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HISTORIA DEL PERÚ. PRÓLOGO A LA SEGUNDA PARTE (Inca Garcilaso de la Vega)

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PRÓLOGO A los indios, mestizos y criollos de los reinos y provincias del grande y riquísimo Imperio del Perú.


EL INCA GARCILASO DE LA VEGA, SU HERMANO, COMPATRIOTA Y PAISANO, SALUD Y FELICIDAD.

Por tres razones, entre otras, señores y hermanos míos, escribí la primera y escribo la segunda parte de los Comentarios Reales de esos reinos del Perú. La primera, por dar a conocer al universo nuestra patria, gente y nación, no menos rica al presente con los tesoros de la sabiduría y ciencia de Dios, de su fe y ley evangélica, que siempre por las perlas y piedras preciosas de sus ríos y mares, por sus montes de oro y plata, bienes muebles y raíces suyos, que tienen raíces sus riquezas, ni menos dichosa por ser sujetada de los fuertes, nobles y valerosos españoles, y sujeta a nuestros Reyes Católicos, monarcas de los más y mejor del orbe, que por haber sido poseída y gobernada de sus antiguos príncipes los Incas peruanos, Césares en felicidad y fortaleza. Y porque de virtud, armas y letras suelen preciarse las tierras en cuánto remedan al cielo, de estas tres prendas puede loarse la nuestra dando a Dios las gracias y gloria, pues sus conterráneos son de su natural dóciles, de ánimos esforzados, entendimientos prestos, y voluntades afectas a piedad y religión, desde que la cristiana posee sus corazones trocados por la diestra del muy alto, de que son testigos abonados en sus Cartas Anuas los Padres de la Compañía de Jesús, que, haciendo oficio de apóstoles entre indios, experimentan su singular devoción, reforma de costumbres, frecuencia de sacramentos, limosnas y buenas obras, argumento del aprecio y estima de su salvación. En fe de lo cual atestiguan estos varones apostólicos, que los fieles indianos sus feligreses, con las primicias del espírituhacen a los de Europa casi la ventaja que los de la iglesia primitiva a los cristianos de nuestra era, cuando la católica fe, desterrada de Inglaterra y del septentrión, su antigua colonia, se va de un polo a otro, a residir con los antípodas, de cuyo valor y valentía hice larga mención en el primer volumen de estos Reales Comentarios, dando cuenta de las gloriosas empresas de los Incas, que pudieran competir con los Daríos de Persia, Ptolomeos de Egipto, Alejandros de Grecia y Cipiones de Roma. Y de las armas peruanas mas dignas de loar que las griegas y troyanas, haré breve relación en este tomo, cifrando las hazañas y proezas de algunos de sus Héctores y Aquiles. Y basta por testimonio de sus fuerzas y esfuerzo lo que han dado en qué entender a los invencibles castellanos, vencedores de ambos mundos. Pues ya de sus agudos y sutiles ingenios hábiles para todo género de letras, valga el voto del doctor Juan de Cuéllar, canónigo de la santa iglesia catedral de la imperial Cozco, que, siendo maestro de los de mi edad y suerte, solía con tiernas lágrimas decirnos: “¡Oh hijos y cómo quisiera ver una docena de vosotros en la universidad de Salamanca!”, pareciéndole podían florecer las nuevas plantas del Perú en aquel jardín y vergel de sabiduría. Y por cierto que tierra tan fértil de ricos minerales y metales preciosos, era razón criarse venas de sangre generosa y minas deentendimientos despiertos para todas artes y facultades. Para los cuales no falta habilidad a los indios naturales, y sobra capacidad a los mestizos, hijos de indias y españoles, o de españolas e indios, y a los criollos oriundos de acá, nacidos y connaturalizados allá. A los cuales todos, como a hermanos y amigos, parientes y señores míos, ruego y suplico se animen y adelanten en el ejercicio de virtud, estudio y milicia, volviendo por si y por su buen nombre, con que lo harán famoso en el suelo y eterno en el cielo. Y de camino es bien que entienda el mundo Viejo y político, que el Nuevo (a su parecer bárbaro) no lo es ni ha sido sino por falta de cultura. De la suerte que antiguamente los griegos y romanos, por ser la nata y flor del saber y poder, a las demás regiones en comparación suya llamaban bárbaros, entrando en esta cuenta la española, no por serlo de su natural, mas por faltarle lo artificial, pues luego, con el arte, dio naturaleza muestras heroicas de ingenio en letras, de ánimo en armas, y en ambas cosas hizo raya entonces en el Imperio romano, con los sabios Sénecas de Córdoba, flor de saber y caballería, y con los augustísimos Trajanos y Teodosios de Italia. ¡Oh Sevilla, llave de los tesoros de Occidente, ya levanta la cabeza entre sus émulas naciones y sobre ellas, que así te da la prima y palma la nuestra antesinculta, hoy por tu medio cultivada, y de bosque de gentilidad e idolatría vuelta en paraíso de Cristo, de que no resulta pequeña gloria a España en haberla el Todopoderoso escogido por medianera, para alumbrar con lumbre de fe a las regiones que yacían en la sombra de la muerte! Porque verdaderamente la gente española, como herencia propia del Hijo de Dios, heredada del Padre Eterno, que dice en su salmo de David:  Postula a me; et dabo tibi gentes hereditatemtuam, et possessionem tuam terminos terræ. Reparte con franca mano del celestial mayorazgo de la fe y Evangelio con los indios, como con hermanos menores, a los cuales alcanza la paternal bendición de Dios y aunque vienen a la viña de su iglesia a la hora undécima, por ventura les cabrá jornal y paga igual a los que portarunt pondus diei, et æstus.

El segundo respeto y motivo de escribir esta historia fue celebrar (si no digna, al menos debidamente) las grandezas de los heroicos españoles que con su valor y ciencia militar ganaron para Dios, para su Rey y para sí, aqueste rico Imperio cuyos nombres, dignos de cedro, viven en el libro de la vida y vivirán inmortales en la memoria de los mortales. Por tres fines se eternizan en escritos los hechos hazañosos de hombres, en paz y letras, o en armas y guerras señalados: por premiar sus merecimientos con perpetua fama; por honrar su patria, cuya honra ilustre son ciudadanos y vecinos tan ilustres; y para ejemplo e imitación de la posteridad, que avive el paso en pos de la antigüedad siguiendo sus batallas, para conseguir sus victorias. A este fin, por leyes de Solón y Licurgo, legisladores de fama, afamaban tanto a sus héroes las repúblicas de Atenas y Lacedemonia. Todos tres fines creo y espero se conseguirán con esta historia, porque en ella serán premiados con honor y loor, premio digno de solala virtud por la suya esclarecida, los clarísimos conquistadores del Nuevo Orbe, que son gozo y corona de España, madre de la nobleza y señora del poder y haberes del mundo; la cual, juntamente, será engrandecida y ensalzada, como madre y ama de tales, tantos y tan grandes hijos, criados a sus pechos con leche de fe y fortaleza, mejor que Rómulo y Remo. Y finalmente los hidalgos pechos de los descendientes y sucesores, nunca pecheros a cobardía, afilarán sus aceros con nuevo brío y denuedo, para imitar las pisadas de sus mayores, emprendiendo grandiosas proezas en la milicia de Palas y Marte y en la escuela de Mercurio y Apolo, no degenerando de su nobilísima prosapia y alcurnia, antes llevando adelante el buen nombre de su linaje, que parece traer su origen del cielo, adonde como a patria propia y verdadera deben caminar por este destierro y vallede lágrimas, y, poniendo la mira en la corona de gloria que les espera, aspirar a llevársela, entrando por picas y lanzas, sobrepujando dificultades y peligros; para que así como han con su virtud allanado el paso y abierto la puerta a la predicación y verdad evangélica en los reinos del Perú, Chile, Paraguay y Nueva España y Filipinas, hagan lo mismo en la Florida y en la tierra Magallánica, debajo del Polo Antártico y  habida victoria de los infieles enemigos de Cristo, afuer de los emperadores y cónsules romanos entren los españoles, triunfando con los trofeos de la fe, en el empíreo Capitolio.

La tercera causa de haber tomado entre manos esta obra ha sido lograr bien el tiempo con honrosa ocupación y no malograrlo en ociosidad, madre de vicios, madrastra de la virtud, raíz, fuente y origen de mil males que se evitan con el honesto trabajo del estudio, digno empleo de buenos ingenios, de nobles ánimos, de estos para entretenerse ahidalgadamente, según su calidad, y gastar los días de su vida en loables ejercicios, y de aquellos para apacentar su delicado gusto en pastos de ingenio, y adelantar el caudal en finezas de sabiduría, que remitan y montan más al alma que al cuerpo los censos, ni que los juros de las perlas del Oriente y plata de nuestro Potocsi. A esta causa escribí la Crónica de la Florida, de verdad florida, no con mi seco estilo, mas con la flor de España, que trasplantada en aquel páramo y eriazo, pudiera dar fruto de bendición desmontando a fuerza de brazos la maleza del fiero paganismo y plantando conriego del cielo el árbol de la cruz y estandarte de nuestra fe, vara florida de Aarón y Jesé. También por aprovechar los años de mi edad y servir a los estudiosos, traduje de italiano en romance castellano los diálogos de filosofía entre Filón y Sofía, libro intitulado  León Hebreo, que anda traducido en todas lenguas hasta en lenguaje peruano (para que se vea a do llega la curiosidad y estudiosidad de los nuestros), y en latín corre por el orbe latino, con acepción y concepto de los sabios y letrados, que lo precian y estiman por la alteza de su estilo y delicadeza de su materia. Por lo cual con justo acuerdo, la santa y general Inquisición de estos reinos, en este último expurgatorio de libros prohibidos, no vedándolo en otras lenguas, lo mandó recoger en la nuestra vulgar, porque no era para vulgo. Y pues consta de su prohibición, es bien se sepa la causa, aunque después acá he oído decir que ha habido réplica sobre ello. Y porque estaba dedicado al Rey, nuestro señor Don Felipe Segundo, que Dios haya en su gloria, será razón salga a luz la dedicatoria, que era la siguiente:


“SACRA, CATÓLICA, REAL MAJESTAD,
DEFENSOR DE LA FE:

 No se puede negar que no sea grandísimo mi atrevimiento en imaginar dedicar a Vuestra Católica Real Majestad esta traducción de toscano en español de los tres Diálogos de Amor del doctísimo maestro León Hebreo, por mi poco o ningún merecimiento. Pero concurren tantas causas tan justas a favorecer esta mi osadía, que me fuerzan a ponerme ante el excelso trono de Vuestra Católica Majestad y alegarlas en mi favor. La primera y más principal es la excelencia del que los compuso; su discreción, ingenio y sabiduría, que es digno y merece que su obra se consagre a Vuestra Sacra Majestad. La segunda es entender yo, si no me engaño, que son éstas las primicias que primero se ofrecen a Vuestra Real Majestad de lo que en este género detributo se os debe por vuestros vasallos, los naturales del Nuevo Mundo, en especial por los del Perú y más en particular por los de la gran ciudad del Cozco, cabeza de aquellos reinos y provincias, donde yo nací. Y como tales primicias o primogenitura es justo que, aunque indignas por mi parte, se ofrezcan a Vuestra Católica Majestad, como a Rey y señor nuestro, a quien debemos ofrecer todo lo que somos.

