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PROPERCIO, EN LA VERSIÓN DE MARIANO BERDUSÁN


LA ELEGÍA: EL YO CONTRA LA MÁQUINA ESTATAL (Servando Gotor) 




Con la intención de acercar las elegías de Propercio al ámbito digital, Lecturas hispánicas publica en este soporte Todo amor es grande, una selecta antología, anotada, traducida y breve y atinadamente comentada por Mariano Berdusán Cabellos, ya en las librerías desde hace casi diez años en una cuidada edición impresa (Libros del Innombrable, Zaragoza, España, 2004). 



Con Propercio, en los albores del Imperio, la elegía acaba por imponerse tras contados pero intensos titubeos por parte de Catulo y los denominados "novísimos" o "neotéricos". Con ello, lo que comenzó siendo mera forma métrica perfectamente definida (el dístico elegíaco, es decir, una estrofa de dos versos: un hexámetro y un pentámetro), acaba por convertirse en un género experimental en el que —como en la novela siglos más tarde— todo tendrá cabida. 



Pero lo más importante es que con la elegía se invierten los valores literarios hasta entonces imperantes: militares, patrióticos y, en definitiva, "educadores" (y defensores por tanto del sistema social o colectivo), todos ellos incardinados en la épica y la tragedia. De modo que si, hasta entonces, la literatura había estado al servicio del Estado y sus personajes eran mitos y héroes colectivos, la elegía, transgresora, se erige (en palabras de Jaime Siles) en una especie de "pre-postmodernidad" con la primacía del yo sobre lo público y, por tanto, de la libertad individual. Por eso ahora se hablará de amor, de amistad, de trabajo, del mercado, del día a día y, en definitiva, de todo lo que acontece en la ciudad, marco éste en el que el súbdito acabará por elevarse con el correr de los tiempos a la condición de "ciudadano". Evidentemente, Augusto ya se encargará de reconducir las cosas hacia sus propios intereses. Y de hecho, más adelante, Virgilio escribirá la Eneida ligando la estirpe de los césares con los dioses, y Ovidio acabará en el destierro, posiblemente por culpa de sus poemas eróticos. Pero la semilla elegíaca plasmada por estos primeros poetas transgresores pre-postmodernos, reivindicadores del yo y la individualidad, quedará ahí para que, primero los juglares provenzales, que tampoco ensalzarán a héroes sino que cantarán al amor cortes, y mucho después —aunque más tímidamente— los románticos, pasen definitivamente el testigo a Baudelaire y desde él a los poetas malditos, ya en el siglo XX. 



Hasta aquí este breve apunte sobre la importancia de la elegía manifestación poética de la que sin duda Sexto Propercio es el autor más significativo. En cuanto a nuestro impecable traductor, Mariano Berdusán Cabellos, decir que fue el ejemplo de un hombre rebosante de humanidad y humanismo. Su vasta cultura y su dominio de diversas lenguas, vivas y muertas, le permitieron dedicar sus últimos años a la traducción de los clásicos, publicando, además de la que aquí nos ocupa, otra del alemán Friedrich Hölderlin (El sueño imposible, Libros del innombrable. Zaragoza, 2010). Dejó también terminada la primera parte de un interesante y didáctico estudio sobre la lírica latina romana, de próxima —y ya por tanto, lamentablemente póstuma— aparición. Sus motivaciones sociales, culturales y religiosas ―humanas en suma― le suscitaron ya desde muy joven intensas reflexiones sobre cuanto le rodeaba. Reflexiones que, a veces, las convirtió en narraciones aparentemente sencillas pero siempre cargadas de profundidad. Algunas de ellas las recopiló en el año 2010 bajo el título común El Color de mi cristal (Lecturas hispánicas, 2012). 


Servando Gotor



POESÍA 1969-1990 (Jaime Siles)

-VOLVER





Fotografía: Archivo Barricada


Versión libre y modernizada de Ulises y las sirenas

Atraído hacia un bar por las canciones
que una sirena en top-less y miniada
de laca me servía entre porciones
de gin con soda bien dosificada,
decidí aprenderme las lecciones
del rumor de las comas en la nada
y sepultar todas mis ilusiones
en el cadáver de la madrugada.
Así llegué a un sitio que tenía,
por su perfil, aspecto de mañana
y pregunté por dónde se iba al día
para poder volver a la semana.
Como no había metro ni tranvía,
entré en otra barra americana.



Himno a Venus

Amor bajo las jarcias de un velero,
amor en los jardines luminosos,
amor en los andenes peligrosos
y amor en los crepúsculos de enero.
Amor a treinta grados bajo cero,
amor en terciopelos procelosos,
amor en los expresos presurosos
y amor en los océanos de acero.
Amor en las cenizas de la noche,
amor en un combate de carmines,
amor en los asientos de algún coche,
amor en las butacas de los cines.
Amor, en las hebillas de tu broche,
gimen gemas de jades y jazmines


Tinctus colore noctis


Tinta la noche extinta,
--------tíntame,
nocturnidad azul
-------de húmedas notas.

Cuanto tiene materia en la memoria
de un cuerpo extinto,
-------tinta, tíntame




Jaime Siles
Poesía, 1969-1990 

JAIME SILES

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TEXTOS ESCOGIDOS:
Canon (1973)
Música de agua (1983)
Poesía, 1969-1990
Semáforos, semáforos (1990)
Pasos en la nieve (2004)

ESTUDIOS Y ENLACES:
Jaime Siles: exégesis o elegía (Jorge Rodríguez Rodríguez Padrón)
"Pasos en la nieve", en la trayectoria poética de Jaime Siles (Ana Calvo Revilla)
Cinotafio. Antología poética, 1969-2009, de Jaime Siles (Guillermo Urbizu)
Wikipedia





JAIME SILES EN LA FUNDACIÓN JUAN MARCH:

Descargar El yo es un producto del lenguaje
junto con una selección de poemas
pinchando aquí (versión escrita -pdf-)

