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MIGUEL DE UNAMUNO

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Filósofo y escritor español, considerado por muchos como uno de los pensadores españoles más destacados de la época moderna. Nacido en Bilbao, Unamuno estudió en la Universidad de Madrid donde se doctoró en filosofía y letras con la tesis titulada Crítica del problema sobre el origen y prehistoria de la raza vasca (1884), que anticipaba sus posturas contrarias al nacionalismo vasco de Sabino Arana. Fue catedrático de griego en la Universidad de Salamanca desde 1891 hasta 1901, en que fue nombrado rector. En 1914 fue obligado a dimitir de su cargo académico por sus ataques a la monarquía de Alfonso XIII; sin embargo, continuó enseñando griego. En 1924 su enfrentamiento con la dictadura de Miguel Primo de Rivera provocó su confinamiento en Fuerteventura (islas Canarias). Más tarde se trasladó a Francia, donde vivió en exilio voluntario hasta 1930, año en que cae el régimen de Primo de Rivera. Unamuno regresó entonces a su cargo de rector en Salamanca, que no abandonaría hasta su muerte. Aunque al principio fue comprensivo con la sublevación del ejército español que enseguida encabezó el general, Francisco Franco, pronto les censuró públicamente: en un acto celebrado en la Universidad de Salamanca, su comentario “venceréis, pero no convenceréis”, provocó la respuesta del general Millán Astray, uno de los sublevados: "¡Viva la muerte y muera la inteligencia!". Sus últimos días los pasó recluido en su domicilio de Salamanca. Unamuno fue poeta, novelista, autor teatral y crítico literario. Su filosofía, que no era sistemática sino más bien una negación de cualquier sistema y una afirmación de “fe en la fe misma”, impregna toda su producción. Formado intelectualmente en el racionalismo y en el positivismo, durante su juventud simpatizó con el socialismo, escribiendo varios artículos para el periódico El Socialista, donde mostraba su preocupación por la situación de España, siendo en un primer momento favorable a su europeización, aunque posteriormente adoptaría una postura más nacionalista.

Esta preocupación por España (que reflejó en su frase “¡Me duele España!”) se manifiesta en sus ensayos recogidos en sus libros En torno al casticismo (1895), Vida de Don Quijote y Sancho (1905), donde hace del libro cervantino la expresión máxima de la escuela española y permanente modelo de idealismo, y Por tierras de Portugal y España (1911). También son frecuentes los poemas dedicados a exaltar las tierras de Castilla, considerada la médula de España. Más tarde, la influencia de filósofos como Arthur Schopenhaner, Adolf von Harnack o Sören Aabye Kierkegaard, entre otros, y una crisis personal (cuando contaba 33 años) contribuyeron a que rechazara el racionalismo, al que contrapuso la necesidad de una creencia voluntarista de Dios y la consideración del carácter existencial de los hechos. Sus meditaciones (desde una óptica vitalista que anticipa el existencialismo) sobre el sentido de la vida humana, en el que juegan un papel fundamental la idea de la inmortalidad (que daría sentido a la existencia humana) y de un dios (que debe ser el sostén del hombre) son un enfrentamiento entre su razón, que le lleva al escepticismo y su corazón, que necesita desesperadamente de Dios. Aunque sus dos grandes obras sobre estos temas son Del sentimiento trágico de la vida (1913) y La agonía del cristianismo (1925), toda su producción literaria está impregnada de esas preocupaciones. Cultivó todos los géneros literarios. Su narrativa comienza con Paz en la guerra (1897), donde desarrolla la “intrahistoria” galdosiana, y continúa con Niebla (1914) —que llamó nivola, en un intento de renovar las técnicas narrativas—. La tía Tula y San Manuel Bueno, mártir (1933). Entre su obra poética destaca El Cristo de Velázquez (1920), mientras que su teatro ha tenido menos éxito, pues la densidad de ideas no va acompañada de la necesaria fluidez escénica; en este terreno destacan Raquel encadenada (1921), Medea (1933) o El hermano Juan (estrenada en 1954). ©
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NIEBLA (Miguel de Unamuno)

Escena de la película Blade Runner (Ridley Scott, 1982)


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Aquella tempestad del alma de Augusto terminó, como en terrible calma, en decisión de suicidarse. Quería acabar consigo mismo, que era la fuente de sus desdichas propias. Mas antes de llevar a cabo su propósito, como el náufrago que se agarra a una débil tabla, ocurriósele consultarlo conmigo, con el autor de todo este relato. Por entonces había leído Augusto un ensayo mío en que, aunque de pasada, hablaba del suicidio, y tal impresión pareció hacerle, así como otras cosas que de mí había leído, que no quiso dejar este mundo sin haberme conocido y platicado un rato conmigo. Emprendió, pues, un viaje acá, a Salamanca, donde hace más de veinte años vivo, para visitarme.

Cuando me anunciaron su visita sonreí enigmáticamente y le mandé pasar a mi despacho-librería. Entró en él como un fantasma, miró a un retrato mío al óleo que allí preside a los libros de mi librería, y a una seña mía se sentó, frente a mí.

Empezó hablándome de mis trabajos literarios y más o menos filosóficos, demostrando conocerlos bastante bien, lo que no dejó, ¡claro está!, de halagarme, y en seguida empezó a contarme su vida y sus desdichas. Le atajé diciéndole que se ahorrase aquel trabajo, pues de las vicisitudes de su vida sabía yo tanto como él, y se lo demostré citándole los más íntimos pormenores y los que él creía más secretos. Me miró con ojos de verdadero terror y como quien mira a un ser increíble; creí notar que se le alteraba el color y traza del semblante y que hasta temblaba. Le tenía yo fascinado.

––¡Parece mentira! ––repetía––, ¡parece mentira! A no verlo no lo creería... No sé si estoy despierto o soñando...

––Ni despierto ni soñando ––le contesté.

––No me lo explico... no me lo explico ––añadió––; mas puesto que usted parece saber sobre mí tanto como sé yo mismo, acaso adivine mi propósito...

––Sí ––le dije––, tú ––y recalqué este tú con un tono autoritario––, tú, abrumado por tus desgracias, has concebido la diabólica idea de suicidarte, y antes de hacerlo, movido por algo que has leído en uno de mis últimos ensayos, vienes a consultármelo.

El pobre hombre temblaba como un azogado, mirándome como un poseído miraría. Intentó levantarse, acaso para huir de mí; no podía. No disponía de sus fuerzas.

––¡No, no te muevas! ––le ordené. 

––Es que... es que... ––balbuceó.

––Es que tú no puedes suicidarte, aunque lo quieras.

––¿Cómo? ––exclamó al verse de tal modo negado y contradicho.

––Sí. Para que uno se pueda matar a sí mismo, ¿qué es menester? – –le pregunté.

––Que tenga valor para hacerlo ––me contestó.

––No ––le dije––, ¡que esté vivo!

––¡Desde luego!

––¡Y tú no estás vivo!

––¿Cómo que no estoy vivo?, ¿es que me he muerto? ––y empezó, sin darse clara cuenta de lo que hacía, a palparse a sí mismo.

––¡No, hombre, no! ––le repliqué––. Te dije antes que no estabas ni despierto ni dormido, y ahora te digo que no estás ni muerto ni vivo.

––¡Acabe usted de explicarse de una vez, por Dios!, ¡acabe de explicarse! ––me suplicó consternado––, porque son tales las cosas que estoy viendo y oyendo esta tarde, que temo volverme loco.

––Pues bien; la verdad es, querido Augusto ––le dije con la más dulce de mis voces––, que no puedes matarte porque no estás vivo, y que no estás vivo, ni tampoco muerto, porque no existes...

––¿Cómo que no existo? ––––exclamó.

––No, no existes más que como ente de ficción; no eres, pobre Augusto, más que un producto de mi fantasía y de las de aquellos de mis lectores que lean el relato que de tus fingidas venturas y malandanzas he escrito yo; tú no eres más que un personaje de novela, o de nivola, o como quieras llamarle. Ya sabes, pues, tu secreto.

Al oír esto quedóse el pobre hombre mirándome un rato con una de esas miradas perforadoras que parecen atravesar la mira a ir más allá, miró luego un momento a mi retrato al óleo que preside a mis libros, le volvió el color y el aliento, fue recobrándose, se hizo dueño de sí, apoyó los codos en mi camilla, a que estaba arrimado frente a mí y, la cara en las palmas de las manos y mirándome con una sonrisa en los ojos, me dijo lentamente:

––Mire usted bien, don Miguel... no sea que esté usted equivocado y que ocurra precisamente todo lo contrario de lo que usted se cree y me dice.

––Y ¿qué es lo contrario? ––le pregunté alarmado de verle recobrar vida propia.

––No sea, mi querido don Miguel ––añadió––, que sea usted y no yo el ente de ficción, el que no existe en realidad, ni vivo, ni muerto... No sea que usted no pase de ser un pretexto para que mi historia llegue al mundo...

––¡Eso más faltaba! ––exclamé algo molesto.

––No se exalte usted así, señor de Unamuno ––me replicó––, tenga calma. Usted ha manifestado dudas sobre mi existencia...

––Dudas no ––le interrumpí––; certeza absoluta de que tú no existes fuera de mi.



Miguel de Unamuno
Niebla, 1914




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ROSARIO DE SONETOS LÍRICOS (Miguel de Unamuno)






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XXXIX
La Oración del ateo

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 Oye mi ruego tú, Dios que no existes,
y en tu nada recoje estas mis quejas,
tú que á los pobres hombres nunca dejas
sin consuelo de engaño. No resistes

á nuestro ruego y nuestro anhelo vistes.
Cuanto tú de mi mente más te alejas
más recuerdo las plácidas consejas
con que mi ama endulzóme noches tristes.

Qué grande eres, mi Dios! Eres tan grande
que no eres si no Idea; es muy angosta
la realidad por mucho que se espande

para abarcarte. Sufro yo á tu costa,
Dios no existente, pues si Tú existieras
existiría yo también de veras.




XL
El arte

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-Al sol y de los vientos al socaire
sin sacudirse moscas, con la legra
más tajante que lengua de una suegra
afeita perros muertos el pelaire.

Rapa con tino y singular donaire
y así se gana la comuña negra,
y mientras rapa su trabajo alegra
cantando sus trabajos al desgaire.

Es un artista; no comete un yerro
ni para hasta dejar el rape al punto,
que si vivo es costoso hinchar un perro

no es fácil afeitarle ya difunto,
La moraleja en breve frase encierro:
es arte el dominar cualquier asunto




XLI
Ojos sin luz

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Hermosos ojos que no veis, topacios
de lumbre muerta, cristalinas lunas,
gemelas tristes, vais por los espacios
tenebrosos mecidas como cunas

de invisibles visiones y de agüeros
de un mundo que marrara. Y de tiniebla
se abren ante vosotros los senderos
que van rompiendo de la luz la niebla.

Hermosos ojos que no veis, se mira
el ángel de la luz en vuestro brillo,
un soplo inmaterial triste suspira,

alza vista sin ojos al castillo
de Dios, y entona luego con su lira
aquel de eterno Amor dulce estribillo.





