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RAMÓN J. SENDER




Textos escogidos:






Estudios y enlaces:



RAMÓN J. SENDER (Chalamera, Huesca, 1901 - San Diego, USA, 1982).  Escritor español, nacido en Chalamera (Huesca). Tomó parte en las guerras de Marruecos en las décadas de 1910 y 1920. A su regreso se instaló en Madrid y trabajó como periodista en El Sol hasta 1929, fecha en la que empezó a escribir para periódicos más radicales. Participó en actividades anarquistas, que terminaron decepcionándole, por lo que se hizo comunista, aunque más tarde, durante la Guerra Civil española, renegó también de esta ideología y en 1938 se exilió a Francia y posteriormente a México y Estados Unidos. Su obra, de carácter realista, analiza con crudeza la realidad social desde una óptica revolucionaria. Es autor de Imán (1930), una novela sobre la guerra de Marruecos; Mr. Witt en el cantón (1935), con la que obtuvo el Premio Nacional de Literatura; Crónica del alba (1942), de carácter autobiográfico; Requiem por un campesino español (1960; primera edición de 1953 con el título de Mosén Millán); El bandido adolescente (1965), sobre el pistolero norteamericano Billy el Niño; y La aventura equinocial de Lope de Aguirre (1968), entre otras muchas. Falleció en 1982 en San Diego. (epdlp.es)



LA AVENTURA EQUINOCCIAL DE LOPE DE AGUIRRE (Ramón J. Sender)



"Miserable soy, pero no mas que otros. Y tenemos nuestra justicia. Yo voy a fundar un reino a mi manera. ¿Es que no tenemos nosotros derecho a conducirnos estúpidamente en lo alto de la pirámide como los que están ahora? ¿Es que yo no tengo el mismo derecho que Pizarro y que La Gasca y Hurtado de Mendoza a ser simple cuando quiera y bellaco cuando me de la gana con una cadena de oro cruzada al pecho que sea devoción y encomienda y gala todo junto?” 


Así hablaba Lope de Aguirre, y golpeándose el pecho con el puño cerrado añadía: “Nosotros. Somos nosotros los que hemos venido a la jornada de Indias. Somos lo mejor de cada familia porque somos los que no van a heredar nada y tienen que buscarse el honor y el ducado a fuerza de ingenio y a punta de espada. Somos honrados, pero ¿para que nos sirve a los que no tenemos tierra para fundar ni rentas con que lucir? Toda mi honradez la pongo debajo de la bota, de esta bota que se afirma malamente en el suelo a causa del arcabuzazo que me dieron en la pierna. Un lujo, la honradez, pero no el mejor, para mi. Tal vez para Pedrarias. No, tampoco para el. Para nadie. Poco haría con su honradez Felipe II si no matara gente. Que ha matado mas cristianos en secreto que diez veces la gente que yo llevo en el real.

"Yo soy yo. Yo soy vosotros. Yo soy todos los demás y yo soy el único entero y joven o viejo, rico o pobre, lisiado o sano, a quien vais a escuchar, a quien vais a obedecer y a soñar. ¡Me estáis soñando ya vuesas mercedes los amigos de don Hernando, hijos de la gran put a! Yo no tenía interés en venir a la vida, pero he venido, y mucho cuidado, chapetones de Castilla, que los cojos de las provincias vascongadas os andamos a los alcances. Me alegro de haber venido a este Amazonas, donde parece que todo lo que vemos y lo que oímos es sólo el fondo de un milagro, el milagro que tengo que hacer yo solo. Lo que he valido yo lo sabía, pero ahora lo van a saber vuesas mercedes, marañones. Si no fuera por esta jornada del Amazonas, nunca se me habría presentado la ocasión, y van vuesas mercedes a ver lo que un hombre como yo hace cuando le llega la ocasión, cuando ya no viven La Bandera ni Zalduendo ni otros que trataban de torcerme el camino. Mi camino.”


Ramón J. Sender
La aventura equinoccial de Lope de Aguirre, 1964



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LA AVENTURA LITERARIA DE RAMÓN J. SENDER (Arturo Pérez Reverte)





Gracias a él comprendí mejor la atroz realidad de ser español. A través de sus páginas me sublevé contra mi rey camino de El Dorado, peleé junto a los Almogávares en Bizancio, viví la guerra cantonal o sufrí bajo el sol despiadado de Marruecos. Le debo muchos ratos de feliz lectura a ese oscense que tuvo la desgracia de nacer aquí, de ser exiliado de izquierdas para unos e ir demasiado a su aire para otros, díscolo y aragonés, malquerido al fin y ninguneado por casi todos. Primero anarquista, después comunista y al final fugitivo de sí mismo, perdió una guerra civil, una mujer fusilada, unos hijos abandonados, una patria y casi todas las ilusiones, salvo la de escribir -a veces demasiado- contando historias hasta el final de sus días. Historias que lo explicaban a él y a la atormentada piel de toro española, turbia y homicida, cuna de Caín, que tan a fondo conoció. El año 2001, el de su centenario, pasó ya sin pena ni gloria, salvo muy pocas y honrosas excepciones, perdida la ocasión para reivindicar seriamente su obra. Y Ramón J. Sender, uno de los poquísimos grandes novelistas españoles del siglo XX, vuelve a sumirse en esa zona gris, intermedia, difusa, del desdén y del olvido. No tuvo suerte Sender. La generación del 27 se la traía bastante floja, y el estilo, que por cierto poseía, no era para él más que un instrumento, una herramienta eficaz al servicio del acto principal, narrativo: contar bien una buena historia y aproximarnos al corazón del hombre, a nuestro corazón, a través de ella. Por eso, en este país de soplapollas donde los cortadores del bacalao cultural jugaron durante décadas, y ahí siguen algunos, a despreciar todo lo que no fuese experimentalismo y estilo floripondioso, aunque no hubiese nada debajo, Ramón J. Sender, pese a que la segunda edición de su primera novela, Imán, alcanzó en 1933 una tirada de 30.000 ejemplares -un best-seller para la época-, fue considerado desde la guerra civil escritor de segunda fila, especie de reliquia extraña de otros tiempos que vivía en el extranjero y se empeñaba en el acto decimonónico, obsoleto, de contar. Olvidando esos mandarines de la culta latiniparla que, en literatura, lo poético puede surgir tanto del estilo como del fondo contextual y que muchas veces lo primero sólo es artificio -cítenme ahora mismo de memoria, si pueden, los títulos de cuatro novelas de Fulano, Mengano o Zutano que en su momento fueron saludadas por la crítica oficial como obras maestras imprescindibles-, mientras que lo segundo es de más denso calado, y permanece. Y explica.