Escuchar conferencia (o descargarla)
El yo es un producto del lenguaje
y lectura de una selección de poemas
por el propio Jaime Siles
en el Ciclo Poética y poesía
pinchando quí


Jaime Siles nació en Valencia en 1951 y estudió en la Universidad de Salamanca, Tubinga y Colonia. Ha sido catedrático de las universidades de La Laguna y St. Gallen (Suiza), profesor invitado en las de Viena, Salzburgo, Graz, Turín, Bérgamo y Ginebra, así como en la de Madison (Wisconsin), y en la actualidad lo es de Filología Latina en la de Valencia. Autor
de ensayos como El barroco en la poesía española (1976), Mayans o el fracaso de la inteligencia (2000) o Más allá de los signos (2003), y traductor de Paul Celan, Wordsworth y Arno Schmidt, su obra poética incluye títulos como Canon (Premio Ocnos en 1973), Música de agua (Premio de la Crítica del País Valenciano y Nacional de la Crítica de 1983), Semáforos, semáforos (Premio Fundación Loewe en 1989) e Himnos tardíos (Premio Internacional Generación del 27, 1999). Recientemente ha publicado, junto con José María Micó, la antología Paraíso cerrado: poesía en lengua española de los siglos xvi y xvii (2003). En 2003 recibió el Premio Teresa de Ávila por el conjunto de su obra. Sus obras han sido traducidas al alemán, al italiano y al francés. (
Tusquets editores)

PASOS EN LA NIEVE (Jaime Siles)




Afred Edward Housman




A.E. HOUSMAN ACABA SU EDICIÓN DE MANILIO



A Juan Antonio González Iglesias


En la noche porosa yo opté por Manilio.
Su texto estuvo siempre encima de mi mesa.
Todavía lo leo, lo reviso, lo anoto.
Tantas veces
como las nubes por el cielo
han pasado mis ojos sobre él.
Ahora camino ya con paso lento
hasta por la filología,
que es el suelo
en el que más seguro me sentí.
Ya no tengo ni alumnos, ni clases ni visitas
salvo Auden: ese chico me aprecia
tal vez más que yo a él;
escribe -creo pero
no me lo enseña,
y mejor que así sea, porque
¿qué podría decirle? A mis años
sólo se sabe de vejez.
El latín en las tardes me acompaña
como Italia en los días del verano
y el sur de Francia en los recuerdos
de los viajes de mi juventud.
Ellos y el latín vienen a verme:
damos paseos juntos por el río del habla.
La lengua es ya lo único
que no tengo muy mal.
La vida es bella porque es injusta.
Platón se equivocó: se equivocaba.
No sabía
que es ese movimiento de las formas
el que da a las cosas toda su plenitud.
Somos imágenes, no demasiado fijas,
que se mueven al ritmo que les marca
un no firme compás.
Somos tiempo, no espacio,
y vivimos en símbolos.
La luz nos ilumina tanto
como la oscuridad. Tal vez
somos un texto que alguien edita
como yo a Manilio.

Sí: tal vez somos un texto
pero ¿cuál?
El texto es hoy el único escenario
para representar ante mí mismo
imágenes cambiantes de mi vida
y fragmentos perdidos de mi idea
de lo que creo fue la Antigüedad.
Los mitos ya no existen
pero sus dioses aún nos acompañan.
Desde su vieja imagen veo alzarse
un proyecto de luz que los convierte
en algo más que sombras y que nombres:
en un rumor de piedra o de paloma
que extiende su dominio por columnas,
mármoles, peristilos y pórticos y atrios
e infunde a las ruinas de los significados
un impulso de vida más intensa
que la que ofrece o tiene la real.
Ésa es la vida
a la que yo intenté llegar y acomodarme,
buscando entre sus sílabas de polvo
restos de una palabra que me hablase
de un tiempo detenido entre las páginas
de un paisaje, de un cielo o de un lugar.
Mis ojos vieron resbalar por ellos
mañanas luminosas que llevaban,
envueltas en sus túnicas doradas,
naves y ríos llenos de aire fresco
y, más allá, debajo de las gradas,
el brillo del perfil de las monedas
en su cambiante mezcla de sonido
de metales difusos y verdecido dios.
La pátina del tiempo hoy nos oculta
la exactitud de algunos de sus trazos
que la sabia mirada recompone
con el vértigo de su imaginación.
(La angustia de vivir cada uno soporta
en la memoria que refleja
la lenta maniobra de las sombras
en el confuso espectáculo que ofrece
el continuo teatro del dolor.)
Yo vi pasar la vida por sus aristas veteantes
y recuerdo la forma que tenía
aquel abismo abierto a la mirada
del que no podría decirse qué lo llena:
si el dolor de las líquidas luces
que lo cruzan
o si sólo el espacio reducido
a ser sólo sonoro resplandor.
Allí yo vi cómo de la memoria me llegaba
la lenta luz de Grecia diluida
en cárdenas auroras de carmín.
El texto es hoy el único escenario
en que puede ensayarse
la música de nuestra partitura
y el triste simulacro de nuestra identidad.
Por eso, testigos de las gradas, hoy os oigo
leer en la penumbra que hay en el pensamiento
las invisibles letras
a que confío el hálito
de mi solo deseo de vida y de verdad.
A vuestra dulce sombra
quise pasar mi tiempo
y, con él, el amor, esa mentira tibia
que es la moneda única
que la nada nos da.
Todo lo que pensé, ya lo he perdido.
Sólo me queda esta pobre limosna imaginaria
que arroja sobre el limo de los días
esta ausencia que deja la belleza soñada.
Beleños más que lunas,
mármoles más que cielos,
en nácares perlados rielan sobre el mar.
Resuena allí el ruido de lo hondo:
una altura perfecta desde la que caer
a este otro escenario, tan deformado y torpe,
que ahora soy aquí, donde interpreto
¿a quién: al que recuerda a aquel
que al otro lado del papel he sido,
a aquel que escribe esto
o aquel que aún representa mi papel?
¿En cuál existo: en el de cada día,
o sólo en este que soy algunas veces
y que es el único
con el que de verdad me identifico
y, por ello, el único en el que llego a ser?
¿Cuál, cuál de ellos ha hecho
mi edición de Manilio?
¿Cuál de ellos me enseñó las lecciones
de Grecia? ¿Cuál de ellos me hizo
profesor de latín?
Cada vez la noche resulta más porosa.
Las páginas de los libros se me cierran
tanto como el recuerdo
de todos los pasajes que leí.
Un viento inmóvil mueve los diccionarios.
Alguien que se parece a mí
escribe unas palabras similares a éstas
que tú lees.
¿Soy yo Housman? ¿Eres tú mi lector?
Ambos somos lo mismo.
En este escenario sólo cambia
la repetición de un personaje
que siempre equivoca su papel.
Nuestra tragedia consiste precisamente en esto:
somos sólo figuras de papel.
Sonoras superficies nos ofrecen
el blanco de sus páginas
para que las manchemos
con nuestra pobre tinta
y hagamos sobre ellas
la ficción de un ensayo general
en el que cada uno
interpreta su propio personaje,
sin que éste en ninguno de ellos
llegue a tener jamás identidad.
El yo es, pues, el único escenario.
Sobre él cada uno se arrastra
como en una jaula del circo se mueve,
de un sitio para otro,
un solo y único animal
que se cree firme sobre sus cuatro patas,
sus uñas y su cola,
pero que ve con sus ojos,
a través de las rejas,
que algo, algo, existe más allá.
Aunque él lo intuye,
nunca lo sabe a ciencia cierta,
porque –aunque no distingue los muros–
los barrotes que sombrean su piel
tanto como su jaula
le hacen creer que él es el único que está.
El yo es un ausente
al que enviamos cartas
que sabemos que nunca han de llegar.
Hoy le escribo la última
porque sé que mi yo nunca vendrá.
Vuelvo a abrir mi edición de Manilio,
y le añado esta muy breve nota a pie de página,
algo que, como todo, distraiga al buen lector:
«Esta mañana he acabado, al fin,
mi edición de Manilio.
Sé que a nada ni a nadie servirá.
Estoy contento de ello, pues
siempre he creído en el gozo y el lujo
de la inutilidad.
¿Hay algo más inútil
que recorrer el mapa de uno mismo?».
El campo inglés atraviesa el cristal
de esta mañana de niebla transparente.
Unas gotas de lluvia me anteceden
todo cuanto este pobre día me traerá.
El bedel ya me llama.
Están a punto de cerrar la biblioteca.
Recojo mis papeles y los guardo:
cuando salga a la calle
comenzará otra realidad,
muy distinta de ésta, si es que no
ha comenzado ya.
Al fin logré acabar mi edición de Manilio.

