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PÍO BAROJA:UNA ESTÉTICA PARA LA NOVELA (María González Rouco)

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En esta monografía me ocupo de las ideas que Pio Baroja, escritor español de la generación del 98, manifiesta acerca de la novela, las cuales constituyen una original estética que tuvo influencia en autores de renombre.

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     El 28 de diciembre de 1872 nacía en el País Vasco don Pío Baroja y Nessi, considerado por la crítica –junto con Unamuno y Machado- uno de “los tres grandes” de la Generación de 1898. Romero Tobar sostiene que “queda fuera de debate la identificación de Baroja con la atmósfera intelectual y artística vigente en España durante el cruce de los dos siglos” y da las razones en las que sustenta esta aseveración: “Dejando ahora de lado las relaciones de amistades y enemistades literarias y los datos conocidos de sus contactos con la bohemia de Madrid, la obra del primer Baroja sirve los síntomas indiscutibles del clima intelectual de entresiglos: conocimiento de las reflexiones regeneracionistas sobre los males de la patria (...) fuerte impronta de las filosofías individualistas del postidealismo alemán (...), interés por las ciencias de la naturaleza, acercamiento a los movimientos anarquistas, gravitación de la España negra en los viajes por los campos y los poblachones del interior de ambas Mesetas, adopción de formas artísticas de la literatura simbolista (cultivo del poema en prosa, veladuras en la matización emocional, conmovedor claroscuro de relatos y estampas con fuerte contenido de denuncia social)”.
     Mary Lee Bretz afirma que “se ha hablado mucho del antihistoricismo de Baroja e incluso se ha visto este antihistoricismo como un rasgo característico de la generación del 98”. Al respecto, recordamos lo que escribió Eugenio Matus: “Baroja piensa que la novela debe basarse en los sucesos actuales, o por lo menos en sucesos que estén todavía cercanos al autor. Como escritor realista, no ve la posibilidad de captar la realidad de hace quinientos años”.
     Su obra, de una riqueza y variedad inconfundibles, ha abierto caminos a quienes la admiraron; escritores de la talla de Camilo José Cela  y Ernest Hemingway, entre otros, se reconocen deudores del gran novelista español.
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Taedium vitae
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     Tanto sus contemporáneos como los críticos actuales analizaron la estética barojiana. Resulta sorprendente comprobar que un novelista distinguido con el lauro académico tenga convicciones tan poco ortodoxas en lo que a arte se refiere. El advenimiento de Baroja a la literatura ha sido fruto de una determinada situación; el mismo autor manifestó haberse volcado a la creación porque la vida le había negado experiencias fascinantes: “Soy un hombre curioso y que se aburre desde la más tierna infancia. Si hubiera sido un hombre rico y hubiera podido pasar la vida alegremente, creo que no hubiera escrito”.
     Eugenio Matus, crítico hispanoamericano, sostiene que la literatura es, para Baroja, “un remedio contra el mal de vivir”. Su afirmación se basa en el hecho de que la creación permite al artista soñar otros mundos y protagonizar sucesos que en su propia vida le son ajenos. El arte, ocupación a la que llega por circunstancias fortuitas, tiene para Baroja connotaciones lúdicras; el novelista destaca el aspecto de la literatura como juego, por su carácter desinteresado.

