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¿CRISIS? NUNCA PASA NADA - VIERNES Y SÁBADO GRATIS EN AMAZON






No es este un libro de economía. Es una reflexión que intenta ser curiosa y entretenida sobre el hombre, sobre el yo y los otros, sobre el amor y la muerte, sobre la verdad y la belleza, el éxito y la envidia... Tampoco encontrará aquí el lector las claves de la felicidad, pero sí una forma de acercarnos a ella a través de la introspección, la belleza y la verdad. Son el arte y el conocimiento, la observación externa y la propia introspección, la lucha o agón y el temple, las únicas herramientas con que contamos, si somos conscientes de ellas y sabemos utilizarlas, para conseguir una aproximación al verdadero sentido de nuestra existencia y sentirnos, así, bastante mejor. 



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PROPERCIO, EN LA VERSIÓN DE MARIANO BERDUSÁN


LA ELEGÍA: EL YO CONTRA LA MÁQUINA ESTATAL (Servando Gotor) 




Con la intención de acercar las elegías de Propercio al ámbito digital, Lecturas hispánicas publica en este soporte Todo amor es grande, una selecta antología, anotada, traducida y breve y atinadamente comentada por Mariano Berdusán Cabellos, ya en las librerías desde hace casi diez años en una cuidada edición impresa (Libros del Innombrable, Zaragoza, España, 2004). 



Con Propercio, en los albores del Imperio, la elegía acaba por imponerse tras contados pero intensos titubeos por parte de Catulo y los denominados "novísimos" o "neotéricos". Con ello, lo que comenzó siendo mera forma métrica perfectamente definida (el dístico elegíaco, es decir, una estrofa de dos versos: un hexámetro y un pentámetro), acaba por convertirse en un género experimental en el que —como en la novela siglos más tarde— todo tendrá cabida. 



Pero lo más importante es que con la elegía se invierten los valores literarios hasta entonces imperantes: militares, patrióticos y, en definitiva, "educadores" (y defensores por tanto del sistema social o colectivo), todos ellos incardinados en la épica y la tragedia. De modo que si, hasta entonces, la literatura había estado al servicio del Estado y sus personajes eran mitos y héroes colectivos, la elegía, transgresora, se erige (en palabras de Jaime Siles) en una especie de "pre-postmodernidad" con la primacía del yo sobre lo público y, por tanto, de la libertad individual. Por eso ahora se hablará de amor, de amistad, de trabajo, del mercado, del día a día y, en definitiva, de todo lo que acontece en la ciudad, marco éste en el que el súbdito acabará por elevarse con el correr de los tiempos a la condición de "ciudadano". Evidentemente, Augusto ya se encargará de reconducir las cosas hacia sus propios intereses. Y de hecho, más adelante, Virgilio escribirá la Eneida ligando la estirpe de los césares con los dioses, y Ovidio acabará en el destierro, posiblemente por culpa de sus poemas eróticos. Pero la semilla elegíaca plasmada por estos primeros poetas transgresores pre-postmodernos, reivindicadores del yo y la individualidad, quedará ahí para que, primero los juglares provenzales, que tampoco ensalzarán a héroes sino que cantarán al amor cortes, y mucho después —aunque más tímidamente— los románticos, pasen definitivamente el testigo a Baudelaire y desde él a los poetas malditos, ya en el siglo XX. 



Hasta aquí este breve apunte sobre la importancia de la elegía manifestación poética de la que sin duda Sexto Propercio es el autor más significativo. En cuanto a nuestro impecable traductor, Mariano Berdusán Cabellos, decir que fue el ejemplo de un hombre rebosante de humanidad y humanismo. Su vasta cultura y su dominio de diversas lenguas, vivas y muertas, le permitieron dedicar sus últimos años a la traducción de los clásicos, publicando, además de la que aquí nos ocupa, otra del alemán Friedrich Hölderlin (El sueño imposible, Libros del innombrable. Zaragoza, 2010). Dejó también terminada la primera parte de un interesante y didáctico estudio sobre la lírica latina romana, de próxima —y ya por tanto, lamentablemente póstuma— aparición. Sus motivaciones sociales, culturales y religiosas ―humanas en suma― le suscitaron ya desde muy joven intensas reflexiones sobre cuanto le rodeaba. Reflexiones que, a veces, las convirtió en narraciones aparentemente sencillas pero siempre cargadas de profundidad. Algunas de ellas las recopiló en el año 2010 bajo el título común El Color de mi cristal (Lecturas hispánicas, 2012). 


Servando Gotor



BÁRBARA BLOMBERG (Servando Gotor)