 





Jaime Siles
De Pasos en la nieve, 2004




_____
Ver el estudio de Ana Calvo Revilla
"Pasos en la nieve",  en la trayectoria
poética de Jaime Siles

"PASOS EN LA NIEVE EN LA TRAYECTORIA POÉTICA DE JAIME SILES (Ana Calvo Revilla)





En la trayectoria poética de Jaime Siles, “Pasos en la nieve” (Tusquets 2004) constituye un reflejo de la evolución de un quehacer poético, que desde el diálogo con la tradición se dirige hacia un tipo de poesía más discursiva y meditativa. El poeta vuelve a un rasgo cultivado con anterioridad: la integración de la racionalidad reflexiva que incide en reflexiones filosóficas en torno de los grandes temas existenciales de la condición humana. Las referencias y temas utilizados, cercanos a la anécdota vital, trascienden la materialidad de lo vivido para ceder paso a una poesía metafísica, a una poética del conocimiento de amplia resonancia conceptual, en la que sobresale el gusto por la linealidad y exactitud, la presencia de términos de alta densidad conceptual y vocablos procedentes de la física o matemática.

La obra poética de Jaime Siles, concebida como un todo unitario, responde a la visión que de la palabra poética posee el autor como crítico literario, cuando la concibe –y así lo expone en Diversificacionescomo una indagación en las dimensiones ocultas de la realidad, nunca una total explicación  del objeto intuido, en el que la insinuación aparece como uno de los rasgos más relevantes. La investigación minuciosa de la realidad, el rigor intelectual, la cuidadosa selección de las palabras y la economía del lenguaje, la capacidad de abstracción que supera el ámbito dado por la realidad para penetrar en lo inefable, son, entre otros, algunos de los rasgos que configuran el proceso de depuración de la realidad que se percibe a través de la trayectoria poética de Jaime Siles. Junto a la perfección y control formal (Debicki 1997, 227) se ha señalado también la esencialidad como una de las características más destacadas de su producción poética, mediante el despojamiento de la anécdota y del detalle realista (Amorós 1985, 93). Autores como Sánchez Torre, hanseñalado esta faceta como una de las que subrayan el denominador común de los poetas de la Generación de los 70: la de ser cultivadores de la metapoesía, que tendrá entre otros rasgos característicos la verbalización del proceso de escritura –reflejo de su preocupación por el lenguaje–, y la reflexión sobre la capacidad del lenguaje para dar cuenta de la realidad, subrayando siempre la distancia que media entre lo vivido y lo representado, a través del cultivo de la yuxtaposición de imágenes –en ocasiones, inconexas–, de la interrogación retórica, etc.

Los primeros versos de Jaime Siles aparecen en julio de 1969; se trata de la publicación de nueve poemas (“Buenas noches a todos”) en Cuadernos Hispanoamericanos; en algunos poemas iniciales como “Pisando el suelo otra mañana”, el poeta se muestra deudor de la poesía humanizada que había venido imperando en el panorama poético español de la postguerra, una poesía que, a raíz de incidencias de la vida cotidiana, con un tono intimista y personal, desarrollaba un tipo de poesía confesional.

