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LECTURAS HISPÁNICAS EDITA "NOLI ME TANGERE" DE JOSÉ RIZAL






Noli me tangere. "No me toques", dijo Cristo a María Magdalena cuando, resucitado, esta le reconoció. Así al menos nos lo trasmite San Juan evangelista. Y la frase y la escena son tan sugestivas que Corregio ya las utilizó en el Renacimiento para una de sus pinturas, sin duda de las más interesantes que podemos contemplar en el Museo del Prado.
A finales del siglo XIX José Rizal, un joven mestizo filipino de 26 años, intelectual formado en Europa, un auténtico rebelde o "filibustero", que como suele suceder ama y odia a la metrópoli escribe esta novela-denuncia, levantando el "velo que oculta el mal, sacrificándolo todo a la verdad, hasta el mismo amor propio, pues, como hijo tuyo, adolezco también de tus defectos y flaquezas".
Pero Noli me tangere es mucho más. Es una obra maestra de la literatura en la lengua española del lejano sudeste asiático. Una obra en la que se abandera el nacionalismo filipino en el idioma de la metrópoli. Pero en este caso, al contrario de lo que ocurre en hispanoamérica, los compatriotas de posteriores generaciones sólo la podrían leer traducida al inglés, porque el español, el poco español que en tiempos se habló en Filipinas, se perdió con la cultura anglosajona del otro monstruo imperial, el gran monstruo norteamericano.
Es mucho el uso y el abuso de la figura de Rizal para diversas causas. Y da juego para las más variadas, porque como todo hombre de verdad, como todo hombre de una sola pieza, no entiende el mundo ni la vida como algo sólido perfectamente encajado en una implacable doctrina. De hecho nadie diría que pertenecen al autor de nuestra novela estas otras palabras: "los límites de la España no son ni el Atlántico, ni el Cantábrico, ni el Mediterráneo —mengua sería que el agua opusiese un dique a su grandeza, a su pensamiento. España está allí, allí donde deja sentir su influencia bienhechora, y aunque desapareciese su bandera, quedaría su recuerdo, eterno, imperecedero."
Amaba lo propio, como se debe amar. Pero sabía perfectamente que tan suya era la lengua autóctona (el tagalo) como la de la cultura en que se había criado y educado: el español. Por eso escribió esta magna obra a la que calificó como "novela tagala". Pero es que además si su denuncia ha de ser oída, y ha de llegar a sus destinatarios, no hay mejor forma que hacerla en su propio idioma.
Y como toda obra de arte, Noli me tángere es también una novela poliédrica con numerosas y variadas perspectivas. No sólo una denuncia, también una reflexión, un grito, una vuelta a las raíces, una mirada humana a lo humano, un romance y, sobre todo, un canto a lo hermoso, encarnado en la belleza de María Clara y en el amor entre ella y Crisóstomo Ibarra, trasunto en parte del propio Rizal. Ese amor contrariado y rebelde siempre rodeado de enemigos.
Lecturas hispánicas en su objetivo divulgador, más que científico, se honra en editar esta obra en su versión más sencilla, la publicada por la editorial Sempere de Valencia en 1902.





¿DÓNDE RESIDE LA LEGITIMIDAD DE LAS NACIONES EN CUANTO TALES? (Pi y Margall)




Contra la fuerza hay siempre la fuerza, y sobre la fuerza está siempre la soberanía de todo ser humano.
No es ese uno de los menos poderosos motivos que me inducen a buscar en el pacto la base de las naciones. Yo defiendo el pacto, primeramente porque lo lleva consigo la idea federal, que es mi idea política; luego, porque no acierto a descubrir otro medio legítimo de relación entre entidades libres y autónomas; finalmente, porque quiero dar a todas las nacionalidades, en especial a la española, más seguro y firme asiento. Todo pacto, como enseña el derecho, obliga a cuantas personas jurídicas lo celebran o lo suscriben; es indiscutible que no cabe ni rescindido ni modificarlo por la sola voluntad de una de las partes. Da el pacto federal a las naciones una estabilidad que inútilmente se pediría a la fuerza. 
Es verdaderamente peregrino admitir el pacto como base de las nuevas y no de las viejas naciones. Si, como acabo de probar, es la única base legítima, las naciones que en él no descansan adolecen, a no dudarlo, de un vicio de origen, y se debe corregirlo. Si no es la única, ¿cuál es la otra? La cuestión viene a quedar siempre encerrada en el mismo dilema: ó la fuerza, ó el pacto.



Francisco Pi y Margall








ES VERDAD, EL AMOR MATA: EL TESTIMONIO DE LARRA A PROPÓSITO DE "LOS AMANTES DE TERUEL" DE HARTZENBUSCH




Contiene el presente volumen las dos principales versiones de "Los amantes de Teruel" de J.E. Hartzenbusch, sin duda la mejor obra y de mayor éxito sobre esta conocida leyenda. Tras el estreno de la primera versión en el Teatro del Príncipe de Madrid el 19 de enero de 1837, Mariano José de Larra escribió un delicioso artículo en "El Español" donde se haría eco de las bondades literarias y los logros poéticos de este interesante drama, escrito "con pasión, fuego y verdad" y que sacó del anonimato a su entonces joven autor. Artículo éste que abre magníficamente nuestra edición. Mucho se ha escrito después sobre la obra pero nadie como el articulista romántico lo ha hecho con mayor acierto e influencia. Tanto es así que el propio Hartzenbusch, atendidas las indicaciones de Larra, refundió con acierto el drama reduciéndolo de cinco a cuatro actos eliminando, además, determinados excesos románticos y consiguiendo así la última versión que el tiempo ha consagrado como la mejor. También han sido abundantes las discusiones sobre las fuentes reales y literarias de la historia de Diego de Marcilla e Isabel de Segura, de las que se habría servido Hatzenbusch. Pero al margen del legítimo e indispensable interés de la crítica autorizada, lo que de verdad cuenta es la realidad de la leyenda en sí y el hecho de que la verdadera Leyenda con mayúsculas acaba por imponerse a la propia realidad. La historia de nuestros amantes es real. El propio Larra lo sostiene y arremete a quienes tachan su final de inverosímil porque -según ellos- el amor no mata a nadie. Claro que el amor mata, protesta él: las penas y las pasiones han llenado más cementerios que los médicos y los necios, concluye. Y nadie mejor que Larra para aseverar tamaña afirmación, pues sólo unos días después de escribir esas líneas, el 13 de febrero de 1837, se quitó la vida por un desengaño amoroso. Es verdad, pues: el amor mata. 