Ahí está, desde mi punto de vista, la clave del Sender novelista. Que nadie en la literatura del siglo XX nos explica España tan bien como él. Ni siquiera Baroja o Blasco Ibáñez en su amplia obra novelesca, ni el Pascual Duarte de Cela, ni Valle-Inclán en su Ruedo Ibérico, ni el Galdós de los últimos Episodios nacionales. Nadie consigue transmitirnos, como Sender en sus muchísimas páginas a veces irregulares, a veces mediocres, a menudo extraordinarias, la desoladora certeza de que el del español fue siempre un largo y doloroso camino hacia ninguna parte, jalonado de ruindad y de infamia. De que la grandeza, el fulgor de nuestra historia, resulta compatible con nuestra miserable condición humana; y que, paradójicamente, una es complemento o consecuencia de la otra, y viceversa. La aventura equinoccial de Lope de Aguirre, por ejemplo, ayuda a comprender y a comprendernos. Ese conquistador visionario y duro, que no deja la coraza y las armas para dormir porque no se fía ni de los hombres a los que arrastra en su locura, con esa carta que escribe al rey de España de igual a igual, liberándose del vasallaje, adiós, Felipe, no eres mejor que yo porque estés más alto, tú matas por personas interpuestas y yo mato con mis propias manos, y asumo el resultado con la arrogancia que dan mis peligros y mi espada. O esos mercenarios catalanes y aragoneses de Bizancio, rodeados de enemigos en el extremo oriental del Mediterráneo, rapaces, crueles y lentos, que entran en combate bajo su propia bandera cuatribarrada, voceando Aragón y San Jorge, y que en ratos libres de la tarea de degollar turcos o vengarse de bizantinos y de varegos se acuchillan con saña entre ellos gracias al virus de la guerra civil que todo español por nacimiento y lleva consigo allí a donde va, por muy lejos que vaya.

Hay novelas de Ramón J. Sender que me gustan más que otras. Sí tuviera que recomendar algunas, aparte de La aventura equinoccial de Lope de Aguirre y Bizancio, que son mis favoritas, añadiría Imán, Mister Witt en el Cantón, Réquiem por un campesino español y la monumental Crónica del Alba. De modo que, si esta página les abre hoy el apetito senderiano me alegro. Vayan, entonces, y léanse alguna. En esas páginas hay literatura como tiene que ser. Como fue y seguirá siendo siempre, pese a los imbéciles a los falsificadores y a los mangantes.


Arturo Pérez Reverte
El Semanal, 24 marzo 2002

EL BANDIDO ADOLESCENTE (Ramón J. Sender)





Selección de textos:

Tenía a gala hablar español. Era un caballerito hispano-irlandés: un milenio regazado de los que salieron de Iberia para Grecia y de Grecia para Irlanda seis siglos antes de la era cristiana (...) A los once años usaba ya con sus enemigos infantiles aquella amenaza tan frecuente entre los aventureros españoles del siglo XVI: "Me vais a soñar, hijos de puta".

***

Aprendió con los pilluelos de piel oscura a hablar un español mejicanizado como se puede suponer y un poco arcaico. Decía trujo y asina y denantes. También decía reñire por reñir, dolore por dolor y plebe por multitud.

***

No se veía Billy todavía el desperado que había de ser más tarde. Así dice al menos el sheriff Garrett. En el suroeste la gente de habla inglesa llama así -es decir, desperados- a los hombres que tratan de escapar a sus perseguidores después de haber hecho alguna fechoría grande. Desperados. La presencia de los españoles en el mundo ha dejado palabras que aluden frecuentemente a la violencia. Un desperado (es decir, desesperado) es lo que los yanquis llaman en su idioma un gangster. En inglés expresan con esta palabra la peculiaridad social del hombre. Un gagster es un hombre de gang, es decir de cuadrilla. Un desperado es una definición moral y además un tipo de criminal individualizado e individualista. hay que distinguir entre el gregario violento y el verdadero héroe solitario que va y viene sin compañía entre el cielo y la tierra 

***

Los mejores amigos de Billy (a los cuales el muchacho fue leal) eran de origen hispánico. Si los anglos despreciaban a los spicks (así llamaban a los spanish) por su piel oscura, Billy the Kid los admiraba. Y cuando Billy se sentía en una situación esforzada, difícil o heroica hablaba español instintivamente (...) Por esas razones la gente hispana de New México quería a Billy. El poder de identificación del muchacho con el ambiente era prodigioso.

***
También Garrett componía versos, pero los suyos eran versos de policía. Entre dos cabalgadas el sheriff dejaba el revólver montado al pelo, por si acaso, y se ponía a escribir sobre Billy chupando el lápiz:

Inmerso en los peligros de la vida
amaba a las mujeres, por fortuna...

***

Todavía usaba la palabra pecunia en todos los países como expresión del factor económico y venía esa palabra de pecus, es decir, animal de pezuña.

***

Matar a un hombre no es ofenderlo. La muerte la lleva todo el mundo en la sangre desde que nace. Lo único que hacemos es adelantarle la fecha a nuestro enemigo para impedir que él haga lo mismo con uno. Eso es. Yo soy hombre de amistades, Pat. Digo que para mí el amigo lo es todo. Yo maté a Carlyle, pero es la vida la que nos mata a todos y adelantar la fecha o atrasarla nos quiere decir gran cosa.

***

Y me dijo un día: "Billy, hay muchas clases de seres vivos. Y usted y yo pertenecemos a la misma casta. ¿Qué casta? La de una clase de elefantes que en la India llaman rogues". Yo me reí porque esa palabra tiene dos sentidos: el rogue, es decir, el sinvergüenza, y el elefante rogue, es decir, el que va solo.



Ramón J. Sender
de El Bandido Adolescente
Biblioteca Básica Salvat
Libros RTV

ZARAGOZA EN "CRÓNICA DEL ALBA" (de Ramón J. Sender)






Mi padre había alquilado el primer piso de la casa de los marqueses de M. en el número quince de la calle de Juan de Aragón. Estrecha y sombría, comenzaba junto a la iglesia de la Magdalena, un antiguo templo pagano de los tiempos de Augusto sobre el cual se había construido una mezquita con su minarete en tiempo de los árabes, y más tarde había sido dedicado a templo cristiano. Por los ajimeces salían murciélagos, al oscurecer. En el otro extremo de la calle estaba el Arco del Deán, que no era tal arco, sino un túnel de piedra de más de veinte metros de profundidad y la entrada verdaderamente grandiosa de La Seo. Esta era la verdadera catedral de Zaragoza, en la cual se veía también un basamento romano, un decorado mudéjar y un arquerío gótico. La labor del coro era renacentista, y el conjunto, de una grandeza y una sobriedad impresionante?