Unos meses más tarde aparece en la Librería Anticuaria El Guadalhorce, de Málaga –que estaba bajo la dirección de Ángel Caffarena, y en la que fueron publicando aparte de nuestro poeta, Guillermo Carnero o Leopoldo María Panero– Génesis de la luz (Lanz 107). Un cierto irracionalismo de carácter superrealista –tras el que se deja sentir la huella de Vicente Aleixandre (Debicki 1991, 26; 1997, 227) y que abandonará– está presente en algunos poemas de esta obra, Génesis de la luz, en la que mediante el empleo del verso libre con sucesión múltiple de imágenes, sin signos de puntuación, el poeta nos ofrece una visión cósmica del espacio, la sombra de la muerte y de la nada; utilizando una expresión de Rodríguez Padrón diremos que “el espacio es abolido, encendiendo el ansia de conocimiento como posesión apasionada, erótica” (3).

En 1971, sale a la luz publicada también en Málaga, en El Guadalhorce, su obra Biografía sola, de verso más corto y de condensación en el uso de imágenes, que marca una etapa definida por una poesía más depurada, reflexiva –de huella juanramoniana y guilleniana (Debicki 1991, 26)–, de contenido sencillo, que estará presente también en su siguiente poemario, Canon, publicado en 1973, en Barcelona, en Llibres de Sinera, de introspección reflexiva más marcada, que se ha puesto en relación con la poesía pura de los años veinte (Jiménez); como es bien sabido en 1973 obtuvo el Premio Ocnos por esta obra, Canon (Ribelles).

Se han venido diferenciando diversas etapas en su producción poética, con ascendencias de naturaleza diferente. Durante los primeros doce años de su trayectoria, algunos críticos de la talla de Guillermo Carnero han destacado en la evolución de su obra poética la progresiva erradicación del yo poético en el texto y el alejamiento –y renuncia cada vez mayor– de la expresión de lo emocional inmediato (Debicki 1997, 228). Su obra iría desde la extensión emocional del irracionalismo a la potenciación de la reflexión, desembocando en una poesía intelectual, discursiva y metafísica, en la que predomina una voluntad de estructuración del pensamiento y una vasta cultura filosófica, expresada a través de un lenguaje poético de carácter abstracto (Carnero).

En la editorial Ámbito Literario publica Jaime Siles Alegoría (1977); que irá seguida de la recopilación de toda la poesía del poeta anterior al año 1980 en el volumen, publicado por Visor, Poesía 1969-1980 (1982b), con la adición de una versión ampliada de Génesis de la luz y una sección final de quince poemas, Lectura de la noche. Posteriormente este volumen será nuevamente ampliado y prologado por Ramón Irigoyen, que recoge la totalidad de la obra poética de Jaime Siles hasta 1989: Obra poética 1969-1989. La Realidad y el Lenguaje.

En la línea de lo señalado por Ciplijauskaité, la evolución de Canon a Alegoría puede ser descrita como un proceso de condensación de la materia verbal acerca de lo esencial (Rodríguez Padrón; Amorós 1982a; Morcillo), y así Alegoría marcará, en su trayectoria, el punto álgido del hermetismo y despojamiento lingüístico (García Jambrina).

Estas dos obras, Canon y Alegoría, marcan el tránsito hacia una poesía más depurada, con la que Jaime Siles inaugura un nuevo discurso poético, que halla su raíz en la crítica y en la reflexión sobre el lenguaje; y que ha sido el punto de partida de la constitución de lo que se ha venido denominando “generación del lenguaje”, término propuesto por Jaime Siles y Luis Alberto de Cuenca (Sánchez Torre 247-58). El origen de esta designación se halla en el artículo publicado por Siles “Sobre la poesía última de Luis Antonio de Villena” (1976, 12), en el que él mismo se situaba entre los poetas del lenguaje –aquellos que tienen al lenguaje como protagonista principal–, un enclave que sería aceptado unos años más tarde por Luis Alberto de Cuenca en el artículo publicado bajo esta designación: “La generación del lenguaje”. Esta línea ha sido compartida por otros poetas de la generación de los 70 como Eugenio Padorno, Jenaro Talens, Félix de Azúa, Antonio Martínez Sarrión, Leopoldo María Panero, Jorge Urrutia, Eduardo Hervás, Andrés Sánchez Robayna, y José Luis Jover, entre otros.

En 1983, en un trabajo que realiza sobre la obra de Amparo Amorós, Jaime Siles se incluye en una línea poética de la modernidad que –partiendo de Mallarmé, Rilke y Valéry (retomando a Jorge Guillén, Paz, Lezama, Celan)–, abarca en proximidad histórica a Eugenio Padorno, Luis Suñén, Sánchez Robayna (Siles 1983b, 19), y enlaza en último término con la mística, el conceptismo barroco, determinadas áreas de la poesía pura y el conceptualismo contemporáneo, y de la fenomenología estructural.

Miguel d’Ors en el análisis elaborado sobre las cuatro tendencias que están presentes en la poesía española de finales de los setenta y principios de los ochenta distingue, junto a la poesía esteticista, poesía neosurrealista y poesía intimista, una tendencia que denomina “poesía del silencio o minimalista” (Amorós 1982b y 1991; Zurgai 1989) que, bajo el magisterio téorico de María Zambrano y el práctico de Paul Celan y el último Valente, se plantea la creación partiendo del axioma de que la experiencia poética es, como la mística, inefable, y la palabra un torpe instrumento, una imprescindible imperfección del silencio; y que, en expresión de Lanz, deriva hacia una expresión retórica “al enfrentar al lenguaje no con la tensión del silencio, sino con el mutismo” (121), o, en la concepción de Ciplijauskaité, en una tendencia progresiva hacia la esencialidad (1992). Así para Jaime Siles o Andrés Sánchez Robayna, el poema se convierte en el lugar apropiado para la reflexión sobre la creación poética, la metapoesía y la abstracción (d’Ors 35-46).

