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LA NOVELA "INTERINO", DE JAVIER IRIBARREN, SERÁ PRESENTADA EN LOGROÑO EL PRÓXIMO MARTES, DÍA 22

La novela de nuestro amigo Javier Iribarren, editada por Ediciones Eunate, será presentada el próximo día 22 a las 19,30 en el Espacio Santos Ochoa (Doctores Castroviejo, 19, de Logroño). 


Interino es sinónimo de provisional, transitorio, fugaz. ¿Puede una persona llevar una existencia interina? Eduardo Iturralde es un joven universitario con nombre de árbitro y dificultades para pronunciar la erre. La timidez, parece, le viene de serie. Los proyectos que emprende, sean laborales o personales, no terminan de cuajar. “No acabas nada, hijo. Hay que ser más paciente en la vida”, le recuerda su madre.
Javier Iribarren
No parecen las mejores credenciales para estudiar una oposición, desde luego. Pero Iturralde es obstinado y la propia inercia de la vida le ha llevado por ese camino. Convertirse en alto funcionario de la Administración Foral de Navarra se convertirá a partir de entonces en su aspiración.
Un reto intelectual mayúsculo que el protagonista tratará de compaginar con su relación de pareja y con diversos empleos temporales al servicio de la Administración Pública. ¿Lo conseguirá? 
Una historia de superación que nace en el periodo de bonanza y profundiza en lo más profundo de la crisis actual. El testimonio (crudo testimonio) de lo que la sociedad actual depara a nuestros jóvenes. 
Javier Iribarren nace en Logroño en 1980. Es licenciado en Derecho y funcionario de la Administración de la Comunidad Autónoma de La Rioja. “Interino” es su primera novela.



¡LO QUE DAN QUE HACER LOS MUERTOS...! (José Rizal)





En el momento en que el viejo salía, parábase a la entrada del sendero un coche que parecía haber hecho un largo viaje: estaba cubierto de polvo y los caballos sudaban.
Ibarra descendió seguido de un viejo criado. Despachó el coche con un gesto y se dirigió al cementerio.
―¡Mi enfermedad y mis ocupaciones no me han permitido volver! ―decía el anciano tímidamente―.
―Capitán Tiago dijo que se cuidaría de levantar un nicho. Yo planté flores y una cruz labrada por mí.
Ibarra caminaba grave y silencioso.  
―¡Allí, detrás de esa cruz grande, señor! ―continuó el criado señalando hacia un rincón cuando hubieron franqueado la puerta.
El joven iba tan preocupado, que no notó el movimiento de asombro de algunas personas al reconocerle, las cuales suspendieron el rezo y le siguieron con la vista llena de curiosidad.
Detúvose al llegar al otro lado de la cruz grande y miró a todas partes. Su acompañante se quedó confuso y cortado. En ninguna parte se veía la cruz que él había colocado.
Dirigiéronse al sepulturero que les observaba con curiosidad. Éste les saludó quitándose el salakot.
―¿Puedes decirnos cuál es la fosa que tenía una cruz? ―preguntó el criado.
El interpelado miró hacia el sitio que le señalaban y reflexionó.
―¿Una cruz grande?
―Sí, grande ―afirmó con alegría el viejo cuya fisonomía se animó.
―¿Una cruz con labores y atada con bejucos? ―volvió a preguntar el sepulturero.
―¡Eso es, eso es, así! ―y el criado trazó en la tierra un dibujo en forma de cruz bizantina.
―¿Y en la tumba había flores sembradas?
―¡Adelfa, sampagas y pensamientos! ―añadió el criado lleno de alegría.
―Dinos cual es la fosa y dónde está la cruz. El sepulturero se rascó la oreja y contestó bostezando.
―Pues la cruz... ¡la he quemado!
―¡Quemado! y ¿por qué la has quemado?
―Porque así lo mandó el cura grande.
―¿Quién es el cura grande? ―preguntó Ibarra.
―¿Quién? El que pega, el padre Garrote.  
Ibarra se pasó la mano por la frente.
―Dinos al menos dónde está la fosa, debes recordarlo.
El sepulturero se sonrió.
―¡El muerto ya no está allí! ―repuso tranquilamente.
―¿Qué dices?
―En su lugar enterré hace una semana a una mujer.
―¿Estás loco? ―preguntó el criado.
―Hace ya muchos meses que los desenterré. El cura grande me lo mandó, para llevarlo al cementerio de los chinos. Pero como era pesado y aquella noche llovía...
El hombre no pudo seguir; retrocedió espantado al ver la actitud de Crisóstomo, que se abalanzó sobre él cogiéndole del brazo y sacudiéndole.
―¿Y lo hiciste? ―preguntó el joven con acento indescriptible.
―No se enfade usted, señor ―contestó temblando―; no le enterré entre los chinos. ¡Más vale ahogarse que estar entre chinos, dije para mí, y arrojé el muerto al agua!
Ibarra le puso los puños sobre los hombros y le miró largo tiempo con una expresión indefinible.
―¡Tú no tienes la culpa! ―dijo, y salió precipitadamente pisando fosas, huesos y cruces como un loco.
El sepulturero se palpaba el brazo murmurando:

―¡Lo que dan que hacer los muertos!

