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UN READY-MADE: LA SERIEDAD DE UN LIBRO CARGADO DE PRINCIPIOS (Roberto Bolaño)

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Amalfitano caminó hasta la parte delantera de su jardín estragado y estiró el cuello y se asomó a la calle y no vio ningún coche ni vio a Rosa y apretó con fuerza el libro de Dieste que aún sostenía en su mano izquierda. Y después miró el cielo y vio una luna demasiado grande y demasiado arrugada, pese a que aún no había caído la noche. Y luego se dirigió otra vez hacia el fondo de su jardín esquilmado y durante unos segundos se quedó quieto, mirando a diestra y siniestra, adelante y atrás, por si veía su sombra, pero aunque aún era de día y hacia el oeste, en dirección a Tijuana, aún brillaba el sol, no consiguió verla. Y entonces se fijó en los cordeles, cuatro hileras, atados, por un lado, a una especie de portería de fútbol de dimensiones más pequeñas, dos palos de no más de un metro ochenta enterrados en la tierra y un tercer palo, horizontal, claveteado a los otros por ambos extremos, lo que les concedía, además, cierta estabilidad, y del que pendían los cordeles hasta unos ganchos fijados en la pared de la casa. Era el tendedero de la ropa, aunque sólo vio una blusa de Rosa, de color blanco con bordados ocres en el cuello, y un par de bragas y dos toallas que aún chorreaban. En la esquina, en una casucha de ladrillos, estaba la lavadora. Durante un rato se quedó quieto, respirando con la boca abierta, apoyado en el palo horizontal del tendedero. Después entró en la casucha como si le faltara oxígeno y de una bolsa de plástico con el logotipo del supermercado al que iba con su hija a hacer la compra semanal extrajo tres pinzas para la ropa, que él se empecinaba en llamar «perritos», y con ellas enganchó y colgó el libro de uno de los cordeles y luego volvió a entrar en su casa sintiéndose mucho más aliviado.

La idea, por supuesto, era de Duchamp.

De su estancia en Buenos Aires sólo existe o sólo se conserva un ready-made. Aunque su vida entera fue un ready-made, que es una forma de apaciguar el destino y al mismo tiempo enviar señales de alarma. Calvin Tomkins escribe al respecto: Con motivo de la boda de su hermana Suzanne con su íntimo amigo Jean Crotti, que se casaron en París el 14 de abril de 1919, Duchamp mandó por correo un regalo a la pareja. Se trataba de unas instrucciones para colgar un tratado de geometría de la ventana de su apartamento y fijarlo con cordel, para que el viento pudiera «hojear el libro, escoger los problemas, pasar las páginas y arrancarlas». Como se puede ver, Duchamp no sólo jugó al ajedrez en Buenos Aires. Sigue Tomkins: Puede que la falta de alegría de este Ready-made malheureux, como lo llamó Duchamp, resultara un regalo chocante para unos recién casados, pero Suzanne y Jean siguieron las instrucciones de Duchamp con buen humor. De hecho, llegaron a fotografiar aquel libro abierto suspendido en el aire –imagen que constituye el único testimonio de la obra, que no logró sobrevivir a semejante exposición a los elementos– y más tarde Suzanne pintó un cuadro de él titulado Le ready-made malheureux de Marcel. Como explicaría Duchamp a Cabanne: «Me divertía introducir la idea de la felicidad y la infelicidad en los ready-mades, y luego estaba la lluvia, el viento, las páginas volando, era una idea divertida.» Me retracto, en realidad lo que Duchamp hizo en Buenos Aires fue jugar al ajedrez. Yvonne, que estaba con él, terminó harta de tanto juego-ciencia y se marchó a Francia. Sigue Tomkins: En los últimos años, Duchamp confesó a un entrevistador que había disfrutado desacreditando «la seriedad de un libro cargado de principios» como aquél y hasta insinuó a otro periodista que, al exponerlo a las inclemencias del tiempo, «el tratado había captado por fin cuatro cosas de la vida».

