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¿SUPERMÁN O DON QUIJOTE? (Carlos Fuentes)

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En un oportuno e inteligente artículo publicado en El País este verano (*), José María Guelbenzu hacía la disección de la desmayada moda de la literatura "ligera" o "divertida". La creación literaria es elitista, recordaba entonces Guelbenzu; es el acceso a ella lo que debe ser democrático, y "eso sólo se consigue ( ... ) por medio de una educación para todos que permita erradicar la ignorancia". Cuando esto ocurre, Sterne, Stendhal o Juan Goytisolo se vuelven accesibles.Guelbenzu nos recuerda también que la democracia no es un acto de holgazanería, mediocridad o ignorancia, sino precisamente un esfuerzo de educación y lucidez exigente y parejo, en cierto modo, a la creación literaria misma. Identificar literatura con ligereza y diversión en nombre de la accesibilidad popular es hacerle un flaco servicio a la creación y a la democracia. A la larga, dañar a aquélla es socavar a ésta.

A veces en la América española se aduce que obras como Paradiso, de Lezama Lima, o Rayuela, de Julio Cortázar, no pueden ser recibidas por un público iletrado o semialfabetizado. Mi respuesta siempre ha sido: ¿qué van a leer nuestros analfabetos cuando dejen de serlo? ¿Superman o Don Quixote? La esperanza de un Lezama o de un Cortázar en Hispanoamérica es la de un Guelbenzu en España. "Las novelas tienen que ser divertidas", dictamina la moda. Y Guelbenzu se pregunta: "¿No será al revés? ¿No será que es el lector el que tiene que aprender a divertirse?".

En el centro de esta querella están, pues, el lector y dos maneras de invitarlo a que participe de la obra literaria. Una es la del best seller, que parte del supuesto de un lector identificable, cuyos gustos, juicios y prejuicios son conocidos de antemano por el autor, quien confecciona, según esta receta, un platillo comercial. El lector no lee: consume, se divierte quizá, pero la obra pasa por sus intestinos y sale por lo que Juan Goytisolo llama "el despeñadero del recto".

Otras obras buscan al lector inexistente aún, al lector por hacer y por descubrir en la lectura misma. Cuando este lector y la obra se encuentran nace la novela potencial. Su residencia permanente es la cabeza y el corazón, compartidos, de Sterne y su lector, de Stendhal, Kafka, Joyce y los suyos. El lector y la obra se crean entre sí.

Cortázar hacía una distinción, quizá demasiado sexista para este fin de siglo, entre Lector Macho (activo) y Lector Hembra (pasivo). Yo prefiero distinguir al Lector Costilla (macho y hembra), que debe masticar la carne 20 veces antes de deglutirla, del Lector Gerber (niño y niña), que, desdentado, se traga una papilla blanda, informe, premasticada.

La apología del Lector Gerber adopta muchas formas, chupa muchos biberones y se pone muchos baberos. Si su nivel más bajo es precisamente la exigencia frívola de la literatura diver o light, el más mediocre es el del realismo que pide la sujeción de la imaginación verbal a la estadística sociológica, a la verosimilitud psicológica y a la historia concebida como hecho registrable, pero nunca como imaginación del tiempo, presente, pasado o futuro.

La mediocridad de esta demanda se relaciona en México y en la América española con cierta nostalgia de la clase media identificable, próspera y democrática, que no tuvimos durante el apogeo del realismo el siglo pasado. La anacronía crítica del realismo y el psicologismo, revestidos de una pretensión de objetividad histórica, equivale a la nostalgia actual de la clase media, mediadora y, por estar en el medio, virtuosa y orgullosamente mediocre. Éste sería, según la anacronía realista, el dato revelador de nuestra universalidad, pues es en la mediocracia mediadora donde demostramos que no somos distintos, somos iguales, digamos, a los franceses y a los británicos. Consumirnos, en resumidas cuentas, lo mismo que ellos, los otros que, mediada y mediocremente, se vuelven así nosotros.

