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CONVERSACIONES DE ENAMORADOS (Jean Paul Sartre)

El beso. Rodin, 1881 (Tate Modern, Londres)

No los escucho más: me irritan. Se acostarán juntos. Lo saben. 
Cada uno sabe que el otro lo sabe. Pero como son jóvenes, castos y decentes, como cada uno quiere conservar su propia estima y la del otro, como el amor es una gran cosa poética que es preciso no espantar, van varias veces por semana a los bailes y a los restaurantes a ofrecer el espectáculo de sus pequeñas danzas rituales y mecánicas... 
Después de todo hay que matar el tiempo. 
Son jóvenes y robustos, todavía tienen para unos treinta años. Entonces no se dan prisa, se demoran y no están equivocados. Cuando se hayan acostado juntos, habrá que buscar otra cosa para ocultar el enorme absurdo de la existencia. 
Con todo... es absolutamente necesario engañarse?


La naúsea
Jean Paul Sartre, 1931

PERO ESTE TRABAJO PUEDE SER MORTAL... ¿LO SABE VD.? ("La peste", Albert Camus)





—Sé —dijo Tarrou [periodista de investigación], sin preámbulos— que con usted puedo hablar abiertamente. Dentro de quince días o un mes usted ya no será aquí de ninguna utilidad, los acontecimientos le han superado.
—Es verdad —dijo Rieux [Médico asesor de la Admnistación].
—La organización del servicio es mala. Le faltan a usted hombres y tiempo.
Rieux reconoció que también eso era verdad.
—He sabido que la prefectura va a organizar una especie de servicio civil para obligar a los hombres válidos a participar en la asistencia general.
—Está usted bien informado. Pero el descontento es grande y el prefecto está ya dudando.
—¿Por qué no pedir voluntarios?
—Ya se ha hecho, pero los resultados han sido escasos.
—Se ha hecho por la vía oficial, un poco sin creer en ello. Lo que les falta es imaginación. No están nunca en proporción con las calamidades. Y los remedios que imaginan están apenas a la altura de un resfriado. Si les dejamos obrar solos sucumbirán, y nosotros con ellos.
—Es probable —dijo Rieux—. Tengo entendido que están pensando en echar mano de los presos para lo que podríamos llamar trabajos pesados.
—Me parece mejor que lo hicieran hombres libres.
—A mí también, pero, en fin, ¿por qué?
—Tengo horror de las penas de muerte.
Rieux miró a Tarrou.
—¿Entonces? —dijo.
—Yo tengo un plan de organización para lograr unas agrupaciones sanitarias de voluntarios. Autoríceme usted a ocuparme de ello y dejemos a un lado la administración oficial. Yo tengo amigos por todas partes y ellos formarán el primer núcleo. Naturalmente, yo participaré.
—Comprenderá usted que no es dudoso que acepte con alegría. Tiene uno necesidad de ayuda, sobre todo en este oficio. Yo me encargo de hacer aceptar la idea a la prefectura. Por lo demás, no están en situación de elegir. Pero...
Rieux reflexionó.
—Pero este trabajo puede ser mortal, lo sabe usted bien. Yo tengo que advertírselo en todo caso. ¿Ha pensado usted bien en ello?
Tarrou lo miró en sus ojos grises y tranquilos.
—¿Qué piensa usted del sermón del Padre Paneloux, doctor?
La pregunta había sido formulada con naturalidad y Rieux respondió con naturalidad también.
—He vivido demasiado en los hospitales para gustarme la idea del castigo colectivo. Pero, ya sabe usted, los cristianos hablan así a veces, sin pensar nunca realmente. Son mejores de lo que parecen.
—Usted cree, sin embargo, como Paneloux, que la peste tiene alguna acción benéfica, ¡que abre los ojos, que hace pensar!
—Como todas las enfermedades de este mundo.


(Albert Camus, 1947)



"SE CREÍAN LIBRES Y NADIE SERÁ LIBRE MIENTRAS HAYA PLAGAS" (Abert Camus: "La peste")

Albert Camus (1913-1960). Premio Nobel de Literatura, 1957
Las plagas, en efecto, son una cosa común pero es difícil creer en las plagas cuando las ve uno caer sobre su cabeza. Ha habido en el mundo tantas pestes como guerras y sin embargo, pestes y guerras cogen a las gentes siempre desprevenidas. El doctor Rieux estaba desprevenido como lo estaban nuestros ciudadanos y por esto hay que comprender sus dudas. Por esto hay que comprender también que se callara, indeciso entre la inquietud y la confianza. Cuando estalla una guerra las gentes se dicen: “Esto no puede durar, es demasiado estúpido.” Y sin duda una guerra es evidentemente demasiado estúpida, pero eso no impide que dure. La estupidez insiste siempre, uno se daría cuenta de ello si uno no pensara siempre en sí mismo. 
Nuestros conciudadanos, a este respecto, eran como todo el mundo; pensaban en ellos mismos; dicho de otro modo, eran humanidad: no creían en las plagas. La plaga no está hecha a la medida del hombre, por lo tanto el hombre se dice que la plaga es irreal, es un mal sueño que tiene que pasar. Pero no siempre pasa, y de mal sueño en mal sueño son los hombres los que pasan, y los humanistas en primer lugar, porque no han tomado precauciones. Nuestros conciudadanos no eran más culpables que otros, se olvidaban de ser modestos, eso es todo, y pensaban que todavía todo era posible para ellos, lo cual daba por supuesto que las plagas eran imposibles. Continuaban haciendo negocios, planeando viajes y teniendo opiniones. ¿Cómo hubieran podido pensar en la peste que suprime el porvenir, los desplazamientos y las discusiones? Se creían libres y nadie será libre mientras haya plagas. 
Incluso después de haber reconocido el doctor Rieux delante de su amigo que un montón de enfermos dispersos por todas partes acababa de morir inesperadamente de la peste, el peligro seguía siendo irreal para él. Simplemente, cuando se es médico, se tiene formada una idea de lo que es el dolor y la imaginación no falta. Mirando por la ventana su ciudad que no había cambiado, apenas si el doctor sentía nacer en él ese ligero descorazonamiento ante el porvenir que se llama inquietud. Procuraba reunir en su memoria todo lo que sabía sobre esta enfermedad. Ciertas cifras flotaban en su recuerdo y se decía que la treintena de grandes pestes que la historia ha conocido había causado cerca de cien millones de muertos. Pero ¿qué son cien millones de muertos? Cuando se ha hecho la guerra apenas sabe ya nadie lo que es un muerto. 
Y además un hombre muerto solamente tiene peso cuando le ha visto uno muerto; cien millones de cadáveres, sembrados a través de la historia, no son más que humo en la imaginación. 
(…) Y el doctor Rieux que miraba el golfo pensaba en aquellas piras, de que habla Lucrecio, que los atenienses heridos por la enfermedad levantaban delante del mar. Llevaban durante la noche a los muertos pero faltaba sitio y los vivos luchaban a golpes con las antorchas para depositar en las piras a los que les habían sido queridos, sosteniendo batallas sangrientas antes de abandonar los cadáveres. Se podía imaginar las hogueras enrojecidas ante el agua tranquila y sombría, los combates de antorchas en medio de la noche crepitante de centellas y de espesos vapores ponzoñosos subiendo hacia el cielo expectante. Se podía temer... 
Pero este vértigo no se sostenía ante la razón. Era cierto que la palabra “peste” había sido pronunciada, era cierto que en aquel mismo minuto la plaga sacudía y arrojaba por tierra a una o dos víctimas. Pero ¡y qué!, podía detenerse. Lo que había que hacer era reconocer claramente lo que debía ser reconocido, espantar al fin las sombras inútiles y tomar las medidas convenientes. En seguida la peste se detendría, porque la peste o no se la imagina o se la imagina falsamente.