José Rizal
Nole mi tangere






NOLI ME TANGERE (Narciso de Alfonso)




A María Clara hay que situarla en sus islas y en su destino de mestiza tagala, cuando entonces, cuando la independencia de Filipinas: cómo arde el mar –dijo el poeta. Es una mujer hacia salvaje que no titubea porque no necesita organizar sus prioridades: sabe que todo debe colocarse en un orden fulminante. 
Lleva todo el universo metido, quizá a las malas, dentro de su piel, que es del color castigado y puro de la intemperie de la noche, después de una cacería a caballo: con el pelo negro de la melena negra hacia atrás, peinado por la velocidad del viento o por el viento de la velocidad.
Tiene los ojos rasgados, de mirada dura y con un punto de crueldad, que tal vez provenga de su condición de princesa india, con el corazón entrecruzado de amor y de odio, y ella sonríe sin sonreír, o parece que sonríe sin sonreír: quizá solamente con la intención de la mirada.
María Clara es una real hembra que ama de cerca y en actualidad, con un querer animal y posesivo, insobornable, sin reflexiones técnicas: oscuramente y aparte, como saciando una sed que nunca se sacia. 
‘Chocaría con su alma, sobándole el destino con la mano y me quedaría mirando a su materia’ –dijo el poeta, que no calla. 
Se ha dado cuenta de que la felicidad no siempre es la mejor manera de ser feliz, así que, oscura de sienes, con la cabellera tremenda y feroz y un olor a pólvora y nardo, ha tomado el duro rumbo de la contrafelicidad, de la cosmética extrema: se dejará crecer los ojos, las doce pieles suavísimas y la tiniebla bonita debajo de los tejadillos.
Es el tiempo, que marcha descalzo de la muerte hacia la muerte.

Narciso de Alfonso
Merodeos


AL DEJAR LA FACULTAD - LA CASA DE LA TROYA





—¡No nos felicitéis, amigos! —dijo emocionado—, ¡Compadecednos y dejad que os envidiemos! Los dichosos sois vosotros que todavía continuaréis aquí libres de cuidados, sin preocupaciones, ¡felices!,  ¡¡jóvenes!! Nosotros acabamos de desposarnos con la inquietud. Los trabajos suceden ya al descuidado «no importa» de estos años azules, cuya muerte celebramos, estúpidos, en vez de llorarla, Ahora se disuelve la comunidad de nuestros corazones. ¡Ved qué pena! Vamos a edificar nuestra vida… Mejor diría que vamos a luchar bárbaramente un año y otro y otro, todos los días y todas las horas para procurarnos un entierro decentito y un suelto amable en los periódicos de la localidad donde nos toque caer para siempre. ¡Adiós, amigos! ¡Vamos al mundo! Acaso no nos volvamos a ver más y el apretón de manos, el abrazo cordial con que ahora nos despedimos sea el postrero. ¡Adiós, años felices, años rosados, años buenos!... ¡¡Años únicos!! ¡Ya somos hombres! ¡Qué desgracia! Como los discípulos de Cristo, vamos a repartirnos por el haz de la Tierra, aunque no para predicar la buena nueva. Los unos, seremos cónsules; notarios los otros; esos, periodistas; aquellos se aplicarán al cuidado de su bufete; investiránse éstos con la dignidad del juez; para algunos guardará la cátedra sus glorias o su comodidad; tal se desposará con la política. ¡Qué asco! Será diputado, senador, acaso llegue a ministro, ¡Dios no lo quiera! Quizás será el más sabio el que acierte a pedir paz a la quietud de su aldea... Yo ruego a la diosa voluble y arbitraria que preside los destinos de los hombres, que vuelque sobre todos nosotros los dones de su favor... Pero, por mucho que quiera protegernos, nunca nos dará tanto como hemos tenido; como perdemos ahora. Podrá colocamos en las que la imbecilidad o cortedad de vista de las genes llama cumbres; pero nunca volverá a ponernos tan alto como hemos estado, porque nunca más, ay, amigos, ¡seremos estudiantes!... 



Alejandro Pérez Lugín


Lecturas hispánicas edita "LA CASA DE LA TROYA", uno de los grandes best-sellers del siglo XX





Es La Casa de la Troya (1915) uno de los grandes best-sellers del siglo XX, pues ronda el centenar de ediciones, ha sido traducida a diversos idiomas, llevada con éxito al teatro en varias ocasiones y al cine en cinco, y hasta convertida en Zarzuela.  Y no es de extrañar porque esta novela cuenta con los ingredientes necesarios para atraer al gran público: intriga, tensión, una historia perfectamente estructurada, unos personajes cabalmente perfilados, un retrato fiel de la España de finales del siglo XIX con aquella sociedad de clases perfectamente diferenciadas, y la espectacular descripción tanto de una interesante ciudad universitaria de provincias (nada menos que Santiago de Compostela) como de su afamada universidad y su característico ambiente estudiantil..
La Casa dela Troya recoge los tópicos propios del ambiente universitario de aquella rancia España. Pero —lo que es más importante— genera otros nuevos que serán, precisamente, los más característicos de las décadas posteriores a su publicación. De modo que no es que la novela se pareciera (que se parecía) a aquella sociedad que retrataba, sino que además, lo que no se parecía acabó por parecerse.  Tan notable fue su influencia en la realidad española de entonces que ni  las estudiantinas ni las tunas de mitad del siglo XX  hubieran sido como fueron sin esta singular narración.
Y, por supuesto, en tal contexto, y como hilo conductor, una historia de amor con problemas y enemigos: la del  joven madrileño (Gerardo Roquer) al que su padre lo había alejado del pernicioso ambiente de  la Villa y Corte mandándolo a Santiago para terminar allí sus estudios de leyes, de un lado, y la de la muchacha bien y de buena clase, de provincias (Carmiña Castro Retén), modelo de belleza, bondad y buenas formas, de otro.  Gerardo aterrizará en este ambiente compostelano yendo a parar a la posada de la viuda de un Capitán de Carabineros, conocida como la Casa de la Troya:

—¿Dónde para usted este año?
—En la posada de la Troya.
—¿En casa de doña Generosa? ¡Arrenegote demo! Usted era el único que faltaba allí.