La tercera, que pues en mi juventud gasté en la milicia parte de mi vida en servicio de Vuestra Sacra Majestad, y en la rebelión del Reino de Granada, en presencia del serenísimo Don Juan de Austria, que es en gloria, vuestro dignísimo hermano, os serví con nombre de vuestro capitán, aunque inmérito devuestro sueldo, era justo y necesario, que lo que en edad más madura setrabajaba y adquiría en el ejercicio de la lición y traducción, no se dividiera del primer intento, para que el sacrificio que de todo el discurso de mi vida a Vuestra Real Majestad ofrezco sea entero, así del tiempo como de lo que en él se ha hecho con la espada y con la pluma. La cuarta y última causa sea el haberme cabido en suerte ser de la familia y sangre de los Incas que reinaron en aquellos reinos antes del felicísimo Imperio de Vuestra Sacra Majestad; que mi madre, la Palla Doña Isabel, fue hija del IngaHuallpa Tópac, uno de los hijos de Tópac Inca Yupanqui y de la Palla Mama Ocllo, su legítima mujer, padres de Huayna Cápac Inca, último Rey que fue del Perú. Digo esto, soberano monarca y señor nuestro, no por vanagloria mía, sino para mayor majestad vuestra, por que se vea que tenemos en más ser ahora vuestros vasallos que lo que entonces fuimos dominando a otros, porque aquella libertad y señorío era sin la luz de la doctrina evangélica, y esta servitud y vasallaje es con ella. Que mediante las invencibles armas de los Reyes Católicos, de gloriosa memoria, vuestros progenitores, y del Emperador nuestro señor y las vuestras, se nos comunicó, por su misericordia, el sumo y verdadero Dios, con la fe de la Santa Madre Iglesia Romana, al cabo de tantos millares de años que aquellas naciones, tantas y tan grandes, permanecían en las tristísimas tinieblas de su gentilidad. El cual beneficio tenemos en tanto más cuanto esmejor lo espiritual que lo temporal. Y a estos tales, Sacra Majestad, nos es licito (como a criados más propios que somos y más favorecidos que debemos ser) llegarnos con mayor ánimo y confianza a vuestra clemencia y piedad, a ofrecerle y presentarle nuestras poquedades y miserias, obras de nuestras manos e ingenio. También, por la parte de España, soy hijo de Garcilaso de la Vega, vuestro criado, que fue conquistador y poblador de los reinos y provincias del Perú. Pasó a ellas con el Adelantado Don Pedro de Alvarado, año de mil y quinientos y treinta y uno. Hallóse en la primera general conquista de los naturales de él, y en la segunda de la rebelión de ellos, sin otras particulares que hizo en nuevos descubrimientos, yendo a ellos por capitán y caudillo de Vuestra Católica Majestad. Vivió en vuestro servicio en aquellas partes, hasta el año de cincuenta y nueve, que falleció de esta vida, habiendo servido a vuestra real corona en todo lo que en el Perú se ofreció tocante a ella: en la paz, administrando justicia; y en la guerra contra los tiranos que en diversos tiempos se levantaron, batiendo oficio de capitán y de soldado. Soy asimismo sobrino de Don Alonso de Vargas, hermano de mi padre, que sirvió a Vuestra Sacra Majestad treinta y ocho años en la guerra, sin dejar de asistir a vuestro sueldo ni un solo día de todo este largo tiempo; acompañó Vuestra Real persona desde Génova hasta Flandes, juntamente con el capitán Aguilera, que fueron dos capitanes que para la guarda de ella en aquel viaje fueron elegidos por el Emperador nuestro señor; sirvió en Italia, Francia, Flandes, Alemania, en Corón, en África, en todo lo que de vuestro servicio se ofreció en las jornadas que en aquellos tiempos se hicieron contra herejes, moros, turcos y otras naciones, desde el año de mil y quinientos y diez y siete hasta el de cincuenta y cinco, que la Majestad Imperial le dio licencia para que se volviese a su patria a descansar de los trabajos pasados. Otro hermano de los ya nombrados, llamado Juan de Vargas, falleció en el Perú, de cuatro arcabuzazos que le dieron en la batalla de Huarina, en que entró por capitán de infantería de Vuestra Católica Majestad. Estas causas tan bastante, me dan ánimo, Rey de Reyes (pues todos los de latierra os dan hoy la obediencia y os reconocen por tal), a que en nombre de la gran ciudad del Cozco y de todo el Perú, ose presentarme ante la Augusta Majestad Vuestra, con la pobreza de este primero, humilde y pequeño servicio,  aunque para mí muy grande, respecto el mucho tiempo y trabajo que me cuesta; porque ni la lengua italiana, en que estaba, ni la española, en que la he puesto, es la mía natural, ni de escuelas pude en la puericia adquirir más que un indio nacido en medio del fuego y furor de las cruelísimas guerras civiles de su patria, entre armas y caballos, y criado en el ejercicio de ellos, porque en ella no había entonces otra cosa, hasta que pasé del Perú a España a mejorarme en todo,sirviendo de más cerca vuestra real persona. Aquí se verá, defensor de la fe, qué sea el amor, cuán universal su Imperio, cuán alta su genealogía. Recibidla, Soberana Majestad, como de ella se espera y como quien sois, imitando al omnipotente Dios que tanto procuráis imitar, que tuvo en más las dos blancas de la vejezuela pobre, por el ánimo con que se las ofrecía, que los grandes presentes de los muy ricos; a cuya semejanza, en todo, yo ofrezco este tan pequeño a Vuestra Sacra Majestad. Y la merced que vuestra clemencia y piedad se dignare de hacerme en recibirlo con la benignidad y afabilidad que yo espero, a cierto que aquel amplísimo Imperio del Perú y aquella grande y hermosísima ciudad, su cabeza, la recibirán y tendrán por sumo y universal favor, porque le soy hijo,y de los que ella con más amor crió, por las causas arriba dichas, y aunque esta miseria de servicio a Vuestra Real Majestad le es de ningún momento, a mí me es de mucha importancia, porque es señal y muestra del afectuosísimo ánimo que yo siempre he tenido y tengo a vuestra real persona y servicio, que si en él yo pudiera la que deseo, quedara con satisfacción de mi servir. Pero con mis pocas fuerzas, si el divino favor y el de Vuestra Majestad no me faltan, espero, para mayor indicio de este afecto, ofreceros presto otro semejante, que será la jornada que el Adelantado Hernando de Soto hizo a la Florida, que hasta ahora está sepultada en las tinieblas del olvido. Y con el mismo favor pretendo pasar adelante a tratar sumariamente de la conquista de mi tierra, alargándome más en las costumbres, ritos y ceremonias de ella, y en sus antiguallas; las cuales, como propio hijo, podré decir mejor que otro que no lo sea, para gloria y honra deDios Nuestro Señor, que por las entrañas de su misericordia y por los méritos de la sangre y pasión de su unigénito hijo, se apiadó de vernos en tanta miseria y ceguera y quiso comunicarnos la gracia de su Espíritu Santo, reduciéndonos a la luz y doctrina de su Iglesia Católica Romana, debajo del Imperio y amparo de Vuestra Católica Majestad. Que después de aquélla, tenemos ésta por primera merced de su divina mano, la cual guarde y ensalce la real persona y augusta prole de Vuestra Sacra Majestad con larga vida y aumento de reinos e imperios,como vuestros criados lo deseamos. Amén. De Montilla, 19 de enero 1586 años. Sacra, Católica, Real Majestad, defensor de la fe. Besa las reales manos de Vuestra Católica Majestad, vuestro criado


Garcilaso Inca de la Vega


 
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RECUERDOS DE MI VIDA: Calor en Nueva York (Santiago Ramón y Cajal)

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Mediado el mes de julio, arribábamos a Nueva York, la estupenda ciudad de los rasca-cielos, de los multimillonarios, de los trusts avasalladores y del calor sofocante. Esto último fue para mí desagradable sorpresa. Creía que los países de hierba y las ciudades marítimas poseen el privilegio de gozar durante la canícula de moderada temperatura. Y yo, que en nuestro Madrid, la típica ciudad del sol y del cielo azul, siéntome enervado cuando el termómetro marca en las habitaciones 27º y 35º en la calle, tuve, mal de mi agrado, que soportar 32º o 33º centígrados en el hotel y 45º o 46º en las rúas. Y no obstante, los yanquis lo soportan como si tal cosa. Aunque sudando la gota gorda, veíanse por las calles trajinar afanosamente faquines y albañiles. ¡Oh, la fibra acerada de la raza anglosajona!...

Con aquel sol de fuego y con la profusión de instalaciones domésticas de gas y electricidad, compréndese que los incendios sean allí el pan nuestro de cada día. Mal de mi grado, hube de presenciar uno de estos terribles siniestros. Cierto día, y a deshora, iniciose el fuego en el cuarto de un huésped del principal. Cundió súbitamente la alarma en los hombres y la nerviosidad y el terror en las mujeres. Algunos huían despavoridos hacia la escalera principal, interceptada por densa y asfixiante humareda. Otros, más avisados, nos dirigimos a los balcones, donde la previsión americana, aleccionada por trágica experiencia, ha dispuesto ciertas grandes escaleras de salvamento. Pero ¿quién hace bajar a una señora tímida y nerviosa, como buena española, por aquellos aéreos peldaños? Por suerte, los bomberos acudieron a tiempo, sofocando rápidamente el incendio.

Pasado el susto, consideré los curiosos incidentes provocados por el terror. Desde el punto de vista de la psicología individual, nada hay más instructivo que un siniestro. Al huir, cada cual abraza a su ídolo: las madres a sus hijos, los recién casados a sus esposas, las cómicas a sus joyas y preseas, los comerciantes y banqueros a sus carteras y maletines. No hay como el espanto para denunciar el verdadero carácter y valorar rápidamente los bienes de la vida.

No caeré en la tentación de describir la gran metrópoli americana. Me limitare a expresar que admiré la famosa estatua de la Libertad de Bartholdi, el barrio comercial de Brooklyn, el puente audaz sobre el East River, los suntuosos palacios de la V Avenida, la famosa catedral de San Patricio, de que tomé por cierto excelentes fotografías, los colosales buildings albergadores de fábricas, sociedades industriales y grandes rotativos, las deliciosas playas de Brighton y de Manhatan, el incomparable parque central salpicado de alcores coronados de rocas y cubierto de magníficos árboles, y, en fin, los espléndidos comercios donde todo se sirve a máquina y en los cuales, a favor de ingeniosos artificios, la mercancía demandada circula por carriles aéreos, al través de inacabables corredores y pisos, llegando en pocos segundos, convenientemente empaquetada, a las manos del cliente. En la figura adjunta copio una fotografía que da idea de lo enorme de las construcciones de muchos pisos. Por cierto que, con ocasión de estos curioseos por los grandes almacenes, hube de comprobar, con pena, cierta sospecha que yo tenía sobre los sentimientos instigadores de la agresión de los Estados Unidos a España. Por consecuencia de la cruel, impolítica y contraproducente medida de concentrar en campamentos toda la población rural de la Gran Antilla, los cubanos supervivientes que, por falta de ánimos, no engrosaron las huestes de Maceo, huyeron en masa a los Estados Unidos (Cabo Hueso, Tampa, Nueva Orleans, Nueva York, etc.), buscando trabajo en campos, fábricas y comercios. Algunos de estos desventurados, hembras en su mayoría, con quienes conversamos en los obradores y tiendas de Nueva York, nos refirieron miserias y crueldades desgarradoras. Huelga notar que las lamentaciones de tantos millares de prófugos, pregonando y agravando hasta lo inverosímil la vieja leyenda anglosajona de la crueldad española, crearon en los Estados Unidos un estado emocional, que fue hábilmente explotado por los laborantes cubanos y por el partido imperialista o intervencionista.



Santiago Ramón y Cajal
Recuerdos de mi vida, 1923
(Capt. XVII)




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PEKIN CONTRA BEIJING (Luis Silva-Villar)

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Acostumbrados a "Pekín", cuesta adaptarse a la ortografía recomendada por China: "Beijing". "La Capital del Norte": ese es su significado literal, resto de una época en que se identificaban las capitales por la posición geográfica. Así nace "Nanking" (hoy "Nanjing"): "La Capital del Sur".

El que no lo recuerde, que sepa que el nuevo nombre proviene de transcribir al alfabeto latino los ideogramas chinos por medio del sistema de romanización pin-ying. Se ideó este sistema para unificar todas las transcripciones (del chino) en uso. En 1979 se oficializó la nueva transcripción. Ahora, con las Olimpiadas, ha vuelto el nombre a la actualidad.

¿Debemos cambiar las enciclopedias y libros de estudio porque así lo pide China? El nuevo nombre afecta a la propia historia lingüística del español.

El problema no es nuevo. La "x" de México planteó una disyuntiva parecida. México, a raíz de circunstancias históricas de sobra conocidas, pidió dar preferencia a la "equis" patriótica sobre la "jota" fonética. Su aceptación hace que ahora el sonido de "jota" se escriba de cuatro maneras diferentes: traje, regir, Oaxaca, Hawai.

De vuelta a China, por la Olimpiadas, leemos en el Diccionario panhispánico de dudas que la ortografía tradicional: "Pekín", es la que goza del apoyo oficial. El gentilicio: "pekinés".

¿Cuál es la antigüedad del nombre "Pekín" en español? ¿De dónde nos llegó? Una pequeña inspección a las lenguas circunvecinas nos dice que en inglés el nombre era "Peking", lo que hace pensar que el español es adaptación de la pronunciación inglesa, quizás a través del francés, que también lo escribe "Pekín". Un repaso a la historia nos enseña que los ingleses tomaron el nombre de su pronunciación en "cantonés": "Pak-king". El "cantonés" —para curioso— es el chino que se oye en San Francisco. Encontramos otra interpretación paralela, que no excluye lo anterior: que el mandarín evolucionó trastocando el sonido de "k" en un sonido próximo al que representa "ch" en español. Su sonido en "mandarín" suena a "Peiichín". La "ng" final se volatiliza: no cuadra en español: "jugamos al ‘pín-pón’ y "vamos a ‘Jón-Kón’ a ver películas de ‘Kín-Kón’". El caso de "Pekín" recuerda, a la inversa, a la pronunciación en California de "archidiócesis", que se hace "arkidiocesis".

Los documentos históricos del español son elocuentes. La ortografía "Pequín" es más antigua que "Pekín": "Pekín" se documenta en 1690 en México (Carlos de Sigüenza y Góngora, Libra astronómica y filosófica). "Pequín", con "qu", se encuentra en España: en 1601-1621 (Juan Jerez, Razón de corte) y en 1636 (Cosme Gómez de Tejada, León prodigioso). El mismo documento trae "Panquin", seguramente "Panquín" contaminado con "Nanquín", también en el texto. En 1640, "Panquín" es lo que utiliza Baltasar Gracián, aragonés, en El político don Fernando el Católico.

