murió en Sevilla en 1810 siendo ministro de Finanzas con José I Bonaparte. Fue enterrado en la Capilla de la Concepción de la catedral de Sevilla, en panteón próximo al del Conde de Floridablanca. En 1814, acabada la Guerra de la Independencia, su cadáver fue exhumado y precipitados sus huesos en la fosa común del Patio de los Naranjos, donde se enterraba a los reos de pena capital. Según otras versiones, sus huesos fueron arrojados al Guadalquivir. (Wikipedia)




CABARRÚS: El éxito de un inmigrante (Lucía Nuin Pérez)


Cuando Francisco llegó a España por primera vez hizo una parada en Zaragoza junto a un corresponsal de su padre y termina en Valencia junto a otro, lo que refuerza la idea de que su llegada formaba parte de una estrategia familiar y que su viaje vino preparado desde Bayona. Además esto es un claro ejemplo de cómo funcionaban las redes familiares y comerciales de la comunidad de comerciantes franceses, que es la que facilitó la integración de Cabarrús en España. Vemos como esta comunidad ejercía una fuerte solidaridad de grupo ya que se ve que no sólo es la familia Cabarrús la que apoya a Francisco, sino que en cuanto pasa a formar parte de la familia Galebert Cabarrús, se vio integrado y respaldado por el nuevo grupo, beneficiándose tanto de la red de contactos de los Cabarrús en España como la de los Galabert. Desde este momento ya contaba con un grupo mayor en el que apoyarse y con el que poder contar en caso de necesitar ayuda, como se ve claramente en 1772 (año de su llegada a Carabanchel) cuando es una vez más un lazo familiar el que les permite desplazarse y entrar en un nuevo negocio.

Lucía Nuin Pérez
Francisco Cabarrús: el éxito de un inmigrante
de Los extranjeros en la España Moderna
Actas del I Coloquio Internacional
Málaga, 2002


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y debidamente anotado


LAS PROPUESTAS DE CABARRÚS EN MATERIA DE SALUD (Gerard Jori)