¡Ay, esta cabeza mía! Que no, que no me prueba este clima, cómo lo tengo que decir. (Se sienta de nuevo, mira la carta que hay sobre la mesa, pero vuelve a dirigir su atención a la que tiene entre las manos). Preparados, hijo, tenemos que estar preparados. Han asesinado a Escobedo. A Escobedo, tu amigo. ¿Qué traman? (Pausa). ¡Ay! el Emperador. Si Carlos viviera. Otro gallo les cantara, si él viviera. Porque ese sí, ese sí tenía madera de Rey. Y de hombre, ya lo creo. Todo un hombre, como tú. No tan guapo, por supuesto... Le fallaba la mandíbula, ¿verdad? La barbilla (se acerca al retrato de Carlos I, para examinarlo con detalle), sí, eso lo afeaba un poco (lo imita adelantando la barbilla). También que era bastante menudito (con la mano señala la altura). Sí, muy bajito. (Pausa). Y delgadito, así (encoge el pecho, cerrando los hombros), así, así, como muy escuchimizado... Bueno, pero un hombre, ¿eh? todo un hombre. De los pies a la cabeza. Un rey con mayúsculas, nada de príncipe. Luchador, peleón, ¡fuerte! Con ese no se jugaba, no, ¡ja! Sabían todos cómo las gastaba, ya lo creo que lo sabían. Y mira, mira con Francisco, su enemigo, su eterno enemigo. Como que lo tuvo encerrado. ¡A todo un Rey de Francia!. Pero un caballero, eh, se portó con él como un caballero. Preso, sí, pero no como a un cualquiera, no. Con todos los honores. Porque Carlos era un Caballero, un auténtico caballero. Igualito, igualito que (con acento francés) “Le Chevalier Délibéré”. Igualito. (Pausa). Pues eso, que apresó al mismísimo Rey de Francia. Y luego lo liberó, sí, lo liberó. No lo hizo a cambio de nada, claro, pues estaríamos buenos: Caballero sí, pero tonto, no. Así que llegaron a un acuerdo, y lo liberó. Y ¿qué te crees que hizo Francisco I? Romper su palabra nada más pisar Francia y verse libre. Y Carlos enfurecido lo retó. Sí, como lo oyes, lo retó. Eso sí que es un caballero. Nada de guerras. Nuestros vasallos no tienen por qué sufrir las villanías que los grandes cometemos. Esto es una cuestión de honor, entre tú y yo, y tú y yo debemos resolverla. Pero el rey francés no acudió. No, no acudió al duelo, ¡je! Le daba miedo. Era mucho Carlos. Mucho hombre. Mucho Rey, ya lo creo, para enfrentarse a él cara a cara. Y la cosa se repitió varias veces más. Y siempre el que quedaba por los suelos era Francisco. No sólo por vencido, que sus propios actos lo dejaban a la altura del barro. Fíjate que aun se permitía ir por Europa con embustes: que si Carlos le había prometido el Milanesado y no se lo quería entregar, que estaba faltando a su palabra, que qué honor quedaba a un Rey si no guardaba las promesas... En fin, guerra. Lo que buscaba entonces era una excusa para entrar en guerra. Porque, eso sí, Francisco era muy guerrero, mucho... (Con sorna): Cuando guerreaba sobre seguro, porque Francisco I solo luchaba si tenía la victoria asegurada, ¡je!. Y claro, en cuanto se olía que Carlos andaba flojo de dinero y de apoyos internacionales, que ambas cosas vienen a ser una misma, ¡zas!, a provocarle para entrar en guerra, ¡que bonito! Sólo cuando sabía que tenía la victoria asegurada asomaba el hocico, ¡je! Y Carlos, que era mucho hombre, mucho Rey y mucho emperador, como loco, venga, a echar mano de sus banqueros, los Fugger, los judíos esos, sí judíos ¿sabes? Que con buenos intereses se están cobrando los estropicios que hicisteis los españoles a sus abuelos cuando los expulsasteis de la Península. Con buenos intereses se están resarciendo... Pero intereses de los de verdad, ¿eh? no te vayas a creer, contantes y sonantes. Pero eso es otra batalla. Bueno, pues lo que te digo, que el Rey de Francia, eso, insultando a Carlos, provocándole cuando lo veía débil. Pero aquella vez, cuando lo del Milanesado, era ya una cuestión de honor, que iba diciendo que el Emperador había faltado a su palabra... ¡Bueno! No te quiero ni contar cómo le sentó. Porque, mira, tu padre, como buen diplomático, tenía mucho aguante, se le podía decir de todo, de todo, que él no entraba al trapo, pero algo que empañara su honor... ¡Bueno! No te digo nada. Decirle a él, al último Rey-Caballero, que había faltado a su palabra. No veas cómo se puso... (imitándolo): “Y con esto yo me parto mañana para la Lombardía, donde nos toparemos para rompernos también las cabezas. Espero en Dios que será para el rey de Francia pejor prioris, y con esto acabo diciendo una vez y tres: que quiero paz, que quiero paz, que quiero paz.” Fíjate, y lo decía muy claro: que él quería paz. Y allí se fue, a romperse la cabeza con Francisco. Pero, je, Francisco, ¿cara a cara?, jamás. (Pausa): Estuvieron siempre como el perro y el gato. Y, encima... (pensativa) oye, que yo creo que se adoraban. Sí, en el fondo yo creo que se querían. Tan pronto les veías retarse e insultarse como oías que se habían entrevistado y se pegaban unos abrazos de aquí te espero. Y las juergas, ¿eh? Se montaban unas juergas que duraban semanas. Yo me hago cruces: ¿Serán las costumbres caballerescas? No lo sé. Sea lo que sea, a los hombres no hay quien los entienda. 