(Albert Camus, 1947)


LA LENGUA ESPAÑOLA EN LA ITALIA DEL S. XVI (Benedetto Croce)



La lengua española estaba tan difundida en Italia (y en Francia, y en Alemania, y en Inglaterra), que los embajadores empleaban intérpretes para hablar ante el Senado veneciano y los españoles no. Todo el mundo se había hecho pueblo español, y el castellano era la lengua más necesaria entre todas las que se hablaban entonces. Muchas palabras españolas, que entonces entraron en el vocabulario italiano vivo, penetraron en aquel tiempo, como el ya citado mozzo (el mucciaccio no tuvo fortuna) que Ariosto ofrece italianizado, pero aún con la procedencia extranjera fresca «si fuese mozo de espuela», así como lindo, sfarzo (esfuerzo), complimento, creanza, disinvoltura, sussiego y otros. Español es el aio (ayo), por preceptor; buscare, aprovecciarsi (aprovecharse); vocablos militares, como rancio (rancho) y arrancharsi (comer o tomar el rancho); vocablos mairineros y palabras árabes y americanas que vinieron a nosotros a través de España, como manteca, riso (arroz), rucchero (azúcar), chicchera (jicara). Infinidad de españolismos penetraron en los dialectos, primero en el siciliano, después en el napolitano y luego en los lombardos). Vocablos que en la lengua y en los dialectos entraron con las cosas y con las nuevas formas y significados que las cosas tenían. Por los ejemplos que hemos aducido hemos visto que principalmente se emplearon en las costumbres de la buena sociedad y en la vida militar y marinera. 


Benedetto Croce
España en la vida italiana durante el Renacimiento
Versión española de José Sanchez Rojas. 
Mundo Latino. Madrid, 1900. 
(Ejemplar de la Biblioteca Robarts 
de la Universidad de Toronto,
 disponible en Internet: Open Library.)



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Acceder a obra completa
en Open Library,
pinchando aquí







QUOT LIBRAS IN DUCE? LA BATALLA DE WATERLOO EN "LOS MISERABLES": El Genio, Napoleón, vencido por el Cálculo, Wellington. (Víctor Hugo)