XLVII
Mi Dios hereje

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----------------------------------------------Salmo CIX 28
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Aunque ellos me maldigan qué me importa
si me bendices tú, mi Dios hereje;
tu santa diestra mi destino teje
y tú me enseñas que la vida es corta

y muy larga la muerte. Me conforta
tu silencio mandándome no ceje
de lanzar á este viento que nos meje
mi voz que á inquietarse les exhorta.

Mientras de mí, Señor, tú no recabes
que aquel nuestro secreto al fin divulgue
yo de ellos no me quejo, ya lo sabes,

y encuentro natural se me escomulgue;
muy justo es que la Iglesia con las llaves
del Pescador rascándose se espulgue





LIII
Razón y fé

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 Levanta de la fé el blanco estandarte
sobre el polvo que cubre la batalla
mientras la ciencia parlotea, y calla
y oye sabiduría y obra el arte.

Hay que vivir y fuerza es esforzarte
á pelear contra la vil canalla
que se anima al restalle de la tralla
y ¡hay que morir! exclama. Pon tu parte

y la de Dios espera, que abomina
del que cede. Tu ensangrentada huella
por los mortales campos encamina

hacia el fulgor de tu eternal estrella;
hay que ganar la vida que no fina,
con razón, sin razón ó contra ella.

 


LXVI
Al Dios de España

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Sólo las patrias son la gran escuela
del ideal de la hermandad humana
pues de las patrias es de donde emana
la fe en nnestro destino, la que apela

al Dios de todos. Aunque su faz vela
del Sinaí en las nubes, Él se allana
á dar sus tablas á Moisés y arcana
antes su ley en patria se revela.

Oh Dios de Covadonga y Roncesvalles,
Dios de Bailén, señor de nuestra hueste,
que tu nombre por tierras y por valles

bendigan de esta España y la celeste,
y en confesarte único no acalles
mi voz mientras su aire ella me preste.



LXXXVII
Noches de insomnio


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Terribles noches de insomnio en las que se cuenta
el toque de las horas que van al vacío;
su procesión cargada de vidas va lenta
bajando por las aguas del eterno río.

E insomne en la ribera el corazón se sienta
no pensando ni soñando si no en sombrío
rumiar lo inevitable con que tienta
al alma el Tentador, que así mete el desvío

de la lucha viril. Oh las noches terribles
de locas aprensiones y de vil congoja
al ver las esperanzas hechas ya imposibles

si una gota del río que pasa nos moja
y en el alba al mirarla con los aprensibles
tristes ojos la vemos cual la sangre roja.

 

XC
Señor, no me desprecies

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--------------------------------------------------Génesis XXXII 24-30
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Señor, no me desprecies y conmigo
lucha; que sienta al quebrantar tu mano
la mía, que me tratas como á hermano.
Padre, pues beligerancia consigo

de tu parte; esa lucha es la testigo
del origen divino de lo humano.
Luchando así comprendo que el arcano
de tu poder es de mi fé el abrigo.

 Dime, Señor, tu nombre pues la brega
toda esta nocbe de la vida dura,
y del albor la hora luego llega;

me has desarmado ya de mi armadura
y el alma, así vencida, no sosiega
hasta que salga de esta senda oscura.




CXI
La unión con Dios
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-----------------------------Vorrei voler, Signor, quel ch'io non voglio.
------------------------------------------------------------Miguel Ángel

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Querría, Dios, querer lo que no quiero;
fundirme en Tí, perdiendo mi perstma,
este terrible yo por el que muero
y que mi mundo on derredor encona.

Si tu mano derecha me abandona
qué será de mi suerte? prisionero
quedaré de mí mismo; no perdona
la nada al hombre, su hijo, y nada espero.

«Se haga tu voluntad, Padre!» repito
al levantar y al acostarse el día,
buscando conformarme á tu mandato,

pero dentro de mí resuena el grito
del eterno Luzbel, del que quería
ser, ser de veras, fiero desacato!



Miguel de Unamuno
Rosario de sonetos líricos, 1911




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DEL SENTIMIENTO TRÁGICO DE LA VIDA (Miguel de Unamuno)





El gran maestro del fenomenalismo racionalista, David Hume, empieza su ensayo Sobre la inmortalidad del alma con estas definitivas palabras: «Parece difícil pro­bar con la mera luz de la razón la inmortalidad del alma. Los argumentos en favor de ella se derivan comúnmente de tópicos metafísicos, morales o físicos. Pero es en reali­dad el Evangelio, y sólo el Evangelio, el que ha traído a la luz la vida y la inmortalidad.» Lo que equivale a ne­gar la racionalidad de la creencia de que sea inmortal el alma de cada uno de nosotros.

Kant, que partió de Hume para su crítica, trató de esta­blecer la racionalidad de ese anhelo y de la creencia que este importa, y tal es el verdadero origen, el origen íntimo de su crítica y de la razón práctica y de su imperativo ca­tegórico y de su Dios. Mas a pesar de todo ello, queda en pie la afirmación escéptica de Hume, y no hay manera al­guna de probar racionalmente la inmortalidad del alma. Hay, en cambio, modos de probar racionalmente su mor­talidad.

Sería, no ya excusado, sino hasta ridículo, el que nos extendiésemos aquí en exponer hasta qué punto la conciencia individual humana depende de la organización del cuerpo, cómo va naciendo, poco a poco, según el cerebro recibe las impresiones de fuera, cómo se in­terrumpe temporalmente, durante el sueño, los desmayos y otros accidentes, y cómo todo nos lleva a conjeturar ra­cionalmente que la muerte trae consigo la pérdida de la conciencia. Y así como antes de nacer no fuimos ni tene­mos recuerdo alguno personal de entonces, así después de morir no seremos. Esto es lo racional.

Lo que llamamos alma no es nada más que un término para designar la conciencia individual en su integridad y su persistencia; y que ella cambia, y que lo mismo que se integra se desintegra, es cosa evidente. Para Aristóteles era la forma sustancial del cuerpo, la entelequia, pero no una sustancia. Y más de un moderno la ha llamado un epifenómeno, término absurdo. Basta llamarlo fenómeno.

El racionalismo, y por este entiendo la doctrina que no se atiene sino a la razón, a la verdad objetiva, es forzosa­mente materialista: y no se escandalicen los idealistas.

Es menester ponerlo todo en claro, y la verdad es que eso que llamamos materialismo no quiere decir para no­sotros otra cosa que la doctrina que niega la inmortalidad del alma individual, la persistencia de la conciencia per­sonal después de la muerte.

En otro sentido, cabe decir que como no sabemos más lo que sea la materia que el espíritu, y como eso de la ma­teria no es para nosotros más que una idea, el materia­lismo es idealismo. De hecho y para nuestro problema -el más vital, el único de veras vital-, lo mismo da de­cir que todo es materia como que es todo idea, o todo fuerza, o lo que se quiera. Todo sistema monístico se nos aparece siempre materialista. Sólo salvan la inmortalidad del alma los sistemas dualistas, los que enseñan que la conciencia humana es algo sustancialmente distinto y di­ferente de las demás manifestaciones fenoménicas. Y la razón es naturalmente monista. Porque es obra de la ra­zón comprender y explicar el universo, y para compren­derlo y explicarlo, para nada hace falta el alma como sus­tancia imperecedera. Para explicarnos y comprender la vida anímica, para la psicología, no es menester la hipó­tesis del alma. La que en un tiempo llamaban psicología racional, por oposición a la llamada empírica, no es psi­cología, sino metafísica, y muy turbia, y no racional, sino profundamente irracional o más bien contrarracional.


La doctrina pretendida racional de la sustancialidad del alma y de su espiritualidad, con todo el aparato que la acompaña, no nació sino de que los hombres sentían la ne­cesidad de apoyar en razón su incontrastable anhelo de inmortalidad y la creencia a este subsiguiente. Todas las sofisterías que tienden a probar que el alma es sustancia simple e incorruptible, proceden de ese origen. Es más aún, el concepto mismo de sustancia, tal como lo dejó asentado y definido la escolástica, ese concepto que no resiste la crítica, es un concepto teológico enderezado a apoyar la fe en la inmortalidad del alma.



Miguel de Unamuno
del capt. V (La disolución racional)
Del sentimiento trágico de la vida, 1912





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El sentimiento trágico de la vida

¡POBRE ESPAÑA! (Miguel de Unamuno)



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¿Y de España? El pensamiento estético español ocupa un puesto en la Historia de Croce, y le ocupa merced a la Historia de las ideas estéticas en España, de nuestro gran crítico artista Menéndez y Pelayo, de cuya obra se ha aprovechado B. Croce, citándola con encomio y estimándola en algunas partes y aun fuera de lo que a España exclusivamente se refiere, como por lo que hace a las ideas estéticas de San Agustín y de los primeros escritores cristianos a la historia de la estética francesa en el siglo XIX, la mejor guía. Gracias, en gran parte, a nuestro Marcelino figuran honrosamente en esta historia nuestros Arteaga, Azara, Barreda, Feijóo, Gracián, Huarte, León Hebreo, López Pinciano, Luzán, Sánchez el Brocense, el Marqués de Santillana, Juan de Valdés, Lope de Vega y Luis Vives. “España –dice en el capítulo XIX de su Historia- fue acaso el país de Europa que resistió más tiempo a las pedanterías de los tratadistas; el país de la libertad crítica, desde Vives a Feijóo, o sea del siglo XVI a mediados del XVIII, cuando, decaído el antiguo espíritu español, se implantó allí, por obra de Luzán y de otros, la poética neoclásica de origen italiano y francés.” Pero en otro pasaje, al hablar, en el capítulo XIII, entre los estéticos alemanes menores, nos dice que casi ninguno salió de su país nativo; y en un paréntesis: “sólo Krause fue importado a la siempre desventurada España”. Esta última frase la he citado ya.

Me dolió al leerla, aun cuando no esté mal en la aplicación inmediata a que se refiere. Nos duele siempre la compasión de los extraños, y más de los que, como Croce, parecen en parte al menos, conocernos.  Siempre desventurada España… ¿Por qué? ¿Cuál es su desventura? No podemos juzgar de la exactitud y el valor del epíteto hasta no saber toda la extensión del sentido que su autor le da y en qué le funda.  No sé si en Italia, y aun por críticos de la perspicacia y de la independencia de criterio artístico de un B. Croce, se nos conoce bastante para juzgar de nuestra ventura o desventura, que es, por otra parte, categoría eudemonística.  Aun Carducci, que presumía de conocer nuestra literatura, y en parte la conocía; Carducci, el que habló de las contorsiones de la “afanosa grandiosidad española” (Del rinnovamento letterario in Italia), escribió en sus Mosche cocchiere que “en el concilio olímpico donde se asientan Dante y Shakespeare, hasta España, que jamás ejerció hegemonía de pensamiento, tiene a su Cervantes”, mientras Italia siguió mandando a más de uno  ¿Qué jamás tuvo hegemonía de pensamiento? La historia de la Compañía que fundó el español Íñigo de Loyola, y su acción en Trento, tal vez probara que no puede afirmarse eso tan en absoluto. Esa hegemonía pdría ser buena o mala, según de donde se mire.