Esa noche, cuando volvió Rosa del cine, Amalfitano estaba viendo la televisión sentado en la sala y aprovechó para decirle que había colgado el libro de Dieste en el tendedero de ropa. Rosa lo miró como si no hubiera entendido nada. Quiero decir, dijo Amalfitano, que no lo he colgado porque previamente lo hubiera mojado con la manguera ni porque se me haya caído al agua, simplemente lo he colgado porque sí, para ver cómo resiste la intemperie, los embates de esta naturaleza desértica. Espero que no te estés volviendo loco, dijo Rosa. No, no te preocupes, dijo Amalfitano, poniendo cara de despreocupación, precisamente. Te lo aviso para que no lo descuelgues. Simplemente haz de cuenta que el libro no existe. Bueno, dijo Rosa, y se encerró en su cuarto.




Roberto Bolaño
2666



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AL CABO DE UN TIEMPO APARECEN SUS CUERPOS EN EL DESIERTO (Roberto Bolaño)

Imagen: El pez volador



–Ésta es una ciudad completa, redonda –dijo Chucho Flores–. Tenemos de todo. Fábricas, maquiladoras, un índice de desempleo muy bajo, uno de los más bajos de México, un cártel de cocaína, un flujo constante de trabajadores que vienen de otros pueblos, emigrantes centroamericanos, un proyecto urbanístico incapaz de soportar la tasa de crecimiento demográfico, tenemos dinero y también hay mucha pobreza, tenemos imaginación y burocracia, violencia y ganas de trabajar en paz. Sólo nos falta una cosa –dijo Chucho Flores.

Petróleo, pensó Fate, pero no lo dijo.

–¿Qué es lo que falta? –dijo.

–Tiempo –dijo Chucho Flores–. Falta el jodido tiempo.

¿Tiempo para qué?, pensó Fate. ¿Tiempo para que esta mierda, a mitad de camino entre un cementerio olvidado y un basurero, se convierta en una especie de Detroit? Durante un rato estuvieron sin hablar. Chucho Flores sacó un lápiz de su americana y una libreta y se puso a dibujar rostros de mujeres. Lo hacía con extrema rapidez, totalmente abstraído, y también, según le pareció a Fate, con cierto talento, como si antes de convertirse en periodista deportivo Chucho Flores hubiera estudiado dibujo y se hubiera pasado muchas horas tomando apuntes del natural. Ninguna de sus mujeres sonreía. Algunas tenían los ojos cerrados. Otras eran viejas y miraban a los lados, como si esperaran algo o alguien acabara de llamarlas por su nombre. Ninguna era bonita.

–Tienes talento –dijo Fate cuando Chucho Flores acometía su séptimo retrato.

–No es nada –dijo Chucho Flores.

Después, básicamente porque seguir hablando del talento del mexicano le producía cierto embarazo, le preguntó por las muertas.

–La mayoría son trabajadoras de las maquiladoras. Muchachas jóvenes y de pelo largo. Pero eso no es necesariamente la marca del asesino, en Santa Teresa casi todas las muchachas llevan el pelo largo –dijo Chucho Flores.

–¿Hay un solo asesino? –preguntó Fate.

–Eso dicen –dijo Chucho Flores sin dejar de dibujar–. Hay algunos detenidos. Hay algunos casos solucionados. Pero la leyenda quiere que el asesino sea uno solo y además inatrapable.

–¿Cuántas muertas hay?

–No lo sé –dijo Chucho Flores–, muchas, más de doscientas.

Fate observó cómo el mexicano empezaba a esbozar su noveno retrato.

–Son muchas para una sola persona –dijo.

–Así es, amigo, demasiadas, incluso para un asesino mexicano.

–¿Y cómo las matan? –preguntó Fate.

–Eso no está nada claro. Desaparecen. Se evaporan en el aire, visto y no visto. Y al cabo de un tiempo aparecen sus cuerpos en el desierto.



Roberto Bolaño
2666


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A PROPÓSITO DE "2666" DE ROBERTO BOLAÑO: CIUDAD JUÁREZ RUTA DEL NARCOTRÁFICO Y "PATIO INDUSTRIAL" DE ESTADOS UNIDOS (Ángeles Donoso)






Cualquier reseña sobre 2666 resulta insuficiente. Esta novela de más de mil páginas se escapa a cualquier tipo de definición, de abstracción, de resumen. Roberto Bolaño no nos entrega aquí una historia, sino muchas, demasiadas. No hay una interpretación o una visión de la realidad, sino opiniones encontradas, versiones disímiles. Entre los distintos propósitos de los personajes, nos encontramos con la persecución de un escritor de culto, la intención de descubrir (y encubrir) el asesinato de numerosas mujeres en Santa Teresa y la lucha por la supervivencia en la Segunda Guerra Mundial. Pero eso no es todo.