La batalla de Waterloo es un enigma. Tan obscuro para los que la ganaron como para quién la perdió. Para Napoleón fué un pánico (1). Blücker no vio en ella sino fuego; Wellington no entendió nada. Véanse los partes. Los boletines resultan confusos, los comentarios embrollados. Estos balbucean, aquellos tartamudean. Jomini divide la batalla de Waterloo en cuatro tiempos; Muffling la corta en tres peripecias; Charras, aunque en algunos puntos tengamos diversa apreciación, es el único que ha fijado con su certero golpe de vista las principales y características líneas de aquella catástrofe del genio humano en lucha con el azar divino. Todos los demás historiadores se han deslumbrado más ó menos, y en medio de su deslumbramiento andan á tientas. Jornada fulgurante, en efecto, derrumbamiento de la monarquía militar, que, con gran estupor de los reyes, arrastró á ella todos los reinos; caída de la fuerza, derrota de la guerra. En semejante acontecimiento, impregnado de una necesidad sobrehumana, la parte de los hombres es nula. Quitarles Waterloo á Wellington y á Blücker, ¿es quitar algo á Inglaterra y á Alemania? No. Ni la ilustre Inglaterra, ni la augusta Alemania, son discutibles en el problema de Waterloo. Gracias al cielo, los pueblos son grandes independientemente de las lúgubres aventuras de la espada. Ni Alemania, ni Inglaterra, ni Francia, están encerradas en el interior de una vaina. En aquella época en que Waterloo no es más que un choque de espadas; sobre Blücker tiene Alemania a Schiller, y sobre Wellington tiene Inglaterra a Byron. Un vasto nacimiento de ideas es el signo característico de nuestro siglo, y entre esa aurora tienen, así la Inglaterra como Alemania, esplendores magníficos. Ambas son majestuosas, porque piensan. La elevación de nivel que aportan ambas a la civilización, les pertenece intrínsecamente; procede de ellas mismas, y no de un accidente. Todo su engrandecimiento en el siglo XIX no tiene  nada de común con Waterloo por su origen. Solamente los pueblos bárbaros tienen crecidas súbitas después de una victoria. Es la vanidad pasajera de los torrentes henchidos por la barrusca. Los pueblos civilizados, sobre todo en los tiempos que atravesamos, no se elevan ni rebajan por la buena ó mala fortuna de un capitán. Su peso específico en el género humano es resultado de algo más que un combate. Su honra, á Dios gracias, su dignidad, su esplendor, y su genio, no son números que los héroes y conquistadores, jugadores al fin, puedan poner a la lotería de las batallas. Frecuentemente batalla perdida, significa progreso conquistado. A menos gloria mayor libertad. Calla el tambor, y toma la razón la palabra. Es el juego del gana-pierde. Hablemos, pues, de Waterloo, fríamente por una y otra parte. Demos al azar lo que es del azar, y a Dios lo que es Dios. ¿Qué fué Waterloo? ¿Una victoria? No. Un quinterno.
Quinterno ganado por Europa, y pagada por Francia. No valía, de mucho, la pena de poner allí un león. 
Por lo demás, Waterloo, es el encuentro más extraño que registra la historia. Napoleón y Wellington. No son enemigos, son contrarios. Dios, que se complace en las antítesis, no produjo jamás contraste más sorprendente ni confrontación más extraordinaria. 
Por una parte la precisión, la previsión, la geometría, la prudencia, la retirada asegurada, las reservas economizadas, una sangre fría pertinaz, un método imperturbable, la estrategia que aprovecha el terreno, la táctica que equilibra los batallones, la matanza tirada á cordel, la guerra regulada reloj en mano, nada abandonado Voluntariamente al azar, el antiguo valor clásico, la corrección absoluta; por la otra, la intuición, la adivinación, el capricho militar, el instinto sobrehumano, el brillante golpe de vista, un no sé qué, que mira como el águila y hiere como el rayo, un arte prodigioso dentro una impetuosidad desdeñosa, todos los misterios de un alma profunda, la asociación con el destino; el río, la llanura, el bosque, la colina, intimados y en cierto modo obligados á obedecer; el déspota llegando hasta tiranizar el campo de batalla; la fé en su estrella mezclada á la ciencia estratégica, engrandeciéndola y turbándola á un tiempo. Wellington era el Baréme de la guerra, Napoleón el Miguel Ángel, y esta vez el genio fué vencido por el cálculo.
Por ambas partes se esperaba á alguien. Fué el calculador exacto quién salió en bien. Napoleón esperaba á Grouchy, y no vino, Wellington esperaba á Blücker, y acudió.
Wellington fué la guerra clásica tomando su revancha. Bonaparte, en su aurora, habíala encontrado en Italia, y batido soberbiamente. La vieja lechuza había huido ante el joven buitre. La antigua táctica, no sólo quedó pulverizada sino escandalizada. ¿Qué venía á ser aquel corso de veintiséis años, qué significaba aquel ignorante espléndido que, teniéndolo todo en contra suya, nada en su favor, sin víveres, sin municiones  sin cañones, sin zapatos, casi sin ejército; con un puñado de hombres en frente de masas compactas, se precipitaba sobre la Europa coligada, y ganaba absurdamente victorias imposibles? 
¿De dónde salía aquel rayo furibundo que, casi sin tomar aliento y con el mismo juego de combatientes en la mano, pulveriza uno después de otro los cinco ejércitos del emperador de Alemania, derribando Beaulieu sobre Alvinzi, á Wurmser sobre Beaulieu, á Melas sobre Wurmser, á Mack sobre Melas? ¿Quién era ese advenedizo de la guerra con la atrevida desvergüenza de un astro? La escuela académica militar le excomulgaba huyendo á su presencia. De ahí el implacable rencor del viejo cesarismo contra el nuevo, del sable correcto contra la espada flamígera, y del tablero contra el genio. 
