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LAS PROPUESTAS DE CABARRÚS EN MATERIA DE SALUD (Gerard Jori)

El conde de Cabarrús, financiero de origen francés naturalizado español, es normalmente recordado por su idea de emitir valores reales para hacer frente a los gastos de la guerra contra Inglaterra y, sobre todo, por haber planteado el proyecto de creación del Banco de San Carlos, primer banco nacional que existió en España. Hacia 1793 y 1794, durante el periodo de prisión de cinco años al que estuvo sometido, Cabarrús redactó el grueso de unas Cartas sobre los obstáculos que la naturaleza, la opiníon (sic) y las leyes oponen a la felicidad pública, que no serían publicadas hasta 1808. Aunque esta obra de estilo epistolar constituya un extenso comentario a uno de los primeros borradores del Informe de la Ley Agraria de Jovellanos, en ella aparece perfectamente reflejado el pensamiento político, económico y social del financiero ilustrado, quien además anticipó, de forma casi visionaria, algunas situaciones que el futuro había de confirmar, tales como la existencia de un sistema monetario universal. En este apartado aludiremos brevemente a las consideraciones introducidas por el autor en relación a la asistencia social y el resguardo de la salud colectiva.
En la Carta I del libro, Cabarrús manifestó una honda preocupación por el gran número de pobres que había en España, sugiriendo como solución al problema un plan de centralización y racionalización de la acción asistencial. En esencia, el autor propuso que se empleara a los pobres hábiles en la construcción de las infraestructuras que el país necesitaba, tales como caminos, canales y puertos. La base de dicho plan consistía en la creación de un “fondo de socorros” que canalizase a través del Estado todos los recursos dedicados a la beneficencia, y mediante el cual se sufragasen los gastos de construcción de las obras públicas. Además, el financiero ilustrado sugirió que se creara en cada localidad una junta de caridad compuesta por el alcalde, el cura y un mínimo de tres vecinos para atender a las necesidades asistenciales de la población incapacitada para el trabajo.
Seguidamente, Cabarrús formuló una serie de propuestas para mejorar la situación de los expósitos, enfermos y desempleados forzosos. En cuanto a los primeros, el autor censuró la secular costumbre de estigmatizar a las madres que alumbraban hijos ilegítimos, pues, según él, ello alentaba el abandono de los mismos, y propuso que los niños desamparados fueran dados en adopción en vez de ser recogidos en instituciones asistenciales. Por lo que respecta a los enfermos, Cabarrús criticó abiertamente la situación de los hospitales españoles, donde, en su opinión, “lejos de distraer al enfermo, concurren como a porfía todos los objetos capaces de atormentar su imaginación”. Consecuentemente, se mostró partidario de que la asistencia médica fuera proporcionada en los domicilios particulares de los enfermos por facultativos municipales. “Arreglado así –añadió el financiero–, quedarían sólo para los hospitales, o aquellos hombres destituidos de toda conexión y parentesco, o aquellas enfermedades contagiosas, o aquéllas que piden operaciones extraordinarias”. Del mismo modo, el ilustrado desaprobó el recogimiento de las mujeres y niñas impedidas, sugiriendo como alternativa que este colectivo se dedicara a hilar tejidos de lana, cáñamo, lino y algodón en sus respectivas casas, para lo cual habría que proporcionarles las materias primeras necesarias.
En la quinta de las Cartas redactadas por Cabarrús, titulada “Sobre la sanidad pública”, el ilustrado formuló diferentes medidas para reducir la incidencia de algunas de las afecciones más mortíferas de la época. El autor dedicó una gran atención a la viruela, que recomendó combatir mediante el internamiento en lazaretos de los infectados por la temida enfermedad, de forma idéntica a como se hacía con la peste. Cabarrús detalló algunas de las características que habrían de tener los establecimientos cuarentenarios, cuya edificación se sufragaría con el fondo de socorros que había ideado. Además, señaló que, de llevarse a cabo su propuesta, se resolvería rápidamente la polémica en torno a la inoculación de la viruela, pues “se quitaría a sus adversarios el solo argumento razonable con que la contradicen, mirándola como un nuevo medio de propagar tan terrible enfermedad de nuestras poblaciones”.
Otro de los temas sanitarios abordados por Cabarrús es el de la prevención de la sífilis. Como era habitual en la época, el ilustrado relacionó la difusión de esta enfermedad con “el asqueroso libertinaje y la infame prostitución”. No obstante, al profundizar en las causas que explicaban la perversión de las buenas costumbres, el autor convirtió su escrito en un auténtico alegato en favor del divorcio, pues desde su punto de vista la secularización del matrimonio y la posibilidad de disolver esta unión contribuirían a reducir el número de adulterios, la demanda de prostitutas y, por ende, la propagación de las enfermedades venéreas. Cabarrús también sugirió un sistema de control del trabajo sexual con el fin de frenar el avance del mal gálico. Su propuesta radicaba en la apertura de mancebías en las principales poblaciones de España, donde las prostitutas podrían ejercer su actividad bajo determinadas condiciones: el burdel debería quedar bajo la autoridad de un regidor municipal y ser custodiado por un piquete de tropa; las mujeres adscritas a cada mancebía tendrían que ser visitadas diariamente por un médico y portar un distintivo durante sus salidas fuera del establecimiento; cualquier denuncia de contagio debería ser admitida a trámite sin comprobar su veracidad; las prostitutas enfermas serían obligadas a guardar cuarentena en un lazareto, y al tercer contagio serían deportadas a las colonias; etc.
Cabarrús también se ocupó de la prevención de las tercianas. Desde su punto de vista, era evidente que la aparición de esta enfermedad estaba relacionada con la presencia de aguas estancadas. Sin embargo, la constatación de que la dolencia también afectaba a los lugares secos le llevó a vincular su incidencia con la persistencia de determinadas situaciones de pobreza y marginalidad: “estas observaciones me harían discurrir que los malos alimentos, el rocío de las noches para el pobre que prefiere la inclemencia al ambiente abrasador de su reducida y mal abrigada choza, en fin, la falta de ropa para mudar la que se halla demasiado humedecida, todo esto contribuye a las tercianas; y si así fuese, el origen de éstas sería la miseria, y las providencias que disminuyesen ésta, disminuirían también aquella epidemia”. De ahí que el autor sugiriera un sistema de lucha contra las tercianas basado en la ayuda económica a los más necesitados a través de cajas de socorros públicos.
El ilustrado de origen francés abordó someramente otros temas relacionados con el quehacer sanitario. Por ejemplo, criticó la excesiva burocratización del máximo órgano político-administrativo de la sanidad española, la Junta Suprema de Sanidad, a la que además reprochó que “sólo se aviva cuando oye hablar de peste”. Por el contrario, abogó por organizar una política sanitaria centralizada y de conjunto dedicada a combatir de forma permanente las enfermedades de mayor incidencia social, proponiendo para ello que un cuerpo de facultativos fuera revestido de la autoridad necesaria para ocuparse adecuadamente del resguardo de la salud pública.