... La ciudad verdadera estaba en el Coso y en el paseo de la Independencia con su plaza del mismo nombre, la calle Alfonso y la plaza del Pilar. El templo del Pilar, tan hermoso y tan grande, era moderno y decorado como un hotel o un banco de lujo. Todo el barrio del Pilar, con excepción de San Juan de los Panetes - que parece datar del siglo XIII- , era moderno. Mis padres veneraban a la Virgen del Pilar, pero no estimaban mucho el templo. En cuanto a la parte sureste de la ciudad, desde la plaza del Justicia Lanuza hasta Torrero y el cabezo de Buenavista, era la parte más hermosa y vivían allí los rentistas prósperos. Aquello era el porvenir. Casas con jardín, calefacción y hasta - creo yo - con piscina privada ...

... Un poco más abajo, por la calle Cerdán, se iba al mercado, donde millares de compradores y vendedores hacían cada día sus negocios de frutas, legumbres, carne y pescado, protegidos del sol por un inmenso cobertizo de metal y cemento complicado como el laberinto de Creta. Los olores más diversos se mezclaban allí dentro, pero dominaba una sensación de frescura húmeda. Por el centro del pavimento de ladrillo había arroyuelos de agua circulando como en los alcázares moros. Aquel sitio me parecía terriblemente exótico ...

... La calle Precicadores era una calle ancha, de edificios altos con esa pátina entre topacio y rosa que dan los siglos a las viviendas civiles, mientras que las piedras de las catedrales y de los palacios toman un color oscuro de hierro cola ... 

... Detrás del costado norte de la calle de Predicadores se sentía el río con tres grandes puentes. Uno el del tren, otro el clásico puente de Piedra, de pilastras romanas, muy amplio. Por él pasaban las dos vías de los tranvías del Arrabal y de la estación del Norte. Todavía había otro más abajo, con pilastras de cemento, que debían ser el que usaban los carreteros y labradores de la parte más agrícola del municipio hacia la desembocadura del Gállego ...

... Fuimos del extremo histórico de la ciudad al más moderno. Allí estaban las finanzas saneadas, los comercios de lujo, los cafés de moda, con concertistas famosos. En fin, todo lo contrario de la calle de Don Juan de Aragón. El edificio era una casa antigua de seis pisos. Hacía esquina al callejón de la Audiencia, pero como en aquel lugar el Coso torcía un poco hacia la calle de Cerdán, las ventanas y los balcones que daban a la calle de la Audiencia era como si dieran al Coso mismo. Un lugar de veras hermoso para vivir. Yo no cabía dentro de mi piel, me sentía hombre moderno, civilizado y cosmopolita. La casa inmediata a la nuestra era el palacio de los Luna, un caserón renacentista que los turistas visitaban y fotografiaban y que tenía una hermosa portada con los gigantes de piedra, uno a cada lado, que sostenían el friso y amenazando a hipotéticos enemigos con enormes mazas de piedra. Aquel edificio se dedicaba a Audiencia Provincial. Cuando entraba o salía de mi casa lo miraba con respeto ...

... Veía al pasar por la calle el edificio moderno y lujoso (Casino Mercantil), con su portero de librea, pero nunca había entrado. El Coso era allí ancho, limpio y silencioso. Paseaban parejas domingueras, automóviles, coches de caballos con las ruedas blancas como la nieve. Y hacia media tarde llegaban músicos ambulantes que tocaban, cantaban y vendían la letra de las canciones en unas hojitas color rosa. La gente los rodeaba en un gran grupo inmóvil y la voz de los cantantes hallaba un eco de día de fiesta en las piedras del palacio de la Audiencia. Se veía salir por el Arco de San Roque y por el lado de las Escuelas Pías grandes grupos que volvían de los toros. Vendedores de periódicos aparecían pregonando un semanario taurino: Pitos y palmas, con la cogida de Belmonte o tal vez el triunfo de Florentino Ballesteros, que era un torero aragonés.

Ramón J. Sender
Crónica del alba (1942 - 1966)
textos extraídos de la 
selección en 
(Ayuntamiento de Zaragoza)




RAMÓN J. SENDER: RAZONES PARA UN CLÁSICO DEL SIGLO XX (Juan Carlos Ara Torralba)