Y la misma desventura concreta a que B. Croce alude, la de que fuese aquí importado Krause, y no Hegel, o Fichte, o Schelling, o Herbart, ¿a qué se debió sino a traer Krause, filósofo de segundo orden, de ideas religiosas; más aún, raíces místicas? No es lo interesante que fuese acá importado, sino que fuese aquí y en Bélgica, los dos países acaso más hondamente católicos, la patria de Santa Teresa y la de Ruisbroquio, donde echara raíces.  Y tal vez la posición espiritual que Croce ocupa frente a la religión, y la que frente a ella ocupamos los genuinos españoles, hasta los que pasamos y nos tenemos por heterodoxos, y algunos aun ateos, estas respectivas posiciones hacen que el filósofo idealista y racionalista napolitano juzgue desventura lo que nosotros, cuando meditamos a solas en ello, sin pegadiza sugestión de lo europeo, nos vemos forzados a estimar nuestra ventura, por ser tal vez nuestra razón de vida como pueblo, como pueblo naturalista, irracionalista en un cierto altísimo concepto que no excluye el uso de razón, y tal vez como pueblo afilósofo. El sentido económico, potencializado y hecho trascendente; la preocupación de nuestro último fin personal y concreto; el culto de la inmortalidad sustancial, nos dominan. La pura contemplación desinteresada no es cosa nuestra.

En estas páginas que preceden a la traducción española de la Estética de Benedetto Croce he querido mostrar, más que mi asentimiento personal a sus doctrinas, que es grande, pero cosa que al lector debe de importarle poco, las dudas que en el ánimo de éste puede levantar su lectura y el sentimiento que en él provocara lo que el gran pensador italiano parece pensar de nuestro pueblo. Es, creo, la mejor introducción española a esta también española traducción, y el más leal y viril modo de honrar la obra de Croce, uno de cuyos mayores méritos, y no el menor, es el de suscitarnos esas dudas y problemas, y el de hacernos volver, con una sola frase, a nosotros los españoles, a nuevo examen de conciencia colectiva. Por mi parte, debo a B. Croce no pocas enseñanzas, corroboración de puntos de vista, esclarecimiento de ideas que bullían en mí confusas, expresión neta de oscuras impresiones que en mí germinaban, solución de dudas, soldamiento de cabos sueltos y de incoherentes fragmentos de pensar; pero le debo también el que me haya suscitado nuevas dudas, el que me haya hecho formularme nuevas preguntas, y, como español, le debo el haberme despertado aún más, con una simple frase, que vale mucho por venir de quien viene, la conciencia de la dignidad de mi patria y el pesar de la piedad, no sé hasta qué punto merecida, con que se la mira fuera de nosotros y, hasta tristeza y vergüenza de decirlo dentro. “¡Pobre España!”


Miguel de Unamuno
de Prólogo a Estética
de Benedetto Croce, 1912


¡ANCHA ES CASTILLA! (Miguel de Unamuno)

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Ha empezado hace algún tiempo á deshacerse la enormidad de errores que acarrearon las confusiones entre lo fisiológico, lo lingüístico, lo geográfico y lo histórico en los pueblos; es corriente ya que éstos son un producto histórico independiente de homogeneidad de raza física ó de comunidad de origen; poco á poco va difundiéndose la idea de que la supuesta emigración de los arios á Europa sea acaso en parte emigración de las lenguas arianas con la cultura que llevaban en su seno, siendo sus portadores unos pocos peregrinos que cayeran á perderse en poblaciones que los absorbieron.

De raza española fisiológica nadie habla en serio, y, sin embargo, hay casta española, más ó menos en formación, y latina y germánica, porque hay castas y casticismos espirituales por encima de todas las braquicefalias y dolicocefalias habidas y por haber.

Todo el mundo sabe, de sobra con sobrada frecuencia, que un pueblo es el producto de una civilización, flor de un proceso histórico el sentimiento de patria, que se corrobora y vivifica á la par que el de cosmopolitismo. A esto último hemos de volver, que lo merece.

Llenos están los libros de explicaciones del hecho de la patria y su fundamentación, explicaciones de todos colores, desde vaguedades místicas y formulismos doctrinarios hasta la tan denigrada doctrina del pacto. Detengámonos un poco en esto del pacto, que las reflexiones que nos sugiera, aunque digresivas al pronto, afluirán al cabo á la corriente central de esta meditación. La doctrina del pacto, tan despreciada como mal entendida por paleontólogos desenterradores, es la que, después de todo, presenta la razón intra-histórica de la patria, su verdadera fuerza creadora en acción siempre.





Lo mismo que tantos pueblos han proyectado en sus orígenes, en la edad de oro, su ideal social, Rousseau proyectó en los orígenes del género humano el término ideal de la sociedad de los hombres, el contrato social. Porque hay en formación, tal vez inacabable, un pacto inmanente, un verdadero contrato social intra-histórico, no formulado, que es la efectiva constitución interna de cada pueblo. Este contrato libre, hondamente libre, será la base de las patrias chicas cuando éstas, individualizándose al máximo por su subordinación á la patria humana universal, sean otra cosa que limitaciones del espacio y del tiempo, del suelo y de la historia.






A partir de comunidad de intereses y de presión de mil agentes exteriores á ellas y que las unen, caminan las voluntades humanas, unidas en pueblo, al contrato social inmanente, pacto hondamente libre, esto es, aceptado con la verdadera libertad, la que nace de la comprensión viva de lo necesario, con la libertad que da el hacer de las leyes de las cosas leyes de nuestra mente, con la que nos acerca á una como omnipotencia humana. Porque si en fuerza de compenetración con la realidad llegáramos á querer siempre lo que fuera, sería siempre lo que quisiéramos. He aquí la raíz de la resignación viva, no de la muerta, de la que lleva la acción fecunda de trabajar en la adaptación mutua de nosotros y el mundo, á conocerlo para hacerlo nuestro haciéndonos suyos, á que podamos cuanto queramos cuando sólo podamos querer lo que podamos llevar á cabo.






Se podrá decir que hay verdadera patria española cuando sea libertad en nosotros la necesidad de ser españoles, cuando todos lo seamos por querer serlo, queriéndolo porque lo seamos. Querer ser algo no es resignarse á serlo tan sólo.






Hasta llegar á este término de libertad del que aún, no valen ilusiones, estamos lejos, la historia va haciendo á los pueblos, la historia que es algo del hado. Les hace un ideal dominando diferencias, y ese ideal se refleja sobre todo en una lengua con la literatura que engendra.






La lengua es el receptáculo de la experiencia de un pueblo y el sedimento de su pensar; en los hondos repliegues de sus metáforas (y lo son la inmensa mayoría de los vocablos) ha ido dejando sus huellas el espíritu colectivo del pueblo, como en los terrenos geológicos el proceso de la fauna viva. De antiguo los hombres rindieron adoración al verbo, viendo en el lenguaje la más divina maravilla.






El pueblo romano nos dejó muchas cosas escritas y definidas y concientes, pero donde sobre todo se nos ha transmitido el romanismo es en nuestros romances, porque en ellos descendió á las profundidades intra-históricas de nuestro pueblo, á ser carne del pensar de los que no viven en la historia.






El que quiera juzgar de la romanización de España no tiene sino ver que el castellano, en el que pensamos y con el que pensamos, es un romance de latín casi puro; que estamos pensando con los conceptos que engendró el pueblo romano, que lo más granado de nuestro pensamiento es hacer conciente lo que en él llegó á inconsciente.






Hay otro hecho y es el de que la lengua oficial de España sea la castellana, que está lleno de significación viva. Porque del latín brotó en España más de un romance, pero uno entre ellos, el castellano, se ha hecho lengua nacional é internacional además, y camina á ser verdadera lengua española, la lengua del pueblo español que va formándose sobre el núcleo castellano. Desde el reinado de Alfonso VII, á mediados del siglo XII, usábase en la regia cancillería el romance castellano y su carácter oficial le fué promulgado al ordenar Fernando III que se tradujera el Forum Judicum al romance castellano para darlo como fuero á Córdoba, el Fuero Juzgo, y corroboró esa promulgación su hijo Alfonso el Docto, en la ley IV del titulo IX de la Segunda Partida, donde manda que el Chanciller del Rey sepa « leer e escrebir tan bien en latin como en romance ». Y poco á poco la lengua castellana fué haciéndose oficial de España.






Así es que en la literatura española escrita y pensada en castellano, lo castizo, lo verdaderamente castizo, es lo de vieja cepa castellana.






Pero si Castilla ha hecho la nación española ésta ha ido españolizándose cada vez más, fundiendo más cada día la riqueza de su variedad de contenido interior, absorbiendo el espíritu castellano en otro superior á él, más complejo, el español. No tienen otro sentido hondo los pruritos de regionalismo más vivaces cada día, pruritos que siente Castilla misma; son síntomas del proceso de españolización de España, son prodromos de la honda labor de unificación. Y toda unificación procede al compás de la diferenciación interna y al compás de la sumisión del conjunto todo á una unidad superior á él.






La labor de españolización de España no está concluida, ni mucho menos, ni concluirá, creemos, si no se acaba con casticismos engañosos, en la lengua y en el pensamiento que en ella se manifiesta, en la cultura misma.






Castilla es la verdadera forjadora de la unidad y la monarquía española; ella las hizo y ella misma se ha encontrado más de una vez enredada en consecuencias extremas de su obra. Mas cuando España renació á nueva vida el año 8 fué por despertar difuso, sin excitación central.






Nos queda por buscar algo del espíritu histórico castellano revelado sobre todo en nuestra lengua y en nuestra literatura clásica castiza, buscar qué es lo que tiene de eterno y qué de transitorio y qué debe quedar de él. Conviene indagar si no es renunciando á un yo falaz como se halla el yo de roca viva, si no es abriendo las ventanas al aire libre de fiera como cobraremos vida, si el fomento de la regeneración de nuestra cultura no hay que buscarlo fuera á la vez que buscarlo dentro. Conviene mostrar que el regionalismo y el cosmopolitismo son dos aspectos de una misma idea, y los sostenes del verdadero patriotismo, que todo cuerpo se sostiene del juego de la presión externa con la tensión interna.


