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AMÉRICO VESPUCIO: Carta anunciando el Nuevo Mundo






1500 Carta anunciando el Nuevo Mundo


Américo Vespucio, 18 de Julio de 1500

Magnífico Señor, mi señor:

Hace mucho tiempo que no he escrito a Vuestra Magnificencia, y no ha sido por otra cosa, ni por nada, salvo no haberme ocurrido cosa digna de memoria. Y la presente sirve para daros nueva, cómo hace un mes aproximadamente, que vine de las regiones de la India por la vía del mar Océano, a salvo con la gracia de Dios a esta ciudad de Sevilla: y porque creo que Vuestra Magnificencia tendrá gusto de conocer todo lo sucedido en el viaje, y de las cosas más maravillosas que se me han ofrecido. Y si soy algún tanto prolijo, póngase a leerla cuando esté más desocupado, o como postre, después de levantada la mesa. V.M. sabrá, cómo por comisión de la Alteza de estos Reyes de España, partí con dos carabelas a 18 de mayo de 1499, para ir a descubrir hacia la parte del noroeste o sea por la vía del mar Océano; y tomé mi camino a lo largo de la costa de África, tanto que navegué a las Islas Afortunadas, que hoy se llaman las Islas de Canarias: y después de haberme abastecido de todas las cosas necesarias, hechas nuestras oraciones y plegarias, nos hicimos a la vela desde una isla, que se llama la Gomera, y dirigimos la proa hacia el lebeche, y navegamos 24 días con viento fresco, sin ver tierra ninguna, y al cabo de 24 días avistamos tierra, y encontramos haber navegado al pie de 1300 leguas desde la ciudad de Cádiz, por el rumbo del lebeche. Avistada la tierra, dimos gracias a Dios, y echamos al agua los botes, y con 16 hombres, fuimos a tierra, y la encontramos tan llena de árboles, que era cosa maravillosa no sólo su tamaño; sino su verdor, porque nunca pierden las hojas, y por el olor suave que salía de ellos, que son todos aromáticos, daban tanto deleite al olfato, que nos producía gran placer. Y andando con los botes a lo largo de la tierra para ver si encontrábamos disposición para salir a tierra, y como era tierra baja, trabajamos todo el día hasta la noche, y en ninguna ocasión encontramos camino, ni facilidad para entrar tierra adentro, porque no solamente lo impedía la tierra baja, sino la espesura de los árboles; de modo que convinimos en volver a los navíos e ir a probar la tierra en otra parte: y vimos en este mar una cosa maravillosa, y fue que 15 leguas antes de que llegásemos a tierra, encontramos el agua dulce como de río, y sacamos de ella y llenamos todos los barriles vacíos que teníamos. Cuando estuvimos en los navíos, levamos anclas, y nos hicimos a la vela, poniendo proa hacia el mediodía; por que mi intención era ver si podía dar vuelta a un cabo de tierra, que Tolomeo llama el Cabo Cattegara, que está unido con el Gran Golfo, ya que, mi opinión no estaba muy lejos de ello, según los grados de longitud y latitud, como se dará cuenta más abajo.

Navegamos hacia el mediodía y a lo largo de la costa vimos desembocar de la tierra dos grandísimos ríos, y uno venía del poniente y corría hacia levante y tenía cuatro leguas de anchura, que son dieciséis millas, y el otro corría de mediodía hacia septentrión siendo de tres leguas de ancho; y yo creo que estos dos ríos eran la causa de ser dulce el mar, debido a su grandeza. Y visto que la costa de la tierra resultaba ser aún tierra baja, acordamos entrar en uno de estos ríos con los botes y navegar por él hasta encontrar u ocasión de saltar a tierra o población de gente; y preparados nuestros botes y aprovisionados para cuatro días con 20 hombres bien armados nos metimos por el río, y a fuerza de remos navegamos por él, en casi dos días, obra de dieciocho leguas, tentando la tierra en muchas partes, y continuamente la encontramos que seguía siendo tierra baja y tan espesa de árboles que apenas un pájaro podía volar por ella; y así navegando por el río, vimos señales ciertísimas de que el interior de la tierra estaba habitado: y porque las carabelas habían quedado en lugar peligroso, cuando el viento saltase de travesía, acordamos al cabo de dos días volvernos a las carabelas, y así lo hicimos.

Lo que aquí vi fue, que vimos una feísima especie de pájaros de distintas formas y colores, y tanto papagayos, y de tan diversas clases, que era maravilla; algunos colorados como grana, otros verdes y colorados, y amarillos limón, y otros totalmente verdes, y otros negros y encarnados, y el canto de los otros pájaros que estaban en los árboles, era cosa tan suave y de tanto melodía que nos ocurrió muchas veces quedarnos suspenso por su dulzura. Sus árboles son de tanta belleza y de tanta suavidad que pensamos estar en el Paraíso terrenal, y ninguno de aquellos árboles, ni sus frutas se parecían a los mismos de esta parte, y por el río vimos a mucha gente pescar y de diversos aspectos. Y una vez que hubimos llegado a los navíos, levamos anclas haciéndonos a la vela, teniendo continuamente la proa hacia el mediodía; y navegando en este rumbo, y estando lejos en el mar al pie de cuarenta leguas, encontramos una corriente marina, que corría del siroco al maestral, que era tan grande y corría con tanta furia, que nos causó gran pavor, y corrimos grandísimo peligro.

La corriente era tal, que la del Estrecho de Gibraltar y la del Faro de Mesina son un estanque en comparación de aquélla, de manera que, como nos tomaba de proa, no podíamos adelantar camino alguno, aunque tuviéramos viento fresco, de modo que, visto el poco camino que hacíamos y el peligro en que estábamos, acordamos volver la proa hacia el maestral y navegar hacia la parte del septentrión. Y porque, si bien me recuerdo, sé que Vuestra Magnificencia entiende bastante de cosmografía, pienso describiros hasta dónde fuimos en nuestra navegación en longitud y latitud: digo que navegamos tanto hacia la parte del mediodía que entramos en la zona tórrida y dentro del círculo de Cáncer: y habéis de tener por cierto que en pocos días, navegando por la zona tórrida hemos visto las cuatro sombras del Sol, por cuanto el sol se hallaba en el cenit a mediodía, digo que estando el Sol en nuestro meridiano, no teníamos sombra ninguna que todo esto sucedió muchas veces mostrarlo a toda la tripulación y tomarla por testigo a causa de la gente ignorante, que no sabe que la esfera del Sol va por su círculo del zodíaco; que una vez veía la sombra al mediodía, y otra al septentrión, y otra al occidente, y otra al oriente, y alguna vez, una hora o dos al día, no teníamos sombra alguna.

tanto navegamos por la zona tórrida hacia la parte del austro, que nos encontramos bajo la línea equinoccial, y teniendo un polo y el otro a final de nuestro horizonte, y la pasamos por seis grados perdiendo totalmente la estrella tramontana; que apenas se nos mostraban las estrellas de la Osa Menor, o por mejor decir, las guardias que giran alrededor del Firmamento: y deseoso de ser yo el autor que señalara la estrella del Firmamento del otro polo, perdí muchas veces el sueño de noche en contemplar el movimiento de las estrellas del otro polo, para señalar cuantas de ellas tuviesen menor órbita y se hallasen más cerca del Firmamento, y no pude con tantas malas noches que pasé, y con cuantos instrumentos usé, que fueron el cuadrante y astrolabio. No advertí estrella, que tuviese menos de diez grados de movimiento sobre su órbita, de modo que no quedé satisfecho conmigo mismo de nombrar ninguna que señalase el polo sur a causa del gran círculo que hacían alrededor del Firmamento: y mientras que en esto andaba, me acordé de un dicho de nuestro poeta Dante, del cual hace mención en el primer capítulo del Purgatorio, cuando finge salir de este hemisferio, y encontrarse en el otro, y queriendo describir el polo Antártico dice:

Y a la derecha vuelto, alcé la mente al otro Polo, y vide cuatro estrellas que sólo vio la primitiva gente.

¡Qué alegre el cielo de sus chispas bellas! ¡Oh viudo Septentrión que estás privado eternamente de la vista de ellas!

Que según a mí me parece, que el poeta en estos versos quiere describir por las cuatro estrellas el polo del otro Firmamento, y no dudo hasta ahora que aquello que dice no sea verdad: porque yo observé cuatro estrellas formando como una almendra, que tenían poco movimiento, y si Dios me da vida y salud, espero volver pronto a aquel hemisferio, y no regresar sin señalar el polo. Digo en conclusión, que navegamos tanto hacia la parte del mediodía que nos alejamos por el rumbo de la latitud de la ciudad de Cádiz 60 grados y medio, porque sobre la ciudad de Cádiz alza el polo 35 grados y medio, nosotros nos encontramos que habíamos pasado de la línea equinoccial 6 grados: esto baste en cuanto a la latitud. Habéis de advertir que esta navegación fue en los meses de julio, agosto y septiembre, que como sabéis el Sol reina más continuamente en este nuestro hemisferio y recorre un arco mayor durante el día, y menor el de la noche: y mientras nos hallábamos en la línea equinoccial, o aproximadamente a 4 o 6 grados de ella, que fue durante los meses de julio y agosto, la diferencia del día sobre la noche no se notaba, y casi el día era igual a la noche, y era muy poca la diferencia.