El conde de Cabarrús, financiero de origen francés naturalizado español, es normalmente recordado por su idea de emitir valores reales para hacer frente a los gastos de la guerra contra Inglaterra y, sobre todo, por haber planteado el proyecto de creación del Banco de San Carlos, primer banco nacional que existió en España. Hacia 1793 y 1794, durante el periodo de prisión de cinco años al que estuvo sometido, Cabarrús redactó el grueso de unas Cartas sobre los obstáculos que la naturaleza, la opiníon (sic) y las leyes oponen a la felicidad pública, que no serían publicadas hasta 1808. Aunque esta obra de estilo epistolar constituya un extenso comentario a uno de los primeros borradores del Informe de la Ley Agraria de Jovellanos, en ella aparece perfectamente reflejado el pensamiento político, económico y social del financiero ilustrado, quien además anticipó, de forma casi visionaria, algunas situaciones que el futuro había de confirmar, tales como la existencia de un sistema monetario universal. En este apartado aludiremos brevemente a las consideraciones introducidas por el autor en relación a la asistencia social y el resguardo de la salud colectiva.
En la Carta I del libro, Cabarrús manifestó una honda preocupación por el gran número de pobres que había en España, sugiriendo como solución al problema un plan de centralización y racionalización de la acción asistencial. En esencia, el autor propuso que se empleara a los pobres hábiles en la construcción de las infraestructuras que el país necesitaba, tales como caminos, canales y puertos. La base de dicho plan consistía en la creación de un “fondo de socorros” que canalizase a través del Estado todos los recursos dedicados a la beneficencia, y mediante el cual se sufragasen los gastos de construcción de las obras públicas. Además, el financiero ilustrado sugirió que se creara en cada localidad una junta de caridad compuesta por el alcalde, el cura y un mínimo de tres vecinos para atender a las necesidades asistenciales de la población incapacitada para el trabajo.
Seguidamente, Cabarrús formuló una serie de propuestas para mejorar la situación de los expósitos, enfermos y desempleados forzosos. En cuanto a los primeros, el autor censuró la secular costumbre de estigmatizar a las madres que alumbraban hijos ilegítimos, pues, según él, ello alentaba el abandono de los mismos, y propuso que los niños desamparados fueran dados en adopción en vez de ser recogidos en instituciones asistenciales. Por lo que respecta a los enfermos, Cabarrús criticó abiertamente la situación de los hospitales españoles, donde, en su opinión, “lejos de distraer al enfermo, concurren como a porfía todos los objetos capaces de atormentar su imaginación”. Consecuentemente, se mostró partidario de que la asistencia médica fuera proporcionada en los domicilios particulares de los enfermos por facultativos municipales. “Arreglado así –añadió el financiero–, quedarían sólo para los hospitales, o aquellos hombres destituidos de toda conexión y parentesco, o aquellas enfermedades contagiosas, o aquéllas que piden operaciones extraordinarias”. Del mismo modo, el ilustrado desaprobó el recogimiento de las mujeres y niñas impedidas, sugiriendo como alternativa que este colectivo se dedicara a hilar tejidos de lana, cáñamo, lino y algodón en sus respectivas casas, para lo cual habría que proporcionarles las materias primeras necesarias.
En la quinta de las Cartas redactadas por Cabarrús, titulada “Sobre la sanidad pública”, el ilustrado formuló diferentes medidas para reducir la incidencia de algunas de las afecciones más mortíferas de la época. El autor dedicó una gran atención a la viruela, que recomendó combatir mediante el internamiento en lazaretos de los infectados por la temida enfermedad, de forma idéntica a como se hacía con la peste. Cabarrús detalló algunas de las características que habrían de tener los establecimientos cuarentenarios, cuya edificación se sufragaría con el fondo de socorros que había ideado. Además, señaló que, de llevarse a cabo su propuesta, se resolvería rápidamente la polémica en torno a la inoculación de la viruela, pues “se quitaría a sus adversarios el solo argumento razonable con que la contradicen, mirándola como un nuevo medio de propagar tan terrible enfermedad de nuestras poblaciones”.
Otro de los temas sanitarios abordados por Cabarrús es el de la prevención de la sífilis. Como era habitual en la época, el ilustrado relacionó la difusión de esta enfermedad con “el asqueroso libertinaje y la infame prostitución”. No obstante, al profundizar en las causas que explicaban la perversión de las buenas costumbres, el autor convirtió su escrito en un auténtico alegato en favor del divorcio, pues desde su punto de vista la secularización del matrimonio y la posibilidad de disolver esta unión contribuirían a reducir el número de adulterios, la demanda de prostitutas y, por ende, la propagación de las enfermedades venéreas. Cabarrús también sugirió un sistema de control del trabajo sexual con el fin de frenar el avance del mal gálico. Su propuesta radicaba en la apertura de mancebías en las principales poblaciones de España, donde las prostitutas podrían ejercer su actividad bajo determinadas condiciones: el burdel debería quedar bajo la autoridad de un regidor municipal y ser custodiado por un piquete de tropa; las mujeres adscritas a cada mancebía tendrían que ser visitadas diariamente por un médico y portar un distintivo durante sus salidas fuera del establecimiento; cualquier denuncia de contagio debería ser admitida a trámite sin comprobar su veracidad; las prostitutas enfermas serían obligadas a guardar cuarentena en un lazareto, y al tercer contagio serían deportadas a las colonias; etc.
Cabarrús también se ocupó de la prevención de las tercianas. Desde su punto de vista, era evidente que la aparición de esta enfermedad estaba relacionada con la presencia de aguas estancadas. Sin embargo, la constatación de que la dolencia también afectaba a los lugares secos le llevó a vincular su incidencia con la persistencia de determinadas situaciones de pobreza y marginalidad: “estas observaciones me harían discurrir que los malos alimentos, el rocío de las noches para el pobre que prefiere la inclemencia al ambiente abrasador de su reducida y mal abrigada choza, en fin, la falta de ropa para mudar la que se halla demasiado humedecida, todo esto contribuye a las tercianas; y si así fuese, el origen de éstas sería la miseria, y las providencias que disminuyesen ésta, disminuirían también aquella epidemia”. De ahí que el autor sugiriera un sistema de lucha contra las tercianas basado en la ayuda económica a los más necesitados a través de cajas de socorros públicos.
El ilustrado de origen francés abordó someramente otros temas relacionados con el quehacer sanitario. Por ejemplo, criticó la excesiva burocratización del máximo órgano político-administrativo de la sanidad española, la Junta Suprema de Sanidad, a la que además reprochó que “sólo se aviva cuando oye hablar de peste”. Por el contrario, abogó por organizar una política sanitaria centralizada y de conjunto dedicada a combatir de forma permanente las enfermedades de mayor incidencia social, proponiendo para ello que un cuerpo de facultativos fuera revestido de la autoridad necesaria para ocuparse adecuadamente del resguardo de la salud pública.

Gerard Jori
La política de salud en 
el pensamiento ilustrado español.
Principales aportaciones teóricas.
Revista electrónica de Geografía y Ciencias Sociales
Barcelona, 2012


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y debidamente anotado






LAS "CARTAS" DE CABARRÚS (1808) Y LA TRADICIÓN REGLAMENTISTA EUROPEA EN MATERIA DE PROSTITUCIÓN (Juan Jiménez Salcedo)

En lo que respecta al vínculo entre la prostitución y la ley, éste no era nuevo en el siglo XVIII. Desde la Edad Media hasta el endurecimiento de la ley bajo Luis XIV, la prostitución en Europa conoció periodos de represión salpicados de momentos d tolerancia más o menos largos durante los cuales ciertos ayuntamientos favorecieron la prostitución como único medio de mantener el orden social establecido (Harsin 1985: 66). Es el caso de la prostitución en la ciudad de Florencia durante el siglo XV: en 1403 el gobierno de la ciudad establecía un "Oficio de la Honestidad" que tenía como deber el vigilar la moralidad de los ciudadanos de la ciudad, y sobre todo de alejarlos de las prácticas de sodomía que se habían expandido por la misma. Para ello, el Oficio instituyó una especie de burdel público en el que trabajaban numerosas meretrices extranjeras. Florencia favorecía de esa manera la prostitución en beneficio de la erradicación de la homosexualidad masculina y de un aumento de la tasa de natalidad (Trexler 1981: 984).