La casta histórica castellana
Miguel de Unamuno
de En torno al Casticismo, 1985

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CASTILLA, ESPAÑA Y LO CASTIZO (Miguel de Unamuno)

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Ha empezado hace algún tiempo á deshacerse la enormidad de errores que acarrearon las confusiones entre lo fisiológico, lo lingüístico, lo geográfico y lo histórico en los pueblos; es corriente ya que éstos son un producto histórico independiente de homogeneidad de raza física ó de comunidad de origen; poco á poco va difundiéndose la idea de que la supuesta emigración de los arios á Europa sea acaso en parte emigración de las lenguas arianas con la cultura que llevaban en su seno, siendo sus portadores unos pocos peregrinos que cayeran á perderse en poblaciones que los absorbieron.
De raza española fisiológica nadie habla en serio, y, sin embargo, hay casta española, más ó menos en formación, y latina y germánica, porque hay castas y casticismos espirituales por encima de todas las braquicefalias y dolicocefalias habidas y por haber.
Todo el mundo sabe, de sobra con sobrada frecuencia, que un pueblo es el producto de una civilización, flor de un proceso histórico el sentimiento de patria, que se corrobora y vivifica á la par que el de cosmopolitismo. A esto último hemos de volver, que lo merece.
Llenos están los libros de explicaciones del hecho de la patria y su fundamentación, explicaciones de todos colores, desde vaguedades místicas y formulismos doctrinarios hasta la tan denigrada doctrina del pacto. Detengámonos un poco en esto del pacto, que las reflexiones que nos sugiera, aunque digresivas al pronto, afluirán al cabo á la corriente central de esta meditación. La doctrina del pacto, tan despreciada como mal entendida por paleontólogos desenterradores, es la que, después de todo, presenta la razón intra-histórica de la patria, su verdadera fuerza creadora en acción siempre.
Lo mismo que tantos pueblos han proyectado en sus orígenes, en la edad de oro, su ideal social, Rousseau proyectó en los orígenes del género humano el término ideal de la sociedad de los hombres, el contrato social. Porque hay en formación, tal vez inacabable, un pacto inmanente, un verdadero contrato social intra-histórico, no formulado, que es la efectiva constitución interna de cada pueblo. Este contrato libre, hondamente libre, será la base de las patrias chicas cuando éstas, individualizándose al máximo por su subordinación á la patria humana universal, sean otra cosa que limitaciones del espacio y del tiempo, del suelo y de la historia.
A partir de comunidad de intereses y de presión de mil agentes exteriores á ellas y que las unen, caminan las voluntades humanas, unidas en pueblo, al contrato social inmanente, pacto hondamente libre, esto es, aceptado con la verdadera libertad, la que nace de la comprensión viva de lo necesario, con la libertad que da el hacer de las leyes de las cosas leyes de nuestra mente, con la que nos acerca á una como omnipotencia humana. Porque si en fuerza de compenetración con la realidad llegáramos á querer siempre lo que fuera, sería siempre lo que quisiéramos. He aquí la raíz de la resignación viva, no de la muerta, de la que lleva la acción fecunda de trabajar en la adaptación mutua de nosotros y el mundo, á conocerlo para hacerlo nuestro haciéndonos suyos, á que podamos cuanto queramos cuando sólo podamos querer lo que podamos llevar á cabo.
Se podrá decir que hay verdadera patria española cuando sea libertad en nosotros la necesidad de ser españoles, cuando todos lo seamos por querer serlo, queriéndolo porque lo seamos. Querer ser algo no es resignarse á serlo tan sólo.
Hasta llegar á este término de libertad del que aún, no valen ilusiones, estamos lejos, la historia va haciendo á los pueblos, la historia que es algo del hado. Les hace un ideal dominando diferencias, y ese ideal se refleja sobre todo en una lengua con la literatura que engendra.
La lengua es el receptáculo de la experiencia de un pueblo y el sedimento de su pensar; en los hondos repliegues de sus metáforas (y lo son la inmensa mayoría de los vocablos) ha ido dejando sus huellas el espíritu colectivo del pueblo, como en los terrenos geológicos el proceso de la fauna viva. De antiguo los hombres rindieron adoración al verbo, viendo en el lenguaje la más divina maravilla.
El pueblo romano nos dejó muchas cosas escritas y definidas y concientes, pero donde sobre todo se nos ha transmitido el romanismo es en nuestros romances, porque en ellos descendió á las profundidades intra-históricas de nuestro pueblo, á ser carne del pensar de los que no viven en la historia.
El que quiera juzgar de la romanización de España no tiene sino ver que el castellano, en el que pensamos y con el que pensamos, es un romance de latín casi puro; que estamos pensando con los conceptos que engendró el pueblo romano, que lo más granado de nuestro pensamiento es hacer conciente lo que en él llegó á inconsciente.
Hay otro hecho y es el de que la lengua oficial de España sea la castellana, que está lleno de significación viva. Porque del latín brotó en España más de un romance, pero uno entre ellos, el castellano, se ha hecho lengua nacional é internacional además, y camina á ser verdadera lengua española, la lengua del pueblo español que va formándose sobre el núcleo castellano. Desde el reinado de Alfonso VII, á mediados del siglo XII, usábase en la regia cancillería el romance castellano y su carácter oficial le fué promulgado al ordenar Fernando III que se tradujera el Forum Judicum al romance castellano para darlo como fuero á Córdoba, el Fuero Juzgo, y corroboró esa promulgación su hijo Alfonso el Docto, en la ley IV del titulo IX de la Segunda Partida, donde manda que el Chanciller del Rey sepa « leer e escrebir tan bien en latin como en romance». Y poco á poco la lengua castellana fué haciéndose oficial de España.
Así es que en la literatura española escrita y pensada en castellano, lo castizo, lo verdaderamente castizo, es lo de vieja cepa castellana.
Pero si Castilla ha hecho la nación española ésta ha ido españolizándose cada vez más, fundiendo más cada día la riqueza de su variedad de contenido interior, absorbiendo el espíritu castellano en otro superior á él, más complejo, el español. No tienen otro sentido hondo los pruritos de regionalismo más vivaces cada día, pruritos que siente Castilla misma; son síntomas del proceso de españolización de España, son prodromos de la honda labor de unificación. Y toda unificación procede al compás de la diferenciación interna y al compás de la sumisión del conjunto todo á una unidad superior á él.
La labor de españolización de España no está concluida, ni mucho menos, ni concluirá, creemos, si no se acaba con casticismos engañosos, en la lengua y en el pensamiento que en ella se manifiesta, en la cultura misma.
Castilla es la verdadera forjadora de la unidad y la monarquía española; ella las hizo y ella misma se ha encontrado más de una vez enredada en consecuencias extremas de su obra. Mas cuando España renació á nueva vida el año 8 fué por despertar difuso, sin excitación central.
Nos queda por buscar algo del espíritu histórico castellano revelado sobre todo en nuestra lengua y en nuestra literatura clásica castiza, buscar qué es lo que tiene de eterno y qué de transitorio y qué debe quedar de él. Conviene indagar si no es renunciando á un yo falaz como se halla el yo de roca viva, si no es abriendo las ventanas al aire libre de fiera como cobraremos vida, si el fomento de la regeneración de nuestra cultura no hay que buscarlo fuera á la vez que buscarlo dentro. Conviene mostrar que el regionalismo y el cosmopolitismo son dos aspectos de una misma idea, y los sostenes del verdadero patriotismo, que todo cuerpo se sostiene del juego de la presión externa con la tensión interna.


La casta histórica castellana
Miguel de Unamuno
de En torno al Casticismo, 1985


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SOBRE ARIEL (Miguel de Unamuno)

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Para excitar a la juventud americana a que aspire a la vida más alta, más pura, más espiritual y aérea, ha escrito José Enrique Rodó, de Montevideo también, su Ariel  (La Vida Nueva, III) que es una buena obra en el doble sentido de estas palabras. Ha repercutido en España, en cuanto esas cosas repercuten aquí. Es un himno a la juventud, al alto entusiasmo, a la sed de ideal y de armonía y de belleza, inspirado en Guyau y en Renan sobre todo. Es una honda traducción al castellano -no sólo al lenguaje sino al espíritu- de lo que el alma francesa tiene de ateniense y de más elevado; es el aticismo sentido en francés por un hispano-americano. Es una llamada a la naturaleza, a la vida, a la sana contemplación, al mantenimiento de la integridad de nuestra condición humana, al culto a la belleza. Pide que el redentor y el misionero tengan entendimiento de hermosura. Pero lo más preciado de Ariel es el empeño por conciliar la más alta preocupación de los intereses ideales con el espíritu democrático. Aquí el discípulo se opone a «las paradojas injustas del Maestro», al aristocratismo de Renan, viéndose en esto al americano, libre del excesivo lastre de tradición de que al principio hablaba. La belleza es ahorro de utilidad, no hay que olvidarlo, y quien a lo útil tienda, tiende, aún sin quererlo, a lo bello. Aunque no exento de cierta hostilidad a lo utilitario, e injusto acaso en demasía con la vulgaridad, Rodó lo comprende al hacer sereno e imparcial juicio del americanismo y de la nordomanía que amenaza deslatinizar a la América española (mejor es llamarla así que no Hispano-América como él hace). Sería interminable si quisiera seguir paso a paso el librito de Rodó; espero dedicarle todo un ensayo. Por ahora citaré su hermosísimo final: «Mientras la muchedumbre pasa, yo observo que aunque ella no mira al cielo, el cielo la mira. Sobre su masa, indiferente y obscura, como tierra de surco, algo desciende de lo alto. La vibración de las estrellas se parece al movimiento de las manos de un sembrador».




Miguel de UnamunoExtraído 
De la literatura hispano-americana,
1901

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Ir a Ariel
de José Enrique Rodó


MODERNISMO FRENTE A NOVENTA Y OCHO: EL CASO DE LAS ANDANZAS DE UNAMUNO (Richard A. Cardwell)

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Eso de hablar de la aridez repulsiva de El Escorial,
 como hablar de lo sombrío de su carácter,
carece, en rigor, de valor estético,
pues falta probar que lo árido y lo sombrío
no puedan ser hermosísimos
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Los ensayos sobre el excursionismo de Miguel de Unamuno, posteriormente recogidos en dos tomos -Por tierras de España y Portugal (1911) y su continuación, Andanzas y visiones españolas (1922)124- forman un remanso crítico. Con la excepción de un solo crítico, quien ha subrayado la importancia del tema del excursionismo en el movimiento noventayochista en España125, estos ensayos se ven casi completamente desatendidos en la crítica unamuniana. Es una omisión extraña no sólo por su cantidad sino también porque revelan muchas de las conocidas (y muy estudiadas) obsesiones del profesor salmantino y, de modo quizás más importante, algunas de las preocupaciones intelectuales más destacadas de la edad de Unamuno y su generación.

Fue Unamuno un viajero infatigable. Su deseo de «conocer España» le llevó a peregrinar y sus viajes le proporcionaron los datos necesarios para una serie de ensayos que escribió a lo largo de un cuarto de siglo. En estos ensayos se revelan una obsesión personal y una curiosidad intranquila que formaron parte de una obsesión generacional. Apareció, tempranamente en el siglo anterior, una boga por «descubrir España» entre los románticos europeos; la moda nacional, se puede decir, empezó más tarde entre los hombres de la Institución Libre de Enseñanza y, especialmente, con Francisco Giner de los Ríos. Su influencia fue poderosa: sobre Antonio Machado, quien admitió en «En tren» (CX, Campos de Castilla, 1912) que «Yo, para todo viaje / [...] voy ligero de equipaje. [...] ¡Este placer de alejarse!», sobre Ortega y Jiménez. La intención fue descubrir los rincones olvidados del país, pero también fue el deseo de huir de una realidad presente hacia un mundo de ensueño e ilusión: «siempre nos hace soñar», escribió Machado, y, a continuación en «Otro viaje » (CXXVII), nos habló de «este triste insomnio mío! / ¡este frío / de un amanecer en vela!». Se trata, como veremos, de dos intenciones: una ligada a un conocimiento más profundo del campo, la otra a un modo muy especial de contemplar esta realidad, de contemplarla por el prisma de un estado de mente ni despierto (mediante la lógica) ni completamente dormido (mediante el sueño ilógico). La busca de la realidad geográfica española se revela a veces como la busca de algo irreal como admitió el propio Unamuno en 1936 al mirar atrás hacia sus Andanzas:

«Andar y ver» -se dice-. Y el que esto os dice ha publicado una colección de relatos de excursiones con el título de Andanzas y visiones españolas. Pero es más lo que ha soñado que lo que ha visto. Y sobre todo lo que ha soñado ver (1112).

