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DE LAS COSAS TOCANTES A EL CAMINO (John Minsheu)

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Diálogo cuarto, entre dos amigos llamados el uno Mora,el otro Aguilar, y un mozo de mulas y una ventera. Trátanse en él de las cosas tocantes a el camino, con muy graciosos dichos y chistes.

PEDRO.— No me lastima mucho esta herida, que es dada uñas arriba; pero guárdese de el revés, que yo tiraré uñas abajo.

AGUILAR.— Pedro, yo entiendo que sois vos aquel que llamaban de Urdemalas.

PEDRO.— Pues todo el mundo ojo alerta, que alguna tengo de urdir en este camino.

AGUILAR.— Pedro, allí viene un caminante: échale una pulla.

PEDRO.— Hola, hermano: ¿por dónde van?

CAMINANTE.- ¿A dó?


PEDRO.— En casa de la puta que os parió.

AGUILAR.— Buena, a fee; otra a el compañero que queda atrás.

PEDRO.— Ah, señor: ¿es suyo el mulo?

CAMINANTE.— ¿Cuál mulo?

PEDRO.— Aquel que beséis en el culo.

AGUILAR.— Este caballero que viene muy bravo no vaya sin la suya.

PEDRO.— Ah, señor: ¿vuestra merced acaso va a Londres?

CAMINANTE.— Sí voy; ¿por qué lo decís?

PEDRO.— Pues cagaxón para quien va a Londres.

MORA.— ¡Qué bonito es Pedro si se lavase!

PEDRO.— Antes después de lavado no valgo nada.

AGUILAR.— ¿Cuánto habremos andado, Pedro?

PEDRO.— Nunca vuelvo a mirar atrás, por no ser como la mujer de Lot.

AGUILAR.— ¿Cuánto nos falta de aquí a el primer pueblo?

PEDRO.— Legua y mierda.

MORA.— La legua andaremos nosotros, esotra vos la pasaréis.

AGUILAR.- Pues, por que se pase sin sentir, cuenta un cuento, Pedro.



John Minsheu

Pleasant and Delightfull Dialogues
-Diálogos muy apacibles-, 1599







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PARA LEVANTARSE POR LA MAÑANA (John Minsheu)

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Diálogo primero, para levantarse por la mañana y las cosas a ello pertenecientes entre un hidalgo llamado don Pedro y su criado Alonso, y un su amigo llamado don Juan, y una ama



DON PEDRO.— ¿Oyes, mozo?

ALONSO.— ¿Señor?

DON PEDRO.— ¿Qué hora es?

ALONSO.— Las cinco son dadas.

DON PEDRO.— Levántate y abre aquella ventana, a ver si es de día.

ALONSO.— Aún no es bien amanecido.

DON PEDRO.— Pues ¡asno! ¿Cómo dixiste que ha dado las cinco?

ALONSO.— Señor: las cinco yo las conté, pero el relox y la mañana no andan a una.

DON PEDRO.— O tú mientes o el relox miente; que el sol no puede mentir.

ALONSO.— Más vale que miento yo que no el año.

DON PEDRO.— ¿Qué día hace?

ALONSO.— Señor: nublado.

DON PEDRO.— En los ojos debes tú de tener las nubes, que el cielo yo le veo claro.

ALONSO.— Pues no estoy ciego.

DON PEDRO.— Antes creo que estás durmiendo todavía.

ALONSO.— Sé que no soy elefante que tengo de dormirme en pie.

DON PEDRO.— ¿Hace frío?

ALONSO.— Un cerceganillo entra por la ventana que corta las narices.

DON PEDRO.— Dame de vestir, que me quiero levantar.

ALONSO.— ¿A qué, tan de mañana?

DON PEDRO.— A negociar, que tengo mucho que hacer hoy.

ALONSO.— Aún no estará nadie en pie.

DON PEDRO.— Tú adevinas a tu provecho.

ALONSO.— ¿Qué vestido se quiere poner vuestra merced?

DON PEDRO.— El de velarte, que dicen que es honra y provecho.

ALONSO.— ¿Qué jubón?

DON PEDRO.— El de raso pespuntado.

ALONSO.— Hele aquí.

DON PEDRO.— * ¡Majadero!, pues el jubón me tra-/es
antes que la camisa, ¿quiéresme motejar de azotado?

ALONSO.— Aún no ha traído las camizas la lavandera.

DON PEDRO.— Pues, hideputa, ¡id por ellas!

ALONSO.— * Al ruin de Roma, cuando le nombran, luego asoma; aquí viene ya la lavandera.

DON PEDRO.— ¿Está enxuta?

ALONSO.— Como un cuerno.

DON PEDRO.— ¿No os he dicho que no me traigáis esas comparaciones?

ALONSO.— * Eso fuera si fuera vuestra merced persona sospechosa; que no se ha de mentar la soga en casa del ahorcado.

DON PEDRO.— Dame las calzas de terciopelo acuchilladas.

ALONSO.— Aquí están, señor.

DON PEDRO.— ¿Están limpias? Mira bien si tienen algún punto suelto las medias.

