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EL CAMINO DE EL DORADO (Arturo Uslar Pietri)





-Diga señor soldado, ¿son muchas las riquezas que se promete encontrar nuestro general?

Don Fernando de Guzmán, que cabalgaba delante, al oír la pregunta volvió la cabeza, y alzando la voz para dominar el fuerte ruido de la lluvia y para que le oyeran los soldado, dijo:

-El Perú y la Nueva Granada, no son nada, comparados con este reino de los Omaguas que vamos a conquistar. Muchos han oído su fama y algunos soldados han visto de lejos la maravillosa ciudad donde habita su rey. Figúrese su merced, que es tres o cuatro veces mayor que Sevilla, todos los techos son de oro, el rey se cubre todas las mañanas de una resina olorosa y sobre ella le espolvorean con canutos de oro volador. Cuando sale al sol encandila a los que lo miran.

La visión de El Dorado era ya familiar en el fondo de aquellos ojos duros. Mucho habían oído de él, mucho lo habían soñado. Lo olían entre el vaho de la selva como el amizcle de un animal salvaje.



En todas las chozas, a ratos, como una chispa, se iluminaba en los ojos el nombre de El Dorado.

Pedro de Miranda, el mulato, era el que hablaba en el fondo de la cabaña oscura entre los apiñados rostros febriles que lo oían:

-Toda la ciudad es de oro. Las paredes, los techos, las calles. Tienen ídolos tamaños así como yo, todos de oro macizo. Y es grando como Sevilla, con sus torres y sus puentes. El Dorado, que es el rey, anda cubierto de polvo de oro y reluce como una onza nueva. Todo se mira amarillo de oro. Todo es de oro. De noche dicen que relumbra como las brasas de un brasero.


-Pero ¿quién lo ha visto? ¿Quién lo ha visto? –preguntaba entre la sombría barba un rostro de ojos ardientes.



Arturo Uslar Pietri
El camino de El Dorado, 1947


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