Son aspectos que destacan entre esta generación de escritores finiseculares. También una actitud intelectual con énfasis sobre las filosofías científicas del evolucionismo. Así, otro contemporáneo, José María Salaverría, en su Vieja España: Impresión de Castilla de 1907:

Me asomé a la ventanilla [del tren] y vi la profundidad de la noche, la extensión desolada de la llanura. ¡Cuán grave y expresiva era aquella planicie castellana, vieja patria del Cid, cuna del españolismo! Iba yo a conocer el secreto de una tierra de dominadores; iba a sentir el aliento de un país antiguo que imprimió en el mundo tan honda y duradera huella; quería desentrañar el misterio de aquella tierra esquilmada, rasa y humilde, que había sabido sujetar a su feudo otras tierras más ricas, más ágiles y mejor dotadas por la naturaleza.
 
Estas facetas las compartió también Unamuno: veta sentimental para conocer su Patria en un contacto físico con el campo; veta espiritual como resultado de la contemplación de ella; búsqueda intelectual de algo latente en el campo y en el pueblo mismos (ver 443, 633 y 690). Escribió Unamuno en 1913:

Lo que va a seguir son notas de un curioso excursionista, que toma lo que ve y observa al azar de sus correrías como punto de partida para sus reflexiones, tal vez algo arbitrarias.

Sin embargo, las reflexiones unamunescas no son ni más ni menos arbitrarias que las de Ortega, Azorín o Machado.

Empiezo con una análisis de la última veta, la veta determinista. El profesor Ramsden señala el énfasis noventayochista sobre «el carácter inalterable del pueblo rural español» y su «nueva sensibilidad hacia el paisaje el cual, supuestamente, lo habría formado [tal carácter] y un nuevo deleite en varios aspectos de la vida provincial en la cual, supuestamente, este carácter se había revelado» (HR, 141). Sugiere Ramsden, en este estudio y en otro más corto pero no menos poderoso en su argumentación (JRUL), que la mayor fuerza intelectual que influyó sobre los escritores del 98 fue el determinismo conservador; rural y psicológico de Hipólito Taine. En breve, sostiene Ramsden que los hombres de la generación del 98 (Unamuno, Ganivet, Machado, Azorín, Baroja, Ortega) todos se «concentraron sobre el problema de España: la grandeza anterior, decaimiento presente y un resurgimiento futuro posible»; que «el problema de España es primariamente un problema psicológico: España [...] carece de un principio básico que la guíe (JRUL, 41). La búsqueda de un núcleo-guía básico puede descubrirse «mediante un auto-conocimiento colectivo». Bajo la complejidad y lo difuso del carácter queda «una base firme de entendimiento» (lo que llama Unamuno un «núcleo castizo») que se descubre «en todas las manifestaciones de la cultura de una nación pero que se revela más inmediatamente en el carácter del pueblo rural ordinario e inalterable [...] especialmente en el campo [donde] [...] se reconoce la influencia formativa del medio físico. Es allí en particular donde se encuentra la clave del carácter nacional, y de ahí, también de la historia y de la cultura nacionales» (JRUL, 42). Para Ramsden  el problema de España puede ser una característica básica, pero no es, sugiere, «distintiva» (JRUL, 44). «Lo que distingue a los escritores del 98 de sus predecesores no es su preocupación por el problema, sino su reacción frente a él» (JRUL, 44). Unamuno ya había explorado este problema intelectual en En torno al casticismo (1895). Por tierras y Andanzas son, en un sentido, continuaciones de esta exploración y búsqueda unamunesca de raíces. Pero en el sentido de que el viajar es también un modo de huir ofrecen, por otra parte, un modo de auto-descubrimiento, la búsqueda de uno mismo. El excursionismo, así, es una respuesta a necesidades intelectuales tanto como emocionales. Volveremos sobre ello más tarde.

El viajar, entonces, ofreció a Unamuno y a sus contemporáneos la oportunidad de descubrir ese «carácter» y de ponerse en contacto íntimo con el paisaje español y su pueblo. El viajar les suministra la visión buscada, visión basada en el determinismo, de «esta nuestra inalterable y casi desconocida España». En el ensayo, apropiadamente titulado «Excursión», escrito en 1909 y recogido en Por tierras, admitió Unamuno que

Estas excursiones no son sólo un consuelo, un descanso y una enseñanza; son además, y acaso sobre todo, uno de los mejores medios de cobrar amor y apego de la tierra.

Con sus contemporáneos y los románticos que le precedieron Unamuno odió las ciudades grandes: «Tengo miedo y aversión a las grandes ciudades», reveló en 1908127. En sus ensayos también se encuentran sugerencias que se refieren a una búsqueda de índole espiritual casi mística. Más directamente se trata del fluir inexorable del tiempo, tema destacado en la literatura finisecular. Pero más explícitamente expresa el autor su deseo de «conocer España», de explorar «el sentimiento de la continuidad en el cuerpo social», el carácter inalterable del campo y su pueblo. Pero también busca un norte, así que la búsqueda de raíces deterministas y de su propio ser se ven íntimamente ligadas. En En torno al casticismo (1895) Unamuno había dado énfasis a las realidades físicas de Castilla como clave de una identidad básica, resistente al tiempo. Para Unamuno, como ha señalado Ramsden, Castilla, la región de paisajes más distintos, fue, según el punto de vista determinista unamunesco, la clave del carácter distintivo nacional. Así, también su historia y cultura, productos consecuentes de la misma causalidad determinista. En Por tierras escribió en 1909:

En el aspecto íntimo del arte, para el que busca sensaciones profundas, para el que tiene el espíritu preparado a recibir la más honda revelación de la historia eterna, os digo que lo mejor de España es Castilla, y en Castilla pocas ciudades, si es que hay alguna, superior a Ávila.

Anda uno por dondequiera, continúa Unamuno, para distraerse o divertirse, «pero el que quiera columbrar lo que pudo antaño haber sido, vivir con el fondo del alma, ése que vaya a Ávila; que venga también a Salamanca ». Pero a pesar de tanto comentario y énfasis sobre «un alma nacional», la base de su búsqueda en En torno y demás trabajos es para Unamuno el cuerpo de España. Forja el profesor salmantino una combinación fácil entre lo espiritual y una estructura orgánica escondida. La psicología como estudio de lo interior espiritual y como estudio científico materialista supo combinar el idealismo decimonónico con el positivismo finisecular. Unamuno repetidamente se refiere a estructuras internas orgánicas. Así expresa su «visión de ensueño» en el idioma de las ciencias físicas:

Ciudad, como el alma castellana, dermatoesquelética crustácea, con la osamenta -coraza- por de fuera, y dentro de la carne, ósea también a las veces. Es el castillo interior de las moradas de Teresa, donde no cabe creer sino hacia el cielo. Y el cielo se abre sobre ella como la palma de la mano del Señor.

Se ve a las claras la meta que busca Unamuno: un núcleo de paz y fe, raíces y Dios. Ya que siente una fe debilitada busca confirmación por medios más rigurosos (en la ciencia), y por medios no asequibles a la lógica (en la imaginación).

¿Y qué evoca? Realidades físicas, medio ambiente, carácter colectivo, cultura (historia y literatura) y sentimientos y deseos personales. Se encuentra, entonces, la expresión de una armonía básica entre estos temas, temas que ya había explorado en En torno.

Pero, por estas fechas, el determinismo unamunesco se ve me nos explícito. Cuando, en sus ensayos tempranos, se hace uso de una serie de términos precisos que pertenecían a las ciencias evolucionistas -el pueblo español como «producto de una larga selección», «hecho a la inclemencia del tiempo»- (rasgos que persistieron en Por tierras), ahora escribe haciendo uso de comparaciones, sugerencias, yuxtaposiciones, metáforas, símiles y, de vez en cuando, en plena moda simbolista, de paisajes del alma donde proyecta su propio humor sobre el paisaje contemplado. En este aspecto se nota una convergencia en vez de enfrentamiento entre Modernismo y Noventayocho. Cuando anteriormente se expresó por medio de afirmaciones claras y sin trabas, de índole determinista, en estos ensayos un lugar preferido le suscita un torrente de reflexiones, meditaciones y comentarios sobre estos aspectos. En realidad su lenguaje se ha hecho más poético, más auto-consciente. Es un cambio que se comentará luego.

La búsqueda emocional y la auto-proyección le impulsan a recordar a Obermann (significativamente una figura romántica norteña antes que española). Sin embargo, mientras indaga las raíces españolas, está muy dispuesto a pensar en los productos del medio ambiente determinista ante sus ojos: la realidad física de Medina del Campo provoca pensamientos de Isabel la Grande -y Santa Teresa- y las dos -Medina e Isabel- se hacen una (1912: 633). Pero no es el castillo (realidad física) ni la que, supuestamente, esta realidad ha creado -Isabel- los que sienten resignación. Es el propio autor que contempla una supuesta veta determinista en el medio ambiente, una historia y cultura formadas por esa veta, y que también se contempla en el paisaje que mira. Se encuentra el mismo proceso cuando llega al Escorial y recuerda a Fray José de Sigüenza (1912:645) o cuando contempla la Castilla de la meseta que le evoca al Cid y se unen en su mente el paisaje y el Poema del Mío Cid (1916:742). En «Salamanca» (1914) escribe Unamuno:

No puedo evitar el ponerme en mis escritos, y como nadie es más que el producto de la sociedad en que vive y de la que vive; como todos somos condensación del ambiente en que vivimos, todo el que acierta a poner se en sus obras pone a su patria, chica y grande, en ellas.

El viajar es auto-proyección, pero también es una búsqueda de un carácter colectivo, un modo de descubrir las raíces nacionales (y personales) de la raza:

Recorriendo estos viejos pueblos castellanos, tan abiertos, tan espaciosos, tan llenos de un cielo lleno de luz, sobre esa tierra, serena y reposada, junto a estos pequeños ríos sobrios, es como el espíritu que se siente atraído por sus raíces a lo eterno de la casta.

En las provincias y en las vidas del humilde pueblo ordinario hallará la dirección y el núcleo que busca:

Es sumergirse en el paisaje lo que nos hace recobrar la fe en un dichoso porvenir de la Patria. [...] La primera honda lección de patriotismo se recibe cuando se logra cobrar conciencia clara y arraigada del paisaje de la patria, después de haberlo hecho estado de conciencia, reflexionar sobre éste y elevarlo a idea.