Gerard Jori
La política de salud en 
el pensamiento ilustrado español.
Principales aportaciones teóricas.
Revista electrónica de Geografía y Ciencias Sociales
Barcelona, 2012


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y debidamente anotado






LAS "CARTAS" DE CABARRÚS (1808) Y LA TRADICIÓN REGLAMENTISTA EUROPEA EN MATERIA DE PROSTITUCIÓN (Juan Jiménez Salcedo)

En lo que respecta al vínculo entre la prostitución y la ley, éste no era nuevo en el siglo XVIII. Desde la Edad Media hasta el endurecimiento de la ley bajo Luis XIV, la prostitución en Europa conoció periodos de represión salpicados de momentos d tolerancia más o menos largos durante los cuales ciertos ayuntamientos favorecieron la prostitución como único medio de mantener el orden social establecido (Harsin 1985: 66). Es el caso de la prostitución en la ciudad de Florencia durante el siglo XV: en 1403 el gobierno de la ciudad establecía un "Oficio de la Honestidad" que tenía como deber el vigilar la moralidad de los ciudadanos de la ciudad, y sobre todo de alejarlos de las prácticas de sodomía que se habían expandido por la misma. Para ello, el Oficio instituyó una especie de burdel público en el que trabajaban numerosas meretrices extranjeras. Florencia favorecía de esa manera la prostitución en beneficio de la erradicación de la homosexualidad masculina y de un aumento de la tasa de natalidad (Trexler 1981: 984).

Juan Jiménez Salcedo
Las "Cartas" de Cabarrús (1808) y la
tradición reglamentista eurpea en
materia de prostitución.
Anales de Filología Francesa, n.º 16, 2008


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PARA LEER EL "INFORME DE LEY AGRARIA" DE JOVELLANOS (Vicent Llombart y Joaquín Ocampo)



Cinco años antes de concluir el siglo XVIII, a punto de extinguirse el Siglo de las Luces y de las Tinieblas, la imprenta madrileña de Antonio de Sancha publicó la edición príncipe del Informe de Ley Agraria de Gaspar Melchor de Jovellanos (Gijón 1744 - Puerto de Vega 1811) a instancias de la Sociedad Económica Matritense de Amigos  del País. Presentaremos ahora y trataremos de glosar una obra que sin duda merece ser leída hoy en día, a pesar del tiempo transcurrido desde su aparición en 1795. En efecto, la lectura pausada del texto puede constituir una experiencia placentera y fructífera por el análisis económico contenido, por su claridad sistemática, por el brillante estilo literario y por la relevancia en la historia española. Es el escrito que ha proporcionado mayor reconocimiento a Jovellanos y constituye además una obra sobresaliente en el pensamiento económico y político español.
Sin duda, no han faltado lecturas publicadas en los más de doscientos años recorridos desde su publicación inicial. Lecturas numerosas y diversas, meritorias y penetrantes, unas, y livianas o redundantes, otras, que han ido formando en su conjunto una amplia serie de interpretaciones, a veces contrapuestas, y que han evolucionado a lo largo del tiempo. Es como si, tras el fallecimiento del autor en 1811, la obra –acompañando a su autor– hubiera trascendido a su propia época, y al resurgir en manos de lectores e intérpretes sucesivos fuera acomodada a las pasiones, intereses y conocimientos de las distintas épocas. La frecuencia de tales usos en la historia de las ideas impide alarmarnos en demasía y quizá sea un estímulo adicional para realizar en la actualidad una nueva lectura ecuánime que pretendemos propiciar con este ensayo de síntesis.
Hablar de la cuestión agraria en el siglo XVIII significa hacer referencia al conjunto de la economía y de la sociedad. El peso de la agricultura en la producción, en la ocupación, en la industria y el comercio era muy elevado, y lo era también en la mentalidad y en los movimientos sociales de protesta. Si la agricultura estornudaba, la economía se constipaba y la sociedad enfermaba. La cuestión agraria incluye no sólo un aspecto descriptivo de la situación, de las crisis y de la evolución del principal sector económico, sino también un aspecto prescriptivo, como respuesta a los problemas señalados o denunciados, y que se plasma en la proposición de medidas a tomar de reforma agraria. Esa cuestión agraria, en el mejor de los casos, podría evolucionar hacia un desenlace positivo para el propio sector y para el resto de la economía si se lograban neutralizar los diversos obstáculos al desarrollo agrario y las trabas al bienestar social. En esa línea se inserta el Informe de Jovellanos, un dictamen descriptivo y prescriptivo sobre la cuestión agraria en España en la época de la Ilustración.


Vicent Llombart
Joaquín Ocampo Suárez-Valdés
Para leer el Informe de Ley Agraria de Jovellanos
Revista Asturiana de Economía. RAE núm. 45, 2012