Juan Jiménez Salcedo
Las "Cartas" de Cabarrús (1808) y la
tradición reglamentista eurpea en
materia de prostitución.
Anales de Filología Francesa, n.º 16, 2008


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MANCEBÍAS Y PROSTITUCIÓN (Conde de Cabarrús)




Es menester hacer a las enfermedades venéreas la misma guerra que a las viruelas, y voy a arriesgar mis ideas sobre este asunto.
Creo que la primera providencia es el restablecimiento de las mancebías, destruidas precisamente entre nosotros cuando la sanidad pública exigía su conservación y la vigilancia más exacta del Gobierno.
¡Establecer mancebías! ¡qué escándalo..! Pues creed vosotros, hombres timoratos, que es fácil la castidad: que el Gobierno puede y debe reprimir y castigar los individuos de uno y otro sexo que la quebrantan: creed que los impulsos de la naturaleza cederán a su vigilancia: creed que no hay mujeres públicas, y que se puede evitar que las haya. Yo no tengo la fortuna de preferir estas ilusiones de un buen celo a las demostraciones de mi vista y de mi razón. 
La una me dice que estos abusos que negáis, existen y pululan, la otra me convence de que mientras un hombre esté sin mujer o una mujer sin hombre, mientras las instituciones sociales impidan esta union pura y legítima, existirán otras que no podréis castigar sin la mayor injusticia. ¡Y cuántos de estos infelices objetos de vuestro rigor atrabiliario le desarmarían si presenciaseis las lágrimas ardientes con que en la soledad de las noches bañan sus solitarios lechos aquellos jóvenes reducidos a un celibato violento; aquellos esposos discordes y condenados por un lazo indisoluble a una horrible viudez. Si vieseis cómo en la lucha de un temperamento indomable, y del oprobio o censura que los espera, acusan alternativamente o la ley o la naturaleza, cómo venciendo esta por fin a todos nuestros convencionales reparos, se indemnizan con el vicio de los placeres puros y honestos a que eran acreedores!.... Permitid pues que se procuren disminuir los riesgos que acompañan a este desorden inevitable, y tal vez os convenceréis de que las precauciones que exige la sanidad pública, redundarán en beneficio de las costumbres mismas.
Claro está que las mancebías sólo serán útiles donde son precisas e indispensables, esto es, en las grandes poblaciones, y que el primer freno puesto a la prostitución en las aldeas, sea la terrible amenaza del destino a la mancebía más inmediata.
Esta mancebía debería igualmente ser sin piedad ni excepción alguna para toda mujer que se prostituyese en los demás barrios, de forma que por el solo hecho de ejercer este infame oficio sin la autorización de la policía, estaría expuesta a una graduación de penas, desde la condenación a la mancebía, que sería la primera, hasta la deportación a las colonias, que sería la mas grave. 
La definición de la prostitución no había de ser arbitraria, sino ceñida a su legítimo sentido, esto es, a lo que llamaban los latinos quoestum corporis faceré. Y de ningún modo se habían de confundir con ella ni las fragilidades del amor, ni aun el simple amancebamiento de dos personas, sin queja fundada de las partes agraviadas y legítimas. 
Averiguada la prostitución por testigos, quedaba anulado el matrimonio, si la prostituida era casada, independiente ella de cualquiera otra autoridad que la de las leyes, y libre el marido de contraer otro matrimonio, a menos de probarle la complicidad en la prostitución; en cuyo caso incurriría precisamente en la pena de deportación a las colonias. 
Estas mancebías, bajo la autoridad del Regidor (suponiendo a este electivo, y no hereditario) o de Alcaldes de Corte especialmente nombrados, debían ser guardadas por un piquete de tropa y con centinelas en las principales calles, y patrullas diarias que mantuviesen el buen orden y evitasen todos los excesos. 
Se habían de destinar facultativos de la mayor probidad, y con dotaciones que los hiciesen inaccesibles a toda seducción para visitar diaria y exactamente aquellas mujeres, y bajo la misma pena de deportación habían de avisar sin perder un instante de cualquiera que se hallase contagiada, no tan sólo al Magistrado, sino también al oficial de guardia, para que inmediatamente consignase con una centinela la puerta de la casa inficionada, hasta que se condujese la enferma al hospital destinado para este objeto. 
Asimismo habían estos facultativos de dictar las reglas de limpieza y de sanidad que disminuyesen los riesgos del contagio. 
Para que en los paseos y teatros estas mujeres fuesen conocidas, se había de señalarlas un distintivo, como v. g. una pluma amarilla en la cabeza, sin la qual no pudiesen salir, y que serviría al propio tiempo a su resguardo, como si ejerciesen su oficio en su mismo barrio en el discurso del día, no permitiéndolas trasnochar fuera de él. 
Ademas del número de la manzana, todas las casas debían tener un rotulo que expresase los nombres, edades y patria de los inquilinos para favorecer las reclamaciones y comprobación de todo desorden.