En cuanto a la longitud digo, que para conocerla encontré tanta dificultad que tuve grandísimo trabajo en hallar con seguridad el camino, que había recorrido siguiendo la línea de la longitud, y tanto trabajé que al fin no encontré mejor cosa que observar y ver de noche la posición de un planeta con otro, y el movimiento de la Luna con los otros planetas porque el planeta de la Luna es más rápido en su curso que ningún otro, y lo comprobaba con el Almanaque de Giovanni da Monteregio, que fue compuesto según el meridiano de la ciudad de Ferrara, concordándolo con los cálculos de la Tablas del Rey Don Alfonso: y después de muchas noches que estuve en observación, una noche entre otras, estando a veintitrés de agosto de 1499, en que hubo conjunción de la Luna con Marte, la cual según el Almanaque debía producirse a media noche o media hora antes: hallé que al salir la Luna en nuestro horizonte, que fue una hora y media después de puesto el Sol, el planeta había pasado a la parte de oriente, digo, que la Luna se hallaba más oriental que Marte cerca de un grado y algún minuto más, y a la media noche se hallaba más al oriente 15 grados y medio, poco más o menos, de modo que hecha la proporción, si 24 horas me valen 360 grados, ¿qué me valdrán 5 horas y media?, encuentro que me valen 82 grados y medio, y tan distante me hallaba en longitud del meridiano de la ciudad de Cádiz, que asignando a cada grado 16 leguas, me encontraba 1,366 leguas y dos tercios más al occidente que la ciudad de Cádiz, que son 15,466 millas y dos tercios. La razón por la cual asigno a cada grado 16 leguas y dos tercios es porque según Tolomeo y Alfagrano, la tierra tiene una circunferencia de 24.000 [millas] que valen 6.000 leguas, que, repartiéndolas en 360 grados, corresponden a cada grado 16 leguas y dos tercios, y esta proporción la comprobé muchas veces con el punto de los pilotos, encontrándola verdadera y buena. Me parece, Magnífico Lorenzo, que la mayor parte de los filósofos queda reprobada con este viaje mío: pues dicen, que dentro de la zona tórrida no se puede habitar a causa del gran calor; y yo he encontrado en este viaje mío ser lo contrario, porque el aire es más fresco y templado en esa región que fuera de ella y que hay tanta gente que habita allí que por su número son mucho más que aquellos que viven fuera de ella, por el motivo que más adelante se dará; que cierto es que más vale la práctica que la teoría.

Hasta aquí he declarado cuanto navegué hacia el mediodía y hacia el occidente, ahora me resta deciros de la disposición de la tierra que encontramos, y de la naturaleza de los habitantes, y de su trato, y de los animales que vimos, y de muchas otras cosas que se me ocurren dignas de memoria, Digo que después que dirigimos nuestra navegación hacia el septentrión, la primera tierra que encontramos habitada fue una isla, que distaba 10 grados de la línea equinoccial, y cuando estuvimos cerca de ella, vimos mucha gente en la orilla del mar, que nos estaba mirando como cosa de maravilla, y surgimos junto a la tierra obra de una milla, y equipamos los botes, y fuimos a tierra 22 hombres bien armados; y la gente como nos vio saltar a tierra, y conoció que éramos gente diferente de su naturaleza, porque ellos no tienen barba alguna, ni visten ningún ropaje, así los hombres como las mujeres, que van como salieron del vientre de su madre, que no se cubren vergüenza ninguna, y así por la diferencia del color, porque ellos son de color como pardo o leonado y nosotros blanco, de modo que teniendo miedo de nosotros, todos se metieron en el bosque, y con gran trabajo por medio de signos les dimos seguridades y platicamos con ellos; y encontramos que eran de una raza que se dicen caníbales, y que casi la mayor parte de esta generación, o todos, viven de carne humana, y esto téngalo por cierto Vuestra Magnificencia. No se comen entre ellos, sino que navegan en ciertas embarcaciones que tienen, y que se llaman canoas, y van a traer presa de las islas o tierras comarcanas, de una generación enemiga de ellos y de otra generación que no es la suya. No comen mujer alguna salvo que las tengan como extrañas, y de esto tuvimos la certeza en muchas partes donde encontramos tal gente, porque nos sucedió muchas veces ver los huesos y cabezas de algunos que se habían comido, y ellos no lo niegan: y además lo afirmaban así sus enemigos, que están continuamente atemorizados por ellos. Son gente de gentil disposición y de buena estatura: van totalmente desnudos; sus armas son armas de saeta, y llevan éstas, y rodelas, y son gente esforzada y de mucho ánimo.

Son grandísimos flecheros: en conclusión tratamos con ellos y nos llevaron a una población suya, que se hallaba como dos leguas tierra adentro, y nos dieron de almorzar y cualquier cosa que les pedía, en seguida la daban, creo más por miedo que por buena voluntad: y después de haber estado con ellos un día entero, volvimos a los navíos quedando amigos con ellos. Navegamos a lo largo de la costa de esta isla y vimos otra gran población a la orilla del mar: fuimos a tierra con el batel y encontramos que nos estaban esperando, y todos cargados con alimento: y nos dieron del almorzar muy bien de acuerdo con sus vituallas: y viendo tan buena gente, y tratarnos tan bien, no abusamos nada de lo de ellos, y nos hicimos a la vela y fuimos a meternos en un golfo, que se llamó el golfo de Parias y fuimos a surgir frente a un grandísimo río, que es la causa de ser dulce el agua de este golfo; y vimos una gran población que se hallaba cerca del mar, donde había tanta gente que era maravilla, y todos estaban sin armas, y en son de paz; fuimos a tierra con los botes, y nos recibieron con gran amor, llevándonos a sus casas, donde tenían muy bien aparejadas cosas de comer. Aquí nos dieron de beber tres clases de vino, no de uvas, sino hecho de frutas como la cerveza, y era muy bueno; aquí comimos muchos mirabolanos frescos, que es una muy regia fruta, y nos dieron muchas otras frutas, todas diferentes de las nuestras, y de muy buen sabor, y todas de sabor y olor aromáticos. Nos dieron algunas perlas pequeñas y once grandes, y por signos nos dieron a entender que si queríamos esperar algunos días, irían a pescarlas y nos traerían muchas de ellas; no nos preocupamos de llevarnos muchos papagayos de varios colores, y amistosamente nos separamos de ellos. De esta gente supimos cómo los de la isla antes nombrada eran caníbales, y cómo comían carne humana. Salimos de este golfo, y fuimos a lo largo de la tierra, y siempre veíamos muchísima gente, y cuando teníamos la oportunidad tratábamos con ellos, y nos daban de lo que tenían y todo lo que les pedíamos. Todos van desnudos como nacieron sin tener ninguna vergüenza, que si yo hubiese de contar cuan poca vergüenza tienen sería entrar en cosas deshonestas, y es mejor callar. Después de haber navegado al pie de 400 leguas continuamente por la costa, llegamos a la conclusión que esta era tierra firme, como yo digo, y los confines del Asia por la parte de oriente, y el principio por la parte de occidente; porque muchas veces nos sucedió observar diversos animales, como leones, ciervos, cabras, puercos salvajes, conejos y otros animales terrestres, que no se hallan en islas sino en tierra firme.

Caminando un día tierra adentro con veinte hombres, vimos una culebra o serpiente que tendría de largo obra de ocho brazas, y era gruesa como yo en la cintura: tuvimos un gran pavor de ella y por haberla visto volvimos al mar. Me sucedió muchas veces ver animales ferocísimos, y grandes serpientes. Y navegando por la costa, cada día descubríamos infinidad de gente, y distintas lenguas, hasta que después de haber navegado unas 400 leguas por la costa, empezamos a encontrar gente que no quería nuestra amistad, sino que nos estaban esperando con armas, que son arcos y flechas, y con otras armas que tienen: y cuando íbamos a tierra con los botes nos impedían bajar a tierra, de modo que nos veíamos forzados a luchar contra ellos, ya al fin de la batalla quedaban mal librados frente a nosotros, pues como están desnudos siempre hacíamos en ellos grandísima matanza, sucediéndonos muchas veces luchar 16 de nosotros con 2,000 de ellos y al final desbaratarlos, y matar muchos de ellos; y robar sus casas y un día entre ellos vimos muchísima gente, todos puestos en armas para defenderse, e impedirnos bajar a tierra: nos armamos 26 hombres bien armados, y cubrimos los botes para evitar las flechas que nos tiraban; las que herían siempre a algunos de nosotros antes que pudiéramos saltar a tierra. Y después de defender la tierra cuanto pudieron, por fin saltamos a tierra y combatimos con ellos con grandísimo trabajo y la causa por la que tenían más ánimo y mayor esfuerzo contra nosotros era que no sabían qué arma era la espada ni cómo cortaba: y así combatiendo, fuetanta la multitud de gente que cargó contra nosotros, y tan grande el número de flechas que no podíamos resistir, y abandonando casi toda esperanza de vivir, volvimos las espaldas para saltar a los botes. Y así retirándonos y huyendo un marinero de los nuestros que era portugués, hombre de 55 años de edad que había quedado al cuidado del batel, viendo el peligro en que nos hallábamos saltó del batel a tierra y a grandes voces nos dijo: hijos, dad la cara a las armas enemigas, que Dios os dará la victoria; y se puso de hinojos e hizo oración; y luego hizo una gran arremetida contra los indios, y todos a una nosotros con él así heridos como estábamos; de modo que nos volvieron la espalda y comenzaron a huir, y al fin los desbaratamos, y matamos a 150 de ellos quemándoles 180 casas: y porque estábamos mal heridos y cansados, volvimos a los navíos refugiándonos en un puerto donde estuvimos veinte días únicamente para que el médico nos curase, y nos salvamos todos menos uno que se hallaba herido en la tetilla izquierda.