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LECTURAS HISPÁNICAS EDITA "AURA O LAS VIOLETAS", UNA NOVELA DE AMOR DE VARGAS VILA

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Aunque José María Vargas Vila mantenga que Aura o las violetas no es una novela, uno no acaba de creerse ni que él mismo se lo crea. Primero, porque tiene reconocido que el género novelesco emana de las selvas del romanticismo a outrance para avanzar hacia la victoria definitiva del Yo, alejándose así de patrones objetivos.  Y, segundo, porque tal reconocimiento le empujará definitivamente a una reivindicación de la libre estética: si escribiera como tantos, sería uno de tantos, no sería yo, tiene dicho.  Pero es que Aura o las violetas no solo es una novela, sino que es —además— una gran novela (lo cual, obviamente, nada tiene que ver con la extensión).  Y no lo decimos por la manida afirmación, más bien constatación, de que en la novela todo vale y todo cabe, sino porque esta concreta narración (o esta relación, como él la llama) contiene todos y cada uno de los ingredientes de la clásica novela del XIX, que es tanto como decir de la Novela con mayúsculas de la época en que el género marcó leyes tan firmes que todavía, dos siglos después, siguen en vigor para el gran público (los happy few Stendhal).  Normas que siguen ahí a pesar de las vanguardias de principios del XX y de esa irrupción del Yo —y sobre todo del Yo inconsciente— que, es verdad, ha revolucionado el arte en general y el género narrativo en especial, enriqueciéndolo y alejándolo de aquellos cánones decimonónicos, al menos para una minoría selecta.
Aura o las violetas (1887), si bien incorpora ya ciertas licencias en cuanto a puntuación (en todo caso evidentes), es la típica narración romántica.  Y a todo aquel que guste del clásico relato con trama —una trama por lo demás sencilla, y en esto sí estamos de acuerdo con su autor—, fiel a ese patrón clásico que exige un planteamiento, un nudo y su oportuno desenlace, tiene aquí una de las grandes novelas de amor en la que se cuenta lo que el hombre viene contando desde que es hombre (y lo es desde que adquiere la capacidad de contar).  En definitiva, una narración para el lector que persigue emocionarse y disfrutar con una hermosa historia de amor imposible, perfectamente pergeñada para ello: Aura y el narrador se conocen desde niños y el roce da paso al amor (planteamiento); pero circunstancias terrenas y, por tanto, de índole material, los separan impidiendo así que ese amor pueda consumarse (nudo) y al final...  Bueno, el final siempre hay que dejar que sea el propio lector quien lo descubra.
Aura o las violetas es, además, la primera novela de José María Vargas Vila y quien la lea no dará crédito a las cosas que se dicen de su autor, porque parece escrita —y en el fondo seguro que lo está— por un alma tierna y sencilla.  Sin embargo, Vargas Vila (Colombia, 1860 - España, 1933) con una niñez y juventud nada sencillas, no sólo fue —ideológica y políticamente— radical y revolucionario, sino, también, desde el punto de vista personal, un hombre incómodo que criticó a todo y a todos.  Y quizá no esté claro si fue por tal motivo por lo que anduviera proscrito en los ambientes literarios más eminentes o, por el contrario, sus invectivas fueran la causa de tal proscripción.  En todo caso, estamos ante una personalidad plenamente libre: el Panegírico, es la fortaleza de los esclavos, la Libertad alza el Libelo que es la tribuna de los libres.
Jorge Luis Borges destacó el talento de Vargas Vila al incluirlo en su Historia universal de la infamia,  donde recogió este insulto de nuestro autor al poeta Santos Chocano: Los dioses no permitieron que Santos Chocano deshonrara el patíbulo muriendo en él. Ahí está vivo después de haber fatigado la infamia. Consuelo Triviño recoge algunas de sus descalificaciones más sonadas.  Bástennos dos: a Ortega lo tildó de Einstein con boina; y de Eugenio d'Ors dijo conmoverle el esfuerzo que hacía para pensar sin lograrlo.  Manuel Machado afirmó que de él podría decirse como de Montalvo: su pluma, cuando insulta, inmortaliza.

Pero nada que ver estas hieles con nuestra novela... O tal vez sí, tal vez provengan de esa infancia y juventud difíciles (frente bélico incluido) y aparezcan siquiera sea soterradamente, in nuce, en Aura o las violetas: una novela quizá aparentemente, sólo aparentemente, tierna. 