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La novela
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     En la década del 20, Pío Baroja y José Ortega y Gasset sostuvieron una encendida polémica acerca de las características y destino de la novela. Fruto de estos debates fueron el volumen Ideas sobre la novela (1925), de Ortega, y numerosos trabajos sobre el tema publicados por el cuentista vasco. La teoría de la novela de Baroja se encuentra diseminada a lo largo de numerosos prólogos –entre los que recordamos los de Páginas escogidas y La nave de los locos-, en algunos de los Pequeños ensayos, y en el discurso de ingreso a la Real Academia Española. En ellos, Baroja expone su concepción artística de un género que –a criterio de Ortega y Gasset- estaba destinado a desaparecer.
     En primer lugar, el vasco intenta dar una definición de la novela, tarea nada fácil puesto que no hay un solo tipo. La novela es, para el autor de Zalacaín, “un género multiforme, proteico, en formación, en fermentación; lo abarca todo”; admitir un molde único sería una manifestación de dogmatismo de la que se encuentra muy lejano. Al ser múltiple el género, también debe serlo la técnica que se emplee para abordarlo. Baroja distingue dos tipos de creaciones: la novela impermeable, caracterizada por ser más artística pero que, paralelamente corre un serio peligro de anquilosarse, y la novela permeable que, lejos de asemejarse –como la primera- a un jardín clásico, es equiparable a uno romántico.
     Opta, como era de esperar, por la novela permeable, en la que se filtra el aire de la vida real. Para Ortega, los de Baroja “Son libros sin cámara, sin interior, donde no encontramos más que poros”. Eugenio Matus nos recuerda que el ideal barojiano es la obra abierta, concebida como un animal invertebrado. En cuanto a la génesis de la misma, el punto de partida será una cuestión de índole impresionista. Un tipo o un lugar le sugiere la obra; luego Baroja irá relatando cuanto acuda a su mente, “sin propósito muy determinado ni plan”.
     Una de las convicciones que más se le han reprochado a Baroja fue su idea de que por la novela debía desfilar multitud de seres de ficción. Ortega se indigna: “Llueven torrencialmente sobre cada volumen las figuras sin que se nos dé tiempo a intimar con ellas (...) La posibilidad material de hacinar tal cúmulo de personajes revela que no trata el autor a cada uno como es debido”.
     En el “Prólogo casi doctrinal sobre la novela”, Baroja afirma que presentar pocas figuras es tan sólo una consecuencia de la unidad estrecha del asunto; responde al cánon clásico de la unidad. El novelista considera que incluir muchas figuras contribuye a abrir el horizonte; esto ubica su obra en la corriente de influencia de lo medieval, caracterizado por la variedad, antes que por la unidad venerada por los clásicos. Eugenio Matus supone que esta proliferación de personajes secundarios obedece, por una parte, a la necesidad de encontrar un remedio contra el taedium vitae que siempre lo acosó, y, en segunda instancia, a reflejar el interés barojiano por lo particular, por los seres originales e individualizados. Baroja se defiende de las críticas de Ortega alegando que hay seres de ficción de los que no se puede escribir más, “lo que se añade parece siempre vano y superfluo”.
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Realismo
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     Al recorrer la obra de Baroja –ensayística, narrativa o autobiográfica-, la idea que surge con más vigor es la preocupación por el realismo. En Camino de perfección, el narrador expresa su credo artístico: “El arte debe ser la representación de la naturaleza, matizada al reflejarse en un temperamento”.. La postura realista conlleva, sin embargo, cierta consciencia de las limitaciones de la mímesis; Baroja no se deja seducir por la ilusión de la objetividad. Esta afirmación del vasco, puesta en boca de uno de sus personajes, nos recuerda una frase de M. H. Abrahams; en El espejo y la lámpara, Abrahams dice: “Aunque una obra de arte, por ejemplo, se parezca mucho a un espejo, es también, en aspectos importantes, enteramente diferente”.
     Pío Baroja ha advertido esta peculiaridad de la imitación; entre los escritores que se autoproclaman realistas podemos encontrar significativas diferencias al encarar un mismo tema. Sin embargo, haciendo esta salvedad, el cuentista insiste en que el arte “no es un conjunto de reglas ni nada; sino que es la vida: el espíritu de las cosas reflejado en el espíritu del hombre”; la forma en que esta realidad es evocada puede ser totalmente diferente, según la psicología y la circunstancia personal de quien la transfigura poéticamente.
     Baroja se manifiesta contrario a la mímesis. Considera que no puede haber una copia absolutamente objetiva de la realidad. Un ejemplo ilustra su aseveración: “Si Holbein, Durero, el Ticiano y el Greco vivieran, podrían copiar los cuatro la misma figura, esforzarse en hacer un retrato parecido, y, sin embargo, cada uno le daría un carácer irremisiblemente suyo”. Lógicamente, la obra más lograda no será para él aquella que mejor imite la realidad circundante, sino aquella que exprese con mayor fidelidad la personalidad del creador. 
     Fiel a su postura realista –por momentos naturalista, inclusive-, Baroja copia cuanto lo rodea, evoca lo que conoce. Como él mismo lo ha expresado, se atiene a los temas que domina por contacto directo y cotidiano. La carencia de un conocimiento cierto acerca de cuanto narra es –para el vasco- uno de los errores más graves del artista, capaz de dar por tierra con el mérito de su obra. Recordemos, al respecto, las duras críticas que le formuló a Ramón del Valle Inclán.´