Y después de sanados volvimos a nuestra navegación y por esa misma costa nos sucedió muchas veces combatir con una infinidad de gente y siempre conseguimos victorias contra ellos. Y navegando así llegamos a una isla, que se halla distante de la tierra firme 15 leguas, y como al llegar no vimos gente y pareciéndonos la isla de buena disposición, acordamos ir a explorarla, y bajamos a tierra 11 hombres; y encontramos un camino y nos pusimos a andar por él dos leguas y media tierra adentro, y hallamos una población obra de 12 casas, en donde no encontramos más que siete mujeres de tan gran estatura que no había ninguna de ellas que no fue más alta que yo un palmo y medio; y como nos vieron tuvieron gran miedo de nosotros, y la principal de ellas, que por cierto era una mujer discreta, con señas nos llevó a una casa y nos hizo dar algo para refrescar; y nosotros, viendo a mujeres tan grandes, convinimos en raptar dos de ellas, que eran jóvenes de quince años, para hacer un regalo a estos Reyes, pues sin duda eran criaturas que excedían la estatura de los hombres comunes: y mientras estábamos en esto, llegaron 36 hombres y entraron en la casa donde nos encontrábamos bebiendo y eran de estatura tan elevada que cada uno de ellos era de rodillas más alto que yo de pie.

En conclusión eran de estatura de gigantes, según el tamaño y proporción del cuerpo, que correspondía con su altura; que cada una de las mujeres parecía un Pentesilea, y los hombres Anteos; y al entrar, algunos de ellos tuvieron tanto miedo que aún hoy no se sienten seguros. Tenían arcos y flechas, y palos grandísimos en forma de espadas, y como nos vieron de estatura pequeña, comenzaron a hablar con nosotros para saber quiénes éramos, y de dónde veníamos, y nosotros manteniéndonos tranquilos en son de paz, contestábamos por señas que éramos gente de paz, y que íbamos a conocer el mundo; en conclusión, resolvimos separarnos de ellos sin querella, y nos fuimos por el mismo camino que habíamos venido, y nos acompañaron hasta el mar, y subimos a los navíos: casi la mayor parte de los árboles de esta isla son de brasil y tan buenos como aquél de levante. Desde esta isla fuimos a otra isla vecina de aquella a diez leguas, y encontramos una grandísima población que tenía sus casas construidas en mar como Venecia, con mucho arte; y maravillados de tal cosa, acordamos ir a verlas, y al llegar a sus casa, quisieron impedir que entrásemos en ellas. Probaron como cortaban las espadas y se conformaron con dejarnos entrar, y encontramos que tenían colmadas las casas con finísimo algodón, y las vigas de sus casas eran también de brasil, y les quitamos mucho algodón y brasil, volviendo luego a nuestros navíos. Habéis de saber que en todas partes donde saltamos tierra, encontramos siempre gran cantidad de algodón, y los campos llenos de plantas de él, tanto que en esos lugares se podrían cargar cuantas carabelas y navíos hay en el mundo, con algodón y brasil. Por último navegamos otras 300 leguas por la costa, encontrando continuamente gente bravía, e infinidad de veces combatimos con ellas y apresamos como a veinte de aquellos entre las cuales se distinguían siete lenguas, que no se entendían la una con la otra; se dice que en el mundo no hay más que 77 lenguas, y yo digo que son más de 1,000, porque sólo aquéllas que yo he oído son más de 40. Después de haber navegado por esta tierra 700 leguas o más, sin contar infinitas islas que hemos visto, estando los navíos muy gastados y que hacían mucha agua que apenas podíamos achicarla con dos bombas, y la gente muy fatigada y trabajada, y faltándonos las provisiones como nos hallábamos según el punto de los pilotos, cerca de una isla que se llama la Española, que es aquélla que descubrió el Almirante Colón hace seis años, a 120 leguas, resolvimos ir a ella, porque está habitada por cristianos, componer nuestros navíos y descansar la gente, y abastecernos de provisiones, porque desde esta isla hasta Castilla hay 1,300 leguas de golfo sin ninguna tierra; y en siete días estuvimos en ella, donde nos quedamos obra de dos meses, y reparamos los navíos y nos abastecimos; y resolvimos dirigirnos hacia el norte donde encontramos muchísima gente, y descubrimos más de 1,000 islas, la mayor parte habitadas y siempre gente desnuda, y toda era gente muy miedosa y de poco valor, y hacíamos de ella lo que queríamos. Esta última parte que descubrimos fue muy peligrosa para nuestra navegación debido a los bajíos y mar bajo que encontramos en ella, que muchas veces corrimos el riesgo de naufragar. Navegamos por este mar 200 leguas, derecho al septentrión, y como ya la gente estaba cansada y fatigada, por haber estado en el mar cerca de un año, comiendo seis onzas de pan por día y bebiendo tres medidas pequeñas de agua, y hallándose los navíos en condiciones peligrosas para mantenerse en el mar, reclamó la tripulación diciendo que querían volver a Castilla a sus casas, y que no querían ya tentar el mar, y la fortuna; por lo que acordamos apresar esclavos, cargar con ellos los navíos y tornarnos de vuelta a España; y fuimos a ciertas islas, y tomamos por la fuerza 232 almas, y las cargamos, y tomamos la vuelta de Castilla, y en 67 días atravesamos el golfo, y llegamos a las islas Azores, que son del Rey del Portugal y distan de Cádiz 300 leguas, y después de abastecernos, navegamos hacia Castilla, pero por sernos contrarios los vientos, por fuerza tuvimos que ir a las Islas Canarias, y de las Canarias a la Isla de Madera y de Madera a Cádiz, empleando en este viaje trece meses corriendo inmensos peligros, y descubriendo muchísima tierra de Asia, gran número de islas, la mayor parte habitadas; que muchas veces hice cálculos con el compás, que hemos navegado al pie de 5,000 leguas. En conclusión, pasamos de la línea equinoccial 6 grados y medio, y luego volvimos hacia la parte del septentrión; tanto que la estrella tramontana se elevaba 35 grados y medio sobre nuestro horizonte y hacia la parte de occidente navegamos 84 grados lejos del meridiano de la ciudad y puerto de Cádiz. Descubrimos infinita tierra, vimos infinitas gentes, y varias lenguas y todos desnudos. En la tierra vimos muchos animales salvajes y varias clases de pájaros, y de árboles muchísima copia y todos aromáticos: trajimos perlas, y oro nativo en grano: trajimos dos piedras, una de color de esmeralda y la otra de amatista, durísimas, de una media cuarta de largo y gruesas como tres dedos. Estos Reyes las tienen en gran estima, y las han guardado entre sus joyas. Trajimos un gran trozo de cristal, que algunos joyeros afirman que es berilo, y según nos decían los indios, tenían gran copia de ello. Trajimos 14 perlas encarnadas, que contentaron mucho a la Reina, y muchas otras cosas de pedrería, que nos parecieron bellas; y de todas estas cosas no trajimos cantidades porque no parábamos en ningún lugar, sino navegando continuamente. Cuando llegamos a Cádiz, vendimos muchos esclavos, de los cuales teníamos 200 porque los restantes hasta 232 habían muerto en el golfo; y después de pagar los gastos de la navegación, nos quedaron obra de 500 ducados que repartimos en 55 partes siendo así poco lo que nos tocó a cada uno, con todo quedamos muy satisfechos con haber salvado la vida y dimos gracias a Dios porque durante el viaje, de 57 hombres cristianos que éramos, murieron únicamente dos que mataron los indios. Yo, desde que llegué, tengo dos cuartanas, pero tengo la esperanza en Dios de poder sanar pronto porque me duran poco y sin calofríos. Omito muchas cosas dignas de memorias para no ser más prolijo de lo que soy y que reservo en la pluma y la memoria. Aquí me arman tres navíos para que nuevamente vaya a descubrir, y creo que estarán listos a mediados de septiembre. Plazca a Nuestro Señor concederme salud y buen viaje que a la vuelta espero traer grandes nuevas y descubrir la Isla Taprobana, que se halla entre el mar Índico y el mar Gangético, y después es mi propósito repatriarme, y descansar los días de mi vejez.

Por la presente no me excederé en más razones, porque muchas cosas se dejan de escribir por no acordarse del todo y para no ser más prolijo de lo que he sido.