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EL INFORME DE JOVELLANOS Y LAS CARTAS DE CABARRÚS



París, 11 de julio de 1789: el pueblo se alza contra el Antiguo Régimen y toma la Bastilla.  En España, reciente aún la muerte del buen Carlos III ―El Político, El Mejor Alcalde de Madrid―, el miedo se apodera de su sucesor Carlos IV, hombre preparado pero débil, y  atenaza también a la nobleza.  Añadido a ello el agravamiento de una economía terriblemente enferma por razones sistemáticas y, en especial, por una administración inoperante, se comprenderá el atrincheramiento involucionista de la Monaquía y el fin de una esperanzada época de reformas.
Y con el miedo, se hace el silencio.
Francisco Cabarrús Lalanne, el financiero más importante del momento, creador del Banco de España (entonces de San Carlos), promotor de la primera emisión de deuda pública, y con numerosos enemigos en aquel momento por su talante reformista, es perseguido y encarcelado en el castillo de Batres, en Madrid, por una supuesta malversación.
Reina el silencio. Los sucesos de París pesan en España. 
Solo una voz, valiente, leal, digna, e indignada por dicho apresamiento, se deja oír. Pero nadie la escucha. Es la de Jovellanos ―consejero de Órdenes, entonces en Salamanca por motivos oficiales―, que se planta en Madrid ante el mismísimo Campomanes. Pero el Presidente del Consejo de Castilla no lo recibe. Todos en la corte le hacen el vacío porque todos saben que busca razones. Pero las luces que hasta hacía solo unos meses prometían iluminarlo todo en Madrid, se han apagado.
Y mientras, en Francia, Luis XVI y su esposa, la célebre María Antonieta, intentan una fuga inmediatamente abortada.  El pánico, el terror, crece entre nuestra nobleza. Y Jovellanos, crítico y por ello también peligroso, caerá igualmente en desgracia. Se cuestiona su precipitado regreso a Madrid sin los permisos oficiales y se le ordena marchar hacia Asturias en una misión oficial que, en realidad, encubre un auténtico destierro para que en la capital siga reinando el silencio. En palabras de Manuel Álvarez-Valdés, Jovellanos se jugó su presente y su futuro –y los perdió– por apresurarse a correr, desde Salamanca a la Corte, para defender a su amigo Cabarrús, caído en desgracia[1]
Asentado ya en su Gijón natal, Jovellanos acomete interesantes trabajos y proyectos, pero sobre todo concluirá un estudio que le ha llevado años: El informe sobre la Ley Agraria (1795).
Pero, ¿quién es Jovellanos y por qué ha resultado ser un personaje tan valorado como escasamente conocido? ¿Dónde esconde esas credenciales que lo hacen pasar, próximo al genial Goya, como una de las figuras más representativas de la Ilustración española del siglo XVIII? Jovellanos, sí. Mucha gente habla de Jovellanos. Muchos saben quién fue Jovellanos. Y hasta se le pone cara por el célebre retrato del pintor aragonés. Pero, ¿qué hizo para pasar a la Historia con nombre y brillo propios? Estos interrogantes no encuentran en Jovellanos la respuesta precisa que hallarían, por ejemplo, en el mismo Goya, o en Cervantes o en Carlos I, o en Cristóbal Colón. ¿Dónde reside, pues, el atractivo del personaje histórico que ha pasado a ser Jovellanos? No será por su prosa, a pesar de ser la mejor del siglo XVIII, según Menéndez Pidal. Menos aún por su poesía. Nada inventó. Ninguna idea vital, absolutamente propia y personal aportó. Ni se le conocen actos puntuales especialmente heroicos, al margen del mentado episodio por el apresamiento de su amigo Cabarrús. ¿Cuál es, pues, el secreto que esconde Jovellanos para que pensadores de la talla de Julián Marías lo sitúen junto a Goya, como la figura más representativa de la Ilustración española? En realidad ningún logro espectacular, pero sí un montón de grandes detalles todos ellos prendidos a un único y vital hilo conductor: su honradez. Jovellanos fue, por encima de todo, un hombre leal, con todo lo que ello implica.  Cuando uno es honrado y leal consigo mismo, es digno.  Si lo es con los demás, es honorable. Si con los suyos y con lo suyo, patriota. Y, en todo momento, sin necesidad de esos actos puntuales heroicos, el hombre honrado, casi de una pieza (y ponemos el casi porque estamos entre humanos), mantiene una actitud de constante valentía. Ahí está el enigma de este críptico personaje que, a pesar de dejarnos unos interesantes Diarios, poco o nada nos revela de sí mismo. Porque la generosidad de Jovellanos solo mira hacia fuera, todo lo entrega. Él mismo se entrega.  
Pero vayamos, aunque sea brevemente con su Informe.  Para empezar, un monumento literario. Y no se lleve a engaño el lector por el  prosaico título ni por la propia naturaleza burocrática del texto, pues tiene en sus manos la obra económica española más editada, comentada y discutida, y probablemente más leída, de los tres últimos siglos[2]. ¡Y ello a pesar de que, durante muchos años y hasta hace bien poco, resultaba poco menos que inaccesible incluso a los especialistas por estar incluido en el Índice de libros prohibidos y por la inercia editorial posterior de tal circunstancia![3].  No, no se asuste el lector, pues la  lectura pausada del Informe constituye o puede constituir una experiencia placentera y fructífera por el análisis económico contenido, por su claridad sistemática, por el brillante estilo literario y por la relevancia en la historia española. Es el escrito que ha proporcionado mayor reconocimiento a Jovellanos y constituye además una obra sobresaliente en el pensamiento económico y político español [4].
A un liberal le sobran muchas normas. Y, de hecho, el Informe lejos de proponer una nueva Ley Agraria aboga por la abolición de las muchas existentes, verdaderos obstáculos a la eficacia productiva del sector agrario, único entonces capaz de evitar el hambre y la pobreza que acuciaban a aquella España negra. Jovellanos expone la situación, la analiza y ensaya soluciones.  Tres son los principales estorbos (hoy hablaríamos con menor precisión de "obstáculos") que impiden una agricultura aprovechada:
Los políticos o legales. Eliminando toda la legislación que molesta y cuestionando especialmente los baldíos, las tierras concejiles, la prohibición del cerramiento de terrenos, los privilegios de la Mesta, las manos muertas y los mayorazgos, la circulación sin trabas aduaneras de los productos de la tierra y todas aquellas contribuciones que dificultan la producción y el libre comercio.
Los morales o de opinión, fomentando la ciencia y la instrucción técnica, tanto en los gobernantes, como en los propietarios como en los labradores. 
Y los físicos o naturales. Esos estorbos geográficos y climáticos que enturbian el mejor aprovechamiento de la tierra, planteando problemas de riegos por falta de agua o de transporte por los propios accidentes naturales, que pueden y deben resolverse para un fluido transporte, terrestre o fluvial. Aquí se harán necesarias obras de mayor o menor envergadura, pero el propio Jovellanos alerta que, sin embargo, son mucho más fáciles de resolver estos estorbos físicos que los dos anteriores, derivados de la política, la moral, el prejuicio o la ignorancia.
En definitiva el problema económico de España, dice Jovellanos, no está ni en su geografía, ni en su clima ni en la tierra. El problema está en la falta de los mínimos conocimientos y las necesarias actitudes para abordarlo de una forma adecuada.  Jovellanos pudo haber optado por descargar en su Informe los lugares comunes (hoy diríamos las opiniones políticamente correctas) imperantes. Pero, valientemente, esgrimió su propia y personal visión, una visión ilustrada de años de estudio y análisis, contraria al obsoleto sistema feudal todavía vigente. Por eso, el Informe sobre la Ley Agraria constituye un valioso documento para conocer la época y el lugar, las costumbres, los problemas económicos y la forma de afrontarlos y, cómo no, también por su carácter de herramienta de análisis, e incluso método y plantilla para sucesivos estudios de igual naturaleza. De ahí su enorme éxito no solo en España sino internacionalmente, con nada menos que cinco traducciones europeas en la propia época[5].  Sin olvidar su influencia en puntuales acontecimientos del siglo XIX. De hecho ―tiene dicho Francisco Tomás y Valiente―, las ideas de Jovellanos influirán notablemente en los liberales que pusieron en marcha las desamortizaciones del siglo XIX gracias a la enorme difusión de su Informe[6].
Jovellanos sería consciente en todo momento de la transcendencia y futura repercusión de su trabajo, a pesar de las dificultades habidas tras un primer destello de reconocimiento. Enormes dificultades.  Pues en 1800, de nuevo Godoy en el poder, ordena su detención y confinamiento en el mallorquín castillo de Bellver. Liberado en 1808, tras el motín de Aranjuez, rechazó formar parte del gobierno de José Bonaparte (y aquí se distancia de Cabarrús), fiel siempre a la independencia de su patria, anteponiéndola a las propias ideas afrancesadas, muchas de las cuales compartía. Y pasó a formar parte de la Junta Central (gobierno español frente a la ocupación francesa), en representación de su querida Asturias. Poco después, tras diversos avatares en aquellos tiempos revueltos, murió de un ataque de pulmonía en una más de las huídas a que vergonzosamente fue sometido.