El 18 de Junio de 1815 encontró este rencor su última palabra, y debajo de Lodi, de Montebello, de Montennote, de Mantua, de Marengo y de Arcóle, escribió; Waterloo. Triunfo de las medianías dulce á las mayorías. El destino consintió esta ironía. Napoleón al declinar, se encontró ante Wurmser joven. 
Y efectivamente, para tener á Wurmser, basta con blanquear los cabellos á Wellington. 
Waterloo es una batalla de primer orden, ganada por un capitán de segundo. 
Lo que hay que admirar en esta batalla, es Inglaterra, es la firmeza inglesa, es la resolución inglesa, es la sangre inglesa. Lo que Inglaterra tuvo allí de soberbio no ha de desagradarle, fué ella misma. No fué su capitán, fué su ejército».
Wellington, ingrato hasta la extravagancia, declara en una carta á lord Bathurst que su ejército, el ejército que combatió el 18 de Junio de 1815, era, un «ejército detestable.» ¿Qué pensará de ello esa sombría con- fusión de esqueletos sepultados en los campos de Waterloo? 
La Inglaterra ha sido muy modesta al frente de Wellington. Hacer tan grande á Wellington, es empequeñecerse.
Wellington no pasa de ser un héroe como otro cualquiera. Aquellos escoceses grises, aquellos guardias de á caballo, aquellos regimientos de Maitland y de Mitchell, aquella infantería de Pack y de Kempt, aquella caballería de Ponsomby y de Somerset, aquellos montañeses tocando la gaita bajo la metralla, aquellos batallones de Rylandt, aquellos reclutas enteramente bisónos, que apenas sabían manejar el fusil, haciendo cara á los veteranos de Essling y de Rívoli, esto es lo grande. Wellington fué tenaz, este es su mérito, y nosotros no se lo hemos de regatear; pero el último de sus infantes y de sus ginetes fué tan fuerte como él. El soldado de hierro bien vale lo que el duque de hierro. 
Por nuestra parte, concedemos toda la gloria al soldado inglés, al ejército inglés, al pueblo inglés. Si hubo trofeos son para Inglaterra. La columna de Waterloo sería más justa, si en lugar de la figura de un hombre, elevase á las nubes la estatua de un pueblo. 
Pero la gran Inglaterra se irritará de lo que aquí decimos. Ella conserva aún, después de su 1688 y de nuestro 1789, la ilusión feudal, porque cree en la herencia y en la jerarquía. Este pueblo, al cual ninguno aventaja en poderío y gloria, se aprecia á sí mismo como nación, no como pueblo. Y como pueblo, se subordina de buen grado y toma por cabeza un lord. Obrero, se deja despreciar; soldado, deja que le apaleen. Cualquiera sabe que en la batalla de Inkermann un sargento, que según parece, había salvado al ejército, no pudo ser mencionado por lord Raglán, por no permitir la jerarquía militar inglesa citar en un parte á ningún héroe de grado inferior al de oficial. 
Lo que admiramos sobre todo, en un encuentro por el estilo del de Wáterloo, es la prodigiosa habilidad del azar. Lluvia nocturna, muro de Hougomont, hondonada de Ohain, Grouchy sordo el canon, el guía de Napoleón engañándole y el de Bülow que le dirige bien; todo este cataclismo aparece maravillosamente conducido. 
En suma, debemos decir, que hubo en Wáterloo más matanza que lucha. 
Es Wáterloo, de todas las batallas en regla, la que presentó la línea de combate más reducida con respecto al número de combatientes; la de Napoleón tenía tres cuartos de legua, y media legua la de Wellington,. con setenta y dos mil combatientes por cada parte. De esta aglomeración vino la matanza. 
Se ha hecho este cálculo, y establecido la proporción siguiente: pérdida de hombres: en Austerlitz, franceses, catorce por ciento; rusos, treinta por ciento; austríacos, cuarenta y cuatro por ciento. 
En Wagram, franceses, trece por ciento; austríacos, catorce.
En la Moskowa, franceses, treinta y siete por ciento; rusos, cuarenta y cuatro. 
En Bautzen, franceses, trece por ciento; rusos y prusianos, catorce. 
En Wáterloo, franceses, cincuenta y seis por ciento; aliados, treinta y uno. Total para Wáterloo, cuarenta y uno por ciento. Ciento, cuarenta y cuatro mil combatientes; sesenta mil muertos. 
Hoy día el campo de Wáterloo presenta la calma que pertenece á la tierra, sostén impasible del hombre, y se parece á las demás llanuras. 
De noche, sin embargo, despréndese allí una bruma fantástica; y si algún viajero se pasea, si mira, si escucha, si piensa como Virgilio en las funestas llanuras de Filipo, la alucinación de la catástrofe le domina. El horrible 18 de Junio revive, la falsa colina monumental desaparece, desvanécese aquel león, y recobra el campo de batalla su realidad; ondulan en la llanura líneas de infantería, galopes furiosos cruzan el horizonte; el espantado soñador ve el brillo de los sables, el resplandor de las bayonetas, el fulgor de las bombas, el entre cruzamiento monstruoso de los truenos; oye, como un estertor en el fondo de una tumba, el vago clamor de la batalla fantasma; aquellas sombras son los granaderos; aquellos fulgores los coraceros; aquel esqueleto es Napoleón; aquel otro Wellington; todo aquello ya no existe; pero choca y combate todavía; y los barrancos se enrojecen, y se estremecen los árboles, y están enfurecidos hasta las nubes: y en medio de las tinieblas, todas aquellas alturas feroces, Mont Saint Jean, Hougomont, Frichemont, Papelotte y Plancenoit,aparecen confusamente coronadas de torbellinos de espectros que se exterminan. 