He resuelto, Magnífico Lorenzo, que así como os he dado cuenta por carta de lo que me ha ocurrido, enviaros dos figuras con la descripción del mundo hechas y preparadas con mis propias manos y saber. Y serán un mapa de figura plana y un Mapamundi de cuerpo esférico, que pienso enviaros por la vía del mar por medio de un tal Francisco Lotti, florentino, que se encuentra aquí. Creo que os gustarán y especialmente el cuerpo esférico, que hace poco tiempo hice otro para la alteza de los Reyes y lo estiman mucho. Era mi propósito llevarlos personalmente, pero la nueva determinación de ir otra vez a descubrir no me da lugar, ni tiempo. No falta en esa ciudad quien entienda la figura del mundo y que quizá enmiende en ella alguna cosa; sin embargo, el que quisiera hacer alguna enmienda que espere mi llegada, porque pudiera suceder que me justifique.

Creo que V. M. habrá sabido las nuevas traídas por la flota que hace dos años envió el Rey de Portugal a descubrir por la parte de Ghinta. Un viaje como ese no lo llamo yo descubrir, sino ir por lo descubierto, porque, como veréis por la figura su navegación ha sido continuamente a vista de tierra y han dado vuelta a toda la tierra de África por la parte austral, que es una ruta de la cual hablan todos los autores de cosmografía. Cierto es que dicha navegación ha sido de gran provecho, que es lo que se tiene en cuenta hoy y máxime en este reino donde existe la más desenfrenada codicia. Sé que han pasado del mar Rojo y que han llegado al Golfo Pérsico a una ciudad que se llama Calicut, que está entre el Golfo Pérsico y el río Indo, y ahora el Rey de Portugal hizo aprestar nuevamente 12 naves con grandísima riqueza enviándolas hacia aquellas partes, y seguramente harán grandes cosas, siempre que lleguen a salvo.

Estamos a 18 días del mes de julio de 1500 y no hay otra cosa que mencionar. Nuestro Señor la vida y el magnífico Estado de vuestra señorial Magnificencia guarde y aumente como desea.

De V. M.
Servidor.
Américo Vespucio

LA AVENTURA EQUINOCCIAL DE LOPE DE AGUIRRE (Ramón J. Sender)



"Miserable soy, pero no mas que otros. Y tenemos nuestra justicia. Yo voy a fundar un reino a mi manera. ¿Es que no tenemos nosotros derecho a conducirnos estúpidamente en lo alto de la pirámide como los que están ahora? ¿Es que yo no tengo el mismo derecho que Pizarro y que La Gasca y Hurtado de Mendoza a ser simple cuando quiera y bellaco cuando me de la gana con una cadena de oro cruzada al pecho que sea devoción y encomienda y gala todo junto?” 


Así hablaba Lope de Aguirre, y golpeándose el pecho con el puño cerrado añadía: “Nosotros. Somos nosotros los que hemos venido a la jornada de Indias. Somos lo mejor de cada familia porque somos los que no van a heredar nada y tienen que buscarse el honor y el ducado a fuerza de ingenio y a punta de espada. Somos honrados, pero ¿para que nos sirve a los que no tenemos tierra para fundar ni rentas con que lucir? Toda mi honradez la pongo debajo de la bota, de esta bota que se afirma malamente en el suelo a causa del arcabuzazo que me dieron en la pierna. Un lujo, la honradez, pero no el mejor, para mi. Tal vez para Pedrarias. No, tampoco para el. Para nadie. Poco haría con su honradez Felipe II si no matara gente. Que ha matado mas cristianos en secreto que diez veces la gente que yo llevo en el real.

"Yo soy yo. Yo soy vosotros. Yo soy todos los demás y yo soy el único entero y joven o viejo, rico o pobre, lisiado o sano, a quien vais a escuchar, a quien vais a obedecer y a soñar. ¡Me estáis soñando ya vuesas mercedes los amigos de don Hernando, hijos de la gran put a! Yo no tenía interés en venir a la vida, pero he venido, y mucho cuidado, chapetones de Castilla, que los cojos de las provincias vascongadas os andamos a los alcances. Me alegro de haber venido a este Amazonas, donde parece que todo lo que vemos y lo que oímos es sólo el fondo de un milagro, el milagro que tengo que hacer yo solo. Lo que he valido yo lo sabía, pero ahora lo van a saber vuesas mercedes, marañones. Si no fuera por esta jornada del Amazonas, nunca se me habría presentado la ocasión, y van vuesas mercedes a ver lo que un hombre como yo hace cuando le llega la ocasión, cuando ya no viven La Bandera ni Zalduendo ni otros que trataban de torcerme el camino. Mi camino.”


Ramón J. Sender
La aventura equinoccial de Lope de Aguirre, 1964



VOLVER A RAMON. J. SENDER

DE DONDE DERIVA EL NOMBRE DE AMSTERDAN Y OTRAS LINDECES (José Penso de la Vega)


Portada de Confusión de confusiones
en la edición de Lecturas hispánicas
anotada por Antonio Envid Miñana


MERCADER: El lugar y el modo con que se forman estas ruedas y se ajustan estas partidas, quisiera saber, sino sirviera á nuestro amigo de fatiga para que ya que aprendimos la origen, el inventor, y el enredo, no ignorássemos el modo del combate y el lugar del desafio. 


ACCIONISTA: Es tan continuo y incessable el negocio que apenas hay lugar fixo que pueda intitularse su palestra; sin embargo, son el Damo y la Bolsa los que mas se frequentan, empeçándosse á luchar en el Damo desde las diez hasta las doze y en la Bolsa desde las doze hasta las dos. 

Es el Damo una plaça que tiene el Palacio (á que llaman Casa de la Villa) por frontispicio, y llámanle los Flamencos Dam que significa en su lengua Un terrapleno que se haze contra el ímpetu del agua por haverse hecho en esta plaça uno destos terraplenos para defença del Amstel que es el rio de que toma esta ciudad de Amsterdam el nombre, corrumpido de Amstel-Dam en Amsterdam. 

Aqui empieça las mañanas el juego que dura hasta que se cierra la Bolsa á medio dia, donde acuden todos en chusma, por no pagar lo que se suele, despues de estar cerrada; y vá prosiguiendo en ella la batalla, sin que se suspendan las armas en los mayores cansancios, ni se propongan las treguas en los mayores ahogos. 

Es la Bolsa una plaçuela circundada de pilares (aunque si hay algunos de los que se arriman á estas colunas que son como la del fuego por lo que luzen, no faltan otros que sean como la de nube por lo que recatan la necessidad y encubren el estado) y llámasse Bolsa, o ya por encerrarse los mercaderes en ella como en una bolsa, o ya por las diligencias que haze cada uno por llenar la suya en ella, tomando el nombre de las causas, á imitacion de las tres mas decantadas Academias de la Grecia que unas lograron el nombre por el author, otras por el lugar, y muchas por los efectos*


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(*) Como nos ilustra el autor, curiosamente la Bolsa se celebraba al aire libre. Después de haberse contentado durante unos diez años con un pequeño edificio provisional de madera en el centro del "Dam", la Bolsa se instalo en septiembre de 1845 en el edificio llamado la "Bolsa de las Columnas”.




de José Penso de la Vega
con anotaciones de Antonio Envid

VIDA DE DON DIEGO VELÁZQUEZ DA SILVA (Antonio Palominio)


Dos jóvenes sentados a la mesa (Diego de Velázquez, 1618-20)


Era la casa de Pacheco Cárcel dorada del Arte, Academia, y Escuela de los mayores Ingenios de Sevilla. Y assí Diego Velázquez vivía gustoso en el continuo exercicio del dibujo, primer elemento de la Pintura, y puerta principal del Arte.  Assí nos lo dice el mismo Pacheco con la sencillez, y llaneza, que acostumbra, y con la verdad de Maestro.  Con esta doctrina (dize) se crió mi Yerno Diego Velázquez de Sylva; siendo muchacho, el qual tenía cohechado un Aldeanillo, que le servía de modelo en diversas acciones, y posturas; ya llorando, ya riendo, sin perdonar dificultad alguna.  Y hizo por él muchas de carbón, y realze en papel azul, y de otros muchos naturales, con que grangeó la zerteza en el retratar.  Inclinóse a Pintar con singularíssimo capricho, i notable genio, animales, aves, pescaderías, y bodegones con la perfecta imitación del natural, con bellos Países y figuras; diferencias de comida, y bebida; frutas, y alhajas pobres, y humildes con tanta valentía, dibujo, y colorido, que parecían naturales, alzándose con esta parte, sin dexar lugar a otro, con que grangeó grande fama, y digna estimación en sus Obras, de las quales no se nos debe pasar en silencio la Pintura, que llaman del Aguador; el qual es vn viejo muy mal vestido, y con vn sayo vil, y roto, que se le descrubía el pecho, y vientre con las costras, y callos duros, y fuertes: y junto a sí tiene vn muchacho a quien da de beber.  Y ésta ha sido tan celebrada, que se ha conservado hasta estos tiempos en el Palacio del Buen Retiro.