Lecturas hispánicas


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AURA O LAS VIOLETAS (J.M. Vargas Vila)




Dos meses habían transcurrido;

el dolor no había muerto, se había dormido en el corazón; la paz empezaba a renacer en la casa y yo ocultaba a mi madre la tristeza que me devoraba, fingiendo que el olvido penetraba poco a poco en mí alma;

no había vuelto a ver a Aura ni oído hablar de ella, después de su matrimonio; se esquivaba estudiadamente hablar delante de mí, de todo aquello que pudiera remover en mi memoria las funestas escenas que habían pasado;

dominado por el hastío y en busca de distracción, fui a la ciudad donde se hallaba una compañía dramática dando una temporada de funciones;

una noche que concurrí al teatro, me entretenía momentos antes de principiar la representación, en repasar con mis gemelos las filas de palcos ya repletos de señoras, cuando mis ojos se detuvieron en uno, cuya puerta acababa de abrirse; dos personas entraron en él: ¡eran Aura y su esposo!

ella entregó al anciano la capa de pieles con que venía cubierta y pasó a ocupar la delantera del palco, apoyando sobre la barandilla su brazo desnudo, con una majestad de reina; 

venía sencilla, pero elegantemente vestida; traía un traje de terciopelo negro, que dejaba en descubierto su pecho y sus brazos de alabastro, y de la línea negra de su traje se destacaba su busto delineado y perfecto, como si hubiese sido esculpido en mármol de Paros por el cincel de Fidias, sosteniendo su cabeza divina, que hubieran envidiado por lo ideal, las vírgenes de Rafael y de Murillo; 

sus hermosos ojos brillaban como dos carbunclos bajo su frente serena, a la que daban sombra sus cabellos caídos sobre ella primorosamente peinados a la capital; por único adorno llevaba un ramo de violetas sostenido por un broche de brillantes en la cabeza y otro en el pecho; 

la palidez de su rostro comunicaba más fuego a su mirada y más encanto a su fisonomía; su elegancia, su hermosura, su reciente matrimonio, llamaron sobre sí atención general, y los anteojos del patio y los de los palcos me clavaron en ella; 

era la primera vez que aparecía en público después de su enlace, pues todo ese tiempo había permanecido en una de las haciendas de su esposo;

imposible pintar la sensación que experimente; celos, amor, despecho, rabia, todo se agolpó a mi corazón; guardé el binóculo en su caja, y me senté aturdido en la butaca y así permanecí largo rato; al fin, no pude resistir al deseo de mirarla y alcé los ojos a su palco; 

ella recorría en aquel momento con la vista la platea, de repente sus ojos se encontraron con los míos; sobrecogida, fascinada, se quedó inmóvil; ambos comprendíamos que estábamos sosteniendo a nuestro pesar aquella mirada de fuego, pero la naturaleza era superior a nosotros y nos retenía allí suspensos y absortos como dos seres que han llegado al mismo tiempo a la orilla de un abismo;


J.M. Vargas Vila
Aura o las violetas, 1887



LAS ROSAS DE LA TARDE (J.M. Vargas Vila)



Él se inclinó hasta el lirio de su rostro, para besar sus labios aromados.

Y ella le devolvió el beso amigo.

Su beso no tenía la sonoridad cantante de la orgía, era un beso grave y melancólico, como el brillo de una luna de invierno; era un beso pudoroso y crepuscular, cargado de recuerdos y dolores.

Él quiso traerla violentamente sobre su corazón, y ella lo rechazó poniéndose de pie.

Una rosa blanca, que se abría sobre ellos, reacia a caer, enamorada acaso de un lucero, se deshojó al estremecimiento de sus cuerpos, y los cubrió con sus pétalos enfermos, como con un manto de perfume.

Y, allá, lejos, sobre la última cima de la Sabina, un rayo de luz rebelde a desaparecer, fulguraba aún, con la persistencia de un Amor tardío, en la calma serena de la noche.

el sueño de la Vida brillante en su fulgor.

En la eflorescencia blanca del crepúsculo, la palidez hialina de la aurora, daba tintes de ámbar al cielo somnoliento.

La noche recogía su ala tenebrosa de misterio, y la mañana surgía en una irradiación de blancuras del natalicio fúlgido del Sol.

Hugo Vial, apoyado de codos en la veranda del balcón de su aposento, que daba sobre el jardín, meditaba, cansado por aquella noche de insomnio, perseguido por la visión radiosa del Deseo.

El alma y el cuerpo fatigados, se sentía presa de una laxitud melancólica, y se entregaba a pensamientos austeros, como siempre que replegaba las alas de su espíritu en la región obscura del pasado.

La magnificencia de sus sueños lo aislaba siempre de las tristezas de la vida.

Se refugiaba en su pensamiento, como en un astro lejano... Y, el mundo rodaba bajo sus pies, sin perturbarlo...

Las armonías divinas de su cerebro serenaban las borrascas terribles de su corazón. Las músicas estelares pasaban por sobre las ondas rumorosas y las calmaban.

Sentía que la Soberbia y la Esperanza, sus dos grandes diosas, venían a reclinarse sobre su corazón, tan lacerado, y le parecía que el dulzor de los labios divinos venía a posarse sobre sus labios mustios.

La acuidad de sus sensaciones diluía hasta lo infinito, este placer intelectual del ensueño luminoso.

La voluptuosidad misma de su temperamento, tan poderoso, no llegaba a irrespetar la pureza mística y bravía de sus ideales.

La animalidad, que sacudía sus nervios y circulaba por sus venas, como el agua en los canales sin olas de una ciudad lacustre, no llegaba a manchar el alba, la inmaculada pureza de sus ideas, refugiadas en la torre de marfil de su cerebro, altanero y aislado, como una fortaleza medioeval.

Cuando la mediocridad ambiente de la vida lo acosaba, como una jauría de perros campesinos a un gato montés, se escapaba a la selva impenetrable de su aislamiento y era feliz.

Iba a la soledad como un león a la montaña: era su dominio.

En el silencio, poblado de visiones, su pensamiento vibraba y fulgía, como las alas de un águila hecha de rayos de Sol.

Su ideal, como el templo de Troya, siete veces ardido y siete veces reconstruido, volvía a alzarse, en el esplendor de su belleza insuperable.


J.M. Vargas Vila
Las rosas de la tarde, 1901


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VARGAS VILA: EL HEREJE (Manuel Felipe Sierra)



Largo nombre y largo apellido: José María de la Concepción Apolinar Vargas Vila Bonilla. Nacido en Bogota el 23 de julio de 1860, nadie pensó que la criatura habría de ser profeta de la blasfemia, protagonista del escándalo y el escritor más leído durante años, y luego castigado por el olvido y la mala fama. A los 16 años se alista en las filas armadas liberales e inicia tiempo después un peregrinaje por pueblos y ciudades como maestro de escuela. Perfila un estilo literario ampuloso, hiperbólico y saturado de adjetivos rabiosos en periódicos, hojas sueltas y cuanto papel se acerca a su pluma implacable. El lenguaje “vargasvilesco” dará cuenta de tiranos y enfrentará los convencionalismos y las buenas costumbres.