Para completar esta información, la primera documentación de "Beijing" (en español) es de 1984; de España: El País. En 1988 está en El Universal de Venezuela.

En cuanto a si se debe adoptar plenamente, es debate abierto. La adopción implica cambios de gran calado en documentos oficiales, atlas, enciclopedias, hasta nombres de razas de perros —¿"pequineses" o "beijineses"? — y platos de cocina: ¿pato a la "beijinesa’"? Es para pensárselo. Además, es que todo el mundo pronuncia "Beiyín" a la inglesa, que es otro despropósito. ¿Tenemos el alfabeto para saltárnoslo a la torera?

Cerremos conciliadores. Conflictos hay muchos pero Olimpiadas una cada cuatro años. Espero que haya disfrutado de los juegos: en "Beijing" o "Pekín", que al fin y al cabo son los mismos juegos.






Luis Silva-Villar
es Ph.D. en lengua y literatura hispánicas

EL CAMINO DE EL DORADO (Arturo Uslar Pietri)





-Diga señor soldado, ¿son muchas las riquezas que se promete encontrar nuestro general?

Don Fernando de Guzmán, que cabalgaba delante, al oír la pregunta volvió la cabeza, y alzando la voz para dominar el fuerte ruido de la lluvia y para que le oyeran los soldado, dijo:

-El Perú y la Nueva Granada, no son nada, comparados con este reino de los Omaguas que vamos a conquistar. Muchos han oído su fama y algunos soldados han visto de lejos la maravillosa ciudad donde habita su rey. Figúrese su merced, que es tres o cuatro veces mayor que Sevilla, todos los techos son de oro, el rey se cubre todas las mañanas de una resina olorosa y sobre ella le espolvorean con canutos de oro volador. Cuando sale al sol encandila a los que lo miran.

La visión de El Dorado era ya familiar en el fondo de aquellos ojos duros. Mucho habían oído de él, mucho lo habían soñado. Lo olían entre el vaho de la selva como el amizcle de un animal salvaje.



En todas las chozas, a ratos, como una chispa, se iluminaba en los ojos el nombre de El Dorado.

Pedro de Miranda, el mulato, era el que hablaba en el fondo de la cabaña oscura entre los apiñados rostros febriles que lo oían:

-Toda la ciudad es de oro. Las paredes, los techos, las calles. Tienen ídolos tamaños así como yo, todos de oro macizo. Y es grando como Sevilla, con sus torres y sus puentes. El Dorado, que es el rey, anda cubierto de polvo de oro y reluce como una onza nueva. Todo se mira amarillo de oro. Todo es de oro. De noche dicen que relumbra como las brasas de un brasero.


-Pero ¿quién lo ha visto? ¿Quién lo ha visto? –preguntaba entre la sombría barba un rostro de ojos ardientes.



Arturo Uslar Pietri
El camino de El Dorado, 1947


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INDUSTRIAS Y ANDANZAS DE ALFANHUÍ


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Donde se cuenta lo que había en el desván y cómo Alfanhuí se quedó dormido

Al desván se subía por una breve escalera de caracol. Había allí una luz laminada que entraba por el cristal empolvado del tragaluz. Era una racha diagonal, estrellada de motitas de polvo que vagaban por el espacio. La zona de sombra estaba muy caliente y se oía el desperezarse de las tejas achicharradas.  El desván olía a cerrado y estaba lleno de sueño. Alfanhuí sentía caer sobre sus pestañas una lluvia de polvo que bajaba como una nevada invisible.  sobre la madera del suelo se veía el charco seco de una gotera.  Era como el valle de un lago en el verano y tenía un limo rojizo de polvo de tejas que la gotera había ido erosionando del tejado y había acumulado allí como un aluvión finísimo y diminuto. El charquito se había secado bajo la racha de tragaluz y en sus orillas ondulantes se veían las rayas escalonadas que el borde del agua había ido dejando en años de poca o mucha lluvia.  En medio del charco había una silla, que tenía sus cuatro patas levemente hundidas en el limo.  Era una silla de madera de cerezo barnizada a la muñeca, con su color rojo líquido, como el vino de Burdeos.  Sus cuatro patas habían echado raíces en la tierra aluvial de las tejas, y las raíces se extendían por todo el fondo de la laguna, entrecruzándose las unas con las otras como  una telaraña, avariciosas de sorber la poca agua que allí caía. Avariciosas, también, de la racha del tragaluz, estaba la silla de cara a la ventana, y el sol temblaba en las vetas como si corrieran hilos vivos de sangre, a lo largo de los travesaños.  Tenía toda la silla un aire soñoliento y abandonado, como de no oír más voz que el piar externo y amortiguado de algún pájaro que se posaba por detrás de los polvorientos critales.  Desde el desván podía verse su silueta, difuminada por los salpicones de lluvia que estaban escritos en los vidrios; pero nadie veía nunca desde el tejado lo que había en el desván.  Tan sólo, nacían de los dos remates del respaldo de la silla, unas ramitas verdes con hojas y cerezas.  Las ceerezas estaban maduras y cubiertas de polvo, pero espejaban en pequeño todo el desván sobre su superficie convexa.  Eran cuatro parejas de cerezas pequeñas y oscuras que se apoyaban alegremente sobre las verdes hojas.

Alfanhuí se sentó en la silla y vino a poner la cabeza entre las dos ramas de cerezo que le cercaban las sienes como una corona y las cerezas parecían colgar de sus orejas como pendientes de rubíes oscuros junto a su pelo castaño.  Alfanhuí veía por el tragaluz el cielo y el sol dorado de la siesta.  Cerraba los ojos, y veía proyectarse sobre la película translúcida de sus párpados juegos de luces con manchas insistentes que el sol había dejado en el fondo de sus pupilas.  Pero la nevada de polvo seguía cayendo y cayendo sobre sus pestañas y Alfanhuí se quedó dormido.






Donde se cuenta la muerte del maestro en el campo de Guadalajara


En el campo de Guadalajara amarillea el espino. Alterna la flor del espino con la grana de los tomillares. Un verde tierno se desvanece entre la tierra negra y los ásperos arbustos. En el campo de Guadalajara amanecen unas alondras oscuras y pequeñas, que tienen el pecho pinto y el pico endeble. Los caminos van por los llanos de las mesas altas y calizas que se cortan en talud hacia los valles declinantes. Una vez al año se verán, a lo lejos, los tricornios de los guardias civiles que cabalgan por estos caminos. Pero son caminos de zorros y ladrones, y los guardias civiles están en el casino de la ciudad, jugando al dominó con un tendero de ultramarinos que tiene los pulgares en las bocamangas del chaleco. Los ladrones duermen en las minas de los castillos que coronan los cerros escarpados, y las viejitas vestidas de negro, hermanas de las llares y de las sartenes, juegan al corro en los verdes prados. Las viejitas tienen los huesos de alambre y mueren después de los hombres y después de los álamos. Se ahogan en los vados del Henares y se las lleva la corriente, flotando como trapos negros. A veces se enganchan en los mimbres o en los tamujos que crecen junto a los tajamares de los puentes, y enredan los anzuelos de los pescadores. Las viejitas de Guadalajara van siempre juntas y huyen cuando alguna se ahoga, y no se lo cuentan a nadie.


Los pescadores de Guadalajara van siempre solos y meriendan junto a los negrillos. El Henares es un río terroso que baja por las tierras oscuras y viene de las oscuras montañas. Está hecho con las sobras de las nubes olvidadas por los vericuetos de la serranía. La montaña tiene la nieve a lunares, porque la tierra es muy negra y nunca llega la nieve a cuajar del todo. ¡Qué sombra hace la montaña, sobre todo el campo de Guadalajara! Parece que el sol no alcanza con su luz. Tres días llevaban caminando Alfanhuí y su maestro. El trigo verdeaba en las labranzas y el maestro parecía pegarse cada vez más a los terrones. Junto a una cama de liebre, se tendió. Púsose boca arriba, muy bien colocado, con la cabeza apoyada en un retoño de trigo:

-Me muero, Alfanhuí!

Alfanhuí sintió los lagrimales y el hilo del llanto y de la voz que buscaban la salida.

-¡Me muero, Alfanhuí!

Alfanhuí rompió a llorar por primera vez en su vida, como si estallara:

-No te mueras, maestro; no te mueras! ¡No te mueras, maestro mío! ¡Levántate, levántate del suelo!

Y lo cogió por los brazos para levantarlo, pero no podía con él porque el maestro había perdido toda fuerza.

-¡Levántate!, ¡levántate!

Al ver que no podía con él se le apagaba de nuevo la voz y se escondía la cara para llorar.

-Alfanhuí, hijo mío, me voy al reino de lo blanco.

De nuevo calló el maestro y sólo se oía el llanto desolado de Alfanhuí.

-Me voy al reino de lo blanco, donde se juntan los colores de todas las cosas, Alfanhuí.

-No te vayas, maestro.

-Mira, te había dejado cuanto tenía; si vuelves por allí, el solar y lo poco que queda es tuyo.

-¡Maestro, maestro mío! ¿Ya no te vas a levantar? ¡Siéntate siquiera, siéntate! No me dejes solo. Nunca he visto morir.

-Sé bueno, Alfanhuí, hijo mío; vuelve con tu madre.

-¡No!; yo te quiero a ti. Yo quiero que tú vivas, maestro.
-¡Me muero, Alfanhuí! Ya no hablo más; me voy al reino donde todos los colores se hacen uno.

Esta vez el maestro se quedó rígido y la mirada se le iba apagando. Alfanhuí puso la cara contra su pecho y lloraba. Así pasó un rato largo hasta que Alfanhuí sintió en su cuello la caricia de una mano crispada que se cerraba lentamente. El puño se cerró con muchísima fuerza, pillando un mechón de pelo de Alfanhuí. El maestro dejó de respirar y Alfanhuí no lloró más. Levantó la cara aturdida, y al soltar su pelo de la mano se le arrancaron unos cuantos cabellos, que quedaron prendidos entre los dedos nudosos y amoratados del muerto.

Alfanhuí cubrió a su maestro con un poco de tierra y arrancó plantas de trigo verde, con sus raíces, y lo recubrió todo. Luego se echó a andar, como aturdido, por el campo. A los diez pasos levantó una liebre y la vio correr hasta perderse. Todo el día anduvo Alfanhuí vagando por las tierras. A la noche llegó a un bosque de robles y se echó a dormir al abrigo de la hojarasca.

Salió una hermosa luna que brillaba sobre los palos del robledal. La culebra de plata se desperezó lentamente y se desenredó de la muñeca de Alfanhuí para tomar la luna. Alfanhuí tenía en su bolsillo el lagarto de bronce, y en el otro, la moneda de oro. Durmió con el cuerpo cubierto de hojas secas y la luna en la frente, al abrigo del frío de la noche en el campo de Guadalajara.






Rafael Sánchez Ferlosio
Industrias y ananzas de Alfanhuí (1951)


Alfnahui
en google books

También, en google books
en la antología sobre Guadalajara:
Guadalajara en la literatura: una tierra para las buenas letras
de José Serrano Belinchón,

GRANDA LA BELLA (Ángel Ganivet)