ALONSO.— Esa es una de las tres cosas que Ganasa decía que el hombre busca con gran cuidado y, cuando las ha hallado, le pesa.

DON PEDRO.— ¿Y cuáles son las demás?
 

ALONSO.— Una suciedad en la cama y los cuernos, si su mujer se los pone; pero estas sanas están.

DON PEDRO.— Cálzamelas. Dame el sayo de velarte, quel de raxa es muy delgado para este frío que hace.

ALONSO.— ¿Quiere vuestra merced ponerse borceguíes?

DON PEDRO.— No, sino zapatos y pantuflos por amor del lodo. Dame primero aguamanos.

ALONSO.— Señor: el agua está helada en el jarro.

DON PEDRO.— ¡Buena señal!

ALONSO.— ¿De qué, señor?

DON PEDRO.— De carámbanos.

ALONSO.— Y aun de que hace frío.

DON PEDRO.— Derrítelo en el brasero. Dame entre tanto el espejo y unas tixeras, que quiero aderezarme la barba.

ALONSO.— Aquí está el estuche donde está todo, y también el peine.

DON PEDRO.— ¡Oh, qué de canas tengo! Ya me voy 
parando viejo.

ALONSO.— Señor: las navidades no se van en balde.

DON PEDRO.— Por cierto no tengo muchas; sino, * como dicen en mi tierra, «canas y cuernos no vienen por días».

ALONSO.— Ya está buena esta agua. Bien se puede vuestra merced lavar.

DON PEDRO.— Pues dacá la fuente y la toalla.

ALONSO.— ¿Quiere vuestra merced llevar capa y gorra, o herreruelo y sombrero?

DON PEDRO.— No es ahora tiempo de gorra; dame el ferreruelo largo y un sombrero de fieltro.

ALONSO.— ¿Qué espada? ¿Dorada, plateada o pavonada?

DON PEDRO.— No la quiero sino embarnizada, por si lloviere. Mira quién llama a la puerta.

ALONSO.— El señor don Juan es.

DON PEDRO.— Corre, abre presto.

DON JUAN.— Muy buenos días dé Dios a vuestra merced, señor don Pedro.

DON PEDRO.— Oh, señor don Juan, vuestra merced sea tan bienvenido como los buenos años. ¿Cómo está vuestra merced?

DON JUAN.— Muy al servicio de vuestra merced. ¿Vuestra merced está bueno?

DON PEDRO.—Al servicio de vuestra merced como estuviere, aunque algo achacoso.

DON JUAN.— Pues ¿por qué madruga tanto, si no anda bueno?

DON PEDRO.— Porque dicen los médicos que para la salud es bueno levantar de mañana.

DON JUAN.— Esa salud téngansela ellos, que para mí estos son los días que debemos meter en casa, como dice el refrán; o que los tengamos en la cama, dixera mejor.

DON PEDRO.— Para decir la verdad, yo más lo hago por entender en mis negocios.

DON JUAN.— ¿Cómo le va a vuestra merced dellos?

DON PEDRO.— Señor: al servicio de vuestra merced; mal, bendito sea Dios.

DON JUAN.— ¿Cómo ansí? ¿No despachan a vuestra merced?

DON PEDRO.— Sí, señor. Despéchanme. Muchacho: tráenos de almorzar antes que salgamos.
 
 
DON JUAN.— Ya yo he bebido una vez.

DON PEDRO.— Beberá vuestra merced otra, que no le hará mal.

DON JUAN.— * No, que no soy tan delicado como judío en viernes.

ALONSO.— ¿Qué quieren vuestras mercedes almorzar?

DON PEDRO.— Trae unos pasteles y un cuartillo de cabrito asado.

DON JUAN.— ¡Qué bien aderezado tiene vuestra merced este aposento, señor don Pedro!

DON PEDRO.— Señor: razonable como para un hidalgo pobre.

DON JUAN.— ¿De dónde hubo vuestra merced esta tapicería?

DON PEDRO.— Señor: de Flandes vino.

DON JUAN.— ¿También deben de ser de allá los lienzos o pinturas o retratos?

DON PEDRO.— Algunos dellos; otros son de Italia.

DON JUAN.— De gentil mano son, por cierto. ¿Cuánto le costó a vuestra merced este escritorio?

DON PEDRO.— Más que vale: cuarenta ducados.

DON JUAN.— ¿De qué madera es?

DON PEDRO.— La colorada es caoba de La Habana y esta negra es ébano. La blanca es marfil.

DON JUAN.— Cierto que está muy curioso, y muy bien asentada la taracea.

DON PEDRO.— Aquí verá vuestra merced un bufete mejor labrado.

DON JUAN.— ¿Adónde fue hecho?

DON PEDRO.— Él y las sillas vinieron de Salamanca.

DON JUAN.— Lo mejor le falta a vuestra merced en este aposento.

DON PEDRO.— ¿Qué es, por vida del señor don Juan?

DON JUAN.— Por lo que decía don Juan Manuel, un sonecito de chapín.

DON PEDRO.— Ya entiendo. Por la mujer lo dice vuestra merced.

DON JUAN.— Por la misma.