Francisco Cabarrús



EL INFORME DE JOVELLANOS Y LAS CARTAS DE CABARRÚS



París, 11 de julio de 1789: el pueblo se alza contra el Antiguo Régimen y toma la Bastilla.  En España, reciente aún la muerte del buen Carlos III ―El Político, El Mejor Alcalde de Madrid―, el miedo se apodera de su sucesor Carlos IV, hombre preparado pero débil, y  atenaza también a la nobleza.  Añadido a ello el agravamiento de una economía terriblemente enferma por razones sistemáticas y, en especial, por una administración inoperante, se comprenderá el atrincheramiento involucionista de la Monaquía y el fin de una esperanzada época de reformas.
Y con el miedo, se hace el silencio.
Francisco Cabarrús Lalanne, el financiero más importante del momento, creador del Banco de España (entonces de San Carlos), promotor de la primera emisión de deuda pública, y con numerosos enemigos en aquel momento por su talante reformista, es perseguido y encarcelado en el castillo de Batres, en Madrid, por una supuesta malversación.
Reina el silencio. Los sucesos de París pesan en España. 
Solo una voz, valiente, leal, digna, e indignada por dicho apresamiento, se deja oír. Pero nadie la escucha. Es la de Jovellanos ―consejero de Órdenes, entonces en Salamanca por motivos oficiales―, que se planta en Madrid ante el mismísimo Campomanes. Pero el Presidente del Consejo de Castilla no lo recibe. Todos en la corte le hacen el vacío porque todos saben que busca razones. Pero las luces que hasta hacía solo unos meses prometían iluminarlo todo en Madrid, se han apagado.
Y mientras, en Francia, Luis XVI y su esposa, la célebre María Antonieta, intentan una fuga inmediatamente abortada.  El pánico, el terror, crece entre nuestra nobleza. Y Jovellanos, crítico y por ello también peligroso, caerá igualmente en desgracia. Se cuestiona su precipitado regreso a Madrid sin los permisos oficiales y se le ordena marchar hacia Asturias en una misión oficial que, en realidad, encubre un auténtico destierro para que en la capital siga reinando el silencio. En palabras de Manuel Álvarez-Valdés, Jovellanos se jugó su presente y su futuro –y los perdió– por apresurarse a correr, desde Salamanca a la Corte, para defender a su amigo Cabarrús, caído en desgracia[1]
Asentado ya en su Gijón natal, Jovellanos acomete interesantes trabajos y proyectos, pero sobre todo concluirá un estudio que le ha llevado años: El informe sobre la Ley Agraria (1795).
Pero, ¿quién es Jovellanos y por qué ha resultado ser un personaje tan valorado como escasamente conocido? ¿Dónde esconde esas credenciales que lo hacen pasar, próximo al genial Goya, como una de las figuras más representativas de la Ilustración española del siglo XVIII? Jovellanos, sí. Mucha gente habla de Jovellanos. Muchos saben quién fue Jovellanos. Y hasta se le pone cara por el célebre retrato del pintor aragonés. Pero, ¿qué hizo para pasar a la Historia con nombre y brillo propios? Estos interrogantes no encuentran en Jovellanos la respuesta precisa que hallarían, por ejemplo, en el mismo Goya, o en Cervantes o en Carlos I, o en Cristóbal Colón. ¿Dónde reside, pues, el atractivo del personaje histórico que ha pasado a ser Jovellanos? No será por su prosa, a pesar de ser la mejor del siglo XVIII, según Menéndez Pidal. Menos aún por su poesía. Nada inventó. Ninguna idea vital, absolutamente propia y personal aportó. Ni se le conocen actos puntuales especialmente heroicos, al margen del mentado episodio por el apresamiento de su amigo Cabarrús. ¿Cuál es, pues, el secreto que esconde Jovellanos para que pensadores de la talla de Julián Marías lo sitúen junto a Goya, como la figura más representativa de la Ilustración española? En realidad ningún logro espectacular, pero sí un montón de grandes detalles todos ellos prendidos a un único y vital hilo conductor: su honradez. Jovellanos fue, por encima de todo, un hombre leal, con todo lo que ello implica.  Cuando uno es honrado y leal consigo mismo, es digno.  Si lo es con los demás, es honorable. Si con los suyos y con lo suyo, patriota. Y, en todo momento, sin necesidad de esos actos puntuales heroicos, el hombre honrado, casi de una pieza (y ponemos el casi porque estamos entre humanos), mantiene una actitud de constante valentía. Ahí está el enigma de este críptico personaje que, a pesar de dejarnos unos interesantes Diarios, poco o nada nos revela de sí mismo. Porque la generosidad de Jovellanos solo mira hacia fuera, todo lo entrega. Él mismo se entrega.  
Pero vayamos, aunque sea brevemente con su Informe.  Para empezar, un monumento literario. Y no se lleve a engaño el lector por el  prosaico título ni por la propia naturaleza burocrática del texto, pues tiene en sus manos la obra económica española más editada, comentada y discutida, y probablemente más leída, de los tres últimos siglos[2]. ¡Y ello a pesar de que, durante muchos años y hasta hace bien poco, resultaba poco menos que inaccesible incluso a los especialistas por estar incluido en el Índice de libros prohibidos y por la inercia editorial posterior de tal circunstancia![3].  No, no se asuste el lector, pues la  lectura pausada del Informe constituye o puede constituir una experiencia placentera y fructífera por el análisis económico contenido, por su claridad sistemática, por el brillante estilo literario y por la relevancia en la historia española. Es el escrito que ha proporcionado mayor reconocimiento a Jovellanos y constituye además una obra sobresaliente en el pensamiento económico y político español [4].
A un liberal le sobran muchas normas. Y, de hecho, el Informe lejos de proponer una nueva Ley Agraria aboga por la abolición de las muchas existentes, verdaderos obstáculos a la eficacia productiva del sector agrario, único entonces capaz de evitar el hambre y la pobreza que acuciaban a aquella España negra. Jovellanos expone la situación, la analiza y ensaya soluciones.  Tres son los principales estorbos (hoy hablaríamos con menor precisión de "obstáculos") que impiden una agricultura aprovechada:
Los políticos o legales. Eliminando toda la legislación que molesta y cuestionando especialmente los baldíos, las tierras concejiles, la prohibición del cerramiento de terrenos, los privilegios de la Mesta, las manos muertas y los mayorazgos, la circulación sin trabas aduaneras de los productos de la tierra y todas aquellas contribuciones que dificultan la producción y el libre comercio.
Los morales o de opinión, fomentando la ciencia y la instrucción técnica, tanto en los gobernantes, como en los propietarios como en los labradores. 
Y los físicos o naturales. Esos estorbos geográficos y climáticos que enturbian el mejor aprovechamiento de la tierra, planteando problemas de riegos por falta de agua o de transporte por los propios accidentes naturales, que pueden y deben resolverse para un fluido transporte, terrestre o fluvial. Aquí se harán necesarias obras de mayor o menor envergadura, pero el propio Jovellanos alerta que, sin embargo, son mucho más fáciles de resolver estos estorbos físicos que los dos anteriores, derivados de la política, la moral, el prejuicio o la ignorancia.
En definitiva el problema económico de España, dice Jovellanos, no está ni en su geografía, ni en su clima ni en la tierra. El problema está en la falta de los mínimos conocimientos y las necesarias actitudes para abordarlo de una forma adecuada.  Jovellanos pudo haber optado por descargar en su Informe los lugares comunes (hoy diríamos las opiniones políticamente correctas) imperantes. Pero, valientemente, esgrimió su propia y personal visión, una visión ilustrada de años de estudio y análisis, contraria al obsoleto sistema feudal todavía vigente. Por eso, el Informe sobre la Ley Agraria constituye un valioso documento para conocer la época y el lugar, las costumbres, los problemas económicos y la forma de afrontarlos y, cómo no, también por su carácter de herramienta de análisis, e incluso método y plantilla para sucesivos estudios de igual naturaleza. De ahí su enorme éxito no solo en España sino internacionalmente, con nada menos que cinco traducciones europeas en la propia época[5].  Sin olvidar su influencia en puntuales acontecimientos del siglo XIX. De hecho ―tiene dicho Francisco Tomás y Valiente―, las ideas de Jovellanos influirán notablemente en los liberales que pusieron en marcha las desamortizaciones del siglo XIX gracias a la enorme difusión de su Informe[6].
Jovellanos sería consciente en todo momento de la transcendencia y futura repercusión de su trabajo, a pesar de las dificultades habidas tras un primer destello de reconocimiento. Enormes dificultades.  Pues en 1800, de nuevo Godoy en el poder, ordena su detención y confinamiento en el mallorquín castillo de Bellver. Liberado en 1808, tras el motín de Aranjuez, rechazó formar parte del gobierno de José Bonaparte (y aquí se distancia de Cabarrús), fiel siempre a la independencia de su patria, anteponiéndola a las propias ideas afrancesadas, muchas de las cuales compartía. Y pasó a formar parte de la Junta Central (gobierno español frente a la ocupación francesa), en representación de su querida Asturias. Poco después, tras diversos avatares en aquellos tiempos revueltos, murió de un ataque de pulmonía en una más de las huídas a que vergonzosamente fue sometido.