Uno viene observando, de un tiempo acá, cómo andan asentándose algunas taxonomías aceptables para la localización cabal, en nuestra sinuosa enciclopedia, de los novelistas del convulso siglo pasado. En los días que corren proliferan los inventarios, razonablemente unánimes, y las colecciones que transparentan un progresivo consenso. Comienza el siglo XXI y llega la hora propicia (más una pizca de superstición cronológica) de clasificar, de sugerir especies y clásicos de las formas de escritura de la vigésima centuria.
No parece lógica, sin embargo, la tenaz desubicación de la obra y figura de Ramón José Sender Garcés (Chalamera de Cinca, Huesca, 3-II-1901; San Diego,California, 16-I-1982) no sólo dentro del canon occidental sino del más modesto territorio de la historia literaria española. 
Algo habrá que decir, sin embargo, de un novelista que no carece de lectores contumaces, de reediciones continuas, de traducciones a un holgado número de idiomas y, paradójicamente, de críticos que una vez sí y otra también señalan al autor de Imán como el cuarto gran novelista español, tras Cervantes, Pérez Galdós y Baroja. No deberían faltar cálculos y razones para tamaña elevación, y se me ocurre que el más sobresaliente de ellos (quizá por ser el de mayor profundidad) pasa por que la escritura de Sender alcanzó a recorrer la realidad de su tiempo con idéntica clarividencia que la de Cervantes y Galdós respecto de los suyos.
Sí, la novelística de Sender es esencialmente recursiva, extensa, ensayística en cuanto que preparado atento a captar los niveles del existir (título de un inolvidable libro de la enealogía Crónica del alba) del hombre del siglo XX. Como tal, a Sender no le faltó el requisito indispensable para ser un escritor de su época: la vocación de modernidad. Sender manifestó en diferentes ocasiones esta propensión bien en juicios y afinidades electivas, bien en confidencias epistolares y menudas, como las correspondidas con su coterráneo y compañero de exilio Joaquín Maurín. Conviene reparar en que tal característica, la de probar con solvencia diferentes modos de acercamiento a los niveles, se considera propia de cualquier artista clásico del siglo pasado, desde Picasso a Stravinsky. Ensayó Sender varias fórmulas, y ésta es causa no sólo de que se hable de un primer o de un segundo Sender, sino también de la desubicación arriba sugerida.
Pero con la vocación no basta para ser clásico, ni siquiera en un siglo en el que poco a poco la apuesta (la propuesta, el gesto original y vanguardista) pareció valor suficiente en la sucesión de ismos y mercados culturales. Sender añadió a aquella obsesiva voluntad un oficio narrativo sin el cual no se comprende la escritura compulsiva de miles de páginas (ni tampoco, en similar orden de cosas, la hechura efectiva y la técnica impecable de los cuadros del admirado Picasso). Resultan reveladores, en este sentido, los consejos de veterano autor que Sender insinúa a su amigo Maurín trashaberle enviado éste, candorosamente, el borrador de una obra. Hablaba allí Sender de confiarle trucos y otras artimañas de carpintería novelera. Un lector de Sender los intuye tras la perfección del diseño de situaciones, composición y personajes.
Desde la distancia crítica de lector no inocente puede intuirse, asímismo, que Sender tuvo su aprendizaje. Fue también mancebo de las letras como lo había sido de farmacia en su juventud, allá por tierras aragonesas y madrileñas. Largas jornadas de ejercicio periodístico (y con seguridad la lectura atenta de algunos maestros como Baroja, en el tono menor y aventurero, y aun Valle-Inclán en el épico-trágico) le adiestraron en el manejo magistral de su mejor arma literaria: la crónica. No debe olvidarse que Sender firmó cientos de artículos y crónicas en La Tierra oscense o en los madrileños El Solo La Libertad, entre otras muchas revistas (cientos de artículos enviados cumplidamente a la «American Literary Agency» en intervalos precisos y durante años de penoso exilio), y que el título de una de sus obras más justamente afamadas es Crónica del alba. Así, en su indagación de los niveles del existir y de la realidad profunda de su tiempo Sender jamás olvidó los fundamentos documentales, cronísticos y aun reporteros. Todas las novelas de Sender tienen una especie de grado cero, falsamente simple, de escritura. Hay una historia progresiva, lineal. Jamás falta el suceso.Ahora bien, sin negar la habilidad de escritura de la ocasión, del sucedido o de la anécdota, el oficio y la vocación de Sender tendieron a trascender la crónica mediante la fundación de otros niveles
de significado sobre aquélla; estratos progresivamente míticos,simbólicos; ensayos de explicación globales de la condición humana. Ambas cosas, crónica y alba, son lo que queda y lo que más atrae de su escritura.
Con aquel bagaje imprescindible, Sender fue superando y asimilando, sucesivamente, el psicologicismo modernista, la crónica sentimental, el documentalismo tremendo, el expresionismo, el existencialismo y aun el realismo mágico (hasta lisérgico) de sus novelas de madurez americana. Un poco de todo ello hay en sus obras del largo exilio, y al análisis de tales modos han dedicado los más perspicaces críticos bastantes páginas. A ninguno de los últimos les falta, claro parece, razón; señaladamente a los que atienden (allende etiquetas que hermanan justamente a Sender con los expresionistas alemanes de entreguerras, con Kafka, con Sartre o Camus, con Graves o Faulkner) los logros propios del que aspira a una vigencia canónica o enciclopédica (el imperativo atemporal) de sus novelas. Uno de ellos es la tendencia natural de Sender a la mostración épico-trágica de conflictos individuales de un héroe arquetípico. Este aliento teatral suele identificarse con lo que Sender llamaba entrar en situación, y que en el autor de Los laureles de Anselmo pasó por someter a sus protagonistas (siempre solitarios, siempre perseguidos, siempre supervivientes) a encrucijadas inevitables dentro de la armazón cronística y que dejaban al descubierto la condición más ganglionar (adjetivo tan grato al pensamiento senderiano, siempre atento a los vínculos de unión entre lo material y lo trascendente) o natural del género humano. 
Esta obsesión por desenmascarar al hombre y dejarle solo frente a los impulsos más primarios puede detectarse desde Imán (1930) a En la vida de Ignacio Morel (1969), y responde a ese designio primitivista y tremendo que recorrió las artes occidentales en el ancho campo cronológico que comprende el tranco 1920-1970, año arriba, año abajo. Propendió Sender a desbaratar las llamadas mistificaciones de la ideología y el arte burgueses mediante la denuncia documental y la trascendencia mítica. Estas inquisiciones se resolvieron en la narrativa senderiana a través de inevitables secuencias de culpa, expiación y violencia, trufadas de regresos a la infancia o de ascensos simbólicos a un mundo angelical y mágico. En Sender, este nivel, esta esfera monitora llegaría a confudirse naturalmente con el refugio en la memoria y en la propia escritura.
Tal vez sea la asombrosa capacidad de fabulación la que termine de explicar el porqué del carácter clásico de una narrativa senderiana que siempre partió del azar de la crónica y del sucedido hacia la lección mítica y consoladora. Y es que sólo los clásicos saben poner en tela de juicio la realidad aceptada; ellos conocen cómo sacudir e inquietar al lector con parábolas que procuran gozo y reflexión, que delimitan una nueva estética e incluso una nueva epistemología que al cabo de los años se entiende como normal o propia de una época pretérita, pero accesible.