Esta evolución hacia la esencialidad encuentra uno de sus puntos culminantes –aunque se trata de caminos ya transitados (García Martín 1983, 100)– en Músicade agua (obra poética breve, publicada en 1983 por Visor) en la que, por los caminos de abstracción, canta la desnudez de la palabra y manifiesta su preocupación por la escritura misma. El camino que recorre en esta obra es el de la reflexión lingüística y filosófica sobre la capacidad expresiva del lenguaje, y las relaciones entre ser y lenguaje (Navarro Durán; Palomo 1984, 1986). El poemario lleva hasta sus últimas consecuencias el afán de la estética novísima de recalcar el poder creador del lenguaje en su tendencia a destacar la forma por encima del referente (Debicki 1997, 230).

En Músicade agua, a través de las tres secciones en que se estructura la obra, –tituladas “Música de agua”, “Grafemas” y “Lectura de la noche”–, lleva a cabo un proceso de reducción de la realidad al acto de escritura (Debicki 1991); el poeta –relegado a un segundo plano– ha buscado a través de la objetividad de los elementos naturales la exploración del origen de la escritura en el texto en blanco, “creyendo que la escritura no la escribe uno, sino que la escritura está antes: cuando uno llega al texto en blanco, ahí está lo que uno quiere decir” (Casanova Todolí). En este mismo año 1983 Jaime Siles obtiene el Premio de la Crítica del País Valenciano y el Premio de la Crítica Nacional por este poemario Músicade agua.

El año 1987 es testigo de la publicación de dos obras suyas: en Madrid, en Ediciones El Tapir, aparece Poemas al revés, y en Visor, Columnae, una obra poética en la que abandona el conceptualismo anterior y da un giro a su poesía, emprendiendo el camino de afirmación de la realidad, en los que se ha entrevisto la huella de Salinas y Fray Luis de León (Debicki 1991, 33-34); la recuperación de las estrofas tradicionales –liras, romances, sonetos– ha sido interpretada como la atención concedida a las exigencias de lo literario.

Este nuevo lenguaje poético está también en Semáforos,semáforos (Madrid: Visor, 1990), una obra en la que con un lenguaje impregnado de un léxico insólito retoma temas de la vida cotidiana de un modo más directo, y más sentimental (Debicki 1991; García Martín 1992, 101). En 1989 se le concede por esta obra el Premio Internacional Loewe de Poesía.

En 1990 publica El Gliptodonte y otras canciones para niños malos (Madrid, Austral Juvenil, Espasa-Calpe), y también Himnos tardíos (Madrid, Visor), obra por la que se le concede en 1999, el I Premio Internacional Generación del 27. Y en 1992 es publicada por la editorial Visor una nueva recopilación de obra poética: Poesía1969-1990.

En esta trayectoria poética, Pasos en la nieve, publicado por la editorial Tusquets en 2004, constituye nuevamente un reflejo de la evolución de un quehacer poético que, desde el diálogo con la tradición, se dirige hacia un tipo de poesía más discursiva, meditativa, en ocasiones, algo desesperanzada.

Jaime Siles vuelve en Pasos en la nieve a un rasgo cultivado con anterioridad: la integración de la racionalidad reflexiva que incide en reflexiones filosóficas en torno de los grandes temas existenciales de la condición humana (Carnero), si bien ahora no cultiva sólo la abstracción ni el lenguaje poco visualizado o intelectualizado, tan típico de Alegoría.

Como ya resaltara Lázaro Carreter al referirse a la poesía guilleniana (1978), también Jaime Siles acude, como el poeta del 27, a la depuración de la inspiración y a la liberación del lenguaje de los estereotipos dados, reinventando temas y objetos y depurando las impresiones sensoriales a través de la abstracción conceptual, y de una fuerte lucha entre la emoción y la inteligencia. Las referencias y temas utilizados, cercanos a la anécdota vital, trascienden la materialidad de lo vivido para ceder paso a una poesía metafísica, a una poética del conocimiento de amplia resonancia conceptual. Son frecuentes, quizá por este motivo, los poemas con reflexiones sobre el sentido del dolor, el paso del tiempo, el sentido de la muerte, etc., en los que hace su reaparición la incorporación del yo poético, de la emoción, y de la vivencia de lo vivido y recordado (Díez de Revenga).

En la mayoría de los poemas recobra el poeta el gozo de la contemplación de los objetos y lugares que impregnan la vida cotidiana, y evoca con un lenguaje poético de gran sencillez los seres y lugares queridos, procurando que estos no pierdan su ser real. Es una manera novedosa en su trayectoria poética de acercarse a la realidad:

una manera de insistir, una vez más
en la memoria,
de recorrer lo sido otra vez
de darle vueltas

nos dirá en el primer poema “Pasos”, único en la sección titulada Pasos en la nieve, que da origen al título.

En esa búsqueda de la armonía con lo creado se suceden y mezclan las estrofas que pudiéramos calificar como “vitalistas” en las que, como en Cántico de Guillén, todo se personifica:

Ser como la luz que a nada tiende
y lo acepta sin más y se complace
en esa alegría y ese gozo
no ya de ser sino de transcurrir

con otras en las que el gusto por la linealidad y exactitud conduce al predominio de términos de alta densidad conceptual, y en las que abundan vocablos procedentes de la física o matemática.

Si en obras poéticas anteriores, como hemos ido viendo, había sido dominante la reflexión sobre el lenguaje, en Pasos en la nieve la metapoesía tiene como objeto primordial la reflexión sobre la memoria, sobre el tiempo a raíz de la memoria vivida; sin embargo, no podemos decir que la reflexión sobre el lenguaje sea un tema ausente de la conciencia del poeta, pues está presente también en algunas composiciones; así, en el poema “Noticia del naufragio”, de marcado tono dramático (contribuye a ello el motivo central –la pérdida del sentido de la existencia, con sus ilusiones, magias y deseos–) se expresa la formulación de la pregunta acerca del sentido de la poesía: “¿Es el poema tiempo/ o es el poema ser?/ ¿Es el poema agua/ o es el poema sed?”; y también en “A. E. Housman acaba su edición de Manilio”: “Sí: tal vez somos un texto/ pero ¿cuál?”.