DON PEDRO.— A mí me parece que lo mejor que tiene es estar sin ella.

DON JUAN.— * ¡Oh, señor! No diga vuestra merced eso, que es triste cosa la soledad.

DON PEDRO.— * Aténgome al que dice que vale más solo que mal acompañado.
 
 

DON JUAN.— Pues no se entiende que ha de ser mala.

DON PEDRO.— ¿Y adónde le hallaremos que sea buena?

DON JUAN.— Muchas hay muy buenas.

DON PEDRO.— Es verdad: las que están enterradas.

DON JUAN.— De suerte que quiere vuestra merced decir que la mujer, estonces es buena cuando está muerta.

DON PEDRO.— Digo, señor, que cada loco con su tema. Yo he dado ahora en esta.

DON JUAN.— * Y se saldrá vuestra merced con ella, como el rey con sus alcabalas.

DON PEDRO.— * Se dice que una buena mula y una buena cabra y una buena mujer son tres malas cucas.

ALONSO.— La mesa está puesta. Bien se pueden sentar vuestras mercedes a almorzar.

DON PEDRO.— Señor don Juan: tome vuestra merced aquella cabecera.

DON JUAN.— Bueno sería. Eso es por motejarme de viejo.

DON PEDRO.— No, sino por cumplir con la razón.

DON JUAN.— Vuestra merced tome su lugar, que yo tomaré el mío.

DON PEDRO.— Bueno es que venga a mi casa quien mande en ella más que yo.

DON JUAN.— Oh, si por ahí lo echa vuestra merced, yo obedesco en su casa y fuera.

DON PEDRO.— Yo soy el que tengo de servir como la razón me obliga. Muchacho: dacá platos.

ALONSO.— Aquí están, señor.

DON PEDRO.— ¿De adónde truxiste estos pasteles?

ALONSO.— De la más limpia pastelera que hay en la ciudad.

DON PEDRO.— ¿Son de nuestra vecina, la hermosa?

ALONSO.— Sí, señor.

DON PEDRO.— Bien los puede vuestra merced comer sin asco, que de mujer limpia son.

DON JUAN.— Mas que nunca lo fueran, nunca yo miro en miserias.

DON PEDRO.— Pues menos mirara si fuera tan amigo de ellos como yo.

DON JUAN.— Muy bien me saben. Y lo mejor que yo les hallo es ser comida
tan acorrida que a cualquier hora que el hombre la quiera la halla guisada.

DON PEDRO.— Muchacho: danos de beber, que pica la pimienta.

ALONSO.— ¿Qué quiere vuestra merced: blanco o tinto?

DON PEDRO.— Echa de lo blanco, que es más caliente para por la mañana.

DON JUAN.— Y aun es más saludable que lo tinto.

DON PEDRO.— Brindo a vuestra merced, señor don Juan.

DON JUAN.— Beso a vuestra merced las manos; haré la razón.

ALONSO.— ¿Por cuál taza quiere vuestra merced beber: por la llana o por esta hondilla?

DON JUAN.— Alonso, amigo: habéis de saber que yo soy muy buen borracho, y sé muy bien lo que me bebo. Por eso, echadme por aquella taza llana.

DON PEDRO.— Yo gusto más de beber por esta copa de vidrio que no por ninguna de las tazas.

DON JUAN.— * Señor: contra gustos no hay disputa.

DON PEDRO.— Ansí es verdad: con esta pierna de cabrito beberá vuestra merced otra vez. Y trae unas aceitunas para la tercera.

DON JUAN.— Esa ya se llamará comida, y no almuerzo.

DON PEDRO.— ¿Por qué?

DON JUAN.— Porque dicen: «A buen comer o mal comer, tres veces se ha de beber».

DON PEDRO.— Ahí dice nuestra madre Celestina * que está corrupta la letra: que por decir «trece» dixo «tres».

DON JUAN.— Ahora, señor, bien está lo hecho; no más, que perderemos la gana de el comer.

DON PEDRO.— Dennos a beber otras sendas de la calabriada.

DON JUAN.— ¿Adónde iremos?

DON PEDRO.— Lo primero, a la iglesia y encomendarnos a Dios.

DON JUAN.— * Está muy bien; que por ir a la iglesia, ni dar cebada, no se pierde jornada.
 
 
DON PEDRO.— Cierra aquel cofre; pon en cobro esas baratijas; llama al ama, que barra y componga este aposento.

ALONSO.— ¿Tengo de ir acompañando a vuestra merced?

DON PEDRO.— No, sino quédate en casa, ayuda al ama y limpia todos mis vestidos y ponedla en orden; y, a las once, llévame el caballo a palacio.

ALONSO.— Está muy bien, señor. Yo lo haré ansí.

DON PEDRO.— * Este mi criado, señor don Juan, es como malilla; que hago de él lo que quiero.

DON JUAN.— Y aun anda vuestra merced en lo cierto para ser bien servido; que, cuando hombre tiene muchos criados, unos por otros nunca hacen cosa a derechas.

DON PEDRO.— Él me sirve de mayordomo, de repostero, de maestresala, de guardarropa, de paje y de lacayo; y, a veces, de despensero.