Foto: Archivo Barricada


I

Puntos de vista

Voy a hablar de Granada, o mejor dicho, voy a escribir sobre Granada unos cuantos artículos para exponer ideas viejas con espíritu nuevo, y acaso ideas nuevas con viejo espíritu; pero desde el comienzo dése por sentado que mi intención no es cantar bellezas reales, sino bellezas ideales, imaginarias. Mi Granada no es la de hoy: es la que pudiera y debiera ser, la que ignoro si algún día será. Que por grandes que sean nuestras esperanzas, nuestra fe en la fuerza inconsciente de las cosas, por tan torcidos caminos marchamos las personas, que cuanto atañe al porvenir se presta ahora menos que nunca a los arranques proféticos.
Esas ideas que, sin orden preconcebido, y pudiera decir con desorden sistemático, irán saliendo como buenamente puedan, tienen el mérito, que sospecho es el único, de no pertenecer a ninguna de las ciencias o artes conocidas hasta el día y clasificadas con mejor o peor acierto por los sabios de oficio; son, como si dijéramos, ideas sueltas, que están esperando su genio correspondiente que las ate o las líe con los lazos de la Lógica; las bautice con un nombre raro, extraído de algún lexicón latino o griego, y las lance a la publicidad con toques previos de bombo y platillo, según es de ritual en estos tiempos fatigados en que la gente no sabe ya lo que las cosas son mientras los interesados no se toman la molestia de colocarles un gran rótulo que lo declare. Para entendernos, diré sólo que este arte nonnato puede ser definido provisionalmente como un arte que se propone el embellecimiento de las ciudades por medio de la vida bella, culta y noble de los seres que las habitan.
Los artistas de aguja y tijera saben perfectamente que la elegancia no está en el traje, sino en la persona que lo lleva; y el principal talento de una modista o de un sastre, más que en afinar el corte, está en recargar las cuentas, para desembarazarse de la gente de medio pelo. Así también una ciudad material -los edificios- es tanto más hermosa cuanto mayor es la nobleza y distinción de la ciudad viviente -los habitantes-. Para embellecer una ciudad no basta crear una comisión, estudiar reformas y formar presupuestos; hay que afinar al público, hay que tener criterio estético, hay que gastar ideas.
Si un campesino os pregunta qué medios debe emplear para llevar guantes sin que la gente se ría de él, le contestaréis: «Amigo, la Naturaleza, en su alta sabiduría, valiéndose del aire libre de los campos, le ha endurecido a usted de tal manera el cutis, que el uso de guantes viene a ser, como quien dice, albarda sobre albarda. Pero si el empeño es irrevocable, no le queda a usted otro camino que venirse a vivir a la ciudad, andar entre cristales, romperse las esquinas y redondearse los ángulos con el trato social, y esperar tranquilo que algún día los guantes le vayan como una seda. En una palabra: sea usted caballero antes de usar ese y otros atributos anejos a la moderna, pacífica y vulgar caballería.»
Resulta, pues, de lo dicho que mi plan de campaña es baratísimo; mis reformas estarán muy en armonía con el estado de nuestra Hacienda. Nada de enarbolar instrumentos destructores para echar abajo lo que no sabemos cuándo ni cómo ha de ser reconstruido; ni tampoco proponer nuevas construcciones, sabiendo, como sabemos todos, que no hay dinero, y lo que es peor, que no hay buen gusto. Quedémonos en la dulce interinidad en que vivimos, y aprovechemos este reposo para ver claro, para orientarnos, para tantear nuestras fuerzas, para disponernos a esta obra espiritual, regeneradora y precursora.
Porque una ciudad está en constante evolución, e insensiblemente va tomando el carácter de las generaciones que pasan. Sin contar las reformas artificiales y violentas, hay una reforma natural, lenta, invisible, que resulta de hechos que nadie inventa y que muy pocos perciben. Y ahí es donde la acción oculta de la sociedad entera determina las transformaciones transcendentales. Tal pueblo sin historia, sin personalidad, se cambia en ciudad artística y se erige en metrópoli intelectual; tal otro, de brillante abolengo, cargado de viejos pergaminos, degenera en poblachón vulgar y adocenado; y en aquello como en esto no interviene nadie, porque intervienen todos. ¿Cómo? Resolviendo asuntos de detalle, de esos que se resuelven todos los días en cualquiera ciudad, en reunión de familia, en el café, en los centros administrativos.
Un hecho tan corriente como el cambio de trazado de una calle o la apertura de una nueva vía, pone en movimiento la atención de todo el mundo.
-Hay que «dar trabajo a los obreros»- dicen algunos que, con fervor filantrópico, serían capaces de echar abajo la Catedral para repartir algunos jornales, sin parar mientes en el estado deplorable de las alcantarillas. -Lo primordial es la salud- dicen los devotos de la higiene. -La estadística demográfica comparada -añaden con tono entre doctoral y compungido- pone los pelos de punta. Hay que adoptar «grandes medidas de saneamiento», comenzando por el «pavoroso problema de las aguas potables». -Señores, lo esencial es comer -replican los representantes de la industria-, y aquí lo que falta es actividad, medios fáciles de comunicación, abrir grandes arterias para el tráfico interior de la ciudad, «mover los capitales», pensar, en fin, que somos una ciudad moderna y que debemos abrirnos de par en par a todos los «adelantos del progreso». -Pero hay que tener en cuenta los «intereses creados» -agregan los comerciantes-. Si la nueva calle cambia el rumbo de la circulación y nos perjudica; si con el nuevo trazado desaparece mi establecimiento, en el que desde hace un siglo o medio de padres a hijos vamos buscándonos la vida, ¿dónde está la justa indemnización de estos daños? -¿Y los «intereses del arte», dónde los dejamos? -observa algún artista con timidez, como conociendo la flaqueza de su causa-. ¿Porque tal o cual calle tenga una vara más de anchura o porque sea recta y no angulosa -cuestiones de detalle, -vamos a sacrificar aquella antigua y venerable iglesia, este rincón pintoresco, estotro monumento arqueológico? -¡Y las cuestiones técnicas! -exclaman los principales actores del sacrificio callejero-. ¿En una «cuestión del orden arquitectónico», a quién sino a los arquitectos toca decidir con arreglo a los principios de la ciencia (y pudieran añadir, sin hacer caso de la tradición artística local)?
Y así, en esa jerga tan lindamente puesta en solfa por nuestro gran Pérez Galdós en muchos de sus tipos, empezando por el ilustre Torquemada, el mejor modelado de todos, continúa la discusión, en la que cada cual echa su cuarto a espadas, y que se termina casi siempre por el providencial «no hay dinero», la tabla de salvación de nuestra patria en el siglo actual. Porque tengo para mí -y lo declaro en secreto- que en medio de esta oleada de vulgaridades que ha pasado y aun pasa sobre nosotros, si hubiéramos tenido dinero abundante para dar forma duradera a nuestras concepciones (para realizar nuestra esencia, que se dijo años atrás), hubiéramos dejado a nuestros descendientes motivos sobrados para que nos despreciaran.
Pero a veces ¡oh dolor! hay dinero. Y entonces, sin preocuparse por conciliar los diversos puntos de vista suscitados por las ideas de reforma; sin examinar lo que debe hacerse, atendiendo a la conveniencia de la comunidad, formada no sólo por los que viven, sino también por los que murieron y por los que nacerán, el capital, guiado por un impulso momentáneo, se lanza a ciega, a salga lo que saliere. Porque las ciudades, donde falta el contrapeso de las ideas, son como los desiertos: un día en silencio mortal, y otro agitados por los más violentos huracanes. En España han arrancado muchos árboles y muchas ideas, y así estamos de continuo amenazados por las inundaciones: inundaciones de agua, que arrasan nuestros campos, e inundaciones de... ¿cómo diré para ser suave?... de cosas nuevas que arrasan los sentimientos españoles, de quien aún los conserva.
Muchas veces, al volver a Granada después de largas ausencias, he notado en mí, al ponerme en contacto con el aire natal, cierta alegría espontánea, corpórea, que me ha hecho pensar que no era yo quien me alegraba, sino mis átomos al reconocerse; ellos, con una sensibilidad propia, aún no vista de los «hombres del microscopio», en medio de sus antiguos amigos, de sus parientes más o menos cercanos. ¿Quién sabe si el amor patrio no será en el porvenir una fórmula química representada por la suma de los diversos grupos atómicos locales, que forman la personalidad en cada momento, y si no se llegará definitivamente a la fraternidad humana por medio de la insuflación de aires extranjeros? Por lo pronto yo me figuro que cuando viajo llevo conmigo mucho de mi ciudad natal, y algo de todas las que he ido conociendo, y que de ese al parecer monstruoso conjunto, brotan sentimientos de armonía hasta cierto punto involuntarios. Hay quien recorre media Europa, y vuelve a España decidido a «implantar» un tranvía de nuevo sistema, un nuevo aparato para regar las calles o alguna curiosidad burocrática con que perfeccionar nuestra complicada administración. A mí no me ocurre «eso».
Admiro muchas cosas, y las respeto todas en lo que tienen de respetable; pero jamás me da la idea de cambiarlas de sitio. Dos cosas diferentes o contrarias pueden ser buenas y bellas en diferentes lugares: mudémoslas de lugar, y acaso pierdan su mérito. Lo que sí se debe hacer es compararlas mentalmente y ver cómo la una puede ser completada por algo de la otra; de suerte que subsistiendo ambas para mayor variedad, agrado, distracción y goce de nuestros sentidos, se embellezcan con todas aquellas perfecciones que concuerdan con su modo de ser natural, y que por esto no se vea ni pueda decirse que son imitadas.
Con este modo de ver las cosas, voy a pasar revista a las encontradas aspiraciones que luchan en el grave problema de la transformación de las ciudades, refiriéndome en particular a Granada. El problema es heroico, y como yo no soy un héroe, claro está que no me prometo dar la solución. Me limitaré, si se me permite la llaneza del concepto, a pasarle la mano por encima.


Ángel Ganivet
Granada la bella, 1896 



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MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN: LA VENTA DE MIRAMBEL (Pío Baroja)


Maqueta del ataque a Mirambel durante la Guerra Carlista
(Museo de las Guerras Carlistas en Cantavieja)
Fotografía de la web: El Maestrazgo mágico



En los confines meridionales del Bajo Aragón, en una cañada, al pie de la montaña de San Cristóbal y cerca del pequeño río o rambla de Cantavieja se encuentra el pueblo llamado Mirambel.


Es una aldea, oscura, amurallada, con aire antiguo, casi de la Edad Media. Su muralla amarillenta negruzca, se conserva intacta, sin ninguna brecha y para entrar en el pueblo, es necesario pasar por alguna de sus puertas. Esta muralla gótica tuvo en otro tiempo su camino de ronda, sus matacanes y aspilleras, que después se tapiaron.


El terreno próximo a la aldea es árido y montañoso; en las inmediaciones se levantan los cabezos de la Sierra Palomita, el alto de Tavaruela, la Sierra Blanca hacia Olocau del Rey, y la Sierra Menadella en el límite de las provincias de Castellón y de Teruel. Más cerca, se yergue el tozal de San Martín, el de Aniento y el Cabezo de Moragues.


La rambla de Cantavieja, pasa a poca distancia de la villa sobre un lecho de piedra gris. Este arroyo nace en los montes de Tavaruela y de Bobolar, baja por Mirambel y en la Mata se le une otro procedente de la Iglesuela del Cid: la rambla Sellumbres, o río de las Truchas. El riachuelo de este nombre se vierte en el Bergantes, cerca del pueblo llamado el Forcall o el Horcajo. Los tres arroyos unidos en el Forcall: el de Cantavieja, el de Caldés y el Bergantes forman uno solo con este último nombre. El Bergantes nace en el Coll de Morella, entre la Sierra de la Higuera y la Mola de Clapisa y tras de unirse con el Caldés y el Cantavieja, cruza por el llano de la Batallera y desemboca, después de pasar por Aguaviva, en el Guadalope, el cual sale al Ebro, en las cercanías de Caspe.


La comarca entre Mirambel y Morella, es árida, áspera, desolada, erizada de colinas yermas. Hay grandes cerros de piedra caliza, formaciones de moles rojas y amarillentas como ruinas de inmensos palacios y castillos, de ciudadelas de cíclopes o de gigantes, que a veces fingen detalles que parecen por un momento de construcción humana.


En los barrancos próximos a Mirambel la frondosidad es poca; nacen en ellos plantas silvestres, carrascas, pinos, robles, enebrales, romerales y pequeños almendros que en primavera alegran la tierra árida con sus flores blancas.


El clima es extremado, más frío que caliente; el aire puro y el cielo casi siempre limpio.


La gente, en vez de temer el calor del verano lo desea, pensando que con el calor las cosechas pueden ser mejores. La labranza es escasa; el campo montuoso, escarpado y árido produce centeno, cebada, avena y azafrán, todo en poca cantidad; la industria del pueblo consiste en algunos telares primitivos de cordellates, estameñas y lienzos.


Cuando la meseta aragonesa baja al Mediterráneo, comienza la tierra a cambiar y con ella el aspecto de los pueblos; se blanquean las casas, se les ponen franjas azules debajo de los aleros, aparecen las azoteas, deja de reinar el castellano y se empieza a hablar valenciano…


Pío Baroja
La venta de Mirambel, 1931
(de Memorias de un hombre de acción)



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¡ANCHA ES CASTILLA! (Miguel de Unamuno)

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Ha empezado hace algún tiempo á deshacerse la enormidad de errores que acarrearon las confusiones entre lo fisiológico, lo lingüístico, lo geográfico y lo histórico en los pueblos; es corriente ya que éstos son un producto histórico independiente de homogeneidad de raza física ó de comunidad de origen; poco á poco va difundiéndose la idea de que la supuesta emigración de los arios á Europa sea acaso en parte emigración de las lenguas arianas con la cultura que llevaban en su seno, siendo sus portadores unos pocos peregrinos que cayeran á perderse en poblaciones que los absorbieron.

De raza española fisiológica nadie habla en serio, y, sin embargo, hay casta española, más ó menos en formación, y latina y germánica, porque hay castas y casticismos espirituales por encima de todas las braquicefalias y dolicocefalias habidas y por haber.

Todo el mundo sabe, de sobra con sobrada frecuencia, que un pueblo es el producto de una civilización, flor de un proceso histórico el sentimiento de patria, que se corrobora y vivifica á la par que el de cosmopolitismo. A esto último hemos de volver, que lo merece.

Llenos están los libros de explicaciones del hecho de la patria y su fundamentación, explicaciones de todos colores, desde vaguedades místicas y formulismos doctrinarios hasta la tan denigrada doctrina del pacto. Detengámonos un poco en esto del pacto, que las reflexiones que nos sugiera, aunque digresivas al pronto, afluirán al cabo á la corriente central de esta meditación. La doctrina del pacto, tan despreciada como mal entendida por paleontólogos desenterradores, es la que, después de todo, presenta la razón intra-histórica de la patria, su verdadera fuerza creadora en acción siempre.