Juan Carlos Ara Torralba
de Ramón J. Sender
Novelistas españoles del siglo XX
Noviembre 2003

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y debidamente anotado
de la Fundación Juan March


EL DESASTRE DE ANNUAL: "IMÁN" Y LA NOVELA HISTÓRICA DE SENDER (Francisco Carrasquer)



¿De que trata Imán?. El ámbito temporal abarcado este quinquenio entre 1920 y 1925, y en especial las posiciones de la zona de la comandancia de Melilla; pero el pivote sobre el que gira prácticamente toda la novela es el famoso "desastre de Annual" en el verano de 1921. La acción álgida de Imán se desarrolla en una posición cubierta de Annual, llamada en la novela R. De modo que "el desastre" se revive un poco al sesgo de su centro de gravedad, si bien con las mismas consecuencias "desastrosas" que si el episodio se hubiera preferido a Annual mismo. Los preparativos de la acción culminante -la defensa y pérdida de la posición R- ocupan las primeras ochenta y tres páginas. Esta acción crucial en sí misma se desarrolla a lo largo de unas treinta páginas y el resto, hasta la última página  (272), lo ocupan la retirada, un contraataque y la vuelta a España del protagonista licenciado. Este -el protagonista Viance, que como indica el título atrae las gracias como el iman las limaduras de hierro- es el único hilo ensamblador del relato. La obra no tiene, por lo demás, trama novelesca propiamente dicha. De ahí que, por la forma, se haya dicho que es el libro un reportaje o una crónica más que una novela, lo que no admitimos -y este capítulo está destinado a probar lo contrario- desde el momento en que Imán no nos enseña. Episodio histórico a base de datos, sino que nos hace vivir en un mundo único y convivir con criaturas también únicas que nos dan una síntesis de humanidad única, por añadidura; todo lo cual es la definición de la novela, más o menos. Pero de todo esto ya iremos hablando más despacio. Sigamos con lo que llamamos el "contenido", con el perfil, relieve o "bulto" de Imán a simple vista. Lo más largo e importante del libro es la huida del (anti)héroe. Y lo verdaderamente épico (si se quiere, épico de signo adverso, pero épico). Ninguna escena militar se prolonga demasiado. De otro modo, le sería imposible al lector aguantar el ritmo brillante de las descripciones "alucinadas" de Sender. Siempre intercala a tiempo escenas de vivac o de blocao, diálogos de centinela o de cantina, encuentros imprevistos y, sobre todo, evocaciones de Viance con el narrador Antonio (nombre con el que se presenta el autor) o sin él, asociaciones de ideas de sentimientos e intuiciones más o menos confusas y explícitas. La novela está escrita en primera persona, aunque el autor interviene directamente muy pocas veces como personaje-narrador.  ¿Habría sido mejor que la hubiese escrito en tercera persona? He aquí un problema técnico nada fácil de resolver a posteriori. Sobre la marcha, si a uno Le da por recordar -caso muy raro, porque el lector está materialmente emballé en el relato- que no es el autor el que vive la peripecia, se hace inverosímil que el autor de la reproduzca tan detalladamente y sobre todo tan interiorizadamente. Dentro de la realidad expuesta en la novela, el autor es el confidente del protagonista y se puede dar por supuesto que va reconstituyendo todos los pasos de éste por habérselos contado. Pero esta suposición no deja de ser gratuita, aunque nos venga a las mientes espontáneamente. La novela empieza describiendo una marcha y Viance va en los batallones que vienen a reforzar la posición en que ya se encuentra el narrador. El protagonista entra en escena por las buenas, como quien no quiere la cosa, sin punto y aparte, después de una coma: "Y casi todos (¿con?) una mirada deslustrada, que en Viance es una lejana y feliz mirada de estupefacción". Con Viance entra ya en acción, a la segunda página, el contrapunto de la obra: la poesía barrida o sofocada por la realidad que se cierne de tanto en tanto en los confines del recuerdo como un espejismo en el desierto más cruel. Pues bien, de hecho es una novela en tercera persona, pero formalmente en primera. Tal vez sea esta ambigüedad -premeditada o no- un buen artificio para hacer pasar la reflexión de Viance, de lo sentido o intuido muy vaga y balbucientemente, a lo plenamente expresado.  Muchas veces se da cuenta el autor de que su personaje no puede hablar o pensar como lo está expresando él y se vale de este artificio variamente indicado: "Estas reflexiones no las resuelve Viance; pero las plantea oscuramente y quedan iniciadas en la subsconsciencia, otra vez alerta" (...) Caso límite de estos recursos es la escapatoria que se da Sender al dejarse llevar un poco por la oratoria, esta vez no con Viance, sino por boca del extraño eremita español que va coleccionando herraduras de los caballos muertos para venderlas por cuatro perras en el zoco. Después del discurso (que para las intenciones de la obra es seguramente central), el autor se da cuenta de que es inverosímil (ya se sabe que podía ser real, pero la realidad en la novela -la verosimilitud- no se puede permitir los lujos de arbitrariedad de contrastre y de absurdo que la realidad se permite), y en vez de eliminar la parrafada nos la hace tragar con el comentario final que está reforzado hasta con puntos de admiración.

Francisco Carrasquer
"Imán" y la novela histórica de Sender


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Ver esta obra en google books


EL DESASTRE DE ANNUAL: Orines con azucar (Ramón J. Sender)




Viance mira con espanto al cielo; pero no hay ya nubes; no es de temer, por ahora, otro salto. Ni las ametralladoras ni los cañones contestan. Alguna granada y el indeciso crepitar de los fusiles. Los moros ríen, gritan, amenazan desde su zanja. Tienen un acento victorioso incomprensible después de esa carnicería. Las baterías de Annual disparan ahora muy cerca de la trinchera, ya borrada entre montones de tierra removida y hoyos de las explosiones. Dos o tres granadas caen por casualidad sobre la trinchera perpendicular y quedan a los costados, tendidos, pedazos de trapo, miembros humanos quizá. 
Viance se siente bañado en sudor frío. Tiene náuseas, le duele el hombro, las encías, y en el cuello cerca de la espalda parece que le han clavado un gancho de acero. Tarda un rato en darse cuenta de quién es, y cuando se pasa una mano por la barba, no siente ningún contacto. Después, sí. Nota como dos asas bajo la piel floja, a lo largo de cada mejilla y piensa que tan flaco no podrían afeitarle sin hacerle alguna cortadura. Se sienta. Le asoma por el roto del pantalón una rodilla seca y magra. A su derecha, hay como cuatro metros sin refuerzos. «¿A que se han cargado a aquel de la cara tan lastimosa?» Y sin saber por qué siente por él un desprecio infinito. En el fondo tiene el convencimiento de su superioridad, y lo autoriza un hecho mezquino: el haber bebido los orines con azúcar mientras que el otro los ha tomado solos. 
(...)
Vienen dos soldados llevando el fusil cogido por la correa, colgando, para no quemarse. Uno, con la cabeza vendada, que parece el muñón nudoso y nevado de un árbol, fuma un pitillo y repite que estuvo en Cuba y se gastó buenos cuartos.
(...)
Sueltan los dos a reír. Viance repite al oírlos:
—¡Voceras!
Le molesta que hablen los demás, y sobre todo que se rían. Nuevas descargas y de nuevo funciona la artillería. 
Algunos se alzan trabajosamente con un aire aburrido, y un sargento se acerca:
—¡Arriba, Viance!
Se quiere incorporar; pero cae y queda arrodillado, con una mano en tierra y la otra apoyada en el fusil.
—¡A la orden, sargento!
No puede alzarse, y al darse cuenta el sargento lo incorpora y lo deja de pie pegado al parapeto, con el fusil dispuesto. Coge otro él y se pone a su lado. Le ofrece la cantimplora.
—¿Están calientes?
—No. Se han enfriado y llevan azúcar. Viance bebe por segunda vez desde hace tres días. Sed, lo que se llama sed, no la siente. El primer día no podía parar. El segundo ya casi le daba lo mismo, aunque se le aflojan a uno los huesos y salen ampollas en los labios. Después vuelve otra vez la locura de la sed, y luego una modorra que hace hervir los sesos y las entrañas y que a los cinco o seis días en una tarde de este mes —julio— se lo llevan a uno rabiando como un perro. Viance pregunta:
—¿Hay relevo?