Victor Hugo
Los Miserables, 1862
Vol. II ("Cosette"), 
Lib. I (Waterloo), Capt. XVI
(Versión de J.A.R.
Barcelona, 1897)

 
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En Bibliotecas Americanas,

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(1) Una batalla terminada, una jornada concluida, falsas medidas reparadas, mayores éxitos asegurados para el porvenir, todo se perdió por un instante de terror pánico » (Napoleón, Memorias de Santa Elena) 302 LOS MISERABLES


FOLIIS AC FRONDIBUS (Víctor Hugo)

 
 
 
 
Este jardín, abandonado a sí mismo desde hacía más de medio siglo, se había convertido en algo extraordinario y encantador. Los paseantes de hace cuarenta años se detenían en aquella calle para contemplarlo, sin sospechar los secretos que se ocultaban tras sus frescas y verdes espesuras. En aquella época, más de un soñador dejó muchas veces penetrar sus ojos y su pensamiento indiscretamente a través de los barrotes de la antigua verja encadenada, unida a dos pilares verdeados y musgosos, coronada extrañamente con un frontis de arabescos indescifrables.
Había un banco de piedra en un rincón, una o dos estatuas enmohecidas, y algunos enrejados desprendidos por el tiempo se enmohecían sobre el muro; por lo demás, no quedaban paseos ni césped, había grama por todas partes. La jardinería le había abandonado, y la naturaleza había regresado. Abundaban las malas hierbas, aventura admirable para un pobre rincón de tierra. La fiesta de los girasoles era espléndida. Nada en aquel jardín contrariaba el esfuerzo sagrado de las cosas hacia la vida; el crecimiento venerable se encontraba en su casa. Los árboles se habían inclinado hacia los espinos, y los espinos habían trepado por los árboles, la planta había trepado, la rama se había doblado, lo que se arrastra por el suelo había ido a encontrar lo que se abre en el aire, lo que flota al viento se había inclinado hacia lo que crece en el musgo; troncos, ramas, hojas, fibras, matas, sarmientos y espinas se habían mezclado, atravesado, unido, confundido; la vegetación, en un abrazo estrecho y profundo, había celebrado y cumplido allí, bajo la satisfecha mirada del Creador, en este cercado de trescientos pies cuadrados, el santo misterio de su fraternidad, símbolo de la fraternidad humana. Aquel jardín ya no era un jardín, era una espesura colosal, es decir, algo impenetrable como una selva, poblada como una ciudad, temblorosa como un nido, oscura como una catedral, olorosa como un ramillete, solitaria como una tumba, viva como una multitud.
El floreal, esa enorme mata, libre detrás de su verja y de sus cuatro muros, entraba en celo en el sordo trabajo de la germinación universal, se estremecía al sol naciente casi como una bestia que aspira los efluvios del amor cósmico, y que siente la savia de abril subir y burbujear en sus venas, y sacudiendo al viento su prodigiosa cabellera verde, sembraba sobre la tierra húmeda, sobre las estatuas borradas, sobre la desplomada escalinata del pabellón, y hasta el empedrado de la calle desierta, las flores en estrellas, el rocío en perlas, la fecundidad, la belleza, la vida, la alegría, los perfumes. A mediodía, mil mariposas blancas se refugiaban allí, y era un espectáculo divino ver arremolinarse en copos, en la sombra, aquella nieve viva de verano. Allí, en aquellas alegres tinieblas de verdor, una multitud de voces inocentes hablaba dulcemente al alma, y lo que los susurros habían olvidado decir, los zumbidos lo completaban. Al atardecer, un vapor de ensueño se desprendía del jardín y lo envolvía; un sudario de bruma, una tristeza celeste y tranquila lo cubría; el embriagador aroma de las madreselvas y de las campanillas flotaba por doquier, como un veneno exquisito y sutil; se oían las últimas llamadas de los pájaros trepadores y de las pezpitas adormeciéndose bajo las enramadas; sentíase esa intimidad sagrada del pájaro y el árbol; durante el día, las alas alegran a las hojas, por la noche, las hojas protegen a las alas.
En invierno, la maleza era negra, mojada, erizada, temblorosa, y permitía ver un poco la casa. Se observaban, en lugar de flores en las ramas, y de rocío en las flores, las largas cintas de plata de las babosas, sobre el frío y espeso tapiz de las hojas amarillas; pero de todos modos, bajo cualquier aspecto, y en cualquier estación, primavera, verano, otoño, invierno, aquel pequeño cercado respiraba melancolía, contemplación, soledad, libertad, ausencia del hombre, presencia de Dios; y la vieja verja enmohecida parecía decir: «Este jardín es mío.»
El empedrado de París estaba allí, alrededor, los hoteles clásicos y espléndidos de la calle Varenne hallábanse a dos pasos, la cúpula de los Inválidos muy cerca, la Cámara de los diputados, no demasiado lejos; las carrozas de la calle de la Bourgogne y de la calle Saint-Dominique circulaban majestuosamente por el vecindario, los ómnibus amarillos, blancos, rojos, se cruzaban en la esquina cercana, pero el desierto estaba en la calle Plumet; y la muerte de los antiguos propietarios, una revolución pasada, la caída de las antiguas fortunas, la ausencia, el olvido, cuarenta años de abandono y de viudez habían bastado para llevar a aquel lugar privilegiado los helechos, los gordolobos, las cicutas, las aquileas, las dedaleras, las altas hierbas, las grandes plantas estampadas de las anchas hojas de paño verde pálido, los lagartos, los escarabajos, los insectos inquietos y rápidos; para hacer salir de las profundidades de la tierra, y reaparecer entre aquellos cuatro muros, no sé qué grandeza salvaje y feroz; y para que la naturaleza, que desconcierta las mezquinas organizaciones del hombre y que se derrama siempre entera allí donde se derrama, tanto en la hormiga como en el águila, vino a derramarse en un pequeño jardín parisiense con tanta rudeza y majestad como en una selva virgen del Nuevo Mundo.
Nada es pequeño, en efecto; cualquiera que esté sujeto a las penetraciones profundas de la naturaleza, lo sabe. Aunque no sea dada satisfacción alguna a la filosofía, no más que circunscribir la causa y limitar el efecto el contemplador cae en éxtasis en razón de que todas estas descomposiciones de fuerza terminan en la unidad. Todo trabaja en pro de todo.
El álgebra se aplica a las nubes; la irradiación del astro aprovecha a la rosa; ningún pensador se atrevería a decir que el perfume del espino blanco resulta inútil a las constelaciones. ¿Quién puede calcular el trayecto de una molécula? ¿Qué sabemos nosotros si las creaciones de los mundos no están determinadas por las caídas de granos de arena? ¿Quién conoce los flujos y reflujos de lo infinitamente grande y de lo infinitamente pequeño, el resonar de las causas en los principios del ser, y los aludes de la Creación? Un insecto importa; lo pequeño es grande, lo grande es pequeño; todo está en equilibrio en la necesidad; terrible visión para el espíritu. Hay entre los seres y las cosas relaciones de prodigio; en este inagotable conjunto, de sol a pulgón, no hay desprecio; tienen necesidad unos de otros. La luz no se lleva al firmamento los perfumes terrestres sin saber lo que hace de ellos; la noche hace distribuciones de esencia estelar entre las flores dormidas. Todos los pájaros que vuelan tienen en la pata el hilo del infinito. La germinación se complica con la aparición de un meteoro y con el picotazo de la golondrina rompiendo el huevo, y se ocupa simultáneamente del nacimiento de un gusano y del advenimiento de Sócrates. Donde termina el telescopio, empieza el microscopio. ¿Cuál de los dos tiene mejor vista? Escoged. Un moho es una pléyade de flores; una nebulosa es un hormiguero de estrellas. Igual promiscuidad, y más inaudita aún, de las cosas de la inteligencia y de los hechos de la sustancia. Los elementos y los principios se mezclan, se combinan, se unen, se multiplican unos por otros, hasta el punto de llevar el mundo material y el mundo moral a la misma claridad. El fenómeno está perpetuamente en repliegue sobre sí mismo. En los vastos cambios cósmicos la vida universal va y viene en cantidades desconocidas, rodando en el invisible misterio de los efluvios, empleándolo todo, no perdiendo ni un ensueño, ni un sueño, sembrando un animalillo aquí, desmenuzando un astro allí, oscilando y serpenteando, haciendo de la luz una fuerza, y del pensamiento un elemento, diseminado e indivisible, disolviéndolo todo, excepto ese punto geométrico, el yo; llevándolo todo al alma átomo; desarrollándolo todo en Dios; enredando, desde la más alta a la más baja, todas las actividades en la oscuridad de un mecanismo vertiginoso, sujetando el vuelo de un insecto al movimiento de la tierra, subordinando, ¿quién sabe?, aunque no fuera más que por la identidad de la ley, la evolución del cometa en el firmamento al girar del infusorio en la gota de agua. Máquina hecha espíritu. Engranaje enorme, cuyo primer motor es el insecto y cuya última rueda es el zodíaco.
 