DON JUAN.— Él parece buen hijo.

DON PEDRO.— Bueno, señor, es tan bueno que, a ser más, no valiera nada. Sola una falta tiene.

DON JUAN.— ¿Cuál es?

DON PEDRO.— * Que es grandísimo enemigo de el agua.

DON JUAN.— Eso harálo por el bien que le sabe el vino; pero esa no se puede llamar falta, sino sobra.

DON PEDRO.— ¡Muchacho: cierra la puerta con la * llave!; que a puerta cerrada el diablo se vuelve.

ALONSO.— Ama: traiga un caldero de agua y una escoba. Regaremos y barreremos este aposento.

AMA.— Toma primero esta ropa blanca que traxo la lavandera.

ALONSO.— Aguarde: sacaré la memoria para ver si falta algo.

AMA.— ¿Adónde la tienes?

ALONSO.— Aquí está, en mi faltriquera.

AMA.— Léela, pues.

ALONSO.— «Memoria de la ropa de mi amo que llevó la lavandera en diez de marzo de 1599. Primeramente, cuatro camisas con sus cuellos
de lechuguilla».

AMA.— Aquí están.

ALONSO.— «Dos sábanas, dos almohadas de cama, dos pares de calzones de lienzo, tres de calcetas».

AMA.— Aquí están.

ALONSO.— «Una docena de pares de escarpines».

AMA.— No hay aquí más que ocho.

ALONSO.— Pues cuatro faltan. A la lavandera pedirle he que dé cuenta dellos; y si ella los perdió, que los pague.

AMA.— Anda: ¿qué valen cuatro escarpines viejos y rotos?

ALONSO.— «Íten más: dos escofietas y cuatro tocadores; media docena de pañizuelos de narices».

AMA.— Aquí está todo.

ALONSO.— «Dos mesas de manteles y diez servilletas».

AMA.— Aquí están.

ALONSO.— «Tres toallas y un frutero, y dos cuellos de encaje con sus puños».

AMA.— Todo está aquí, que nada falta.

ALONSO.— Pues doblémoslo y pongámoslo en el arca.

AMA.— Como me llamáis para que os ayude a esto, ¿no me llamárades para que os ayudara al almuerzo?

ALONSO.— Allí tengo guardados unos escamochos que sobraran a mi amo.

AMA.— Quiero primero barrer esta sala y aderezarla.

ALONSO.— Entre tanto, limpiaré yo la ropa. ¿Sabe de la escobilla?

AMA.— Vesla allí colgada de aquel clavo; que, si fuera perro, ya te hubiera mordido.

ALONSO.— ¡Oh, cuánto polvo tiene esta capa!

AMA.— Sacúdela primero con una vara.

ALONSO.— Ama: más que bien hechos están estos calzones.

AMA.— Tan bien entiendo yo de eso como puerca de freno.

ALONSO.— Pues, ¿qué entiende?

AMA.— A lo que a mí me importa: si tú
preguntaras por una basquiña, una saya entera, una ropa, un manto, o un cuerpo, una gorguera, de una toca y cosas semejantes, supiérate yo responder.

ALONSO.— De manera que no sabe leer más de por el libro de su aldea.

AMA.— ¿Quieres tú que sea yo como el invidioso, que su cuidado es en lo que no le va ni le viene?

ALONSO.— Siempre es virtud saber, aunque sean cosas que parece que no nos importan.

AMA.— Bien sé yo que tú sabrás hacer una bellaquería; y esta no es virtud.

ALONSO.— El saberla hacer no es malo; el usarla, sí.

AMA.— * Siempre oí decir que quien las sabe, las tañe.

ALONSO.— * No, sino que quien ha las hechas, ha las sospechas.

AMA.— Pues, bellaco: ¿qué he hecho yo?

ALONSO.— No más de hacerme regañar algunas veces.

AMA.— No me des tú ocasión.

ALONSO.— Estonces, muchas mercedes; cuando le doy ocasión es menester que me perdone, que, cuando no se la doy, poca amistad me hace.

AMA.— Ahora, hermano, déxate de retóricas y has lo que tu amo te mandó.

ALONSO.— Sí haré, aunque bien creo que no por eso me tengo de asentar con él a la mesa.

AMA.— A lo menos escusarás de que él no te asiente en el rabo.

ALONSO.— Yo voy a ensillar el caballo. Adiós, paredes; hasta la vuelta.
 


John Minsheu
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-Diálogos muy apacibles-, 1599


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GRANDEZA MEXICANA (Bernardo de Balbuena)

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De la famosa México el asiento
Oh tú, heroica beldad, saber profundo,
que por milagro puesta a los mortales
en todo fuiste la última del inundo;


criada en los desiertos arenales,
sobre que el mar del Sur resaca y quiebra
nácar lustroso y perlas orientales; 


do haciendo a tu valor notoria quiebra,
el tiempo fue tragando con su llama
tu rico estambre y su preciosa hebra;


de un tronco ilustre generosa rama,
sujeto digno de que el mundo sea
coluna eterna a tu renombre y fama: 


oye un rato, señora, a quien desea
aficionarte a la ciudad más rica,
que el mundo goza en cuanto el sol rodea.