Se suceden así, a lo largo del poemario, las interrogaciones que unas veces interpelan al lector de modo directísimo, como en el primer poema con que se inicia la obra; y, en otras ocasiones, interpela a personas cuyo recuerdo permanece vivo en la vida del poeta, como a Juan Ferraté en el poema que lleva su nombre; otras veces, las preguntas son formuladas como una invitación a la reflexión sobre el paso del tiempo: “¿se mueve en el tiempo,/ o es el tiempo el que mueve –circular y redondo– dentro de él?” (“Pasos”); en “Molinos de las islas Baleares” los interrogados son los molinos –acude a la prosopopeya para ello–, convertidos en símbolos del sucederse de los días y las horas, en definitiva, de la muerte, con sus “cuchillos o guadañas” (“Molinos de las Islas Baleares”); en otras ocasiones es la contemplación de la realidad, representada pictóricamente, la que interpela la conciencia del yo lírico acerca de la caducidad o perennidad de lo creado: “¿Qué es lo que dura; qué, lo que perece/ dentro del aire: las aves o la altura?”, ante la pintura de Pepe Lucas; o las palomas en el poema titulado “Entrada en pérdida”; o la contemplación de una escena familiar: las pisadas y los pasos de unos niños que juegan al balón, en “Raíces en el aire”, o las gaviotas del cielo de Ginebra, o los leones del puente de Colonia, tantas veces contemplados por el poeta, en “Balada del Puente de Colonia”. En “Propiedad en usufructo” la interrogación gira en torno a la identidad que subyace al paso del tiempo, a los recuerdos: “Entre el recuerdo y yo/ ¿qué queda de uno mismo/ a mediavoz, a media luz, a medias?”; o en torno a las lecturas: “¿Qué sería de mí sin este texto?” (Captivi, de Plauto).

La segunda sección, “Landscapes and Skylines” se compone de siete poemas, que son verdaderas odas a aquellos lugares que en la memoria del yo lírico están estrechamente ligados a la biografía: el otoño en Madison, los molinos de las Islas Baleares, el tránsito fugaz por Alaejos, Turín, Santander, el paisaje suizo visto desde el tren, o la estancia en Germania. Los poemas recobran sustancia narrativa a través de la anécdota contemplada o vivida; no están exentos, sin embargo, de la meditación en torno al paso del tiempo y el sucederse de los días y de la vida; nos parece representativo, por su brevedad y condensación el poema “Hola, Turín”, que dice: 

Hola, Turín, yo te saludo:
en otro tiempo estuvo aquí
una mujer a la que quiso
el otro yo que también fui.
Aunque ya nada es lo que era
ni sigue siendo ni es así
por todo ello y por si acaso
retomo el paso y vuelvo a ti,
yo te saludo: hola, Turín.

El poeta busca la comunicación directa con el lector; con sencillez y apertura de alma incorpora materiales biográficos, y cuenta, en primera persona, sus experiencias y reflexiones a raíz de hechos vulgares y prosaicos, en apariencia anodinos; es ésta una poesía vitalista, emotiva, directa, realista, sencilla. El discurso poético parte de situaciones reales, que descubrimos potenciadas por la mirada del sujeto lírico, si bien –con menor asiduidad de la que había en la poesía de Guillén (Gil de Biedma)– no siempre provocan la obnubilación de la conciencia del poeta sobre su propio mirar; en algunas composiciones harápresencia el sujeto en primera persona; el sujeto lírico aparece en la estrofa tercera de “Otoño en Madison”: “oigo crujir las jarcias y las velas/ y cada foque me desenfoca”; en “Hola, Turín”, “Santander”, “Paisajes desde el tren”, “Oda Germania”; está ausente, sin embargo, en “Molinos de las Islas Baleares”.

En los poemas que forman esta sección –y también en los restantes– la palabra poética está consagrada a nombrar con exactitud y rigor la realidad, siguiendo así un rasgo típicamente guilleniano. La expresión está deliberadamente buscada, y como José Manuel Blecua dijo de Guillén (1970), podemos señalar la preferencia de Jaime Siles por la musicalidad de la palabra a través de las asiduas aliteraciones y por el ritmo: “En el lago Mendota fluye, flota/ una nube de roja cabellera” (“Otoño en Madison”).

La tercera sección, titulada “Cinco poemas chinos y dos más que lo podrían ser”, revela la identidad del alma del poeta, esta vez tomando ocasión de los veranos de la infancia con olor a hollín, de la contemplación de un paisaje a través de un cuadro, del palacio imperial en Pekín, de una mezquita, de un atardecer, de una campana china, o de un jardín de Luxemburgo. La visión de la realidad inmediata –sentida, vivida o recordada–, no es una mera visión externa sino interiorizada y conceptual, a través de la cual el poeta toma posesión de la plenitud de las cosas, de los acontecimientos y se comunica así con el universo, un rasgo de raíces orteguianas y de estética propia de Guillén (Havard).

En esta serie tercera el yo lírico del poeta retoma el tema de la identidad personal: “en el papel he visto/ lo que era aquel paisaje/ y en su pintura he visto/ lo que también soy yo” (“Pintor chino y paisaje”); “Toda mi vida ha sido/ como es este palacio: lo prohibido en ella/ he sido sólo yo” (Palacio imperial: Pekín”).