Y es que "viven allí los puntos más traviesos de la Universidad. Verdaderos estudiantes de la tuna, ¿sabes? Todos rapaces de buenas familias, no vayas a creer; pero unos paveros, siempre dispuestos a divertirse y a jugársela al Sol. Ya verás. ¡Te hay cada volante!... " 
Pero no, la casa de la Troya no debe su nombre a doña Generosa, sino a la calle en que estaba y sigue estando ubicada, pues "aquí tenemos una afición loca a la elipsis, y cuando se trata de nombrar cualquier vía de la ciudad abreviamos usando simplemente su nombre". Gerardo enseguida se prendará, como todos, de la belleza de Carmiña a quien intentará seducir para entretener su transitorio alejamiento del atractivo y depravado ambiente madrileño.  Claro, que la muchacha marcará perfectamente las distancias justas para forjar en Gerardo un impetuoso amor que le cambiará de vida y mentalidad y hasta le hará apartarse de las  juergas estudiantiles. 
Será entonces cuando harán su aparición los otros enemigos de ese amor, los verdaderos enemigos:  los malvados Maragotas,  que querrán a la muchacha y a su fortuna para su Octavio, empleando para ello todos los ardides necesarios, secuestro de la doncella incluido.
Quizá la fuerza narrativa oculta de esta novela estriba, precisamente, en ser un trasunto de historias y personajes reales, pues el propio Pérez Lugín era madrileño y estudió leyes en Santiago.  Y la misma Carmiña hunde sus raíces en Carmen Carballeira, antigua novia de Lugín, que se hizo monja y vivió muchos años en el Convento de la Enseñanza. 
Tanto éxito  y tanta influencia, tuvieron su reflejo en un sonoro premio de la Real Academia Española. Y es que la novela está impregnada de mucha realidad, demasiada realidad. Benigno Amor Rodríguez, mecenas del Museo La Casa dela Troya, ha dejado dicho en un conocido prólogo póstumo que estamos ante "la obra de un grupo de nostálgicos que quisimos perpetuar en el viejo caserón la pensión que, para el estudiante, fue la prolongación de su casa en Compos-tela. Allí se guarda un capítulo importante de la vida universitaria compostelana."  




SANTA (Federico Gamboa)






No vayas a creerme santa, porque así me llamé. Tampoco me creas una perdida emparentada con las Lescaut o las Gauthier, por mi manera de vivir.
Barro fui y barro soy, mi carne triunfadora se halla en el cementerio.






Desahuciada de las gentes de buena conciencia, me cuelo en tu taller con la esperanza de que, compadecido de mí, me palpes y registres hasta tropezar con una cosa que llevé adentro, muy adentro, y que calculo sería el corazón, por lo queme palpitó y dolió con las injusticias de que me hicieron víctima...
No le digas a nadie ―se burlarían y se horrorizarían de mí―, pero, ¡imagínate!,en la Inspección de Sanidad, fui un número; en el prostíbulo, un trasto de alquiler;en la calle, un animal rabioso, al que cualquiera perseguía; y en todas partes, una desgraciada.
Cuando reí, me riñeron; cuando lloré, no creyeron en mis lágrimas, y cuando amé, ¡las dos únicas veces que amé!, me aterrorizaron en la una y me vilipendiaron en la otra. Cuando cansada de padecer me rebelé, me encarcelaron; cuando enfermé, no se dolieron de mí, y ni en la muerte hallé descanso; unos señores médicos despedazaron mi cuerpo, sin aliviarlo, mi pobre cuerpo magullado y marchito por la concupiscencia bestial de toda una metrópoli viciosa...
Acógeme tú y resucítame, ¿qué te cuesta...? ¿No has acogido tanto barro, y en él infundido, no has alcanzado que lo aplaudan y lo admiren...? Cuentan que los artistas son compasivos y buenos... ¡Mi espíritu está tan necesitado de una limosna de cariño!
¿Me quedo en tu taller...? ¿Me aguardas?
En pago ―morí muy desvalida y nada legué―, te confesaré mi historia. Y yaverás cómo, aunque te convenzas de que fui culpable, de sólo oírla llorarásconmigo. Ya verás como me perdonas, ¡oh, estoy segura, lo mismo que lo estoy deque me ha perdonado Dios!
Hasta aquí, la heroína.
De mi parte de repetir ―no para ti, sino para el público― lo que el maestro de Auteuil declaró cuando la publicación de su Fille Elisa:
Ce livre, j´ai la conscience de l´avoir fait austère et chaste, sans que jamais lapage échappée à la nature delícate et brûlante de mon sujet, apporte autre chose àl´esprit de mon lecteur qu´une méditation triste. (Este libro, tengo la conciencia dehaberlo hecho austero y casto, sin que la página escapada de la delicada y ardiente naturaleza de mi tema, jamás traiga otra cosa a la mente de mi lector que una triste meditación.)


Federico Gamboa
Santa (1908)



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LÓPEZ VELARDE: La mejor antología de su prosa