Y si mi pluma a este furor se aplica,
y deja tu alabanza, es que se siente
corta a tal vuelo, a tal grandeza chica.


¿Qué Atlal ic e habrá, qué Alcides que sustente
peso de ciclo, y baste a tan gran carga,
si tú no das la fuerza suficiente?


Dejo tu gran nobleza, que se alarga
a nacer de principio tan incierto,
que no es la escura antigüedad más larga.


De Tobar y Guzmán hecho un injerto
al Sandoval, que hoy sirve de coluna
al gran peso del mundo y su concierto.


Dejo tu discreción, con quien ninguna
corrió parejas en el siglo nuestro,
siendo en grandezas mil, y en saber una;


que aunque en otros sujetos lo que muestro
aquí por sombras, fueran resplandores
de un nombre ilustre en el pincel más diestro,


en ti es lo menos que hay, y los menores
rayos de claridad con que hermoseas
la tierra, tu altivez y sus primores.


Y así se queden para sólo ideas,
no immitables de nadie, a ti ajustadas,
sólo a ti, porque sola en todo seas.


Ahora en las regiones estrelladas
las alas de tu altivo pensamiento
anden cual siempre suelen remontadas;


o en más humilde y blando sentimiento
de la fortuna culpen el agravio
de no ajustarse a tu merecimiento;


o del mordaz el venenoso labio,
que a nadie perdonó, también se atreva
a mostrar en tu envidia su resabio;


doquiera que te hallare esta voz nueva,
en cielo, en tierra, en gusto o en disgusto,
a oírla un rato tu valor te mueva.


Que si es en todo obedecerte justo,
esto es hacer con propriedad mi oficio,
y conformar el mío con tu gusto.


Mándasme que te escriba algún indicio
de que he llegado a esta ciudad famosa,
centro de perfección, del mundo el quicio;


su asiento, su grandeza populosa,
sus cosas raras, su riqueza y trato,
su gente ilustre, su labor pomposa.


Al fin, un perfectísimo retrato
pides de la grandeza mexicana,
ahora cueste caro, ahora barato.


Cuidado es grave y carga no liviana
la que impones a fuerzas tan pequeñas,
mas no al deseo de servirte y gana.


Y así, en virtud del gusto con que enseñas
el mío a hacer su ley de tu contento,
aquestas son de México las señas.


Bañada de un templado y fresco viento,
donde nadie creyó que hubiese mundo
goza florido y regalado asiento.


Casi debajo el trópico fecundo,
que reparte las flores de Amaltea
y de perlas empreña el mar profundo,


dentro en la zona por do el sol pasea,
y el tierno abril envuelto en rosas anda,
sembrando olores hechos de librea;


sobre una delicada costra blanda,
que en dos claras lagunas se sustenta,
cercada de olas por cualquiera banda,


labrada en grande proporción y cuenta
de torres, chapiteles, ventanajes,
su máchina soberbia se presenta.


Con bellísimos lejos y paisajes,
salidas, recreaciones y holguras,
huertas, granjas, molinos y boscajes,


alamedas, jardines, espesuras
de varias plantas y de frutas bellas
en flor, en cierne, en leche, ya maduras.


No tiene tanto número de estrellas
el cielo, como flores su guirnalda,
ni más virtudes hay en él que en ellas.


De sus altos vestidos de esmeralda,
que en rico agosto y abundantes mieses
el bien y el mal reparten de su falda,


nacen llanos de iguales intereses,
cuya labor y fértiles cosechas
en uno rinden para muchos meses.


Tiene esta gran ciudad sobre agua hechas
firmes calzadas, que a su mucha gente
por capaces que son vienen estrechas;


que ni el caballo griego hizo puente
tan llena de armas al troyano muro,
ni a tantos guió Ulises el prudente;


ni cuando con su cierzo el frío Arturo
los árboles desnuda, de agostadas
hojas así se cubre el suelo duro,


como en estos caminos y calzadas
en todo tiempo y todas ocasiones,
se ven gentes cruzar amontonadas. 


Recuas, carros, carretas, carretones,
de plata, oro, riquezas, bastimentos
cargados salen, y entran a montones.


De varia traza y varios movimientos
varias figuras, rostros y semblantes,
de hombres varios, de varios pensamientos;


arrieros, oficiales, contratantes,
cachopines, soldados, mercaderes,
galanes, caballeros, pleiteantes;


clérigos, frailes, hombres y mujeres,
de diversa color y profesiones,
de vario estado y varios pareceres;


diferentes en lenguas y naciones,
en propósitos, fines y deseos,
y aun a veces en leyes y opiniones;


y todos por atajos y rodeos
en esta gran ciudad desaparecen
de gigantes volviéndose pigmeos.


¡Oh inmenso mar, donde por más que crecen
las olas y avenidas de las cosas
si las echan de ver ni se parecen!