Servando Gotor
Monólogo en un solo acto







DESNUDA FRENTE AL ESPEJO (Narciso de Alfonso y Servando Gotor)






De madrugada Paxton andaba por el hotel desorientado y perdido como el guacamayo azul de Juslibol y fue Murdoc quien me abrió los ojos diciéndome si no me había dado cuenta de que a Delgadina no se la había visto en toda la noche pero qué cosas tiene usted Murdoc si todo el mundo sabe que Delgadina se ha ido con el Damián a la suite royal sí sí claro me decía Murdoc claro que han tenido lío pero eso ha sido a mitad de la tarde porque luego usted misma ha podido ver con esos preciosos ojos que el Damián estaba en la cena ¿en la cena? es verdad claro en la cena andaba el Damián comiendo camarones y bebiendo pink champagne on ice como un descosido raro en él que es de Logroño y le priva el Rioja un montón pero como andaba despendolado por el rollo que acababa de tener con Delgadina pasó de sus preferencias es verdad Murdoc dónde se ha podido meter Paxton le pregunté preocupada porque sería demasiado pensar que Delgadina pues eso que hala que después del Damián se liará también con Paxton que no Catalina me decía Murdoc que los tiros no van por ahí que la cosa es mucho peor ¿mucho peor? sí mucho peor que Delgadina anda buscando por todo Blue Bayou a Devy ¿a la niña? si Catalina a la niña que desde que se ha puesto el sol nadie la ha visto cómo que nadie la ha visto Murdoc qué le ha pasado qué le ha podido pasar a la pobre Devy hay que hacer algo tenemos que hacer algo y Murdoc que no que todo sería en vano que su madre ya la habría debido encontrar y que era tarde para cambiar las cosas que this could be heaven or this could be hell y entonces perdí el conocimiento y Murdoc me llevó a su habitación y me tendió en su cama y cuando desperté y me ví allí fue cuando di el grito aquel que se oyó por todo Blue Bayou tranquilícese Catalina me dijo Murdoc tranquilícese que no es lo que usted piensa y lo decía de verdad o yo creí que lo decía de verdad que sus intenciones eran limpias pero mi grito no fue porque estuviera allí Murdoc sino por lo que me había dicho por lo que me había contado de Devy y entonces caí en sus brazos en los brazos de Murdoc aferrándome a él como si fuera el único hombre que hubiera en el mundo como si fuera el primer hombre de mi vida como si todo el dolor que arrastraba desde niña hubiera encontrado por fin aquellos hombros fuertes que siempre anhelé ay Murdoc le dije qué pasa qué está pasando aquí y qué hacemos nosotros que no estamos con Delgadina buscando a Devy y entonces Murdoc me lo contó todo todo me lo contó y sin darme cuenta mis labios ensangrentados de lágrimas se hundieron en los de Murdoc y todo mi cuerpo tembló y vibró encharcado como nunca había temblado ni vibrado anidando en todo él tal asco tal odio hacia Paxton que nunca más volví a hacer el amor encerrándome desde entonces con mis pinturas con esas naturalezas muertas que es lo único que sé hacer para combatir mi asco pero sobre todo mi silencio este silencio que me consume y me devora porque me hace partícipe y cómplice del crimen. 

Y Caty traza sobre el lienzo la curva de su cadera.



Narciso de Alfonso
Servando Gotor

¿QUÉ LIBRO SE LLEVARÍA A UNA ISLA DESIERTA? VENTAJAS Y POSIBILIDADES DEL LIBRO DIGITAL (Servando Gotor)




A la venta ya en amazon


Asistimos ahora al principio del fin (uno más) de la industria editorial tradicional.

Todo el sector está en plena reconversión. Pero, además, preparándose no sólo para la edición en formato digital sino, lo más impresionante: se dispone a competir con la denominada auto-edición. Porque ahora el mismo autor puede editar sus propias obras sin contar con ninguna editorial ni mediador alguno y va a poder colocar su libro en las estanterías de las mejores librerías del mundo junto a los productos de las mejores editoriales, sin necesidad alguna de un editor ni siquiera de un distribuidor. 

Pero tampoco es tan fácil la cosa. Ni para unos ni para otros. Todos tenemos más posibilidades, cierto. Pero también ―y precisamente por eso mismo― vamos a ser más quienes concurramos en competencia. Somos más, podemos ser más, y ello quiere decir también que competimos más. Por eso todos, todos, pero especialmente las editoriales tradicionales están obligadas (y lo están haciendo) a redescubrirse, a recrearse, a renovarse. Porque ahora todo está más cerca de todos. Tanto, que hace sólo quince años no es que resultara impensable, es que era inimaginable lo que se nos está viniendo encima.

También es verdad que el libro digital no tiene (ni supongo tendrá nunca) la presencia del libro de papel. Y esto hará, posiblemente, que el libro de papel jamás desaparezca. Siempre habrá en el mercado un espacio para él. Pero acabará por ser un mercado minoritario en cuanto a los productos (más limitados) y en cuanto al precio (siempre más alto): un mercado suntuario.

Un artículo de lujo, sí: eso acabará siendo el libro tradicional. Y tendrá por supuesto su propio mercado, como lo sigue teniendo el del disco de vinilo en el ámbito de las grabaciones musicales. Lo cierto es que la batalla del gran mercado del libro puede decirse, desde ya, que se ha decantado en favor del libro digital.