Se puede seguir citando de «Frente a los negrillos», artículo importantísimo entre los escritos de Unamuno. Y volveremos sobre sus últimas frases. Lo que busca es el carácter permanente e inalterable que ha formado al pueblo, la cultura y la historia de España; también sus antiguas ciudades, León, Salamanca, Ávila (670, 415, 721, 833 y 496). «La búsqueda unamunesca de España [...] fue también una búsqueda de raíces personales. El investigador de los destinos nacionales [...] no fue meramente un observador; el sujeto y objeto de su estudio se habrían fusionado. La busca de la "roca viva" de España fue a la vez la busca de la "roca viva" propia» (HR, 173). Como confesó el propio Unamuno, «una ciudad desde el centro de la cual no se puede llegar a pie en cosa de un cuarto de hora al campo libre, es una ciudad que no responde a mis más íntimas necesidades espirituales».

En lo que acabo de sostener hasta este punto he querido confirmar los argumentos expresados -para mí convincentes- en dos estudios del profesor Ramsden, especialmente en The 1898 Movement in Spain.

Ahora, se trata de analizar la veta espiritual como resultado de la contemplación del campo. He sugerido, siguiendo la tesis de Ramsden, que para Unamuno el viajar también expresa la busca de sí mismo. En la relación estrecha que establece entre su propio ser -o mejor sus sentimientos y emociones- y su medio ambiente descubrimos el profundo colorido romántico del lenguaje unamunesco y su modo de pensar. Quizás, más precisamente, el discurso romántico de Unamuno es de origen europeo norteño. Claro es que comparte con sus antecesores románticos españoles -Espronceda y Larra- la nota de interrogación metafísica. Pero la manera en que sobrepone su humor sobre el paisaje, la naturaleza como portadora de las obsesiones del escritor, la preferencia por paisajes bravos y montañosos y efectos atmosféricos impresionantes, el énfasis sobre la soledad y una comunión sensual (tanto como emocional y mental) con un ente espiritual omnipresente, todos estos aspectos pertenecen a la manifestación europea del norte de la experiencia romántica, notablemente, la de los poetas ingleses lakistas (refiriéndose a ellos emplea Unamuno la palabra musings), los románticos alemanes, el escritor francés, Senancour (cuyo Obermann fue libro de cabecera de Unamuno) y el ensayista y poeta suizo Henri-Frédéric Amiel. Aumentó rápidamente en España el interés por los románticos alemanes desde los años 1860 y especialmente en los 1890. La importancia de este fenómeno en la formulación de la veta simbolista del Modernismo, la segunda fase de la época de Helios, como he señalado129, fue trascendental. Como veremos, Unamuno no se vio enteramente divorciado de estos desarrollos estéticos a pesar de su muy pregonada antipatía al Modernismo. El contacto con la naturaleza le trae un alivio espiritual y físico:

El cuerpo se limpia y restaura con el aire sutil de aquellas alturas [la sierra de Gredos] y aumenta el número de glóbulos rojos [...] pero el alma también se limpia y restaura con el silencio de las cumbres

Pero da más énfasis a lo espiritual: «¡Qué silenciosa oración allá en la cumbre...!» (609). También destaca la fuga de una realidad hostil y de la ciudad odiada.

Se nota aquí una típica paradoja unamunesca: como buen romántico es un solitario, no le gusta la compañía de sus prójimos y prefiere comunicarse con su desasosiego en las altas cumbres. Pero como determinista necesita a los hombres, encarnaciones del medio ambiente y las fuerzas de la casualidad determinista. Y resuelve la paradoja mediante la idea romántica y rousseauniana de la inocencia y nobleza del hombre primitivo. Para Unamuno el campesino humilde es preferible al hombre de frac o al político ramplón de la Corte. Y saca una enorme satisfacción y alivio espiritual de sus solitarias excursiones exactamente como otros de su generación (423 y 438).

En el campo, y especialmente en las montañas (con referencia tras referencia a su Obermann querido y con ecos de Senancour y Amiel) descubre una nueva armonía entre el panorama del gran mundo ante su vista, el cielo encima y su propio ser. En el mismo ensayo, «El silencio de las cumbres», propone tal simbiosis:

Allí, a solas con la montaña, volvía mi vista espiritual de las cumbres de aquélla a las cumbres de mi alma, y de las llanuras que a nuestros pies se tendían a las llanuras de mi espíritu. Y era forzosamente un examen de conciencia. El sol de la cumbre nos ilumina los más escondidos repliegues del corazón.

Estas palabras tienen ecos de los escritores románticos norteuropeos y también de las experiencias de Francisco Giner. La frase «examen de conciencia» suena al idioma autocrítico y autocontemplativo de los krausistas. En este ensayo y en «Frente a los negrillos» se nota un parentesco extraordinario con Giner, Ortega y Jiménez en cuanto a una experiencia trascendental. Tal experiencia, no cabe duda, se puede denominar religiosa o mística. Pero lo que busca no es la divinidad, a pesar de las muchas referencias a lo divino, sino eternidad y permanencia, una estructura básica que yace dentro de lo visible, «la imagen» (618).

Más adelante apunta que siente «la inmovilidad en medio de las mudanzas, la eternidad debajo del tiempo» y, en un eco más del tema intrahistórico que ya había desarrollado en En torno más de un lustro antes, dice que puede tocar «el fondo del mar de la vida» (622). Es un tema que ya hemos comentado. En su fuga de la metrópolis y en su busca de una recreación espiritual en la naturaleza y el campo sigue Unamuno la tradición de los románticos norteños de hace más de un siglo y, más próximamente, de los hombres de la Institución Libre y «los modernos». El excursionismo, pues, tiene un atractivo personal y fuerte; es la señal exterior de una busca intensamente personal de sí mismo. Como en Azorín, Jiménez, Machado y otros, las preocupaciones más destacadas son el deseo de huir, un enriquecimiento espiritual, un anhelo de algo mejor, más allá, con lo cual se pueda sentir una armonía, un sentido de permanencia; su sentido de la inevitabilidad de la vida a pesar de sus deseos; de ahí su insatisfacción con el presente, con la muchedumbre y la ciudad, con el tedio del contacto social cotidiano. Son aspectos estudiados por Ramsden en su edición de La ruta y The 1898 Movement (esp. la sección 5: «The Quest for Self») y en los estudios míos. Y también otro sentimiento que es preciso notar: su sentido del fluir inexorable del tiempo y su nostalgia por un pasado en que la vida le pareció mejor, más permanente. Son humores, sentimientos y anhelos comunes entre los escritores del fin de siglo en España. Y la evocación unamunesca de estos humores es muy parecida a la de ellos. Consideremos, por ejemplo, esta descripción (mejor evocación) de las ruinas del monasterio cisterciense de la Granja de Moreruela:

¡Qué majestad de aquella columnata de la girola que se abre hoy al sol, al viento y a las lluvias! ¡Qué encanto el de aquel ábside! ¡Y qué intensa melancolía la de aquella nave tupida hoy de escombros sobre la que brota la verde maleza! Y todo ello se alza, añorando siglos que fueron, y quién sabe si siglos por venir, en un valle de sosiego y de olvido del mundo.   
 

Como sus contemporáneos, encuentra Unamuno una satisfacción curiosa cuando se comunica con su dolor y su melancolía (aquí sobrepuestos a la realidad) y los transmuta diestramente en un sentimiento de belleza, de tranquilidad y calma emocional, los cuales sugieren otra forma de permanencia. Es casi como si las ruinas tuvieran un espíritu interior eterno. Hizo constar esta convicción más de una vez, como en su ensayo sobre Salamanca cuando habla de «una cierta vida espiritual» (1914:725).

Esta alma «subterránea» presente, en la interpretación científica que impone Unamuno, es el espíritu de las fuerzas de la causalidad determinista. Pero también es un tipo de panteísmo romántico y, combinado con el sentido de las fuerzas evolutivas, se hace referencia al panteísmo krausista. Quizás, también, se encuentre una veta estética en la misma herencia porque la espiritualidad unamunesca tiene una decidida inclinación en esta dirección:

Emprendí esta peregrinación artística [a Guadalupe] apenas terminé mi curso universitario [...] buscando unos días de reposo y de baño en naturaleza para poder volver con renovadas fuerzas [...]. Y hoy llevo, en el relicario de mis recuerdos, un recuerdo más, un recuerdo perfumado y fresco, el de la bravía verdura de Guadalupe.

Volveremos enseguida sobre esto del «relicario de mis recuerdos».

Más tarde, en 1916, afirmó el profesor salmantino, «esto de ascender a las cimas de las montañas [...] es un placer que tiene tanto de sensual como de estético» (786). Si esto nos recuerda a Amiel o a Giner de los Ríos, la frecuente combinación de lo sensual con lo estético, como en esta evocación de Mallorca, nos recuerda a los modernistas y Rubén Darío: «se puede penetrar en la belleza espiritual de la isla de oro, en lo que quiere decir aquella fantasía divina encarnada en roca florecida y ceñida por el mar de zafiro y de esmeraldas y de topacios y de nácares irisados» (791). La veta determinista se nota cuándo Unamuno relacionó este paisaje con la poesía de Ramón Llull, literatura como producto del medio ambiente. Pero el determinismo -la busca de estructuras fundamentales y eternas- y la adoración de la belleza y la lengua poética finisecular -también una busca de estructuras interiores en el pozo de la imaginación- se juntan en este comentario:

Sediento contemplaba una vez las espesuras del Zarzoso que se tiende al pie de la Peña de Francia, [...] y aunque la angustia -¡y era grande!- me privara de mirarlas con el sosiego que la contemplación exige, nunca comprendí mejor su metáfora.

Aquí vemos la tendencia modernista a buscar la contemplación estética como alivio de la angustia metafísica. En 1902, Juan Ramón, quizás más auto-conscientemente esteta, evocó su estado espiritual en estos términos simbolista-decadentes:

Me llenan de una dulce melancolía esos rincones de jardín de hospital
[...]

Cuando viene cayendo la tarde, y en la yerba dorada y trasparente tienden los árboles las sombras alargadas de sus troncos [...] por todo el jardín flota [...] una serenidad que nos hace pensar en los muertos....

Más austeramente y evitando los lugares comunes del simbolismo finisecular -jardín, señales de muerte, etc.- evoca Unamuno un paisaje no menos poético, ni menos espejo del humor del propio escritor; Unamuno evoca su vida interior, su propia personalidad proyectándose sobre sus realidades recordadas, un viaje al Escorial en 1912:

Luego... el Adaja, el río de Ávila, que ofrece de pronto una rinconada de melancólico recogimiento, y al transmontar una cuesta, las murallas de Olmedo y sus torres derritiéndose en la luz del atardecer.