Pero el hecho es que nuestra universalidad, como dato concreto de nuestra humanidad, no se reconoce en esta mediación de la mediocridad. La gran literatura hispanoamericana lo es de trancos enormes, síntesis supremas, violaciones del realismo y sus códigos a través de la hipérbole, el delirio y el sueño. Es la creación de otra historia, de una segunda historia que ciega y disminuye a los historiadores de archivo. La segunda historia se manifiesta a través de la escritura individual, pero se propone como la memoria y el proyecto (es decir, como la realidad verdadera) de una colectividad, por definición, dañada. A la luz de la redención, escribió Adorno, el mundo aparece, inevitablemente, deformado.

Esta realidad, que es una irrealidad a los ojos del verismo naturalista y el historicismo de calendario, es la que en Hispanoamérica nos permite unirnos a una universalidad que no es sino la suma de antiguas excentricidades súbitamente reveladas como hechos centrales de la cultura moderna. Este desplazamiento nos traslada a las Indias occidentales de Derek Walcott y V. S. Naipaul, a las Indias orientales de Salman Rushdie, al Cercano Oeste de Joan Didion y Norman Mailer, a la excentricidad insular de Julian Barnes y Peter Ackroyd en Inglaterra, al lejano Sur de Nadine Gordimer en África y al exilio centroeuropeo de Milan Kundera. Todo esto es el territorio de la novela potencial.

El realismo, en cambio, nos condenaría a ser anacrónicos en nombre de la "verdad" entrecomillada por su incapacidad de hacer de lo no-contemporáneo, contemporáneo. Éste es el signo del arte: hacer del pasado, presente. Lo niega la noción de la historia concebida como hecho estadístico, registrable, y no como evento continuo, imaginable. El ancla de esta anacronía suele ser el chovinismo, ejercitado como exclusión fascistoide de quienes no merecen, por su falta de realismo, ser mexicanos, españoles o soviéticos.

La defensa más literaria del Lector Gerber es la que exige un cierto código de recepción para la obra, basado en la linealidad narrativa, con un principio y un fin lógicos; personajes psicológicamente redondeados y apego a la verosimilitud histórica y social. Este realismo decimonónico dio sus frutos -Tolstoi, el máximo-, pero es una excepción estrecha a la literatura que viola ese mismo código, de Rabelais, Cervantes, Sterne y Diderot, a Joyce, Faulkner, Virginia Woolf y Broch, sin excluir a autores realistas que, como Balzac, poseen una dimensión totalmente fantástica, o que, como Flaubert, son menos interesantes por su verismo psicológico que por su escritura.


Carlos Fuentes
Juan Goytisolo y el honor de la novela
en Geografía de la novela


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(*) Es necsario constatar que el presente artículo es un estracto del capítulo Juan Goytisolo y el honor de la novela recogido en el volumen compilatorio Geografía de la novela  editado por Alfaguara en el año 1993. Inicialmente fue publicado en El País de 3 de enero de 1989 tal y como aquí se transcribe

EN MÉXICO NO HAY TRAGEDIA (Carlos Fuentes)