Como profesor del “Liceo de La Infancia” de Bogotá protagoniza un notorio incidente. El colegio era dirigido por el sacerdote Tomás Tovar y en él se educaba lo más selecto de la sociedad bogotana. Molesto con Tovar lo acusó públicamente de “homosexual” provocando un escándalo mayúsculo que lo obligó a abandonar la institución y también la ciudad. Emigra a Tunja y se hace secretario del general Daniel Hernández quien encabeza un alzamiento contra el presidente Rafael Núñez. Los bandos se baten en la batalla de “La Humareda” y los liberales sufren una aplastante derrota. Desde los llanos orientales Vargas Vila reaparece con una encendida diatriba contra Núñez titulada “Pinceladas sobre la última Revolución de Colombia: Siluetas Bélicas”. Jorge Valencia Jaramillo escribe: “No ahorró adjetivo ni vituperio contra los jefes políticos de “La Regeneración” mostrando, de manera caricaturesca su vil sometimiento a las negras sotanas; poniendo en ridículo las supuestas virtudes de estos llamados “prohombres”; presentándolos como seres humanos despreciables únicamente interesados en el poder”.

Inicia su destierro en territorio venezolano en Rubio, donde funda el periódico “La Federación” y reconstruye sus experiencias de guerra. Llega a Caracas en 1887 y promueve las revistas “Eco Andino” y “Refractarios”. A los meses dirige en Coro el periódico “El Comercio”, regresa a Caracas y es fundador del diario “El Espectador” que apoya la candidatura del general Carlos Rangel Garbiras a la Presidencia de la República en la votación en el Congreso Nacional que favoreció a Raimundo Andueza Palacio. Se convierte en tenaz opositor de Andueza y del gobierno colombiano de Núñez. El Ejecutivo bogotano protesta y Andueza ordena su expulsión.

Llega a Nueva York y al año siguiente está de regreso en Caracas tras el triunfo de la “Revolución Legalista” de Joaquín Crespo de quien se hace secretario privado por un tiempo. Vuelve a la ciudad norteamericana y entabla amistad con José Martí y fundan la revista “Hispano América” que marca el comienzo de su creación literaria. Al tiempo, el presidente ecuatoriano Eloy Alfaro lo nombra ministro plenipotenciario en Roma y es famosa su negativa de arrodillarse ante el Papa León XIII al afirmar: “No doblo la rodilla ante ningún mortal”. No fue casual que al año siguiente con la publicación de su novela “Ibis”, resultara excomulgado por el Vaticano. En 1902 de nuevo en Nueva York está al frente de la revista “Némesis” y entabla recurrentes polémicas con el venezolano César Zumeta al tiempo que emprende una feroz campaña contra los dictadores latinoamericanos y la política exterior de Estados Unidos por la usurpación del Canal de Panamá y la Enmienda Platt en Cuba. Publica la requisitoria “Ante los Bárbaros” y es obligado a abandonar la nación.

El mandatario nicaragüense José Santos Zelaya lo designa junto a Rubén Darío integrante de la Comisión de Límites con Honduras ante el Rey de España que fungía de mediador en la controversia. La misión dura poco tiempo y Vargas Vila comienza un recorrido por varios países europeos hasta que se radica en Barcelona, para organizar la publicación de su abundante y escandalosa literatura. Celebra un contrato con la Editorial Sopena y retorna a América Latina; ahora como escritor famoso. “Aura o Las Violetas”; “Flor de fango”; “Pasionarias”; “Emma”; “Ibis”; “Laureles Rojos” y “Las Rosas de la Tarde”; contravienen la reglas morales y son devoradas en la lectura clandestina. Su prosa pecaminosa se combina con obras de aliento histórico como “El Imperio Romano”; “Los césares de la decadencia”; “La conquista de Vizancio”; y muchas otras que lo convierten en el primer “bestsellista” latinoamericano sólo comparable décadas después con su paisano Gabriel García Márquez.

Precisamente, García Márquez se ocupará de pesquisar los diarios o memorias de Vargas Vila extraviadas a raíz de su muerte en 1933 y curiosamente aparecidos en La Habana. Un primer tomo de estos textos se publicó en los años 80 y el resto fue suspendido por acciones judiciales de supuestos herederos. Reconocido por su odio declarado a los tiranos Vargas Vila hubo de soportar, sin embargo, la afrenta moral que debió significar para él la denuncia de que entre los años 1925 y 1930 fue pensionado de la dictadura de Juan Vicente Gómez.

Antes de morir había advertido: “Sólo pido al viento misericordioso que no sople hacia occidente, y no lleve un átomo de ellas hacia las playas de mi patria. Yo no quiero ese último destierro. Lloraría de dolor aquel átomo de mis cenizas”. En 1980, el poeta Jorge Valencia Jaramillo dio con su tumba en el cementerio de “Las Corts” de Barcelona. Mediante gestiones oficiales sus restos fueron trasladados al Cementerio Central de Bogotá. Hasta allí hace unos días, cientos de bogotanos se trasladaron para rendirle tributo a propósito de los 150 años de su nacimiento. Sobre la loza que guarda sus huesos se lee solamente: Vargas Vila.