Es, como admitió abiertamente en el prólogo a sus Andanzas, un «paisaje literario», y además añadió: «A esta demanda de la afición estética es a lo que quiere responder la oferta de este libro». Sus descripciones excursionistas tienen muy poco de lo documental, de lo realista: «No puedo evitar el ponerme en mis escritos» (720); «¿Datos? ¿Qué es eso de datos? ¿Te figuras que habría de ser una historia documentada?» (1900:66). Lo que destaca en estos escritos, como en la obra de sus contemporáneos y el testimonio de su contacto con los campos de Castilla -Machado, Ortega, Baroja, Azorín, aun Juan Ramón- es el elemento lírico y poético, la preocupación por la belleza austera de España después del momento simbolista y sus jardines y parques decadentes:

Eso de hablar de la aridez repulsiva de El Escorial, como hablar de lo sombrío de su carácter, carece, en rigor, de valor estético, pues falta probar que lo árido y lo sombrío no puedan ser hermosísimos [...]. Y debo confesar que a mí me produce una más honda y fuerte impresión estética la contemplación del páramo, sobre todo a la hora de la puesta del sol. (1912: 643-44)

Quizás no sea una coincidencia que en el mismo momento de evocar tal paisaje árido con su aureola de luz dorada fuera Machado a publicar sus Campos de Castilla, donde encontramos paisajes parecidos. Ni hay que olvidar las evocaciones de Azorín -especialmente La ruta de don Quijote y Castilla- ni las de Baroja -Camino de perfección- ni las de Jiménez -Pastorales-. En estas evocaciones del paisaje español bañado en una luz crepuscular y dorada encontramos los persistentes ecos del simbolismo francés pero también la veta determinista combinada con una recreación mediante el arte de una realidad recordada para siempre, una realidad transmutada líricamente sugiriendo no sólo la belleza sino también la permanencia, la eternidad. El amor y apego a la tierra -Machado y Soria, Unamuno y La Flecha,  Ortega y el valle del Duero, Azorín y la Mancha, Juan Ramón y Moguer o los Pirineos, también Maragall y el Montseny- se muestran en toda una generación. Así que las excursiones de estos escritores no son solamente una respuesta a las necesidades espirituales o emocionales, son también una necesidad estética. Finalmente son una busca de una estructura; estructura revelada por las ciencias deterministas o estructura revelada por medio de una exploración de la imaginación poética y la memoria, las galerías del alma o los ensueños de un Machado o un Juan Ramón. No necesitan una realidad porque, en última instancia, prefieren «el cristal de la mente» o «el relicario de mis recuerdos» (Unamuno), «una cueva de ensueño» (Jiménez), «las galerías del alma», «el profundo espejo de mis sueños» (Machado). Como pregunta Azorín:

¿Para qué hacer el viaje? Hay un momento en la vida en que descubrimos que la imagen de la realidad es mejor que la realidad misma [...]. Sólo nos queda, en lo íntimo del espíritu, su imagen. Una imagen fugaz, como la de un sueno: una imagen de algo que queremos recordar y no recordamos [...].

Se encuentra el mismo énfasis en un ensayo temprano de Unamuno, «Brianzuelo de la Sierra. Notas de viaje», donde se ve que prefiere el autor su visión anticipada a la realidad futura. Llegó tarde al pueblo y se puso a dormir. «Y aquel sueño, aquel sueño profundo y tranquilo es el recuerdo más puro y más hondo que de Brianzuelo de la Sierra conservo». Por eso no quiere contacto con la realidad a la mañana siguiente: «¿Pues a qué hemos venido? / -¡A soñarlo! Déjame que me le figure a mi antojo...» (1900: 63-64). El sueño antes que la realidad, «fondos» previstos en la imaginación; temas obsesivos.

Hemos visto, pues, las estrechas relaciones que existen en las parecidas respuestas líricas y emocionales frente al problema psicológico general en toda una generación. Aquí, por lo tanto, sería apropiado aplicarme de nuevo al muy debatido problema del «Modernismo frente a Noventayocho» y la separación -para mí completamente arbitraria- de la generación finisecular en dos grupos. El profesor Ramsden ha insistido en que mientras los hombres de esta generación compartieron todos un dilema básicamente romántico, una crisis de fe, encontraron soluciones distintas: los modernistas en la torre de marfil del Arte, los hombres del 98 en la realidad y en el determinismo. Pero, ¿hubo tal diferencia? He sostenido en los estudios citados que hace falta poner este argumento, y especialmente la tesis de Díaz-Plaja en tela de juicio. Aquí considero brevemente, como prolegómeno de un estudio más amplio, el caso de Unamuno frente a (o mejor, en) este grupo.

No es dudoso que uno de los temas más destacados en la literatura finisecular fue el tema de la memoria y el ensueño, y destacó singularmente en España: «Estoy solo, tengo sueño [...] / Los recuerdos se amontonan en mi mente» (Jiménez, 1902); «Y podrás conocerte, / recordando del pasado soñar / los turbios lienzos, / [...] / De toda le memoria, sólo vale / el don preclaro de evocar los sueños» (Machado, 1907); «Del pasado dichoso sólo podemos conservar el recuerdo» (Azorín, 1912); «Amar el pasado es congratularse de que efectivamente haya pasado, y de que las cosas, perdiendo esta rudeza con que al hallarse presente arañan nuestros ojos, nuestros oídos y nuestras manos, asciendan a la vida más pura y esencial que llevan en la reminiscencia» (Ortega, 1911). Ahora escuchemos a Unamuno: «Lo que hay que ver no es la visión presente; lo que hay que ver es su recuerdo, su imagen» (I, 842); «Todo imaginar y hasta conocer [...] es un recordar»; «Al evocar mi recuerdo dormido en el hondón de mi memoria, de lo que era el campo de Albia en lo que hoy es el ensanche de Bilbao, brotóme él a flor de alma en forma rítmica, en versos de meditación poética, de eso que los lakistas ingleses llamaban musings» («Visiones rítmicas»). Estas expresiones nos recuerdan no solamente la imaginación romántica de la Europa del norte y la herencia del simbolismo sino también el interés de los modernistas por este tema. La última expresión unamunesca tiene ecos tanto de Juan Ramón como de la crítica de Gregorio Martínez Sierra y su La vida inquieta.

Hasta ahora se encuentra una tendencia crítica a excluir a Unamuno del grupo modernista, y se sigue insistiendo en tal punto a pesar de la afirmación juanramoniana de que, por los años del fin de siglo, se le llamó a Unamuno «ese tío modernista». No quiero decir que fue Unamuno un escritor torremarfileño como Darío o Villaespesa; sí quiero sugerir que hace falta poner en tela de juicio el uso del término modernista (o Modernismo) y su enfrentamiento con el Noventayocho. Hemos encontrado toda una serie de coincidencias curiosas entre los autores finiseculares de ambos supuestos grupos, especialmente en el proceso de auto-contemplación y la manera en la que se transmutan las realidades recordadas en arte; también en la ideología o el idealismo en que esta visión se basa.

Por los años de 1890 los escritores jóvenes han vuelto la espalda a la conmemoración de los ideales nacionales y la conciliación cívica.

La crítica no dejó de notar este cambio. Según estos comentaristas el escepticismo y una visión fragmentada del mundo llevan a una busca dentro del hombre de un núcleo no fragmentado; la autocontemplación es auto-descubrimiento, la búsqueda de raíces, pero es, al mismo tiempo, un medio hacia un nuevo ideal absoluto. También, como he sugerido, la idea de una fuerza latente determinista que da una estructura eterna debajo de la realidad misma tomó parte en este desarrollo idealista, especialmente por su autoridad científica. Por estos años, y no olvidando sus orígenes en el romanticismo, se formó una nueva concepción de la facultad imaginativa, el ser interior de la inconsciencia; el arte moderno (modernista) es la expresión exterior de esta actividad auto-contemplativa y mentalmente intelectualizada. Las experiencias de la realidad (el sentimiento y, luego, la memoria) pasan por un proceso de trasmutación en el crisol interior de la imaginación (de ahí palabras como cristal, relicario, espejo) para revelar no sólo la belleza o el valor de la circunstancia, los accidentes del momento, sino también su valor eterno, su belleza sin tiempo. Revelan también ideas, conceptos o estructuras preexistentes, y así también eternos. Es este el ideal del arte finisecular del que se encuentra una expresión definitiva en el poema introductorio de las Galerías machadianas.

Escuchemos ahora a Unamuno en su ensayo clave, «Frente a los negrillos» (quizás el ensayo más trascendente de las Andanzas):

Y la vista del escaramujo [...] me recuerda el más dulce y vivificante recuerdo de una obra propia, y más si ésta es de poesía: el de su parto. Es que nuestras mejores y más propias ideas, molla de nuestro espíritu, nos vienen, como de fruta alimenticia, de la visión del mundo que tenemos delante, aunque luego, con los jugos de la lógica, la transformemos en quimo ideal, de que sacamos el quilo que nos sustenta.  
 
A pesar del juego de palabras unamunesco entre el sentido biológico (lo físico), simbólico (interior espiritual) y popular («sudar el quilo») se encuentra aquí un proceso que se ve en la poesía finisecular a partir de Bécquer y los precursores modernistas (Gil e Icaza) hasta el grupo Helios y aun Ortega; es decir, un énfasis sobre ensueño y memoria como alivio y como consecuencia de la vacuidad de la vida. Todo lo que queda como consolación son los recuerdos distantes y nostálgicos de tiempos más felices o de acción (reales o imaginados), recuerdos no degenerados de la infancia (significadamente asociados con la luz dorada del crepúsculo, las campanas de la parroquia, el hogar y el pueblo), recuerdos de momentos pasados de satisfacción emocional o espiritual profunda. Agobiados por el fracaso vital y la desilusión, elevan frente a su pérdida la autenticidad de su propio dolor. Y de su dolor y su auto-contemplación se levanta un estado mental especial. El silencio y la soledad, especialmente en los rincones de las ciudades antiguas o en el campo, les ofrecen atractivo. Y su soledad es menos opresiva cuando pueden evocar un pasado más feliz, una memoria recreada interiormente. Así la niñez, la adolescencia o el pasado de una España más grande, se ven como temas obsesionantes en la literatura de este grupo. Visita Azorín el aula de su colegio en Las confesiones de un pequeño filósofo; evoca Machado los patios y galerías sevillanos; en Moguer, narra Juan Ramón, «el alma dormita por dentro, cansada y aterida, soñando con el oro de la infancia» (1903: PLP, 71) y, allí, el sol sugiere «añoranzas de rincones dorados, con el eco de las voces lejanas de una aldea» (1903: PLP, 92). A su vez estos autores evocan, como lo hace Unamuno, el pueblo natal y los sonidos de la vida cotidiana. ¿Por qué? He investigado la veta determinista del interés por el campo y por el pueblo. También he subrayado el tema del fluir del tiempo. Es un aspecto que ha analizado Ramsden (HR, 180-81). ¿Hubo otra forma de escape para Unamuno? Creo que sí, forma que se encontrará también entre sus contemporáneos. El viajar para Machado fue un tipo especial de «sueño» y para Ortega y Baroja, Pérez de Ayala o Juan Ramón el contacto con la naturaleza puede administrar el ambiente necesario para una experiencia «mística». Pero también, sugiero que la común busca del «alma» de España (hayan estado profundamente afectados estos autores por las filosofías evolucionistas o no) en el «pueblo anónimo» se vio ligada con su preocupación por el proceso mental y artístico de reproducir sus experiencias en un tipo de diario íntimo, diario que fueron los ensayos, poemas o novelas excursionistas de esta generación. Unamuno estuvo constantemente preocupado por este proceso y con frecuencia se refiere a su cuaderno o a sus reacciones más íntimas en el momento de creación. Su preocupación por encontrar estructuras subyacentes deterministas se transfirió a ahondar en el proceso imaginativo de darles testimonio. Es cuestión de transmutar la experiencia sensorial de la realidad en algo más allá de lo temporal, buscar, como afirmó en «Paisaje Teresiano», «la metáfora». «Lo que hay que ver no es la visión presente; lo que hay que ver es su recuerdo, su imagen» (842). De ahí que, como sugiere Machado o Juan Ramón, la memoria no sea sencillamente un modo de recordar, sino, a la vez, un modo de reconocer arquetipos preexistentes o estructuras eternas. Casi como los poetas modernistas del grupo Helios (incluso Ortega) admite Unamuno lo siguiente:

