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DEL SENTIMIENTO TRÁGICO DE LA VIDA (Miguel de Unamuno)





El gran maestro del fenomenalismo racionalista, David Hume, empieza su ensayo Sobre la inmortalidad del alma con estas definitivas palabras: «Parece difícil pro­bar con la mera luz de la razón la inmortalidad del alma. Los argumentos en favor de ella se derivan comúnmente de tópicos metafísicos, morales o físicos. Pero es en reali­dad el Evangelio, y sólo el Evangelio, el que ha traído a la luz la vida y la inmortalidad.» Lo que equivale a ne­gar la racionalidad de la creencia de que sea inmortal el alma de cada uno de nosotros.

Kant, que partió de Hume para su crítica, trató de esta­blecer la racionalidad de ese anhelo y de la creencia que este importa, y tal es el verdadero origen, el origen íntimo de su crítica y de la razón práctica y de su imperativo ca­tegórico y de su Dios. Mas a pesar de todo ello, queda en pie la afirmación escéptica de Hume, y no hay manera al­guna de probar racionalmente la inmortalidad del alma. Hay, en cambio, modos de probar racionalmente su mor­talidad.

Sería, no ya excusado, sino hasta ridículo, el que nos extendiésemos aquí en exponer hasta qué punto la conciencia individual humana depende de la organización del cuerpo, cómo va naciendo, poco a poco, según el cerebro recibe las impresiones de fuera, cómo se in­terrumpe temporalmente, durante el sueño, los desmayos y otros accidentes, y cómo todo nos lleva a conjeturar ra­cionalmente que la muerte trae consigo la pérdida de la conciencia. Y así como antes de nacer no fuimos ni tene­mos recuerdo alguno personal de entonces, así después de morir no seremos. Esto es lo racional.

Lo que llamamos alma no es nada más que un término para designar la conciencia individual en su integridad y su persistencia; y que ella cambia, y que lo mismo que se integra se desintegra, es cosa evidente. Para Aristóteles era la forma sustancial del cuerpo, la entelequia, pero no una sustancia. Y más de un moderno la ha llamado un epifenómeno, término absurdo. Basta llamarlo fenómeno.

El racionalismo, y por este entiendo la doctrina que no se atiene sino a la razón, a la verdad objetiva, es forzosa­mente materialista: y no se escandalicen los idealistas.

Es menester ponerlo todo en claro, y la verdad es que eso que llamamos materialismo no quiere decir para no­sotros otra cosa que la doctrina que niega la inmortalidad del alma individual, la persistencia de la conciencia per­sonal después de la muerte.

En otro sentido, cabe decir que como no sabemos más lo que sea la materia que el espíritu, y como eso de la ma­teria no es para nosotros más que una idea, el materia­lismo es idealismo. De hecho y para nuestro problema -el más vital, el único de veras vital-, lo mismo da de­cir que todo es materia como que es todo idea, o todo fuerza, o lo que se quiera. Todo sistema monístico se nos aparece siempre materialista. Sólo salvan la inmortalidad del alma los sistemas dualistas, los que enseñan que la conciencia humana es algo sustancialmente distinto y di­ferente de las demás manifestaciones fenoménicas. Y la razón es naturalmente monista. Porque es obra de la ra­zón comprender y explicar el universo, y para compren­derlo y explicarlo, para nada hace falta el alma como sus­tancia imperecedera. Para explicarnos y comprender la vida anímica, para la psicología, no es menester la hipó­tesis del alma. La que en un tiempo llamaban psicología racional, por oposición a la llamada empírica, no es psi­cología, sino metafísica, y muy turbia, y no racional, sino profundamente irracional o más bien contrarracional.


La doctrina pretendida racional de la sustancialidad del alma y de su espiritualidad, con todo el aparato que la acompaña, no nació sino de que los hombres sentían la ne­cesidad de apoyar en razón su incontrastable anhelo de inmortalidad y la creencia a este subsiguiente. Todas las sofisterías que tienden a probar que el alma es sustancia simple e incorruptible, proceden de ese origen. Es más aún, el concepto mismo de sustancia, tal como lo dejó asentado y definido la escolástica, ese concepto que no resiste la crítica, es un concepto teológico enderezado a apoyar la fe en la inmortalidad del alma.



Miguel de Unamuno
del capt. V (La disolución racional)
Del sentimiento trágico de la vida, 1912





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