Manuel Felipe Sierra
VL El hereje
21 agosto, 2010

CIEN AÑOS DE IBIS, NOVELA ERÓTICA Y MISÓGINA DE J. M. VARGAS VILA (Osorio Betty)



Ibis, publicada en Roma en 1900, es una novela erótica considerada por Vargas Vila como su primera obra de arte. En ella, el escritor muestra cómo la obra de arte se nutre del erotismo. Además, el juego entre amor y muerte es otro de los referentes de esta novela que la relaciona con escritores europeos del siglo XIX como Péladan, Barrés y D'Annunzio. Adela es el personaje femenino alrededor del cual se construye la novela. En ella se reúnen rasgos como una belleza suma, una sexualidad desenfrenada y una negación de los aspectos éticos del sujeto. Por estas características, la obra atrajo especialmente a lectores hombres y jóvenes que encontraron en textos como éste respuestas a las inquietudes eróticas y estéticas que casi ningún otro espacio cultural asumía en la sociedad colombiana de comienzos del siglo XX . Por esta misma razón, la obra de Vargas Vila fue rechazada por los sectores más conservadores del país.

Contrapuesta a Adela se encuentra la figura del Maestro, un intelectual en contacto profundo con la cultura europea. Sobre él descasa la viabilidad para construir un sujeto confiable. Teodoro, el amante de Adela, es su discípulo. La dinámica de la novela está construida sobre este sistema de fuerzas opuestas que es visible a partir de la correspondencia entre Teodoro y el Maestro. Ello permite también que el lector conozca la mente lógica del Maestro, quien se constituye en un guía espiritual capaz del control de la pasión. En sus consejos y en su representación del sujeto femenino es fácil reconocer las ideas de filósofos como Nietzsche y Schopenhauer, quienes declararon abiertamente su misoginia en obras como Así hablaba Zaratustra y El amor, las mujeres y la muerte, respectivamente. La famosa expresión del primero que recomienda látigo para tratar a las mujeres, parece ser un referente obligado de esta obra. También en ella es posible rastrear la vida misma del autor, quien constantemente criticó a las mujeres como agentes de la perversión, tal como lo demuestra en El diario secreto.

Igualmente importante para entender este imaginario sobre la mujer es la cultura católica, cuyo tratamiento del tema proviene del mundo hebreo y de la tradición bíblica, con personajes tan importantes como Lilith, Eva, María Magdalena y Salomé. Estas dos influencias se encuentran y dialogan en el texto creando una intrincada red de símbolos con resonancias religiosas y filosóficas. Ibis es frontalmente misógina. La mujer es presentada como la enemiga más terrible del hombre, ya que ella es la culpable de su destrucción física y moral, lo cual puede tomarse como una reescritura de la expulsión del Paraíso. El personaje de Lilith, perteneciente a la mitología judía, también se sitúa en esta misma tradición; ella, como Adela, representa el instinto animal, el erotismo en su forma más primitiva y zoológica. Además, estos dos personajes, junto con Eva, representan la presencia del demonio siempre en acecho para perder al ser humano.

Vargas Vila construye su personaje de Adela teniendo como referencia el contexto anterior. En su comienzo, ella es una hacendosa novicia que ha sido educada en un convento de monjas. De esta manera su cuerpo adquiere unas características sagradas que la novela transgrede. Por la razón anterior, el matrimonio no se presenta como el espacio legítimo para el erotismo. Adela, al ser raptada y luego desposada por Teodoro, despierta a una sexualidad sin límites. Además, también pierde a su primer hijo, lo cual la hace renunciar al modelo maternal. Lo biológico en ella pasa a primer plano. Tanto Teodoro como sus múltiples amantes viven con Adela la experiencia del contacto con lo animal de una manera primigenia. Una especie de éxtasis biológico.

El título de la novela permite proyectar sobre la interpretación anterior un nuevo significado que la vuelve más compleja e interesante. Ibis es un pájaro de la mitología egipcia relacionado con los procesos de escritura. Vargas Vila asocia así su propio proceso de creación con el cuerpo espléndido de Adela. Ella es la fuerza artística indomada cuyo contacto es indispensable para el acto de creación. El vocabulario religioso para referirse a la experiencia de entrar en contacto con su cuerpo recuerda el Cantar de los cantares con su lenguaje altamente erótico para referirse al cuerpo de la esposa. El sexo y el arte se identifican como abismos donde sucumbe la voluntad y la razón del ser humano. Entrar en contacto con ambos fenómenos puede conducir a la muerte o al acto de creación que no estaría muy lejano de uno de reproducción.
El Maestro, al conocer que Teodoro no puede controlar la actividad sexual de Adela, quien emprende relaciones incestuosas con su cuñado, aconseja el asesinato de ella o el suicidio de él. Esto último sería la única manera de recobrar la dignidad masculina y de evitar el triunfo del instinto sobre la razón. Tal solución presenta la relación entre hombre y mujer en el marco de un enfrentamiento total, donde cada uno de los opuestos representa una categoría irreconciliable y en lucha mortal entre sí. Además, Adela, al adueñarse de su deseo y escoger con absoluta libertad a quién le entrega su cuerpo, está ejerciendo una libertad que tradicionalmente la sociedad ha otorgado al individuo masculino. Este control sobre su sexualidad la convierte simbólicamente en un ser andrógino que por su impureza representa la degeneración del sujeto humano, tanto hombre como mujer.

En Francia y en Inglaterra, la literatura y las artes plásticas se inspiraron en el tema de la prostitución. Personajes como Nana y Olimpia fueron el tema de novelas y de pinturas famosas. El arte reflejaba así una situación social, ya que los grandes centros urbanos presenciaron un auge de la prostitución, de tal manera que ésta se había convertido en una experiencia cotidiana y amenazadora para sus habitantes. Más aún, la prostituta se había convertido en el símbolo de las contradicciones sociales surgidas del seno de la sociedad industrial. Las enfermedades venéreas tenían sitiada la actividad erótica de la sociedad tal como hoy sucede con el sida. Aunque Vargas Vila no desarrolla la temática de la enfermedad venérea, sí recurre a veces al discurso médico para explicar la sexualidad. Además, presenta a Adela como un agente destructivo que por el lado materno recibe la influencia perniciosa de la prostitución.