Mi nombre es Ixca Cienfuegos. Nací y vivo en México, D.F. Esto no es grave. En México no hay tragedia: todo se vuelve afrenta. Afrenta, esta sangre que me puma como filo de maguey. Afrenta, mi parálisis desenfrenada que todas las auroras tiñe de coágulos. Y mi eterno salto mortal hacia mañana. Juego, acción, fe -día a día, no sólo el día del premio o del castigo: veo mis poros oscuros y sé que me lo vedaron abajo, abajo, en el fondo del lecho del valle. Duende de Anáhuac que no machaca uvas -corazones; que no bebe licor, bálsamos de tierra -su vino, gelatina de osamentas; que no persigue la piel alegre: se caza a sí mismo en una licuación negra de piedras torturadas y ojos de jade opaco. De hinojos, coronado de nopales, flagelado por su propia (por nuestra) mano. Su danza (nuestro baile) suspendida de un asta de plumas, o de la defensa de un camión; muerto en la guerra florida, en la riña de cantina, a la hora de la verdad: la única hora puntual. Poeta sin conmiseración, artista del tormento, lépero cortés, ladino ingenuo, mi plegaria desarticulada se pierde, albur, relajo. Dañarme, a mí siempre más que a los otros: ¡Oh derrota mía, mi derrota, que a nadie sabría comunicar, que me coloca de cara frente a los dioses que no me dispensaron su piedad, que me exigieron apurarla basta el fin para saber de mí y de mis semejantes! ¡Oh faz de mi derrota, faz inaguantable de oro sangrante y tierra seca, faz de música rajada y colores turbios! Guerrero en el vacío, visto la coraza de la bravuconada; pero mis sienes sollozan, y no cejan en la búsqueda de lo suave: la patria, el clítoris, el azúcar de los esqueletos, el cántico frisado, mimesis de la bestia enjaulada. Vida de espaldas, por miedo a darlas; cuerpo fracturado, de trozos centrífugos, gimientes de enajenación, ciego a las invasiones. Vocación de libertad que se escapa en la red de encrucijadas sin vértebras. Y con sus restos mojamos los pinceles, y nos sentamos a la vera del camino para jugar con los colores... Al nacer, muerto, quemaste tus naves para que otros fabricaran la epopeya con tu carroña; al morir, vivo, desterraste una palabra, la que nos hubiera ligado las lenguas en las semejanzas. Te detuviste en el ultimo sol; después, la victoria azorada inundó tu cuerpo hueco, inmóvil, de materia, de títulos, de decorados. Escucho ecos de atabales sobre el ruido de motores y sinfonolas, entre el sedimento de los reptiles alhajados. Las serpientes, los animales con historia, dormitan en tus urnas. En tus ojos, brilla la jauría de los soles del trópico alto. En tu cuerpo, un cerco de púas. ¡No te rajes, manito! Saca tus pencas, afila tus cuchillos, niégate, no hables, no compadezcas, no mires. Deja que toda tu nostalgia emigre, todos tus cabos sueltos; comienza, todos los días en el parto. Y recobra la llama en el momento del rasgueo contenido, imperceptible, en el momento del organillo callejero, cuando parecería que todas tus memorias se hicieran más claras, se ciñeran. Recóbrala solo. Tus héroes no regresarán a ayudarte. Has venido a dar conmigo, sin saberlo, a esta meseta de joyas fúnebres. Aquí vivimos, en las calles se cruzan nuestros olores, de sudor y páchuli, de ladrillo nuevo y gas subterráneo, nuestras carnes ociosas y tensas, jamás nuestras miradas. Jamás nos hemos hincado juntos, tú y yo, a recibir la misma bestia; desgarrados juntos, creados juntos, sólo morimos para nosotros, aislados. Aquí caímos. Qué le vamos a hacer. Aguantarnos, mano. A ver si algún día mis dedos tocan los tuyos. Ven, déjate caer conmigo en la cicatriz lunar de nuestra ciudad, ciudad puñado de alcantarillas, ciudad cristal de vahos y escarcha mineral, ciudad presencia de todos nuestros olvidos, ciudad de acantilados carnívoros, ciudad dolor inmóvil, ciudad de la brevedad inmensa, ciudad del sol detenido, ciudad de calcinaciones largas, ciudad a fuego lento, ciudad con el agua al cuello, ciudad del letargo pícaro, ciudad de los nervios negros, ciudad de los tres ombligos, ciudad de la risa gualda, ciudad del hedor torcido, ciudad rígida entre el aire y los gusanos, ciudad vieja en las luces, vieja ciudad en su cuna de aves agoreras, ciudad nueva junto al polvo esculpido, ciudad a la vela del cielo gigante, ciudad de barnices oscuros y pedrería, ciudad bajo el lodo esplendente, ciudad de víscera y cuerdas, ciudad de la derrota violada (la que no pudimos amamantar a la luz, la derrota secreta), ciudad del tianguis sumiso, carne de tinaja, ciudad reflexión de la furia, ciudad del fracaso ansiado, ciudad en tempestad de cúpulas, ciudad abrevadero de las fauces rígidas del hermano empapado de sed y costras, ciudad tejida en la amnesia, resurrección de infancias, encarnación de pluma, ciudad perro, ciudad famélica, suntuosa villa, ciudad lepra y cólera, hundida ciudad. Tuna incandescente. Águila sin alas. Serpiente de estrellas. Aquí nos tocó. Qué le vamos a hacer. En la región más transparente del aire.


Carlos Fuentes
La región más transparente del aire


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