El poeta manifiesta su atracción por las civilizaciones china y musulmana; los lugares vistos y evocados plantean el interrogante del paso del tiempo y de lo que permanece al mismo:

de una tarde sin nombres,
por la que voy
a lo que nunca he sido
o por la que regreso
a lo que no seré. (“Mezquita de Xi’An”)

El paso del tiempo es contemplado con sereno dramatismo:  

Sombras de juncos grises
arrastra la corriente
y perfiles de hojas
dicen a todo adiós. (“Apunte: un solo trazo”)

La cuarta sección, “Color en fuga” –compuesta por tres poemas, “Color en fuga”, “Pinares del Guadarrama” y Labor Limae”– pone de relieve una de las características de esta nueva poesía de Siles, presente también –aunque no lo hayamos señalado– en otras composiciones de este poemario: su intenso cromatismo, la utilización de imágenes de gran belleza sensorial, prestando una especial atención a los sentidos visuales, auditivos y táctiles:

Es el color en fuga que florece
en el fondo de finísimos corales
mojados por los labios litorales
de la líquida lengua que lo ofrece. (“Color en fuga”)

Como es bien conocido por el lector, una característica de la poética novísima de los 70 (García de la Concha), presente en Pasos en la nieve y común también a autores como Pedro Gimferrer, es el recurso a referencias de la realidad cultural, en gran medida del mundo pictórico en el caso de Siles; este rasgo no deja de ser reflejo de la rica personalidad del poeta, de su vasta formación humanística y de su amplia formación académica.

En esta ocasión, ante un cuadro de Pepe Lucas el poeta contempla la naturaleza, lleno de admiración y de gozo, en un tono elegíaco, que le lleva a establecer diálogo directo con el Hacedor del universo:

A veces
–¡cuántas veces, Dios mío, cuántas veces!–
ante la sombra de la nada pura
quise lanzar mi voz a la espesura
y me encontré con tu mirada a creces.

Y contempla también, desde esa mirada divina, el momento de su muerte:

He venido hasta Murcia para verte:
para posar, espectador y sino
para pasar el cruce del camino
y vivir un momento de mi muerte.

Todo en su acontecer terreno, gravita en torno a la caducidad de lo creado:

“Como todo en la vida/ también este poema/ se nos escapará” (“Labor Limae”).

La sección “Raíces en el aire” está integrada por siete composiciones; la primera, “Entrada en pérdida”, subraya la brevedad del ser: “¡qué brevedad demuerte/ resuena entre sus alas”, tomando esta vez como motivo unas palomas grises –lentas, quietas, calladas–, que invitan a la contemplación serena de la fugacidad la vida: “que pasan por la vida/ como si no pasaran”, como le sucede al poeta, identificado con la naturaleza:

Ni ellas ni yo volvimos
a la misma ventana.
Ni ellas ni yo estaremos
en la misma mañana.

Y se alza el interrogante que siembra la inquietud ante la ausencia de respuesta:

“¿Qué pasa por nosotros?,/ ¿qué queda, qué se marcha?”.

El poema “Volver”, dedicado a Leopoldo de Luis, es un canto a la palabra, “himno/ de la verdad del ser”, lo permanente; entona también el sujeto lírico un elogio a la permanencia de lo vivido en la niñez en su vida, un canto a los recuerdos de su infancia que se agolpan en su memoria, ligados a la playas valencianas; una infancia que en estribillo desfila por los versos a través del contraste: “lejana y próxima”, unas veces, y, otras, “próxima y lejana”:
 
Cómo te siento, bajo el peso mudo
de los días, las horas
las semanas.
Cómo te siento
dentro de mis ojos.
Cómo me siento
dentro de las aguas.
 
En otro poema, titulado “Colegio de Santa (Valencia)”, el sujeto lírico evoca los recuerdos de su educación, delimitados a unas coordenadas de espacio y tiempo muy concretas, biográficas:

Todo lo que yo fui
es un silencio blanco
donde suenan, perdidos
entre la luz, los pájaros

un tiempo y un espacio que siguen con presencia viva en la conciencia personal del poeta:

por el que vuelvo hoy
a ver aquellos pájaros
que en los años cincuenta
siguen en mí volando. 

La conciencia del paso del tiempo resbala también entre los versos de “Raíces en el aire”, para sumergir la inquietud acerca de la identidad que permanece después de que todo ha sido: “Qué identidad nos crea?”. Una cuestión que también late –así lo formula el poeta– en el poema “Mañana de Ginebra”, dedicado a Jenaro Talens, vinculado esta vez a las resonancias que tienen en su alma las palomas ginebrinas:

Tal vez, como nosotros,
buscan su identidad
en espacios distintos
de aquel en el que están.
O son aves de paso
que cambian de lugar
porque buscan un tiempo
que en otro tiempo están.

Desde la identidad que el poeta identifica con la nada –“La nada que nos une/ es nuestra identidad/ y nos fija un espacio/ sobre el que resbalar”– el yo lírico da un giro para retomar sus ansias de eternidad y dar espacio así a la temática religiosa que había tratado anteriormente:

Que vuestro curso aéreo
me arrastre en su compás
de picos y de alas
hacia la eternidad.

Este tópico clásico –el paso del tiempo, la identidad del alma– subyacente en todo este poemario, vuelve a estar presente en “Balada del puente de Colonia”, cuando la naturaleza muerta, los leones que lo vigilan, también asumen rasgos de personificación y, por lo tanto, se proyecta el tema de la conciencia de la fugacidad de sus aguas y de la vida, en un estribillo que se repite: “viendo pasar el agua/ viendo pasar la vida”; nuevamente la reflexión acerca de la poquedad de la existencia humana: “asomado a la nada/ del puente de la vida”, le sumerge al poeta en la pregunta esencial de todo ser humano que huye de la frivolidad: “¿Qué queda de nosotros/ qué acaba, qué germina?”.

Bajo el título “Navegaciones y naufragios” se encabeza la sexta sección, que comienza con un poema de intenso dramatismo, en el que el yo del poeta, “huido de los días/ que es estarlo del oro de las tardes” –así lo declara– confiesa el desasosiego vital que yace en su alma:

Estoy huido de mí, que es una
de las peores formas
en que puede estarse,
y no me siento bien conmigo
ni con nada ni con nadie.