La madre de Adela pertenece claramente a la tradición decimonónica de la cortesana y de la prostituta. Ella es una joven viuda cuyo cuerpo está asociado a un tipo de erotismo sin freno y lleno de peligro: fascinante, tempestuosa y sobre todo insaciable. Con ella el Maestro, cuando joven, tiene sus primeras experiencias eróticas que lo marcan para siempre. De esta relación nace Adela, en quien se van a reunir las tendencias tanto de su padre como de su madre. Esta fijación de la herencia nos recuerda la novela naturalista con su énfasis en factores genéticos para explicar fenómenos sociales como la prostitución.

La geografía de la novela hace alusión a un país tropical, con una economía semifeudal y donde se hace sentir el poder de la Iglesia. Vargas Vila evita el costumbrismo y en pocas ocasiones se hace referencia al lenguaje y a la vida local. Aun para referirse a las fiestas de Navidad durante la juventud del maestro, usa un lenguaje ultrarrefinado y salpicado de referencias estéticas. Sin embargo, esa geografía difusa se carga de connotaciones al relacionarse con el cuerpo de Adela. Entre ella y el trópico hay una relación de continuidad. El paisaje se llena de sensualidad: olores y formas propician el sentimiento erótico. Algunos críticos han señalado que la cabellera de Adela es la síntesis de la selva tropical, ya que alude a su profundidad y misterio .

El final de la novela se desarrolla como una caída muy rápida de Adela hacia el pecado. Teodoro decide matarla al encontrarla con un amante en su propia alcoba. Esta escena muestra a un individuo al borde mismo de la locura y de la muerte. Adela ha sido la causa que lo ha empujado a esa situación límite donde se pone en juego su dignidad de varón. Frente a esta mujer no hay opciones. La voces interiores de Teodoro le gritan que la mate. El honor, el derecho, la tradición le autorizan esa acción. Sin embargo, Teodoro termina matándose y todo el entramado de la novela indica que la culpable es Adela o, en términos generales, la mujer. Mujer y sexo se han presentado a lo largo de la obra como dos energías castradoras y destructivas que malogran los proyectos y posibilidades de los verdaderos actores de la sociedad que son los hombres. El clima existencial de la novela es de pesimismo y fracaso. A pesar de los consejos del Maestro, la degeneración y la derrota tienen cercados al ser humano prisionero de sus instintos; la única manera de triunfar sobre ellos es la muerte o el arte.

En Ibis, el peligro de lo femenino no funciona como un cliché gastado de la mujer fatal, sino que por el contrario está vivo página tras página, asociado a los temas principales de la novela y recreado en un lenguaje voluptuoso y poético. La tensión entre el objeto estético y el objeto de muerte tiene un poder enorme de seducción para el lector que, después de cien años, sigue percibiendo en su juego semántico un inmenso potencial para interpretar sus propias dimensiones estéticas y eróticas.


Osorio Betty
Cien años de Ibis, 

novela erótica y misógina 
de José María Vargas Vila: 
una educación sentimental a comienzos del siglo XX

(1950)

LA SIMIENTE (J.M. Vargas Vila)

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puesto que el jardín de la vida le ofrecía aún esa flor, ¿por qué no cogerla? puesto que aun quedaban para él, besos sobre los labios, ¿por qué no apurarlos? hombre de carne y de fornicación, si el Destino le deparaba aún una mujer, ¿Por qué no gozarla? la gozaría a la orilla del sepulcro... y, ¿después?.¡que la nada sea!...
buscó un apartamento amueblado, donde poder recibir libremente a esta su última querida; ¿la última? no: la última sería la Muerte; ésta no era sino un alto, en su carrera vertiginosa hacia el sepulcro;

un alto, el momento de un beso; nada más;
halló el apartamento, en un gran palacio señorial, sobre un patio desierto, donde la calma y la quietud, lo invitaban a acotar hasta la locura esta pasión ardiente y tardía, que había florecidocomo un crisantemo a la orilla de la tumba;
¿era el Amor? ¡Oh! no; la pasión de la mujer no pudo nuncatomar ese nombre, en la vida de Leonardo Bauci;
la mujer para él no era sino el más bello instrumento de placer sobre la tierra, no le sospechó nunca un alma;
ahora mismo, pensando en Elbina, no sentía sino sus besos,no rememoraba sino su carne, ¡su pobre carne, devorada por la tisis! y, era de ese amor todo sexual, que había sufrido; y, era por ese amor que quería sufrir; ¿por ese amor? no; por el florecimiento de ese Amor; 
porque en una mujer ese amor había fructificado, y en esa flor de amor había él, puesto todo su corazón, toda su vida, porque había amado a su hijo, y su hijo no era ya... de eso moría; moría de su soledad;
el deseo de la carne, era lo único que sobrevivía en él, y era el que brillaba a esta hora, sobre su vida tan triste, como un fanal sobre las aguas muertas...
Sonia, resucitaba la sombra de todas las mujeres amadas por él, y de cuyos besos guardaba un recuerdo de ardor, como una quemadura sobre los labios;
sin embargo, ninguna parecía haber tenido la voluptuosidad sombría de esta mujer, hallada así, ante la muerte, en esta ciudad de espejismos y de desolación... sus besos tenían algo de Eternidad: se diría que la Muerte besaba por sus labios... su beso, imperativo y fatal, daba todos los vértigos; el amor subía en ella como una fiebre mortal, salía de ella como el aliento de un lago palúdico, donde aletea la muerte; era la locura de la carne, la que reinaba en ella;
en aquel cuerpo maravilloso y fúlgido, corrían los escalo-fríos del placer, con la intensa acuidad de una epilepsia pitonisíaca; era un vértigo rojo el que daban los labios de aquella mujer, cuyas concupiscencias sabias tenían los ardores rituales de una hoguera de sacrificios; se diría una fuente alticarada donde los labios enloquecidos no se saciaran nunca; 
bajo aquel vientre adorable y conquistador, parecía haberse concentrado todo el fuego de los sexos, en un solo símbolo,apasionado y triunfador;