Y es que las ventajas para el lector de un libro digital sobre el de papel son inconmensurables:

  • Subrayas lo que quieres marcando simplemente con el dedo la frase que te interesa, teniendo además un acceso cómodo, rápido y directo a todo aquello que has subrayado.
  • Puedes poner las notas que te interesen allá donde quieras, también con un acceso y localización posterior cómodo, rápido y directo a todas y cada una de ellas.
  • Cuentas con variados diccionarios para consultar sin moverte del propio libro. De modo que tropiezas con una palabra que no entiendes, en tu propio idioma o en otro, y sólo tienes que mantener el dedo sobre ella para que aflore o emerja inmediatamente su significado o su traducción.
  • También tienes a mano la mayor enciclopedia del mundo: Wikipedia. Sin moverte. Basta posar el dedo sobre la palabra que nos interesa: una ciudad, un río, un personaje, una hecho histórico, una palabra científica… Y de inmediato aparece la voz de Wikipedia que viene en nuestro auxilio apara alumbrarnos e ilustrarnos sobre el evento, el sitio, la cosa o el personaje que nos interesa.
  • Cuentas igualmente con el sistema de índices más completo: desde el índice general de la obra hasta la posibilidad de buscar cualquier palabra, en el apartado “Ir a…” o “Buscar…” Escribes allí: “Napoleón” y el buscador rastrea el libro y te saca todos los “napoleones” que alberga. ¿Quién da más? ¡Y todo esto no ya sin levantarte de tu asiento, sino sin siquiera salir ni cerrar tu libro! 
  • Más: pero es que, además, tu libro no es sólo un libro sino que encierra miles de títulos. 
  • Aún más: aunque te quedes dormido leyendo, no te preocupes porque nunca pierdes la página (el punto de lectura) en que estabas. La tuya, tu página, porque tienes memorizados tus propios marcadores, de modo que aunque tus familiares o amigos compartan tu e-reader contigo, cada uno tendrá marcada la página del libro que está leyendo, y aunque lea el mismo, en el mismo dispositivo, cada lector tendrá marcada la página en que se quedó.
  • Y mucho, mucho más. Pero acabaremos por decir que, además de todo lo dicho, cuentas en la red con cientos de títulos gratuitos (y por supuesto, hablamos siempre en términos de legalidad) que puedes descargar en tu lector digital. 
  • Por eso ha dejado ya de tener sentido la manida pregunta sobre qué libro elegirías para llevarte a una isla desierta. ¿Qué libro? Mi lector digital, por supuesto. Porque ni la gran biblioteca de Alejandría albergaría tantos títulos ni tanto contenido como el que mi dispositivo de lectura es capaz de acoger.

Evidentemente, todo son ventajas. Pero, ay, en cuanto a la presentación, es verdad y hemos de reconocerlo, no creo que un e-reader acabe nunca por igualar la de un libro tradicional. Reconozcámoslo.

Pero reconozcamos también que la presentación no quita ni añade nada a la calidad del contenido de un buen libro que, en definitiva, es lo que cuenta. Y eso queda incólume en el e-reader. Incluso con los sistemas de búsqueda o localización (índices) y consulta (diccionarios, traductores y enciclopedias), gestión bibliográfica y posibilidad de modular el tamaño de fuentes, etc. el dinámico libro digital, no cabe duda que supera al estático libro de papel.




Servando Gotor



EL VIEJO MANDRIL (Narciso de Alfonso y Servando Gotor)

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Diez de la mañana en El Viejo Mandril, a mitad de Conde Aranda. Cuando el gato siamés empieza a exhibir el comienzo de su hermoso culo allá en las alturas, Orrios Víamonte atiende las mesas como puede. Aunque en la cocina dice siempre que está harto de las conversaciones de los clientes, nunca desconecta el oido. ‘Anda, que menudo rollo se llevan los de la cinco’, le dice a Gertrudis, que está en la barra haciendo cafés.


- A ver, Gertru, tres cortados, dos expres y cuatro con leche, para la diez.  

- ¿Con churros?

- Si no te digo nada es que es sin churros, Gertru, que pareces nueva.

- Oído, oído.

- Pues arreando, que el trabajo se acumula.


Y Orrios Viamonte, al que muchos, y especialmente Murdoc, identifican con el Viejo Mandril por su aspecto de chimpancé, espera en la zona reservada de la barra intentando quitarse con la punta de la lengua un trocito de jamón incrustado en la muela careada. De vez en cuando succiona con chirriante destreza. La culpa, de la croqueta de jamón que se ha comido a escondidas a las nueve. Todas las mañanas, la primera croqueta es para él, calentita, recién hecha. Y todas las mañanas, hasta las once, se hurga con la lengua esa maldita muela careada, hasta que al final tiene que recurrir a un palillo tapándose media cara con la mano izquierda, para que los clientes no adviertan lo que él supone una grosera maniobra. Vano intento, porque después de llevar una hora y media con la lengua dale que te pego, desfigurándose constantemente la carita de macaco, a ningúno de los clientes le han pasado desapercibidas las groseras maniobras bucales de Orrios para deshacerse del trocito de jamón encajado en la muela careada. 

- A ver, para la seis, las de los leones esos: un cortado descafeinado, un con leche doble y un curasán, Gertru.

- Marchando.

- Ah, y el con leche doble y con tres de azucar.

- Oído.


Para las anónimas multitudes que pueblan la isla, a veces la vida es hermosa, pero vacía y frígida como una puta estirada y cara; otras veces es horrible, terrible, insoportable, pero cachonda y cálida como una puta napolitana. Otras veces, las más, ni fú ni fá, es como una puta cualquiera, que folla por cumplir mientras piensa en poner una peluquería. Y ahí está la pareja de la cinco, a quien Orrios Viamonte no le quita oreja.