Quizás es necesario señalar, para comenzar, que 2666 no es un libro sino cinco libros. O un libro con cinco partes: “La parte de los críticos”, “La parte de Amalfitano”, “La parte de Fate”, “La parte de los crímenes” y “La parte de Archimboldi”. Ahora bien, no hay que pensar en la segunda parte como la continuación (de cualquier naturaleza) de la primera, ni siquiera como un racconto o una segunda visión de los mismos hechos. Y esto mismo ocurre con el resto de las otras “partes”. Al llegar al final del libro, no se llega al fin ni al cierre de nada. Sin embargo, al leer la historia de Archimboldi, se puede vislumbrar la idea de cierto principio u origen (aunque no se trata, en ningún caso, de una novela “contada al revés”).

Una segunda idea muy importante es que, a pesar de todas las “partes”, versiones, personajes e historias que componen esta novela, 2666 no se construye ni se presenta al lector como algo caótico. En la contratapa del libro se propone la idea de un “agujero negro” en la que todas estas historias y personajes se irán precipitando hasta llegar al vacío. Pienso que este agujero negro tiene un referente directo en la historia mexicana, en la historia de Ciudad Juárez, para ser más precisos. Lo que finalmente une, de una u otra manera, a todos los personajes son los asesinatos que se suceden inexplicablemente en la ciudad de Santa Teresa (trasunto de Ciudad Juárez en la novela). Todos los personajes llegan a Santa Teresa por diferentes motivos: los críticos de literatura que buscan a Archimboldi; Amalfitano, el profesor chileno que trabaja en la Universidad de Santa Teresa; Oscar Fate, el reportero norteamericano que viene a cubrir un partido de box; y, finalmente Archimboldi mismo. Todos se implican y son testigos de la horrorosa realidad en la que viven las mujeres de esta ciudad, presas del pánico de ser la siguiente víctima.

Se puede decir entonces, que los dos ejes sobre los que gira vertiginosamente este “agujero negro” son la literatura (encarnada en la vida y obra del escritor alemán Beno von Archimboldi) y la violencia (presente no solo en las viñetas que describen los crímenes de la ciudad, sino que también en la visión apocalíptica de Alemania tras la Segunda Guerra). Así, Bolaño construye una historia de la violencia y de la destrucción conectando ambos lados del Atlántico. En 2666 se presenta al mismo tiempo una visión crítica acerca de una civilización europea en decadencia y una reflexión sobre la irracionalidad e institucionalización de la violencia. Esta violencia está presente tanto en la experiencia de la Segunda Guerra como en la ininterrumpida cadena de asesinatos que la policía y el gobierno mexicanos, por su posible implicación en los hechos, no son capaces de detener.

Desde los inicios de la década de los noventa, el oficialismo mexicano ha tratado las muertes de cientos de mujeres en Ciudad Juárez como hechos aislados, desvinculados entre sí. Algunas veces fueron relacionados a crímenes pasionales y otras simplemente se cerraban los casos por falta de pruebas o por una especie de desinterés y de apatía propios de la policía local. “La parte de los crímenes”, una especie de homenaje a las víctimas de Ciudad Juárez, retrata de manera cabal y minuciosa –como si nos encontráramos viendo un documental (el narrador como cámara)- la serie de muertes, por un lado, y por otro, los procedimientos llevados a cabo por la policía para entorpecer el esclarecimiento de la verdad. Bolaño critica de este modo la ineficacia y la corrupción de las instituciones: no solo la policía local, en un principio, sino que también el gobierno de la capital está imbricado en esta serie de hechos sangrientos. La relación entre violencia institucionalizada y ciudad es, en el caso de Ciudad Juárez, directa y evidente. No hay que olvidar el complejo enclave espacial que es Cuidad Juárez (Santa Teresa): ciudad ubicada en la frontera entre México y Estados Unidos, es al mismo tiempo una de las rutas del narcotráfico y el  "patio industrial" de Estados Unidos.