Víctor Hugo
Los Miserables, 1862
(Traducción: Aurora Alemany)
 
 
 
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Los Miserables
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EXTENSIÓN DEL IMPERIO PERUANO. ORIGEN DE LA PALABRA "ANDES" (William H. Prescott)





De las numerosas naciones que ocupaban el gran continente americano cuando los europeos lo descubrieron, las más adelantadas en poder y en cultura eran, sin duda, las de Méjico y Perú. Pero, aunque se asemejaban en el grado de civilización a que habían subido, esta civilización era de diferente carácter en cada una de ellas, y el observador filosófico de la especie humana puede sentir una curiosidad natural en la averiguación de las varias transiciones por las cuales pasaron aquellos dos pueblos, en sus esfuerzos para salir del estado de barbarie, y alcanzar una posición mas elevada en la escala de la humanidad. En otra obra que he publicado, procuré describir las instituciones y el carácter de los antiguos mejicanos , y la historia de su con quista por los españoles. En esta voy á tratar de los peruanos; y si su historia presenta anomalías menos extrañas, y contrastes menos notables que la de los aztecas, no será menos interesante al lector la grata pintura que ofrece de un gobierno bien arreglado, y de los hábitos modestos y laboriosos que se introdujeron bajo el dominio patriarcal de los incas. El imperio del Perú, en la época de la invasión española , se extendía por la costa del Pacifico , desde el segundo grado, poco mas ó menos, de latitud Norte, hasta el treinta y siete de latitud Sur; línea que describen actualmente los límites occidentales de las repúblicas modernas del Ecuador, Perú , Bolivia y Chile. Su anchura no puede ser determinada con exactitud, porque, aunque totalmente limitada al Oeste por el Gran Océano, hacia el Este se dilataba en varias partes mucho más allá de los montes, hasta los confines de las tribus bárbaras, cuya exacta situación no es conocida, y cuyos nombres han sido borrados del mapa de la historia. Es cierto, sin embargo, que había gran desproporción entre su longitud y su anchura. Es muy notable el aspecto topográfico del país. Una faja de tierra, cuyo ancho raras veces pasa de veinte leguas, corre en las dirección de la costa, y está encerrada en toda su extensión, por una cadena colosal de montañas, que, partiendo del estrecho de Magallanes, llega á su mayor elevación, que es en verdad la mayor del continente americano, hacia los diez y siete grados de latitud Sur, y, después de cruzar la línea , y gradualmente declina en al turas de poca importancia, al entrar en el istmo de Panamá. Tal es la famosa cordillera de los Andes, ó «montañas de cobre»(1), como las llaman los naturales, aunque con más razón podrían llamarse «montañas de oro». Dispuestas muchas veces en una sola línea, más frecuentemente en dos o tres, que corren paralelas entre sí, o en sentido oblicuo, parecen una continua cadena, vistas desde el Océano. Los estupendos volcanes que el habitante de las llanuras mira como masas solitarias é independientes, parecen al navegante otros tantos picos del mismo vasto y magnífico sistema. En tan inmensa escala ha trabajado la naturaleza en aquellas regiones, que solo desde una gran distancia puede el espectador comprender de algún modo la relación de las diversas partes que forman aquel asombroso conjunto; Pocas obras han salido de la mano de la naturaleza capaces de producir impresiones tan sublimes, como el a pecto de esta costa, cuando se desarrolla gradualmente a los ojos del marinero en las aguas distantes del Pacifico; cuando se enseñorean montañas sobre montañas, y el Chimborazo, con su espléndido dosel de nieve, resplandeciendo sobre las nubes, corona el todo como una diadema celestial.
El aspecto estertor del país no parece muy favorable a las operaciones de la agricultura, ni a las comunicaciones interiores. La faja arenosa que corre por la costa, donde nunca llueve, no recibe más humedad que la que le su ministran unos pocos y escasos arroyos, ofreciendo un notable contraste con los vastos volúmenes de agua que se desprenden de las laderas orientales hacia el Atlántico. Ni son más aptas para el cultivo las faldas de la sierra, cortadas por hondos precipicios, y masas destrozadas de pórfido y granito, ni sus más altas regiones, envueltas en nieve que nunca se derrite bajo el sol ardiente del Ecuador, y sí solo por la acción desoladora de los fuegos volcánicos. Los derrumbaderos, los furiosos torrentes, y las quebradas intransitables, rasgos característicos de esta región escabrosa, parecen obstáculos insuperables a toda comunicación entre las diversas partes de su dilatado territorio. Guando el viajero aterrado se remonta por aquellas veredas aéreas, en vano procura medir con la vista la profundidad de las enormes aberturas que desgarran la cadena de los montes. Y sin embargo, la industria, o por mejor decir, el genio de los indios ha sido bastante para sobrepujar todos los obstáculos de la naturaleza.


William H. Prescott
Historia de la Conquista del Perú, 1847



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(1) A lo menos: la voz "anta", de donde se cree que proviene la etimología de Andes, significa cobre en lengua peruana, Garcilasso, Corm. Real, parte I lib. V, cap. XV.




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MUJER Y POBREZA: BENEFICENCIA v. INDEPENDENCIA (John Stuart Mill)



Pero la mujer que se limita a repartir socorros y no se para a examinar los efectos que producen, ¿cómo ha de precaverlos? Una mujer nacida en la actual situación femenina y que no aspira a más, ¿cómo ha de poder estimar el valor moral de la independencia? Ni es independiente ni aprendió a serlo; su destino es esperarlo todo de los demás; ¿por qué, pues, lo que es bueno para ella no lo ha de ser para los pobres? A la mujer se la aparece el bien bajo una sola forma, la de un beneficio que otorga un superior. Ella olvida que no es libre y que los pobres lo son; que si se les da lo que necesitan sin que lo ganen, no están obligados a ganarlo; que todos no pueden ser objeto de los cuidados de todos, antes es preciso que las gentes cuiden de sí mismas, y que sólo una caridad es caridad de veras y es digna por sus resultados de este nombre sublime: la que ayuda a las gentes a ayudarse ellas, si no están físicamente impedidas para valerse y salir del atolladero.