Otra Pintura hizo de dos pobres comiendo en vna humilde mesilla, en que ay diferentes vasos de barro, naranjas, pan, y otras cosas, todo observado con diligencia estraña.  Semejante a ésta es otra de vn muchacho mal vestido, con vna monterilla en la cabeza, contando dineros sobre vna mesa, y con la siniestra mano haziendo la cuenta con los dedos con particular cuidado; y con él está vn perro detrás, atisbando vnos dentones, y otros pescados, como sardinas, que están sobre la mesa; también ay en ella vna lechuga Romana (que en Madrid llaman cogollos) y vn caldero boca abaxo; al lado izquierdo está vn basar con dos tablas; en la primera están vnos arencones, y vna hogaza de pan de Sevilla sobre vn paño blanco; en la segunda están dos platos de barro blanco, y vna alcuzilla de barro con vidriado verde; y en esta Pintura puso su nombre, aunque ya está muy consumido, y borrado con el tiempo.  Igual a ésta es otra, donde se ve vn tablero, que sirve de mesa con vn alnafe, y encima vna olla hirviendo, y tapada con vna escudilla, que se ve la lumbre, las llamas, y centellas, vn jarro vidriado, vn almirez con su mano, y vna cabeza de ajos junto a él; y en el muro se divisa colgada de vna escarpia vna esportilla con vn trapo, y otras baratijas; y por guarda de esto vn muchacho con vna jarra en la mano, y en la cabeza vna escofieta, con que represetna con su villaníssimo trage vn sugeto muy ridículo, y gracioso.


Antonio A. Palomino
Vida de don Diego Velázquez da Silva
del Parnaso pintoresco laureado español (1724)



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TOLEDO A LA LLEGADA DEL GRECO (Manuel B. Cossío)


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Llegó á España poco después de Lepanto, el último hecho de armas “alto sonoro y significativo” del poder político dé la casa de Austria; y aunque de aparente grandeza fueron todavía los años de su vida, pudo presenciar la rápida decadencia de Toledo, ejemplo abreviado de la de toda la monarquía. No estuvo á tiempo para asistir á las brillantes fiestas con que Toledo celebró el tercer matrimonio de Felipe II, ni para ver cómo, por orden del rey, del cabildo y del corregidor, se borraban las inscripciones árabes de las puertas y puentes de la ciudad, sustituyéndolas con otras piadosas; pero vio al devoto monarca volver de Madrid con toda su corte á acompañar procesionalmente y llevar en sus hombros las reliquias de San Eugenio y Santa Leocadia; vio al Concilio provincial en 1580 prohibir á los moriscos hablar su lengua, presagiando la total expulsión de los mismos, que no había de tardar, y de que también fué testigo; vio á los procuradores de Sevilla oponerse al proyecto del ingeniero Antonelli para hacer navegable el Tajo hasta Toledo, y al pueblo entero burlarse del intento, publicando mentidamente naufragios y desgracias del viaje, y las obras y trabajos abandonados á los pocos años de empezarse; vio á la Inquisición funcionar de continuo y sirvió de intérprete en sus procesos; presenció las disputas de jesuítas, franciscanos y dominicos y las milagrosas supercherías inventadas sobre la Inmaculada Concepción de la Virgen; y si no le alcanzó la vida para ver cómo el ayuntamiento, la universidad y las corporaciones civiles y eclesiásticas, reunidas solemnemente, en 1617, en San Juan de los Reyes, juraban defender aquel misterio, sobróle para participar en la vertiginosa y desconsoladora ruina del país que, tan amarga como elocuentemente, revelan á una los infinitos memoriales, discursos y representaciones elevadas al rey desde 1600 por las cortes, ciudades, iglesias, universidades, doctores, letrados, industriales y comerciantes. Todos dicen lo mismo. “...Porque, de tres partes de gentes que hay en España, las dos no tienen que trabajar... y porque no usándose van olvidando los oficios y artes que solian ser tan primorosos en España... no hay ya rastro de comercio, ni castellano que tenga un real de correspondencia fuera de España... quedando como mesón y testigo del comercio de los extranjeros... Ahora hace diez años valían las alcabalas de Toledo sesenta cuentos y había fincas para ellas, pues se situaba en ellas y hoy no caben á cuarenta.


“Hoy se ve, que no habiendo la mitad de gente que solia, hay doblados religiosos, clérigos y estudiantes; pues ya no hallan otro modo de vivir, ni de poder sustentarse. La razón fundamental es, porque hasta pocos años há el cuerpo y nervio era oficiales, como se fabricaba tanto para España, y toda Europa, y las Indias. Un oficial ó labrador casaba su hija con un pobre mozo como tuviese oficio, con que ganaba tan de ordinario su comida, que parecía renta. De donde emanó el proverbio del siglo dorado nuestro. Quien ha ofico, ha beneficio. Porque había tanto, en que ganar de comer, que era renta perpetua como beneficio eclesiástico; y viendo que ya no hay en que ganar un real, no quieren enlodar sus hijas, ni hijos; sino que estudien, y que sean monjas, clérigos y religiosos; porque el oficio ya ha venido á ser maleficio, y de oprobrio para el que lo tiene: pues que no le sustenta. Con que ya no hay el diezmo de casamientos y bautismos que solia; y de este principio resulta no conservarse la gente. Porque con la miseria desamparan los niños; ó los hacen expósitos por no poderlos sustentar; ó de mal pasar perecen, y los grandes del mismo modo; ó dexan el Reyno despechados” (1)
.


“... Pero nueva causa de faltar gente ay, porque el año de 100 se aduirtio á V. M. gran falta della, y el de 1601 hvuo peste, y el de 1609 la expulsión de mas de quatrocientos mil moriscos, y la mayor se conoce pocos años acá, de modo que los curas dieron un memorial á Toledo, en que aduierten que falta la tercera parte de la gente (y aun ay quien dize que falta de tres partes della las dos) y dizen que en la carniceria se pesa menos de la mitad de la carne que solia. Y es cosa lastimosa que de sesenta casas de mayorazgos de á tres mil ducados de renta que solia tener no quedan seys, y de toda Castilla, Andalucia, la Mancha, Reyno de Valencia, y hasta de Sevilla todo es despueblos, y el padre fray Diego del Escurial refiere que le dixo el obispo de Auila que de poco acá faltan sesenta y cinco pilas de su obispado de donde se colige lo que sera en lo demás. Y lo q’ mas lástima da es en tan gran soledad ver poblar los lugares de los vicios, como garitos, corrales de comedias, tabernas y las de la vanidad, como las tiendas de los sastres que no cauen de oficiales y de obra (que como está el Reyno á la muerte todo es ansias mortales para vestirse) y los de la pobreza como hospitales, carceres, y semejantes á donde se retiran todos á comer. De lo qual importaría vn alarde o reseña general al año siquiera por las matriculas en que V. M. echaria de ver la soledad de España, que es muy bien que el pastor conozca su ganado”(2)
.
 

“... De calles enteras que había (en Toledo) de freneros y armeros, vidrieros y otros oficios semejantes no ha quedado un solo oficial, pues no se hallará en la dicha ciudad un frenero que haga ni aderece un freno de cavallo ni muía, ni un armero ni arcabucero, y sola una miserable tienda de vidrios ha quedado en dicha ciudad: y un mercado franco que tiene el martes de cada semana, con que se bastecía el lugar, por la pobreza y miseria dél no viene ya á ser de consideración, y lo que se llevaba á vender á él se lleva al de Torrejon de Velasco, Torrijos y otros lugares de señorío en contorno de la dicha ciudad... Las posesiones de casas que era la mas preciosa hacienda de la dicha ciudad, es oy la peor, porque no ay quien la viva ni habite, y en lo mas público y que era de mas estimación, ay gran numero de casas cerradas, y la que se cae no se levanta, y holgarían de darlas sin alquiler á quien las quisiese vivir... Las monjas pobres que se sustentaban con la labor de cadeneta tan prima y de dura con que se guarnecían corporales... palias, hijuelas y otras cosas para el servicio del culto divino ha cesado con entrar de Francia y otras partes las randas y puntas que llaman de Flandes... y las religiosas mueren de hambre encerradas en sus conventos... Los frutos de las heredades y huertas faltando la gente no se gastan en la dicha ciudad. Y un trato gruesso de bonetería, que avia en ella, de que se provehia toda África, en que se entretenía y con que sustentaba gran número de gente, está casi perdido y arruinado”(3)


Entre tanto, ocurría lo mismo que Navagiero contaba noventa años antes, á saber: que “los señores de Toledo, y en especial de las mujeres principales, son los curas, que tienen magníficas casas y triunfan dándose la mejor vida del mundo, sin que nadie les censure”... “y más rentas tiene el arzobispado y la iglesia de Toledo que todo el resto de la ciudad”(4)
.  

Y, á la vez, el pueblo, como el clásico hidalgo de nuestra novela picaresca, paseando las calles con cintillo en el sombrero, con capa y espada... y sin probar bocado. “Los toledanos —dice un escritor (5)
en época todavía de más decadencia— andan vestidos de golilla, aun los zapateros y otros oficiales, y sus mujeres andan con mantos de seda y creo que no hay ciudad en España, donde los concursos y procesiones sean con más lucimiento, sin mezcla de rústicos, capas pardas ni polaynas... usan aquellos de espada y daga muy lucidas y con las golillas y vestido de nobleza ó terciopelo, hay sastres que parecen títulos”. 



Manuel M. Cossío
El Greco

1908

 






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(1) Representación de la universidad de Toledo a Felipe III. 

(2) Restauración político de España. Primera Parte. Deseos públicos. Al Rey Don Felipe Tercero. Ocho discursos del Doctor Sancho de Moncada, catedrático de Sagrada Escritura en la Universidad de Toledo. En Madrid, por Luis Sánchez, año 1619. 