En una de las numerosas reseñas de 2666, leí una comparación propuesta por el crítico Álvaro Bisama entre Santa Teresa y Macondo. Si Macondo era la ciudad mítica que narraba el origen de Latinoamérica, Santa Teresa, es la ciudad que narra su fin.

(...)

Ángeles Donoso
Violencia y literatura en las
fronteras de la realidad latinoamericana
"2666", de Roberto Bolaño

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LOS MEXICANOS ESTAMOS PODRIDOS, ¿LO SABÍA? (Roberto Bolaño)





Uno, al que quería mucho, me dijo que estas cosas sólo alguien como yo podía permitírselas,porque tengo a mi padre que siempre me saca de los líos en que me meto. Pura casualidad, no más. Yo nunca le he pedido nada a mi papá. La verdad es que no tengo amigos, prefiero no tenerlos. Al menos, prefiero no tener amigos mexicanos. Los mexicanos estamos podridos, ¿lo sabía? Todos. Aquí no se salva nadie. Desde el presidente de la república hasta el payaso del subcomandante Marcos. Si yo fuera el subcomandante Marcos, ¿sabe lo que haría? Lanzaría un ataque con todo mi ejército sobre una ciudad cualquiera de Chiapas, siempre y cuando tuviera una fuerte guarnición militar. Y allí inmolaría a mis pobres indios. Y luego probablemente me iría a vivir a Miami. ¿Qué clase de música le gusta?, preguntó Amalfitano. La música clásica, maestro, Vivaldi, Cimarrosa, Bach. ¿Y qué libros suele leer? Antes leía de todo, maestro, y en grandes cantidades, hoy sólo leo poesía. Sólo la poesía no está contaminada, sólo la poesía está fuera del negocio. No sé si me entiende, maestro. Sólo la poesía, y no toda, eso que quede claro, es alimento sano y no mierda.



La voz del joven Guerra surgió, fragmentada en esquirlas planas, inofensivas, desde una enredadera, y dijo: Georg Trakl es uno de mis favoritos.



La mención de Trakl hizo pensar a Amalfitano, mientras dictaba una clase de forma totalmente automática, en una farmacia que quedaba cerca de su casa en Barcelona y a la que solía ir cuando necesitaba una medicina para Rosa. Uno de los empleados era un farmacéutico casi adolescente, extremadamente delgado y de grandes gafas, que por las noches, cuando la farmacia estaba de turno, siempre leía un libro. Una noche Amalfitano le preguntó, por decir algo mientras el joven buscaba en las estanterías, qué libros le gustaban y qué libro era aquel que en ese momento estaba leyendo. El farmacéutico le contestó, sin volverse, que le gustaban los libros del tipo de La metamorfosis, Bartleby, Un corazón simple, Un cuento de Navidad. Y luego le dijo que estaba leyendo Desayuno en Tiffanys, de Capote. Dejando de lado que Un corazón simple y Un cuento de Navidad eran, como el nombre de este último indicaba, cuentos y no libros, resultaba revelador el gusto de este joven farmacéutico ilustrado, que tal vez en otra vida fue Trakl o que tal vez en ésta aún le estaba deparado escribir poemas tan desesperados como su lejano colega austriaco, que prefería claramente, sin discusión, la obra menor a la obra mayor. Escogía La metamorfosis en lugar de El proceso, escogía Bartleby en lugar de Moby Dick, escogía Un corazón simple en lugar de Bouvard y Pécuchet, y Un cuento de Navidad en lugar de Historia de dos ciudades o de El Club Pickwick. Qué triste paradoja, pensó Amalfitano. Ya ni los farmacéuticos ilustrados se atreven con las grandes obras, imperfectas, torrenciales, las que abren camino en lo desconocido. Escogen los ejercicios perfectos de los grandes maestros. O lo que es lo mismo: quieren ver a los grandes maestros en sesiones de esgrima de entrenamiento, pero no quieren saber nada de los combates de verdad, en donde los grandes maestros luchan contra aquello, ese aquello que nos atemoriza a todos, ese aquello que acoquina y encacha, y hay sangre y heridas mortales y fetidez.



Roberto Bolaño
2666


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