El sargento niega y dispara. Hacia la mañana se podrá dormir un poco.
—Yo lo que quería es partirle el alma a un áscari de los que han salvado la piel —gruñe Viance.
Pero el sargento le dice que esté alerta, que podría ser que repitieran el asalto. No sabe porqué, Viance se deja caer otra vez de rodillas, musitando:
—¡Yo también soy un voceras!
Consigue pensar en sí mismo; pero se ve atontado con la ecuánime frialdad con que se ve aun desconocido.
—¿Qué soy yo? Hablo, hablo y no sé para qué, porque aquí nadie escucha. Es igual que grites como que hables al oído. Se ríen y se van. Y si dices que es una injusticia, se están riendo hasta el toque de silencio. Nada, nada, eres, Viance. ¡Voceras, coño, que os hartáis de meaos y creéis en el convoy de mañana!
Un silencio. Hacia el rincón, cantan los fusiles y redoblan las ametralladoras.
—¡Buena canción! Si estuviera aquí aquel oficial herrero que bailaba con el ruido del yunque y con el son de las campanas cuando no estaba el patrón, también bailaría ahora. 
Vuelve el amigo de la expresión «lastimosa» cojeando:
—¿Y eso?
—El médico nos pone «servicio» a todos los heridos que se pueden tener en pie.
—¿Ya no hay tiros de suerte?
—¡Sí, aquéllos! —y señala el rincón de los muertos.


Ramón J. Sender
Imán (1930)


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EL CALOR DE LOS DOS CUERPOS SE MEZCLABA (Ramón J. Sender)







—Una plaza más a Montparnasse. Por cinco francos, a París en veinte minutos. Cómodamente a París en un cuarto de hora. Ignacio no veía que hubiera sitio para un pasajero más. Sin embargo, el chófer insistía. La mujer que se había sentado delante, y que parecía una hembra de colmillo retorcido, abrazaba la cesta y decía: —Cada cual mira por sí como el diablo le da a entender. Inesperadamente apareció en la acera, al lado del chófer, Marcelle, la esposa de M.Saint-Julien. Recatada y sugestiva a un tiempo, como siempre. Miraba al interior del taxi con recelo y al ver a Ignacio pareció sorprendida. Fue una mirada de duda que se convirtió en sorpresa y confianza. Se acercó y dijo un poco turbada: —El chófer se empeña en que hay sitio. Los viajeros se apretaron un poco, pero a pesar de sus buenos deseos no lograban hacer bastante lugar. Sentía Ignacio las caderas del campesino contra las suyas. El hombre de la maleta parecía francamente disgustado y dijo entre dientes: "Es contra la ley llevar más de cuatro pasajeros". El chófer desplegaba su jovialidad: —Madame tiene que llegar a tiempo para ver a su esposo antes de las pruebas que van a hacerle en el hospital. Habría querido Ignacio dejarle su lugar y quedarse a pie esperando otro taxi o marchando a la estación a tomar el tren. Pero en los dos casos perdería la cita con Catherine. Dijo que tenía también asuntos en París a hora fija. El chófer buscaba soluciones:
—Madame puede acomodarse en las rodillas de algún caballero. ¿O es que se ha acabado la cortesía en Francia?
En broma y sin creer que ella aceptara, intervino Ignacio con el lugar común galante:
—Para mí no será una molestia, sino un privilegio.
Y sonrieron todos. Marcelle estaba calculando las posibilidades. Si la mujer que iba delante cediera la cesta a alguno de los pasajeros de atrás Marcelle podría sentarse en su falda. Pero la sola hipótesis pareció alarmar a aquella mujer, que abrazó más estrechamente su tesoro. Entre las dudas y las risas amables dijo el chófer:
—¡Será un peso dulce! Por otra parte, monsieur es amigo de madame y de su esposo, que yo lo sé.
Y volvía a reír cuidando de que su risa no resultara equívoca. Era sólo una risa bonachona de cinco francos. En fin madame se instaló procurando que los contactos fueran lo más neutros posible. La portezuela se cerró y se oyó el motor. Al partir el coche sintió Ignacio el cuerpo de Marcelle resbalando sobre sus muslos. En la expresión de Marcelle trataba de ver Ignacio algo concreto, por ejemplo en el temblor de su voz cuando respondía: 
—Voy bien, no se preocupe. 
En aquella voz veía Ignacio alusiones a los juegos sexuales de los niños con sugestiones (blanco y azul) de amanecer. Aquello había sido una sorpresa imprevisible y la consideraba Ignacio un buen presagio en relación con la intriga de Catherine. Bien comenzaba el día y no podía acabar mal. Cuando el taxi alcanzó velocidad mayor sintió que el cuerpo de Marcelle, obligado por el propio peso, se inclinaba a veces sobre su pecho. Con un movimiento instintivo Ignacio puso la mano en la cintura de la mujer y ella dijo entre dientes: 
—Perdone, pero no puedo evitarlo.
Lo decía con cierta vergüenza. Ignacio sintió en aquella voz lo que había de pureza merecedora y no pudo evitar oprimir más la cintura y alzar un poco las rodillas para sentir más cerca aquellas redondeces tibias. El calor de los dos cuerpos se mezclaba. Lamentaba Ignacio que el taxi anduviera tan de prisa porque hacía más precaria y transitoria una situación encantadora. Dijo el chófer:
—¿Va bien, señor?
—No puedo ir mejor, mon Dieu. Espero que madame vaya cómoda.
Ella miró el relojito de pulsera como dando a entender que estaba —y debía estar— impaciente y deseosa de llegar. Pero en aquel momento Ignacio se sentía excitado y pensaba que más tarde explayaría sus ansiedades en los brazos de Catherine. ¿Qué más daba? Como dice Bernard Shaw, en la naturaleza no hay sino deseo y voluptuosidad. El amor no existe en estado natural. Es una invención. Le sorprendía y extrañaba que Marcelle no hubiera insinuado protesta alguna y entonces trató de adaptar mejor y más explícitamente (sin disimular su deseo viril) su cuerpo al de ella. La reacción de ella era siempre la misma: volver a mirar nerviosamente el reloj. Eso le parecía natural a Ignacio, pero no le cohibía lo más mínimo. "A ella debe de parecerle natural e incluso halagüeña mi ansiedad. Al fin es una mujer y soy un hombre. Un poco de atrevimiento es siempre un homenaje y a veces un gran homenaje para la hembra.