Cruzan sus anchas calles mil hermosas
acequias que cual sierpes cristalinas
dan vueltas y revueltas deleitosas,


llenas de estrechos barcos, ricas minas
de provisión, sustento y materiales
a sus fábricas y obras peregrinas.


Anchos caminos, puertos principales
por tierra y agua a cuanto el gusto pide
y pueden alcanzar deseos mortales.


Entra una flota y otra se despide,
de regalos cargada la que viene,
la que se va del precio que los mide:


su sordo ruido y tráfago entretiene,
el contratar y aquel bullirse todo,
que nadie un punto de sosiego tiene.


Por todas partes la cudicia a rodo,
que ya cuanto se trata y se practica
es interés de un modo o de otro modo.


Este es el sol que al mundo vivifica:
quien lo conserva, rige y acrecienta,
lo ampara, lo defiende y fortifica. 


Por éste el duro labrador sustenta
el áspero rigor del tiempo helado,
y en sus trabajos y sudor se alienta;


y el fiero imitador de Marte airado
al ronco son del alambor se mueve,
y en limpio acero resplandece armado.


Si el industrioso mercader se atreve
al inconstante mar, y así remedia
de grandes sumas la menor que debe;


si el farsante recita su comedia,
y de discreto y sabio se hace bobo,
para de una hora hacer refl . la media;


si el pastor soñoliento al fiero lobo
sigue y persigue, y pasa un año entero
en vela al pie de un áspero algarrobo;


si el humilde oficial sufre el severo
rostro del torpe que a mandarle llega,
y el suyo al gusto ajeno hace pechero;


si uno teje, otro cose, otro navega,
otro descubre el !nuncio, otro conquista,
otro pone demanda, otro la niega;


si el sutil escribano papelista
la airosa pluma con sabor voltea,
costoso y desgraciado coronista;


si el jurista fantástico pleitea,
si el arrogante médico os aplica
la mano al pulso y a Galeno hojea:


si reza el ciego, si el prior predica,
si el canónigo grave sigue el coro,
y el sacristán de liberal se pica;  


si en corvas cimbrias artesones de oro
por las soberbias arquitraves vuelan
con ricos lazos de inmortal tesoro;


si la escultura y el pincel consuelan
con sus primores los curiosos ojos,
y en contrahacer el mundo se desvelan;


y al fin, si por industria o por antojos
de la vida mortal, las ramas crecen
de espinas secas y ásperos abrojos;


si unos a otros se ayudan y obedecen,
y en esta trabazón y engarce humano
los hombres con su mundo permanecen,


el goloso interés les da la mano,
refuerza el gusto y acrecienta el brío,
y con el suyo lo hace todo Ilano.


Quitad a este gigante el señorío y
las leyes que ha impuesto a los mortales;
volveréis su concierto en desvarío.


Caerse han las colunas principales
sobre que el mundo y su grandeza estriba,
y en confusión serán todos iguales. 


Pues esta oculta fuerza, fuente viva
de la vida política, y aliento
que al más tibio y helado pecho aviva,


entre otros bienes suyos dio el asiento
a esta insigne ciudad en sierras de agua,
y en su edificio abrió el primer cimiento.


Y así cuanto el ingenio humano fragua,
alcanza el arte, y el deseo platica
en ella y su laguna se desagua
y la vuelve agradable, ilustre y rica.



Bernardo de Balbuena
Grandeza mexicana, 1604

(extraído de





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Grandeza Mexicana en:

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A LA ARCADIA, DE LOPE DE VEGA CARPIO (Góngora)


Por tu vida, Lopillo, que me borres
Las diez y nueve torres del escudo,
Porque, aunque todas son de viento, dudo
Que tengas viento para tantas torres.
 ¡Válgame los de Arcadia! ¿No te corres
Armar de un pavés noble a un pastor rudo?
¡Oh tronco de Micol, Nabal barbudo!
¡Oh brazos Leganeses y Vinorres!
No le dejéis en el blasón almena.
Vuelva a su oficio, y al rocín alado
En el teatro sáquenle los reznos.
 No fabrique más torres sobre arena,
Si no es que ya, segunda vez casado,
Nos quiere hacer torres los torreznos.

Luis de Góngora y Argote, 1958


EL ALCALDE DE ZALAMEA: DON LOPE ANTE EL ESPEJO DE PEDRO CRESPO (Stefano Arata)

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De acuerdo con la morfología del personaje, que había ido perfilándose comedia tras comedia, el don Lope de Figueroa de El alcalde de Zalamea sigue siendo un personaje liminal, que se mueve entre espacios diferentes: entre el mundo de la historia (la anexión de Portugal de 1580) y el de la intrahistoria (el drama campesino de Pedro Crespo), y entre el mundo del héroe (Crespo) y el del antagonista (el Capitán). Pero el personaje tiene aquí un papel mucho más destacado que en las obras anteriores. Don Lope interviene en cinco secuencias en las que, según dijimos, siempre aparece junto con Pedro Crespo: la primera es la secuencia de la habitación de Isabel, cuando Crespo y Juan se enfrentan al Capitán y al Sargento (I, vv. 777-894); la segunda es la de la cena en el jardín, al día siguiente (II, vv. 1077-1396); la tercera, la de la despedida en la que don Lope regala a Isabel la vieira de plata (II, vv. 1501-1575); la cuarta, la de la vuelta a Zalamea, tras la noticia del apresamiento del capitán (III, vv. 2501-2625); la quinta y final, la del pleito ante el rey Felipe II (III, vv. 2626-2767).