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En el mismo contexto histórico en que Jovellanos había concluido con éxito su Informe, y a modo de comentarios al mismo, el propio Francisco Cabarrús, ya repuesto y liberado, y Conde de Cabarrús, redactó sus famosas Cartas sobre los obstáculos que la naturaleza, la opinión y las leyes oponen a la felicidad pública, dirigidas a Jovellanos.
El texto está compuesto de cinco cartas: “Sobre los cortos obstáculos que la naturaleza opone a los progresos de la agricultura, y los medios de removerlos” (Carta ); “Sobre los obstáculos de opinión y el medio de removerlos con la circulación de luces, y un sistema general de educación” (Carta 2ª); “Sobre los obstáculos de legislación, respectivos a la circulación de los frutos y a las imposiciones” (Carta 3ª); “Sobre la nobleza y los mayorazgos” (Carta 4ª) y “Sobre la sanidad pública” (Carta 5ª). Las cinco se hallan precedidas de una sexta “Carta al Excelentísimo Señor Príncipe de la Paz”, que Cabarrús dirige a Godoy como preámbulo de su obra, en la que expone los obstáculos que España debe sortear para alcanzar la felicidad, aspiración capital de la ideología ilustrada.
Estas curiosas Cartas, complemento interesante y contextual al Informe de Jovellanos, no precisan de mayor comentario puesto que el propio Cabarrús se ocupa de hacerlos casi de forma pormenorizada. Pero sí conviene destacar que constituyen un verdadero exponente de la mentalidad rousseauniana. Y es curioso ver en ellas la confluencia de dos tipos de ambiciones en cierta medida opuestas: de un lado, la postulada libertad que exige una mínima intervención del estado; y de otro, un casi enfermizo afán reglamentador, propio también de la época, que tiende a regular los detalles más nimios de la convivencia. Curioso es, a título de ejemplo, el primer proyecto unitario de reglamentación y control de la prostitución en España contenido en la quinta Carta.