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En el mismo contexto histórico en que Jovellanos había concluido con éxito su Informe, y a modo de comentarios al mismo, el propio Francisco Cabarrús, ya repuesto y liberado, y Conde de Cabarrús, redactó sus famosas Cartas sobre los obstáculos que la naturaleza, la opinión y las leyes oponen a la felicidad pública, dirigidas a Jovellanos.
El texto está compuesto de cinco cartas: “Sobre los cortos obstáculos que la naturaleza opone a los progresos de la agricultura, y los medios de removerlos” (Carta ); “Sobre los obstáculos de opinión y el medio de removerlos con la circulación de luces, y un sistema general de educación” (Carta 2ª); “Sobre los obstáculos de legislación, respectivos a la circulación de los frutos y a las imposiciones” (Carta 3ª); “Sobre la nobleza y los mayorazgos” (Carta 4ª) y “Sobre la sanidad pública” (Carta 5ª). Las cinco se hallan precedidas de una sexta “Carta al Excelentísimo Señor Príncipe de la Paz”, que Cabarrús dirige a Godoy como preámbulo de su obra, en la que expone los obstáculos que España debe sortear para alcanzar la felicidad, aspiración capital de la ideología ilustrada.
Estas curiosas Cartas, complemento interesante y contextual al Informe de Jovellanos, no precisan de mayor comentario puesto que el propio Cabarrús se ocupa de hacerlos casi de forma pormenorizada. Pero sí conviene destacar que constituyen un verdadero exponente de la mentalidad rousseauniana. Y es curioso ver en ellas la confluencia de dos tipos de ambiciones en cierta medida opuestas: de un lado, la postulada libertad que exige una mínima intervención del estado; y de otro, un casi enfermizo afán reglamentador, propio también de la época, que tiende a regular los detalles más nimios de la convivencia. Curioso es, a título de ejemplo, el primer proyecto unitario de reglamentación y control de la prostitución en España contenido en la quinta Carta.

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Lecturas hispánicas, presenta en esta edición los dos textos completos, tanto el Informe de Jovellanos como las Cartas (las cinco, que con la dirigida a Godoy hacen seis). Es de advertir que el Informe contiene notas a pie de página del propio Jovellanos.  A tales notas hemos añadido algunas de nuestra propia cosecha (también a las Cartas), como de costumbre no con una finalidad científica sino de mera aclaración, complemento o curiosidad, propia de la naturaleza divulgadora que inspira a nuestras ediciones. Por la misma razón, hemos añadido la traducción de los textos latinos contenidos en el Informe, así como un índice de nombres en la edición impresa.


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[1] ÁLVAREZ-VALDÉS Y VALDÉS, Manuel: Jovellanos, enigmas y certezas. Fundación Alvargonzález. Gijón,  2002.
[2] VICENT LLOMBART: El Informe de la Ley Agraria y su autor en la historia del pensamiento económico, trabajo que forma parte de la publicación colectiva: Reformas y políticas agrarias en la historia de España (De la Ilustración al primer franquismo) Madrid, 1996, Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación
[3] ÁLVAREZ-VALDÉS refiere, de primera mano esta dificultad a finales de la década de los 40: …las posibilidades de conocer de primera mano alguna obra de Jovellanos eran prácticamente inexistentes; y no digamos el Informe sobre la Ley Agraria, que estaba incluido en el Índice de libros prohibidos por la Iglesia, a pesar de lo cual la selección de Francisco Cantero recoge una parte. (Ob. cit.).
[4] VICENT LLOMBART y  JOAQUÍN OCAMPO SUÁREZ-VALDÉS: "Para leer el Informe de la ley Agraria, de Jovellanos". REVISTA ASTURIANA DE ECONOMÍA. RAE Nº 45 2012.
[5] Ver LLOMBART y OCAMPO. Ob. cit.
[6] TOMÁS Y VALIENTE, Francisco. El marco político de la desamortización en España Barcelona: Ariel,1972.  