Sé poeta, aun en prosa, exigía Baudelaire como exigía ser sublime sin interrupción. Puede que ambos consejos signifiquen lo mismo. Lo cierto es que el poeta y ensayista mejicano Marco Antonio Campos, que nos recuerda el primero, dice que Ramón López Velarde (1888-1921), al igual que Borges o Neruda, lo cumplió de manera ejemplar y que 'El minutero' es uno de los libros clásicos mejicanos de poemas en prosa y prosas poéticas de nuestro siglo XX, añadiendo que ninguna obra de ningún poeta mejicano es más secreta que la de él, y que en sus mejores instantes, en prosa o en poesía, hay una luz que nos deslumbra y una sombra que no logramos aclarar o develar ("El tigre incendiado", 2005). 
Pero es tanto lo que se ha dicho sobre la obra de López Velarde y de plumas tan autorizadas, que resulta vano el intento de aportar algo nuevo. Así que nos limitaremos a transcribir otras dos breves pero eminentes alusiones. Octavio Paz tiene dicho que "la poesía moderna nace en Hispanoamérica antes que en España (con la única y gran excepción de Gómez de la Serna) y que uno de sus iniciadores es López Velarde. Con él empieza una visión de las cosas que todavía seduce a espíritus tan opuestos como Jorge Luis Borges y Pablo Neruda. La mirada que se mira, el saber que se sabe saber, es el atributo (la condenación, sería más justo decir) del poeta moderno". Y Pablo Neruda destacó "el líquido erotismo de su poesía que circula en toda su obra como soterrado, envuelto por el largo verano, por la castidad dirigida al pecado, por los letárgicos abandonos de alcobas de techo alto en que algún insecto sonoro interrumpe con sus élitros la siesta del soñador".
Aunque también son numerosas las ediciones de la exigua pero importante obra del consagrado poeta mejicano, abundan menos las referidas a su prosa. De hecho, la recopilación póstuma "El minutero" es el único volumen ―más que concebido, casi― insinuado como tal por el propio autor. El resto de su prosa anduvo dispersa por variadas publicaciones periódicas y fue "El don de febrero y otras prosas", edición a cargo de Elena Molina Ortega (Méjico, 1952), el trabajo que culminó una ingente investigación de anteriores estudiosos, marcando un hito editorial por la importante labor de recopilación de casi un centenar de textos y documentos. Admirable trabajo pero frágil, según la crítica, por el desorden y las importantes ausencias que, aún así, contenía.  Además, ulteriores investigaciones sacarían a la luz nuevas prosas olvidadas, destacando las recogidas en 1961 por Allen W. Phillips en su estudio "Reproducción y comentario de algunas prosas olvidadas de Ramón López Velarde" (Revista Iberoamericana, núm. 51, 1961).  En 1971, cincuen-tenario del fallecimiento de nuestro autor, José Luis Martínez publica la primera edición crítica, cuidada y ordenada, de toda su poesía y prosa bajo el genérico título "Obras", edición posteriormente aumentada y mejorada.  Ya en 1998, este mismo investigador publicará seguramente la más importante antología de López Velarde: "Obra poética", con quince prosas poéticas bajo el título "El don de febrero y otras crónicas".  Finalmente es de reseñar el portal que desde el año 2010, en internet, le dedica la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes bajo la dirección de Alfonso García Morales, encargado además de otra importante antología: "Prosas dispersas (selección)", en que se recogen treinta, entre ellas algunas de las quince de la selección de José Luis Martínez de 1998.
Lecturas hispánicas se complace, no obstante, en editar hoy la que creemos es la mejor y más completa antología impresa de la prosa poética de Ramón López Velarde, ya que publicamos aquí todas las prosas que conforman "El minutero"; las "Prosas dispersas (selección)", recopiladas por García Morales en 2010, incluidas las de "El don de febrero y otras crónicas" de José Luis Martínez no incluidas en aquella; y, además, otras diez de las reproducidas por W. Phillips en su ya mentada publicación de 1961. Un total, pues, de cuarenta textos entre los que ―junto con los veintiocho de "El minutero"―, se cuentan, sin duda, las mejores prosas poéticas de López Velarde.  El resto, la mayoría de crítica literaria, también hemos decidido incluirlos por la luz que pueden aportar sobre la visión crítica y la propia poética de nuestro autor. 
Tentados hemos estado de presentar esta antología separando las prosas poéticas de los demás textos, pero nos ha parecido mejor seguir el criterio cronológico, con menciones expresas a las fechas y los diarios en que fueron publicados, así como a los seudónimos ocasionalmente utilizados por López Velarde. Entendemos que se da así una visión más ordenada de la evolución del poeta que en absoluto obsta a la distinción, por lo demás evidente, de la naturaleza literaria del texto que no se le escapará ni al lector menos curtido, ya desde la primera línea de cada prosa cuando no desde el propio título que la encabeza.



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LECTURAS HISPÁNICAS: "Esta sombra no es mía" de Juan Serrano



Portada del libro
con una ilustración de Quinita Fogué



¿Os acordáis de aquel afamado escritor tan pudoroso y mojigato, que a lo largo de su vida literaria, en sus siete novelas galardonadas, nunca en ellas cometió ninguna indecencia; y ni siquiera en defensa propia, ni en duelo, ni en escaramuzas mató a ninguno de sus personajes, allí tan vivos y tan bien caracterizados; y sin embargo en su vida real murió a garrote vil por haber asesinado al gobernador con el canto de un libro en la cabeza?

Entre estos dos signos de interrogación se encierra "Compromiso literario", uno de los más de cien cuentos y seguramente el más corto que Lecturas hispánicas se honra en recoger en este volumen.
Todos de la inteligente, sensible y graciosa pluma del escritor Juan Serrano, quien, en plena madurez literaria y al roce de la siempre estimulante brisa mediterránea, piensa, observa, siente y escribe, hermosas narraciones, maravillosos versos y sentidas reflexiones. 
El hombre, la vida, las cosas y los detalles, los pequeños detalles... En todo encuentra y en todo vuelca Juan Serrano su verdadero compromiso literario, su auténtico proyecto vital, que ahora el lector, además de en su concurrido blog, Blao, va a poder compartir y disfrutar sumergiéndose en la exquisita y soberbia prosa que discurre por esta extraordinaria colección de ciento doce cuentos. 
De la siempre acogedora soledad rural a la tantas veces peligrosa compañía urbana, pasando por el amor y la muerte, la crítica social y el compromiso personal, todo lo comprende el universo narrativo de Juan Serrano, del que estas instantáneas constituyen una buena muestra.
Juan Serrano nació en Yecla, Murcia, en 1943. Fue profesor de Educación Infantil y Logopeda y obtuvo el Primer Premio en el Concurso de Cuentos Lugarde, el robo del siglo del Ayuntamiento de Murcia en 1999. Es miembro de Molínea, Colectivo de poetas y cuentistas de Molina de Segura y administrador del blog de literatura blao-blao.blogspot.com. Ha sido publicado en las antologías París y Nueva York, de M.A.R. Editor.