- Esmeralda, eres más fea que la ostia. Eres tan fea que pareces imposible, irreal.

- ¿Ya empezamos, Oriol?

- Perdona, ya sabes que casi nunca pienso en eso, pero si de pronto caigo en la cuenta de lo feísima que eres, no me lo acabo de creer, por más que te mire y te remire no puedo convencerme de que seas realmente tan fea, cielo mío. 

- Pues no soy tan tan fea, Oriol. Ya sabes lo que se dice: no hay mujer fea, sino de una belleza extraña. 

- Ya, Esme, pero es que tú eres fea de cojones. Tu belleza es tan tan extraña que se parece demasiado a la fealdad, a la pura y descarnada fealdad. Y sabes que te quiero, prenda, que una cosa no quita la otra.

- Pues en mi pueblo fui la tercera dama de honor para las fiestas de San Celemín, a los quince años.

- No nos engañemos, Esme, cariño, en tu pueblo sólo había cuatro muchachas: la reina y tres damas, me temo que no podían elegir. Y no quiero ser cruel contigo, cari, pero no saliste en ninguna foto, ni en la del programa de fiestas, que en eso fueron unos groseros, hay que admitirlo. Si hasta la comisión de fiestas propuso que ese año sólo hubiera dos damas de honor, para reducir gastos, dijeron. 

- Seré fea, pero muchos hombres me han dicho que tengo un extraño atractivo, una inexplicable magia.

- Esme, no me hagas reincidir. Tu padre es un roschill, y eso siempre es un atractivo. Nada extraño, pero un buen atractivo. Y para ser justo, también tienes un precioso par de tetas, que no me canso de repetírtelo: tienes las tetas más bonitas que he visto en mi vida. Ya sabes que igual que te digo una cosa te digo la otra: eres fea de cojones, pero tienes unas tetas sin igual, sin par, qué tetas tienes, amor. 

Ay, la vida, la vida, piensa Orrios Víamonte. A veces, la vida está llena de amor, de amores, más o menos intensos, más o menos duraderos, más o menos memorables, más o menos posibles o imposibles. Otras veces no, otras veces el amor es escaso y moribundo, poco y pobre, pequeño y aburrido.

‘Tú que eres mi amiga, Atropina, o por lo menos así lo parece, tienes que saber que odio la vida, pero odio todavía con más intensidad la muerte’, le dice Certeza a su amiga Atropina Jackson en la seis, mientras ahoga su cruasán en el con leche doble y tres sobres de azucar. ‘La mariposa lleva de viaje a su gusano’, continuó Certeza, ‘la muerte está frente a mí, tentadora como el deseo de la casa propia para quien ha estado preso muchos años’. ‘Mira, chica’, respondió Atropina,’nunca he entendido para qué tenemos tantos huesos. Yo, el asunto del esqueleto lo hubiera resuelto mucho mejor. Estoy convencida de que sin huesos seríamos mucho más felices.’

Atropina Jackson era la domadora de tigres del Circo Sustanzzia, antes trabajó en el Spacial Cirkus, pero los tigres devoraron a los caballos, los osos devoraron a los tigres y a los leones y los cocodrilos devoraron a los osos, devorándose después entre sí. Sólo quedó un elefante, que murió de pulmonía al poco tiempo. Atropina amaba su trabajo y amaba todavía más a Desmond Potter, la bala humana, que tenía que hacer también de payaso y de funambulista. Atropina era egipcia, vegetariana y coleccionista de azulejos. ‘Los murciélagos fuman a escondidas’, pensó Certeza, ‘si las tortugas comieran queso, al final los ratones tendrían caparazón’. Atropina, como buena egipcia, era tremendamente celosa, y quería ser enterrada en una pirámide, ‘pero en una pirámide de verdad, en bueno, como la de Keops. Una pirámide pirámide, no como la del Fariseo, ese de la chaqueta amarillo chevalier, que tiene la sensibilidad en el culo. Y no sólo por lo horrendo de su proyecto, sino, sobre todo, por el trato que da a sus pobres hijas, las treinta hijas del Faraón idiota, que tanto está tensando la cuerda, tanto, tanto, que algún día se romperá. Ya me lo tiene dicho Solanillas, que las hijas del Fariseo están a punto de armarla, que se lo quieren comer en pedacitos. Pero no seré yo quien le avise, que al que a su gusto duerme en el suelo no hay que tenerle duelo’. 

‘Las ranas son los animales más indecisos’, se dijo Certeza al oído, sin hacer caso a Atropina y sintiendo la visceral necesidad de bajar a la mina para lamer los líquenes azules que crecen sobre las piedras húmedas y que tienen el exacto sabor de la luna; para revolcarse desnuda en el lodo; para respirar el aire envenenado de grisú; para morder los pedazos de carbón todavía incrustados en la roca; para perderse en las galerías abandonadas donde el agua sulfurosa gotea y se pudre en la oscuridad; para sentirse debajo, dentro de la tierra, posiblemente muerta. ‘El que sabe dormir es el que se entremete la almohada entre el hombro y la mandíbula como si fuese un violín’, se dijo Certeza al oído, de espaldas a la realidad, indiferente, sintiendo que el estómago le pedía más. ‘Atropina, esta mañana sólo me apetecen los cruasanes’. ‘Sea’, contestó la domadora, repartiendo unas buenas gominolas entre sus tigres.