(3)Memorial de la ciudad de Toledo d Felipe III en 1617. Gamero, Historia de la ciudad de Toledo, pág. 1008. Pueden verse los Memoriales de Cellorigo, y de Serna; la Política espiritual, del P. Fray Juan de Santa María; los Remedios de la salud de la República, del Doctor Crislóbal Pérez de Herrera; los Cálculos políticos, de Damián de Olivares; el Memorial, de Francisco Martínez de Mata, de 1659; los Discursos, de 
D, Miguel Alvarez Osorio, de 1687, etc. etc. 

(4)“… i patróni di Toledo e delle donne precipue sonó i pretí, li quali hanno bonissime case e trionfano, dándole la meglior vita del mondo, senza che alcuno li reprenda», «...e piú intrata ha l'arciepiscopato e chiesa di Toledo che tutto il resto della citta.” Navagiero, 1. c. El texto es tan expresivo que viene con frecuencia repctido por los escritores sobre cosas de España, desde Ford, en su Handbook, hasta Justi, en sus artículos sobre el Greco.

(5) El jesuíta Peiro Murillo Velarde, Geografía histórica. Madrid, 1752, t. I, pág. 296 y 97. En su tiempo continuaba la riqueza de la catedral como en el de Navagiero. “Fuera, dice, de los Arzobispos Electores del Imperio, creo que en toda la Christiandad no hay Arzobispo ni Cabildo más rico y más poderoso. El Arzobispo tiene, según Núñez de Castro, trescientos mil ducados de renta: oy parece que tiene más. El Arcediano de Toledo oí decir, que tenia quarenta mil ducados y á esta proporción tienen las dignidades y canónigos, que el que menos tenrá dos mil ducados”(t. 1, p. 293).




CONFUSIÓN DE CONFUSIONES (José de la Vega)





Esta joya redescubierta a principios del siglo XX, es el primer libro sobre la bolsa, escrito por José Penso de la Vega, un escritor y comerciante judío de Córdoba que hubo de emigrar en el siglo XVII a Holanda. 
Componen Confusión de confusiones diversos diálogos curiosos entre un philosopho agudo, un mercader discreto, y un accionista erudito, describiendo el negocio de las acciones, su origen, su ethimologia, su realidad, su juego, y su enredo.

En el texto que destacamos a continuación vemos la etimología de "Amsterdam" y el por qué -según José de la Vega- recibe el mercado de cambios el nombre de "bolsa".


MERCADER: El lugar y el modo con que se forman estas ruedas y se ajustan estas partidas, quisiera saber, sino sirviera á nuestro amigo de fatiga para que ya que aprendimos la origen, el inventor, y el enredo, no ignorássemos el modo del combate y el lugar del desafio.
ACCIONISTA: Es tan continuo y incessable el negocio que apenas hay lugar fixo que pueda intitularse su palestra; sin embargo, son el Damo y la Bolsa los que mas se frequentan, empeçándosse á luchar en el Damo desde las diez hasta las doze y en la Bolsa desde las doze hasta las dos.
Es el Damo una plaça que tiene el Palacio (á que llaman Casa de la Villa) por frontispicio, y llámanle los Flamencos Dam que significa en su lengua Un terrapleno que se haze contra el ímpetu del agua por haverse hecho en esta plaça uno destos terraplenos para defença del Amstel que es el rio de que toma esta ciudad de Amsterdam el nombre, corrumpido de Amstel-Dam en Amsterdam.
Aqui empieça las mañanas el juego que dura hasta que se cierra la Bolsa á medio dia, donde acuden todos en chusma, por no pagar lo que se suele, despues de estar cerrada; y vá prosiguiendo en ella la batalla, sin que se suspendan las armas en los mayores cansancios, ni se propongan las treguas en los mayores ahogos.
Es la Bolsa una plaçuela circundada de pilares (aunque si hay algunos de los que se arriman á estas colunas que son como la del fuego por lo que luzen, no faltan otros que sean como la de nube por lo que recatan la necessidad y encubren el estado) y llámasse Bolsa, o ya por encerrarse los mercaderes en ella como en una bolsa, o ya por las diligencias que haze cada uno por llenar la suya en ella, tomando el nombre de las causas, á imitacion de las tres mas decantadas Academias de la Grecia que unas lograron el nombre por el author, otras por el lugar, y muchas por los effectos.
(...)
De la segunda classe es la Bolsa que toma como los peripatéticos el nombre de los effectos; y queriendo dezir la palabra Bolsa cuero en griego, hay muchos accionistas que quedan en cueros en esta Bolsa.
Llamaron los antiguos Bolsa á Cartago por el engaño que traçaron los Fenicios á los Africanos, pidiéndoles todo el sitio que pudiessen ocupar con el cuero de un buey; y con mucha razon deve llamarse Bolsa este lugar por los engaños que machinan algunos accionistas en este sitio, antes si por el que lleva doblada intencion en lo que propone, pregona el adagio castellano que tiene bolsillos en el coraçon, bien escarmentados viven los sinceros de los que llevan á esta Bolsa estos bolsillos.El modo con que se effetuan las partidas es tan ridículo como el juego, pues si en Levante se ajustan á cabeçadas, aqui se ajustan á palmadas y á golpes. Mas ay dolor! que aspirando muchos á la palma que las palmadas les prometen, lloran los golpes con que la fortuna los abate.


José de la Vega
Confusión de confusiones  (1688)


ORÁCULO MANUAL Y ARTE DE LA PRUDENCIA (Baltasar Gracián)

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26. Hallarle su torcedor a cada uno. Es el arte de mover voluntades; más consiste en destreza que en resolución: un saber por dónde se le ha de entrar a cada uno. No hay voluntad sin especial afición, y diferentes según la variedad de los gustos. Todos son idólatras: unos de la estimación, otros del interés, y los más del deleite. La maña está en conocer estos ídolos para el motivar, conociéndole a cada uno su eficaz impulso: es como tener la llave del querer ajeno. Hase de ir al primer móvil, que no siempre es el supremo, las más veces es el ínfimo, porque son más en el mundo los desordenados que los subordinados. Hásele de prevenir el genio primero, tocarle el verbo después, cargar con la afición, que infaliblemente dará mate al albedrío.
 
27. Pagarse más de intensiones que de extensiones. No consiste la perfección en la cantidad, sino en la calidad. Todo lo muy bueno fue siempre poco y raro, es descrédito lo mucho. Aun entre los hombres, los gigantes suelen ser los verdaderos enanos. Estiman algunos los libros por la corpulencia, como si se escribiesen para ejercitar antes los brazos que los ingenios. La extensión sola nunca pudo exceder de medianía, y es plaga de hombres universales por querer estar en todo, estar en nada. La intensión da eminencia, y heroica si en materia sublime.
 
28. En nada vulgar. No en el gusto. (Oh, gran sabio el que se descontentaba de que sus cosas agradasen a los muchos!: hartazgos de aplauso común no satisfacen a los discretos. Son algunos tan camaleones de la popularidad, que ponen su fruición no en las mareas suavísimas de Apolo, sino en el aliento vulgar. Ni en el entendimiento, no se pague de los milagros del vulgo, que no pasan de espantaignorantes, admirando la necedad común cuando desengañando la advertencia singular.
 
29. Hombre de entereza. Siempre de parte de la razón, con tal tesón de su propósito, que ni la pasión vulgar, ni la violencia tirana le obliguen jamás a pisar la raya de la razón. Pero )quién será este fénix de la equidad?, que tiene pocos finos la entereza. Celébranla muchos, mas no por su casa; síguenla otros hasta el peligro; en él los falsos la niegan, los políticos la disimulan. No repara ella en encontrarse con la amistad, con el poder, y aun con la propia conveniencia, y aquí es el aprieto del desconocerla. Abstraen los astutos con metafísica plausible por no agraviar, o la razón superior, o la de estado; pero el constante varón juzga por especie de traición el disimulo; préciase más de la tenacidad que de la sagacidad; hállase donde la verdad se halla; y si deja los sujetos, no es por variedad suya, sino de ellos en dejarla primero.
 
30. No hacer profesión de empleos desautorizados. Mucho menos de quimera, que sirve más de solicitar el desprecio que el crédito. Son muchas las sectas del capricho, y de todas ha de huir el varón cuerdo. Hay gustos exóticos, que se casan siempre con todo aquello que los sabios repudian: viven muy pagados de toda singularidad, que aunque los hace muy conocidos, es más por motivos de la risa que de la reputación. Aun en profesión de sabio no se ha de señalar el atento, mucho menos en aquellas que hacen ridículos a sus afectantes, ni se especifican, porque las tiene individuadas el común descrédito.
 
31. Conocer los afortunados, para la elección; y los desdichados, para la fuga. La infelicidad es de ordinario crimen de necedad, y de participantes: no ay contagión tan apegadiza. Nunca se le ha de abrir la puerta al menor mal, que siempre vendrán tras él otros muchos, y mayores, en celada. La mejor treta del juego es saberse descartar: más importa la menor carta del triunfo que corre que la mayor del que pasó. En duda, acierto es llegarse a los sabios y prudentes, que tarde o temprano topan con la ventura.
 
32. Estar en opinión de dar gusto. Para los que gobiernan, gran crédito de agradar: realce de soberanos para conquistar la gracia universal. Esta sola es la ventaja del mandar: poder hacer más bien que todos. Aquellos son amigos que hacen amistades. Al contrario, están otros puestos en no dar gusto, no tanto por lo cargoso cuanto por lo maligno, opuestos en todo a la divina comunicabilidad.
 