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También disponible en tapa blanda 

LECTURAS HISPÁNICAS EDITA "AURA O LAS VIOLETAS", UNA NOVELA DE AMOR DE VARGAS VILA

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Aunque José María Vargas Vila mantenga que Aura o las violetas no es una novela, uno no acaba de creerse ni que él mismo se lo crea. Primero, porque tiene reconocido que el género novelesco emana de las selvas del romanticismo a outrance para avanzar hacia la victoria definitiva del Yo, alejándose así de patrones objetivos.  Y, segundo, porque tal reconocimiento le empujará definitivamente a una reivindicación de la libre estética: si escribiera como tantos, sería uno de tantos, no sería yo, tiene dicho.  Pero es que Aura o las violetas no solo es una novela, sino que es —además— una gran novela (lo cual, obviamente, nada tiene que ver con la extensión).  Y no lo decimos por la manida afirmación, más bien constatación, de que en la novela todo vale y todo cabe, sino porque esta concreta narración (o esta relación, como él la llama) contiene todos y cada uno de los ingredientes de la clásica novela del XIX, que es tanto como decir de la Novela con mayúsculas de la época en que el género marcó leyes tan firmes que todavía, dos siglos después, siguen en vigor para el gran público (los happy few Stendhal).  Normas que siguen ahí a pesar de las vanguardias de principios del XX y de esa irrupción del Yo —y sobre todo del Yo inconsciente— que, es verdad, ha revolucionado el arte en general y el género narrativo en especial, enriqueciéndolo y alejándolo de aquellos cánones decimonónicos, al menos para una minoría selecta.
Aura o las violetas (1887), si bien incorpora ya ciertas licencias en cuanto a puntuación (en todo caso evidentes), es la típica narración romántica.  Y a todo aquel que guste del clásico relato con trama —una trama por lo demás sencilla, y en esto sí estamos de acuerdo con su autor—, fiel a ese patrón clásico que exige un planteamiento, un nudo y su oportuno desenlace, tiene aquí una de las grandes novelas de amor en la que se cuenta lo que el hombre viene contando desde que es hombre (y lo es desde que adquiere la capacidad de contar).  En definitiva, una narración para el lector que persigue emocionarse y disfrutar con una hermosa historia de amor imposible, perfectamente pergeñada para ello: Aura y el narrador se conocen desde niños y el roce da paso al amor (planteamiento); pero circunstancias terrenas y, por tanto, de índole material, los separan impidiendo así que ese amor pueda consumarse (nudo) y al final...  Bueno, el final siempre hay que dejar que sea el propio lector quien lo descubra.
Aura o las violetas es, además, la primera novela de José María Vargas Vila y quien la lea no dará crédito a las cosas que se dicen de su autor, porque parece escrita —y en el fondo seguro que lo está— por un alma tierna y sencilla.  Sin embargo, Vargas Vila (Colombia, 1860 - España, 1933) con una niñez y juventud nada sencillas, no sólo fue —ideológica y políticamente— radical y revolucionario, sino, también, desde el punto de vista personal, un hombre incómodo que criticó a todo y a todos.  Y quizá no esté claro si fue por tal motivo por lo que anduviera proscrito en los ambientes literarios más eminentes o, por el contrario, sus invectivas fueran la causa de tal proscripción.  En todo caso, estamos ante una personalidad plenamente libre: el Panegírico, es la fortaleza de los esclavos, la Libertad alza el Libelo que es la tribuna de los libres.
Jorge Luis Borges destacó el talento de Vargas Vila al incluirlo en su Historia universal de la infamia,  donde recogió este insulto de nuestro autor al poeta Santos Chocano: Los dioses no permitieron que Santos Chocano deshonrara el patíbulo muriendo en él. Ahí está vivo después de haber fatigado la infamia. Consuelo Triviño recoge algunas de sus descalificaciones más sonadas.  Bástennos dos: a Ortega lo tildó de Einstein con boina; y de Eugenio d'Ors dijo conmoverle el esfuerzo que hacía para pensar sin lograrlo.  Manuel Machado afirmó que de él podría decirse como de Montalvo: su pluma, cuando insulta, inmortaliza.

Pero nada que ver estas hieles con nuestra novela... O tal vez sí, tal vez provengan de esa infancia y juventud difíciles (frente bélico incluido) y aparezcan siquiera sea soterradamente, in nuce, en Aura o las violetas: una novela quizá aparentemente, sólo aparentemente, tierna. 