Ramón J. Sender
En la vida de Ignacio Morel, 1969


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PRÓLOGO DE ENRIQUE MÚJICA PARA "RÉQUIEM POR UN CAMPESINO ESPAÑOL" DE RAMÓN J. SENDER





Contaba Fernando Savater que se convirtió en un incondicional de Sender a partir de la lectura de  Mister Witt en el cantón y de Réquiem por un campesino español, a las que califica de «dos de las rarísimas piezas perfectas de la narrativa española moderna». Ciertamente este libro, Réquiem por un campesino español, que apareció en su primera edición con el título de Mosén Millán, es una de esas obras perfectas que los grandes autores nos regalan en su madurez creadora. Tal como El viejo y el mar de Hemingway, La perla de John Steinbeck, el Mortal y rosa de Umbral, Los santos inocentes de Delibes, la Crónica de una muerte anunciada de García Márquez, o El duelo de Joseph Conrad. Una obra maestra grande, aunque por su tamaño pueda parecer pequeña o corta. 
Se dice que Sender escribió su Réquiem en una semana, y eso asombra con toda verdad. Pero es igual. A la manera de la geometría, en la literatura no importa el tiempo. Quiero decir que una obra maestra lo es tanto si su ejecución duró una semana o siete años -Stendhal tardó 54 días en La Cartuja de Parma. Y este Réquiem senderiano es una obra maestra, donde parece increíble que tanto pueda reunirse en tan poco espacio. En tres tiempos transcurre la narración. En el momento presente, cuando el cura se dispone a decir una misa por Paco el del Molino, el joven campesino al que bautizó y que luego fue su monaguillo, al que casó y al que acabaría por delatar y asistir en su ejecución en los días de la guerra civil. Un año atrás de entonces, con el recuerdo de aquellos días terribles de la delación y prendimiento de Paco y su asesinato. Y, finalmente, la rememoración en la vieja sacristía del nacimiento, infancia y crecimiento del campesino que después del 14 de abril acabará con el dominio señorial de aquel duque ausente, dueño de los pastos del monte, cuando Paco dirá:
-Vamos a quitarle la hierba al duque.
Y aquí está todo, decía, porque no falta nada. El aire permanente, y latente, de la tragedia de Paco. Del niño condenado acaso desde aquel día infantil en que acompaña a Mosén Millán a llevar la extremaunción a un pobre moribundo habitante en las cuevas. Ese episodio -que el propio Ramón José Sender confesó haber vivido en la niñez-marca su vida con el afán de redimir, de liberar a los moradores de las cavernas,presos en una miseria nada platónica.
En la tragedia senderiana, tampoco falta el coro que agrandaba los hechos a la manera clásica, cuando la amplia abertura de la boca en la máscara servía de megáfono. El coro es aquí el «carasol», el lavadero público del pueblo, con la jerónima, entre ensalmadora y curandera, entre Casandra y correveidile. Al «carasol», los señoritos asesinos llegados de la capital, le soltaron una rociada de balas, manera brutal de acabar con toda la opinión pública, si es que así lo podemos ver.
Si queremos seguir viendo símbolos, ninguno mejor que la actitud del cura, parábola acaso de una Iglesia que proclamó cruzada y bendijo así la atroz guerra civil. O al señor Cástulo, nadador entre dos aguas, cuyo coche servirá para la boda de Paco y también para su ejecución. O el  leitmotiv del romance popular, que nos canta por boca del monaguillo la vida, pasión, prendimiento y muerte del campesino español.

Ahí va Paco el del Molino,
que ya ha sido sentenciado,
y que llora por su vida
caminó del camposanto.

O el zapatero, librepensador a medias, que «como casi todos los del oficio tenía anchas caderas»... O el centurión, que capitanea la partida de los asesinos, dispuesto a rematar al Paco moribundo junto al mismo coche del rico señor Cástulo, hasta que alguien grita, para evitar manchas: 
-No. ¡Ahí no! 
Pero ningún símbolo tal vez más hermoso que el potro del campesino. El caballo que campa sólo por los montes y que entrará en la iglesia de la aldea (un lugar del Alto Aragón «cerca de la raya de Lérida»), en la mañana del funeral que el cura culpable y apesarado dice por su antiguo monaguillo y que los tres ricos del pueblos quieren pagar. Nadie acude a la misa, salvo el potro, que nos hace recordar al caballo blanco de Emiliano Zapata, símbolo de la libertad en la película de Elia Kazan.
También podemos olvidarnos de todos los símbolos. Es igual, podemos leer este libro claro y emocionante, según lo viera Max Aub, como lo que por encima de todo y en primera instancia es, un relato extraordinario, una tragedia impresionante, con esa fuerza terrible que tenían las matracas en Semana Santa, cuando sonaban como «un rumor de huesos agitados».
El libro se llamó primero Mosén Millán, centrado en el cura culpable. Titularlo Réquiem lo hace pasar a ser algo que llora por todos nosotros, incluido el párroco delator, que como hace poco escribía José Carlos Mainer en la revista Turia había sido «un sacerdote vulgar, abnegado y seguramente feliz hasta que en su vida se cruzó la guerra civil y participó en la innoble trampa que trajo la muerte a Paco el del Molino».