Lo mismo que tantos pueblos han proyectado en sus orígenes, en la edad de oro, su ideal social, Rousseau proyectó en los orígenes del género humano el término ideal de la sociedad de los hombres, el contrato social. Porque hay en formación, tal vez inacabable, un pacto inmanente, un verdadero contrato social intra-histórico, no formulado, que es la efectiva constitución interna de cada pueblo. Este contrato libre, hondamente libre, será la base de las patrias chicas cuando éstas, individualizándose al máximo por su subordinación á la patria humana universal, sean otra cosa que limitaciones del espacio y del tiempo, del suelo y de la historia.






A partir de comunidad de intereses y de presión de mil agentes exteriores á ellas y que las unen, caminan las voluntades humanas, unidas en pueblo, al contrato social inmanente, pacto hondamente libre, esto es, aceptado con la verdadera libertad, la que nace de la comprensión viva de lo necesario, con la libertad que da el hacer de las leyes de las cosas leyes de nuestra mente, con la que nos acerca á una como omnipotencia humana. Porque si en fuerza de compenetración con la realidad llegáramos á querer siempre lo que fuera, sería siempre lo que quisiéramos. He aquí la raíz de la resignación viva, no de la muerta, de la que lleva la acción fecunda de trabajar en la adaptación mutua de nosotros y el mundo, á conocerlo para hacerlo nuestro haciéndonos suyos, á que podamos cuanto queramos cuando sólo podamos querer lo que podamos llevar á cabo.






Se podrá decir que hay verdadera patria española cuando sea libertad en nosotros la necesidad de ser españoles, cuando todos lo seamos por querer serlo, queriéndolo porque lo seamos. Querer ser algo no es resignarse á serlo tan sólo.






Hasta llegar á este término de libertad del que aún, no valen ilusiones, estamos lejos, la historia va haciendo á los pueblos, la historia que es algo del hado. Les hace un ideal dominando diferencias, y ese ideal se refleja sobre todo en una lengua con la literatura que engendra.






La lengua es el receptáculo de la experiencia de un pueblo y el sedimento de su pensar; en los hondos repliegues de sus metáforas (y lo son la inmensa mayoría de los vocablos) ha ido dejando sus huellas el espíritu colectivo del pueblo, como en los terrenos geológicos el proceso de la fauna viva. De antiguo los hombres rindieron adoración al verbo, viendo en el lenguaje la más divina maravilla.






El pueblo romano nos dejó muchas cosas escritas y definidas y concientes, pero donde sobre todo se nos ha transmitido el romanismo es en nuestros romances, porque en ellos descendió á las profundidades intra-históricas de nuestro pueblo, á ser carne del pensar de los que no viven en la historia.






El que quiera juzgar de la romanización de España no tiene sino ver que el castellano, en el que pensamos y con el que pensamos, es un romance de latín casi puro; que estamos pensando con los conceptos que engendró el pueblo romano, que lo más granado de nuestro pensamiento es hacer conciente lo que en él llegó á inconsciente.






Hay otro hecho y es el de que la lengua oficial de España sea la castellana, que está lleno de significación viva. Porque del latín brotó en España más de un romance, pero uno entre ellos, el castellano, se ha hecho lengua nacional é internacional además, y camina á ser verdadera lengua española, la lengua del pueblo español que va formándose sobre el núcleo castellano. Desde el reinado de Alfonso VII, á mediados del siglo XII, usábase en la regia cancillería el romance castellano y su carácter oficial le fué promulgado al ordenar Fernando III que se tradujera el Forum Judicum al romance castellano para darlo como fuero á Córdoba, el Fuero Juzgo, y corroboró esa promulgación su hijo Alfonso el Docto, en la ley IV del titulo IX de la Segunda Partida, donde manda que el Chanciller del Rey sepa « leer e escrebir tan bien en latin como en romance ». Y poco á poco la lengua castellana fué haciéndose oficial de España.






Así es que en la literatura española escrita y pensada en castellano, lo castizo, lo verdaderamente castizo, es lo de vieja cepa castellana.






Pero si Castilla ha hecho la nación española ésta ha ido españolizándose cada vez más, fundiendo más cada día la riqueza de su variedad de contenido interior, absorbiendo el espíritu castellano en otro superior á él, más complejo, el español. No tienen otro sentido hondo los pruritos de regionalismo más vivaces cada día, pruritos que siente Castilla misma; son síntomas del proceso de españolización de España, son prodromos de la honda labor de unificación. Y toda unificación procede al compás de la diferenciación interna y al compás de la sumisión del conjunto todo á una unidad superior á él.






La labor de españolización de España no está concluida, ni mucho menos, ni concluirá, creemos, si no se acaba con casticismos engañosos, en la lengua y en el pensamiento que en ella se manifiesta, en la cultura misma.






Castilla es la verdadera forjadora de la unidad y la monarquía española; ella las hizo y ella misma se ha encontrado más de una vez enredada en consecuencias extremas de su obra. Mas cuando España renació á nueva vida el año 8 fué por despertar difuso, sin excitación central.






Nos queda por buscar algo del espíritu histórico castellano revelado sobre todo en nuestra lengua y en nuestra literatura clásica castiza, buscar qué es lo que tiene de eterno y qué de transitorio y qué debe quedar de él. Conviene indagar si no es renunciando á un yo falaz como se halla el yo de roca viva, si no es abriendo las ventanas al aire libre de fiera como cobraremos vida, si el fomento de la regeneración de nuestra cultura no hay que buscarlo fuera á la vez que buscarlo dentro. Conviene mostrar que el regionalismo y el cosmopolitismo son dos aspectos de una misma idea, y los sostenes del verdadero patriotismo, que todo cuerpo se sostiene del juego de la presión externa con la tensión interna.


La casta histórica castellana
Miguel de Unamuno
de En torno al Casticismo, 1985

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MODERNISMO FRENTE A NOVENTA Y OCHO: EL CASO DE LAS ANDANZAS DE UNAMUNO (Richard A. Cardwell)

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Eso de hablar de la aridez repulsiva de El Escorial,
 como hablar de lo sombrío de su carácter,
carece, en rigor, de valor estético,
pues falta probar que lo árido y lo sombrío
no puedan ser hermosísimos
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Los ensayos sobre el excursionismo de Miguel de Unamuno, posteriormente recogidos en dos tomos -Por tierras de España y Portugal (1911) y su continuación, Andanzas y visiones españolas (1922)124- forman un remanso crítico. Con la excepción de un solo crítico, quien ha subrayado la importancia del tema del excursionismo en el movimiento noventayochista en España125, estos ensayos se ven casi completamente desatendidos en la crítica unamuniana. Es una omisión extraña no sólo por su cantidad sino también porque revelan muchas de las conocidas (y muy estudiadas) obsesiones del profesor salmantino y, de modo quizás más importante, algunas de las preocupaciones intelectuales más destacadas de la edad de Unamuno y su generación.

Fue Unamuno un viajero infatigable. Su deseo de «conocer España» le llevó a peregrinar y sus viajes le proporcionaron los datos necesarios para una serie de ensayos que escribió a lo largo de un cuarto de siglo. En estos ensayos se revelan una obsesión personal y una curiosidad intranquila que formaron parte de una obsesión generacional. Apareció, tempranamente en el siglo anterior, una boga por «descubrir España» entre los románticos europeos; la moda nacional, se puede decir, empezó más tarde entre los hombres de la Institución Libre de Enseñanza y, especialmente, con Francisco Giner de los Ríos. Su influencia fue poderosa: sobre Antonio Machado, quien admitió en «En tren» (CX, Campos de Castilla, 1912) que «Yo, para todo viaje / [...] voy ligero de equipaje. [...] ¡Este placer de alejarse!», sobre Ortega y Jiménez. La intención fue descubrir los rincones olvidados del país, pero también fue el deseo de huir de una realidad presente hacia un mundo de ensueño e ilusión: «siempre nos hace soñar», escribió Machado, y, a continuación en «Otro viaje » (CXXVII), nos habló de «este triste insomnio mío! / ¡este frío / de un amanecer en vela!». Se trata, como veremos, de dos intenciones: una ligada a un conocimiento más profundo del campo, la otra a un modo muy especial de contemplar esta realidad, de contemplarla por el prisma de un estado de mente ni despierto (mediante la lógica) ni completamente dormido (mediante el sueño ilógico). La busca de la realidad geográfica española se revela a veces como la busca de algo irreal como admitió el propio Unamuno en 1936 al mirar atrás hacia sus Andanzas:

«Andar y ver» -se dice-. Y el que esto os dice ha publicado una colección de relatos de excursiones con el título de Andanzas y visiones españolas. Pero es más lo que ha soñado que lo que ha visto. Y sobre todo lo que ha soñado ver (1112).

Son aspectos que destacan entre esta generación de escritores finiseculares. También una actitud intelectual con énfasis sobre las filosofías científicas del evolucionismo. Así, otro contemporáneo, José María Salaverría, en su Vieja España: Impresión de Castilla de 1907:

Me asomé a la ventanilla [del tren] y vi la profundidad de la noche, la extensión desolada de la llanura. ¡Cuán grave y expresiva era aquella planicie castellana, vieja patria del Cid, cuna del españolismo! Iba yo a conocer el secreto de una tierra de dominadores; iba a sentir el aliento de un país antiguo que imprimió en el mundo tan honda y duradera huella; quería desentrañar el misterio de aquella tierra esquilmada, rasa y humilde, que había sabido sujetar a su feudo otras tierras más ricas, más ágiles y mejor dotadas por la naturaleza.
 
Estas facetas las compartió también Unamuno: veta sentimental para conocer su Patria en un contacto físico con el campo; veta espiritual como resultado de la contemplación de ella; búsqueda intelectual de algo latente en el campo y en el pueblo mismos (ver 443, 633 y 690). Escribió Unamuno en 1913:

Lo que va a seguir son notas de un curioso excursionista, que toma lo que ve y observa al azar de sus correrías como punto de partida para sus reflexiones, tal vez algo arbitrarias.

Sin embargo, las reflexiones unamunescas no son ni más ni menos arbitrarias que las de Ortega, Azorín o Machado.

Empiezo con una análisis de la última veta, la veta determinista. El profesor Ramsden señala el énfasis noventayochista sobre «el carácter inalterable del pueblo rural español» y su «nueva sensibilidad hacia el paisaje el cual, supuestamente, lo habría formado [tal carácter] y un nuevo deleite en varios aspectos de la vida provincial en la cual, supuestamente, este carácter se había revelado» (HR, 141). Sugiere Ramsden, en este estudio y en otro más corto pero no menos poderoso en su argumentación (JRUL), que la mayor fuerza intelectual que influyó sobre los escritores del 98 fue el determinismo conservador; rural y psicológico de Hipólito Taine. En breve, sostiene Ramsden que los hombres de la generación del 98 (Unamuno, Ganivet, Machado, Azorín, Baroja, Ortega) todos se «concentraron sobre el problema de España: la grandeza anterior, decaimiento presente y un resurgimiento futuro posible»; que «el problema de España es primariamente un problema psicológico: España [...] carece de un principio básico que la guíe (JRUL, 41). La búsqueda de un núcleo-guía básico puede descubrirse «mediante un auto-conocimiento colectivo». Bajo la complejidad y lo difuso del carácter queda «una base firme de entendimiento» (lo que llama Unamuno un «núcleo castizo») que se descubre «en todas las manifestaciones de la cultura de una nación pero que se revela más inmediatamente en el carácter del pueblo rural ordinario e inalterable [...] especialmente en el campo [donde] [...] se reconoce la influencia formativa del medio físico. Es allí en particular donde se encuentra la clave del carácter nacional, y de ahí, también de la historia y de la cultura nacionales» (JRUL, 42). Para Ramsden  el problema de España puede ser una característica básica, pero no es, sugiere, «distintiva» (JRUL, 44). «Lo que distingue a los escritores del 98 de sus predecesores no es su preocupación por el problema, sino su reacción frente a él» (JRUL, 44). Unamuno ya había explorado este problema intelectual en En torno al casticismo (1895). Por tierras y Andanzas son, en un sentido, continuaciones de esta exploración y búsqueda unamunesca de raíces. Pero en el sentido de que el viajar es también un modo de huir ofrecen, por otra parte, un modo de auto-descubrimiento, la búsqueda de uno mismo. El excursionismo, así, es una respuesta a necesidades intelectuales tanto como emocionales. Volveremos sobre ello más tarde.

El viajar, entonces, ofreció a Unamuno y a sus contemporáneos la oportunidad de descubrir ese «carácter» y de ponerse en contacto íntimo con el paisaje español y su pueblo. El viajar les suministra la visión buscada, visión basada en el determinismo, de «esta nuestra inalterable y casi desconocida España». En el ensayo, apropiadamente titulado «Excursión», escrito en 1909 y recogido en Por tierras, admitió Unamuno que

Estas excursiones no son sólo un consuelo, un descanso y una enseñanza; son además, y acaso sobre todo, uno de los mejores medios de cobrar amor y apego de la tierra.