Lecturas hispánicas


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AURA O LAS VIOLETAS (J.M. Vargas Vila)




Dos meses habían transcurrido;

el dolor no había muerto, se había dormido en el corazón; la paz empezaba a renacer en la casa y yo ocultaba a mi madre la tristeza que me devoraba, fingiendo que el olvido penetraba poco a poco en mí alma;

no había vuelto a ver a Aura ni oído hablar de ella, después de su matrimonio; se esquivaba estudiadamente hablar delante de mí, de todo aquello que pudiera remover en mi memoria las funestas escenas que habían pasado;

dominado por el hastío y en busca de distracción, fui a la ciudad donde se hallaba una compañía dramática dando una temporada de funciones;

una noche que concurrí al teatro, me entretenía momentos antes de principiar la representación, en repasar con mis gemelos las filas de palcos ya repletos de señoras, cuando mis ojos se detuvieron en uno, cuya puerta acababa de abrirse; dos personas entraron en él: ¡eran Aura y su esposo!

ella entregó al anciano la capa de pieles con que venía cubierta y pasó a ocupar la delantera del palco, apoyando sobre la barandilla su brazo desnudo, con una majestad de reina; 

venía sencilla, pero elegantemente vestida; traía un traje de terciopelo negro, que dejaba en descubierto su pecho y sus brazos de alabastro, y de la línea negra de su traje se destacaba su busto delineado y perfecto, como si hubiese sido esculpido en mármol de Paros por el cincel de Fidias, sosteniendo su cabeza divina, que hubieran envidiado por lo ideal, las vírgenes de Rafael y de Murillo; 

sus hermosos ojos brillaban como dos carbunclos bajo su frente serena, a la que daban sombra sus cabellos caídos sobre ella primorosamente peinados a la capital; por único adorno llevaba un ramo de violetas sostenido por un broche de brillantes en la cabeza y otro en el pecho; 

la palidez de su rostro comunicaba más fuego a su mirada y más encanto a su fisonomía; su elegancia, su hermosura, su reciente matrimonio, llamaron sobre sí atención general, y los anteojos del patio y los de los palcos me clavaron en ella; 

era la primera vez que aparecía en público después de su enlace, pues todo ese tiempo había permanecido en una de las haciendas de su esposo;

imposible pintar la sensación que experimente; celos, amor, despecho, rabia, todo se agolpó a mi corazón; guardé el binóculo en su caja, y me senté aturdido en la butaca y así permanecí largo rato; al fin, no pude resistir al deseo de mirarla y alcé los ojos a su palco; 

ella recorría en aquel momento con la vista la platea, de repente sus ojos se encontraron con los míos; sobrecogida, fascinada, se quedó inmóvil; ambos comprendíamos que estábamos sosteniendo a nuestro pesar aquella mirada de fuego, pero la naturaleza era superior a nosotros y nos retenía allí suspensos y absortos como dos seres que han llegado al mismo tiempo a la orilla de un abismo;


J.M. Vargas Vila
Aura o las violetas, 1887



LAS ROSAS DE LA TARDE (J.M. Vargas Vila)



Él se inclinó hasta el lirio de su rostro, para besar sus labios aromados.

Y ella le devolvió el beso amigo.

Su beso no tenía la sonoridad cantante de la orgía, era un beso grave y melancólico, como el brillo de una luna de invierno; era un beso pudoroso y crepuscular, cargado de recuerdos y dolores.

Él quiso traerla violentamente sobre su corazón, y ella lo rechazó poniéndose de pie.

Una rosa blanca, que se abría sobre ellos, reacia a caer, enamorada acaso de un lucero, se deshojó al estremecimiento de sus cuerpos, y los cubrió con sus pétalos enfermos, como con un manto de perfume.

Y, allá, lejos, sobre la última cima de la Sabina, un rayo de luz rebelde a desaparecer, fulguraba aún, con la persistencia de un Amor tardío, en la calma serena de la noche.

el sueño de la Vida brillante en su fulgor.

En la eflorescencia blanca del crepúsculo, la palidez hialina de la aurora, daba tintes de ámbar al cielo somnoliento.

La noche recogía su ala tenebrosa de misterio, y la mañana surgía en una irradiación de blancuras del natalicio fúlgido del Sol.

Hugo Vial, apoyado de codos en la veranda del balcón de su aposento, que daba sobre el jardín, meditaba, cansado por aquella noche de insomnio, perseguido por la visión radiosa del Deseo.

El alma y el cuerpo fatigados, se sentía presa de una laxitud melancólica, y se entregaba a pensamientos austeros, como siempre que replegaba las alas de su espíritu en la región obscura del pasado.

La magnificencia de sus sueños lo aislaba siempre de las tristezas de la vida.

Se refugiaba en su pensamiento, como en un astro lejano... Y, el mundo rodaba bajo sus pies, sin perturbarlo...

Las armonías divinas de su cerebro serenaban las borrascas terribles de su corazón. Las músicas estelares pasaban por sobre las ondas rumorosas y las calmaban.

Sentía que la Soberbia y la Esperanza, sus dos grandes diosas, venían a reclinarse sobre su corazón, tan lacerado, y le parecía que el dulzor de los labios divinos venía a posarse sobre sus labios mustios.

La acuidad de sus sensaciones diluía hasta lo infinito, este placer intelectual del ensueño luminoso.

La voluptuosidad misma de su temperamento, tan poderoso, no llegaba a irrespetar la pureza mística y bravía de sus ideales.

La animalidad, que sacudía sus nervios y circulaba por sus venas, como el agua en los canales sin olas de una ciudad lacustre, no llegaba a manchar el alba, la inmaculada pureza de sus ideas, refugiadas en la torre de marfil de su cerebro, altanero y aislado, como una fortaleza medioeval.

Cuando la mediocridad ambiente de la vida lo acosaba, como una jauría de perros campesinos a un gato montés, se escapaba a la selva impenetrable de su aislamiento y era feliz.

Iba a la soledad como un león a la montaña: era su dominio.

En el silencio, poblado de visiones, su pensamiento vibraba y fulgía, como las alas de un águila hecha de rayos de Sol.

Su ideal, como el templo de Troya, siete veces ardido y siete veces reconstruido, volvía a alzarse, en el esplendor de su belleza insuperable.