MORATÍN ANALIZA EL CARÁCTER DRÁMATICO DEL POLONIO DE HAMLET




El carácter de Polonio (Lord Chambelan del Rey de Dinamarca, que equivale a Sumiller de Corps) jamás se desmiente. Viejo ridículo, presumido, entremetido, hablador infatigable: destinado a ser el gracioso de la Tragedia. Los que se obstinan en defender cuánto deliró Shakespeare, dicen que el carácter de este personaje está bien seguido, y tienen razón: dicen también que en las Cortes y en los Palacios hay abundancia de estos bichos ridículos, y también es cierto; pero tales figuras son buenas para un Entremés, no para una Tragedia. Los afectos terribles que deben animarla, las grandes ideas de que ha de estar llena, la noble y robusta expresión que corresponde a tales pasiones, la unidad de interés que nunca debe debilitarse; todo esto se aviene mal con las tonterías de un viejo chocarrero y parlanchín. No basta que la naturaleza nos presente esta unión confusa de objetos. Un buen Poeta no debe imitarla como es en sí: desecha lo inútil e inoportuno, elige lo que es conveniente a sus fines, y en esta elección consiste el gran secreto del arte. Es muy natural, que cuando Antonio presentó en el Foro Romano a vista del pueblo, la túnica ensangrentada de Cesar, hubiese alguna vieja mugrienta y astrosa, que en un rincón vendiese higos o asara castañas; pero si un pintor se atreviese a introducir esta figura grotesca en un cuadro de aquel asunto, se burlarían de él los inteligentes, y en vano gritaría para disculparse que era natural. Sí, es natural (le dirían), pero destruye el efecto que tu pintura debía producir; es natural, pero inoportuno y ridículo, y tú eres un artífice ignorante, puesto que debiendo imitar la naturaleza, te ceñiste solo a copiarla.

Hamlet
(Notas a la versión española de Moratín)


LECTURAS HISPÁNICAS EDITA "NOLI ME TANGERE" DE JOSÉ RIZAL






Noli me tangere. "No me toques", dijo Cristo a María Magdalena cuando, resucitado, esta le reconoció. Así al menos nos lo trasmite San Juan evangelista. Y la frase y la escena son tan sugestivas que Corregio ya las utilizó en el Renacimiento para una de sus pinturas, sin duda de las más interesantes que podemos contemplar en el Museo del Prado.
A finales del siglo XIX José Rizal, un joven mestizo filipino de 26 años, intelectual formado en Europa, un auténtico rebelde o "filibustero", que como suele suceder ama y odia a la metrópoli escribe esta novela-denuncia, levantando el "velo que oculta el mal, sacrificándolo todo a la verdad, hasta el mismo amor propio, pues, como hijo tuyo, adolezco también de tus defectos y flaquezas".
Pero Noli me tangere es mucho más. Es una obra maestra de la literatura en la lengua española del lejano sudeste asiático. Una obra en la que se abandera el nacionalismo filipino en el idioma de la metrópoli. Pero en este caso, al contrario de lo que ocurre en hispanoamérica, los compatriotas de posteriores generaciones sólo la podrían leer traducida al inglés, porque el español, el poco español que en tiempos se habló en Filipinas, se perdió con la cultura anglosajona del otro monstruo imperial, el gran monstruo norteamericano.
Es mucho el uso y el abuso de la figura de Rizal para diversas causas. Y da juego para las más variadas, porque como todo hombre de verdad, como todo hombre de una sola pieza, no entiende el mundo ni la vida como algo sólido perfectamente encajado en una implacable doctrina. De hecho nadie diría que pertenecen al autor de nuestra novela estas otras palabras: "los límites de la España no son ni el Atlántico, ni el Cantábrico, ni el Mediterráneo —mengua sería que el agua opusiese un dique a su grandeza, a su pensamiento. España está allí, allí donde deja sentir su influencia bienhechora, y aunque desapareciese su bandera, quedaría su recuerdo, eterno, imperecedero."
Amaba lo propio, como se debe amar. Pero sabía perfectamente que tan suya era la lengua autóctona (el tagalo) como la de la cultura en que se había criado y educado: el español. Por eso escribió esta magna obra a la que calificó como "novela tagala". Pero es que además si su denuncia ha de ser oída, y ha de llegar a sus destinatarios, no hay mejor forma que hacerla en su propio idioma.
Y como toda obra de arte, Noli me tángere es también una novela poliédrica con numerosas y variadas perspectivas. No sólo una denuncia, también una reflexión, un grito, una vuelta a las raíces, una mirada humana a lo humano, un romance y, sobre todo, un canto a lo hermoso, encarnado en la belleza de María Clara y en el amor entre ella y Crisóstomo Ibarra, trasunto en parte del propio Rizal. Ese amor contrariado y rebelde siempre rodeado de enemigos.
Lecturas hispánicas en su objetivo divulgador, más que científico, se honra en editar esta obra en su versión más sencilla, la publicada por la editorial Sempere de Valencia en 1902.





Lecturas hispánicas edita "LA CASA DE LA TROYA", uno de los grandes best-sellers del siglo XX





Es La Casa de la Troya (1915) uno de los grandes best-sellers del siglo XX, pues ronda el centenar de ediciones, ha sido traducida a diversos idiomas, llevada con éxito al teatro en varias ocasiones y al cine en cinco, y hasta convertida en Zarzuela.  Y no es de extrañar porque esta novela cuenta con los ingredientes necesarios para atraer al gran público: intriga, tensión, una historia perfectamente estructurada, unos personajes cabalmente perfilados, un retrato fiel de la España de finales del siglo XIX con aquella sociedad de clases perfectamente diferenciadas, y la espectacular descripción tanto de una interesante ciudad universitaria de provincias (nada menos que Santiago de Compostela) como de su afamada universidad y su característico ambiente estudiantil..
La Casa dela Troya recoge los tópicos propios del ambiente universitario de aquella rancia España. Pero —lo que es más importante— genera otros nuevos que serán, precisamente, los más característicos de las décadas posteriores a su publicación. De modo que no es que la novela se pareciera (que se parecía) a aquella sociedad que retrataba, sino que además, lo que no se parecía acabó por parecerse.  Tan notable fue su influencia en la realidad española de entonces que ni  las estudiantinas ni las tunas de mitad del siglo XX  hubieran sido como fueron sin esta singular narración.
Y, por supuesto, en tal contexto, y como hilo conductor, una historia de amor con problemas y enemigos: la del  joven madrileño (Gerardo Roquer) al que su padre lo había alejado del pernicioso ambiente de  la Villa y Corte mandándolo a Santiago para terminar allí sus estudios de leyes, de un lado, y la de la muchacha bien y de buena clase, de provincias (Carmiña Castro Retén), modelo de belleza, bondad y buenas formas, de otro.  Gerardo aterrizará en este ambiente compostelano yendo a parar a la posada de la viuda de un Capitán de Carabineros, conocida como la Casa de la Troya:

—¿Dónde para usted este año?
—En la posada de la Troya.
—¿En casa de doña Generosa? ¡Arrenegote demo! Usted era el único que faltaba allí.