Con sus contemporáneos y los románticos que le precedieron Unamuno odió las ciudades grandes: «Tengo miedo y aversión a las grandes ciudades», reveló en 1908127. En sus ensayos también se encuentran sugerencias que se refieren a una búsqueda de índole espiritual casi mística. Más directamente se trata del fluir inexorable del tiempo, tema destacado en la literatura finisecular. Pero más explícitamente expresa el autor su deseo de «conocer España», de explorar «el sentimiento de la continuidad en el cuerpo social», el carácter inalterable del campo y su pueblo. Pero también busca un norte, así que la búsqueda de raíces deterministas y de su propio ser se ven íntimamente ligadas. En En torno al casticismo (1895) Unamuno había dado énfasis a las realidades físicas de Castilla como clave de una identidad básica, resistente al tiempo. Para Unamuno, como ha señalado Ramsden, Castilla, la región de paisajes más distintos, fue, según el punto de vista determinista unamunesco, la clave del carácter distintivo nacional. Así, también su historia y cultura, productos consecuentes de la misma causalidad determinista. En Por tierras escribió en 1909:

En el aspecto íntimo del arte, para el que busca sensaciones profundas, para el que tiene el espíritu preparado a recibir la más honda revelación de la historia eterna, os digo que lo mejor de España es Castilla, y en Castilla pocas ciudades, si es que hay alguna, superior a Ávila.

Anda uno por dondequiera, continúa Unamuno, para distraerse o divertirse, «pero el que quiera columbrar lo que pudo antaño haber sido, vivir con el fondo del alma, ése que vaya a Ávila; que venga también a Salamanca ». Pero a pesar de tanto comentario y énfasis sobre «un alma nacional», la base de su búsqueda en En torno y demás trabajos es para Unamuno el cuerpo de España. Forja el profesor salmantino una combinación fácil entre lo espiritual y una estructura orgánica escondida. La psicología como estudio de lo interior espiritual y como estudio científico materialista supo combinar el idealismo decimonónico con el positivismo finisecular. Unamuno repetidamente se refiere a estructuras internas orgánicas. Así expresa su «visión de ensueño» en el idioma de las ciencias físicas:

Ciudad, como el alma castellana, dermatoesquelética crustácea, con la osamenta -coraza- por de fuera, y dentro de la carne, ósea también a las veces. Es el castillo interior de las moradas de Teresa, donde no cabe creer sino hacia el cielo. Y el cielo se abre sobre ella como la palma de la mano del Señor.

Se ve a las claras la meta que busca Unamuno: un núcleo de paz y fe, raíces y Dios. Ya que siente una fe debilitada busca confirmación por medios más rigurosos (en la ciencia), y por medios no asequibles a la lógica (en la imaginación).

¿Y qué evoca? Realidades físicas, medio ambiente, carácter colectivo, cultura (historia y literatura) y sentimientos y deseos personales. Se encuentra, entonces, la expresión de una armonía básica entre estos temas, temas que ya había explorado en En torno.

Pero, por estas fechas, el determinismo unamunesco se ve me nos explícito. Cuando, en sus ensayos tempranos, se hace uso de una serie de términos precisos que pertenecían a las ciencias evolucionistas -el pueblo español como «producto de una larga selección», «hecho a la inclemencia del tiempo»- (rasgos que persistieron en Por tierras), ahora escribe haciendo uso de comparaciones, sugerencias, yuxtaposiciones, metáforas, símiles y, de vez en cuando, en plena moda simbolista, de paisajes del alma donde proyecta su propio humor sobre el paisaje contemplado. En este aspecto se nota una convergencia en vez de enfrentamiento entre Modernismo y Noventayocho. Cuando anteriormente se expresó por medio de afirmaciones claras y sin trabas, de índole determinista, en estos ensayos un lugar preferido le suscita un torrente de reflexiones, meditaciones y comentarios sobre estos aspectos. En realidad su lenguaje se ha hecho más poético, más auto-consciente. Es un cambio que se comentará luego.

La búsqueda emocional y la auto-proyección le impulsan a recordar a Obermann (significativamente una figura romántica norteña antes que española). Sin embargo, mientras indaga las raíces españolas, está muy dispuesto a pensar en los productos del medio ambiente determinista ante sus ojos: la realidad física de Medina del Campo provoca pensamientos de Isabel la Grande -y Santa Teresa- y las dos -Medina e Isabel- se hacen una (1912: 633). Pero no es el castillo (realidad física) ni la que, supuestamente, esta realidad ha creado -Isabel- los que sienten resignación. Es el propio autor que contempla una supuesta veta determinista en el medio ambiente, una historia y cultura formadas por esa veta, y que también se contempla en el paisaje que mira. Se encuentra el mismo proceso cuando llega al Escorial y recuerda a Fray José de Sigüenza (1912:645) o cuando contempla la Castilla de la meseta que le evoca al Cid y se unen en su mente el paisaje y el Poema del Mío Cid (1916:742). En «Salamanca» (1914) escribe Unamuno:

No puedo evitar el ponerme en mis escritos, y como nadie es más que el producto de la sociedad en que vive y de la que vive; como todos somos condensación del ambiente en que vivimos, todo el que acierta a poner se en sus obras pone a su patria, chica y grande, en ellas.

El viajar es auto-proyección, pero también es una búsqueda de un carácter colectivo, un modo de descubrir las raíces nacionales (y personales) de la raza:

Recorriendo estos viejos pueblos castellanos, tan abiertos, tan espaciosos, tan llenos de un cielo lleno de luz, sobre esa tierra, serena y reposada, junto a estos pequeños ríos sobrios, es como el espíritu que se siente atraído por sus raíces a lo eterno de la casta.

En las provincias y en las vidas del humilde pueblo ordinario hallará la dirección y el núcleo que busca:

Es sumergirse en el paisaje lo que nos hace recobrar la fe en un dichoso porvenir de la Patria. [...] La primera honda lección de patriotismo se recibe cuando se logra cobrar conciencia clara y arraigada del paisaje de la patria, después de haberlo hecho estado de conciencia, reflexionar sobre éste y elevarlo a idea.

Se puede seguir citando de «Frente a los negrillos», artículo importantísimo entre los escritos de Unamuno. Y volveremos sobre sus últimas frases. Lo que busca es el carácter permanente e inalterable que ha formado al pueblo, la cultura y la historia de España; también sus antiguas ciudades, León, Salamanca, Ávila (670, 415, 721, 833 y 496). «La búsqueda unamunesca de España [...] fue también una búsqueda de raíces personales. El investigador de los destinos nacionales [...] no fue meramente un observador; el sujeto y objeto de su estudio se habrían fusionado. La busca de la "roca viva" de España fue a la vez la busca de la "roca viva" propia» (HR, 173). Como confesó el propio Unamuno, «una ciudad desde el centro de la cual no se puede llegar a pie en cosa de un cuarto de hora al campo libre, es una ciudad que no responde a mis más íntimas necesidades espirituales».

En lo que acabo de sostener hasta este punto he querido confirmar los argumentos expresados -para mí convincentes- en dos estudios del profesor Ramsden, especialmente en The 1898 Movement in Spain.

Ahora, se trata de analizar la veta espiritual como resultado de la contemplación del campo. He sugerido, siguiendo la tesis de Ramsden, que para Unamuno el viajar también expresa la busca de sí mismo. En la relación estrecha que establece entre su propio ser -o mejor sus sentimientos y emociones- y su medio ambiente descubrimos el profundo colorido romántico del lenguaje unamunesco y su modo de pensar. Quizás, más precisamente, el discurso romántico de Unamuno es de origen europeo norteño. Claro es que comparte con sus antecesores románticos españoles -Espronceda y Larra- la nota de interrogación metafísica. Pero la manera en que sobrepone su humor sobre el paisaje, la naturaleza como portadora de las obsesiones del escritor, la preferencia por paisajes bravos y montañosos y efectos atmosféricos impresionantes, el énfasis sobre la soledad y una comunión sensual (tanto como emocional y mental) con un ente espiritual omnipresente, todos estos aspectos pertenecen a la manifestación europea del norte de la experiencia romántica, notablemente, la de los poetas ingleses lakistas (refiriéndose a ellos emplea Unamuno la palabra musings), los románticos alemanes, el escritor francés, Senancour (cuyo Obermann fue libro de cabecera de Unamuno) y el ensayista y poeta suizo Henri-Frédéric Amiel. Aumentó rápidamente en España el interés por los románticos alemanes desde los años 1860 y especialmente en los 1890. La importancia de este fenómeno en la formulación de la veta simbolista del Modernismo, la segunda fase de la época de Helios, como he señalado129, fue trascendental. Como veremos, Unamuno no se vio enteramente divorciado de estos desarrollos estéticos a pesar de su muy pregonada antipatía al Modernismo. El contacto con la naturaleza le trae un alivio espiritual y físico:

El cuerpo se limpia y restaura con el aire sutil de aquellas alturas [la sierra de Gredos] y aumenta el número de glóbulos rojos [...] pero el alma también se limpia y restaura con el silencio de las cumbres

Pero da más énfasis a lo espiritual: «¡Qué silenciosa oración allá en la cumbre...!» (609). También destaca la fuga de una realidad hostil y de la ciudad odiada.

Se nota aquí una típica paradoja unamunesca: como buen romántico es un solitario, no le gusta la compañía de sus prójimos y prefiere comunicarse con su desasosiego en las altas cumbres. Pero como determinista necesita a los hombres, encarnaciones del medio ambiente y las fuerzas de la casualidad determinista. Y resuelve la paradoja mediante la idea romántica y rousseauniana de la inocencia y nobleza del hombre primitivo. Para Unamuno el campesino humilde es preferible al hombre de frac o al político ramplón de la Corte. Y saca una enorme satisfacción y alivio espiritual de sus solitarias excursiones exactamente como otros de su generación (423 y 438).

En el campo, y especialmente en las montañas (con referencia tras referencia a su Obermann querido y con ecos de Senancour y Amiel) descubre una nueva armonía entre el panorama del gran mundo ante su vista, el cielo encima y su propio ser. En el mismo ensayo, «El silencio de las cumbres», propone tal simbiosis:

Allí, a solas con la montaña, volvía mi vista espiritual de las cumbres de aquélla a las cumbres de mi alma, y de las llanuras que a nuestros pies se tendían a las llanuras de mi espíritu. Y era forzosamente un examen de conciencia. El sol de la cumbre nos ilumina los más escondidos repliegues del corazón.

Estas palabras tienen ecos de los escritores románticos norteuropeos y también de las experiencias de Francisco Giner. La frase «examen de conciencia» suena al idioma autocrítico y autocontemplativo de los krausistas. En este ensayo y en «Frente a los negrillos» se nota un parentesco extraordinario con Giner, Ortega y Jiménez en cuanto a una experiencia trascendental. Tal experiencia, no cabe duda, se puede denominar religiosa o mística. Pero lo que busca no es la divinidad, a pesar de las muchas referencias a lo divino, sino eternidad y permanencia, una estructura básica que yace dentro de lo visible, «la imagen» (618).

Más adelante apunta que siente «la inmovilidad en medio de las mudanzas, la eternidad debajo del tiempo» y, en un eco más del tema intrahistórico que ya había desarrollado en En torno más de un lustro antes, dice que puede tocar «el fondo del mar de la vida» (622). Es un tema que ya hemos comentado. En su fuga de la metrópolis y en su busca de una recreación espiritual en la naturaleza y el campo sigue Unamuno la tradición de los románticos norteños de hace más de un siglo y, más próximamente, de los hombres de la Institución Libre y «los modernos». El excursionismo, pues, tiene un atractivo personal y fuerte; es la señal exterior de una busca intensamente personal de sí mismo. Como en Azorín, Jiménez, Machado y otros, las preocupaciones más destacadas son el deseo de huir, un enriquecimiento espiritual, un anhelo de algo mejor, más allá, con lo cual se pueda sentir una armonía, un sentido de permanencia; su sentido de la inevitabilidad de la vida a pesar de sus deseos; de ahí su insatisfacción con el presente, con la muchedumbre y la ciudad, con el tedio del contacto social cotidiano. Son aspectos estudiados por Ramsden en su edición de La ruta y The 1898 Movement (esp. la sección 5: «The Quest for Self») y en los estudios míos. Y también otro sentimiento que es preciso notar: su sentido del fluir inexorable del tiempo y su nostalgia por un pasado en que la vida le pareció mejor, más permanente. Son humores, sentimientos y anhelos comunes entre los escritores del fin de siglo en España. Y la evocación unamunesca de estos humores es muy parecida a la de ellos. Consideremos, por ejemplo, esta descripción (mejor evocación) de las ruinas del monasterio cisterciense de la Granja de Moreruela:

¡Qué majestad de aquella columnata de la girola que se abre hoy al sol, al viento y a las lluvias! ¡Qué encanto el de aquel ábside! ¡Y qué intensa melancolía la de aquella nave tupida hoy de escombros sobre la que brota la verde maleza! Y todo ello se alza, añorando siglos que fueron, y quién sabe si siglos por venir, en un valle de sosiego y de olvido del mundo.   
 