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Arte y ciencia
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     La postura individualista nos hace pensar inevitablemente en el subjetivismo. Aún admitiendo que ciertas ciencias son rigurosamente objetivas –como la estadística-, afirma que “en el arte y en gran parte de la ciencia, la base es el egotismo, el individualismo”. Dentro del subjetivismo de los artistas, en particular, pueden observarse diversos matices; mientras que algunos son egotistas de una manera velada y suave, otros los son en modo violento y cínico. La obra literaria surge así como una proyección del creador, con todas sus peculiaridades; “yo me figuro –anota- que hay movimientos, agitaciones fuera del hombre, que pasan por nuestro molde espiritual y quedan fabricados como letras de imprenta, letras que luego se van combinando”.
     A la posición individualista en la literatura corresponde la que ha denominado “retórica del tono menor”, un tono íntimo y sincero. Ella se contrapone a la “retórica del tono mayor”, cultivada por importantes personalidades de su tiempo. Esta última se caracteriza por intentar conferir solemnidad a hechos que probablemente no la posean de por sí. Esta diferenciación alcanza asimismo a los lectores, ya que considera que las preferencias de cada ser humano tienen íntima relación con su identificación más profunda; quienes admiran una obra de arte “ven en sus modelos una proyección mejorada de sí mismos y son creadores mientras los interpretan”.
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Espontaneidad
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     Otra de las principales preocupaciones de Pío Baroja es la libertad de que debe gozar todo hombre que se aboca a la literatura. No le interesan las reglas, ni la corrección en el uso del idioma; lo único verdaderamente importante es la expresión del yo, de sus propias vivencias y aficiones. Ignorante de todo aquello que a técnica se refiere –pues la niega deliberadamente-, Baroja pide al arte una libertad que no todas las sensibilidades admiten. En uno de sus escritos teóricos sobre la novela, afirma: “haremos todas las extravagancias, y nos permitiremos todas las libertades”. Este ha sido su postulado a través de décadas de incansable producción.
     Donald Shaw destaca esta faceta de la concepción artística del vasco: “El creía que la capacidad de crear obras literarias es algo totalmente inexplicable, un don misterioso, al que no puede reemplazar el conocimiento de las doctrinas y técnicas literarias, y que elude constantemente sus dictados”. Esta es –creemos- la única posibilidad estética de un hombre que se destacó por su individualismo y su ansia de independencia.
     En su discurso de ingreso a la Real Academia Española, Baroja definió su concepción artística: “Me considero dentro de la literatura como hombre sin normas, a campo traviesa, un poco a la buena de Dios”; habiendo leído la obra barojiana, nada nos autoriza a pensar que el desconocimiento de reglas y técnicas haya menoscabado sus condiciones literarias. Baroja ha manifestado: “Yo, cuando leo obras  excesivamente trabajadas y bien escritas, pienso: Si esto tuviera partes descuidadas y un poco abandonadas a la inspiración, se leería con más facilidad”; el novelista considera que una obra lograda de acuerdo a rígidos cánones, una obra perfecta, es como el producto de una máquina de hacer tarjetas o chocolates. A pesar de lo irreverente de estas palabras, debemos reconocer que surgen como reacción a la estética imperante en su momento; debemos reconocer, por otra parte, que Baroja está acertado cuando habla del valor afectivo de la incorrección gramatical, de su calidez y espontaneidad.
     Estos postulados estéticos son los que destaca Ortega y Gasset, en un artículo de El Espectador: “Leemos páginas tras página y vamos adquiriendo la convicción de que no interesan al autor los personajes, ni lo que hacen, ni el aire que entre ellos se desliza, ni el arte de la novela, ni el arte en general”. Entonces, ¿qué es lo que interesa a Baroja? Nada más ni nada menos que expresarse, que exteriorizar ese espíritu en el que –al decir de Ortega- se evidencia “un desdén de indio nuevo hacia nuestra vieja excelencia literaria”.

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El estilo
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     El estilo, tan estudiado por los críticos de todos los tiempos, adquirirá un nuevo sentido, ya que el vasco, dejando de lado las consideraciones retóricas, dirá que es la manera en que cada hombre se representa el mundo y la forma en que interviene en su representación. “Para mí –sostiene- el ideal de un autor sería que su estilo fuera siempre inesperado; un estilo que no se pudiera imitar a fuerza de personal”. Para él, “el estilo es una manifestación de la personalidad humana como puede serlo el hablar, el sonreír y el andar”. Hay un estilo interno, que es el que “preside la elección de un asunto, da el tono a la obra literaria”; y hay un estilo externo, por el que se van desarrollando los fines de un modo objetivo. Pero –aclara- la división no es absoluta, ya que ambos se influyen y entrecruzan.
     Al ideal de su tiempo, resumido en el casticismo, el adorno y la elocuencia, Baroja opone su propia manera de concebirlo: “Para mí no es el ideal del estilo ni el casticismo, ni el adorno, ni la elocuencia; lo es, en cambio, la claridad, la precisión y la elegancia”. La novela –comenta- es el género que menos se presta para los ejercicios de estilo. Eugenio Matus sostiene que, para Baroja, el lenguaje debe desempeñar su papel de mostrar al mundo de la manera más discreta.
    