Atropina Jackson descansa en la chaise longue Le Corbusier de cuero ecológico, lánguida y voluptuosa como una cleopatra. Sus tigres la miran miran, sus tigres la están mirando. Le gusta que sus cinco tigres la acompañen cuando descansa, cuando come, cuando se baña, cuando escucha música bantú, cuando toca los bongos de su abuelo. Le gusta que sus cinco tigres la acompañen siempre, siempre, cuando hace gimnasia, cuando riega las plantas, cuando se pinta las uñas de los pies, cuando se prueba un nuevo traje de domadora. Atropina hace maravillas con sus tigres en el circo. Solanillas, el más joven y listo de los cinco, suele provocar la improvisación, la novedad, la sorpresa. Pérez Turbante es el de más edad, le sigue Sabadell, que es tuerto del ojo izquierdo, después va American Beauty, un tigre albino, y, por fin, Muller Muller. ‘Los dioses crearon al gato para que los hombres tuvieran el placer de acariciar un tigre’, suele decir la soberbia domadora.

Además de los números clásicos, imprescindibles para no defraudar al público, Atropina y sus tigres inventan algo nuevo en cada sesión. Todos pasan por el aro en llamas, suben por las más peligrosas y estrechas escaleras, saltan de una plataforma a otra, corren en círculo y simulan volverse contra la domadora. Solanillas, siempre buscando sorprender a Atropina, se escapa de la jaula, da saltos mortales, finge un ataque de epilepsia o imita a Maurice Chevalier, aceptando incluso que la domadora le ponga una chaqueta amarilla y un canutier mientras el tigre juega con el bastón. 

Atropina ama su trabajo y ama todavía más a Desmond Potter, su novio y la bala humana del circo, que hace también de payaso y de funambulista, pero su amor verdadero, completo, definitivo y total es, sin duda, Solanillas, el más joven y listo de sus tigres, que distingue los colores, sabe contar hasta mil y, en privado, en la intimidad, le habla a su dueña al oído, ‘no pienso pero existo’, le suele decir con ironía. Atropina ama a Desmond Potter, sí, pero eso no quita... Quien sabe, a lo mejor. Lo ama, sí, aunque... En fin, prefiere no darle vueltas a la cabeza y seguir avanzando hacia su particular nirvana. De hecho, en ese camino de perfección, lee a Rainer María Rilke en alemán, El libro de las horas, mientras sus tigres la rodean; lee a Fernando Pessoa en portugués, El libro del desasosiego. Sus tigres parecen aburridos. A Desmond no le gustan los tigres ni ningún otro animal, salvo las gallinas enanas de Madagascar. A Desmond le gustan las cosas que miden poco y los amaneceres de la isla, pero siempre está durmiendo cuando amanece. Se justifica diciendo que también le gustan los mediodías, y las tardes, y las mañanas, y las noches, pero sabe que no es lo mismo, cómo va a ser lo mismo, le dice Atropina, que es una mujer insobornable y egipcia. 

Los cinco tigres parecen cansados, aburridos, con sueño y hastío, indiferentes, impasibles, amodorrados, quizá tontos, sí, en ocasiones parece que a los cinco tigres de Atropina les falta un riego, un hervor, un algo, no acaban de enterarse de la fiesta, parecen estar en otra cosa, estorbados o hartos, pensando en las avutardas. Cuando va a tomar el sol y a bañarse en la playa de Los diecisiete silencios, siempre desierta por el temor a los tiburones, Atropina se lleva a sus cinco tigres para que disfruten del agua del mar y de la espuma de las olas, de la arena negra y de los galápagos, frotándose la piel contra las palmeras y jugando a ser feroces y malos. Si no tontos, los cinco tigres parecen niñatos, quizá porque Atropina los mima demasiado. Alguna vez se comen a algún turista perdido, pero Atropina se dice que viene a ser como si lo hubieran devorado los tiburones, así que no hace caso y les da menos cena, para que no engorden. 

- ¿Otro cruasán?

- Sí, hija, qué quieres, cuando me sale la mañana tonta...

- Y yo, ¿qué me tomaría yo ahora?

- No sé, un pincho tortilla, por ejemplo.

- Bueno, haré de tripas corazón.

- ¿Decían las señoras…?

- Señoritas.

- Perdón, ¿decían las señoritas?

- Para mi amiga otro doble con leche y otro cruasán. Y para mí un somontano y un pincho tortilla.

- Muy bien.

- Mi con leche con tres de azúcar, por favor.

- Perfecto, con tres de azúcar.

- ¿De qué te ríes ahora?

- Nada, de la cara que ha puesto el camarero a tus tigres. No se acostumbra.

- No, ni se acostumbrará ya.

- Yo creo que le gusta.

- El qué.

- Hacerse el nuevo. Y no sólo por tus tigres, sino por lo de ‘señoras’.

- Para mí que lo hace para joderme. Como me ve más mayor.

- Qué cosas tienes, Atropina, chica, cualquiera diría.