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Lecturas hispánicas, presenta en esta edición los dos textos completos, tanto el Informe de Jovellanos como las Cartas (las cinco, que con la dirigida a Godoy hacen seis). Es de advertir que el Informe contiene notas a pie de página del propio Jovellanos.  A tales notas hemos añadido algunas de nuestra propia cosecha (también a las Cartas), como de costumbre no con una finalidad científica sino de mera aclaración, complemento o curiosidad, propia de la naturaleza divulgadora que inspira a nuestras ediciones. Por la misma razón, hemos añadido la traducción de los textos latinos contenidos en el Informe, así como un índice de nombres en la edición impresa.


                   lecturas-hispanicas.com




[1] ÁLVAREZ-VALDÉS Y VALDÉS, Manuel: Jovellanos, enigmas y certezas. Fundación Alvargonzález. Gijón,  2002.
[2] VICENT LLOMBART: El Informe de la Ley Agraria y su autor en la historia del pensamiento económico, trabajo que forma parte de la publicación colectiva: Reformas y políticas agrarias en la historia de España (De la Ilustración al primer franquismo) Madrid, 1996, Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación
[3] ÁLVAREZ-VALDÉS refiere, de primera mano esta dificultad a finales de la década de los 40: …las posibilidades de conocer de primera mano alguna obra de Jovellanos eran prácticamente inexistentes; y no digamos el Informe sobre la Ley Agraria, que estaba incluido en el Índice de libros prohibidos por la Iglesia, a pesar de lo cual la selección de Francisco Cantero recoge una parte. (Ob. cit.).
[4] VICENT LLOMBART y  JOAQUÍN OCAMPO SUÁREZ-VALDÉS: "Para leer el Informe de la ley Agraria, de Jovellanos". REVISTA ASTURIANA DE ECONOMÍA. RAE Nº 45 2012.
[5] Ver LLOMBART y OCAMPO. Ob. cit.
[6] TOMÁS Y VALIENTE, Francisco. El marco político de la desamortización en España Barcelona: Ariel,1972.  



¡QUÉ CRUEL ES ESTE MADRID! MANDA, COBRA DISFRUTA... (Conde de Cabarrús)


¡Qué cruel es este Madrid! Manda, cobra, disfruta. Pero trátese de que compre a las mismas provincias que despojó. Ha de ser al contrario en razón de su conveniencia. La naturaleza quiere un año que el trigo valga ochenta reales, lo pagará solo por sesenta. Embargará los medios de conducción, les señalará un precio inferior , suplirá con un tanteo o una violencia privilegiada la previsión que no tuvo. Pondrá un administrador en Getafe que le envié los aceites de Andalucía, y que se constituya arbitro absoluto de este género. Todo el oro del erario y la substancia de las provincias se emplearán en luchar a su favor contra las relaciones de las cosas. Y si algún aldeano de las inmediaciones quisiese participar momentáneamente de estas ventajas, si intentare llevar a su familia uno de aquellos panes amasados con sus lágrimas y su sangre, le esperan a la puerta aquellos guardas y aquel registro limítrofe que separan a Madrid del reino.

Amigo, la naturaleza no nos hizo para amontonarnos en grandes ciudades, y las sociedades primitivas son pequeñas. Es tan imposible gobernar bien una gran ciudad como un grande hospital o un gran reino. El hombre es débil y limitado, y el gobierno estará mejor cuando estén más subdivididos los objetos que deba abrazar. Conozco lo que debe el progreso de las luces a las grandes poblaciones; pero también veo lo que cuestan a la felicidad de la especie humana, y quisiera que todo concurriese a resistir la funesta tendencia que atrae a Madrid las riquezas de las provincias, y que entorpece la circulación.


Francisco Cabarrús
Cartas del Conde Cabarrús




HEMORRAGIA LEGISLATIVA EN LA ILUSTRACIÓN (Conde Cabarrús)




¡Ah! no es mi sensibilidad la que en este punto habla, no. Es toda mi alma, acusando de lentitud a los cielos y provocando su rayo vengador, para que descienda sobre este horrible edificio de jurisprudencia que, con la sagrada y fatal inscripción de la ley, no es en realidad más que una cueva humedecida en sangre, donde cada pasión atormenta y devora impunemente sus víctimas. No amigo, mi entendimiento sólo es el que recorre con espanto aquella mole inmensa e incoherente de teocracia, de republicanismo, de despotismo militar, de anarquía feudal, de errores antiguos y de extravagancias modernas. Aquella mole de treinta y seis mil leyes, con sus formidables comentadores. Y no titubeo un instante: prefiero a la subsistencia de tan monstruosa tiranía la libertad, los riesgos y los bosques de la naturaleza. Me atrevo a decirlo, ningún bien, ningún alivio, ningún proyecto útil es compatible con nuestro sistema de jurisprudencia. El despotismo sin leyes causaría un daño menor.


Francisco Cabarrús
Cartas del Conde Cabarrus


LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN Y SUS LÍMITES EN EL ILUSTRADO CONDE DE CABARRÚS

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La sociedad debe en primer lugar a sus conciudadanos la más libre comunicación de sus luces, y en segundo los auxilios que deben prometerse de su formación.
¡La libertad de las luces! Jamás, lo confieso, he podido comprender las dificultades de que se ha erizado este punto, tal vez demasiado sencillo a mis ojos. ¿Qué límites debe tener en la sociedad la libertad de las opiniones, de la palabra y de la escritura que la reproducen? El mismo que las acciones; esto es, el interés de la sociedad. Mi libertad cesa, cuando ofendo, o al pacto que me la asegura, o a los demás garantes de ella.
Ahora, pues, si no me es lícito insultar a un hombre, ¿me sería lícito calumniarle, denigrarle por escrito y con más publicidad y trascendencia? No me es lícito apedrear la casa municipal, interrumpir las deliberaciones comunes, alterar el orden y tranquilidad pública, ¿y me lo sería cometer por medio de la imprenta un atentado equivalente? Mi propia seguridad me prohíbe andar disfrazado en las calles, por el abuso que pueden hacer los malvados de este disfraz, ¿y me sería lícito ocultar o fingir mi nombre en un escrito, de lo cual pueden resultar iguales daños? Vea vmd. dimanar de estas proposiciones sencillas toda la teoría de la libre circulación de las ideas. Póngase precisamente en todas las obras el nombre del autor y el del impresor: firmen uno y otro el manuscrito, y ambos sean responsables a las quejas que dieren los agraviados, o la parte pública si la ofensa fuese a la sociedad. Ni alcanzo más, ni concibo la posibilidad de un solo caso que no esté comprendido dentro de estos dos límites.