En la profunda remodelación del personaje que lleva a cabo Calderón, los rasgos demónicos y ctónicos del militar, tal y como los había trazado Lope de Vega, quedan muy matizados. Se enfatiza, en cambio, su esquizofrenia comportamental —que ya asomaba en El Tuzaní de la Alpujarra—entre cordura por un lado y pérdida del control de sí mismo por otro. También la cojera, que en El asalto de Mastrique formaba parte de una constelación de rasgos físicos y caracteriales de origen demónico, entra aquí en un nuevo juego de significados y relaciones.

No podemos analizar, siquiera de forma somera, la relación Crespo-don Lope, sin antes definir algunos aspectos del personaje del rico labrador de Zalamea. A diferencia de lo que ocurría en el primer Alcalde, donde Crespo estaba a toda hora respaldado por la comunidad de Zalamea y por sus criados, el protagonista de la obra de Calderón se define por su soledad.

La soledad de Crespo nace, en primer lugar, del abandono y desamparo en que lo dejan sus protectores naturales, esos militares que se hospedan en su casa, y que, en cuanto señores del vasallo que los acoge, tendrían que proteger, y no ultrajar, a la familia del labrador. Pero, incluso en su entorno familiar, Crespo es un personaje solitario. No hay en El alcalde de Zalamea figuras comparables a los subalternos fieles, tan presentes en los dramas campesinos de Lope y del mismo Vélez de Guevara. Descartando a la hija y a su prima, que por su condición femenina requieren protección y representan una constante amenaza a la integridad del honor masculino, queda la figura de Juan, novedosa con respecto del primer Alcalde. Aparentemente, Juan tiene el arrojo y el valor del padre; sin embargo, desde la secuencia del enfrentamiento con el Capitán en la habitación de Isabel, resulta evidente que Juan es incapaz de dominar sus pasiones en las situaciones conflictivas, y el padre tiene que velar repetidamente por su integridad. Así, Pedro Crespo experimenta la soledad del vasallo abandonado por sus señores naturales (lo que quiere decir, en términos dramáticos, la soledad del hijo abandonado por sus padres estamentales), y, a la vez, la soledad del padre que no puede contar con la ayuda eficaz de sus hijos, necesitados más que nunca de protección. Y, en su soledad heroica, Pedro Crespo es un personaje mucho más cercano al don Gutierre Solís de El médico de su honra que a cualquier héroe campesino de Lope de Vega.

Una vez reinscrito en la compleja sintaxis parafamiliar que rige el sistema de personajes de la comedia áurea, el enfrentamiento entre Crespo y Lope de Figueroa cobra todo su sentido. Si Pedro Crespo es padre y vela por sus hijos Isabel y Juan, Lope de Figueroa es padre del Capitán, en cuanto superior directo suyo. Al mismo tiempo es padre de Crespo, en calidad de señor noble frente a un vasallo; no hay que olvidar, a este respecto, que «el aposento de tropas» es una transposición, en términos de Estado Moderno, de una relación de tipo feudal: el labrador hospeda y abastece al señor, y el señor combate y protege al vasallo. Tenemos así, por un lado, una relación especular entre dos padres que velan por sus hijos, y en la que cada uno reconoce en el otro una imagen de sí mismo; por otro, una relación jerárquica entre un señor y un vasallo. Este complejo enfrentamiento, al mismo tiempo especular y jerárquico, sigue un movimiento que va desde el recelo mutuo (secuencia de la habitación de Isabel) hacia un entendimiento común (secuencia de la cena y de la despedida) para volver a un contraste violento (secuencia de la vuelta a Zalamea), antes del desenlace final (pleito ante el Rey).

En la secuencia del primer encuentro (el enfrentamiento en la habitación de Isabel), Calderón sitúa claramente a los personajes padres en sus relaciones con los personajes hijos. Por un lado, Crespo y Juan, por otro, el Capitán y el Sargento; en el centro, como juez y árbitro de la situación, don Lope de Figueroa. Pese a su fama de justiciero inflexible y expeditivo, don Lope de Figueroa se comporta en esta ocasión como otros padres débiles del teatro calderoniano, cuya inclinación hacia unos hijos en detrimento de otros los aboca al fracaso final. De hecho, si bien don Lope reconoce la gravedad de lo ocurrido, se limita a alejar al Capitán de la casa, sin imponerle castigo alguno.

Empieza entonces el combate verbal entre Crespo y don Lope, un combate apretado, hecho de réplicas paralelísticas, que acaba con el célebre final del primer acto:


DON LOPE (Testarudo es el villano;
también jura como yo.)

PEDRO CRESPO (Caprichudo es el don Lope;
no haremos migas los dos.)

Esto es, especularidad de réplicas en las que cada personaje vislumbra en el otro rasgos desí mismo y, simultáneamente, una irreductible divergencia.