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Norte y sur
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     “Todos los escritores han escrito mirando alternativamente a su conciencia y a su público, para adentro y para afuera” dice Pío Baroja. Según el punto hacia el que el creador dirija su mirada, podrá establecerse la diferencia entre los artistas que dan más importancia a lo que el vasco denomina “el testigo interior” y aquellos que se interesan más por el público. Los primeros se han convertido en místicos, individualistas o humoristas; los segundos, en cambio, serán oradores, retóricos y peroradores.
     Médico al fin, analiza estos tipos  de creadores de acuerdo con la circunstancia en que desarrollan sus vidas; el medio geográfico ejerce –nos dice- influencia decisiva en el modo que escogerán para expresar sus vivencias y llega, inclusive, a modificarlas. Establece en su ensayo una diferenciación meramente fisiológica, en primer lugar, destacando que los hombres que habitan zonas de climas fríos apenas abren la boca para hablar, mientras que los que se mueven en climas benignos no temen que el aire invada sus pulmones. Esta distinción tiene su correlato en las posturas ante la sociedad: mientras que unos se aíslan, otros frecuentan las reuniones al aire libre. De ellas surgirán los oradores, más propensos a interesarse por el discurso en sí que por cuanto transmite.
     La repercusión de estas actitudes en la creación literaria surge como una consecuencia lógica de lo anteriormente expuesto: mientras que los hombres del Norte sólo utilizarán la palabra como vehículo de un contenido, los del Mediodía buscarán una retórica adornada y elegante, afín a sus costumbres gregarias. Esta contraposición, como todas las esbozadas por Baroja, puede ser demasiado categórica, pero no por ello deja de ser interesante. Es, por sobre todo, un intento de explicar de acuerdo a cuestiones geográficas rasgos que él percibe como constante en la literatura europea.
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Evadirse, entretenerse...

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     Baroja adhiere totalmente a la literatura de entretenimiento; en este aspecto creemos vislumbrar la psicología del lector de folletines, especie de la que sus obras han heredado no pocas características. Raúl H. Castagnino, refiriéndose a la literatura de evasión, sostiene que es “una envoltura que puede aislarnos de la circunstancia oprimente”, ¡cuánto nos recuerda esta afirmación las ideas del mismo Baroja!  El novelista vasco decía que el hombre imaginativo, capaz de inventar historias que divirtieran, le parecía un hombre superior; esta concepción del arte tiene sus raíces –suponemos- en el papel desempeñado por la literatura cuando Baroja era médico en Cestona.
    Fue en un pueblo de las Provincias Vascongadas donde Baroja escribió sus primeros cuentos; Cestona –Alcolea, en El árbol de la ciencia- favoreció el afloramiento de experiencias que hasta ese instante habían permanecido ocultas. “En ese pueblo comprendí, observándome a mí mismo, cómo había dentro de mi espíritu, dormido, un elemento de raza no despertado aún. En aquella época me dediqué a escribir cuentos e impresiones en el cuaderno donde tenía el registro de los igualados”, pronunció ante sus colegas el flamante académico; la creación literaria había ayudado al joven doctor Baroja a sobrellevar sus tediosos días de médico sin enfermos. El vasco llenará una tras otra las páginas, imaginándose protagonista de historias turbulentas, de dramas íntimos y esenciales. Desde su humilde consultorio, verá desfilar los personajes de las novelas; los verá defender los ideales de su nación, de su raza, de sus convicciones.   
      La posibilidad de evadirse de la realidad mediante el arte es resaltada por uno de los personajes barojianos; en El mundo es ansí, la contemplación estética produce una sensación de placer: “Parece que se borra la noción de la vida real con sus penalidades y sus tristezas; parece que ya no hay en la vida miseria, enfermedades, trabajo, nada triste ni depresivo, quizá tampoco nada grande”. En la profunda crisis de fin de silgo, la creación literaria aparece como un bálsamo para los castigados españoles; los seres de ficción –Martín Zalacaín, Jaun de Alzate, Shanti Andía-, viven emocionantes aventuras que los llevan de un lugar a otro, sin darles tiempo para volverse hacia su interioridad.
     Domingo Yndurain comenta esta personal concepción de la actividad creadora: “Tenemos, en primer lugar, que para Baroja la literatura ha perdido toda finalidad trascendente. Para él se trata sólo de pasar un buen rato”. Pero no sólo pasa un momento agradable el autor; la distracción también se da en el lector. Así lo considera Juan Valera, el autor de Pepita Jiménez: “me he entretenido y con eso basta para que yo celebre al autor y recomiendo la lectura de su libro”. Como vemos, este tipo de obras encontraba más de un adepto entre las personalidades del momento.
     Frente a esta postura evasiva encontramos la que se encarna en el academicismo, en los cánones rígidos que coartan las potencias expresivas del artista. De todos modos, el arte era para Baroja uno de los temas fundamentales de la vida humana, y le proporcionaba no pocas inquietudes, por eso hace que Fernando Ossorio decida apartar a su hijo de “ideas perturbadoras, tétricas, de arte y de religión”.
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     Este es, a grandes rasgos, el credo estético de una de las figuras descollantes de las letras hispánicas contemporáneas, credo cimentado en tres pilares fundamentales: realismo, libertad y subjetividad. Baroja ha sido, ante todo, un espíritu inquieto, amante de la independencia; este sentimiento se evidencia también en su obra. La originalidad de su concepción artística no impidió que fuera elegido miembro de la Real Academia Nacional. Frente a las palabras huecas, eligió la autenticidad; frente a la belleza formal, su propia verdad.