33. Saber abstraer, que si es gran lección del vivir el saber negar, mayor será saberse negar a sí mismo, a los negocios, a los personajes. Hay ocupaciones extrañas, polillas del precioso tiempo, y peor es ocuparse en lo impertinente que hacer nada. No basta para atento no ser entremetido, mas es menester procurar que no le entremetan. No ha de ser tan de todos, que no sea de sí mismo. Aun de los amigos no se ha de abusar, ni quiera más de ellos de lo que le concedieren. Todo lo demasiado es vicioso, y mucho más en el trato. Con esta cuerda templanza se conserva mejor el agrado con todos, y la estimación, porque no se roza la preciosísima decencia. Tenga, pues, libertad de genio, apasionado de lo selecto, y nunca peque contra la fe de su buen gusto.
 
34. Conocer su realce rey: la prenda relevante, cultivando aquella, y ayudando a las demás. Cualquiera hubiera conseguido la eminencia en algo si hubiera conocido su ventaja. Observe el atributo rey, y carguela aplicación: en unos excede el juicio, en otros el valor. Violentan los más su Minerva, y así en nada consiguen superioridad: lo que lisonjea presto la pasión desengaña tarde el tiempo.
 
35. Hacer concepto. Y más de lo que importa más. No pensando se pierden todos los necios: nunca conciben en las cosas la mitad; y como no perciben el daño, o la conveniencia, tampoco aplican la diligencia. Hacen algunos mucho caso de lo que importa poco, y poco de lo que mucho, ponderando siempre al revés. Muchos, por faltos de sentido, no le pierden. Cosas hay que se deberían observar con todo el conato y conservar en la profundidad de la mente. Hace concepto el sabio de todo, aunque con distinción cava donde hay fondo y reparo; y piensa tal vez que hay más de lo que piensa, de suerte que llega la reflexión adonde no llegó la aprehensión.
 
36. Tener tanteada su fortuna: para el proceder, para el empeñarse. Importa más que la observación del temperamento, que si es necio el que a cuarenta años llama a Hipócrates para la salud, más el que a Séneca para la cordura. Gran arte saberla regir, ya esperándola, que también cabe la espera en ella, ya lográndola, que tiene vez y contingente, si bien no se le puede coger el tenor, tan anómalo es su proceder. El que la observó favorable prosiga con despejo, que suele apasionarse por los osados; y aun, como bizarra, por los jóvenes. No obre el que es infeliz, retírese, ni le dé lugar de dos infelicidades. Adelante el que le predomina.
 
37. Conocer y saber usar de las varillas. Es el punto más sutil del humano trato. Arrójanse para tentativa de los ánimos, y hácese con ellas la más disimulada y penetrante tienta del corazón. Otras hay maliciosas, arrojadizas, tocadas de la yerba de la envidia, untadas del veneno de la pasión: rayos imperceptibles para derribar de la gracia, y de la estimación. Cayeron muchos de la privanza superior y inferior, heridos de un leve dicho de estos, a quienes toda una conjuración de murmuración vulgar y malevolencia singular no fueron bastantes a causar la más leve trepidación. Obran otras, al contrario, por favorables, apoyando y confirmando en la reputación. Pero con la misma destreza con que las arroja la intención las ha de recibir la cautela y esperarlas la atención, porque está librada la defensa en el conocer y queda siempre frustrado el tiro prevenido.
 
38. Saberse dejar ganando con la fortuna. Es de tahúres de reputación. Tanto importa una bella retirada como una bizarra acometida; un poner en cobro las hazañas cuando fueren bastantes, cuando muchas. Continuada felicidad fue siempre sospechosa; más segura es la interpolada, y que tenga algo de agridulce, aun para la fruición. Cuanto más atropellándose las dichas, corren mayor riesgo de deslizar y dar al traste con todo. Recompénsase tal vez la brevedad de la duración con la intensión del favor. Cánsase la fortuna de llevar a uno a cuestas tan a la larga.
 
39. Conocer las cosas en su punto, en su sazón, y saberlas lograr. Las obras de la naturaleza todas llegan al complemento de su perfección; hasta allí fueron ganando, desde allí perdiendo. Las del arte, raras son las que llegan al no poderse mejorar. Es eminencia de un buen gusto gozar de cada cosa en su complemento: no todos pueden, ni los que pueden saben. Hasta en los frutos del entendimiento hay ese punto de madurez; importa conocerla para la estimación y el ejercicio.
 
40. Gracia de las gentes. Mucho es conseguir la admiración común, pero más la afición; algo tiene de estrella, lo más de industria; comienza por aquella y prosigue por esta. No basta la eminencia de prendas, aunque se supone que es fácil de ganar el afecto, ganado el concepto. Requiérese, pues, para la benevolencia, la beneficencia: hacer bien a todas manos, buenas palabras y mejores obras, amar para ser amado. La cortesía es el mayor hechizo político de grandes personajes. Hase de alargar la mano primero a las hazañas y después a las plumas, de la hoja a las hojas, que hay gracia de escritores, y es eterna.
 
41. Nunca exagerar. Gran asunto de la atención, no hablar por superlativos, ya por no exponerse a ofender la verdad, ya por no desdorar su cordura. Son las exageraciones prodigalidades de la estimación, y dan indicio de la cortedad del conocimiento y del gusto. Despierta vivamente a la curiosidad la alabanza, pica el deseo, y después, si no corresponde el valor al aprecio, como de ordinario acontece, revuelve la expectación contra el engaño y despícase en el menosprecio de lo celebrado y del que celebró. Anda, pues, el cuerdo muy detenido, y quiere más pecar de corto que de largo. Son raras las eminencias: témplese la estimación. El encarecer es ramo de mentir, y piérdese en ello el crédito de buen gusto, que es grande, y el de entendido, que es mayor.
 
42. Del natural imperio. Es una secreta fuerza de superioridad. No ha de proceder del artificio enfadoso, sino de un imperioso natural. Sujétansele todos sin advertir el cómo, reconociendo el secreto vigor de la connatural autoridad. Son estos genios señoriles, reyes por mérito y leones por privilegio innato, que cogen el corazón, y aun el discurso, a los demás, en fe de su respeto. Si las otras prendas favorecen, nacieron para primeros mobles políticos, porque ejecutan más con un amago que otros con una prolijidad.
 
43. Sentir con los menos y hablar con los más. Querer ir contra el corriente es tan imposible al desengaño cuanto fácil al peligro. Sólo un Sócrates podría emprenderlo. Tiénese por agravio el disentir, porque es condenar el juicio ajeno. Multiplícanse los disgustados, ya por el sujeto censurado, ya del que lo aplaudía. La verdad es de pocos, el engaño es tan común como vulgar. Ni por el hablar en la plaza se ha de sacar el sabio, pues no habla allí con su voz, sino con la de la necedad común, por más que la esté desmintiendo su interior. Tanto huye de ser contradicho el cuerdo como de contradecir, lo que es pronto a la censura es detenido a la publicidad de ella. El sentir es libre, no se puede ni debe violentar; retírase al sagrado de su silencio; y si tal vez se permite, es a sombra de pocos y cuerdos.
 
44. Simpatía con los grandes varones. Prenda es de héroe el combinar con héroes: prodigio de la naturaleza por lo oculto y por lo ventajoso. Hay parentesco de corazones, y de genios, y son sus efectos los que la ignorancia vulgar achaca bebedizos. No para en sola estimación, que adelanta benevolencia, y aun llega a propensión: persuade sin palabras, y consigue sin méritos. Hayla activa, y la hay pasiva; una y otra felices, cuanto más sublimes. Gran destreza el conocerlas, distinguirlas y saberlas lograr, que no hay porfía que baste sin este favor secreto.
 
45. Usar, no abusar, de las reflejas. No se han de afectar, menos dar a entender. Toda arte se ha de encubrir, que es sospechosa, y más la de cautela, que es odiosa. Úsase mucho el engaño; multiplíquese el recelo, sin darse a conocer, que ocasionaría la desconfianza; mucho desobliga y provoca a la venganza, despierta el mal que no se imaginó. La reflexión en el proceder es gran ventaja en el obrar: no hay mayor argumento del discurso. La mayor perfección de las acciones está afianzada del señorío con que se ejecutan.
 
46. Corregir su antipatía. Solemos aborrecer de grado, y aun antes de las previstas prendas. Y tal vez se atreve esta innata vulgarizante aversión a los varones eminentes. Corríjala la cordura, que no hay peor descrédito que aborrecer a los mejores: lo que es de ventaja la simpatía con héroes es de desdoro la antipatía.
 
47. Huir los empeños. Es de los primeros asuntos de la prudencia. En las grandes capacidades siempre hay grandes distancias hasta los últimos trances: hay mucho que andar de un extremo a otro, y ellos siempre se están en el medio de su cordura; llegan tarde al rompimiento, que es más fácil hurtarle el cuerpo a la ocasión que salir bien de ella. Son tentaciones de juicio, más seguro el huirlas que el vencerlas. Trae un empeño otro mayor, y está muy al canto del despeño. Hay hombres ocasionados por genio, y aun por nación, fáciles de meterse en obligaciones; pero el que camina a la luz de la razón siempre va muy sobre el caso: estima por más valor el no empeñarse que el vencer, y ya que haya un necio ocasionado, excusa que con él no sean dos.
 