Atropina, como buena egipcia, tiene un estilo divino, faraónico y cruel de valorar las cosas, y la vida de los hombres no es importante para ella. Desnuda en la playa de Los diecisiete silencios, acompañada por sus cinco tigres, tumbada, tomando el sol o mirando el horizonte, Atropina se siente viva y saborea toda la extensión del universo.
A veces la vida no es lo que parece, a veces parece lo contrario de lo que es. Otras veces, sin embargo, apariencia y realidad coinciden plena y completamente, sin la menor duda ni fisura; son las menos, pero algunas veces apariencia y realidad coinciden, sí. 

- Josele, tienes más veneno que un escorpión negro, pero es que a mí siempre me ha fascinado la maldad, qué le voy a hacer.

- Aquí la que tiene más mala leche que un cuclillo eres tú, Rosario, tienes más mala uva que un estibador manco, cariño. 

- Pues mira, siempre había pensado y creído que el malo eras tú, Josele, maligno hasta la perversidad, malo malo, vamos. 

- Mujer, piensa en la vida que hemos llevado cada uno y tú misma.

- En eso pensaba precisamente, Josele. Tres veces en la cárcel por delitos de sangre; cinco violaciones que me hayas contado, que igual son más, aunque no te hayan trincado por eso; tu madre, cuando vas a verla, no suelta el cuchillo ni para pintarse las uñas; tu hermana Paqui lo primero que hace cuando te ve es amartillar el revólver, que no sé yo dónde va una mujer a todas partes con la pistola, pero eso es otra historia; no sé, cielo, yo creo que el malo eres tú. 

- Las apariencias casi siempre engañan, Charo, ya lo sabes. Yo en el fondo soy bueno, pero la gente se cree que, de bueno, tonto, y ahí es dónde empiezan los desacuerdos. 

- No, si yo te entiendo, Jose, te entiendo y estoy de tu parte, pero aunque en el fondo seas bueno, aquí el que parece el malo eres tú, corazón. 

- Mujer, si nos dejáramos llevar por las apariencias yo aún estaría en la cárcel. Lo que importa son los hechos que se pueden probar, demostrar, lo que importa es la verdad. Y la verdad es que, en el fondo, yo soy bueno. Bueno pero no tonto, eh.

- Vale, bien, pero aunque yo sea más mala que un regimiento de víboras, aquí el que parece el malo eres tú, amor mío, que te quiero más que al dinero, que ya es decir.

A veces la vida no es lo que parece, a veces parece lo contrario de lo que es. Otras veces, sin en cambio, apariencia y realidad coinciden plena y completamente, sin la menor duda ni fisura; son las menos, pero algunas veces apariencia y realidad coinciden, sí.

Orrios cree llegado el momento de recurrir al palillo. La mirada frente a la luna, lirdnaM ojeiV lE. En la acera de enfrente, el escaparate de la óptica. Tras él, la invariable dependienta con su jefe, bata blanca los dos, aburridos de tanto hablar y hablar. Ella es rubia, el pelo liso y recogido en la nuca, blanca de tez y los labios muy pintados. A saber lo que se dirán en tantas horas, días, ¡años!, de continuo parloteo, piensa Orrios, aplastando entre las palas el trocito de jamón ya desencajado. No sé, no puedo entender de qué viven algunos, cómo consiguen mantener abierto un negocio eternamente vacío, se dice Orrios centrándose de nuevo en la faena, agradecido de que El Viejo Mandril funcione.  

- Anda, Gertru, doble con leche, curasán, somontano y pincho tortilla.

- Para dónde.

- Para la seis, para las se-ño-ri-tas esas, las de los leones.



Narciso de Alfonso
Servando Gotor
El guacamayo azul







CAJAL, CUENTOS Y ENREDOS (Servando Gotor)

-



(...)







SEÑORA: ¡¡¡Enriqueta...!!! (la niña ha muerto, la madre se aferra a su imaginario cuerpo con un reprimido sollozo).
SEÑOR: Una vez más y basta. La cosa no puede ser más clara... (separándose del microscopio): Y amaneció...
SEÑORA: Quedé rendida, dormida. ¡Dormida, sobre el cadáver de mi hija! (vuelve a recostarse sobre el cuerpo imaginario de ENRIQUETA).
SEÑOR: (Se levanta y grita con entusiasmo) ¡Está claro! ¡¡No puede estarlo más!! Lo podrá ver todo el mundo: el cilindro eje de los granos del cerebelo y su continuación con las fibrillas paralelas de la capa medular... (sacando el portaobjetos del microscopio y blandiéndolo como un trofeo). ¡Todo, todo está aquí... Y lo enseñaré al mundo entero: todos podrán verlo: está aquí...! (se acerca con entusiasmo hacia la chaise-longue, donde están la madre y la supuesta hija, la primera dormida, la segunda se supone que muerta): Cariño, ¡cariño! ¡Al fin, al fin lo he visto. Tenía razón...! ¡Cariño! ¿Cariño...? (la madre abre los ojos, mira al esposo y éste se hunde, volvemos al tiempo actual): No hizo falta que hablaras... Me lo dijeron tus ojos.