Francisco Cabarrús
Cartas del Conde Cabarrús


¡QUÉ INJUSTAS Y CRUELES SON LAS LEYES CON NOSOTRAS! - MADRES SOLTERAS EN EL SIGLO XIX (El Conde de Cabarrús)





"¡Qué injustas y crueles son las leyes con nosotras! Nacida en un estado pobre pero criada en las máximas más estrechas del recato y de la virtud, cedí a mi corazón y al amor de un joven mi igual, que se hallaba contraído en secreto con otra. Habiéndose traslucido las consecuencias de esta primera fragilidad, hecha el objeto del rigor inconsiderado de mi familia y de la murmuración de cuantos me conocían, tuve que evitar ambas persecuciones en una ciudad. Quise servir, mi estado me descubrió y desacomodó muy presto; imploré el amparo de uno de aquellos establecimientos dedicados al parecer a estos objetos pero sus leyes me excluían hasta la inmediación del parto. Tuve que refugiarme en casa de una mujer que la indigencia había envilecido. Para pagarla y subvenir a las primeras necesidades de la vida, tuve que principiar este infame oficio. Me hallé precisada a abandonar a mi hijo y sufriendo los trabajos y dolores con que la naturaleza pensiona el nombre de madre, hube de renunciar a todos los consuelos que le endulzan. Desde entonces, ningún día sin lágrimas, sin remordimientos, y sin el continuo martirio de mis sentidos y de mi corazón; igualmente infeliz cuando el infame salario profana las predilecciones de que es susceptible, como cuando acalla y reprime la aversión y la repugnancia. Siempre acosada por la necesidad y la opinión. Irrevocablemente desechada por la sociedad. Precisada al vicio que castiga. Condenada cuando quisiera contentarme con el más parco sustento a ganar aun con qué saciar la codicia y desarmar la severidad. No pudiendo descansar un instante, ni en lo pasado sin remordimiento, ni en lo presente sin dolor, ni en lo venidero sin espanto. La muerte es el único puerto que me queda… Hombres inconsecuentes y desapiadados, que respetáis la corrupción debajo el dosel, y solamente cuando toda conspira a hacerla indisculpable, ¡ah! no, no es el vicio el que castigáis, es siempre la debilidad y la desgracia. Pero sáciese de una vez vuestro implacable rigor, contemplad nuestra suerte: es tan atroz y tan horrible que bastaría a espiar, no digo nuestras culpas, pero tal vez vuestros mucho más execrables delitos."


Francisco Cabarrús
Cartas del Conde Cabarrús




LA EDUCACIÓN, SEGLAR, SEGÚN EL ILUSTRADO CONDE DE CABARRÚS


¿Y dónde encontraremos los maestros? En todas partes donde haya un hombre sensato, honrado, y que tenga humanidad y patriotismo. Si los métodos de enseñanza son buenos, se necesita saber muy poco para este, que de suyo es tan fácil.
Pero sobre todo, exclúyase de esta importante función todo cuerpo y todo instituto religioso.
La enseñanza de la religión corresponde a la iglesia, al cura, y cuando más a los padres, pero la educación nacional es puramente humana y seglar, y seglares han de administrarla. ¡Oh amigo mío! no sé si el pecho de vmd. participa de la indignación vigorosa del mío al ver estos rebaños de muchachos conducidos en nuestras calles por un Esculapio armado de su caña. Es muy humildito el niño, dicen, cuando quieren elogiar a alguno. Esto significa que ya ha contraído el abatimiento, la poquedad, o si se quiere, la tétrica hipocresía monacal. ¿Tratamos por ventura de encerrar la nación en claustros y de marchitar estas dulces y encantadoras flores de la especie humana?
Aquella edad necesita del amor y de las entrañas de padre, ¿y la confiamos a los que juraron no serlo? Necesita de la alegría y de la indulgencia, ¿y la confiamos a un esclavo o a un déspota? ¡Por qué extraño trastorno de todos los principios han usurpado así sucesivamente las mas preciosas funciones de la sociedad tantos institutos fundados en la separación y abnegación de ella!
El maestro de cada pueblo y de cada barrio, suponiendo toda una generación criada por este método, debería ser el mejor padre y el mejor marido. Debería este empleo tener en el ayuntamiento y en todos los actos públicos un asiento distinguido. Debería dotarse competentemente. ¿Y por qué la gratitud pública no había de conservar la memoria de aquellos que le desempeñasen mejor? El arte sublime de formar hombres, ¿no equivaldría a la ciencia funesta y fácil de destruirlos o degradarlos?