Como sus contemporáneos, encuentra Unamuno una satisfacción curiosa cuando se comunica con su dolor y su melancolía (aquí sobrepuestos a la realidad) y los transmuta diestramente en un sentimiento de belleza, de tranquilidad y calma emocional, los cuales sugieren otra forma de permanencia. Es casi como si las ruinas tuvieran un espíritu interior eterno. Hizo constar esta convicción más de una vez, como en su ensayo sobre Salamanca cuando habla de «una cierta vida espiritual» (1914:725).

Esta alma «subterránea» presente, en la interpretación científica que impone Unamuno, es el espíritu de las fuerzas de la causalidad determinista. Pero también es un tipo de panteísmo romántico y, combinado con el sentido de las fuerzas evolutivas, se hace referencia al panteísmo krausista. Quizás, también, se encuentre una veta estética en la misma herencia porque la espiritualidad unamunesca tiene una decidida inclinación en esta dirección:

Emprendí esta peregrinación artística [a Guadalupe] apenas terminé mi curso universitario [...] buscando unos días de reposo y de baño en naturaleza para poder volver con renovadas fuerzas [...]. Y hoy llevo, en el relicario de mis recuerdos, un recuerdo más, un recuerdo perfumado y fresco, el de la bravía verdura de Guadalupe.

Volveremos enseguida sobre esto del «relicario de mis recuerdos».

Más tarde, en 1916, afirmó el profesor salmantino, «esto de ascender a las cimas de las montañas [...] es un placer que tiene tanto de sensual como de estético» (786). Si esto nos recuerda a Amiel o a Giner de los Ríos, la frecuente combinación de lo sensual con lo estético, como en esta evocación de Mallorca, nos recuerda a los modernistas y Rubén Darío: «se puede penetrar en la belleza espiritual de la isla de oro, en lo que quiere decir aquella fantasía divina encarnada en roca florecida y ceñida por el mar de zafiro y de esmeraldas y de topacios y de nácares irisados» (791). La veta determinista se nota cuándo Unamuno relacionó este paisaje con la poesía de Ramón Llull, literatura como producto del medio ambiente. Pero el determinismo -la busca de estructuras fundamentales y eternas- y la adoración de la belleza y la lengua poética finisecular -también una busca de estructuras interiores en el pozo de la imaginación- se juntan en este comentario:

Sediento contemplaba una vez las espesuras del Zarzoso que se tiende al pie de la Peña de Francia, [...] y aunque la angustia -¡y era grande!- me privara de mirarlas con el sosiego que la contemplación exige, nunca comprendí mejor su metáfora.

Aquí vemos la tendencia modernista a buscar la contemplación estética como alivio de la angustia metafísica. En 1902, Juan Ramón, quizás más auto-conscientemente esteta, evocó su estado espiritual en estos términos simbolista-decadentes:

Me llenan de una dulce melancolía esos rincones de jardín de hospital
[...]

Cuando viene cayendo la tarde, y en la yerba dorada y trasparente tienden los árboles las sombras alargadas de sus troncos [...] por todo el jardín flota [...] una serenidad que nos hace pensar en los muertos....

Más austeramente y evitando los lugares comunes del simbolismo finisecular -jardín, señales de muerte, etc.- evoca Unamuno un paisaje no menos poético, ni menos espejo del humor del propio escritor; Unamuno evoca su vida interior, su propia personalidad proyectándose sobre sus realidades recordadas, un viaje al Escorial en 1912:

Luego... el Adaja, el río de Ávila, que ofrece de pronto una rinconada de melancólico recogimiento, y al transmontar una cuesta, las murallas de Olmedo y sus torres derritiéndose en la luz del atardecer.

Es, como admitió abiertamente en el prólogo a sus Andanzas, un «paisaje literario», y además añadió: «A esta demanda de la afición estética es a lo que quiere responder la oferta de este libro». Sus descripciones excursionistas tienen muy poco de lo documental, de lo realista: «No puedo evitar el ponerme en mis escritos» (720); «¿Datos? ¿Qué es eso de datos? ¿Te figuras que habría de ser una historia documentada?» (1900:66). Lo que destaca en estos escritos, como en la obra de sus contemporáneos y el testimonio de su contacto con los campos de Castilla -Machado, Ortega, Baroja, Azorín, aun Juan Ramón- es el elemento lírico y poético, la preocupación por la belleza austera de España después del momento simbolista y sus jardines y parques decadentes:

Eso de hablar de la aridez repulsiva de El Escorial, como hablar de lo sombrío de su carácter, carece, en rigor, de valor estético, pues falta probar que lo árido y lo sombrío no puedan ser hermosísimos [...]. Y debo confesar que a mí me produce una más honda y fuerte impresión estética la contemplación del páramo, sobre todo a la hora de la puesta del sol. (1912: 643-44)

Quizás no sea una coincidencia que en el mismo momento de evocar tal paisaje árido con su aureola de luz dorada fuera Machado a publicar sus Campos de Castilla, donde encontramos paisajes parecidos. Ni hay que olvidar las evocaciones de Azorín -especialmente La ruta de don Quijote y Castilla- ni las de Baroja -Camino de perfección- ni las de Jiménez -Pastorales-. En estas evocaciones del paisaje español bañado en una luz crepuscular y dorada encontramos los persistentes ecos del simbolismo francés pero también la veta determinista combinada con una recreación mediante el arte de una realidad recordada para siempre, una realidad transmutada líricamente sugiriendo no sólo la belleza sino también la permanencia, la eternidad. El amor y apego a la tierra -Machado y Soria, Unamuno y La Flecha,  Ortega y el valle del Duero, Azorín y la Mancha, Juan Ramón y Moguer o los Pirineos, también Maragall y el Montseny- se muestran en toda una generación. Así que las excursiones de estos escritores no son solamente una respuesta a las necesidades espirituales o emocionales, son también una necesidad estética. Finalmente son una busca de una estructura; estructura revelada por las ciencias deterministas o estructura revelada por medio de una exploración de la imaginación poética y la memoria, las galerías del alma o los ensueños de un Machado o un Juan Ramón. No necesitan una realidad porque, en última instancia, prefieren «el cristal de la mente» o «el relicario de mis recuerdos» (Unamuno), «una cueva de ensueño» (Jiménez), «las galerías del alma», «el profundo espejo de mis sueños» (Machado). Como pregunta Azorín:

¿Para qué hacer el viaje? Hay un momento en la vida en que descubrimos que la imagen de la realidad es mejor que la realidad misma [...]. Sólo nos queda, en lo íntimo del espíritu, su imagen. Una imagen fugaz, como la de un sueno: una imagen de algo que queremos recordar y no recordamos [...].

Se encuentra el mismo énfasis en un ensayo temprano de Unamuno, «Brianzuelo de la Sierra. Notas de viaje», donde se ve que prefiere el autor su visión anticipada a la realidad futura. Llegó tarde al pueblo y se puso a dormir. «Y aquel sueño, aquel sueño profundo y tranquilo es el recuerdo más puro y más hondo que de Brianzuelo de la Sierra conservo». Por eso no quiere contacto con la realidad a la mañana siguiente: «¿Pues a qué hemos venido? / -¡A soñarlo! Déjame que me le figure a mi antojo...» (1900: 63-64). El sueño antes que la realidad, «fondos» previstos en la imaginación; temas obsesivos.

Hemos visto, pues, las estrechas relaciones que existen en las parecidas respuestas líricas y emocionales frente al problema psicológico general en toda una generación. Aquí, por lo tanto, sería apropiado aplicarme de nuevo al muy debatido problema del «Modernismo frente a Noventayocho» y la separación -para mí completamente arbitraria- de la generación finisecular en dos grupos. El profesor Ramsden ha insistido en que mientras los hombres de esta generación compartieron todos un dilema básicamente romántico, una crisis de fe, encontraron soluciones distintas: los modernistas en la torre de marfil del Arte, los hombres del 98 en la realidad y en el determinismo. Pero, ¿hubo tal diferencia? He sostenido en los estudios citados que hace falta poner este argumento, y especialmente la tesis de Díaz-Plaja en tela de juicio. Aquí considero brevemente, como prolegómeno de un estudio más amplio, el caso de Unamuno frente a (o mejor, en) este grupo.

No es dudoso que uno de los temas más destacados en la literatura finisecular fue el tema de la memoria y el ensueño, y destacó singularmente en España: «Estoy solo, tengo sueño [...] / Los recuerdos se amontonan en mi mente» (Jiménez, 1902); «Y podrás conocerte, / recordando del pasado soñar / los turbios lienzos, / [...] / De toda le memoria, sólo vale / el don preclaro de evocar los sueños» (Machado, 1907); «Del pasado dichoso sólo podemos conservar el recuerdo» (Azorín, 1912); «Amar el pasado es congratularse de que efectivamente haya pasado, y de que las cosas, perdiendo esta rudeza con que al hallarse presente arañan nuestros ojos, nuestros oídos y nuestras manos, asciendan a la vida más pura y esencial que llevan en la reminiscencia» (Ortega, 1911). Ahora escuchemos a Unamuno: «Lo que hay que ver no es la visión presente; lo que hay que ver es su recuerdo, su imagen» (I, 842); «Todo imaginar y hasta conocer [...] es un recordar»; «Al evocar mi recuerdo dormido en el hondón de mi memoria, de lo que era el campo de Albia en lo que hoy es el ensanche de Bilbao, brotóme él a flor de alma en forma rítmica, en versos de meditación poética, de eso que los lakistas ingleses llamaban musings» («Visiones rítmicas»). Estas expresiones nos recuerdan no solamente la imaginación romántica de la Europa del norte y la herencia del simbolismo sino también el interés de los modernistas por este tema. La última expresión unamunesca tiene ecos tanto de Juan Ramón como de la crítica de Gregorio Martínez Sierra y su La vida inquieta.

Hasta ahora se encuentra una tendencia crítica a excluir a Unamuno del grupo modernista, y se sigue insistiendo en tal punto a pesar de la afirmación juanramoniana de que, por los años del fin de siglo, se le llamó a Unamuno «ese tío modernista». No quiero decir que fue Unamuno un escritor torremarfileño como Darío o Villaespesa; sí quiero sugerir que hace falta poner en tela de juicio el uso del término modernista (o Modernismo) y su enfrentamiento con el Noventayocho. Hemos encontrado toda una serie de coincidencias curiosas entre los autores finiseculares de ambos supuestos grupos, especialmente en el proceso de auto-contemplación y la manera en la que se transmutan las realidades recordadas en arte; también en la ideología o el idealismo en que esta visión se basa.

Por los años de 1890 los escritores jóvenes han vuelto la espalda a la conmemoración de los ideales nacionales y la conciliación cívica.

La crítica no dejó de notar este cambio. Según estos comentaristas el escepticismo y una visión fragmentada del mundo llevan a una busca dentro del hombre de un núcleo no fragmentado; la autocontemplación es auto-descubrimiento, la búsqueda de raíces, pero es, al mismo tiempo, un medio hacia un nuevo ideal absoluto. También, como he sugerido, la idea de una fuerza latente determinista que da una estructura eterna debajo de la realidad misma tomó parte en este desarrollo idealista, especialmente por su autoridad científica. Por estos años, y no olvidando sus orígenes en el romanticismo, se formó una nueva concepción de la facultad imaginativa, el ser interior de la inconsciencia; el arte moderno (modernista) es la expresión exterior de esta actividad auto-contemplativa y mentalmente intelectualizada. Las experiencias de la realidad (el sentimiento y, luego, la memoria) pasan por un proceso de trasmutación en el crisol interior de la imaginación (de ahí palabras como cristal, relicario, espejo) para revelar no sólo la belleza o el valor de la circunstancia, los accidentes del momento, sino también su valor eterno, su belleza sin tiempo. Revelan también ideas, conceptos o estructuras preexistentes, y así también eternos. Es este el ideal del arte finisecular del que se encuentra una expresión definitiva en el poema introductorio de las Galerías machadianas.

Escuchemos ahora a Unamuno en su ensayo clave, «Frente a los negrillos» (quizás el ensayo más trascendente de las Andanzas):

Y la vista del escaramujo [...] me recuerda el más dulce y vivificante recuerdo de una obra propia, y más si ésta es de poesía: el de su parto. Es que nuestras mejores y más propias ideas, molla de nuestro espíritu, nos vienen, como de fruta alimenticia, de la visión del mundo que tenemos delante, aunque luego, con los jugos de la lógica, la transformemos en quimo ideal, de que sacamos el quilo que nos sustenta.  
 