(La iluminación completa del escenario se recupera gradualmente. El matrimonio, destrozado, vuelve hacia el espacio de la chimenea, abrazados los dos. Está allí el JOVEN, que ha contemplado compungido la escena. El SEÑOR se quita la bata blanca)

JOVEN: Verdaderamente es duro.
SEÑOR: Lo más duro que puede pasarle a un ser humano, hijo...
JOVEN: Y es normal, es normal que se refugiara en el microscopio. Incluso que el descubrimiento, ¡el milagro!, se produjera en aquellos graves momentos...
SEÑORA: Sí, porque su ausencia del mundo era total.
SEÑOR: Mi necesidad de huir, de huir a otros espacios... (la conversación deriva a otros terrenos)
JOVEN: En efecto: a otro mundo, a otro de los muchos mundos del universo...
SEÑOR: Con sus propias normas.
JOVEN: Con sus peculiares criaturas...
SEÑOR: Pero con nuestras mismas pasiones.
JOVEN: Y nuestras mismas reacciones... (se nota su esfuerzo por intentar cambiar de tema): ¿Sabe?, también yo he querido huir de mis penurias y también yo sé lo que es refugiarme en esos mundos desconcertantes... Mi primera visión del mundo microscópico la presiento determinante para mi futuro. Por vez primera creo haber encontrado mi camino... Tengo la intención de comprarme un microscopio . Eso y mi afición por la fotografía son las dos únicas cosas que me mantienen en pie. Las únicas que arrojan alguna luz a esta desorientación en la que ahora me encuentro...
SEÑOR: (consiguiendo olvidar la pena de la anterior escena y comenzando a emocionarse): Pues le auguro un buen porvenir, caballero...
JOVEN: (que ni ha oído al SEÑOR): Estoy deseoso de tener mi propio microscopio y observar... No sé, cualquier cosa. Porque cualquier cosa de ese mundo resulta apasionante...
SEÑOR: Sí, cualquier cosa, ¡cualquier cosa! (enajenado): La contracción amiboidea . Eso es: la contracción amiboidea, ¡por ejemplo...!
JOVEN: (con idéntica enajenación): ¡Por ejemplo!
SEÑOR: ...cómo el leucocito errante abre brecha en la pared vascular, desertando de la sangre a las comarcas conjuntivas, a la manera del preso que lima las rejas de su cárcel.
JOVEN: O... ¡los campos traqueales y laríngeos!
SEÑOR: Eso: Los campos traqueales y laríngeos, sí.
JOVEN: ¿Qué le parecen?
SEÑOR: ¡Imponentes!
JOVEN: Sembrados de pestañas vibrátiles que, por virtud de secretos impulsos, ondean cual campo de espigas...
SEÑOR: ¡Exacto! Cual campo de espigas al soplo de brisa invernal.
¿Y el incansable latigueo del zoospermo..? ¿eh? ¿Qué me dice de ese latigueo del zoospermo? Lo habrá visto corretear alguna vez, ¿eh...?
JOVEN: (simula con la mano el movimiento): ¿Qué si lo habré visto...?
SEÑOR: Y qué le parece, ¿eh...? ¿cómo corre hacia el óvulo...?
JOVEN: Sí, ¡como corre!
SEÑOR: ¡Pero cómo...!
JOVEN: (cual arenga militar): ¡A por el óvulo!
SEÑOR: ¡A por él!
JOVEN: ¡Sí señor!
SEÑOR: ¡A por el óvulo!: imán de sus amores, (simula de nuevo el movimiento con las manos): ¡zis, zas, zis, zas!. ¿Quién osará negar que existe una severa competencia de carreristas en los zoospermos, que para dar cima al acto supremo de la fecundación, vuelan, ¡zis zas!, en denso enjambre hacia el óvulo?
SEÑOR: Y ¿la célula nerviosa...?
JOVEN: Sí señor, ¡la célula nerviosa! Esa, esa es la que más me interesa...
SEÑOR: ¡Y a mí caballero y a mí!: Su majestad la neurona (tendiéndole la mano): ¡Choque esos cinco! (se dan la mano).
JOVEN: La más noble casta del elemento orgánico, si señor: la célula nerviosa. Extendiendo sus brazos de gigante (imita con los suyos), a modo de los tentáculos de un pulpo, hasta las provincias fronterizas del mundo exterior, para vigilar las constantes asechanzas de las fuerzas físico-químicas;
SEÑOR: ¿Y el óvulo? ¿Qué me dice del óvulo, con su sencilla y severa arquitectura, guardando el secreto de las formas orgánicas, y cuyo protoplasma se asemeja a la nebulosa, donde bullen en germen mundos innumerables que se desprenderán en futuros anillos?
JOVEN: ¡Chapeau al óvulo! (ahora es él el que le tiende la mano al SEÑOR y este la estrecha entusiasmado). Y la geométrica arquitectura de la fibra muscular, especie de complicadísima pila de Volta, donde a semejanza de la locomotora el calor se transforma en fuerza mecánica...
SEÑOR: ¡Y la célula glandular! Que por sencilla manera fabrica los fermentos de la química viviente, consumiendo generosamente su propia vida en provecho de los demás elementos, sus hermanos, las células adiposas, modelo de economía doméstica, quienes en previsión de futuras escaseces reservan los alimentos sobrantes del festín de la vida para utilizarlos en las huelgas orgánicas y en los grandes conflictos nutritivos... ¡Apasionante!
JOVEN: ¡Apasionante!
SEÑOR: Y... (cambiando de tema, más serio) el ejercicio de la medicina, joven, ¿no le atrae el ejercicio de la medicina...?
JOVEN: Ni me gusta ni creo que sería capaz de hacerlo bien...
SEÑOR: Tampoco yo...
JOVEN: Pues coincidimos en todo....




Servando Gotor
CAJAL, Cuentos y enredos, 1998


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