Al día siguiente, la segunda secuencia (la de la cena en el jardín de Crespo) se abre con un revelador diálogo entre nuestros dos personajes. Al Maese de Campo le sorprende la inesperada amabilidad del labrador, que el día anterior había sido todo«reniegos, por vidas, votos y pesias». Cuando don Lope se atreve a preguntar a su anfitrión la razón de tan repentino cambio, escucha la famosa tirada en la que Crespo declara su «política discreta»:


PEDRO CRESPO
Yo, señor, siempre respondo
en el tono y en la letra
que me hablan. Ayer, vos
así hablabais, y era fuerza
que fuera de un mismo tono
la pregunta y la respuesta.
Demás de que yo he tomado
por política discreta
jurar con aquel que jura,
rezar con aquel que reza.
A todo hago compañía,
y es aquesto de manera
que en toda la noche pude
dormir, en la pierna vuestra
pensando, y amanecí
con dolor en ambas piernas;
que por no errar la que os duele
—si es la izquierda o la derecha—,
me dolieron a mí entrambas.
Decidme, por vida vuestra,
cuál es, y sépalo yo,
porque una sola me duela.
(vv. 1129-50)

Es difícil encontrar una réplica que defina mejor el nuevo significado que Calderón confiere a la dolencia de don Lope que la que acabamos de citar, donde además se establece la singular relación entre la «política discreta» de Crespo y el juego de las cojeras mutuas.

Contrariamente a lo que se ha venido diciendo, la política discreta de Crespo no es ningún alarde de cinismo, sino todo lo contrario. Aquí tenemos, por un lado, a Lope de Figueroa, cuya cordura está permanentemente puesta en entredicho por la incontrolada violencia de sus instintos, violencia que acaba enajenándolo de sí mismo de la misma manera que la gota le arranca alaridos de dolor. Por el otro lado está Crespo, quien presenta la máxima virtud del héroe calderoniano, según mostró Vitse: la capacidad de erradicar los instintos que enajenan al hombre, sometiéndolos al control heroico de la voluntad. Hay que insistir en que Crespo no es un personaje sin pasiones, como pretenden sus detractores, sino todo lo contrario. Su forma de actuar rebosa apasionamiento, pero por encima de la pasión se sobrepone siempre esa voluntad heroica capaz de encauzar y dominar los instintos.

Aquí radica el significado de esa especularidad asimétrica que marca la «política discreta» de Crespo frente a don Lope. Los juramentos, imprecaciones y votos del Maese de Campo son los signos externos de su sumisión al poder enajenador de las pasiones. La repetición de estos mismos clichés comportamentales por parte de Pedro Crespo es una réplica irónica y a la vez maliciosa, con la que el rico labrador demuestra ese control sobre sí mismo que le permitirá salir airoso de los peligros que acechan la integridad de su mundo. No hay que olvidar, sin embargo, que en la base de la actitud camaleónica de Crespo está el amor del vasallo que intenta apuntalar una armonía que sus superiores estamentales están siempre a punto de quebrar.

El curioso discurso sobre la pierna es el lógico corolario de esta dinámica de situaciones. La cojera del general se presenta, entre otras cosas, como el signo exterior de esa asimetría comportamental que lo caracteriza —cuerdo e irascible al mismo tiempo—, y que hace de él, en todos los sentidos, un ser mutilado, un seudohéroe. Frente a este verdadero cavaliere dimezzato está su vasallo. Es tan fuerte la voluntad de equilibrio de Crespo, su visión del cuerpo social como un todo armónico, que llega a esa hiperbólica automutilación de su pierna en busca de un equilibrio que siente como peligrosamente comprometido. Al defecto del señor se contrapone el irónico exceso compensatorio del vasallo.

Ya he sobrepasado con creces el número de páginas que los organizadores del Congreso han concedido a cada ponente. Añado sólo que las restantes secuencias introducen nuevos elementos en la relación entre Crespo y Lope de Figueroa, pero no alteran el conflicto de fondo, cuya pauta está marcada en estas dos primeras secuencias.

En conclusión, podemos decir que la cojera física de don Lope es el signo de una mutilación interior, como lo son las patologías que padecen tantos seudohéroes calderonianos: la melancolía de Fénix en El príncipe constante, la «hemofobia» del Rey don Pedro en El médico de su honra o la compulsividad erótica de don Álvaro en El pintor de su deshonra. A diferencia de lo que ocurría en El asalto de Mastrique, donde la minusvalía era una de las diferentes marcas que perfilaban un ser liminal y diabólico, en nuestra comedia la asimetría física del General cobra sentido sólo en relación al perfecto equilibrio de su alter ego Pedro Crespo. En esa interiorización de un drama de cerco que es El alcalde de Zalamea, será el íntegro alcalde de aldea quien le ganará la batalla al gran héroe mutilado de la guerra de Flandes.



Stefano Arata
De Pedro Crespo y la pata coja de Lope de FigueroaEn la Introducción a la edición de El Alcalde de Zalamea

 

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Descargar estudio completo y
El Alcalde de Zalamea

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