A pesar del juego de palabras unamunesco entre el sentido biológico (lo físico), simbólico (interior espiritual) y popular («sudar el quilo») se encuentra aquí un proceso que se ve en la poesía finisecular a partir de Bécquer y los precursores modernistas (Gil e Icaza) hasta el grupo Helios y aun Ortega; es decir, un énfasis sobre ensueño y memoria como alivio y como consecuencia de la vacuidad de la vida. Todo lo que queda como consolación son los recuerdos distantes y nostálgicos de tiempos más felices o de acción (reales o imaginados), recuerdos no degenerados de la infancia (significadamente asociados con la luz dorada del crepúsculo, las campanas de la parroquia, el hogar y el pueblo), recuerdos de momentos pasados de satisfacción emocional o espiritual profunda. Agobiados por el fracaso vital y la desilusión, elevan frente a su pérdida la autenticidad de su propio dolor. Y de su dolor y su auto-contemplación se levanta un estado mental especial. El silencio y la soledad, especialmente en los rincones de las ciudades antiguas o en el campo, les ofrecen atractivo. Y su soledad es menos opresiva cuando pueden evocar un pasado más feliz, una memoria recreada interiormente. Así la niñez, la adolescencia o el pasado de una España más grande, se ven como temas obsesionantes en la literatura de este grupo. Visita Azorín el aula de su colegio en Las confesiones de un pequeño filósofo; evoca Machado los patios y galerías sevillanos; en Moguer, narra Juan Ramón, «el alma dormita por dentro, cansada y aterida, soñando con el oro de la infancia» (1903: PLP, 71) y, allí, el sol sugiere «añoranzas de rincones dorados, con el eco de las voces lejanas de una aldea» (1903: PLP, 92). A su vez estos autores evocan, como lo hace Unamuno, el pueblo natal y los sonidos de la vida cotidiana. ¿Por qué? He investigado la veta determinista del interés por el campo y por el pueblo. También he subrayado el tema del fluir del tiempo. Es un aspecto que ha analizado Ramsden (HR, 180-81). ¿Hubo otra forma de escape para Unamuno? Creo que sí, forma que se encontrará también entre sus contemporáneos. El viajar para Machado fue un tipo especial de «sueño» y para Ortega y Baroja, Pérez de Ayala o Juan Ramón el contacto con la naturaleza puede administrar el ambiente necesario para una experiencia «mística». Pero también, sugiero que la común busca del «alma» de España (hayan estado profundamente afectados estos autores por las filosofías evolucionistas o no) en el «pueblo anónimo» se vio ligada con su preocupación por el proceso mental y artístico de reproducir sus experiencias en un tipo de diario íntimo, diario que fueron los ensayos, poemas o novelas excursionistas de esta generación. Unamuno estuvo constantemente preocupado por este proceso y con frecuencia se refiere a su cuaderno o a sus reacciones más íntimas en el momento de creación. Su preocupación por encontrar estructuras subyacentes deterministas se transfirió a ahondar en el proceso imaginativo de darles testimonio. Es cuestión de transmutar la experiencia sensorial de la realidad en algo más allá de lo temporal, buscar, como afirmó en «Paisaje Teresiano», «la metáfora». «Lo que hay que ver no es la visión presente; lo que hay que ver es su recuerdo, su imagen» (842). De ahí que, como sugiere Machado o Juan Ramón, la memoria no sea sencillamente un modo de recordar, sino, a la vez, un modo de reconocer arquetipos preexistentes o estructuras eternas. Casi como los poetas modernistas del grupo Helios (incluso Ortega) admite Unamuno lo siguiente:

Y al decir que todo pintor pinta de memoria no nos referimos al tiempo que pasa desde que mira al modelo hasta que tiene que mirar al papel o lienzo en que traza su imagen, ¡no! Este es un aspecto demasiado primario y superficial de la cosa. Es que el artista pinta la imagen que recibe del objeto presente y esta imagen es un recuerdo siempre, hasta cuando ve por primera vez el recuerdo. Todo imaginar y hasta conocer -lo sabía ya Platón- es un recordar. Y todo recuerdo es una metáfora. [...]. La metáfora es el fundamento de la conciencia de lo eterno.

Y termina este ensayo afirmando la unión de lo estético con lo metafísico. En una fecha tan temprana como 1899 parece que Unamuno había formulado una visión platónica del mundo, base del simbolismo europeo. Entre su descripción de las nubes crepusculares como «islas de apacible quietud en la región de los ensueños» y «perfume de luz» (con ecos del esteticismo finisecular) y exclamaciones de tono plenamente «modernista» («¡Celeste revelación de las entrañas de la belleza misma, del divino esplendor de la forma pura iluminada...!» (71-73)), lucha con el problema de una lengua adecuada y desarrolla el tema de estructura dentro de estructura o formas espejeadas (jugando con forma y formosus):

¡Ah! ¡Si pudiera repercutir aquella sublime sinfonía celestial de pocas y preñadas notas de purísimos colores de fuego y de cándidos perfiles! ¡Si pudiese pintarla para siempre y no tener que verter aquí el rastrojo que de aquellas feraces momentos ha quedado en la tumba de mi memoria! En un insondable seno de la divina Conciencia vive el eco de aquella celestial sinfonía, y en el seno de mi conciencia dormirá su reflejo, que yace tan adentro, tan adentro de ella, que de sacarlo no hay arte alguno [...]. La celeste visión era entonces lo real y fuerte, y el terrestre campo, nuestro sostén, mezquino remedo de ella...  ¿No es ésta la base del arte de Bécquer y, más claramente, la del de Juan Ramón Jiménez?
 
También, como hemos visto, la infancia (con todos sus recuerdos y visiones no deterioradas de ilusiones y contento) fue un tema muy explorado por los escritores finiseculares. A Unamuno sus excursiones le llevaron al campo, al contacto con el «pueblo anónimo». Pero también le suministraron un sentido de libertad, de huida de una realidad fastidiosa, de regreso a tiempos de su infancia. (1911: 610)

Y en el párrafo siguiente continúa para ampliar su pregunta retórica: «Y en estas correrías por campos y montes, ¡qué alivio, qué hondo sentimiento de libertad radical cuando dejando todo decoro se pone uno a hacer y decir chiquilladas!... Se chapuza uno en la infancia» (611). Y de modo más revelador añade:

¡Oh, estas sumersiones en la remota infancia! No sé cómo puede vivir quien no lleve a flor de alma los recuerdos de su niñez. Trece volúmenes llevo yo publicados, pero de todos ellos no pienso volver a leer sino uno, el de mis Recuerdos de niñez y mocedad, donde, en días de serenidad ya algo lejana, traté de fijar no mi alma de niño, sino el alma de la niñez.

No la realidad temporal y lógica sino la estructura arquetípica subyacente de la imaginación ilógica. Un subtítulo apropiado para sus Recuerdos, sugirió Unamuno, pudiera haber sido «ensayo de psicología de la infancia». Ahora bien, hemos visto que la palabra «psicología» y sus derivaciones y analogías fueron palabras clave entre los intelectuales finiseculares; palabras como alma, genio, voluntad, carácter, sueño, soñar, etc., se usaron como lengua común en la crítica y en el arte de entonces136. En una carta, hablando de Paz en la guerra (1897) Unamuno ha sostenido la tesis de que en la lengua puede uno encontrar «el reflejo más fiel de la psicología del pueblo»137. He sugerido antes que quizás exista un eslabón entre la busca de un núcleo en el campo y en el pueblo anónimo y la busca de lo que llamó Machado «una verdad divina» qué yacía «en el profundo / espejo de mis sueños» (LXI, Galerías). También he subrayado la preocupación por la lengua poética. Cuando escribió Machado, «Podrás conocerte, recordando / del pasado soñar los turbios lienzos» (LXXXIX), habla de un doble proceso, el auto-conocimiento (es decir, auto-contemplación o auto-descubrimiento) y la busca de la otredad (ideal o arquetipo). De la misma manera se busca Unamuno a sí mismo en el ensueño, lo que llaman los krausistas «un examen de conciencia», en este estado especial de la mente (casi místico) que testimoniaron tantos escritores y comentaristas, a menudo invocando o refiriéndose a San Juan de la Cruz, San Francisco o Santo Tomás de Kempis, todos autores favoritos del grupo Helios, de la Institución Libre y, claro, de Unamuno. En la cumbre de una montaña considera el profesor salmantino los posibles caminos que pudiera haber seguido en su vida:


Allí, en la cima, envuelto en el silencio, soñaba en todos los que, habiendo podido ser, no he sido para poder ser el que soy; soñaba en todas las posibilidades que he dejado perder desde aquella infantil atracción al claustro...

Siente remordimiento pero también percibe, como los simbolistas, «el inevitable destino». «Y da fuerzas, da fuerzas como una sumersión en la fuente de la vida», añadió. Su ensueño le trae la percepción de lo permanente:

Está aquello como estaba hace un siglo, hace dos, hace cuatro, hace veinte. Es la imagen viva de lo inalterable.

¿Por qué? La metáfora -la estructura arquetípica deseada, el núcleo, la imagen que es, al mismo tiempo, parte de la realidad percibida y recordada y transmutada mediante el arte- se ha revelado al profesor salmantino. En parte es una estructura espiritual yacente preexistente, en parte, la belleza manifiesta en forma de imagen viva y eterna; lo que, en otra parte, llama Unamuno el «sentimiento estético de la naturaleza» (1909: 592-93), sentimiento que describe significativamente, como «moderno» y «de origen romántico». También su imaginación o su mente «reflexiona sobre éste y [lo] eleva a idea» (1915: 737). En sus descripciones de su contacto con algo más allá, de la unión con el elemento espiritual de las cumbres, en fin, de un arrobo casi místico, vemos cuán cerca se encuentra la experiencia artística y la auto-proyección de Unamuno del idealismo de Azorín, de Martínez Sierra o de Juan Ramón. En La voluntad (1902), Yuste afirma:

Lo que da la medida de un artista es su sentimiento de la naturaleza, del paisaje [...]. Un artista será tanto más artista cuando mejor sepa interpretar la emoción del paisaje [...]. Es una emoción completamente, casi completamente moderna.

Gregorio Martínez Sierra, en su interesante estudio Motivos (1905), describió estos momentos trascendentales en términos muy parecidos a Unamuno o a otros de la generación, especialmente cuando da énfasis al deleite y al placer de la experiencia:

Busca el espíritu la perfección y da con ella, y entonces surge una nueva voluptuosidad, antaño sólo conocida de místicos y filósofos, la voluptuosidad del intelecto en presencia del fin adecuado, del filósofo en presencia de la verdad, del místico ante la esencia divina.

 Repite los mismos sentimientos en La vida inquieta (Glosario espiritual) de 1913. Al mismo tiempo, Unamuno no supo dejar atrás su sentido de estructuras físicas, o mejor, la estructura determinista que se manifiesta en el medio ambiente. Por esta razón se encuentra la típica mezcla unamuniana del lenguaje de las ciencias (especialmente las biológicas) con el del espíritu interior y la memoria o el en sueño:

Aquellos paisajes que fueron la primera leche de nuestra alma, aquellas montañas, valles o llanuras en que se amamantó nuestro espíritu cuando aún no hablaba, todo eso nos acompaña hasta la muerte y forma el meollo, el tuétano de los huesos del alma misma. Porque ésta tiene su esqueleto [...] para quien tiene alma vertebrada, con huesos que la mantengan en pie y mirando al cielo, esos huesos se nutren de un tuétano que está hecho con las serenas y nobles visiones de la niñez lejana.

No es solamente que el hombre esté determinado física y espiritualmente por el medio ambiente en el cual nació y se crió. Es como si, también, su manera de recordar, de sentir, de reproducir sus sensaciones lo fuese moldeando imborrablemente. Esta matriz queda inalterable dentro del hombre mientras viva y le servirá de núcleo. Y como para los simbolistas, la imagen es anterior a la lengua y se escapa de ella. Viajar, dice Unamuno, es sentir más profundamente las propias raíces. Pero también, como para los llamados modernistas, es captar, mediante el ensueño, la memoria y la lengua insuficiente del arte, las esencias eternas; recrea por medio del prisma de la obra las realidades recordadas, «elevarlas a idea».

Sería posible seguir más adelante en este argumento para señalar no solamente la veta simbolista en la preocupación por encontrar un lenguaje adecuado, expresar «ausencias» y confirmar un núcleo (lo que llamó Machado «una verdad divina») sino también subrayar la obsesión por lo que quede en la memoria («el sueño sustancial») y por asir un fragmento de eternidad. Aunque no debemos olvidar la veta determinista y el aspecto posromántico que se han discutido en los primeros párrafos de este estudio (aspectos vinculados a todo esto) me parece que la preocupación insistente por indagar «la metáfora», «la imagen» y «el relicario de los recuerdos» ubica a Unamuno claramente entre las preocupaciones estéticas y metafísicas de un Juan Ramón, un Antonio Machado, un Ortega o un Azorín.

Si quisiéramos comprender a fondo el arte de los escritores finiseculares, los «modernos», sería tiempo ya de descartar divisiones críticas artificiales y teorías simplistas de enfrentamiento para concentrarnos sobre el arte mismo y lo que dice esta generación en sus poesías, sus novelas y sus ensayos. Un análisis de la literatura excursionista me parece un excelente punto de partida.



Richard A. Cardwell
Universidad de Nottingham





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