John Stuart Mill
(Traducción: Emilia Pardo Bazán)




NERÓN. SU VIDA Y SU MUERTE (Tácito y Suetonio)


LECTURAS HISPÁNICAS PUBLICA: "NERÓN. SU VIDA Y SU MUERTE"



El clamoroso éxito de la novela histórica en las últimas décadas no ha tenido reflejo en un mayor acercamiento del público a las fuentes originales. Obedece esto, seguramente, al temor de encontrarnos con textos complejos y soporíferos y a motivos comerciales que acechan al lector con libros de moda mientras que para llegar a los clásicos ha de ser este quien deba encontrarlos, a menudo en los más sombríos rincones de muy escasas librerías.
Sin embargo, serían muchos quienes se sorprenderían al comprobar que las fuentes suelen presentar una lectura más ágil y amena que la gran mayoría de best-sellers que, precisamente, en busca de un supuesto lenguaje arcaíco que los haga más creíbles, caen justo en la expresión alambicada, retorcida y alejada no tanto del tiempo que pretenden recrear (que también) como de la percepción y sensibilidad humanas; una y otra inalterables en el tiempo y el espacio. 
De modo que, frecuentemente, nos resulta más cercana la voz del propio Séneca en sus diálogos que la que una Cleopatra de ficción imposta en algunas novelas históricas. 
La misma frescura que en Séneca encontramos en Tácito o en Suetonio. Y eso es lo que el lector medio podrá experimentar con el Nerón que presentamos: una lectura sencilla, ágil y amena.
Pero vamos ya con nuestro particular César. ¿Quién no ha oído hablar de Nerón, de sus excentricidades, sus fobias, sus crímenes y sus orgías; de la tenebrosa e incestuosa relación con su madre, Agripina, a la que acabará asesinando; de sus tres mujeres, Octavia, Popea y Mesalina y los violentos finales de cada una de ellas; de las relaciones con sus siervos, criados y amantes; de su correrías por Roma y sus crueles atrocidades; sus composiciones musicales y sus propias e insufribles interpretaciones; del incendio de Roma, la cruel matanza de cristianos y el colosal proyecto de su dorado palacio, su famosa domus áurea; o del triste destino de muchos afamados miembros de su séquito; de los provocados suicidios de Séneca, Anneo Lucano o Petronio… o, en fin, de su propia muerte? 
Tres son las fuentes principales de las que se nutren las mejores biografías de Nerón. La principal, Tácito. El más riguroso, el implacable, en palabras de Victor Hugo, el historiador por antonomasia. Le seguirá Suetonio, más efectista y sensacionalista. Y, por último, Dion Casio, quizá demasiado alejado ya de la época, pues mientras Tácito y Suetonio escriben a medio siglo los hechos que narran, Dion Casio lo hará siglo y medio más tarde. Leer en todo caso a cualquiera de ellos constituye una experiencia inolvidable porque los tres consiguen trasladarnos a aquel mundo, revivirlo, contemplarlo y comprender, asombrados, que la naturaleza humana varía muy poco en el espacio y en el tiempo. 
Tentadora resulta además la comparacion entre aquella época y la nuestra, ambas de agudas crisis y de disolución de antiguos (o viejos, según se mire) valores, en las que aflora lo mejor y lo peor del alma humana, sorprendiéndonos también de nosotros mismos por nuestra profunda capacidad de adaptación tanto a los contextos que nos son más ajenos como a las circunstancias más extremas. 
En cuanto a las traducciones, en el caso de Tácito, hemos optado por la más clásica, y seguramente la más leída de aquellas: la de Carlos Coloma, tercero de los traductores españoles de los Anales y con mucho más éxito que las de Manuel Sueyro o la de Álamos de Barrientos, que apenas fueron reeditadas. Y en lo que a la muerte de Nerón se refiere, al no habernos llegado completa la obra de Tácito, hemos completado dicha laguna recurriendo a las Vidas de los doce césares de Suetonio, que la trata con detalle en sus últimos capítulos. Aquí nos hemos limitado a una versión actualizada por nuestra propia mano de la entrañable traducción de Jaime Bartolomé. 
Referente a las notas a pie de página, conservamos las originales del propio Carlos Coloma, precedidas todas ellas de un asterisco (*), a las que añadimos las nuestras.
Y a la manera de una introducción a Tácito, nos ha parecido oportuno anteponer la reflexión (artístico-literaria, más que científica) que sobre Tácito hace nada menos que el genial Víctor Hugo en su grandioso ensayo sobre Shakespeare. 
Finalmente, esperamos haber cumplido nuestro objetivo, como siempre meramente divulgativo, presentando al lector no versado en los clásicos las dos fuentes principales que sobre la vida y muerte de Nerón han llegado a nuestros días. Si, tras la lectura, dicho lector adquiere una idea de la figura de Nerón y de su época, nos daremos por satisfechos. Si, además, pasa de nuestra edición a otra de carácter científico de las muchas y buenas que abundan en el mercado, en tal caso habremos visto colmadas nuestras mejores expectativas. 


lecturas-hispanicas.com




Tácito y Suetonio
Traducción: Carlos Coloma de Saa
Lecturas hispánicas, 2014


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Ver selección de textos


LAS MIL VICIOSAS SUPERFLUIDADES Y ABOMINABLES LUJURIAS PROPICIADAS POR NERÓN (Tácito)


Referiré aquí uno de sus más celebrados y espléndidos banquetes que hizo aparejar por Tigelino, lleno de mil viciosas superfluidades y abominables lujurias, el cual nos podrá servir de ejemplo para excusarnos de contar muchas veces semejantes prodigalidades. Hizo, pues, fabricar en el estanque de Agripa una grande y capacísima balsa de vigas, sobre cuya plaza se hiciese el banquete, y ella fuese remolcada por bajeles de remo. Eran estos bajeles barreados de oro y marfil, de encaje, y los remeros mozos deshonestos y lascivos, compuestos y repartidos según su edad y abominables cursos de lujuria. Había hecho traer aves y fieras de diferentes tierras, y peces hasta del mar Océano. A las orillas y puntas del estanque había burdeles llenos de mujeres ilustres, y por otra parte se veían públicas rameras desnudas que hacían gestos y movimientos deshonestos; y llegada la noche, el bosque, las casas y cuanto había alrededor del lago comenzó a resonar y a responder con ecos de infinitas músicas, y voces, resplandeciendo todo con hachas; y al mismo Nerón, discurriendo aquellos días y revolcándose a sus anchuras por todo género de vicio y sensualidad natural y contra natura, no le faltó otra cosa por cometer para calificarse por el más abominable de todos los hombres, que la que hizo pocos días después casándose públicamente en calidad de mujer con uno de aquel nefando rebaño, llamado Pitágoras, y usando de todas las solemnidades y ceremonial que se suelen hacer en los casamientos. En éste se le puso al emperador el velo llamado flameo; viéronse los agoreros áuspices, señalóse dote a la novia, aparejóse la cama a los desposados, encendiéronse las hachas con los ritos que se acostumbran en las bodas, y juntamente se vio en él todo aquello que hasta en los casados verdaderamente suele encubrir la noche.