Y es que "viven allí los puntos más traviesos de la Universidad. Verdaderos estudiantes de la tuna, ¿sabes? Todos rapaces de buenas familias, no vayas a creer; pero unos paveros, siempre dispuestos a divertirse y a jugársela al Sol. Ya verás. ¡Te hay cada volante!... " 
Pero no, la casa de la Troya no debe su nombre a doña Generosa, sino a la calle en que estaba y sigue estando ubicada, pues "aquí tenemos una afición loca a la elipsis, y cuando se trata de nombrar cualquier vía de la ciudad abreviamos usando simplemente su nombre". Gerardo enseguida se prendará, como todos, de la belleza de Carmiña a quien intentará seducir para entretener su transitorio alejamiento del atractivo y depravado ambiente madrileño.  Claro, que la muchacha marcará perfectamente las distancias justas para forjar en Gerardo un impetuoso amor que le cambiará de vida y mentalidad y hasta le hará apartarse de las  juergas estudiantiles. 
Será entonces cuando harán su aparición los otros enemigos de ese amor, los verdaderos enemigos:  los malvados Maragotas,  que querrán a la muchacha y a su fortuna para su Octavio, empleando para ello todos los ardides necesarios, secuestro de la doncella incluido.
Quizá la fuerza narrativa oculta de esta novela estriba, precisamente, en ser un trasunto de historias y personajes reales, pues el propio Pérez Lugín era madrileño y estudió leyes en Santiago.  Y la misma Carmiña hunde sus raíces en Carmen Carballeira, antigua novia de Lugín, que se hizo monja y vivió muchos años en el Convento de la Enseñanza. 
Tanto éxito  y tanta influencia, tuvieron su reflejo en un sonoro premio de la Real Academia Española. Y es que la novela está impregnada de mucha realidad, demasiada realidad. Benigno Amor Rodríguez, mecenas del Museo La Casa dela Troya, ha dejado dicho en un conocido prólogo póstumo que estamos ante "la obra de un grupo de nostálgicos que quisimos perpetuar en el viejo caserón la pensión que, para el estudiante, fue la prolongación de su casa en Compos-tela. Allí se guarda un capítulo importante de la vida universitaria compostelana."  




LECTURAS HISPÁNICAS PUBLICA EL PRIMER LIBRO DE POEMAS DE ÁNGEL FERRER



La magia de estos poemas de Ángel Ferrer está en que, como nos pide en uno de sus versos, nos dejan escuchar el metrónomo cósmico. Su prodigio va todavía un poco más lejos: nos hacen escuchar el metrónomo cósmico.
Ángel tiene sus temas poéticos, o sus temas poéticos lo tienen a él, quién sabe: lo que ahora nos importa es que, cuando se encuentran, puede pasar casi cualquier cosa: por ejemplo, que quieran mover su centro pretendiendo hacer sinapsis o que rebusquen en su memoria al vagabundo que estaba seriamente enfadado con los teléfonos.
De algunos de estos encuentros de Ángel con sus asuntos poéticos, que a veces parecen, más que encuentros, colisiones o apretados besos de tornillo, salen, saltan chispas: fenómeno que, afortunadamente, los poemas retienen, de manera que, cuando pasamos una página o releemos alguno de estos preciosos poemas, podemos encontrarnos, de pronto, en una nube de chispas bonitas, como si estuviéramos en casa del herrero o debajo de una lluvia de estrellas. 
Así que la única salida que nos queda es ser una olla exprés —tolerante— o adquirir el ángulo visual de un pez –como los ríos en su segundo viaje-. Y es que uno sospecha, cada vez con menos sospecha y con más certeza, que Ángel es un cronopio, emparentado con Louis (Armstrong), enormísimo cronopio, también amante de la música y, como él, según los describe Julio Cortázar —que los conocía de cerca—, criatura ingenua, idealista, desordenada, sensible y poco convencional, en claro contraste con los famas, que son seres rígidos, organizados y sentenciosos, o las esperanzas: simples, indolentes, ignorantes y aburridas.
Uno sólo sabe acercarse a Ángel —y a sus poemas— a través de un larguísimo merodeo: me adelantaré para ser acariciado por los míos, diría —dice— él en sus versos, porque la caricia, las caricias, son una de sus actividades preferidas, de ida y vuelta, con las que consigue sincronizarse –asunto que siempre he entendido como un enhebrarse como parte de un todo por un instante-.
Quizá sus mejores momentos —por decirlo de algún modo— sean cuando está activo, muy activo, como un niño ocioso que atrapa su lengua entre los labios: cuando consigue reunir ese ocio ocioso, muy suyo, con alguna actividad muy activa, cosa también muy suya: lo que espero que se entienda porque no sé explicarlo de otra manera.
De pronto —porque esa es otra: a Ángel casi todo le pasa de pronto— puede comenzar a distinguir a sus verdaderos compañeros entre los centauros o a sentirse de repente —y sin contradicciones que valgan—, sujeto a la vida por la verdad y los hechos, en un brusco ataque de realismo realista.
No he encontrado tampoco una manera de llamar a esos actos, muy propios de Ángel, que llegan con su reincidencia ya puesta: realismo realista, ocio ocioso, actividad muy activa: viene a ser que, en un solo acto, pone la acción y la insistencia, el gesto y el regesto, la intención y la segunda intención intencionada.
En súmula: es para mí un privilegio prologar este sin-gular —y con frecuencia insólito— libro de poemas. De manera premeditada no he querido referirme por separado a las viñetas de poesía gráfica, que considero muy valiosas dentro de la valiosa aportación de Ángel: creo que son otra forma de su misma poesía, de su mismo sentido o de su mismo instinto poético: tanto con las palabras como con los dibujos nos deja, de pronto, a la intemperie, como si apartara la lona de la carpa del circo en el que estamos y nos mostrara el horror, pero también la maravilla, a los que estamos siempre expuestos, y que posiblemente nunca veríamos si Ángel —y los de su estirpe— no nos señalaran una y otra vez, con la entrañable insistencia de los cronopios. 