J.M. Vargas Vila
La Simiente (1906)


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DISCURSO ANTE LA TUMBA DE DIÓGENES ARRIETA (José Mª Vargas Vila)


Diógenes A. Arrieta


Señores:
la grandeza de este muerto, proscribe de aquí la religión;
no hay aquí más rito, que el rito del cariño;
no oficia aquí, sino un sacerdote: el dolor;
suplamos las preces de la piedad, con las preces de la amistad;
¡oh! el gran muerto;
ya se hundió en la sombra eterna, en la tiniebla insondable, en el abismo infinito;
la fe cree ver el vuelo de las almas, en la región oscura de ultratumba, en un viaje mitológico hacia no sé qué lejano horizonte poblado de quimeras;
el pensador se inclina sereno a la orilla del sepulcro, y ve en el polvo, que hacia el polvo rueda, la solución completa de la vida;
ni Calvario, ni Tabor; nada es la tumba;
ni castigo, ni redención, nada es la muerte;
es el descanso eterno...; la infinita calma... la quietud suprema...
¡el Nirvana Redentor!;
el sueño del cual nunca se despierta, en brazos de la madre primitiva;
¡felices los que se prenden, primero que nosotros, al pezón inagotable de esa madre, siempre joven!
salidos de su seno, al seno vuelven, y duermen al abrigo del dolor;
todos allí tornamos;
y, entre tanto...
¡oh! pensador augusto;
te saludo.

¡salve! ¡salve, gladiador vencido!
sobre tu duro cabezal de piedra, tu frente de coloso reverbera;
como un nidar de águilas marinas, que la espantosa tempestad de nieve, sorprende y mata sobre el nido mismo, así en tu cerebro luminoso, muertas quedaron las ideas soberbias, sin vida los grandiosos pensamientos, cuando la muerte, con su mano ruda, te oprimió el corazón y la garganta;
tus labios, catarata de armonías, como un torrente exhausto, yacen mudos;
como un pájaro herido, la palabra plegó las alas, rebotando el vuelo; y expiró sollozando entre tus labios;
¡oh cantor inmortal!

¿quién como tú hará las estrofas demoledoras, esos cánticos bravíos, esas rimas sacrílegas, iconoclastas, que como verbo de Lucrecio y acentos de Luciano, pasaban por los cerebros, disipando sombras, expulsando dioses, azotando errores, borrando de las almas inocentes las últimas leyendas del milagro, los cuentos de los viejos taumaturgos?
¡oh tribuno prodigioso!
aún me parece oír la severa armonía de tus frases, bajando de la alta cátedra, donde brotaban las ideas cantando, mariposas de luz, aves canoras, que tenían del águila y la alondra, de los panales que libaba Homero, y del encanto que fulgía en Platón;
y, ¡aquellos días de luchas tribunicias...!
aún me parece escuchar, vibrando en el espacio como una catarata en la montaña, el rumor de tu verbo portentoso;
como una tempestad en el desierto, pasaba así, tu acento de tribuno, dominando las hoscas multitudes, o haciéndolas erguirse amenazantes cual las olas de un mar embravecido; y, encadenando a ti las almas todas;
y, pasaba como un huracán, por sobre los espíritus asombrados, desarraigando las creencias que alimentan la ignorancia, citando al error ante tu barra, atacando al monstruo en su guarida;
y, trayendo a tus plantas, ya vencido, y aún sangriento y hosco: el fanatismo;
¡oh! tu acento aquel, que recordaba el soplo poderoso que atraviesa por las páginas incendiadas de la Biblia, ardiendo zarzas, incendiando montes, hendiendo rocas, deteniendo ríos, y fijando el sol sobre los cielos, para alumbrar una hecatombe siniestra;
¡oh patria mía!
¡oh patria infortunada...!
de a orillas de esa tumba, te saludo;
en esta tempestad de lodo, que ha nublado tu cielo antes brillante, y ha anegado tus bosques, tus plantíos, tus valles, tus montañas, tus palmeras, produciendo no sé qué extraña floración exótica, que ha envenenado el aire con sus miasmas; y, una fauna de monstruos y reptiles, que viven en el fango que han formado;
bajo este viento, que viniendo de no sé qué incógnitas neveras, ha hollado las cimas y los llanos, haciendo vacilar los grandes árboles e inclinarse encinas gigantescas;
en esta pavorosa noche moral, que ha caído sobre ti, ver apagar los astros en tu cielo, llena las almas de un horror inmenso;
en esta hora trágica de tu historia, ¡oh mártir infortunada! ¡oh Nioble americana, la muerte de tus grandes hijos, es más triste!
en el reinado del crimen, la muerte de la virtud, es un castigo;
cuando Catón se suicida, César vive;
de sus entrañas desgarradas, brota el monstruo;
cuando Thraseas sucumbe, Nerón ríe;
la sangre del Justo, alimenta sus verdugos;
mas, no envilezcamos la historia, comparando;
¡aquellos que te oprimen, patria mía, bien la deshonran con pasar por ella!
¡cómo se van tus grandes hombres!
ayer, no más, Francisco Eustaquio Alvarez, el Foción de tu tribuna, el que hizo enmudecer con su elocuencia, los sicorantas garrudos del César; y, cegar con el esplendor de su palabra, a los traidores, mudos de vergüenza;
hoy, Arrieta, el más grande orador, que muerto Rojas Garrido, haya pisado tu tribuna;
llora, ¡oh patria infortunada!, llora tus hijos muertos!
en este éxodo doloroso, a que el despotismo condena tus grandes caracteres, cuando la caravana doliente de tus hijos va marcando con los huesos de sus muertos las playas de Europa y las de América, llorar esos grandes desaparecidos es tu deber;
mientras tienes la fuerza de ser libre, guarda el derecho augusto de estar triste;
Sión, de los pueblos americanos, ¿no te alzarás jamás?
madre de Macabeos, vela tu rostro y desgarra tu vientre profanado, si es que infecundo es ya para la gloria;
y, tú, ¡oh muerto ilustre!
duerme en paz, al calor de una tierra amiga, a la sombra de una bandera gloriosa, lejos de aquel imperio monacal que nos deshonra;
duerme aquí en tierra libre;
tu tumba será sagrada;
aquí no vendrán, en la noche silenciosa –como irían en tu patria–, los lobos del fanatismo a aullar en torno a tu sepulcro, hambrientos de tu gloria;
los chacales místicos no rondarán tu fosa;
y, las hienas, las asquerosas hienas de la Iglesia, no vendrán a profanar tu tumba, desenterrando tus huesos, para hacer con ellos, el festín de su venganza;
¡duerme tranquilo!: has muerto en una patria, en que sería glorioso haber nacido;
descansa, ¡oh maestro! ¡oh mi amigo!;
duerme para siempre;
los muertos como tú, no se despiertan; ni escuchan la trompeta del arcángel; ni acuden a la cita final en Palestina;
sobre tumbas como la tuya, donde la luz impide que germine la beatífica luz de la quimera, no se detiene el Cristo mítico, ni abre su floración de sueños el milagro;
nadie los llama a juicio;
tú lo dijiste:
Aquel que dijo a Lázaro: ¡Levanta! No ha vuelto en los sepulcros a llamar;
¡no llamará en el tuyo!