J.M. Vargas Vila
Las rosas de la tarde, 1901


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LA SIMIENTE (J.M. Vargas Vila)

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puesto que el jardín de la vida le ofrecía aún esa flor, ¿por qué no cogerla? puesto que aun quedaban para él, besos sobre los labios, ¿por qué no apurarlos? hombre de carne y de fornicación, si el Destino le deparaba aún una mujer, ¿Por qué no gozarla? la gozaría a la orilla del sepulcro... y, ¿después?.¡que la nada sea!...
buscó un apartamento amueblado, donde poder recibir libremente a esta su última querida; ¿la última? no: la última sería la Muerte; ésta no era sino un alto, en su carrera vertiginosa hacia el sepulcro;

un alto, el momento de un beso; nada más;
halló el apartamento, en un gran palacio señorial, sobre un patio desierto, donde la calma y la quietud, lo invitaban a acotar hasta la locura esta pasión ardiente y tardía, que había florecidocomo un crisantemo a la orilla de la tumba;
¿era el Amor? ¡Oh! no; la pasión de la mujer no pudo nuncatomar ese nombre, en la vida de Leonardo Bauci;
la mujer para él no era sino el más bello instrumento de placer sobre la tierra, no le sospechó nunca un alma;
ahora mismo, pensando en Elbina, no sentía sino sus besos,no rememoraba sino su carne, ¡su pobre carne, devorada por la tisis! y, era de ese amor todo sexual, que había sufrido; y, era por ese amor que quería sufrir; ¿por ese amor? no; por el florecimiento de ese Amor; 
porque en una mujer ese amor había fructificado, y en esa flor de amor había él, puesto todo su corazón, toda su vida, porque había amado a su hijo, y su hijo no era ya... de eso moría; moría de su soledad;
el deseo de la carne, era lo único que sobrevivía en él, y era el que brillaba a esta hora, sobre su vida tan triste, como un fanal sobre las aguas muertas...
Sonia, resucitaba la sombra de todas las mujeres amadas por él, y de cuyos besos guardaba un recuerdo de ardor, como una quemadura sobre los labios;
sin embargo, ninguna parecía haber tenido la voluptuosidad sombría de esta mujer, hallada así, ante la muerte, en esta ciudad de espejismos y de desolación... sus besos tenían algo de Eternidad: se diría que la Muerte besaba por sus labios... su beso, imperativo y fatal, daba todos los vértigos; el amor subía en ella como una fiebre mortal, salía de ella como el aliento de un lago palúdico, donde aletea la muerte; era la locura de la carne, la que reinaba en ella;
en aquel cuerpo maravilloso y fúlgido, corrían los escalo-fríos del placer, con la intensa acuidad de una epilepsia pitonisíaca; era un vértigo rojo el que daban los labios de aquella mujer, cuyas concupiscencias sabias tenían los ardores rituales de una hoguera de sacrificios; se diría una fuente alticarada donde los labios enloquecidos no se saciaran nunca; 
bajo aquel vientre adorable y conquistador, parecía haberse concentrado todo el fuego de los sexos, en un solo símbolo,apasionado y triunfador;


J.M. Vargas Vila
La Simiente (1906)


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EL NIÑO Y LA SARDINA (Javier Tomeo)



El niño se llama Carlitos. No ha cumplido los cinco años, es rubio y tiene la nariz respingona. Está sentado sobre una alfombra verde y lleva puesto un minúsculo traje de baño de color rojo y un gorro también rojo que hace juego con el bañador. De vez en cuando suelta un chillido y agita los brazos. Es su forma de decir lo mucho que le gusta el mar , el ir y venir de las olas que se rompen sobre la arena de la playa. Su madre es también rubia y duerme boca abajo sobre una alfombra de color malva. Es una mujer gorda y la celulitis le señala las piernas por la parte de atrás. Su traje de baño es de color azul y no le sienta bien. Se ha embadurnado el cuerpo con aceite y las piernas le brillan como dos anguilas recién sacadas del agua.
-¡Ooooooooh!- exclama de pronto Carlitos, levantándose. Y sin más rodeos se pone en marcha hacia el mar. 
Avanza tambaleándose y tarda tres minutos en recorrer los seis metros que le separan de las olas. Se detiene al llegar a la orilla y por fin decide entrar en el agua.
-¡Ooooooooh!- dice otra vez. Continúa avanzando hasta que le cubre el agua.
Una gaviota que lo ha visto todo desde lo alto, da un par de vueltas por encima del lugar donde ha desaparecido el niño y luego se aleja volando hacia el este.
La madre de Carlitos continúa durmiendo. Al cabo de media hora se despierta y al no ver a su hijo se lleva las manos a la cabeza.
-¡Carlitos!- gime.
No hay bañistas a su alrededor y no puede preguntar a nadie si ha visto a su hijo, pero cuando está a punto de echarse a llorar ve a Carlitos saliendo del agua como si tal cosa. Lleva un pez plateado agarrado por la cola. Han pasado ya más de quince minutos desde que se metió en el agua, pero lo más extraño no es que haya resistido tanto tiempo sin respirar, sino el hecho de que ahora sea capaz de hablar con la sardina como si durante estos últimos minutos se hubiese convertido en un adulto y la sardina fuese capaz de entender lo que le cuenta el niño.
-Milagro- exclama la madre , corriendo hacia su hijo.
Abraza a su hijo y guarda la sardina en el cesto de mimbre, junto a la botella de aceite bronceador, con la intención de comérsela más tarde asada a la parrilla con un poco de aceite, ajo y perejil.
En realidad no se trata de una sardina. Los flancos del pez son plateados, pero no se ven por ninguna parte esas manchitas oscuras y circulares que van haciéndose más pequeñas a medida que se acercan a la cola y que caracterizan a las verdaderas sardinas.
La madre piensa que ya es hora de volver a casa. Después del susto que se ha llevado no le quedan ganas de tomar el sol.
La madre acuesta a Carlitos y le pide que no se mueva. Por si acaso cubre la cuna con la red. Después enciende la cocina, asa la sardina y se la come poco a poco. Cuando termina de comer , vuelve al cuarto de Carlitos, se sienta junto a la cuna y contempla a su hijo. El niño no despega los labios. Se limita a mirar a su madre con una expresión compungida. Ha percibido el olor a sardina asada, sospecha lo que ha ocurrido y le entristece la desaparición del pez.
-Dime cómo has resistido tanto tiempo debajo del agua- le pregunta por fin la madre, que todavía tiene un poco de perejil pegado en la comisura de los labios.
Carlitos no le responde y levanta una mirada llorosa al osito de peluche que está sentado en lo alto del armario.
- No se lo cuentes - le pide el oso , guiñándole el ojo de cristal.