(extraído de

       

BIBLIOGRAFIA
Baeza, Fernando, et al: Baroja y su mundo. Ediciones Arión, Madrid, 1961.
Baroja, Pío: Camino de perfección
                  La caverna del humorismo
                  La nave de los locos              
                  El mundo es ansí
Benet Goitía, J. Et al.: Barojiana. Madrid, Taurus, 1972.
Bretz, Mary Lee: La evolución novelística de Pío Baroja. Madrid, Studia humanitatis, 1979.
Matus, Eugenio: Introducción a Baroja. Santiago de Chile, Ediciones Universitarias de Valparaíso, 1972.
Ortega y Gasset, José: “Una primera vista sobre Baroja” e “Ideas sobre Pío Baroja”, en  Obras completas, Vol. II, Revista de Occidente, Madrid, 1957.
Rovetta, Carlos: De Unamuno a Ortega y Gasset. Buenos Aires, 1968.
Shaw, Donald: La generación del 98. Madrid, Cátedra, 1977.
Yndurain, Domingo: “Teoría de la novela en Baroja”, en Cuadernos Hispanoamericanos,  LXVIII, mayo de 1969.

LOS ESCRITORES EUROPEOS Y LA INMIGRACIÓN A AMÉRICA (María González Rouco)

Museo de la emigración. Archivo de indianos. Asturias
(de la web España es cultura)

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Indice:

Edmondo D’Amicis
Rosalía de Castro
Leopoldo Alas
Juan Antonio Cavestany
Pío Baroja
Rafael Alberti
Federico García Lorca


En este trabajo me refiero a los inmigrantes que llegaron a América, evocados en memorias y obras literarias por destacados escritores que no nacieron en la Argentina ni emigraron a ella. Son estos escritores el italiano Edmondo D’Amicis y los españoles Rosalía de Castro, Leopoldo Alas, Pío Baroja, Rafael Alberti, Federico García Lorca y Juan Antonio Cavestany.

Hemos leído obras escritas por inmigrantes que se establecieron en la Argentina, o acerca de ellos. Supimos, a través de drama, narrativa y lírica, de memorias, biografías y periodismo, cuáles fueron las causas que los llevaron a dejar su tierra, en qué condiciones debieron realizar un viaje tan amargo, y qué suerte corrieron en el nuevo destino.
Complementando estos textos de inmigración, se encuentran otros textos, escritos por autores de renombre nacidos en Europa, que nos hablan de aquellos que emigraron. Nos ocuparemos de algunas de estas páginas, referidas a inmigrantes de diversas nacionalidades, y a su vida en la tierra americana a la que se dirigieron.




Edmondo D'Amicis

Los italianos que se embarcan en Génova en 1884, hacia el Río de la Plata, son descriptos por Edmondo D’Amicis en su obra En el océano. Acerca del escritor, expresó Griselda Gambaro: "El autor de Corazón recoge, sin embargo, sus mejores frutos en la crónica. En este fresco están todos los que vinieron a América, en su mayoría obreros y campesinos, cada uno con su sueño particular. Y el sueño -y el destrozo del sueño- empieza en el Galileo, como si el barco navegara en un mar de tierra y sus pasajeros, en los múltiples tipos y pasiones, representaran a la humanidad entera" (1).

Cuore (2), publicado en el año 1886, es una de las novelas "de intención moralista y didáctica" (3) de D’Amicis. En ella, presenta a una mujer debe buscar fortuna en otra tierra, agobiada por las deudas que había contraído. El relato incluido en Cuore se titula "De los Apeninos a los Andes".

La madre creada por el escritor –un ser admirable- sufre ante la partida, aún sabiendo que no existe otra posibilidad para ella y para los suyos. Evoca la despedida con amargura: "¡No me lo podía separar de mi cuello cuando partí; sollozaba que daba compasión oírle; parecía que supiese que no había de volver a ver a su madre! ¡Pobre niño mío! ¡Creía que estallaba mi corazón!".

Para la genovesa de Corazón, Argentina era una meta que le permitiría tener una vida más digna, a pesar de un sacrificio terrible. El italiano comenta: "No son pocas las mujeres valerosas que realizan tan largo viaje con aquel objeto, gracias a los buenos salarios que encuentra allí la gente de servicio, y al cabo de pocos años retornan a la patria con algunos millares de pesos".

Pese a su corta edad, Marcos, el protagonista del relato del italiano, comprende la situación, mas no descansa hasta el momento del reencuentro. Para distraerse del miedo, el adolescente "pensaba en muchas cosas de ella; traía a su mente sus palabras cuando salió de Génova y el modo como le solía arreglar las frazadas bajo el mentón, cuando estaba en la cama".

En 1895 apareció en Italia La maestrina degli operai, traducido al castellano como La maestrita de los obreros (4). En esa obra, en una oportunidad, la protagonista encuentra que, al ir a dar su clase, "Faltaba esa noche más de una docena de alumnos. La maestra investigó las razones de la ausencia, y supo que habían ido, con muchos otros, a pasar la velada en un establo, donde un viejo aldeano, de vuelta de América, un espíritu jovial y extraño, había invitado a medio arrabal para relatarle la historia de sus aventuras. Era algún alivio para ella; pero de la muchachada, por desgracia, no faltaba ninguno".