¡duerme en paz!».



José María Vargas Vila





EN LA TUMBA DE MI HIJO (Diógenes Antonio ARRIETA)


                                                              VOLVER A DIÓGENES A. ARRIETA


sgs

¡Espejismos del alma dolorida!...
¡Hermosas esperanzas de la vida
Que disipa la muerte con crueldad!
Para engañar las penas nos forjamos
Imágenes de dicha, y luego damos
Á la Ilusión el nombre de Verdad.

Aquí te llamo y nadie me responde:
Sorda y cruel, la tierra que te esconde
Ni el eco de mi voz devolverá.
Así la Eternidad: sombría y muda,
El odio ni el amor, la fe y la duda
En sus abismos nada alcanzarán.

Otros alienten la creencia vana
De que es posible á la esperanza humana
De la muerte sacar vida y amor.
Si es cruel la verdad, yo la prefiero...
¡Me duele el corazón, pero no quiero
Consolar con mentiras mi dolor!

¡Hijo querido, la esperanza mía!
Animaste mi hogar tan sólo un día,
No volvemos á vernos ya los dos...
Pues que la ley se cumpla del destino:
Tomo mi cruz y sigo mi camino...

¡Luz de mi hogar y mi esperanza, adiós!



Diógenes Antonio ARRIETA

 (1848-1897)



                                                                    VOLVER A DIÓGENES A. ARRIETA

NOCTURNO a Rosario de la Peña (Manuel Acuña Narro)


Rosario de la Peña y Llerena

I
¡Pues bien! yo necesito
decirte que te adoro
decirte que te quiero
con todo el corazón;
que es mucho lo que sufro,
que es mucho lo que lloro,
que ya no puedo tanto
al grito que te imploro,
te imploro y te hablo en nombre
de mi última ilusión.

II
Yo quiero que tu sepas
que ya hace muchos días
estoy enfermo y pálido
de tanto no dormir;
que ya se han muerto todas
las esperanzas mías,
que están mis noches negras,
tan negras y sombrías,
que ya no sé ni dónde
se alzaba el porvenir.

III
De noche, cuando pongo
mis sienes en la almohada
y hacia otro mundo quiero
mi espíritu volver,
camino mucho, mucho,
y al fin de la jornada
las formas de mi madre
se pierden en la nada
y tú de nuevo vuelves
en mi alma a aparecer.

IV
Comprendo que tus besos
jamás han de ser míos,
comprendo que en tus ojos
no me he de ver jamás,
y te amo y en mis locos
y ardientes desvaríos
bendigo tus desdenes,
adoro tus desvíos,
y en vez de amarte menos
te quiero mucho más.

V
A veces pienso en darte
mi eterna despedida,
borrarte en mis recuerdos
y hundirte en mi pasión
mas si es en vano todo
y el alma no te olvida,
¿Qué quieres tú que yo haga,
pedazo de mi vida?
¿Qué quieres tu que yo haga
con este corazón?

VI
Y luego que ya estaba
concluido tu santuario,
tu lámpara encendida,
tu velo en el altar;
el sol de la mañana
detrás del campanario,
chispeando las antorchas,
humeando el incensario,
y abierta allá a lo lejos
la puerta del hogar...

VII
¡Qué hermoso hubiera sido
vivir bajo aquel techo,
los dos unidos siempre
y amándonos los dos;
tú siempre enamorada,
yo siempre satisfecho,
los dos una sola alma,
los dos un solo pecho,
y en medio de nosotros
mi madre como un Dios!

VIII
¡Figúrate qué hermosas
las horas de esa vida!
¡Qué dulce y bello el viaje
por una tierra así!
Y yo soñaba en eso,
mi santa prometida;
y al delirar en ello
con alma estremecida,
pensaba yo en ser bueno
por ti, no mas por ti.

IX
¡Bien sabe Dios que ese era
mi más hermoso sueño,
mi afán y mi esperanza,
mi dicha y mi placer;
bien sabe Dios que en nada
cifraba yo mi empeño,
sino en amarte mucho
bajo el hogar risueño
que me envolvió en sus besos
cuando me vio nacer!

X
Esa era mi esperanza...
mas ya que a sus fulgores
se opone el hondo abismo
que existe entre los dos,
¡Adiós por la vez última,
amor de mis amores;
la luz de mis tinieblas,
la esencia de mis flores;
mi lira de poeta,
mi juventud, adiós!


Manuel Acuña


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