Tácito y Suetonio
Traducción: Carlos Coloma de Saa
Lecturas hispánicas, 2014







LA PERSECUCIÓN A LOS CRISTIANOS EN LOS TIEMPOS DE NERÓN (Tácito)



Mas ni con socorros humanos, donativos y liberalidades del príncipe, ni con las diligencias que se hacían para aplacar la ira de los dioses era posible borrar la infamia de la opinión que se tenía de que el incendio* había sido voluntario. Y así Nerón, para divertir esta voz y descargarse, dio por culpados de él, y comenzó a castigar con exquisitos géneros de tormentos, a unos hombres aborrecidos del vulgo por sus excesos, llamados comúnmente cristianos. El autor de este nombre fue Cristo, el cual, imperando Tiberio, había sido justiciado por orden de Poncio Pilato, procurador, de la Judea, y aunque por entonces se reprimió algún tanto aquella perniciosa superstición tornaba otra vez a reverdecer, no solamente en Judea, origen de este mal, pero también en Roma, donde llegan y se celebran todas las cosas atroces y vergonzosas que hay en las demás partes. Fueron, pues, castigados al principio los que profesaban públicamente esta religión, y después, por indicios de aquéllos, una multitud infinita, no tanto por el delito del incendio que se les imputaba, como por haberles convencido de general aborrecimiento a la humana generación. Añadióse a la justicia que se hizo de éstos, la burla y escarnio con que se les daba la muerte. A unos vestían de pellejos de fieras, para que de esta manera los despedazasen los perros; a otros ponían en cruces; a otros echaban sobre grandes rimeros de leña, a los que, en faltando el día, pegaban fuego, para que ardiendo con ellos sirviesen de alumbrar en las tinieblas de la noche. Había Nerón diputado para este espectáculo sus huertos, y él celebraba las fiestas circenses; y allí, en hábito de cochero, se mezclaba unas veces con el vulgo a mirar el regocijo, otras se ponía a guiar su coche, como acostumbraba. Y así, aunque culpables éstos y merecedores del último suplicio, movían con todo eso a compasión y lástima grande, como personas a quien se quitaba tan miserablemente la vida, no por provecho público, sino para satisfacer a la crueldad de uno solo.

Tácito y Suetonio
Traducción: Carlos Coloma de Saa
Lecturas hispánicas, 2014


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(*) Se refiere Tácito al famoso incendio de Roma, del que él era el primer sospechoso.

AGRIPINA (MADRE DE NERÓN): QUE ME MATE CON TAL DE QUE REINE (Tácito)



2. «Occidat, dum imperet!» («¡Que me mate con tal de que reine!»).

IX. En esto convienen todos los autores. Mas que Nerón después consideró el cuerpo de su madre muerta y alabó su hermosura, habiendo algunos que lo afirman, hay otros que lo niegan. Fue quemado su cuerpo la misma noche en una camilla donde se solía reclinar para comer y con viles exequias.
Y mientras Nerón imperó no se recogieron ni enterraron sus cenizas. Después, por diligencia de algunos criados suyos, alcanzaron un ordinario sepulcro entre el camino que va al monte Miseno y la quinta de César dictador, que colocada en altísimo sitio señorea aquellos senos de mar que tiene debajo. Después de encendida la hoguera, un liberto suyo llamado Mnester se atravesó con su espada el pecho: no se sabe si por amor que tuviese a su señora, o por miedo de otra muerte más cruel. Tenía Agripina creída y menospreciada muchos años antes la muerte de que acabó; porque consultando con los caldeos sobre la fortuna que había de tener Nerón, le respondieron que sería emperador y que mataría a su madre. Y ella respondió: Mate, con tal que reine[1].

Tácito y Suetonio
Traducción: Carlos Coloma de Saa
Lecturas hispánicas, 2014


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[1] «Occidat, dum imperet!» Expresión que ha pasado a la Historia para los manuales de retórica (y de psicoanális freudiano).

PETRONIO, ÁRBITRO DE LA ELEGANCIA (Tácito)



Tenía Petronio por costumbre dormir los días y valerse de las noches para hacer en ellas sus negocios y tomar sus deleites, regalos y pasatiempos. Y como otros por su industria y habilidad, éste por su negligencia y descuido había ganado reputación; y con todo eso no era tenido por tabernero y desperdiciador, como lo suelen ser muchos que por este camino consumen sus haciendas, sino por hombre que sabía ser vicioso con cuenta y razón. Sus dichos y hechos, cuanto por vía de simplicidad y descuido se mostraban más libres y disolutos, tanto se recibían y solemnizaban con mayor gusto.

Pero, sin embargo de esto, cuando fue procónsul de Bitinia y después cónsul dio buena cuenta de sí, y se mostró vigilante en los negocios públicos. Vuelto después a los primeros vicios o a su imitación, fue recibido de Nerón por uno de sus más íntimos familiares, para ser árbitro y juez de las galas y términos cortesanos; no teniendo Nerón por gustoso ni agradable en aquella gran abundancia y avenida de vicios sino solo aquello que aprobaba Petronio; de donde tuvo origen el aborrecimiento de Tigelino, como contra émulo y competidor suyo, y más privado que él en las materias deleitosas y sensuales. Tigelino, pues, tomó para derribarle el camino de la crueldad del príncipe, inclinación a que se rendían en él todas las demás, imputando por delito a Petronio la amistad que había tenido con Cevino, y sobornando a uno de sus esclavos para que sirviese de acusador. Con esto, por quitarle la comodidad de defenderse, hizo arrebatar la mayor parte de su familia y ponerla en estrechas prisiones.
Acaso había ido César aquellos días a la provincia de Campania, y llegando Petronio hasta Cumas, fue detenido allí.


Tácito y Suetonio
Traducción: Carlos Coloma de Saa
Lecturas hispánicas, 2014




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