Notas

Gambaro, Griselda: "L’América: el sueño en italiano", en Clarín, Buenos Aires, 20 de julio de 2002.
Varios autores: Enciclopedia Clarín. Buenos Aires, Visor, 1999.
D’Amicis, Edmondo: Corazón.
D’Amicis, Edmondo: La maestrita de los obreros.




Rosalía de Castro


El 24 de febrero de 1837 nace en Santiago de Compostela Rosalía de Castro. "La emigración gallega es uno de los temas más constantes y sentidos de la poesía de Rosalía –destaca Emilio González López-, que en Follas Novas (1880) incluyó toda una parte, el quinto libro, a poetizar la triste situación de los emigrantes y de las familias que dejan su tierra, libro que tituló As viudas dos vivos e as viudas dos mortos. En Follas Novas Rosalía contempla el éxodo de las gentes de Galicia que emigran para América. Con inmensa tristeza los ve ir, pensando que no hay nada más doloroso que dejar la propia tierra en busca de un porvenir incierto". En su libro En las orillas del Sar, vuelve a tratar el tema, "pero contemplado ahora desde un punto de vista diferente. Ya no ve la poetisa la marcha de los emigrantes, sino que piensa en los que se han ido y están ya en América. Y Rosalía, entristecida por su larga ausencia de la tierra, los llama para que se reintegren a la patria amada. Esta llamada, que tiene el dolor de una madre que se dirige a sus hijos extraviados por el mundo, se expresa en una serie de poemas que recoge bajo el título de Volved, que son lo más sentido y bello que se ha escrito en la poesía castellana sobre la emigración. (...) No es Rosalía quien llama a los emigrantes, sino toda Galicia: es toda la tierra, su viento, sus ríos y sus bosques que se han quedado abandonados por los que se fueron".

Su visión es parcial –finaliza González López-: "El emigrante no es jamás en los versos de Rosalía el indiano enriquecido y vanidoso, satirizado principalmente en las obras de los novelistas asturianos y montañeses, sobre todo de Pérez de Ayala y de Pereda; sino el pobre y desgraciado que ha sido arrancado a la fuerza de su casa y de su terruño por el trágico destino que juega con el hombre como si fuera un muñeco. Rosalía no tiene ojos para ver, ni pensamientos para entretenerse en satirizar a los pocos que han triunfado a su manera en las tierras americanas; sólo tiene sentimientos para los tristes y para los desgraciados que no encontraron la felicidad en el mundo que dejaron y difícilmente tendrán mejor suerte en este otro nuevo al que vinieron" (1).

El tema de la inmigración aparece, fundamentalmente, en Follas Novas. Este libro –anota el prologuista-, que no se publicó hasta 1880, pero fue escrito, casi con certeza, entre los años 1870 y 1871, "representa una sensibilidad nueva, significa una distinta concepción de la poesía. Rosalía abandona el folklore, los tópicos costumbristas, el popularismo, para ahondar en los sentimientos, en la problemática social, para elaborar una metafísica del alma gallega. (...) En otra dimensión, volvemos a encontrarnos de nuevo con el dolor, con la saudade; con la vida trabajosa y dura de los labradores pobres; con los niños desamparados huérfanos, lacerados por el frío invernal; con la emigración; con el amor en todas sus manifestaciones: amor a la madre, a los hijos, amores femeninos agostados por el abandono, truncados por la muerte. Ahora bien, los temas de Cantares gallegos se adensan, se subliman, en Follas Novas. (...) Rosalía de Castro concibe sus versos "no fondo sin fondo do meu pensamento"; no son ‘follas novas’, son tojos y zarzas, ásperos, punzantes, como sus fieras penas, como su irremediable dolor; son la sombra misteriosa que merodea sus pasos, el dolor indescriptible del clavo hincado en el corazón, las viudas de muertos, las viudas de vivos que nadie consuela" (2).



Notas

González López, Emilio: Galicia, su alma y su cultura. Buenos Aires, Ediciones Galicia (Centro Gallego de Buenos Aires, Instituto Argentino de Cultura Gallega), 1978.

Varela Jácome, Benito: "Estudio preliminar", en Castro, Rosalía de: Castro, Rosalía de: Obra poética. Edición a cargo de D. Benito Varela Jácome. Barcelona, Bruguera, 1972.