(del prólogo a


ESTILO OSCURO, PENSAMIENTO OSCURO (Azorín)




Todo debe ser sacrificado a la claridad. «Otra cualquiera circunstancia o condición, como la pureza, la medida, la elevación y la delicadeza, debe ceder a la claridad». ¿No es esto bastante? Pues para los puristas lo siguiente: «Más vale ser censurado de un gramático que no ser entendido». «Es verdad que toda afectación es vituperable; pero sin temor se puede afectar ser claro». La única afectación excusable será la de la claridad. «No basta hacerse entender; es necesario aspirar a no poder dejar de ser entendido».
Sí, lo supremo es el estilo sobrio y claro. Pero ¿cómo escribir sobrio y claro cuando no se piensa de ese modo? El estilo no es una cosa voluntaria, y ésta es la invalidación y la inutilidad —relativas— de todas las reglas. El estilo es una resultante… fisiológica. «Cuando el estilo es oscuro, hay motivos para creer que el entendimiento no es neto». Estilo oscuro, pensamiento oscuro. «Se dice claramente lo que se escribe claramente del mismo modo, a no ser que haya razones para hacerse misterioso». ¡Admirable de exactitud y de penetración! 
Recomendamos la sencillez y tornamos a recomendarla. ¿Qué es la sencillez en el estilo? He aquí el gran problema. Vamos a dar una fórmula de la sencillez. La sencillez, la dificilísima sencillez, es una cuestión de método. Haced lo siguiente y habréis alcanzado de un golpe el gran estilo: colocad una cosa después de otra. Nada más; esto es todo. ¿No habéis observado que el defecto de un orador o de un escritor consiste en que coloca unas cosas dentro de otras, por medio de paréntesis, de apartados, de incisos y de consideraciones pasajeras e incidentales? Pues bien: lo contrario es colocar las cosas —ideas, sensaciones—, unas después de otras. «Las cosas deben colocarse —dice Bejarano— según el orden en que se piensan y darles la debida extensión». Mas la dificultad está… en pensar bien. El estilo no es voluntario. El estilo es una resultante fisiológica.


AZORÍN
Artículo publicado en 
Un pueblecito. Riofrío de Ávila
Madrid, Espasa Calpe
 (Colección Austral, n. º 611, 2ª ed)
1957, pp. 47s.




LECTURAS HISPÁNICAS EDITA "AURA O LAS VIOLETAS", UNA NOVELA DE AMOR DE VARGAS VILA

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Aunque José María Vargas Vila mantenga que Aura o las violetas no es una novela, uno no acaba de creerse ni que él mismo se lo crea. Primero, porque tiene reconocido que el género novelesco emana de las selvas del romanticismo a outrance para avanzar hacia la victoria definitiva del Yo, alejándose así de patrones objetivos.  Y, segundo, porque tal reconocimiento le empujará definitivamente a una reivindicación de la libre estética: si escribiera como tantos, sería uno de tantos, no sería yo, tiene dicho.  Pero es que Aura o las violetas no solo es una novela, sino que es —además— una gran novela (lo cual, obviamente, nada tiene que ver con la extensión).  Y no lo decimos por la manida afirmación, más bien constatación, de que en la novela todo vale y todo cabe, sino porque esta concreta narración (o esta relación, como él la llama) contiene todos y cada uno de los ingredientes de la clásica novela del XIX, que es tanto como decir de la Novela con mayúsculas de la época en que el género marcó leyes tan firmes que todavía, dos siglos después, siguen en vigor para el gran público (los happy few Stendhal).  Normas que siguen ahí a pesar de las vanguardias de principios del XX y de esa irrupción del Yo —y sobre todo del Yo inconsciente— que, es verdad, ha revolucionado el arte en general y el género narrativo en especial, enriqueciéndolo y alejándolo de aquellos cánones decimonónicos, al menos para una minoría selecta.
Aura o las violetas (1887), si bien incorpora ya ciertas licencias en cuanto a puntuación (en todo caso evidentes), es la típica narración romántica.  Y a todo aquel que guste del clásico relato con trama —una trama por lo demás sencilla, y en esto sí estamos de acuerdo con su autor—, fiel a ese patrón clásico que exige un planteamiento, un nudo y su oportuno desenlace, tiene aquí una de las grandes novelas de amor en la que se cuenta lo que el hombre viene contando desde que es hombre (y lo es desde que adquiere la capacidad de contar).  En definitiva, una narración para el lector que persigue emocionarse y disfrutar con una hermosa historia de amor imposible, perfectamente pergeñada para ello: Aura y el narrador se conocen desde niños y el roce da paso al amor (planteamiento); pero circunstancias terrenas y, por tanto, de índole material, los separan impidiendo así que ese amor pueda consumarse (nudo) y al final...  Bueno, el final siempre hay que dejar que sea el propio lector quien lo descubra.
Aura o las violetas es, además, la primera novela de José María Vargas Vila y quien la lea no dará crédito a las cosas que se dicen de su autor, porque parece escrita —y en el fondo seguro que lo está— por un alma tierna y sencilla.  Sin embargo, Vargas Vila (Colombia, 1860 - España, 1933) con una niñez y juventud nada sencillas, no sólo fue —ideológica y políticamente— radical y revolucionario, sino, también, desde el punto de vista personal, un hombre incómodo que criticó a todo y a todos.  Y quizá no esté claro si fue por tal motivo por lo que anduviera proscrito en los ambientes literarios más eminentes o, por el contrario, sus invectivas fueran la causa de tal proscripción.  En todo caso, estamos ante una personalidad plenamente libre: el Panegírico, es la fortaleza de los esclavos, la Libertad alza el Libelo que es la tribuna de los libres.
Jorge Luis Borges destacó el talento de Vargas Vila al incluirlo en su Historia universal de la infamia,  donde recogió este insulto de nuestro autor al poeta Santos Chocano: Los dioses no permitieron que Santos Chocano deshonrara el patíbulo muriendo en él. Ahí está vivo después de haber fatigado la infamia. Consuelo Triviño recoge algunas de sus descalificaciones más sonadas.  Bástennos dos: a Ortega lo tildó de Einstein con boina; y de Eugenio d'Ors dijo conmoverle el esfuerzo que hacía para pensar sin lograrlo.  Manuel Machado afirmó que de él podría decirse como de Montalvo: su pluma, cuando insulta, inmortaliza.