Y al decir que todo pintor pinta de memoria no nos referimos al tiempo que pasa desde que mira al modelo hasta que tiene que mirar al papel o lienzo en que traza su imagen, ¡no! Este es un aspecto demasiado primario y superficial de la cosa. Es que el artista pinta la imagen que recibe del objeto presente y esta imagen es un recuerdo siempre, hasta cuando ve por primera vez el recuerdo. Todo imaginar y hasta conocer -lo sabía ya Platón- es un recordar. Y todo recuerdo es una metáfora. [...]. La metáfora es el fundamento de la conciencia de lo eterno.

Y termina este ensayo afirmando la unión de lo estético con lo metafísico. En una fecha tan temprana como 1899 parece que Unamuno había formulado una visión platónica del mundo, base del simbolismo europeo. Entre su descripción de las nubes crepusculares como «islas de apacible quietud en la región de los ensueños» y «perfume de luz» (con ecos del esteticismo finisecular) y exclamaciones de tono plenamente «modernista» («¡Celeste revelación de las entrañas de la belleza misma, del divino esplendor de la forma pura iluminada...!» (71-73)), lucha con el problema de una lengua adecuada y desarrolla el tema de estructura dentro de estructura o formas espejeadas (jugando con forma y formosus):

¡Ah! ¡Si pudiera repercutir aquella sublime sinfonía celestial de pocas y preñadas notas de purísimos colores de fuego y de cándidos perfiles! ¡Si pudiese pintarla para siempre y no tener que verter aquí el rastrojo que de aquellas feraces momentos ha quedado en la tumba de mi memoria! En un insondable seno de la divina Conciencia vive el eco de aquella celestial sinfonía, y en el seno de mi conciencia dormirá su reflejo, que yace tan adentro, tan adentro de ella, que de sacarlo no hay arte alguno [...]. La celeste visión era entonces lo real y fuerte, y el terrestre campo, nuestro sostén, mezquino remedo de ella...  ¿No es ésta la base del arte de Bécquer y, más claramente, la del de Juan Ramón Jiménez?
 
También, como hemos visto, la infancia (con todos sus recuerdos y visiones no deterioradas de ilusiones y contento) fue un tema muy explorado por los escritores finiseculares. A Unamuno sus excursiones le llevaron al campo, al contacto con el «pueblo anónimo». Pero también le suministraron un sentido de libertad, de huida de una realidad fastidiosa, de regreso a tiempos de su infancia. (1911: 610)

Y en el párrafo siguiente continúa para ampliar su pregunta retórica: «Y en estas correrías por campos y montes, ¡qué alivio, qué hondo sentimiento de libertad radical cuando dejando todo decoro se pone uno a hacer y decir chiquilladas!... Se chapuza uno en la infancia» (611). Y de modo más revelador añade:

¡Oh, estas sumersiones en la remota infancia! No sé cómo puede vivir quien no lleve a flor de alma los recuerdos de su niñez. Trece volúmenes llevo yo publicados, pero de todos ellos no pienso volver a leer sino uno, el de mis Recuerdos de niñez y mocedad, donde, en días de serenidad ya algo lejana, traté de fijar no mi alma de niño, sino el alma de la niñez.

No la realidad temporal y lógica sino la estructura arquetípica subyacente de la imaginación ilógica. Un subtítulo apropiado para sus Recuerdos, sugirió Unamuno, pudiera haber sido «ensayo de psicología de la infancia». Ahora bien, hemos visto que la palabra «psicología» y sus derivaciones y analogías fueron palabras clave entre los intelectuales finiseculares; palabras como alma, genio, voluntad, carácter, sueño, soñar, etc., se usaron como lengua común en la crítica y en el arte de entonces136. En una carta, hablando de Paz en la guerra (1897) Unamuno ha sostenido la tesis de que en la lengua puede uno encontrar «el reflejo más fiel de la psicología del pueblo»137. He sugerido antes que quizás exista un eslabón entre la busca de un núcleo en el campo y en el pueblo anónimo y la busca de lo que llamó Machado «una verdad divina» qué yacía «en el profundo / espejo de mis sueños» (LXI, Galerías). También he subrayado la preocupación por la lengua poética. Cuando escribió Machado, «Podrás conocerte, recordando / del pasado soñar los turbios lienzos» (LXXXIX), habla de un doble proceso, el auto-conocimiento (es decir, auto-contemplación o auto-descubrimiento) y la busca de la otredad (ideal o arquetipo). De la misma manera se busca Unamuno a sí mismo en el ensueño, lo que llaman los krausistas «un examen de conciencia», en este estado especial de la mente (casi místico) que testimoniaron tantos escritores y comentaristas, a menudo invocando o refiriéndose a San Juan de la Cruz, San Francisco o Santo Tomás de Kempis, todos autores favoritos del grupo Helios, de la Institución Libre y, claro, de Unamuno. En la cumbre de una montaña considera el profesor salmantino los posibles caminos que pudiera haber seguido en su vida:


Allí, en la cima, envuelto en el silencio, soñaba en todos los que, habiendo podido ser, no he sido para poder ser el que soy; soñaba en todas las posibilidades que he dejado perder desde aquella infantil atracción al claustro...

Siente remordimiento pero también percibe, como los simbolistas, «el inevitable destino». «Y da fuerzas, da fuerzas como una sumersión en la fuente de la vida», añadió. Su ensueño le trae la percepción de lo permanente:

Está aquello como estaba hace un siglo, hace dos, hace cuatro, hace veinte. Es la imagen viva de lo inalterable.

¿Por qué? La metáfora -la estructura arquetípica deseada, el núcleo, la imagen que es, al mismo tiempo, parte de la realidad percibida y recordada y transmutada mediante el arte- se ha revelado al profesor salmantino. En parte es una estructura espiritual yacente preexistente, en parte, la belleza manifiesta en forma de imagen viva y eterna; lo que, en otra parte, llama Unamuno el «sentimiento estético de la naturaleza» (1909: 592-93), sentimiento que describe significativamente, como «moderno» y «de origen romántico». También su imaginación o su mente «reflexiona sobre éste y [lo] eleva a idea» (1915: 737). En sus descripciones de su contacto con algo más allá, de la unión con el elemento espiritual de las cumbres, en fin, de un arrobo casi místico, vemos cuán cerca se encuentra la experiencia artística y la auto-proyección de Unamuno del idealismo de Azorín, de Martínez Sierra o de Juan Ramón. En La voluntad (1902), Yuste afirma:

Lo que da la medida de un artista es su sentimiento de la naturaleza, del paisaje [...]. Un artista será tanto más artista cuando mejor sepa interpretar la emoción del paisaje [...]. Es una emoción completamente, casi completamente moderna.

Gregorio Martínez Sierra, en su interesante estudio Motivos (1905), describió estos momentos trascendentales en términos muy parecidos a Unamuno o a otros de la generación, especialmente cuando da énfasis al deleite y al placer de la experiencia:

Busca el espíritu la perfección y da con ella, y entonces surge una nueva voluptuosidad, antaño sólo conocida de místicos y filósofos, la voluptuosidad del intelecto en presencia del fin adecuado, del filósofo en presencia de la verdad, del místico ante la esencia divina.

 Repite los mismos sentimientos en La vida inquieta (Glosario espiritual) de 1913. Al mismo tiempo, Unamuno no supo dejar atrás su sentido de estructuras físicas, o mejor, la estructura determinista que se manifiesta en el medio ambiente. Por esta razón se encuentra la típica mezcla unamuniana del lenguaje de las ciencias (especialmente las biológicas) con el del espíritu interior y la memoria o el en sueño:

Aquellos paisajes que fueron la primera leche de nuestra alma, aquellas montañas, valles o llanuras en que se amamantó nuestro espíritu cuando aún no hablaba, todo eso nos acompaña hasta la muerte y forma el meollo, el tuétano de los huesos del alma misma. Porque ésta tiene su esqueleto [...] para quien tiene alma vertebrada, con huesos que la mantengan en pie y mirando al cielo, esos huesos se nutren de un tuétano que está hecho con las serenas y nobles visiones de la niñez lejana.

No es solamente que el hombre esté determinado física y espiritualmente por el medio ambiente en el cual nació y se crió. Es como si, también, su manera de recordar, de sentir, de reproducir sus sensaciones lo fuese moldeando imborrablemente. Esta matriz queda inalterable dentro del hombre mientras viva y le servirá de núcleo. Y como para los simbolistas, la imagen es anterior a la lengua y se escapa de ella. Viajar, dice Unamuno, es sentir más profundamente las propias raíces. Pero también, como para los llamados modernistas, es captar, mediante el ensueño, la memoria y la lengua insuficiente del arte, las esencias eternas; recrea por medio del prisma de la obra las realidades recordadas, «elevarlas a idea».

Sería posible seguir más adelante en este argumento para señalar no solamente la veta simbolista en la preocupación por encontrar un lenguaje adecuado, expresar «ausencias» y confirmar un núcleo (lo que llamó Machado «una verdad divina») sino también subrayar la obsesión por lo que quede en la memoria («el sueño sustancial») y por asir un fragmento de eternidad. Aunque no debemos olvidar la veta determinista y el aspecto posromántico que se han discutido en los primeros párrafos de este estudio (aspectos vinculados a todo esto) me parece que la preocupación insistente por indagar «la metáfora», «la imagen» y «el relicario de los recuerdos» ubica a Unamuno claramente entre las preocupaciones estéticas y metafísicas de un Juan Ramón, un Antonio Machado, un Ortega o un Azorín.

Si quisiéramos comprender a fondo el arte de los escritores finiseculares, los «modernos», sería tiempo ya de descartar divisiones críticas artificiales y teorías simplistas de enfrentamiento para concentrarnos sobre el arte mismo y lo que dice esta generación en sus poesías, sus novelas y sus ensayos. Un análisis de la literatura excursionista me parece un excelente punto de partida.



Richard A. Cardwell
Universidad de Nottingham





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