La conciencia de ser un ser para la muerte está en la raíz de esta inquietud vital, que embarga al poeta en sufrimiento y dolor:

Pero yo sé que no lo son y que la muerte
atraviesa la tela de los trajes
y que está ahí,
dentro de mí,
mirándose, mirándote, mirándome
como yo miro ahora la memoria
de lo que fui, mientras el día,
muy lento, va apagándose
y nada queda de él ni de esta hora
ni de mí ni de ti ni de esta tarde.
Sólo este dolor dentro de mí, este dolor
de nada, pero de mí: de nadie.

Este poema alcanza una densidad poética inefable.

El símbolo del naufragio en el que se halla la vida cuando se acerca la muerte, o uno se interroga sobre lo que va a quedar de todo lo que se ha vivido intensamente, es ahora el motivo de este poema “Noticia del naufragio”, que retoma los tópicos clásicos que venimos subrayando: “Se me ha hundido el mundo/ que tuve alguna vez/ donde todo era sólido/ donde todo era ser”. El poeta confiesa haber perdido la fe que un día tuvo y con ella declara el estado de su alma: “Se me ha hundido la vida/ y floto sin saber/ qué me mantiene vivo: si el dolor o el ayer”. Y anhela alcanzar la mirada de Dios que penetra por los entresijos del alma y se queda con lo que permanece más allá del tiempo; anhela llegar “a ese punto del tiempo/ inmóvil donde ve/ Dios las cosas del mundo/ y las hace volver”.

En “Paisaje acústico” con humor, y no sin cierta ironía, evoca las llamadas de Dios a través del teléfono: “Dios lee cada mañana el listín telefónico/ y apunta los nombres y los números/ de aquellos de nosotros/ a los que, a lo largo del día, llamará”. Es Dios quien llama cuando lo hace a través del prójimo y no lo vemos; y también en el silencio se oye la voz de Dios.

Las pinturas de Santiago Rusiñol, pintor que da nombre a este poema, no son una excepción a los tópicos tratados, si se entiende que en la contemplación pictórica de la belleza también hay voces que hablan, mediante un lenguaje –distinto al de la palabra– “que no tenía habla”.

La contemplación de un jardín que se califica de expresionista subraya de nuevo el dolor de estar vivos y abiertos a la muerte. No está ausente un cierto nihilismo ante el sucederse del tiempo que le lleva al poeta al abismo que plantea la cuestión de la identidad personal:

El tiempo es sólo un punto
en sí mismo perdido
por el que llego a hoy,
a mañana, y me abismo
en otro yo que fui
o que soy o que he sido
donde todo es ayer
menos nosotros mismos.

Sobre el mismo tema reflexiona en el poema “Propiedad en usufructo”: “Yo voy cayendo en todo/ como un agua sin río,/ también dentro de mí”. Y lo retoma también ahora, en el poema “En otra Salamanca”, al hilo de los recuerdos de la parte de su vida transcurrida en Salamanca.

La séptima sección, “Vidas evaporadas”, recorre momentos estelares de su intensa biografía, los transitados de la mano de amigos y compañeros del viaje de su vida que han pasado a formar parte de la propia historia personal; desfilan los recuerdos en torno a la maestría de Antonio Tovar, a la amistad de Antonio Espina, a Anthony Blunt –el crítico de arte inglés que fue espía de la Unión Soviética–, a José María Ribelles, a Juan Ferraté, y también las huella de sus lecturas de Plauto, etc. José Luis García Jambrina no ha dudado en calificarlos de extensos monólogos dramáticos.

La octava sección, “Acotaciones y confidencias” aborda cuestiones relacionadas con el sufrimiento originado por el fluir de las cosas, si bien brota algún hilo de esperanza cuando el poeta confiesa: “percibo algo que queda más allá de las cosas”, en el poema titulado “Acotaciones”; en “Inercias” aborda dos cuestiones, vinculadas al acontecer histórico del hombre: “¿A quién, a dónde?”. En “Canción de invierno” hace una nueva confesión de sus estados anímicos interiores: “Dentro de mí no hay nada./ Dentro de mí no hay nadie”.

En “Conversación con Wittgenstein” retoma, a través del diálogo con el filósofo, uno de los temas por él tratados: la inefabilidad de la experiencia poética, de la belleza, que, como la de la mística, se expresa mediante el silencio:

“Porque lo inexpresable es lo único/ que nosotros podemos expresar./ Lo demás, como sabe muy bien, sólo es lenguaje”. Estas mismas cuestiones se plantearán, más adelante, en el poema “Marea negra”.

Dos poemas, “Días de Tenerife” y “Bernardo Chevilly: recuerdo y retrato” están asociados a los recuerdos de su estancia como profesor universitario en esta tierra canaria. Y, bajo el título “Sombras en el reloj”, retoma el símbolo del naufragio:

Como tú cada tarde,
cada vez más lejanos
de nosotros, fluimos
por la luz que miramos
donde todo naufraga
y se queda esperando
la nada de la noche,
el hueco del espacio.

Jaime Siles aborda directamente el tema de la muerte en “Expiaciones sin pecado” y lo hace con un enfoque vitalista asociado al morir que lleva consigo cada día vivido: “No se entra en la muerte, no se habita/ nunca del todo su infinito espacio:/ la muerte es cada uno de nosotros/ hacia sí mismo, solo, caminando”. Y también lo trata en “Sombras en el reloj”.

La obra culmina con una nota en prosa titulada “A Cinco poemas chinos…”, en la que el yo lírico evoca la honda impresión que dejó huella profunda en su alma intelectual y humana: los quince días de contacto con la cultura china, una cultura muy vinculada al “sentimiento del color y el reconocimiento del paisaje”, elementos que pueden dar sentido del papel destacado que tendrá en esta su última obra poética.

Partiendo de la aprehensión de la realidad y a través de un proceso de abstracción y de condensación expresiva, Pasos en la nieve es una poesía lúcida y clara, transparente, profunda, impregnada de imágenes visuales y plásticas que reivindican la belleza de la palabra y que, una vez más, ponen de relieve la profunda sensibilidad del poeta.



Ana Calvo Revilla
2006



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