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MARC CHAGALL, MONET Y ZURBARÁN (Eugenio d'Ors)

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Están los artistas despistados? ¿A fuerza de darle vueltas a su misión, han llegado a olvidarse de su quehacer?… Una conversación habida con uno muy famoso, Marc Chagall, pudiera inducirnos a sospecharlo. En el curso de ella, el pintor declara su entusiasmo por las piedras. Eso está bien; y tanto mejor cuanto quien lo dice no es geólogo. Y estaría mejor aún si el tal entusiasmo no se limitara a la materialidad de las piedras, antes se extendiese a su geometría y estructura. Sólo la piedra se intelectualiza, cuando es estudiada «more geometrico».

Se exceptúan, claro, de tal exigencia ciertas piedras raras y preciosas. Del arquitecto Palladio he dicho alguna vez que era como un diamante, porque, en su alma, la geometría se hace luz. Esta luz eleva lo inerte a una manera de espiritualidad. Y, sin duda, Marc Chagall, que es un temperamento muy adicto a la poesía, ha encontrado la manera de que las piedras vulgares se vuelvan diamantes a sus ojos. Imagino, sin embargo, que no era éste el sentido de su invocación a Claude Monet, como patrón de tan singular preferencia.
«Hace cinco o seis años —dice Chagall en unas confesiones—he empezado a descubrir la importancia de Claude Monet. Mayor que la de Sisley, que la de Pissarro. Mayor que la de Renoir. La pintura de Monet es más 'naranja'».
No hay aquí ninguna alusión concreta al color. Cuando Chagall dice «naranja» alude a la virtud mágica de una química secreta, por cuya acción el fruto «naranja» se produce en su perfección natural, en el equilibrio de sus cortezas y de sus jugos. Parece que Apollinaire había establecido una división de todas las cosas reales, y aún de los ideales, en dos secciones: la «loza» y la «porcelana». Más cerca nosotros de los ejemplos de Chagall, nos habíamos entendido pronto con unos muchachos, para clasificar el mundo en las cosas del orden de los albaricoques y las cosas que recordaban al melocotón. Las primeras eran equívocas y farináceas; las segundas, categóricas y carnales. Esta clasificación alcanzaba igualmente a los artistas y a los escritores.

Fortuny, verbigracia —y hoy se habla mucho aquí de Fortuny con motivo de una exposición, a la cual, como a caballo regalado, no se le mira el dentado, con exceso—, fue un pintor excelente, pero «albaricoqueáceo»; mientras que Zabaleta es un pintor «melocotoneáceo»; por definición «albaricoqueáceo», Juan Ramón Jiménez; «melocotoneáceo», Ramón de Basterra. Pero, ahora, el caso sería averiguar si Marc Chagall albaricoquea o melocotonea. No falta quien pretenda que todos los artistas de la misma raza que Marc Chagall albaricoquean. Por lo menos ésta fue la impresión que me produjo su hija, cuando en 1941 se llegó a Madrid para preparar el viaje de su padre a Lisboa, huyendo de la cruel contingencia que la imitación entonces de ciertos métodos alemanes parecía que iba a traer a Francia. Llevé a la hija de Chagall al Museo de la Academia de San Fernando para que viese los Zurbaranes.

Entre paréntesis lo diré aquí cuando nadie nos oye. Eso del Museo de San Fernando es un truco, que tengo en reserva, cuando un extranjero de calidad, pero de dudosa sinceridad, me pide que le acompañe al Prado. Descontada la inutilidad experiencial de la última visita, nos contentamos con esta otra, que, como el peluquero de Dickens, sabe que en alguna parte hay que detenerse.
Los Zurbarán, tan «melocotonáceos» casi todos —tal vez habría que exceptuar la Santa Casilda—, no produjeron demasiada impresión a la hija de Chagall. Cierto que, por el momento, su atención debía de estar embargada por otras preocupaciones perentórias.
Había, sin duda, otra razón. Si bien se mira, nada más opuesto al arte de Zurbarán que el de Chagall. Lo quiera o no lo quiera, la vocación de este último es, en el sentido lírico y vaporoso de la palabra, la poesía. Las casas, allí, se abren por el tejado; los violines vuelan por los aires y las novias huelen un ramo de flores a través de unas parrillas. ¿Esto se llama sobrerrealismo? Puede ser. Pero, en cualquier hipótesis, esto no son ejercicios a que, habitualmente, se entregue la ascesis de los frailes mercedarios.

Tampoco tenía predilección por los mismos el pincel de Claude Monet. Éste prefería pasear por el Sena en una barquita de remos, en compañía de alguna griseta, más encapotada que encopetada. Y, sin embargo…
Sin embargo, ya que no la pasión por las ninfas, nacidas en las aguas encharcadas y pantanosas. Ahora que, como las ninfas de Monet se están borrando poco a poco, en la soledad de sus Museos, dentro de algunos años habrá que acordarse de Monet por lo que subsista de las piedras no preciosas. Y por lo que subsista, si algo subsiste, de las improvisaciones críticas de Marc Chagall.





Eugenio d’Ors
(Nueva Rioja, sábado 23-I-1954, pp. 1 y 3;
Las Provincias, domingo 24-I-1954, p. 9;
El Norte de Castilla, domingo 24-I-1954, p. 10;
La Gaceta del Norte, miércoles 29-I-1954?, p. 10)


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