48. Hombre con fondos, tanto tiene de persona. Siempre ha de ser otro tanto más lo interior que lo exterior en todo. Hay sujetos de sola fachada, como casas por acabar, porque faltó el caudal: tienen la entrada de palacio, y de choza la habitación. No hay en estos donde parar, o todo para, porque, acabada la primera salutación, acabó la conversación. Entran por las primeras cortesías como caballos sicilianos, y luego paran en silenciarios, que se agotan las palabras donde no hay perenidad de concepto. Engañan estos fácilmente a otros, que tienen también la vista superficial; pero no a la astucia, que, como mira por dentro, los halla vaciados para ser fábula de los discretos.
 
49. Hombre juicioso y notante. Señoréase él de los objetos, no los objetos de él. Sonda luego el fondo de la mayor profundidad; sabe hacer anatomía de un caudal con perfección. En viendo un personaje, le comprehende y lo censura por esencia. De raras observaciones, gran descifrador de la más recatada interioridad. Nota acre, concibe sutil, infiere juicioso: todo lo descubre, advierte, alcanza y comprehende.
 
50. Nunca perderse el respeto a sí mismo. Ni se roce consigo a solas. Sea su misma entereza norma propia de su rectitud, y deba más a la severidad de su dictamen que a todos los extrínsecos preceptos. Deje de hacer lo indecente más por el temor de su cordura que por el rigor de la ajena autoridad. Llegue a temerse, y no necesitará del ayo imaginario de Séneca.



Baltasar Gracián
Oráculo manual y arte de la prudencia (1647)



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ENTREMESES: PRÓLOGO AL LECTOR (Miguel de Cervantes)

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No puedo dejar, lector carísimo, de suplicarte me perdones si vieres que en este prólogo salgo algún tanto de mi acostumbrada modestia. Los días pasados me hallé en una conversación de amigos, donde se trató de comedias y de las cosas a ellas concernientes, y de tal manera las subtilizaron y atildaron, que, a mi parecer, vinieron a quedar en punto de toda perfección.


Tratóse también de quién fue el primero que en España las sacó de mantillas, y las puso en toldo y vistió de gala y apariencia; yo, como el más viejo que allí estaba, dije que me acordaba de haber visto representar al gran Lope de Rueda, varón insigne en la representación y en el entendimiento. Fue natural de Sevilla y de oficio ba[t]ihoja, que quiere decir de los que hacen panes de oro; fue admirable en la poesía pastoril, y en este modo, ni entonces ni después acá ninguno le ha llevado ventaja; y, aunque por ser muchacho yo entonces, no podía hacer juicio firme de la bondad de sus versos, por algunos que me quedaron en la memoria, vistos agora en la edad madura que tengo, hallo ser verdad lo que he dicho; y si no fuera por no salir del propósito de prólogo, pusiera aquí algunos que acreditaran esta verdad.


En el tiempo deste célebre español, todos los aparatos de un autor de comedias se encerraban en un costal, y se cifraban en cuatro pellicos blancos guarnecidos de guadamecí dorado, y en cuatro barbas y cabelleras y cuatro cayados, poco más o menos. Las comedias eran unos coloquios, como églogas, entre dos o tres pastores y alguna pastora; aderezábanlas y dilatábanlas con dos o tres entremeses, ya de negra, ya de rufián, ya de bobo y ya de vizcaíno: que todas estas cuatro figuras y otras muchas hacía el tal Lope con la mayor excelencia y propiedad que pudiera imaginarse. No había en aquel tiempo tramoyas, ni desafíos de moros y cristianos, a pie ni a caballo; no había figura que saliese o pareciese salir del centro de la tierra por lo hueco del teatro, al cual componían cuatro bancos en cuadro y cuatro o seis tablas encima, con que se levantaba del suelo cuatro palmos; ni menos bajaban del cielo nubes con ángeles o con almas. El adorno del teatro era una manta vieja, tirada con dos cordeles de una parte a otra, que hacía lo que llaman vestuario, detrás de la cual estaban los músicos, cantando sin guitarra algún romance antiguo. Murió Lope de Rueda, y por hombre excelente y famoso le enterraron en la iglesia mayor de Córdoba (donde murió), entre los dos coros, donde también está enterrado aquel famoso loco Luis López.


Sucedió a Lope de Rueda, Navarro, natural de Toledo, el cual fue famoso en hacer la figura de un rufián cobarde; éste levantó algún tanto más el adorno de las comedias y mudó el costal de vestidos en cofres y en baúles; sacó la música, que antes cantaba detrás de la manta, al teatro público; quitó las barbas de los farsantes, que hasta entonces ninguno representaba sin barba postiza, y hizo que todos representasen a cureña rasa, si no era los que habían de representar los viejos o otras figuras que pidiesen mudanza de rostro; inventó tramoyas, nubes, truenos y relámpagos, desafíos y batallas, pero esto no llegó al sublime punto en que está agora.


Y esto es verdad que no se me puede contradecir, y aquí entra el salir yo de los límites de mi llaneza: que se vieron en los teatros de Madrid representar Los tratos de Argel, que yo compuse; La destruición de Numancia y La batalla naval, donde me atreví a reducir las comedias a tres jornadas, de cinco que tenían; mostré, o, por mejor decir, fui el primero que representase las imaginaciones y los pensamientos escondidos del alma, sacando figuras morales al teatro, con general y gustoso aplauso de los oyentes; compuse en este tiempo hasta veinte comedias o treinta, que todas ellas se recitaron sin que se les ofreciese ofrenda de pepinos ni de otra cosa arrojadiza; corrieron su carrera sin silbos, gritas ni barahúndas. Tuve otras cosas en que ocuparme; dejé la pluma y las comedias, y entró luego el monstruo de naturaleza, el gran Lope de Vega, y alzóse con la monarquía cómica; avasalló y puso debajo de su juridición a todos los farsantes; llenó el mundo de comedias proprias, felices y bien razonadas, y tantas, que pasan de diez mil pliegos los que tiene escritos, y todas (que es una de las mayores cosas que puede decirse) las ha visto representar, o oído decir, por lo menos, que se han representado; y si algunos, que hay muchos, han querido entrar a la parte y gloria de sus trabajos, todos juntos no llegan en lo que han escrito a la mitad de lo que él sólo.


Pero no por esto, pues no lo concede Dios todo a todos, dejen de tenerse en precio los trabajos del doctor Ramón, que fueron los más después de los del gran Lope; estímense las trazas artificiosas en todo estremo del licenciado Miguel Sánchez, la gravedad del doctor Mira de Mescua, honra singular de nuestra nación; la discreción e inumerables conceptos del canónigo Tá- rraga; la suavidad y dulzura de don Guillén de Castro, la agudeza de Aguilar; el rumbo, el tropel, el boato, la grandeza de las comedias de Luis Vélez de Guevara, y las que agora están en jerga del agudo ingenio de don Antonio de Galarza, y las que prometen Las fullerías de amor, de Gaspar de Ávila, que todos éstos y otros algunos han ayudado a llevar esta gran máquina al gran Lope.


Algunos años ha que volví yo a mi antigua ociosidad, y, pensando que aún duraban los siglos donde corrían mis alabanzas, volví a componer algunas comedias, pero no hallé pájaros en los nidos de antaño; quiero decir que no hallé autor que me las pidiese, puesto que sabían que las tenía; y así, las arrinconé en un cofre y las consagré y condené al perpetuo silencio. En esta sazón me dijo un librero que él me las comprara si un autor de título no le hubiera dicho que de mi prosa se podía esperar mucho, pero que del verso, nada; y, si va a decir la verdad, cierto que me dio pesadumbre el oírlo, y dije entre mí: ``O yo me he mudado en otro, o los tiempos se han mejorado mucho; sucediendo siempre al revés, pues siempre se alaban los pasados tiempos''. Torné a pasar los ojos por mis comedias, y por algunos entremeses míos que con ellas estaban arrinconados, y vi no ser tan malas ni tan malos que no mereciesen salir de las tinieblas del ingenio de aquel autor a la luz de otros autores menos escrupulosos y más entendidos. Aburríme y vendíselas al tal librero, que las ha puesto en la estampa como aquí te las ofrece. Él me las pagó razonablemente; yo cogí mi dinero con suavidad, sin tener cuenta con dimes ni diretes de recitantes. Querría que fuesen las mejores del mundo, o, a lo menos, razonables; tú lo verás, lector mío, y si hallares que tienen alguna cosa buena, en topando a aquel mi maldiciente autor, dile que se emiende, pues yo no ofendo a nadie, y que advierta que no tienen necedades patentes y descubiertas, y que el verso es el mismo que piden las comedias, que ha de ser, de los tres estilos, el ínfimo, y que el lenguaje de los entremeses es proprio de las figuras que en ellos se introducen, y que, para enmienda de todo esto, le ofrezco una comedia que estoy componiendo, y la intitulo El engaño a los ojos, que, si no me engaño, le ha de dar contento. Y con esto, Dios te dé salud y a mí paciencia.



Miguel de Cervantes
Entremeses
Prólogo al lector

Los Entremeses completos en
Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes

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