Francisco Cabarrús
Cartas del Conde Cabarrús


LA ENSEÑANZA, SEGLAR: EXCLÚYASE DE ESTA IMPORTANTE FUNCIÓN TODO CUERPO Y TODO INSTITUTO RELIGIOSO (Conde de Cabarrús)



Hagan en aquella primera edad lo que harán en lo restante de su vida. Pasen las horas de la comida y del sueño dentro de su casa y rodeados de su familia, y sólo dediquen a la instructiva y divertida sociedad de sus condiscípulos todo aquel tiempo que habrán de pasar algún día en la sociedad de los hombres sus semejantes.
He hablado de diversión. ¿Y quién duda que puede unirse con el estudio, ni que toda la educación de aquella edad debe participar de su alegría, y que todo el arte está en instruirla jugando?
¿Quién, al ver la talla desmedrada, los miembros raquíticos, las facciones desfiguradas por una larga contracción de melancolía y de ceño, del mayor número de individuos que nos rodean, no acusa nuestro insensato rigorismo, y no echa de menos la educación de los antiguos?
El paseo, la carrera, la lucha y el nadar, al tiempo que fortalecían el cuerpo de los niños, y aumentaban su actividad, les daban ideas exactas de las distancias, de las dimensiones, de los pesos, de los fluidos, les acostumbraban a la agilidad y la limpieza. Las relaciones que se establecen en todas las sociedades así de niños como de hombres, les hacían muy presto perfeccionar el idioma o el arte de comunicarse sus ideas, la lógica o el de convencerse en sus disputas, la aritmética o el de fijar las cantidades. Sígase este modo y no habrá ejercicio o juego que no inculque por medio de la práctica la teoría de las áridas lecciones.
Lo que se necesita, pues, es un local destinado a estos ejercicios. Exceptuando la proporción de nadar, de que carecen algunos pueblos, a todos los del campo sobran las demás. Y nuestras ciudades, tan fecundas en establecimientos sobrantes, podrían destinar una huerta o jardín dentro de cada barrio, reduciéndola a sombra y yerba.
¿Y dónde encontraremos los maestros? En todas partes donde haya un hombre sensato, honrado, y que tenga humanidad y patriotismo. Si los métodos de enseñanza son buenos, se necesita saber muy poco para este, que de suyo es tan fácil.
Pero sobre todo, exclúyase de esta importante función todo cuerpo y todo instituto religioso.
La enseñanza de la religión corresponde a la iglesia, al cura, y cuando más a los padres, pero la educación nacional es puramente humana y seglar, y seglares han de administrarla. ¡Oh amigo mío! no sé si el pecho de vmd. participa de la indignación vigorosa del mío al ver estos rebaños de muchachos conducidos en nuestras calles por un Esculapio armado de su caña. Es muy humildito el niño, dicen, cuando quieren elogiar a alguno. Esto significa que ya ha contraído el abatimiento, la poquedad, o si se quiere, la tétrica hipocresía monacal. ¿Tratamos por ventura de encerrar la nación en claustros y de marchitar estas dulces y encantadoras flores de la especie humana?
Aquella edad necesita del amor y de las entrañas de padre; ¿y la confiamos a los que juraron no serlo ? Necesita de la alegría y de la indulgencia ; ¿y la confiamos a un esclavo o a un déspota? ¡Por qué extraño trastorno de todos los principios han usurpado así sucesivamente las mas preciosas funciones de la sociedad tantos institutos fundados en la separación y abnegación de ella!


Francisco Cabarrús
Cartas del Conde Cabarrús




LUCES, IMPRENTA Y LIBERTAD DE EXPRESIÓN (Conde Cabarrús)



¿Quiere vmd., pues, que el pacto social se fortifique y arraigue en los corazones, y que todos ellos conspiren a la observancia de las leyes, y se indignen de su quebrantamiento? Explíquese su origen y los beneficios que nos produce.
En una palabra, amigo mío, la sociedad debe en primer lugar a sus conciudadanos la más libre comunicación de sus luces, y en segundo los auxilios que deben prometerse de su formación.
¡La libertad de las luces! Jamás, lo confieso, he podido comprender las dificultades de que se ha erizado este punto, tal vez demasiado sencillo a mis ojos. ¿Qué límites debe tener en la sociedad la libertad de las opiniones, de la palabra y de la escritura que la reproducen? El mismo que las acciones; esto es, el interés de la sociedad. Mi libertad cesa, cuando ofendo, o al pacto que me la asegura, o a los demás garantes de ella.
Ahora, pues, si no me es lícito insultar a un hombre, ¿me sería lícito calumniarle, denigrarle por escrito y con más publicidad y trascendencia? No me es lícito apedrear la casa municipal, interrumpir las deliberaciones comunes, alterar el orden y tranquilidad pública, ¿y me lo sería cometer por medio de la imprenta un atentado equivalente? Mi propia seguridad me prohíbe andar disfrazado en las calles, por el abuso que pueden hacer los malvados de este disfraz, ¿y me sería lícito ocultar o fingir mi nombre en un escrito, de lo cual pueden resultar iguales daños? Vea vmd. dimanar de estas proposiciones sencillas toda la teoría de la libre circulación de las ideas. Póngase precisamente en todas las obras el nombre del autor y el del impresor: firmen uno y otro el manuscrito, y ambos sean responsables a las quejas que dieren los agraviados, o la parte pública si la ofensa fuese a la sociedad. Ni alcanzo más, ni concibo la posibilidad de un sólo caso que no esté comprendido dentro de estos dos límites.

Francisco Cabarrús
Cartas del Conde Cabarrús


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