Javier Tomeo
Cuentos perversos, 2002


DIÁLOGO ENTRE DOS ESQUELETOS (Javier Tomeo)



Los dos esqueletos, con los huesos blanqueados por el sol, conversan sentados al socaire de la pared del cementerio. 

ESQUELETO A. Oye.
ESQUELETO B. Dime.
ESQUELETO A. Lo peor que podemos hacer es desanimarnos.
ESQUELETO B. Sí, eso sería lo peor.
ESQUELETO A. Vendrán tiempos mejores, estoy seguro de eso.
ESQUELETO B. ¡Oh, desde luego! ¡Vendrán tiempos mejores!
ESQUELETO A. Se trata de saber esperar.
ESQUELETO B. Sí, se trata de eso.
ESQUELETO A. Los árboles volverán a ser verdes.
ESQUELETO B. Eso es: verdes. Y cantarán otra vez los pájaros.
ESQUELETO A. ¡Ah, qué agradable será entonces vernos regresados a la carne!
ESQUELETO B. ¿Crees que regresaremos también a la carne?
ESQUELETO A. ¿Quién lo duda?
ESQUELETO B. (Nostálgico.) Eso sería estupendo.
ESQUELETO A. (Tras una breve pausa.) ¿Cómo te llamabas antes?
ESQUELETO B. Juanito.
ESQUELETO A. ¡Anda pues, Juanito! ¡Levanta el corazón!
ESQUELETO B. (Mirando a través de sus costillas.) ¿Qué corazón?
ESQUELETO A. (Reconsiderando la situación, con acento súbitamente desesperanzado.) La verdad es que hicimos mal muriéndonos.
ESQUELETO B. Sí, hicimos mal.
ESQUELETO A. Perdimos el corazón.
ESQUELETO B. Sí, lo perdimos.
ESQUELETO A. Eso fue, sin duda, lo peor.

Silencio. El ESQUELETO B sopla a través de su propia tibia y brota una suave melodía, que ondula apenas la cabeza de las ortigas. Al conjuro de la música, las serpientes de hace cien años –apenas un rosario de menudas placas óseas – tratan inútilmente de erguirse como en los viejos tiempos de la ponzoña fulminante.

Javier Tomeo
Historias mínimas, 1988

CANTONERAS, RAMERAS, RUFIANES Y TASQUEROS (Antonio Envid)




A medida que surgen las ciudades, la prostitución, por motivos higiénicos, sociales y fiscales, es tempranamente regulada. Las ordenanzas medievales sobre su ejercicio se prolongaran largamente hasta el siglo XVII sin apenas cambios notables en lo esencial: mancebías autorizadas en lugares acotados, licencia para ejercer la prostitución a mujeres abandonadas o huérfanas sin arraigo familiar en la sociedad, etc., sin embargo, ayer como hoy, es un esfuerzo inútil poner reglas y límites a este oficio tan antiguo y que precisa de tan pocos medios para practicarlo, de modo que su ejercicio en las “tasqueras”, como se denominaba a las tabernas en germanía[7], fue generalizado en todo tiempo. En las tabernas de la época romana ya hay testimonios de ese comercio.

Que sirvientas y fregonas ofrecían sus servicios carnales a los huéspedes de mesones y ventas era público y notorio, de modo que las maritornes y rameras[8] son personajes habituales de la novela picaresca. En las tabernas esas mismas “fregatrices” y mozas sacarían unas blancas[9] extras con su cuerpo para redondear su mísero salario, cuando no eran explotadas por el propio tabernero. (“Un mozo de servicio, trabajando en una venta, recibe diariamente 15 reales de plata, mientras que una moza, trabajando en un mesón, gana mensualmente 3 reales de plata”, nos informa López Beltrán, Mª T.) Todo un comercio sexual clandestino a despecho de las ordenanzas municipales, que ante las quejas de los explotadores de las mancebías, que pagaban un canon al municipio por la autorización, prohibían, en vano, la apertura de hostales y tabernas cerca de las casa de tolerancia y trataban de regular sus horarios.


Antonio Envid Miñana



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[7] Según Corominas, “tasquera” es la acción de espadar el lino y por similitud del ruido que produce al golpear el lino se comenzó a utilizar “tasquera” como sinónimo de pendencia y riña, evolucionando a “tasca” con la acepción de taberna.

[8] Según Covarrubias prestaban sus servicios en chozas cubiertas de ramas, de donde “se dixeron rameras”. En general se piensa que su nombre proviene del ramo que como distintivo ponían en la puerta de sus casas. También las bodegas colgaban una rama de pino para anunciar el vino nuevo, práctica que todavía se sigue en Mallorca.
[9] Blanca, moneda de poco valor. En tiempos de Felipe II dos blancas equivalían a un maravedí. Por su escaso valor “estar sin blanca” significaba pobreza.


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