Leopoldo Alas, Clarin


Leopoldo Alas nació en Zamora en 1852. De 1891 es Su único hijo, segunda y última novela larga del español Leopoldo Alas Clarín. En ella, se relata lo sucedido una noche en el teatro, cuando Emma Valcárcel hace su aparición lujosamente vestida. Esa situación permite al escritor reflejar qué sentía la esposa del hombre a quien denominaban "el americano" –no se aclara si por su origen o por haber regresado de este continente-: "Tal vez la que más envidiaba a la de Valcárcel era la mujer del americano Sariegos, el más rico de la provincia, que podría aturdir a todos los Valcárcel del mundo envolviéndolos en papel del Estado y en acciones del Banco y otras mil grandezas, pero Sariegos no permitía tales despilfarros, que en él no lo serían, y su señora tenía que contentarse con un lujo muy mediano. Por eso rabiaba ella". Pero también rabiaba él, aunque por otro motivo: "se puso de pronto a aborrecer a Emma, porque tenía la culpa de que en aquel momento su esposa estaría maldiciéndole y detestándole a él por avaro; y además, aunque parezca raro, también miraba con envidia el aderezo de la abogaducha. Mas luego se hizo superior a sentimientos tan humillantes para él" (1).


Notas
Alas, Leopoldo ("Clarín"): Su único hijo. Barcelona, Bruguera.

  

Juan Antonio Cavestany


Cavestany nació en Sevilla en 1861. Fue poeta y dramaturgo; académico. "Su mejor obra teatral es El esclavo de su culpa. Sus poesías se reúnen en dos tomos: Versos viejos y Al pie de la Giralda" (1).

En "Canto a la Argentina" (2), se refiere a quienes han dejado sus tierras en busca paz y prosperidad.



Canto a la Argentina


¡Salve noble Nación! Seguro puerto
guardado por las olas y los Andes;
ayer, triste desierto,
hoy pueblo rico, grande entre los grandes.

El Mundo Viejo que antes te enseñaba
Hoy aprende de ti; de ti recibe
Hasta el mismo sustento de que vive.

Atravesando mares,
A ti llegan sus hijos a millares,
A realizar su anhelo
De beber de tu fuente,
De escoger riquezas en tu suelo
Y de aspirar venturas en tu ambiente.


Llegan... y hallan la suerte apetecida,
Pues dan a un tiempo, como doble palma,
Tu tierra, el rubio trigo: ¡el pan de vida!;
Tu aire, la Libertad: ¡el pan del alma!

Notas
Varios autores: Enciclopedia Clarín. Buenos Aires, Visor Enciclopedias Audiovisuales SA, 1999.
Cavestany, Juan Antonio: "Canto a la Argentina", en Berdiales, Germán: Cantan los pueblos americanos. Ilustraciones de David Cohen. Buenos Aires, Ediciones Peuser, 1957. 2° edición.



Pío Baroja


En Las inquietudes de Shanti Andía (1), novela, protagonizada por un marino, presenta Baroja a varios indianos. Se les llamaba así a quienes procedían de las Indias Occidentales (América), pero especialmente a aquellos que regresaban a España enriquecidos luego de muchos años en el Nuevo Continente. Los diversos pasajes en que describe a estos personajes nos permiten notar que no sentía por ellos, ciertamente, simpatía, en parte por su condición de comerciantes, pero también por su ignorancia y presunción.

En 1910 aparece César o nada (2), novela en la que aparece nuevamente su aborrecimiento por los indianos, encarnado esta vez en un personaje que "estudiaba en el colegio de Escolapios del pueblo y después ingresaba en el seminario de Tortosa". El alumno dejaba mucho que desear: "No se distinguió allí por su inteligencia ni por su buena conducta; pero a fuerza de tiempo y de recomendaciones, pudo ordenarse y decir misa en Villanueva".

En La sensualidad pervertida (3), el protagonista visita a una familia que le causa muy mala impresión: "Una casa donde me recibían amablemente era la de un americano, condiscípulo de mi padre, de niño, en Vergara. Este señor se llamaba Alpizcueta, y era un pobre hombre, bueno, débil y sin ningún carácter. Se hallaba dominado por su mujer, una americana despótica y altanera; tenían un hijo y dos hijas. El hijo era negado, de lo más incomprensivo que pudiera imaginarse, tonto, soberbio, caprichoso, rubio y con cara de negro; las hijas habían salido como la madre: altas, fuertes, guapas, voluntariosas y mandonas".

Los Cuentos, publicados por Alianza (4), incluyen "Elizabide el Vagabundo". En él, el narrador relata que próximo a casarse con la hija de un estanciero uruguayo "sintió la nostalgia de su pueblo, del olor a heno de sus montes, del pasiaje brumoso de la tierra vascongada (...) se embarcó en un transatlántico, y después de saludar cariñosamente la tierra hospitalaria de América, se volvió a España".

Cuando a Martín Zalacaín (5) le aconsejaban ir a la escuela, él exclamaba: " -¿Yo a la escuela? Yo me iré a América o me iré a la guerra". No se decidió por el primero de estos proyectos. Ortega (6) "estuvo de médico militar en Cuba, y se acostumbró a beber de una manera terrible". Son otros personajes que tuvieron en sus mentes la aventura trasatlántica. No la concretaron o volvieron derrotados. Sin embargo, es por estos por quienes el novelista siente aprecio, y no por los indianos a los que se ha referido reiteradamente.