Enrique Mújica


LA TESIS DE NANCY (Ramón J. Sender)




NOTA PREVIA

Mi amiga Betsy tiene una prima estudiante de español que ha ido a España para obtener un grado universitario. Betsy me ha enseñado una carta de su prima, fechada en Alcalá de Guadaira (Sevilla). Creí al verla que valía la pena traducirla. Después le he pedido más cartas, y las he traducido también. Yo no he hablado nunca con la prima de Betsy, aunque la he visto muchas veces en los partidos de fútbol, donde suele actuar de «cheerleader», es decir, de conductora de las voces en masa con las que el público anima a su equipo favorito. Debo confesar que aunque voy a los partidos no me interesa el fútbol en absoluto. Es decir, lo que los ingleses llaman «rugby». Me da la impresión de un juego brutal y sin gracia ni habilidad. Pero en cambio no pierdo detalle de lo que hacen esas encantadoras muchachas vestidas de rojo, que se sitúan frente a la galería y gritan, giran sobre los talones, se ponen las manos en las caderas, inclinan la cabeza a un lado u otro, se arrodillan haciendo volar graciosamente su falda y llevan a cabo cada una de ellas y todas juntas un verdadero «ballet» con la colaboración fogosa de veinte mil amables ciudadanos. Nancy era una especie de directora de esa orquesta multitudinaria cuando tenía dieciocho años. Ahora debe tener ya veinticuatro y se dedica a tareas más serias. Es decir, más aburridas. Estudia Antropología y Literatura española. Sus cartas de Alcalá de Guadaira han ido pasando a mis manos, y yo las he traducido y creo que vale la pena publicarlas. Aquí están y ojalá te diviertan, lector. Hacer reír es tarea de discretos, según decía Cervantes.

R. J. SENDER

* * *




CARTA PRIMERA NANCY DESCUBRE SEVILLA

Dearest Betsy : Voy a escribir mis impresiones escalonadas en diferentes días aprovechando los ratos libres.Como sabes, he venido a estudiar a la Universidad de Sevilla. Pero vivo en Alcalá de Guadaira, a diez millas de la ciudad. La señora Dawson, de Edimburgo, que tiene coche y está en la misma casa que yo, me lleva cada día a la ciudad. Suerte que tengo, ¿verdad? Siempre he tenido suerte. ¿Qué decirte de la gente española? En general, encuentro a las mujeres bonitas e inteligentes, aunque un poco..., no sé cómo decirte. Yo diría afeminadas. Los hombres, en cambio, están muy bien, pero a veces hablan solos por la calle cuando ven a una mujer joven. Ayer pasó uno a mi lado y dijo: —Canela. Yo me volví a mirar, y él añadió: —Canelita en rama. Creo que se refería al color de mi pelo. En Alcalá de Guadaira hay cafés, iglesias, tiendas de flores, como en una aldea grande americana, aunque con más personalidad, por la herencia árabe. Al pie de mi hotel hay un café con mesas en la acera que se llama La Mezquita. En cuanto me siento se acercan unos vendedores muy raros —algunos ciegos—, con tiras de papel numeradas. Dicen que es lotería. Me ofrecen un trozo de papel por diez pesetas y me dicen que si sale un número que está allí impreso, me darán diez mil. Yo le pregunté al primer vendedor que se me acercó si es que tenía él tanto dinero, y entonces aquel hombre tan mal vestido se rió y me dijo: «Yo, no. El dinero lo da el Gobierno.» Entonces resulta que todos esos hombres (y hay millares en Sevilla) son empleados del Gobierno. Pero parecen muy pobres. ¿Sabes, Betsy querida? No hay gorilas en España. Cosa de veras inexplicable. No sé cómo han hecho su guerra de gorilas en el pasado por la cual son famosos los españoles en la historia desde el tiempo de los romanos. Tengo que preguntar en la Universidad esta tarde. Aunque me molesta hacer ciertas preguntas, porque hay gente a quien no le gusta contestar. Ayer me presentaron a dos muchachos en la calle de las Sierpes, y yo, que llevaba mis libros debajo del brazo y andaba con problemas de gramática, pregunté al más viejo «Por favor, ¿cómo es el imperfecto de subjuntivo del verbo airear?» El chico se puso colorado y cambió de tema. ¿Por qué se puso colorado? Me suceden cosas raras con demasiada frecuencia. Y no se puede decir que los hombres sean descorteses, no. Al contrario, se preocupan del color de mi pelo y hasta de mi salud.




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Novela íntegra
(previo registro)
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NADIE SABÍA QUÉ ERA LA RUSA (Ramón J. Sender)



Archivo Barricada


Pocos días más tarde, en el carasol, la Jerónima volvía a sus bufonadas mezclándolas con juramentos y amenazas.
Nadie sabía cuándo mataban a la. gente. Es decir, lo sabían, pero nadie los veía. Lo hacían por la noche,y durante el día el pueblo parecía en calma.
Entre la aldea y el carasol habían aparecido abandonados cuatro cadáveres más, los cuatro de concejales.
Muchos de los habitantes estaban fuera de la aldea segando. Sus mujeres seguían yendo al carasol, y repetían los nombres de los que iban cayendo. A veces rezaban, pero después se ponían a insultar con voz recelosa a las mujeres de los ricos, especialmente a la Valeriana y a la Gumersinda. La Jerónima decía que la peor de todas era la mujer de Cástulo, y que por ella habían matado al zapatero.
-No es verdad -dijo alguien-. Es porque el zapatero dicen que era agente de Rusia.
Nadie sabía qué era la Rusia, y todos pensaban en la yegua roja de la tahona, a la que llamaban así. Pero aquello no tenía sentido. Tampoco lo tenía nada de lo que pasaba en el pueblo. Sin atreverse a levantar la voz comenzaban con sus dijendas: 

-La Cástula es una verruga peluda.


-Una estaferma.
La Jerónima no se quedaba atrás:
-Un escorpión cebollero.
-Una liendre sebosa.
-Su casa -añadía la Jerónima- huele a fogón meado.
Había oído decir que aquellos señoritos de la ciudad iban a matar a todos los que habían votado contra el rey. La Jerónima, en medio de la catástrofe, percibía algo mágico y sobrenatural, y sentía en todas partes el olor de sangre. Sin embargo, cuando desde el carasol oía las campanas y a veces el yunque del herrero haciendo contrapunto, no podía evitar algún meneo y bandeo de sayas. Luego maldecía otra vez, y llamaba patas puercas a la Gumersinda. Trataba de averiguar qué había sido de Paco el del Molino, pero nadie sabía sino que lo buscaban. La Jerónima se daba por enterada, y decía:
-A ese buen mozo no lo atraparán así como así.



Ramón J. Sender
Requiem por un campesino español


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