Pero nada que ver estas hieles con nuestra novela... O tal vez sí, tal vez provengan de esa infancia y juventud difíciles (frente bélico incluido) y aparezcan siquiera sea soterradamente, in nuce, en Aura o las violetas: una novela quizá aparentemente, sólo aparentemente, tierna. 



Lecturas hispánicas


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VARGAS VILA: EL HEREJE (Manuel Felipe Sierra)



Largo nombre y largo apellido: José María de la Concepción Apolinar Vargas Vila Bonilla. Nacido en Bogota el 23 de julio de 1860, nadie pensó que la criatura habría de ser profeta de la blasfemia, protagonista del escándalo y el escritor más leído durante años, y luego castigado por el olvido y la mala fama. A los 16 años se alista en las filas armadas liberales e inicia tiempo después un peregrinaje por pueblos y ciudades como maestro de escuela. Perfila un estilo literario ampuloso, hiperbólico y saturado de adjetivos rabiosos en periódicos, hojas sueltas y cuanto papel se acerca a su pluma implacable. El lenguaje “vargasvilesco” dará cuenta de tiranos y enfrentará los convencionalismos y las buenas costumbres.

Como profesor del “Liceo de La Infancia” de Bogotá protagoniza un notorio incidente. El colegio era dirigido por el sacerdote Tomás Tovar y en él se educaba lo más selecto de la sociedad bogotana. Molesto con Tovar lo acusó públicamente de “homosexual” provocando un escándalo mayúsculo que lo obligó a abandonar la institución y también la ciudad. Emigra a Tunja y se hace secretario del general Daniel Hernández quien encabeza un alzamiento contra el presidente Rafael Núñez. Los bandos se baten en la batalla de “La Humareda” y los liberales sufren una aplastante derrota. Desde los llanos orientales Vargas Vila reaparece con una encendida diatriba contra Núñez titulada “Pinceladas sobre la última Revolución de Colombia: Siluetas Bélicas”. Jorge Valencia Jaramillo escribe: “No ahorró adjetivo ni vituperio contra los jefes políticos de “La Regeneración” mostrando, de manera caricaturesca su vil sometimiento a las negras sotanas; poniendo en ridículo las supuestas virtudes de estos llamados “prohombres”; presentándolos como seres humanos despreciables únicamente interesados en el poder”.

Inicia su destierro en territorio venezolano en Rubio, donde funda el periódico “La Federación” y reconstruye sus experiencias de guerra. Llega a Caracas en 1887 y promueve las revistas “Eco Andino” y “Refractarios”. A los meses dirige en Coro el periódico “El Comercio”, regresa a Caracas y es fundador del diario “El Espectador” que apoya la candidatura del general Carlos Rangel Garbiras a la Presidencia de la República en la votación en el Congreso Nacional que favoreció a Raimundo Andueza Palacio. Se convierte en tenaz opositor de Andueza y del gobierno colombiano de Núñez. El Ejecutivo bogotano protesta y Andueza ordena su expulsión.

Llega a Nueva York y al año siguiente está de regreso en Caracas tras el triunfo de la “Revolución Legalista” de Joaquín Crespo de quien se hace secretario privado por un tiempo. Vuelve a la ciudad norteamericana y entabla amistad con José Martí y fundan la revista “Hispano América” que marca el comienzo de su creación literaria. Al tiempo, el presidente ecuatoriano Eloy Alfaro lo nombra ministro plenipotenciario en Roma y es famosa su negativa de arrodillarse ante el Papa León XIII al afirmar: “No doblo la rodilla ante ningún mortal”. No fue casual que al año siguiente con la publicación de su novela “Ibis”, resultara excomulgado por el Vaticano. En 1902 de nuevo en Nueva York está al frente de la revista “Némesis” y entabla recurrentes polémicas con el venezolano César Zumeta al tiempo que emprende una feroz campaña contra los dictadores latinoamericanos y la política exterior de Estados Unidos por la usurpación del Canal de Panamá y la Enmienda Platt en Cuba. Publica la requisitoria “Ante los Bárbaros” y es obligado a abandonar la nación.

El mandatario nicaragüense José Santos Zelaya lo designa junto a Rubén Darío integrante de la Comisión de Límites con Honduras ante el Rey de España que fungía de mediador en la controversia. La misión dura poco tiempo y Vargas Vila comienza un recorrido por varios países europeos hasta que se radica en Barcelona, para organizar la publicación de su abundante y escandalosa literatura. Celebra un contrato con la Editorial Sopena y retorna a América Latina; ahora como escritor famoso. “Aura o Las Violetas”; “Flor de fango”; “Pasionarias”; “Emma”; “Ibis”; “Laureles Rojos” y “Las Rosas de la Tarde”; contravienen la reglas morales y son devoradas en la lectura clandestina. Su prosa pecaminosa se combina con obras de aliento histórico como “El Imperio Romano”; “Los césares de la decadencia”; “La conquista de Vizancio”; y muchas otras que lo convierten en el primer “bestsellista” latinoamericano sólo comparable décadas después con su paisano Gabriel García Márquez.

Precisamente, García Márquez se ocupará de pesquisar los diarios o memorias de Vargas Vila extraviadas a raíz de su muerte en 1933 y curiosamente aparecidos en La Habana. Un primer tomo de estos textos se publicó en los años 80 y el resto fue suspendido por acciones judiciales de supuestos herederos. Reconocido por su odio declarado a los tiranos Vargas Vila hubo de soportar, sin embargo, la afrenta moral que debió significar para él la denuncia de que entre los años 1925 y 1930 fue pensionado de la dictadura de Juan Vicente Gómez.

Antes de morir había advertido: “Sólo pido al viento misericordioso que no sople hacia occidente, y no lleve un átomo de ellas hacia las playas de mi patria. Yo no quiero ese último destierro. Lloraría de dolor aquel átomo de mis cenizas”. En 1980, el poeta Jorge Valencia Jaramillo dio con su tumba en el cementerio de “Las Corts” de Barcelona. Mediante gestiones oficiales sus restos fueron trasladados al Cementerio Central de Bogotá. Hasta allí hace unos días, cientos de bogotanos se trasladaron para rendirle tributo a propósito de los 150 años de su nacimiento. Sobre la loza que guarda sus huesos se lee solamente: Vargas Vila.


Manuel Felipe Sierra
VL El hereje
21 agosto, 2010

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