Notas

Baroja, Pío: Las inquietudes de Shanti Andía. Cátedra.
Baroja, Pío: César o nada, en Baroja, Pío: Las ciudades. Madrid, Alianza.
Baroja, Pío: La sensualidad pervertida , en Baroja, Pío: Las ciudades. Madrid, Alianza.
Baroja, Pío: Cuentos. Alianza, 1966.
Baroja, Pío: Zalacaín el aventurero. Buenos Aires, Losada.
Baroja, Pío: El árbol de la ciencia. Alianza.




Rafael Alberti

El poeta Rafael Alberti y su esposa, la escritora María Teresa León, se exiliaron en la Argentina. En nuestro país, el gaditano escribe sus memorias, tituladas La arboleda perdida (1), obra en la que manifiesta: "Y ahora, esta afiebrada tarde del 18 de noviembre de 1954, en mi cercado jardinillo de la calle Las Heras, bajo dos florecientes estrellas federales, el mareante aroma de un magnolio vecino, cuatro pobres rosales, martirizados por las hormigas, y el apretado verde de una enamorada del muro, doy comienzo a este segundo libro de mis memorias".

En julio de 1959, Alberti puso punto final a La arboleda perdida. Considera que hay en esas páginas "innumerables blancos, que no son, de ningún modo, olvidos" y se pregunta cuándo completará sus memorias, con miras a una nueva edición: "¿Lo haré eso en España o todavía aquí, en la Argentina, donde fueron escritos el final de la primera parte y toda la segunda de la presente obra? No sé, pero hay algo en mi país que ya tambalea, y entre nosotros, los desterrados españoles, circulan vientos que nos cantan la canción del retorno".

Dejaría la Argentina pensando en su Cádiz amada, pero debió recalar mucho tiempo en Roma. Finalmente, regresó a su puerto de Santa María.

En 1963, María Teresa León escribe la nota titulada "Soñemos con el viaje", en la que expresa: "A lo lejos nos está esperando el itinerario previsto o tal vez la emoción de ver de nuevo la aldea que se dejó al venir o la visita a los parientes de los abuelos, que deben estar en tal lugar..., o las ciudades madres de civilizaciones ilustres o los museos donde se almacena el ingenio humano o las formas diferentes de la vida de los hombres en este mondo cane, que a veces se dulcifica en las fiestas" (2).

Notas
Alberti, Rafael: La arboleda perdida. Barcelona, Bruguera, 1980.
Leòn, Marìa Teresa: "Soñemos con el viaje", en Mucho Gusto, Nª 203. Buenos Aires, septiembre de 1963.

  
Federico García Lorca

Federico García Lorca nació en Fuente Vaqueros, Granada, probablemente en 1898. "Los Poemas Galegos -escribe Antonio Pérez-Prado- fueron publicados en 1935 por Anxel Casal, editor pobre y doméstico, quien solventó la malandanza de su imprenta con los aportes de su mujer, costurera. Un año más tarde, aquel negro año de 1936, Anxel Casal, en Galicia, y Federico García Lorca, en su Granada, fueron fusilados" (1). Uno de estos poemas es la Cantiga do neno da tenda (2), que transcribimos:



Bos Aires ten unha gaita
Sobro do Río da Prata,
Que toca o vento do norde
Coa súa gris boca mollada.

¡Triste Ramón de Sismundi!
Aló, na rúa Esmeralda,
Basoira que te basoira
Polvo d’estantes e caixas.

Ao longo das rúas infindas
Os galegos paseiaban
Soñando un val imposibel
Na verda riba da pampa.

¡Triste Ramón de Sismundi!
Sinteu a muñeira d’ágoa
Mentre sete bois da lúa
Pacían na súa lembranza.

Foise para veira do río,
veira do Río da Prata.
Sauces e cabalos múos
Creban o vidro das ágoas.


Non atopou o xemido
Malencónico da gaita,
Non viu o imenso gaitero
Coa boca frolida d’alas;
Triste Ramón de Sismundi,
Veira do Río da Prata,
Viu na tarde amortecida
Bermello muro de lama.
Notas

Pérez-Prado, Antonio: "A Lorca le hubiera gustado", en Alposta, Luis: Lorca en lunfardo. Los "Seis poemas galegos" en edición bilingûe. Traducción de Luis Alposta. Estudio preliminar de Antonio Pérez-Prado. Buenos Aires, Corregidor, 1996.

García Lorca, Federico: "Cantiga do neno da tenda", en Alposta, Luis: Lorca en lunfardo. Los "Seis poemas galegos" en ediciòn bilingûe. Traducción de Luis Alposta. Estudio preliminar de Antonio Pèrez-Prado. Buenos Aires, Corregidor, 1996.

 *****
En los países de origen o en América, los escritores europeos evocaron a sus compatriotas emigrantes, los comprendieron y eternizaron.


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